22 de julio de 2018

Brihuega, un recital de lavanda

Calle de Brihuega

Brihuega tenía el encanto de un pueblo alcarreño, de un pueblo castellano-manchego abocado, en sentido literario, a una pequeña ribera. Porque allí, a orillas del río Tajuña, se levantaba este pueblo milenario. Milenarios su castillo, milenarias sus iglesias, milenarias sus calles y callejuelas de sinuosos recorridos y milenarios sus recuerdos. En el lugar que hoy ocupa Brihuega hubo poblados ibéricos desde hace muchos siglos y se habían hallado restos arqueológicos que así lo probaban. El nombre Brihuega derivaba del vocablo íbero ‘briga’, que significaba lugar fuerte o amurallado, apareciendo en los documentos medievales con el nombre de Castrum Briga. También ocupaba un lugar de privilegio en las oscuras y sinuosas cavernas de guerras y batallas. En 1808 fue escenario de la lucha de los franceses durante la Guerra de la Independencia. Y la batalla de Brihuega en 1937, en plena guerra civil, fue una de las más nombradas de toda la contienda. Este pueblo fue ocupado por las tropas italianas, que se enfrentaron con las tropas republicanas.
Hasta aquí un poco de su historia, a veces tenebrosa; ahora, un poco de realidad viajera. Al viajero insatisfecho le llamó la atención el Festival Lavanda que tenía su cita aquel fin de semana. Café Quijano, un grupo leonés de prestigio, actuaba en aquel marco ‘de lavanda’. Porque este festival, un clásico ya, se celebraba cada año cuando la floración de esta planta, lavanda, alcanzaba su esplendor. Y así fue como la curiosidad por Café Quijano le llevó a este mochilero leonés a plantearse una excursión para conocer y disfrutar de las plantaciones de lavanda.
En los alrededores del pueblo había extensiones de campos que se dedicaban a este genuino cultivo. Su sembrado en rectos surcos, su morada floración en este tiempo veraniego y su bello contraste en un terreno llano y de apariencia baldío, conformaba un conjunto estético natural de difícil clasificación.

Campos de lavanda

Con una amiga del alma, y espíritu, recorrió durante la mañana las calles de aquel pueblo con sabor a viejo territorio alcarreño. Un paseo reposado por el sol y sombra de sus piedras, con pereza veraniega, pero cuando el calor más abrasaba el cuerpo de estos dos foráneos, decidieron hidratarse con la suavidad de unas cervezas. Difícil momento el de la comida a las 3 y media de la tarde: restaurantes llenos, y caras de “no os podemos atender”. “No tenemos comida, y eso no se puede improvisar”, les dijeron. Después de recorrer varios, en uno de ellos les supieron acomodar o, mejor dicho, se pudieron medio acoplar.
A primera hora de la tarde, cuando el sol caía denso sobre los campos de los alrededores, realizaron el recorrido por los cultivos de lavanda. Bonitas imágenes para la mente viajera de ambos turista-viajeros, multitud de fotos y poses para la memoria. A lo lejos, en otras fincas de multicolores, varios autobuses vomitaban gente vestida de blanco (indumentaria recomendada por los turoperadores turísticos) mientras las fotografías verde-moradas de lavanda se iban almacenando en la ‘galería’ de sus móviles Samsung y iPhone. 
La salida del pueblo milenario de Brihuega hacia Madrid estuvo amenizada por una larga caravana de coches que, en sentido contrario, querían llegar al concierto de Café Quijano que se celebraba entonces dentro de las actividades del Festival Lavanda.


Castillo de Brihuega



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7 de julio de 2018

El templo-estrella de Yangon / Myanmar (Birmania)

