17 de mayo de 2017

Los ‘asante’, un tradicional pueblo ghanés

Kumasi, con el mercado al fondo lleno de tenderetes

Los ‘asante’ o ‘ashanti’ eran el mayor y más poderoso grupo étnico de Ghana. Ateniéndose uno a la diversidad dialectal, esta etnia ocupaba el centro-sur del país, en la provincia de Ashanti. La base de su poder inicial fue el comercio del oro pero durante los siglos que duró el tráfico de esclavos obtuvieron grandes beneficios actuando como intermediarios, sobre todo comprando esclavos a los ‘hausa’ y cambiándolos a los comerciantes europeos por armas que reforzaban su ya estable poder. Tradicionalmente también habían exportado el fruto del árbol de cola muy apreciado como estimulante por los musulmanes del norte. El actual centro neurálgico de este tradicional pueblo era la ciudad de Kumasi.

Murciélagos de la fruta, colgados de las ramas

Allí, a Kumasi, llegó un día el viajero insatisfecho en un autobús que paraba y paraba en cada pueblo, en cada bache de la carretera -y había muchos- desde el norte del país. Era una ciudad grande, populosa, con un mercado inmenso de tenderetes de lona, tela y latón. Grandes árboles centenarios con miles (millones, diría) de murciélagos de la fruta colgados de sus viejas y retorcidas ramas. Cientos de puestos artesanales fabricando cosas inverosímiles. Toda una amalgama de productos, cachivaches, suciedad, desorganización y movimiento. Pero así era (y es) África, y así le emocionaba al mochilero transitar por sus calles. Una mañana se internó por los callejones del mercado, por los pequeños y estrechos pasadizos que dejaban los puestos callejeros amurallando laterales y disfrutó con esa vida que se mueve debajo de lonas y hojalatas, y paseó con cierto miedo debajo de aquellos árboles repletos de murciélagos. No obstante, su verdadera intención era conocer algo sobre la civilización ‘asante’, de la que desconocía todo. Y cuando dice todo, era todo.
Según su libro-guía, a las afueras de Kumasi, en concreto en la localidad de Ejisu, había varios edificios tradicionales. A ello se dedicó una mañana, a visitar algo de esa cultura. Para ello tenía que atrapar un bus/minibús pero era necesario saber dónde tenía parada. Tuvo que atravesar la vía del tren, en aquel momento llena de tenderetes, en apariencia temporales, que eran una especie de extensión del mercado diario, y colocarse en el arcén de una de las carreteras de salida. Allí, dar el alto a unos de los minibuses. Recuerda que no esperó mucho y, en poco tiempo, descendía en Ejisu.

Casa tradicional del pueblo 'asante'

Se acercó a uno de estos santuarios de la cultura ‘asante’ y de un primer vistazo ya se percató de su sencillez. Estos tradicionales edificios estaban construidos de madera, bambú y yeso de barro. Originariamente, con techos de paja. Los únicos bajo-relieves decorativos que adornaban las paredes representaban una amplia variedad de motivos, animales, pájaros y plantas, y vinculados a símbolos tradicionales. Los edificios, su rico color y la diversidad de sus decoraciones eran los últimos ejemplos que sobrevivían de un estilo tradicional significativo de la arquitectura que personificó el influyente, poderoso y rico ‘reino asante’ de finales del siglo XVIII.
Un viejo personaje le recibió a la entrada y le despidió al salir.
Una pequeña aportación a la causa y abandonó el lugar.


Patio interior de una casa tradicional 'asante'


