20 de octubre de 2017

Parque Nacional de las cataratas Murchison


Las cataratas Murchison, en su parte más alta, donde comienza a caer el agua

Sin lugar a dudas las cataratas Murchison era uno de los destinos que el viajero insatisfecho no quería perderse en Uganda. Eran las famosas cataratas del Nilo Blanco, avistadas por primera vez por el ‘hombre blanco’, en concreto por Baker, allá por 1864. Y el explorador las nombró así en honor del presidente de la Royal Geographical Society, Roderick Murchison. 
¡Qué generosos eran entonces los exploradores!.

Las cataratas Murchison

Actualmente, estaban relativamente lejos de todos los lugares habitados. El hecho de que a su alrededor se hubiera constituido el Parque Nacional de las Cataratas Murchison hacía que todo visitante tuviera que acercarse en grupos organizados, o vehículo particular previo pago de una considerable entrada. No había autobuses locales que llevasen a sus orillas y únicamente un viaje organizado podía facilitar la tarea. O al menos eso le pareció.
En ese intento de conocer Uganda y acercarse lo más posible al conocido Parque Nacional, el mochilero leonés se dirigió a la ciudad de Masindi, muy cerca de una de las puertas de acceso. Allí contrató el viaje en una agencia para pasar una noche y un día visitando el lugar. No era barato, pero era lo más fácil. Dejarse llevar, estar a una determinada hora en pie, ser puntual con los demás y hacerse un buen compañero de ruta eran las premisas que se debían mantener. Aún sin estar acostumbrado a esos menesteres, fue el primero en cumplirlos.
El transporte partió hacia el destino, el PN de las cataratas Murchison, sobre las 5 de la tarde. Después de dos horas en el jeep por un camino de tierra -iba con dos jóvenes hindúes- arribaba a un campamento cayendo ya la oscuridad de la noche. Después dejar la mochila en una decente habitación/cabaña se acercó a probar las excelencias de una cena local y, como no, una buena, aunque no muy fría, cerveza ‘Nile’. Luego, vendrían los encierros en la habitación por problemas de cerradura. Por dos veces, tuvo que pedir la intervención de los encargados del establecimiento para que le sacaran de allí. Una anécdota.
Por la mañana, era aún de noche cerrada cuando el jeep abandonaba el campamento para hacer un recorrido matinal por la zona de conservación de animales. Se trataba de ver el mayor número posible. Era muy cómodo hacerlo en un jeep. Al grito de ¡mira, mira! se podían ver multitud de animales: antílopes, hienas, búfalos, jirafas, elefantes, variedad de pájaros, facoceros, y a lo lejos, muy a lo lejos algún melenudo león. Fue una mañana, entretenida, curiosa, tirando fotos aquí y allá y disfrutando de soleado ambiente. Regreso al campamento.


Un hipopótamo saliendo de las aguas del Nilo

Después de una sabrosa comida y de la recogida de mochila y equipajes, el vehículo acercó al grupo de nuevo a las orillas del río Nilo. Un barco cargado de visitantes les acercaría al encuentro de ese fenómeno natural conocido como las cataratas Murchison. En el trayecto, se podían ver grupos de hipopótamos retozando en sus aguas; a lo lejos, una pareja de elefantes alejándose del río; un grupo de jirafas alimentándose de lo más alto de las copas de los árboles, y alguna garza o garcilla en la orilla.
Al fin, al fondo del cauce del Nilo bordeado de selva, hicieron su aparición las cataratas Murchison, que el barco iba acercando a los curiosos ojos de turistas. El suave sonido del motor no impedía oír el jolgorio de los niños, la ansiedad de sus padres y el murmullo del resto. Todos, señalando a la lejos.
El barco no se acercaba mucho al lugar de la caída de la catarata, pero un paseo por una empinada pero preparada senda por la orilla acercaba a este mochilero y al grupo a la parte más alta donde el agua rompe en una ruidosa caída. 
El arco iris en aquel momento lanzaba sus colores, armoniosos colores, al aire húmedo generado al romperse las aguas.