La estupa central, Shwedagon Paya

En Yangón, ancestral capital de Myanmar/Birmania, el viajero insatisfecho estaba hospedado en el Agga Youth Hotel. Lo recomienda encarecidamente: barato, limpio, situado en una estrecha y tranquila calle y su personal muy amable. Hubiera soñado para el viaje todos los ‘hoteluchos’ así. Sólo dormir allí, le insuflaba a este mochilero un cierto aire burgués y, siendo exagerado, un rancio abolengo de aristócrata venido a menos pero, después de todas las batallas del viaje, era de agradecer. Al levantarse en la mañana, disfrutar de un suculento desayuno era todo un lujo, una buena manera de suministrar al cuerpo las suficientes fuerzas para soportar el resto del día los inconvenientes de una ciudad grande como Yangón, atestada de gente y, en ciertos momentos, agobiante. Aunque sabiendo como sabía, pudo disfrutar también de ratos de tranquilidad. El hotel, ubicado en 12th Street, estaba muy cerca de la conocida ‘calle de la cerveza’, 19th Street, otro buen y grato complemento añadido. Una estrecha calle que durante el día aparecía tranquila pero que al caer la noche se mostraba eufórica, en pleno jolgorio de bares y cutres restaurantes que invadían (¿con permiso?) toda la calzada en ambos lados. ¿Qué mejor lugar para tomar una cerveza el viajero solitario?.
Quedaba cerca del río Yangón, que visitó en uno de esos paseos sin rumbo, aunque allí sus orillas carecían de interés. Pero 12th Street quedaba lejos del lugar más emblemático de la ciudad. Un lugar de obligada visita.
¿Quién se atreve a sucumbir a la ciudad y no poner sus cansados pies en Shwedagon Paya?.
Era uno de los lugares más sagrados del budismo birmano, una inmensa estupa dorada sobre una de las partes más elevadas de la ciudad. Emblemático, también, hasta por el lugar en el que estaba asentado. Transcribe aquí lo que decía la ‘Lonely planet’, su libro-guía: “Es un zedi de 99 metros de altura, decorado con 27.000 kilos de pan de oro, miles de diamantes y otras gemas, y se cree que alberga ocho cabellos de Gautama Buda, así como reliquias de tres budas anteriores”.
En fin, un lugar de ensueño y, para los forofos de los monumentos, un paraíso para la visual. Para este mochilero sólo un impresionante o extraño lugar donde, como siempre, tuvo que descalzarse, abonar una copiosa entrada para, luego, ‘ratonear’ por su interior/exterior hasta haber contemplado todo lo apreciable.
Accedió por una de las cuatro escaleras de entrada cubiertas que conducen a la terraza principal. Al cruzar ese primer oscuro pasadizo, uno se adentraba en una sinfonía visual de brillo multicolor, aunque prevalecía el amarillo, con suelo de mármol (importaba, pues ya iba descalzo) y rebosante de pabellones, habitáculos dorados y salones de oración con imágenes de buda y dos enormes campanas de oro fundido. En el centro de la terraza se alzaba la Shwedagon Paya sobre una base cuadrada. En esta plataforma había otras estupas más pequeñas, todo un aglomerado de éstas, budas, pedestales, habitáculos que…. ¡cualquiera se enteraba!.
Difícil describir lo que veían los ojos de un occidental que desconocía en gran manera la religión budista. Sentía esa sensación de que aunque pensaba que lo había visto todo, no era así. El amarillo-pan de oro predominaba por todos los lados y el turismo local, entregado y sincero, paseaba, oraba y se postraba ante su Buda preferido con total ausencia de sonrojo o sofoco. La naturalidad del birmano contraria a cualquier rubor se mostraba allí en su máxima extensión.
Todo el largo trayecto entre su hotel y el templo lo hizo a pie. Callejeó sin parar, mapa en mano, por grandes avenidas que atravesaban la parte señorial de la ciudad. Altas aceras mal cuidadas, árboles centenarios, palacetes casi abandonados, descuidados setos divisorios, y un sinfín de pasos de caminante, fieros estos al principio pero luego más pausados. Llegó al lugar bastante perjudicado por el cansancio pero aun así no dejó de admirar aquella gigante estupa amarilla-pan de oro.
Poste planetario, había 12 alrededor de la estupa central
Hasta el monje se merecía un descanso y oración


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22 de junio de 2018

Un paseo por el terruño


Monasterio mozárabe de San Miguel de Escalada

La reciente visita a San Miguel de Escalada (León) se enmarcaba dentro de la celebración de las fiestas populares del terruño. Una visita sujeta a su pasión por estar ahí. San Antonio, el patrón, se celebraba este año -convertido ello ya en tradición- unos días después en este pueblo leonés. Eran tres días de fiesta, bailes, de música danzona, litronas y alcohol, de entregas de trofeos (II Concurso de Relato Corto) pero, también, de largos paseos y caminatas al sol. De ello quiere hablar el viajero insatisfecho, que recorrió a ratos sueltos sus campos aledaños, llenos de recuerdos, zapatos rotos y sabor.
Amapolas

