6 de marzo de 2019

Minas de oro de Kambelé / Camerún

Jóvenes removiendo y cribando tierra

Leía en su libro-guía algo interesante sobre la población de Batouri, a unos 100 kilómetros de Bertoua, ciudad donde se encontraba (y se encontraba a disgusto en ella: no tenía nada, era ruidosa, con hoteles de diversas categorías y restaurantes pero de escaso atractivo para encontrar algo singular). Batouri, en cambio, tenía posibilidades de excursiones selváticas u observación de hipopótamos en los ríos cercanos, alguna catarata, y el poblado cercano de Kambelé, un asentamiento minero, aparecido a raíz de la fiebre del oro.
Bueno, bueno. Esto sí que parecía tener otro color para el viajero insatisfecho. No pensaba más que en recorrer esos 100 kilómetros que le separaban de aquella población. Madrugó ese día, no sólo por la intención de iniciar una nueva aventura sino por irse de aquel cutre hotel-'putiferio' que tenía unas 'cucas' como gorriones de grandes. También, se iba la luz cada media hora, la ducha era de barreño y cazo, y entresacar cierta simpatía a los empleados era una meta inalcanzable. Por todo ello, y mucho más, este mochilero madrugó.
Le sorprendió el frío que hacía a aquellas horas -aún no había amanecido- montado en moto (de paquete) en dirección al parqueadero del matatus/minibus que le llevaría a Batouri. Yendo como iba en manga corta, era un frío que penetraba por los poros como alfileres. Hizo parar al motorista, y se puso una pelliza quita-fríos.
Los 100 kilómetros que separaban ambas poblaciones eran por un camino de tierra y polvo, atestado de camiones cargados de inmensos troncos que producían, además de una espesa polvareda, cierta irritación ante la usurpación de vida que suponía para la selva camerunesa. Pero así estaban las cosas.
Cuando después de 2 horas y media arribó en Batouri pudo comprobar que los hipopótamos estaban muy lejos (a 6 o 7 horas de trayecto), las cataratas no eran tales y las excursiones por la selva no contaban con ningún tipo de organismo, oficial o privado, que las promoviera. Le restaba lo más interesante, sin duda: había alguna probabilidad de visitar el asentamiento minero de Kambelé, pero necesitaba contar con alguien que conociera la zona, los entresijos y los riesgos. No era fácil pues las gentes mineras no eran muy dadas al turismo, a la foto o al encuentro con extraños y, menos, si se trataba un blanco sospechoso 'tocapelotas'. Unos parámetros que era necesario respetar.
Alguno de los jóvenes que le acompañaban en la visita

El Hotel 'Belle Etoile', donde alquiló una habitación, era recomendable si se visitaba la zona: estaba céntrico, medianamente limpio y a un precio razonable (pero...¿qué era razonable en un hotel?: cada uno tenía, y tiene, sus predisposiciones). Allí le presentaron un motorista/guía que le podría llevar a las minas de oro que distaban unos 10 kilómetros; conocía la zona y, también, la corruptela policial que podrían encontrar en el camino y en el mismo poblado minero. Pactó un precio, después de una dura negociación. El hecho de ser 'blanco' convertía el acuerdo en un pulso de intereses que no siempre, casi nunca, sería beneficioso para el visitante. Una realidad con la que era necesario convivir. Eso sí, este leonés debería reconocer que, después del pacto, la seriedad de la palabra era precisamente eso, imperturbable.
Un kilómetro antes de llegar a Kambelé, ya pudo apreciar el ambiente que imperaba en la zona. Grupos de personas que removían tierra en los aledaños de un arroyo, y otros la limpiaban con mangueras de agua a cierta presión. Luego, la cribaban de manera artesana. Los grupos distaban unos de otros.
Al llegar al poblado, más bien un gran asentamiento de casas circunscrito al trabajo que allí se originaba, el motero/guía le llevó ante el gendarme local para que autorizara la visita o, al menos, conociera la existencia de aquel 'blanco' en los alrededores. Con cierta tranquilidad rayana con la cachaza o parsimonia, el policía se sentó, le invitó a sentarse también, y le interrogó sobre los motivos de la visita; qué iba a hacer con lo observado; para qué iba a utilizar las fotos, y otros pormenores y detalles. Lo único que pretendía tamaño interrogatorio -o eso intuía- era llegar a lo que le interesaba a aquella autoridad local: 'la mordida'. Sentados como estaban en el pórtico de una casucha, después de las explicaciones se hizo un gélido silencio. Un grupo numeroso de jóvenes presenciaba también en reposo aquel momento. Cuando le pareció oportuno, el policía le solicitó el dinero, mediante un gesto por todos conocido. Y así lo hizo, introdujo su mano en uno de los bolsillos y le entregó el montante. Estaba preparado, pues ya sospechaba que el encuentro era corruptela recaudatoria. Una vez cumplido el trámite, inició el recorrido por sendas selváticas acompañado de aquel numeroso grupo de jóvenes que presenció 'la mordida'. Estaba claro, querían también sacar tajada del incauto 'blanco' como si éste fuera su cajero automático.
Una profunda mina abandonada, horada por algún minero

