6 de mayo de 2018

Trenes, y Bago / Myanmar (Birmania)


Tren Yangón-Bago

Estación de Myitkyina

En el mundo actual, lleno de AVE’s, rápidos Altaria’s, Talgo’s o los trenes-bala japoneses, ¿quién no añora con cariño aquellos trenes de mitad del siglo pasado, lentos, zigzagueantes, ruidosos, machacones y perezosos?. El viajero insatisfecho si los añora, en especial el que conoció de niño, aunque no en su tramo completo: el famoso tren de vía estrecha La Robla-Bilbao, y más, en concreto, el ramal del mismo estilo entre León y Matallana de Torío.  El origen del proyecto del ferrocarril de La Robla -según explica Wikipedia- “habría que buscarlo en la gran importancia adquirida por la industria metalúrgica en el País Vasco a finales del siglo XIX, y su considerable repercusión en el desarrollo industrial del norte español. El combustible fósil llegaba a los puertos vizcaínos por vía marítima, procedente de Asturias e Inglaterra en los mismos barcos que exportaban el mineral de hierro. Pero la brusca subida del carbón inglés entre 1889 y 1890 dio lugar a que el poderoso capital siderúrgico vasco buscase alternativas en las cuencas carboníferas leonesa y palentina. Fue entonces cuando surgió la necesidad de un medio de transporte eficaz y económico que uniera las emergentes acerías vascas con las aisladas cuencas mineras. El elegido fue el ferrocarril, que tras la Revolución industrial se había convertido en el transporte terrestre más ventajoso”.
Algunos recuerdos, e historia.
En la actualidad, y en cuanto a la red española de alta velocidad, es la más extensa de Europa, con 3.100 kilómetros, y la segunda más larga del mundo solo superada por la china. Pero este mochilero leonés debe ir al grano, a referirse a su última experiencia en trenes lentos, muy alejados del AVE actual. En su último viaje a Myanmar tuvo oportunidad de disfrutar de dos recorridos en este pausado transporte. Uno de ellos, le llevó prácticamente el día solar, salió de Myitkyina sobre los 8 de la mañana y llegó a Katha (su destino final) sobre las 5 de la tarde, cuando el sol comenzaba a dar sus últimas bocanadas. El otro trayecto, mucho más corto, fue entre Yangón y Bago, antigua capital birmana. En ambos trenes (en el primero de ellos acoplado en un anticuado pero cómodo asiento mullido de primera clase) disfrutó a sus anchas. No le pareció una pérdida de tiempo, sensación tan extendida en este mundo de prisas y atropellos. Disfrutó del paisaje, a veces semi selvático; otras, moteado de pueblos birmanos con vida, con gentes, con antiguas y pequeñas estaciones, con jolgorio aunque, quizás, todo ello entumecido por el carácter apacible de sus gentes.


Trayecto Myitkyina-Katha

Trayecto Myitkyina-Katha

El trayecto Yangón-Bago (alrededor de dos horas y media) lo utilizó de ida y vuelta. A juicio del mochilero leonés, un medio barato hasta la saciedad, con clásicos asientos de madera que le transportaron su mente a aquel viaje infantil en tren León-Villamanín, también lento y con duros asientos de tiras de madera. Su objetivo era visitar la antigua capital birmana de Bago. De acuerdo con la leyenda, el símbolo de la ciudad era una hamsa hembra (ave mitológica) sobre el lomo de una hamsa macho. A un nivel más profundo, el símbolo representaba la compasión del ave macho que ofrece a la hembra un sitio donde posarse en medio de un lago en el que solo había una isla. Por eso se decía que los hombres de Bago eran más gentiles que los de otras partes de Myanmar. Sin embargo, en la cultura popular birmana los hombres bromeaban diciendo que no se atrevían a casarse con mujeres de Bago por temor a ser dominados.
Este tímido mochilero, en su visita, no vio hamsa alguno.
Historias y leyendas.

Pequeños, entrado en un monasterio, en Bago


No tenía mucho tiempo para recorrerla queriendo, como quería, regresar a Yangón ese mismo día. Alquiló, una vez más, una moto-taxi con una misión clara: recorrer los lugares más emblemáticos de la ciudad en sólo tres horas. Esto ni es de empedernido y ducho viajero ni siquiera de un bisoño turista, pero era el tiempo que tenía y a ello se atuvo. De la visita  en si a la ciudad, más de lo mismo. Mucho templo, muchos budas, alguno de ellos gigantesco, y grandes estupas doradas.
Fin.
“¡Quiero, quiero, quiero volver a África!”.