Y se encontró con las cuestas, picachos y laderas llenas de flores blancas, rasantes al suelo recién regado por las lluvias primaverales, este año tan frecuentes; o flores violáceas que se estiraban un poco más que las anteriores pero tenían el mismo sentimiento grupal; también algunos -muchos- azulejos, cuyos pétalos estirados y abundantes semejaban redondos cepillos de color. Ah, y los espliegos, azulados y brillantes como tomillos verdosos. O amarillas flores, algunas ya marchitas como las ‘ilagas’ (aulagas), otras, en su esplendor, como los odiados ‘pispájaros’ (no miréis, no viene en la RAE); o rojas, como las siempre presentes amapolas. ¿Recordáis?: “Fraile, monja o pipirimonja”. Amapolas en los ribazos; amapolas en las fincas de barbecho, y amapolas también entre el cereal sembrado, en avanzada maduración. O los ‘engordagochos’, de difícil catalogación, por no decir de los escobizos.

Porque las plantas son, eran y serán como una biblioteca, con sus órdenes, sus clasificaciones y sus géneros. Y hablando de biblioteca, una se inauguraba ese fin de semana gracias al empeño de una asociación cultural, ‘Priorato de Escalada’. Un centro de cultura y lectura de difícil futuro ¿quién leerá esos libros que el tiempo llenará de polvo?. Tal vez, la ilusión de los encargados de formarla, documentarla, catalogarla traspase ese futuro incierto.
Los ribazos (ribones) llenos de mielgas, algunos; tomillos, te de monte, achicorias, hierbas aromáticas e ilagas (aulagas). Ribazos verdes que alegraban el corazón del que los traspasaba y saltaba; los ribazos que, empinados hacia arriba, servían de división. Todos eran admirados por este paseante sin rumbo, bajo aquel tremendo sol.
También de color violáceo eran las flores que conformaban las ‘lenguas de gato’. Las había por millares. Como millares de plantas de hinojo, tan escasos en el recuerdo de este personaje terruñero que disfrutaba haciendo fotos de sus rosetones amarillos y tiesos como cirios eclesiales. Ah, y recordaba, en su ensimismamiento, las ‘alzameriendas’, que saldrían al finalizar el verano.
Pero al escribir y detallar todos estos objetos naturales no tiene más remedio que referirse brevemente al concepto de flora autóctona. Aquella que nace espontáneamente en los campos, sin que haya sido introducida en ningún momento por el hombre. Las encinas, robles, hayas, avellanos, carrascos, quejigos, y otros, forman parte de esa flora autóctona. Algunos tan escasos como los silbares, o serbales, árbol favorito de este mochilero ‘cazurrín’.
Y a lo lejos, se podía divisar la frondosidad de la ribera del Esla con sus extensiones de chopos; sus negrillos enfermos; sus olmos y álamos; sus viejos fresnos olvidados, y sus mimbreras de corteza amarilla. Los avellanos de las lindes, y algún que otro tilo. Así se vislumbraban los aledaños del río cercano, que luego extendía sus brazos para acunar los campos y campos de maíz, alfalfa y más plantíos de chopos enjaulados.
Puestos a enumerar, las laderas mostraban sus artículos en forma de arbustos. Arbustos como la citada aulaga, el carrasco, los espinos, los brunos o endrinos; el sauco, en zonas más húmedas, o las zarzas y zarzamoras. También se veían brezos y jaras, sin olvidar el ‘escardamulo’, que merecería un artículo aparte.
¡Qué fina silueta la del ‘escardamulo’!. Hasta su impropio nombre tiene sabor leonés.
Hinojo

