17 de febrero de 2018

Betel, vasijas de agua, thanakha… / Myanmar

Mujer birmana, embadurnada con el thanakha

Al pisar un país, el que sea, un país que mantenga en su vida diaria ancestrales tradiciones, el visitante siempre encontrará cosas que le sorprenderán. Myanmar era un país que aún rezumaba autenticidad, pureza, verdad y realismo por todos los poros, o casi. Un país que lejos de mantenerse apartado del turismo lo estaba sabiendo asimilar. No será fácil. Pero un país que mira a los ojos del foráneo con simpatía ya tiene su mérito ganado, en un mundo globalizado lleno de inconvenientes, desatenciones y desplantes.
Hay cosas que a los birmanos (o gentes de Myanmar) les va a ser difícil de apartar de sus vidas. Son cosas que este mochilero vio como imbricadas en la cultura, trabadas en lo cotidiano de sus vidas y solapadas a sus movimientos más elementales. Cosas difíciles de relegar. Con seguridad aquellos habitantes birmanos de etnias diferentes, de pueblos dispares (bamar, kayan, kachin, karen o moken) no serán tan desleales con sus tradiciones como han sido los hispanos con alguna de las suyas. ¿Qué ha sido de la popular práctica de beber el vino en bota? (ji). ¿Quién se hubiera atrevido, hace años, en la época de los abuelos, a despreciar una ronda y no empinar el codo?. Esta pasión corría por las venas (?) del castellano, manchego, extremeño o catalán. Esto sí que ha sido un irreverente desplante generalizado a una tradición popular.
Pero siguiendo con este pueblo lejano, los birmanos si mantenían aún esas cosas que les unían con su pasado; y entre sí, al presente, sin dejar de proyectar su yo hacia el futuro. El viajero insatisfecho señalaría tres cosas especiales, había muchas más, que le sorprendieron: masticar betel, las vasijas de agua y, también, el thanakha.
Masticar betel era una tradición, seguro, entremezclada con una adicción humana que para el foráneo era difícil de entender. Era un pastiche/potingue compuesto por la nuez de betel, una pasta blanca de cal y unas especias, todo ello enrollado en una hoja que, una vez injerido, los birmanos masticaban sin cesar. Había numerosos puestos de venta en las ciudades, en las poblaciones importantes o en pueblos más pequeños. Era una costumbre, quizás un adictivo vicio que utilizaban para aguantar más, sentirse mejor o, simplemente, por su sabor. Quién sabe!. Sin duda era una de las cosas que más pronto el visitante veía y evaluaba al pisar suelo local. No podía retraerse a esas dentaduras de color negro sanguinolento. Los escupitajos morados y rojizos por todas partes llamaban la atención y terminaban siendo algo habitual para los ojos del turista o viajero.
Quizás, relacionadas con la costumbre del betel (es una impresión, no puede constatarlo) estaban las vasijas de agua que había por las calles, por los barrios y por los lugares más concurridos. Una aparente costumbre que podía partir de la necesidad de enjuagarse la boca después de masticar y rumiar el conocido betel. O, tal vez, fuera una hermosa tradición nacional que pretendía dar agua (gratis) al que lo necesitase. Una amabilidad. Este mochilero tomó multitud de instantáneas de estas vasijas pues su visión le hacía aflorar su escasa ternura natural.


Vasijas de agua, en una calle de cualquier ciudad

Y el thanakha, un ungüento que aplicaban en su cara, sobre todo las birmanas -también los birmanos- para protegerse del sol y como cosmético natural (no exento, cree también, de una dosis de moda temporal). Este producto surgía de frotar un trozo de una rama de un árbol sobre una pulida piedra a la que echaban un poco de agua para que con el frote dejara una fina pasta de un tenue color amarillo. Se aplicaba luego a las mejillas y una raya sobre la nariz. Algunas jóvenes esbozaban bellas figuras o siluetas en su rostro a modo de maquillaje singular.
No olvida, una cuarta: el longyi. La prenda tradicional por excelencia, la vestimenta que a todo visitante llamaba la atención. Los había de todos los colores, lisos, a cuadros o estampados. Los había, además, que identificaban una determinada etnia local. Así, un longyi con rayas horizontales era seña de identidad de los karen. Siendo como era el icono de todas las tradiciones locales, esta prenda merecería, casi, un libro mayor.