Se sentía solo, abandonado a la suerte del grupo de jóvenes, con la única excepción del motorista/guía que le había acompañado desde Batouri. En él ponía las esperanzas para salir indemne de aquel trance.
Una vez traspasado el límite de las chabolas, todo el territorio que iba descubriendo estaba horadado como si fueran toperas gigantes. Aquí, había un pequeño hueco con el equipo de lavado abandonado; más adelante, un agujero de 15 metros de profundidad, con rudimentarias escaleras para bajar al fondo donde el minero encontraría su veta aurífera ya explotada, y allá, un par de jóvenes se empleaban en hacer una nueva topera. Todo el trayecto era guiado por el grupo de jóvenes que le inquietaba. Después de media hora de recorrido, de repente apareció un gran agujero en la selva parecido al interior de un descomunal hormiguero. Lo observaba desde arriba. Mucha gente en su interior. Grupos de obreros -niños, también, mujeres- realizaban su trabajo con aparente tranquilidad. Le sorprendió aquel árbol de gran tamaño caído sobre la excavación que nadie se había molestado en retirar.
Mina de gran tamaño, con árbol tumbado en su interior

Observó de lejos que el 'blanco' les incomodaba. Cuando le vieron sacar fotos gritaban, '¡no filmar!'. Mientras, los jóvenes acompañantes del mochilero le insistían en que no dejara de hacerlo. Éstos trataban -pensaba- de ganarse al final 'su mordida' o propina de rigor. Aquellos gritos de los mineros con la respuesta de los jóvenes-macarrillas derivó en una desasosegada circunstancia de violencia a punto de estallar. Los gritos de los que se encontraban en la mina eran respondidos por otros de los jóvenes que le acompañaban. Abajo, comenzaron a mover las palas y herramientas de manera amenazante. El 'motorista/amigo', en aquel crítico momento, agarró a este visitante, ya un poco 'mosca', y le apartó por una estrecha senda, evitando así que aquello degenerara en una pelea desigual. Poco a poco, según se iban alejando del lugar, los gritos y el tenso ambiente parecieron calmarse.
De aquel gran 'enclave/termitero-humano' tras unos minutos de paseo, charla, senda y vegetación se pasaba a otro similar. Grupos y grupos removían tierra, transportaban en carretillas lo batido que, luego, se encargaban otros de cribar. Lo que al final de todo el proceso quedaba, y así lo pudo comprobar en una pequeña palangana, eran unos granos de tierra bordeados por un pequeño y diminuto polvo aurífero, casi sombra. 
Nada más.
Las imágenes que aquellos duros trabajos dejaban en la retina eran plenos de estética pero también de estupor. Durante al menos 3 horas su interior sintió perplejidad, admiración, impresión y un duro pesar de cierta desolación.
¡Dura vida la de aquel minero, con resultados inciertos!. 
Todo parecía desembocar en mafia y explotación. El ambiente así lo transmitía.
Muchos niños trabajando. Mucho futuro destrozado.
¡Kambelé!, redime tus miserias y deja que la vida no destroce al sufrido minero!


Faenas artesanas de la minería


VÍDEO







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20 de febrero de 2019

Mercado del sábado en Lago Lagdo / Camerún


Mujeres, en su aseo personal a la orilla del lago

Lo vuelve a repetir. Y lo vuelve a dejar por escrito, sin pudor por la reiteración. Una de las deliberaciones mentales previas al viaje más persistentes en el viajero insatisfecho era poder alcanzar el lago Chad, al norte de Camerún y fronterizo con Chad y Nigeria.
Entonces, desde sus aposentos y visto desde la distancia, ayudado por San Google-Maps, no parecía una misión harto complicada, más bien un poco intrincada por la falta de comunicación y transporte entre pueblos y ciudades de la zona, todo ello superable con voluntad y ganas, tiempo, paciencia, pasión, y cierto grado de pericia viajera. ¿Le faltaba algo? No. No, pero no contaba con ‘boko haram’ que, al final, decidió por los demás.
Lamentable.