Jirafa

VÍDEO DEL ENCUENTRO CON LAS CATARATAS MURCHISON


Copyright © By Blas F.Tomé 2017

5 de octubre de 2017

Cómo visitar una mina de cobre en Uganda

El 'boda-boda', con las instalaciones de la mina de cobre al fondo

Había llegado a media mañana a la ciudad de Kasese, procedente del PN Queen Elisabethy no quería perder el día haciendo nada, o relajado, o tomando cervezas. Para alejar estas posibilidades, ojeó el libro-guía, ‘la Bradt’, donde leyó algo alrededor de una mina de cobre cercana. No se le ocurrió mejor cosa que hacer. Contrató un ‘boda-boda’ (moto-taxi-de-paquete) regateando en exceso el precio, más tarde se arrepentiría, y se lanzó por el valle arriba hacia Kilembe, una pequeña población entre montañas donde se encontraba la mina. Su pretensión era curiosear por el lugar, jugando a imaginar que la mina podía ser un vestigio de una civilización antigua ya extinguida. Por supuesto, no era así.
El ‘boda-boda’ le acercó hasta la misma puerta del recinto donde un vigilante les daba la bienvenida. Bueno, el vigilante y una inmensa valla publicitaria del presidente ugandés Museveni, sonriente durante una pasada visita. Hasta allí pretendía llegar, nada más, pero todo se desenvolvió de manera diferente. El vigilante le propuso visitar su interior y él, curioso, aceptó. Era necesario pedir permiso. Le llevaron por unos pasillos de un bloque de oficinas, todo aparentemente abandonado, y pasó el filtro, primero, de una gorda secretaria negra, simpática y sonriente; luego, un joven chino, nada sonriente, con pinta de asistente de jefe que le interrogó por sus intenciones (“solo conocer la mina”, contestó) y, finalmente, el jefe: un chino de edad similar a la del mochilero, que le tendió la mano, le saludó y sin más dio autorización para la visita.
Este fue el comité de bienvenida.
La pequeña ciudad de Kilembe, en realidad, fue fundada en 1950 para dar servicio a esta mina contigua de cobre. En la actualidad, sigue siendo un lugar extrañamente distorsionado por el tiempo, salpicado de edificios de estilo de los años 50, la mayoría de los cuales sobrevivieron aun siendo dañados por la avalancha de rocas durante una inundación del río Nyamwamba, en 2013. La mina, ahora cerrada, estaba programada para reabrir bajo una nueva administración, la china (de ahí que la autorización para visitarla viniera de un chino), en 2016. Este mochilero después de un recorrido por las instalaciones puede asegurar que esta mina de cobre aún permanece en la intrigante situación de cerrada.
El vigilante/guía en un inglés pausado -el viajero insatisfecho lo necesitaba para al menos intentar comprender algo- le explicó los puntos más destacados del proceso y le acercó al lugar donde únicamente se observaban edificios ya oxidados por su falta de uso. También, a las dos bocas de la mina con su circuito de agua que aún perduraba, aunque sucio, al paso del tiempo. Para acercarse a las instalaciones mineras era necesario cruzar el río que había producido en el pasado aquella desgracia por un alto puente metálico. Conociendo como conocía la descomunal fuerza del río, lo cruzó un tanto inquieto. Luego ya, la mina en sí.
Al finalizar la visita, se preguntó, y ahora mismo también lo hace ¿qué hacía un leonés en una mina de cobre, actualmente en manos chinas, con la cantidad de naturaleza y experiencias que desbordaba el país, Uganda, por todas sus esquinas?

Copyright © By Blas F.Tomé 2017

22 de septiembre de 2017

Jack fruit / Uganda

El joven partiendo la 'jack fruit'