Dos instantáneas de las vasijas de agua



Copyright © By Blas F.Tomé 2018

6 de febrero de 2018

Los gatos saltarines / Myanmar (Birmania)

Una de las entradas al monasterio, desde el interior

Que el turismo (o el individuo ejerciendo de turista) es un poco estúpido en todas sus facetas y segmentos es algo sin duda constatable. Cualquiera que se dé una vuelta por ahí y ejerza un poco, solo un poco, de observador se dará cuenta de ello. Y este mochilero cree que se incrementa cuando el individuo/turista se mueve en grupo haciendo las vulgares ‘turistadas’. Debe de haber algo irracional en ciertos movimientos de este personaje, el turista, que siendo europeo, privilegiado social e internacionalmente y con cierto dinero/prestigio en el bolsillo, tiende a hacer el memo en cuanto se encuentra en un país, diría (‘entre comillas’), en desarrollo. Con estas afirmaciones, en apariencia rotundas, este leonés no pretende ser un fustigador con el resto de los mortales/viajeros e inmunizarse así mismo, envuelto en una farsante piel fina, ni tampoco pretende ser chismoso o arrogante enviando dardos envenenados al resto, pero…. 
En los alrededores del lago Inle, en Myanmar, había muchas cosas visitables. Podía uno descender de la barca y contemplar ciertas maravillas, o no, y sin andar muchos metros, incluso allí mismo a orillas del lago. Este era el caso de Nga Hpe Kyaung (monasterio budista del Gato Saltarín). “Este monasterio es famoso por sus gatos saltarines, entrenados para saltar a través de aros en las horas muertas entre recitales de escritura”, según señalaba ‘la lonely planet’ (el libro-guía), pero luego advertía que hoy en día se ven pocos gatos saltando ya que la nueva generación de felinos prefiere dormitar, a diferencia de sus energéticos antecesores, que ya habían pasado a mejor vida.


Cuadrilátero central del monasterio, con gran número de Budas










El viajero insatisfecho entró, descalzo por supuesto, al monasterio del gato saltarín. Dentro, en aquella inmensa sala, toda ella de limpia y oscura madera que no importaba pisar con los pies desnudos (no siempre se podía hacer de manera higiénica), había una buena razón para la visita ante aquella gran colección de Budas en su interior. La gran sala de meditación de madera albergaba estatuas de estilo shan, tibetano, bano y de Inwa (muy antiguas), también de madera y colocadas formando un cuadrilátero en la zona central. Había una, sobre todo, muy venerada pues multitud de birmanos se postraban ante ella al entrar al monasterio. Al fondo había otro Buda que sorprendía por la ofrenda que tenía ante sí: una enorme sandía que incluso, a aquellas horas de la tarde, apetecía saborear. 
Pero a la derecha, nada más entrar, sobre una gran jarapa/alfombra había dos o tres gatos adormilados, sufriendo, uno de ellos, las caricias de dos jóvenes rubios (él y ella) que ensimismados no paraban de atusar la piel al paciente felino. Otro de los misinos permanecía tumbado, con la evidente desidia impuesta por la monotonía de la tarde. Pero hete aquí que un grupo de turistas nórdicos, por su pinta, daneses o noruegos (¡o a saber!), entró en el recinto en tropel. Uno de estos individuos al localizar a los animales, cámara en mano, se dirigió al gato (¿saltarín?) para hacerle unas decenas de fotos. Se acercó aún más, y le propinó al animal unos tiernos golpecitos (“¡levántate y salta!”, parecían decir) ante la pasividad gatuna. Insistía en su terca intención con sucesivos toques de atención al gato, mientras éste le observaba con felina mirada. Fotos y más fotos, de este individuo y del grupo de descendientes de antiguos germanos o sármatas que le acompañaban, a los felinos allí adormilados. Sin duda, el guía les había contado la anécdota sobre el monasterio y sus gatos domesticados, o habían leído ‘la lonely planet’. Sin duda, el veterano europeo quería llevarse a su tierra natal la foto del gato saltarín, haciendo cabriolas exclusivas para él. Pero no fue así. 
¿El turismo es estúpido, o no?. 
Este humilde mochilero no puede enseñaros una foto de los ‘gatos saltarines’ (?) pues por despiste o vergüenza ajena olvidó hacer.

Uno de los Budas con una sandia como ofrenda



Copyright © By Blas F.Tomé 2018

26 de enero de 2018

Lago Inle / Myanmar (Birmania)



El barquero 'malabarista' recibía al llegar al lago

Era uno de esos sitios que no pensaba pisar al iniciar el viaje a Myanmar (Birmania). Tan cacareado lugar parecía estar fuera de las aspiraciones del viajero insatisfecho, pero no siempre uno hace caso de sus deseos pues, a veces, se deja llevar. De Mandalay, pensando tomar rumbo sur, la gran parada podía ser algo parecido al lago Inle.
Y así fue.
Llegó, después de un largo viaje en minibús, a última hora de la tarde. El sol ya caía hacia el horizonte cuando sus pies pisaban por primera vez el ribereño pueblo de Nyaungshwe (¡vaya nombrecito!). Un tradicional pueblo birmano convertido en un concurrido centro de viajeros, con pensiones, hoteles y guesthouse de todo tipo y calaña. Dejó su mochila en la habitación de un barato hotel del pueblo y de inmediato, antes de que viniera la noche, se dirigió a curiosear para enterarse de cómo sería el acceso al lago. Bajó por una polvorienta aunque cuidada calle y, en pocos minutos, estaba observando el inmenso movimiento de gente y las alargadas lanchas -unas aparcadas y otras llegando con turistas a los múltiples muelles- que construían la típica imagen de 'turisteo' masivo aunque, debe decirlo, no a una escala de escándalo. El ruido de motores de las long-tail (larga cola), como se llamaba a estas barcas características de la zona, y el alboroto de conductores y guías turísticos convertían el momento, en un tanto repulsivo. Pero era el precio que había que pagar al visitar un lugar que había crecido exponencialmente como destino turístico. Una inspección sana al muelle pero que no sirvió para concretar nada sobre la actividad para el día siguiente. Fue el mánager del hotel, un simpático birmano, quién le recomendó al propietario de un lancha que sería el encargado de mostrarle el lago en toda su extensión o, al menos, en parte.
Se arregló el precio y el asunto quedó zanjado.

