26 de diciembre de 2007

Yo vi "Moolaadé"


Hace unos pocos días al mirar la programación televisiva, en La 2 anunciaban Moolaadé, una película desconocida de un cineasta octogenario senegalés. Pero lo que le llamó realmente la atención fue la breve crítica de El País: “En estos tiempos, Moolaadé es un filme imprescindible, que clama en contra de la ablación y a favor de la dignidad de las mujeres. Una obra, protagonizada por actores no profesionales, que desprende vida y verdad. Su proyección en todos los institutos debería ser obligatoria”.
Era difícil ver en este periódico una crítica de este estilo. Creedle. Al menos el viajero insatisfecho no había leído tal. Por esto y porque no era la típica película con el mensaje tópico americano se quedó a verla.
Mediante una estética africana manda al espectador un mensaje, sin afán moralizante, pero un mensaje contundente de los problemas de la sociedad rural senegalesa, a través de unos personajes entrañables. Se dejaba querer la tía Cole, también Dukuré (tío), y se dejaba querer Ansatu, la hija que no quiso someterse a la ablación y tendrá problemas para casarse al ser una vilacoro (no purificada). La cinta transcribe tan bien la vida de un poblado, desde una estética tan cuidada, que le recordaron sus días en Senegal, donde sin llegar a apreciar y a entender lo que vivió con la película, pudo captar una sociedad de religiosidad casi fanática y con tradiciones tan árabes como la ceremonia del té (ver fotografía). Pudo ver lo que supone para las mujeres del poblado ir por agua al pozo cercano o, tal vez, lejano: un momento de esparcimiento, de cotilleos, de relaciones humanas, de risas, de feminidad senegalesa y africana.



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20 de diciembre de 2007

El volcán Poás

Al mirar esta instantánea, a este mequetrefe le viene a la cabeza únicamente el olor percibido en el mirador que los costarricenses tienen perfectamente construido en un lateral de este peculiar volcán, el Poás. El mirador, acondicionado con suelo de cemento y apoya-brazos de madera, parece puesto a propósito para que todos los turistas saquen la misma foto.
Ni se asemeja a un volcán; ni tiene el exotismo de un volcán, ni se llega a su cráter por complicadas sendas que trepan por una pendiente ladera. Nada más lejos de una dificultosa ascensión y nada más lejos de una hazaña aventurera y complicada.
Eso sí, al mirar ésta u otras muchas fotografías similares que los visitantes habrán sacado desde este pseudo-púlpito, con la intención de recordar el paseo por uno de los lugares turísticos de Costa Rica, este viajero insatisfecho siente ahora el desagradable olor a azufre, a huevos podridos, desprendido por decenas de fumarolas que surgen en los alrededores cráter, convertido de manera natural en un lago verdoso.
Decía el libro-guía: El Poás es un volcán basáltico, con una altura de 2.708 m de altura y una actividad efusiva lenta, tipo lacustre.

Para cuasi-expertos.

17 de diciembre de 2007

La pagoda de Ly Thai To

Vietnam es uno de esos países que sorprendió a este mochilero. Por sus gentes, por su paisaje, por su orientalismo nada fanático y -en especial- por los momentos regalados. Cada fotografía, un “post”. Cada recuerdo, una sonrisa. Cada aventura, un recuerdo. Cada día, una aventura. Quizás no todos los que hayan visitado este país puedan decir lo mismo.
La fotografía esta tomada en Hanoi, su capital, y esto es lo que decía La guía del trotamundos sobre ella:
La pagoda del Pilar único es una pequeña y encantadora pagoda, en medio de un estanque en el que florecen los lotos, edificada en el siglo XI. Según cuenta la leyenda, fue construida por el rey Ly Thai To en honor de la diosa Quan Am, como muestra de agradecimiento. Careciendo de heredero varón, vio en sueños a la diosa sentada sobre un loto, tendiéndole un bebé. El rey se casó entonces con una bella campesina que encontró en su jardín, y tuvo el heredero deseado. La pequeña pagoda, contraída sobre un solo pilar, debía evocar, según la idea del arquitecto, un loto. Lástima que el pilar de madera original haya sido reemplazado por otro de hormigón. De todas formas, el conjunto resulta francamente encantador. Además, es el símbolo de la ciudad”.