Al regreso de la visita a los primeros rápidos o cascadas del rio Nilo, en Bujagali, a unos 8 kilómetros de sus fuentes, en Jinja, el viajero insatisfecho le pidió al ‘boda boda’ (moto de alquiler, muy utilizada para trayectos cortos) que parara ante un grupo de casas, donde a la ida y al pasar relativamente rápido había visto que troceaban un producto que nunca había probado y tenía ganas de deleitar.
Antes de nada decir que los famosos rápidos en Bujagali habían desaparecido hacía unos pocos años al construir el dique para una presa unos kilómetros más abajo. Los carteles de alquiler de botes, canoas y demás artilugios aún se anunciaban, la pequeña infraestructura turística allí permanecía, pero venida a menos, e incluso a la entrada tenían un pequeño tenderete donde exigían el importe del ticket. Todo un verdadero timo para los incautos que hubo de pagar (eran pocos shillings) para evitar discusiones peregrinas. Después de visitar ‘solo agua’ -como le dijo el ‘boda boda’- viaje en balde del mochilero a aquel lugar. Decidió entonces, en el camino de regreso, poner en positivo y aprovechar la ruta ya pagada para sacarle algo de partido.
El producto que quería degustar era el llamado ‘jack fruit’. Ya lo había visto en anteriores países visitados, países como Sri Lanka, Kenia o Camboya. Exteriormente aún con notables diferencias, se podría parecer al durián pero mucho más voluminoso. Era el fruto de un frondoso árbol, cuelga de sus ramas más gordas, incluso del propio tronco, y podía adquirir un espectacular tamaño. Deseaba conocer su sabor.
El ‘boda boda’ paró voluntarioso en el lugar que le indicó, justo al lado del puesto donde ofrecían este extraño fruto. Antes de nada intentó saber si aquel producto estaba en venta y si podría probar un trozo. Por supuesto que estaba en venta, por supuesto que se podía adquirir y por supuesto que el mochilero lo iba a saborear.
Su interior estaba formado por innumerables gajos o pequeños frutos diminutos que eran necesarios aislar individualmente del resto de la pulpa. Ante el desconocimiento de qué era lo que había que comer y lo que era forzoso descartar (todo aparentemente igual y del mismo color) este mochilero se dejó ayudar por el joven vendedor e hizo lo más interesante: saborear lo que una vez separado le ofrecía aquel muchacho pinchado en un apropiado cuchillo. La ‘jack fruit’, en el paladar, tenía una textura suave, sabrosa, como ligeramente deslizante en la boca; blanda, como el interior de una madura chirimoya, y un sabor dulzón entre mango y papaya. No era aromática como se imaginaba -todavía recuerda el desagradable olor del durián- y a la vista, el gajo ya parecía ambrosía. Difícil describir la sensación al saborearla por primera vez. Diría, sin exagerar, que su sabor era deseable y tentador. Podría crear, ahora sí siendo un poco exagerado, adicción. En la ruidosa y populosa estación de minibuses (Taxi park) de la ciudad de Gulu, ya había podido comprobar la afición de los ugandeses por este ‘desconocido’ fruto. Un grupo de conductores y de busca-pasajeros, buscavidas, habituales en todas las estaciones africanas, estaba reunido alrededor de una gran, voluminosa y verde-amarillenta ‘jack fruit’ que otro compañero troceaba en el sucio suelo. Repartía entre todos. Allí, observando los movimientos de aquel grupo, viendo el placer con el que disfrutaban los gajos, ya se había preguntado: ¿a qué sabrá esta maldita ‘jack fruit’?.


'Jack fruit' en el árbol (foto tomada en Camboya)



