20 de febrero de 2019

Mercado del sábado en Lago Lagdo / Camerún


Mujeres, en su aseo personal a la orilla del lago

Lo vuelve a repetir. Y lo vuelve a dejar por escrito, sin pudor por la reiteración. Una de las deliberaciones mentales previas al viaje más persistentes en el viajero insatisfecho era poder alcanzar el lago Chad, al norte de Camerún y fronterizo con Chad y Nigeria.
Entonces, desde sus aposentos y visto desde la distancia, ayudado por San Google-Maps, no parecía una misión harto complicada, más bien un poco intrincada por la falta de comunicación y transporte entre pueblos y ciudades de la zona, todo ello superable con voluntad y ganas, tiempo, paciencia, pasión, y cierto grado de pericia viajera. ¿Le faltaba algo? No. No, pero no contaba con ‘boko haram’ que, al final, decidió por los demás.
Lamentable.

Mujeres vendiendo pescado seco
Pero ya estaba en Garoua y, en aquel momento, sus alrededores eran objetivos del mochilero. Para reprimir su ansiedad, no sabe si de lagos míticos o simplemente por el hecho de estar allí, decidió acercarse a Lago Lagdo, un inmenso lago/presa artificial en el río Benoué. La presa fue construida en 1982 con el objetivo de producir energía hidroeléctrica para abastecer el norte de Camerún, para la irrigación de 15.000 hectáreas de mijo, arroz, maíz y algodón. Y para favorecer la pesca. Según informaciones, el lago también estaba poblado por cocodrilos e hipopótamos, aunque en ningún momento llegó a ver. En la actualidad, se barajaban unas cifras importantes en torno a la pesca, y en una de sus laterales se celebraba todos los sábados un mercado donde se reunían “todas las etnias y nacionalidades en busca de pescado fresco y ahumado”.

Tenderete de ásperas hierbas
Era sábado aquel día y no quería perder la oportunidad de palpar aquel mercado africano (otro más, de los muchos que ha visitado en su vida) con características peculiares pues se trataba de un mercado exclusivo de pescado fresco y ahumado.
¡Cuántas muertes habrá evitado este pescado seco (tilapia, en la mayoría de los casos) en África!
Madrugó aquella mañana, quería estar presente en las primeras horas de aquel ajetreo ferial que distaba 50 kilómetros de donde se encontraba, la ciudad de Garoua. Pero en África cualquier plan, si se depende del transporte público, puede irse al garete. El matatu/minibús que salía hacia Lagdo era un vehículo destartalado, más cercano a la ruina y al desguace que a una segura circulación por carretera. Pero en aquel “áfrica-de-mis-amores” todo se solucionaba con aire en las ruedas, botellas de agua para refrigerar el motor y un buen conductor con nociones de mecánica artesana. A partir de ahí, todo podría ser solucionado en ruta.
El matatu tardó en salir. Primero lo hizo con dos pasajeros, el que suscribe entre ellos. Fue a dar una vuelta por la zona, por varias calles laterales al parqueadero, supuestamente para recoger nuevos incautos; dio aire a las ruedas; echó agua sucia al motor y regresó al lugar de inicio. Luego, poco a poco, según pasaban los minutos, se fue cargando de pasaje hasta la extenuación. Y partió.
Al descender en el centro del mercado el mochilero se convirtió, muy a su pesar, en objetivo de miradas y un curioso ojeo examinador, lo contrario a lo que quería propiciar. Pero era el único blanco en aquel trajín comercial. El mercado ocupaba la misma orilla del lago, y varias calles laterales. Calles formadas por el hacinamiento de casuchas permanentes de venta de productos de la zona. La gente se le veía con parsimonia y casi pachorra movilidad, exprimiéndose y ejercitándose en otros tiempos, tiempos africanos. Puestos y más puestos de productos, poco pescado seco, más especias, sacos de mijo, montoncitos de verduras y casava/mandioca. Tenderetes de plástico, ásperas hierbas y cartón. Y sorprendentemente, mucha leña, troncos transportados en piraguas que, al varar en la dura tierra apelmazada del borde, multitud de jóvenes, casi niños, se encargaban de descargar. Algunas mujeres hacían la colada en las orillas. Otras, hacían su aseo personal. Mientras, unos niños se acercaban a mirar. Mujeres vendedoras de diferentes etnias desconocidas e imposibles de detallar, levantaban la vista al paso del mochilero y mostraban expectación. Aquí, extendían una lona; allá, modelaban con sierra y martillo una incipiente piragua. Sacaba una foto que se evidenciaba general, tratando de pasar desapercibido, pero provocaba miradas de rechazo y cierta denegación. Todos parecían tímidos o extrañados con el viajero espectador. Paseó sin rumbo entre puestos, jolgorio, mercadeo y asombroso afán. 
Al final de la mañana, una moto le acercó a Lagon Bleu, un alojamiento a orillas del lago tan estratégicamente ubicado como abandonado por la civilización. Eran cuatro cabañas en una pequeña ladera llena de peñascos y poca vegetación. Seco y agostado lugar. Allí tomó una fría y espléndida cerveza ("33" Export) que le sirvió para retomar fuerzas ante el desazonado regreso a la ciudad de Garoua.
La visita había terminado.


