12 de julio de 2017

Un primer acercamiento al próximo viaje

Librería Desnivel

Los preparativos de un viaje suelen ser siempre los mismos. Siempre realizados por la buena perspectiva que el país elegido suele ofrecer o, mejor tal vez, con las buenas expectativas creadas en la mente del viajero insatisfecho por el destino elegido. El billete, comprobar el pasaporte, también, el libro amarillo de vacunas, en especial si es un país africano, son algunos de los pasos iniciales a seguir. Luego, ya vendrán los preparativos de mochila y selección de objetos a introducir en ella.
Se deja para el final el paso más atractivo, el acto que le hace inmiscuirse aún más en el viaje previsto: conseguir el ‘libro/guía’ que le solucionará o al menos le ayudará a resolver ciertos problemas durante la estancia, entre ellos, la ruta a seguir, localizar hoteles, transportes, lugares visitables,…. Todo esto necesita tiempo y, sobre todo, tener fichadas las librerías viajeras que hay en la ciudad, en este caso, Madrid. Hace años, este mochilero tenía una librería fija, Altaïr, pero lamentablemente ha desaparecido por lo que desaparecen todas, por falta de lectores y clientela. Allí, en Altaïr, hojeaba y ojeaba todo tipo de guías, libros sobre viajes, mapas, si aún no había decidido el destino. Si lo tenía, localizaba o pedía la guía que necesitaba adquirir.
¡Con qué pasión realizaba estas visitas!. ¡Con qué interés miraba en las estanterías!. Era el último pulso de conocimientos antes de iniciar el viaje. Era un momento apasionante.

Librería Tierra de Fuego

Una vez cerrada esta librería experta, el camino para encontrar otra es ahora más largo. Ya no está en el barrio y necesita el Metro o una larga caminata. Sin tener aún destino, ayer se lanzó a la búsqueda de ideas, a escarbar entre los libros africanos por si alguno le pudiera dar un último impulso. A primera hora de la tarde pasó por la librería Tierra de Fuego, la más cercana al domicilio. ¿Cosas interesantes?. Muchas. ¿Alguna decisión tomada?. Ninguna. Saltándose un poco la pereza que daba el paseo, por el sofocante calor de media tarde, se lanzó a su nuevo objetivo: la librería Desnivel, muy cerca de la calle Atocha. Necesitaba tiempo para ese largo trayecto, pero no era tiempo lo que le faltaba, lo que sí necesitaba era una pequeña brisa de aire que circulara por las estrechas calles que transitaba. Una sensacional librería para apasionados de la montaña y viajes. Grande, con inmensas estanterías de libros bien colocados, con cierto ambiente para pasar las páginas del libro encontrado y para leer ciertos fragmentos interesantes de un lugar localizado. Desnivel es una librería clásica en Madrid. Compró un libro que leerá a ratos libres. Como la tarde aún tenía muchos minutos cogió el metro y se acercó a DeViajes, en la calle Serrano, en uno de los barrios más comerciales/pijos de Madrid, una librería más moderna y espaciosa que contiene, además de una tienda de artículos para viajeros, una gran exposición de libros de esta conocida temática. Allí se entretuvo en cada uno de los pasillos, formados por estanterías, y miró, vio y remiró todo tipo y tamaño de libros.
La tarde llegaba a su fin. No había tomado una decisión, no se había formado una idea pero, sin duda, cumplió con ese trámite, ya repetitivo, en cada viaje programado o previsto. Quedarán más.

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27 de junio de 2017

Yogya

Uno de los vestíbulos palaciegos del 'Kraton'. Sin gente ¡espectacular!

Yogyakarta, en la isla de Java (Indonesia), era una ciudad fetiche para los viajeros, claro también por ser el punto de partida para visitar el templo de Borobudur, de indudable atractivo. El insensato que no visitara esta ciudad podría considerarse que no había viajado a Indonesia (un poco exagerado, pero válido para realzar la importancia de la misma). Y dentro de la ciudad, la calle estrella era Malioboro. Quién no pisara aquella calle no había visitado Yogyakarta. El viajero insatisfecho no solamente la pisó sino que se hospedó en una calle aledaña. Un grupo de minúsculas y angostas callejuelas eran el centro neurálgico de muchos mochileros en la ciudad (zona de Sosrowijayan). En cada portal había un hotelucho, una ‘homestay’ o una ‘guest-house’. También multitud de pequeños restaurantes, bares occidentales y tugurios de todo pelaje. En fin, lugares donde una ‘bintang’ (cerveza indonesia) era el mejor regalo que uno podía hacerse después de haber pateado el centro neurálgico y de valor visual.

