15 de septiembre de 2018

Cartagena de Indias, con algunos detalles

Edificio del Ayuntamiento, en la plaza de la Aduana

Antes de nada y como primera reflexión, la elección del hotel, a través de Booking, no fue lo más acertada. Y aunque pareciera una cuestión menor que en nada debería afectar, esa alternativa disminuiría a la larga la capacidad explosiva emocional al penetrar en un lugar tan en boca de todos, tan repetido, tan cacareado y tan sobre elevado a las alturas como era Cartagena de Indias.
¿Será para tanto?
El viajero insatisfecho ya conocía este enclave colonial pero habían pasado los años, muchos, y la percepción de haber estado un día allí iba empobreciéndose según pasaban ante él -apacibles y tranquilos- los edificios, palacios, las plazoletas, iglesias y catedrales.
Al hotel, en la zona de Getsemaní al lado del centro histórico, le faltaba ese glamur necesario para pasar dos o tres días en aquella soñada ciudad criolla. Una vez aposentados, no sin antes consultar a los dioses del averno sobre si era propicio y oportuno quedarse o abandonar el hotel, Cartagena, la vieja Cartagena de Indias se ofreció populosa y mimosa a los recién llegados. Un día fue centro y vida del escritor Nobel García Márquez. Allí escribió, ejerció el periodismo desde sus inicios –‘el mejor oficio del mundo’, le gustaba decir- y concibió su última morada. Como dijo quien bien le conocía “siendo de Aracataca, viajando tanto a Bogotá y queriendo mucho a Barranquilla, la ciudad que escogió como su residencia fue Cartagena”. Esta vieja urbe, ya sin su ilustre vecino, se ofrecía ahora como un refugio pleno de turistas.
La puerta del Reloj se convertiría a partir de entonces en observador del trasiego ‘turistón’ y viajero de aquella pareja inconformista de españoles. Aquella puerta, por la cercanía al ‘nada glamuroso’ hotel elegido, era de obligado paso para internarse en su parte vieja.
Si bien perderse por el centro histórico era un imprescindible, una manera eficaz de acercar el contenido monumental de la ciudad al foráneo era contratar un guía turístico que abriera sin disimulo las ventanas al conocimiento. No podría negar que hubo lo uno y lo otro. Y en Cartagena de Indias, como en otras muchas ciudades del mundo, tenían este servicio de guía gratuito. No era necesario nada más que apuntarse a través de una web. Sencillo.
La ciudad tenía muchos sitios turísticos como la puerta del Reloj, la Plaza de la Aduana, el Convento e iglesia de San Pedro Claver (“el apóstol de los negros”), la catedral Santa Catalina o el Palacio de la Inquisición. Muchos patios interiores que visitar; muchas fachadas coloniales que admirar; muchos balcones, recios balcones cargados de flores para fotografiar. Balcones originales, pocos; balcones restaurados y recuperados, casi todos. El más grande, largo, señorial y casi sin retoques el del Museo Naval del Caribe, con vistas al mar.
Un repaso por todo el recorrido la ciudad, explicando detalles, siglos, anécdotas y chascarrillos parecería aburrido e innecesario para esta entrada bloggera. Mejor, este mochilero va a destacar cosas significativas, coloniales o no, monumentales o no, de esta ciudad que para descifrar necesitaría casi guía asistido:

Los balcones y sus flores
Eran la imagen de la ciudad. Colonial. Criolla. Su vetusta construcción y sobresalientes del edificio, componían la imagen estrella de Cartagena. Sin duda, serán una de las fotografías que nunca un viajero olvidará.
Balcones y más balcones

Las palenqueras
Las famosas palenqueras, en principio originarias de San Basilio de Palenque, eran mujeres convertidas ya en uno de los símbolos más representativos de la ciudad. Nadie escapaba a la sorpresa cuando encontraba a esas mujeres ataviadas con vestidos de colores, a veces los vistosos colores de la bandera colombiana, siempre transportando una palangana repleta de productos en la cabeza, normalmente fruta.
(Preferían que las fotografías fueras precedidas de una gratificación. ¡Pillinas, pillinas!).
Palenqueras paseando por la calle

Los interesantes baluartes de la muralla
No todos los que podría tener la muralla pero sí al menos dos: baluarte de San Francisco Javier y baluarte de Santo Domingo. 
En ambos, se situaban un bar restaurante, uno de ellos de ambiente más joven, Café del Mar, donde servían frías cervezas ‘Águila Colombia’.¡Buenísimas! y necesarias, muy necesarias, créanle. Un lugar ideal para deleitarse con una puesta de sol, escuchar música en directo o mantener una acalorada discusión, en directo también.
Café de Mar / Baluarte de Santo Domingo
Cervezas 'Águila Colombia' [la foto esta tomada en Bocagrande]

