12 de febrero de 2020

Fakaha, ¿estuvo Picasso allí?

Mujer en la ruta, camino de Fakaha

En el libro-guía que llevaba no venía nada del pueblo de Fakaha, relativamente cerca de la ciudad de Korhogo, al norte de Costa de Marfil.
Supo de este pueblo cuando estaba allí, ya en la ciudad norteña: una amiga desde España le preguntaba si visitaría Waraniené (población de tejedores), Kapelé (artesanos de la terracota) y Fakaha. Para los dos primeros, y otros dos poblados más, le vendría a buscar un moto-taxi al día siguiente (ya lo tenía contratado), pero de Fakaha no sabía nada. El mensaje enviado, recogido de internet, era una breve frase en inglés que decía: “Fakaha Village: Picasso vino aquí dos veces en los años 60 y usó alguno de los motivos artísticos en sus pinturas. Se puede ver todavía uno de sus trabajos en sus talleres”.
Indudablemente, y a partir de ahí, ese sería también uno de sus próximos destinos. Estaba dispuesto a conocer cualquier pormenor acerca del pueblo ‘senufo’, habitantes de aquella zona, y si ello llevaba aparejado averiguar algo relacionado con Picasso, con mayor motivo.
La suspicacia de que ello fuera o no verdad se labró en su mente, sin ser un experto, desde el primer momento. ¿Picasso, en Costa de Marfil? ¿Picasso, en un perdido poblado en medio de la sabana norteña de los alrededores de Korhogo? ¿En los años 60 del siglo pasado con las dificultades que en aquel entonces tenía la movilidad por África? Ningún experto o historiador de Picasso defendía la autenticidad de tal viaje del artista, aunque si muchos críticos insistían y enfatizaban las similitudes entre las esculturas africanas y las obras del artista español. Era fácil suponer que, de alguna forma, le sirvieron de inspiración.
Con la escasa información y con las dudas que le entraron, se lanzó al día siguiente a tratar de encontrar un ‘Picasso’ en Fakaha. Mejor dicho, a los dos días, pues para la siguiente jornada ya tenía otros planes decididos de inspección.
El motorista no conocía la población. Salieron del hotel de Korhogo muy pronto. Ya de camino, el viajero insatisfecho le mostraba el nombre del pueblo escrito en su libreta de viaje. Paraba de cuando en cuando a preguntar a los viandantes de la orilla por el desconocido destino. Unos pocos kilómetros por una carretera asfaltada y luego un gran trecho, quizás 20 kilómetros, por un camino de tierra que les llevaría a la esperada población. Hasta llegar, sorprendían los termiteros gigantes entre plantaciones de anacardos o tierras sin cultivar, campos y campos de algodón, unos ya cosechados –se veían los montones blancos de trecho en trecho- otros aún en la planta aflorando su albor. Algunos baobabs se encargaban de generar una atmósfera más africana al lugar. Y, como no, polvo, tierra roja africana y polvo generado, menos mal, por los raros vehículos cruzados.
Vivían allí, en Fakaha, unos cuantos habitantes en modestas casas de barro, algunas con techumbre de paja. Y niños, una prole de niños que aparecieron al ruido del motor. Del otro lado del pueblo, en varias construcciones circulares y abiertas, los artistas pintaban sus tradicionales telas. Eso sí, en aquel momento, había un descanso o receso productivo: nadie usaba pinceles o punteros para elaborar una nueva creación. Los talleres no tenían protección alguna. Sus obras colgaban de las paredes o extendidas en el suelo.
El artista local realizando una de sus obras, mostrando su técnica

Y allí, en el suelo, se encontraba con el famoso ‘Picasso’. ¡Un impacto brutal! ¡Un sorprendente hallazgo! ¿Estaría delante de un cuadro africano de Picasso?. ¿Una obra del artista español en medio de la sabana africana? Desde luego, un dibujo humano con rasgos de hombre blanco que se repetía en la obra podría parecer Picasso, su autorretrato. La tela blanca, aunque más oscura, denotaba el paso del tiempo y en uno de los extremos del lienzo, una declaración en francés destinada a certificar que el pintor había pasado por allí:
"El que suscribe, Ashanty Kouadio Souleymane, agente de turismo de la empresa de los Palacios de Cocody (...), comisionado por la agencia Lagoona Tours, reconozco haber reproducido la carta, testimonio del paso de Pablo Picasso. Para una mejor conservación de la nota en los archivos de Fakaha (...) Picasso vino en 1968 a Fakaha, descalzo. Trabajaba sin camisa ni ropa”.
Preguntó a un hombre que le observaba quieto, ya entrado en años, si había conocido a Picasso. Movió su cabeza marcando una negación. No parecía, eso sí, la persona indicada donde indagar. Tal vez, únicamente pasaba por allí.
Un paseo por aquí, paseos por doquier observando la gran cantidad de telas expuestas, seguido de un grupo de niños que no dejaban de mirar. Uno de los artistas que apareció de pronto, le mostró la técnica, su elaboración y le ofreció alguna de sus obras. No suele ser costumbre de este mochilero, pero aceptó. Tras el inevitable regateo/forcejeo se hizo con una tela ¿y si fuera verdad que Picasso estuvo allí?
Termiteros