Actuación dentro del 'Kraton'

Después de un café mañanero, la primera acometida a la calle Malioboro era tranquila, no así cuando el sol caía en la tarde que era un jolgorio de todo tipo de personajes y ambiente local. También, como no, turístico. Diversos personajes abordaban al mochilero para convencerle de entrar en una determinada tienda de ‘batik’, uno de los principales reclamos de la ciudad y, como consecuencia, una plaga de ofertas (agotador, a veces). Una sugerencia de este mochilero: antes de comprar un 'batik' y pagar un excesivo precio, mirar, mirar y remirar, también indagar hasta estar familiarizado con la oferta y los precios.
Un largo paseo por esta famosa calle finalizaba en la zona vieja, con el encanto que suelen tener estas en las distintas ciudades. Y dentro de la zona vieja, el ‘Kraton’ que no era en concreto un antiguo monumento sino más bien un singular barrio urbano, con multitud de monumentos y ambiente turístico local. A la llegada al mismo, lo que sorprendía era la cantidad de jóvenes indonesios que se querían fotografiar, y hacer ‘selfies’, con este leonés ‘terruñero’ y cascarrabias. Pero, como siempre,….. ¡a mandar!. O mejor, a obedecer y adaptarse a las costumbres del lugar.

Vigilantes en el 'Kraton'

El ‘Kraton’ era el inmenso palacio de los sultanes de Yogya (como se conoce popularmente a la ciudad) pero, también, un excepcional recinto en el que vivían unas 25.000 personas. Se trataba, en realidad, de una auténtica ciudad amurallada (dentro de la ciudad de Yogyakarta) con sus propios mercados, tiendas, artesanos del ‘batik’, escuelas y mezquitas, aunque gran parte del recinto se usaba como museo y contenía una extensa colección, entre la que se contaban los obsequios de monarcas europeos y otras reliquias. Algunos de los antiguos edificios eran ejemplos de arquitectura palaciega javanesa, con vestíbulos y espaciosos patios y pabellones. Pero todo estaba mezclado con un ambiente de barrio que, así, de nuevas, parecía un auténtico mestizaje de edificios y gentes. Sin duda el ‘Kraton’ era lo más visitado de Yogyakarta tanto por los turistas indonesios como por los foráneos.
Como conclusión, un bello recinto, lleno de gente simpática y abrasado, aquel día, por un calor asfixiante que de tanto en cuanto obligaba al mochilero a sentarse con una ‘bintang’ como acompañante.

Una de las calles de la zona


VÍDEO (Paseo por sus calles)


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14 de junio de 2017

Decoración callejera

Esquina decorada

Era una preciosa tarde de sábado. El sábado pasado. La octava edición de DecorAcción recubría de color varias calles del famoso barrio de las Letras de Madrid, las tiendas sacaban sus galas a la acera y a la calzada y todo desbordaba originalidad. Con el sol ya caído, las calles se llenaban de una agradable sombra, e imaginarias luces multicolor.


Ojo inquisidor


Esquina decorada

El recorrido del viajero insatisfecho comenzó en la de San Pedro, pero hubo otras calles más: la de Cervantes, San Agustín o San José. Fachadas y esquinas decoradas de metalizados dorados y plateadas figuras llamativas, sombreros componiendo un gigante gorro de arlequín, o guirnaldas. Algún bar lucía en la entrada sus terrazas-jardín, banderas de colores, muebles antiguos, cámaras centenarias y art-decó. Un ojo incrustado miraba inquisidor, también cambiaba de tonalidad. Los locales de esta histórica zona de Madrid lucían sus mejores galas y abandonaban sus fachadas al color por el color. Maravillosos locales de venta de muebles y objetos vintage. Se trata de "sacar el interiorismo a las fachadas" según explicaban los organizadores. Los balcones decorados competían en una falsa competición. Los vecinos mostraban sus mejores pasiones al decorar sus ventanas y balcones y daban, también, una nota más de soberbia coloración.
¡Genuino paseo!.
Total tranquilidad en la tarde que se envolvía de la noche según pasaban los minutos. Caían las sombras según los pasos avanzaban con curiosidad. “El tiempo es un ladrón y un villano”, rezaba en aquel ‘Modernario’ tienda de relojes.
Nada mejor para terminar este breve ‘post’.


