11 de febrero de 2017

Volcán Bromo / Isla de Java

Caldera de Tengger, con el volcán Bromo humeando (desde el punto panorámico)

El volcán Bromo, en Java (Indonesia), era uno de los lugares más visitados dentro del conjunto de los cientos de islas que componen el país. Era, incluso, la imagen de portada de la guía/libro de Lonely Planet, todo un símbolo de viajes.
No puedo dejar de verlo’, se dijo el viajero insatisfecho.
Su fijación era tratar de estar en el lugar al amanecer pues algo había oído sobre su particular belleza. Lo que no se imaginaba era que también lo habían oído muchos otros y cuando alcanzó aquel punto de vista panorámico (view point, que decían los indicadores) era un hervidero de turistas japoneses, chinos, locales o malayos. Definitivamente, y después de meditarlo, este mochilero va a tratar de evitar lugares famosillos.
¡Que vayan los chinos!.
Se levantó muy pronto, a las 3 y media de la mañana. El conductor del jeep venía a recogerles sobre las cuatro (iba con otros 3 mochileros) al hotel donde habían pernoctado, unos 8 kilómetros del punto panorámico. Después de circular una media hora por un maltrecho camino (no veían gran cosa pues era noche cerrada) llegaron al lugar indicado. Atestado de turistas como estaba, repleto de móviles y palitos de selfie y, encima, obligado a alquilar un chaquetón porque a esa altura y aquellas horas corría una brisa del carajo que dejaba fríos los huesos, se arrepintió de haber dado aquel paso. Luego, el cabreo se iría transformando en tranquilidad hasta llegar a sentirse realmente animado y cómodo. El amanecer, la suave luz primeriza iba dejando que las formas de aquel espectáculo natural fueran apareciendo poco a poco. Las formas, los colores y el humo que desprendía el volcán a lo lejos conformaron, al fin, un conjunto visual hermoso. Cuando el sol iluminó el paisaje era el momento de acercarse al volcán Bromo que se veía al fondo de aquel hermoso plano y era posible ascenderlo. Desde donde se encontraba, el jeep les bajaría a la caldera y acercaría hasta la base.

El volcán Bromo
El Bromo (Gunung Bromo) era uno de los volcanes más activos de Indonesia con más de 50 erupciones en los últimos 250 años, siendo la última en el año 2011. Dentro de la caldera de Tengger, el Bromo no era el pico más alto del Parque Nacional del Bromo Tengger Semeru, pero si el más activo. Estaba también el volcán Semeru, y el conjunto de ambos conforma un auténtico paisaje lunar. Allí, dentro de la caldera y en la base del cráter, había un templo hindú. En Java no hay muchos, pero los habitantes de aquella región mantuvieron su religión mientras en el resto de la isla adoptaron la musulmana.
Una vez el jeep les dejó, alcanzar lo alto del cráter era misión de cada uno. Primero era necesario ascender unas resbaladizas laderas con pequeños barrancos pero, luego, eran 253 escalones los que separaban de la cumbre del volcán. Y allí, en lo más alto del cráter, al borde del abismo que aparecía a sus pies y donde la naturaleza mostraba su fuerza, fue donde pensó que había merecido la pena.

Al pie del volcán Bromo, vendedor de ramos para lanzar al volcán


[VÍDEO]



