24 de mayo de 2022

Campos ruandeses


Caminos ruandeses
Los días pasaban rápido. Había llegado a Rubavu/Gisenyi después de visitar otras zonas de Ruanda. En los alrededores de esta ciudad había alguna cosilla que se podría investigar o curiosear, pero para ello necesitaba contratar al inevitable motorista que le moviera por caminos que intuía serían de tierra, socavones y piedras. Una ruta difícil ¿quién podría encontrar, entre toda aquella maraña de caminos y sendas, algo como una antigua cueva o un orfanato de ayuda a niños necesitados (Imbabazi), perdidos ambos en una extensa zona poco transitada? Poco transitada, pero, como luego comprobaría, repleta de campos de cultivo, en apariencia bien cuidados y productivos.


Campos de patatas

Salió del hotel y se dirigió a la búsqueda de un taxi-moto que pareciera bueno, responsable y, si no conocedor de la zona, al menos, dispuesto a buscar la ruta. Serían más de sesenta kilómetros por complicados caminos. Aproximadamente, cuatro o cinco horas de trayecto, pensó.

Objetivos concretos: Imbabazi, orfanato fundado en 1994 por Rosamond Carr como lugar de acogida para niños huérfanos por el genocidio de ese año. Actualmente, estaba cerrado, pero se podía visitar: una bonita casa, unos jardines cuidados de ambiente tranquilo y la antigua granja. El otro objetivo, unas cuevas construidas en un pequeño poblado, que al final no supo para qué: abandonadas, perdidas en medio de los campos cultivados de patatas y que algunos lugareños no sabían ni ubicar. Tuvo oportunidad de entrar unos metros en una de ellas, rodeado de niños y jóvenes, pero el ambiente de inseguridad era, a todas luces, freno para cualquier expedición de primerizo espeleólogo.


Dentro de las cuevas


Saliendo de las cuevas

Entre baches, acelerones, sobresaltos en la moto y constantes dolores de su delicada espalda, el viajero insatisfecho pudo apreciar las grandes extensiones de fincas cultivadas de patatas, coles, judías, plátanos, cebollas o maíz. Bello paisaje verde, cultivado y productivo. Un terreno de cultivo manual y esfuerzo. Duro trabajo para hombres y mujeres de la zona que sabían sacar a la tierra su alimento. Multitud de asentamientos humanos solitarios, pequeñas poblaciones de agricultores y caminos siempre transitados por humildes labriegos. Una moto que cruzaba, un grupo de mujeres con bártulos en su cabeza y azadas en sus manos y, en los laterales, gente aplicada en la recolecta. El ruido de la moto, el silencio de la naturaleza y los gritos de los niños al paso formaron un sinfín de momentos.

El día casi había concluido. Una lluvia intermitente, pero intensa le acompañó en el regreso. Cuando entró en el hotel, después de siete horas, iba calado y listo para una ducha regenerativa.


Casa de Rosamond Carr, fundador del orfanato

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6 de mayo de 2022

Rubavu y el lago Kivu / Ruanda


Playa del lago Kivu, en Rubavu

Llegó a Rubavu (Gisenyi) un día cualquiera. A media mañana, y a la estación central de autobuses / Gare park. Venía de la ciudad de Musanze (Ruhengeri). Cogió un taxi-moto y directamente indicó al conductor que le acercara al Centre d’Accueil St. François Xavier. Según la guía, era un lugar barato y de calidad, entre todas las posibles elecciones de hospedaje.

Lo puede certificar.

También, añadiría que en Ruanda los mejores sitios para dormir con cierta calidad y baratos son los gobernados por las iglesias, no siempre la católica.

Dejó la mochila grande en la habitación y sin más preámbulos se dirigió hacia las orillas del lago Kivu. Sabía que estaba cerca, incluso cuando venía en la motocicleta había intuido su proximidad entre las ramas de unos grandes árboles aledaños.

Rubavu era la segunda ciudad ruandesa en extensión, y fronteriza con el Congo. En una de sus calles, de pronto, aparecía el puesto fronterizo y, al otro lado, como continuación, la ciudad congoleña de Goma. De unos 150.000 habitantes, la ciudad no era especialmente bulliciosa, al menos en la zona que bordeaba el lago Kivu.


Lago Kivu, en Rubavu

¡Ganas tenía el viajero insatisfecho de tocar sus aguas!

Junto con el Victoria, el Tanganika y el Malawi era uno de los lagos-estrella del centro de África. Aunque sus aguas eran tristemente célebres por haber sido uno de los lugares donde fueron arrojadas gran cantidad de víctimas del genocidio de Ruanda. Una estrecha playa de arena lo bordeaba en aquella zona aledaña a la ciudad; en otras, serían acantilados. Luego, un jardín, relativamente bien cuidado con más verde que otra cosa, completaba los bordes. Unos altos y gruesos árboles daban sombra a las orillas y en algunos casos sus ramas casi tocaban la superficie del agua. Todo vallado, impedía el paso arbitrario, pues su acceso se realizaba por unas puertas colocadas de trecho en trecho.

Un pequeño dique de cemento se internaba en las aguas, donde varias barcas turísticas estaban atracadas. No tardó mucho un individuo en animarle a tomar una de aquellas barcas para hacer un recorrido por el lago. A la derecha, en un saliente, se veía las edificaciones de la ciudad de Goma. El barquero le incitaba a ver de cerca esta ciudad congoleña desde las aguas.

Paseó un largo rato por la pequeña playa y observó el escaso ambiente que allí había entonces. Cambiaría al cabo de unos cuantos minutos, cuando un grupo de jóvenes entró en masa al recinto. Era domingo, fiesta, jolgorio, chapuzones y partido de fútbol en un extremo de la estrecha playa. Cerca, un pescador remolcaba y, con una cuerda, tiraba lentamente de una red que había dejado a unos pocos cientos de metros de la orilla. Rezaba, seguro, para que con su esfuerzo pudiera arrastrar algunos peces.