 Muebles en las calles
Esculturas en la calle

El tiempo es un ladrón y un villano


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1 de junio de 2017

Las aguas pantanosas del Sudd

Imagen de National Geographic

En el imaginario del viajero insatisfecho esta uno de esos lugares que, en cierto modo, es el súmmum de lo enigmático: el pantano del Sudd. En sus primeras lecturas de exploradores ya había fijado su interés en ese accidente geográfico. En su mente figuraba como objetivo. Estos días, disfrutando del libro ‘Hijos del Nilo’, de Xavier Aldekoa -que recomienda- leyó con cierto regocijo una descripción o interpretación de ese lugar que ocupaba, y ocupa, un hueco en su imaginario como viajero. A veces, leer constituye una extraña manera de viajar o de alimentar en la imaginación un recorrido que ya existía en ella. Cree que este es el caso. No se va a resistir y lo va a transcribir tal y como lo leyó, tal y como aparece descrito en el libro:

El pantano del Sudd, que cubre el norte de Sudán del Sur, cambia cada año de forma. El caudal del Nilo altera cíclicamente el patrón del laberinto de islas y canales navegables y lo convierte en una trampa para la orientación. Su vasta extensión, las altas temperaturas y la densidad de la flora provocan que prácticamente la mitad del agua se pierda por la transpiración de las plantas o la evaporación. También es uno de los accidentes naturales más influyentes en la historia de la exploración. Porque nadie ha podido con el Sudd.
Es curioso como los nombres definen una actitud frente a la Historia. En árabe, Sudd se traduce como ‘barrera’ u ‘obstrucción’. Hay en ese significado un reto, una frustración por la exploración inacabada. Durante siglos, el Sudd demostró ser un muro tan impenetrable que hasta Roma respetó su nombre árabe. Hace más de dos mil años, un batallón de soldados romanos enviados a remontar el Nilo hasta sus fuentes no consiguió ir más allá de este bloque pantanoso, que marcó el límite de la penetración romana en África ecuatorial. Ese respeto por la toponimia local no se mantuvo en otros lugares. De nuevo, el lenguaje da pistas del cambio de los tiempos: cuando a partir del siglo XV los europeos expandieron sus dominios por África, viajaron con la mirada fija en sus ombligos. Por eso bautizaron a las nuevas tierras, que por supuesto ya tenían nombres, con sus apellidos o los de sus monarcas, como Rodhesia, hoy Zimbabue y Zambia, en honor al empresario y colonizador Cecil Rhodes; la ciudad de Livingstone, fundada por el célebre explorador escocés, o el lago Victoria, nombrado así en honor a la reina británica. Hay cientos ejemplos similares. Los exploradores occidentales también tiraron de la pereza o la avaricia. En un alarde de imaginación egocéntrica e interés comercial, los europeos bautizaron algunas regiones con las riquezas que esperaban sacar de ellas (Costa de Marfil, Costa de los Esclavos, Costa de Oro,…) o con lo primero que veían o escuchaban (Cabo Verde, por las montaña llenas de flores; Sierra Leona, por los violentos golpes de olas contra las rocas que parecían rugidos de León; o Camerún, por los abundantes camarones en sus estuarios,….). Como el Sudd se mantuvo inaccesible al empuje colonialista blanco, a nadie se le ocurrió cambiarle de nombre. Para qué. Sigue siendo una barrera”.


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17 de mayo de 2017

Los ‘asante’, un tradicional pueblo ghanés

Kumasi, con el mercado al fondo lleno de tenderetes

Los ‘asante’ o ‘ashanti’ eran el mayor y más poderoso grupo étnico de Ghana. Ateniéndose uno a la diversidad dialectal, esta etnia ocupaba el centro-sur del país, en la provincia de Ashanti. La base de su poder inicial fue el comercio del oro pero durante los siglos que duró el tráfico de esclavos obtuvieron grandes beneficios actuando como intermediarios, sobre todo comprando esclavos a los ‘hausa’ y cambiándolos a los comerciantes europeos por armas que reforzaban su ya estable poder. Tradicionalmente también habían exportado el fruto del árbol de cola muy apreciado como estimulante por los musulmanes del norte. El actual centro neurálgico de este tradicional pueblo era la ciudad de Kumasi.