Descargando leña de la piragua

VÍDEO




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6 de febrero de 2019

Las gargantas de Kola / Camerún


Las gargantas de Kola, cerca de la ciudad de Guidar

La insistencia de aquel taxista, amigo-interesado en la ciudad de Garoua (Camerún), fue el detonante principal para que el viajero insatisfecho visitara las gargantas de Kola. Aunque venía información en su libro-guía, no había reparado en ello. Normal, por otra parte, pues su costumbre era (y es) consultar el libro cuando ya ha iniciado el viaje y, como siempre, sin haber preparado absolutamente nada del recorrido. Tema éste por el que siempre recibe desproporcionadas críticas o, al menos, alguna arenga particular en contra de este planteamiento de viaje. Pero así es, y así lo deja dicho.
Una vez visitadas, consultó de nuevo su libro-guía y allí estaba la breve información sobre aquellas gargantas rocosas, incluso una fotografía. No obstante, no era una zona muy explotada y la información sobre ellas era escasa. Tal vez, lo apartado del lugar evitaba que esa profanación turística fuera excesiva.
Aquí, el mochilero (de mochila azul) dejará sus impresiones. No serán gran cosa, pero son suyas. Le sorprendieron, sí. No tenía ni idea de que en Camerún pudiera haber algo así, y era una de las principales curiosidades naturales de la zona, siempre y cuando no contemos -haciendo un poco de antropólogos- con los diferentes grupos étnicos que abundaban en la región (guidar, mbororo, bana, kapiski o mafa).
Peñas y borricos en el camino hacia las gargantas de Kola

En la ciudad de Guidar alquiló, algo que se está convirtiendo en rutina, una moto -con motero incluido- pues según las informaciones no estaba muy lejos (unos 9 kilómetros) pero por un camino de tierra que era necesario conocer. Así, el motero se convertía en medio de transporte pero también en guía local. Transitaron despacio -algo que previamente le había impuesto al joven piloto/conductor- por aquellos parajes secos del norte de Camerún. Un panorama seco, salpicado por montones de grandes rocas, salteado de caseríos de los pueblos guidar, algún que otro borrico y mucho polvo en el ambiente debido al suave harmatan que aquel día lo inundaba todo. A lo lejos vio una mujer subida en un árbol, hacha en mano, desmochándolo y, supuso, estaba haciendo leña para atizar alguna pobre lumbre familiar. Un niño, a los pies. Y campos de algodón. El algodón, parece ser, se había adaptado muy bien al terreno seco del norte Camerún. Se continuaba con producción de manera artesanal y suponía un añadido a las débiles economías del entorno guidar.
Una barrera cercana a las gargantas, consistente en un palo atravesado en el camino y vigilado por dos jóvenes, le hicieron ‘pasar por caja’ a este mochilero leonés. Siempre protestaba estos tickets tan poco oficiales pero que solían ser un ‘trágalo’.
Y tragó, aunque tampoco suponía la ruina.
Las gargantas de Kola (Gorges de Kola) constituyen un paisaje especial, surrealista casi marciano, visto en la distancia, antes de llegar. No eran muy extensas pero su recorrido, la parte asequible y más interesante, serían unos 800 metros. Unos metros fácilmente accesibles en época seca -y lo era entonces-, no había agua y, en su recorrido a contracorriente por el fondo arenoso-rocoso, un joven guía acompañaba al visitante. El joven se esforzaba en ver figuras en cualquier hendidura (un elefante, un sillón, una virgen,….), labradas a través de los tiempos por la fortaleza de las aguas sobre aquel territorio granítico, un granito blanco y negro. Miró y remiró; sacó fotos y se dejó fotografiar; se sentó en aquel sillón rocoso; se descalzó en un tramo con agua y protestó mentalmente al saldar la propina con el joven guía.
El V(B)iajero Insatisfecho, en las gargantas de Kola

Una buena sensación dejaba al final aquel sorprendente paisaje granítico. El mochilero, sin prisas, visitó lo poco visitable, subió ‘de paquete’ en la moto y abandonó el lugar. Únicamente se detuvieron para fotografiar unos montones de algodón que, por su blancura, destacaban de aquel entorno cercano. Unos niños se acercaron curiosos y se pelearon por unas pocas bolas de anís que el mochilero les ofreció.
Pero eran más niños que bolas.

Niños, al lado de los montones de algodón


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25 de enero de 2019

La entrada al país / Camerún

Entrada al palacio de Mukanda Douala

La entrada al país, Camerún, fue por Douala pero no sería hasta Garoua donde el viajero insatisfecho daría por iniciada su aventura.
Pasó una noche en Douala, sí, pero únicamente para coger impulso, y porque los trayectos al norte de Camerún en avión no ocurrían todos los días por diversos motivos: rentabilidad, organización o, simplemente, el mal tiempo (en época seca, el ‘harmatán’, viento del cercano desierto, a veces, mandaba).
Pasó una noche en Douala, sí, aunque durante el día paseó por alguna de sus calles principales, como iniciándose en el transitar por un país nuevo, diferente a otros aunque también con algún rasgo similar. 
Pasó una noche en Douala, sí, pero incluso descubrió alguna cosa singular, como el palacio de Mukanda Douala, construido por el célebre, según decía el libro-guía, príncipe douala Dika Akwa como símbolo de la gran diversidad de pueblos que habitan la capital económica del país. Lo descubrió por casualidad y le llamó la atención sus paredes, estatuas, figuras y escudos que presidían la entrada. Todo muy abandonado pero con ese aire dali[negro]niano que sorprendió al mochilero. No entendió nada pero sin duda el águila y el cocodrilo eran la simbología de algún pueblo tribal camerunés: ¿douala?,¿peul?, ¿bamileké?, ¿bassa?.... No lo supo.
Pero como ya dijo al principio su aventura comenzaría en Garoua, donde le llevó un avión de CamAir, compañía estandarte y bandera del país. Su inicio previsto con anterioridad (un mes) tampoco era Garoua sino Maroua, en la provincia Extremo Norte del país. De allí, pensaba subir hasta el Lago Chad, visitar el P.N. Waza y conocer Kousseri, en la frontera con el Chad, país. Todo quedó aparcado al escuchar las contundentes sugerencias del Embajador de España en Camerún: mejor no visitar el extremo norte. Decidió, entonces, cambiar de destino su vuelo: no sería Maroua sino Garoua, unos 200 kilómetros más al sur. Acertada decisión pues una vez aterrizado en esta última, un taxista local, al hilo del propósito viajero de visitar el P.N. Waza, le sugirió lo mismo. Boko Haram, nombre del grupo terrorista de carácter fundamentalista islámico, seguía actuando a sus anchas y con fuerza en la zona, e incluso estaba impidiendo visitar el P.N. Waza que permanecía, aquellos días, cerrado.