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5 de mayo de 2017

Medan, ciudad al norte de Sumatra

Palacio de Maimoon

A Medan llegó en avión. Después del viaje Madrid-Dubai-Yakarta (sin salir del aeropuerto tomó un vuelo doméstico a Medan), el viajero insatisfecho estaba cansado, con pocas ganas de hablar inglés (idioma que no domina) y menos con la intención de encontrarse con problemas en el ‘hotelucho’ de turno, con un recepcionista que se expresaba en indonesio, y nada más. Eran las 2 de la mañana, hora local.
Al final, todo solucionado.
Una ducha y la cama fue la mejor recompensa.
Medan estaba al norte de la isla de Sumatra (Indonesia) y siendo sincero no tenía grandes cosas que ver. Una ciudad. Otra ciudad más en el currículo viajero, pero la necesitaba (un mal necesario) como base logística para visitar Bukit Lawang, territorio de orangutanes. Era una ciudad a lo grande y atesoraba gran cantidad de circulación, de coches y becaks (moto o bici-rickshaws), pero con carácter muy regional o local. Moderna, bien equipada y con alguna zona de cierto encanto colonial holandés. Pocas cosas visitables pero el mochilero hizo un esfuerzo sobre todo para tomar un poco el pulso al país pues era un inicial acercamiento a la vida indonesia: era la primera población que tendría oportunidad de conocer.



Interior del palacio de Maimoon

Muy recomendable al llegar a un nuevo enclave era tratar de entender, tratar de visualizar la realidad genérica y asimilar. Asimilar los movimientos, los actos, las miradas, los gestos, las sonrisas o todo lo que ofrece la gente al pasar.
Y qué visitar?. El primer paseo fue a Istana Maimoon, el palacio Maimoon construido por el sultán de Deli (sultanato del norte de Sumatra), a finales del siglo XIX, que tenía “influencias malayas, mongolas e italianas” -decía el libro/guía-. Lo que no decía la Lonely era que iba a estar atiborrado de gente local haciéndose fotos (cientos) con los trajes ceremoniales o típicos malayos y posando en un lujoso trono. Real, por otra parte. Sin embargo, era simpático ver a los niños, y mayores, disfrutando en su imaginación, vestidos ‘a lo sultán’, de una vida que ellos nunca llevarían.



Mimbar, en el interior de Masjid Raya

Muy cerca se encontraba Masjid Raya, la gran mezquita de Medan, muy ornamentada y de fácil acceso. Imprescindible para la visita, como en todas las mezquitas, descalzarse. ¡Seamos respetuosos con una religión de dudosas tradiciones e imposiciones! Bueno, como todas.
A los alrededores cambió su residencia para instalarse en un hotel más acorde a sus gustos, donde, al menos, las cervezas eran frescas, frías y nada remolonas. El lugar era Pondok Wisata Angel, regentado por una simpática dueña y con un animado café que daba a la calle. Sin remilgos.



Becak


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22 de abril de 2017

Yakarta, o Jakarta

Mona, en la plaza Mendeka

Yakarta era una ciudad sorprendente, inmensa, bulliciosa y, en determinadas zonas, muy moderna. Sorprendieron al viajero insatisfecho los grandes edificios que parecían formar un skyline al estilo del de Nueva York.
Se hospedó en una zona de mochileros, en un hotel muy decente para su ubicación (zona Jalan Jaksa) y precio. Nada más tomar posesión se dispuso a salir a ‘romper’ Yakarta. En lo que le quedaba de tarde visitó la plaza Mendeka, donde se encontraba el monumento Monas, vulgarmente conocido con cierta sorna como ‘la erección de Sukarno’. Esta especie de obelisco de 132 metros de altura en el centro de la gran plaza o parque, constituye la figura emblemática de la ciudad y la más reconocida y delirante construcción del antiguo presidente. Hecha de mármol italiano y coronada por una llama esculpida, recubierta de pan de oro. Paseó poco por allí pues para acceder al recinto había tenido que rodear el extenso parque y, después de aquel completo día de cambios de cuidad a ciudad, estaba ligeramente cansado.
Ya tendría tiempo de hacerlo al día siguiente, cuando visitó la parte vieja, o cuando ‘se dejó ir’ en manos de un experto blogger, conocedor de Yakarta como si de su finca privada se tratara: Gildo Kaldorana. Ambos días tuvo momentos intensivos, donde disfrutar de la ciudad suponía descansar poco, coger todo tipo de transportes o encomendarse a largas caminatas.