Se había descubierto recientemente que el lago Kivu contenía muchos millones de metros cúbicos de gas metano disuelto a una profundidad de 300 m. El Gobierno de Ruanda había destinado muchos millones de dólares para que un consorcio internacional extrajera el gas. Desde donde se encontraba, una plataforma con una torreta metálica, se veía a lo lejos. Uno de los barqueros también se ofreció a llevarle.

VÍDEO

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23 de abril de 2022

Goris y alrededores / Armenia


Monasterio de Tatev

Cerca de Goris, en el centro/sur de Armenia, había al menos dos sitios que parecían interesantes y que el viajero insatisfecho quería visitar ¿Lo lograría?

Llegó a Goris, muy cerca de la frontera hacia Nagorno Karabaj, una mañana de un día cualquiera. No tenía mucha información sobre ambos enclaves visitables, pero intuía que necesitaría, de nuevo, utilizar un taxi para alcanzar los objetivos (¿Se estaba acostumbrando a los taxis armenios?). O algún autobús de línea.

Buscó el hotel que había visto por internet y que parecía tener cierta calidad, barato y con un patio lleno de frutales. Un lugar cómodo para pasar dos o tres noches y, al menos, tener un lugar donde disfrutar del verde natural de un jardín. Muy buen recibimiento. La dueña charlaba con unas amigas en un simpático y bien construido cobertizo, donde por cierto desayunaría todas las mañanas, y bromearon con él (les dio pie) sobre su desaliñado aspecto.

Tatev era un monasterio muy famoso en Armenia y distaba de Goris unos cuantos kilómetros, pero parte de ellos era interesante hacerlos en el Wings of Tatev, el teleférico reversible sin paradas más largo del mundo. Sabido esto, tendrá que contar dos experiencias: el monasterio y el teleférico. Disfrutó de las dos. Hasta allí, hasta la salida del teleférico, se dirigió en un taxi y, en esta ocasión, debería esperar al menos dos horas para completar la visita.

Está bien la experiencia del teleférico. Largo, muy largo. A mitad de camino, un poste dividía ambos tramos y saliendo del primero, la caída de la caja hacia el segundo tramo era pronunciada e impactante. El monasterio Tatev tenía bellas fotos por su ubicación, más que por lo espectacular de sus edificios. La información previa de que disponía decía que el visitante se fijara en un pilar octogonal coronado por un khachkar que, supuestamente, había predicho las actividades sísmicas de la zona ¿sería verdad? Recorrió todos los edificios y sacó fotos, pero nada especiales para un monasterio. Por cierto, muy bien restaurado y cuidado. Regresó de nuevo donde le esperaba el taxista en el Wings of Tatev.


Vistas desde el Wings of Tatev


Pilar octogonal que predecía (?) seismos

Al día siguiente saldría por la parte contraria de Goris para visitar el poblado Viejo Khndzoresk, excavado en la arenisca volcánica de las laderas de Khor Dzor (Garganta profunda). El Viejo Khndzoresk ya estaba habitado en el siglo XIII. A finales del siglo XIX era el pueblo más grande de aquella zona armenia, pero tras ser devastado por el terremoto de 1931, quedó abandonado. Ahora, más bien parecía un pueblo fantasma. Lo que quedaba eran cuevas en las laderas -agujeros diría- que se usaron como refugio durante la guerra de Nagorno Karabaj, y dos o tres iglesias semiderruidas.

Un puente colgante comunicaba ambas laderas.

Al margen de las visitas, le gustó Goris: una ciudad tranquila, con posibilidades de paseos y un espectacular, ajardinado y tranquilo bar/restaurante desde donde, con una cerveza en la mano, se podían ver las casas-cueva medievales de Goris, otra atracción, a la que no hacía falta acercarse para evaluar su estética. Se apreciaba de lejos.


Viejo Khndzoresk

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5 de abril de 2022

Bisesero, Sitio memorial del genocidio / Ruanda

Murambi, Kigali, Kibuye, Birogo, Hanika, Ruharambuga, Bushenge, Giheke, Bisesero o Gashonga son algunos nombres de Sitios de memoria del Genocidio, repartidos por todo el territorio ruandés. Éstos y otros muchos, casi cada pueblo tiene uno. Creed al viajero insatisfecho que todos eran justificados, tenían su explicación, motivo y verdad. Visitó varios en sus locos paseos sin rumbo por el país y, si bien, todos diferentes en su arquitectura y diseño, a la vez, todos iguales en su mensaje de unión del pueblo ruandés. De encuentro entre ciudadanos, aunque también de recuerdo, sin olvido, de unos hechos que no deberían volver a ocurrir. Aunque la realidad podía ser distinta y las buenas intenciones de unión de la sociedad ruandesa en general, se podían ver enturbiadas por recelos personales. El motorista que le llevaba durante uno de los recorridos, afirmaba: “Mi padre murió a manos de los hutus. Debo olvidar?. No, no voy a olvidar”.

Visitó, en especial, Bisesero que fue muy representativo en aquel genocidio atroz. Detallará lo ocurrido en él, como ejemplo, pero cada uno de los memoriales tenía su historia de horror opaco, turbio o violento.


Plano general de Bisesero

Los habitantes de esta región, los “abasesero”, tenían la reputación de ser pastores tutsis, dotados de una fuerte resistencia para defender sus rebaños de los ataques. En los sucesos de 1959, y luego de 1962 (posteriores a la independencia), su capacidad de defensa les habría evitado la violencia sufrida por otros tutsis en Ruanda. La historia de esta región era conocida, pues, por el resto de los habitantes. En 1994, sobre la base de esta reputación, los tutsis de Bisesero se convirtieron en punto de reunión para resistir el genocidio.