A este viajero insatisfecho le pareció la historia tan oriental y vietnamita, aunque tan alejada de su espíritu anarco-viajero, que posó en el último peldaño, como queriendo jugarse a sí mismo una mala pasada.

12 de diciembre de 2007

No pensaba escribir este "post"

No pensaba escribir este “post”, ni lanzar a la blogosfera este momento mochilero que recoge la instantánea, pero hace unos días un colega del viajero insatisfecho le animó a ello. No podría traicionar su persona y mentir sobre esta fotografía. Esta colgada en una de las paredes del destartalado cuarto, visible al que se acerque y aborde esta vieja guarida de lobezno herido. El colega la vió.
“¿Por qué no hablas sobre ella?”, dijo señalando la fotografía.
Pues ahí va:
En mi etapa de Río de Janeiro -solamente en esa- del viaje a Brasil, me dejé acompañar de un amigo del barrio que disfrutaba de unos días de su merecido descanso en la playa de Copacabana, y solamente en esta famosa playa. No salió de ella en los diez días que tenía como merecidos. Era su tercer año de insistencia veraniega en esa playa. Por ello, por no cambiar de aires, recibía mis críticas.
La playa no era lo mío, pero sí quería conocer Río de Janeiro. Día de sol y arena con mi amigo, cena en uno de los muchos restaurantes cariocas del paseo marítimo y sonido discotequero, también carioca, para finalizar la jornada. Música, toda; baile alegre; alcohol variado; mujeres, muchas,…. La noche salsera la pasé en una Sala de Fiestas con mi amigo y la novia-brasileña-por-interés del hermano de mi amigo, ausente en este viaje. La novia-brasileña-por-interés del hermano de mi amigo que necesitaba vengarse ante esa ausencia tan injustificada. Una venganza de mujer ofendida (nunca entenderé semejante hazaña, sino es pura necesidad, gusto y placer).
Una venganza de mujer ofendida que se venga en mi cama del hermano de mi amigo.
A primera hora de la mañana, se levantó al baño y la robé la fotografía. Nunca se la enseñé al hermano de mi amigo. Nunca estaré orgulloso de la fotografía, pero ahí está, en una de las paredes de mi destartalado cuarto”.

7 de diciembre de 2007

Jardines de Suzhou


Estos jardines de Suzhou (China) sedujeron al viajero por su sabia combinación de piedras, arbustos y arena, reflejo de la sensibilidad de los antiguos dueños orientales y su amor por la naturaleza.
El casi inevitable surco de agua, junto con rocas semienterradas en el lago y puentes, simula el recorrido de un río y la perspectiva de un valle, apropiados ambos, en mágica armonía, para el recogimiento y meditación de su oriental amo y señor. Las rocas, elementos con gran fuerza simbólica, deben ser elegidas con sumo cuidado y deben tener formas artísticas, aunque importante es saber aprovechar también las ventajas naturales de la roca escogida. Las flores, componentes imprescindibles en la armonía, deben ser discretas para evitar un brusco contrapunto en la atención del visitante. Alguien muy versado en la materia mantuvo: Un jardín sobrio y visualmente panorámico es el secreto de la elegancia.
Este viajero insatisfecho recorrió varios de inusual belleza, vio en el ambiente “armonía, sobriedad, armonía y armonía” y observó cómo las turistas chinas -visitantes orientales de jardines orientales- se quedaban atónitas con su amiga de entonces, pizpireta, de grandes ojos y generosos pechos. Todas pidieron fotografiarse con ella, entre risas y venias orientales. Se convirtió, primero en sorpresa; luego, en incredulidad, y al final, llegó a ser mosqueante.
¿Fueron sus ojos o sus voluminosas tetas las causantes de tanto revuelo?.
Nunca lo sabrá.
Suzhou fue, y es, una de las mejores ciudades chinas para visitar estos jardines. Algunos libros-guía la venden como “la Venecia china”. Nada más alejado de la realidad.
Cuatro canales.
Cuatro sucios canales no le dejan a Venecia otra opción que protestar.
Si pudiera.