El V(B)iajero Insatisfecho pertrechado para el 'harmatán'

En Garoua se encontró de lleno con el polvoriento país, más allá de lo que imaginaba desde la distancia. Sufrió, en una de sus salidas moteras (de paquete), la fuerza del ‘harmatán’ del desierto, y los caminos polvorientos declaraban su enemistad hacia este mochilero. Polvo y más polvo, del ‘harmatán’ y del surgido de las ruedas de camiones que dejaban una estela de color, calor y polvo.
Garoua destapó el Camerún islámico, con una total prevalencia en sus calles del personaje muslín sobre cualquier otra ‘etnia religiosa’. Durante la oración, varias veces al día y en ocasiones un verdadero gentío, sus movimientos masivos, ejercitados en conjunto, y sus prolongadas genuflexiones e inclinaciones del cuerpo hacia la Meca, daban miedo. Y miedo daba esa capacidad que parecía disponer el islam para dominar corazones, conciencias, mentes y, en fin, personas. Era un miedo psicológico producido por esas sensaciones de inestable obediencia que parecían mantener con el supremo profeta.

Al fondo, musulmanes en plena oración en el mercado de Guidar

En la ciudad de Guidar, unos 100 kilómetros al norte de Garoua, durante el mercado semanal, ante la llamada del muecín desde el alminar de la mezquita cercana, la reacción fue espectacular. La masiva afluencia al mercado de una muchedumbre con chilaba (o ‘jilbab’), turbante o la ‘taqiyah’ (gorro redondeado colocado en la cabeza) convirtieron el momento de la oración en un momento de aparente masiva reivindicación. Su inmediata agrupación, sus movimientos al unísono con el rezo, arrodillados y, al poco, agachados, sumidos en una oración pasional, daban miedo, sí. La lejana pero imperativa voz del muecín ejercía una fuerte presión, pasión y fervor. Sólo algunos cristianos, o de otras religiones, parecían estar al margen del rezo musulmán, aunque este mochilero leonés, quieto y perplejo, no paraba de mirar y mirar.
La mañana finalizó con un paseo por el mercado lleno de tenderetes, plásticos, casava/mandioca, telas, artilugios chinos, herramientas y sol. Se respiraba denso, a veces, frescura y valor. Otras, podredumbre, pimienta y azafrán.
Una mixtura, siempre mezcla, potingue o pócima, en la ordinaria y cotidiana vida africana.

Tenderete en el mercado de Guidar, con especias diversas

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22 de diciembre de 2018

Camerún. El viaje en mente

Importantes enseres de viaje

Tal vez sea Camerún una de las citas pendientes sin ser excesivamente exigente con los países con los que ‘habría quedado’ este viajero insatisfecho. Era una cita pospuesta por multitud de motivos. ¿Qué ofrecerá Camerún?. ¿Qué hace un leonés en esa inhóspita tierra de selvas y desiertos?. ¿Se moverá con cierta facilidad?. No. Pero al final después de mucho observar África como una atractiva piel puso su puntero en este país.
Sobre todo le atrae visitar el norte ¿por qué?. Imposible contar un motivo convincente al que lea estas cuatro líneas. En la frontera norte se encuentra el lago Chad. ¡Un lago africano!. ¿Qué otro motivo más se podía aducir para lanzarse al país?.
Con la guía ‘Camerún’, de Laertes Ediciones, en la mano, ve las primeras dificultades para acercarse a ese lago que se está desecando o, al menos, eso cuentan las crónicas, las televisiones o los mentideros viajeros. Hojea el libro/guía rápido hasta que llega al final donde, en sus últimas páginas, un capítulo desentraña la zona norteña de Camerún, la zona donde se enclava el lago Chad. Según va leyendo se va encontrando con las primeras dificultades “si se desea visitar e incluso navegar por el último lago que queda en el Sahara, habrá que alcanzar la ciudad de Blangoua, emplazada en sus orillas. Para dicha empresa se necesita disponer de vehículo propio y de un chofer experimentado en la región: apenas existe transporte público entre Blangoua y el resto del mundo”. Poderosa dificultad para este viajero que se mueve solo, con dificultades de idioma y con la cartera con dificultades a la hora de derrochar ‘dineros CFA’.
 “A partir de aquí –continúa el libro/guía- [se refiere a la población de Makari, en el norte] es clave contar con los servicios de un buen chofer que conozca las pistas, que se complican cada vez más en una especie de maraña de caminos polvorientos….”. Y muchas más trabas que el autor va poniendo al lector. Este se va desanimando poco a poco, pero tiene ya su billete Madrid-Douala en el bolsillo, la ilusión insertada y encerrada ‘a cal y canto’ dentro de su mente y la alegría del viaje en su corazón.
¿Y el sur?. Aún no se ha centrado en página alguna que refiera las dificultades del sur pero aunque las hubiere es un país visitable y como tal actuará.
Hará lo que pueda. Visitará lo que pueda. Recorrerá con ganas el norte, el centro y el sur, pero nunca sabrá, o al menos no antes de que finalice el recorrido, hasta dónde podrá llegar.
Para estos viajes complicados siempre se acuerda de algún compañero de ruta. Uno o varios acompañantes podrían aminorar el montante dinerario que supondrían los alquileres de vehículos y otros menesteres.
Pero no, el mochilero viaja solo. 
Con sus ventajas y sus inconvenientes.