Copyright © By Blas F.Tomé 2017

7 de septiembre de 2017

Una pareja de ‘karamojons’ / Uganda

Nada más aterrizar en UGANDA, en el aeropuerto de Entebbe, los personajes que por allí pululaban (empleados, seguratas, taxistas, maleteros, buscavidas,…) hablaban ‘luganda’. Para el viajero insatisfecho una lengua totalmente desconocida.
¿Y, entonces, dónde se entrelazaría y uniría el entendimiento para hacer más fácil la comunicación?: en el inglés, idioma oficial que todos conocían.
Al día siguiente, en sus ansias por iniciar el periplo real por el sur del país, viajó todo el día en un bus y se hospedó en la ciudad de Kabale, donde ya no hablaban el ‘luganda’ sino que se expresaban en ‘rukiinga’. El mochilero llegado a aquellas lejanas tierras comenzaba a pensar en lo difícil que sería una comunicación en aquella zona del país con idiomas tan diferentes. Pero no, todos, o casi, hablaban el ‘rukiinga’ y el inglés. Después de las visitas pertinentes por la zona, se fue ‘con viento fresco’ a la ciudad de Kisoro, unos ochenta kilómetros más al sur, en la frontera con Rwanda, y también del Congo. Al llegar, lo primero fue preguntar en inglés si allí, por casualidad, se expresaban en la lengua de la zona de Kabale, la ciudad anterior, pero el personaje interrogado, un joven vestido como un ranger, le dijo que la lengua local era el ‘rufunbira’. Vaya, pensó este mochilero, cada parada una nueva lengua.
Complicado, ¿verdad?.
En todos estos días, nadie le habló de una identidad nacional por hablar lenguas diferentes, nadie dijo nada de un hecho diferencial que supusiera ‘montar el numerito’ para conseguir especial estatus social y de vida.
[Y de eso ya se había dado cuenta en otros viajes africanos pero lo constata ahora, o ahora lo analiza más, mirando las bondades de fuera y comparando con las falacias de dentro].
Como el norte era uno de sus destinos lejanos, este leonés se dispuso a iniciar la andadura hacia esa parte más alejada. Después de atravesar el Parque Nacional Queen Elisabeth, se encaminó hacia la ciudad de Kasese, de paso hacia el Parque Nacional de las Montañas de la Luna (no se llamaba así pero este parque estaba montado alrededor de estas famosas montañas; y míticas, por cierto). Quiso saber -al escuchar las conversaciones en el tono de voz apreció algo diferente- si en Kasese hablaban ‘rufunbira’. No porque tuviera intención de mejorar su comunicación con ellos y aprender su lengua, sino por ‘puta’ curiosidad. Y no, allí, a unos 220 kilómetros de Kisoro se expresaban en ‘lhukonzo’.
¡Qué contrariedad!.
No obstante, en este caso ya lo había casi adivinado por el sonido bucal que era diferente o, quizás, era que se iba haciendo a la idea de que en cada ciudad que pisara hablarían distinto. Pocos kilómetros más al norte, ya en el distrito de Tooro, muy famoso entre los ugandeses por su antiguo reino y tradiciones, en la ciudad de Fort Portal preguntó al ‘boda boda’ (motorista) que alquiló para hacer un recorrido cercano, tratando de divisar de cerca las Montañas de la Luna, en qué idioma se expresaban en esta antigua y afamada región.
- Aquí hablamos el lutoro.
- Escríbemelo, por favor.
- ‘Lutooro’.
- Ah. Perfecto, muy parecido al nombre de la región.
Luego, las famosas cataratas Murchison le llevaron a este leonés, por su interés en visitarlas, hacia la ciudad de Masindi. En la agencia que le iba a llevar de ruta por el parque nacional de las cataratas, contratada en aquellos momentos, preguntó, ¿y vosotros os entenderéis perfectamente con el resto de los ugandeses al ser este un lugar turístico, no?. Sí, sí. Nos entendemos perfectamente en inglés, aunque aquí todos hablamos, y habitualmente, ‘lunyoro’.
A este mochilero le daban ganar de pasar de preguntar y empezar a convencerse de que en cada zona, en cada distrito, en cada ciudad o región hablarían diferentes lenguas. Como así era.
En la ciudad de Gulu, ‘acholi’, y en la ciudad de Moroto, al norte casi en la frontera con Kenya, territorio del pueblo karamoja, casi toda la población hablaba el ‘karamojon’.
Este territorio tal vez fue uno de los más problemáticos en el pasado por el abandono sufrido por parte del gobierno central, por la permisividad en la posesión de armas y por su carácter violento, pero nunca por sus reivindicaciones del ‘hecho diferencial’ en cuanto a sociedad y lenguaje. 
Al llegar a España, y encontrarse de nuevo con los rifirrafes políticos sobre el tema catalán, se acordó de los ‘karamojons’ y asoció a un dúo de independentistas catalanes con esta pareja de ‘karamojons[Foto]. Pura imaginación.