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31 de enero de 2017

Los orangutanes de Bukit Lawang


Orangutan, en Bukit Lawang

No estaba previsto de antemano pero el devenir de los acontecimientos le había llevado a contratar en Medan, la ciudad más grande al norte de la isla de Sumatra, una especie de tour para visitar los orangutanes en las selvas de Bukit Lawang, que incluía una noche durmiendo en la jungla. Y esa noche, por cuestiones de programación del viaje, sería nochevieja. Para el viajero insatisfecho no era una noche especial, era una noche más. Con ese proyecto, y lo hablado con la agente que le había ofrecido el paquete, descendió del coche en la población de Bukit Lawang. El guía local al que había sido derivado se le presentó con cara negociadora: “la nochevieja es una noche de celebración”. Quería pasarla con su familia. Sugirió esperar para ver qué opinaba el resto de la posible clientela, si es que la había. Esa noche del 30 de diciembre el viajero se fue a la cama sabiendo que al día siguiente comenzaría la aventura selvática llena de novedades y misterio. Madrugó como estaba previsto, desayunó como era necesario y esperó como era de suponer: los indonesios no eran conocidos por su puntualidad. El guía se presentó una vez finalizado el café y, de nuevo, con ganas de negociar aunque -diría- más bien con necesidad de imponer. No había más clientela para pasar la nochevieja en la selva.
Le miró en principio al muchacho con intención de presionar pero en una ágil batida mental, rápido encontró sensatos sus razonamientos. ¿Qué haría él en la selva durmiendo al más puro estilo de vagabundo sin techo con un guía para él solo y sin posibilidades de socializar con otra gente?. Aburrido ¿no?. Como lo contratado eran dos días, el guía le ofreció como alternativa dos excursiones mañaneras y tardes de relax en el pequeño poblado repleto ya -debido a las señaladas fechas- de turistas locales.
Aceptó, sin más exigencias.

Bukit Lawang

La población de Bukit Lawang se asentaba a lo largo del río. Como pueblo turístico, estaba lleno de guest-house, hoteles y pensiones para dormir, pero aquellos días era complicado encontrar una habitación pues los indonesios tenían a aquella población como lugar de descanso. Y era fin de año. El río estaba bordeado de sombrillas artesanas, techumbres de paja y lugares en la orilla para el recreo y el baño, muy típico también en otras zonas orientales. La calle que bordeaba al río, atestada de tienduchas, tenderetes, baratijas y chiringuitos. Por la tarde, a determinadas horas, era casi imposible caminar. Pero, sin duda, tenía mucho calor humano el lugar.
La cercana selva se componía de árboles jóvenes, arbustos, palmeras y helechos. Si bien en Indonesia abundaban los bosques de pantano, en aquellas tierras altas donde se encontraba se desarrollaba un bosque montano, donde la mayoría de los árboles tenían gran altura y sus hojas eran más pequeñas y carnosas. Aquellos suelos eran ricos en musgos, helechos, orquídeas y líquenes. La humedad de la niebla les daba soporte.
La primera mañana fue -ya se lo esperaba- dura. Las veredas de la selva no siempre eran cómodas, más bien todo lo contrario, llenas de pendientes y barrancos; rocas, raíces y resbalones. Pero de eso se trataba. Bueno, de eso y de divisar orangutanes que, por cierto, tardaron en aparecer. Orangutanes semi-salvajes, acostumbrados a la presencia humana pero, eso sí, en un marco natural que no ofrecía dudas. Una tierna pero madura madre, con su asustadizo bebé, descendió de la copa de los árboles de gran altura, animada por la oferta de bananas y las llamadas que el guía le hizo. Sus movimientos, a veces rápidos y otras lentos, su mirada y su reposada tranquilidad semejaban, sin duda, lo que su nombre en indonesio indicaba (orang hutan=gente de la selva).


Orangután

Orangután

Fue un momento de mucha observación, fotos, sonrisas, comentarios en bajo para tratar de que el bebé orangután se acercara. Fue inútil. El mochilero observaba sus movimientos -humanos, diría- y le chocaban, en especial, algunos. Sorprendente que en aquellas selvas un animal tan parecido al hombre se acercara a recibir su regalo. No era muy ético el acto de alimentarlos pues estaba si no prohibido si desaconsejado, pero….
El segundo día, por otra zona, repitió la excursión.
También exitosa.