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8 de diciembre de 2018

La Catedral de sal, de Zipaquirá

Entrada de la Catedral de Sal

Calificativos como ‘impresionante’, o ‘excursión de un día más habitual desde Bogotá’, o ‘considerada como la primera maravilla de Colombia’ o ‘se le ha otorgado incluso el título de joya arquitectónica de la modernidad’. Todas estas expresiones unidas convencían a cualquier incauto para catalogar la visita a la Catedral de sal de Zipaquirá como algo ansiado para sus aspiraciones viajeras. Pero no, no os confundáis ¡malditos!. “No todo es oro lo que reluce”, que decían los abuelos.
Según explicaba el libro/guía, la Lonely Planet, había ‘dos catedrales de sal: la primera se abrió en 1954 y se cerró en 1992 por motivos de seguridad, pero se puede visitar su impresionante sustituta”. Esta ‘impresionante sustituta’ nada tenía que ver con los mineros que allí trabajaron, ni nada tenía que ver con un supuesto horadado de vetas de sal por los laboriosos mineros con la intencionalidad de dar un carácter religioso al lugar. Esta ‘impresionante sustituta’ era un proyecto arquitectónico, para lucimiento de algún organismo oficial, pero totalmente al margen de los trabajos de humildes y fervorosos mineros.
El viajero insatisfecho para evitar tumultos y aglomeraciones apareció temprano por la boca de la mina, y consiguió su propósito de entrar en la primera tanda con guía para poder escuchar así sus interesantes (?) explicaciones. Escuchaba y procesaba lo que decía pero, a los pocos minutos de iniciar el recorrido, desconectó sin remedio cuando solo llevaba dos o tres estaciones de calvario allí esculpidas (eran catorce). No se creía nada de lo que percibía, todo era hueco o falso, y a las explicaciones sobre cada una de las estaciones del calvario (que era la entrada y parte inicial del recorrido) les faltaba fuerza. Todo parecía orquestado por algún obstinado religioso para convertir aquella cueva en una catedral ‘mentirosa’.
(En estas pocas líneas pretende continuar su tono crítico pero no quiere dejar de advertir que seguro habrá visitantes que reverenciarán lo visitado como algo bello y divino. No les culpa, cada uno que haga ‘de su capa un sayo’).

Una de las estaciones del calvario

Este gran pasillo inicial con las diferentes estaciones de un calvario, talladas en plan moderno, daba de pronto a una gran sala en la que al fondo se apreciaba una gran cruz tallada e iluminada con gracia y calidad. Allí, teniendo al fondo la cruz y tratando de empatizar con el guía que todo lo sabía, hizo un amago de escuchar lo que con tanto interés contaba a los allí congregados, pero continuaba con su discurso llano, de explicaciones banales y triviales. Nada. Ni mención respecto a una posible intervención de los mineros para crear aquel hueco a gran profundidad en una montaña de sal. Todo eran objetos que simbolizaban algo devoto; una losa como sepulcro de Cristo que por su falta de simetría ‘parecía’ estar abriéndose, o iluminaciones que propiciaban un encuentro con ese Dios de todos. No había esculturas talladas en sal, al menos no en número reseñable; nada habían esculpido los mineros en posibles arrebatos de religiosidad. Todo era moderno, pero de una modernidad vanidosa, diseñado por un arquitecto con sensibilidades pero sin más propósito que el de esbozar un hueco al que se pudiera llamar catedral, por otra parte, un vocablo bastante atrevido para aquel lugar.
Catedral de Sal, con la cruz al fondo

La Catedral de sal, de Zipaquirá, no convenció nada a este mochilero leonés. Es más recomendaría a cualquier visitante que prescindiera de ella en una posible cita con Bogotá y alrededores, o se abstuviera de perder una sola mañana en arribar a aquella aparente banalidad.
Nada que decir al que esté interesado en entrar en un recinto minero sin más. Y nada que decir al que quiera visitar la población de Zipaquirá que tiene una nada desechable zona central de demostrada belleza arquitectónica colonial.