Una vez en casa, y consultado ‘San-Google’, puede asegurar que, a primeros del pasado año, varios periódicos iberoamericanos recogían la información, pero dejando muchas cuestiones en el aire. Cábalas, muchas conjeturas y demasiadas incógnitas. Si no había rastros de ese viaje -dijo algún defensor- era porque Picasso quiso mantenerlo en secreto para no revelar que se inspiró allí. "¡Estoy seguro! Les digo que vino. ¡Lo vi!" dijo irritado Soro Navaghi, uno de los testimonios que recoge la crónica de AFP.
Según especulaban los periódicos, ‘para llegar hasta el norte de Costa de Marfil, entonces colonia francesa, Picasso tendría que haber navegado hasta Abidján y luego recorrido más de 1.000 km por caminos de tierra. Una odisea de varios meses digna de un explorador’.
Casi a la altura de Mungo Park.
El 'Picasso', en primer plano en el suelo, y el V(B)iajero Insatisfecho
Tela comprada en Fakaha, enmarcada aquí

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27 de enero de 2020

La mezquita de Kong, Costa de Marfil

Mezquita de Kong

Una tienda ‘Vente de pondeuse’ que vendía… ¡a saber!. Delante un kiosco (cuatro tablas y una techumbre de hojalata) con camisas colgadas, todas ellas diferentes, con dibujos infantiles. La azul celeste tenía impreso ‘Chaplin’. Una niña jugaba, al lado de su madre que daba el pecho a un tierno bebé, y daba alegres saltos multicolor. Se levantaba la falda y, con inocente ingenuidad, enseñaba su ‘culete’ sin braguitas. Piel fina, negra, brillante que, incluso a lo lejos, desprendía candor. Por la calle caminaba una jovencísima madre con su niño recogido como una bola a la espalda; paso firme y sin mirar, como de oído, cruzaba una calle en diagonal. La hermana de la ‘culete sin braguitas’ un poco mayor, comenzaba a recoger las camisas que colgaban del tenderete. La última, la que estaba rotulada como ‘Chaplin’.
Poco a poco iba desapareciendo el color rutilante de la tarde, y en los ojos molestaba el perenne polvo que brotaba de la cercana tierra roja. Por la calle perpendicular aparecía un hombre vestido de musulmán, chilaba corta de color marrón y, por debajo, unos pantalones más ‘café con leche’. Gran trasiego de motos en ambas direcciones. En pocos minutos, el kiosco, las cuatro tablas quedaban desnudas. La madre dejaba de dar el pecho al niño y desaparecía en el interior de la tienda. Por la calle lateral, un ciclista se perdía a lo lejos.
La vida en Korhogo se transformaba en gris: no estaban las camisas de colores y dibujos infantiles, la niña del ‘culete sin braguitas’ se ocultaba con su mamá. Un poco de vida africana se perdía para siempre. Dos niñas y tres niños pasaban delante del mochilero y le decían ‘au revoir’ ¿sería educación o curiosidad? Y por instantes la vida africana volvía a resurgir.
Ovejas al lado de la mezquita

Hacía unas horas que el viajero insatisfecho había regresado de su visita a la mezquita de Kong. Un largo viaje de ida y vuelta por caminos de tierra roja, reposado calor, sol y constante polvo en el aire provocado por algún vehículo que circulaba anterior. Aquel polvo que el viajero respiraba desdeñando su maligna parte perjudicial. Kong era un sencillo pueblo, quizás feo y sin color. Para llegar allí, después de cuatro horas de saltos y polvareda, había que cruzar varias poblaciones de mísera apariencia. Se traspasaba Fengene, Nafana o Kovadá. Los árboles de las orillas del camino, aunque verdes, agostados y vestidos de polvo marrón. Plantaciones de anacardos, algunos gigantescos mangos y muchos árboles karité, o de mantequilla.
Llegaban a la calle principal de la población cuando faltaba poco más de una hora de sol. Vio la mezquita a lo lejos y, después de organizar con el conductor la vuelta temprano para el día siguiente, dirigió sus pasos hacia aquel edificio particular. Era su único propósito de viaje, visitar la mezquita de Kong. Conocía la mezquita de Larabanga, en Ghana, considerada la más antigua de este tipo de mezquitas, cimentadas todas ellas en el prestigioso estilo sudanés. En una vasta área de todo el continente africano noroccidental, desde Senegal hasta Ghana o Costa de Marfil, estos singulares edificios religiosos se caracterizaban por su material de construcción común: ladrillos de barro reforzados por grandes troncos de madera y vigas de soporte que sobresalían de la pared de manera irregular, sin tallar. Estas estacas de madera, llamadas ‘torones’, se utilizaban como andamios de cuando en cuando, según las necesidades de retocado de sus paredes. De la de Kong, además, le llamó la atención aquellas bolas blancas en sus picos, imitando huevos de avestruz.
Le quedaba aún un rato de sol y sin más preámbulos, después de admirar sus raros contornos, sus torretas y vigas de retorcidos palos sin pulir, de asegurarse unas fotos y disfrutar de aquel momento único, se dirigió al albergue de la población. Quería garantizarse un tranquilo, aunque fuese corto descanso. Tomó una habitación y rápido regresó en taxi-moto al entorno de la mezquita. Rodeó de nuevo sus paredes de barro, su irregular forma tradicional, molestó a unas ovejas que descansaban a la sombra y trató de pasar al interior. Todas sus puertas estaban cerradas y no parecía buena idea molestar al líder religioso.
Paseó por una de sus calles aledañas y, a lo lejos, divisó otra mezquita menor, de similares formas y aparente imitación. Ésta sí tenía la puerta abierta pero uno de los personajes integrantes de la asamblea allí montada le impidió el acceso. 
Se resignó. 
Era 31 de diciembre.
El primero de año regresaría a Korhogo y, en la espera del autobús para el siguiente destino, la niña exhibiría, con inocente candor, su ‘culete’ sin braguitas.
Pequeña mezquita

