7 de abril de 2020

Los pueblos de los alrededores de Korhogo

Hombre en su telar

Madrugó aquel día. Su objetivo ambicioso (en África, un objetivo siempre podía ser ambicioso, susceptible de truncarse) residía en visitar cuatro pueblos de los alrededores de Korhogo, norte de Costa de Marfil. Alguno de ellos, a gran distancia; otros, más cercanos, pero todos -los cuatro- por caminos de tierra roja africana. El primero, fue Waraniené, conocida población de tejedores. El libro-guía que llevaba el viajero insatisfecho, catalogaba la visita como imprescindible. Sin dudarlo, se encomendó a aquel joven motorista, al que se le notaba su falta de experiencia en salidas fuera de la ciudad, pero resultó ser eficiente, paciente, muy frio, a veces, pero experto piloto. El camino de tierra que comenzaba nada más abandonar la ciudad de Korhogo, lo tomó con decisión. Sin preguntar. Para este mochilero, los primeros kilómetros fueron de calentamiento, de adaptación a la nueva realidad de encontrarse en manos de aquel desconocido joven motorista por un camino agreste sin mucha gente a la vista. De vez en cuando, algún que otro motero cruzaba, y alguna mujer, con un feje (uff, ¡qué palabra más leonesa!) de palos secos y retorcidos sobre la cabeza, caminaba por la orilla.
Al llegar a Waraniené, la calle principal llevaba a los tejedores. Varios centenares de telares estaban allí, a la sombra de varios cobertizos, grandes y, en apariencia, destartalados, aunque firmes cumplían la misión de guarecer a los tejedores del tórrido sol u otra inclemencia de la naturaleza. La imagen en su conjunto era muy particular y difícil explicar sin conocer la técnica, aunque con estas pocas palabras (y alguna fotografía) el novel lector ha de comprender la escena. Los telares de tejer estaban organizados en los laterales del cobertizo, en ambos lados, y por el centro corrían las filas de hilo de algodón tensadas por un extremo gracias a un pequeño pero pesado canto rodado. El tejedor, en su telar, con el hilo tenso, componía poco a poco, aunque con movimientos rápidos, monótonos y mecánicos, la tela a fabricar. El visitante se quedaba embelesado viendo el ajetreo del tejedor.

El hilo de algodón tensado por los cantos rodados

Un paseo por aquella tradicional fábrica artesana era un verdadero acto de enriquecimiento y pasión. Le mostraron las prendas realizadas, un poco rudas para la moda (collection) y excesos europeos, pero de gran belleza artesanal. Con cierta vergüenza y timidez se despidió de los tejedores. Le habían enseñado su trabajo con simpatía y, tal vez, extrañados por la soledad del mochilero.
Vestidos elaborados y diferentes telas

Era hora de lanzarse a conocer Kapelé, el pueblo de los fabricantes de perlas. Para llegar a él, el taxi-moto tuvo que preguntar, pero todo el mundo por aquella zona conocía Kapelé, un tradicional poblado con multitud de almacenes cilíndricos de mijo y rudimentarias casas de barro y techo de hojalata. Las perlas eran de terracota, bolas como canicas que llevaban un proceso menestral, manual, de elaboración y secado para conformar su dureza. Luego eran pintadas y decoradas con precisión artesana y profesional. La perla agujereada, una por una, era metida en un finísimo palo que el joven artesano hacía girar, a la vez que con la mano libre y un fino pincel decoraba la bola en un plis plas.
Chapeau!! Y se enrolló con la compra de varias piezas.
El tercer y cuarto pueblos del día, Niofoin y Koni. Ambos merecieron un texto y capítulo aparte. Con estos cuatro pueblos, quedaban casi rastreadas las peculiaridades de aquella zona del pueblo ‘senufo’ que como ya ha dicho abarcaba, además, áreas de Mali y Burkina Faso.
Pintando las bolitas de terracota. Luego, insertadas serías collares y pulseras


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25 de marzo de 2020

Koni, el poblado de los artesanos de la forja

El pequeño horno. La alimentación era por arriba

El motorista estaba cansado. Era el último movimiento del día, el último coletazo de aquella jornada de caminos y baches. Se perdió una vez, y paró a aquel hombre en bicicleta ¿Vamos bien para Koni?. Se perdió la segunda, y al despedirse del policía que le pidió el carnet de conducir y los papeles de la moto le preguntó la dirección a tomar para llegar a Koni. Antes de poder recoger la documentación y después de una incomprensible charla, el joven motero se rascó el bolsillo y entregó al policía 500 CFAs. Sobornos, corruptelas, dentelladas de perversión, habituales ‘mordidas’ africanas, podredumbre policial que enferma a cualquier noble sociedad.
El viajero insatisfecho (iba con él 'de paquete') sintió indignación, aunque fueran solo 500 CFAs.
Aquel paisaje de raros árboles y matojos medio secos era algo diferente al recorrido matinal, más atractivo éste y con cierta empatía, aunque igualmente sabana africana. Una sabana, con cierto desdén por poseer una rica tierra, más bien todo lo contrario, árida, mal cultivada, abandonada al sol y moscas. Algún pellizco de su inequívoca riqueza le sacaban los gigantes árboles de mango, las plantaciones de algodón, los recolectores de anacardos o el ralo mijo. El sol había caído ya bastante de su centro neurálgico y era fácil encontrar solitarias gentes por el camino dirigiéndose al hogar. Paró, de nuevo, en un cruce de caminos para orientarse e intentar coger el camino adecuado. Tomó, con acierto, la vereda más pisada y transitada.
Al llegar a Koni, un nuevo control policial se veía a lo lejos en la calle central del pueblo. Con un pequeño rodeo consiguió evitarlo. Un poco más adelante, en una casa cercada con patio se encontraba el artesano del hierro. Un grupo de cinco o seis italianos acababan de llegar. Eran los primeros blancos que vería entonces en el viaje a Costa de Marfil. El mochilero se unió a las explicaciones de aquel simpático lugareño, trabajador del hierro y la forja.
La tierra, con alta concentración de hierro