Parque Principal de Zipaquirá

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24 de noviembre de 2018

Castillo de San Felipe Barajas / Cartagena de Indias

Castillo de San Felipe Barajas, tomado desde la entrada

Aunque Cartagena/vieja era de por sí una fortaleza, había otras fuera de la ciudad, como era el caso del Castillo de San Felipe Barajas. Desde la ciudad, se veía a lo lejos, tampoco muy retirado pero si era necesario atravesar un barrio hasta llegar a él. En esta ocasión, el viajero insatisfecho y su amiga decidieron visitarlo en un día de fuerte calor, con ‘un sol de justicia’ (¡que expresión más majadera!, pero aún así no se resiste a utilizarla) cayendo sobre sus cabezas. Habían comido en Bocagrande, aunque únicamente como disculpa para conocer la zona playera, célebre en ciertos ambientes turísticos casi añejos. En la sobremesa, con el sol plano, tomaron un taxi para acercarse al lugar y realizar la visita.
Desde la entrada, donde había que ‘aflojar el bolsillo’, hasta lo alto del castillo, había un acceso de piedra, una subida limpia, sin sombras, terrorífica con el sol pegando fuerte y más pareciera que los visitantes tuvieran ganas de padecer un golpe de calor que realizar una tranquila excursión cultural.
Aquella fortaleza databa del siglo XVII, aunque en el XVIII se acometió una gran ampliación. No extrañaba, pues era el bastión más imponente jamás construido por los españoles en todas sus colonias. “Realmente inexpugnable -decía el libro/guía-, nunca fue conquistado a pesar de los numerosos intentos por asaltarlo”. Ya veía, en la imaginación, al famoso corsario inglés Francis Drake intentándolo. Una apreciación errónea pues el corsario por aquella época de su construcción ya llevaba casi un siglo ‘criando malvas’.
El complejo sistema de túneles, construidos para la distribución segura de provisiones, era una de los elementos más conocidos del famoso castillo por lo que entraba en todos los pronósticos el hecho de recorrerlos. Eran de fácil acceso y sencillo recorrido, unos más cortos que otros, unos en diferente nivel que otros, pero todos cumpliendo la misión de facilitar la comunicación interior entre puntos estratégicos. Desde todos los emplazamientos se veía una impresionante bandera colombiana que ondeaba, entonces, ayudada por la escasa brisa. Y aún quedaban algunos cañones, antiguos cañones de defensa, repartidos por todo el recorrido. Con ellos, la fortaleza parecía cumplir en aquel instante la misión para la que había sido creada hacía siglos.
Imaginaciones viajeras.
Bandera colombiana ondeando en el castillo

Al mochilero, pertrechado como iba de su habitual gorra multiusos, no le pareció muy agotadora la visita, una vez metido en ella. Desde la parte más alta se podía contemplar la ciudad cartagenera en toda su amplitud; la bahía de las Ánimas que llegaba hasta la misma puerta del Reloj; la entrada de Bocachica y el Fuerte de San Fernando, e incluso la famosa zona playera de Bocagrande, un poco abandonada, por cierto, aunque de predecible crecimiento en un cercano futuro.
Entre lo que desde allí se veía y ese dejarse llevar por los sueños aventureros hacían más que placentero aquel lugar. También, como no, una agradable brisa marina contribuía al bienestar corporal desde el observatorio donde estaban, en lo más alto del Castillo de San Felipe Barajas.
Parte alta del Castillo de San Felipe Barajas

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10 de noviembre de 2018

Salento y el valle de Cocora

El volcán Cerro Machín [a la izquierda, la ladera del cráter; el previsible cráter, la zona baja]

Tanto monta, monta tanto…”. Con esta cacareada expresión inicial quería dejar claro que ambos lugares, por su cercanía, transitaban unidos en el imaginario viajero. Cuando se hablaba de uno (Salento) también se refería el otro (valle de Cocora). Según pasaban los días en Colombia, en la mente del viajero insatisfecho se iba dibujando ya el trayecto completo del viaje. Parecía claro que Salento era uno de los últimos lugares a visitar. Un destino que sonaba y sonaba en todos los corrillos de turistas y, como consecuencia, según se comprobó (el a-b-cedario de estos corrillos era muy simple), estaba cargado de gente. Gente que pareciera querer ver lo mismo, contar lo mismo, sentir lo mismo, apreciar lo mismo y volver a sus casas con lo mismo: el valle de Cocora, territorio de las palmeras vela.
¡Qué aburrido!.
Nada más pisar esta población colombiana se daban cuenta de lo evidente: había mucha población foránea, visitantes ufanos por descansar, o pasar el tiempo, o montar a caballo, o hacer peligrosas bajadas con bicis de montaña por caminos, sendas y trochas,…. No saben.
Cuando una población se ponía de moda ¿por qué lo hacía? En este caso, no era posible vislumbrar todas circunstancias o motivos. Sin duda, uno de los motivos era el bello paisaje, aunque bellas montañas y valles había muchos en Colombia. Quizás, fuera el valle de Cocora que aparecía en todas las guías, informaciones y en todos los blogs conocedores de la realidad colombiana. Un valle -debía de ser un valle- de belleza singular o extrema, las fotografías así lo constataban.
Al final, una vez tomada la decisión, el itinerario para el día siguiente sería otro. Nada de visitar al famoso valle, y sí un largo trayecto por un estrecho camino para conocer el volcán Cerro Machín. Este volcán no era tal, no enseñaba lava, ni erupcionaba fuego de sus entrañas pero, según todos los vulcanólogos, mantenía gran actividad interior, a la espera de que un día explosionara con la fuerza que lo hacían estos fenómenos. Ahora únicamente se vislumbraba la forma de un antiquísimo cráter, sus paredes y su tapón montañoso. Por todo ello, por todos estos parajes pasearon acompañados del joven conductor/guía que les acercó. Cuando este insólito tapón en un futuro se desestabilice, se convertirá, según previsiones, en uno de los volcanes más desgarradores del mundo. Su actividad interior, medible, parecía ser potente y brava.
Pero, como ocurría en muchas ocasiones, en las excursiones no siempre lo más chocante o llamativo era el destino sino que lo interesante podía estar en el trayecto.
Y fue el caso.
En primer plano, las palmeras vela

Antes de llegar al Cerro Machín, se pasaba por una pequeña población, Toche, encantador pueblo a orillas de un río. Perdido en el valle; cuidado, muy bien cuidado; lugar de paso y breve estancia; rodeado de fincas con cultivos por sus laderas, inclinadas en exceso; laderas con guisantes -arvejas, para los colombianos-; niños peleándose entre modernos columpios, y una pequeña casa de comidas. Ah, muy importante, y cerveza ‘Águila Colombia’ muy fría.
Pueblo rodeado de un territorio natural de excepcional tranquilidad. ¿Allí se podría vivir?.
Bosques de palmeras vela, de camino al volcán Cerro Machín

