9 de diciembre de 2019

Parque nacional Bryce Canyon

P.N. Bryce Canyon

El grupeto ‘del Nissan’ (amigos de visita a los parques de Estados Unidos) se había alojado en Hatch, un pequeño (?) rancho en la ribera del río Sevier. El río, en sí, era una especie de riachuelo que dibujaba multitud de meandros por toda la extensión del valle hasta donde llegaba la vista.
Para llegar allí desde la anterior población de descanso, Tuba, el pequeño grupo de amigos había circulado durante un trecho en paralelo al curso del Mystic River, sin saber si la homónima película tendría algo que ver con él. Tal vez su autor se había inspirado en su tortuoso cauce para entramar la retorcida historia. En todo caso, unos ríos que alimentaban de vida aquellos parajes repletos de pinos, muchos ponderosa u otras clases, que daban aspecto agreste a todo aquel lugar. Pero ¿qué había en esta población? ¿qué había en Hatch?. Nada, excepto el serpenteante río, la humedad de sus orillas y la taberna ‘Bear in the beed’ donde, una vez concluida la visita al parque nacional, cogieron fuerzas a base de carnaza a la brasa y ‘Uinta Beer’. Simpática taberna que recibía a los clientes con dos sendas figuras de vaqueros, tamaño natural. Uno de ellos, pertrechado del sombrero mexicano al uso. Ah! En este poblado también había una decadente tienda de antigüedades, casi cacharrería y almacén de inservibles; un lugar ideal para un desayuno copioso y batidos golosos, y unos colonos allí establecidos difíciles de ver.

P.N. Bryce Canyon

Llegaron de mañana a la entrada del Bryce Canyon (Cañón Bryce), nombre mentiroso. No era un cañón sino más bien un anfiteatro de rocas esculpidas por el viento, la lluvia y la nieve. Por la naturaleza, sin más. Extenso falso cañón, sí. Multitud de caminos, sendas, miradores ayudaban a divisar los efectos de una naturaleza salvaje, tremenda, sin complejos, ruin, en ocasiones. Maravillosa, las más.
Después de pasar por caja, tomaron un bus que parecía la mejor manera de recorrer los silvestres rincones del parque nacional. Comenzaron por unos de los miradores, después vendrían los demás. Algunos, recorrieron andando, y divisando. Andando, y fotografiando. Andando, y de risas. Estaba el Bryce Point, el Inspiration Point, Sunset Point, el Sunrise Point o Rainbow Point.
Todo era un conjunto de columnas veteadas, figuras, efigies picassianas, ventanas multiformes y chimeneas de hadas: los famosos ‘hoodoos’. El agua de lluvia se había encargado de todo este desfile de formas o pináculos rocosos alargados, con una gran combinación de colores, rojos, ocres y blancos. El agua se congelaba de noche, se disolvía con el día y generaba, bajo fuertes presiones, grietas que se convertían en irregulares formas. Todo un conglomerado de bellas figuras naturales o crestas, conformaban aquel paisaje diferente.
Centenares, miles de visitantes aparecían aquel día -seguro, que todos- por cualquier recodo o recoveco por donde mirara el viajero insatisfecho. A veces, en la lejanía, parecían termitas negras al lado de su termitero. Era posible hacer senderismo, alejarse caminando por veredas pisadas y repisadas por visitantes ansiosos. Estaba el conocido Navajo Loop, afamado y en apariencia no muy difícil de sortear. No había mucho tiempo. Quizás no hubo ganas. Pereza, más bien.
Un soleado día, por momentos, amenazó lluvia.
Figuras y pináculos en el P.N. Bryce Canyon

La entrada al 'Bear in the beed'


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22 de noviembre de 2019

Monument Valley, territorio navajo

Monument Valley
La diligencia, La legión invencible, Rio Grande o Centauros del desierto son algunas de las míticas películas de John Ford. Famosos films que en sus legendarias escenas de vaqueros, diligencias y caravanas de carromatos tirados por caballos mostraban paisajes del grandioso Monument Valley, panorama reconocido por todos los que han tenido una infancia rodeada o envuelta por el western americano. A John Ford le subyugó este paisaje rocoso del territorio navajo y, hoy día, se mantiene tal y como el acervo personal de muchos cinéfilos recordarán de las tardes de 'butaca y palomitas'. Con el tiempo, y la locura o fanfarria americana, ha sido el escenario de otras muchas películas de diversos géneros, como Licencia para Matar, Regreso al Futuro III, Thelma y Louise, Forrest Gump o El Llanero solitario.
¿Por qué no conocerlo?, se había preguntado siempre el viajero insatisfecho. Aunque no fue hasta que el grupo de amigos decidió hacer esa excursión al desierto de Arizona y Utah que no lo vio factible.
Muchos kilómetros a la redonda de este famoso y tórrido valle era una reserva india de los navajos, que explotaban además el negocio del recorrido al Monument Valley. Que era una reserva se notaba en esto, y en los muchos problemas que había para conseguir una cerveza fría (o caliente) en las poblaciones cercanas, incluida Tuba City, donde el ‘grupo Nissan Armada’ estuvo hospedado la noche anterior. El alcohol, por los problemas derivados de su abuso, estaba prohibido. Tiempo atrás, en el alcohol se habían refugiado muchos indios, tanto sioux como navajos, por las evidentes y forzadas contradicciones en su forma de vida. Los nativos americanos se negaban a abrazar una forma de comprender el mundo completamente distinto a la suya; al encierro en reservas a las que habían sido abocados; a la negación de su cultura, su espiritualidad y tradiciones, y al genocidio sostenido durante siglos. Una terrible pesadilla personal y comprensible, enmarcada en la absurda ensoñación americana.
El Monument Valley era un respiro de paz y polvo, y de silencio y estruendo de tubos de escape de 4x4. De la soledad de los ganaderos o labriegos navajos y la masificación del turismo necesario para la subsistencia de ellos. Todas estas contradicciones, y muchas más, convivían entre aquellas mitológicas rocas que subyugaron a John Ford.
Monument Valley

