3 de julio de 2019

Kabatoro Guest House / Uganda


Hipopótamos en el lago Edouard

Ayer, después de casi dos años de haber visitado Uganda, ha recibido un wathsapp, con un mensaje de voz de un joven ugandés que quería saludarle. Este hecho, este mensaje, le hizo recordar aquella jornada de descanso en Kabatoro Guest House, a la salida del Queen Elizabeth National Park. El emisor de la nota era un empleado de aquella guest house donde pasó una noche.
Por cierto, noche de infausto recuerdo.
[Esto que va a contar fue su experiencia, aunque sabe, por el mensaje de este empleado, que el staff ha cambiado y puede haber variado la calidad del establecimiento].
Este ‘hotelucho’ -por internet se dejaban ver opiniones de las que se deducía cierta calidad- estaba en medio de la nada, y cuando el viajero insatisfecho apareció por allí, después de visitar el parque nacional, no tenían ni agua para una obligada ducha, olía a puta-mierda, pero mierda de la auténtica, no ofrecía wifi y pasó una noche de diablos.
Eso sí, los chicos y la chica que mantenían aquello (mal, por supuesto) eran agradables y hacían lo que buenamente podían. Que podían poco. Les encomendó que arreglaran la avería del agua y a ello se pusieron con cierto ahínco, aunque pasados 20 minutos, de abrir y cerrar llaves o de subirse al depósito del agua, abandonaron el trabajo que vieron irresoluble.
Otro delito, la cerveza estaba caliente pero, después de una ducha de ‘cubo y cazo’, de esas que con un recipiente pequeño se rocía el cuerpo con el agua que hay en otro, beber una cerveza era uno de los pocos placeres permitidos en África. Mientras se ocupaba de ello, a lo lejos, dos elefantes atravesaron ligeros un claro en la espesura de la cercana selva. Después, en una amigable charla con los empleados que habían suspendido sus trabajos de arreglo de la avería, se enteró, también, de otra mancha. Si quería desayunar al día siguiente algo decente, dos huevos y un café, no un vaso de agua con regusto a inmundicia, tendría que acercarse a comprarlo al poblado cercano de Katwe.
La noche estaba cayendo en Kabatoro Guest House. El mochilero leonés se sentía perdido, solitario por gusto, en la inmensidad de África. Un ‘boda boda’ (mototaxi en Uganda) era la única solución para arribar en Katwe y comprar aquellos benditos huevos y café. Uno de los jóvenes llamó por el móvil a uno de sus amigos motorista. La espera duró unos 30 minutos.
Con tres personas montadas en la moto, circulaban por un camino lleno de baches, polvo y oscuridad. Algún ruido o berrido lejano generaba cierta inquietud. Eran los alrededores de un parque nacional que no tiene vallas y la permeabilidad de la selva podía ofrecer sorpresas.
Katwe era una pequeña localidad a orillas del Lago Edouard, en cuyos alrededores se encontraba gran parte del Parque Nacional Queen Elizabert. Al llegar a la población, como ya era de noche cerrada, al extranjero ‘de los huevos y el café’ le dejaron en una especie de restaurante local mientras los jóvenes agenciaban los productos estrella. Aparecieron media hora más tarde cuando el mochilero saboreaba una cerveza, esta sí fría. Los invitó a otra que bebieron con rapidez. Montaron en la moto y desaparecieron en la noche.
Acababan de salir del pueblo, cuando se toparon con una manada de hipopótamos que atravesaba el polvoriento camino, cortándolos el paso. Stop. Unos 20 o 30 animales, grandes y pequeños, cruzaban la vía con parsimonia. Salían, pudo saber, a pastar en las orillas del lago.
¡Peligro, peligro!
Este mochilero, allí parado, viendo pasar en la oscuridad de la noche una manada de hipopótamos a uno o dos metros de la moto, se sintió muy vulnerable. El miedo, el silencio y la poca luz que salía del foco parecían estar ensamblados con la noche. El hipopótamo sin duda era el animal más mortífero de África. Unas veces atacaba por defender a sus crías, otras porque se invadía su territorio, y otras si se sentía amenazado. Supuso entonces, y ahora, que aquella noche, perdidos en aquel paraje africano, no cumplieron para los hipopótamos ninguna de las premisas anteriores. Estos artiodáctilos herbívoros cruzaron el camino y no se sintieron amenazados por aquellos tres motorizados individuos; al menos, uno de ellos, casi petrificado en el sillín de la moto.