Silbar

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11 de junio de 2018

Nacimiento del río Mundo


Hay nombres que evocan un mundo fantástico -y parecieran sacados de alguna crónica de Narnia- una reflexión apocopada pero real e intensa. Nombres como ‘archipiélago de Bocas del Toro’, en el caribe panameño; o ‘desembocadura del río Mono’, en el sur de Benin (país africano, reino del vudú), o ‘nacimiento del río Mundo’, algo tan cercano como la provincia de Albacete.
De este último quiere hablar hoy el viajero insatisfecho, que habitualmente os lleva a otras latitudes más exóticas, más lejanas, pero no siempre más interesantes y bellas. Hace muchos años oyó, por primera vez, hablar de este río y no precisamente en una clase de geografía o en una discusión acalorada de intelectuales hablando para escucharse ellos mismos. No. Fue a uno de esos vendedores ambulantes en una de las muchas fiestas veraniegas en la sierra madrileña. Defendía con pasión ‘su nacimiento del río Mundo’ como desconocido paraje pero de intrigante belleza. Allí, en aquel momento, hace años, quedó citado internamente con el lugar. Algún día lo visitaría.
El nacimientodel río Mundo se encuentra al sur de la provincia de Albacete en el Parque Natural de los Calares del Mundo y de la Sima que, unido al de las Sierras de Cazorla y Segura, sería uno de los parques más grandes de toda la Península Ibérica. El punto de partida para visitarlo podría ser Riópar, donde comenzaría la ruta. Muy fácil de alcanzar este punto natural siguiendo las señales que en uno de los cruces aparecían tan visibles como evidentes.

Desde Madrid podría ser perfectamente una excursión de dos días, haciendo noche en Riópar o alrededores. Como así fue. Una vez allí, aproximarse al nacimiento no era una dura o estrafalaria experiencia africana. Más bien algo sencillo aunque, en aquellos momentos, una vez dejado el coche en el parqueo autorizado (después de pagar su importe en uno de los cruces de la carretera), aún se oía los ecos de muerte en aquel paraje con grandes peñascos tan apropiado para emitir sonidos naturales. Sí. Hacía no muchos días, quizás menos de un mes, uno de los visitantes caía al vacío al apoyarse en una inestable baranda; en una de las muchas que protegían la senda o el camino.
Desde el aparcamiento, un tranquilo paseo entre pinos y arbustos llevaba a las primeras y diminutas piscinas que el agua iba formando en las cavidades del suelo rocoso. Poco a poco, por un sendero marcado, se iba ascendiendo hasta quedarse frente a la inmensa montaña de roca. Entre el ramaje de los árboles y las irregularidades del terreno se veían ya cerca los chorros de agua que regurgitaba la roca. El sendero iba abocando al curioso visitante a los ojos de la cascada para contemplar de cerca su nacimiento. Aquél día, aproximarse estaba prohibido por multitud de avisos y tiras de colores que lo impedían. La guardia civil y los guardas del parque natural descartaban el acceso mientras durara la investigación del triste suceso, de aquella inesperada muerte, y se repararan con esmero las, en algunos casos, endebles barandas de protección.
Fotos y más fotos al entorno. Exaltaciones sobre la belleza. Profundos suspiros de relax. No era un día especialmente cargado de visitantes pero era necesario esquivar algún pequeño grupo familiar. El sol no molestaba y alguna nube anunciaba tormenta. Con la parsimonia de aquel que nada tiene que hacer y la lentitud del que no tiene prisa, el mochilero y su amiga descendieron admirando todos los recovecos de tranquilidad que aquel singular rincón ofrecía de manera natural. Altruista.
Recomendado queda.

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26 de mayo de 2018

Otras imágenes birmanas

Imágenes o escenas que no tienen una aparente ilación con otras historias ya contadas pero que sin duda elevarán, si ya lo hubiere, el instinto ambulante y nómada. También, fueron momentos de un viaje mochilero. Un relleno más a la mochila viajera. Myanmar tuvo sin duda muchos momentos extraños pero tiernos,  diferentes, tranquilos como sus gentes, cálidos, sugerentes, bellos e imprevistos. Con estas instantáneas el viajero insatisfecho propone dar a conocer un poco más una realidad y otorga al curioso otros elementos, aunque mínimos, que le darán una visión cercana del país.
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A orillas del rio Ayeyarwady, las gentes se afanaban en el secado de aquel pescado que con esfuerzo habían usurpado al río. El rio Ayeyarwady (Irawady) era columna vertebral y manantial de vida para las diferentes etnias que conforman el país.

Estaba en Katha y quería descender por el río hasta la ciudad de Mandalay. La víspera se acercó al pequeño muelle y vio zarpar un barco gemelo al que tomaría al día siguiente. Como salió aún de noche, no pudo fotografiar en toda su extensión el barco que le transportó.