1 de diciembre de 2007

Capadocia

En Capadocia, región de Anatolia central (Turquía), a este aprendiz de trotamundos le llamaron la atención tres cosas: la formación geológica única en el mundo, la ubicación de los templos de los antiguos cristianos y la puesta de sol, que puede verse -si la naturaleza quiere- desde uno de los muchos promontorios de la zona. Además, el guía, contratado en este caso para facilitar la excursión, le llevó con puntual rapidez como si una bella atracción turística cerrara sus puertas. Y las cerró, en un momento determinado ante la presencia de cuatro o cinco viajeros que, a esa hora y en ese lugar, encontraron su regocijo muy cerca de la luz y el brillo de los astros.
Del astro rey, en este caso.
A lo lejos se oía música de ritmos orientales, con ecos irregulares, generados por el choque de sonidos con los extraños montículos arenosos y rocosos que completan el paisaje. De algún templo u oratorio musulmán, quizá turcomano, o druso, saldrían esas notas uniformes, celestiales, pero al grupo de viajeros le llegaban con los altibajos y dientes de sierra, similares a cola de dragón.
En los recovecos de estas figuras rocosas dalinianas, la imaginación vislumbra a los cristianos esconderse en agujeros imposibles, en templos decorados con pinturas-murales sobre roca arenisca, y ocultos de miradas de la persecución romana.
De persecución religiosa, sin más.
No se puede mostrar el paisaje, hay que visitarlo.
No se pueden explicar las sensaciones, hay que tenerlas.
No se puede uno esconder entre las rocas, habría que haber vivido en los albores de la civilización cristiana.

27 de noviembre de 2007

Discretamente feliz

Hay pueblos en el imaginario popular tan famosos como Macondo, pueblo ficticio descrito en la novela 'Cien años de soledad', del nobel de literatura colombiano Gabriel García Márquez. Fue en ese pueblo donde el autor reflejó muchas de las costumbres y anécdotas vividas en su infancia y juventud.
No sé por qué el veterano-mochilero-leonés se sintió en Macondo cuando llegó una tarde al poblado tanzano de Mto-wa-Mbu, conocido entre los viajeros como Mosquito Village (Mosquitos Pueblo). En el pasado, centro de trueque de las diversas tribus de la zona -entre ellas, los bantúes- y ahora, punto de descanso y de entrada al Lago y Parque Nacional Manyara (ver fotografía). Hemingway describió en el libro 'Las verdes colinas de África' sus cacerías en los alrededores del lago antes de que éste fuera declarado parque nacional.
Pues este Mosquitos Pueblo poseía una calle principal de tierra, parecida a los poblados del oeste en las películas de vaqueros, salpicada de casuchas y pequeñas villas empolvadas por los efluvios de ese camino-terrero al paso de los múltiples Land Rover que atravesaban, a veces rápidos y fugaces, rumbo al Serengueti y al Ngorongoro.
A uno de los bares, o casa de ultramarinos y bebidas, de la calzada principal fue a parar este mochilero, en cuanto dejó sus bártulos colocados y asentados en la habitación de uno de los hoteles baratos del lugar.
Y allí, en silencio, con una cerveza del tiempo entre las manos, observó a un rebaño de esqueléticas vacas gobernadas por tres niños masais; a tres monos, en apariencia viejos, cruzar entre dos cercanas villas, y a varias jóvenes mujeres, vestidas unas de negro y otras con saris de colores, pasear divertidas delante del solitario viajero. Riéndose ellas, tal vez, del aspecto de él, de su larga y poblada barba polvorienta o de su aparente aburrimiento.
Pero el viajero insatisfecho estaba feliz.

Discretamente feliz.