Pero en aquel trayecto en 4x4, que se desenvolvía lento en las subidas y lento en las bajadas con aparente total seguridad, algún precipicio generaba, a veces, desazón en los cuerpos. Subidas y bajadas por un camino que transitaba por un paisaje espectacular. Laderas de montañas repletas de palmeras vela que daban al trayecto una estética especial. Solitarias granjas de vacas y caballos que pastaban por aquellas casi imposibles laderas. Granjas que a veces se veían en la lejanía, rompiendo la uniformidad del verde pasto que todo lo rodeaba. Y estaba la granja de ‘El galleguito’ o ‘La carbonera’, y muchas otras que no recuerda su nombre. Y estaban las palmeras vela, con sus casi 60 metros de altura, agrupadas unas, solitarias otras, que daban al paisaje un aire peculiar. En laderas con limpio pasto surgían éstas como cirios maleables por el viento. Cada valle con su tonalidad de verde; cada ladera con sus matices de colores dependiendo del brillo del sol.
Un recuerdo especial para los colibríes de la finca ‘La carbonera’, donde mostraron sus artes, su pico alargado, su estático vuelo (o hacia adelante, o hacia atrás) a los visitantes que no paraban de fotografiar. Otra especial mención para el agua de panela con queso, un rico tentempié a media mañana.
Sin duda, este ‘post’ debería haberse titulado: “Al final, el volcán Cerro Machín”.
Los colibríes, en la finca de 'La carbonera'

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28 de octubre de 2018

Parque Nacional Tayrona


 Playa en el Parque Nacional Tayrona

No estaría haciendo un ataque injustificado y sin motivo si el viajero insatisfecho dijera que al Parque Nacional Tayrona habría que desmitificarlo dentro de las oportunidades turísticas que ofrecía Colombia. Creado en 1964 aparentemente protegía 27 especies de fauna y flora únicas en la región, “al igual -decía el folleto- que 56 especies que se encuentran en peligro de extinción entre las que sobresalen el tigrillo, armadillo, venados, murciélagos, primates, aves como el cóndor, el águila blanca, […] Además de la importancia biológica del parque, sobresale por su magnitud cultural. Es un área protegida y reserva de la Biósfera declarada por la Unesco”.
Pero todo ello desde la teoría, en la práctica era difícil avistar hasta una sencilla iguana. Eso sí, tenía variedad de ecosistemas y variedad de playas; era posible hacer recorridos a caballo o andar a pie por todo el salvaje literal. Había dos claras veredas para moverse por el Parque cercanas al mar: una vereda de caminantes y otra (en algunos trayectos coincidían) de arrieros. Y en ese deambular, lo mismo podía uno encontrar un puesto a la orilla de la senda con variedad de jugos, elaborados por indígenas 'kogi', que una casa solitaria entre palmeras (Panadería Bere) cuyos dueños se dedicaban a la elaboración de un sabroso pan. Famoso era allí el pan de queso con guayaba ¡una delicia! -les dijeron, pues no lo consiguieron probar-.
¡Una pena!.
Panadería Bere, perdida entre palmeras en el Parque Nacional Tayrona

Tres días en el Parque Nacional parecían demasiados, aunque la necesidad de tener un descanso después de la agotadora aventura a la Ciudad Perdida, lo podrían justificar. El primer día, un tranquilo día de playa, en la Piscinita, y paseos por otras playas aledañas peligrosas, muy peligrosas por las continuas corrientes. La mayoría no eran aptas para nadar, aunque en algunas podía uno darse un chapuzón. Un cartel anunciador en una de ellas: “Aquí se han ahogado en los últimos años 187 bañistas, no sea usted el próximo”.
Al día siguiente, un largo paseo de vuelta desde Playa San Juan hasta Castilletes, pasando por La Aranilla (bonito baño, en una playa semicircular con grandes rocas en los extremos) y La Piscina, en la zona Arrecife, con numerosos bañistas en el agua y, otros, panzas al sol. Sin duda, gran cantidad de los encantos de este Tayrona se perdían en medio del gentío que ocupaba playas y veredas. El paseo continuó, después de un breve chapuzón, observando el atardecer y el mar, combinado con inmensas rocas y la vegetación de las orillas. El sol caía temprano en el Parque Nacional Tayrona. Una vez engullido el sol, los monos aulladores o, quizás, gruñidos de osos perezosos rompían la tranquilidad y quietud en la oscura vegetación y sembraban desasosiego en el camino por el que transitaban hasta llegar al camping de Castilletes.
Y la última jornada, visita a Pueblito, una excursión a caballo que duró casi toda esta jornada, o podría haber durado. La subida a este antiguo asentamiento tayrona hubiera sido dura si los caballos no hubieran aportado su torpe pero firme trabajo. El asentamiento en sí, después de haber conocido la Ciudad Perdida, no era impresionante. Poseía unos 250 basamentos de viviendas, similares a los ya conocidos, pero al no tener una ubicación espectacular, las panorámicas eran más anodinas.
Paseos, chapuzones, silenciosas caminatas durante tres días, y un especial recuerdo para aquella ducha de agua dulce campestre al caer la tarde (el cuerpo lo pedía después de aquellos baños en agua salada) que fue sin duda, gloria y manjar otorgados por los dioses, en esta ocasión en forma de la familia indígena que lo permitió.
Familia kogi, en Pueblito