De hecho, desde los primeros días después del derribo del avión del presidente -hutu- Juvenal Habyarimana (7 de abril) -según parece, origen de la persecución y genocidio- los tutsis de Bisesero fueron atacados por los milicianos interahamwe (radicales hutus), como en la mayoría de las regiones ruandesas. La resistencia en el lugar se organizó rápido, poco después, desde el 10 de abril de 1994. Ante los desconcertantes episodios de violencia, y la indecisión de algunos, los interahamwe pidieron al resto de hutus que se definieran y tomaran bando si tenían dudas sobre la justa persecución emprendida contra los tutsis. La población se dividió, y los tutsis y hutus moderados se reagruparon en puntos considerados más estratégicos. Cuando en las comunas vecinas comenzaron las masacres, otros tutsis de los alrededores acudieron en masa a Bisesero. Ante tal concentración, las autoridades ruandesas planearon pronto un gran ataque contra los tutsis allí refugiados. Además de los miembros (hutus) de la guardia presidencial y de las Fuerzas Armadas de Ruanda, en esta operación de limpieza participaron milicianos de otras regiones. Iban bien armados, mientras los tutsis de Bisesero contaban para la defensa únicamente con cuchillos, machetes y utensilios de labranza. Según las informaciones que se manejaron, después de insistentes ataques con armas de fuego, de cincuenta mil, los combatientes de la resistencia tutsi en Bisesero se redujeron a dos mil en poco más de un mes, cuando llegaron los soldados franceses de la Operación Turquesa.

El Memorial era sencillo, pero simbólico. Estaba formado por un serpenteante camino de cemento y piedra, todo él cubierto a prueba de chaparrones, empinado hacia la cima del monte donde estaba la tumba conjunta de casi todos los que allí murieron, menos unos cuantos cientos o miles que reposaban en tres edificios construidos, como interrumpiendo el paso en la vereda de subida. Allí, en los tres, se exponían a la vista cráneos y huesos en varias urnas acristaladas.

Durante la ascensión, entre el abre y cierra puertas (por prevención ante los monos) el guía le relató la historia ya referida. Insistió varias veces en el desigual armamento y en el heroísmo de los allí refugiados y perseguidos. 

Una sobrecogedora visita, en un paraje alejado de todo, en plena naturaleza y perdido entre lomas. No había nada más que unas humildes casas a unos cientos de metros de dicho monumento. Lo demás eran montes de eucaliptos, laderas con maleza y otras cultivadas. 

Llegó allí ‘de paquete’ en una moto, después de transitar por caminos pedregosos y riscos, y hacer un recorrido de curioso a varias plantaciones de té.


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26 de marzo de 2022

Monasterio de Noravank / Armenia

Uno de los monasterios más impresionantes por su estilo y arquitectura, su ubicación, su colorido, conectado a los alrededores, y sus vistas generales era Noravank. Para visitarlo, el viajero insatisfecho tomó como base de operaciones un pueblo, casi ciudad, llamado Yeghegnadzor (¡vaya nombre!), aunque hubiera sido más acertado parar en el pueblo de Areni, conocido por su vino y sus bodegas. Las uvas de esta región llevaban cultivándose muchos, muchísimos años como demostraba el descubrimiento, hace años, de la bodega más antigua del mundo (de 6.100 años), en la cueva Areni-1.

Se hospedó en una casa de huéspedes, familiar. En un rato de tarde, paseó por las calles de Yeghegnadzor bajo un fuerte calor que le animaba a ir por las sombras de la gran cantidad de árboles frutales y nogales que se encontraban al borde de las aceras y en los huertos ubicados en los márgenes de las estrechas calles que subían y bajaban por los diferentes montículos de la geografía irregular de poblado. El propio dueño de la casa de huéspedes le acercaría en su coche particular, tomado a modo de taxi, al monasterio de Noravank.

Una carretera que circula por un estrecho valle servía de acceso al monasterio, sin duda uno de los más espectaculares de Armenia. Como el libro-guía sugería visitarlo al atardecer por los tonos cobrizos de los acantilados que rodean al monasterio, eso hizo. Y sí, sin duda, la imagen del lugar y del propio monasterio adquiría más fuerza pues la piedra rojiza y dorada de las iglesias allí edificadas adquiría una maravillosa luminosidad.

El edificio principal era la iglesia Surp Astvatsatsin construida, en 1339, sobre el mausoleo de Burtel Orbelian, enterrado aquí con su familia. Los historiadores, según recogía la documentación consultada, decían que la iglesia recordaba a las estructuras funerarias en forma de torre creadas en los primeros años del cristianismo.

Al margen de los temas históricos, el recorrido bajo un fuerte calor que se generaba en todo el valle descubría rincones y momentos mágicos. La reposada observación de los acantilados de los alrededores revelaba formas, sombras y coloridos de gran belleza. No permaneció mucho tiempo en aquel lugar, pero le dio tiempo a subir por una ladera para contemplar en toda su magnitud el complejo monacal y a los visitantes admirando y deteniéndose en cada edificio arquitectónico.

A través de las siguientes fotografías será más fácil apreciar el sitio y su entorno.

Noravank, desde la carretera de acceso


La iglesia principal

Conjunto y alrededores de Noravank

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11 de marzo de 2022

De Iquitos a la Triple frontera: Perú-Colombia-Brasil


Poblado en la ribera del río Amazonas

Abordó el barco sobre las cinco y media de la tarde. Iba pertrechado de todo el equipaje: mochila, mochila azul y hamaca reglamentaria para descansar durante el viaje, dormir y sentir el motor de aquel carguero en la quietud del balanceo. Los peruanos lo apodaban lancha. Se llamaba La gran Loretana, y el nombre iba todo lo grande que cabía bajo la cristalera del habitáculo del piloto.