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17 de diciembre de 2019

Antelope Canyon

Formas, colores, penumbras, reflejos, claridad, blancos, naranjas, ocres, tostados, amarillentos, luminosidad, sombras, o rayos de luz. Todo esto cabría a la hora de definir el Antelope Canyon.
No va a hablar mucho este viajero insatisfecho sobre este cañón, en realidad dos: Upper y Lower. Cree, sin duda, que lo mejor sería disfrutar de alguna de las fotografías. Cada posición tenía una foto. Cada paso era una instantánea.
En territorio o reserva de los navajos, estaba gestionado por ellos. Muy cerca, la central térmica que el gobierno de Estados Unidos había montado allí. Era prácticamente la única industria de la reserva. Poseía chimeneas de 236 metros de alto, y llamaba la atención aquella imponente altura en medio de la nada, en medio del semi-desierto de Arizona. A lo lejos, se divisaba la ciudad de Page.
Pero yendo a lo que trata esta breve crónica, el Antelope Canyon era un espectacular cañón perfilado por el agua y el viento a lo largo de los años. Una formación geológica que se había ido horadando por las corrientes de agua mediante un complicado proceso geológico. Fue refugio de pobladores locales en tiempos difíciles de persecuciones y batallas. Descubierto por una mujer de la tribu de los navajo, su recorrido era una experiencia visual increíble.
Hay muchos sitios en el mundo que convocan a las gentes por su entorno. Otros, por su grandiosidad, por su antigüedad, o por naturaleza explosiva. También, por su religiosidad. Pero para este mochilero, el Antelope Canyon llamaba la atención del visitante por su fuerza visual.
Aquí deja unos ejemplos. 





Muy cerca estaba el famoso Horseshoe Bend, meandro rocoso del río Colorado, situado poco más abajo del lago Powell. 
¡Tremenda aglomeración de turistas para sentir cómo la naturaleza había perfilado aquellas formas en el río Colorado!.




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9 de diciembre de 2019

Parque nacional Bryce Canyon

P.N. Bryce Canyon

El grupeto ‘del Nissan’ (amigos de visita a los parques de Estados Unidos) se había alojado en Hatch, un pequeño (?) rancho en la ribera del río Sevier. El río, en sí, era una especie de riachuelo que dibujaba multitud de meandros por toda la extensión del valle hasta donde llegaba la vista.
Para llegar allí desde la anterior población de descanso, Page, el pequeño grupo de amigos había circulado durante un trecho en paralelo al curso del Mystic River, sin saber si la homónima película tendría algo que ver con él. Tal vez su autor se había inspirado en su tortuoso cauce para entramar la retorcida historia. En todo caso, unos ríos que alimentaban de vida aquellos parajes repletos de pinos, muchos ponderosa u otras clases, que daban aspecto agreste a todo aquel lugar. Pero ¿qué había en esta población? ¿qué había en Hatch?. Nada, excepto el serpenteante río, la humedad de sus orillas y la taberna ‘Bear in the beed’ donde, una vez concluida la visita al parque nacional, cogieron fuerzas a base de carnaza a la brasa y ‘Uinta Beer’. Simpática taberna que recibía a los clientes con dos sendas figuras de vaqueros, tamaño natural. Uno de ellos, pertrechado del sombrero mexicano al uso. Ah! En este poblado también había una decadente tienda de antigüedades, casi cacharrería y almacén de inservibles; un lugar ideal para un desayuno copioso y batidos golosos, y unos colonos allí establecidos difíciles de ver.

P.N. Bryce Canyon

Llegaron de mañana a la entrada del Bryce Canyon (Cañón Bryce), nombre mentiroso. No era un cañón sino más bien un anfiteatro de rocas esculpidas por el viento, la lluvia y la nieve. Por la naturaleza, sin más. Extenso falso cañón, sí. Multitud de caminos, sendas, miradores ayudaban a divisar los efectos de una naturaleza salvaje, tremenda, sin complejos, ruin, en ocasiones. Maravillosa, las más.
Después de pasar por caja, tomaron un bus que parecía la mejor manera de recorrer los silvestres rincones del parque nacional. Comenzaron por unos de los miradores, después vendrían los demás. Algunos, recorrieron andando, y divisando. Andando, y fotografiando. Andando, y de risas. Estaba el Bryce Point, el Inspiration Point, Sunset Point, el Sunrise Point o Rainbow Point.
Todo era un conjunto de columnas veteadas, figuras, efigies picassianas, ventanas multiformes y chimeneas de hadas: los famosos ‘hoodoos’. El agua de lluvia se había encargado de todo este desfile de formas o pináculos rocosos alargados, con una gran combinación de colores, rojos, ocres y blancos. El agua se congelaba de noche, se disolvía con el día y generaba, bajo fuertes presiones, grietas que se convertían en irregulares formas. Todo un conglomerado de bellas figuras naturales o crestas, conformaban aquel paisaje diferente.
Centenares, miles de visitantes aparecían aquel día -seguro, que todos- por cualquier recodo o recoveco por donde mirara el viajero insatisfecho. A veces, en la lejanía, parecían termitas negras al lado de su termitero. Era posible hacer senderismo, alejarse caminando por veredas pisadas y repisadas por visitantes ansiosos. Estaba el conocido Navajo Loop, afamado y en apariencia no muy difícil de sortear. No había mucho tiempo. Quizás no hubo ganas. Pereza, más bien.
Un soleado día, por momentos, amenazó lluvia.
Figuras y pináculos en el P.N. Bryce Canyon