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21 de junio de 2019

Un apunte sobre la esclavitud en África


'Historia de un continente. África', de John Iliffe

No sólo le gusta viajar por África. Le gusta leer, le gusta recibir noticias, experiencias o consultar vivencias de otros. La pasión del viajero insatisfecho por África tiene que ver con todo lo que de allí conoce, ya sea por su propia vida o por lo absorbido de otros, desde fuera, a veces, más interesante que la particular experiencia. Siempre le impresionó lo que este continente sufrió años ha con la esclavitud, sin olvidar por supuesto lo que sufre ahora con otra clase de indignidad: la corrupción generalizada.
En su mesilla de noche tiene ahora ‘Historia de un continente. África’, de John Iliffe. Un libro esclarecedor, sabio, histórico, lleno de análisis y denso, como lo sería la historia de otro continente contenido en sólo 500 páginas.
Le llamó la atención, sobre todo, el inicio del capítulo sobre la esclavitud, un capítulo tal vez demasiado sintetizado para describir un tema con tanto meollo y enjundia. Le vino a la mente el castillo de Cape Coast, en Ghana, visitado por el presidente Obama en su recorrido por el país. Su presencia allí, simbolizaba el reconocimiento de un hecho tan lamentable como fue la trata de esclavos. También recordó la puerta del No Retorno, en Ouidah, Benín. Dos símbolos de la esclavitud visitados entre los muchos que hay en las costas africanas.
Así inicia Iliffe este capítulo:
Una historia de África debe dedicar algunas páginas a la trata de esclavos en el Atlántico, no sólo por razones morales y emocionales, sino también por la importancia que tuvo en la evolución del continente. Desde mi punto de vista, sus efectos fueron enormes, complejos, y sólo se entienden a la luz de la larga lucha librada por las sociedades africanas contra la naturaleza. Las exportaciones de esclavos frenaron el crecimiento demográfico de África occidental durante al menos dos siglos. La trata de esclavos dio lugar a nuevas formas de organización política y social, a una mayor insensibilidad ante el sufrimiento. El África subsahariana ya se había quedado atrás en el desarrollo tecnológico, pero el tráfico atlántico agudizó su atraso. Sin embargo, a pesar de tanta desdicha, no debemos olvidar que los africanos sobrevivieron a la trata de esclavos, conservando relativamente intactas su independencia política y sus instituciones sociales. Paradójicamente, este vergonzoso periodo de la historia también aguzó al máximo la capacidad de resistencia del ser humano. Era el sufrimiento lo que daba a África su esplendor”.

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3 de junio de 2019

Las 'mordidas' africanas / Camerún

En la izquierda de la foto, el puente alemán de 1903

El viajero insatisfecho nunca se acostumbrará a la corrupción generalizada, a las corruptelas cotidianas o a las ‘mordidas’ ocasionales, dependiendo por dónde mueva su cuerpo. En África esto ocurre, no sabe si puntualmente o de manera generalizada. Bueno, si sabe y, depende del estado de ánimo, lo puede catalogar de una manera u otra. Pero, también, al iniciar un viaje nunca vislumbra lo que se podrá encontrar ¿algo generalizado? o ¿algo puntual?
En esta visita a Camerún la sorpresa fue, en este sentido, un tanto mayúscula. Por las carreteras ‘pululaba’ el ejército, la policía y la gendarmería. Demasiados ‘vigilantes’ para las carreteras de un país que, si bien no estaba tranquilo, tampoco era en extremo peligroso. Moviéndose como se movía el mochilero en medios de transporte locales, la aventura de los traslados se convertía con el paso de los días en un pequeño suplicio de paradas, extorsiones, controles y 'mordidas'. No las sufría en sus carnes, pero si lo apreciaba en los movimientos del conductor por un lado y de los ‘vigilantes’ por el otro.
Ante la cantidad de paradas y controles, comenzó a observar con más detenimiento lo que ocurría en los mismos y, en alguna ocasión, llegó a observar cómo el conductor, al recoger de la guantera la documentación del vehículo que tendría que bajar y mostrar a los gendarmes, a la policía o al ejército, colocaba dentro, sin disimulo, un billete de 2000 cfa’s (unos 4 euros) o 5000 (unos 9 euros). Cuando regresaba, a veces con cierto disgusto, tiraba la documentación de nuevo en la guantera. En ella, con seguridad, no volvía el billete allí aireado. En un viaje de 4 horas perfectamente podrían sufrir media docena de controles, arbitrarios, rutinarios y recaudatorios, unos propiciados por el ejército, otros por los gendarmes o policías. Si tuviera que hacer una afirmación diría que ‘todos sacaban tajada’.
De Kribi a Douala, el autobús que le llevaba atravesaba por la ciudad de Edea y, precisamente, el libro-guía decía algo parecido a ‘una vez pasado Edea, se ve a mano izquierda un imponente puente colonial alemán de hierro de 1903 que, a pesar de su pésimo estado de conservación, sigue en pie’. Una vez llegó el autobús a la ciudad se preparó desde su asiento para hacer la foto de rigor al susodicho antiguo puente alemán. Inmediatamente después de haber tirado la fotografía a aquella obra de ingeniería alemana, de la parte delantera del bus llegaron recriminaciones por el acto. Por la foto.
Este visitante no supo nunca, ni lo sabrá, cómo se habían enterado los de delante del hecho.
Transcurridos unos dos o tres kilómetros del puente, el autobús paró. En el vehículo entró un joven militar con su rifle en ristre que se dirigió directamente al ‘blanco’ y le conminó a descender del autobús. Entre una rápida palabrería en francés, le confiscó la cámara de fotos y le indicó la dirección a seguir.
‘¡No hablo francés!’, ‘¡no entiendo!’.
Fue inútil, descargaron su mochila grande de los bajos del bus y le hicieron regresar ‘de paquete’ en una moto al puente alemán, escoltado por la moto del soldado camerunés.
El autobús continuó su ruta.
Ya, de nuevo, en el inicio del puente, descendió de la moto y se acercó (obligado) a la garita de vigilancia.
‘Está prohibido sacar fotos a este puente’, ‘seguridad nacional’, y le enseñaron un minúsculo cartel que lo apuntaba. Imposible apreciarlo a todas luces desde el interior del vehículo en el que viajaba. Les enseñó la foto, que le hicieron borrar, conseguida desde el autobús con la cámara, una instantánea del puente de deficiente calidad.
Charla en francés, que no entendió, al menos, del todo y, para finalizar, el soldado fusil en ristre le hizo el internacional movimiento de solicitar la correspondiente ‘mordida’ (frote del dedo índice y pulgar), mientras, le amenazaba con llevarlo a la gendarmería. ‘Money’, decía de manera insistente.
El pequeño y breve intercambio de frases (el viajero hablando en español y el soldado en francés, en una conversación, sin duda, de ‘besugos’) terminó cuando el ‘blanco’ sacó los 6000 cfa’s que tenía visibles en la cartera y se los entregó. El mequetrefe quería más. ‘No llevo más. Voy a Douala y, hasta llegar, no tengo más’. Ante la intervención de otro personaje, allí presente, pareció desistir. El estafado viajero enojado le dijo, entonces, algo al ‘soldadito’ aunque no pareció importarle. Y en inglés, entre cabreado y sumiso: ‘¿ahora puedo sacar una fotografía del puente?’. El superior, vestido de paisano, que estaba allí con el soldado, lo autorizó.
Hizo la fotografía que acompaña a este ‘post’.


