5 de octubre de 2019

Avistando ballenas / Canadá

Ballenas
Ahora que la población mundial, excepto japoneses y alguno más, se ha sensibilizado con el peligro de extinción de las ballenas, el viajero insatisfecho, como fiero luchador de la causa, se lanzó a una excursión expresa para su avistamiento.
¡Y qué fácil resultó!
Hacía poco, en España, había leído en algún periódico que en el golfo de San Lorenzo se habían encontrado varias ballenas muertas de una especie en peligro de extinción, las ballenas francas glaciares. Nadan muy lento y producen mucha grasa, por lo que estos grandes cetáceos fueron una presa fácil para los antiguos balleneros.
Lo recordó estando por la zona de Quebec, y cuando conoció, a través de un folleto, que organizaban viajes en zodiac para su avistamiento, no dudó en unirse a la batalla. Ya en la población de Tadoussac, puerto de partida, pudo comprobar que había toda una infraestructura turística para llevar a los curiosos a la zona clave. Cientos y cientos de personas, miles, lo hacían diariamente, en grandes zodiac o en barcos preparados para tal manifestación turística.
¿No hay alguna actividad viajera en este mundo actual donde se pueda disfrutar en solitario, al margen de todo este meollo turístico? El mochilero leonés sabe que sí y que lo podría realizar sin mayores problemas. Solo necesitaría un vuelo a Abiyan, a Libreville o Kinshasa. A Douala o Lomé. Se acabaría, así, toda esta prole de turistas de 4x4 y furgonetas AC.
Escena de avistamiento

Pertrechados de aquel uniforme naranja anti-chapuzón de agua, se lanzaron a las tranquilas aguas del San Lorenzo. Un hermoso día caía sobre los curiosos de la zodiac, con bellas formaciones de nubes encima y a lo lejos. Ver surgir una ballena enseñando primero su lomo cada vez más inmenso para luego sumergirse de nuevo, con un mínimo salto y exhibiendo su cola semilunar, fue deslumbrante. Muchos ‘¡oh!’, expresiones de admiración. Esta zona del San Lorenzo era uno de los pocos lugares del mundo donde se podía ver tal variedad de cetáceos marinos. Lo que les atraía aquí eran los inmensos bancos de kril, pequeños crustáceos similares a las gambas, pero diminutos. La corriente de agua dulce que surgía de uno de los fiordos laterales, al mezclarse con la salada, reunía y acumulaba una bolsa de nutrientes, fitoplancton, elemento fundamental de la cadena trófica de los ecosistemas oceánicos. La guía canadiense que acompañaba al grupo -hablaba un perfecto español- fue muy precisa a la hora de explicar este fenómeno que era totalmente físico y carecía de otra interpretación. Eso sí, apuntó que, si bien la temporada estaba en su apogeo, circunstancias extrañas podrían abocar a que un determinado día no se pudiera avistar una sola ballena.
La naturaleza salvaje y libre tiene esas cosas inexplicables, aunque lógicas.
Había muchas ballenas aquel día. Salían de vez en cuando a respirar, deleitando a todos los curiosos de las zodiac. No sabe cuántas especies pudo ver: ¿ballenas azules?, ¿ballenas jorobadas?, ¿ballenas comunes?, ¿ballenas minke? Lo desconoce, pero fue ¡un bonito espectáculo! Lo que no vio fueron los lomos blancos de las belugas, en grave peligro de extinción.
Aunque, sí, ¡una bonita exhibición!
De regreso, dos de las zodiac realizaron otra demostración de velocidad, carente de peligro en aquel mar tranquilo, que todo el mundo aplaudió. Incluso las nubes soltaron unas gotas de agua de regocijo y placer, supone. Se acercaron a las grandes paredes del fiordo, moles rocosas salpicadas de verde, y el piloto y la guía despidieron a todo el pasaje en el puerto con simpatía y buen humor.
La ballena y la zodiac
El V(B)iajero Insatisfecho, dirigiéndose a la zona