Un horno, en aquel momento encendido, era el artilugio más importante de su trabajo. En él conseguía compactar el material ferroso que sacaba de un montón de tierra, en apariencia normal, aunque -dijo- con un exceso o aglomeración anormal de este material. Esa tierra, en pequeñas bolas, era introducida por unos orificios en la base del horno a su centro incandescente, alimentado con carbón vegetal por una abertura en la parte superior del montículo. De aquel proceso extraía una masa de hierro compacto que al secarse más parecía una irregular roca coralina.
Ya tenía el hierro en bruto. Darle forma después en otro horno especial era ya una labor artesana de hierro fundido por calor y golpes para esculpir las formas requeridas.
Agujeros en la base para introducir las bolas de tierra

Asistió allí a aquella exhibición de todo el proceso, atento como no a los detalles de su elaboración, incluso subió al horno artesano a comprobar con sus propios ojos el fuego infernal que entonces había en su interior. Una posterior visita a la exposición de objetos trabajados fue el colofón de aquel trayecto a unos cuantos kilómetros de Korhogo. Abundaban los estilos y los tipos de trabajo, aunque se notaba que vivían más de las visitas curiosas que de una venta real: desde la tradicional azada, rejas, rudos candelabros o machetes, toscos sonajeros y algunos artículos de decoración de ridículas formas y, supuso, de mala venta o colocación.
Lo interesante ya estaba revisado: la forja.
Después, la satisfacción de haber visto todo aquel proceso artesanal en un apartado lugar.
Estilizando una herramienta, a base de fuego y golpes

Otra experiencia, totalmente diferente y desconocida para el V(B)iajero Insatisfecho, en Koni [AQUÍ].

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12 de marzo de 2020

Niofoin, el poblado de las ‘casas fetiche’


Una de las 'casas fetiche' (del fetiche Diby) de Niofoin

Unas breves líneas sobre el pueblo ‘senufo’, cree el viajero insatisfecho, serán necesarias para visualizar o, al menos, poder entender mínimamente la siguiente visita. Los ‘senufo’ eran un pueblo de cultura y lengua sudanesas que habitaban en Costa de Marfil, Mali y Burkina Faso. En cuanto a la economía, eran agricultores de subsistencia, cultivadores de maíz, mijo, ñame y cacahuete, aunque otros subgrupos eran granjeros o artesanos. El término artesano abarcaba diferentes castas individuales dentro de la sociedad incluyendo herreros, talladores, cortadores de latón, alfareros o trabajadores del cuero. En lo que se refiere a su religión, los ‘senufo’ veneraban a determinados antepasados y a los espíritus de la naturaleza.
Estaba en Korhogo y quería conocer más sobre este pueblo. La localidad que mejor definía la esencia y mejor conservaba las tradiciones de los ‘senufo’ era Niofoin, especialmente las ‘casas de los fetiches’. Con la palabra ‘fetiche’, se referían a objetos que representaban sus divinidades, objetos sagrados, a los cuales atribuían poderes místicos.
Pues allá se lanzó, a tratar de encontrar el pueblo con un joven motorista (taxi-moto) que desconocía su ubicación. Sabía que estaba en la ruta que llevaba a la población de Boundiali pero nada más. Habría que conseguir información durante el camino. A unos 40 kilómetros del punto de partida, el camino hacía Niofoin salía hacia la derecha. Finalizaba el asfalto y comenzaba un camino de tierra.
¡Larga se hizo aquella pista hasta llegar al destino!
Con el trasero machacado por las más de tres horas de trayecto en moto-de-paquete y los saltos, en ocasiones por las condiciones de camino, avistaron el pueblo.
Uno más.
Nada especial a primera vista.
Casa aledaña, en aquellos momentos reformaban su techumbre