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23 de noviembre de 2007

Los dabbawallahs

Era la segunda visita del viajero insatisfecho a la India. El recorrido que empezaba en el sur (Trivandrum), finalizaba, tal y como tenía previsto, en Bombay (Mumbai). El vuelo de regreso a España partía de esta urbe.
Cuando se llega a una ciudad con la cantidad de habitantes y extensión que tiene Bombay, y teniendo dos escasos días por delante, la mejor idea es relajarse y ver únicamente lo que un cansado cuerpo -del mochileo- le permita merodear. En este caso, los dabbawallahs:
En la esquina de Queen’s Road, Church Gate Station es, entre semana, uno de los lugares más singulares de Bombay. Hacia las 11,30 horas, llega un tren de cercanías del que se apean unos viajeros poco comunes: miles y miles de fiambreras (dabba) que unos equipos humanos, ‘dabbawallahs’, han recogido en las casas particulares, desde los rincones más lejanos de la periferia. A la llegada del tren especial, que va parando en las estaciones intermedias, otros equipos de ‘dabbawallahs’ se ocupan de las fiambreras y las clasifican, según su número de orden, a lo largo de las aceras hasta que son entregadas a sus destinatarios, pequeños funcionarios y empleados de oficinas. Esta empresa no es sólo una increíble demostración de capacidad organizadora, sino que es también, la expresión de un hecho social importante que se desprende, en la mayoría de los casos, del problema de los tabúes y de la pureza ritual que ha de tener la persona que prepara los alimentos y la manera de prepararlos. En una palabra, para muchos hindúes, sigue estando prohibido aceptar comida preparada por cualquiera y de cualquier manera”.

Intercambio de friambreras

A este insaciable-mochilero le sorprendió el gentío que se reunía, pasaba, pululaba y charlaba por los alrededores de Church Gate Station. No pudo ver todo lo grandioso y extraño de esta reunión de fiambreras y tradiciones (ver fotografía), pero allí estuvo y disfrutó del ágil encuentro con una costumbre hindú, con algo que tiene que ver con las más bellas tradiciones religioso-sociales.

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20 de noviembre de 2007

"El peor viaje del mundo"

Otra vez estoy leyendo un libro de viajes. Esto me va a llevar a la ruina mental. Me va a crear adicción. Bueno, el caso es que estoy engullendo la historia de la expedición del capitán Scott al polo Sur (1910-1913), contada por uno de sus acompañantes. En realidad, pues, son las vivencias de un aventurero.
El libro en cuestión se titula “El peor viaje del mundo”, de Apsley Cherry-Garrard.
Quiero citar un fragmento que me impresionó referido a la naturaleza salvaje, natural y cruel, aunque lo leído hasta ahora sobre los exploradores es todo valentía y pundonor:
Los exploradores que descubrieron a los [pingüinos]-emperadores con sus crías (se refiere a una expedición anterior), observaron que los pingüinos que no podían conseguir uno vivo criaban polluelos muertos y congelados. También encontraron huevos descompuestos que posiblemente habrían incubado cuando ya estaban congelados.
Pues bien, nosotros vimos que estas aves estaban tan deseosas de empollar que entre las que no tenían huevos había algunas que incubaban hielo. Cuando fueron a recoger los huevos, mis compañeros se encontraron en varias ocasiones con pedazos de hielo redondeados, sucios, duros y más o menos del mismo tamaño. En una ocasión, a un ave se le cayó un huevo de hielo mientras la observaban, y entonces apareció otra y se lo guardó, hasta que le ofrecieron uno de verdad
”.
Esta salida desde el campamento-base que hizo el autor (aventurero) y otros dos compañeros a la costa de los pingüinos-emperadores estuvo marcada por el infortunio.
Llegaron el borde de la congelación y la locura.
La marcha del día era una maravilla (-40º) en comparación con el descanso nocturno (-50º), aunque las dos cosas eran horribles. Estábamos en las peores condiciones en que puede encontrarse un hombre que aún es capaz de seguir viajando; pero nunca oí una palabra de queja ni un juramento, y vi que la abnegación superaba todas las pruebas”.

Nunca había leído algo relacionado con aventuras polares. Su lectura es toda una experiencia…….., y aconsejable.

