15 de diciembre de 2017

Noventa y dos días (libro)


Desde hace unos días, ‘Noventa y dos días’ ha pasado a ser su libro de cabecera. El título hace mención a las jornadas que el autor, Evelyn Waugh, se pasó en un país y en una zona, para él, totalmente desconocida, la Guayana Británica.
Y ha pasado a ser el libro que ocupa los primeros minutos de cama de algunas noches por varios motivos. El primero de ellos porque esta zona de Sudamérica es también un lugar totalmente desconocido para el viajero insatisfecho. Segundo, porque de este autor ya había leído hace algún tiempo ‘Gente remota’, libro que le encantó, y contaba la aventura africana del autor en la que cubrió para el periódico The Times los acontecimientos de la ceremonia de coronación del Emperador de Etiopía Haile Selassie, en 1930, para luego realizar un trayecto primigenio por otras zonas africanas. Y por último, cuando encontró el libro, en aquella librería de segunda mano, recordó un ‘post’ de uno de sus amigos viajeros (Carlos el Viajero) que contaba detalles de otra Guayana, la francesa. Por cercanía y nombre lo convirtió dentro de su mente en interesante.
Y lo compró.
La Guayana Británica está situada al norte de Brasil “y comparte con éste territorios de la Amazonía. Con la irónica y brillante pluma a la que nos tiene acostumbrados, el autor va describiendo el recorrido por tierras extrañas, a pie y a caballo, atravesando ríos, cruzando sabanas y selvas, subiendo y bajando colinas y montañas, visitando misioneros y negociando provisiones con indios y mestizos, durante noventa y dos días. Los días que dura este viaje”, según breve reseña en la contraportada del libro.
Y es así. El libro -el autor- cuenta ese viaje con pelos y señales de los hechos que van ocurriendo y las anécdotas que van sucediendo en el transcurso de los días. El trayecto es difícil, a veces anodino, pero la pasión del autor a la hora de vivirlo y contarlo le dan otra dimensión a estas líneas. Aún va por la mitad del relato, y más o menos por la mitad del recorrido del autor, pero anima a cualquier viajero que le guste leer a pasarse por estas líneas.
Evelyn Waugh tardó unos meses después de su viaje en ponerse a pasar al papel su aventura, no sabe este lector si fue por desgana, pereza, falta de tiempo o por algún otro motivo, aunque de su escrito se deduce lo primero.
Así cuenta al inicio su decisión: “La noche pasada, a última hora, llegué a la casa que he tomado prestada y me instalé en completa soledad en las estancias abandonadas. Esta mañana, nada más acabar el desayuno, dispuse sobre el escritorio un montón de folios, papel sacante limpio, un tintero lleno (ahora parece raro citar estas cosas, todo se hace a través de ordenador), mapas doblados, un estropeado diario y un montón de fotos. Después, sin apenas ganas, me fumé una pipa y leí los periódicos […]. Ya no aguantaba más. No había nada que hacer salvo comenzar a escribir este libro”.



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30 de noviembre de 2017

La tierra de Oz (libro)


Se le acaba de caer de las manos ‘La tierra de Oz’, de Manu Leguineche, pero no porque el libro fuera malo (tampoco es bueno, conoce otros mejores) sino porque acaba de terminarlo. El libro trata sobre un viaje, pareciera de evasión, a Australia, un recorrido desde la ciudad norteña de Darwin hasta Sidney pasando por Adelaida, en el sur. Así comienza el autor el relato: “Oz, sobrenombre cariñoso e irónico de Australia, inspirado en el país del mago del mismo nombre. Los australianos se llaman a sí mismos ozzies, o también aussies”.
No tenía ni idea de tal apodo, aunque hace unos días tomo conciencia de nuevo de él al oírlo en un programa documental de La 2.
¡Qué cosas tan casuales!.
No conocía de nada este libro y lo adquirió de segunda mano en una de esas librerías que últimamente aparecen como churros por los barrios de Madrid. Estos ejemplares, aún en apariencia nuevos, suelen oler a polvo rancio, a suciedad añeja pero debe ser ese tufo ya impregnado en el papel que ha ocupado años y años un sitio en estanterías de casas moribundas. Cree. Consultó en Wikipedia las obras de este gran periodista y ‘La tierra de Oz’ no aparece entre ellas. Debe de ser un libro menor.
Se lee bien, no se hace pesado y cuenta anécdotas sobre un país que pareciera haber nacido hace pocos años. Pero lo que le ha llamado al viajero insatisfecho la atención es la descripción que hace sobre la ciudad de Sidney que, sin ser una joya literaria ni imaginativa, le ha gustado y, en cierto modo, le ha incitado a visitarla, aunque no lo tiene previsto, por el momento.
Sidney vive de puertas hacia fuera. ‘Sólo entran en casa para orinar, y eso desde hace muy poco’, aseguraba un humorista. La arquitectura no es gran cosa, tal vez porque, como afirmaba el urbanista Richard Johnson, la topografía y el puerto son tan impresionantes que ‘hemos ignorado la arquitectura’. Las casas pueden ser vulgares, pero la luz es pura, esa luz alabastrina de invierno que se diría procede de las heladas montañas de la Antártida para iluminar las alas blancas del palacio de la Ópera […]. ‘Mi impresión –escribía en 1921 Lord Northcliffe- es que hay demasiadas diversiones. No se parece en nada a lo que tenemos en casa’. 
[Sus pobladores] son cáusticos y se consideran el ombligo del mundo. Entre los chistes que circulaba hace ya años estaba el del agente del censo que preguntaba a una mujer cuántos hijos tenía y ésta respondía: ‘Cinco, dos viven y tres residen en Melbourne’…..”.