Las Bóvedas
23 mazmorras construidas alrededor del año 1795 e incrustadas en la propia muralla, donde su grosor alcazaba unos 15 metros. Construidas con fines militares, en el momento de la independencia sirvieron de cárcel, depósito de armas y cuarteles para los militares españoles.
Ahora funcionaban, después de una restauración, como tiendas de artesanías, antigüedades y galerías por lo cual era uno de los lugares más visitados. Nada de espectacular belleza pero sí lugar de cierto desasosiego.
Como añadido, algunas de las calles del barrio de San Diego donde se encontraban las Bóvedas eran, a juicio de este mochilero, las más bellas calles, sin balcones, de la ciudad.
Las Bóvedas
Tiendas de recuerdos, en las Bóvedas

Un paseo por la muralla
Era uno de los muchos placeres que otorgaba esta ciudad, al turista y al local, al joven y a las familias. La prolongada brisa marina en la noche, directa al rostro, y las luces de la ciudad cercanas arropando el paseo, añadían ese punto más de bienestar y goce.
Muralla

Vallenato
Llegaba a convertirse en obsesión. Los colombianos debían de tener algún convenio no firmado con ese ritmo pues se escuchaba por todo el país. O eso, o eran forofos del grupo ‘Los embajadores vallenatos’ que pusieron de moda hace años este ritmo. El vallenato es una composición musical, mezcla de merengue, son y otros ritmos de procedencia negra, blanca e indígena. Para más opulencia, hacía pocos años había sido incluido por la Unesco en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. En honor a la verdad, no fue en Cartagena donde más dieron la turra con este ritmo.
Bailando en la calle [aunque no era un vallenato]

Skyline de Bocagrande, en contraste con las antiguas murallas
Bocagrande era esa manga playera a unos minutos de Cartagena. Se vislumbraba a lo lejos. Cuando el sol se dejaba caer sobre la bahía, se construía una imagen casi del reino de Narnia: en primer plano la muralla iluminada con sus primeras luces y al fondo los altos edificios de apartamentos y hoteles. Operaba como un relajante pero, quizás, por estar literalmente lejos.
Al fondo, el skyline de Bocagrande, desde el Café del Mar

La india Catalina
Ante la escultura en honor a San Pedro Claver, el Patrón cartagenero, donde se le representaba caminando de la mano de un esclavo negro, cosa que él solía hacer, la guía colombiana del recorrido, por algún motivo no recordado, explicaba el fuerte significado tradicional de una mujer negra, la india Catalina, personaje clave para el inicio del mestizaje en aquellos territorios, al propiciar el asentamiento español de las huestes de Pedro de Heredia en el 1533, fundador de la ciudad, después de varios intentos fallidos. La india Catalina era, además, tan conocedora del idioma castellano como de los dialectos indígenas y, cambiando de temática, también concubina de Pedro de Heredia, a quien a la postre traicionó.
Estatua de San Pedro Claver, paseando con un negro

[En otra entrada, tratará la visita al Castillo de San Felipe de Barajas, algo alejado del centro histórico].