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17 de mayo de 2019

Una mañana con una familia 'mbum' / Camerún


El monte Ngaounderé

Alguien le dijo al viajero insatisfecho que en Ngaounderé iba a estar fresquito, inmerso en un agradable clima. Era una ciudad en el centro de Camerún, a la vera del monte del mismo nombre, y, quizás, su altitud (1300 metros) fuera la causante de ese ‘estar fresquito’ que le habían comentado. Y era verdad, a última hora de la tarde y primeras horas de la mañana era necesaria la manga larga que no había utilizado aún en el país, hasta no pisadas sus calles.
Según el libro-guía, la ciudad “fue fundada en 1835 por un clan peul procedente de la vecina Nigeria”. Hasta la llegada de estas gentes, el monte Ngaounderé (en lengua mbum, significa ‘monte ombligo’) estuvo habitado por los mbum, una etnia de agricultores y cazadores. A este promontorio, se le veía cercano a la ciudad y daba la sensación, por su ubicación, que la presidía. Precisamente, en esta entrada querría contar un poco sobre su experiencia con una de las familias mbum que vivía cerca de las cataratas del río Vina.
Cataratas del río Vina
Aunque no era visible desde la carretera, el salto de agua estaba sólo a unos metros. Sin embargo, una valla de protección en la ruta impedía acceder a él directamente. Dando un pequeño rodeo, el mozalbete y el mochilero llegaron hasta lo alto del ribazo de aquel río, desde donde se podía contemplar la catarata en toda su extensión. Pero la inspección de aquella zona no solo tenía que ver con la salvaje naturaleza de un río sino que quería conocer, aunque fuera mínimamente, la vida de la etnia mbum, muy desvirtuada ya por la occidentalización de un país como Camerún. Ayudado por los servicios de aquel muchacho que le acompañaba se acercaron a unas chozas, viviendas, cabañas o como se quiera llamar a aquellos habitáculos tan tradicionales o, desde la perspectiva actual, tan pobres.
En la casa se encontraron con dos mujeres y un joven rapaz que disfrutaba, como un enano, aunque tímido, con los visitantes de aquel día. En especial, con aquel hombre blanco que con cara sonriente pretendía entablar un contacto con él. Unos recintos muy humildes, de paredes de tierra y techumbre de paja, daban por si solos información detallada de la vida familiar. Una de las mujeres, sentada limpiaba semillas. Al final, supo que había perdido la visión y su trabajo lo ejecutaba con la experiencia de una persona que se había acostumbrado a realizar tareas del hogar sin auxiliarse de un importante sentido como el visual. ¡Pobre!.
Mujer mbum
Un vistazo al interior de aquella humilde casa, con cuatro enseres en su interior y un camastro sin patas en el suelo, en perfecto desorden y suciedad, le sirvió para hacerse idea de todo lo demás. Los dos hombres de la familia estaban en sus faenas campestres, cultivando no supo qué. En lo que duró la inspección no aparecieron por allí.
Finalizó la jornada en otra finca de agricultores en la margen de un pequeño arroyo que se dedicaban, entre otras cosas, a elaborar vino de palma. Y sí, lo probó, pero nada que ver con el tradicional vino de uva. Su elaboración no necesitaba fermentación y tenía un gustillo similar a la sidra. Guardando las distancias, claro. Conversó un poco -lo que pudo entender- con un anciano que se mostraba dichoso al poderle saludar, sentado como estaba a la sombra de un árbol del lugar.
La visita a los cercanos alrededores de la ciudad de Ngaounderé había terminado. No había presenciado grandes cosas, pero le había servido para tomar contacto con la realidad más cruda y real. Por tanto, todo fue comprobar el hecho, ahora relatado. Al fin y al cabo el que lo hace se considera un modesto blogger nada más. Un caminante del mundo que cuenta sus peripecias y correrías por escrito.
A la sombra del árbol de la papaya