Gran trabajo y dedicación tenían estos tripulantes conductores [pilotos] durante el trayecto. Observaban el rumbo tanto de día como de noche; hacían las paradas reglamentarias atracando con aquella plataforma en proa sobre los farallones del río; mantenían constante una vigilancia y surcaban por el lado del cauce con más agua, y tomaban decisiones arriesgadas. Sin duda, grandes conocedores del río Amazonas, de sus bancos de arena y de sus canales de conexión.

—Las lanchas para Santa Rosa (último pueblo en la frontera con Colombia y Brasil) salen sobre las siete de la tarde de Puerto Ransa, pero debes estar al menos una hora antes —le dijo un conductor de motocarro en Iquitos que era experto en estas lides. Le hizo caso.

Era ya de noche cuando el carguero zarpaba de Puerto Ransa. El tiempo transcurrido entre el momento de zarpar y el abordaje del viajero insatisfecho lo ocupó en amarrar la hamaca en el techo, donde había varias filas de hierro apropiadas; en colocar al lado de la hamaca la mochila a buen recaudo; en cargar el móvil (no sabe para qué, no hubo cobertura) en un viejo enchufe que pendía del techo; en observar el habitáculo y la gente que lo iba llenando según pasaban los minutos, y en visualizar las labores de carga y embarque.


Bajando pasajeros por la plataforma

Gran cantidad de bultos, fardos y cajas fueron ocupando el primer piso: la bodega, en realidad. Frigoríficos, lavadoras, microondas, un carromato con varios árboles frutales de vivero, dos vacas y un toro, grandes racimos de bananas o plátanos, grandes bloques de hielo, ventiladores de pie, sacos de maíz, fardos de pan, de ropa, de chucherías…. Un trasiego permanente de personas y mercancías. Una vez en el río, vendría la tranquilidad y el tuc-tuc de las máquinas del carguero.

Pronto, apareció el primer rancho, la primera cena: arroz y una pequeña pieza de pollo con salsa. Variarían poco los siguientes: pescado con arroz y harina de yuca; triturado de vísceras y arroz blanco... Diferentes eran los desayunos, leche de avena muy endulzada con un mini-croissant.

Al lado, un joven local llevaba unos grandes altavoces desde los que salía música ambiental. No fue muy pesado ni estridente con la música: cuando el ambiente pareció adormilarse, apagó su aparato.

La noche en el Amazonas era sugerente, motivaba al alma. La oscuridad absoluta se veía interrumpida en ocasiones por algún foco de luz en la orilla o el faro de otro barco que cruzaba. La noche en el Amazonas era intimista. La pequeña brisa acariciaba la hamaca y traspasaba al cuerpo, se hacía necesario una pequeña manta para el paso de las horas. La noche en el Amazonas era descanso, pero también tormenta y aguacero. Fuerte, muy fuerte y fuerte sonaba en la chapa de cubierta. El amanecer era bello, el sol salía sin malicia. Alguna pequeña población se hacía visible y el barco se arrimaba a la orilla. Algún pasajero había finalizado el trayecto. Otros, lo iniciaban.


Un gran barco, otro carguero, que cruza

Poblados y grandes poblados: Santa Rosa de Pichana, Altomonte, Angamos, San José de Cochiquinas, San Pablo de Loreto, San Juan, Chimbote, Caballococha,… Grandes buques cruzaban al paso.

Este era el ritmo constante de un trayecto distinto. Desconocido, pero alimentado por los mitos: “El mito de El dorado”, allí cercano.

VÍDEO



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24 de febrero de 2022

Amanece en el río Ucayali / Perú

La distancia entre Pucallpa e Iquitos, en línea recta, eran alrededor de 550 kilómetros, pero siguiendo el curso del río Ucayali se convertirían en unos mil, aunque allí nunca se hablaba de kilómetros de distancia sino en horas o días de trayecto. Este trayecto podría ser, por un lado, en barca rápida (2 días), y por otro, en lo que ellos llamaban lancha (5 días), pero que para el viajero insatisfecho sería un carguero.

Muchas sensaciones vividas a lo largo de los días, muchos kilómetros de ribera selvática y escenas en las poblaciones ribereñas, mucho tiempo de observación y bonitos amaneceres.

Cuatro encuadres en este vídeo bastarán para dar una idea del volcán de bellos momentos.

VÍDEO SOBRE EL RÍO UCAYALI

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12 de febrero de 2022

Llegada al río Ucayali


Acceso al salto El velo de la novia

Había un objetivo claro en este viaje a Perú: hacer una bajada por el río Ucayali hasta su encuentro con el río Marañón (cuando los dos anteriores ríos se juntan, el curso unitario pasa a llamarse Amazonas), cerca de Iquitos. Desde allí, navegar ya por el río Amazonas hasta su desembocadura, en Belém, o al menos, hasta la ciudad de Manaos.

No pudo ser. Las fronteras terrestres estaban cerradas debido al Covid-19, vulgarmente llamado pandemia.

Pero, el viajero insatisfecho comenzará por el principio.


El velo de la novia

Llegó un buen día a Pucallpa, destino final para tomar el barco por el río Ucayali. Una gran ciudad, Pucallpa. Los alrededores daban sensación de riqueza, con variedad de productos en su suelo: cacao, yuca, caña de azúcar, pero también el comercio, la industria maderera y el turismo. Pucallpa era, además, un importante puerto fluvial que, a través del río Ucayali, se comunicaba con la otra gran ciudad de la Amazonia peruana, Iquitos, y con Leticia, ciudad colombiana situada en la Triple frontera entre Perú, Colombia y Brasil. A través del río se trasladaban comerciantes, mercadería, lugareños y animales en grandes barcazas donde la gente, durante el trayecto, descansaba tranquilamente en hamacas, que los propios lugareños llevaban como equipaje. Así, de esta manera aparentemente tranquila, se transitaba por el Ucayali, por el Marañón o por el Amazonas.