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31 de agosto de 2018

Palenque, la liberación de los esclavos

Escultura de Benkos Bioho, líder de la liberación

Palenque merecía una visita desde donde se encontraban en aquel momento, Cartagena de Indias. Y merecía una visita porque físicamente estaba a unos 50 kilómetros y porque la diversidad cultural y genuina de San Basilio de Palenque parecía un lugar indicado, por diferente, para conocer algo más sobre Colombia. Antes de partir, el viajero insatisfecho y su amiga ya sabían que era un pueblo originario de negros africanos escapados del yugo de la esclavitud, para vivir con autonomía e independencia, y sabían que tenían un idioma, el palenquero, diferente del español y de cualquier otro idioma conocido. Como era fin de semana decidieron hacerlo en una excursión organizada con otros interesados de diferentes procedencias y países, una manera práctica y poco trabajosa de recorrer la distancia y evitarse buscar los autobuses que pudieran acercarles al lugar.
Les recogieron en el hotel-agencia donde habían contratado la excursión y partieron con otros 14 o 15 jóvenes curiosos por este modelo de convivencia local. A la llegada al pueblo, se hizo cargo del grupo un simpático negro, Andrés Sacabuche, que desde el principio les animó a intentar aprender algo del idioma palenquero. Hoy en día, se creía que era una mezcla entre portugués, castellano y varias lenguas bantú, con origen en África Central y Meridional. Complicado aprenderlo, pero como el amigo Sacabuche llegó a ser bastante insistente y repetitivo al final se podría decir que, mediante frases hechas, el grupo consiguió hablar un poco el idioma local. Lección que fue olvidada pronto, en el camino de regreso.
Una vez allí conocieron que San Basilio de Palenque había sido declarado por la Unesco Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad por ser el primero en Latinoamérica y, muy importante, que se encontraban de lleno en el Decenio Internacional de los Afrodescendientes (2015-2024). Este decenio, según rezaba un monumento conmemorativo, constituye una década en la que las Naciones Unidas, los Estados Miembros y la sociedad civil, sumarán esfuerzos y adoptarán medidas eficaces para lograr el pleno disfrute de todos los derechos de las personas de ascendencia africana, y su plena e igualitaria participación en todos los aspectos  de la sociedad.
¡Ahí, es nada!. Toda una declaración de intereses, y reivindicaciones que, por cierto, eran constantes y continuas a lo largo de las charlas o explicaciones.
Siguiendo las indicaciones del simpático guía Andrés Sacabuche, el grupo recorrió gran parte del sencillo poblado que se dejaba querer y admirar. Al fin y al cabo eran turistas-viajeros los que visitaban el lugar y eso era proyección hacia el exterior y, también, dinerillo para sus proyectos inmediatos. Todo era cuestión de identidad pero también de supervivencia. Al final, la cultura, la tradición, la particularidad de su lengua, de su música y gastronomía eran los únicos motivos por lo que los turistas se acercaban para conocerles y, con ello, aliviaban la débil economía local.
Asistieron a la charla de unas mujeres que habían publicado un libro sobre los dispares peinados de las mujeres negras, palenqueras o no, y escucharon a uno de sus personajes más queridos, el maestro Rafael Cassiani, que con su ‘marimbulá de cuerda’ había recorrido ya, y tocado en las más grandes capitales del mundo. La lista era larga, cuando él mismo la desgranó, en un repaso pausado de sus actuaciones.

'Kid Pambelé'




En ese paseo por la población, se detuvieron delante de los dos grandes héroes de Palenque. Uno, el líder de la liberación del pueblo esclavo, Benkos Bioho, que tenía en la plaza una moderna escultura en su honor y representaba al personaje con aires de libertador, el torso desnudo de Benkos Bioho alzaba sus brazos pidiendo libertad. Y sí, San Basilio de Palenque era considerado el primer pueblo libre de América. Aun así, este pueblo era desconocido por la generalidad de los colombianos y el mundo hasta que en los años 70 -y aquí aparece el segundo de los héroes- llegaron los combates de Antonio Cervantes, ‘Kid Pambelé’, que situaron en el mapa mundial a este pequeño pueblo colombiano. También, como no, tenían una estatua en honor de este famoso boxeador, en posición de combate, en uno de los extremos del pueblo. A todo este despliegue artístico, habría que añadir varios 'graffitis' reivindicativos de la raza negra, y banderas pintadas también en sus paredes remarcando su personalidad como pueblo diferente.

Grafittis en las paredes de la población

El guía Sacabuche despidió, aparentemente agradecido, al grupo. Saludó uno por uno a sus componentes y, después de una pequeña espera que dio tiempo para saborear una cerveza Águila Colombia, el autobús puso rumbo al lugar del almuerzo para inmediatamente después dirigirse al punto de partida, Cartagena de Indias.