Canal y ambiente de donde partió la 'long-tail'

Eran la 8 de la mañana cuando, bien desayunado ya, abandonaba el hotel con el barquero recomendado. Atravesaron el pueblo a buen ritmo mientras comentaban torpemente algunos extremos de la futura excursión fluvial. Tenía su long-tail en un estrechísimo canal, casi regato, rodeado de casas humildes, donde mujeres locales se afanaban en lavar sus ropas a golpes y estrujes. Como viajero poco amigo de situaciones ‘turisteras’, ese ambiente local, sin filtros y natural, le pareció un buen inicio de travesía.
Y desde ese estrecho canal, lleno de normalidad y vida auténtica, ya subidos en la lancha, partieron hacia otro canal más grande, pasaron por los muelles que vomitaban decenas de lanchas y, a gran velocidad, abordaron la zona donde el lago adquiere ya una gran amplitud. Allí le esperaban -al resto de las embarcaciones también, por supuesto- los pescadores equilibristas o malabaristas, que buscaban ofrecer (por supuesto a cambio de un dinero) la imagen que el viajero documentado tendría ya insertada en su mente. Era una instantánea que vendía, pero no una imagen real. Imagen oriunda que sorprendería a los primeros que tuvieron la suerte de pisar este lago peculiar, pero que ahora era la oferta devaluada de una vida real ya caduca.

Joven pescador manejando de manera tradicional su canoa

Pero, además, de este momento turístico había otras instantáneas que se hacía necesario recoger: pescadores moviendo con habilidad sus remos con pies y piernas; la pesca a base de golpes de superficie; aquella anciana en su pequeña canoa de remos inmersa en la pesca con artes tradicionales; los numerosos palafitos; poblaciones lacustres en las diversas orillas, y barcas familiares que trasladaban enseres no sabe dónde. Todas eran imágenes vivas, reales, de vida local, nada turísticas, daban la sensación de un mundo lejano y rústico que todavía no habría sido infectado por la malsana y tan pregonada globalización.
El día transcurrió entre el disfrute por la tranquilidad de la gente que vivía en sus orillas, entre las tiendas de artesanías en los palafitos cercanos (donde el barquero recibiría una comisión, seguro), visitas a mercados flotantes y no flotantes, y a pagodas y monasterios budistas de la zona que sin duda tenían su interés. Fueron ocho o nueve horas de sensaciones extrañas, de mundos diferentes, de tranquilidad extrema y, como no, de sanas vivencias que quedarán en la mente de este mochilero leonés.
¡Daros una vuelta por allí!

Palafitos
Hombre, en su canoa

VÍDEO


Copyright © By Blas F.Tomé 2018

9 de enero de 2018

Trayecto en barco a Mandalay




El barco navega el río Ayeyarwadi-Irawadi

Era noche cerrada, 5 de la mañana, cuando el barco abandonaba Katha en dirección a Mandalay. El rio Ayeyarwadi (Irawadi) era como la columna vertebral de Myanmar-Birmania, de norte a sur, y el barco comenzaba a surcar sus aguas. No se veía absolutamente nada, solo los intermitentes fogonazos de un foco en la proa, lanzados primero a una orilla y luego a la otra dejaban un toque festivo a la noche en el gran río. !Como recordó aquel viaje por el Amazonas de hace ya muchos años, pero con el mismo sistema de navegación nocturna!.
El viajero insatisfecho había llegado a Katha en tren desde el norte, desde Myitkyina. Se encontró con una ciudad relativamente tranquila (todo lo tranquila que puede ser una ciudad asiática). Una ciudad (!como debía haber cambiado!) que acogió a George Orwell a primeros del siglo XX. Allí escribió su libro 'Los dias de Birmania' y, gran parte, está basado en su estancia allí. Varios edificios que aparecían en su escrito siguen en pie (así lo señala el libro-guía) aunque, si bien se imaginó que fueran algunos de los que vio esparcidos por la ciudad, no puede asegurarlo. Ninguno está señalado como tal ni son atracciones turísticas al uso.
En el trayecto del barco tenía puestas sus expectativas para poder avistar algunos, de los pocos que deben quedar, delfines Irawadi, un pequeño cetáceo muy amenazado de extinción. De morro corto y redondeado, caza en lagos y ríos pero su coexistencia con los humanos corre peligro. No pudo verlo en todo el viaje, cosa por otra parte predecible. Ya tenía muchas dudas antes de iniciar su descenso del río.
Según iba amaneciendo, como fondo el ruido del motor (tuc-tuc), la escala de grises y negros aparecía en el horizonte: gris claro el cielo, más oscuro el agua y negras las orillas selváticas o de espesa vegetación. Todo se iba aclarando cuando la luz que filtraban las nubes iban llegando al lecho del río. No apareció el sol en todo el viaje, la neblina permanente y la llovizna constante acompañaron todo el trayecto.
Una joven birmana sube sacos de carbón vegetal al barco