Cualquier árbol de cualquier ciudad podía ser soporte de un pequeño altar de oración y ofrendas. Vio muchos. Este, en una tranquila calle de Mandalay.

No posaban para él pero fue un momento mágico de vida. La familia, o amigos, se mostraban orgullosos de visitar la ciudad de Inwa, cuatro veces capital real de Birmania. A pesar de su rica historia era un remoto lugar rural con algunas ruinas, monasterios y estupas.

Aquel personaje local birmano se dejaba fotografiar, en el lago Inle, sin mostrar enfado o exhibir impaciencia. Ver aquella cara, era ver en ella a muchas gentes birmanas.

Delicada joven birmana, a la puerta de uno de los múltiples templos de Bagan. Como cualquiera de sus congéneres tenía la cara embadurnada de thanakha, para reducir el impacto del sol y, en su tradición, sentir mayor armonía.


Escena en el Shwedagon Paya, el templo que domina Yangón. Un templo cargado de amarillo oro y lleno de edificios, budas y estupas. Sagrado para el pueblo birmano. En la fotografía, uno de los postes planetarios. Había doce. Los lugareños se acercaban a ellos y echaban de manera insistente agua sobre la estatua de Buda del poste que señalaba el día que nacieron. Pero discernir qué poste correspondía, era tema arduo y complicado en extremo para un occidental como el mochilero leonés.


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6 de mayo de 2018

Trenes, y Bago / Myanmar (Birmania)


Tren Yangón-Bago

Estación de Myitkyina

En el mundo actual, lleno de AVE’s, rápidos Altaria’s, Talgo’s o los trenes-bala japoneses, ¿quién no añora con cariño aquellos trenes de mitad del siglo pasado, lentos, zigzagueantes, ruidosos, machacones y perezosos?. El viajero insatisfecho si los añora, en especial el que conoció de niño, aunque no en su tramo completo: el famoso tren de vía estrecha La Robla-Bilbao, y más, en concreto, el ramal del mismo estilo entre León y Matallana de Torío.  El origen del proyecto del ferrocarril de La Robla -según explica Wikipedia- “habría que buscarlo en la gran importancia adquirida por la industria metalúrgica en el País Vasco a finales del siglo XIX, y su considerable repercusión en el desarrollo industrial del norte español. El combustible fósil llegaba a los puertos vizcaínos por vía marítima, procedente de Asturias e Inglaterra en los mismos barcos que exportaban el mineral de hierro. Pero la brusca subida del carbón inglés entre 1889 y 1890 dio lugar a que el poderoso capital siderúrgico vasco buscase alternativas en las cuencas carboníferas leonesa y palentina. Fue entonces cuando surgió la necesidad de un medio de transporte eficaz y económico que uniera las emergentes acerías vascas con las aisladas cuencas mineras. El elegido fue el ferrocarril, que tras la Revolución industrial se había convertido en el transporte terrestre más ventajoso”.
Algunos recuerdos, e historia.
En la actualidad, y en cuanto a la red española de alta velocidad, es la más extensa de Europa, con 3.100 kilómetros, y la segunda más larga del mundo solo superada por la china. Pero este mochilero leonés debe ir al grano, a referirse a su última experiencia en trenes lentos, muy alejados del AVE actual. En su último viaje a Myanmar tuvo oportunidad de disfrutar de dos recorridos en este pausado transporte. Uno de ellos, le llevó prácticamente el día solar, salió de Myitkyina sobre los 8 de la mañana y llegó a Katha (su destino final) sobre las 5 de la tarde, cuando el sol comenzaba a dar sus últimas bocanadas. El otro trayecto, mucho más corto, fue entre Yangón y Bago, antigua capital birmana. En ambos trenes (en el primero de ellos acoplado en un anticuado pero cómodo asiento mullido de primera clase) disfrutó a sus anchas. No le pareció una pérdida de tiempo, sensación tan extendida en este mundo de prisas y atropellos. Disfrutó del paisaje, a veces semi selvático; otras, moteado de pueblos birmanos con vida, con gentes, con antiguas y pequeñas estaciones, con jolgorio aunque, quizás, todo ello entumecido por el carácter apacible de sus gentes.