Murciélagos de la fruta, colgados de las ramas

Allí, a Kumasi, llegó un día el viajero insatisfecho en un autobús que paraba y paraba en cada pueblo, en cada bache de la carretera -y había muchos- desde el norte del país. Era una ciudad grande, populosa, con un mercado inmenso de tenderetes de lona, tela y latón. Grandes árboles centenarios con miles (millones, diría) de murciélagos de la fruta colgados de sus viejas y retorcidas ramas. Cientos de puestos artesanales fabricando cosas inverosímiles. Toda una amalgama de productos, cachivaches, suciedad, desorganización y movimiento. Pero así era (y es) África, y así le emocionaba al mochilero transitar por sus calles. Una mañana se internó por los callejones del mercado, por los pequeños y estrechos pasadizos que dejaban los puestos callejeros amurallando laterales y disfrutó con esa vida que se mueve debajo de lonas y hojalatas, y paseó con cierto miedo debajo de aquellos árboles repletos de murciélagos. No obstante, su verdadera intención era conocer algo sobre la civilización ‘asante’, de la que desconocía todo. Y cuando dice todo, era todo.
Según su libro-guía, a las afueras de Kumasi, en concreto en la localidad de Ejisu, había varios edificios tradicionales. A ello se dedicó una mañana, a visitar algo de esa cultura. Para ello tenía que atrapar un bus/minibús pero era necesario saber dónde tenía parada. Tuvo que atravesar la vía del tren, en aquel momento llena de tenderetes, en apariencia temporales, que eran una especie de extensión del mercado diario, y colocarse en el arcén de una de las carreteras de salida. Allí, dar el alto a unos de los minibuses. Recuerda que no esperó mucho y, en poco tiempo, descendía en Ejisu.

Casa tradicional del pueblo 'asante'

Se acercó a uno de estos santuarios de la cultura ‘asante’ y de un primer vistazo ya se percató de su sencillez. Estos tradicionales edificios estaban construidos de madera, bambú y yeso de barro. Originariamente, con techos de paja. Los únicos bajo-relieves decorativos que adornaban las paredes representaban una amplia variedad de motivos, animales, pájaros y plantas, y vinculados a símbolos tradicionales. Los edificios, su rico color y la diversidad de sus decoraciones eran los últimos ejemplos que sobrevivían de un estilo tradicional significativo de la arquitectura que personificó el influyente, poderoso y rico ‘reino asante’ de finales del siglo XVIII.
Un viejo personaje le recibió a la entrada y le despidió al salir.
Una pequeña aportación a la causa y abandonó el lugar.


Patio interior de una casa tradicional 'asante'


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5 de mayo de 2017

Medan, ciudad al norte de Sumatra

Palacio de Maimoon

A Medan llegó en avión. Después del viaje Madrid-Dubai-Yakarta (sin salir del aeropuerto tomó un vuelo doméstico a Medan), el viajero insatisfecho estaba cansado, con pocas ganas de hablar inglés (idioma que no domina) y menos con la intención de encontrarse con problemas en el ‘hotelucho’ de turno, con un recepcionista que se expresaba en indonesio, y nada más. Eran las 2 de la mañana, hora local.
Al final, todo solucionado.
Una ducha y la cama fue la mejor recompensa.
Medan estaba al norte de la isla de Sumatra (Indonesia) y siendo sincero no tenía grandes cosas que ver. Una ciudad. Otra ciudad más en el currículo viajero, pero la necesitaba (un mal necesario) como base logística para visitar Bukit Lawang, territorio de orangutanes. Era una ciudad a lo grande y atesoraba gran cantidad de circulación, de coches y becaks (moto o bici-rickshaws), pero con carácter muy regional o local. Moderna, bien equipada y con alguna zona de cierto encanto colonial holandés. Pocas cosas visitables pero el mochilero hizo un esfuerzo sobre todo para tomar un poco el pulso al país pues era un inicial acercamiento a la vida indonesia: era la primera población que tendría oportunidad de conocer.



