12 de octubre de 2021

La zona de Svaneti / Georgia

Las torres de los svan, en Mestia

Necesitó el Google Map, una vez en la localidad de Mestia, en Svaneti (Georgia), para encontrar la Guesthouse Mon Amie que había reservado por Booking. La incomunicación fue absoluta con las dos o tres personas a las que preguntó y se dio cuenta que el idioma iba a ser una gran barrera. Anochecía cuando el viajero insatisfecho descendía de la marshrutky que le traía de Zugdidi, a donde había llegado en similar vehículo desde Tbilisi o Tiflis. Esta zona era el antiguo territorio de los temidos svan, y tan remota que ningún gobernante había querido conquistar. En la actualidad, aun siendo transitada por turistas, seguía con su mística belleza.

A parte de esa característica de zona remota del Cáucaso, tenía sentido visitarla por las famosas torres de defensa (koshki) de los svan. Una de las primeras instantáneas desde la marshrutky, al llegar a la zona, fue para las koshki que aparecían a lo lejos: imponentes, austeras, antiguas y soberbias. Sobresalían sobre las edificaciones más altas de Mestia como verdaderas torres de vigilancia, aunque era difícil explicarse el por qué algunas de ellas estaban tan juntas. Fueron diseñadas para proteger a los lugareños de las invasiones y contiendas locales. Se debe tener en cuenta que hasta hace poco Svaneti era conocido por las venganzas de sangre entre sus habitantes y vecinos.

Picos gemelos del monte Ushba
'Torre del amor', en la ruta hacia Ushguli

Durmió contundente aquella noche en la guesthouse, después de un viaje tan largo (en tiempo) desde Tiflis, pero al amanecer no demoró la inspección de calles y de varias koshki que tenía cercanas, admirando su conservación ya que la mayoría de ellas fueron construidas entre los siglos IX y XIII. En la base de una de ellas, comprobó la existencia de un establo con ganado, en otra, una guesthouse se arrimaba a la torre, pero todas ellas ocupando en el paisaje una imagen de contraste.

La marshrutky a la que se subió también a primeras horas de la mañana para conocer el pueblo de Ushguli, a unas dos horas, transitaba por espectaculares valles llenos de natural belleza. En el trayecto, paró un rato para así fotografiar los espectaculares picos gemelos del monte Ushba (4.710 metros), a las espaldas de Mestia; para visitar una solitaria torre a orillas de un río, que apodaban ‘Torre del amor’, y para permitir que varias máquinas trabajaran en la mejora de la carretera que nos llevaba a Ushguli. Bellas montañas a los lados cargadas de agreste vegetación y ríos que bajaban con fuerza por los diversos valles (de uno se pasaba al otro), conformaron una bonita experiencia visual.

Ushguli, bajo el glaciar Shkhara

El pueblo de Ushguli estaba situado en lo más alto del valle de Enguri, bajo el macizo nevado del monte Shkhara (5.193 metros), el techo de Georgia. Un lugar fascinante. Esta pequeña población tenía 40 antiguas torres svan, que conformaban un conjunto mágico bajo la protección del famoso glaciar; se componía de un conjunto de casas, con techos de pizarra, y unas calles embarradas y llenas de ganado sesteando o simplemente rumiando su buche lleno de hierba de las laderas. En uno de los laterales del poblado, en lo alto de un cerro estaba la torre de la reina Tamar, evocadora torre por lo genuino del poderío de aquella mujer en una determinada época.

Paseos por unas calles con subidas y bajadas, entre piedras y barro completaron la jornada. Había llegado la hora de un kubdari, comida típica de la zona, y del regreso a Mestia.

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21 de septiembre de 2021

Imprescindible capital georgiana


 Panorámica de Tiflis

Llegó a Tbilisi (en adelante, Tiflis), capital georgiana y destino de su avión, sobre la medianoche. La entrada fue sencilla. El policía de inmigración parecía tenerlo claro y no le interrogó más allá de la sencilla pregunta de si tenía los papeles de vacunación en regla. Se los mostró.

Despertó en un barrio de tranquilo aspecto en el centro de la ciudad y se dispuso a integrarse lo antes posible entre una gente a la que no entendía, ni le entendían, ni parecía ser que ello fuera necesario.

Hizo el imprescindible cambio de dinero, de euros a laris, y se embarcó en la tarea de conocer aquella ciudad que había visto por primera vez de noche, cuando entró en ella, procedente del aeropuerto, en aquel coche solicitado al hotel. Lo primero fue abrir el libro/guía que llevaba del país para situarse en el terreno. La guía exponía un recorrido con el que, supuestamente, visitaría los puntos claves de esta urbe caucásica. Precisamente, se encontraba cerca de la plaza de la Libertad donde comenzaba el recorrido. Antes de llegar se encontró con el edificio del Parlamento georgiano que lucía banderas europeas junto a la bandera georgiana, un intento del presidente y de la clase dirigente del país por conseguir los parabienes europeos y desligarse del (real y tradicional) yugo ruso.

El nombre oficial del país era “Sakartvelo”, como recordaba una pegadiza canción, escuchada en todos los lugares y transportes públicos del país. El viajero insatisfecho ante la insistente tonadilla preguntó a un conductor: “¿Qué es sakartvelo?”, y le contestó que era ‘esto’, señalando al suelo y los alrededores.

Plaza de la Libertad

Tiflis era una ciudad de algo más de un millón y medio de personas, no excesivamente grande y con una parte central o casco viejo muy definidos que se extendía entre la plaza de la Libertad, el río Mtkvari y la fortaleza Narikala.

Algunos puntos claves:

La plaza de la Libertad que tenía un nombre en georgiano, como todos los puntos que va a describir, raro y, como no, de difícil pronunciación. La inmensa columna, en el centro de la plaza, estaba coronada por una estatua dorada de San Jorge y el dragón. Bordeando la antigua muralla de la ciudad, muy bien integrada en el conjunto, e internándose por una calle peatonal se llegaba a la Torre del reloj, una edificación que parecía construida a base de retales arquitectónicos, pero que desprendía belleza y extravagancia a la vez, y se había alzado a símbolo de la ciudad. El diseño era del maestro titiritero Rezo Gabriadze. A paso lento pero acalorado llegó a la iglesia más antigua y bonita, la basílica de Anchiskhati. Bajó por unas escaleras y entró en el recinto, con un interior coloreado, aunque oscuro también. No imponían ‘pasar por caja’ al entrar, cosa que en principio le extrañó, luego, según progresaba en el recorrido por el territorio, se daría cuenta de que en la gran mayoría de las iglesias, basílicas o catedrales del país no cobraban entrada alguna. Debían tener un clero menos usurpador que en el que dirige los altares españoles.