Trayecto Myitkyina-Katha

Trayecto Myitkyina-Katha

El trayecto Yangón-Bago (alrededor de dos horas y media) lo utilizó de ida y vuelta. A juicio del mochilero leonés, un medio barato hasta la saciedad, con clásicos asientos de madera que le transportaron su mente a aquel viaje infantil en tren León-Villamanín, también lento y con duros asientos de tiras de madera. Su objetivo era visitar la antigua capital birmana de Bago. De acuerdo con la leyenda, el símbolo de la ciudad era una hamsa hembra (ave mitológica) sobre el lomo de una hamsa macho. A un nivel más profundo, el símbolo representaba la compasión del ave macho que ofrece a la hembra un sitio donde posarse en medio de un lago en el que solo había una isla. Por eso se decía que los hombres de Bago eran más gentiles que los de otras partes de Myanmar. Sin embargo, en la cultura popular birmana los hombres bromeaban diciendo que no se atrevían a casarse con mujeres de Bago por temor a ser dominados.
Este tímido mochilero, en su visita, no vio hamsa alguno.
Historias y leyendas.

Pequeños, entrado en un monasterio, en Bago


No tenía mucho tiempo para recorrerla queriendo, como quería, regresar a Yangón ese mismo día. Alquiló, una vez más, una moto-taxi con una misión clara: recorrer los lugares más emblemáticos de la ciudad en sólo tres horas. Esto ni es de empedernido y ducho viajero ni siquiera de un bisoño turista, pero era el tiempo que tenía y a ello se atuvo. De la visita  en si a la ciudad, más de lo mismo. Mucho templo, muchos budas, alguno de ellos gigantesco, y grandes estupas doradas.
Fin.
“¡Quiero, quiero, quiero volver a África!”.

Gigantesco Buda tumbado, en Bago


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17 de abril de 2018

Mawlamyine, y alrededores / Myanmar (Birmania)

Puesta de sol en Mawlamyine
De la ciudad de Mawlamyine, y alrededores, no pensaba hablar el viajero insatisfecho, pero sería una traición hacia quien no lo conozca y sea seguidor de estos escritos. ¿Qué culpa tienen los lectores que el mochilero leonés haya pasado más bien rápido por allí?. Había leído que esta ciudad y sus rincones habían inspirado a George Orwell y a Rudyard Kipling, dos de los escritores en lengua inglesa más asociados a Myanmar. No sabe. Esta afirmación parece un poco literatura de viajes o, lo que es lo mismo, un intento ‘de poner salsa a la patata cuando tiene poco sabor’.
Desde la guest-house donde se hospedaba en Mawlamyine se acercó aquella tarde a Kyaikthanlan Paya, una estupa en lo alto de una colina, la más alta de la ciudad, desde donde se podía divisar con rotundidad toda la urbe al completo, un cercano entrante del mar de Andamán y una ‘estupenda’ puesta de sol, según le había comentado el conserje del hotelucho, que luego no llegó ‘ni a medio buena’. ¡Qué estupidez viajera hay con las puestas de sol!. Increíble. Cualquier sitio que se precie tiene su maravilloso (?) atardecer según todos los libros de consulta o escritos de viajeros que precedieron. Esos atardeceres venden, generan expectación y suelen producir al final -lo ha observado también en otros- hastío. Y tiene que insistir: ¡Cuánta pamplina viajera hay con las puestas de sol!. Esta estupa no estaba solitaria en aquella loma montañosa pues había varios templos, al menos un monasterio, y otras de menor tamaño. Descalzo como estaba, obligada norma religiosa, esperando a que el sol cayera sobre la línea del horizonte, decidió permanecer allí dando paseos circulares para contemplar la ciudad en todo su esplendor. Se asomaba a la baranda, hacía fotos o permanecía estático al divisar a lo lejos algo peculiar. Con anterioridad había visitado un vecino monasterio donde, aparte de admirar la preciosa estructura de madera tallada, pudo comprobar la quietud y reposo interior, todo mezclado con la cotidiana vida de los pocos monjes allí asentados.