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21 de septiembre de 2019

¡A la mierda!, la organización

Casa típica de aquella región

Parte del reconocimiento personal y expreso de que no preparó el viaje a Canadá. No lo planificó como los canadienses, y el resto del primer mundo (?), quieren que se prepare. Previsión de lugares a visitar, reserva de hoteles, coche de alquiler (si fuera posible), planing de recorridos, reservas de autobuses, aviones o cualquier medio de transporte. Si, así se inclinaría a hacerlo el más inteligente, así parece ser que se viajaría a Canadá, a Estados Unidos, a Italia o a San Petersburgo. Todo ello, muy lejos de cómo el viajero insatisfecho quiere moverse.
¡Se acabó!
Si tiene que cumplir todos esos parámetros de estupidez organizativa, de previsión impuesta por la masificación turística y de falta de libertad de movimientos al no tener un sitio reservado con unos días, semanas o meses de antelación, este mochilero leonés se retira a su ‘terruño’ y que viaje el sursuncorda. Tratará -antes de que le acoten aún más el camino a recorrer- de ir a lugares donde intuya cierta libertad y albedrío. Piensa en la parte de África que le queda por conocer, tal vez un poco de Sudamérica y algún que otro país del Extremo Oriente. Si, aun así, necesita el ‘Booking’ como aplicación de cabecera, ya vera el rumbo a tomar.
¡A la mierda, la organización!
Que tiene cosas interesantes este país, Canadá. No lo duda. Que tiene paisajes de ensueño en sus montañas rocosas. Cierto, y lo sabe. Que sería toda una experiencia atravesar del Pacífico al Atlántico en un típico tren canadiense. ¡Menuda envidia este recorrido! Aunque insiste, ¡a la mierda, la organización!
Pero, una vez referidas estas actitudes a modo de introducción, va a contar algo más sobre su ‘insulso’ viaje a Canadá. Caros alojamientos, aunque dignas habitaciones en colegios universitarios (pero no es el estilo de este mochilero el alojarse así) y la masificación en albergues y otros alojamientos fue tónica general en su periplo canadiense. No quiere contar, tampoco, la prepotencia que encontró en alguna de estas estancias, en régimen cuasi-dictatorial, con formas poco educadas y personajillos en recepción amenazantes hacia el posible o futurible huésped.
¡Lamentable, si!, pero cuenta una realidad vivida.
Al decidir lanzarse desde Quebec a conocer la península de Gaspé que se forma más al norte, hacia la desembocadura del río San Lorenzo, pensó que una buena etapa sería llegar hasta Rimouski, donde podía aprovechar para conocer el Parque Nacional de Bic. Pero los parques nacionales no están al lado de las ciudades como era de suponer, y ya suponía este viajero. Se acercó a la oficina de turismo, muy peripuesta y emperifollada, por cierto, para intentar lograr información sobre la forma de llegar a aquel parque nacional. Pero no, no había en toda la ciudad ningún tour o agencia que acercara al visitante al mismo y, por supuesto, no había medio de transporte público que dejara a cualquier interesado en los alrededores. Sugerían, desde la oficina de turismo, contratar un taxi. ¡Valiente oficina de turismo! Aunque bien atiborrada de folletos, lo único que ofertaba era un paseo por la orilla (asfaltada, eso sí) del río San Lorenzo, una visita al museo del Mar o al museo Regional de Rimouski, rutas de senderismo para ‘pasar la mañana’, y poco más.
Isla de Saint Barnabé

Se levantó animoso al día siguiente en el impresentable hospedaje (a 65 euros la noche), con dueño estúpido, donde se encontraba. No sólo eso, para ducharse había que descender varios tramos de escalera hasta el sótano. Decidió acercarse a la isla St. Barnabé, frente a la localidad de Rimouski. Era una isla hermosa y tranquila cubierta de bosque, atravesada por senderos, orlada de playas de piedra y arena y poblada -decía el libro/guía- de garzas reales azules y focas.
¡Mentira!.
Se encontró con una islita (4 km. de largo por 400 m. de ancho), eso sí, con una breve historia de contrabando de alcohol: un cartel al llegar contaba estos avatares. En otro lugar de la isla, en un cuidado tenderete, se relataba también la historia, esta sí más duradera, de sus últimos propietarios, una familia con varias generaciones en ella. Pero, recopilando hechos más antiguos, en el siglo XVII, la isla fue habitada por Toussaint Cartier, un ermitaño, cuya historia aún está envuelta en el misterio, aunque todos los de la población debían conocer. El ermitaño se trasladó al centro de la isla, en el lado sur, donde construyó una cabaña y un pequeño establo. Se basaba en el cultivo de un pedazo de tierra y en la cría de algunos animales domésticos. Se creía que "a veces cruzaba a Rimouski para asistir a los servicios religiosos de la misión”.
Y en fin, ¡vuelta a la ciudad!
Esta situación de falta de oferta de transporte para visitar sitios emblemáticos, le ocurrió en tres o cuatro localidades más: en Trois Rivières, en Montreal, en Mont Tremblant,… En algún caso, les sugirió que era algo de lo que deberían disponer para el turista de a pie, pero levantaban los hombros como indicando no saber qué contestar.
Como no había nada que hacer en Rimouski, trató de organizar algo para su próxima etapa, Gaspé y Percé, en la desembocadura del río San Lorenzo. Lo primero, fue el alojamiento. Nada. Imposible encontrar algo después de desmembrar las páginas de ‘Booking’, y otros buscadores. No se aventuró a ir pues debía llegar de noche a Gaspé y, en vista de lo ya experimentado, sin un lugar de cobijo era desacertado aparecer.
No quiere cansar con más divagaciones pero, eso sí, alguno de estos detalles podrían ser elevados hasta el infinito.



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8 de septiembre de 2019

Cataratas del Niágara




Cataratas del Niágara

Una masa humana. Un sonido profundo de toneladas de agua lanzándose al vacío. Una multitud de curiosos con sus móviles en posición de ataque. Un espléndido día, a veces enturbiado por nubarrones. Un manto infinito de agua, aunque de sólo 64 metros de altura, que impactaba en el lecho del río de manera salvaje, como un estruendo. Parejas y parejas agarradas de la mano, mirada emocionada. Calificativos de ‘wonderful’ (maravillosa) o ‘awesome’ (impresionante), y una jauría de chinos asomada al balcón ‘de las brujas’ (balaustrada protectora).
Así definiría, ahora, aquella visión de las cataratas del Niágara el viajero insatisfecho. Pero ¿por qué ‘niágara’?. Lo mismo que ocurría con las famosas cataratas Victoria del río Zambeze, llamadas por los locales Mosi-oa-Tunya, que significaba ‘el humo que truena’, este salto americano del ‘Niágara’ venía a significar, en la lengua iroquesa, ‘trueno de agua’. Similar ¿no?.
Masa de gente en las cataratas

Este famoso salto no era de los más altos del mundo, según el libro-guía, ocupaba el puesto 50 a nivel mundial, pero sí el único con semejante caudal de agua. Según este mismo libro “de día y de noche, y en cualquier época del año, las cataratas impresionan: 12 millones de visitantes al año no pueden equivocarse” (o sí, añadiría).
Y sí, hacía un espléndido día (aunque por un momento y a primeras horas de la mañana, lo enturbiaron unas tímidas gotas de agua), cuando el autobús que les trasladaba desde Toronto estacionaba en un parking cercano al salto. Sorprendían los 4 o 5 rascacielos que acampaban al lado -hotel Marriot, incluido- ¿Qué hacen estos ‘mamotretos’ asaltando la belleza de la naturaleza?. Pues sí, así es y será -supone- el carácter de este pueblo americano. ¡Qué más da que sea canadiense o estadounidense a la hora de encontrar negocio! Con aquella impactante catarata, el espectáculo estaba servido.