V(B)iajero Insatisfecho y orangután

[VÍDEO]


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18 de enero de 2017

Volcán Ijen, Java

Volcán Ijen (Java)

Ese día se levantó temprano, a la 1 de la madrugada, no de manera voluntaria sino impuesta por el conductor que conocía las circunstancias de la excursión. Y el viajero insatisfecho se despertó, por supuesto, encantado aunque solo hubiera dormido unas 3 horas, al fin y al cabo él era el interesado en visitar el volcán Ijen  (en la isla de Java) del que tenía noticias relativamente interesantes. Desde la posada donde había dormido un rato, era necesario cubrir unos cuantos kilómetros en un minibus y luego una ascendente y larga caminata hasta el borde del cráter. Cuando se terminó la carretera, el guía Suki (así se llamaba) se hizo cargo del grupo (una holandesa, un húngaro, dos coreanas y este mochilero). 
La ascensión al borde del cráter del volcán fue dura, según lo previsto. Un buen sendero pero con desniveles muy pronunciados hacían de la subida, desde el aparcamiento donde había quedado el coche, un difícil entretenimiento. Una vez en el borde -serían aproximadamente las 3 de la madrugada- eran necesarios 45 minutos de descenso por el interior del cráter hacia donde se producía la emisión del azufre, y lo que el grupo iba buscando: el 'blue fire' (la llamarada azul)Este particular fenómeno tenía su explicación porque en este volcán la roca fundida con lava que emergía de la tierra a temperaturas altísimas venía mezclada con gran cantidad de gases sulfúricos, que se incendiaban al contacto con el aire y producía esas llamaradas de color azul. Había tanto azufre que a veces fluía hacia abajo de la roca cuando se quemaba, haciendo que pareciera como si la lava azul se derramase por la ladera (así lo vio por momentos).


El minero sube en sus hombros el azufre

Durante el descenso para presenciar el fenómeno, el ambiente era total a aquellas altas horas de la noche. A otros grupos de descenso por una difícil senda de rocas, grandes piedras y guijarros y el suelo, a veces, resbaladizo producido por las recientes lluvias, se unían los mineros subiendo cargados con las cestas de azufre, pesadas cestas amarillas transportadas sobre su hombro. El peso aproximado, unos 60 u 80 kilos. El gran esfuerzo se veía en sus caras.
Pero una vez -en el fondo del cráter- a la misma orilla de la salida de gases que, de vez en cuando, el aire llevaba hacia las personas (mineros y visitantes), que quedaban envueltas en medio de una peligrosa nube de azufre (aunque cada uno iba provisto de máscaras de gas), el cercano espectáculo de llamaradas azules sorprendía. La poca calidad de la cámara fotográfica que llevaba este mochilero impide apreciar en las instantáneas la peculiar belleza, pero puede asegurar que fue un momento mágico, de los que cualquier humano recordaría toda su vida.


Blue fire

Para resumir el instante: estaba dentro de un cráter, con un lago al lado aunque sin poderlo disfrutar pues era noche cerrada, envuelto a veces en nubes de azufre y respirando de ellas ese peculiar olor aunque aminorado por las máscaras de gas, rodeados de puntitos blancos de luz de las linternas de los mineros trabajando y cortando azufre y las luces azules (blue fire) saliendo de la tierra y abriendo 'en canal' la noche.
Un inolvidable momento.


Minero trabajando al borde del lugar de emisión del azufre (este, sí, con máscara)

Serían las 4,30 de la madrugada cuando el grupo iniciaba el ascenso del fondo, despues de observar cómo los mineros cortaban el azufre a la misma orilla, sin protección de máscaras, con un único pañuelo que ataban a la cabeza. Se iban cruzando con otros grupos que en ese momento descendían y, a veces, dejando paso a mineros cargados que superaban al grupo.
Increible.
Con una linterna en la cabeza que no iluminaba mucho, era necesario subir con cuidado pues en algunos tramos se apreciaba el precipicio rocoso.
Amanecía poco a poco.
En una de las paradas obligadas en el ascenso (sobre las 5 de la mañana, ya amanecido), el vistazo el fondo del cráter era bello: se apreciaba por primera vez el lago azul y el humo de azufre en la misma orilla. Y la inmensidad del cráter de extraordinaria belleza.
De nuevo arriba, en el borde, una última observación paciente, madurada ya por el tiempo transcurrido y los minutos de subida. Se veía a lo lejos, en la ladera interior, algún minero subiendo cargado y se oían conversaciones cercanas entre los mineros descansando arriba. Un instante de relax por haber cumplido con éxito el tramo, y la safisfacción (insatisfecha) por haber visto, en la oscuridad de la noche, la llamarada azul.