Torre del reloj
Puente de la paz

Otro punto -orgullo o vergüenza georgianos, no sabe- era el puente de la Paz, sobre el río Mtkvari: una pasarela peatonal, de un estilo vanguardista innecesario como el propio techo que la cubre, diseñada por el italiano De Lucchi e impulsada por el anterior presidente Saakashvili. A pocos metros, la entrada al teleférico que llevaba a la fortaleza de Narikala, otro de los lugares imprescindibles de la ciudad y que ésta dominaba desde la altura. La fortaleza databa del siglo IV, cuando era una ciudadela persa. Ahora mismo, unas ruinas de difícil apreciación. En lo alto de una de estas murallas derruidas, este mochilero encontró a aquella joven y bella mujer tocando una especie de xilófono que le recordó a Afrodita, diosa griega, o la Diana de los romanos. Y allí, todo integrado como un conjunto desordenado y carente de un llano diseño estiloso, estaba la iglesia de San Nicolás y, también, Kartlis Deba, una especie de estatua de aluminio de veintitantos metros de altura que “acoge con los brazos abiertos al visitante y combate el enemigo con vehemencia”.

Estos puntos de visita, y otros muchos más en el recorrido, completaban una Tiflis, moderna, estilosa, tranquila, caucásica, ambientada y acogedora.

Joven tocando un xilófono, en lo alto de la fortaleza Narikala


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30 de agosto de 2021

En busca de "otra" Marlene Dietrich


Durante el periodo de confinamiento en 2020, por la Covid-19, el viajero insatisfecho decidió dedicar su tiempo a recopilar con ilusión, recuerdos, anécdotas y vivencias de viajes pasados. Su punto de partida fue un relato al que tiene mucho cariño, que mereció hace pocos años el premio del I Concurso de Relato Corto Monasterio de Escalada. Con estos textos previos y las ganas de contar historias que le habían ocurrido en los viajes, se lanzó a escribir un libro que tuviera cierta coherencia, autenticidad y, sobre todo, verdad, aun teniendo en cuenta que la trama argumental partiría de hechos novelados. Resumiría así el argumento:
“Bruno, obsesionado con la actriz Marlene Dietrich, a raíz de un encuentro imprevisto en época infantil, se relaciona con un amigo que le hablará de Waldo, casualmente, conocedor en su juventud de la artista alemana. Ambos se movían en los casinos y cabarés de Las Vegas y Broadway. Actualmente, este personaje disfruta de sus últimos años en Madagascar con una amiga francesa, su petite vedette.
Varios capítulos son escritos del propio Waldo, en primera persona, dando a conocer él mismo su trayectoria. Primero con pasajes vividos durante la guerra civil y, luego, sus andanzas y actuaciones como artista, «hombre de trapo», acompañado de su inseparable mujer, Elsa.
Intentando conocer más y más sobre Marlene, Bruno se lanza a la búsqueda de Waldo por Madagascar. Sufre, en carne propia, los difíciles trayectos por la isla, con carreteras abandonadas y en medios de transporte locales, atestados de gente local que viaja con las incomodidades otorgadas por la explotación y la pobreza. Desde Antananarivo sube a Mahajanga y, de ahí, a Antsiranana. Conoce el norte de la isla y la gran bahía que acogió a la idílica república pirata de Libertalia y se aventura por la isla de Nosy Be hasta localizar a Waldo y su petite vedette. Una vez encontrados, liberado Bruno ya de la obsesión por el Ángel Azul -como fue conocida Marlene- gracias a la originalidad y familiaridad del veterano artista, a su naturalidad y su manera de vivir, decide lanzarse a conocer África continental. Atraviesa el canal de Mozambique en barco y llega a Mozambique, sube por Malawi y se adentra en Tanzania (en todos estos recorridos, cuenta anécdotas reales que le sucedieron y recoge historia y vida de los países que visita). Alimenta, así, su pasión por África”.

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28 de julio de 2021

Georgia y Armenia


En Gori, Georgia, nació Stalin, uno de los mayores enemigos de los georgianos, según algunos críticos. En Georgia nació, también, Eduard Shevardnadze, presidente de su país entre 1995 y 2003. Anteriormente, había ejercido las funciones de ministro de Asuntos Exteriores de la Unión Soviética bajo la presidencia de Mijaíl Gorbachov desde 1985 hasta la disolución de dicho país en 1991. Shevardnadze vino a paliar, en parte, los desmanes, abusos y terribles envestidas que los soviéticos, personificados en Stalin, cometieron con los georgianos.

El monte Ararat, en Armenia, es el lugar que, según el Génesis, sirvió de puerto, después de 40 días y 40 noches de lluvia, al arca en el que Noé y su familia se salvaron del castigo divino. En casi todas las fotografías, las nubes rodean esa cumbre; unas nubes que lo convierten en un lugar de apariencia inaccesible.

Estos dos países con tan larga historia y con tanto acervo cultural serán el destino próximo del viajero insatisfecho.

Llegará a Tiflis, capital de Georgia, y regresará desde Ereván, capital de Armenia. En medio prevé largos recorridos en medios de transporte locales, marshrutkas, minibuses o trenes. Ojea y hojea la guía de Lonely Planet y se encuentra con nombres como Stepantsminda, Dedoplis Tskaro, Svaneti, Khevsureti, Kajetia o Tusheti que le suenan ‘a chino’. Y se pregunta por primera vez: “¿dónde me voy a meter?”.

Así escriben los georgianos:






Y así los armenios:






Complicado, ¿verdad?.

La mochila volverá a ser su castillo de pertenencias, su mansión transportable, su compañera de viaje, y su amiga. La tiene abandonada, dormitando o invernando desde enero de 2020, cuando regresó de su viaje a Costa de Marfil. Ganas tendrá ella y ganas tiene él.