Un pueblo con casas diseminadas de todo tipo, de barro y hojalata, construcciones más sólidas y otras de barro con techumbre de paja. Ah, y muchos graneros (de mijo) cilíndricos y alargados con su techo conoidal. Alcanzar la zona buscada, el barrio de las ‘casas fetiche’, supuso dar varias vueltas y paradas del motorista para preguntar. Se convirtió, así, en una especie de guía turístico.
Entre unos graneros cilíndricos esparcidos por uno de los barrios emergían las construcciones buscadas, las ‘casas fetiche’. Se caracterizaban por sus puntiagudos techos y su grosor, su original construcción y sus pinturas en la fachada elaboradas con motivos tradicionales. El tamaño y el grosor del techo tenía una sencilla explicación: al ser una casa sagrada nunca debía quedar al descubierto y la solución sencilla era ir reponiendo su techumbre añadiendo nuevas capas. Un trabajo artesano de gran generosidad y profesionalidad.
Otra de las 'casas fetiche' de Niofoin

La primera de las casas, la más espectacular, era la del fetiche Diby, encargado de proteger a sus habitantes de los enemigos. ¿Cómo? Dejando que una espesa niebla cubriera el pueblo, evitando así el avance del enemigo, según rezaba la creencia. Al divisarla le dio un vuelco emocional el alma. Tenía una peculiar fuerza estética y parecía todo estructurado con respeto, con el sentido de tradición del pueblo ‘senufo’: los cráneos de animales, los dibujos, y los objetos, en general. Intentó entrar en ella, sin consultar, pero aquellos jóvenes de al lado se lanzaron a tropel. Una de las cabañas laterales estaba siendo acondicionada y trabajada por un grupo de jóvenes, aunque más pareciera que estaban pasando el rato, pues miraban pasivos, en actividad nula, y se sentaban sobre aquel techo de paja con la tranquilidad del que no nota el paso del tiempo. Presenció escenas vitales en sus vueltas y revueltas por el entorno. No eran calles lo que formaban las cabañas, más bien entre ellas se tejían redes de sendas o veredas. Una mujer molía mijo con el tradicional mortero y un anciano con mirada perdida no movía, a su paso, ni un pelo. Mientras, el sol -en su momento álgido- dejaba su brillo sobre aquellas casas, aquellas chozas de barro. Era domingo, recuerda, pero para la tradición animista podría ser un día normal. 
Se despidió con la satisfacción de haber conocido algo más de las tradiciones del pueblo ‘senufo’ y con un “ha merecido la pena el largo trayecto hasta aquí”.
Una señora muele mijo a lado de los graneros cilíndricos

VÍDEO

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27 de febrero de 2020

Yamusukro, basílica y cocodrilos / Costa de Marfil

Basílica de Nuestra Señora de la Paz

Yamusukro era poca cosa, una capital atípica de Costa de Marfil y, además, una ciudad polvorienta, de poco sol aunque a ratos podía ser asfixiante. A unas cuatro horas de carretera desde Abiyán, dependiendo del número de paradas que se hicieran en ruta.
Yakro, como la conocen los marfileños, era la capital política de Costa de Marfil y lugar de nacimiento ‘del padre de la independencia del país’, Félix Houphouët-Boigny. Como consecuencia de ello, era en la actualidad hogar mayoritario de los baulé, etnia del ex presidente Boigny.

Basílica de Nuestra Sra. de la Paz, a semejanza de San Pedro de Roma

Era, además, un destacado destino turístico, gracias a la ensoñación (no podría llamarse de otra manera) del presidente que, en un delirio de megalomanía, mandó construir la Basílica de Nuestra Señora de la Paz, a imagen de San Pedro de Roma, aunque más grande. Este impresionante edificio religioso, en medio de la sabana selvática africana, se veía desde muchos puntos con imponente fuerza visual. Tardó cinco años en construirse y fue inaugurada por el papa Juan Pablo II en 1990. Era el lugar santo católico de mayor importancia de África. Cuando la visitó, la parte de la columnata semicircular de la entrada principal estaba vallada, como evitando los peligros por desplome de piedras o estructura. No lo sabe a ciencia cierta, pero parecería algo creíble o asumible ¿Qué país pobre, con débiles estructuras estatales, podría asumir las constantes reparaciones que un edificio así demanda?

Interior de la basílica

Llegó a la ciudad un día cualquiera del mes de diciembre sin avisar, sin tener nada preparado, ni siquiera un hotel dónde pasar una noche. A ello se dedicó nada más apearse. Después de tres ‘hoteluchos’ visitados tropezó con uno nuevo, limpio y relativamente barato. El mejor del viaje. Salió a curiosear y se encontró con una urbe deslavazada, con algunas avenidas anchas sin justificación y, por supuesto, con socavones en su asfalto por doquier.
Esta urbe, en el centro del país marfileño, era conocida, como no, por el ‘lago de los caimanes’, hábitat de cocodrilos traídos allí por la obsesión del presidente por dejarse proteger por los animales más fieros y exagerados de la fauna africana. Quizás fuera un elemento más de su tradición como baulé o pudiera ser la enfermedad de la bufonada del poder. Hace un tiempo se hicieron famosos porque, en línea con su fiereza, se merendaron a uno de sus cuidadores ante los atónitos y aterrados ojos de los turistas. Desde entonces las autoridades prohibían acercarse a sus aguas, aunque aparentemente esta restricción estaba desfasada y fuera de cualquier control. Se veía poca gente paseando cerca de las vallas del lago, aunque el viajero insatisfecho lo hizo sin apreciar excesivo peligro en ello. Uno de los visitantes de entonces consiguió atraer a unos cuántos de estos gigantescos reptiles, con golpeteos insistentes en las vallas de protección.
Muchas fotografías para el recuerdo y ‘Adiós, cocodrilos, adiós’.
En ella, también tenía su sede la Fundación Félix Houphouët-Boigny, un edificio de tintes megalómanos como su impulsor, aunque de líneas rectas y estilizadas. A fin de dejar para la posteridad una imagen de hombre de paz, creó en 1989, unos años antes de su muerte, un premio, patrocinado por la UNESCO, para la búsqueda de la paz, enteramente subvencionado por fondos extrapresupuestarios aportados por la Fundación. Como no permaneció este mochilero mucho tiempo en Yakro, haciendo bueno su habitual ‘culo inquieto’, no visitó esta fundación de tan difícil renombre.
Pero los curiosos del tema tienen detallada información en la red.
Adiós, Yakro, adiós’.