Gigantesco Buda tumbado, en Bago


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17 de abril de 2018

Mawlamyine, y alrededores / Myanmar (Birmania)

Puesta de sol en Mawlamyine
De la ciudad de Mawlamyine, y alrededores, no pensaba hablar el viajero insatisfecho, pero sería una traición hacia quien no lo conozca y sea seguidor de estos escritos. ¿Qué culpa tienen los lectores que el mochilero leonés haya pasado más bien rápido por allí?. Había leído que esta ciudad y sus rincones habían inspirado a George Orwell y a Rudyard Kipling, dos de los escritores en lengua inglesa más asociados a Myanmar. No sabe. Esta afirmación parece un poco literatura de viajes o, lo que es lo mismo, un intento ‘de poner salsa a la patata cuando tiene poco sabor’.
Desde la guest-house donde se hospedaba en Mawlamyine se acercó aquella tarde a Kyaikthanlan Paya, una estupa en lo alto de una colina, la más alta de la ciudad, desde donde se podía divisar con rotundidad toda la urbe al completo, un cercano entrante del mar de Andamán y una ‘estupenda’ puesta de sol, según le había comentado el conserje del hotelucho, que luego no llegó ‘ni a medio buena’. ¡Qué estupidez viajera hay con las puestas de sol!. Increíble. Cualquier sitio que se precie tiene su maravilloso (?) atardecer según todos los libros de consulta o escritos de viajeros que precedieron. Esos atardeceres venden, generan expectación y suelen producir al final -lo ha observado también en otros- hastío. Y tiene que insistir: ¡Cuánta pamplina viajera hay con las puestas de sol!. Esta estupa no estaba solitaria en aquella loma montañosa pues había varios templos, al menos un monasterio, y otras de menor tamaño. Descalzo como estaba, obligada norma religiosa, esperando a que el sol cayera sobre la línea del horizonte, decidió permanecer allí dando paseos circulares para contemplar la ciudad en todo su esplendor. Se asomaba a la baranda, hacía fotos o permanecía estático al divisar a lo lejos algo peculiar. Con anterioridad había visitado un vecino monasterio donde, aparte de admirar la preciosa estructura de madera tallada, pudo comprobar la quietud y reposo interior, todo mezclado con la cotidiana vida de los pocos monjes allí asentados.


Buda sentado

Pero, también, lo impactante de aquella zona eran los alrededores de la ciudad, plagados de monasterios, estupas, templos y budas. Dedicó una jornada a respirar aquel ambiente y recorrer el lugar. Comenzó, a varias decenas de kilómetros, por uno de los budas sentados más grandes del mundo que desde la carretera principal ya impresionaba. Hueco como estaba por dentro, se metió en sus tripas y ascendió varias escaleras hasta llegar casi a la cima, aún en construcción. Desde una especie de ventana-mirilla en el pecho del buda, al mirar al suelo, pudo apreciar en directo la inmensidad de su tamaño. 
Y cuando uno creía que había visto todo sobre budas grandes y antiguos, descubría el templo de Win Sein Taw YaAllí, sobre la ladera de un par de colinas se acostaban dos budas, uno a medio construir (aparentemente abandonado), de 170 metros de largo. Una de las imágenes de este tipo más grandes del mundo. En los aledaños, había muchas estupas e hieráticas estatuas de budas de pie en reposadas procesiones a ninguna parte. Una de las filas se adentraba en la tupida vegetación de un bosque cercano, conformando una inquietante imagen para el recuerdo. 
La ciudad de Mawlamyine, y sus alrededores, contenía muchas más cosas visitables. Lo precipitado de un viaje, y sus condicionantes, hicieron imposible recorrerlas todas, pero en el recuerdo del mochilero quedaba esa sensación de haber visto algo insólito y haber recorrido un mundo alejado en cuanto a creencias y pasiones.