Lluvia suave pero molesta que impidió, seguro, que las lejanas orillas mostraran toda su viveza y vitalidad. Aun así, pudo contemplar muchos hombres en canoas pescando cerca de la orilla, algún rumiante despistado visto de lejos, y pequeños poblados y más cabañas solitarias. El gran barco fluvial paraba de trecho en trecho a recoger pasajeros, toda una maniobra de habilidad sin disponer de un puerto de amarre apropiado. Se enfrentaba a baja velocidad a la orilla, y la ladera servía de freno al barco que luego, a base de motor, conseguía orillarse por completo. Subían grandes paquetes, de no sabe qué, maderas de teca, sofás fabricados también en madera (pesados, por los gestos de los que los cargaban), bultos con verduras, sacos de carbón vegetal, y subían y bajaban pasajeros a través de una tabla que un operario se encargaba de colocar.
El tiempo transcurría lento metido en aquel cuchitril (tuc-tuc, tuc-tuc), supuestamente de primera clase, pues la permanente llovizna impedía disfrutar de la baranda exterior. 
La hora de comer había llegado. El barco se acercó a la orilla, donde un grupo de mujeres esperaban preparadas con todo tipo de viandas y productos. Este mochilero saltó, por primera vez, a tierra para proveerse de un bol de arroz, con carne y verduras (!buenísimo!).
La tarde, más de lo mismo (tuc-tuc). Recogían y dejaban pasajeros, subían y bajaban enseres a la orilla, y la monotonía invadía al mochilero que le hacía ensoñar. 
Era, de nuevo, noche cerrada cuando el barco atracaba en el puerto de Mandalay. Fueron 14 horas de travesía que la permanente llovizna empobrecía el placer vivido. !Pero la naturaleza tiene estas cosas!. Lo que da por lo que quita.

Preparando al viajero el bol de arroz


Copyright © By Blas F.Tomé 2018

25 de diciembre de 2017

País de ‘la revolución del Azafrán’


Si hay algo que todo el mundo recuerda del país dónde va a viajar en pocos días es la ‘revolución del azafrán’. A mediados del 2007, el precio del gas natural subió en el país un 500% y el del petróleo un 200% lo que produjo alzas generalizadas de los precios, desde los billetes del autobús al arroz. A finales de agosto, un grupo de manifestantes de la “generación de 1988” (llamada así por los enfrentamientos, con centenares de muertos, en esa fecha concreta) fue arrestado por organizar una marcha contra la inflación. Las protestas aumentaron tras el 5 de septiembre, cuando los monjes denunciaron el aumento de los precios en una manifestación en Pakokku. Como respuesta se formó la Alianza de Monjes de Toda Birmania que calificó al Gobierno de “maligna dictadura militar”.
Poco a poco, con este texto inicial, el viajero insatisfecho ha ido mostrando su próximo destino: Birmania o Myanmar. Myanmar o Birmania. Tanto monta, monta tanto. Y es tanto así que un prestigioso libro-guía como la Lonely Planet pone en portada Myanmar, en letras grandes, pero debajo, en tipografía un poco más pequeña y entre paréntesis, Birmania.
Habría que decir que este hecho histórico de la ‘revolución del azafrán’ no fue ni azafrán ni revolución. De entrada, los monjes birmanos llevaban túnicas de color granate, no azafrán. Lo revolucionario de los acontecimientos, según dice el libro-guía, fue que, por primera vez, los hechos fueron difundidos por vídeo ilegalmente a través de la televisión por satélite o internet. Verdad es, porque este mochilero recuerda perfectamente las crónicas que sobre aquellos acontecimientos retransmitían los noticieros españoles, sacadas, o implementadas con imágenes de las televisiones por satélite.
Ahora, aquello parece tranquilo de revoluciones aunque no de noticias. Entre las últimas, el éxodo de los rohingyas, un pueblo de religión musulmana dentro de un país esencialmente budista. Un pueblo que algunos dicen "sin Estado y sin amigos" en Myanmar, de ahí que miles de ellos estén huyendo hacia la frontera de Bangladesh. En enero de este año, 13 premios Nobel criticaron abiertamente en una carta a la premio Nobel de la Paz, Aung Sang Suu Kyi, quien tras dos décadas bajo arresto domiciliario lidera ahora el gobierno de Myanmar. Y la critican por su pasividad ante este éxodo, casi un exterminio.