Logo de la Policía de Palenque

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22 de julio de 2018

Brihuega, un recital de lavanda

Calle de Brihuega

Brihuega tenía el encanto de un pueblo alcarreño, de un pueblo castellano-manchego abocado, en sentido literario, a una pequeña ribera. Porque allí, a orillas del río Tajuña, se levantaba este pueblo milenario. Milenarios su castillo, milenarias sus iglesias, milenarias sus calles y callejuelas de sinuosos recorridos y milenarios sus recuerdos. En el lugar que hoy ocupa Brihuega hubo poblados ibéricos desde hace muchos siglos y se habían hallado restos arqueológicos que así lo probaban. El nombre Brihuega derivaba del vocablo íbero ‘briga’, que significaba lugar fuerte o amurallado, apareciendo en los documentos medievales con el nombre de Castrum Briga. También ocupaba un lugar de privilegio en las oscuras y sinuosas cavernas de guerras y batallas. En 1808 fue escenario de la lucha de los franceses durante la Guerra de la Independencia. Y la batalla de Brihuega en 1937, en plena guerra civil, fue una de las más nombradas de toda la contienda. Este pueblo fue ocupado por las tropas italianas, que se enfrentaron con las tropas republicanas.
Hasta aquí un poco de su historia, a veces tenebrosa; ahora, un poco de realidad viajera. Al viajero insatisfecho le llamó la atención el Festival Lavanda que tenía su cita aquel fin de semana. Café Quijano, un grupo leonés de prestigio, actuaba en aquel marco ‘de lavanda’. Porque este festival, un clásico ya, se celebraba cada año cuando la floración de esta planta, lavanda, alcanzaba su esplendor. Y así fue como la curiosidad por Café Quijano le llevó a este mochilero leonés a plantearse una excursión para conocer y disfrutar de las plantaciones de lavanda.
En los alrededores del pueblo había extensiones de campos que se dedicaban a este genuino cultivo. Su sembrado en rectos surcos, su morada floración en este tiempo veraniego y su bello contraste en un terreno llano y de apariencia baldío, conformaba un conjunto estético natural de difícil clasificación.

Campos de lavanda

Con una amiga del alma, y espíritu, recorrió durante la mañana las calles de aquel pueblo con sabor a viejo territorio alcarreño. Un paseo reposado por el sol y sombra de sus piedras, con pereza veraniega, pero cuando el calor más abrasaba el cuerpo de estos dos foráneos, decidieron hidratarse con la suavidad de unas cervezas. Difícil momento el de la comida a las 3 y media de la tarde: restaurantes llenos, y caras de “no os podemos atender”. “No tenemos comida, y eso no se puede improvisar”, les dijeron. Después de recorrer varios, en uno de ellos les supieron acomodar o, mejor dicho, se pudieron medio acoplar.
A primera hora de la tarde, cuando el sol caía denso sobre los campos de los alrededores, realizaron el recorrido por los cultivos de lavanda. Bonitas imágenes para la mente viajera de ambos turista-viajeros, multitud de fotos y poses para la memoria. A lo lejos, en otras fincas de multicolores, varios autobuses vomitaban gente vestida de blanco (indumentaria recomendada por los turoperadores turísticos) mientras las fotografías verde-moradas de lavanda se iban almacenando en la ‘galería’ de sus móviles Samsung y iPhone. 
La salida del pueblo milenario de Brihuega hacia Madrid estuvo amenizada por una larga caravana de coches que, en sentido contrario, querían llegar al concierto de Café Quijano que se celebraba entonces dentro de las actividades del Festival Lavanda.


Castillo de Brihuega



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7 de julio de 2018

El templo-estrella de Yangon / Myanmar (Birmania)