El V(B)iajero Insatisfecho, arriba, después de subir del fondo del cráter
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9 de enero de 2017

Trayecto en Sumatra

Bus del trayecto (lo de 'wifi' era una ilusión)

El trayecto de Medan a Padang, dos importantes ciudades en Sumatra, fue largo (unas 32 horas), pesado, 'cansino', perezoso, lento, en un bus que la primera parte del recorrido se averiaba un kilómetro sí y otro también, pero, eso sí, con un grupo de pasajeros nada ruidosos que mejoraban de esta forma el resto de calificativos dañosos para el viaje. Pero fue, y eso le gusto al viajero insatisfechoun compendio de vida, de salud vital indonesia, un muestrario del entorno natural que Sumatra tenía, al margen de las ciudades. El entorno rural. Era (y es) una de las zonas sísmicas más activas del planeta donde 'casi todos los años hay temblores significativos', según decía el libro/guía (Lonely Planet). No sufrió ninguno.
El trayecto fue un libro abierto del paisaje y vida de Sumatra. En los laterales de la carretera, en grandes plantaciones, las heveas -árboles del caucho- algunas de ellas en esos momentos sangrando el líquido lechoso, se alternaban con la campos de palmeras de aceite, y en los jardines o fincas cercanas a los nucleos de población también aparecían palmeras cocoteras. A lo lejos, salvajes, se mostraban además unas palmeras estilizadas con su tronco recto como pértigas, aunque de grosor algo mayor, que parecían alcanzar los 20 o 30 metros de altura o -siendo poetas- rondar el cielo. A veces solitarias, pero las más decenas de ellas en grupos. Bellas, estilosas y arrogantes. Y campos de arroz, en pequeñas terrazas irregulares llenas entonces de agua y con algún lugareño haciendo su labor de plantado. En algún extremo del extenso arrozal una de las terrazas verdes, muy verdes, convertidas en vivero de arroz. De allí, saldrían las jóvenes plantas para hacer el posterior sembrado. Pequeñas casetas-palafito en medio parecían ser de relajo y de olvido de la humedad reinante a su alrededor. Verde todo muy verde, casi brillante, y el día a ratos gris pero tambien soleado hasta que el agua rompía la tranquilidad. La lluvia comenzó a caer repentina, sin previo aviso, sólo el color algo más oscuro de las nubes amenazaba tormenta.
Y todo muy verde, verde la vegetación, las plantas trepadoras rodeaban los postes de la luz, los cables, y asfixiaban al resto de la arboleda. Agua, mucha agua que formaba constantes ríos que se abrían en canales de regadío, donde, a veces, los retretes montados por los campesinos ocupaban las orillas. Retretes rudimentarios, con cuatro plásticos que conformaban el cuchitril, y en forma de pequeños palafitos que facilitaban la caída directa del excremento al agua. La carretera bordeaba al río en multitud de tramos y circulando por ella el pasajero veía un sinfín de pasarelas, puentes maltrechos pero que respondían a su función. Los tejados de hojalata y latón oxidados por la lluvia y humedad eran casi el único contraste al constante verde reluciente y vivo. Y en cada pueblo una mezquita, todas ellas anunciadas a la entrada con vistosos carteles (Masjid Al-Masahud, Mesjid Al-Yunus, Masjid...). No supo por qué unas veces Masjid y otras Mesjid.
Da igual.
Antenas, muchas antenas parabólicas; cada casa, una. Todas iguales, se podrían concretar en 'Sumatra Style'.
Verde y más verde. Algunas plantas de plátanos, en huertos cercanos a las casas, ampliaban el abanico de naturaleza viva. Y en algunos lugares, pinos resinosos, altos, vigorosos, rasgados con grandes endiduras para sacarles la resina mejor, su savia enriquecedora. No parecían ofendidos por el corte pues se les veía fuertes y vitales.
Y en los huertos, limas, papayas, cacao (verde, amarillo y violeta), rambutanes, y más. Muchos viveros con jóvenes promesas de más naturaleza y verdor. No vio la del durián pero la había pues en ciertos tramos de la carretera los lugareños vendían su fruto. Este mochilero tiene especial atracción hacia ellos. Su buen sabor pero su mal olor le motivan ('le ponen') y, además, era el producto fetiche de esta extensa región al sureste de Asia, no sólo en Indonesia.
Y arroz secándose al sol. El producto estrella de todo Asia templando armonías con el hombre, con el pueblo llano. 
Y así, hasta el fin.
Campos de arroz