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18 de noviembre de 2017

Los ‘karamojons’, un pueblo tradicional en el norte de Uganda

Interior de una 'manyata', observad el vallado

El joven guía hablando con el jefe del poblado 'karamojon'

Tenía referencias sobre ellos, sobre los ‘karamojons’, pero quería conocer algo más o, ya que se encontraba donde se encontraba, al menos hacerles una visita, más por curiosidad que por resolver algún problema antropológico. Para eso ya están los antropólogos. No podía perder la oportunidad estando, cuando lo pensó, en Soroti, relativamente cerca. Allí había llegado desde la ciudad de Gulu, en la zona norte de Uganda, lejos de parques nacionales y, por consiguiente, alejado de rutas turísticas. Soroti era una reposada ciudad -todo lo reposada que puede ser una ciudad africana- una pequeña población con pocas cosas que ver. Eso sí, estaba hospedado en un hotel barato, casi nuevo, limpio y donde los empleados, sobre todo ellas, le trataban a cuerpo de rey. Por este detalle, casi pasa más días de la cuenta en el lugar (estuvo únicamente dos). Para acercarse a la región karamoja, tomó muy cerca del hotel, después de un copioso desayuno, un taxi-compartido (parecido a un ‘matatu’ pero más pequeño) que le llevaría hasta la población más grande de la zona. Fueron más de seis horas por un camino sin asfaltar, la mayoría de las veces dando tumbos dentro de aquel coche atestado de pasajeros, mala medicina ésta para su siempre dolorida espalda. Pero, sin problemas. África es así. La ciudad de la región karamoja a la que se dirigían era Moroto, al pie de las laderas de un monte homónimo. Ya muy cerca de ella, a unos 12 kilómetros, el coche comenzó a pisar carretera asfaltada, y en buenas condiciones, pero ya era tarde para los dolores de espalda que el mochilero llevaba después de tan largo trayecto.
Esta región semiárida, se extendía a lo largo de 28.000 kilómetros cuadrados de superficie, limítrofes con Sudán y Kenia, según decía el libro-guía (la Bradt). En ella se practicaba el pastoreo trashumante: hombres y animales se desplazaban a través del paisaje en busca de pastos y agua, sobre todo, durante las estaciones secas. Las gentes ‘karamojons’ vivían aún de forma tradicional, como pudo observar el viajero insatisfecho en su paseo por uno de sus poblados, aunque -según informaciones- debido al efecto combinado de la sequía, las inundaciones, los conflictos y los tipos de administración de tierras, la vida pastoral tradicional de los ‘karamojons’ estaba cambiando. Estas gentes, estaban en conflicto constante -en la actualidad, menos- con sus vecinos en Uganda, Sudán y Kenia debido a las frecuentes incursiones para realizar el pastoreo y también, como no, para robar ganado. Podría ser en parte debido a una tradicional creencia que otorga a los ‘karamojons’ el ganado por un derecho divino. Era, además, territorio hostil, había muchas armas y con ellas el peligro latente aumentaba. Fuera por lo que fuere esta zona siempre estuvo al margen de las atenciones gubernamentales, y un poco alejada de leyes y servicios. En aras de la verdad debería decir que en la actualidad esa actividad conflictiva había aminorado, en especial desde que el gobierno ugandés se había decidido a confiscar la gran mayoría de armas de fuego.
Contrató un guía local en Moroto para su ansiada visita. Era un simpático ‘karamojons’ que hablaba inglés (solían hablar únicamente su propia lengua) y conocía a la perfección a las gentes del lugar. En una moto -este leonés ‘de paquete’- se acercaron a uno de los poblados, en medio de una extensa llanura a unos 25 kilómetros de la pequeña ciudad. Primero por una carretera asfaltada pero luego por un camino de baches donde su espalda comenzó de nuevo a sufrir. El poblado estaba completamente vallado por un tupido entramado de palos dispuestos de manera entrelazada y ordenada: las célebres ‘manyatas’. Dentro del vallado general, cada familia construía otro cercado para su choza y las de sus hijos, pues estos adquirían una evidente independencia al subir de grado en su virilidad. Los ‘karamojons’ luchaban para conseguir su futura mujer, y podían tener varias, hecho que concedía al afortunado (‘?’) cierto poderío social.
¡Qué se le iba a hacer!. Las tradiciones mandaban.
Paseó por aquellos callejones llenos de un tradicional encanto y una cierta tranquilidad y quietud, a veces suspendidas por un grupo de niños que corriendo y riendo festejaban la presencia del extraño. Saludó a mucha gente que le recibía con amabilidad (iba acompañado por un conocido joven) y celebraron con risas, cantos y bailes su estancia en el poblado.
¿Podía este mochilero pedir más?.