Pasaron por caja en la carretera que les llevaba al valle, en un puesto navajo de control y tickets. Una vez traspasado el límite, dejaron por unos minutos el Nissan aparcado y se acercaron al ‘view point’ que mostraba en su inmensidad el rocoso valle, las pequeñas montañas de cúspide plana, las aristas verticales de las rocas y la llanura repleta de matojos casi muertos. Un paisaje evocador.
Ya de pleno, en las múltiples paradas fotográficas, los copiosos puntos visuales se acumulaban en los objetivos de cámara y móvil. No era mucho lo que se podía hacer. Sólo circular y circular. Dejarse llevar por las miradas a través de las ventanillas del 4x4 Nissan. Por delante y por detrás las montañas se iban presentando con los nombres como han sido conocidas y catalogadas para el visitante, ‘The East and West Mitten Buttes’, ‘Merrick Butte’, ‘The Hub’, ‘Las Tres Hermanas’ o ‘Spearhead Mesa’. 
Muchas paradas para festejar la aventura, ‘hacer el ganso’ o, simplemente, estirar las piernas y disfrutar de un entorno peculiar.
Muchas paradas y relax.
Muchas paradas.
Cada uno tenía su punto de foto ideal. Cada uno deseaba inmortalizar el momento utópico.

(Y mucho más aquella pareja de Kansas).




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6 de noviembre de 2019

Grand Canyon


El gran cañón del Colorado

New York, Charlie Chaplin, el Gran Cañón, el western, Hemingway, los indios navajos, Lincoln,… ¿Habrá términos o vocablos más intensamente americanos que estos? ¿La humanidad se librará alguna vez de ellos? ¿Podrá alguien mantenerse al margen de su peso específico y rotunda fuerza a nivel mundial? No sabe este viajero insatisfecho, o al menos tiene dudas, si con su añeja postura antiamericana pretendía evitar todo ello o, en cierto sentido, lo simulaba. Sea como fuere, se lanzó a conocer el Gran Cañón con la sensación de hacer algo distinto a lo que había hecho en sus anteriores viajes, donde los trayectos y rutas los elegía después de una premeditada improvisación.
Para ello viajó hasta Las Vegas desde Montreal y esperó a que sus ‘organizados’ amigos le llevaran en volandas hasta orillas del Gran Cañón del río Colorado. Todo salió según lo previsto, se encontró con ellos en las oficinas de ‘El Álamo’, donde un flamante Nissan Armada les esperaba ¡Un pedazo 4x4 este Nissan que no conocía! El Gran Cañón estaba relativamente cerca de Las Vegas, y la tan cacareada Ruta 66 estaba en el camino. La tomaron en la famosa población de Kingman, donde aquella locomotora ‘Santa Fe/3759’, exhibida en todo su esplendor, parecía trasladar a los curiosos visitantes al corazón del oeste americano. Una vieja locomotora de hierro que, en otros tiempos, surcaría las famosas llanuras, saturadas de indios, colonos y atrevidos vaqueros. Fue como el bautismo de fuego de aquel pequeño grupo de amigos que se dirigía a los acantilados del famoso río por la Ruta 66, de rancio abolengo viajero. Dentro del 4x4 en el trayecto había de todo: risas, curiosidad, recuerdos, ansias de conocer o extrañeza por algunos chocantes momentos. Y, como no, ganas de llegar a orillas de los precipicios más afamados del territorio americano.
Locomotora "Santa Fe"

Este mochilero, según se acercaba, recordaba las barrancas de la Sierra de los Tarahumara, del estado de Chihuahua, en México. Allí, lo más grandioso y reputado eran las Barrancas de Urique, de Batopilas o del Cobre, que los lugareños definían como mucho más grandiosas que aquellos precipicios que iban a conocer. Y por su altura, sin duda, si lo eran. El Cañón del Colorado alcanzaba en su máximo los 1600 metros, mientras que la Barranca de Urique tenía una profundidad de 1879.
El gran cañón, visto desde el Yaki Point

Pero fue un gran trance cuando avistaron el Cañón. Un momento, quizás, de incredulidad ante lo que aparecía en los ojos de aquellos cuatro amigos en ruta. Se encontraban en una atalaya, más bien mirador, con una vista privilegiada sobre aquella célebre quebrada. Admiración y silencio. Respeto y desconcierto. Magnificencia y suntuosidad. Un cúmulo de sensaciones y reconocimiento general del ‘grupeto de amigos’ de estar ante una maravilla natural. Nada más.
Era fácil visitar los distintos miradores del Cañón del Colorado, en la parte que llamaban South Rim. Del Centro de Visitantes, tres líneas de autobuses acercaban a los curiosos a los diferentes puntos de observación, prefijados, pero elegidos con mucho tino. Todos los puntos, todos, tenían gran belleza visual. Se podían hacer a base de paradas de autobús o caminando de punto a punto. Ardua tarea esta última, sin duda.
El ‘grupo del Nissan Armada’ hizo de todo: trayectos en bus y andando, largas paradas y apresurados asomos al abismo. También, como no, ‘selfies’ de peligro. Finalizaron aquella alborotada jornada de emociones en el Yaki Point, a una hora en la que el sol caía ya hacia el horizonte, dejando una sensación de tranquilidad y paz. Los picachos de roca formaban largas sombras en los terraplenes y las aristas de las quebradas brillaban sin saber de dónde vendría su fulgor. El silencio incitaba a un grito apasionado y fogoso.
El Yaki Point, un excelente punto, y recomendable, para finalizar la visita.