Cocodrilos ante el palacio presidencial



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12 de febrero de 2020

Fakaha, ¿estuvo Picasso allí?

Mujer en la ruta, camino de Fakaha

En el libro-guía que llevaba no venía nada del pueblo de Fakaha, relativamente cerca de la ciudad de Korhogo, al norte de Costa de Marfil.
Supo de este pueblo cuando estaba allí, ya en la ciudad norteña: una amiga desde España le preguntaba si visitaría Waraniené (población de tejedores), Kapelé (artesanos de la terracota) y Fakaha. Para los dos primeros, y otros dos poblados más, le vendría a buscar un moto-taxi al día siguiente (ya lo tenía contratado), pero de Fakaha no sabía nada. El mensaje enviado, recogido de internet, era una breve frase en inglés que decía: “Fakaha Village: Picasso vino aquí dos veces en los años 60 y usó alguno de los motivos artísticos en sus pinturas. Se puede ver todavía uno de sus trabajos en sus talleres”.
Indudablemente, y a partir de ahí, ese sería también uno de sus próximos destinos. Estaba dispuesto a conocer cualquier pormenor acerca del pueblo ‘senufo’, habitantes de aquella zona, y si ello llevaba aparejado averiguar algo relacionado con Picasso, con mayor motivo.
La suspicacia de que ello fuera o no verdad se labró en su mente, sin ser un experto, desde el primer momento. ¿Picasso, en Costa de Marfil? ¿Picasso, en un perdido poblado en medio de la sabana norteña de los alrededores de Korhogo? ¿En los años 60 del siglo pasado con las dificultades que en aquel entonces tenía la movilidad por África? Ningún experto o historiador de Picasso defendía la autenticidad de tal viaje del artista, aunque si muchos críticos insistían y enfatizaban las similitudes entre las esculturas africanas y las obras del artista español. Era fácil suponer que, de alguna forma, le sirvieron de inspiración.
Con la escasa información y con las dudas que le entraron, se lanzó al día siguiente a tratar de encontrar un ‘Picasso’ en Fakaha. Mejor dicho, a los dos días, pues para la siguiente jornada ya tenía otros planes decididos de inspección.
El motorista no conocía la población. Salieron del hotel de Korhogo muy pronto. Ya de camino, el viajero insatisfecho le mostraba el nombre del pueblo escrito en su libreta de viaje. Paraba de cuando en cuando a preguntar a los viandantes de la orilla por el desconocido destino. Unos pocos kilómetros por una carretera asfaltada y luego un gran trecho, quizás 20 kilómetros, por un camino de tierra que les llevaría a la esperada población. Hasta llegar, sorprendían los termiteros gigantes entre plantaciones de anacardos o tierras sin cultivar, campos y campos de algodón, unos ya cosechados –se veían los montones blancos de trecho en trecho- otros aún en la planta aflorando su albor. Algunos baobabs se encargaban de generar una atmósfera más africana al lugar. Y, como no, polvo, tierra roja africana y polvo generado, menos mal, por los raros vehículos cruzados.
Vivían allí, en Fakaha, unos cuantos habitantes en modestas casas de barro, algunas con techumbre de paja. Y niños, una prole de niños que aparecieron al ruido del motor. Del otro lado del pueblo, en varias construcciones circulares y abiertas, los artistas pintaban sus tradicionales telas. Eso sí, en aquel momento, había un descanso o receso productivo: nadie usaba pinceles o punteros para elaborar una nueva creación. Los talleres no tenían protección alguna. Sus obras colgaban de las paredes o extendidas en el suelo.
El artista local realizando una de sus obras, mostrando su técnica