Puente del mercado del pollo

La zona vieja era la antigua ciudad de Batavia, ahora conocida como el barrio de Kota. Fue antaño el corazón de la colonia holandesa en Indonesia, pero lo que existía hoy en día se reducía a unos edificios históricos, convertidos muchos de ellos en museos, o la plaza Taman Fatahillah, adoquinada y rodeada de más fachadas coloniales. Circuló toda una mañana sin rumbo por ella y sus alrededores, y sintió la vida indonesia muy cerca. Estuvo en el Puente del mercado del pollo, una singular pasarela rodeada ahora de otros puentes más modernos, aunque mantenido allí como vestigio de una época ya pasada, y se adentró en callejuelas con cierto aire peligroso. No sabe si era una realidad o una impresión sobrevenida. Visitó alguno de los museos, entre ellos al de Sejarah Jakarta, en el edificio del antiguo ayuntamiento de Batavia.
Y paseó, paseó y paseó.
Al día siguiente fue Gildo Kaldorana (‘el rey de Yakarta’), quien se encargó de cumplir con su papel de experto conocedor de la ciudad. Conoció con él la zona de los mega-rascacielos y le enseñó otros rincones, aunque dejaron que el día transcurriera sin grandes sobresaltos ni agobios turísticos.
¡Gracias, Gildo! (en realidad, un ‘alias’ pues su nombre real es otro).
Era una ciudad tan grande que no parecían suficientes tres días para conocerla bien, ni esta entrada será algo que ayude a desgranarla mejor. 
Solo son unos pequeños apuntes para el recuerdo.

Moderno skyline de Yakarta

Edificio del antiguo ayuntamiento de Batavia

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9 de abril de 2017

Una decepcionante visita / Isla de Komodo

El V(B)iajero Insatisfecho posa con uno de los dragones

El viajero insatisfecho tenía ganas de ver y disfrutar de los enormes lagartos o dragones de Komodo, que ya había visto en diversos documentales de La 2. Lagartos siempre ‘vendidos’ en el imaginario viajero como peligrosos por su agresividad y voracidad. Pero la tan ansiada visita pasó a convertirse en algo decepcionante.
El Parque Nacional de Komodo, creado para defender a sus dragones, estaba formado por varias islas, siendo Komodo y Rinca las más grandes. Fue creado en 1980 para proteger los dragones de Komodo, endémicos de estas islas.
Aunque había alguna opción más, el mochilero leonés optó por una de las formas más habituales de visitarla: un tour en un pequeño barco (a veces, una 'batidora' a merced de las olas) desde la población de Labuan Bajo, en la cercana isla de Flores, que regresaba el mismo día. Eran unas tres horas y media de ida; otras tantas de vuelta. En medio, una parada en una chica pero preciosa isla donde se ascendía una pequeña cota para admirar un bonito paisaje de ensenadas y playas. Aunque en la parte más alta se acumularon muchos turistas de otros barcos, se destilaba una sensación de belleza y libertad. Estaba muy cerca de la isla de Komodo. Se veía a lo lejos, inmensa, verde, montañosa y enigmática. Como algo grandioso. La llegada del barco a ella fue alrededor de mediodía, hora no muy apropiada pues era cuando los dragones se ocultaban para protegerse del sol, como haría cualquier animal que tuviera un mínimo de instinto de supervivencia.

Entrada al Parque Nacional

Una vez cumplimentados los trámites de entrada al Parque Nacional y después de una breve explicación de los rangers que acompañarían al pequeño grupo, el trayecto era muy breve: poco más de una hora. Únicamente se trataba de adentrarse unos metros dentro de un paisaje verde y semi-selvático hasta que en un claro, pisado y pateado al extremo, aparecieron ante los visitantes cuatro o cinco dragones con aspecto de estar hartos de comer. Parecían adormilados y deseosos de descansar. No se inmutaron mucho con la presencia de la panda de turistas, guiados por los rangers. Estos, a su vez, más parecían hacer un acto teatral que proteger al grupo de unos ‘peligrosos’ animales adormilados.