Antigua gasolinera en la Ruta 66


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21 de octubre de 2019

Con karma negativo en Las Vegas

Hotel Bellagio, Las Vegas

Había, y hay, varios aeropuertos de entrada a Estados Unidos. Podía entrar por Nueva York, por Washington o Miami, por Los Ángeles o Dallas, pero el viajero insatisfecho lo hizo por Las Vegas.
¡Qué horror!
¿No podía haber elegido un lugar más típico-tópico americano?
No. Imposible.
Entró por Las Vegas procedente de Montreal, después de casi 5 horas de vuelo. Visto desde la distancia pareciera mucho tiempo, pero es que Estados Unidos y Canadá tienen una frontera común de miles de kilómetros.
Bueno, entró por allí porque su destino posterior iba a ser el cañón del Colorado y varios parques nacionales, cercanos todos ellos a ‘la ciudad del pecado’, del dinero, los casinos y tragaperras.
¿Qué pasas de los mal llamados americanos? Pues tres tazas. Si había una ciudad hortera y más empalagosamente americana esa era Las Vegas, Nevada. Circunstancias del viaje, circunstancias personales y comprometido con el viaje se impuso conocer un poco las miserias y grandezas de esta ciudad. Había quedado con unos amigos y le quedaban tres días por delante ¡muchos!, para dedicarle ratos de ocio, horas diurnas y también, como no, nocturnas.
Cuando entras en un país con sensaciones dañinas o el karma negativo, el mochilero piensa que el país se lo devolverá con creces, acentuado. No habían pasado muchas horas de haber pisado Las Vegas Strip cuando le devolvieron el pernicioso regalo.
Interior de uno de los casinos

No había averiguado mucho, ni había conocido aún downtown (zona centro) sólo había pasado por delante del hotel The Mirage, y otros, aunque, según parece, fue al erigirse éste cuando se inició la grandiosidad moderna de esta ciudad, que poco a poco ha ido dejando decaer la otra zona, la zona germinal. Era en la franja del Strip donde la grandiosa y brutal espectacularidad de los hoteles contrastaba con lo decadente de otras áreas. Una fastuosidad desde el inicio por el norte con el lujoso complejo del Wynn y Encore -y anterior, incluso, el hotel-casino Stratosphere- hasta casi el aeropuerto. En el camino se encontraban las impresionantes zonas de tiendas de los propios hoteles, donde destacaría por méritos propios el Forum Shop del Caesar’s Palace, el Bellagio o el Venetian y Palazzo. Parecían ciudades subterráneas, con túneles y túneles de tiendas. ¡Que se lo digan si no a Louis Vuitton, Saint Laurent, Carmines, Ralph Laurent o Giorgio Armani, y más!. Muchos pasos más allá, el Cosmopolitan, New York-New York, el Excalibur, el Luxor o Mandalay
Pero esto es otro mundo. Falso mundo de una farsante muchedumbre que busca la opulencia y notoriedad.
La realidad del mochilero fue otra. No había conocido aún toda esa ‘odisea del mal gusto’ cuando paseaba por el loco Las Vegas Boulevard. Estaba casi inspeccionando el sitio, cual antropólogo caduco, ciego y perdido en un mundo hortera y desmedido, cuando aquel negro espigado le asedió con su chalada impertinencia de ‘descerebrao’ y desubicado impostor. ‘Tú ayer me has molestado’. No le había visto. ‘Me has ofendido’, gritaba. No le conocía de nada. ‘Eres un estúpido blanco’. No le entendía la mitad de las cosas que me decía. Eso sí, miraba con odio a este mochilero y daba saltos como reteniendo uno mortal. Un negro cretino (podía haber sido blanco) que después de asediarle hizo amagos de dejarle en paz. A los diez pasos, de repente se paró. Se dio la vuelta y le lanzó con odio y fuerza el vaso que llevaba en su mano, aunque no encontró blanco. Más cabreado aún se acercó haciendo curvas como un culebrón. ‘¡Me has molestado!’, y sin anticipar su reacción, le soltó a este pacífico leonés un puñetazo certero en su carrillo derecho que casi le tumbó. Si, dio varios traspiés. El zopenco negrata se fue. Una sociedad loca, genera gente loca de lo que no adolece la ciudad de Las Vegas.
Y aquella energía y karma negativos a la entrada le devolvieron mezquindad e insensatez en forma de puñetazo de un negro majareta.
Casino Excalibur



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5 de octubre de 2019

Avistando ballenas / Canadá

Ballenas
Ahora que la población mundial, excepto japoneses y alguno más, se ha sensibilizado con el peligro de extinción de las ballenas, el viajero insatisfecho, como fiero luchador de la causa, se lanzó a una excursión expresa para su avistamiento.
¡Y qué fácil resultó!
Hacía poco, en España, había leído en algún periódico que en el golfo de San Lorenzo se habían encontrado varias ballenas muertas de una especie en peligro de extinción, las ballenas francas glaciares. Nadan muy lento y producen mucha grasa, por lo que estos grandes cetáceos fueron una presa fácil para los antiguos balleneros.
Lo recordó estando por la zona de Quebec, y cuando conoció, a través de un folleto, que organizaban viajes en zodiac para su avistamiento, no dudó en unirse a la batalla. Ya en la población de Tadoussac, puerto de partida, pudo comprobar que había toda una infraestructura turística para llevar a los curiosos a la zona clave. Cientos y cientos de personas, miles, lo hacían diariamente, en grandes zodiac o en barcos preparados para tal manifestación turística.
¿No hay alguna actividad viajera en este mundo actual donde se pueda disfrutar en solitario, al margen de todo este meollo turístico? El mochilero leonés sabe que sí y que lo podría realizar sin mayores problemas. Solo necesitaría un vuelo a Abiyan, a Libreville o Kinshasa. A Douala o Lomé. Se acabaría, así, toda esta prole de turistas de 4x4 y furgonetas AC.
Escena de avistamiento