La estupa central, Shwedagon Paya

En Yangón, ancestral capital de Myanmar/Birmania, el viajero insatisfecho estaba hospedado en el Agga Youth Hotel. Lo recomienda encarecidamente: barato, limpio, situado en una estrecha y tranquila calle y su personal muy amable. Hubiera soñado para el viaje todos los ‘hoteluchos’ así. Sólo dormir allí, le insuflaba a este mochilero un cierto aire burgués y, siendo exagerado, un rancio abolengo de aristócrata venido a menos pero, después de todas las batallas del viaje, era de agradecer. Al levantarse en la mañana, disfrutar de un suculento desayuno era todo un lujo, una buena manera de suministrar al cuerpo las suficientes fuerzas para soportar el resto del día los inconvenientes de una ciudad grande como Yangón, atestada de gente y, en ciertos momentos, agobiante. Aunque sabiendo como sabía, pudo disfrutar también de ratos de tranquilidad. El hotel, ubicado en 12th Street, estaba muy cerca de la conocida ‘calle de la cerveza’, 19th Street, otro buen y grato complemento añadido. Una estrecha calle que durante el día aparecía tranquila pero que al caer la noche se mostraba eufórica, en pleno jolgorio de bares y cutres restaurantes que invadían (¿con permiso?) toda la calzada en ambos lados. ¿Qué mejor lugar para tomar una cerveza el viajero solitario?.
Quedaba cerca del río Yangón, que visitó en uno de esos paseos sin rumbo, aunque allí sus orillas carecían de interés. Pero 12th Street quedaba lejos del lugar más emblemático de la ciudad. Un lugar de obligada visita.
¿Quién se atreve a sucumbir a la ciudad y no poner sus cansados pies en Shwedagon Paya?.
Era uno de los lugares más sagrados del budismo birmano, una inmensa estupa dorada sobre una de las partes más elevadas de la ciudad. Emblemático, también, hasta por el lugar en el que estaba asentado. Transcribe aquí lo que decía la ‘Lonely planet’, su libro-guía: “Es un zedi de 99 metros de altura, decorado con 27.000 kilos de pan de oro, miles de diamantes y otras gemas, y se cree que alberga ocho cabellos de Gautama Buda, así como reliquias de tres budas anteriores”.
En fin, un lugar de ensueño y, para los forofos de los monumentos, un paraíso para la visual. Para este mochilero sólo un impresionante o extraño lugar donde, como siempre, tuvo que descalzarse, abonar una copiosa entrada para, luego, ‘ratonear’ por su interior/exterior hasta haber contemplado todo lo apreciable.
Accedió por una de las cuatro escaleras de entrada cubiertas que conducen a la terraza principal. Al cruzar ese primer oscuro pasadizo, uno se adentraba en una sinfonía visual de brillo multicolor, aunque prevalecía el amarillo, con suelo de mármol (importaba, pues ya iba descalzo) y rebosante de pabellones, habitáculos dorados y salones de oración con imágenes de buda y dos enormes campanas de oro fundido. En el centro de la terraza se alzaba la Shwedagon Paya sobre una base cuadrada. En esta plataforma había otras estupas más pequeñas, todo un aglomerado de éstas, budas, pedestales, habitáculos que…. ¡cualquiera se enteraba!.
Difícil describir lo que veían los ojos de un occidental que desconocía en gran manera la religión budista. Sentía esa sensación de que aunque pensaba que lo había visto todo, no era así. El amarillo-pan de oro predominaba por todos los lados y el turismo local, entregado y sincero, paseaba, oraba y se postraba ante su Buda preferido con total ausencia de sonrojo o sofoco. La naturalidad del birmano contraria a cualquier rubor se mostraba allí en su máxima extensión.
Todo el largo trayecto entre su hotel y el templo lo hizo a pie. Callejeó sin parar, mapa en mano, por grandes avenidas que atravesaban la parte señorial de la ciudad. Altas aceras mal cuidadas, árboles centenarios, palacetes casi abandonados, descuidados setos divisorios, y un sinfín de pasos de caminante, fieros estos al principio pero luego más pausados. Llegó al lugar bastante perjudicado por el cansancio pero aun así no dejó de admirar aquella gigante estupa amarilla-pan de oro.
Poste planetario, había 12 alrededor de la estupa central
Hasta el monje se merecía un descanso y oración


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22 de junio de 2018

Un paseo por el terruño


Monasterio mozárabe de San Miguel de Escalada

La reciente visita a San Miguel de Escalada (León) se enmarcaba dentro de la celebración de las fiestas populares del terruño. Una visita sujeta a su pasión por estar ahí. San Antonio, el patrón, se celebraba este año -convertido ello ya en tradición- unos días después en este pueblo leonés. Eran tres días de fiesta, bailes, de música danzona, litronas y alcohol, de entregas de trofeos (II Concurso de Relato Corto) pero, también, de largos paseos y caminatas al sol. De ello quiere hablar el viajero insatisfecho, que recorrió a ratos sueltos sus campos aledaños, llenos de recuerdos, zapatos rotos y sabor.
Amapolas

Y se encontró con las cuestas, picachos y laderas llenas de flores blancas, rasantes al suelo recién regado por las lluvias primaverales, este año tan frecuentes; o flores violáceas que se estiraban un poco más que las anteriores pero tenían el mismo sentimiento grupal; también algunos -muchos- azulejos, cuyos pétalos estirados y abundantes semejaban redondos cepillos de color. Ah, y los espliegos, azulados y brillantes como tomillos verdosos. O amarillas flores, algunas ya marchitas como las ‘ilagas’ (aulagas), otras, en su esplendor, como los odiados ‘pispájaros’ (no miréis, no viene en la RAE); o rojas, como las siempre presentes amapolas. ¿Recordáis?: “Fraile, monja o pipirimonja”. Amapolas en los ribazos; amapolas en las fincas de barbecho, y amapolas también entre el cereal sembrado, en avanzada maduración. O los ‘engordagochos’, de difícil catalogación, por no decir de los escobizos.