Y allí, en el suelo, se encontraba con el famoso ‘Picasso’. ¡Un impacto brutal! ¡Un sorprendente hallazgo! ¿Estaría delante de un cuadro africano de Picasso?. ¿Una obra del artista español en medio de la sabana africana? Desde luego, un dibujo humano con rasgos de hombre blanco que se repetía en la obra podría parecer Picasso, su autorretrato. La tela blanca, aunque más oscura, denotaba el paso del tiempo y en uno de los extremos del lienzo, una declaración en francés destinada a certificar que el pintor había pasado por allí:
"El que suscribe, Ashanty Kouadio Souleymane, agente de turismo de la empresa de los Palacios de Cocody (...), comisionado por la agencia Lagoona Tours, reconozco haber reproducido la carta, testimonio del paso de Pablo Picasso. Para una mejor conservación de la nota en los archivos de Fakaha (...) Picasso vino en 1968 a Fakaha, descalzo. Trabajaba sin camisa ni ropa”.
Preguntó a un hombre que le observaba quieto, ya entrado en años, si había conocido a Picasso. Movió su cabeza marcando una negación. No parecía, eso sí, la persona indicada donde indagar. Tal vez, únicamente pasaba por allí.
Un paseo por aquí, paseos por doquier observando la gran cantidad de telas expuestas, seguido de un grupo de niños que no dejaban de mirar. Uno de los artistas que apareció de pronto, le mostró la técnica, su elaboración y le ofreció alguna de sus obras. No suele ser costumbre de este mochilero, pero aceptó. Tras el inevitable regateo/forcejeo se hizo con una tela ¿y si fuera verdad que Picasso estuvo allí?
Termiteros

Una vez en casa, y consultado ‘San-Google’, puede asegurar que, a primeros del pasado año, varios periódicos iberoamericanos recogían la información, pero dejando muchas cuestiones en el aire. Cábalas, muchas conjeturas y demasiadas incógnitas. Si no había rastros de ese viaje -dijo algún defensor- era porque Picasso quiso mantenerlo en secreto para no revelar que se inspiró allí. "¡Estoy seguro! Les digo que vino. ¡Lo vi!" dijo irritado Soro Navaghi, uno de los testimonios que recoge la crónica de AFP.
Según especulaban los periódicos, ‘para llegar hasta el norte de Costa de Marfil, entonces colonia francesa, Picasso tendría que haber navegado hasta Abidján y luego recorrido más de 1.000 km por caminos de tierra. Una odisea de varios meses digna de un explorador’.
Casi a la altura de Mungo Park.
El 'Picasso', en primer plano en el suelo, y el V(B)iajero Insatisfecho
Tela comprada en Fakaha, enmarcada aquí

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27 de enero de 2020

La mezquita de Kong, Costa de Marfil

Mezquita de Kong

Una tienda ‘Vente de pondeuse’ que vendía… ¡a saber!. Delante un kiosco (cuatro tablas y una techumbre de hojalata) con camisas colgadas, todas ellas diferentes, con dibujos infantiles. La azul celeste tenía impreso ‘Chaplin’. Una niña jugaba, al lado de su madre que daba el pecho a un tierno bebé, y daba alegres saltos multicolor. Se levantaba la falda y, con inocente ingenuidad, enseñaba su ‘culete’ sin braguitas. Piel fina, negra, brillante que, incluso a lo lejos, desprendía candor. Por la calle caminaba una jovencísima madre con su niño recogido como una bola a la espalda; paso firme y sin mirar, como de oído, cruzaba una calle en diagonal. La hermana de la ‘culete sin braguitas’ un poco mayor, comenzaba a recoger las camisas que colgaban del tenderete. La última, la que estaba rotulada como ‘Chaplin’.
Poco a poco iba desapareciendo el color rutilante de la tarde, y en los ojos molestaba el perenne polvo que brotaba de la cercana tierra roja. Por la calle perpendicular aparecía un hombre vestido de musulmán, chilaba corta de color marrón y, por debajo, unos pantalones más ‘café con leche’. Gran trasiego de motos en ambas direcciones. En pocos minutos, el kiosco, las cuatro tablas quedaban desnudas. La madre dejaba de dar el pecho al niño y desaparecía en el interior de la tienda. Por la calle lateral, un ciclista se perdía a lo lejos.
La vida en Korhogo se transformaba en gris: no estaban las camisas de colores y dibujos infantiles, la niña del ‘culete sin braguitas’ se ocultaba con su mamá. Un poco de vida africana se perdía para siempre. Dos niñas y tres niños pasaban delante del mochilero y le decían ‘au revoir’ ¿sería educación o curiosidad? Y por instantes la vida africana volvía a resurgir.
Ovejas al lado de la mezquita