Interior del palacio de Maimoon

Muy recomendable al llegar a un nuevo enclave era tratar de entender, tratar de visualizar la realidad genérica y asimilar. Asimilar los movimientos, los actos, las miradas, los gestos, las sonrisas o todo lo que ofrece la gente al pasar.
Y qué visitar?. El primer paseo fue a Istana Maimoon, el palacio Maimoon construido por el sultán de Deli (sultanato del norte de Sumatra), a finales del siglo XIX, que tenía “influencias malayas, mongolas e italianas” -decía el libro/guía-. Lo que no decía la Lonely era que iba a estar atiborrado de gente local haciéndose fotos (cientos) con los trajes ceremoniales o típicos malayos y posando en un lujoso trono. Real, por otra parte. Sin embargo, era simpático ver a los niños, y mayores, disfrutando en su imaginación, vestidos ‘a lo sultán’, de una vida que ellos nunca llevarían.



Mimbar, en el interior de Masjid Raya

Muy cerca se encontraba Masjid Raya, la gran mezquita de Medan, muy ornamentada y de fácil acceso. Imprescindible para la visita, como en todas las mezquitas, descalzarse. ¡Seamos respetuosos con una religión de dudosas tradiciones e imposiciones! Bueno, como todas.
A los alrededores cambió su residencia para instalarse en un hotel más acorde a sus gustos, donde, al menos, las cervezas eran frescas, frías y nada remolonas. El lugar era Pondok Wisata Angel, regentado por una simpática dueña y con un animado café que daba a la calle. Sin remilgos.



Becak


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22 de abril de 2017

Yakarta, o Jakarta

Mona, en la plaza Mendeka

Yakarta era una ciudad sorprendente, inmensa, bulliciosa y, en determinadas zonas, muy moderna. Sorprendieron al viajero insatisfecho los grandes edificios que parecían formar un skyline al estilo del de Nueva York.
Se hospedó en una zona de mochileros, en un hotel muy decente para su ubicación (zona Jalan Jaksa) y precio. Nada más tomar posesión se dispuso a salir a ‘romper’ Yakarta. En lo que le quedaba de tarde visitó la plaza Mendeka, donde se encontraba el monumento Monas, vulgarmente conocido con cierta sorna como ‘la erección de Sukarno’. Esta especie de obelisco de 132 metros de altura en el centro de la gran plaza o parque, constituye la figura emblemática de la ciudad y la más reconocida y delirante construcción del antiguo presidente. Hecha de mármol italiano y coronada por una llama esculpida, recubierta de pan de oro. Paseó poco por allí pues para acceder al recinto había tenido que rodear el extenso parque y, después de aquel completo día de cambios de cuidad a ciudad, estaba ligeramente cansado.
Ya tendría tiempo de hacerlo al día siguiente, cuando visitó la parte vieja, o cuando ‘se dejó ir’ en manos de un experto blogger, conocedor de Yakarta como si de su finca privada se tratara: Gildo Kaldorana. Ambos días tuvo momentos intensivos, donde disfrutar de la ciudad suponía descansar poco, coger todo tipo de transportes o encomendarse a largas caminatas.

Puente del mercado del pollo

La zona vieja era la antigua ciudad de Batavia, ahora conocida como el barrio de Kota. Fue antaño el corazón de la colonia holandesa en Indonesia, pero lo que existía hoy en día se reducía a unos edificios históricos, convertidos muchos de ellos en museos, o la plaza Taman Fatahillah, adoquinada y rodeada de más fachadas coloniales. Circuló toda una mañana sin rumbo por ella y sus alrededores, y sintió la vida indonesia muy cerca. Estuvo en el Puente del mercado del pollo, una singular pasarela rodeada ahora de otros puentes más modernos, aunque mantenido allí como vestigio de una época ya pasada, y se adentró en callejuelas con cierto aire peligroso. No sabe si era una realidad o una impresión sobrevenida. Visitó alguno de los museos, entre ellos al de Sejarah Jakarta, en el edificio del antiguo ayuntamiento de Batavia.
Y paseó, paseó y paseó.
Al día siguiente fue Gildo Kaldorana (‘el rey de Yakarta’), quien se encargó de cumplir con su papel de experto conocedor de la ciudad. Conoció con él la zona de los mega-rascacielos y le enseñó otros rincones, aunque dejaron que el día transcurriera sin grandes sobresaltos ni agobios turísticos.
¡Gracias, Gildo! (en realidad, un ‘alias’ pues su nombre real es otro).
Era una ciudad tan grande que no parecían suficientes tres días para conocerla bien, ni esta entrada será algo que ayude a desgranarla mejor. 
Solo son unos pequeños apuntes para el recuerdo.