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30 de junio de 2021

Pasión por África


África, ese país soleado del que hablan los documentales, esa realidad teñida de pobreza, de acantilados marrones, de animales con rayas y manchas, de matanzas, inmensidad verde de árboles altos y de copa plana, carreteras rojizas y personas de piel negra y brillante. Ese continente lleno de vitalidad, oportunidades e iniciativas. Esa capacidad de sus gentes para luchar contra las adversidades, para asumir decadencias, apuros y desganas. Ese África es el que va llegando al corazón. Aun sin conseguir entrar en la profundidad de su alma (¿Quién puede entrar en la cueva donde la osa cuida de sus oseznos?), dedicarle un tiempo de observación, teñida de cariño, culpa a todos de sus problemas. Siempre presentes.

¿De dónde eres?, le preguntó a aquel muchacho al atravesar la frontera entre Malawi y Tanzania. «Soy africano», contestó con orgullo, como una identidad de familia, identidad de raza y filiación de territorio, de pueblo. No dijo soy de Malawi, o tanzano. El joven africano, el adulto, la mujer o el anciano que mira de frente lucha, es consciente de su dependencia de la tierra y se siente subyugado por la naturaleza y sus tradiciones. Porque depende de sus antepasados, de los dioses de la tierra, de los seres invisibles que no acreditan existencia, y depende, también, de sus semejantes, del jefe de su poblado o del patriarca de su estirpe. Es un eslabón en la cadena que une los mandatos pasados, con el progreso del futuro. Y, si sabe transmitir, logrará penetrar en el misterio de las cosas de la vida. 

El africano tiene la fuerza material, más que eso, espiritual, aprendida de niño. La mamma protege al pequeño, le alienta en su más tierna infancia y le aplaca en su juventud. 

Háblame de los niños africanos, le preguntó un rapaz hace unos días. Le contestó: «Los niños en África no lloran». Le miró perplejo. Su mirada le acusaba.

África es un continente joven. El niño ha oído hablar a sus padres o a sus abuelos de la lucha por la emancipación. ¿Qué mejor enseñanza que esa? No se les ha olvidado que son púberes en libertad, o que la tuvieron y la perdieron. Ahora, hace un instante, la han vuelto a recuperar, pero según transcurre la frase, la vuelven a perder por el expolio, el manejo y la manipulación que viene de fuera, que interfiere en su rumbo. Pero al momento, las luchas aparecen y África vuelve a retomar las cuerdas de su futuro. Un verdadero diente de sierra, de subidas y bajadas, de ascensos al cielo y descensos a los infiernos de la explotación.   

¡Fuerza, África! Para dejarte aupar si fuera preciso, ¡fuerza, África! Para preservar los valores tradicionales: el sentimiento de pertenencia al clan; el valor para provocar el encuentro personal, ya sea en una reunión bajo la sombra de un tendido de pajas o bajo las ramas de un árbol colosal; la caricia a la mano que te da de comer, llamada tierra, o la comunicación personal, en el diario encuentro en las calles, en las plazuelas o en la huerta que labrar. ¡Fuerza, África! Para luchar contra los tópicos, estereotipos y paternalismos, y salir fortalecida de la lucha.

¿Qué es una pasión? Una pasión es comprensión o entendimiento, pero, también, cerrazón. Su pasión por África tiene mucho de comprensión; de sentir la cercanía; de estudiar los aspectos físicos y las manifestaciones de la sociedad (sin ser antropólogo); de abstraerse a su olor, mezcla de hierbas medicinales, agua encharcada y fuerte sudor humano. La pasión del viajero insatisfecho por África es entender, hablar de su fuerza con naturalidad y quitar miedos preconcebidos. 

Satisfecho de haber logrado conocer un poco el continente, en la variedad de países hasta ahora visitados. De haber sufrido, mínimamente, las inconveniencias de la vida diaria. El día a día africano es, a veces, concienzudo, demoledor y desesperante. Pero, con pasión, difuminó lo sufrido.

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18 de mayo de 2021

Palo de rosa


Hacía tiempo que se explotaba y trabajaba el palo de rosa. Cuando el 
viajero insatisfecho pasó por aquel puesto de artesanía, en Ambanja (Madagascar), observó varias pequeñas vasijas y unas columnas en espiral perfectamente pulidas de esta madera preciosa. Muy fácil de identificar pues sus tonalidades iban desde el rosa débil hasta el más fuerte matiz púrpura. Era una madera especial, que por su delicadeza y características le recordó a otra que pudo ver en Panamá: el cocobolo.


Menuda paliza y sudada se pegó por ayudar a cargar troncos de cocobolo en un 4x4. Serrados para seleccionar el verdadero corazón de la madera, pesaban más que un matrimonio a la fuerza. En La Palma, una coqueta población en la zona del Darién donde se encontraba, había hablado con un ganadero de Quintín para que le acercara a su lejano poblado. Aceptó gustoso, pero en el trayecto tenía que hacer un flete en una apartada finca de difícil acceso. Allá se fueron, a cargar unos troncos de cocobolo para transportarlos a Quintín. La dueña era una mujer simpática, madura y rolliza, con una vitalidad de llamativas formas. Dos hijos, una adolescente joven y un niño en edad escolar, la acompañaban en la entrada de la finca. La joven adolescente con su pelo negro recogido en trenzas tenía unos preciosos ojos. Le miraba y sonreía al son de su timidez. Y allí estaba para disfrutar de la compañía y dispuesto a ayudar, a cargar, si hiciera falta, con todo el cocobolo de la zona del Darién.

- ¿Por qué es tan valiosa? –preguntó.

- No lo sé. Es muy escasa, de buenísima calidad y la compran los chinos -contestó el joven ganadero.

Supo más tarde que aquello era una posible tala ilegal de un árbol protegido como el cocobolo. Debido a su gran belleza y alto valor, este árbol se había sobreexplotado, fuera de parques nacionales y reservas. Entonces, ya estaba en peligro de extinción. Su textura era muy densa y aceitosa, a la vista y al tacto. Con aquella hermosa y carísima madera se hacían guitarras, oboes, piezas de ajedrez, manillas de cuchillo y artesanía que representaba el mundo animal.

Cuando alguna persona se plantee tener su guitarra de palo de rosa, debería pensar que ello implicará un nuevo golpe mortal al hábitat de los bosques en Madagascar. El trabajo de extracción era duro. Localizar el árbol suficientemente grande para talar, podía llevar un día. Luego, estaba el corte, traslado y porte. Un destrozado hábitat que afectará también a uno de los animales más amenazados del territorio malgache, los lémures.

- ¿Quién compra esta madera?