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14 de octubre de 2018

Museo del oro / Bogotá

Poporo de oro

La ciudad de Bogotá era un caos, o quizás una palpitante capital. Tal vez, el lugar que acogía a una vibrante población, heredera de los muiscas, indígenas del altiplano colombiano. No sabe. Nunca le han gustado las ciudades y eso que siempre ha dependido de ellas en sus viajes.
Era difícil Bogotá. Era más fácil si el visitante centraba su actuación en el epicentro cultural, en La Candelaria. Y dentro de este foco, más bien al lado, un lugar destacado ocupaba el Museo del oro, ubicado allí en un moderno edificio. No sabría decir si por decisión arquitectónica o debido a diversas remodelaciones, el caso era que su fachada principal parecía reciente, un cubo de formas rectas como si fuera uno de los dados de un gigante parchís.
En su interior, haciéndose eco de la Lonely Planet, albergaba “más de 55.000 piezas de oro y otros materiales de las principales culturas precolombinas”. Había objetos de los muiscas, tesoros de los tayronas, o de los quimbayas, y también de la civilización zenú. Se supone que con la adquisición de un poporo de oro (objeto muy popular entre los indígenas tayrona), aunque aquel primerizo en cuestión era quimbaya, dio comienzo la colección.
Objetos de oro

Ante tanta exhibición de oro, y de tan variados orígenes, no era de extrañar que aquellos españoles colonizadores encendieran en su imaginación la leyenda de El Dorado. Mucho más sabiendo ahora que los muiscas eran muy dados a celebrar ceremonias y rituales en lagunas cercanas, como la de Guatavita. En estas ceremonias, los caciques o los ‘mamos’ llegaban a adentrarse en el centro de las aguas y arrojar oro y esmeraldas a las profundidades.
Con casi dos horas y media de observación de piezas, distribuidas de manera temática en tres amplios pisos, estos turistas españoles (habría más en el interior) pudieron llegar fácilmente a la conclusión de que era necesario e inevitable visitar aquel fastuoso museo. No haberlo hecho, hubiera sido una equivocación pasmosa, pues la calidad de lo que allí uno encontraba sería difícil de admirar en cualquier otro lugar.
Lo recomienda.
Todo se realizó sin prisas, con velocidad pausada. Necesario era recrearse en algunas figuras de espectacular forma y presentación, vitrinas y más vitrinas con una exhibición fulgurante de piezas. Pasear por sus galerías y salas era emprender un gran viaje al mundo precolombino. Era una muestra continua de piezas donde se podían ver los mitos, creencias, chamanismo y simbología de aquellas lejanas culturas.
El recorrido se estructuraba en torno a cuatro o cinco grandes espacios temáticos más una sala interactiva, en realidad, un espectáculo de luz y sonido que merecía la pena disfrutar.
No permitían hacer fotografías en su interior pero el viajero insatisfecho os puede asegurar que hizo algunas con el móvil, con disimulo, aunque en algún momento el vigilante le pillara en su punible acción pero, con un punto de complicidad, ‘se hiciera un poco el loco’.
Aquellos dos españoles salieron sonrientes y complacidos de aquel lugar cerrado, hermético, casi claustrofóbico pero terriblemente bello, llamado Museo del oro.
Objetos de oro



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29 de septiembre de 2018

La Ciudad Perdida, ciudad Teyuna

La Ciudad Perdida, vista desde la parte alta

En esta ocasión, en este viaje, lanzarse a la hazaña de ir a la Ciudad Perdida no era una decisión del viajero insatisfecho. Por suerte (o desgracia) ya había conocido esta ciudad Teyuna (así era conocida por los indígenas) en 1996, después de un esfuerzo, en aquel entonces, de 5 días de lucha contra las subidas, charcos, lluvia, mosquitos, resbalones, ríos y cansancio, la selva era siempre un territorio hostil. Además, en fechas muy complicadas pues la zona estaba también ocupada por la guerrilla, con total falta de empatía hacia turistas y visitantes. La expedición de entonces estaba compuesta por dos personas: el guía y el mochilero leonés, 22 años más joven.
Por poner en situación al lector que no haya conocido nada de este enclave, sería necesario transmitir que se encontraba en medio de la Sierra Nevada colombiana, en un paraje selvático a orillas del río Buritaca. Únicamente era posible llegar mediante una larga caminata (con guía y contando con una infraestructura ya prevista de varios campamentos en la selva) aunque, teniendo suerte, unos pocos kilómetros iniciales podrían hacerse en motocicleta (de paquete), y otros pocos más adelante, en mula. La expedición a aquel territorio -en él, los pueblos descendientes de los tayronas  (kogis, arhuacos, wiwas y kankuamos) tenían mucho que decir- se alargaba cuatro o cinco jornadas. Duras jornadas estas, donde el descanso se realizaba en los campamentos, normalmente después de todo un largo día de caminata por sendas, estrechas veredas o trochas selváticas.
Parte del campamento 1 (1ª noche)