Moderno skyline de Yakarta

Edificio del antiguo ayuntamiento de Batavia

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9 de abril de 2017

Una decepcionante visita / Isla de Komodo

El V(B)iajero Insatisfecho posa con uno de los dragones

El viajero insatisfecho tenía ganas de ver y disfrutar de los enormes lagartos o dragones de Komodo, que ya había visto en diversos documentales de La 2. Lagartos siempre ‘vendidos’ en el imaginario viajero como peligrosos por su agresividad y voracidad. Pero la tan ansiada visita pasó a convertirse en algo decepcionante.
El Parque Nacional de Komodo, creado para defender a sus dragones, estaba formado por varias islas, siendo Komodo y Rinca las más grandes. Fue creado en 1980 para proteger los dragones de Komodo, endémicos de estas islas.
Aunque había alguna opción más, el mochilero leonés optó por una de las formas más habituales de visitarla: un tour en un pequeño barco (a veces, una 'batidora' a merced de las olas) desde la población de Labuan Bajo, en la cercana isla de Flores, que regresaba el mismo día. Eran unas tres horas y media de ida; otras tantas de vuelta. En medio, una parada en una chica pero preciosa isla donde se ascendía una pequeña cota para admirar un bonito paisaje de ensenadas y playas. Aunque en la parte más alta se acumularon muchos turistas de otros barcos, se destilaba una sensación de belleza y libertad. Estaba muy cerca de la isla de Komodo. Se veía a lo lejos, inmensa, verde, montañosa y enigmática. Como algo grandioso. La llegada del barco a ella fue alrededor de mediodía, hora no muy apropiada pues era cuando los dragones se ocultaban para protegerse del sol, como haría cualquier animal que tuviera un mínimo de instinto de supervivencia.

Entrada al Parque Nacional

Una vez cumplimentados los trámites de entrada al Parque Nacional y después de una breve explicación de los rangers que acompañarían al pequeño grupo, el trayecto era muy breve: poco más de una hora. Únicamente se trataba de adentrarse unos metros dentro de un paisaje verde y semi-selvático hasta que en un claro, pisado y pateado al extremo, aparecieron ante los visitantes cuatro o cinco dragones con aspecto de estar hartos de comer. Parecían adormilados y deseosos de descansar. No se inmutaron mucho con la presencia de la panda de turistas, guiados por los rangers. Estos, a su vez, más parecían hacer un acto teatral que proteger al grupo de unos ‘peligrosos’ animales adormilados.


Dragones de Komodo

Uno de aquellos guías, siguiendo su propia sugerencia e idea, se encargó de sacar fotografías con las cámaras de los visitantes para que así cada uno de ellos pudiera llevar una de recuerdo. Este mochilero por supuesto no se libró de semejante atractivo que guarda como un hecho anecdótico. Pasearon un poco más por los alrededores en busca de nuevos dragones con relativo éxito. Se cruzaron con dos baby-dragones que, al percatarse de la presencia del grupo, corrieron desesperados hacia el fondo de la maleza y encontraron otro individuo adulto a la sombra de un tupido árbol. Con las mismas, regresaron al punto de partida.
La visita había finalizado.
No sabe cómo sería la ruta por Rinca, otra de las islas con gran número de dragones, pero el recorrido por la isla de Komodo fue escaso, falto de atractivo y con la sensación plena de estar viviendo una ‘turistada’.
Que lo fue.
Así, no vayáis a la isla de Komodo.
El guía-ranger, con su única defensa ante los dragones: un palo terminado en V

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31 de marzo de 2017

Un breve comentario sobre Bali

Entrada a Eka's Homestay

Bali era una isla turística. Una isla llena de recorridos, monumentos, templos, playas, hermosas vistas y sencillas gentes. El viajero insatisfecho no quiere hablar mucho de esta parte de Indonesia porque ya está todo dicho, si bien un viaje tiene siempre peculiaridades no vividas por otros o experiencias no disfrutadas por otros sólo por cada uno.
Era una isla como territorio pero también era una isla espiritual hinduista dentro de un vasto territorio/país donde imperaba la religión musulmana. Y aparentemente había tolerancia con el resto, al menos, en el día a día o en la vida cotidiana.
¿Problemas?, muchos.
¿Superables?, todos.
Centró su estancia en Ubud, una ciudad cerca de todo. Situada entre verdes laderas y en medio de verdes valles. Desde allí, era fácil llegar a cualquier lugar alejado y contenía multitud de posibilidades logísticas. En Ubud se hospedó en casa (Eka’s Homestay) de un famoso músico balinés y disfrutó de las atenciones de su simpática esposa. Si volviera a ir a Bali, se hospedaría en Ubud, en casa del famoso músico balinés.