Mujeres vendiendo pescado seco
Pero ya estaba en Garoua y, en aquel momento, sus alrededores eran objetivos del mochilero. Para reprimir su ansiedad, no sabe si de lagos míticos o simplemente por el hecho de estar allí, decidió acercarse a Lago Lagdo, un inmenso lago/presa artificial en el río Benoué. La presa fue construida en 1982 con el objetivo de producir energía hidroeléctrica para abastecer el norte de Camerún, para la irrigación de 15.000 hectáreas de mijo, arroz, maíz y algodón. Y para favorecer la pesca. Según informaciones, el lago también estaba poblado por cocodrilos e hipopótamos, aunque en ningún momento este mochilero llegó a divisar. En la actualidad, se barajaban unas cifras importantes en torno a la pesca, y en una de sus laterales se celebraba todos los sábados un mercado donde se reunían “todas las etnias y nacionalidades en busca de pescado fresco y ahumado”.

Tenderete de ásperas hierbas
Era sábado aquel día y no quería perder la oportunidad de palpar aquel mercado africano (otro más, de los muchos que ha visitado en su vida) con características peculiares pues se trataba de un mercado exclusivo de pescado fresco y ahumado.
¡Cuántas muertes habrá evitado este pescado seco (tilapia, en la mayoría de los casos) en África!
Madrugó aquella mañana, quería estar presente en las primeras horas de aquel ajetreo ferial que distaba 50 kilómetros de donde se encontraba, la ciudad de Garoua. Pero en África cualquier plan, si se depende del transporte público, puede irse al garete. El matatu/minibús que salía hacia Lagdo era un vehículo destartalado, más cercano a la ruina y al desguace que a una segura circulación por carretera. Pero en aquel “áfrica-de-mis-amores” todo se solucionaba con aire en las ruedas, botellas de agua para refrigerar el motor y un buen conductor con nociones de mecánica artesana. A partir de ahí, todo podría ser solucionado en ruta.
El matatu tardó en salir. Primero lo hizo con dos pasajeros, el que suscribe entre ellos. Fue a dar una vuelta por la zona, por varias calles laterales al parqueadero, supuestamente para recoger nuevos incautos; dio aire a las ruedas; echó agua sucia al motor y regresó al lugar de inicio. Luego, poco a poco, según pasaban los minutos, se fue cargando de pasaje hasta la extenuación. Y partió.
Al descender en el centro del mercado el mochilero se convirtió, muy a su pesar, en objetivo de miradas y un curioso ojeo examinador, lo contrario a lo que quería propiciar. Pero era el único blanco en aquel trajín comercial. El mercado ocupaba la misma orilla del lago, y varias calles laterales. Calles formadas por el hacinamiento de casuchas permanentes de venta de productos de la zona. La gente se le veía con parsimonia y casi pachorra movilidad, exprimiéndose y ejercitándose en otros tiempos, tiempos africanos. Puestos y más puestos de productos, poco pescado seco, más especias, sacos de mijo, montoncitos de verduras y casava/mandioca. Tenderetes de plástico, ásperas hierbas y cartón. Y sorprendentemente, mucha leña, troncos transportados en piraguas que, al varar en la dura tierra apelmazada del borde, multitud de jóvenes, casi niños, se encargaban de descargar. Algunas mujeres hacían la colada en las orillas. Otras, hacían su aseo personal. Mientras, unos niños se acercaban a mirar. Mujeres vendedoras de diferentes etnias desconocidas e imposibles de detallar, levantaban la vista al paso del mochilero y mostraban expectación. Aquí, extendían una lona; allá, modelaban con sierra y martillo una incipiente piragua. Sacaba una foto que se evidenciaba general, tratando de pasar desapercibido, pero provocaba miradas de rechazo y cierta denegación. Todos parecían tímidos o extrañados con el viajero espectador. Paseó sin rumbo entre puestos, jolgorio, mercadeo y asombroso afán. 
Al final de la mañana, una moto le acercó a Lagon Bleu, un alojamiento a orillas del lago tan estratégicamente ubicado como abandonado por la civilización. Eran cuatro cabañas en una pequeña ladera llena de peñascos y poca vegetación. Seco y agostado lugar. Allí tomó una fría y espléndida cerveza ("33" Export) que le sirvió para retomar fuerzas ante el desazonado regreso a la ciudad de Garoua.
La visita había terminado.