Un grupo de jóvenes 'karamojons' salta y baila


El V(B)iajero Insatisfecho salta con un grupo de niños 'karamojons'

VÍDEO



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5 de noviembre de 2017

Pigmeos batwa, o algo parecido

El grupo de pigmeos en el recibimiento

En plena selva, en lo más espeso y recóndito de la selva ugandesa, existían tribus de pigmeos, lejos de toda civilización y en un excelente entorno verde, dedicados a la caza de monos y reptiles, y a la recolección de miel.
Así debería haber sido la visión del viajero insatisfecho a la tribu de los pigmeos batwa, en las inmediaciones de la ciudad de Kisoro. La realidad fue muy distinta y lo que se encontró nada tenía que ver con la dignidad y costumbres de un pueblo, más bien tuvo que ver con una pobre gente acosada por la suciedad, marginación, minados por el alcohol y desplazados de su selva natural por el bien de no se sabe qué cúmulo de intereses. Desde niños deberían aprender a cazar, buscar alimentos y autoabastecerse del medio natural que les debería rodear. Pero, no. Nada que ver. Su pequeña estatura, sus primitivas costumbres y sus creencias excesivamente supersticiosas los convirtieron en un blanco fácil para las poblaciones vecinas, que los expulsaron de su entorno selvático y atrajeron a sus cercanías para una integración ‘de risa’.
Cuando se acercaban al lugar, a las afueras de Kisoro, el joven guía le comentó que aquellos que se veían en lo alto, al lado de unas casas en apariencia a medio construir, negras, sucias y grasientas, les estaban esperando para darles la bienvenida. Se puso a la defensiva. ¡Estaban advertidos de la visita!. De inmediato, se puso expectante ante una posible y ya recurrente ‘turistada’, como así sería. ¡No aprende!. Cada vez que en un país ha visitado una antigua tribu en peligro de extinción había salido un tanto asqueado. Se temía que esta vez también lo fuera.
Nada más entrar en el recinto, una especie de cuadrilátero cerrado por tres lados con lamentables construcciones, el olor a suciedad vieja ya tiraba para atrás. Al fondo, un grupo de pigmeos, sucios, deshilachados, hombres y mujeres, niños, todos ellos con aquel tufo que desanimaba a cualquier roce o contacto.
Comenzó el momento de la supuesta bienvenida y cada vez le repelía más la situación.
¡No aprenderé!, se decía.
Mientras el guía local se afanaba en explicarle la situación, el momento, en un inglés difícil de entender, él se esforzaba en mantener la calma y una fingida media sonrisa para evitar ser un maleducado. El instante en el que comenzaron los bailes y cánticos, supuestamente pigmeos, fue aún peor. Ver a uno tocando el tambor; al otro, una especie de guitarra española, y uno más soplando por un tubo de bambú (lo más auténtico) era patético y desagradable a la vez.
¡Qué mal se sentía presenciando aquella maldita ceremonia!.
El ambiente desprendía un asqueroso hedor a orín, sudor rancio, putrefacción y grasa añeja, la grasa de la miseria. Se esforzó por no vomitar. Descrito así pareciera desprecio. Pero no, era pena, lástima de aquel grupo pigmeo, despreciado por el resto de la sociedad. Borrachos, andrajosos, drogados y sucios.
¡Lástima de pueblo!.
Uno de los pigmeos, diría uno de los auténticos, pues había de todo tipo de desahuciados, se arrastraba por el suelo como poseído. Sudaba. Sudaba él y sudaba el resto de bailarines.
Le pidió al guía que terminara ya el recibimiento que se alargaba muchos minutos. Pero en ese afán de los pobres pigmeos de ganarse los parabienes del visitante, el ridículo pasó a otro juego: el juego de la caza. Con un pequeño arco que recordaba (y lo era) un arco infantil artesano y endeble, simularon una cacería en la selva (en realidad, en aquel corral de suciedad y mugre) de los animales que supuestamente sus ancestros persiguieron: monos, pequeños roedores, reptiles y alguna que otra ave. Una vez ‘cazado’, en aquella representación ridícula, simularon trocear el animal muerto (en realidad, un ato de cortezas y hojas seco) como lo hubieran hecho sus antecesores en plena selva. Con la mirada le pidió al joven guía que terminaran con aquel esperpento.
Para simular estar interesado en aquella pantomima sacó unas fotos de los chamizos y chozas, y se interesó por las plantas que allí crecían. El joven guía se esforzó en mantener la mentira, su mentira, detallando las plantas con sus consiguientes remedios para enfermedades.
La duración de la visita, que habían previsto para cuatro horas, duró una. Finalizó con un obsequio al pueblo pigmeo, deprimido y despreciado por la sociedad, y con el correspondiente pago al joven que le acompañó.
Una verdadera decepción.