La entrada al 'Bear in the beed'


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22 de noviembre de 2019

Monument Valley, territorio navajo

Monument Valley
La diligencia, La legión invencible, Rio Grande o Centauros del desierto son algunas de las míticas películas de John Ford. Famosos films que en sus legendarias escenas de vaqueros, diligencias y caravanas de carromatos tirados por caballos mostraban paisajes del grandioso Monument Valley, panorama reconocido por todos los que han tenido una infancia rodeada o envuelta por el western americano. A John Ford le subyugó este paisaje rocoso del territorio navajo y, hoy día, se mantiene tal y como el acervo personal de muchos cinéfilos recordarán de las tardes de 'butaca y palomitas'. Con el tiempo, y la locura o fanfarria americana, ha sido el escenario de otras muchas películas de diversos géneros, como Licencia para Matar, Regreso al Futuro III, Thelma y Louise, Forrest Gump o El Llanero solitario.
¿Por qué no conocerlo?, se había preguntado siempre el viajero insatisfecho. Aunque no fue hasta que el grupo de amigos decidió hacer esa excursión al desierto de Arizona y Utah que no lo vio factible.
Muchos kilómetros a la redonda de este famoso y tórrido valle era una reserva india de los navajos, que explotaban además el negocio del recorrido al Monument Valley. Que era una reserva se notaba en esto, y en los muchos problemas que había para conseguir una cerveza fría (o caliente) en las poblaciones cercanas, incluida Tuba City, donde el ‘grupo Nissan Armada’ estuvo hospedado la noche anterior. El alcohol, por los problemas derivados de su abuso, estaba prohibido. Tiempo atrás, en el alcohol se habían refugiado muchos indios, tanto sioux como navajos, por las evidentes y forzadas contradicciones en su forma de vida. Los nativos americanos se negaban a abrazar una forma de comprender el mundo completamente distinto a la suya; al encierro en reservas a las que habían sido abocados; a la negación de su cultura, su espiritualidad y tradiciones, y al genocidio sostenido durante siglos. Una terrible pesadilla personal y comprensible, enmarcada en la absurda ensoñación americana.
El Monument Valley era un respiro de paz y polvo, y de silencio y estruendo de tubos de escape de 4x4. De la soledad de los ganaderos o labriegos navajos y la masificación del turismo necesario para la subsistencia de ellos. Todas estas contradicciones, y muchas más, convivían entre aquellas mitológicas rocas que subyugaron a John Ford.
Monument Valley

Pasaron por caja en la carretera que les llevaba al valle, en un puesto navajo de control y tickets. Una vez traspasado el límite, dejaron por unos minutos el Nissan aparcado y se acercaron al ‘view point’ que mostraba en su inmensidad el rocoso valle, las pequeñas montañas de cúspide plana, las aristas verticales de las rocas y la llanura repleta de matojos casi muertos. Un paisaje evocador.
Ya de pleno, en las múltiples paradas fotográficas, los copiosos puntos visuales se acumulaban en los objetivos de cámara y móvil. No era mucho lo que se podía hacer. Sólo circular y circular. Dejarse llevar por las miradas a través de las ventanillas del 4x4 Nissan. Por delante y por detrás las montañas se iban presentando con los nombres como han sido conocidas y catalogadas para el visitante, ‘The East and West Mitten Buttes’, ‘Merrick Butte’, ‘The Hub’, ‘Las Tres Hermanas’ o ‘Spearhead Mesa’. 
Muchas paradas para festejar la aventura, ‘hacer el ganso’ o, simplemente, estirar las piernas y disfrutar de un entorno peculiar.
Muchas paradas y relax.
Muchas paradas.
Cada uno tenía su punto de foto ideal. Cada uno deseaba inmortalizar el momento utópico.

(Y mucho más aquella pareja de Kansas).




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6 de noviembre de 2019

Grand Canyon


El gran cañón del Colorado

New York, Charlie Chaplin, el Gran Cañón, el western, Hemingway, los indios navajos, Lincoln,… ¿Habrá términos o vocablos más intensamente americanos que estos? ¿La humanidad se librará alguna vez de ellos? ¿Podrá alguien mantenerse al margen de su peso específico y rotunda fuerza a nivel mundial? No sabe este viajero insatisfecho, o al menos tiene dudas, si con su añeja postura antiamericana pretendía evitar todo ello o, en cierto sentido, lo simulaba. Sea como fuere, se lanzó a conocer el Gran Cañón con la sensación de hacer algo distinto a lo que había hecho en sus anteriores viajes, donde los trayectos y rutas los elegía después de una premeditada improvisación.
Para ello viajó hasta Las Vegas desde Montreal y esperó a que sus ‘organizados’ amigos le llevaran en volandas hasta orillas del Gran Cañón del río Colorado. Todo salió según lo previsto, se encontró con ellos en las oficinas de ‘El Álamo’, donde un flamante Nissan Armada les esperaba ¡Un pedazo 4x4 este Nissan que no conocía! El Gran Cañón estaba relativamente cerca de Las Vegas, y la tan cacareada Ruta 66 estaba en el camino. La tomaron en la famosa población de Kingman, donde aquella locomotora ‘Santa Fe/3759’, exhibida en todo su esplendor, parecía trasladar a los curiosos visitantes al corazón del oeste americano. Una vieja locomotora de hierro que, en otros tiempos, surcaría las famosas llanuras, saturadas de indios, colonos y atrevidos vaqueros. Fue como el bautismo de fuego de aquel pequeño grupo de amigos que se dirigía a los acantilados del famoso río por la Ruta 66, de rancio abolengo viajero. Dentro del 4x4 en el trayecto había de todo: risas, curiosidad, recuerdos, ansias de conocer o extrañeza por algunos chocantes momentos. Y, como no, ganas de llegar a orillas de los precipicios más afamados del territorio americano.
Locomotora "Santa Fe"