Huida de los rohingyas hacia Bangladesh



Copyright © By Blas F.Tomé 2017

15 de diciembre de 2017

Noventa y dos días (libro)


Desde hace unos días, ‘Noventa y dos días’ ha pasado a ser su libro de cabecera. El título hace mención a las jornadas que el autor, Evelyn Waugh, se pasó en un país y en una zona, para él, totalmente desconocida, la Guayana Británica.
Y ha pasado a ser el libro que ocupa los primeros minutos de cama de algunas noches por varios motivos. El primero de ellos porque esta zona de Sudamérica es también un lugar totalmente desconocido para el viajero insatisfecho. Segundo, porque de este autor ya había leído hace algún tiempo ‘Gente remota’, libro que le encantó, y contaba la aventura africana del autor en la que cubrió para el periódico The Times los acontecimientos de la ceremonia de coronación del Emperador de Etiopía Haile Selassie, en 1930, para luego realizar un trayecto primigenio por otras zonas africanas. Y por último, cuando encontró el libro, en aquella librería de segunda mano, recordó un ‘post’ de uno de sus amigos viajeros (Carlos el Viajero) que contaba detalles de otra Guayana, la francesa. Por cercanía y nombre lo convirtió dentro de su mente en interesante.
Y lo compró.
La Guayana Británica está situada al norte de Brasil “y comparte con éste territorios de la Amazonía. Con la irónica y brillante pluma a la que nos tiene acostumbrados, el autor va describiendo el recorrido por tierras extrañas, a pie y a caballo, atravesando ríos, cruzando sabanas y selvas, subiendo y bajando colinas y montañas, visitando misioneros y negociando provisiones con indios y mestizos, durante noventa y dos días. Los días que dura este viaje”, según breve reseña en la contraportada del libro.
Y es así. El libro -el autor- cuenta ese viaje con pelos y señales de los hechos que van ocurriendo y las anécdotas que van sucediendo en el transcurso de los días. El trayecto es difícil, a veces anodino, pero la pasión del autor a la hora de vivirlo y contarlo le dan otra dimensión a estas líneas. Aún va por la mitad del relato, y más o menos por la mitad del recorrido del autor, pero anima a cualquier viajero que le guste leer a pasarse por estas líneas.
Evelyn Waugh tardó unos meses después de su viaje en ponerse a pasar al papel su aventura, no sabe este lector si fue por desgana, pereza, falta de tiempo o por algún otro motivo, aunque de su escrito se deduce lo primero.
Así cuenta al inicio su decisión: “La noche pasada, a última hora, llegué a la casa que he tomado prestada y me instalé en completa soledad en las estancias abandonadas. Esta mañana, nada más acabar el desayuno, dispuse sobre el escritorio un montón de folios, papel sacante limpio, un tintero lleno (ahora parece raro citar estas cosas, todo se hace a través de ordenador), mapas doblados, un estropeado diario y un montón de fotos. Después, sin apenas ganas, me fumé una pipa y leí los periódicos […]. Ya no aguantaba más. No había nada que hacer salvo comenzar a escribir este libro”.



Copyright © By Blas F.Tomé 2017

30 de noviembre de 2017

La tierra de Oz (libro)


Se le acaba de caer de las manos ‘La tierra de Oz’, de Manu Leguineche, pero no porque el libro fuera malo (tampoco es bueno, conoce otros mejores) sino porque acaba de terminarlo. El libro trata sobre un viaje, pareciera de evasión, a Australia, un recorrido desde la ciudad norteña de Darwin hasta Sidney pasando por Adelaida, en el sur. Así comienza el autor el relato: “Oz, sobrenombre cariñoso e irónico de Australia, inspirado en el país del mago del mismo nombre. Los australianos se llaman a sí mismos ozzies, o también aussies”.
No tenía ni idea de tal apodo, aunque hace unos días tomo conciencia de nuevo de él al oírlo en un programa documental de La 2.
¡Qué cosas tan casuales!.
No conocía de nada este libro y lo adquirió de segunda mano en una de esas librerías que últimamente aparecen como churros por los barrios de Madrid. Estos ejemplares, aún en apariencia nuevos, suelen oler a polvo rancio, a suciedad añeja pero debe ser ese tufo ya impregnado en el papel que ha ocupado años y años un sitio en estanterías de casas moribundas. Cree. Consultó en Wikipedia las obras de este gran periodista y ‘La tierra de Oz’ no aparece entre ellas. Debe de ser un libro menor.
Se lee bien, no se hace pesado y cuenta anécdotas sobre un país que pareciera haber nacido hace pocos años. Pero lo que le ha llamado al viajero insatisfecho la atención es la descripción que hace sobre la ciudad de Sidney que, sin ser una joya literaria ni imaginativa, le ha gustado y, en cierto modo, le ha incitado a visitarla, aunque no lo tiene previsto, por el momento.
Sidney vive de puertas hacia fuera. ‘Sólo entran en casa para orinar, y eso desde hace muy poco’, aseguraba un humorista. La arquitectura no es gran cosa, tal vez porque, como afirmaba el urbanista Richard Johnson, la topografía y el puerto son tan impresionantes que ‘hemos ignorado la arquitectura’. Las casas pueden ser vulgares, pero la luz es pura, esa luz alabastrina de invierno que se diría procede de las heladas montañas de la Antártida para iluminar las alas blancas del palacio de la Ópera […]. ‘Mi impresión –escribía en 1921 Lord Northcliffe- es que hay demasiadas diversiones. No se parece en nada a lo que tenemos en casa’. 
[Sus pobladores] son cáusticos y se consideran el ombligo del mundo. Entre los chistes que circulaba hace ya años estaba el del agente del censo que preguntaba a una mujer cuántos hijos tenía y ésta respondía: ‘Cinco, dos viven y tres residen en Melbourne’…..”.