Descargando leña de la piragua

VÍDEO




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6 de febrero de 2019

Las gargantas de Kola / Camerún


Las gargantas de Kola, cerca de la ciudad de Guidar

La insistencia de aquel taxista, amigo-interesado en la ciudad de Garoua (Camerún), fue el detonante principal para que el viajero insatisfecho visitara las gargantas de Kola. Aunque venía información en su libro-guía, no había reparado en ello. Normal, por otra parte, pues su costumbre era (y es) consultar el libro cuando ya ha iniciado el viaje y, como siempre, sin haber preparado absolutamente nada del recorrido. Tema éste por el que siempre recibe desproporcionadas críticas o, al menos, alguna arenga particular en contra de este planteamiento de viaje. Pero así es, y así lo deja dicho.
Una vez visitadas, consultó de nuevo su libro-guía y allí estaba la breve información sobre aquellas gargantas rocosas, incluso una fotografía. No obstante, no era una zona muy explotada y la información sobre ellas era escasa. Tal vez, lo apartado del lugar evitaba que esa profanación turística fuera excesiva.
Aquí, el mochilero (de mochila azul) dejará sus impresiones. No serán gran cosa, pero son suyas. Le sorprendieron, sí. No tenía ni idea de que en Camerún pudiera haber algo así, y era una de las principales curiosidades naturales de la zona, siempre y cuando no contemos -haciendo un poco de antropólogos- con los diferentes grupos étnicos que abundaban en la región (guidar, mbororo, bana, kapiski o mafa).
Peñas y borricos en el camino hacia las gargantas de Kola

En la ciudad de Guidar alquiló, algo que se está convirtiendo en rutina, una moto -con motero incluido- pues según las informaciones no estaba muy lejos (unos 9 kilómetros) pero por un camino de tierra que era necesario conocer. Así, el motero se convertía en medio de transporte pero también en guía local. Transitaron despacio -algo que previamente le había impuesto al joven piloto/conductor- por aquellos parajes secos del norte de Camerún. Un panorama seco, salpicado por montones de grandes rocas, salteado de caseríos de los pueblos guidar, algún que otro borrico y mucho polvo en el ambiente debido al suave harmatan que aquel día lo inundaba todo. A lo lejos vio una mujer subida en un árbol, hacha en mano, desmochándolo y, supuso, estaba haciendo leña para atizar alguna pobre lumbre familiar. Un niño, a los pies. Y campos de algodón. El algodón, parece ser, se había adaptado muy bien al terreno seco del norte Camerún. Se continuaba con producción de manera artesanal y suponía un añadido a las débiles economías del entorno guidar.
Una barrera cercana a las gargantas, consistente en un palo atravesado en el camino y vigilado por dos jóvenes, le hicieron ‘pasar por caja’ a este mochilero leonés. Siempre protestaba estos tickets tan poco oficiales pero que solían ser un ‘trágalo’.
Y tragó, aunque tampoco suponía la ruina.
Las gargantas de Kola (Gorges de Kola) constituyen un paisaje especial, surrealista casi marciano, visto en la distancia, antes de llegar. No eran muy extensas pero su recorrido, la parte asequible y más interesante, serían unos 800 metros. Unos metros fácilmente accesibles en época seca -y lo era entonces-, no había agua y, en su recorrido a contracorriente por el fondo arenoso-rocoso, un joven guía acompañaba al visitante. El joven se esforzaba en ver figuras en cualquier hendidura (un elefante, un sillón, una virgen,….), labradas a través de los tiempos por la fortaleza de las aguas sobre aquel territorio granítico, un granito blanco y negro. Miró y remiró; sacó fotos y se dejó fotografiar; se sentó en aquel sillón rocoso; se descalzó en un tramo con agua y protestó mentalmente al saldar la propina con el joven guía.
El V(B)iajero Insatisfecho, en las gargantas de Kola

Una buena sensación dejaba al final aquel sorprendente paisaje granítico. El mochilero, sin prisas, visitó lo poco visitable, subió ‘de paquete’ en la moto y abandonó el lugar. Únicamente se detuvieron para fotografiar unos montones de algodón que, por su blancura, destacaban de aquel entorno cercano. Unos niños se acercaron curiosos y se pelearon por unas pocas bolas de anís que el mochilero les ofreció.
Pero eran más niños que bolas.