Este mochilero, según se acercaba, recordaba las barrancas de la Sierra de los Tarahumara, del estado de Chihuahua, en México. Allí, lo más grandioso y reputado eran las Barrancas de Urique, de Batopilas o del Cobre, que los lugareños definían como mucho más grandiosas que aquellos precipicios que iban a conocer. Y por su altura, sin duda, si lo eran. El Cañón del Colorado alcanzaba en su máximo los 1600 metros, mientras que la Barranca de Urique tenía una profundidad de 1879.
El gran cañón, visto desde el Yaki Point

Pero fue un gran trance cuando avistaron el Cañón. Un momento, quizás, de incredulidad ante lo que aparecía en los ojos de aquellos cuatro amigos en ruta. Se encontraban en una atalaya, más bien mirador, con una vista privilegiada sobre aquella célebre quebrada. Admiración y silencio. Respeto y desconcierto. Magnificencia y suntuosidad. Un cúmulo de sensaciones y reconocimiento general del ‘grupeto de amigos’ de estar ante una maravilla natural. Nada más.
Era fácil visitar los distintos miradores del Cañón del Colorado, en la parte que llamaban South Rim. Del Centro de Visitantes, tres líneas de autobuses acercaban a los curiosos a los diferentes puntos de observación, prefijados, pero elegidos con mucho tino. Todos los puntos, todos, tenían gran belleza visual. Se podían hacer a base de paradas de autobús o caminando de punto a punto. Ardua tarea esta última, sin duda.
El ‘grupo del Nissan Armada’ hizo de todo: trayectos en bus y andando, largas paradas y apresurados asomos al abismo. También, como no, ‘selfies’ de peligro. Finalizaron aquella alborotada jornada de emociones en el Yaki Point, a una hora en la que el sol caía ya hacia el horizonte, dejando una sensación de tranquilidad y paz. Los picachos de roca formaban largas sombras en los terraplenes y las aristas de las quebradas brillaban sin saber de dónde vendría su fulgor. El silencio incitaba a un grito apasionado y fogoso.
El Yaki Point, un excelente punto, y recomendable, para finalizar la visita.


Antigua gasolinera en la Ruta 66


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21 de octubre de 2019

Con karma negativo en Las Vegas

Hotel Bellagio, Las Vegas

Había, y hay, varios aeropuertos de entrada a Estados Unidos. Podía entrar por Nueva York, por Washington o Miami, por Los Ángeles o Dallas, pero el viajero insatisfecho lo hizo por Las Vegas.
¡Qué horror!
¿No podía haber elegido un lugar más típico-tópico americano?
No. Imposible.
Entró por Las Vegas procedente de Montreal, después de casi 5 horas de vuelo. Visto desde la distancia pareciera mucho tiempo, pero es que Estados Unidos y Canadá tienen una frontera común de miles de kilómetros.
Bueno, entró por allí porque su destino posterior iba a ser el cañón del Colorado y varios parques nacionales, cercanos todos ellos a ‘la ciudad del pecado’, del dinero, los casinos y tragaperras.
¿Qué pasas de los mal llamados americanos? Pues tres tazas. Si había una ciudad hortera y más empalagosamente americana esa era Las Vegas, Nevada. Circunstancias del viaje, circunstancias personales y comprometido con el viaje se impuso conocer un poco las miserias y grandezas de esta ciudad. Había quedado con unos amigos y le quedaban tres días por delante ¡muchos!, para dedicarle ratos de ocio, horas diurnas y también, como no, nocturnas.
Cuando entras en un país con sensaciones dañinas o el karma negativo, el mochilero piensa que el país se lo devolverá con creces, acentuado. No habían pasado muchas horas de haber pisado Las Vegas Strip cuando le devolvieron el pernicioso regalo.
Interior de uno de los casinos

