14 de octubre de 2018

Museo del oro / Bogotá

Poporo de oro

La ciudad de Bogotá era un caos, o quizás una palpitante capital. Tal vez, el lugar que acogía a una vibrante población, heredera de los muiscas, indígenas del altiplano colombiano. No sabe. Nunca le han gustado las ciudades y eso que siempre ha dependido de ellas en sus viajes.
Era difícil Bogotá. Era más fácil si el visitante centraba su actuación en el epicentro cultural, en La Candelaria. Y dentro de este foco, más bien al lado, un lugar destacado ocupaba el Museo del oro, ubicado allí en un moderno edificio. No sabría decir si por decisión arquitectónica o debido a diversas remodelaciones, el caso era que su fachada principal parecía reciente, un cubo de formas rectas como si fuera uno de los dados de un gigante parchís.
En su interior, haciéndose eco de la Lonely Planet, albergaba “más de 55.000 piezas de oro y otros materiales de las principales culturas precolombinas”. Había objetos de los muiscas, tesoros de los tayronas, o de los quimbayas, y también de la civilización zenú. Se supone que con la adquisición de un poporo de oro (objeto muy popular entre los indígenas tayrona), aunque aquel primerizo en cuestión era quimbaya, dio comienzo la colección.
Objetos de oro

Ante tanta exhibición de oro, y de tan variados orígenes, no era de extrañar que aquellos españoles colonizadores encendieran en su imaginación la leyenda de El Dorado. Mucho más sabiendo ahora que los muiscas eran muy dados a celebrar ceremonias y rituales en lagunas cercanas, como la de Guatavita. En estas ceremonias, los caciques o los ‘mamos’ llegaban a adentrarse en el centro de las aguas y arrojar oro y esmeraldas a las profundidades.
Con casi dos horas y media de observación de piezas, distribuidas de manera temática en tres amplios pisos, estos turistas españoles (habría más en el interior) pudieron llegar fácilmente a la conclusión de que era necesario e inevitable visitar aquel fastuoso museo. No haberlo hecho, hubiera sido una equivocación pasmosa, pues la calidad de lo que allí uno encontraba sería difícil de admirar en cualquier otro lugar.
Lo recomienda.
Todo se realizó sin prisas, con velocidad pausada. Necesario era recrearse en algunas figuras de espectacular forma y presentación, vitrinas y más vitrinas con una exhibición fulgurante de piezas. Pasear por sus galerías y salas era emprender un gran viaje al mundo precolombino. Era una muestra continua de piezas donde se podían ver los mitos, creencias, chamanismo y simbología de aquellas lejanas culturas.
El recorrido se estructuraba en torno a cuatro o cinco grandes espacios temáticos más una sala interactiva, en realidad, un espectáculo de luz y sonido que merecía la pena disfrutar.
No permitían hacer fotografías en su interior pero el viajero insatisfecho os puede asegurar que hizo algunas con el móvil, con disimulo, aunque en algún momento el vigilante le pillara en su punible acción pero, con un punto de complicidad, ‘se hiciera un poco el loco’.
Aquellos dos españoles salieron sonrientes y complacidos de aquel lugar cerrado, hermético, casi claustrofóbico pero terriblemente bello, llamado Museo del oro.
Objetos de oro



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29 de septiembre de 2018

La Ciudad Perdida, ciudad Teyuna

La Ciudad Perdida, vista desde la parte alta

En esta ocasión, en este viaje, lanzarse a la hazaña de ir a la Ciudad Perdida no era una decisión del viajero insatisfecho. Por suerte (o desgracia) ya había conocido esta ciudad Teyuna (así era conocida por los indígenas) en 1996, después de un esfuerzo, en aquel entonces, de 5 días de lucha contra las subidas, charcos, lluvia, mosquitos, resbalones, ríos y cansancio, la selva era siempre un territorio hostil. Además, en fechas muy complicadas pues la zona estaba también ocupada por la guerrilla, con total falta de empatía hacia turistas y visitantes. La expedición de entonces estaba compuesta por dos personas: el guía y el mochilero leonés, 22 años más joven.
Por poner en situación al lector que no haya conocido nada de este enclave, sería necesario transmitir que se encontraba en medio de la Sierra Nevada colombiana, en un paraje selvático a orillas del río Buritaca. Únicamente era posible llegar mediante una larga caminata (con guía y contando con una infraestructura ya prevista de varios campamentos en la selva) aunque, teniendo suerte, unos pocos kilómetros iniciales podrían hacerse en motocicleta (de paquete), y otros pocos más adelante, en mula. La expedición a aquel territorio -en él, los pueblos descendientes de los tayronas  (kogis, arhuacos, wiwas y kankuamos) tenían mucho que decir- se alargaba cuatro o cinco jornadas. Duras jornadas estas, donde el descanso se realizaba en los campamentos, normalmente después de todo un largo día de caminata por sendas, estrechas veredas o trochas selváticas.
Parte del campamento 1 (1ª noche)