Niños, al lado de los montones de algodón


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25 de enero de 2019

La entrada al país / Camerún

Entrada al palacio de Mukanda Douala

La entrada al país, Camerún, fue por Douala pero no sería hasta Garoua donde el viajero insatisfecho daría por iniciada su aventura.
Pasó una noche en Douala, sí, pero únicamente para coger impulso, y porque los trayectos al norte de Camerún en avión no ocurrían todos los días por diversos motivos: rentabilidad, organización o, simplemente, el mal tiempo (en época seca, el ‘harmatán’, viento del cercano desierto, a veces, mandaba).
Pasó una noche en Douala, sí, aunque durante el día paseó por alguna de sus calles principales, como iniciándose en el transitar por un país nuevo, diferente a otros aunque también con algún rasgo similar. 
Pasó una noche en Douala, sí, pero incluso descubrió alguna cosa singular, como el palacio de Mukanda Douala, construido por el célebre, según decía el libro-guía, príncipe douala Dika Akwa como símbolo de la gran diversidad de pueblos que habitan la capital económica del país. Lo descubrió por casualidad y le llamó la atención sus paredes, estatuas, figuras y escudos que presidían la entrada. Todo muy abandonado pero con ese aire dali[negro]niano que sorprendió al mochilero. No entendió nada pero sin duda el águila y el cocodrilo eran la simbología de algún pueblo tribal camerunés: ¿douala?,¿peul?, ¿bamileké?, ¿bassa?.... No lo supo.
Pero como ya dijo al principio su aventura comenzaría en Garoua, donde le llevó un avión de CamAir, compañía estandarte y bandera del país. Su inicio previsto con anterioridad (un mes) tampoco era Garoua sino Maroua, en la provincia Extremo Norte del país. De allí, pensaba subir hasta el Lago Chad, visitar el P.N. Waza y conocer Kousseri, en la frontera con el Chad, país. Todo quedó aparcado al escuchar las contundentes sugerencias del Embajador de España en Camerún: mejor no visitar el extremo norte. Decidió, entonces, cambiar de destino su vuelo: no sería Maroua sino Garoua, unos 200 kilómetros más al sur. Acertada decisión pues una vez aterrizado en esta última, un taxista local, al hilo del propósito viajero de visitar el P.N. Waza, le sugirió lo mismo. Boko Haram, nombre del grupo terrorista de carácter fundamentalista islámico, seguía actuando a sus anchas y con fuerza en la zona, e incluso estaba impidiendo visitar el P.N. Waza que permanecía, aquellos días, cerrado.

El V(B)iajero Insatisfecho pertrechado para el 'harmatán'

En Garoua se encontró de lleno con el polvoriento país, más allá de lo que imaginaba desde la distancia. Sufrió, en una de sus salidas moteras (de paquete), la fuerza del ‘harmatán’ del desierto, y los caminos polvorientos declaraban su enemistad hacia este mochilero. Polvo y más polvo, del ‘harmatán’ y del surgido de las ruedas de camiones que dejaban una estela de color, calor y polvo.
Garoua destapó el Camerún islámico, con una total prevalencia en sus calles del personaje muslín sobre cualquier otra ‘etnia religiosa’. Durante la oración, varias veces al día y en ocasiones un verdadero gentío, sus movimientos masivos, ejercitados en conjunto, y sus prolongadas genuflexiones e inclinaciones del cuerpo hacia la Meca, daban miedo. Y miedo daba esa capacidad que parecía disponer el islam para dominar corazones, conciencias, mentes y, en fin, personas. Era un miedo psicológico producido por esas sensaciones de inestable obediencia que parecían mantener con el supremo profeta.

Al fondo, musulmanes en plena oración en el mercado de Guidar

En la ciudad de Guidar, unos 100 kilómetros al norte de Garoua, durante el mercado semanal, ante la llamada del muecín desde el alminar de la mezquita cercana, la reacción fue espectacular. La masiva afluencia al mercado de una muchedumbre con chilaba (o ‘jilbab’), turbante o la ‘taqiyah’ (gorro redondeado colocado en la cabeza) convirtieron el momento de la oración en un momento de aparente masiva reivindicación. Su inmediata agrupación, sus movimientos al unísono con el rezo, arrodillados y, al poco, agachados, sumidos en una oración pasional, daban miedo, sí. La lejana pero imperativa voz del muecín ejercía una fuerte presión, pasión y fervor. Sólo algunos cristianos, o de otras religiones, parecían estar al margen del rezo musulmán, aunque este mochilero leonés, quieto y perplejo, no paraba de mirar y mirar.
La mañana finalizó con un paseo por el mercado lleno de tenderetes, plásticos, casava/mandioca, telas, artilugios chinos, herramientas y sol. Se respiraba denso, a veces, frescura y valor. Otras, podredumbre, pimienta y azafrán.
Una mixtura, siempre mezcla, potingue o pócima, en la ordinaria y cotidiana vida africana.