Copyright © By Blas F.Tomé 2017

18 de noviembre de 2017

Los ‘karamojons’, un pueblo tradicional en el norte de Uganda

Interior de una 'manyata', observad el vallado

El joven guía hablando con el jefe del poblado 'karamojon'

Tenía referencias sobre ellos, sobre los ‘karamojons’, pero quería conocer algo más o, ya que se encontraba donde se encontraba, al menos hacerles una visita, más por curiosidad que por resolver algún problema antropológico. Para eso ya están los antropólogos. No podía perder la oportunidad estando, cuando lo pensó, en Soroti, relativamente cerca. Allí había llegado desde la ciudad de Gulu, en la zona norte de Uganda, lejos de parques nacionales y, por consiguiente, alejado de rutas turísticas. Soroti era una reposada ciudad -todo lo reposada que puede ser una ciudad africana- una pequeña población con pocas cosas que ver. Eso sí, estaba hospedado en un hotel barato, casi nuevo, limpio y donde los empleados, sobre todo ellas, le trataban a cuerpo de rey. Por este detalle, casi pasa más días de la cuenta en el lugar (estuvo únicamente dos). Para acercarse a la región karamoja, tomó muy cerca del hotel, después de un copioso desayuno, un taxi-compartido (parecido a un ‘matatu’ pero más pequeño) que le llevaría hasta la población más grande de la zona. Fueron más de seis horas por un camino sin asfaltar, la mayoría de las veces dando tumbos dentro de aquel coche atestado de pasajeros, mala medicina ésta para su siempre dolorida espalda. Pero, sin problemas. África es así. La ciudad de la región karamoja a la que se dirigían era Moroto, al pie de las laderas de un monte homónimo. Ya muy cerca de ella, a unos 12 kilómetros, el coche comenzó a pisar carretera asfaltada, y en buenas condiciones, pero ya era tarde para los dolores de espalda que el mochilero llevaba después de tan largo trayecto.
Esta región semiárida, se extendía a lo largo de 28.000 kilómetros cuadrados de superficie, limítrofes con Sudán y Kenia, según decía el libro-guía (la Bradt). En ella se practicaba el pastoreo trashumante: hombres y animales se desplazaban a través del paisaje en busca de pastos y agua, sobre todo, durante las estaciones secas. Las gentes ‘karamojons’ vivían aún de forma tradicional, como pudo observar el viajero insatisfecho en su paseo por uno de sus poblados, aunque -según informaciones- debido al efecto combinado de la sequía, las inundaciones, los conflictos y los tipos de administración de tierras, la vida pastoral tradicional de los ‘karamojons’ estaba cambiando. Estas gentes, estaban en conflicto constante -en la actualidad, menos- con sus vecinos en Uganda, Sudán y Kenia debido a las frecuentes incursiones para realizar el pastoreo y también, como no, para robar ganado. Podría ser en parte debido a una tradicional creencia que otorga a los ‘karamojons’ el ganado por un derecho divino. Era, además, territorio hostil, había muchas armas y con ellas el peligro latente aumentaba. Fuera por lo que fuere esta zona siempre estuvo al margen de las atenciones gubernamentales, y un poco alejada de leyes y servicios. En aras de la verdad debería decir que en la actualidad esa actividad conflictiva había aminorado, en especial desde que el gobierno ugandés se había decidido a confiscar la gran mayoría de armas de fuego.
Contrató un guía local en Moroto para su ansiada visita. Era un simpático ‘karamojons’ que hablaba inglés (solían hablar únicamente su propia lengua) y conocía a la perfección a las gentes del lugar. En una moto -este leonés ‘de paquete’- se acercaron a uno de los poblados, en medio de una extensa llanura a unos 25 kilómetros de la pequeña ciudad. Primero por una carretera asfaltada pero luego por un camino de baches donde su espalda comenzó de nuevo a sufrir. El poblado estaba completamente vallado por un tupido entramado de palos dispuestos de manera entrelazada y ordenada: las célebres ‘manyatas’. Dentro del vallado general, cada familia construía otro cercado para su choza y las de sus hijos, pues estos adquirían una evidente independencia al subir de grado en su virilidad. Los ‘karamojons’ luchaban para conseguir su futura mujer, y podían tener varias, hecho que concedía al afortunado (‘?’) cierto poderío social.
¡Qué se le iba a hacer!. Las tradiciones mandaban.
Paseó por aquellos callejones llenos de un tradicional encanto y una cierta tranquilidad y quietud, a veces suspendidas por un grupo de niños que corriendo y riendo festejaban la presencia del extraño. Saludó a mucha gente que le recibía con amabilidad (iba acompañado por un conocido joven) y celebraron con risas, cantos y bailes su estancia en el poblado.
¿Podía este mochilero pedir más?.