Dragones de Komodo

Uno de aquellos guías, siguiendo su propia sugerencia e idea, se encargó de sacar fotografías con las cámaras de los visitantes para que así cada uno de ellos pudiera llevar una de recuerdo. Este mochilero por supuesto no se libró de semejante atractivo que guarda como un hecho anecdótico. Pasearon un poco más por los alrededores en busca de nuevos dragones con relativo éxito. Se cruzaron con dos baby-dragones que, al percatarse de la presencia del grupo, corrieron desesperados hacia el fondo de la maleza y encontraron otro individuo adulto a la sombra de un tupido árbol. Con las mismas, regresaron al punto de partida.
La visita había finalizado.
No sabe cómo sería la ruta por Rinca, otra de las islas con gran número de dragones, pero el recorrido por la isla de Komodo fue escaso, falto de atractivo y con la sensación plena de estar viviendo una ‘turistada’.
Que lo fue.
Así, no vayáis a la isla de Komodo.
El guía-ranger, con su única defensa ante los dragones: un palo terminado en V

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31 de marzo de 2017

Un breve comentario sobre Bali

Entrada a Eka's Homestay

Bali era una isla turística. Una isla llena de recorridos, monumentos, templos, playas, hermosas vistas y sencillas gentes. El viajero insatisfecho no quiere hablar mucho de esta parte de Indonesia porque ya está todo dicho, si bien un viaje tiene siempre peculiaridades no vividas por otros o experiencias no disfrutadas por otros sólo por cada uno.
Era una isla como territorio pero también era una isla espiritual hinduista dentro de un vasto territorio/país donde imperaba la religión musulmana. Y aparentemente había tolerancia con el resto, al menos, en el día a día o en la vida cotidiana.
¿Problemas?, muchos.
¿Superables?, todos.
Centró su estancia en Ubud, una ciudad cerca de todo. Situada entre verdes laderas y en medio de verdes valles. Desde allí, era fácil llegar a cualquier lugar alejado y contenía multitud de posibilidades logísticas. En Ubud se hospedó en casa (Eka’s Homestay) de un famoso músico balinés y disfrutó de las atenciones de su simpática esposa. Si volviera a ir a Bali, se hospedaría en Ubud, en casa del famoso músico balinés.

ESCENAS DE BALI





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20 de marzo de 2017

Cráter El Boquerón / El Salvador

El cráter 'El Boquerón'. En primer plano, unos cocotos o jocotes

El cráter de ‘El Boquerón’ se encontraba relativamente cerca de la ciudad de San Salvador, capital del país centroamericano El Salvador. Era conocido en toda la ciudad y para aproximarse a su borde era necesario tomar un autobús en el centro hasta el barrio de Santa Tecla. Allí, un pic-up acercaba al visitante hasta la entrada del parque nacional, o zona protegida, que rodeaba a aquel inmenso boquete.
Desde la entrada hasta el mismo borde del antiguo cráter se ascendía por un sencillo sendero, a veces con escaleras y otras con barandilla, bien marcado y señalado para el caminante. Una vez allí, la panorámica era realmente bella. Desde cada uno de los cuatro miradores en lo más alto de la arista (Los helechos, Las hortensias, Las begonias y Los cartuchos) se podía ver, en lo hondo del círculo, el extinto volcán. Las laderas que lo bordeaban con los años se habían convertido en una pequeña selva verde.
En lo más profundo, había existido un lago que desapareció, según decían, en 1917 cuando una pequeña erupción colapsó y diseminó sus aguas. Era posible visitarlo y descender, aunque todos los indicadores/letreros coincidían en señalar la falta de vigilancia y la peligrosidad de un descenso y, por tanto, del posterior ascenso. El parque nacional no se responsabilizaba del que se atreviera a contravenir aquellas indicaciones. El viajero insatisfecho que, en este caso, retaba a la adversidad -no suele hacerlo- podría certificar que el regreso, o ascenso, era un verdadero y agotador desafío.
Esta empresa de subir y bajar en solitario se convertía, aún más, en una verdadera temeridad para el mochilero que no contaba, ni cuenta, con una excelente condición física. Inició solo el descenso -a sabiendas de que podía abortarlo- animado por la perspectiva de llegar a pisar lo que desde arriba se veía como un pequeño cráter circular. Cuando, después de media hora, estaba a punto de abortar por primera vez la operación de bajada (lo haría varias veces) y dar por concluida la aventura, se aproximaron dos mexicanas y un mexicano por la misma senda que le animaron a continuar. La bajada, entre bromas, descansos, ramas caídas y peñascos, se hacía lenta y cansina en grupo. Decidió continuar en solitario. Al cabo de un rato o una media hora más de caminata, le vino a la mente de nuevo otra intentona de abandono, pensativo y sentado en una de las rocas, pero en ese momento ascendía un grupo de cuatro salvadoreños, guiados por un italiano loco (es un apelativo cariñoso, Alejandro) por el ‘footing’ de altura, después de haber cumplido su reto. Aunque faltaba poco para la meta como así le confirmaron, no alcanzaba a verla por lo espeso de la vegetación. Les mostró su interés por abandonar el empeño, pero el italiano le convenció e incluso decidió acompañarle hasta haber finalizado el descenso.
¡Gracias, Alejandro!.
Unos minutos de descanso en lo más profundo del cráter, unas fotos una vez cumplido el objetivo y, de nuevo, a afrontar la montaña, en este caso, el reto del ascenso.