- Los chinos –dijo aquel hombre, sentado a la entrada de la tienda artesana.

¡Vaya, otra vez los chinos!

Al lado, un malgache lijaba una de estas maderas, y le daba formas, sobre un tronco utilizado como soporte. Un serrín rosa bordeaba aquel tronco donde el joven pulía su obra. Sin duda un artífice puesto allí para certificar la autenticidad de lo que en el interior se vendía.

En la zona de Cap Est había una gran explotación de palo de rosa.


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9 de abril de 2021

Atravesando fronteras


Ejemplo de transporte local

Musoma, en Tanzania, a orillas del lago Victoria, no daba para mucho más, aunque esta afirmación esté llena de las ganas que tenía de aterrizar a aquella otra parte de Tanzania donde el recorrido turístico tiene el mayor aliciente, al menos, para mucha gente. En el otro lado, la ciudad de Arusha era centro de expediciones al Serengueti y Ngorongoro. Se levantó sin prisas pues sabía que tomaría un transporte, el dala-dala, pasado el mediodía. Le daba pena abandonar aquel hotel que tenía cierto encanto y alguna que otra comodidad. No muchas. Pero con pena o sin ella, tenía que lanzarse con ánimo y valentía, enfrentarse a la realidad.
Después de comprar el billete en una de las casetas de venta y comprobar que su equipaje quedaba bien situado en el sucio maletero, el viajero insatisfecho se subió al autobús que le llevaría a la frontera y más allá. En el bus ya había un buen número de tanzanos o keniatas ¿quién sabe?, que esperaban su salida. El papeleo en la frontera fue sencillo, aunque le echó un cable el ayudante del conductor, y como su destino era de nuevo Tanzania, en la frontera keniata hicieron el control mínimo imprescindible. En la mayoría de los casos, fueron bastante más estrictos con los propios locales.
Poco después del cruce de fronteras, cayó la noche de un plumazo. Tuvo la suerte de que nadie se sentó a su lado en ese trayecto y pudo viajar relativamente cómodo, piernas estiradas, sin olor humano cerca y posibilidad de ejercitar el cambio de postura sin molestar a nadie. 
Pensó en su mochila grande, la pequeña la llevaba a su lado, que era todo su equipaje. La última vez que la había visto fue antes de cruzar la frontera cuando aquel servicial muchacho (por interés) se la trasladaba, del dala-dala al autobús. En la frontera vio examinando equipajes, sacando unos y metiendo otros en las tripas del bus, pero él -inconsciente- ni se acercó a controlar sus bultos. 
“¡Rezaré porque esté viajando conmigo!”.
En mala hora se acordó de la mochila. Pasados unos minutos, el autobús se detuvo. Desde el asiento que ocupaba, en la mitad del autobús, no llegaba a percibir nada, pero alguien cerca dijo ‘¡Police!’. Se despejó, sin más. Una vez caída la noche, con la tranquilidad reinante en el interior, salvo alguna charla lejana que no molestaba, su cuerpo cómodo se había relajado y estaba a punto de caer dormido. Pasaron unos segundos y el policía debía estar allí, oculto en una casucha situada al lado del control observando al autobús y a su conductor. Miró al que tenía al otro lado del pasillo que parecía decir “no conviene que muestres nerviosismo, debemos comportarnos como si nada, con total normalidad”. Escrutaba también por la ventanilla los alrededores, pero únicamente a la oscuridad negra alcanzaban sus ojos. Algún comentario en el interior se alzaba ante la desconcertante espera, aunque sólo hubieran sido unos segundos, quizás, minutos. Deseaba que apareciera el policía entre la oscuridad para salir de aquella incertidumbre. Como si hubiera leído sus pensamientos, un joven entró en el vehículo por la puerta delantera, algo alejada de donde se encontraba. Portaba un extraño medio fusil, o corto fusil, que parecía llevara incrustado al pecho. Con señas y miradas, quizás alguna palabra que desde donde estaba no oyó, fue ordenando y revisando la documentación del pasaje delantero. Era el único blanco que iba en aquel autobús de negros. Rebuscó en su mochila de mano para dar con el pasaporte, sabiendo que el policía iba a alcanzar su asiento en un corto espacio de tiempo. Con un gesto le solicitó la documentación. Le miró, ojeó el pasaporte y le preguntó por el destino. Le dijo, “Arusha”, en Tanzania. El joven militar siguió revisando al resto de los acompañantes de detrás con su pasaporte en su mano. Al volver hacia adelante, con una seña le indicó que le acompañara. Bajaron del bus. Debía mostrarle -dijo- el contenido de su equipaje, es decir, el revoltijo de calzoncillos y calcetines sucios, sus raídas camisetas malolientes, zapatillas arrugadas y todo el resto de innecesarios cachivaches que portaba al viajar. El ayudante del bus le ayudó a localizar su mochila entre todas las maletas y fardos en los bajos habitáculos. Una vez, localizada y colocada en el suelo, le ordenó sacar despacio su contenido. Otro policía que apareció a su lado, vestido con un sucio anorak deportivo, le pidió el pasaporte. Lo ojeó de nuevo, sin verlo, pues la oscuridad lo impedía y le alargó su mano libre abierta solicitando no supo qué. Puso 20 dólares que tenía en el bolsillo en ella. Como contrapartida le devolvió el pasaporte, le hizo cerrar la mochila, le ordenó subir al autobús y les dejó continuar el viaje en la oscuridad más oscura rumbo a Nairobi. Después, a la frontera tanzana y a Arusha. La ‘mordida’ se había consumado.
Se despertó en Nairobi cuando la tenue luz de aquellos focos le impactó en los ojos.

Copyright © By Blas F.Tomé 2021


8 de marzo de 2021

Las cataratas Tello / Camerún


Escena en el trayecto a las cataratas Tello

Estaba en la ciudad de Ngaounderé, en la provincia central de Adamawa, fundada en 1835 por un clan peul procedente de la vecina Nigeria. Hasta entonces aquella área era dominada por los mbum. De ellos quedaba el nombre del monte y de la ciudad, Ngaounderé (en mbum, “monte ombligo”).

Pasó unos días por aquella provincia sin saber que cada día iba a tener una ocupación distinta. El día anterior había conocido, a unos 25 kilómetros de la ciudad, las cataratas del río Vina, y alternado con una familia mbum cerca del sitio.