Pertrechados de aquel uniforme naranja anti-chapuzón de agua, se lanzaron a las tranquilas aguas del San Lorenzo. Un hermoso día caía sobre los curiosos de la zodiac, con bellas formaciones de nubes encima y a lo lejos. Ver surgir una ballena enseñando primero su lomo cada vez más inmenso para luego sumergirse de nuevo, con un mínimo salto y exhibiendo su cola semilunar, fue deslumbrante. Muchos ‘¡oh!’, expresiones de admiración. Esta zona del San Lorenzo era uno de los pocos lugares del mundo donde se podía ver tal variedad de cetáceos marinos. Lo que les atraía aquí eran los inmensos bancos de kril, pequeños crustáceos similares a las gambas, pero diminutos. La corriente de agua dulce que surgía de uno de los fiordos laterales, al mezclarse con la salada, reunía y acumulaba una bolsa de nutrientes, fitoplancton, elemento fundamental de la cadena trófica de los ecosistemas oceánicos. La guía canadiense que acompañaba al grupo -hablaba un perfecto español- fue muy precisa a la hora de explicar este fenómeno que era totalmente físico y carecía de otra interpretación. Eso sí, apuntó que, si bien la temporada estaba en su apogeo, circunstancias extrañas podrían abocar a que un determinado día no se pudiera avistar una sola ballena.
La naturaleza salvaje y libre tiene esas cosas inexplicables, aunque lógicas.
Había muchas ballenas aquel día. Salían de vez en cuando a respirar, deleitando a todos los curiosos de las zodiac. No sabe cuántas especies pudo ver: ¿ballenas azules?, ¿ballenas jorobadas?, ¿ballenas comunes?, ¿ballenas minke? Lo desconoce, pero fue ¡un bonito espectáculo! Lo que no vio fueron los lomos blancos de las belugas, en grave peligro de extinción.
Aunque, sí, ¡una bonita exhibición!
De regreso, dos de las zodiac realizaron otra demostración de velocidad, carente de peligro en aquel mar tranquilo, que todo el mundo aplaudió. Incluso las nubes soltaron unas gotas de agua de regocijo y placer, supone. Se acercaron a las grandes paredes del fiordo, moles rocosas salpicadas de verde, y el piloto y la guía despidieron a todo el pasaje en el puerto con simpatía y buen humor.
La ballena y la zodiac
El V(B)iajero Insatisfecho, dirigiéndose a la zona


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21 de septiembre de 2019

¡A la mierda!, la organización

Casa típica de aquella región

Parte del reconocimiento personal y expreso de que no preparó el viaje a Canadá. No lo planificó como los canadienses, y el resto del primer mundo (?), quieren que se prepare. Previsión de lugares a visitar, reserva de hoteles, coche de alquiler (si fuera posible), planning de recorridos, reservas de autobuses, aviones o cualquier medio de transporte. Si, así se inclinaría a hacerlo el más inteligente, así parece ser que se viajaría a Canadá, a Estados Unidos, a Italia o a San Petersburgo. Todo ello, muy lejos de cómo el viajero insatisfecho quiere moverse.
¡Se acabó!
Si tiene que cumplir todos esos parámetros de estupidez organizativa, de previsión impuesta por la masificación turística y de falta de libertad de movimientos al no tener un sitio reservado con unos días, semanas o meses de antelación, este mochilero leonés se retira a su ‘terruño’ y que viaje el sursuncorda. Tratará -antes de que le acoten aún más el camino a recorrer- de ir a lugares donde intuya cierta libertad y albedrío. Piensa en la parte de África que le queda por conocer, tal vez un poco de Sudamérica y algún que otro país del Extremo Oriente. Si, aun así, necesita el ‘Booking’ como aplicación de cabecera, ya vera el rumbo a tomar.
¡A la mierda, la organización!
Que tiene cosas interesantes este país, Canadá. No lo duda. Que tiene paisajes de ensueño en sus montañas rocosas. Cierto, y lo sabe. Que sería toda una experiencia atravesar del Pacífico al Atlántico en un típico tren canadiense. ¡Menuda envidia este recorrido! Aunque insiste, ¡a la mierda, la organización!
Pero, una vez referidas estas actitudes a modo de introducción, va a contar algo más sobre su ‘insulso’ viaje a Canadá. Caros alojamientos, aunque dignas habitaciones en colegios universitarios (pero no es el estilo de este mochilero el alojarse así) y la masificación en albergues y otros alojamientos fue tónica general en su periplo canadiense. No quiere contar, tampoco, la prepotencia que encontró en alguna de estas estancias, en régimen cuasi-dictatorial, con formas poco educadas y personajillos en recepción amenazantes hacia el posible o futurible huésped.
¡Lamentable, si!, pero cuenta una realidad vivida.
Al decidir lanzarse desde Quebec a conocer la península de Gaspé que se forma más al norte, hacia la desembocadura del río San Lorenzo, pensó que una buena etapa sería llegar hasta Rimouski, donde podía aprovechar para conocer el Parque Nacional de Bic. Pero los parques nacionales no están al lado de las ciudades como era de suponer, y ya suponía este viajero. Se acercó a la oficina de turismo, muy peripuesta y emperifollada, por cierto, para intentar lograr información sobre la forma de llegar a aquel parque nacional. Pero no, no había en toda la ciudad ningún tour o agencia que acercara al visitante al mismo y, por supuesto, no había medio de transporte público que dejara a cualquier interesado en los alrededores. Sugerían, desde la oficina de turismo, contratar un taxi. ¡Valiente oficina de turismo! Aunque bien atiborrada de folletos, lo único que ofertaba era un paseo por la orilla (asfaltada, eso sí) del río San Lorenzo, una visita al museo del Mar o al museo Regional de Rimouski, rutas de senderismo para ‘pasar la mañana’, y poco más.
Isla de Saint Barnabé