En el cráter, con la alegría del éxito

Un suplicio, un martirio. La complicada trepa por aquella senda casi vertical ‘para ardillas’ se hacía eterna. Entre arbustos y piedras, pequeñas lianas y musgo, los minutos se estiraban largos, y el cansancio hacía peligrar un sano regreso. Unos se animaban a otros, y los otros respondían también con ánimos, pero ‘El Boquerón’ parecía poder con todos. Menos con el italiano. Pasaron más de dos horas y, así, con la lentitud en las piernas, la respiración entrecortada, precipitada, y las caras desencajadas de agotamiento abordaron el último escalón de piedras que les dejaba en lo más alto del cráter.
Había concluido.

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8 de marzo de 2017

Don Antonio Blanco / Bali

Fotografía, a la entrada, en la que aparece Antonio Blanco con Michael Jackson

Le gustaría que los expertos le perdonaran pero tiene que reconocer que no conocía a aquel personaje absolutamente de nada. No guardaba en su memoria nada que hubiera estudiado, nada que tuviera que ver con aquel, sin duda, importante y peculiar artista: su nombre era Don Antonio Blanco (en todas las referencias figuraba con el Don por lo que este mochilero no se lo va a negar). Sobre él había un excelente museo en la ciudad balinesa donde más tiempo vivió y, también, murió: Ubud
Cuando aquel singular artista aterrizó en Bali, vio en esta isla el lugar con el que había soñado siempre y se quedó. Allí conoció a una bailarina balinesa que conquistó su corazón y a la que unió su destino para siempre. Pero Don Antonio no sólo conquistó el corazón de quien sería su mayor musa, sino también el del último Rey de Ubud, gran mecenas de las artes. Le regaló al pintor el terreno sobre el que se ubicaba el museo, que también era estudio de su hijo y hogar familiar. Un bello asentamiento en la ciudad de Ubud, al lado de Tjampuhan River.


Entrada al recinto del museo

Este leonés se acercó una mañana para hacer una visita y reconoce que descubrió a un gran artista (no tiene fotos de sus obras pues estaba prohibido hacerlas). A la entrada, antes de cumplir con lo establecido, es decir, aflojar la cartera, observó aquella fotografía (parecía animar a los curiosos a visitar el interior) en la que el artista posaba junto a Michael Jackson, uniéndose así dos excéntricos artistas. En aquel momento ya intuyó el inmenso ego del personaje del que iba a conocer su obra. Más tarde, cree haberlo confirmado al ver en una de las paredes un cuadro en el que figuraban los retratos del tridente “Salvador Dalí-Pablo Picasso-Antonio Blanco”. El propio autor había titulado el cuadro -cree recordar- “Los tres genios”.
‘El Dalí del Sureste asiático’, como a veces fue conocido, aunque había nacido en Manila (Islas Filipinas), su familia provenía de Cataluña (España). Al finalizar sus estudios en la National Academy of Art en New York, viajó por todo el mundo hasta que se estableció en Bali en 1952. El pintor falleció en 1999, pero su hijo Mario continuó con la saga familiar y se encargaba de dirigir aquel centro-museo y de conservar los más de 150 cuadros de su padre que albergaba, además de crear sus propias obras. Allí las visitó el viajero insatisfecho. En la obra de este interesante artista abundaban las mujeres desnudas, las bailarinas balinesas, las obras con un toque de irreverencia y picardía sexual. Alguno de aquellos cuadros de desnudos, entonces enmarcados por necesidad bajo cristales, tenía quemada la zona genital femenina para evitar que fuera exhibida o vista, muestra un poco del papanatismo de algunas personas subordinadas a las muchas religiones dañinas. Se notaba que los raspados habían sido realizados de manera burda y, seguro, a espaldas de la vigilancia, por otra parte, casi inexistente. Sin duda aquel estropicio era obra de fanáticos o fundamentalistas de cualquier tendencia.
Al finalizar el recorrido se extendió en paseos por los cuidados jardines, aunque con esa particular fuerza selvática de la vegetación tropical.
Una agradable visita, al margen de los templos tan famosos de Bali.