Uno de los pigmeos


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20 de octubre de 2017

Parque Nacional de las cataratas Murchison


Las cataratas Murchison, en su parte más alta, donde comienza a caer el agua

Sin lugar a dudas las cataratas Murchison era uno de los destinos que el viajero insatisfecho no quería perderse en Uganda. Eran las famosas cataratas del Nilo Blanco, avistadas por primera vez por el ‘hombre blanco’, en concreto por Baker, allá por 1864. Y el explorador las nombró así en honor del presidente de la Royal Geographical Society, Roderick Murchison. 
¡Qué generosos eran entonces los exploradores!.

Las cataratas Murchison

Actualmente, estaban relativamente lejos de todos los lugares habitados. El hecho de que a su alrededor se hubiera constituido el Parque Nacional de las Cataratas Murchison hacía que todo visitante tuviera que acercarse en grupos organizados, o vehículo particular previo pago de una considerable entrada. No había autobuses locales que llevasen a sus orillas y únicamente un viaje organizado podía facilitar la tarea. O al menos eso le pareció.
En ese intento de conocer Uganda y acercarse lo más posible al conocido Parque Nacional, el mochilero leonés se dirigió a la ciudad de Masindi, muy cerca de una de las puertas de acceso. Allí contrató el viaje en una agencia para pasar una noche y un día visitando el lugar. No era barato, pero era lo más fácil. Dejarse llevar, estar a una determinada hora en pie, ser puntual con los demás y hacerse un buen compañero de ruta eran las premisas que se debían mantener. Aún sin estar acostumbrado a esos menesteres, fue el primero en cumplirlos.
El transporte partió hacia el destino, el PN de las cataratas Murchison, sobre las 5 de la tarde. Después de dos horas en el jeep por un camino de tierra -iba con dos jóvenes hindúes- arribaba a un campamento cayendo ya la oscuridad de la noche. Después dejar la mochila en una decente habitación/cabaña se acercó a probar las excelencias de una cena local y, como no, una buena, aunque no muy fría, cerveza ‘Nile’. Luego, vendrían los encierros en la habitación por problemas de cerradura. Por dos veces, tuvo que pedir la intervención de los encargados del establecimiento para que le sacaran de allí. Una anécdota.
Por la mañana, era aún de noche cerrada cuando el jeep abandonaba el campamento para hacer un recorrido matinal por la zona de conservación de animales. Se trataba de ver el mayor número posible. Era muy cómodo hacerlo en un jeep. Al grito de ¡mira, mira! se podían ver multitud de animales: antílopes, hienas, búfalos, jirafas, elefantes, variedad de pájaros, facoceros, y a lo lejos, muy a lo lejos algún melenudo león. Fue una mañana, entretenida, curiosa, tirando fotos aquí y allá y disfrutando de soleado ambiente. Regreso al campamento.


Un hipopótamo saliendo de las aguas del Nilo

Después de una sabrosa comida y de la recogida de mochila y equipajes, el vehículo acercó al grupo de nuevo a las orillas del río Nilo. Un barco cargado de visitantes les acercaría al encuentro de ese fenómeno natural conocido como las cataratas Murchison. En el trayecto, se podían ver grupos de hipopótamos retozando en sus aguas; a lo lejos, una pareja de elefantes alejándose del río; un grupo de jirafas alimentándose de lo más alto de las copas de los árboles, y alguna garza o garcilla en la orilla.
Al fin, al fondo del cauce del Nilo bordeado de selva, hicieron su aparición las cataratas Murchison, que el barco iba acercando a los curiosos ojos de turistas. El suave sonido del motor no impedía oír el jolgorio de los niños, la ansiedad de sus padres y el murmullo del resto. Todos, señalando a la lejos.
El barco no se acercaba mucho al lugar de la caída de la catarata, pero un paseo por una empinada pero preparada senda por la orilla acercaba a este mochilero y al grupo a la parte más alta donde el agua rompe en una ruidosa caída. 
El arco iris en aquel momento lanzaba sus colores, armoniosos colores, al aire húmedo generado al romperse las aguas.