Porque las plantas son, eran y serán como una biblioteca, con sus órdenes, sus clasificaciones y sus géneros. Y hablando de biblioteca, una se inauguraba ese fin de semana gracias al empeño de una asociación cultural, ‘Priorato de Escalada’. Un centro de cultura y lectura de difícil futuro ¿quién leerá esos libros que el tiempo llenará de polvo?. Tal vez, la ilusión de los encargados de formarla, documentarla, catalogarla traspase ese futuro incierto.
Los ribazos (ribones) llenos de mielgas, algunos; tomillos, te de monte, achicorias, hierbas aromáticas e ilagas (aulagas). Ribazos verdes que alegraban el corazón del que los traspasaba y saltaba; los ribazos que, empinados hacia arriba, servían de división. Todos eran admirados por este paseante sin rumbo, bajo aquel tremendo sol.
También de color violáceo eran las flores que conformaban las ‘lenguas de gato’. Las había por millares. Como millares de plantas de hinojo, tan escasos en el recuerdo de este personaje terruñero que disfrutaba haciendo fotos de sus rosetones amarillos y tiesos como cirios eclesiales. Ah, y recordaba, en su ensimismamiento, las ‘alzameriendas’, que saldrían al finalizar el verano.
Pero al escribir y detallar todos estos objetos naturales no tiene más remedio que referirse brevemente al concepto de flora autóctona. Aquella que nace espontáneamente en los campos, sin que haya sido introducida en ningún momento por el hombre. Las encinas, robles, hayas, avellanos, carrascos, quejigos, y otros, forman parte de esa flora autóctona. Algunos tan escasos como los silbares, o serbales, árbol favorito de este mochilero ‘cazurrín’.
Y a lo lejos, se podía divisar la frondosidad de la ribera del Esla con sus extensiones de chopos; sus negrillos enfermos; sus olmos y álamos; sus viejos fresnos olvidados, y sus mimbreras de corteza amarilla. Los avellanos de las lindes, y algún que otro tilo. Así se vislumbraban los aledaños del río cercano, que luego extendía sus brazos para acunar los campos y campos de maíz, alfalfa y más plantíos de chopos enjaulados.
Puestos a enumerar, las laderas mostraban sus artículos en forma de arbustos. Arbustos como la citada aulaga, el carrasco, los espinos, los brunos o endrinos; el sauco, en zonas más húmedas, o las zarzas y zarzamoras. También se veían brezos y jaras, sin olvidar el ‘escardamulo’, que merecería un artículo aparte.
¡Qué fina silueta la del ‘escardamulo’!. Hasta su impropio nombre tiene sabor leonés.
Hinojo

Silbar

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11 de junio de 2018

Nacimiento del río Mundo


Hay nombres que evocan un mundo fantástico -y parecieran sacados de alguna crónica de Narnia- una reflexión apocopada pero real e intensa. Nombres como ‘archipiélago de Bocas del Toro’, en el caribe panameño; o ‘desembocadura del río Mono’, en el sur de Benin (país africano, reino del vudú), o ‘nacimiento del río Mundo’, algo tan cercano como la provincia de Albacete.
De este último quiere hablar hoy el viajero insatisfecho, que habitualmente os lleva a otras latitudes más exóticas, más lejanas, pero no siempre más interesantes y bellas. Hace muchos años oyó, por primera vez, hablar de este río y no precisamente en una clase de geografía o en una discusión acalorada de intelectuales hablando para escucharse ellos mismos. No. Fue a uno de esos vendedores ambulantes en una de las muchas fiestas veraniegas en la sierra madrileña. Defendía con pasión ‘su nacimiento del río Mundo’ como desconocido paraje pero de intrigante belleza. Allí, en aquel momento, hace años, quedó citado internamente con el lugar. Algún día lo visitaría.
El nacimientodel río Mundo se encuentra al sur de la provincia de Albacete en el Parque Natural de los Calares del Mundo y de la Sima que, unido al de las Sierras de Cazorla y Segura, sería uno de los parques más grandes de toda la Península Ibérica. El punto de partida para visitarlo podría ser Riópar, donde comenzaría la ruta. Muy fácil de alcanzar este punto natural siguiendo las señales que en uno de los cruces aparecían tan visibles como evidentes.