Las caminatas tenían todas las autorizaciones de esos pueblos tayronas que dominaban la selva, sus antiguos emplazamientos y las montañas como propiedades de sus dioses y en las que sus ‘mamos’  (una persona, un guía, un orientador de la ley de origen y representante del principio del conocimiento) ejercían un férreo control.
Ahora, esta pareja de amigos se encontraba en Santa Marta que venía a ser como el lugar ideal para organizar una excursión allí, a través de las 3 o 4 agencias que cumplen esa misión. Pero a primera hora de la mañana de la víspera aún nada estaba decidido. Ese extremo, la decisión, era más que eso, era determinación a la hora de elegir algo que hacía ilusión pero que de entrada se sabía duro en extremo. Una vez tomada ésta con osadía, ya a media mañana, comenzaba el agobio del preparatorio de mochilas y enseres para pasar 4 o 5 días en plena montaña selvática tayrona, mientras el resto del equipaje quedaría a buen recaudo. A la postre, serían cuatro. Poco equipaje, estaban advertidos, pues las jornadas eran de gran dificultad y el peso de la mochila jugaba en contra del senderista principiante. Dos 4x4 trasladarían al grupo, a la mañana siguiente, hasta la población de Mamey (o Machete) donde, ahí sí, comenzaría la aventura. Una vez ingerido el almuerzo, el guía (Saúl) dio la orden de marcha. Las primeras dos horas y media de ascensión permanente, de complicada pendiente y estable inclinación, ponían ya a prueba al grupo de atrevidos. El mochilero recordaba esta elevación 22 años antes, y hablaba con el guía de su dureza. Este se reía sin pronunciar palabra. Después de cuatro horas y media de agotadora marcha, llegaban al campamento 1. Nada que ver con el campamento donde pasó aquella lejana primera noche, excepto la ubicación y su dueño Adán. Entonces, era una casa de madera con un cobertizo adosado con varias hamacas para el descanso; ahora, eran siete u ocho cobertizos/barracones construidos entre la frondosa vegetación a lo largo de la orilla del pequeño río, afluente del Buritaca, la mayoría de ellos con sencillas literas provistas de mosquiteros para pasar la noche y unas mesas corridas delante para la cena y desayuno. Baños, retretes y duchas completaban los servicios básicos existentes. Y otra gran diferencia con lo que retenía en el recuerdo: allí pasó la primera noche en compañía del guía y del matrimonio propietario. Ahora, y en la misma noche, dormirían alrededor de 170 agotados turistas.
El turismo invasor.
Con el siseo de los mosquitos que rondaban los cuerpos embadurnados de ‘Relec’; con la noche nublada apunto de llover; con los olores puros de la selva, del bosque mixto lleno de líquenes, arrayanes, lianas, sietecueros y otro tipo de arboleda con sus helechos, bromelias y orquídeas; con el gorjeo de la multitud de aves cercanas, y -en la imaginación- con el rugido de alguno de los felinos más codiciados de la sierra (jaguares, ocelotes o tigrillos), se rindieron al profundo sueño selvático.
No va a detallar todas las peripecias del trayecto ni todos los pormenores del avistamiento, al tercer día de marcha, de los más de 1.200 escalones que ascendían a la Ciudad Perdida, partiendo del río Buritaca. Su ascenso era como la última prueba de fuego que ponía la expedición a todos los visitantes. Su subida era dura. Muy dura. No obstante, si no hubiera sido por estas escaleras ribereñas, quizás los exploradores nunca hubieran descubierto, en la década de 1970, esta ciudad precolombina, este mal llamado ‘machu-picchu’ colombiano. Si querría dejar constancia también de la inconveniencia de la lluvia a la hora de caminar; del suelo resbaladizo por el agua caída; de los numerosos arroyuelos empedrados que era necesario cruzar y, luego, estaba el río Buritaca, vadeado en cuatro ocasiones.
Poblado kogi, a orillas de la senda