Jirafa

VÍDEO DEL ENCUENTRO CON LAS CATARATAS MURCHISON


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5 de octubre de 2017

Cómo visitar una mina de cobre en Uganda

El 'boda-boda', con las instalaciones de la mina de cobre al fondo

Había llegado a media mañana a la ciudad de Kasese, procedente del PN Queen Elisabethy no quería perder el día haciendo nada, o relajado, o tomando cervezas. Para alejar estas posibilidades, ojeó el libro-guía, ‘la Bradt’, donde leyó algo alrededor de una mina de cobre cercana. No se le ocurrió mejor cosa que hacer. Contrató un ‘boda-boda’ (moto-taxi-de-paquete) regateando en exceso el precio, más tarde se arrepentiría, y se lanzó por el valle arriba hacia Kilembe, una pequeña población entre montañas donde se encontraba la mina. Su pretensión era curiosear por el lugar, jugando a imaginar que la mina podía ser un vestigio de una civilización antigua ya extinguida. Por supuesto, no era así.
El ‘boda-boda’ le acercó hasta la misma puerta del recinto donde un vigilante les daba la bienvenida. Bueno, el vigilante y una inmensa valla publicitaria del presidente ugandés Museveni, sonriente durante una pasada visita. Hasta allí pretendía llegar, nada más, pero todo se desenvolvió de manera diferente. El vigilante le propuso visitar su interior y él, curioso, aceptó. Era necesario pedir permiso. Le llevaron por unos pasillos de un bloque de oficinas, todo aparentemente abandonado, y pasó el filtro, primero, de una gorda secretaria negra, simpática y sonriente; luego, un joven chino, nada sonriente, con pinta de asistente de jefe que le interrogó por sus intenciones (“solo conocer la mina”, contestó) y, finalmente, el jefe: un chino de edad similar a la del mochilero, que le tendió la mano, le saludó y sin más dio autorización para la visita.
Este fue el comité de bienvenida.
La pequeña ciudad de Kilembe, en realidad, fue fundada en 1950 para dar servicio a esta mina contigua de cobre. En la actualidad, sigue siendo un lugar extrañamente distorsionado por el tiempo, salpicado de edificios de estilo de los años 50, la mayoría de los cuales sobrevivieron aun siendo dañados por la avalancha de rocas durante una inundación del río Nyamwamba, en 2013. La mina, ahora cerrada, estaba programada para reabrir bajo una nueva administración, la china (de ahí que la autorización para visitarla viniera de un chino), en 2016. Este mochilero después de un recorrido por las instalaciones puede asegurar que esta mina de cobre aún permanece en la intrigante situación de cerrada.
El vigilante/guía en un inglés pausado -el viajero insatisfecho lo necesitaba para al menos intentar comprender algo- le explicó los puntos más destacados del proceso y le acercó al lugar donde únicamente se observaban edificios ya oxidados por su falta de uso. También, a las dos bocas de la mina con su circuito de agua que aún perduraba, aunque sucio, al paso del tiempo. Para acercarse a las instalaciones mineras era necesario cruzar el río que había producido en el pasado aquella desgracia por un alto puente metálico. Conociendo como conocía la descomunal fuerza del río, lo cruzó un tanto inquieto. Luego ya, la mina en sí.
Al finalizar la visita, se preguntó, y ahora mismo también lo hace ¿qué hacía un leonés en una mina de cobre, actualmente en manos chinas, con la cantidad de naturaleza y experiencias que desbordaba el país, Uganda, por todas sus esquinas?

Copyright © By Blas F.Tomé 2017

22 de septiembre de 2017

Jack fruit / Uganda

El joven partiendo la 'jack fruit'