Barco acercándose al pie de la catarata

El trayecto de Toronto a las cataratas no era muy largo. En términos turísticos, la visita era ‘de un día’. Sin equipaje (la mochila, aún la tenía SwissAir) el mochilero leonés no se complicó la vida. En el hostel en que se hospedaba en Toronto contrató el billete de un bus-tour que le llevaría y le devolvería a la ciudad. Al redil. No era muy temprano cuando abandonaba el hotel, sobre las 9,30 de la mañana. El bus iba cargado hasta su último asiento, aunque teniendo el destino y los movimientos del día ya definidos, la preocupación era mínima. Se dejaría llevar. Entre otros movimientos, estaba la posterior visita a un viñedo y recorrido por ‘Niagara on the Lake’, población ésta cuidada de manera exquisita con sus casas totalmente reformadas, sus paseos y calles ajardinados y ‘maquillados’ al gusto turístico. A destacar, el hotel Prince of Wales, con su exterior cuidado en exceso e, imaginaba, interior con gusto ‘vintage’.
La excursión desde la salida era cómoda, con un alto para repostar el cuerpo, y parada casi al mismo borde las cataratas. El propio conductor y guía, después de admirar aquella maravilla desde arriba, organizó a los presentes que quisieran un ticket para el barco que llevaría a los turistas al mismo borde del salto, donde el agua rompía. Y este leonés se apuntó, previo pago de 20 dólares, según cree recordar. Con el débil chubasquero que le regalaron se mojó hasta las trancas pero disfrutó de esa cercanía de las aguas y del bullicioso e impactante ruido del salto. No duraba mucho la experiencia, alrededor de veinte minutos, pero no se arrepintió de haber hecho un poco el turistón y llevarse el placer. Un descanso al finalizar este recorrido en barco para el almuerzo y el relax. Esto le llevó a Clifton Hill, una calle cercana ocupada por un sinfín de señuelos artificiales para turistas. Entre otros: House of Frankenstein o Castle Dracula. Una calle con poco estilo y hortera a rabiar.
¡Cosas de los americanos!.
A este mochilero no le gusta el vino pero también se visitaba uno de los muchos viñedos que hay por la zona y se sometió sin remedio al mandato del tour. No estuvo mal sino fuera porque en este tipo de citas siempre prevalecía el mercadeo atroz.
Regresaron a Toronto cuando el sol ya había caído, con la sensación de haber realizado una visita sin contratiempos y afable.
Y esto era mucho.
Viñedos

Calle de la población 'Niágara on the lake'

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17 de agosto de 2019

!Canadá! No me incomodes


Y es un titular justificado, un temor que venía masticando ya varias jornadas. Cree que el temor era fundado, ahora que lleva por aquí varios días.
De esta costumbre de no leer nada antes de iniciar una nueva aventura vienen estos lodos’. !Normal! Pero antes de nada, y redundando aún más aquellos temores, pisaba suelo canadiense y la mochila no apareció. !Voto a bríos!. No había tenido nunca esa sensación, no había pasado por este trance. Lo había oído en los círculos de expertos en tomar vuelos, ‘facturadores de equipajes’, pero no lo había padecido. Ahora puede decir, y lo dice, que esto ocurre.
Los errores, los excesos de viajeros, la inoperancia de las compañías, lo ajustado de algunos tránsitos y la dejadez de algunos trabajadores pueden provocar estas situaciones. ‘Con mal pie entras en Canadá’, se decía el viajero insatisfecho, allí solitario, mirando a la cinta por la que debía aparecer su preciada mochila.
Sin equipaje, sin el francés necesario, se dirigió a la oficina de SwissAir a reclamar. Le prometieron, después de muchos minutos en una cola, que se la llevarían a la residencia  al día siguiente. No fue así. Se demoraron, al menos, dos días.
Sin equipaje, sin el francés necesario, se cogió un bus hasta el centro de la ciudad. Tuvo la suerte que una de las paradas de aquel bus la hacía al lado de su hotel/residencia, y anduvo solo unos metros.
Y qué encontró?. Aunque se lo esperaba, pisaba, sin equipaje, sin el francés necesario, un colegio mayor universitario. No había reservado un hostel para jóvenes, no, había reservado sin saberlo una habitación en un colegio mayor.
Un habitáculo de estudiante, una cama individual de estudiante y un único servicio exterior de aseo para diez o doce habitaciones.
A casi 50 euros la noche y donde estaba, sin equipaje, sin el francés necesario, no parecía la mejor manera de entrar en el país.
La mochila ya esta con él. Faltaría más.