Hacía unas horas que el viajero insatisfecho había regresado de su visita a la mezquita de Kong. Un largo viaje de ida y vuelta por caminos de tierra roja, reposado calor, sol y constante polvo en el aire provocado por algún vehículo que circulaba anterior. Aquel polvo que el viajero respiraba desdeñando su maligna parte perjudicial. Kong era un sencillo pueblo, quizás feo y sin color. Para llegar allí, después de cuatro horas de saltos y polvareda, había que cruzar varias poblaciones de mísera apariencia. Se traspasaba Fengene, Nafana o Kovadá. Los árboles de las orillas del camino, aunque verdes, agostados y vestidos de polvo marrón. Plantaciones de anacardos, algunos gigantescos mangos y muchos árboles karité, o de mantequilla.
Llegaban a la calle principal de la población cuando faltaba poco más de una hora de sol. Vio la mezquita a lo lejos y, después de organizar con el conductor la vuelta temprano para el día siguiente, dirigió sus pasos hacia aquel edificio particular. Era su único propósito de viaje, visitar la mezquita de Kong. Conocía la mezquita de Larabanga, en Ghana, considerada la más antigua de este tipo de mezquitas, cimentadas todas ellas en el prestigioso estilo sudanés. En una vasta área de todo el continente africano noroccidental, desde Senegal hasta Ghana o Costa de Marfil, estos singulares edificios religiosos se caracterizaban por su material de construcción común: ladrillos de barro reforzados por grandes troncos de madera y vigas de soporte que sobresalían de la pared de manera irregular, sin tallar. Estas estacas de madera, llamadas ‘torones’, se utilizaban como andamios de cuando en cuando, según las necesidades de retocado de sus paredes. De la de Kong, además, le llamó la atención aquellas bolas blancas en sus picos, imitando huevos de avestruz.
Le quedaba aún un rato de sol y sin más preámbulos, después de admirar sus raros contornos, sus torretas y vigas de retorcidos palos sin pulir, de asegurarse unas fotos y disfrutar de aquel momento único, se dirigió al albergue de la población. Quería garantizarse un tranquilo, aunque fuese corto descanso. Tomó una habitación y rápido regresó en taxi-moto al entorno de la mezquita. Rodeó de nuevo sus paredes de barro, su irregular forma tradicional, molestó a unas ovejas que descansaban a la sombra y trató de pasar al interior. Todas sus puertas estaban cerradas y no parecía buena idea molestar al líder religioso.
Paseó por una de sus calles aledañas y, a lo lejos, divisó otra mezquita menor, de similares formas y aparente imitación. Ésta sí tenía la puerta abierta pero uno de los personajes integrantes de la asamblea allí montada le impidió el acceso. 
Se resignó. 
Era 31 de diciembre.
El primero de año regresaría a Korhogo y, en la espera del autobús para el siguiente destino, la niña exhibiría, con inocente candor, su ‘culete’ sin braguitas.
Pequeña mezquita

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17 de diciembre de 2019

Antelope Canyon

Formas, colores, penumbras, reflejos, claridad, blancos, naranjas, ocres, tostados, amarillentos, luminosidad, sombras, o rayos de luz. Todo esto cabría a la hora de definir el Antelope Canyon.
No va a hablar mucho este viajero insatisfecho sobre este cañón, en realidad dos: Upper y Lower. Cree, sin duda, que lo mejor sería disfrutar de alguna de las fotografías. Cada posición tenía una foto. Cada paso era una instantánea.
En territorio o reserva de los navajos, estaba gestionado por ellos. Muy cerca, la central térmica que el gobierno de Estados Unidos había montado allí. Era prácticamente la única industria de la reserva. Poseía chimeneas de 236 metros de alto, y llamaba la atención aquella imponente altura en medio de la nada, en medio del semi-desierto de Arizona. A lo lejos, se divisaba la ciudad de Page.
Pero yendo a lo que trata esta breve crónica, el Antelope Canyon era un espectacular cañón perfilado por el agua y el viento a lo largo de los años. Una formación geológica que se había ido horadando por las corrientes de agua mediante un complicado proceso geológico. Fue refugio de pobladores locales en tiempos difíciles de persecuciones y batallas. Descubierto por una mujer de la tribu de los navajo, su recorrido era una experiencia visual increíble.
Hay muchos sitios en el mundo que convocan a las gentes por su entorno. Otros, por su grandiosidad, por su antigüedad, o por naturaleza explosiva. También, por su religiosidad. Pero para este mochilero, el Antelope Canyon llamaba la atención del visitante por su fuerza visual.
Aquí deja unos ejemplos. 





Muy cerca estaba el famoso Horseshoe Bend, meandro rocoso del río Colorado, situado poco más abajo del lago Powell. 
¡Tremenda aglomeración de turistas para sentir cómo la naturaleza había perfilado aquellas formas en el río Colorado!.




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9 de diciembre de 2019

Parque nacional Bryce Canyon

P.N. Bryce Canyon

El grupeto ‘del Nissan’ (amigos de visita a los parques de Estados Unidos) se había alojado en Hatch, un pequeño (?) rancho en la ribera del río Sevier. El río, en sí, era una especie de riachuelo que dibujaba multitud de meandros por toda la extensión del valle hasta donde llegaba la vista.
Para llegar allí desde la anterior población de descanso, Page, el pequeño grupo de amigos había circulado durante un trecho en paralelo al curso del Mystic River, sin saber si la homónima película tendría algo que ver con él. Tal vez su autor se había inspirado en su tortuoso cauce para entramar la retorcida historia. En todo caso, unos ríos que alimentaban de vida aquellos parajes repletos de pinos, muchos ponderosa u otras clases, que daban aspecto agreste a todo aquel lugar. Pero ¿qué había en esta población? ¿qué había en Hatch?. Nada, excepto el serpenteante río, la humedad de sus orillas y la taberna ‘Bear in the beed’ donde, una vez concluida la visita al parque nacional, cogieron fuerzas a base de carnaza a la brasa y ‘Uinta Beer’. Simpática taberna que recibía a los clientes con dos sendas figuras de vaqueros, tamaño natural. Uno de ellos, pertrechado del sombrero mexicano al uso. Ah! En este poblado también había una decadente tienda de antigüedades, casi cacharrería y almacén de inservibles; un lugar ideal para un desayuno copioso y batidos golosos, y unos colonos allí establecidos difíciles de ver.