Pucallpa tenía, por tanto, una salida por río, una carretera que atravesaba los Andes peruanos y la comunicaba con Lima y el resto del país, y un aeropuerto que, sin ser internacional, tenía bastante actividad debido, en especial, a la situación geográfica de la ciudad.


Casas pintadas de San Francisco, la población shipibo

Pasó unos días visitando la ciudad y la zona. Visitó la laguna de Yarinacocha e, incluso, desde allí, alquiló un motocarro y salió a recorrer los alrededores campestres de Pucallpa. El joven conductor del motocarro, le acercó a una localidad llamada San Francisco, en la que vivían gentes del grupo étnico shipibo, con idioma propio y peculiaridades como pueblo indígena que es. Y de ello se enorgullecían. Un grupo de niños se empeñaron en cantar el himno en su idioma local (no entendió nada). Los shipibos vivían por lo menos en 150 pequeñas comunidades a lo largo del río Ucayali, sus afluentes y en las lagunas de meandro, como la de Yarinacocha. En esta población de los shipibos, San Francisco, además de su gran mercado de artesanías, observó las fachadas de las casas pintadas con figuras geométricas que tenían, según pudo saber, un valor de protección familiar. La iglesia del poblado también tenía decorada su fachada con dibujos geométricos de difícil interpretación.

Otra jornada, se acercó al salto de agua Velo de la novia, muy alejado de Pucallpa, y realizó otras actividades, hasta que se embarcó rumbo a Iquitos. Luego, se arrepentiría de no haber realizado paradas en alguna de las poblaciones intermedias, como Contamana, Orellana o Requena.

Pero así son los viajes: aciertos y arrepentimientos.


Hamacas, en los cargueros por el río 

VÍDEO

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31 de enero de 2022

A orillas del lago Seván / Armenia


Khachkars en el cementerio de Noratus

Le dejaron ‘en tierra de nadie’. Llegaba a las inmediaciones del lago Seván, en el centro del país armenio, y el transporte ni le apeó en el pueblo de Seván ni en los monasterios de Sevanavank, a unos seis o siete kilómetros, en las mismas orillas del lago. Los coches pasaban a toda velocidad por aquella especie de autovía y desconocía el lugar hacia dónde tirar. Preguntó, con mucha dificultad idiomática, a una señora que atendía una pequeña y solitaria tienda, la forma de conseguir un taxi que le llevara a la civilización y, sobre todo, a un hotel donde dejar bártulos y pasar la próxima noche. Después, ya tendría tiempo de visitar monasterios, lagos y el cementerio de Noratus, de donde el libro-guía hablaba como mejor sitio para admirar los antiguos khachkars mejor conservados.

Lápidas modernas en el cementerio de Noratus

Se hospedó en el hotel Sevano, reservado por Booking. Resultó ser un hotel bastante bien cuidado y barato, pero en apariencia sin terminar. Allí gestionó todo. Indagó por un taxi para visitar Noratus, pues ya sabía que de otra manera era muy difícil hacerlo, y resultó ser un medio barato, incluso para su pobre bolsillo por lo que no dudó en contratarlo para el día siguiente y realizar, así, su particular tour. Lo que le restaba de la jornada, bueno sería buscar un sitio donde comer, conocer la localidad y pasear por sus calles.

Al día siguiente, sí, excursión. Como lugar más alejado de Seván, visitó primero el cementerio y sus khachkars, de un gran valor arqueológico. Antiguos, por un lado; recientes, por otro, multitud de placas, panteones, imágenes y estatuas adornando las sepulturas de los armenios. Luego, pararíamos en un monasterio llamado Hayravank. Lo mejor, junto a la antigüedad de sus piedras (siglo IX), era la ubicación en un montículo que se elevaba a orillas del lago. Pequeño. Solitario. Rodeado, también, de muchos khachkars antiguos. No recuerda su interior, pero todos eran más o menos lo mismo: bellos cuadros colgados de algún santo, oscuras paredes y una pequeña iluminación producida por las delgadas velas encendidas por los fieles seguidores. Era muy práctico de visitar, pues el aparcamiento estaba cercano a sus puertas. Unas cuantas fotos y fin del encuentro con el Hayravank.

El privado tour contratado abarcaba así mismo Sevanavank. Demasiados monasterios para un día, pero la condición del viaje así lo imponía. El viajero insatisfecho tomó aire en los pulmones, se armó de paciencia y se dispuso a subir las escaleras hasta aquellas dos iglesias que permanecían en pie, estas sí repletas de turistas. Supone, no recuerda, debía ser un día festivo o fin de semana. Muchos individuos paseando por los alrededores, entrando y saliendo de sus entrañas, alguno de ellos, cumpliendo fielmente el ritual de no dar la espalda a las figuras del interior. Salían de espaldas.


Hayravank

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19 de diciembre de 2021

Primer recorrido armenio

Monasterio entre el bosque. El primero visitado
Atravesó la frontera entre Georgia y Armenia con cierto desconcierto, o miedo a que extremaran precauciones con relación al Covid19, pero todo fue muy fácil. Traspasó la frontera de Georgia con facilidad y al entrar en el edificio fronterizo de Armenia una enfermera, o eso parecía, le pidió el papel de la doble vacunación. Eso fue todo. “AstraZeneca”, dijo, y le permitió avanzar hacia el control de pasaportes. Subió al coche que le llevaba hacia Erevan, y continuó viaje. Ya había apalabrado con el conductor que le dejara en Dilijan, aunque había pagado el trayecto completo. Quería visitar la zona, a pesar de no tener muchos datos sobre el interés que podría tener esta ciudad y sus alrededores.