Buda tumbado
Estatuas de buda, dirigiéndose al bosque





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31 de marzo de 2018

La roca dorada / Myanmar (Birmania)

Roca dorada

La pasión que sienten los birmanos, las gentes de Myanmar, por una piedra que mantiene un equilibrio inestable en lo alto de una montaña ha convertido la zona en lugar de peregrinación, en uno de los templos más visitados (si no el más) de Myanmar, en especial, por el turismo local. Este hecho no ha pasado desapercibido al turismo extranjero que, por supuesto, también lo frecuenta. El templo en cuestión es el monte Kyaiktiyo (Roca Dorada). El viajero insatisfecho aunque ya había visto cientos de fotografías de la roca dorada quería tener la experiencia de ponerse a su sombra y sentir, como preveía, la religiosidad que allí imperaba. Una vez más, como en todos los templos birmanos.
Le recordaba, aunque no fuera tan evidente el parecido, a las Bismarcks Rock, a orillas del lago Victoria, en la ciudad tanzana de Mwanza. Un grupo de rocas que emergían del lago sobre las que se levantaba una especie de menhir en un -también- equilibrio inestable. En estas rocas tanzanas, paseaban de vez en cuando unos animalitos que llamaban pinkisEn la roca dorada birmana, en cambio, no paseaban animalitos pero sí las gentes de Myanmar se encargaban de tenerla, precisamente dorada, con las pequeñas plegarias en forma de pan de oro. Sólo los hombres (sólo ellos) podían cruzar un pequeño puente sobre el abismo que llevaba a la roca para colocar los cuadrados de pan de oro en su superficie.
Birmanos en el camión de ascenso a la roca dorada

Para hacer la ascensión a la roca desde la población más cercana, Kyaikto, era necesario tomar unos camiones, o subir andando, misión ardua y difícil ésta para cualquier persona que carezca de preparación. Estos camiones salían con gran frecuencia a lo largo de la jornada, cargados a tope de peregrinos o curiosos y serpenteaban por las laderas del monte durante 11 largos kilómetros hasta llegar a las inmediaciones de la roca. El trayecto de los camiones duraba alrededor de 45 minutos, o más, y dejaban a los viajeros-peregrinos a la entrada de un moderno telesilla que les ascendía los últimos metros, ahora sí, hasta la roca. La vuelta, sin utilizar el telesilla, se hacía completa en los camiones desde la parte más alta. Un último tramo bastante estrecho y peligroso para la subida y bajada de vehículos había forzado a las autoridades birmanas a construir aquel telesilla.
Desde la terminal de camiones en la parte alta hasta el templo de la roca dorada había que afrontar un largo paseo por la cima repleto de vendedores de comida, baratijas, flores, frutas, refrescos, cocos, agua,… y los viajeros foráneos debían pasar, de nuevo, por caja.
¡Así es el turisteo de monumentos allí, y en el mundo entero!.
Una vez cumplido el ritual de quitarse los zapatos se entraba a una gran explanada de mosaico, relativamente limpio (sólo relativamente) hasta llegar a la roca dorada. Familias y familias enteras sentadas en el puro suelo adoquinado tomaban sus bocados y bebían agua con ansiedad en botellas de plástico. Corrillos y grupos de gente conversaban a la sombra de unos tenderetes. Unas mujeres encendían pequeñas velas en una ristra de candelabros metálicos colocados a la entrada de la famosa roca, que ya se veía en todo su esplendor.
El ambiente distendido en aquella explanada donde no faltaban otros recintos de budas, no impedía encontrarlo intimista al lado de la roca en sí. En aquellos momentos, varios birmanos en actitud penitente contribuían a dorar la roca con sus plegarias de oro. El día soleado convertía en más mágico aún aquel asentamiento de dioses en aquella roca de equilibrio inestable.
Y dorada.
Roca dorada, a lo lejos

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17 de marzo de 2018

Playa de Maungmagan / Myanmar (Birmania)




Casa de madera de la época colonial

En su recorrido por territorio birmano, el viajero insatisfecho también transitó el sur, por la lengua de tierra que forma el país con la frontera tailandesa. Aquella estrecha franja bajaba cientos de kilómetros bordeando el mar de Andamán cerca de multitud de playas que no tenían nombre ni renombre turístico. Pero allí estaban sin explotar, ni expoliar.
Frente a estas largas playas de arena se situaba un extenso archipiélago de pequeñas islas, muchas de ellas solitarias. En aquel estrecho territorio se encontraba el estado de Kayin y la región de Tanintharyi, el sur profundo de Myanmar. 
Bajó muy al sur hasta la ciudad de Myeik pero no la encontró mucho atractivo y decidió permanecer poco tiempo. En su inevitable ascenso por la misma y única carretera longitudinal de nuevo hacia Yangón, donde al final debería tomar el vuelo de vuelta, paró, entre otros sitios, en Dawei, ciudad habitada, según señalaba el libro-guía, desde “hace cinco siglos o más, principalmente por marineros mon y tailandeses”. Desde luego la ciudad tenía vestigios más modernos, más de la época colonial inglesa. A pesar de ser relativamente pequeña, Dawei poseía mucha arquitectura interesante, con numerosas casas de madera antiguas de dos plantas, con tejados a cuatro aguas y abundante decoración de madera tallada. Paseó y paseó, aquella primera tarde, por la ciudad, sacó fotos de la arquitectura de sus casas y dispuso que al día siguiente iría a visitar su primera playa de aquel país en el viaje.