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30 de julio de 2019

Los pigmeos baka de Lomié


La mochila verdi-azul del V(B)iajero Insatisfecho, en Lomié

No era muy difícil llegar a Lomié desde donde se encontraba el viajero insatisfecho, en la ciudad de Abong Mbang, de paso hacia la capital camerunesa, Yaoundé. Claro, también paró en aquella ciudad de nombre sonoro con la intención de ir a la Reserva Dja que limitaba con la población de Lomié.
En la estación central tomó un vehículo de cuatro plazas, donde en realidad viajaron siete más un montón de equipaje, que el gordo, opulento y simpático conductor colocó entre risas y chanzas, algunas –intuyó- a costa del ‘blanco’ mochilero. Hablaban entre ellos el idioma local.
Era una población tranquila o esa fue, al menos, la primera impresión. Una vez allí, con el polvo hasta en las orejas y rescatada la mochila entre un montón de fardos, sacos y paquetes, alquiló un moto-taxi para que le llevara al único hotel, medio decente, que había en Lomié. Estaba relativamente alejado, y un poco abandonado en cuanto a habitaciones y servicios (así es África) pero la simpatía del empleado y la tranquilidad del lugar le predispusieron a no ser muy exigente. Tampoco tenía muchas alternativas. Como único cliente, había una japonesa poco agraciada pero agradable y nada esquiva. Llevaba por la zona varias semanas, según dijo, y se dedicaba al estudio de los pigmeos baka, su vida, costumbres, asentamientos y tradiciones.
Tomó una ducha de ‘cubo y cazo’ y salió a dar una vuelta por la población. Siempre era necesario alquilar un moto-taxi pues el alojamiento estaba bastante alejado.
Ya en el centro de Lomié hizo un intento por contratar los servicios oficiales para la visita de la Reserva Dja, con la lejana posibilidad de poder avistar gorilas de llanura, pero los servicios eran muy caros para un único individuo y, entonces allí, solamente estaba este mochilero leonés y, previsiblemente, ningún viajero más en las próximas semanas.
Desistió del trekking selvático (¡otra vez será!) y, al día siguiente, se dispuso a recorrer los alrededores para visitar los muchos, aunque pequeños, asentamientos de pigmeos, a orillas de la carretera, llenos de niños, pobreza y polvo. La selva servía de fondo para todos los ‘mongulus’/vivienda pigmea. Su vegetación primera, también cubierta de polvo rojizo, quitaba autenticidad y le daba un aspecto más tétrico.
En todos y cada uno de los poblados y viviendas le recibieron con simpatía, muchas veces, según quién, mezclada de tímidas miradas. Niños en pantalones cortos, llenos de suciedad, le miraban inquietos, curiosos, a veces sonrientes; otras temerosos.
El V(B)iajero Insatisfecho estaba rodeado de niños pigmeos

En el guía-motero, contratado después de un largo regateo, eran todo atenciones. Paraba en cualquier enclave que despertara la curiosidad del viajero y le enseñaba todo con tranquilidad y sonrisas. En uno de los poblados, se encontró con un joven pigmeo que hablaba con esfuerzo pero con claridad un poco de español. Con él y sus amigos estuvo largo rato. Estaban encantados de practicar el idioma aprendido en la escuela con un parlante nativo sorpresa.
Gente afable que, sin tener gran cosa, tenía la educación de la inocencia y la sabia naturaleza que les rodeaba.
¡Larga vida a los pigmeos baka!

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3 de julio de 2019

Kabatoro Guest House / Uganda


Hipopótamos en el lago Edouard

Ayer, después de casi dos años de haber visitado Uganda, ha recibido un wathsapp, con un mensaje de voz de un joven ugandés que quería saludarle. Este hecho, este mensaje, le hizo recordar aquella jornada de descanso en Kabatoro Guest House, a la salida del Queen Elizabeth National Park. El emisor de la nota era un empleado de aquella guest house donde pasó una noche.
Por cierto, noche de infausto recuerdo.
[Esto que va a contar fue su experiencia, aunque sabe, por el mensaje de este empleado, que el staff ha cambiado y puede haber variado la calidad del establecimiento].
Este ‘hotelucho’ -por internet se dejaban ver opiniones de las que se deducía cierta calidad- estaba en medio de la nada, y cuando el viajero insatisfecho apareció por allí, después de visitar el parque nacional, no tenían ni agua para una obligada ducha, olía a puta-mierda, pero mierda de la auténtica, no ofrecía wifi y pasó una noche de diablos.
Eso sí, los chicos y la chica que mantenían aquello (mal, por supuesto) eran agradables y hacían lo que buenamente podían. Que podían poco. Les encomendó que arreglaran la avería del agua y a ello se pusieron con cierto ahínco, aunque pasados 20 minutos, de abrir y cerrar llaves o de subirse al depósito del agua, abandonaron el trabajo que vieron irresoluble.
Otro delito, la cerveza estaba caliente pero, después de una ducha de ‘cubo y cazo’, de esas que con un recipiente pequeño se rocía el cuerpo con el agua que hay en otro, beber una cerveza era uno de los pocos placeres permitidos en África. Mientras se ocupaba de ello, a lo lejos, dos elefantes atravesaron ligeros un claro en la espesura de la cercana selva. Después, en una amigable charla con los empleados que habían suspendido sus trabajos de arreglo de la avería, se enteró, también, de otra mancha. Si quería desayunar al día siguiente algo decente, dos huevos y un café, no un vaso de agua con regusto a inmundicia, tendría que acercarse a comprarlo al poblado cercano de Katwe.
La noche estaba cayendo en Kabatoro Guest House. El mochilero leonés se sentía perdido, solitario por gusto, en la inmensidad de África. Un ‘boda boda’ (mototaxi en Uganda) era la única solución para arribar en Katwe y comprar aquellos benditos huevos y café. Uno de los jóvenes llamó por el móvil a uno de sus amigos motorista. La espera duró unos 30 minutos.
Con tres personas montadas en la moto, circulaban por un camino lleno de baches, polvo y oscuridad. Algún ruido o berrido lejano generaba cierta inquietud. Eran los alrededores de un parque nacional que no tiene vallas y la permeabilidad de la selva podía ofrecer sorpresas.
Katwe era una pequeña localidad a orillas del Lago Edouard, en cuyos alrededores se encontraba gran parte del Parque Nacional Queen Elizabert. Al llegar a la población, como ya era de noche cerrada, al extranjero ‘de los huevos y el café’ le dejaron en una especie de restaurante local mientras los jóvenes agenciaban los productos estrella. Aparecieron media hora más tarde cuando el mochilero saboreaba una cerveza, esta sí fría. Los invitó a otra que bebieron con rapidez. Montaron en la moto y desaparecieron en la noche.
Acababan de salir del pueblo, cuando se toparon con una manada de hipopótamos que atravesaba el polvoriento camino, cortándolos el paso. Stop. Unos 20 o 30 animales, grandes y pequeños, cruzaban la vía con parsimonia. Salían, pudo saber, a pastar en las orillas del lago.
¡Peligro, peligro!
Este mochilero, allí parado, viendo pasar en la oscuridad de la noche una manada de hipopótamos a uno o dos metros de la moto, se sintió muy vulnerable. El miedo, el silencio y la poca luz que salía del foco parecían estar ensamblados con la noche. El hipopótamo sin duda era el animal más mortífero de África. Unas veces atacaba por defender a sus crías, otras porque se invadía su territorio, y otras si se sentía amenazado. Supuso entonces, y ahora, que aquella noche, perdidos en aquel paraje africano, no cumplieron para los hipopótamos ninguna de las premisas anteriores. Estos artiodáctilos herbívoros cruzaron el camino y no se sintieron amenazados por aquellos tres motorizados individuos; al menos, uno de ellos, casi petrificado en el sillín de la moto.