Desde Madrid podría ser perfectamente una excursión de dos días, haciendo noche en Riópar o alrededores. Como así fue. Una vez allí, aproximarse al nacimiento no era una dura o estrafalaria experiencia africana. Más bien algo sencillo aunque, en aquellos momentos, una vez dejado el coche en el parqueo autorizado (después de pagar su importe en uno de los cruces de la carretera), aún se oía los ecos de muerte en aquel paraje con grandes peñascos tan apropiado para emitir sonidos naturales. Sí. Hacía no muchos días, quizás menos de un mes, uno de los visitantes caía al vacío al apoyarse en una inestable baranda; en una de las muchas que protegían la senda o el camino.
Desde el aparcamiento, un tranquilo paseo entre pinos y arbustos llevaba a las primeras y diminutas piscinas que el agua iba formando en las cavidades del suelo rocoso. Poco a poco, por un sendero marcado, se iba ascendiendo hasta quedarse frente a la inmensa montaña de roca. Entre el ramaje de los árboles y las irregularidades del terreno se veían ya cerca los chorros de agua que regurgitaba la roca. El sendero iba abocando al curioso visitante a los ojos de la cascada para contemplar de cerca su nacimiento. Aquél día, aproximarse estaba prohibido por multitud de avisos y tiras de colores que lo impedían. La guardia civil y los guardas del parque natural descartaban el acceso mientras durara la investigación del triste suceso, de aquella inesperada muerte, y se repararan con esmero las, en algunos casos, endebles barandas de protección.
Fotos y más fotos al entorno. Exaltaciones sobre la belleza. Profundos suspiros de relax. No era un día especialmente cargado de visitantes pero era necesario esquivar algún pequeño grupo familiar. El sol no molestaba y alguna nube anunciaba tormenta. Con la parsimonia de aquel que nada tiene que hacer y la lentitud del que no tiene prisa, el mochilero y su amiga descendieron admirando todos los recovecos de tranquilidad que aquel singular rincón ofrecía de manera natural. Altruista.
Recomendado queda.

Copyright © By Blas F.Tomé 2018

26 de mayo de 2018

Otras imágenes birmanas

Imágenes o escenas que no tienen una aparente ilación con otras historias ya contadas pero que sin duda elevarán, si ya lo hubiere, el instinto ambulante y nómada. También, fueron momentos de un viaje mochilero. Un relleno más a la mochila viajera. Myanmar tuvo sin duda muchos momentos extraños pero tiernos,  diferentes, tranquilos como sus gentes, cálidos, sugerentes, bellos e imprevistos. Con estas instantáneas el viajero insatisfecho propone dar a conocer un poco más una realidad y otorga al curioso otros elementos, aunque mínimos, que le darán una visión cercana del país.
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A orillas del rio Ayeyarwady, las gentes se afanaban en el secado de aquel pescado que con esfuerzo habían usurpado al río. El rio Ayeyarwady (Irawady) era columna vertebral y manantial de vida para las diferentes etnias que conforman el país.

Estaba en Katha y quería descender por el río hasta la ciudad de Mandalay. La víspera se acercó al pequeño muelle y vio zarpar un barco gemelo al que tomaría al día siguiente. Como salió aún de noche, no pudo fotografiar en toda su extensión el barco que le transportó.

Cualquier árbol de cualquier ciudad podía ser soporte de un pequeño altar de oración y ofrendas. Vio muchos. Este, en una tranquila calle de Mandalay.

No posaban para él pero fue un momento mágico de vida. La familia, o amigos, se mostraban orgullosos de visitar la ciudad de Inwa, cuatro veces capital real de Birmania. A pesar de su rica historia era un remoto lugar rural con algunas ruinas, monasterios y estupas.

Aquel personaje local birmano se dejaba fotografiar, en el lago Inle, sin mostrar enfado o exhibir impaciencia. Ver aquella cara, era ver en ella a muchas gentes birmanas.

Delicada joven birmana, a la puerta de uno de los múltiples templos de Bagan. Como cualquiera de sus congéneres tenía la cara embadurnada de thanakha, para reducir el impacto del sol y, en su tradición, sentir mayor armonía.


Escena en el Shwedagon Paya, el templo que domina Yangón. Un templo cargado de amarillo oro y lleno de edificios, budas y estupas. Sagrado para el pueblo birmano. En la fotografía, uno de los postes planetarios. Había doce. Los lugareños se acercaban a ellos y echaban de manera insistente agua sobre la estatua de Buda del poste que señalaba el día que nacieron. Pero discernir qué poste correspondía, era tema arduo y complicado en extremo para un occidental como el mochilero leonés.