La playa de Maungmagan, una de las más famosas, estaba a unos 20 kilómetros de donde se encontraba, por lo que decidió alquilar una moto para dicho propósito. El primer intento fue fallido pues no consiguió comunicarse con el motorista que no hablaba ni una palabra de inglés. Lo logró al segundo, cuando al menos pudo hacerse entender sobre el destino del trayecto.
La carretera hasta la playa serpenteaba entre plantaciones de caucho y verdes matorrales ribereños. En el trayecto, ‘de paquete’ en aquella moto alquilada, pudo ver la vida campestre, cotidiana y diaria de mucha gente; un grupo de jóvenes birmanos sobre aquel tuk-tuk, que durante unos kilómetros precedió a la moto, saludaba con cierta timidez al motero extranjero; el agradable joven birmano que le porteaba sonreía cuando el mochilero leonés le hacía parar (stop, stop, please!!) para recrearse con unas fotos a los cuencos colocados en los árboles del caucho que recogían su consabida savia o resina, y, por sorpresa, a orillas de la carretera, en un camión con guirnaldas, un grupo tocaba y bailaba una canción religiosa local. No entendía nada. 
Pura vida birmana. 
Aquella inmensa playa de más de 10 kilómetros de extensión no le pareció espectacular. Como era un día entre semana y fuera de la época vacacional se encontró aquella arena semivacía, tan sólo ocupada por unos ocasionales pescadores que reparaban sus aparejos de pesca. Aprovechó la coyuntura para darse un paseo en la moto, a toda pastilla, por la dura y lisa arena a sólo un metro del agua. 
Esto, junto a las risas, las boberías de todo turista y el agua de coco tomada en un pequeño chiringuito, fue lo único reseñable. 
No obstante debió reconocer que un día así, ordinario y reposado, valía un viaje.
























Instantáneas en la playa de Maungmagan


VÍDEO

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2 de marzo de 2018

Bagan / Myanmar (Birmania)


Se levantó temprano aquella mañana, desayunó muy bien en la guest-house que tenía el desayuno incluido en el precio de la habitación y salió a la calle. Estaba en la población de Nyaung U (Myanmar), una bulliciosa ciudad, destino de muchos viajeros-mochileros que la utilizaban como centro de operaciones para visitar Bagan. Como en el Antiguo Bagan solo permanecían unos cuantos hoteles caros, carísimos, esta población de Nyaung U, y Nuevo Bagan, a escasos kilómetros, eran el habitual punto de salida matinal para recorrer la llanura de templos. Como había llegado allí la noche anterior no conocía absolutamente nada de esta población pero, una vez recibidas las indicaciones del recepcionista, parecía sentirse capacitado aunque dudada, y se veía perdido en la maraña de calles, entre los bocinazos de coches y motocicletas. “Is very easy”, se empeñaba en decirle el simpático muchacho de recepción cuando el viajero insatisfecho insistía en poner trabas a una excursión sin conocer absolutamente nada del recorrido.
Animado, se precipitó a la calle.


Justo frente a la guest-house, nada más tomarse aquel opíparo desayuno, alquiló una bicicleta eléctrica para desplazarse más cómodamente por el entramado de templos y caminos terreros. Estas bicicletas funcionaban casi como las motocicletas pero llevaban una batería eléctrica que duraba ’70 kilómetros’, según el zagal que se la alquiló.
Salió de aquel lugar céntrico de Nyaug U con la sensación de que volvería al cabo de unos minutos pero, al final, regresó ocho horas más tarde, (in)satisfecho, con la misión cumplida, visitas, paseos, críticas, una legión de fotos y reafirmando sus viejas conclusiones de ‘no me gustan las piedras’ (pero se había empapado de ellas). Hizo cien paradas, había cientos de templos. Rodeó aquellas construcciones observando su antigüedad, sus líneas y belleza. Vio cientos de budas, había miles. Se sentó bajo algún árbol para tomar ligeros respiros. Se descalzó cientos de veces, tantas como entradas al interior de aquella infinidad de templos. Imágenes irreales de aquellos vetustos inmuebles entre árboles y arbustos. El marrón de las piedras contrastaba con el verde paisaje natural.
Ahora, y una vez finalizado el recorrido, puede decir que aquellas bicicletas eléctricas (con aspecto de motocicletas) eran el mejor y más práctico medio para moverse ágilmente por la zona. Tenía razón el joven de la recepción: ‘Is very easy’.
Y promete no dar nombres de templos ¿para qué?. Templos con nombres como Gawdawpalin Pahto, Mimalaung Kyaung, Pahtothamya, Nathalaung Kyaung, Upali Thein, Mahabodhi Paya,….. (¿continúa?).
Más que describir la aventura del paseo va a volcar aquí fotografías.
¿Para qué si no sirve este ‘blog’ ya añejo?.