Tenderete en el mercado de Guidar, con especias diversas

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22 de diciembre de 2018

Camerún. El viaje en mente

Importantes enseres de viaje

Tal vez sea Camerún una de las citas pendientes sin ser excesivamente exigente con los países con los que ‘habría quedado’ este viajero insatisfecho. Era una cita pospuesta por multitud de motivos. ¿Qué ofrecerá Camerún?. ¿Qué hace un leonés en esa inhóspita tierra de selvas y desiertos?. ¿Se moverá con cierta facilidad?. No. Pero al final después de mucho observar África como una atractiva piel puso su puntero en este país.
Sobre todo le atrae visitar el norte ¿por qué?. Imposible contar un motivo convincente al que lea estas cuatro líneas. En la frontera norte se encuentra el lago Chad. ¡Un lago africano!. ¿Qué otro motivo más se podía aducir para lanzarse al país?.
Con la guía ‘Camerún’, de Laertes Ediciones, en la mano, ve las primeras dificultades para acercarse a ese lago que se está desecando o, al menos, eso cuentan las crónicas, las televisiones o los mentideros viajeros. Hojea el libro/guía rápido hasta que llega al final donde, en sus últimas páginas, un capítulo desentraña la zona norteña de Camerún, la zona donde se enclava el lago Chad. Según va leyendo se va encontrando con las primeras dificultades “si se desea visitar e incluso navegar por el último lago que queda en el Sahara, habrá que alcanzar la ciudad de Blangoua, emplazada en sus orillas. Para dicha empresa se necesita disponer de vehículo propio y de un chofer experimentado en la región: apenas existe transporte público entre Blangoua y el resto del mundo”. Poderosa dificultad para este viajero que se mueve solo, con dificultades de idioma y con la cartera con dificultades a la hora de derrochar ‘dineros CFA’.
 “A partir de aquí –continúa el libro/guía- [se refiere a la población de Makari, en el norte] es clave contar con los servicios de un buen chofer que conozca las pistas, que se complican cada vez más en una especie de maraña de caminos polvorientos….”. Y muchas más trabas que el autor va poniendo al lector. Este se va desanimando poco a poco, pero tiene ya su billete Madrid-Douala en el bolsillo, la ilusión insertada y encerrada ‘a cal y canto’ dentro de su mente y la alegría del viaje en su corazón.
¿Y el sur?. Aún no se ha centrado en página alguna que refiera las dificultades del sur pero aunque las hubiere es un país visitable y como tal actuará.
Hará lo que pueda. Visitará lo que pueda. Recorrerá con ganas el norte, el centro y el sur, pero nunca sabrá, o al menos no antes de que finalice el recorrido, hasta dónde podrá llegar.
Para estos viajes complicados siempre se acuerda de algún compañero de ruta. Uno o varios acompañantes podrían aminorar el montante dinerario que supondrían los alquileres de vehículos y otros menesteres.
Pero no, el mochilero viaja solo. 
Con sus ventajas y sus inconvenientes.


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8 de diciembre de 2018

La Catedral de sal, de Zipaquirá

Entrada de la Catedral de Sal

Calificativos como ‘impresionante’, o ‘excursión de un día más habitual desde Bogotá’, o ‘considerada como la primera maravilla de Colombia’ o ‘se le ha otorgado incluso el título de joya arquitectónica de la modernidad’. Todas estas expresiones unidas convencían a cualquier incauto para catalogar la visita a la Catedral de sal de Zipaquirá como algo ansiado para sus aspiraciones viajeras. Pero no, no os confundáis ¡malditos!. “No todo es oro lo que reluce”, que decían los abuelos.
Según explicaba el libro/guía, la Lonely Planet, había ‘dos catedrales de sal: la primera se abrió en 1954 y se cerró en 1992 por motivos de seguridad, pero se puede visitar su impresionante sustituta”. Esta ‘impresionante sustituta’ nada tenía que ver con los mineros que allí trabajaron, ni nada tenía que ver con un supuesto horadado de vetas de sal por los laboriosos mineros con la intencionalidad de dar un carácter religioso al lugar. Esta ‘impresionante sustituta’ era un proyecto arquitectónico, para lucimiento de algún organismo oficial, pero totalmente al margen de los trabajos de humildes y fervorosos mineros.
El viajero insatisfecho para evitar tumultos y aglomeraciones apareció temprano por la boca de la mina, y consiguió su propósito de entrar en la primera tanda con guía para poder escuchar así sus interesantes (?) explicaciones. Escuchaba y procesaba lo que decía pero, a los pocos minutos de iniciar el recorrido, desconectó sin remedio cuando solo llevaba dos o tres estaciones de calvario allí esculpidas (eran catorce). No se creía nada de lo que percibía, todo era hueco o falso, y a las explicaciones sobre cada una de las estaciones del calvario (que era la entrada y parte inicial del recorrido) les faltaba fuerza. Todo parecía orquestado por algún obstinado religioso para convertir aquella cueva en una catedral ‘mentirosa’.
(En estas pocas líneas pretende continuar su tono crítico pero no quiere dejar de advertir que seguro habrá visitantes que reverenciarán lo visitado como algo bello y divino. No les culpa, cada uno que haga ‘de su capa un sayo’).