No se arrepintió pues era una tranquila ciudad rodeada de montañas y bosques, la más frondosa que encontraría en todo Armenia. Había reservado a través de Booking una habitación que le resultó difícil encontrar. El nombre que figuraba como dirección más bien era la parte de atrás de dicha calle y nadie conocía semejante lugar. Mochila al hombro, se arrepintió de no haber tomado un taxi. Enfadado y cabreado con la situación, después de mucha vuelta, preguntas y vaivenes encontró el lugar. Una tranquila casa, semejante a un chalet, con una habitación de invitados a la entrada del jardín.

Dilijan no era muy grande. Se asentaba a la orilla de un río y en la ladera de varios montículos adyacentes. Verde, muy verde, con un centro que estaba en una de sus laderas y no por donde pasaba la carretera general. Era domingo y necesitaba dinero armenio, pero no logró encontrar un sitio donde le hicieran el trueque. Eso sí, recorrió a pie toda la ciudad en su busca.

Descansó esa noche y en la mañana se dispuso a conocer la zona. Ayudado por el taxista con el que negoció se marcó un recorrido por los alrededores que abarcaba al menos tres monasterios. Sin que su pasión sean las piedras, esto le permitía conocer un poco toda el área. Los taxistas armenios, además, eran muy asequibles para el raquítico bolsillo del viajero insatisfecho, por lo que no dudó en encomendarse a sus servicios. Los dos primeros, eran unos monasterios abandonados en medio del monte, poco visitados y menos atractivos. Le dieron la oportunidad, nada más, de pasear solitario por aquellos parajes pues el taxista en un determinado lugar le mandó subir, primero, por una estrecha vereda hasta donde cuatro piedras añejas formaban una iglesia rectangular y, luego, por una empinada cuesta para alcanzar el musgoso y deshabitado monasterio del siglo X.

Monasterio Haghartsin

El tercero, más famoso, se encontraba alejado, pero sin problemas. El taxista, según lo convenido, le acercó, le esperó el tiempo necesario y le devolvió a Dilijan. Se llamaba monasterio Haghartsin, El monasterio de la danza de las águilas. Bonito nombre. Construido entre el siglo X y XII tenía tres iglesias: la de San Gregorio el iluminador, la de la Virgen y la de San Esteban (¡Qué cosas os cuenta!). Tras una reciente restauración, financiada por el jeque de Sharjah, de Emiratos Árabes Unidos, las iglesias habían perdido la pátina histórica y a muchos visitantes les resultaba desconcertante su aspecto reluciente.

¡Verdad!

En la parte de atrás, un tronco viejo, quemado y con varios agujeros era talismán. Atravesar por uno de sus huecos daba suerte.

¿Verdad?.

Árbol de la suerte

Regresó a Dilijan. El resto de tarde, unas cervezas, un paseo por la orilla del río y un entretenimiento que le recordaba a sus años infantiles: abrir nueces con una navaja para comer su interior blancuzco, aún sin secar.

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7 de diciembre de 2021

Antigua ciudad de Vazdzia / Georgia


Al fondo, la ciudad excavada en roca de Vazdzia

El minibús que le traía, ya ni recuerda de dónde, le dejaba en la ciudad de Akhaltsikhe. Seguía las instrucciones que le marcaba la Lonely Planet que rezaba así en la introducción de la referencia a la localidad: “La magnífica restauración del castillo del siglo XII que domina la localidad, ha contribuido a convertir Akhaltsikhe, que era un triste ejemplo de declive postsoviético, en una parada relativamente atractiva desde la que visitar Vardzia”.

Y ahí, a la antigua ciudad excavada en roca de Vazdzia era donde se dirigía. Las ruinas estaban a 60 kilómetros de la ciudad en la que se encontraba, y el transporte público no era frecuente, si existía. La única posibilidad era alquilar un taxi que, según alguna información, no era un medio muy caro, incluso para un solo ocupante. ¡Fue fácil! Nada más descender de la marshrutky/minibús un simpático y veterano taxista local le ofreció el trayecto a un precio muy razonable. Consiguió bajarle unos pocos laris (moneda local) y le contrató sin más. Fue su hijo quien realizó el trayecto. Hablaba un corto inglés, parecido al del viajero insatisfecho, y se lanzaron a la carretera.

Vazdzia, excavada en roca, era bastante espectacular por sus muchas cuevas, túneles y una impresionante iglesia con decenas de frescos extraordinarios. Aún la habitaban unos cuantos (4 o 5) monjes. Y, además, era un símbolo, y ocupaba el corazón de los georgianos que la visitaban habitualmente. Una foto imprescindible era cuando, desde la carretera, se comenzaba a ver el muro montañoso horadado de huecos, parada obligada para apreciar en toda su amplitud la antigua ciudad ‘queso gruyère’.

Vazdzia y al fondo la ribera

El rey Giorgio III construyó una fortificación aquí en el siglo XII, y su hija, la reina Tamar (otra vez esta reina, como en Uplistsikhe) fundó un monasterio que creció hasta convertirse en una ciudad santa que albergó a unos 2.000 monjes. En la época, y a nivel mundial, fue conocida como el bastión espiritual de la frontera este de la cristiandad. En 1283 un gran terremoto sacudió las paredes exteriores de muchas cuevas, lo que marcó el inicio de la larga decadencia del lugar.