Se levantó animoso al día siguiente en el impresentable hospedaje (a 65 euros la noche), con dueño estúpido, donde se encontraba. No sólo eso, para ducharse había que descender varios tramos de escalera hasta el sótano. Decidió acercarse a la isla St. Barnabé, frente a la localidad de Rimouski. Era una isla hermosa y tranquila cubierta de bosque, atravesada por senderos, orlada de playas de piedra y arena y poblada -decía el libro/guía- de garzas reales azules y focas.
¡Mentira!.
Se encontró con una islita (4 km. de largo por 400 m. de ancho), eso sí, con una breve historia de contrabando de alcohol: un cartel al llegar contaba estos avatares. En otro lugar de la isla, en un cuidado tenderete, se relataba también la historia, esta sí más duradera, de sus últimos propietarios, una familia con varias generaciones en ella. Pero, recopilando hechos más antiguos, en el siglo XVII, la isla fue habitada por Toussaint Cartier, un ermitaño, cuya historia aún está envuelta en el misterio, aunque todos los de la población debían conocer. El ermitaño se trasladó al centro de la isla, en el lado sur, donde construyó una cabaña y un pequeño establo. Se basaba en el cultivo de un pedazo de tierra y en la cría de algunos animales domésticos. Se creía que "a veces cruzaba a Rimouski para asistir a los servicios religiosos de la misión”.
Y en fin, ¡vuelta a la ciudad!
Esta situación de falta de oferta de transporte para visitar sitios emblemáticos, le ocurrió en tres o cuatro localidades más: en Trois Rivières, en Montreal, en Mont Tremblant,… En algún caso, les sugirió que era algo de lo que deberían disponer para el turista de a pie, pero levantaban los hombros como indicando no saber qué contestar.
Como no había nada que hacer en Rimouski, trató de organizar algo para su próxima etapa, Gaspé y Percé, en la desembocadura del río San Lorenzo. Lo primero, fue el alojamiento. Nada. Imposible encontrar algo después de desmembrar las páginas de ‘Booking’, y otros buscadores. No se aventuró a ir pues debía llegar de noche a Gaspé y, en vista de lo ya experimentado, sin un lugar de cobijo era desacertado aparecer.
No quiere cansar con más divagaciones pero, eso sí, alguno de estos detalles podrían ser elevados hasta el infinito.



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8 de septiembre de 2019

Cataratas del Niágara




Cataratas del Niágara

Una masa humana. Un sonido profundo de toneladas de agua lanzándose al vacío. Una multitud de curiosos con sus móviles en posición de ataque. Un espléndido día, a veces enturbiado por nubarrones. Un manto infinito de agua, aunque de sólo 64 metros de altura, que impactaba en el lecho del río de manera salvaje, como un estruendo. Parejas y parejas agarradas de la mano, mirada emocionada. Calificativos de ‘wonderful’ (maravillosa) o ‘awesome’ (impresionante), y una jauría de chinos asomada al balcón ‘de las brujas’ (balaustrada protectora).
Así definiría, ahora, aquella visión de las cataratas del Niágara el viajero insatisfecho. Pero ¿por qué ‘niágara’?. Lo mismo que ocurría con las famosas cataratas Victoria del río Zambeze, llamadas por los locales Mosi-oa-Tunya, que significaba ‘el humo que truena’, este salto americano del ‘Niágara’ venía a significar, en la lengua iroquesa, ‘trueno de agua’. Similar ¿no?.
Masa de gente en las cataratas

Este famoso salto no era de los más altos del mundo, según el libro-guía, ocupaba el puesto 50 a nivel mundial, pero sí el único con semejante caudal de agua. Según este mismo libro “de día y de noche, y en cualquier época del año, las cataratas impresionan: 12 millones de visitantes al año no pueden equivocarse” (o sí, añadiría).
Y sí, hacía un espléndido día (aunque por un momento y a primeras horas de la mañana, lo enturbiaron unas tímidas gotas de agua), cuando el autobús que les trasladaba desde Toronto estacionaba en un parking cercano al salto. Sorprendían los 4 o 5 rascacielos que acampaban al lado -hotel Marriot, incluido- ¿Qué hacen estos ‘mamotretos’ asaltando la belleza de la naturaleza?. Pues sí, así es y será -supone- el carácter de este pueblo americano. ¡Qué más da que sea canadiense o estadounidense a la hora de encontrar negocio! Con aquella impactante catarata, el espectáculo estaba servido.

Barco acercándose al pie de la catarata

El trayecto de Toronto a las cataratas no era muy largo. En términos turísticos, la visita era ‘de un día’. Sin equipaje (la mochila, aún la tenía SwissAir) el mochilero leonés no se complicó la vida. En el hostel en que se hospedaba en Toronto contrató el billete de un bus-tour que le llevaría y le devolvería a la ciudad. Al redil. No era muy temprano cuando abandonaba el hotel, sobre las 9,30 de la mañana. El bus iba cargado hasta su último asiento, aunque teniendo el destino y los movimientos del día ya definidos, la preocupación era mínima. Se dejaría llevar. Entre otros movimientos, estaba la posterior visita a un viñedo y recorrido por ‘Niagara on the Lake’, población ésta cuidada de manera exquisita con sus casas totalmente reformadas, sus paseos y calles ajardinados y ‘maquillados’ al gusto turístico. A destacar, el hotel Prince of Wales, con su exterior cuidado en exceso e, imaginaba, interior con gusto ‘vintage’.
La excursión desde la salida era cómoda, con un alto para repostar el cuerpo, y parada casi al mismo borde las cataratas. El propio conductor y guía, después de admirar aquella maravilla desde arriba, organizó a los presentes que quisieran un ticket para el barco que llevaría a los turistas al mismo borde del salto, donde el agua rompía. Y este leonés se apuntó, previo pago de 20 dólares, según cree recordar. Con el débil chubasquero que le regalaron se mojó hasta las trancas pero disfrutó de esa cercanía de las aguas y del bullicioso e impactante ruido del salto. No duraba mucho la experiencia, alrededor de veinte minutos, pero no se arrepintió de haber hecho un poco el turistón y llevarse el placer. Un descanso al finalizar este recorrido en barco para el almuerzo y el relax. Esto le llevó a Clifton Hill, una calle cercana ocupada por un sinfín de señuelos artificiales para turistas. Entre otros: House of Frankenstein o Castle Dracula. Una calle con poco estilo y hortera a rabiar.
¡Cosas de los americanos!.
A este mochilero no le gusta el vino pero también se visitaba uno de los muchos viñedos que hay por la zona y se sometió sin remedio al mandato del tour. No estuvo mal sino fuera porque en este tipo de citas siempre prevalecía el mercadeo atroz.
Regresaron a Toronto cuando el sol ya había caído, con la sensación de haber realizado una visita sin contratiempos y afable.
Y esto era mucho.
Viñedos