La mujer 'mbum' que había perdido la vista

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27 de abril de 2019

El territorio batanga / Camerún

Playa de Gran Batanga

Más abajo de Kribi, al sur de Camerún, se encontraba la población de Gran Batanga, camino de la frontera con Guinea Ecuatorial, habitada como su nombre indígena por la etnia batanga. No pregunte el lector o el curioso de estos escritos por qué al viajero insatisfecho le llamaba la atención este nombre y, por ende, sus gentes que quería conocer. No quedaban muchos batanga que vivieran de manera tradicional. Vivían de la pesca artesanal (uno de los personajes que conoció en Kribi, Marcelo -su nombre- le aseguró que si le acompañaba podría comer las mejores ostras del mundo pescadas por un batanga como él), la agricultura y el turismo, atraído por el ambiente relajado de sus playas, y diría más con su experiencia, por el silencio absoluto de ellas, al menos aquel día.
Cada año, durante los meses de febrero y mayo, los batanga organizaban danzas rituales en estas playas donde rememoraban la resistencia contra los alemanes que les forzaron a participar en la primera guerra mundial. Algo de esto le hubiera gustado encontrar. Recordemos que, si bien breve, los alemanes dominaron aquellas tierras durante unos años. Los batanga tenían un gran rey que mandaba sobre todos, pero no detentaba todo el poder sobre él, porque dependía de los pequeños reyes de los poblados; éstos, a su vez, dependían de los cabezas de cada clan, y éstos últimos, también a su vez, necesitaban de los de cada familia. Este modelo de gobernabilidad tribal otorgaba orden y equilibrio en la población batanga. Los distintos reyes y cabezas de clanes y familias, eran los guías y referentes de esa sociedad. Se los admiraba y respectaba, y ellos hacían lo mismo con el pueblo. Esta estructura se conservó tanto en la época colonial alemana como la francesa así como en el primer gobierno después de la independencia.
Aunque el mochilero leonés percibió, en las horas que estuvo por la zona -no fueron muchas- que el pueblo había asimilado la cultura occidental (?), parecía ser que las asociaciones tradicionales, conocidas como betuta, seguían vivas en aquella sociedad. Las betuta, que solían reunirse todos los sábados, representaban uno de los refugios culturales y de identidad de este pueblo que sufrió los efectos de una pronta cristianización.
El amigo batanga mostrando su iglesia

Paseó por la playa ¡qué silencio, tranquilidad y reposo!. Estaba solitaria. Solo el batir del agua con la arena dejaba un serpenteante y leve fragor. Conversó con un veterano batanga del lugar que se ofreció, con simpatía y humor, a explicarle algo de la religión presbiteriana y de la iglesia que se encontraba allí, al lado, una de las más antiguas de Camerún. ¡Famoso debía ser el obispo que la regentaba!.
Cartel delante de la iglesia presbiteriana de Gran Batanga

Estaba orgulloso de su tierra, de su cultura, de la etnia a la que pertenecía que se extendía hasta Campo, ciudad fronteriza con Guinea Ecuatorial. Callejeó y observó que las edificaciones se presentaban en parte modernas, rodeadas de vegetación, casas bajas, muchas de madera, integradas en pequeñas fincas de árboles y vegetación. No constituía un bello paisaje pero si desprendía autonomía y serenidad.
Y, sí, la región podía resultar un sitio africano, tranquilo, sin aspavientos para vivir o, quizás, para una prolongada estancia de relax.
Aquella brisa marina, casi salvaje, sin los monstruosos edificios playeros, no podía ser mala de respirar.
Dicho queda.

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9 de abril de 2019

Subida por las aguas del río Lobé / Camerún

Desembocadura y cataratas del río Lobé

Parecía Kribi, área playera más popular y turística de Camerún, ‘la zona del cuento de la Cenicienta’ o algo similar. No era muy playero este mochilero (ni lo es) y, por tanto, para acercarle a la playa era necesario hacer un delicado acto de persuasión. Durante el viaje hablaba con gentes variopintas, sin duda, y todas ellas parecían mandarle a Kribi. Sin ser eso verdad era como una especie de seducción inducida de la que parecía no poder escapar, analizaba el viajero insatisfecho en sus cábalas nocturnas. Al final, decidió que sería uno de los lugares a visitar ¿cómo iba a irse del país sin haber conocido Kribi? No fue el destino final de su viaje, como en algún momento pensó, pero si pasó dos días por la zona tratando de conocer, vivir, palpar su realidad que no era muy diferente a cualquier otra zona del país. Eso sí, el mar y las playas estaban allí para disfrute del turista embelesado y tranquilo. 
Inexistente, entonces.
Nada más llegar a la población, cumplidos los trámites de búsqueda de alojamiento, salió a dar la vuelta de rigor y, como “todos los caminos llevan a Roma”, en la playa apareció como alma en pena dispuesto a pasar las pocas horas de luz paseando por la arena. Allí mismo descubrió aquel barco fantasma, abandonado al oleaje, al óxido y a la descomposición. Daba pena observar aquel pecio, allí varado y mantenido en aquel estado de abandono, quizás burocrático de la Administración camerunesa. Y pensó ¡qué fácil sería destruir el mundo!