No había averiguado mucho, ni había conocido aún downtown (zona centro) sólo había pasado por delante del hotel The Mirage, y otros, aunque, según parece, fue al erigirse éste cuando se inició la grandiosidad moderna de esta ciudad, que poco a poco ha ido dejando decaer la otra zona, la zona germinal. Era en la franja del Strip donde la grandiosa y brutal espectacularidad de los hoteles contrastaba con lo decadente de otras áreas. Una fastuosidad desde el inicio por el norte con el lujoso complejo del Wynn y Encore -y anterior, incluso, el hotel-casino Stratosphere- hasta casi el aeropuerto. En el camino se encontraban las impresionantes zonas de tiendas de los propios hoteles, donde destacaría por méritos propios el Forum Shop del Caesar’s Palace, el Bellagio o el Venetian y Palazzo. Parecían ciudades subterráneas, con túneles y túneles de tiendas. ¡Que se lo digan si no a Louis Vuitton, Saint Laurent, Carmines, Ralph Laurent o Giorgio Armani, y más!. Muchos pasos más allá, el Cosmopolitan, New York-New York, el Excalibur, el Luxor o Mandalay
Pero esto es otro mundo. Falso mundo de una farsante muchedumbre que busca la opulencia y notoriedad.
La realidad del mochilero fue otra. No había conocido aún toda esa ‘odisea del mal gusto’ cuando paseaba por el loco Las Vegas Boulevard. Estaba casi inspeccionando el sitio, cual antropólogo caduco, ciego y perdido en un mundo hortera y desmedido, cuando aquel negro espigado le asedió con su chalada impertinencia de ‘descerebrao’ y desubicado impostor. ‘Tú ayer me has molestado’. No le había visto. ‘Me has ofendido’, gritaba. No le conocía de nada. ‘Eres un estúpido blanco’. No le entendía la mitad de las cosas que me decía. Eso sí, miraba con odio a este mochilero y daba saltos como reteniendo uno mortal. Un negro cretino (podía haber sido blanco) que después de asediarle hizo amagos de dejarle en paz. A los diez pasos, de repente se paró. Se dio la vuelta y le lanzó con odio y fuerza el vaso que llevaba en su mano, aunque no encontró blanco. Más cabreado aún se acercó haciendo curvas como un culebrón. ‘¡Me has molestado!’, y sin anticipar su reacción, le soltó a este pacífico leonés un puñetazo certero en su carrillo derecho que casi le tumbó. Si, dio varios traspiés. El zopenco negrata se fue. Una sociedad loca, genera gente loca de lo que no adolece la ciudad de Las Vegas.
Y aquella energía y karma negativos a la entrada le devolvieron mezquindad e insensatez en forma de puñetazo de un negro majareta.
Casino Excalibur



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5 de octubre de 2019

Avistando ballenas / Canadá

Ballenas
Ahora que la población mundial, excepto japoneses y alguno más, se ha sensibilizado con el peligro de extinción de las ballenas, el viajero insatisfecho, como fiero luchador de la causa, se lanzó a una excursión expresa para su avistamiento.
¡Y qué fácil resultó!
Hacía poco, en España, había leído en algún periódico que en el golfo de San Lorenzo se habían encontrado varias ballenas muertas de una especie en peligro de extinción, las ballenas francas glaciares. Nadan muy lento y producen mucha grasa, por lo que estos grandes cetáceos fueron una presa fácil para los antiguos balleneros.
Lo recordó estando por la zona de Quebec, y cuando conoció, a través de un folleto, que organizaban viajes en zodiac para su avistamiento, no dudó en unirse a la batalla. Ya en la población de Tadoussac, puerto de partida, pudo comprobar que había toda una infraestructura turística para llevar a los curiosos a la zona clave. Cientos y cientos de personas, miles, lo hacían diariamente, en grandes zodiac o en barcos preparados para tal manifestación turística.
¿No hay alguna actividad viajera en este mundo actual donde se pueda disfrutar en solitario, al margen de todo este meollo turístico? El mochilero leonés sabe que sí y que lo podría realizar sin mayores problemas. Solo necesitaría un vuelo a Abiyan, a Libreville o Kinshasa. A Douala o Lomé. Se acabaría, así, toda esta prole de turistas de 4x4 y furgonetas AC.
Escena de avistamiento

Pertrechados de aquel uniforme naranja anti-chapuzón de agua, se lanzaron a las tranquilas aguas del San Lorenzo. Un hermoso día caía sobre los curiosos de la zodiac, con bellas formaciones de nubes encima y a lo lejos. Ver surgir una ballena enseñando primero su lomo cada vez más inmenso para luego sumergirse de nuevo, con un mínimo salto y exhibiendo su cola semilunar, fue deslumbrante. Muchos ‘¡oh!’, expresiones de admiración. Esta zona del San Lorenzo era uno de los pocos lugares del mundo donde se podía ver tal variedad de cetáceos marinos. Lo que les atraía aquí eran los inmensos bancos de kril, pequeños crustáceos similares a las gambas, pero diminutos. La corriente de agua dulce que surgía de uno de los fiordos laterales, al mezclarse con la salada, reunía y acumulaba una bolsa de nutrientes, fitoplancton, elemento fundamental de la cadena trófica de los ecosistemas oceánicos. La guía canadiense que acompañaba al grupo -hablaba un perfecto español- fue muy precisa a la hora de explicar este fenómeno que era totalmente físico y carecía de otra interpretación. Eso sí, apuntó que, si bien la temporada estaba en su apogeo, circunstancias extrañas podrían abocar a que un determinado día no se pudiera avistar una sola ballena.
La naturaleza salvaje y libre tiene esas cosas inexplicables, aunque lógicas.
Había muchas ballenas aquel día. Salían de vez en cuando a respirar, deleitando a todos los curiosos de las zodiac. No sabe cuántas especies pudo ver: ¿ballenas azules?, ¿ballenas jorobadas?, ¿ballenas comunes?, ¿ballenas minke? Lo desconoce, pero fue ¡un bonito espectáculo! Lo que no vio fueron los lomos blancos de las belugas, en grave peligro de extinción.
Aunque, sí, ¡una bonita exhibición!
De regreso, dos de las zodiac realizaron otra demostración de velocidad, carente de peligro en aquel mar tranquilo, que todo el mundo aplaudió. Incluso las nubes soltaron unas gotas de agua de regocijo y placer, supone. Se acercaron a las grandes paredes del fiordo, moles rocosas salpicadas de verde, y el piloto y la guía despidieron a todo el pasaje en el puerto con simpatía y buen humor.
La ballena y la zodiac
El V(B)iajero Insatisfecho, dirigiéndose a la zona