Copyright © By Blas F.Tomé 2017

31 de agosto de 2017

Lago Bunyonyi /Uganda

Lago Bunyonyi, desde lo alto

El lago Bunyonyi fue uno de los primeros vistazos del viajero insatisfecho en Uganda. Era un lago de unos 25 kilómetros de largo, algo menos de ancho, cargado de pequeñas islas y de un entorno verde y atrayente. Sus orillas, sus laderas estaban salpicadas de pueblecitos y casas aisladas que le daban de lejos un ambiente de cuento, territorio de hadas. Muy cerca de la frontera con Rwanda era un hermoso y bonito lugar para disfrutar una mañana y, mucho más, si uno quería empezar a situarse en un país en el que acababa de aterrizar. Llegó a la zona en un autobús desde Kampala dispuesto a alcanzar el lugar más al sur del país para comenzar desde allí su ruta. Se hospedó en la ciudad de Kabale y desde allí, al día siguiente, ‘de paquete’ en una moto alquilada (‘boda boda’, así se llamaba este medio de transporte muy utilizado en Uganda, al menos para distancias cortas), se acercó a aquel paraje por un camino de tierra aceptable para transitar. Primero, hasta una loma desde donde ya se podía divisar el lago aunque no en todo su esplendor. Una rápida bajada en la moto, le acercó a la orilla. Era día de mercado (lo sabía). Comenzaba a fraguarse ese peculiar ambiente en los aledaños. El minúsculo puerto de atraque de barcas estaba ya ocupado por alguna, y el mercado se montaba poco a poco. Llegaban barcas (se divisaban primero a lo lejos) cargadas de gente, de productos, sacos de hortalizas, montones y montones de coles, de bananas, carbón vegetal. En unos instantes las orillas se llenaron de tenderetes de ropa, de puestos de baratijas, frutas y verduras, y la gente pululaba a su alrededor.


Lago Bunyonyi

Este mochilero se sentó en un ribazo para presenciar cómo arribaban las pequeñas canoas y observó con detenimiento a sus gentes. Paseó entre los puestos del mercado ocasional, sacó unas fotos y dejó que el tiempo transcurriera sin más. Quería absorber un poco la vida ugandesa, teniendo en cuenta que iba a pasar unos cuantos días por el país. Era interrumpido de vez en cuando por jóvenes que le proponían un paseo por el lago en canoa, pero no estaba muy dispuesto. Se lo perdió. Según pasaban los minutos, la tranquilidad era mayor. Los locales se acostumbraban a ver al foráneo paseando o sentado, perdido, solitario y le dejaban en paz.
¡Y qué paz!.


Canoa cargada de productos, en el lago Bunyonyi

Su curiosidad y un camino de tierra le llevaron a varios resort, hoteles de cabañas, y comprendió que no era el único extranjero en disfrutar de la belleza del lugar. Un ‘boda boda’ le volvió a subir a lo más alto, a un lugar con extraordinarias vistas sobre una gran amplitud del lago. Había una bruma que impedía apreciar su total belleza. Tenía cierta magia aún sin ser espectacular. Allí despidió al motero y se dispuso a regresar andando a la ciudad de Kabale. Eran unos 10 kilómetros, todos ellos de bajada (ya los había hecho en moto de subida). Disfrutó el paseo. Charló con algún niño que pululaba por los alrededores, con unos picapedreros que trabajaban en las orillas del camino, saludó a unas mujeres que cavaban en un pequeño huerto, y abordó de nuevo Kabale con ese primer contacto de vida ugandesa a sus espaldas.