Calle de la población 'Niágara on the lake'

Copyright © By Blas F.Tomé 2019

17 de agosto de 2019

!Canadá! No me incomodes


Y es un titular justificado, un temor que venía masticando ya varias jornadas. Cree que el temor era fundado, ahora que lleva por aquí varios días.
De esta costumbre de no leer nada antes de iniciar una nueva aventura vienen estos lodos’. !Normal! Pero antes de nada, y redundando aún más aquellos temores, pisaba suelo canadiense y la mochila no apareció. !Voto a bríos!. No había tenido nunca esa sensación, no había pasado por este trance. Lo había oído en los círculos de expertos en tomar vuelos, ‘facturadores de equipajes’, pero no lo había padecido. Ahora puede decir, y lo dice, que esto ocurre.
Los errores, los excesos de viajeros, la inoperancia de las compañías, lo ajustado de algunos tránsitos y la dejadez de algunos trabajadores pueden provocar estas situaciones. ‘Con mal pie entras en Canadá’, se decía el viajero insatisfecho, allí solitario, mirando a la cinta por la que debía aparecer su preciada mochila.
Sin equipaje, sin el francés necesario, se dirigió a la oficina de SwissAir a reclamar. Le prometieron, después de muchos minutos en una cola, que se la llevarían a la residencia  al día siguiente. No fue así. Se demoraron, al menos, dos días.
Sin equipaje, sin el francés necesario, se cogió un bus hasta el centro de la ciudad. Tuvo la suerte que una de las paradas de aquel bus la hacía al lado de su hotel/residencia, y anduvo solo unos metros.
Y qué encontró?. Aunque se lo esperaba, pisaba, sin equipaje, sin el francés necesario, un colegio mayor universitario. No había reservado un hostel para jóvenes, no, había reservado sin saberlo una habitación en un colegio mayor.
Un habitáculo de estudiante, una cama individual de estudiante y un único servicio exterior de aseo para diez o doce habitaciones.
A casi 50 euros la noche y donde estaba, sin equipaje, sin el francés necesario, no parecía la mejor manera de entrar en el país.
La mochila ya esta con él. Faltaría más.


Copyright © By Blas F.Tomé 2019

30 de julio de 2019

Los pigmeos baka de Lomié


La mochila verdi-azul del V(B)iajero Insatisfecho, en Lomié

No era muy difícil llegar a Lomié desde donde se encontraba el viajero insatisfecho, en la ciudad de Abong Mbang, de paso hacia la capital camerunesa, Yaoundé. Claro, también paró en aquella ciudad de nombre sonoro con la intención de ir a la Reserva Dja que limitaba con la población de Lomié.
En la estación central tomó un vehículo de cuatro plazas, donde en realidad viajaron siete más un montón de equipaje, que el gordo, opulento y simpático conductor colocó entre risas y chanzas, algunas –intuyó- a costa del ‘blanco’ mochilero. Hablaban entre ellos el idioma local.
Era una población tranquila o esa fue, al menos, la primera impresión. Una vez allí, con el polvo hasta en las orejas y rescatada la mochila entre un montón de fardos, sacos y paquetes, alquiló un moto-taxi para que le llevara al único hotel, medio decente, que había en Lomié. Estaba relativamente alejado, y un poco abandonado en cuanto a habitaciones y servicios (así es África) pero la simpatía del empleado y la tranquilidad del lugar le predispusieron a no ser muy exigente. Tampoco tenía muchas alternativas. Como único cliente, había una japonesa poco agraciada pero agradable y nada esquiva. Llevaba por la zona varias semanas, según dijo, y se dedicaba al estudio de los pigmeos baka, su vida, costumbres, asentamientos y tradiciones.
Tomó una ducha de ‘cubo y cazo’ y salió a dar una vuelta por la población. Siempre era necesario alquilar un moto-taxi pues el alojamiento estaba bastante alejado.
Ya en el centro de Lomié hizo un intento por contratar los servicios oficiales para la visita de la Reserva Dja, con la lejana posibilidad de poder avistar gorilas de llanura, pero los servicios eran muy caros para un único individuo y, entonces allí, solamente estaba este mochilero leonés y, previsiblemente, ningún viajero más en las próximas semanas.
Desistió del trekking selvático (¡otra vez será!) y, al día siguiente, se dispuso a recorrer los alrededores para visitar los muchos, aunque pequeños, asentamientos de pigmeos, a orillas de la carretera, llenos de niños, pobreza y polvo. La selva servía de fondo para todos los ‘mongulus’/vivienda pigmea. Su vegetación primera, también cubierta de polvo rojizo, quitaba autenticidad y le daba un aspecto más tétrico.
En todos y cada uno de los poblados y viviendas le recibieron con simpatía, muchas veces, según quién, mezclada de tímidas miradas. Niños en pantalones cortos, llenos de suciedad, le miraban inquietos, curiosos, a veces sonrientes; otras temerosos.
El V(B)iajero Insatisfecho estaba rodeado de niños pigmeos

En el guía-motero, contratado después de un largo regateo, eran todo atenciones. Paraba en cualquier enclave que despertara la curiosidad del viajero y le enseñaba todo con tranquilidad y sonrisas. En uno de los poblados, se encontró con un joven pigmeo que hablaba con esfuerzo pero con claridad un poco de español. Con él y sus amigos estuvo largo rato. Estaban encantados de practicar el idioma aprendido en la escuela con un parlante nativo sorpresa.
Gente afable que, sin tener gran cosa, tenía la educación de la inocencia y la sabia naturaleza que les rodeaba.
¡Larga vida a los pigmeos baka!