La Ciudad Perdida se perdió en la época de la conquista. Diversos sucesos relacionados con nuevas enfermedades, y otros, llevaron a ello. Ahora, sus ruinas ya ubicadas, eran una maravilla. Conocida por su nombre indígena, Teyuna, fue construida por los tayronas en las laderas septentrionales de la Sierra Nevada de Santa Marta. Actualmente constituía una de las ciudades precolombinas más grandes descubiertas en América.  Se erigió, según señala la Lonely Planet, “entre los siglos XI y XIV, aunque sus orígenes se remontan más atrás, quizá al siglo VII […] Es la ciudad tayrona más grande descubierta hasta hoy y fue probablemente su mayor núcleo urbano y su principal centro político y económico. Se cree que vivieron entre 2000 y 4000 personas”.
Vadeando el río Buritaca

Nada había cambiado de cómo la recordaba, tal vez alguna terraza más descubierta, pero pocas, aunque faltaban, eso sí, muchas por descubrir. Por descontado evocaba su impresionante ubicación, en una ladera montañosa que precisamente necesitaba, para situar sus edificios, las firmes y bien asentadas terrazas construidas con rocas, vestigio que permanecía de aquel populoso asentamiento tayrona. El lugar comprendía un complejo sistema de caminos empedrados, escaleras y muros intercomunicados por una serie de terrazas y plataformas sobre las cuales se construyeron los centros ceremoniales, casas y sitios de almacenamiento de víveres.
Escaleras tayronas, de subida a la Ciudad Perdida

En 1996, en aquellas ruinas tayronas se encontraban unas 8 personas, incluidos los cuatro soldados que observaban de lejos a los tres turistas o viajeros. Ahora, en aquella mañana de primeros de agosto, vagaban por aquellas piedras unas 200 personas, casi el límite de lo permitido por las autoridades colombianas.
El turismo invasor.
Terrazas de la Ciudad Perdida

Aun sin el cuerpo recuperado del esfuerzo, al situarse en la parte alta de las terrazas, la satisfacción parecía vislumbrarse en los casi 200 rostros que por allí pululaban como perdidos en el paraíso o, quizá, en el abismo.
El regreso, por los mismos senderos y trochas, no fue menos dificultoso. Al haber inevitablemente más zonas con descensos que en el camino de ida, se podía hacer algo más rápido, pero no menos agotador.
La llegada al punto de partida, a Mamey (o Machete), fue como una liberación. Todos con todos. Todos entre todos. Risas y más risas.
Misión cumplida.

Terrazas de la Ciudad Perdida



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15 de septiembre de 2018

Cartagena de Indias, con algunos detalles

Edificio del Ayuntamiento, en la plaza de la Aduana

Antes de nada y como primera reflexión, la elección del hotel, a través de Booking, no fue lo más acertada. Y aunque pareciera una cuestión menor que en nada debería afectar, esa alternativa disminuiría a la larga la capacidad explosiva emocional al penetrar en un lugar tan en boca de todos, tan repetido, tan cacareado y tan sobre elevado a las alturas como era Cartagena de Indias.
¿Será para tanto?
El viajero insatisfecho ya conocía este enclave colonial pero habían pasado los años, muchos, y la percepción de haber estado un día allí iba empobreciéndose según pasaban ante él -apacibles y tranquilos- los edificios, palacios, las plazoletas, iglesias y catedrales.
Al hotel, en la zona de Getsemaní al lado del centro histórico, le faltaba ese glamur necesario para pasar dos o tres días en aquella soñada ciudad criolla. Una vez aposentados, no sin antes consultar a los dioses del averno sobre si era propicio y oportuno quedarse o abandonar el hotel, Cartagena, la vieja Cartagena de Indias se ofreció populosa y mimosa a los recién llegados. Un día fue centro y vida del escritor Nobel García Márquez. Allí escribió, ejerció el periodismo desde sus inicios –‘el mejor oficio del mundo’, le gustaba decir- y concibió su última morada. Como dijo quien bien le conocía “siendo de Aracataca, viajando tanto a Bogotá y queriendo mucho a Barranquilla, la ciudad que escogió como su residencia fue Cartagena”. Esta vieja urbe, ya sin su ilustre vecino, se ofrecía ahora como un refugio pleno de turistas.
La puerta del Reloj se convertiría a partir de entonces en observador del trasiego ‘turistón’ y viajero de aquella pareja inconformista de españoles. Aquella puerta, por la cercanía al ‘nada glamuroso’ hotel elegido, era de obligado paso para internarse en su parte vieja.
Si bien perderse por el centro histórico era un imprescindible, una manera eficaz de acercar el contenido monumental de la ciudad al foráneo era contratar un guía turístico que abriera sin disimulo las ventanas al conocimiento. No podría negar que hubo lo uno y lo otro. Y en Cartagena de Indias, como en otras muchas ciudades del mundo, tenían este servicio de guía gratuito. No era necesario nada más que apuntarse a través de una web. Sencillo.
La ciudad tenía muchos sitios turísticos como la puerta del Reloj, la Plaza de la Aduana, el Convento e iglesia de San Pedro Claver (“el apóstol de los negros”), la catedral Santa Catalina o el Palacio de la Inquisición. Muchos patios interiores que visitar; muchas fachadas coloniales que admirar; muchos balcones, recios balcones cargados de flores para fotografiar. Balcones originales, pocos; balcones restaurados y recuperados, casi todos. El más grande, largo, señorial y casi sin retoques el del Museo Naval del Caribe, con vistas al mar.
Un repaso por todo el recorrido la ciudad, explicando detalles, siglos, anécdotas y chascarrillos parecería aburrido e innecesario para esta entrada bloggera. Mejor, este mochilero va a destacar cosas significativas, coloniales o no, monumentales o no, de esta ciudad que para descifrar necesitaría casi guía asistido:

Los balcones y sus flores
Eran la imagen de la ciudad. Colonial. Criolla. Su vetusta construcción y sobresalientes del edificio, componían la imagen estrella de Cartagena. Sin duda, serán una de las fotografías que nunca un viajero olvidará.
Balcones y más balcones

Las palenqueras
Las famosas palenqueras, en principio originarias de San Basilio de Palenque, eran mujeres convertidas ya en uno de los símbolos más representativos de la ciudad. Nadie escapaba a la sorpresa cuando encontraba a esas mujeres ataviadas con vestidos de colores, a veces los vistosos colores de la bandera colombiana, siempre transportando una palangana repleta de productos en la cabeza, normalmente fruta.
(Preferían que las fotografías fueras precedidas de una gratificación. ¡Pillinas, pillinas!).
Palenqueras paseando por la calle

Los interesantes baluartes de la muralla
No todos los que podría tener la muralla pero sí al menos dos: baluarte de San Francisco Javier y baluarte de Santo Domingo. 
En ambos, se situaban un bar restaurante, uno de ellos de ambiente más joven, Café del Mar, donde servían frías cervezas ‘Águila Colombia’.¡Buenísimas! y necesarias, muy necesarias, créanle. Un lugar ideal para deleitarse con una puesta de sol, escuchar música en directo o mantener una acalorada discusión, en directo también.
Café de Mar / Baluarte de Santo Domingo
Cervezas 'Águila Colombia' [la foto esta tomada en Bocagrande]

Las Bóvedas
23 mazmorras construidas alrededor del año 1795 e incrustadas en la propia muralla, donde su grosor alcazaba unos 15 metros. Construidas con fines militares, en el momento de la independencia sirvieron de cárcel, depósito de armas y cuarteles para los militares españoles.
Ahora funcionaban, después de una restauración, como tiendas de artesanías, antigüedades y galerías por lo cual era uno de los lugares más visitados. Nada de espectacular belleza pero sí lugar de cierto desasosiego.
Como añadido, algunas de las calles del barrio de San Diego donde se encontraban las Bóvedas eran, a juicio de este mochilero, las más bellas calles, sin balcones, de la ciudad.
Las Bóvedas
Tiendas de recuerdos, en las Bóvedas

Un paseo por la muralla
Era uno de los muchos placeres que otorgaba esta ciudad, al turista y al local, al joven y a las familias. La prolongada brisa marina en la noche, directa al rostro, y las luces de la ciudad cercanas arropando el paseo, añadían ese punto más de bienestar y goce.
Muralla

Vallenato
Llegaba a convertirse en obsesión. Los colombianos debían de tener algún convenio no firmado con ese ritmo pues se escuchaba por todo el país. O eso, o eran forofos del grupo ‘Los embajadores vallenatos’ que pusieron de moda hace años este ritmo. El vallenato es una composición musical, mezcla de merengue, son y otros ritmos de procedencia negra, blanca e indígena. Para más opulencia, hacía pocos años había sido incluido por la Unesco en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. En honor a la verdad, no fue en Cartagena donde más dieron la turra con este ritmo.
Bailando en la calle [aunque no era un vallenato]

Skyline de Bocagrande, en contraste con las antiguas murallas
Bocagrande era esa manga playera a unos minutos de Cartagena. Se vislumbraba a lo lejos. Cuando el sol se dejaba caer sobre la bahía, se construía una imagen casi del reino de Narnia: en primer plano la muralla iluminada con sus primeras luces y al fondo los altos edificios de apartamentos y hoteles. Operaba como un relajante pero, quizás, por estar literalmente lejos.
Al fondo, el skyline de Bocagrande, desde el Café del Mar