16 de noviembre de 2007

Anécdotas tontas


Desde la terraza del Kindoroko Hotel, en Moshi (Tanzania), se puede ver -si el día es generoso con el viajero- el monte Kilimanjaro.
Este trotamundos escribió en su libro de notas:
El hotel que me recomendó Jimmy (uno de los ‘amigos-por-interés’ de Arusha) en Moshi está bien y habitable respecto a todo lo que conocí últimamente. Barato y limpio. Terminé de comer sobre las cuatro y media de la tarde, después de sufrir una jaqueca que me tuvo postrado en la cama todo el mediodía. La primera en este viaje. Se me pasó, pero como mantengo aún cierto dolor, decidí despejarme en la azotea-terraza del hotel.
Desde aquí estoy escribiendo.
Aún no conseguí ver el Kilimanjaro y eso que dicen que desde esta ciudad se puede divisar su majestuosa figura a lo lejos, pero la baja calima africana me lo impide. Si lo consigo ver, y me gusta, intentaría subirlo con alguna expedición, aunque sólo me queden cuatro días de estancia en Tanzania.
Cuando me senté a comer, me llamó la atención que todos los vinos de la ‘Carta’ eran españoles (René Barbier, Conde de Caralt,…) y, al mirar la estantería del pequeño bar, pude confirmar que todos eran de la tierra
(En un cartel de la estantería se podía leer SPAIN). No sé por qué, pero me hizo gracia. Tal vez es que no me lo esperaba. ¿Quién coños se acordó de este hotel para traer aquí los caldos españoles?.
Anécdotas tontas pero, no obstante, anécdotas
”.


P.D.: A última hora de la tarde, pudo captar la imagen del Kilimanjaro, de mala calidad, que adorna esta entrada.

12 de noviembre de 2007

Una historia de manglares

Los manglares desempeñan una función clave en la protección de las costas contra la erosión eólica y por oleaje; alojan gran cantidad de organismos acuáticos, anfibios y terrestres, y son hábitat de los estados juveniles de cientos de especies de peces, moluscos y crustáceos.
Y son más cosas. Son una pasión visual para cualquiera que circule o navegue por sus aledaños. Por ese afán de satisfacer las pasiones visuales, este viajero insatisfecho se metió en su pequeña aventura.
Para llegar en autobús desde Esmeraldas a San Lorenzo -ambas ciudades en Ecuador- hay que pasar varios y arbitrarios controles del Ejército, que están en apariencia tratando de controlar la droga colombiana que se filtra a Ecuador. Se podría hablar de la frontera colombiana con San Lorenzo como zona caliente de los cárteles de la droga.
En esos territorios calientes se genera a veces inseguridad, silencios colectivos, miradas conflictivas pero, también, naturalidad con el extranjero que quiere conocer.
El libro-guía decía que allí se podía encontrar un amplio territorio de manglares, de ahí el interés de este mochilero por llegar a esa zona. Una vez allí, era necesario disponer de una barca para callejear por los diferentes regatos del estuario del río, donde se concentraban la mayoría de manglares:
Después de mucho insistir en el pequeño puerto, conseguí embarcarme con una familia que, en su pequeño bote, iba en la dirección apropiada. No sabía dónde se dirigía pero sabía que regresaría ya entrada la noche.
El mayor problema surgió cuando me enteré de que el poblado al que íbamos pertenecía a Colombia. Iba a entrar ilegalmente en territorio colombiano, en zona caliente de la droga y con una familia que no sabía a que se dedicaba ¿serían traficantes?, me preguntaba, según navegábamos los diferentes callejones acuáticos. Durante el recorrido, y en el pequeño barco, me enteré que eran concheros e iban a un poblado al otro lado de los manglares a comprar conchas, ese molusco parecido al berberecho que se utiliza para los sabrosos ceviches ecuatorianos.
Cierta preocupación, en principio.
Pero gran satisfacción, al final.
Me moví con ellos por el poblado colombiano, donde fui 'el rey de la tarde', la novedad. Asistí al mercadeo de las conchas, me enteré de cómo se cogían, de sus riesgos, de las previsibles picaduras de serpientes y de su escasez o abundancia dependiendo de las lluvias y altura de las aguas.
Toda una experiencia. Regresamos, ya entrada la noche, a San Lorenzo. Nos recibió el fogonazo del vigía que, cumpliendo su misión, identificaba al escaso tráfico fluvial en esa ‘oscura boca de lobo’ a altas horas de la noche
”.

8 de noviembre de 2007

No estuvo en Islandia

No, no.
A este viajero insatisfecho no le gustan los viajes-de-trabajo. En su vida laboral no tuvo muchas oportunidades de hacerlos, pero cuando hizo tres (contados) se dijo a sí mismo que no quería más. Aún recuerda su viaje-de-trabajo a Islandia. Al margen del bello hotel en el que pasó dos noches -y dos días- no puede hablar de Islandia. Tal vez, sí aprendió a beber como un islandés en la noche, clara y soleada, pero noche al fin y al cabo, de Reykiavik.
No palpó nada, nada, nada la realidad del pueblo islandés.
No pudo saber que Islandia se independizó completamente de Dinamarca en 1944.
No pudo gritar -como hace el clamor popular, y no tan popular- que el islandés Leif Eriksson fue el primer europeo en llegar a América.