Buda sentado

Pero, también, lo impactante de aquella zona eran los alrededores de la ciudad, plagados de monasterios, estupas, templos y budas. Dedicó una jornada a respirar aquel ambiente y recorrer el lugar. Comenzó, a varias decenas de kilómetros, por uno de los budas sentados más grandes del mundo que desde la carretera principal ya impresionaba. Hueco como estaba por dentro, se metió en sus tripas y ascendió varias escaleras hasta llegar casi a la cima, aún en construcción. Desde una especie de ventana-mirilla en el pecho del buda, al mirar al suelo, pudo apreciar en directo la inmensidad de su tamaño. 
Y cuando uno creía que había visto todo sobre budas grandes y antiguos, descubría el templo de Win Sein Taw YaAllí, sobre la ladera de un par de colinas se acostaban dos budas, uno a medio construir (aparentemente abandonado), de 170 metros de largo. Una de las imágenes de este tipo más grandes del mundo. En los aledaños, había muchas estupas e hieráticas estatuas de budas de pie en reposadas procesiones a ninguna parte. Una de las filas se adentraba en la tupida vegetación de un bosque cercano, conformando una inquietante imagen para el recuerdo. 
La ciudad de Mawlamyine, y sus alrededores, contenía muchas más cosas visitables. Lo precipitado de un viaje, y sus condicionantes, hicieron imposible recorrerlas todas, pero en el recuerdo del mochilero quedaba esa sensación de haber visto algo insólito y haber recorrido un mundo alejado en cuanto a creencias y pasiones.

Buda tumbado
Estatuas de buda, dirigiéndose al bosque





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31 de marzo de 2018

La roca dorada / Myanmar (Birmania)

Roca dorada

La pasión que sienten los birmanos, las gentes de Myanmar, por una piedra que mantiene un equilibrio inestable en lo alto de una montaña ha convertido la zona en lugar de peregrinación, en uno de los templos más visitados (si no el más) de Myanmar, en especial, por el turismo local. Este hecho no ha pasado desapercibido al turismo extranjero que, por supuesto, también lo frecuenta. El templo en cuestión es el monte Kyaiktiyo (Roca Dorada). El viajero insatisfecho aunque ya había visto cientos de fotografías de la roca dorada quería tener la experiencia de ponerse a su sombra y sentir, como preveía, la religiosidad que allí imperaba. Una vez más, como en todos los templos birmanos.
Le recordaba, aunque no fuera tan evidente el parecido, a las Bismarcks Rock, a orillas del lago Victoria, en la ciudad tanzana de Mwanza. Un grupo de rocas que emergían del lago sobre las que se levantaba una especie de menhir en un -también- equilibrio inestable. En estas rocas tanzanas, paseaban de vez en cuando unos animalitos que llamaban pinkisEn la roca dorada birmana, en cambio, no paseaban animalitos pero sí las gentes de Myanmar se encargaban de tenerla, precisamente dorada, con las pequeñas plegarias en forma de pan de oro. Sólo los hombres (sólo ellos) podían cruzar un pequeño puente sobre el abismo que llevaba a la roca para colocar los cuadrados de pan de oro en su superficie.
Birmanos en el camión de ascenso a la roca dorada

Para hacer la ascensión a la roca desde la población más cercana, Kyaikto, era necesario tomar unos camiones, o subir andando, misión ardua y difícil ésta para cualquier persona que carezca de preparación. Estos camiones salían con gran frecuencia a lo largo de la jornada, cargados a tope de peregrinos o curiosos y serpenteaban por las laderas del monte durante 11 largos kilómetros hasta llegar a las inmediaciones de la roca. El trayecto de los camiones duraba alrededor de 45 minutos, o más, y dejaban a los viajeros-peregrinos a la entrada de un moderno telesilla que les ascendía los últimos metros, ahora sí, hasta la roca. La vuelta, sin utilizar el telesilla, se hacía completa en los camiones desde la parte más alta. Un último tramo bastante estrecho y peligroso para la subida y bajada de vehículos había forzado a las autoridades birmanas a construir aquel telesilla.
Desde la terminal de camiones en la parte alta hasta el templo de la roca dorada había que afrontar un largo paseo por la cima repleto de vendedores de comida, baratijas, flores, frutas, refrescos, cocos, agua,… y los viajeros foráneos debían pasar, de nuevo, por caja.
¡Así es el turisteo de monumentos allí, y en el mundo entero!.
Una vez cumplido el ritual de quitarse los zapatos se entraba a una gran explanada de mosaico, relativamente limpio (sólo relativamente) hasta llegar a la roca dorada. Familias y familias enteras sentadas en el puro suelo adoquinado tomaban sus bocados y bebían agua con ansiedad en botellas de plástico. Corrillos y grupos de gente conversaban a la sombra de unos tenderetes. Unas mujeres encendían pequeñas velas en una ristra de candelabros metálicos colocados a la entrada de la famosa roca, que ya se veía en todo su esplendor.
El ambiente distendido en aquella explanada donde no faltaban otros recintos de budas, no impedía encontrarlo intimista al lado de la roca en sí. En aquellos momentos, varios birmanos en actitud penitente contribuían a dorar la roca con sus plegarias de oro. El día soleado convertía en más mágico aún aquel asentamiento de dioses en aquella roca de equilibrio inestable.
Y dorada.
Roca dorada, a lo lejos