Al regreso de la visita a los primeros rápidos o cascadas del rio Nilo, en Bujagali, a unos 8 kilómetros de sus fuentes, en Jinja, el viajero insatisfecho le pidió al ‘boda boda’ (moto de alquiler, muy utilizada para trayectos cortos) que parara ante un grupo de casas, donde a la ida y al pasar relativamente rápido había visto que troceaban un producto que nunca había probado y tenía ganas de deleitar.
Antes de nada decir que los famosos rápidos en Bujagali habían desaparecido hacía unos pocos años al construir el dique para una presa unos kilómetros más abajo. Los carteles de alquiler de botes, canoas y demás artilugios aún se anunciaban, la pequeña infraestructura turística allí permanecía, pero venida a menos, e incluso a la entrada tenían un pequeño tenderete donde exigían el importe del ticket. Todo un verdadero timo para los incautos que hubo de pagar (eran pocos shillings) para evitar discusiones peregrinas. Después de visitar ‘solo agua’ -como le dijo el ‘boda boda’- viaje en balde del mochilero a aquel lugar. Decidió entonces, en el camino de regreso, poner en positivo y aprovechar la ruta ya pagada para sacarle algo de partido.
El producto que quería degustar era el llamado ‘jack fruit’. Ya lo había visto en anteriores países visitados, países como Sri Lanka, Kenia o Camboya. Exteriormente aún con notables diferencias, se podría parecer al durián pero mucho más voluminoso. Era el fruto de un frondoso árbol, cuelga de sus ramas más gordas, incluso del propio tronco, y podía adquirir un espectacular tamaño. Deseaba conocer su sabor.
El ‘boda boda’ paró voluntarioso en el lugar que le indicó, justo al lado del puesto donde ofrecían este extraño fruto. Antes de nada intentó saber si aquel producto estaba en venta y si podría probar un trozo. Por supuesto que estaba en venta, por supuesto que se podía adquirir y por supuesto que el mochilero lo iba a saborear.
Su interior estaba formado por innumerables gajos o pequeños frutos diminutos que eran necesarios aislar individualmente del resto de la pulpa. Ante el desconocimiento de qué era lo que había que comer y lo que era forzoso descartar (todo aparentemente igual y del mismo color) este mochilero se dejó ayudar por el joven vendedor e hizo lo más interesante: saborear lo que una vez separado le ofrecía aquel muchacho pinchado en un apropiado cuchillo. La ‘jack fruit’, en el paladar, tenía una textura suave, sabrosa, como ligeramente deslizante en la boca; blanda, como el interior de una madura chirimoya, y un sabor dulzón entre mango y papaya. No era aromática como se imaginaba -todavía recuerda el desagradable olor del durián- y a la vista, el gajo ya parecía ambrosía. Difícil describir la sensación al saborearla por primera vez. Diría, sin exagerar, que su sabor era deseable y tentador. Podría crear, ahora sí siendo un poco exagerado, adicción. En la ruidosa y populosa estación de minibuses (Taxi park) de la ciudad de Gulu, ya había podido comprobar la afición de los ugandeses por este ‘desconocido’ fruto. Un grupo de conductores y de busca-pasajeros, buscavidas, habituales en todas las estaciones africanas, estaba reunido alrededor de una gran, voluminosa y verde-amarillenta ‘jack fruit’ que otro compañero troceaba en el sucio suelo. Repartía entre todos. Allí, observando los movimientos de aquel grupo, viendo el placer con el que disfrutaban los gajos, ya se había preguntado: ¿a qué sabrá esta maldita ‘jack fruit’?.


'Jack fruit' en el árbol (foto tomada en Camboya)