La india Catalina
Ante la escultura en honor a San Pedro Claver, el Patrón cartagenero, donde se le representaba caminando de la mano de un esclavo negro, cosa que él solía hacer, la guía colombiana del recorrido, por algún motivo no recordado, explicaba el fuerte significado tradicional de una mujer negra, la india Catalina, personaje clave para el inicio del mestizaje en aquellos territorios, al propiciar el asentamiento español de las huestes de Pedro de Heredia en el 1533, fundador de la ciudad, después de varios intentos fallidos. La india Catalina era, además, tan conocedora del idioma castellano como de los dialectos indígenas y, cambiando de temática, también concubina de Pedro de Heredia, a quien a la postre traicionó.
Estatua de San Pedro Claver, paseando con un negro

[En otra entrada, tratará la visita al Castillo de San Felipe de Barajas, algo alejado del centro histórico].

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31 de agosto de 2018

Palenque, la liberación de los esclavos

Escultura de Benkos Bioho, líder de la liberación

Palenque merecía una visita desde donde se encontraban en aquel momento, Cartagena de Indias. Y merecía una visita porque físicamente estaba a unos 50 kilómetros y porque la diversidad cultural y genuina de San Basilio de Palenque parecía un lugar indicado, por diferente, para conocer algo más sobre Colombia. Antes de partir, el viajero insatisfecho y su amiga ya sabían que era un pueblo originario de negros africanos escapados del yugo de la esclavitud, para vivir con autonomía e independencia, y sabían que tenían un idioma, el palenquero, diferente del español y de cualquier otro idioma conocido. Como era fin de semana decidieron hacerlo en una excursión organizada con otros interesados de diferentes procedencias y países, una manera práctica y poco trabajosa de recorrer la distancia y evitarse buscar los autobuses que pudieran acercarles al lugar.
Les recogieron en el hotel-agencia donde habían contratado la excursión y partieron con otros 14 o 15 jóvenes curiosos por este modelo de convivencia local. A la llegada al pueblo, se hizo cargo del grupo un simpático negro, Andrés Sacabuche, que desde el principio les animó a intentar aprender algo del idioma palenquero. Hoy en día, se creía que era una mezcla entre portugués, castellano y varias lenguas bantú, con origen en África Central y Meridional. Complicado aprenderlo, pero como el amigo Sacabuche llegó a ser bastante insistente y repetitivo al final se podría decir que, mediante frases hechas, el grupo consiguió hablar un poco el idioma local. Lección que fue olvidada pronto, en el camino de regreso.
Una vez allí conocieron que San Basilio de Palenque había sido declarado por la Unesco Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad por ser el primero en Latinoamérica y, muy importante, que se encontraban de lleno en el Decenio Internacional de los Afrodescendientes (2015-2024). Este decenio, según rezaba un monumento conmemorativo, constituye una década en la que las Naciones Unidas, los Estados Miembros y la sociedad civil, sumarán esfuerzos y adoptarán medidas eficaces para lograr el pleno disfrute de todos los derechos de las personas de ascendencia africana, y su plena e igualitaria participación en todos los aspectos  de la sociedad.
¡Ahí, es nada!. Toda una declaración de intereses, y reivindicaciones que, por cierto, eran constantes y continuas a lo largo de las charlas o explicaciones.
Siguiendo las indicaciones del simpático guía Andrés Sacabuche, el grupo recorrió gran parte del sencillo poblado que se dejaba querer y admirar. Al fin y al cabo eran turistas-viajeros los que visitaban el lugar y eso era proyección hacia el exterior y, también, dinerillo para sus proyectos inmediatos. Todo era cuestión de identidad pero también de supervivencia. Al final, la cultura, la tradición, la particularidad de su lengua, de su música y gastronomía eran los únicos motivos por lo que los turistas se acercaban para conocerles y, con ello, aliviaban la débil economía local.
Asistieron a la charla de unas mujeres que habían publicado un libro sobre los dispares peinados de las mujeres negras, palenqueras o no, y escucharon a uno de sus personajes más queridos, el maestro Rafael Cassiani, que con su ‘marimbulá de cuerda’ había recorrido ya, y tocado en las más grandes capitales del mundo. La lista era larga, cuando él mismo la desgranó, en un repaso pausado de sus actuaciones.