Vazdzia (en el centro la iglesia de la Asunción)

El mochilero pasó por caja, como cualquier local o extranjero, y haciendo uso de un pequeño vehículo con remolques, habilitado para dejar al visitante al pie de las escaleras, inició la ascensión, la visita y la internada en las cuevas que iban apareciendo a su paso. Un permanente zigzageo por escalerillas, pasadizos y sendas. En el centro del complejo se hallaba la iglesia de la Asunción. La fachada se había perdido, se suponía como efecto del terremoto, pero en el interior se hallaban multitud de frescos, pintados cuando su construcción (1.185). Antiguos. En algunos se apreciaba a Giorgio III y a su hija, antes de casarse ésta. Allí, como en el resto de las iglesias georgianas, las mujeres debían usar falda larga y cubrirse la cabeza, y los hombres pantalón largo. Se cumplía, pero no vio mucha rigidez. En una de las grutas, un largo túnel (iluminado y un poco claustrofóbico) ascendía hasta otra cueva en el piso superior. Al final, casi perdido, descendió de aquel laberinto, por otra parte bastante bien señalizado.

Una experiencia brutal, si uno pensaba y aproximaba a lo vivido por los antiguos monjes entre aquel laberinto de cuevas y salas, bodegas y almacenes.

El taxista esperó paciente a que finalizara el recorrido y, luego, regreso a Akhalsikhe, visitando, además, un castillo y un tradicional monasterio habitado.


Túnel

Nota.: ¿Me ha salido un 'post' parecido al de Uplistsikhe?

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19 de noviembre de 2021

Kazbegi (Stepantsminda) / Georgia




Tsminda Sameba. Al fondo, el monte Kazbek

Desde lo alto de la iglesia de Tsminda Sameba el paisaje era espectacular. Detrás de sus muros, aunque lejano, el imponente monte Kazbek. Delante, una inclinada pendiente, casi precipicio. Desde la perspectiva del viajero insatisfecho parecía que aquel monje asomado a la balaustrada acometiera un intento de suicidio. En la base, la población de Stepantsminda y, al otro lado del valle, a lo lejos, un macizo montañoso rocoso y arbolado, a trozos. Casi veteado de verde y ceniza. La iglesia del siglo XIV era de piedra erosionada, decorada con interesantes tallas, una de las cuales, en el campanario, parecía mostrar dos dinosaurios.

                                                                    Monje asomado al precipicio

Desde Stepantsminda había varias maneras de subir, entre ellas, andando. Este mochilero lo hizo desde el final del pueblo, por un estrecho valle, tomando una senda ‘de cabras’ que subía zigzagueando y rodeando un cerro hasta llegar a la iglesia. Estaba a 2.200 metros por encima de la población, en pronunciada pendiente. ¡Agotador! Recién levantado y con fuerza, acometió la tarea. En principio, era una fresca mañana, pero según transcurrían los metros de ascensión el calor y el sudor ocupaban el espacio del frío matinal. Llevaba su mochila azul con la cámara de fotos y una pequeña botella de agua mineral. Al iniciar la ascensión, una tubería que llevaba agua a la población, dejaba escapar un hilo de su fresco y sabroso contenido. Vació su botella de líquido y lo sustituyó por lo que salía de la tubería: prefería el manantial de las montañas. Agua recogida de algún regato en lo alto de alguno de los muchos cerros montañosos que allí deslumbraban al visitante. Quizás directamente del glaciar del monte Kazbek.



Monumento a la Amistad ruso-georgiana

Había llegado el día anterior a la población, directamente desde Tiflis. La conexión desde la capital hacia Kazbegi (ahora, Stepantsminda) era mucho más fácil que intentar tomar una marshrutky en cualquier cruce de carreteras o población intermedia. El vehículo que le ofrecieron, más apropiado para turistas -todos lo eran- paró en varios sitios, curiosos lugares apropiados para alguna especial visita: en la fortaleza de Ananuri, al borde de la presa de Zhinvali; en una pequeña población donde había un camping con posibilidades de hacer un paseo por el río, y en el monumento a la Amistad ruso-georgiana. Si bien las relaciones de ambos países no estaban en buenos momentos, cuando se construyó, en 1983, las cosas se ‘cocinaban’ diferente. En todo caso, merecía la pena acercarse por sus murales de azulejos y las increíbles vistas del valle. También se le llamaba el mirador de Gudauri, la población más cercana.

En fin, disfrutó por aquellos parajes montañosos que eran verdes praderas, inmensas alturas rocosas, caminos de paso, vacas pastando, o en la carretera y caballos en las laderas, casi equilibristas.


Vacas en la carretera hacía Kazbegi

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30 de octubre de 2021

Gori y Uplistsikhe / Georgia


Ocho guerreros, monumento a los caídos en la guerra de 2008 / Gori

Otra de las escalas del nomadismo veraniego fue Gori, ciudad conocida mundialmente (entonces en el Imperio ruso) por ser el lugar de nacimiento del ‘amigo’ Josef Stalin, Iósif Vissariónovich Dzhugashvili. Este líder, en el seminario ya había comenzado con el movimiento revolucionario, según sus biógrafos. Se unió a la organización socialdemócrata de Georgia, en la que fue instruido en política marxista por el profesor Noe Zhordania y comenzó a difundir el marxismo.

El gran Museo Stalin era la principal atracción de la ciudad, aunque la idea de parar en Gori no fue por idolatría hacia Stalin, o como perseguidor de sus orígenes, sino más bien como punto de partida para visitar la localidad excavada en la roca de Uplistsikhe. 

¡Vamos a ello!

Antigua localidad de Uplistsikhe, excavada en roca

Se había hospedado en Tamar Guesthouse, casa que recomienda a todo mochilero que se acerque por Gori. Tamari, jefa del establecimiento, era una mujer encantadora y su negocio, cuidado y limpio. Además de estar en un lugar tranquilo, la dueña era atenta y llenaba de atenciones. Su marido, a su vez, ejerció de taxista para poder visitar de manera práctica la población excavada en roca.