Fotografía del catálogo del museo


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25 de febrero de 2017

Borobudur / isla de Java


Vista general de Borobudur

Cuando preguntaba en Jogjakarta, isla de Java, cómo se podía ir al templo de Borobudur (a unos 50 kilómetros), el primer apunte era que había que visitarlo temprano: “luego se llena de colegios y chavales”, decían.
Para no complicarse la vida, y eso que era fácil encontrar transporte público, el viajero insatisfecho se embarcó en un viaje para trotamundos, extranjeros solitarios que necesitaban de otros extraños para completar un minibús. De ello se encargaban la multitud de agencias que había por la zona mochilera. Era una manera fácil. Una hora de trayecto, aproximadamente. Luego, allí, y después de hacer los trámites de entrada, la visita era ‘cada uno a su aire’. Con un libro-guía en la mano era muy asequible ponerse en situación.
En 1200 años desde su fundación, el templo había sufrido en repetidas ocasiones tanto ataques de las fuerzas de la naturaleza como las del hombre. La ‘Lonely planet’ decía que “en su periodo de abandono, que se prolongó durante casi un milenio, los terremotos y las erupciones volcánicas desestabilizaron el conjunto monumental más si cabe y la selva javanesa lo reclamó por medio de raíces gigantes que penetraron por doquier partiendo en dos muchos bloques de piedra”. Todo ello había sido enmendado con una colosal obra de restauración. En 1991, una vez reformado, Borobudur fue declarado Patrimonio Mundial por la Unesco.


Stupas, en Borobudur

Desde lejos, y con los rayos de sol aún mortecinos, Borobudur parecía una pequeña y uniforme colina de piedra llena de montículos. Contemplándolo en conjunto tenía una fuerza impresionante. De cerca, en cambio, extasiaba la belleza, armonía y perfección de todo lo que allí se había construido.
El sol iría demostrando su fuerza según el curioso mochilero iba ascendiendo las diferentes plataformas por unas escaleras perfectamente diferenciadas. Plataformas que contenían multitud de stupas y budas, alguno de ellos en su interior. No recuerda el número de niveles, pero unos seis o siete, todos ellos coronados por un número simétrico de estas formaciones. Era en cierto sentido una sensación mágica: el visitante paseando por las terrazas de piedra y, por un lado, las stupas y, por otro, los bellos relieves que narraban multitud de historias alrededor de Buda, su vida, el nacimiento del príncipe Siddhartha, o la búsqueda del nirvana. Fueron más de dos horas deambulando por allí, subiendo y bajando escalones admirando las paredes recargadas de relieves y comprobando que todas las stupas contenían imágenes en su interior. Desde lo más alto, era interesante pararse un rato a observar cómo los rayos solares hacían brillar la vegetación circundante y el verde brillante pasaba a convertirse, con el paso de los minutos, en verde más bien de amarillenta tonalidad.