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3 de julio de 2019

Kabatoro Guest House / Uganda


Hipopótamos en el lago Edouard

Ayer, después de casi dos años de haber visitado Uganda, ha recibido un wathsapp, con un mensaje de voz de un joven ugandés que quería saludarle. Este hecho, este mensaje, le hizo recordar aquella jornada de descanso en Kabatoro Guest House, a la salida del Queen Elizabeth National Park. El emisor de la nota era un empleado de aquella guest house donde pasó una noche.
Por cierto, noche de infausto recuerdo.
[Esto que va a contar fue su experiencia, aunque sabe, por el mensaje de este empleado, que el staff ha cambiado y puede haber variado la calidad del establecimiento].
Este ‘hotelucho’ -por internet se dejaban ver opiniones de las que se deducía cierta calidad- estaba en medio de la nada, y cuando el viajero insatisfecho apareció por allí, después de visitar el parque nacional, no tenían ni agua para una obligada ducha, olía a puta-mierda, pero mierda de la auténtica, no ofrecía wifi y pasó una noche de diablos.
Eso sí, los chicos y la chica que mantenían aquello (mal, por supuesto) eran agradables y hacían lo que buenamente podían. Que podían poco. Les encomendó que arreglaran la avería del agua y a ello se pusieron con cierto ahínco, aunque pasados 20 minutos, de abrir y cerrar llaves o de subirse al depósito del agua, abandonaron el trabajo que vieron irresoluble.
Otro delito, la cerveza estaba caliente pero, después de una ducha de ‘cubo y cazo’, de esas que con un recipiente pequeño se rocía el cuerpo con el agua que hay en otro, beber una cerveza era uno de los pocos placeres permitidos en África. Mientras se ocupaba de ello, a lo lejos, dos elefantes atravesaron ligeros un claro en la espesura de la cercana selva. Después, en una amigable charla con los empleados que habían suspendido sus trabajos de arreglo de la avería, se enteró, también, de otra mancha. Si quería desayunar al día siguiente algo decente, dos huevos y un café, no un vaso de agua con regusto a inmundicia, tendría que acercarse a comprarlo al poblado cercano de Katwe.
La noche estaba cayendo en Kabatoro Guest House. El mochilero leonés se sentía perdido, solitario por gusto, en la inmensidad de África. Un ‘boda boda’ (mototaxi en Uganda) era la única solución para arribar en Katwe y comprar aquellos benditos huevos y café. Uno de los jóvenes llamó por el móvil a uno de sus amigos motorista. La espera duró unos 30 minutos.
Con tres personas montadas en la moto, circulaban por un camino lleno de baches, polvo y oscuridad. Algún ruido o berrido lejano generaba cierta inquietud. Eran los alrededores de un parque nacional que no tiene vallas y la permeabilidad de la selva podía ofrecer sorpresas.
Katwe era una pequeña localidad a orillas del Lago Edouard, en cuyos alrededores se encontraba gran parte del Parque Nacional Queen Elizabert. Al llegar a la población, como ya era de noche cerrada, al extranjero ‘de los huevos y el café’ le dejaron en una especie de restaurante local mientras los jóvenes agenciaban los productos estrella. Aparecieron media hora más tarde cuando el mochilero saboreaba una cerveza, esta sí fría. Los invitó a otra que bebieron con rapidez. Montaron en la moto y desaparecieron en la noche.
Acababan de salir del pueblo, cuando se toparon con una manada de hipopótamos que atravesaba el polvoriento camino, cortándolos el paso. Stop. Unos 20 o 30 animales, grandes y pequeños, cruzaban la vía con parsimonia. Salían, pudo saber, a pastar en las orillas del lago.
¡Peligro, peligro!
Este mochilero, allí parado, viendo pasar en la oscuridad de la noche una manada de hipopótamos a uno o dos metros de la moto, se sintió muy vulnerable. El miedo, el silencio y la poca luz que salía del foco parecían estar ensamblados con la noche. El hipopótamo sin duda era el animal más mortífero de África. Unas veces atacaba por defender a sus crías, otras porque se invadía su territorio, y otras si se sentía amenazado. Supuso entonces, y ahora, que aquella noche, perdidos en aquel paraje africano, no cumplieron para los hipopótamos ninguna de las premisas anteriores. Estos artiodáctilos herbívoros cruzaron el camino y no se sintieron amenazados por aquellos tres motorizados individuos; al menos, uno de ellos, casi petrificado en el sillín de la moto.


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21 de junio de 2019

Un apunte sobre la esclavitud en África


'Historia de un continente. África', de John Iliffe

No sólo le gusta viajar por África. Le gusta leer, le gusta recibir noticias, experiencias o consultar vivencias de otros. La pasión del viajero insatisfecho por África tiene que ver con todo lo que de allí conoce, ya sea por su propia vida o por lo absorbido de otros, desde fuera, a veces, más interesante que la particular experiencia. Siempre le impresionó lo que este continente sufrió años ha con la esclavitud, sin olvidar por supuesto lo que sufre ahora con otra clase de indignidad: la corrupción generalizada.
En su mesilla de noche tiene ahora ‘Historia de un continente. África’, de John Iliffe. Un libro esclarecedor, sabio, histórico, lleno de análisis y denso, como lo sería la historia de otro continente contenido en sólo 500 páginas.
Le llamó la atención, sobre todo, el inicio del capítulo sobre la esclavitud, un capítulo tal vez demasiado sintetizado para describir un tema con tanto meollo y enjundia. Le vino a la mente el castillo de Cape Coast, en Ghana, visitado por el presidente Obama en su recorrido por el país. Su presencia allí, simbolizaba el reconocimiento de un hecho tan lamentable como fue la trata de esclavos. También recordó la puerta del No Retorno, en Ouidah, Benín. Dos símbolos de la esclavitud visitados entre los muchos que hay en las costas africanas.
Así inicia Iliffe este capítulo:
Una historia de África debe dedicar algunas páginas a la trata de esclavos en el Atlántico, no sólo por razones morales y emocionales, sino también por la importancia que tuvo en la evolución del continente. Desde mi punto de vista, sus efectos fueron enormes, complejos, y sólo se entienden a la luz de la larga lucha librada por las sociedades africanas contra la naturaleza. Las exportaciones de esclavos frenaron el crecimiento demográfico de África occidental durante al menos dos siglos. La trata de esclavos dio lugar a nuevas formas de organización política y social, a una mayor insensibilidad ante el sufrimiento. El África subsahariana ya se había quedado atrás en el desarrollo tecnológico, pero el tráfico atlántico agudizó su atraso. Sin embargo, a pesar de tanta desdicha, no debemos olvidar que los africanos sobrevivieron a la trata de esclavos, conservando relativamente intactas su independencia política y sus instituciones sociales. Paradójicamente, este vergonzoso periodo de la historia también aguzó al máximo la capacidad de resistencia del ser humano. Era el sufrimiento lo que daba a África su esplendor”.