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21 de junio de 2019

Un apunte sobre la esclavitud en África


'Historia de un continente. África', de John Iliffe

No sólo le gusta viajar por África. Le gusta leer, le gusta recibir noticias, experiencias o consultar vivencias de otros. La pasión del viajero insatisfecho por África tiene que ver con todo lo que de allí conoce, ya sea por su propia vida o por lo absorbido de otros, desde fuera, a veces, más interesante que la particular experiencia. Siempre le impresionó lo que este continente sufrió años ha con la esclavitud, sin olvidar por supuesto lo que sufre ahora con otra clase de indignidad: la corrupción generalizada.
En su mesilla de noche tiene ahora ‘Historia de un continente. África’, de John Iliffe. Un libro esclarecedor, sabio, histórico, lleno de análisis y denso, como lo sería la historia de otro continente contenido en sólo 500 páginas.
Le llamó la atención, sobre todo, el inicio del capítulo sobre la esclavitud, un capítulo tal vez demasiado sintetizado para describir un tema con tanto meollo y enjundia. Le vino a la mente el castillo de Cape Coast, en Ghana, visitado por el presidente Obama en su recorrido por el país. Su presencia allí, simbolizaba el reconocimiento de un hecho tan lamentable como fue la trata de esclavos. También recordó la puerta del No Retorno, en Ouidah, Benín. Dos símbolos de la esclavitud visitados entre los muchos que hay en las costas africanas.
Así inicia Iliffe este capítulo:
Una historia de África debe dedicar algunas páginas a la trata de esclavos en el Atlántico, no sólo por razones morales y emocionales, sino también por la importancia que tuvo en la evolución del continente. Desde mi punto de vista, sus efectos fueron enormes, complejos, y sólo se entienden a la luz de la larga lucha librada por las sociedades africanas contra la naturaleza. Las exportaciones de esclavos frenaron el crecimiento demográfico de África occidental durante al menos dos siglos. La trata de esclavos dio lugar a nuevas formas de organización política y social, a una mayor insensibilidad ante el sufrimiento. El África subsahariana ya se había quedado atrás en el desarrollo tecnológico, pero el tráfico atlántico agudizó su atraso. Sin embargo, a pesar de tanta desdicha, no debemos olvidar que los africanos sobrevivieron a la trata de esclavos, conservando relativamente intactas su independencia política y sus instituciones sociales. Paradójicamente, este vergonzoso periodo de la historia también aguzó al máximo la capacidad de resistencia del ser humano. Era el sufrimiento lo que daba a África su esplendor”.