Las caminatas tenían todas las autorizaciones de esos pueblos tayronas que dominaban la selva, sus antiguos emplazamientos y las montañas como propiedades de sus dioses y en las que sus ‘mamos’  (una persona, un guía, un orientador de la ley de origen y representante del principio del conocimiento) ejercían un férreo control.
Ahora, esta pareja de amigos se encontraba en Santa Marta que venía a ser como el lugar ideal para organizar una excursión allí, a través de las 3 o 4 agencias que cumplen esa misión. Pero a primera hora de la mañana de la víspera aún nada estaba decidido. Ese extremo, la decisión, era más que eso, era determinación a la hora de elegir algo que hacía ilusión pero que de entrada se sabía duro en extremo. Una vez tomada ésta con osadía, ya a media mañana, comenzaba el agobio del preparatorio de mochilas y enseres para pasar 4 o 5 días en plena montaña selvática tayrona, mientras el resto del equipaje quedaría a buen recaudo. A la postre, serían cuatro. Poco equipaje, estaban advertidos, pues las jornadas eran de gran dificultad y el peso de la mochila jugaba en contra del senderista principiante. Dos 4x4 trasladarían al grupo, a la mañana siguiente, hasta la población de Mamey (o Machete) donde, ahí sí, comenzaría la aventura. Una vez ingerido el almuerzo, el guía (Saúl) dio la orden de marcha. Las primeras dos horas y media de ascensión permanente, de complicada pendiente y estable inclinación, ponían ya a prueba al grupo de atrevidos. El mochilero recordaba esta elevación 22 años antes, y hablaba con el guía de su dureza. Este se reía sin pronunciar palabra. Después de cuatro horas y media de agotadora marcha, llegaban al campamento 1. Nada que ver con el campamento donde pasó aquella lejana primera noche, excepto la ubicación y su dueño Adán. Entonces, era una casa de madera con un cobertizo adosado con varias hamacas para el descanso; ahora, eran siete u ocho cobertizos/barracones construidos entre la frondosa vegetación a lo largo de la orilla del pequeño río, afluente del Buritaca, la mayoría de ellos con sencillas literas provistas de mosquiteros para pasar la noche y unas mesas corridas delante para la cena y desayuno. Baños, retretes y duchas completaban los servicios básicos existentes. Y otra gran diferencia con lo que retenía en el recuerdo: allí pasó la primera noche en compañía del guía y del matrimonio propietario. Ahora, y en la misma noche, dormirían alrededor de 170 agotados turistas.
El turismo invasor.
Con el siseo de los mosquitos que rondaban los cuerpos embadurnados de ‘Relec’; con la noche nublada apunto de llover; con los olores puros de la selva, del bosque mixto lleno de líquenes, arrayanes, lianas, sietecueros y otro tipo de arboleda con sus helechos, bromelias y orquídeas; con el gorjeo de la multitud de aves cercanas, y -en la imaginación- con el rugido de alguno de los felinos más codiciados de la sierra (jaguares, ocelotes o tigrillos), se rindieron al profundo sueño selvático.
No va a detallar todas las peripecias del trayecto ni todos los pormenores del avistamiento, al tercer día de marcha, de los más de 1.200 escalones que ascendían a la Ciudad Perdida, partiendo del río Buritaca. Su ascenso era como la última prueba de fuego que ponía la expedición a todos los visitantes. Su subida era dura. Muy dura. No obstante, si no hubiera sido por estas escaleras ribereñas, quizás los exploradores nunca hubieran descubierto, en la década de 1970, esta ciudad precolombina, este mal llamado ‘machu-picchu’ colombiano. Si querría dejar constancia también de la inconveniencia de la lluvia a la hora de caminar; del suelo resbaladizo por el agua caída; de los numerosos arroyuelos empedrados que era necesario cruzar y, luego, estaba el río Buritaca, vadeado en cuatro ocasiones.
Poblado kogi, a orillas de la senda

La Ciudad Perdida se perdió en la época de la conquista. Diversos sucesos relacionados con nuevas enfermedades, y otros, llevaron a ello. Ahora, sus ruinas ya ubicadas, eran una maravilla. Conocida por su nombre indígena, Teyuna, fue construida por los tayronas en las laderas septentrionales de la Sierra Nevada de Santa Marta. Actualmente constituía una de las ciudades precolombinas más grandes descubiertas en América.  Se erigió, según señala la Lonely Planet, “entre los siglos XI y XIV, aunque sus orígenes se remontan más atrás, quizá al siglo VII […] Es la ciudad tayrona más grande descubierta hasta hoy y fue probablemente su mayor núcleo urbano y su principal centro político y económico. Se cree que vivieron entre 2000 y 4000 personas”.
Vadeando el río Buritaca

Nada había cambiado de cómo la recordaba, tal vez alguna terraza más descubierta, pero pocas, aunque faltaban, eso sí, muchas por descubrir. Por descontado evocaba su impresionante ubicación, en una ladera montañosa que precisamente necesitaba, para situar sus edificios, las firmes y bien asentadas terrazas construidas con rocas, vestigio que permanecía de aquel populoso asentamiento tayrona. El lugar comprendía un complejo sistema de caminos empedrados, escaleras y muros intercomunicados por una serie de terrazas y plataformas sobre las cuales se construyeron los centros ceremoniales, casas y sitios de almacenamiento de víveres.
Escaleras tayronas, de subida a la Ciudad Perdida

En 1996, en aquellas ruinas tayronas se encontraban unas 8 personas, incluidos los cuatro soldados que observaban de lejos a los tres turistas o viajeros. Ahora, en aquella mañana de primeros de agosto, vagaban por aquellas piedras unas 200 personas, casi el límite de lo permitido por las autoridades colombianas.
El turismo invasor.
Terrazas de la Ciudad Perdida

Aun sin el cuerpo recuperado del esfuerzo, al situarse en la parte alta de las terrazas, la satisfacción parecía vislumbrarse en los casi 200 rostros que por allí pululaban como perdidos en el paraíso o, quizá, en el abismo.
El regreso, por los mismos senderos y trochas, no fue menos dificultoso. Al haber inevitablemente más zonas con descensos que en el camino de ida, se podía hacer algo más rápido, pero no menos agotador.
La llegada al punto de partida, a Mamey (o Machete), fue como una liberación. Todos con todos. Todos entre todos. Risas y más risas.
Misión cumplida.

Terrazas de la Ciudad Perdida



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