Una de las estaciones del calvario

Este gran pasillo inicial con las diferentes estaciones de un calvario, talladas en plan moderno, daba de pronto a una gran sala en la que al fondo se apreciaba una gran cruz tallada e iluminada con gracia y calidad. Allí, teniendo al fondo la cruz y tratando de empatizar con el guía que todo lo sabía, hizo un amago de escuchar lo que con tanto interés contaba a los allí congregados, pero continuaba con su discurso llano, de explicaciones banales y triviales. Nada. Ni mención respecto a una posible intervención de los mineros para crear aquel hueco a gran profundidad en una montaña de sal. Todo eran objetos que simbolizaban algo devoto; una losa como sepulcro de Cristo que por su falta de simetría ‘parecía’ estar abriéndose, o iluminaciones que propiciaban un encuentro con ese Dios de todos. No había esculturas talladas en sal, al menos no en número reseñable; nada habían esculpido los mineros en posibles arrebatos de religiosidad. Todo era moderno, pero de una modernidad vanidosa, diseñado por un arquitecto con sensibilidades pero sin más propósito que el de esbozar un hueco al que se pudiera llamar catedral, por otra parte, un vocablo bastante atrevido para aquel lugar.
Catedral de Sal, con la cruz al fondo

La Catedral de sal, de Zipaquirá, no convenció nada a este mochilero leonés. Es más recomendaría a cualquier visitante que prescindiera de ella en una posible cita con Bogotá y alrededores, o se abstuviera de perder una sola mañana en arribar a aquella aparente banalidad.
Nada que decir al que esté interesado en entrar en un recinto minero sin más. Y nada que decir al que quiera visitar la población de Zipaquirá que tiene una nada desechable zona central de demostrada belleza arquitectónica colonial.

Parque Principal de Zipaquirá

Copyright © By Blas F.Tomé 2018

24 de noviembre de 2018

Castillo de San Felipe Barajas / Cartagena de Indias

Castillo de San Felipe Barajas, tomado desde la entrada

Aunque Cartagena/vieja era de por sí una fortaleza, había otras fuera de la ciudad, como era el caso del Castillo de San Felipe Barajas. Desde la ciudad, se veía a lo lejos, tampoco muy retirado pero si era necesario atravesar un barrio hasta llegar a él. En esta ocasión, el viajero insatisfecho y su amiga decidieron visitarlo en un día de fuerte calor, con ‘un sol de justicia’ (¡que expresión más majadera!, pero aún así no se resiste a utilizarla) cayendo sobre sus cabezas. Habían comido en Bocagrande, aunque únicamente como disculpa para conocer la zona playera, célebre en ciertos ambientes turísticos casi añejos. En la sobremesa, con el sol plano, tomaron un taxi para acercarse al lugar y realizar la visita.
Desde la entrada, donde había que ‘aflojar el bolsillo’, hasta lo alto del castillo, había un acceso de piedra, una subida limpia, sin sombras, terrorífica con el sol pegando fuerte y más pareciera que los visitantes tuvieran ganas de padecer un golpe de calor que realizar una tranquila excursión cultural.
Aquella fortaleza databa del siglo XVII, aunque en el XVIII se acometió una gran ampliación. No extrañaba, pues era el bastión más imponente jamás construido por los españoles en todas sus colonias. “Realmente inexpugnable -decía el libro/guía-, nunca fue conquistado a pesar de los numerosos intentos por asaltarlo”. Ya veía, en la imaginación, al famoso corsario inglés Francis Drake intentándolo. Una apreciación errónea pues el corsario por aquella época de su construcción ya llevaba casi un siglo ‘criando malvas’.
El complejo sistema de túneles, construidos para la distribución segura de provisiones, era una de los elementos más conocidos del famoso castillo por lo que entraba en todos los pronósticos el hecho de recorrerlos. Eran de fácil acceso y sencillo recorrido, unos más cortos que otros, unos en diferente nivel que otros, pero todos cumpliendo la misión de facilitar la comunicación interior entre puntos estratégicos. Desde todos los emplazamientos se veía una impresionante bandera colombiana que ondeaba, entonces, ayudada por la escasa brisa. Y aún quedaban algunos cañones, antiguos cañones de defensa, repartidos por todo el recorrido. Con ellos, la fortaleza parecía cumplir en aquel instante la misión para la que había sido creada hacía siglos.
Imaginaciones viajeras.
Bandera colombiana ondeando en el castillo

Al mochilero, pertrechado como iba de su habitual gorra multiusos, no le pareció muy agotadora la visita, una vez metido en ella. Desde la parte más alta se podía contemplar la ciudad cartagenera en toda su amplitud; la bahía de las Ánimas que llegaba hasta la misma puerta del Reloj; la entrada de Bocachica y el Fuerte de San Fernando, e incluso la famosa zona playera de Bocagrande, un poco abandonada, por cierto, aunque de predecible crecimiento en un cercano futuro.
Entre lo que desde allí se veía y ese dejarse llevar por los sueños aventureros hacían más que placentero aquel lugar. También, como no, una agradable brisa marina contribuía al bienestar corporal desde el observatorio donde estaban, en lo más alto del Castillo de San Felipe Barajas.
Parte alta del Castillo de San Felipe Barajas

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10 de noviembre de 2018

Salento y el valle de Cocora

El volcán Cerro Machín [a la izquierda, la ladera del cráter; el previsible cráter, la zona baja]