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3 de junio de 2019

Las 'mordidas' africanas / Camerún

En la izquierda de la foto, el puente alemán de 1903

El viajero insatisfecho nunca se acostumbrará a la corrupción generalizada, a las corruptelas cotidianas o a las ‘mordidas’ ocasionales, dependiendo por dónde mueva su cuerpo. En África esto ocurre, no sabe si puntualmente o de manera generalizada. Bueno, si sabe y, depende del estado de ánimo, lo puede catalogar de una manera u otra. Pero, también, al iniciar un viaje nunca vislumbra lo que se podrá encontrar ¿algo generalizado? o ¿algo puntual?
En esta visita a Camerún la sorpresa fue, en este sentido, un tanto mayúscula. Por las carreteras ‘pululaba’ el ejército, la policía y la gendarmería. Demasiados ‘vigilantes’ para las carreteras de un país que, si bien no estaba tranquilo, tampoco era en extremo peligroso. Moviéndose como se movía el mochilero en medios de transporte locales, la aventura de los traslados se convertía con el paso de los días en un pequeño suplicio de paradas, extorsiones, controles y 'mordidas'. No las sufría en sus carnes, pero si lo apreciaba en los movimientos del conductor por un lado y de los ‘vigilantes’ por el otro.
Ante la cantidad de paradas y controles, comenzó a observar con más detenimiento lo que ocurría en los mismos y, en alguna ocasión, llegó a observar cómo el conductor, al recoger de la guantera la documentación del vehículo que tendría que bajar y mostrar a los gendarmes, a la policía o al ejército, colocaba dentro, sin disimulo, un billete de 2000 cfa’s (unos 4 euros) o 5000 (unos 9 euros). Cuando regresaba, a veces con cierto disgusto, tiraba la documentación de nuevo en la guantera. En ella, con seguridad, no volvía el billete allí aireado. En un viaje de 4 horas perfectamente podrían sufrir media docena de controles, arbitrarios, rutinarios y recaudatorios, unos propiciados por el ejército, otros por los gendarmes o policías. Si tuviera que hacer una afirmación diría que ‘todos sacaban tajada’.
De Kribi a Douala, el autobús que le llevaba atravesaba por la ciudad de Edea y, precisamente, el libro-guía decía algo parecido a ‘una vez pasado Edea, se ve a mano izquierda un imponente puente colonial alemán de hierro de 1903 que, a pesar de su pésimo estado de conservación, sigue en pie’. Una vez llegó el autobús a la ciudad se preparó desde su asiento para hacer la foto de rigor al susodicho antiguo puente alemán. Inmediatamente después de haber tirado la fotografía a aquella obra de ingeniería alemana, de la parte delantera del bus llegaron recriminaciones por el acto. Por la foto.
Este visitante no supo nunca, ni lo sabrá, cómo se habían enterado los de delante del hecho.
Transcurridos unos dos o tres kilómetros del puente, el autobús paró. En el vehículo entró un joven militar con su rifle en ristre que se dirigió directamente al ‘blanco’ y le conminó a descender del autobús. Entre una rápida palabrería en francés, le confiscó la cámara de fotos y le indicó la dirección a seguir.
‘¡No hablo francés!’, ‘¡no entiendo!’.
Fue inútil, descargaron su mochila grande de los bajos del bus y le hicieron regresar ‘de paquete’ en una moto al puente alemán, escoltado por la moto del soldado camerunés.
El autobús continuó su ruta.
Ya, de nuevo, en el inicio del puente, descendió de la moto y se acercó (obligado) a la garita de vigilancia.
‘Está prohibido sacar fotos a este puente’, ‘seguridad nacional’, y le enseñaron un minúsculo cartel que lo apuntaba. Imposible apreciarlo a todas luces desde el interior del vehículo en el que viajaba. Les enseñó la foto, que le hicieron borrar, conseguida desde el autobús con la cámara, una instantánea del puente de deficiente calidad.
Charla en francés, que no entendió, al menos, del todo y, para finalizar, el soldado fusil en ristre le hizo el internacional movimiento de solicitar la correspondiente ‘mordida’ (frote del dedo índice y pulgar), mientras, le amenazaba con llevarlo a la gendarmería. ‘Money’, decía de manera insistente.
El pequeño y breve intercambio de frases (el viajero hablando en español y el soldado en francés, en una conversación, sin duda, de ‘besugos’) terminó cuando el ‘blanco’ sacó los 6000 cfa’s que tenía visibles en la cartera y se los entregó. El mequetrefe quería más. ‘No llevo más. Voy a Douala y, hasta llegar, no tengo más’. Ante la intervención de otro personaje, allí presente, pareció desistir. El estafado viajero enojado le dijo, entonces, algo al ‘soldadito’ aunque no pareció importarle. Y en inglés, entre cabreado y sumiso: ‘¿ahora puedo sacar una fotografía del puente?’. El superior, vestido de paisano, que estaba allí con el soldado, lo autorizó.
Hizo la fotografía que acompaña a este ‘post’.


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