Antenas parabólicas

Mezquita

Mezquita

Rios

Campos de arroz

Pasarelas


Nota explicativa: Las fotos no son buenas. Estan sacadas desde dentro del bus en marcha.


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24 de diciembre de 2016

Java y Sumatra ¿a que suenan a piratas?.


Islas (miles), volcanes (decenas), terremotos (cientos), orangutanes (muchos), exotismo (variado), revueltas musulmanas (cruentas), tsunamis (desoladores), selvas (interminables), etnias (con muchas raíces),…. Todo esto y mucho más lleva en su mente el viajero insatisfecho al inicio de este viaje a Indonesia, aunque le gusta más hablar de Java y Sumatra. A la vuelta, seguro, traerá otras impresiones mucho más personales y certeras, no tan generales como las planteadas al principio.
A través de sus numerosas islas, el pueblo indonesio está conformado por distintos grupos étnicos, lingüísticos y religiosos. Los javaneses son el grupo étnico más grande y políticamente más dominante. Ha desarrollado una identidad definida por la diversidad étnica, el pluralismo religioso dentro de una población de mayoría musulmana y una historia de lucha. Indonesia es el país con más musulmanes del planeta, aunque tiene islas, como Bali, que mantienen una mayoría hindú.
No quiere visitar el país a la loco, en unos pocos días, sería inútil. Visitará una o dos islas, las que más le apetezcan. El resto seguirá manteniéndolas en su mente como algo posible y futurible. Pero así son los viajes, instrumentos para darse cuenta de que el territorio es inabarcable.
Pero sobre todo, sobre todo lo que quiere es dejarse sorprender.
Lleva en su mochila varios libros para intimar con ellos en las largas noches indonesias; entre ellos, ‘Senderos de libertad’, de Javier Moro, al que tiene un poco abandonado pero con ganas de terminar.
Y así, sin pena ni gloria, tomará el vuelo al lejano Oriente.
Algo es algo.

Copyright © By Blas F.Tomé 2016

14 de diciembre de 2016

Isla de Holbox

Calle en la isla de Holbox

Para llegar a la isla de Holbox, en el yucatán mexicano, era necesario acercarse a la población de Chiquilá. De allí, con intervalos de media hora, salían ferries hacia la isla que más parecía un arrecife surgido del océano. Un centenar de kilómetros antes de llegar a Chiquilá había conocido a tres jóvenes argentinas que también se dirigían, curiosas, al supuesto paraíso. Tomaron juntos el autobús y, desde entonces, por un motivo u otro tuvieron varios encuentros casuales en la isla. Eran muy agradables y para el viajero insatisfecho fueron un destello de alegría y jovialidad. Mientras el mochilero se trasladaba hasta la isla en el ferry, ellas lo hicieron en lancha rápida pero en la búsqueda de un hotel para dormir se volvieron a encontrar. Al final pasaron dos noches en el mismo hotel y se encontraron varias veces en los tranquilos paseos por la pequeña población de Holbox.
El lugar era ideal como punto de partida para conseguir avistar al tiburón ballena pero en aquel momento de la visita las salidas estaban prohibidas por los obligados períodos de descanso para que el bicho pudiera reproducirse con tranquilidad, aunque entonces varios carteles turísticos ofrecían erróneamente el paquete. No tuvo, por tanto, la suerte de realizar una excursión en barca por las aguas cercanas, pero si aprovechó para relajarse en la extensa playa que, tal vez por la época, estaba relativamente tranquila.
El ambiente turístico de aquella pequeña isla hacía que los lugares para dormir y comer fueran por lo general algo más caros que en el resto de México. Son los peajes a pagar, a veces, en los viajes ‘a tu aire’.
La primera noche, poco después de llegar, cenó junto a las amigas argentinas en uno de los restaurantes de la playa. Fue una larga plática sobre experiencias personales en el mundo viajero de cada uno. Ellas habían abandonado el trabajo y monotonía en la ciudad de Rosario (Argentina) para lanzarse en su coche por todo Sudamérica. A México habían llegado en avión desde Colombia, después de haber aparcado su coche allí. Lo tomarían de nuevo al regreso. ¡Qué envidia de viaje!. Este leonés, por su parte, les habló de sus largos recorridos por África y les infundió, o al menos eso le dijeron, el gusanillo de su pasión africana. Algún día irían, se atrevieron a decir, aunque por cuestiones de rutas aéreas les resultará muy caro viajar a este continente.
¡Gracias, Ana, Magda (o Meg) y Carol!.