Ananda Temple






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17 de febrero de 2018

Betel, vasijas de agua, thanakha… / Myanmar

Mujer birmana, embadurnada con el thanakha

Al pisar un país, el que sea, un país que mantenga en su vida diaria ancestrales tradiciones, el visitante siempre encontrará cosas que le sorprenderán. Myanmar era un país que aún rezumaba autenticidad, pureza, verdad y realismo por todos los poros, o casi. Un país que lejos de mantenerse apartado del turismo lo estaba sabiendo asimilar. No será fácil. Pero un país que mira a los ojos del foráneo con simpatía ya tiene su mérito ganado, en un mundo globalizado lleno de inconvenientes, desatenciones y desplantes.
Hay cosas que a los birmanos (o gentes de Myanmar) les va a ser difícil de apartar de sus vidas. Son cosas que este mochilero vio como imbricadas en la cultura, trabadas en lo cotidiano de sus vidas y solapadas a sus movimientos más elementales. Cosas difíciles de relegar. Con seguridad aquellos habitantes birmanos de etnias diferentes, de pueblos dispares (bamar, kayan, kachin, karen o moken) no serán tan desleales con sus tradiciones como han sido los hispanos con alguna de las suyas. ¿Qué ha sido de la popular práctica de beber el vino en bota? (ji). ¿Quién se hubiera atrevido, hace años, en la época de los abuelos, a despreciar una ronda y no empinar el codo?. Esta pasión corría por las venas (?) del castellano, manchego, extremeño o catalán. Esto sí que ha sido un irreverente desplante generalizado a una tradición popular.
Pero siguiendo con este pueblo lejano, los birmanos si mantenían aún esas cosas que les unían con su pasado; y entre sí, al presente, sin dejar de proyectar su yo hacia el futuro. El viajero insatisfecho señalaría tres cosas especiales, había muchas más, que le sorprendieron: masticar betel, las vasijas de agua y, también, el thanakha.
Masticar betel era una tradición, seguro, entremezclada con una adicción humana que para el foráneo era difícil de entender. Era un pastiche/potingue compuesto por la nuez de betel, una pasta blanca de cal y unas especias, todo ello enrollado en una hoja que, una vez injerido, los birmanos masticaban sin cesar. Había numerosos puestos de venta en las ciudades, en las poblaciones importantes o en pueblos más pequeños. Era una costumbre, quizás un adictivo vicio que utilizaban para aguantar más, sentirse mejor o, simplemente, por su sabor. Quién sabe!. Sin duda era una de las cosas que más pronto el visitante veía y evaluaba al pisar suelo local. No podía retraerse a esas dentaduras de color negro sanguinolento. Los escupitajos morados y rojizos por todas partes llamaban la atención y terminaban siendo algo habitual para los ojos del turista o viajero.
Quizás, relacionadas con la costumbre del betel (es una impresión, no puede constatarlo) estaban las vasijas de agua que había por las calles, por los barrios y por los lugares más concurridos. Una aparente costumbre que podía partir de la necesidad de enjuagarse la boca después de masticar y rumiar el conocido betel. O, tal vez, fuera una hermosa tradición nacional que pretendía dar agua (gratis) al que lo necesitase. Una amabilidad. Este mochilero tomó multitud de instantáneas de estas vasijas pues su visión le hacía aflorar su escasa ternura natural.