Barco en la playa de Kribi
De regreso a la casa donde se hospedaba, organizó la protección de su descanso nocturno, colocó con esmero la red antimosquitos alrededor de la cama, se internó en su interior asegurándose de no dejar hueco de acceso para los malvados/malditos zancudos, y durmió placenteramente.
La mañana siguiente la dedicaría a recorrer los puntos más interesantes del lugar. Entre otros, visitó la desembocadura del rio Lobé que vuelca sus aguas al mar, y muere, formando un sinfín de pequeñas, y no tan pequeñas, cataratas. No eran, en esencia, espectaculares, pero sí un accidente natural muy peculiar en los ríos del mundo conocido.
Como su intención era ascender un trecho el río Lobé, poco por encima de la desembocadura, unos metros antes de formarse las cataratas, alquiló una piragua después de mucho regatear itinerario y precio. Pretendía ascender por el cauce sin prisas, de una manera silenciosa, sin el ruido constante de un motor. Quería hacerlo a remo, y sabía que se podía. Allí comenzó aquella mañana de relajación, calma y sosiego. Ya sabía que remontar el río, enmarcado por la espesa jungla ecuatorial, parecería una escena sacada de algún pasaje de “El corazón de las tinieblas”, la novela de Joseph Conrad, ambientada en el África Ecuatorial. En aquel preciso momento, era donde se encontraba.
Piragua en el río Lobé
El piraguero no hablaba mucho y se dedicaba con desvelo a su trabajo: a remar con calma. Se dejó llevar por la naturaleza que rodeaba al río y a la piragua. Árboles de todo tipo y vegetación de toda calaña pasaban lentamente delante de los ojos de este viajero. En las orillas había montones de redes trampa, entonces en desuso, para la captura de peces y crustáceos marinos. En una de ellas, apilada junto a otras muchas, un pequeño varano, incauto él, había caído en la trampa y se removía con nerviosismo al verse observado. Tal vez, no se había encomendado a la Mami-Wata y por eso quedó atrapado. La mayoría de los pueblos que vivían a lo largo de la costa del golfo de Guinea creían en la presencia de divinidades acuáticas. Hoy en día, a pesar de la difusión de cristianismo, la creencia en la Mami-Wata, un ser femenino parecido a una sirena de los mares, seguía viva entre las gentes del litoral.
Después de una larga media hora de remo, el conductor de la piragua le ofreció visitar un poblado pigmeo que habitaba cercano a la orilla. Ya había visitado varios poblados de esta etnia a lo ancho del país, por lo que desestimar la oferta era del todo comprensible. Y mucho más después de que el propio piraguero le asegurara que las gentes de este primer poblado, acostumbrado ya al turismo, eran insaciables pedigüeños de dinero. ¡No, gracias! Un segundo poblado, más lejano, parecía ser más consecuente, menos cansino y, aunque sabía que no iba a llegar a él, agradeció que así fuera. No todo tenía que ser resuelto con dinero (o sí).
El avance por el río Lobé fue un total éxito para las pretensiones de este mochilero: disfrutó de la naturaleza, se deslizó por sus aguas en silencio, oyó el canto de algún extraño pájaro y observó al martín pescador, con su largo pico, lanzarse con éxito a la captura de algún cándido pececillo.
Allí, nada que organizar, nada que decidir, nada que solventar, cosas éstas que realizaba como una máquina todos los días para mantenerse en pie.
En ruta.

Vista de la playa de Kribi, desde la terraza de uno de los hoteles


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21 de marzo de 2019

Las cataratas de Ekom Nkam / Camerún


Los días en Camerún iban pasando como estampidas. Todo era levantarse del catre; un apacible desayuno aunque sin dar tregua al tiempo; programar el siguiente destino si no estuviera ya previsto de la noche anterior, y moverse. No debía el mochilero entretenerse. Su estancia en el país tenía mucho que ver con tratar de conocer lo mejor posible todos sus entresijos y los lugares de cierto interés. Banales, también.
Al tratar de llegar a ciudad de Nkongsamba pretendía visitar las cataratas Ekom-Nkam, y el trayecto desde Doula, donde acababa de llegar, le iba a llevar toda la tarde. Menos mal que el minibús abandonaba esta ciudad al mediodía lo que facilitaría arribar a Nkongsamba a una hora bastante prudencial, avanzada la tarde pero sin haber oscurecido. Era realmente incómodo pisar una localidad por primera vez y hacerlo cuando ‘todos los gatos son pardos’.
Un sorprendente trayecto hasta el destino. El ‘buseto’ atravesaba pequeñas y ruidosas localidades como Mbanga, Njombé, Penja o Loum, todas ellas fortalecidas por su gran riqueza en cultivos de todo tipo, de lo más variado. Las plantaciones cafeteras que rodeaban la ciudad de destino, se veían cuasi-superadas por las plantaciones bananeras de Mbanga donde se iniciaba una ruta de grandes cultivos generados en una fértil tierra volcánica, al abrigo de una temperatura de esas que se solía decir ‘ni frío ni calor’. A lo largo de la ruta, sobre todo alrededor de Penja, había numerosos puestos de frutas frescas (plátanos, papayas, piñas,...) directamente recolectadas de las plantaciones. Valía la pena disfrutar, en las paradas que hacía el ‘taxi-brousse’/minibús, de aquellos productos que mantenían fiel el sabor a lo que en realidad deberían saber (difícil logro en estos tiempos de engaño, productos químicos y descontrol). Las piñas y papayas peladas para facilitar la ingestión eran sabrosas, aunque nunca recomendables para los viajeros por desconocerse la cadena higiénica de su pelado. Pero este viajero insatisfecho, en este viaje, ha bajado mucho el listón y se ha dejado embrujar por todo tipo de productos que fueran atractivos a la vista, independientemente de su elaboración.
Rana Goliat, fotografiada en ruta