P.N. Bryce Canyon

Llegaron de mañana a la entrada del Bryce Canyon (Cañón Bryce), nombre mentiroso. No era un cañón sino más bien un anfiteatro de rocas esculpidas por el viento, la lluvia y la nieve. Por la naturaleza, sin más. Extenso falso cañón, sí. Multitud de caminos, sendas, miradores ayudaban a divisar los efectos de una naturaleza salvaje, tremenda, sin complejos, ruin, en ocasiones. Maravillosa, las más.
Después de pasar por caja, tomaron un bus que parecía la mejor manera de recorrer los silvestres rincones del parque nacional. Comenzaron por unos de los miradores, después vendrían los demás. Algunos, recorrieron andando, y divisando. Andando, y fotografiando. Andando, y de risas. Estaba el Bryce Point, el Inspiration Point, Sunset Point, el Sunrise Point o Rainbow Point.
Todo era un conjunto de columnas veteadas, figuras, efigies picassianas, ventanas multiformes y chimeneas de hadas: los famosos ‘hoodoos’. El agua de lluvia se había encargado de todo este desfile de formas o pináculos rocosos alargados, con una gran combinación de colores, rojos, ocres y blancos. El agua se congelaba de noche, se disolvía con el día y generaba, bajo fuertes presiones, grietas que se convertían en irregulares formas. Todo un conglomerado de bellas figuras naturales o crestas, conformaban aquel paisaje diferente.
Centenares, miles de visitantes aparecían aquel día -seguro, que todos- por cualquier recodo o recoveco por donde mirara el viajero insatisfecho. A veces, en la lejanía, parecían termitas negras al lado de su termitero. Era posible hacer senderismo, alejarse caminando por veredas pisadas y repisadas por visitantes ansiosos. Estaba el conocido Navajo Loop, afamado y en apariencia no muy difícil de sortear. No había mucho tiempo. Quizás no hubo ganas. Pereza, más bien.
Un soleado día, por momentos, amenazó lluvia.
Figuras y pináculos en el P.N. Bryce Canyon

La entrada al 'Bear in the beed'


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22 de noviembre de 2019

Monument Valley, territorio navajo

Monument Valley
La diligencia, La legión invencible, Rio Grande o Centauros del desierto son algunas de las míticas películas de John Ford. Famosos films que en sus legendarias escenas de vaqueros, diligencias y caravanas de carromatos tirados por caballos mostraban paisajes del grandioso Monument Valley, panorama reconocido por todos los que han tenido una infancia rodeada o envuelta por el western americano. A John Ford le subyugó este paisaje rocoso del territorio navajo y, hoy día, se mantiene tal y como el acervo personal de muchos cinéfilos recordarán de las tardes de 'butaca y palomitas'. Con el tiempo, y la locura o fanfarria americana, ha sido el escenario de otras muchas películas de diversos géneros, como Licencia para Matar, Regreso al Futuro III, Thelma y Louise, Forrest Gump o El Llanero solitario.
¿Por qué no conocerlo?, se había preguntado siempre el viajero insatisfecho. Aunque no fue hasta que el grupo de amigos decidió hacer esa excursión al desierto de Arizona y Utah que no lo vio factible.
Muchos kilómetros a la redonda de este famoso y tórrido valle era una reserva india de los navajos, que explotaban además el negocio del recorrido al Monument Valley. Que era una reserva se notaba en esto, y en los muchos problemas que había para conseguir una cerveza fría (o caliente) en las poblaciones cercanas, incluida Tuba City, donde el ‘grupo Nissan Armada’ estuvo hospedado la noche anterior. El alcohol, por los problemas derivados de su abuso, estaba prohibido. Tiempo atrás, en el alcohol se habían refugiado muchos indios, tanto sioux como navajos, por las evidentes y forzadas contradicciones en su forma de vida. Los nativos americanos se negaban a abrazar una forma de comprender el mundo completamente distinto a la suya; al encierro en reservas a las que habían sido abocados; a la negación de su cultura, su espiritualidad y tradiciones, y al genocidio sostenido durante siglos. Una terrible pesadilla personal y comprensible, enmarcada en la absurda ensoñación americana.
El Monument Valley era un respiro de paz y polvo, y de silencio y estruendo de tubos de escape de 4x4. De la soledad de los ganaderos o labriegos navajos y la masificación del turismo necesario para la subsistencia de ellos. Todas estas contradicciones, y muchas más, convivían entre aquellas mitológicas rocas que subyugaron a John Ford.
Monument Valley