Debía ocupar todos sus días en conocer la zona y la moto era una de las mejores opciones. Desayunó temprano, recuerda que era domingo y tuvo dificultades para encontrar un lugar para ello, y se propuso regatear con alguno de los moteros que había por allí sentados, despreocupados, y de risas y charla entre ellos.


Cataratas Tello

Destino previsto: las cataratas Tello, a unos 50 kilómetros de Ngaounderé. Resultó bastante difícil convencer a uno de aquellos moteros para que le acercara al lugar. Para ellos, taxistas de ciudad, el camino al poblado peul de Tourningal, cercano a las cataratas, era demasiado largo. Pero siempre había alguien dispuesto, por dinero, a hacer cosas difíciles, no habituales y, si se presionaba un poco la cartera, imposibles.

Fue un camino largo, sí, pero entretenido, por aquella carretera de tierra rojiza, polvorienta, pero relativamente bien cuidada. No era época de lluvias y eso facilitaba las buenas condiciones de aquel camino terrero. No necesitaron llegar a Tourningal, aunque irían después, para llegar a ‘las Tello’. Se desviaron por un camino de cabras, estrecho y poco transitado. Las cataratas resultaron ser muy interesantes, pero estaban fuera de cualquier ruta turística extranjera y no debía ser un buen día para el turismo local: estaban solitarias y tranquilas. El agua de varios riachuelos cae desde unos 50 metros de altura formando una piscina natural de color verde esmeralda, utilizada –al menos, entonces, lo fue- por rebaños de vacas que se acercaban allí para calmar su sed.


Cataratas Tello

Debajo de la caída, se podía pasear por una enorme caverna que formaba la roca, detrás de la catarata. Incluso un asiento, allí colocado, lleno de humedad y líquenes, podía servir para disfrutar un rato del ruido permanente del agua cayendo de lo alto. Y el viajero insatisfecho se sentó, dejándose llevar por el sonido acompasado, casi musical, del agua.

Tardaron más de una hora en llegar; otro buen rato, perdieron visitando y descansando a la orilla de aquella belleza natural. Se acercaron a visitar y pisar el pueblo de Tourningal, muy tranquilo, sin nada que ver. Ni siquiera pudieron comprar una botella de agua para atenuar la deshidratación del fuerte calor.

Cuando llegaban de vuelta a Ngaounderé era primera hora de la tarde. Misión cumplida. Pagó al motorista lo convenido, y algo más, y se sentó a tomar unos pellizcos de carne cocinada, en unas brasas negras y grasientas, cargados de guindilla y acompañados con una fría cerveza.


Enjambre/colmena tradicional, camino de las cataratas


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17 de febrero de 2021

Trayectos

Trayecto hacia el norte
El paso de los franceses por territorio malgache no fue un camino de rosas, a pesar de que no había sentimientos mutuos de odio, todo lo contrario. Tenía sus luces y sus sombras, sobre todo luces para los franceses y más sombras para los malgaches. En el período colonial, durante la II Guerra Mundial miles de soldados malgaches combatieron al lado de los franceses, junto a otros miles de argelinos. Aunque la participación no era desinteresada, pues más bien parecía una contraprestación para alcanzar al finalizar una merecida independencia, De Gaulle no lo consideró así, lo que provocó una insurrección que tuvo como chispa las selvas malgaches, donde algunos de los soldados recluidos iniciaron la revuelta.

Este tema seguía siendo tabú en aquel entonces y eso que habían pasado más de cincuenta años. Es posible que haya cierto oscurantismo por vergüenza de los franceses que dieron una respuesta excesiva y contundente a aquellos humildes soldados que alentados por fuerzas internas reclamaban lo que, en buen juicio, les pertenecía. La memoria popular e histórica ocultaría aquellos hechos a los malgaches venideros. Unos incidentes que se convirtieron en masacre cuando intervino la aviación francesa y se propiciaron fusilamientos en masa. De ello, aún quedaban testigos. Uno de ellos se dirigió al viajero insatisfecho en aquella especie de pic up, en el trayecto de Mahajanga a donde se encontraba.

- ¿Eres francés? –dijo. Le contestó una negativa con la cabeza.

- Soy español.

Luego, relató que los franceses no fueron buenos en su poblado, a muchos kilómetros de donde transitábamos. Los vazaha (blancos) les obligaban a trabajar las plantaciones de café para luego exportar el producto, lo que produjo mucho descontento y, al final, rebelión. Los franceses, según aquel interlocutor, habían enviado soldados senegaleses a combatir a los insurrectos malgaches en aquella área nororiental donde él vivía. Era difícil entrar en un tema que desconocía, pero desde que le había dicho que era español su semblante se transformó en risueño y tranquilo.

Ahora podría ocurrir lo mismo con las hectáreas y hectáreas de plantaciones de vainilla, aunque hoy en día al margen del hecho colonial francés. Según Winston Churchill: "El pueblo que no conozca su historia está condenado a repetirla”.

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25 de enero de 2021

La casa de los esclavos, en Ilha Moçambique

Una de las calles de Ilha Moçambique

Estaba en Ilha Moçambique, una isla, una ciudad. Aquella mañana encontró lo que buscaba, la casa de los esclavos, documento viviente -o mejor moribundo pues estaba abandonada a su suerte, ubicada en la ciudad de piedra- y monumento histórico que sirvió durante varios años en la época de la esclavitud como lugar de almacenamiento de esclavos. Se mantenían allí por un período indeterminado, bajo un régimen de “cuarentena”, con el objetivo de recuperar sus fuerzas y nutrientes antes de ser vendidos a comerciantes. Según fuentes orales, muchos de los esclavos murieron allí mientras esperaban a sus futuros jefes.

Comercio vil y vergonzoso, en aquellos siglos (XVII y XVIII), no solamente por la intervención de los esclavistas árabes y europeos sino por la responsabilidad de los propios africanos, sobre todo jefes y reyezuelos que, por el sentido de posesión y por intereses también económicos, participaban y facilitaban este mercadeo. Estos jefes africanos consideraban a los súbditos como objetos de su propiedad y comenzaron a intercambiarlos por abalorios, collares o armas de fuego. Primero serían los siervos condenados por su propia ley penal, pero luego se extendería, ante la generosidad de los traficantes, a todos los miembros de la comunidad o tribu en su condición de vasallos. Constituía todo un entramado de caza mayor pues el negrero o esclavista pagaba, como ahora se paga en los safaris de caza, por raptar jovencitas, hombres musculosos o niños con futuro prometedor. No tenían nada más que penetrar en el interior del territorio africano, surtirse de un buen grupo y en condiciones infrahumanas traerlo a la costa donde comenzaba la distribución hacia el exterior en barcos negreros. Obligados a caminar, como muestran algunos documentales, atados y maltratados, al llegar a Ilha Moçambique, a aquella casa de los esclavos que visitó el viajero insatisfecho o a cualquier otro paraje costero, serían lavados y acicalados para una minuciosa y detallada inspección de los compradores. ¡Tremendo!