Fue en aquel trayecto, no recuerda en cuál de las muchas paradas, donde vio aquella ‘rana Goliat’ que le dejaría un tanto tocado. Consiguió sacar una fotografía en aquel minuto, lo que da credibilidad y visibilidad a este relato, pero la sorpresa y desconcierto le duraron aún muchos minutos más. En su descargo, por el pasmo, tiene que decir que no había oído nunca hablar de semejante anuro. Otra curiosidad: esta gigantesca rana tiene la capacidad de ser reproductora de 10.000 huevos a lo largo de su vida, según le ilustra ‘la Wiki’.
Pisó Nkongsamba. Buscó un hotel para pernoctar, lo encontró rápido a un precio razonable, sobre todo de una apariencia limpia, y se dejó llevar por la magia de la ciudad. A aquellas horas todavía se podían ver sin esfuerzo los espectaculares macizos montañosos que la rodeaban, entre los que destacaban por su aislada altura y belleza el monte Manegouba, el Kupe y el Nlonako (éste, daba nombre al mejor hotel de la ciudad). Paseó además -estaban a pie de calle- por alguna artesana fábrica de aceite de palma, de insana elaboración. Remolones con las visitas, sus trabajadores eran -también- reacios a las fotos. Al final lo logró, pero le costó un buen rato de curioseo.
Fábrica de aceite de palma

A la mañana siguiente, un motorista apalabrado aquella tarde, le llevaría a las cataratas de Ekom Nkam. Con una caída de 80 metros, aquel remoto salto había servido -según informaciones- de marco de rodaje para la película de ‘Greystocke: la leyenda de Tarzán’, protagonizada por Christopher Lambert.
Y sí, el sitio era espectacular.
Visitarlo solitario o, mejor dicho, con su único acompañante, el taxista/motero, fue un verdadero privilegio. El sonido limpio del salto envolvía aquel barranco verde y frondoso, y la luz reflejada convertía aquel verde en un sinfín de tonalidades.
Y sí, el sitio era espectacular.
La tranquilidad reinante ocupaba una gran variedad de tonos, pero ninguno era el de la locura, sino que todos ellos dejaban al visitante el disfrute del silencio y reposo.
Y sí, el sitio era espectacular.
El salto de agua de Ekom Nkam fue la meta de un trayecto por un camino terrero y loco de curvas y vegetación. Una singular meta para una foto brutal, un vídeo vistoso y un momento colorista sin igual.
Al final, ascendió de nuevo por aquellas escaleras preparadas para las visitas y, desde la terraza natural que encontró al llegar, les dedicó una última mirada de admiración a aquellas cataratas ‘a lo Tarzán’.
Mochila del V(B)iajero Insatisfecho, con las cataratas Ekom Nkam, al fondo


VÍDEO




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6 de marzo de 2019

Minas de oro de Kambelé / Camerún

Jóvenes removiendo y cribando tierra

Leía en su libro-guía algo interesante sobre la población de Batouri, a unos 100 kilómetros de Bertoua, ciudad donde se encontraba (y se encontraba a disgusto en ella: no tenía nada, era ruidosa, con hoteles de diversas categorías y restaurantes pero de escaso atractivo para encontrar algo singular). Batouri, en cambio, tenía posibilidades de excursiones selváticas u observación de hipopótamos en los ríos cercanos, alguna catarata, y el poblado cercano de Kambelé, un asentamiento minero, aparecido a raíz de la fiebre del oro.
Bueno, bueno. Esto sí que parecía tener otro color para el viajero insatisfecho. No pensaba más que en recorrer esos 100 kilómetros que le separaban de aquella población. Madrugó ese día, no sólo por la intención de iniciar una nueva aventura sino por irse de aquel cutre hotel-'putiferio' que tenía unas 'cucas' como gorriones de grandes. También, se iba la luz cada media hora, la ducha era de barreño y cazo, y entresacar cierta simpatía a los empleados era una meta inalcanzable. Por todo ello, y mucho más, este mochilero madrugó.
Le sorprendió el frío que hacía a aquellas horas -aún no había amanecido- montado en moto (de paquete) en dirección al parqueadero del matatus/minibus que le llevaría a Batouri. Yendo como iba en manga corta, era un frío que penetraba por los poros como alfileres. Hizo parar al motorista, y se puso una pelliza quita-fríos.
Los 100 kilómetros que separaban ambas poblaciones eran por un camino de tierra y polvo, atestado de camiones cargados de inmensos troncos que producían, además de una espesa polvareda, cierta irritación ante la usurpación de vida que suponía para la selva camerunesa. Pero así estaban las cosas.
Cuando después de 2 horas y media arribó en Batouri pudo comprobar que los hipopótamos estaban muy lejos (a 6 o 7 horas de trayecto), las cataratas no eran tales y las excursiones por la selva no contaban con ningún tipo de organismo, oficial o privado, que las promoviera. Le restaba lo más interesante, sin duda: había alguna probabilidad de visitar el asentamiento minero de Kambelé, pero necesitaba contar con alguien que conociera la zona, los entresijos y los riesgos. No era fácil pues las gentes mineras no eran muy dadas al turismo, a la foto o al encuentro con extraños y, menos, si se trataba un blanco sospechoso 'tocapelotas'. Unos parámetros que era necesario respetar.
Alguno de los jóvenes que le acompañaban en la visita