'Kid Pambelé'




En ese paseo por la población, se detuvieron delante de los dos grandes héroes de Palenque. Uno, el líder de la liberación del pueblo esclavo, Benkos Bioho, que tenía en la plaza una moderna escultura en su honor y representaba al personaje con aires de libertador, el torso desnudo de Benkos Bioho alzaba sus brazos pidiendo libertad. Y sí, San Basilio de Palenque era considerado el primer pueblo libre de América. Aun así, este pueblo era desconocido por la generalidad de los colombianos y el mundo hasta que en los años 70 -y aquí aparece el segundo de los héroes- llegaron los combates de Antonio Cervantes, ‘Kid Pambelé’, que situaron en el mapa mundial a este pequeño pueblo colombiano. También, como no, tenían una estatua en honor de este famoso boxeador, en posición de combate, en uno de los extremos del pueblo. A todo este despliegue artístico, habría que añadir varios 'graffitis' reivindicativos de la raza negra, y banderas pintadas también en sus paredes remarcando su personalidad como pueblo diferente.

Grafittis en las paredes de la población

El guía Sacabuche despidió, aparentemente agradecido, al grupo. Saludó uno por uno a sus componentes y, después de una pequeña espera que dio tiempo para saborear una cerveza Águila Colombia, el autobús puso rumbo al lugar del almuerzo para inmediatamente después dirigirse al punto de partida, Cartagena de Indias.

Logo de la Policía de Palenque

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22 de julio de 2018

Brihuega, un recital de lavanda

Calle de Brihuega

Brihuega tenía el encanto de un pueblo alcarreño, de un pueblo castellano-manchego abocado, en sentido literario, a una pequeña ribera. Porque allí, a orillas del río Tajuña, se levantaba este pueblo milenario. Milenarios su castillo, milenarias sus iglesias, milenarias sus calles y callejuelas de sinuosos recorridos y milenarios sus recuerdos. En el lugar que hoy ocupa Brihuega hubo poblados ibéricos desde hace muchos siglos y se habían hallado restos arqueológicos que así lo probaban. El nombre Brihuega derivaba del vocablo íbero ‘briga’, que significaba lugar fuerte o amurallado, apareciendo en los documentos medievales con el nombre de Castrum Briga. También ocupaba un lugar de privilegio en las oscuras y sinuosas cavernas de guerras y batallas. En 1808 fue escenario de la lucha de los franceses durante la Guerra de la Independencia. Y la batalla de Brihuega en 1937, en plena guerra civil, fue una de las más nombradas de toda la contienda. Este pueblo fue ocupado por las tropas italianas, que se enfrentaron con las tropas republicanas.
Hasta aquí un poco de su historia, a veces tenebrosa; ahora, un poco de realidad viajera. Al viajero insatisfecho le llamó la atención el Festival Lavanda que tenía su cita aquel fin de semana. Café Quijano, un grupo leonés de prestigio, actuaba en aquel marco ‘de lavanda’. Porque este festival, un clásico ya, se celebraba cada año cuando la floración de esta planta, lavanda, alcanzaba su esplendor. Y así fue como la curiosidad por Café Quijano le llevó a este mochilero leonés a plantearse una excursión para conocer y disfrutar de las plantaciones de lavanda.
En los alrededores del pueblo había extensiones de campos que se dedicaban a este genuino cultivo. Su sembrado en rectos surcos, su morada floración en este tiempo veraniego y su bello contraste en un terreno llano y de apariencia baldío, conformaba un conjunto estético natural de difícil clasificación.

Campos de lavanda

Con una amiga del alma, y espíritu, recorrió durante la mañana las calles de aquel pueblo con sabor a viejo territorio alcarreño. Un paseo reposado por el sol y sombra de sus piedras, con pereza veraniega, pero cuando el calor más abrasaba el cuerpo de estos dos foráneos, decidieron hidratarse con la suavidad de unas cervezas. Difícil momento el de la comida a las 3 y media de la tarde: restaurantes llenos, y caras de “no os podemos atender”. “No tenemos comida, y eso no se puede improvisar”, les dijeron. Después de recorrer varios, en uno de ellos les supieron acomodar o, mejor dicho, se pudieron medio acoplar.
A primera hora de la tarde, cuando el sol caía denso sobre los campos de los alrededores, realizaron el recorrido por los cultivos de lavanda. Bonitas imágenes para la mente viajera de ambos turista-viajeros, multitud de fotos y poses para la memoria. A lo lejos, en otras fincas de multicolores, varios autobuses vomitaban gente vestida de blanco (indumentaria recomendada por los turoperadores turísticos) mientras las fotografías verde-moradas de lavanda se iban almacenando en la ‘galería’ de sus móviles Samsung y iPhone. 
La salida del pueblo milenario de Brihuega hacia Madrid estuvo amenizada por una larga caravana de coches que, en sentido contrario, querían llegar al concierto de Café Quijano que se celebraba entonces dentro de las actividades del Festival Lavanda.