También conoció la residencia del poeta portugués Luís de Camões que ¡pásmense!, poco antes de su ocupación había sido lugar de subasta de esclavos, donde eran vendidos o comprados.

¡Cuántos recodos tenían aquellas viejas calles!


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5 de enero de 2021

Nocheviejas lejos


De manera tradicional, tras las enseñanzas en la infancia, las aventuras de la juventud y el reposo de la madurez es necesario reconocer que las nocheviejas tienen algo especial. Debemos acudir al Imperio Romano para comenzar a tener datos de su relevancia. Los romanos dedicaban el mes de enero al dios Janus, dios que mira al año que termina y al principio del que viene. Se le representaba con dos rostros, uno viejo y con barba, y otro joven, como el nuevo año que comienza. Este pueblo romano comía ese día con sus familiares y amigos, y se intercambiaban higos y dátiles con miel, con la intención de empezar el año de la manera más dulce posible.

O sea, si es especial la nochevieja, tiene su historia, sus anécdotas y sus tradiciones. El viajero insatisfecho ha pasado varias nocheviejas lejos. Deja aquí, después de cumplir este año 2020 con familiares y amigos, algunas breves historias sobre ellas.

2019 (Costa de Marfil)

Quería conocer la mezquita de Kong, una tradicional mezquita de estilo sudanés. Original construcción y belleza de formas. Estos singulares edificios religiosos se caracterizaban por su material de construcción común: ladrillos de barro reforzados por grandes troncos de madera y vigas de soporte que sobresalían de la pared de manera irregular, sin tallar. Estas estacas de madera, llamadas ‘torones’, se utilizaban como andamios de cuando en cuando, según las necesidades de retocado de sus paredes.

Era 31 de diciembre, estaba en Korhogo a una relativa cierta distancia de Kong y se lanzó a la aventura. Apareció allí sobre las cinco de la tarde, tiempo suficiente para visitar las mezquitas, había dos del mismo estilo, aunque una de ellas, la menos famosa, de tamaño menor. Paseó, sacó fotos y cuando la noche empezaba a caer se retiró al único hotel que había en la población. Allí, tenían organizada la despedida del año para varios invitados y a la entrada habían montado una auténtica terraza con mesas, música y follón.

Se fue a dormir.

Letrero en el hotel de Kong
Mezquita de Kong

2012 (Benin)

“¿Qué estoy haciendo aquí?” se preguntaba sobre las diez de la noche, solo, delante de unos espaguetis a la boloñesa, o algo parecido, con una cerveza La Beninoise al lado, la ciudad norteña de Natitingou al fondo, con escasas luces y en silencio, solo roto por algún que otro bocinazo de los pocos coches que a esa hora circulaban. Era 31 de diciembre (Nochevieja) y acababa de llegar a la ciudad después de un cansado día de bus y baches.

En la terraza del hotel, en Natitingou

2016 (Indonesia)

Era 31 de diciembre en Bukit Lawang, isla de Sumatra, y en el resto del mundo. Madrugó como estaba previsto, desayunó como era necesario y esperó como era de suponer. El guía contratado para visitar la selva y orangutanes se presentó, una vez finalizado el café, con ganas de negociar, aunque -diría- más bien con necesidad de imponer: “la nochevieja es una noche de celebración”. Quería pasarla con su familia.  No había más clientela para pasarla en la selva como había contratado y tenía previsto.

Le miró en principio al muchacho con intención de presionar, pero en una ágil batida mental, rápido encontró sensatos sus razonamientos. ¿Qué haría él en la selva durmiendo al más puro estilo de vagabundo sin techo con un guía para él solo y sin posibilidades de socializar con otra gente?  Aburrido ¿no?. Como lo contratado eran dos días, el guía le ofreció como alternativa dos excursiones mañaneras y tardes de relax en el pequeño poblado repleto ya de turistas locales.

Aceptó, sin más exigencias.

Bukit Lawang

2017 (Birmania/Myanmar)

En la ciudad de Khata, al norte del país. Había llegado en tren desde el norte, desde Myitkyina. Se encontró con una ciudad relativamente tranquila, siendo 31 de diciembre. Una ciudad que acogió a George Orwell a primeros del siglo XX. Allí escribió su libro Los dias de Birmania y, gran parte, está basado en su larga estancia de meses. Allí pasó también este mochilero aquella nochevieja.


Secaderos de pescado en Khata


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3 de diciembre de 2020

Subira, en Mto-wa-Mbu


Después de tantos meses de pandemia, de Covid, de estancamiento, de no poder viajar es necesario escarbar en la memoria para poder escribir sobre algo interesante ocurrido en algún viaje pasado, que no haya recogido ya. El viajero insatisfecho repasa mentalmente Costa de Marfil, repasa Camerún, incluso, lanza su mente a Uganda. Le resulta difícil, y piensa que ‘escriban otros’. 
Se dedicará a leer las novedades de otros y dejará sus recuerdos reposar en el olvido.
Pero se acuerda de aquella mujer, en un lejano viaje a Tanzania, y se resiste a relegar una pequeña mención. Nunca la hizo.
Subira sería, quizás, la mujer con velo musulmán que más incidió en su escondido instinto animal. No había conocido una mujer tan cercana con velo y vestido negro hasta los pies.
Apareció exuberante, insultante en su porte y estilo. Era de padre indio y madre etíope, pura, sin mezclas, eso al menos dijo Jimmy, el guía-conductor. Su piel era negra, brillante y fina como la miel. El pelo, insinuado un ápice bajo su velo, azabache, casi azul. Sus dientes blancos de nácar y ojos centella. La línea de su cara era perfecta y su cuerpo brindaba un canto al sol, moldeado como si fuera de clásico, y turgente como pincelado por ballet. Todo ello oculto por su vestido negro hasta los pies, decorado oro y púrpura. Su mirada era pura dulzura y seducción. Y se movió. ¡Claro que se movió! Caminaba contorneando su cuerpo, aunque oculto bajo el vestido negro, pero visible por insinuación. Se sentó con precisión, a su lado, ocupando los dos, el asiento del copiloto. Con una tímida mirada lateral, más forzada que natural, pareció pedirle disculpas por aquella intromisión. Se mojó los labios con un mínimo movimiento de su lengua.
En la boca del mochilero apareció una sonrisa, donde hasta entonces había silencio y perplejidad ¿por qué? Aquel vestido negro permitía ver, también, sus manos, donde unas delicadas y cuidadas uñas parecían estar hechas para decir adiós o arañar una despedida. O, tal vez, todo lo contrario, para acariciar un reencuentro.
Era más que un cuerpo, un corazón. Era muy bella Subira. Era un espíritu de mujer.
Desde Mto-wa-Mbu, Subira, con sus carnes prietas rozando las suyas, les acompañó hasta Arusha. Allí, se despidió con un ¡bye!, que sería un ¡hasta pronto!

