6 de noviembre de 2019

Grand Canyon


El gran cañón del Colorado

New York, Charlie Chaplin, el Gran Cañón, el western, Hemingway, los indios navajos, Lincoln,… ¿Habrá términos o vocablos más intensamente americanos que estos? ¿La humanidad se librará alguna vez de ellos? ¿Podrá alguien mantenerse al margen de su peso específico y rotunda fuerza a nivel mundial? No sabe este viajero insatisfecho, o al menos tiene dudas, si con su añeja postura antiamericana pretendía evitar todo ello o, en cierto sentido, lo simulaba. Sea como fuere, se lanzó a conocer el Gran Cañón con la sensación de hacer algo distinto a lo que había hecho en sus anteriores viajes, donde los trayectos y rutas los elegía después de una premeditada improvisación.
Para ello viajó hasta Las Vegas desde Montreal y esperó a que sus ‘organizados’ amigos le llevaran en volandas hasta orillas del Gran Cañón del río Colorado. Todo salió según lo previsto, se encontró con ellos en las oficinas de ‘El Álamo’, donde un flamante Nissan Armada les esperaba ¡Un pedazo 4x4 este Nissan que no conocía! El Gran Cañón estaba relativamente cerca de Las Vegas, y la tan cacareada Ruta 66 estaba en el camino. La tomaron en la famosa población de Kingman, donde aquella locomotora ‘Santa Fe/3759’, exhibida en todo su esplendor, parecía trasladar a los curiosos visitantes al corazón del oeste americano. Una vieja locomotora de hierro que, en otros tiempos, surcaría las famosas llanuras, saturadas de indios, colonos y atrevidos vaqueros. Fue como el bautismo de fuego de aquel pequeño grupo de amigos que se dirigía a los acantilados del famoso río por la Ruta 66, de rancio abolengo viajero. Dentro del 4x4 en el trayecto había de todo: risas, curiosidad, recuerdos, ansias de conocer o extrañeza por algunos chocantes momentos. Y, como no, ganas de llegar a orillas de los precipicios más afamados del territorio americano.
Locomotora "Santa Fe"

Este mochilero, según se acercaba, recordaba las barrancas de la Sierra de los Tarahumara, del estado de Chihuahua, en México. Allí, lo más grandioso y reputado eran las Barrancas de Urique, de Batopilas o del Cobre, que los lugareños definían como mucho más grandiosas que aquellos precipicios que iban a conocer. Y por su altura, sin duda, si lo eran. El Cañón del Colorado alcanzaba en su máximo los 1600 metros, mientras que la Barranca de Urique tenía una profundidad de 1879.
El gran cañón, visto desde el Yaki Point

Pero fue un gran trance cuando avistaron el Cañón. Un momento, quizás, de incredulidad ante lo que aparecía en los ojos de aquellos cuatro amigos en ruta. Se encontraban en una atalaya, más bien mirador, con una vista privilegiada sobre aquella célebre quebrada. Admiración y silencio. Respeto y desconcierto. Magnificencia y suntuosidad. Un cúmulo de sensaciones y reconocimiento general del ‘grupeto de amigos’ de estar ante una maravilla natural. Nada más.
Era fácil visitar los distintos miradores del Cañón del Colorado, en la parte que llamaban South Rim. Del Centro de Visitantes, tres líneas de autobuses acercaban a los curiosos a los diferentes puntos de observación, prefijados, pero elegidos con mucho tino. Todos los puntos, todos, tenían gran belleza visual. Se podían hacer a base de paradas de autobús o caminando de punto a punto. Ardua tarea esta última, sin duda.
El ‘grupo del Nissan Armada’ hizo de todo: trayectos en bus y andando, largas paradas y apresurados asomos al abismo. También, como no, ‘selfies’ de peligro. Finalizaron aquella alborotada jornada de emociones en el Yaki Point, a una hora en la que el sol caía ya hacia el horizonte, dejando una sensación de tranquilidad y paz. Los picachos de roca formaban largas sombras en los terraplenes y las aristas de las quebradas brillaban sin saber de dónde vendría su fulgor. El silencio incitaba a un grito apasionado y fogoso.
El Yaki Point, un excelente punto, y recomendable, para finalizar la visita.


Antigua gasolinera en la Ruta 66


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