Castillo de Brihuega



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7 de julio de 2018

El templo-estrella de Yangon / Myanmar (Birmania)

La estupa central, Shwedagon Paya

En Yangón, ancestral capital de Myanmar/Birmania, el viajero insatisfecho estaba hospedado en el Agga Youth Hotel. Lo recomienda encarecidamente: barato, limpio, situado en una estrecha y tranquila calle y su personal muy amable. Hubiera soñado para el viaje todos los ‘hoteluchos’ así. Sólo dormir allí, le insuflaba a este mochilero un cierto aire burgués y, siendo exagerado, un rancio abolengo de aristócrata venido a menos pero, después de todas las batallas del viaje, era de agradecer. Al levantarse en la mañana, disfrutar de un suculento desayuno era todo un lujo, una buena manera de suministrar al cuerpo las suficientes fuerzas para soportar el resto del día los inconvenientes de una ciudad grande como Yangón, atestada de gente y, en ciertos momentos, agobiante. Aunque sabiendo como sabía, pudo disfrutar también de ratos de tranquilidad. El hotel, ubicado en 12th Street, estaba muy cerca de la conocida ‘calle de la cerveza’, 19th Street, otro buen y grato complemento añadido. Una estrecha calle que durante el día aparecía tranquila pero que al caer la noche se mostraba eufórica, en pleno jolgorio de bares y cutres restaurantes que invadían (¿con permiso?) toda la calzada en ambos lados. ¿Qué mejor lugar para tomar una cerveza el viajero solitario?.
Quedaba cerca del río Yangón, que visitó en uno de esos paseos sin rumbo, aunque allí sus orillas carecían de interés. Pero 12th Street quedaba lejos del lugar más emblemático de la ciudad. Un lugar de obligada visita.
¿Quién se atreve a sucumbir a la ciudad y no poner sus cansados pies en Shwedagon Paya?.
Era uno de los lugares más sagrados del budismo birmano, una inmensa estupa dorada sobre una de las partes más elevadas de la ciudad. Emblemático, también, hasta por el lugar en el que estaba asentado. Transcribe aquí lo que decía la ‘Lonely planet’, su libro-guía: “Es un zedi de 99 metros de altura, decorado con 27.000 kilos de pan de oro, miles de diamantes y otras gemas, y se cree que alberga ocho cabellos de Gautama Buda, así como reliquias de tres budas anteriores”.
En fin, un lugar de ensueño y, para los forofos de los monumentos, un paraíso para la visual. Para este mochilero sólo un impresionante o extraño lugar donde, como siempre, tuvo que descalzarse, abonar una copiosa entrada para, luego, ‘ratonear’ por su interior/exterior hasta haber contemplado todo lo apreciable.
Accedió por una de las cuatro escaleras de entrada cubiertas que conducen a la terraza principal. Al cruzar ese primer oscuro pasadizo, uno se adentraba en una sinfonía visual de brillo multicolor, aunque prevalecía el amarillo, con suelo de mármol (importaba, pues ya iba descalzo) y rebosante de pabellones, habitáculos dorados y salones de oración con imágenes de buda y dos enormes campanas de oro fundido. En el centro de la terraza se alzaba la Shwedagon Paya sobre una base cuadrada. En esta plataforma había otras estupas más pequeñas, todo un aglomerado de éstas, budas, pedestales, habitáculos que…. ¡cualquiera se enteraba!.
Difícil describir lo que veían los ojos de un occidental que desconocía en gran manera la religión budista. Sentía esa sensación de que aunque pensaba que lo había visto todo, no era así. El amarillo-pan de oro predominaba por todos los lados y el turismo local, entregado y sincero, paseaba, oraba y se postraba ante su Buda preferido con total ausencia de sonrojo o sofoco. La naturalidad del birmano contraria a cualquier rubor se mostraba allí en su máxima extensión.
Todo el largo trayecto entre su hotel y el templo lo hizo a pie. Callejeó sin parar, mapa en mano, por grandes avenidas que atravesaban la parte señorial de la ciudad. Altas aceras mal cuidadas, árboles centenarios, palacetes casi abandonados, descuidados setos divisorios, y un sinfín de pasos de caminante, fieros estos al principio pero luego más pausados. Llegó al lugar bastante perjudicado por el cansancio pero aun así no dejó de admirar aquella gigante estupa amarilla-pan de oro.
Poste planetario, había 12 alrededor de la estupa central
Hasta el monje se merecía un descanso y oración