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3 de junio de 2019

Las 'mordidas' africanas / Camerún

En la izquierda de la foto, el puente alemán de 1903

El viajero insatisfecho nunca se acostumbrará a la corrupción generalizada, a las corruptelas cotidianas o a las ‘mordidas’ ocasionales, dependiendo por dónde mueva su cuerpo. En África esto ocurre, no sabe si puntualmente o de manera generalizada. Bueno, si sabe y, depende del estado de ánimo, lo puede catalogar de una manera u otra. Pero, también, al iniciar un viaje nunca vislumbra lo que se podrá encontrar ¿algo generalizado? o ¿algo puntual?
En esta visita a Camerún la sorpresa fue, en este sentido, un tanto mayúscula. Por las carreteras ‘pululaba’ el ejército, la policía y la gendarmería. Demasiados ‘vigilantes’ para las carreteras de un país que, si bien no estaba tranquilo, tampoco era en extremo peligroso. Moviéndose como se movía el mochilero en medios de transporte locales, la aventura de los traslados se convertía con el paso de los días en un pequeño suplicio de paradas, extorsiones, controles y 'mordidas'. No las sufría en sus carnes, pero si lo apreciaba en los movimientos del conductor por un lado y de los ‘vigilantes’ por el otro.
Ante la cantidad de paradas y controles, comenzó a observar con más detenimiento lo que ocurría en los mismos y, en alguna ocasión, llegó a observar cómo el conductor, al recoger de la guantera la documentación del vehículo que tendría que bajar y mostrar a los gendarmes, a la policía o al ejército, colocaba dentro, sin disimulo, un billete de 2000 cfa’s (unos 4 euros) o 5000 (unos 9 euros). Cuando regresaba, a veces con cierto disgusto, tiraba la documentación de nuevo en la guantera. En ella, con seguridad, no volvía el billete allí aireado. En un viaje de 4 horas perfectamente podrían sufrir media docena de controles, arbitrarios, rutinarios y recaudatorios, unos propiciados por el ejército, otros por los gendarmes o policías. Si tuviera que hacer una afirmación diría que ‘todos sacaban tajada’.
De Kribi a Douala, el autobús que le llevaba atravesaba por la ciudad de Edea y, precisamente, el libro-guía decía algo parecido a ‘una vez pasado Edea, se ve a mano izquierda un imponente puente colonial alemán de hierro de 1903 que, a pesar de su pésimo estado de conservación, sigue en pie’. Una vez llegó el autobús a la ciudad se preparó desde su asiento para hacer la foto de rigor al susodicho antiguo puente alemán. Inmediatamente después de haber tirado la fotografía a aquella obra de ingeniería alemana, de la parte delantera del bus llegaron recriminaciones por el acto. Por la foto.
Este visitante no supo nunca, ni lo sabrá, cómo se habían enterado los de delante del hecho.
Transcurridos unos dos o tres kilómetros del puente, el autobús paró. En el vehículo entró un joven militar con su rifle en ristre que se dirigió directamente al ‘blanco’ y le conminó a descender del autobús. Entre una rápida palabrería en francés, le confiscó la cámara de fotos y le indicó la dirección a seguir.
‘¡No hablo francés!’, ‘¡no entiendo!’.
Fue inútil, descargaron su mochila grande de los bajos del bus y le hicieron regresar ‘de paquete’ en una moto al puente alemán, escoltado por la moto del soldado camerunés.
El autobús continuó su ruta.
Ya, de nuevo, en el inicio del puente, descendió de la moto y se acercó (obligado) a la garita de vigilancia.
‘Está prohibido sacar fotos a este puente’, ‘seguridad nacional’, y le enseñaron un minúsculo cartel que lo apuntaba. Imposible apreciarlo a todas luces desde el interior del vehículo en el que viajaba. Les enseñó la foto, que le hicieron borrar, conseguida desde el autobús con la cámara, una instantánea del puente de deficiente calidad.
Charla en francés, que no entendió, al menos, del todo y, para finalizar, el soldado fusil en ristre le hizo el internacional movimiento de solicitar la correspondiente ‘mordida’ (frote del dedo índice y pulgar), mientras, le amenazaba con llevarlo a la gendarmería. ‘Money’, decía de manera insistente.
El pequeño y breve intercambio de frases (el viajero hablando en español y el soldado en francés, en una conversación, sin duda, de ‘besugos’) terminó cuando el ‘blanco’ sacó los 6000 cfa’s que tenía visibles en la cartera y se los entregó. El mequetrefe quería más. ‘No llevo más. Voy a Douala y, hasta llegar, no tengo más’. Ante la intervención de otro personaje, allí presente, pareció desistir. El estafado viajero enojado le dijo, entonces, algo al ‘soldadito’ aunque no pareció importarle. Y en inglés, entre cabreado y sumiso: ‘¿ahora puedo sacar una fotografía del puente?’. El superior, vestido de paisano, que estaba allí con el soldado, lo autorizó.
Hizo la fotografía que acompaña a este ‘post’.