Buda y stupas, en Borobudur

Poco a poco el monumento se fue llenado de turistas, de visitantes venidos de todos los rincones de la isla de Java, de alumnos jóvenes que aparecían allí uniformados y en bloque. El silencio que campaba a sus anchas al iniciar el recorrido matinal se transformaba, así, en ruidoso griterío escolar. Con esta moda de los selfies muchos solicitaron a este mochilero que posara con ellos. Una fiebre de selfies, saltos y sonrisas, y caras alegres también. Ya no era muy apto para la tranquilidad, además, el tiempo de visita iba concluyendo.
Abandonó Borobudur con la sensación de haber visto algo único.



[VIDEO]




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11 de febrero de 2017

Volcán Bromo / Isla de Java

Caldera de Tengger, con el volcán Bromo humeando (desde el punto panorámico)

El volcán Bromo, en Java (Indonesia), era uno de los lugares más visitados dentro del conjunto de los cientos de islas que componen el país. Era, incluso, la imagen de portada de la guía/libro de Lonely Planet, todo un símbolo de viajes.
No puedo dejar de verlo’, se dijo el viajero insatisfecho.
Su fijación era tratar de estar en el lugar al amanecer pues algo había oído sobre su particular belleza. Lo que no se imaginaba era que también lo habían oído muchos otros y cuando alcanzó aquel punto de vista panorámico (view point, que decían los indicadores) era un hervidero de turistas japoneses, chinos, locales o malayos. Definitivamente, y después de meditarlo, este mochilero va a tratar de evitar lugares famosillos.
¡Que vayan los chinos!.
Se levantó muy pronto, a las 3 y media de la mañana. El conductor del jeep venía a recogerles sobre las cuatro (iba con otros 3 mochileros) al hotel donde habían pernoctado, unos 8 kilómetros del punto panorámico. Después de circular una media hora por un maltrecho camino (no veían gran cosa pues era noche cerrada) llegaron al lugar indicado. Atestado de turistas como estaba, repleto de móviles y palitos de selfie y, encima, obligado a alquilar un chaquetón porque a esa altura y aquellas horas corría una brisa del carajo que dejaba fríos los huesos, se arrepintió de haber dado aquel paso. Luego, el cabreo se iría transformando en tranquilidad hasta llegar a sentirse realmente animado y cómodo. El amanecer, la suave luz primeriza iba dejando que las formas de aquel espectáculo natural fueran apareciendo poco a poco. Las formas, los colores y el humo que desprendía el volcán a lo lejos conformaron, al fin, un conjunto visual hermoso. Cuando el sol iluminó el paisaje era el momento de acercarse al volcán Bromo que se veía al fondo de aquel hermoso plano y era posible ascenderlo. Desde donde se encontraba, el jeep les bajaría a la caldera y acercaría hasta la base.

El volcán Bromo
El Bromo (Gunung Bromo) era uno de los volcanes más activos de Indonesia con más de 50 erupciones en los últimos 250 años, siendo la última en el año 2011. Dentro de la caldera de Tengger, el Bromo no era el pico más alto del Parque Nacional del Bromo Tengger Semeru, pero si el más activo. Estaba también el volcán Semeru, y el conjunto de ambos conforma un auténtico paisaje lunar. Allí, dentro de la caldera y en la base del cráter, había un templo hindú. En Java no hay muchos, pero los habitantes de aquella región mantuvieron su religión mientras en el resto de la isla adoptaron la musulmana.
Una vez el jeep les dejó, alcanzar lo alto del cráter era misión de cada uno. Primero era necesario ascender unas resbaladizas laderas con pequeños barrancos pero, luego, eran 253 escalones los que separaban de la cumbre del volcán. Y allí, en lo más alto del cráter, al borde del abismo que aparecía a sus pies y donde la naturaleza mostraba su fuerza, fue donde pensó que había merecido la pena.