Playa de la isla de Holbox

La estrecha y alargada isla (unos 20 kilómetros de largo por 1 o 2 kilómetros de ancho) estaba bordeada por una inmensa playa en el lado que daba a mar abierto. Cercanos a la playa, multitud de pequeños hoteles turísticos, construidos la mayoría de ellos lejos de los cánones de los grandes ‘resort’ y manteniendo cierto exotismo como columnas de madera de rudo tallado o techumbres de paja. Recorrió con paciencia gran parte de la orilla arenosa, incluso se metió en el agua a darse varios chapuzones. Fue un largo día de buscada soledad, por otra parte muy habitual, hasta que el sol descendió sobre las aguas cercanas del océano. Y lo hizo con bellas maneras. Entonces, con una cerveza y una sentada en una especie de malecón de cemento moldeado por las olas, se atrevió a internarse en lo más profundo de su alma viajera.


Puesta de sol

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2 de diciembre de 2016

Choluteca, como punto de partida

Graffiti publicitario en Amapala

Nada más entrar en Honduras, procedente de Nicaragua, el viajero insatisfecho se hospedó en Choluteca, o Villa de Jerez de la Frontera de mis Reales Tamarindos de Choluteca, una ciudad muy cercana al Pacífico y al golfo de Fonseca.
Desde la frontera con Nicaragua viajaba en un minibus con dos cholutecanos, padre e hijo, que le contaron anécdotas sobre la ciudad y sobre un español que había construido una urbanización para los más necesitados de la zona, sitio que aún se mantenía en pie y donde perduraba también el prestigio popular del personaje. Siente, en esta ocasión, no poder dar el nombre del mecenas pues, aunque se lo dijeron, su memoria ‘hace aguas’. Le hablaron del paso del huracán Mitch que había afectado, y mucho, a la ciudad y alrededores, incluso le señalaron las zonas más afectadas que mantenían aún alguna casa medio derruida. Los cultivos de camarones quedaron destrozados -en parte ya recuperados- y barrios enteros se removieron bajo un aluvión de lodo.
Manglares, camino de la isla del Tigre

Pero nada especial que ver en Choluteca. Durmió como un lirón en uno de sus hoteles más emblemáticos aunque, por supuesto, de precio 'baratón', y se lanzó a visitar los alrededores a golpe de autobús. Protagonistas de aquella área: la gran cantidad de manglares que eran el hogar o criadero de numerosas aves y demás bichejos. El autobús que le llevaba a la isla del Tigre donde se dirigía, dejándose llevar por las sugerencias del amigo Adalid, conserje del hotel, atravesaba cerca de varias lagunas cuadriculares para el cultivo del camarón y numerosas zonas de manglares. Para arribar a dicha isla era necesario abordar, en el puerto de Coyolito, una de las muchas lanchas rápidas que a modo de transporte público llevaban a las gentes a la isla y, en concreto, a la pequeña ciudad de Amapala, en la base del volcán del mismo nombre.
Amapala tuvo su momento de gloria y apogeo a finales del siglo XIX y primeros del XX y de ello quedaban vestigios como las antiguas casas de madera en las que vivían los grandes capitanes de barcos, marinos y otros personajes de renombre o, al menos, así se lo trasmitió aquel individuo que le abordó en medio de la calle cuando de manera pausada visitaba la zona. Alemanes y franceses llegaron a vivir atraídos por el comercio y hasta se dice que en algún momento pernoctó en la isla el afamado Albert Einstein. Viviera o no viviera allí el famoso científico, el lugar mantenía ese aire trasnochado de tiempos mejores.
Pasó parte del día perdiendo el tiempo por allí y regresó, mediada la tarde, por los mismos medios a la Choluteca que había abandonado a primera hora de la mañana.
 Casas de madera de los marinos, en Amapala
Placa, en una de las casas