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16 de noviembre de 2020

Playa Jabá / Costa de Marfil

Ya había contado cosas sobre la ciudad marítima de Sassandra, en Costa de Marfil, pero había dejado a un lado aquella tarde que visitó una tranquila playa (Playa Jabá) a sólo unos pocos kilómetros. Se acercó en un taxi compartido, aunque el último kilómetro lo hizo solo, pues sus acompañantes abandonaron antes el vehículo. El taxista le dejó al lado de un camino por el que -le dijo- tendría que continuar unos quinientos metros hasta alcanzar la playa.

Era poco más que una senda entre árboles y matojos. Tenía una bajada pronunciada hasta un pequeño charco formado, casi seguro, por las aguas de un mar embravecido en algún determinado momento. Bordeado éste, se llegaba a la playa. El océano se veía al fondo con algunos barcos de pescadores que cruzaban entonces y se alejaban de Sassandra. Pensó en lo dura que sería su próxima noche pues, según dedujo, la dedicarían a la labor de la pesca.

Deja aquí un video, que relata mejor que el viajero insatisfecho lo que era la playa:

VÍDEO


P.D.: Sumergíos ahora, en época de pandemia, en sus aguas.

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27 de octubre de 2020

Mahajanga /Madagascar

Embelesado y sentado en aquella balaustrada, dando la espalda a un inmenso baobab y mirando a lo lejos el inmenso océano, invadido como se veía por unos entrantes de tierra, estaba insanamente feliz. Se había entretenido hacía un rato con un buen plato de mariscos, refritos y especiados en exceso, pero con sabroso paladar, y aquella cerveza fría ¡ay! Ahora estaba dejando al estómago trabajar, segregar jugos para hacer una buena asimilación, y su mente dando vueltas allá por la ionosfera de la razón.

Había llegado hacía dos días a Mahajanga, en un largo camino ya conocido, desde Nosy Be. Un experto y avispado guía le había sugerido este puerto para hacer la travesía entre Madagascar y Mozambique que quería hacer. Dijo, incluso, conocer servicios especiales desde esta ciudad hacia las islas Comores, y más allá. Lo pensó unas horas, desde la tranquilidad.

Tranquilidad para tratar de descubrir el rumbo personal. Su rumbo.

El caso es que decidió desandar lo andado y volver a Mahajanga. No tenía prisas, y sí ganas de hacer algo que llenara su espacio mental.

El lugar y el baobab tenían encanto. Ya lo había visitado al subir, y pensó que sería un buen punto de reunión con personajes de la mar. Resultaría más fácil entrar en contacto con la gente, pensó. Evitar el calor era también una buena razón para cobijarse bajo el árbol milenario, especialmente cuando aprieta a estas horas de la siesta. El paseo no resultó tan agradable como esperaba, hacía un viento racheado que levantaba una polvareda grisácea en remolinos espaciados a lo largo del camino. Eso sí, aquel marisco refrito desapareció totalmente de su buche y no dio ninguna amargura digestiva. No se veía un alma hasta donde alcanzaba la vista, a pesar de que varias casas aledañas mantenían la posibilidad abierta de que algún espíritu móvil apareciera, pero sus habitantes -imaginó- sestearían o simplemente se protegían del calor y polvo.

Le llevó más de una hora alcanzar su objetivo, pero mereció la pena. Allí estaba el majestuoso árbol, impasible a la ventolera y dignificando todo lo que había a su alrededor, por muy humilde que fuera. Sus dimensiones eran ostentosas, solo el tronco ocupaba un círculo de unos 10 metros de diámetro. Enmarcándolo, a modo de faja, la balaustrada de obra donde estaba sentado, y la parte baja de su tronco, pintada de blanco, no sabe si con el fin de protegerle de parásitos u hormigas.

El lugar que ocupaba no era muy apropiado pues el baobab era el centro de una rotonda que los coches y motos bordeaban, a veces, con un tino desquiciado de conductores de rallys. Un rickshaw se paró y le incitó a la vuelta turística de rigor, algo que desestimó con controlada educación y varios dala-dala gritaron, cuando estaban frente a él, su destino. Como aquella zona, por la hora, no era precisamente un jolgorio, extrajo de su pequeña mochila azul la libreta de notas y se puso a escribir de manera desordenada pequeñas puntillas y anotaciones breves del día. Ya lo ordenaría más tarde.

Cuando levantó la cabeza tenía a dos blancos delante. Le miraron e hicieron un gesto de saludo. Sorprendente esta actuación en África cuando dos blancos se cruzan en la calle o se encuentran en un local, siempre surge de manera improvisada un gesto de saludo. ¿Por qué esa distinción? Eran españoles, con marcado acento vasco. Casual, sorpresivo y raro fue aquel encuentro. Vascos, de Bilbao y Bermeo, pertenecían a la tripulación del “Rosyth” que, según Jon, el bermeano, era como un camión de reparto.

- Traemos y llevamos carga de un lado para otro, desde Ciudad del Cabo hasta Mombasa. De aquí vamos a Beira, Mozambique, dijo.  Si tienes alguna intención de un abordaje, pídenos permiso primero, añadió según transcurría la conversación, en tono de broma, después de que les comentara sus intenciones.