Al pie del volcán Bromo, vendedor de ramos para lanzar al volcán


[VÍDEO]



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31 de enero de 2017

Los orangutanes de Bukit Lawang


Orangutan, en Bukit Lawang

No estaba previsto de antemano pero el devenir de los acontecimientos le había llevado a contratar en Medan, la ciudad más grande al norte de la isla de Sumatra, una especie de tour para visitar los orangutanes en las selvas de Bukit Lawang, que incluía una noche durmiendo en la jungla. Y esa noche, por cuestiones de programación del viaje, sería nochevieja. Para el viajero insatisfecho no era una noche especial, era una noche más. Con ese proyecto, y lo hablado con la agente que le había ofrecido el paquete, descendió del coche en la población de Bukit Lawang. El guía local al que había sido derivado se le presentó con cara negociadora: “la nochevieja es una noche de celebración”. Quería pasarla con su familia. Sugirió esperar para ver qué opinaba el resto de la posible clientela, si es que la había. Esa noche del 30 de diciembre el viajero se fue a la cama sabiendo que al día siguiente comenzaría la aventura selvática llena de novedades y misterio. Madrugó como estaba previsto, desayunó como era necesario y esperó como era de suponer: los indonesios no eran conocidos por su puntualidad. El guía se presentó una vez finalizado el café y, de nuevo, con ganas de negociar aunque -diría- más bien con necesidad de imponer. No había más clientela para pasar la nochevieja en la selva.
Le miró en principio al muchacho con intención de presionar pero en una ágil batida mental, rápido encontró sensatos sus razonamientos. ¿Qué haría él en la selva durmiendo al más puro estilo de vagabundo sin techo con un guía para él solo y sin posibilidades de socializar con otra gente?. Aburrido ¿no?. Como lo contratado eran dos días, el guía le ofreció como alternativa dos excursiones mañaneras y tardes de relax en el pequeño poblado repleto ya -debido a las señaladas fechas- de turistas locales.
Aceptó, sin más exigencias.

Bukit Lawang

La población de Bukit Lawang se asentaba a lo largo del río. Como pueblo turístico, estaba lleno de guest-house, hoteles y pensiones para dormir, pero aquellos días era complicado encontrar una habitación pues los indonesios tenían a aquella población como lugar de descanso. Y era fin de año. El río estaba bordeado de sombrillas artesanas, techumbres de paja y lugares en la orilla para el recreo y el baño, muy típico también en otras zonas orientales. La calle que bordeaba al río, atestada de tienduchas, tenderetes, baratijas y chiringuitos. Por la tarde, a determinadas horas, era casi imposible caminar. Pero, sin duda, tenía mucho calor humano el lugar.
La cercana selva se componía de árboles jóvenes, arbustos, palmeras y helechos. Si bien en Indonesia abundaban los bosques de pantano, en aquellas tierras altas donde se encontraba se desarrollaba un bosque montano, donde la mayoría de los árboles tenían gran altura y sus hojas eran más pequeñas y carnosas. Aquellos suelos eran ricos en musgos, helechos, orquídeas y líquenes. La humedad de la niebla les daba soporte.
La primera mañana fue -ya se lo esperaba- dura. Las veredas de la selva no siempre eran cómodas, más bien todo lo contrario, llenas de pendientes y barrancos; rocas, raíces y resbalones. Pero de eso se trataba. Bueno, de eso y de divisar orangutanes que, por cierto, tardaron en aparecer. Orangutanes semi-salvajes, acostumbrados a la presencia humana pero, eso sí, en un marco natural que no ofrecía dudas. Una tierna pero madura madre, con su asustadizo bebé, descendió de la copa de los árboles de gran altura, animada por la oferta de bananas y las llamadas que el guía le hizo. Sus movimientos, a veces rápidos y otras lentos, su mirada y su reposada tranquilidad semejaban, sin duda, lo que su nombre en indonesio indicaba (orang hutan=gente de la selva).


Orangután

Orangután

Fue un momento de mucha observación, fotos, sonrisas, comentarios en bajo para tratar de que el bebé orangután se acercara. Fue inútil. El mochilero observaba sus movimientos -humanos, diría- y le chocaban, en especial, algunos. Sorprendente que en aquellas selvas un animal tan parecido al hombre se acercara a recibir su regalo. No era muy ético el acto de alimentarlos pues estaba si no prohibido si desaconsejado, pero….
El segundo día, por otra zona, repitió la excursión.
También exitosa.


V(B)iajero Insatisfecho y orangután

[VÍDEO]


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