Temprano, el viajero insatisfecho realizó un recorrido más bien rápido por la ciudad de Gori y visitó su fortaleza, parcialmente reconstruida que se alzaba sobre un cerro. Como hecho anecdótico, o no tanto, en la ladera de este promontorio, un círculo con ocho guerreros de metal mutilados constituía el escalofriante monumento conmemorativo a quienes perdieron la vida en la guerra del 2008 contra Rusia por el control de Osetia del Sur. Luego, el marido de Tamari y este mochilero se lanzaron a la búsqueda de Uplistsikhe.

Por dar algunos datos para situar en el tiempo aquella ciudad rocosa: Entre los siglos VI a.C. y I d.C. Uplistsikhe se convirtió en uno de los principales focos políticos y religiosos de la Kartli precristiana, con tempos dedicados sobre todo a la diosa del Sol. Después de que los árabes ocuparan Tiflis, en el 645 d.C., esta localidad se convirtió en residencia de los reyes cristianos y en un importante centro de comercio. En su apogeo alojó a 20.000 personas.

Desde el interior de una de las salas

Tras pasar por caja, se metió en el recorrido como si fuera un experto arqueólogo. Subió, bajó, paseó, curioseó y resbaló en alguna de las rocas pisada y repisada por los miles o millones de turistas predecesores. Era un lugar singular, con cavidades rocosas de todo tipo que miraban al cercano río Mtkvari. Cavidades que habían sido moradas privadas, salas (como la de la reina Tamar), teatros, palacetes, bodegas o residencias. En la actualidad, era difícil diferenciar a primera vista el uso de aquellos agujeros horadados en la roca, pero había carteles informativos que facilitaban la búsqueda. Incluso, señalaban un posible recorrido. Al tratar de hacerse una de sus 'fotos señuelo', de espaldas y con los brazos en alto, acudió a los favores de una veterana pareja de enamorados, aunque más parecía que estuvieran ambos haciendo una 'pillería', contra sus respectivos consortes. Sospechó y, ahora, no asegura.

Para abandonar el complejo, nada mejor que utilizar un largo túnel (recomendado por la Lonely Planet) que iba a parar al Mtkvari, una ruta de escape que debió utilizarse, a su vez, para subir agua a la ciudad.

Túnel de escape


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12 de octubre de 2021

La zona de Svaneti / Georgia


Las torres de los svan, en Mestia

Necesitó el Google Map, una vez en la localidad de Mestia, en Svaneti (Georgia), para encontrar la Guesthouse Mon Amie que había reservado por Booking. La incomunicación fue absoluta con las dos o tres personas a las que preguntó y se dio cuenta que el idioma iba a ser una gran barrera. Anochecía cuando el viajero insatisfecho descendía de la marshrutky que le traía de Zugdidi, a donde había llegado en similar vehículo desde Tbilisi o Tiflis. Esta zona era el antiguo territorio de los temidos svan, y tan remota que ningún gobernante había querido conquistar. En la actualidad, aun siendo transitada por turistas, seguía con su mística belleza.

A parte de esa característica de zona remota del Cáucaso, tenía sentido visitarla por las famosas torres de defensa (koshki) de los svan. Una de las primeras instantáneas desde la marshrutky, al llegar a la zona, fue para las koshki que aparecían a lo lejos: imponentes, austeras, antiguas y soberbias. Sobresalían sobre las edificaciones más altas de Mestia como verdaderas torres de vigilancia, aunque era difícil explicarse el por qué algunas de ellas estaban tan juntas. Fueron diseñadas para proteger a los lugareños de las invasiones y contiendas locales. Se debe tener en cuenta que hasta hace poco Svaneti era conocido por las venganzas de sangre entre sus habitantes y vecinos.

Los picos gemelos del monte Ushba

'Torre del amor', en la ruta hacia Ushguli

Durmió contundente aquella noche en la guesthouse, después de un viaje tan largo (en tiempo) desde Tiflis, pero al amanecer no demoró la inspección de calles y de varias koshki que tenía cercanas, admirando su conservación ya que la mayoría de ellas fueron construidas entre los siglos IX y XIII. En la base de una de ellas, comprobó la existencia de un establo con ganado, en otra, una guesthouse se arrimaba a la torre, pero todas ellas ocupando en el paisaje una imagen de contraste.

La marshrutky a la que se subió también a primeras horas de la mañana para conocer el pueblo de Ushguli, a unas dos horas, transitaba por espectaculares valles llenos de natural belleza. En el trayecto, paró un rato para así fotografiar los espectaculares picos gemelos del monte Ushba (4.710 metros), a las espaldas de Mestia; para visitar una solitaria torre a orillas de un río, que apodaban ‘Torre del amor’, y para permitir que varias máquinas trabajaran en la mejora de la carretera que nos llevaba a Ushguli. Bellas montañas a los lados cargadas de agreste vegetación y ríos que bajaban con fuerza por los diversos valles (de uno se pasaba al otro), conformaron una bonita experiencia visual.

Ushguli, bajo el glaciar Shkhara

El pueblo de Ushguli estaba situado en lo más alto del valle de Enguri, bajo el macizo nevado del monte Shkhara (5.193 metros), el techo de Georgia. Un lugar fascinante. Esta pequeña población tenía 40 antiguas torres svan, que conformaban un conjunto mágico bajo la protección del famoso glaciar; se componía de un conjunto de casas, con techos de pizarra, y unas calles embarradas y llenas de ganado sesteando o simplemente rumiando su buche lleno de hierba de las laderas. En uno de los laterales del poblado, en lo alto de un cerro estaba la torre de la reina Tamar, evocadora torre por lo genuino del poderío de aquella mujer en una determinada época.

Paseos por unas calles con subidas y bajadas, entre piedras y barro completaron la jornada. Había llegado la hora de un kubdari, comida típica de la zona, y del regreso a Mestia.

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