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17 de marzo de 2018

Playa de Maungmagan / Myanmar (Birmania)




Casa de madera de la época colonial

En su recorrido por territorio birmano, el viajero insatisfecho también transitó el sur, por la lengua de tierra que forma el país con la frontera tailandesa. Aquella estrecha franja bajaba cientos de kilómetros bordeando el mar de Andamán cerca de multitud de playas que no tenían nombre ni renombre turístico. Pero allí estaban sin explotar, ni expoliar.
Frente a estas largas playas de arena se situaba un extenso archipiélago de pequeñas islas, muchas de ellas solitarias. En aquel estrecho territorio se encontraba el estado de Kayin y la región de Tanintharyi, el sur profundo de Myanmar. 
Bajó muy al sur hasta la ciudad de Myeik pero no la encontró mucho atractivo y decidió permanecer poco tiempo. En su inevitable ascenso por la misma y única carretera longitudinal de nuevo hacia Yangón, donde al final debería tomar el vuelo de vuelta, paró, entre otros sitios, en Dawei, ciudad habitada, según señalaba el libro-guía, desde “hace cinco siglos o más, principalmente por marineros mon y tailandeses”. Desde luego la ciudad tenía vestigios más modernos, más de la época colonial inglesa. A pesar de ser relativamente pequeña, Dawei poseía mucha arquitectura interesante, con numerosas casas de madera antiguas de dos plantas, con tejados a cuatro aguas y abundante decoración de madera tallada. Paseó y paseó, aquella primera tarde, por la ciudad, sacó fotos de la arquitectura de sus casas y dispuso que al día siguiente iría a visitar su primera playa de aquel país en el viaje.




La playa de Maungmagan, una de las más famosas, estaba a unos 20 kilómetros de donde se encontraba, por lo que decidió alquilar una moto para dicho propósito. El primer intento fue fallido pues no consiguió comunicarse con el motorista que no hablaba ni una palabra de inglés. Lo logró al segundo, cuando al menos pudo hacerse entender sobre el destino del trayecto.
La carretera hasta la playa serpenteaba entre plantaciones de caucho y verdes matorrales ribereños. En el trayecto, ‘de paquete’ en aquella moto alquilada, pudo ver la vida campestre, cotidiana y diaria de mucha gente; un grupo de jóvenes birmanos sobre aquel tuk-tuk, que durante unos kilómetros precedió a la moto, saludaba con cierta timidez al motero extranjero; el agradable joven birmano que le porteaba sonreía cuando el mochilero leonés le hacía parar (stop, stop, please!!) para recrearse con unas fotos a los cuencos colocados en los árboles del caucho que recogían su consabida savia o resina, y, por sorpresa, a orillas de la carretera, en un camión con guirnaldas, un grupo tocaba y bailaba una canción religiosa local. No entendía nada. 
Pura vida birmana. 
Aquella inmensa playa de más de 10 kilómetros de extensión no le pareció espectacular. Como era un día entre semana y fuera de la época vacacional se encontró aquella arena semivacía, tan sólo ocupada por unos ocasionales pescadores que reparaban sus aparejos de pesca. Aprovechó la coyuntura para darse un paseo en la moto, a toda pastilla, por la dura y lisa arena a sólo un metro del agua. 
Esto, junto a las risas, las boberías de todo turista y el agua de coco tomada en un pequeño chiringuito, fue lo único reseñable. 
No obstante debió reconocer que un día así, ordinario y reposado, valía un viaje.
























Instantáneas en la playa de Maungmagan


VÍDEO

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