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23 de noviembre de 2016

Chihuahua, la ciudad de Anthony Quinn


Antes de nada convendría dejar claro que la ciudad, y el nombre, de Chihuahua no tiene nada que ver con la famosa raza de pequeños perros falderos. En realidad, el topónimo quiere decir “lugar seco y arenoso” y, precisamente, en la zona comenzaba el desierto de tierras áridas que llevaba a Estados Unidos, a Nuevo México y Texas.
La localidad nació con el nombre de San Francisco de Cuellar para luego pasar a llamarse San Felipe el Real de Chihuahua. Se fundó gracias a las riquísimas minas de Santa Eulalia cercanas al emplazamiento, situado en la confluencia de los ríos Chuvíscar y Sacramento. Actualmente, canalizado su lecho con esmero y, en el momento de la visita, con el cauce seco.
Al arribar allí en el autobús que le traía de otra población del mismo estado (Estado de Chihuahua), el viajero insatisfecho se encontró con el problema ya recurrente de buscarse un alojamiento para descargarse del mochilón un rato y pasar alguna noche. Preguntó a un joven vendedor de tacos y perritos calientes que le indicó, cree que con cierta sorna, un hotel barato. Luego resultaría ser un ‘putiferío’. Como no lo encontraba, se acercó en la calle a otro individuo a interrogarle por el sitio. El personaje le miró, y dijo “¿pero en ese tugurio te quieres hospedar?, búscate otro sitio porque de ahí, si sales, sería con lo puesto” (no fueron exactamente estas palabras, los mexicanos hablaban utilizando su jerga). Y le indicó otro hotel de mejor calaña.
Después del alojamiento, todo fue visita, recorrido, miradas, paseos por la ciudad ‘más perra’ de todo México: Chihuahua.
Quinta Gameros

Le pareció una ciudad tranquila, llena de elementos históricos. Incluso situándose uno desde la lejanía, por ejemplo en España, la ciudad tenía cierto recuerdo a películas de vaqueros y mexicanos, a acciones revolucionarias, a paseos a caballo de Pancho Villa y a diálogos mexicanos de Anthony Quinn. Le resultaría difícil definir su sociedad pero tenía algo que le parecía cercano, algo afín.
Visitó la Quinta Gameros, una casa señorial que decían era la mejor muestra de ‘art noveau’, o quizás rococó, en México. Diseñada por un arquitecto colombiano para la familia pudiente Gameros, nunca fue habitada por sus dueños, debido a la revolución mexicana que la confiscaría tres años para instalar en sus dependencias el cuartel general de Pancho Villa.
De allí, a la casa-museo de Pancho Villa, gran héroe de la revolución, eran al menos seis o siete cuadras.
Cerca. Aunque llegó, preguntado y preguntando.
Doroteo Arango Arámbula (1876-1923), así se llamaba, fue un campesino pobre, huérfano, con escasa formación, bandido, líder del movimiento revolucionario del norte (al mismo tiempo que lo hacía Emiliano Zapata en el Sur) y el único que consiguió invadir una parte de los Estados Unidos saliendo victorioso. Murió ‘baleado’ en 1923.
Coche en el que asesinaron a Pacho Villa