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17 de mayo de 2019

Una mañana con una familia 'mbum' / Camerún


El monte Ngaounderé

Alguien le dijo al viajero insatisfecho que en Ngaounderé iba a estar fresquito, inmerso en un agradable clima. Era una ciudad en el centro de Camerún, a la vera del monte del mismo nombre, y, quizás, su altitud (1300 metros) fuera la causante de ese ‘estar fresquito’ que le habían comentado. Y era verdad, a última hora de la tarde y primeras horas de la mañana era necesaria la manga larga que no había utilizado aún en el país, hasta no pisadas sus calles.
Según el libro-guía, la ciudad “fue fundada en 1835 por un clan peul procedente de la vecina Nigeria”. Hasta la llegada de estas gentes, el monte Ngaounderé (en lengua mbum, significa ‘monte ombligo’) estuvo habitado por los mbum, una etnia de agricultores y cazadores. A este promontorio, se le veía cercano a la ciudad y daba la sensación, por su ubicación, que la presidía. Precisamente, en esta entrada querría contar un poco sobre su experiencia con una de las familias mbum que vivía cerca de las cataratas del río Vina.
Cataratas del río Vina
Aunque no era visible desde la carretera, el salto de agua estaba sólo a unos metros. Sin embargo, una valla de protección en la ruta impedía acceder a él directamente. Dando un pequeño rodeo, el mozalbete y el mochilero llegaron hasta lo alto del ribazo de aquel río, desde donde se podía contemplar la catarata en toda su extensión. Pero la inspección de aquella zona no solo tenía que ver con la salvaje naturaleza de un río sino que quería conocer, aunque fuera mínimamente, la vida de la etnia mbum, muy desvirtuada ya por la occidentalización de un país como Camerún. Ayudado por los servicios de aquel muchacho que le acompañaba se acercaron a unas chozas, viviendas, cabañas o como se quiera llamar a aquellos habitáculos tan tradicionales o, desde la perspectiva actual, tan pobres.
En la casa se encontraron con dos mujeres y un joven rapaz que disfrutaba, como un enano, aunque tímido, con los visitantes de aquel día. En especial, con aquel hombre blanco que con cara sonriente pretendía entablar un contacto con él. Unos recintos muy humildes, de paredes de tierra y techumbre de paja, daban por si solos información detallada de la vida familiar. Una de las mujeres, sentada limpiaba semillas. Al final, supo que había perdido la visión y su trabajo lo ejecutaba con la experiencia de una persona que se había acostumbrado a realizar tareas del hogar sin auxiliarse de un importante sentido como el visual. ¡Pobre!.
Mujer mbum
Un vistazo al interior de aquella humilde casa, con cuatro enseres en su interior y un camastro sin patas en el suelo, en perfecto desorden y suciedad, le sirvió para hacerse idea de todo lo demás. Los dos hombres de la familia estaban en sus faenas campestres, cultivando no supo qué. En lo que duró la inspección no aparecieron por allí.
Finalizó la jornada en otra finca de agricultores en la margen de un pequeño arroyo que se dedicaban, entre otras cosas, a elaborar vino de palma. Y sí, lo probó, pero nada que ver con el tradicional vino de uva. Su elaboración no necesitaba fermentación y tenía un gustillo similar a la sidra. Guardando las distancias, claro. Conversó un poco -lo que pudo entender- con un anciano que se mostraba dichoso al poderle saludar, sentado como estaba a la sombra de un árbol del lugar.
La visita a los cercanos alrededores de la ciudad de Ngaounderé había terminado. No había presenciado grandes cosas, pero le había servido para tomar contacto con la realidad más cruda y real. Por tanto, todo fue comprobar el hecho, ahora relatado. Al fin y al cabo el que lo hace se considera un modesto blogger nada más. Un caminante del mundo que cuenta sus peripecias y correrías por escrito.
A la sombra del árbol de la papaya

La mujer 'mbum' que había perdido la vista

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27 de abril de 2019

El territorio batanga / Camerún

Playa de Gran Batanga

Más abajo de Kribi, al sur de Camerún, se encontraba la población de Gran Batanga, camino de la frontera con Guinea Ecuatorial, habitada como su nombre indígena por la etnia batanga. No pregunte el lector o el curioso de estos escritos por qué al viajero insatisfecho le llamaba la atención este nombre y, por ende, sus gentes que quería conocer. No quedaban muchos batanga que vivieran de manera tradicional. Vivían de la pesca artesanal (uno de los personajes que conoció en Kribi, Marcelo -su nombre- le aseguró que si le acompañaba podría comer las mejores ostras del mundo pescadas por un batanga como él), la agricultura y el turismo, atraído por el ambiente relajado de sus playas, y diría más con su experiencia, por el silencio absoluto de ellas, al menos aquel día.
Cada año, durante los meses de febrero y mayo, los batanga organizaban danzas rituales en estas playas donde rememoraban la resistencia contra los alemanes que les forzaron a participar en la primera guerra mundial. Algo de esto le hubiera gustado encontrar. Recordemos que, si bien breve, los alemanes dominaron aquellas tierras durante unos años. Los batanga tenían un gran rey que mandaba sobre todos, pero no detentaba todo el poder sobre él, porque dependía de los pequeños reyes de los poblados; éstos, a su vez, dependían de los cabezas de cada clan, y éstos últimos, también a su vez, necesitaban de los de cada familia. Este modelo de gobernabilidad tribal otorgaba orden y equilibrio en la población batanga. Los distintos reyes y cabezas de clanes y familias, eran los guías y referentes de esa sociedad. Se los admiraba y respectaba, y ellos hacían lo mismo con el pueblo. Esta estructura se conservó tanto en la época colonial alemana como la francesa así como en el primer gobierno después de la independencia.
Aunque el mochilero leonés percibió, en las horas que estuvo por la zona -no fueron muchas- que el pueblo había asimilado la cultura occidental (?), parecía ser que las asociaciones tradicionales, conocidas como betuta, seguían vivas en aquella sociedad. Las betuta, que solían reunirse todos los sábados, representaban uno de los refugios culturales y de identidad de este pueblo que sufrió los efectos de una pronta cristianización.
El amigo batanga mostrando su iglesia

Paseó por la playa ¡qué silencio, tranquilidad y reposo!. Estaba solitaria. Solo el batir del agua con la arena dejaba un serpenteante y leve fragor. Conversó con un veterano batanga del lugar que se ofreció, con simpatía y humor, a explicarle algo de la religión presbiteriana y de la iglesia que se encontraba allí, al lado, una de las más antiguas de Camerún. ¡Famoso debía ser el obispo que la regentaba!.
Cartel delante de la iglesia presbiteriana de Gran Batanga

Estaba orgulloso de su tierra, de su cultura, de la etnia a la que pertenecía que se extendía hasta Campo, ciudad fronteriza con Guinea Ecuatorial. Callejeó y observó que las edificaciones se presentaban en parte modernas, rodeadas de vegetación, casas bajas, muchas de madera, integradas en pequeñas fincas de árboles y vegetación. No constituía un bello paisaje pero si desprendía autonomía y serenidad.
Y, sí, la región podía resultar un sitio africano, tranquilo, sin aspavientos para vivir o, quizás, para una prolongada estancia de relax.
Aquella brisa marina, casi salvaje, sin los monstruosos edificios playeros, no podía ser mala de respirar.
Dicho queda.