Pasaron por caja en la carretera que les llevaba al valle, en un puesto navajo de control y tickets. Una vez traspasado el límite, dejaron por unos minutos el Nissan aparcado y se acercaron al ‘view point’ que mostraba en su inmensidad el rocoso valle, las pequeñas montañas de cúspide plana, las aristas verticales de las rocas y la llanura repleta de matojos casi muertos. Un paisaje evocador.
Ya de pleno, en las múltiples paradas fotográficas, los copiosos puntos visuales se acumulaban en los objetivos de cámara y móvil. No era mucho lo que se podía hacer. Sólo circular y circular. Dejarse llevar por las miradas a través de las ventanillas del 4x4 Nissan. Por delante y por detrás las montañas se iban presentando con los nombres como han sido conocidas y catalogadas para el visitante, ‘The East and West Mitten Buttes’, ‘Merrick Butte’, ‘The Hub’, ‘Las Tres Hermanas’ o ‘Spearhead Mesa’. 
Muchas paradas para festejar la aventura, ‘hacer el ganso’ o, simplemente, estirar las piernas y disfrutar de un entorno peculiar.
Muchas paradas y relax.
Muchas paradas.
Cada uno tenía su punto de foto ideal. Cada uno deseaba inmortalizar el momento utópico.

(Y mucho más aquella pareja de Kansas).




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6 de noviembre de 2019

Grand Canyon


El gran cañón del Colorado

New York, Charlie Chaplin, el Gran Cañón, el western, Hemingway, los indios navajos, Lincoln,… ¿Habrá términos o vocablos más intensamente americanos que estos? ¿La humanidad se librará alguna vez de ellos? ¿Podrá alguien mantenerse al margen de su peso específico y rotunda fuerza a nivel mundial? No sabe este viajero insatisfecho, o al menos tiene dudas, si con su añeja postura antiamericana pretendía evitar todo ello o, en cierto sentido, lo simulaba. Sea como fuere, se lanzó a conocer el Gran Cañón con la sensación de hacer algo distinto a lo que había hecho en sus anteriores viajes, donde los trayectos y rutas los elegía después de una premeditada improvisación.
Para ello viajó hasta Las Vegas desde Montreal y esperó a que sus ‘organizados’ amigos le llevaran en volandas hasta orillas del Gran Cañón del río Colorado. Todo salió según lo previsto, se encontró con ellos en las oficinas de ‘El Álamo’, donde un flamante Nissan Armada les esperaba ¡Un pedazo 4x4 este Nissan que no conocía! El Gran Cañón estaba relativamente cerca de Las Vegas, y la tan cacareada Ruta 66 estaba en el camino. La tomaron en la famosa población de Kingman, donde aquella locomotora ‘Santa Fe/3759’, exhibida en todo su esplendor, parecía trasladar a los curiosos visitantes al corazón del oeste americano. Una vieja locomotora de hierro que, en otros tiempos, surcaría las famosas llanuras, saturadas de indios, colonos y atrevidos vaqueros. Fue como el bautismo de fuego de aquel pequeño grupo de amigos que se dirigía a los acantilados del famoso río por la Ruta 66, de rancio abolengo viajero. Dentro del 4x4 en el trayecto había de todo: risas, curiosidad, recuerdos, ansias de conocer o extrañeza por algunos chocantes momentos. Y, como no, ganas de llegar a orillas de los precipicios más afamados del territorio americano.
Locomotora "Santa Fe"

Este mochilero, según se acercaba, recordaba las barrancas de la Sierra de los Tarahumara, del estado de Chihuahua, en México. Allí, lo más grandioso y reputado eran las Barrancas de Urique, de Batopilas o del Cobre, que los lugareños definían como mucho más grandiosas que aquellos precipicios que iban a conocer. Y por su altura, sin duda, si lo eran. El Cañón del Colorado alcanzaba en su máximo los 1600 metros, mientras que la Barranca de Urique tenía una profundidad de 1879.
El gran cañón, visto desde el Yaki Point

Pero fue un gran trance cuando avistaron el Cañón. Un momento, quizás, de incredulidad ante lo que aparecía en los ojos de aquellos cuatro amigos en ruta. Se encontraban en una atalaya, más bien mirador, con una vista privilegiada sobre aquella célebre quebrada. Admiración y silencio. Respeto y desconcierto. Magnificencia y suntuosidad. Un cúmulo de sensaciones y reconocimiento general del ‘grupeto de amigos’ de estar ante una maravilla natural. Nada más.
Era fácil visitar los distintos miradores del Cañón del Colorado, en la parte que llamaban South Rim. Del Centro de Visitantes, tres líneas de autobuses acercaban a los curiosos a los diferentes puntos de observación, prefijados, pero elegidos con mucho tino. Todos los puntos, todos, tenían gran belleza visual. Se podían hacer a base de paradas de autobús o caminando de punto a punto. Ardua tarea esta última, sin duda.
El ‘grupo del Nissan Armada’ hizo de todo: trayectos en bus y andando, largas paradas y apresurados asomos al abismo. También, como no, ‘selfies’ de peligro. Finalizaron aquella alborotada jornada de emociones en el Yaki Point, a una hora en la que el sol caía ya hacia el horizonte, dejando una sensación de tranquilidad y paz. Los picachos de roca formaban largas sombras en los terraplenes y las aristas de las quebradas brillaban sin saber de dónde vendría su fulgor. El silencio incitaba a un grito apasionado y fogoso.
El Yaki Point, un excelente punto, y recomendable, para finalizar la visita.


Antigua gasolinera en la Ruta 66


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