Tanto monta, monta tanto…”. Con esta cacareada expresión inicial quería dejar claro que ambos lugares, por su cercanía, transitaban unidos en el imaginario viajero. Cuando se hablaba de uno (Salento) también se refería el otro (valle de Cocora). Según pasaban los días en Colombia, en la mente del viajero insatisfecho se iba dibujando ya el trayecto completo del viaje. Parecía claro que Salento era uno de los últimos lugares a visitar. Un destino que sonaba y sonaba en todos los corrillos de turistas y, como consecuencia, según se comprobó (el a-b-cedario de estos corrillos era muy simple), estaba cargado de gente. Gente que pareciera querer ver lo mismo, contar lo mismo, sentir lo mismo, apreciar lo mismo y volver a sus casas con lo mismo: el valle de Cocora, territorio de las palmeras vela.
¡Qué aburrido!.
Nada más pisar esta población colombiana se daban cuenta de lo evidente: había mucha población foránea, visitantes ufanos por descansar, o pasar el tiempo, o montar a caballo, o hacer peligrosas bajadas con bicis de montaña por caminos, sendas y trochas,…. No saben.
Cuando una población se ponía de moda ¿por qué lo hacía? En este caso, no era posible vislumbrar todas circunstancias o motivos. Sin duda, uno de los motivos era el bello paisaje, aunque bellas montañas y valles había muchos en Colombia. Quizás, fuera el valle de Cocora que aparecía en todas las guías, informaciones y en todos los blogs conocedores de la realidad colombiana. Un valle -debía de ser un valle- de belleza singular o extrema, las fotografías así lo constataban.
Al final, una vez tomada la decisión, el itinerario para el día siguiente sería otro. Nada de visitar al famoso valle, y sí un largo trayecto por un estrecho camino para conocer el volcán Cerro Machín. Este volcán no era tal, no enseñaba lava, ni erupcionaba fuego de sus entrañas pero, según todos los vulcanólogos, mantenía gran actividad interior, a la espera de que un día explosionara con la fuerza que lo hacían estos fenómenos. Ahora únicamente se vislumbraba la forma de un antiquísimo cráter, sus paredes y su tapón montañoso. Por todo ello, por todos estos parajes pasearon acompañados del joven conductor/guía que les acercó. Cuando este insólito tapón en un futuro se desestabilice, se convertirá, según previsiones, en uno de los volcanes más desgarradores del mundo. Su actividad interior, medible, parecía ser potente y brava.
Pero, como ocurría en muchas ocasiones, en las excursiones no siempre lo más chocante o llamativo era el destino sino que lo interesante podía estar en el trayecto.
Y fue el caso.
En primer plano, las palmeras vela

Antes de llegar al Cerro Machín, se pasaba por una pequeña población, Toche, encantador pueblo a orillas de un río. Perdido en el valle; cuidado, muy bien cuidado; lugar de paso y breve estancia; rodeado de fincas con cultivos por sus laderas, inclinadas en exceso; laderas con guisantes -arvejas, para los colombianos-; niños peleándose entre modernos columpios, y una pequeña casa de comidas. Ah, muy importante, y cerveza ‘Águila Colombia’ muy fría.
Pueblo rodeado de un territorio natural de excepcional tranquilidad. ¿Allí se podría vivir?.
Bosques de palmeras vela, de camino al volcán Cerro Machín

Pero en aquel trayecto en 4x4, que se desenvolvía lento en las subidas y lento en las bajadas con aparente total seguridad, algún precipicio generaba, a veces, desazón en los cuerpos. Subidas y bajadas por un camino que transitaba por un paisaje espectacular. Laderas de montañas repletas de palmeras vela que daban al trayecto una estética especial. Solitarias granjas de vacas y caballos que pastaban por aquellas casi imposibles laderas. Granjas que a veces se veían en la lejanía, rompiendo la uniformidad del verde pasto que todo lo rodeaba. Y estaba la granja de ‘El galleguito’ o ‘La carbonera’, y muchas otras que no recuerda su nombre. Y estaban las palmeras vela, con sus casi 60 metros de altura, agrupadas unas, solitarias otras, que daban al paisaje un aire peculiar. En laderas con limpio pasto surgían éstas como cirios maleables por el viento. Cada valle con su tonalidad de verde; cada ladera con sus matices de colores dependiendo del brillo del sol.
Un recuerdo especial para los colibríes de la finca ‘La carbonera’, donde mostraron sus artes, su pico alargado, su estático vuelo (o hacia adelante, o hacia atrás) a los visitantes que no paraban de fotografiar. Otra especial mención para el agua de panela con queso, un rico tentempié a media mañana.
Sin duda, este ‘post’ debería haberse titulado: “Al final, el volcán Cerro Machín”.
Los colibríes, en la finca de 'La carbonera'

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