Copyright © By Blas F.Tomé 2018

22 de junio de 2018

Un paseo por el terruño


Monasterio mozárabe de San Miguel de Escalada

La reciente visita a San Miguel de Escalada (León) se enmarcaba dentro de la celebración de las fiestas populares del terruño. Una visita sujeta a su pasión por estar ahí. San Antonio, el patrón, se celebraba este año -convertido ello ya en tradición- unos días después en este pueblo leonés. Eran tres días de fiesta, bailes, de música danzona, litronas y alcohol, de entregas de trofeos (II Concurso de Relato Corto) pero, también, de largos paseos y caminatas al sol. De ello quiere hablar el viajero insatisfecho, que recorrió a ratos sueltos sus campos aledaños, llenos de recuerdos, zapatos rotos y sabor.
Amapolas

Y se encontró con las cuestas, picachos y laderas llenas de flores blancas, rasantes al suelo recién regado por las lluvias primaverales, este año tan frecuentes; o flores violáceas que se estiraban un poco más que las anteriores pero tenían el mismo sentimiento grupal; también algunos -muchos- azulejos, cuyos pétalos estirados y abundantes semejaban redondos cepillos de color. Ah, y los espliegos, azulados y brillantes como tomillos verdosos. O amarillas flores, algunas ya marchitas como las ‘ilagas’ (aulagas), otras, en su esplendor, como los odiados ‘pispájaros’ (no miréis, no viene en la RAE); o rojas, como las siempre presentes amapolas. ¿Recordáis?: “Fraile, monja o pipirimonja”. Amapolas en los ribazos; amapolas en las fincas de barbecho, y amapolas también entre el cereal sembrado, en avanzada maduración. O los ‘engordagochos’, de difícil catalogación, por no decir de los escobizos.

Porque las plantas son, eran y serán como una biblioteca, con sus órdenes, sus clasificaciones y sus géneros. Y hablando de biblioteca, una se inauguraba ese fin de semana gracias al empeño de una asociación cultural, ‘Priorato de Escalada’. Un centro de cultura y lectura de difícil futuro ¿quién leerá esos libros que el tiempo llenará de polvo?. Tal vez, la ilusión de los encargados de formarla, documentarla, catalogarla traspase ese futuro incierto.
Los ribazos (ribones) llenos de mielgas, algunos; tomillos, te de monte, achicorias, hierbas aromáticas e ilagas (aulagas). Ribazos verdes que alegraban el corazón del que los traspasaba y saltaba; los ribazos que, empinados hacia arriba, servían de división. Todos eran admirados por este paseante sin rumbo, bajo aquel tremendo sol.
También de color violáceo eran las flores que conformaban las ‘lenguas de gato’. Las había por millares. Como millares de plantas de hinojo, tan escasos en el recuerdo de este personaje terruñero que disfrutaba haciendo fotos de sus rosetones amarillos y tiesos como cirios eclesiales. Ah, y recordaba, en su ensimismamiento, las ‘alzameriendas’, que saldrían al finalizar el verano.
Pero al escribir y detallar todos estos objetos naturales no tiene más remedio que referirse brevemente al concepto de flora autóctona. Aquella que nace espontáneamente en los campos, sin que haya sido introducida en ningún momento por el hombre. Las encinas, robles, hayas, avellanos, carrascos, quejigos, y otros, forman parte de esa flora autóctona. Algunos tan escasos como los silbares, o serbales, árbol favorito de este mochilero ‘cazurrín’.
Y a lo lejos, se podía divisar la frondosidad de la ribera del Esla con sus extensiones de chopos; sus negrillos enfermos; sus olmos y álamos; sus viejos fresnos olvidados, y sus mimbreras de corteza amarilla. Los avellanos de las lindes, y algún que otro tilo. Así se vislumbraban los aledaños del río cercano, que luego extendía sus brazos para acunar los campos y campos de maíz, alfalfa y más plantíos de chopos enjaulados.
Puestos a enumerar, las laderas mostraban sus artículos en forma de arbustos. Arbustos como la citada aulaga, el carrasco, los espinos, los brunos o endrinos; el sauco, en zonas más húmedas, o las zarzas y zarzamoras. También se veían brezos y jaras, sin olvidar el ‘escardamulo’, que merecería un artículo aparte.
¡Qué fina silueta la del ‘escardamulo’!. Hasta su impropio nombre tiene sabor leonés.
Hinojo

Silbar

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