Copyright © By Blas F.Tomé 2018

6 de mayo de 2018

Trenes, y Bago / Myanmar (Birmania)


Tren Yangón-Bago

Estación de Myitkyina

En el mundo actual, lleno de AVE’s, rápidos Altaria’s, Talgo’s o los trenes-bala japoneses, ¿quién no añora con cariño aquellos trenes de mitad del siglo pasado, lentos, zigzagueantes, ruidosos, machacones y perezosos?. El viajero insatisfecho si los añora, en especial el que conoció de niño, aunque no en su tramo completo: el famoso tren de vía estrecha La Robla-Bilbao, y más, en concreto, el ramal del mismo estilo entre León y Matallana de Torío.  El origen del proyecto del ferrocarril de La Robla -según explica Wikipedia- “habría que buscarlo en la gran importancia adquirida por la industria metalúrgica en el País Vasco a finales del siglo XIX, y su considerable repercusión en el desarrollo industrial del norte español. El combustible fósil llegaba a los puertos vizcaínos por vía marítima, procedente de Asturias e Inglaterra en los mismos barcos que exportaban el mineral de hierro. Pero la brusca subida del carbón inglés entre 1889 y 1890 dio lugar a que el poderoso capital siderúrgico vasco buscase alternativas en las cuencas carboníferas leonesa y palentina. Fue entonces cuando surgió la necesidad de un medio de transporte eficaz y económico que uniera las emergentes acerías vascas con las aisladas cuencas mineras. El elegido fue el ferrocarril, que tras la Revolución industrial se había convertido en el transporte terrestre más ventajoso”.
Algunos recuerdos, e historia.
En la actualidad, y en cuanto a la red española de alta velocidad, es la más extensa de Europa, con 3.100 kilómetros, y la segunda más larga del mundo solo superada por la china. Pero este mochilero leonés debe ir al grano, a referirse a su última experiencia en trenes lentos, muy alejados del AVE actual. En su último viaje a Myanmar tuvo oportunidad de disfrutar de dos recorridos en este pausado transporte. Uno de ellos, le llevó prácticamente el día solar, salió de Myitkyina sobre los 8 de la mañana y llegó a Katha (su destino final) sobre las 5 de la tarde, cuando el sol comenzaba a dar sus últimas bocanadas. El otro trayecto, mucho más corto, fue entre Yangón y Bago, antigua capital birmana. En ambos trenes (en el primero de ellos acoplado en un anticuado pero cómodo asiento mullido de primera clase) disfrutó a sus anchas. No le pareció una pérdida de tiempo, sensación tan extendida en este mundo de prisas y atropellos. Disfrutó del paisaje, a veces semi selvático; otras, moteado de pueblos birmanos con vida, con gentes, con antiguas y pequeñas estaciones, con jolgorio aunque, quizás, todo ello entumecido por el carácter apacible de sus gentes.


Trayecto Myitkyina-Katha

Trayecto Myitkyina-Katha

El trayecto Yangón-Bago (alrededor de dos horas y media) lo utilizó de ida y vuelta. A juicio del mochilero leonés, un medio barato hasta la saciedad, con clásicos asientos de madera que le transportaron su mente a aquel viaje infantil en tren León-Villamanín, también lento y con duros asientos de tiras de madera. Su objetivo era visitar la antigua capital birmana de Bago. De acuerdo con la leyenda, el símbolo de la ciudad era una hamsa hembra (ave mitológica) sobre el lomo de una hamsa macho. A un nivel más profundo, el símbolo representaba la compasión del ave macho que ofrece a la hembra un sitio donde posarse en medio de un lago en el que solo había una isla. Por eso se decía que los hombres de Bago eran más gentiles que los de otras partes de Myanmar. Sin embargo, en la cultura popular birmana los hombres bromeaban diciendo que no se atrevían a casarse con mujeres de Bago por temor a ser dominados.
Este tímido mochilero, en su visita, no vio hamsa alguno.
Historias y leyendas.

Pequeños, entrado en un monasterio, en Bago


No tenía mucho tiempo para recorrerla queriendo, como quería, regresar a Yangón ese mismo día. Alquiló, una vez más, una moto-taxi con una misión clara: recorrer los lugares más emblemáticos de la ciudad en sólo tres horas. Esto ni es de empedernido y ducho viajero ni siquiera de un bisoño turista, pero era el tiempo que tenía y a ello se atuvo. De la visita  en si a la ciudad, más de lo mismo. Mucho templo, muchos budas, alguno de ellos gigantesco, y grandes estupas doradas.
Fin.
“¡Quiero, quiero, quiero volver a África!”.

Gigantesco Buda tumbado, en Bago


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