Vasijas de agua, en una calle de cualquier ciudad

Y el thanakha, un ungüento que aplicaban en su cara, sobre todo las birmanas -también los birmanos- para protegerse del sol y como cosmético natural (no exento, cree también, de una dosis de moda temporal). Este producto surgía de frotar un trozo de una rama de un árbol sobre una pulida piedra a la que echaban un poco de agua para que con el frote dejara una fina pasta de un tenue color amarillo. Se aplicaba luego a las mejillas y una raya sobre la nariz. Algunas jóvenes esbozaban bellas figuras o siluetas en su rostro a modo de maquillaje singular.
No olvida, una cuarta: el longyi. La prenda tradicional por excelencia, la vestimenta que a todo visitante llamaba la atención. Los había de todos los colores, lisos, a cuadros o estampados. Los había, además, que identificaban una determinada etnia local. Así, un longyi con rayas horizontales era seña de identidad de los karen. Siendo como era el icono de todas las tradiciones locales, esta prenda merecería, casi, un libro mayor.

Dos instantáneas de las vasijas de agua



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6 de febrero de 2018

Los gatos saltarines / Myanmar (Birmania)

Una de las entradas al monasterio, desde el interior

Que el turismo (o el individuo ejerciendo de turista) es un poco estúpido en todas sus facetas y segmentos es algo sin duda constatable. Cualquiera que se dé una vuelta por ahí y ejerza un poco, solo un poco, de observador se dará cuenta de ello. Y este mochilero cree que se incrementa cuando el individuo/turista se mueve en grupo haciendo las vulgares ‘turistadas’. Debe de haber algo irracional en ciertos movimientos de este personaje, el turista, que siendo europeo, privilegiado social e internacionalmente y con cierto dinero/prestigio en el bolsillo, tiende a hacer el memo en cuanto se encuentra en un país, diría (‘entre comillas’), en desarrollo. Con estas afirmaciones, en apariencia rotundas, este leonés no pretende ser un fustigador con el resto de los mortales/viajeros e inmunizarse así mismo, envuelto en una farsante piel fina, ni tampoco pretende ser chismoso o arrogante enviando dardos envenenados al resto, pero…. 
En los alrededores del lago Inle, en Myanmar, había muchas cosas visitables. Podía uno descender de la barca y contemplar ciertas maravillas, o no, y sin andar muchos metros, incluso allí mismo a orillas del lago. Este era el caso de Nga Hpe Kyaung (monasterio budista del Gato Saltarín). “Este monasterio es famoso por sus gatos saltarines, entrenados para saltar a través de aros en las horas muertas entre recitales de escritura”, según señalaba ‘la lonely planet’ (el libro-guía), pero luego advertía que hoy en día se ven pocos gatos saltando ya que la nueva generación de felinos prefiere dormitar, a diferencia de sus energéticos antecesores, que ya habían pasado a mejor vida.
Cuadrilatero central con diferentes budas

El viajero insatisfecho entró, descalzo por supuesto, al monasterio del gato saltarín. Dentro, en aquella inmensa sala, toda ella de limpia y oscura madera que no importaba pisar con los pies desnudos (no siempre se podía hacer de manera higiénica), había una buena razón para la visita ante aquella gran colección de Budas en su interior. La gran sala de meditación de madera albergaba estatuas de estilo shan, tibetano, bano y de Inwa (muy antiguas), también de madera y colocadas formando un cuadrilátero en la zona central. Había una, sobre todo, muy venerada pues multitud de birmanos se postraban ante ella al entrar al monasterio. Al fondo había otro Buda que sorprendía por la ofrenda que tenía ante sí: una enorme sandía que incluso, a aquellas horas de la tarde, apetecía saborear. 
Pero a la derecha, nada más entrar, sobre una gran jarapa/alfombra había dos o tres gatos adormilados, sufriendo, uno de ellos, las caricias de dos jóvenes rubios (él y ella) que ensimismados no paraban de atusar la piel al paciente felino. Otro de los misinos permanecía tumbado, con la evidente desidia impuesta por la monotonía de la tarde. Pero hete aquí que un grupo de turistas nórdicos, por su pinta, daneses o noruegos (¡o a saber!), entró en el recinto en tropel. Uno de estos individuos al localizar a los animales, cámara en mano, se dirigió al gato (¿saltarín?) para hacerle unas decenas de fotos. Se acercó aún más, y le propinó al animal unos tiernos golpecitos (“¡levántate y salta!”, parecían decir) ante la pasividad gatuna. Insistía en su terca intención con sucesivos toques de atención al gato, mientras éste le observaba con felina mirada. Fotos y más fotos, de este individuo y del grupo de descendientes de antiguos germanos o sármatas que le acompañaban, a los felinos allí adormilados. Sin duda, el guía les había contado la anécdota sobre el monasterio y sus gatos domesticados, o habían leído ‘la lonely planet’. Sin duda, el veterano europeo quería llevarse a su tierra natal la foto del gato saltarín, haciendo cabriolas exclusivas para él. Pero no fue así. 
¿El turismo es estúpido, o no?. 
Este humilde mochilero no puede enseñaros una foto de los ‘gatos saltarines’ (?) pues por despiste o vergüenza ajena olvidó hacer.