ESCENAS DE BALI





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20 de marzo de 2017

Cráter El Boquerón / El Salvador

El cráter 'El Boquerón'. En primer plano, unos cocotos o jocotes

El cráter de ‘El Boquerón’ se encontraba relativamente cerca de la ciudad de San Salvador, capital del país centroamericano El Salvador. Era conocido en toda la ciudad y para aproximarse a su borde era necesario tomar un autobús en el centro hasta el barrio de Santa Tecla. Allí, un pic-up acercaba al visitante hasta la entrada del parque nacional, o zona protegida, que rodeaba a aquel inmenso boquete.
Desde la entrada hasta el mismo borde del antiguo cráter se ascendía por un sencillo sendero, a veces con escaleras y otras con barandilla, bien marcado y señalado para el caminante. Una vez allí, la panorámica era realmente bella. Desde cada uno de los cuatro miradores en lo más alto de la arista (Los helechos, Las hortensias, Las begonias y Los cartuchos) se podía ver, en lo hondo del círculo, el extinto volcán. Las laderas que lo bordeaban con los años se habían convertido en una pequeña selva verde.
En lo más profundo, había existido un lago que desapareció, según decían, en 1917 cuando una pequeña erupción colapsó y diseminó sus aguas. Era posible visitarlo y descender, aunque todos los indicadores/letreros coincidían en señalar la falta de vigilancia y la peligrosidad de un descenso y, por tanto, del posterior ascenso. El parque nacional no se responsabilizaba del que se atreviera a contravenir aquellas indicaciones. El viajero insatisfecho que, en este caso, retaba a la adversidad -no suele hacerlo- podría certificar que el regreso, o ascenso, era un verdadero y agotador desafío.
Esta empresa de subir y bajar en solitario se convertía, aún más, en una verdadera temeridad para el mochilero que no contaba, ni cuenta, con una excelente condición física. Inició solo el descenso -a sabiendas de que podía abortarlo- animado por la perspectiva de llegar a pisar lo que desde arriba se veía como un pequeño cráter circular. Cuando, después de media hora, estaba a punto de abortar por primera vez la operación de bajada (lo haría varias veces) y dar por concluida la aventura, se aproximaron dos mexicanas y un mexicano por la misma senda que le animaron a continuar. La bajada, entre bromas, descansos, ramas caídas y peñascos, se hacía lenta y cansina en grupo. Decidió continuar en solitario. Al cabo de un rato o una media hora más de caminata, le vino a la mente de nuevo otra intentona de abandono, pensativo y sentado en una de las rocas, pero en ese momento ascendía un grupo de cuatro salvadoreños, guiados por un italiano loco (es un apelativo cariñoso, Alejandro) por el ‘footing’ de altura, después de haber cumplido su reto. Aunque faltaba poco para la meta como así le confirmaron, no alcanzaba a verla por lo espeso de la vegetación. Les mostró su interés por abandonar el empeño, pero el italiano le convenció e incluso decidió acompañarle hasta haber finalizado el descenso.
¡Gracias, Alejandro!.
Unos minutos de descanso en lo más profundo del cráter, unas fotos una vez cumplido el objetivo y, de nuevo, a afrontar la montaña, en este caso, el reto del ascenso.

En el cráter, con la alegría del éxito

Un suplicio, un martirio. La complicada trepa por aquella senda casi vertical ‘para ardillas’ se hacía eterna. Entre arbustos y piedras, pequeñas lianas y musgo, los minutos se estiraban largos, y el cansancio hacía peligrar un sano regreso. Unos se animaban a otros, y los otros respondían también con ánimos, pero ‘El Boquerón’ parecía poder con todos. Menos con el italiano. Pasaron más de dos horas y, así, con la lentitud en las piernas, la respiración entrecortada, precipitada, y las caras desencajadas de agotamiento abordaron el último escalón de piedras que les dejaba en lo más alto del cráter.
Había concluido.

Copyright © By Blas F.Tomé 2016