Picapedreros en el camino de regreso

Copyright © By Blas F.Tomé 2017

16 de agosto de 2017

PN Queen Elisabeth / Uganda

La fotografía que el V(B)iajero Insatisfecho no pudo hacer

El Parque nacional Queen Elisabeth es, junto al encuentro con gorilas en el PN Bwindi y las cataratas Murchison, una de las joyas de Uganda. Pues en este primer Parque nacional puso su empeño el viajero insatisfecho para al menos intentar ver algo que tuviera que ver con el interés turístico del lugar. Del resto es posible que no se ocupe los días que pase en este montañoso país africano (no olvidemos que aquí están las famosas montañas de la Luna). Bueno, también, tratará de asistir al espectáculo de las cataratas Murchison.
Desde la ciudad de Kabale hizo un largo trayecto hasta Kihihi, población cercana a la entrada sur de Ishasha del Parque Nacional, en un transporte colectivo (un coche con 6 o 7 plazas, que !cosa rara! no estuvieron totalmente ocupadas en ningún momento del viaje). A este mismo conductor, después de una larga negociación, contrató para que le hiciera el recorrido por el parque, que se constituye en dos sectores, el sector de Ishasha y el sector Mweya. Para ir de uno a otro se utiliza un largo camino terrero en el que los animales brillan por su ausencia.
El sector de Ishasha era conocido especialmente por los leones trepadores de árboles y a esa visión pretendía dedicarse este leonés. Antes de la entrada  (Ishasha Gate) ya había podido avistar antílopes, búfalos y algún elefante, pero el pretendido interés estaba en los leones de los árboles. Al ‘conductor/pirata’ le veía poco interesado en dar muchas vueltas para tratar de encontrar a estos animales, pues pensaba mucho en la gasolina (‘the petrole’, insistía). Dieron unas vueltas y los leones no aparecieron. Allí, en este recorrido, encontró a unos madrileños que habían dormido al lado de un pequeño rio con hipopótamos en sus aguas. Habían odio bullir a los hipos pero el supuesto peligro fue aminorado por el ranger que les vigiló toda la noche, fusil en ristre.
Fin del trayecto del primer sector. Ahí comenzó la tensa relación con el ‘conductor/pirata’ que duraría hasta el final del día.
El siguiente sector (Mweya) estaba muy alejado y eran necesarias unas dos horas, como ya ha dicho, por un camino de tierra y sin animal previsto. Únicamente consiguieron avistar unos babuínos en todo el trayecto.
Mweya, aunque era muy emblemático, este mochilero lo consideró, en cierto modo, el típico/tópico lugar turístico. Un barco daba una vuelta a los visitantes por el canal de Kazinga, que une el lago Edward con el lago George, para así divisar los animales que se acercaban a la orilla, entre ellos, muchos hipopótamos, búfalos, varios cocodrilos y algún que otro elefante. También facóceros y multitud de aves que viven de los peces, como cormoranes, garcillas y algún que otro marabú.
Allí sí estaba a gusto el ‘conductor/pirata’. Esperó en posición fetal dormido en el coche, sin gastar gasolina, las dos horas que duró el paseo en barco. Un barco, por otra parte, lleno de turistas que se unían a la expedición y salían de todas partes, de los diversos jeep de paseo.
Cabreado por no haber avistado los leones trepadores, por la inoperancia del ‘pirata’ contratado, terminó el día, aunque debe reconocer que la naturaleza en libertad es así: puede ofrecerte el espectáculo que buscabas o puede negártelo.
Pero la repulsión hacia este conductor se mantiene al escribir estas líneas, y se quedará en la memoria de este mochilero.
Farsante!.

Copyright © By Blas F.Tomé 2017

31 de julio de 2017

Uganda ¿la perla de África?


Para allá se va el viajero insatisfecho. Si por algo se conoce a Uganda, desde el punto de vista turístico, es por ser el lugar del nacimiento del Nilo Blanco (se ha especulado mucho alrededor de este nacimiento), por la posibilidad de ver gorilas de montaña, por las cataratas Murchinson y por otras muchas bellezas y parques nacionales. Le apetecería conocerlo todo, aunque no lo va a hacer. Pero, sobre todo, lo que le agradará a este mochilero será conocer el país, al margen de hitos más famosos.
¿Quedará algún resto o damnificado de Idi Amin?. El año 1971, Idi Amin tomó el poder, gobernando el país por medio de un régimen militar durante casi una década. Se estima que la persecución llevada a cabo por el gobierno se cobró las vidas de 300.000 ugandeses, e hizo desaparecer la minoría empresarial indo-oriental de Uganda, diezmando la economía.
¿No habéis visto la película El último rey de Escocia?
Le quedan unos pocos días para lanzarse a la aventura.
Viaja solo, con su mochila azul que le acompañará a todas las partes y su otra mochila grande que dejará normalmente abandonada en las habitaciones de hoteluchos o guesthouse de paso. Aun siendo un país en el mismo centro africano, está marcado por el agua. El 18% de su territorio está cubierto por ríos y grandes lagos como el Victoria, Alberto o Eduardo. El mayor de ellos es el lago Victoria, en el que Uganda posee varias islas y que sirve de frontera con Kenia y Tanzania.
Y verde. Sin haber ido, ha visto fotos y todo se divisa verde, como el verde corazón del ecuador africano.
Sí. Va cargado de ilusión, si, ¿pero cómo volverá?.