El Hotel 'Belle Etoile', donde alquiló una habitación, era recomendable si se visitaba la zona: estaba céntrico, medianamente limpio y a un precio razonable (pero...¿qué era razonable en un hotel?: cada uno tenía, y tiene, sus predisposiciones). Allí le presentaron un motorista/guía que le podría llevar a las minas de oro que distaban unos 10 kilómetros; conocía la zona y, también, la corruptela policial que podrían encontrar en el camino y en el mismo poblado minero. Pactó un precio, después de una dura negociación. El hecho de ser 'blanco' convertía el acuerdo en un pulso de intereses que no siempre, casi nunca, sería beneficioso para el visitante. Una realidad con la que era necesario convivir. Eso sí, este leonés debería reconocer que, después del pacto, la seriedad de la palabra era precisamente eso, imperturbable.
Un kilómetro antes de llegar a Kambelé, ya pudo apreciar el ambiente que imperaba en la zona. Grupos de personas que removían tierra en los aledaños de un arroyo, y otros la limpiaban con mangueras de agua a cierta presión. Luego, la cribaban de manera artesana. Los grupos distaban unos de otros.
Al llegar al poblado, más bien un gran asentamiento de casas circunscrito al trabajo que allí se originaba, el motero/guía le llevó ante el gendarme local para que autorizara la visita o, al menos, conociera la existencia de aquel 'blanco' en los alrededores. Con cierta tranquilidad rayana con la cachaza o parsimonia, el policía se sentó, le invitó a sentarse también, y le interrogó sobre los motivos de la visita; qué iba a hacer con lo observado; para qué iba a utilizar las fotos, y otros pormenores y detalles. Lo único que pretendía tamaño interrogatorio -o eso intuía- era llegar a lo que le interesaba a aquella autoridad local: 'la mordida'. Sentados como estaban en el pórtico de una casucha, después de las explicaciones se hizo un gélido silencio. Un grupo numeroso de jóvenes presenciaba también en reposo aquel momento. Cuando le pareció oportuno, el policía le solicitó el dinero, mediante un gesto por todos conocido. Y así lo hizo, introdujo su mano en uno de los bolsillos y le entregó el montante. Estaba preparado, pues ya sospechaba que el encuentro era corruptela recaudatoria. Una vez cumplido el trámite, inició el recorrido por sendas selváticas acompañado de aquel numeroso grupo de jóvenes que presenció 'la mordida'. Estaba claro, querían también sacar tajada del incauto 'blanco' como si éste fuera su cajero automático.
Una profunda mina abandonada, horada por algún minero

Se sentía solo, abandonado a la suerte del grupo de jóvenes, con la única excepción del motorista/guía que le había acompañado desde Batouri. En él ponía las esperanzas para salir indemne de aquel trance.
Una vez traspasado el límite de las chabolas, todo el territorio que iba descubriendo estaba horadado como si fueran toperas gigantes. Aquí, había un pequeño hueco con el equipo de lavado abandonado; más adelante, un agujero de 15 metros de profundidad, con rudimentarias escaleras para bajar al fondo donde el minero encontraría su veta aurífera ya explotada, y allá, un par de jóvenes se empleaban en hacer una nueva topera. Todo el trayecto era guiado por el grupo de jóvenes que le inquietaba. Después de media hora de recorrido, de repente apareció un gran agujero en la selva parecido al interior de un descomunal hormiguero. Lo observaba desde arriba. Mucha gente en su interior. Grupos de obreros -niños, también, mujeres- realizaban su trabajo con aparente tranquilidad. Le sorprendió aquel árbol de gran tamaño caído sobre la excavación que nadie se había molestado en retirar.
Mina de gran tamaño, con árbol tumbado en su interior

Observó de lejos que el 'blanco' les incomodaba. Cuando le vieron sacar fotos gritaban, '¡no filmar!'. Mientras, los jóvenes acompañantes del mochilero le insistían en que no dejara de hacerlo. Éstos trataban -pensaba- de ganarse al final 'su mordida' o propina de rigor. Aquellos gritos de los mineros con la respuesta de los jóvenes-macarrillas derivó en una desasosegada circunstancia de violencia a punto de estallar. Los gritos de los que se encontraban en la mina eran respondidos por otros de los jóvenes que le acompañaban. Abajo, comenzaron a mover las palas y herramientas de manera amenazante. El 'motorista/amigo', en aquel crítico momento, agarró a este visitante, ya un poco 'mosca', y le apartó por una estrecha senda, evitando así que aquello degenerara en una pelea desigual. Poco a poco, según se iban alejando del lugar, los gritos y el tenso ambiente parecieron calmarse.
De aquel gran 'enclave/termitero-humano' tras unos minutos de paseo, charla, senda y vegetación se pasaba a otro similar. Grupos y grupos removían tierra, transportaban en carretillas lo batido que, luego, se encargaban otros de cribar. Lo que al final de todo el proceso quedaba, y así lo pudo comprobar en una pequeña palangana, eran unos granos de tierra bordeados por un pequeño y diminuto polvo aurífero, casi sombra. 
Nada más.
Las imágenes que aquellos duros trabajos dejaban en la retina eran plenos de estética pero también de estupor. Durante al menos 3 horas su interior sintió perplejidad, admiración, impresión y un duro pesar de cierta desolación.
¡Dura vida la de aquel minero, con resultados inciertos!. 
Todo parecía desembocar en mafia y explotación. El ambiente así lo transmitía.
Muchos niños trabajando. Mucho futuro destrozado.
¡Kambelé!, redime tus miserias y deja que la vida no destroce al sufrido minero!