Un grupo de jóvenes 'karamojons' salta y baila


El V(B)iajero Insatisfecho salta con un grupo de niños 'karamojons'

VÍDEO



Copyright © By Blas F.Tomé 2017

5 de noviembre de 2017

Pigmeos batwa, o algo parecido

El grupo de pigmeos en el recibimiento

En plena selva, en lo más espeso y recóndito de la selva ugandesa, existían tribus de pigmeos, lejos de toda civilización y en un excelente entorno verde, dedicados a la caza de monos y reptiles, y a la recolección de miel.
Así debería haber sido la visión del viajero insatisfecho a la tribu de los pigmeos batwa, en las inmediaciones de la ciudad de Kisoro. La realidad fue muy distinta y lo que se encontró nada tenía que ver con la dignidad y costumbres de un pueblo, más bien tuvo que ver con una pobre gente acosada por la suciedad, marginación, minados por el alcohol y desplazados de su selva natural por el bien de no se sabe qué cúmulo de intereses. Desde niños deberían aprender a cazar, buscar alimentos y autoabastecerse del medio natural que les debería rodear. Pero, no. Nada que ver. Su pequeña estatura, sus primitivas costumbres y sus creencias excesivamente supersticiosas los convirtieron en un blanco fácil para las poblaciones vecinas, que los expulsaron de su entorno selvático y atrajeron a sus cercanías para una integración ‘de risa’.
Cuando se acercaban al lugar, a las afueras de Kisoro, el joven guía le comentó que aquellos que se veían en lo alto, al lado de unas casas en apariencia a medio construir, negras, sucias y grasientas, les estaban esperando para darles la bienvenida. Se puso a la defensiva. ¡Estaban advertidos de la visita!. De inmediato, se puso expectante ante una posible y ya recurrente ‘turistada’, como así sería. ¡No aprende!. Cada vez que en un país ha visitado una antigua tribu en peligro de extinción había salido un tanto asqueado. Se temía que esta vez también lo fuera.
Nada más entrar en el recinto, una especie de cuadrilátero cerrado por tres lados con lamentables construcciones, el olor a suciedad vieja ya tiraba para atrás. Al fondo, un grupo de pigmeos, sucios, deshilachados, hombres y mujeres, niños, todos ellos con aquel tufo que desanimaba a cualquier roce o contacto.
Comenzó el momento de la supuesta bienvenida y cada vez le repelía más la situación.
¡No aprenderé!, se decía.
Mientras el guía local se afanaba en explicarle la situación, el momento, en un inglés difícil de entender, él se esforzaba en mantener la calma y una fingida media sonrisa para evitar ser un maleducado. El instante en el que comenzaron los bailes y cánticos, supuestamente pigmeos, fue aún peor. Ver a uno tocando el tambor; al otro, una especie de guitarra española, y uno más soplando por un tubo de bambú (lo más auténtico) era patético y desagradable a la vez.
¡Qué mal se sentía presenciando aquella maldita ceremonia!.
El ambiente desprendía un asqueroso hedor a orín, sudor rancio, putrefacción y grasa añeja, la grasa de la miseria. Se esforzó por no vomitar. Descrito así pareciera desprecio. Pero no, era pena, lástima de aquel grupo pigmeo, despreciado por el resto de la sociedad. Borrachos, andrajosos, drogados y sucios.
¡Lástima de pueblo!.
Uno de los pigmeos, diría uno de los auténticos, pues había de todo tipo de desahuciados, se arrastraba por el suelo como poseído. Sudaba. Sudaba él y sudaba el resto de bailarines.
Le pidió al guía que terminara ya el recibimiento que se alargaba muchos minutos. Pero en ese afán de los pobres pigmeos de ganarse los parabienes del visitante, el ridículo pasó a otro juego: el juego de la caza. Con un pequeño arco que recordaba (y lo era) un arco infantil artesano y endeble, simularon una cacería en la selva (en realidad, en aquel corral de suciedad y mugre) de los animales que supuestamente sus ancestros persiguieron: monos, pequeños roedores, reptiles y alguna que otra ave. Una vez ‘cazado’, en aquella representación ridícula, simularon trocear el animal muerto (en realidad, un ato de cortezas y hojas seco) como lo hubieran hecho sus antecesores en plena selva. Con la mirada le pidió al joven guía que terminaran con aquel esperpento.
Para simular estar interesado en aquella pantomima sacó unas fotos de los chamizos y chozas, y se interesó por las plantas que allí crecían. El joven guía se esforzó en mantener la mentira, su mentira, detallando las plantas con sus consiguientes remedios para enfermedades.
La duración de la visita, que habían previsto para cuatro horas, duró una. Finalizó con un obsequio al pueblo pigmeo, deprimido y despreciado por la sociedad, y con el correspondiente pago al joven que le acompañó.
Una verdadera decepción.