Copyright © By Blas F.Tomé 2017

12 de julio de 2017

Un primer acercamiento al próximo viaje

Librería Desnivel

Los preparativos de un viaje suelen ser siempre los mismos. Siempre realizados por la buena perspectiva que el país elegido suele ofrecer o, mejor tal vez, con las buenas expectativas creadas en la mente del viajero insatisfecho por el destino elegido. El billete, comprobar el pasaporte, también, el libro amarillo de vacunas, en especial si es un país africano, son algunos de los pasos iniciales a seguir. Luego, ya vendrán los preparativos de mochila y selección de objetos a introducir en ella.
Se deja para el final el paso más atractivo, el acto que le hace inmiscuirse aún más en el viaje previsto: conseguir el ‘libro/guía’ que le solucionará o al menos le ayudará a resolver ciertos problemas durante la estancia, entre ellos, la ruta a seguir, localizar hoteles, transportes, lugares visitables,…. Todo esto necesita tiempo y, sobre todo, tener fichadas las librerías viajeras que hay en la ciudad, en este caso, Madrid. Hace años, este mochilero tenía una librería fija, Altaïr, pero lamentablemente ha desaparecido por lo que desaparecen todas, por falta de lectores y clientela. Allí, en Altaïr, hojeaba y ojeaba todo tipo de guías, libros sobre viajes, mapas, si aún no había decidido el destino. Si lo tenía, localizaba o pedía la guía que necesitaba adquirir.
¡Con qué pasión realizaba estas visitas!. ¡Con qué interés miraba en las estanterías!. Era el último pulso de conocimientos antes de iniciar el viaje. Era un momento apasionante.

Librería Tierra de Fuego

Una vez cerrada esta librería experta, el camino para encontrar otra es ahora más largo. Ya no está en el barrio y necesita el Metro o una larga caminata. Sin tener aún destino, ayer se lanzó a la búsqueda de ideas, a escarbar entre los libros africanos por si alguno le pudiera dar un último impulso. A primera hora de la tarde pasó por la librería Tierra de Fuego, la más cercana al domicilio. ¿Cosas interesantes?. Muchas. ¿Alguna decisión tomada?. Ninguna. Saltándose un poco la pereza que daba el paseo, por el sofocante calor de media tarde, se lanzó a su nuevo objetivo: la librería Desnivel, muy cerca de la calle Atocha. Necesitaba tiempo para ese largo trayecto, pero no era tiempo lo que le faltaba, lo que sí necesitaba era una pequeña brisa de aire que circulara por las estrechas calles que transitaba. Una sensacional librería para apasionados de la montaña y viajes. Grande, con inmensas estanterías de libros bien colocados, con cierto ambiente para pasar las páginas del libro encontrado y para leer ciertos fragmentos interesantes de un lugar localizado. Desnivel es una librería clásica en Madrid. Compró un libro que leerá a ratos libres. Como la tarde aún tenía muchos minutos cogió el metro y se acercó a DeViajes, en la calle Serrano, en uno de los barrios más comerciales/pijos de Madrid, una librería más moderna y espaciosa que contiene, además de una tienda de artículos para viajeros, una gran exposición de libros de esta conocida temática. Allí se entretuvo en cada uno de los pasillos, formados por estanterías, y miró, vio y remiró todo tipo y tamaño de libros.
La tarde llegaba a su fin. No había tomado una decisión, no se había formado una idea pero, sin duda, cumplió con ese trámite, ya repetitivo, en cada viaje programado o previsto. Quedarán más.

Copyright © By Blas F.Tomé 2017

27 de junio de 2017

Yogya

Uno de los vestíbulos palaciegos del 'Kraton'. Sin gente ¡espectacular!

Yogyakarta, en la isla de Java (Indonesia), era una ciudad fetiche para los viajeros, claro también por ser el punto de partida para visitar el templo de Borobudur, de indudable atractivo. El insensato que no visitara esta ciudad podría considerarse que no había viajado a Indonesia (un poco exagerado, pero válido para realzar la importancia de la misma). Y dentro de la ciudad, la calle estrella era Malioboro. Quién no pisara aquella calle no había visitado Yogyakarta. El viajero insatisfecho no solamente la pisó sino que se hospedó en una calle aledaña. Un grupo de minúsculas y angostas callejuelas eran el centro neurálgico de muchos mochileros en la ciudad (zona de Sosrowijayan). En cada portal había un hotelucho, una ‘homestay’ o una ‘guest-house’. También multitud de pequeños restaurantes, bares occidentales y tugurios de todo pelaje. En fin, lugares donde una ‘bintang’ (cerveza indonesia) era el mejor regalo que uno podía hacerse después de haber pateado el centro neurálgico y de valor visual.