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21 de septiembre de 2019

¡A la mierda!, la organización

Casa típica de aquella región

Parte del reconocimiento personal y expreso de que no preparó el viaje a Canadá. No lo planificó como los canadienses, y el resto del primer mundo (?), quieren que se prepare. Previsión de lugares a visitar, reserva de hoteles, coche de alquiler (si fuera posible), planning de recorridos, reservas de autobuses, aviones o cualquier medio de transporte. Si, así se inclinaría a hacerlo el más inteligente, así parece ser que se viajaría a Canadá, a Estados Unidos, a Italia o a San Petersburgo. Todo ello, muy lejos de cómo el viajero insatisfecho quiere moverse.
¡Se acabó!
Si tiene que cumplir todos esos parámetros de estupidez organizativa, de previsión impuesta por la masificación turística y de falta de libertad de movimientos al no tener un sitio reservado con unos días, semanas o meses de antelación, este mochilero leonés se retira a su ‘terruño’ y que viaje el sursuncorda. Tratará -antes de que le acoten aún más el camino a recorrer- de ir a lugares donde intuya cierta libertad y albedrío. Piensa en la parte de África que le queda por conocer, tal vez un poco de Sudamérica y algún que otro país del Extremo Oriente. Si, aun así, necesita el ‘Booking’ como aplicación de cabecera, ya vera el rumbo a tomar.
¡A la mierda, la organización!
Que tiene cosas interesantes este país, Canadá. No lo duda. Que tiene paisajes de ensueño en sus montañas rocosas. Cierto, y lo sabe. Que sería toda una experiencia atravesar del Pacífico al Atlántico en un típico tren canadiense. ¡Menuda envidia este recorrido! Aunque insiste, ¡a la mierda, la organización!
Pero, una vez referidas estas actitudes a modo de introducción, va a contar algo más sobre su ‘insulso’ viaje a Canadá. Caros alojamientos, aunque dignas habitaciones en colegios universitarios (pero no es el estilo de este mochilero el alojarse así) y la masificación en albergues y otros alojamientos fue tónica general en su periplo canadiense. No quiere contar, tampoco, la prepotencia que encontró en alguna de estas estancias, en régimen cuasi-dictatorial, con formas poco educadas y personajillos en recepción amenazantes hacia el posible o futurible huésped.
¡Lamentable, si!, pero cuenta una realidad vivida.
Al decidir lanzarse desde Quebec a conocer la península de Gaspé que se forma más al norte, hacia la desembocadura del río San Lorenzo, pensó que una buena etapa sería llegar hasta Rimouski, donde podía aprovechar para conocer el Parque Nacional de Bic. Pero los parques nacionales no están al lado de las ciudades como era de suponer, y ya suponía este viajero. Se acercó a la oficina de turismo, muy peripuesta y emperifollada, por cierto, para intentar lograr información sobre la forma de llegar a aquel parque nacional. Pero no, no había en toda la ciudad ningún tour o agencia que acercara al visitante al mismo y, por supuesto, no había medio de transporte público que dejara a cualquier interesado en los alrededores. Sugerían, desde la oficina de turismo, contratar un taxi. ¡Valiente oficina de turismo! Aunque bien atiborrada de folletos, lo único que ofertaba era un paseo por la orilla (asfaltada, eso sí) del río San Lorenzo, una visita al museo del Mar o al museo Regional de Rimouski, rutas de senderismo para ‘pasar la mañana’, y poco más.
Isla de Saint Barnabé

Se levantó animoso al día siguiente en el impresentable hospedaje (a 65 euros la noche), con dueño estúpido, donde se encontraba. No sólo eso, para ducharse había que descender varios tramos de escalera hasta el sótano. Decidió acercarse a la isla St. Barnabé, frente a la localidad de Rimouski. Era una isla hermosa y tranquila cubierta de bosque, atravesada por senderos, orlada de playas de piedra y arena y poblada -decía el libro/guía- de garzas reales azules y focas.
¡Mentira!.
Se encontró con una islita (4 km. de largo por 400 m. de ancho), eso sí, con una breve historia de contrabando de alcohol: un cartel al llegar contaba estos avatares. En otro lugar de la isla, en un cuidado tenderete, se relataba también la historia, esta sí más duradera, de sus últimos propietarios, una familia con varias generaciones en ella. Pero, recopilando hechos más antiguos, en el siglo XVII, la isla fue habitada por Toussaint Cartier, un ermitaño, cuya historia aún está envuelta en el misterio, aunque todos los de la población debían conocer. El ermitaño se trasladó al centro de la isla, en el lado sur, donde construyó una cabaña y un pequeño establo. Se basaba en el cultivo de un pedazo de tierra y en la cría de algunos animales domésticos. Se creía que "a veces cruzaba a Rimouski para asistir a los servicios religiosos de la misión”.
Y en fin, ¡vuelta a la ciudad!
Esta situación de falta de oferta de transporte para visitar sitios emblemáticos, le ocurrió en tres o cuatro localidades más: en Trois Rivières, en Montreal, en Mont Tremblant,… En algún caso, les sugirió que era algo de lo que deberían disponer para el turista de a pie, pero levantaban los hombros como indicando no saber qué contestar.
Como no había nada que hacer en Rimouski, trató de organizar algo para su próxima etapa, Gaspé y Percé, en la desembocadura del río San Lorenzo. Lo primero, fue el alojamiento. Nada. Imposible encontrar algo después de desmembrar las páginas de ‘Booking’, y otros buscadores. No se aventuró a ir pues debía llegar de noche a Gaspé y, en vista de lo ya experimentado, sin un lugar de cobijo era desacertado aparecer.
No quiere cansar con más divagaciones pero, eso sí, alguno de estos detalles podrían ser elevados hasta el infinito.