Uno de los Budas con una sandia como ofrenda



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26 de enero de 2018

Lago Inle / Myanmar (Birmania)



El barquero 'malabarista' recibía al llegar al lago

Era uno de esos sitios que no pensaba pisar al iniciar el viaje a Myanmar (Birmania). Tan cacareado lugar parecía estar fuera de las aspiraciones del viajero insatisfecho, pero no siempre uno hace caso de sus deseos pues, a veces, se deja llevar. De Mandalay, pensando tomar rumbo sur, la gran parada podía ser algo parecido al lago Inle.
Y así fue.
Llegó, después de un largo viaje en minibús, a última hora de la tarde. El sol ya caía hacia el horizonte cuando sus pies pisaban por primera vez el ribereño pueblo de Nyaungshwe (¡vaya nombrecito!). Un tradicional pueblo birmano convertido en un concurrido centro de viajeros, con pensiones, hoteles y guesthouse de todo tipo y calaña. Dejó su mochila en la habitación de un barato hotel del pueblo y de inmediato, antes de que viniera la noche, se dirigió a curiosear para enterarse de cómo sería el acceso al lago. Bajó por una polvorienta aunque cuidada calle y, en pocos minutos, estaba observando el inmenso movimiento de gente y las alargadas lanchas -unas aparcadas y otras llegando con turistas a los múltiples muelles- que construían la típica imagen de 'turisteo' masivo aunque, debe decirlo, no a una escala de escándalo. El ruido de motores de las long-tail (larga cola), como se llamaba a estas barcas características de la zona, y el alboroto de conductores y guías turísticos convertían el momento, en un tanto repulsivo. Pero era el precio que había que pagar al visitar un lugar que había crecido exponencialmente como destino turístico. Una inspección sana al muelle pero que no sirvió para concretar nada sobre la actividad para el día siguiente. Fue el mánager del hotel, un simpático birmano, quién le recomendó al propietario de un lancha que sería el encargado de mostrarle el lago en toda su extensión o, al menos, en parte.
Se arregló el precio y el asunto quedó zanjado.

Canal y ambiente de donde partió la 'long-tail'

Eran la 8 de la mañana cuando, bien desayunado ya, abandonaba el hotel con el barquero recomendado. Atravesaron el pueblo a buen ritmo mientras comentaban torpemente algunos extremos de la futura excursión fluvial. Tenía su long-tail en un estrechísimo canal, casi regato, rodeado de casas humildes, donde mujeres locales se afanaban en lavar sus ropas a golpes y estrujes. Como viajero poco amigo de situaciones ‘turisteras’, ese ambiente local, sin filtros y natural, le pareció un buen inicio de travesía.
Y desde ese estrecho canal, lleno de normalidad y vida auténtica, ya subidos en la lancha, partieron hacia otro canal más grande, pasaron por los muelles que vomitaban decenas de lanchas y, a gran velocidad, abordaron la zona donde el lago adquiere ya una gran amplitud. Allí le esperaban -al resto de las embarcaciones también, por supuesto- los pescadores equilibristas o malabaristas, que buscaban ofrecer (por supuesto a cambio de un dinero) la imagen que el viajero documentado tendría ya insertada en su mente. Era una instantánea que vendía, pero no una imagen real. Imagen oriunda que sorprendería a los primeros que tuvieron la suerte de pisar este lago peculiar, pero que ahora era la oferta devaluada de una vida real ya caduca.

Joven pescador manejando de manera tradicional su canoa

Pero, además, de este momento turístico había otras instantáneas que se hacía necesario recoger: pescadores moviendo con habilidad sus remos con pies y piernas; la pesca a base de golpes de superficie; aquella anciana en su pequeña canoa de remos inmersa en la pesca con artes tradicionales; los numerosos palafitos; poblaciones lacustres en las diversas orillas, y barcas familiares que trasladaban enseres no sabe dónde. Todas eran imágenes vivas, reales, de vida local, nada turísticas, daban la sensación de un mundo lejano y rústico que todavía no habría sido infectado por la malsana y tan pregonada globalización.
El día transcurrió entre el disfrute por la tranquilidad de la gente que vivía en sus orillas, entre las tiendas de artesanías en los palafitos cercanos (donde el barquero recibiría una comisión, seguro), visitas a mercados flotantes y no flotantes, y a pagodas y monasterios budistas de la zona que sin duda tenían su interés. Fueron ocho o nueve horas de sensaciones extrañas, de mundos diferentes, de tranquilidad extrema y, como no, de sanas vivencias que quedarán en la mente de este mochilero leonés.
¡Daros una vuelta por allí!