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7 de septiembre de 2017

Una pareja de ‘karamojons’ / Uganda

Nada más aterrizar en UGANDA, en el aeropuerto de Entebbe, los personajes que por allí pululaban (empleados, seguratas, taxistas, maleteros, buscavidas,…) hablaban ‘luganda’. Para el viajero insatisfecho una lengua totalmente desconocida.
¿Y, entonces, dónde se entrelazaría y uniría el entendimiento para hacer más fácil la comunicación?: en el inglés, idioma oficial que todos conocían.
Al día siguiente, en sus ansias por iniciar el periplo real por el sur del país, viajó todo el día en un bus y se hospedó en la ciudad de Kabale, donde ya no hablaban el ‘luganda’ sino que se expresaban en ‘rukiinga’. El mochilero llegado a aquellas lejanas tierras comenzaba a pensar en lo difícil que sería una comunicación en aquella zona del país con idiomas tan diferentes. Pero no, todos, o casi, hablaban el ‘rukiinga’ y el inglés. Después de las visitas pertinentes por la zona, se fue ‘con viento fresco’ a la ciudad de Kisoro, unos ochenta kilómetros más al sur, en la frontera con Rwanda, y también del Congo. Al llegar, lo primero fue preguntar en inglés si allí, por casualidad, se expresaban en la lengua de la zona de Kabale, la ciudad anterior, pero el personaje interrogado, un joven vestido como un ranger, le dijo que la lengua local era el ‘rufunbira’. Vaya, pensó este mochilero, cada parada una nueva lengua.
Complicado, ¿verdad?.
En todos estos días, nadie le habló de una identidad nacional por hablar lenguas diferentes, nadie dijo nada de un hecho diferencial que supusiera ‘montar el numerito’ para conseguir especial estatus social y de vida.
[Y de eso ya se había dado cuenta en otros viajes africanos pero lo constata ahora, o ahora lo analiza más, mirando las bondades de fuera y comparando con las falacias de dentro].
Como el norte era uno de sus destinos lejanos, este leonés se dispuso a iniciar la andadura hacia esa parte más alejada. Después de atravesar el Parque Nacional Queen Elisabeth, se encaminó hacia la ciudad de Kasese, de paso hacia el Parque Nacional de las Montañas de la Luna (no se llamaba así pero este parque estaba montado alrededor de estas famosas montañas; y míticas, por cierto). Quiso saber -al escuchar las conversaciones en el tono de voz apreció algo diferente- si en Kasese hablaban ‘rufunbira’. No porque tuviera intención de mejorar su comunicación con ellos y aprender su lengua, sino por ‘puta’ curiosidad. Y no, allí, a unos 220 kilómetros de Kisoro se expresaban en ‘lhukonzo’.
¡Qué contrariedad!.
No obstante, en este caso ya lo había casi adivinado por el sonido bucal que era diferente o, quizás, era que se iba haciendo a la idea de que en cada ciudad que pisara hablarían distinto. Pocos kilómetros más al norte, ya en el distrito de Tooro, muy famoso entre los ugandeses por su antiguo reino y tradiciones, en la ciudad de Fort Portal preguntó al ‘boda boda’ (motorista) que alquiló para hacer un recorrido cercano, tratando de divisar de cerca las Montañas de la Luna, en qué idioma se expresaban en esta antigua y afamada región.
- Aquí hablamos el lutoro.
- Escríbemelo, por favor.
- ‘Lutooro’.
- Ah. Perfecto, muy parecido al nombre de la región.
Luego, las famosas cataratas Murchison le llevaron a este leonés, por su interés en visitarlas, hacia la ciudad de Masindi. En la agencia que le iba a llevar de ruta por el parque nacional de las cataratas, contratada en aquellos momentos, preguntó, ¿y vosotros os entenderéis perfectamente con el resto de los ugandeses al ser este un lugar turístico, no?. Sí, sí. Nos entendemos perfectamente en inglés, aunque aquí todos hablamos, y habitualmente, ‘lunyoro’.
A este mochilero le daban ganar de pasar de preguntar y empezar a convencerse de que en cada zona, en cada distrito, en cada ciudad o región hablarían diferentes lenguas. Como así era.
En la ciudad de Gulu, ‘acholi’, y en la ciudad de Moroto, al norte casi en la frontera con Kenya, territorio del pueblo karamoja, casi toda la población hablaba el ‘karamojon’.
Este territorio tal vez fue uno de los más problemáticos en el pasado por el abandono sufrido por parte del gobierno central, por la permisividad en la posesión de armas y por su carácter violento, pero nunca por sus reivindicaciones del ‘hecho diferencial’ en cuanto a sociedad y lenguaje. 
Al llegar a España, y encontrarse de nuevo con los rifirrafes políticos sobre el tema catalán, se acordó de los ‘karamojons’ y asoció a un dúo de independentistas catalanes con esta pareja de ‘karamojons[Foto]. Pura imaginación.


Copyright © By Blas F.Tomé 2017

31 de agosto de 2017

Lago Bunyonyi /Uganda

Lago Bunyonyi, desde lo alto

El lago Bunyonyi fue uno de los primeros vistazos del viajero insatisfecho en Uganda. Era un lago de unos 25 kilómetros de largo, algo menos de ancho, cargado de pequeñas islas y de un entorno verde y atrayente. Sus orillas, sus laderas estaban salpicadas de pueblecitos y casas aisladas que le daban de lejos un ambiente de cuento, territorio de hadas. Muy cerca de la frontera con Rwanda era un hermoso y bonito lugar para disfrutar una mañana y, mucho más, si uno quería empezar a situarse en un país en el que acababa de aterrizar. Llegó a la zona en un autobús desde Kampala dispuesto a alcanzar el lugar más al sur del país para comenzar desde allí su ruta. Se hospedó en la ciudad de Kabale y desde allí, al día siguiente, ‘de paquete’ en una moto alquilada (‘boda boda’, así se llamaba este medio de transporte muy utilizado en Uganda, al menos para distancias cortas), se acercó a aquel paraje por un camino de tierra aceptable para transitar. Primero, hasta una loma desde donde ya se podía divisar el lago aunque no en todo su esplendor. Una rápida bajada en la moto, le acercó a la orilla. Era día de mercado (lo sabía). Comenzaba a fraguarse ese peculiar ambiente en los aledaños. El minúsculo puerto de atraque de barcas estaba ya ocupado por alguna, y el mercado se montaba poco a poco. Llegaban barcas (se divisaban primero a lo lejos) cargadas de gente, de productos, sacos de hortalizas, montones y montones de coles, de bananas, carbón vegetal. En unos instantes las orillas se llenaron de tenderetes de ropa, de puestos de baratijas, frutas y verduras, y la gente pululaba a su alrededor.


Lago Bunyonyi

Este mochilero se sentó en un ribazo para presenciar cómo arribaban las pequeñas canoas y observó con detenimiento a sus gentes. Paseó entre los puestos del mercado ocasional, sacó unas fotos y dejó que el tiempo transcurriera sin más. Quería absorber un poco la vida ugandesa, teniendo en cuenta que iba a pasar unos cuantos días por el país. Era interrumpido de vez en cuando por jóvenes que le proponían un paseo por el lago en canoa, pero no estaba muy dispuesto. Se lo perdió. Según pasaban los minutos, la tranquilidad era mayor. Los locales se acostumbraban a ver al foráneo paseando o sentado, perdido, solitario y le dejaban en paz.
¡Y qué paz!.