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9 de abril de 2019

Subida por las aguas del río Lobé / Camerún

Desembocadura y cataratas del río Lobé

Parecía Kribi, área playera más popular y turística de Camerún, ‘la zona del cuento de la Cenicienta’ o algo similar. No era muy playero este mochilero (ni lo es) y, por tanto, para acercarle a la playa era necesario hacer un delicado acto de persuasión. Durante el viaje hablaba con gentes variopintas, sin duda, y todas ellas parecían mandarle a Kribi. Sin ser eso verdad era como una especie de seducción inducida de la que parecía no poder escapar, analizaba el viajero insatisfecho en sus cábalas nocturnas. Al final, decidió que sería uno de los lugares a visitar ¿cómo iba a irse del país sin haber conocido Kribi? No fue el destino final de su viaje, como en algún momento pensó, pero si pasó dos días por la zona tratando de conocer, vivir, palpar su realidad que no era muy diferente a cualquier otra zona del país. Eso sí, el mar y las playas estaban allí para disfrute del turista embelesado y tranquilo. 
Inexistente, entonces.
Nada más llegar a la población, cumplidos los trámites de búsqueda de alojamiento, salió a dar la vuelta de rigor y, como “todos los caminos llevan a Roma”, en la playa apareció como alma en pena dispuesto a pasar las pocas horas de luz paseando por la arena. Allí mismo descubrió aquel barco fantasma, abandonado al oleaje, al óxido y a la descomposición. Daba pena observar aquel pecio, allí varado y mantenido en aquel estado de abandono, quizás burocrático de la Administración camerunesa. Y pensó ¡qué fácil sería destruir el mundo!

Barco en la playa de Kribi
De regreso a la casa donde se hospedaba, organizó la protección de su descanso nocturno, colocó con esmero la red antimosquitos alrededor de la cama, se internó en su interior asegurándose de no dejar hueco de acceso para los malvados/malditos zancudos, y durmió placenteramente.
La mañana siguiente la dedicaría a recorrer los puntos más interesantes del lugar. Entre otros, visitó la desembocadura del rio Lobé que vuelca sus aguas al mar, y muere, formando un sinfín de pequeñas, y no tan pequeñas, cataratas. No eran, en esencia, espectaculares, pero sí un accidente natural muy peculiar en los ríos del mundo conocido.
Como su intención era ascender un trecho el río Lobé, poco por encima de la desembocadura, unos metros antes de formarse las cataratas, alquiló una piragua después de mucho regatear itinerario y precio. Pretendía ascender por el cauce sin prisas, de una manera silenciosa, sin el ruido constante de un motor. Quería hacerlo a remo, y sabía que se podía. Allí comenzó aquella mañana de relajación, calma y sosiego. Ya sabía que remontar el río, enmarcado por la espesa jungla ecuatorial, parecería una escena sacada de algún pasaje de “El corazón de las tinieblas”, la novela de Joseph Conrad, ambientada en el África Ecuatorial. En aquel preciso momento, era donde se encontraba.
Piragua en el río Lobé
El piraguero no hablaba mucho y se dedicaba con desvelo a su trabajo: a remar con calma. Se dejó llevar por la naturaleza que rodeaba al río y a la piragua. Árboles de todo tipo y vegetación de toda calaña pasaban lentamente delante de los ojos de este viajero. En las orillas había montones de redes trampa, entonces en desuso, para la captura de peces y crustáceos marinos. En una de ellas, apilada junto a otras muchas, un pequeño varano, incauto él, había caído en la trampa y se removía con nerviosismo al verse observado. Tal vez, no se había encomendado a la Mami-Wata y por eso quedó atrapado. La mayoría de los pueblos que vivían a lo largo de la costa del golfo de Guinea creían en la presencia de divinidades acuáticas. Hoy en día, a pesar de la difusión de cristianismo, la creencia en la Mami-Wata, un ser femenino parecido a una sirena de los mares, seguía viva entre las gentes del litoral.
Después de una larga media hora de remo, el conductor de la piragua le ofreció visitar un poblado pigmeo que habitaba cercano a la orilla. Ya había visitado varios poblados de esta etnia a lo ancho del país, por lo que desestimar la oferta era del todo comprensible. Y mucho más después de que el propio piraguero le asegurara que las gentes de este primer poblado, acostumbrado ya al turismo, eran insaciables pedigüeños de dinero. ¡No, gracias! Un segundo poblado, más lejano, parecía ser más consecuente, menos cansino y, aunque sabía que no iba a llegar a él, agradeció que así fuera. No todo tenía que ser resuelto con dinero (o sí).
El avance por el río Lobé fue un total éxito para las pretensiones de este mochilero: disfrutó de la naturaleza, se deslizó por sus aguas en silencio, oyó el canto de algún extraño pájaro y observó al martín pescador, con su largo pico, lanzarse con éxito a la captura de algún cándido pececillo.
Allí, nada que organizar, nada que decidir, nada que solventar, cosas éstas que realizaba como una máquina todos los días para mantenerse en pie.
En ruta.

Vista de la playa de Kribi, desde la terraza de uno de los hoteles


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