Faenas artesanas de la minería


VÍDEO







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20 de febrero de 2019

Mercado del sábado en Lago Lagdo / Camerún


Mujeres, en su aseo personal a la orilla del lago

Lo vuelve a repetir. Y lo vuelve a dejar por escrito, sin pudor por la reiteración. Una de las deliberaciones mentales previas al viaje más persistentes en el viajero insatisfecho era poder alcanzar el lago Chad, al norte de Camerún y fronterizo con Chad y Nigeria.
Entonces, desde sus aposentos y visto desde la distancia, ayudado por San Google-Maps, no parecía una misión harto complicada, más bien un poco intrincada por la falta de comunicación y transporte entre pueblos y ciudades de la zona, todo ello superable con voluntad y ganas, tiempo, paciencia, pasión, y cierto grado de pericia viajera. ¿Le faltaba algo? No. No, pero no contaba con ‘boko haram’ que, al final, decidió por los demás.
Lamentable.

Mujeres vendiendo pescado seco
Pero ya estaba en Garoua y, en aquel momento, sus alrededores eran objetivos del mochilero. Para reprimir su ansiedad, no sabe si de lagos míticos o simplemente por el hecho de estar allí, decidió acercarse a Lago Lagdo, un inmenso lago/presa artificial en el río Benoué. La presa fue construida en 1982 con el objetivo de producir energía hidroeléctrica para abastecer el norte de Camerún, para la irrigación de 15.000 hectáreas de mijo, arroz, maíz y algodón. Y para favorecer la pesca. Según informaciones, el lago también estaba poblado por cocodrilos e hipopótamos, aunque en ningún momento este mochilero llegó a divisar. En la actualidad, se barajaban unas cifras importantes en torno a la pesca, y en una de sus laterales se celebraba todos los sábados un mercado donde se reunían “todas las etnias y nacionalidades en busca de pescado fresco y ahumado”.

Tenderete de ásperas hierbas
Era sábado aquel día y no quería perder la oportunidad de palpar aquel mercado africano (otro más, de los muchos que ha visitado en su vida) con características peculiares pues se trataba de un mercado exclusivo de pescado fresco y ahumado.
¡Cuántas muertes habrá evitado este pescado seco (tilapia, en la mayoría de los casos) en África!
Madrugó aquella mañana, quería estar presente en las primeras horas de aquel ajetreo ferial que distaba 50 kilómetros de donde se encontraba, la ciudad de Garoua. Pero en África cualquier plan, si se depende del transporte público, puede irse al garete. El matatu/minibús que salía hacia Lagdo era un vehículo destartalado, más cercano a la ruina y al desguace que a una segura circulación por carretera. Pero en aquel “áfrica-de-mis-amores” todo se solucionaba con aire en las ruedas, botellas de agua para refrigerar el motor y un buen conductor con nociones de mecánica artesana. A partir de ahí, todo podría ser solucionado en ruta.
El matatu tardó en salir. Primero lo hizo con dos pasajeros, el que suscribe entre ellos. Fue a dar una vuelta por la zona, por varias calles laterales al parqueadero, supuestamente para recoger nuevos incautos; dio aire a las ruedas; echó agua sucia al motor y regresó al lugar de inicio. Luego, poco a poco, según pasaban los minutos, se fue cargando de pasaje hasta la extenuación. Y partió.
Al descender en el centro del mercado el mochilero se convirtió, muy a su pesar, en objetivo de miradas y un curioso ojeo examinador, lo contrario a lo que quería propiciar. Pero era el único blanco en aquel trajín comercial. El mercado ocupaba la misma orilla del lago, y varias calles laterales. Calles formadas por el hacinamiento de casuchas permanentes de venta de productos de la zona. La gente se le veía con parsimonia y casi pachorra movilidad, exprimiéndose y ejercitándose en otros tiempos, tiempos africanos. Puestos y más puestos de productos, poco pescado seco, más especias, sacos de mijo, montoncitos de verduras y casava/mandioca. Tenderetes de plástico, ásperas hierbas y cartón. Y sorprendentemente, mucha leña, troncos transportados en piraguas que, al varar en la dura tierra apelmazada del borde, multitud de jóvenes, casi niños, se encargaban de descargar. Algunas mujeres hacían la colada en las orillas. Otras, hacían su aseo personal. Mientras, unos niños se acercaban a mirar. Mujeres vendedoras de diferentes etnias desconocidas e imposibles de detallar, levantaban la vista al paso del mochilero y mostraban expectación. Aquí, extendían una lona; allá, modelaban con sierra y martillo una incipiente piragua. Sacaba una foto que se evidenciaba general, tratando de pasar desapercibido, pero provocaba miradas de rechazo y cierta denegación. Todos parecían tímidos o extrañados con el viajero espectador. Paseó sin rumbo entre puestos, jolgorio, mercadeo y asombroso afán. 
Al final de la mañana, una moto le acercó a Lagon Bleu, un alojamiento a orillas del lago tan estratégicamente ubicado como abandonado por la civilización. Eran cuatro cabañas en una pequeña ladera llena de peñascos y poca vegetación. Seco y agostado lugar. Allí tomó una fría y espléndida cerveza ("33" Export) que le sirvió para retomar fuerzas ante el desazonado regreso a la ciudad de Garoua.
La visita había terminado.


Descargando leña de la piragua

VÍDEO




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