17 de junio de 2016

Ciudad de Lamu, ciudad 'swahili'

Calle principal de la ciudad

Antes de pisar sus estrechas calles, el viajero insatisfecho ya había oído hablar de la ciudad de Lamu pero no había generado en su mente un dibujo parecido a la realidad y eso que había paseado por Old Town, en Nueva Delhi, y se imaginaba algo así. Nada que ver. Las calles de Lamu, más bien el laberinto de Lamu, no tiene nada que ver con lo visto en otras ciudades. Sus angostas calles destilaban tranquilidad, tal vez la calle principal podía ser un poco más movida, pero no en exceso. El hecho de que no hubiera vehículos a motor, únicamente pequeños burros de carga, le daban un aire de reposo aunque este fuera un abigarrado reposo. Sin duda alguna, perderse por sus calles era una experiencia singular. Algunos viejos con sus tejidos topis observaban al mochilero, una mujer con su hiyab cubriendo su rosto se cruzaba en silencio, un borrico cargado de sacos de arroz adelantaba al caminante o una joven musulmana le observaba a lo lejos pero al cruzarse con ella apartaba su tímida mirada o, incluso, se introducía en su casa. Y eso que los habitantes de Lamu estaban acostumbrados a las visitas. La isla era atractiva para el turismo europeo, entonces minimizado por los efectos del terrorismo de Al Shabaab. El turismo no suele ser valiente con la violencia. Hasta cierto punto comprensible.

Calle de la ciudad

Y el leonés miraba a lo lejos la estrecha callejuela por la que avanzaba mientras ojeaba los canalillos de aguas que recorren como una auténtica red todo el entramado de calles y callejas. Un leve hedor a desagüe, a veces algo más fuerte, no le impedía admirar todos los recodos, las casas construidas con desechos de coral, las puertas 'swahili' talladas hasta extremos increíbles o los porches pintados de un amarillo mostaza que mantenían al fondo una moderna puerta de entrada a una vivienda local. La tranquilidad era absoluta. Solamente el viajero se despertaba de una especie de ensueño con el trote de algún pollino provocado por algún zagal con prisas o cuando las pisadas de algún viandante se dejaban escuchar con cierto eco. Todo lo demás era armonía, era ensimismamiento, era admiración por lo que se veía y se oía, o más bien, por lo que no se oía. Era, ya lo había dicho, reposo.
Lo más transitado, sin duda, era el paseo marítimo, el paseo que se abría a aquel mar, también tranquilo por el entramado de islas que amortiguaban su fuerza. Y allí, en un lado del paseo, se encontraba el único museo del mundo dedicado a los burros (The monkey sanctuary). Aquellos días, el museo/corralillo albergaba una decena de équidos, pequeños y, en apariencia, pacíficos que comían tranquilamente lo que un joven les había echado en el pesebre. Parecía que hubieran sido domesticados allí por los siglos.
Paseó y paseó al atardecer por sus calles, en un incansable paseo por un mundo ya casi olvidado, a punto de extinguirse.

Museo de los burros

Puerta tradicional 'swahili'

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6 de junio de 2016

Un rato en un poblado masai

El joven masai, ejerciendo de guía

Era una tarde gris, hacía un rato había dejado de llover pero los nubarrones negros africanos que solían presentarse de repente amenazaban con hacer una nueva aparición. El viajero insatisfecho paseaba solitario por los alrededores de su cutre resort de tiendas de campaña, bastante bien disimulado con el sotobosque de la zona, muy cerca de la entrada a la Reserva Nacional Masai Mara, cuando uno de los muchos jóvenes masai que por allí había le invitó a conocer su poblado y su casa, a cambio de una ridícula aportación monetaria. No suele pagar por sacar fotos o hacer labores de ridículo/turista ante las situaciones que se le presentan pero la amabilidad del joven, su simpatía y el aburrido paseo que estaba dando le animó a visitar un auténtico poblado masai, con sus cabañas de barro, sus techumbres casi planas de tierra que se veían como imposibilitadas de parar los frecuentes aguaceros pero por lo que parecía si lo hacían, y sus corrales de ganado, tanto vacuno como ovino.

Cercado para las ovejas

El joven masai ejercía de guía como si de un profesional se tratara: “esto son las viviendas (…), este es el cercado donde guardamos ovejas o cabras (…), este es un sombrero de piel de león que yo mismo he cazado (…), esta es mi casa donde vivo con mi mujer, mi hijo y mi padre viudo (….)”. Y efectivamente, así era, o así apreció este mochilero que era cuando entró en su interior. Un habitáculo oscuro, con una pequeña hoguera en el centro donde en ese momento se cocinaba una especie de potaje de verduras con alguna alubia (no entendió lo que el joven masai le dijo que contenía). La mujer sujetaba en brazos a su pequeño hijo y el padre charlaba en esos momentos, alrededor del fuego, con uno de sus vecinos y amigo. Después del saludo, el muchacho se extendió en explicaciones sobre los destalles que estaba viendo o intuyendo por la oscuridad reinante en el cuchitril. En varias estanterías, negras por el paso del tiempo y la humareda permanente y reinante, había algunos utensilios de cocina de plástico, aluminio o latón. Todo ello en un ambiente oscuro en el único aposento donde se cocinaba, se hablaba, se dormía y, en general, se vivía.

El joven masai, su padre y el amigo

La mujer y su hijo, dentro de la casa

Fue un rato en un poblado masai, un rato pisando barro, un rato de verdad de la zona, un rato de realidad africana que este viajero no piensa olvidar.

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