Palafitos
Hombre, en su canoa

VÍDEO


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9 de enero de 2018

Trayecto en barco a Mandalay




El barco navega el río Ayeyarwadi-Irawadi

Era noche cerrada, 5 de la mañana, cuando el barco abandonaba Katha en dirección a Mandalay. El rio Ayeyarwadi (Irawadi) era como la columna vertebral de Myanmar-Birmania, de norte a sur, y el barco comenzaba a surcar sus aguas. No se veía absolutamente nada, solo los intermitentes fogonazos de un foco en la proa, lanzados primero a una orilla y luego a la otra dejaban un toque festivo a la noche en el gran río. !Como recordó aquel viaje por el Amazonas de hace ya muchos años, pero con el mismo sistema de navegación nocturna!.
El viajero insatisfecho había llegado a Katha en tren desde el norte, desde Myitkyina. Se encontró con una ciudad relativamente tranquila (todo lo tranquila que puede ser una ciudad asiática). Una ciudad (!como debía haber cambiado!) que acogió a George Orwell a primeros del siglo XX. Allí escribió su libro 'Los dias de Birmania' y, gran parte, está basado en su estancia allí. Varios edificios que aparecían en su escrito siguen en pie (así lo señala el libro-guía) aunque, si bien se imaginó que fueran algunos de los que vio esparcidos por la ciudad, no puede asegurarlo. Ninguno está señalado como tal ni son atracciones turísticas al uso.
En el trayecto del barco tenía puestas sus expectativas para poder avistar algunos, de los pocos que deben quedar, delfines Irawadi, un pequeño cetáceo muy amenazado de extinción. De morro corto y redondeado, caza en lagos y ríos pero su coexistencia con los humanos corre peligro. No pudo verlo en todo el viaje, cosa por otra parte predecible. Ya tenía muchas dudas antes de iniciar su descenso del río.
Según iba amaneciendo, como fondo el ruido del motor (tuc-tuc), la escala de grises y negros aparecía en el horizonte: gris claro el cielo, más oscuro el agua y negras las orillas selváticas o de espesa vegetación. Todo se iba aclarando cuando la luz que filtraban las nubes iban llegando al lecho del río. No apareció el sol en todo el viaje, la neblina permanente y la llovizna constante acompañaron todo el trayecto.
Una joven birmana sube sacos de carbón vegetal al barco

Lluvia suave pero molesta que impidió, seguro, que las lejanas orillas mostraran toda su viveza y vitalidad. Aun así, pudo contemplar muchos hombres en canoas pescando cerca de la orilla, algún rumiante despistado visto de lejos, y pequeños poblados y más cabañas solitarias. El gran barco fluvial paraba de trecho en trecho a recoger pasajeros, toda una maniobra de habilidad sin disponer de un puerto de amarre apropiado. Se enfrentaba a baja velocidad a la orilla, y la ladera servía de freno al barco que luego, a base de motor, conseguía orillarse por completo. Subían grandes paquetes, de no sabe qué, maderas de teca, sofás fabricados también en madera (pesados, por los gestos de los que los cargaban), bultos con verduras, sacos de carbón vegetal, y subían y bajaban pasajeros a través de una tabla que un operario se encargaba de colocar.
El tiempo transcurría lento metido en aquel cuchitril (tuc-tuc, tuc-tuc), supuestamente de primera clase, pues la permanente llovizna impedía disfrutar de la baranda exterior. 
La hora de comer había llegado. El barco se acercó a la orilla, donde un grupo de mujeres esperaban preparadas con todo tipo de viandas y productos. Este mochilero saltó, por primera vez, a tierra para proveerse de un bol de arroz, con carne y verduras (!buenísimo!).
La tarde, más de lo mismo (tuc-tuc). Recogían y dejaban pasajeros, subían y bajaban enseres a la orilla, y la monotonía invadía al mochilero que le hacía ensoñar. 
Era, de nuevo, noche cerrada cuando el barco atracaba en el puerto de Mandalay. Fueron 14 horas de travesía que la permanente llovizna empobrecía el placer vivido. !Pero la naturaleza tiene estas cosas!. Lo que da por lo que quita.

Preparando al viajero el bol de arroz


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