Y allí, en su casa-museo, digna de una reposada visita, se podía admirar el coche, cosido a balazos, donde el gran revolucionario murió.
Pero aún había otro personaje mítico en la villa de Chihuahua, y ese personaje era Anthony Quinn. Allí nació en plena revolución mexicana, y allí era venerado entonces. Una estatua, en uno de los parques más visitados de la villa, rememoraba su trayectoria cinematográfica, inmortalizada como Zorba el griego, bailando el sirtaki.
Estatua de Anthony Quinn, en Chihuahua


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11 de noviembre de 2016

Zacatecas virreinal

Zacatecas, vista desde el teleférico

Zacatecas (México) era sin duda una ciudad en la previsión mental de visitas del viajero insatisfecho. Con tanto tiempo en territorio mexicano no hubiera podido justificar a sí mismo el no pisar esta ciudad -y sus calles- llena de referencias históricas, turísticas y sociales.
En el año de 1546 la ciudad comenzó a formarse gracias a que un grupo de españoles descubrió su gran riqueza minera de plata y oro que produjo numerosas corrientes migratorias y auge económico. Y en 1993 la UNESCO declaró su centro histórico como “Patrimonio Cultural de la Humanidad”, siendo la primera ciudad mexicana distinguida en dicha categoría. Hoy es una población de unos 150 mil habitantes, o más.
Hasta aquí, la consulta a fuentes más expertas que los conocimientos del mochilero. A partir de aquí, contará brevemente lo que más le impactó y lo hará con el punto de vista crítico que le pudiera pedir el cuerpo.
Llegó a primerísima hora de la mañana, después de una dura noche de autobús procedente de Chihuahua. Despistado, dormido y cansado se encomendó al buen hacer del primer taxista que pilló en la ‘terminal camionera’ (como suelen decir por allí) para que le solucionara de manera barata la cama de los días siguientes, un hotel económico y céntrico. Pensaba estar al menos dos o tres noches en la ciudad. Y lo hizo bien. El hotel, dentro de la cadena Hostelling Internacional, estaba enclavado en una bonita casa colonial y tenía de todo, entre ello, alguna habitación barata y limpia. Siempre ha pensado este mochilero que un sitio agradable hace también viaje. Era mucha la diferencia entre estar en un sitio cómodo y limpio o en un ‘hotelucho’ con total falta de encanto y lleno de ‘cucas’ voladoras. ¡Que los ha visto!.
Había muchos rincones que visitar en Zacatecas. Nada más bajar a la calle, después de una buena ducha, se apreciaba que la vieja ciudad era todo un vestigio colonial: los edificios, las calles, las aceras y su cuidado corazón central histórico. Se podía visitar la catedral, el palacio de Gobierno contiguo, el templo de Santo Domingo, el Museo Rafael Coronel o la antigua mina El Eden, se podía callejear sin rumbo o subir, como no, al famoso cerro de la Bufa. A éste se llegaba en un teleférico que cruzaba la ciudad desde otro cerro, el del Grillo, más asequible y cercano al centro. Unas bonitas vistas de la urbe en el trayecto y, también, desde el cerro de la Bufa. Allí encontró la figura de Pancho Villa, a lomos de su monumental corcel.
¡Qué sorprendentes imágenes de sus ídolos construyen los pueblos!.

Figura de Pancho Villa a caballo, en el cerro de la Bufa

Desde el teleférico, como si el mochilero estuviera situado en un drone (vehículo aéreo no tripulado), veía el entramado de calles, palacetes, patios y antiguos corrales: todo un mundo que hacía referencia al intenso periodo colonial español.
Entró en el museo Rafael Coronel que ocupaba un antiguo convento franciscano, pasando así de antiguo lugar de evangelización de pueblos indígenas a muestrario de una inmensa (no ha visto otra igual) colección de máscaras de ritual y máscaras festivas. Y visitó la mina El Edén, más parecida a un centro turístico que a una mina real, aunque, a decir verdad, tenía de ambas cosas.
En fin, Zacatecas era, sin lugar a dudas, un ciudad visitable, una reliquia ‘de piedras’ de la época colonial, nada parecido a las ‘piedras’ mayas o aztecas que también pudo examinar durante su recorrido mexicano.

Máscaras en el Museo Rafael Coronel

Catedral

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