- No. Nosotros no llevamos pasaje, remarcó el otro que llevaba un llamativo Fred Perry rosa. Pero yo que tú me informaría antes en la oficina del consignatario.

Le apuntaron datos, direcciones portuarias, e incluso de manera enigmática, insinuaron ciertas posibilidades. ¡Vaya! No sé por qué me parece que las cosas se están arreglando, pensó de manera optimista. Hablaron largo rato del Gobierno, del SIDA, de los atentados de ETA y de fútbol. Y sí, les vió menos inclinados a prolongadas charlas políticas que partidarios de visitas al campo del San Mamés.

¡Aupa, Athletic!

[Continuará].

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10 de octubre de 2020

Olite, o la historia de Navarra

Olite, Olite, Olite.... ¿de qué le suena? Pues, sí, es un pueblo con historia, con encanto, con calles antiguas, con una plaza poco convencional, con un Parador famoso y un Palacio Real de renombre.
Palacio de Olite


¿De qué le suena?... No sabe. Los viajeros iban, en su Nissan Almera, por la carretera que les traía de Pamplona y a lo lejos de una prolongada recta se veía la esbelta y estilizada silueta del castillo ¿o era un palacio? ¿o era un Parador?

¿O era todo a la vez?

Sede real durante la Edad Media, los gruesos muros y torres almenadas del palacio alojaron a reyes y princesas. Pero la historia se pierde por cantidad de recovecos que a un inexperto como el viajero insatisfecho le resulta difícil analizar, conocer y, por ende, explicar. El complejo tiene mucha historia, seguro, pero también tiene muchas restauraciones que desfiguran bastante la realidad de lo que aquello fue.

Actualmente está dividido en tres partes: Palacio Viejo (actual Parador), ruinas de la Capilla de San Jorge, y el Palacio Nuevo, que es la parte visitable del monumento. Esta parte airosa y pateada por turistas, ávidos de conocer o pasar la tarde, tiene escaleras, minaretes, torres, miradores, patios, galerías o garitas adaptadas. También almenas, cada uno de los salientes verticales y rectangulares dispuestos a intervalos regulares que coronan los muros perimetrales de este castillo y de la mayoría de ellos.

Llama la atención todo, por su experta restauración, pero a este mochilero, sin mochila esta vez, el patio de la Pajarera le resultó simpático, tapado con una red para que, a modo de jaula, los pájaros que había dentro no pudieran escapar. También apreció el patio de la Morera, fácil de identificar por una vieja morera que no puede ser tan ancestral ‘como la pintan’. No hay nada peor que los engaños y con esa morera a cualquier crédulo le tratarán de engañar.

¿600 años? Imposible. Ningún naturalista y experto le dataría con esa edad ¡Vamos a dejarlo en 80 años!

Desde cualquiera de las torres se podía divisar la viña de los frailes que llamaba la atención por su potencial productivo, pero también por su escaso cuidado. Ya hay pocos frailes en los conventos y trabajar, doblando el lomo, no está bien visto ni para los que hacen votos de piedad, pobreza y castidad.


La huerta del fraile, vista desde una de las torres del Palacio

Es muy recomendable visitar Olite, cuna de navarros con ínsulas de historia. Por otra parte, como para cualquier pueblo que necesite buscar sus orígenes.

¡Y dicen que Olite es la capital del vino!

¡Visitad Olite!

Copyright © By Blas F.Tomé 2020


27 de septiembre de 2020

Bardenas reales


Cabezo de Castildetierra / Bardenas reales

Pasaban al lado ¿qué les costaba visitar el Parque Nacional de Bardenas Reales?

Nada.

Y fue un recorrido suave, pero intenso, a la vez; bello, pero un poco deprimente, e interesante, aunque había que positivar el recorrido.

Este mochilero habla en estos términos porque nada más entrar coció la idea de que allí debía cuajar un clima desértico en cualquier estación del año: veranos calurosos, fríos inviernos y ausencia casi total de lluvias. ¿De qué vivirían los labriegos que allí estuvieron asentados? Al menos sus casas, aparecían sembradas y desperdigadas por aquella extensión de tierra seca, polvorienta y, en algunos puntos, pedregosa y desapacible. Aquellas casas solitarias, sus grandes chimeneas, escasa altura del suelo y su construcción mimetizada, hacían pensar en una dura batalla de supervivencia de sus moradores.

Las Bardenas Reales conocidas hace años -de oídas- por el viajero insatisfecho, han sido siempre nombradas como campo de tiro y lugar de maniobras aéreas y terrestres. Y precisamente aquel día de la visita parte de la zona estaba cerrada porque ‘cazas’ del ejército estaban practicando con sus arsenales, o experimentando sus habilidades.

Según el plano informativo que ofrecían a la entrada del parque, hay tres zonas muy definidas: La Bardena blanca, el Plano y la Negra. El recorrido en coche se centraba únicamente en la Bardena blanca que era la depresión central de suelos a menudo blanquecinos, desnudos y de aspecto desértico. Al rodar por aquel territorio parecía estar uno inmerso en una película del oeste americano sin diligencias, ni vaqueros, ni manadas de terneros atravesando la llanura. Se han filmado películas en sus agrestes paisajes, sesiones de fotos con modelos renombradas y hace poco ante estos ojos han pasado imágenes en un videoclip.


Paisaje de Bardenas reales

La visita era totalmente intuitiva, no necesitaba guía y pocas sugerencias previas. Era dejarse llevar por la ruta, por el camino pedregoso y polvoriento y dejarse sorprender por lo que pudiera aparecer detrás de aquellos montículos planos o al lado de las formaciones rocosas.

Lo más fotografiado era el ‘Cabezo de Castildetierra’, icono del parque. Se trataba de un gran pináculo rocoso, tipo de formación denominada cabezo. Hay más en la zona, pero éste era tan fotogénico como Kate Moss. Un cabezo es el resultado y mejor ejemplo del proceso de erosión -viento, lluvia y frío- que durante millones de años han sufrido estos parajes. Se producen porque en la parte superior de la formación rocosa quedan materiales más resistentes a la erosión, como pueden ser la piedra caliza o la arenisca, y en la inferior hay materiales más blandos, como las arcillas.

Se veían muchos coches haciendo la ruta, pocas motos y, menos aún, bicicletas.

En las paradas, fotos, subidas y bajadas.

Poses fotográficas, para dejar huella del paso por allí.


Abandonada casa de labriego, ante el Cabezo de Castildetierra

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