Uno de los pigmeos


Copyright © By Blas F.Tomé 2017

20 de octubre de 2017

Parque Nacional de las cataratas Murchison


Las cataratas Murchison, en su parte más alta, donde comienza a caer el agua

Sin lugar a dudas las cataratas Murchison era uno de los destinos que el viajero insatisfecho no quería perderse en Uganda. Eran las famosas cataratas del Nilo Blanco, avistadas por primera vez por el ‘hombre blanco’, en concreto por Baker, allá por 1864. Y el explorador las nombró así en honor del presidente de la Royal Geographical Society, Roderick Murchison. 
¡Qué generosos eran entonces los exploradores!.

Las cataratas Murchison

Actualmente, estaban relativamente lejos de todos los lugares habitados. El hecho de que a su alrededor se hubiera constituido el Parque Nacional de las Cataratas Murchison hacía que todo visitante tuviera que acercarse en grupos organizados, o vehículo particular previo pago de una considerable entrada. No había autobuses locales que llevasen a sus orillas y únicamente un viaje organizado podía facilitar la tarea. O al menos eso le pareció.
En ese intento de conocer Uganda y acercarse lo más posible al conocido Parque Nacional, el mochilero leonés se dirigió a la ciudad de Masindi, muy cerca de una de las puertas de acceso. Allí contrató el viaje en una agencia para pasar una noche y un día visitando el lugar. No era barato, pero era lo más fácil. Dejarse llevar, estar a una determinada hora en pie, ser puntual con los demás y hacerse un buen compañero de ruta eran las premisas que se debían mantener. Aún sin estar acostumbrado a esos menesteres, fue el primero en cumplirlos.
El transporte partió hacia el destino, el PN de las cataratas Murchison, sobre las 5 de la tarde. Después de dos horas en el jeep por un camino de tierra -iba con dos jóvenes hindúes- arribaba a un campamento cayendo ya la oscuridad de la noche. Después dejar la mochila en una decente habitación/cabaña se acercó a probar las excelencias de una cena local y, como no, una buena, aunque no muy fría, cerveza ‘Nile’. Luego, vendrían los encierros en la habitación por problemas de cerradura. Por dos veces, tuvo que pedir la intervención de los encargados del establecimiento para que le sacaran de allí. Una anécdota.
Por la mañana, era aún de noche cerrada cuando el jeep abandonaba el campamento para hacer un recorrido matinal por la zona de conservación de animales. Se trataba de ver el mayor número posible. Era muy cómodo hacerlo en un jeep. Al grito de ¡mira, mira! se podían ver multitud de animales: antílopes, hienas, búfalos, jirafas, elefantes, variedad de pájaros, facoceros, y a lo lejos, muy a lo lejos algún melenudo león. Fue una mañana, entretenida, curiosa, tirando fotos aquí y allá y disfrutando de soleado ambiente. Regreso al campamento.


Un hipopótamo saliendo de las aguas del Nilo

Después de una sabrosa comida y de la recogida de mochila y equipajes, el vehículo acercó al grupo de nuevo a las orillas del río Nilo. Un barco cargado de visitantes les acercaría al encuentro de ese fenómeno natural conocido como las cataratas Murchison. En el trayecto, se podían ver grupos de hipopótamos retozando en sus aguas; a lo lejos, una pareja de elefantes alejándose del río; un grupo de jirafas alimentándose de lo más alto de las copas de los árboles, y alguna garza o garcilla en la orilla.
Al fin, al fondo del cauce del Nilo bordeado de selva, hicieron su aparición las cataratas Murchison, que el barco iba acercando a los curiosos ojos de turistas. El suave sonido del motor no impedía oír el jolgorio de los niños, la ansiedad de sus padres y el murmullo del resto. Todos, señalando a la lejos.
El barco no se acercaba mucho al lugar de la caída de la catarata, pero un paseo por una empinada pero preparada senda por la orilla acercaba a este mochilero y al grupo a la parte más alta donde el agua rompe en una ruidosa caída. 
El arco iris en aquel momento lanzaba sus colores, armoniosos colores, al aire húmedo generado al romperse las aguas.

Jirafa

VÍDEO DEL ENCUENTRO CON LAS CATARATAS MURCHISON


Copyright © By Blas F.Tomé 2017