Actuación dentro del 'Kraton'

Después de un café mañanero, la primera acometida a la calle Malioboro era tranquila, no así cuando el sol caía en la tarde que era un jolgorio de todo tipo de personajes y ambiente local. También, como no, turístico. Diversos personajes abordaban al mochilero para convencerle de entrar en una determinada tienda de ‘batik’, uno de los principales reclamos de la ciudad y, como consecuencia, una plaga de ofertas (agotador, a veces). Una sugerencia de este mochilero: antes de comprar un 'batik' y pagar un excesivo precio, mirar, mirar y remirar, también indagar hasta estar familiarizado con la oferta y los precios.
Un largo paseo por esta famosa calle finalizaba en la zona vieja, con el encanto que suelen tener estas en las distintas ciudades. Y dentro de la zona vieja, el ‘Kraton’ que no era en concreto un antiguo monumento sino más bien un singular barrio urbano, con multitud de monumentos y ambiente turístico local. A la llegada al mismo, lo que sorprendía era la cantidad de jóvenes indonesios que se querían fotografiar, y hacer ‘selfies’, con este leonés ‘terruñero’ y cascarrabias. Pero, como siempre,….. ¡a mandar!. O mejor, a obedecer y adaptarse a las costumbres del lugar.

Vigilantes en el 'Kraton'

El ‘Kraton’ era el inmenso palacio de los sultanes de Yogya (como se conoce popularmente a la ciudad) pero, también, un excepcional recinto en el que vivían unas 25.000 personas. Se trataba, en realidad, de una auténtica ciudad amurallada (dentro de la ciudad de Yogyakarta) con sus propios mercados, tiendas, artesanos del ‘batik’, escuelas y mezquitas, aunque gran parte del recinto se usaba como museo y contenía una extensa colección, entre la que se contaban los obsequios de monarcas europeos y otras reliquias. Algunos de los antiguos edificios eran ejemplos de arquitectura palaciega javanesa, con vestíbulos y espaciosos patios y pabellones. Pero todo estaba mezclado con un ambiente de barrio que, así, de nuevas, parecía un auténtico mestizaje de edificios y gentes. Sin duda el ‘Kraton’ era lo más visitado de Yogyakarta tanto por los turistas indonesios como por los foráneos.
Como conclusión, un bello recinto, lleno de gente simpática y abrasado, aquel día, por un calor asfixiante que de tanto en cuanto obligaba al mochilero a sentarse con una ‘bintang’ como acompañante.

Una de las calles de la zona


VÍDEO (Paseo por sus calles)


Copyright © By Blas F.Tomé 2017

14 de junio de 2017

Decoración callejera

Esquina decorada

Era una preciosa tarde de sábado. El sábado pasado. La octava edición de DecorAcción recubría de color varias calles del famoso barrio de las Letras de Madrid, las tiendas sacaban sus galas a la acera y a la calzada y todo desbordaba originalidad. Con el sol ya caído, las calles se llenaban de una agradable sombra, e imaginarias luces multicolor.


Ojo inquisidor


Esquina decorada

El recorrido del viajero insatisfecho comenzó en la de San Pedro, pero hubo otras calles más: la de Cervantes, San Agustín o San José. Fachadas y esquinas decoradas de metalizados dorados y plateadas figuras llamativas, sombreros componiendo un gigante gorro de arlequín, o guirnaldas. Algún bar lucía en la entrada sus terrazas-jardín, banderas de colores, muebles antiguos, cámaras centenarias y art-decó. Un ojo incrustado miraba inquisidor, también cambiaba de tonalidad. Los locales de esta histórica zona de Madrid lucían sus mejores galas y abandonaban sus fachadas al color por el color. Maravillosos locales de venta de muebles y objetos vintage. Se trata de "sacar el interiorismo a las fachadas" según explicaban los organizadores. Los balcones decorados competían en una falsa competición. Los vecinos mostraban sus mejores pasiones al decorar sus ventanas y balcones y daban, también, una nota más de soberbia coloración.
¡Genuino paseo!.
Total tranquilidad en la tarde que se envolvía de la noche según pasaban los minutos. Caían las sombras según los pasos avanzaban con curiosidad. “El tiempo es un ladrón y un villano”, rezaba en aquel ‘Modernario’ tienda de relojes.
Nada mejor para terminar este breve ‘post’.


 Muebles en las calles
Esculturas en la calle

El tiempo es un ladrón y un villano


Copyright © By Blas F.Tomé 2017