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8 de septiembre de 2019

Cataratas del Niágara




Cataratas del Niágara

Una masa humana. Un sonido profundo de toneladas de agua lanzándose al vacío. Una multitud de curiosos con sus móviles en posición de ataque. Un espléndido día, a veces enturbiado por nubarrones. Un manto infinito de agua, aunque de sólo 64 metros de altura, que impactaba en el lecho del río de manera salvaje, como un estruendo. Parejas y parejas agarradas de la mano, mirada emocionada. Calificativos de ‘wonderful’ (maravillosa) o ‘awesome’ (impresionante), y una jauría de chinos asomada al balcón ‘de las brujas’ (balaustrada protectora).
Así definiría, ahora, aquella visión de las cataratas del Niágara el viajero insatisfecho. Pero ¿por qué ‘niágara’?. Lo mismo que ocurría con las famosas cataratas Victoria del río Zambeze, llamadas por los locales Mosi-oa-Tunya, que significaba ‘el humo que truena’, este salto americano del ‘Niágara’ venía a significar, en la lengua iroquesa, ‘trueno de agua’. Similar ¿no?.
Masa de gente en las cataratas

Este famoso salto no era de los más altos del mundo, según el libro-guía, ocupaba el puesto 50 a nivel mundial, pero sí el único con semejante caudal de agua. Según este mismo libro “de día y de noche, y en cualquier época del año, las cataratas impresionan: 12 millones de visitantes al año no pueden equivocarse” (o sí, añadiría).
Y sí, hacía un espléndido día (aunque por un momento y a primeras horas de la mañana, lo enturbiaron unas tímidas gotas de agua), cuando el autobús que les trasladaba desde Toronto estacionaba en un parking cercano al salto. Sorprendían los 4 o 5 rascacielos que acampaban al lado -hotel Marriot, incluido- ¿Qué hacen estos ‘mamotretos’ asaltando la belleza de la naturaleza?. Pues sí, así es y será -supone- el carácter de este pueblo americano. ¡Qué más da que sea canadiense o estadounidense a la hora de encontrar negocio! Con aquella impactante catarata, el espectáculo estaba servido.

Barco acercándose al pie de la catarata

El trayecto de Toronto a las cataratas no era muy largo. En términos turísticos, la visita era ‘de un día’. Sin equipaje (la mochila, aún la tenía SwissAir) el mochilero leonés no se complicó la vida. En el hostel en que se hospedaba en Toronto contrató el billete de un bus-tour que le llevaría y le devolvería a la ciudad. Al redil. No era muy temprano cuando abandonaba el hotel, sobre las 9,30 de la mañana. El bus iba cargado hasta su último asiento, aunque teniendo el destino y los movimientos del día ya definidos, la preocupación era mínima. Se dejaría llevar. Entre otros movimientos, estaba la posterior visita a un viñedo y recorrido por ‘Niagara on the Lake’, población ésta cuidada de manera exquisita con sus casas totalmente reformadas, sus paseos y calles ajardinados y ‘maquillados’ al gusto turístico. A destacar, el hotel Prince of Wales, con su exterior cuidado en exceso e, imaginaba, interior con gusto ‘vintage’.
La excursión desde la salida era cómoda, con un alto para repostar el cuerpo, y parada casi al mismo borde las cataratas. El propio conductor y guía, después de admirar aquella maravilla desde arriba, organizó a los presentes que quisieran un ticket para el barco que llevaría a los turistas al mismo borde del salto, donde el agua rompía. Y este leonés se apuntó, previo pago de 20 dólares, según cree recordar. Con el débil chubasquero que le regalaron se mojó hasta las trancas pero disfrutó de esa cercanía de las aguas y del bullicioso e impactante ruido del salto. No duraba mucho la experiencia, alrededor de veinte minutos, pero no se arrepintió de haber hecho un poco el turistón y llevarse el placer. Un descanso al finalizar este recorrido en barco para el almuerzo y el relax. Esto le llevó a Clifton Hill, una calle cercana ocupada por un sinfín de señuelos artificiales para turistas. Entre otros: House of Frankenstein o Castle Dracula. Una calle con poco estilo y hortera a rabiar.
¡Cosas de los americanos!.
A este mochilero no le gusta el vino pero también se visitaba uno de los muchos viñedos que hay por la zona y se sometió sin remedio al mandato del tour. No estuvo mal sino fuera porque en este tipo de citas siempre prevalecía el mercadeo atroz.
Regresaron a Toronto cuando el sol ya había caído, con la sensación de haber realizado una visita sin contratiempos y afable.
Y esto era mucho.
Viñedos

Calle de la población 'Niágara on the lake'

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