Canoa cargada de productos, en el lago Bunyonyi

Su curiosidad y un camino de tierra le llevaron a varios resort, hoteles de cabañas, y comprendió que no era el único extranjero en disfrutar de la belleza del lugar. Un ‘boda boda’ le volvió a subir a lo más alto, a un lugar con extraordinarias vistas sobre una gran amplitud del lago. Había una bruma que impedía apreciar su total belleza. Tenía cierta magia aún sin ser espectacular. Allí despidió al motero y se dispuso a regresar andando a la ciudad de Kabale. Eran unos 10 kilómetros, todos ellos de bajada (ya los había hecho en moto de subida). Disfrutó el paseo. Charló con algún niño que pululaba por los alrededores, con unos picapedreros que trabajaban en las orillas del camino, saludó a unas mujeres que cavaban en un pequeño huerto, y abordó de nuevo Kabale con ese primer contacto de vida ugandesa a sus espaldas.


Picapedreros en el camino de regreso

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16 de agosto de 2017

PN Queen Elisabeth / Uganda

La fotografía que el V(B)iajero Insatisfecho no pudo hacer

El Parque nacional Queen Elisabeth es, junto al encuentro con gorilas en el PN Bwindi y las cataratas Murchison, una de las joyas de Uganda. Pues en este primer Parque nacional puso su empeño el viajero insatisfecho para al menos intentar ver algo que tuviera que ver con el interés turístico del lugar. Del resto es posible que no se ocupe los días que pase en este montañoso país africano (no olvidemos que aquí están las famosas montañas de la Luna). Bueno, también, tratará de asistir al espectáculo de las cataratas Murchison.
Desde la ciudad de Kabale hizo un largo trayecto hasta Kihihi, población cercana a la entrada sur de Ishasha del Parque Nacional, en un transporte colectivo (un coche con 6 o 7 plazas, que !cosa rara! no estuvieron totalmente ocupadas en ningún momento del viaje). A este mismo conductor, después de una larga negociación, contrató para que le hiciera el recorrido por el parque, que se constituye en dos sectores, el sector de Ishasha y el sector Mweya. Para ir de uno a otro se utiliza un largo camino terrero en el que los animales brillan por su ausencia.
El sector de Ishasha era conocido especialmente por los leones trepadores de árboles y a esa visión pretendía dedicarse este leonés. Antes de la entrada  (Ishasha Gate) ya había podido avistar antílopes, búfalos y algún elefante, pero el pretendido interés estaba en los leones de los árboles. Al ‘conductor/pirata’ le veía poco interesado en dar muchas vueltas para tratar de encontrar a estos animales, pues pensaba mucho en la gasolina (‘the petrole’, insistía). Dieron unas vueltas y los leones no aparecieron. Allí, en este recorrido, encontró a unos madrileños que habían dormido al lado de un pequeño rio con hipopótamos en sus aguas. Habían odio bullir a los hipos pero el supuesto peligro fue aminorado por el ranger que les vigiló toda la noche, fusil en ristre.
Fin del trayecto del primer sector. Ahí comenzó la tensa relación con el ‘conductor/pirata’ que duraría hasta el final del día.
El siguiente sector (Mweya) estaba muy alejado y eran necesarias unas dos horas, como ya ha dicho, por un camino de tierra y sin animal previsto. Únicamente consiguieron avistar unos babuínos en todo el trayecto.
Mweya, aunque era muy emblemático, este mochilero lo consideró, en cierto modo, el típico/tópico lugar turístico. Un barco daba una vuelta a los visitantes por el canal de Kazinga, que une el lago Edward con el lago George, para así divisar los animales que se acercaban a la orilla, entre ellos, muchos hipopótamos, búfalos, varios cocodrilos y algún que otro elefante. También facóceros y multitud de aves que viven de los peces, como cormoranes, garcillas y algún que otro marabú.
Allí sí estaba a gusto el ‘conductor/pirata’. Esperó en posición fetal dormido en el coche, sin gastar gasolina, las dos horas que duró el paseo en barco. Un barco, por otra parte, lleno de turistas que se unían a la expedición y salían de todas partes, de los diversos jeep de paseo.
Cabreado por no haber avistado los leones trepadores, por la inoperancia del ‘pirata’ contratado, terminó el día, aunque debe reconocer que la naturaleza en libertad es así: puede ofrecerte el espectáculo que buscabas o puede negártelo.
Pero la repulsión hacia este conductor se mantiene al escribir estas líneas, y se quedará en la memoria de este mochilero.
Farsante!.

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