No pudo nadar en la 'laguna azul' de la península de Reykjanes, en sus aguas termales, ricas en minerales en un escenario de nieve y campos de lava.
No pudo observar el géiser Strokkur, de donde los vikingos sacarían la creencia de que bajo la isla se encontraba el infierno.
No pudo visitar el lago Thingvellir que contiene especies de peces que no se encuentra en ninguna otra parte del mundo.
No pudo ir a las islas Vestman, particularmente conocidas por sus colonias de aves marinas y donde se encuentran más frailecillos que en ninguna otra parte del mundo.
No pudo hacer ráfting, ni excursiones a pie, ni viajes a los glaciares, ni pesca, ni equitación, ni excursiones en barco, ni observación de ballenas, ni natación y ni siquiera esquí de verano.
No estuvo en Islandia.

6 de noviembre de 2007

Cocodrilos adormilados

El interés por los viajes antropológicos de este patrañero-viajero siempre ha sido mayor que por las visitas arqueológicas. Ha disfrutado siempre más viendo a un niño jugar en un charco de agua, o a un adulto cultivar su pequeño terruño, que observando la más ingeniosa de las construcciones ancestrales de cualquier civilización ya extinta. ¡Y mira que tienen su interés!.
De manera general, después de andar mucho por un país, observar gente, palpar realidades, el próximo paso a dar suele ser el reencuentro con la naturaleza, lo más salvaje posible. En Malawi, después de pasar quince días de trotamundos por diversas poblaciones y paisajes, la mente del viajero necesitaba un contacto cercano con la naturaleza. Se encuentra en esos momentos en las inmediaciones del Parque Nacional de Liwonde y decide ponerse en manos de un guía (no cree que lo fuera) para poder visitar la naturaleza salvaje. Una mañana completa de recorrido en un viejo y oxidado Land Rover no le permite descubrir gran variedad de animales. Eso tienen los animales que no siempre están cuando el ávido turista necesita retratar sus veloces carreras o las salvajes persecuciones tras una desgraciada presa.
Cerca del lago Malombe, a orillas del río Shire, se encontraba el Mvuu Lodge, uno de esos paradisíacos hoteles de 300 dólares la noche (actividades organizadas incluidas), en el lugar más relajante y emblemático del Parque Nacional, donde los insufribles jubilados ingleses o alemanes o, quizás, norteamericanos, retozan como hipos en un barrizal.
Sus alrededores cuentan con una gran colonia de cocodrilos (adormilados, y bien alimentados) que este viajero insatisfecho -aprovechando la cara infraestructura montada para el caro turista del Mvuu Lodge- visitó impresionado.
Un cocodrilo, adormilado, impresiona. Aún allí, en pleno reposo guerrero, no es difícil imaginarle siguiendo la estela de una asustada cebra en el agua, a punto de dar la mortal dentellada.

2 de noviembre de 2007

Los etarras de Güiria

Este viajero insatisfecho llegó a Güiria en la península de Paria, la zona más noreste de Venezuela, con la intención de viajar desde allí a Trinidad y Tobago, fiándose de lo que había leído en España en Wikipedia, “desde el puerto de Güiria, por estar cerca de las islas, parten embarcaciones pesqueras y otras embarcaciones con destino a Trinidad y Tobago”. Cuando llegó allí, despistado e ignorante, se enteró de que había un único barco semanal y hacía tan solo tres días que había zarpado. Tendría que esperar 4 largas jornadas en esa mediana población que desde un principio sintió abandonada de la mano de Dios -o de Hugo Chávez- y alejada de cualquier punto civilizado, aún disponiendo de uno de los puertos venezolanos más transitado.
En los días que pasó allí, no observó movimiento especial alguno, y cuando se levantaba en la mañana siempre pensaba, “otro día más en esta soporífera plaza”.
En el restaurante del hotelucho donde se hospedaba y delante de un plato de sopa, conoció a un ya maduro navarro, casado con una joven venezolana, con el que charló y bebió varias noches. En una de esas largas veladas, ya con varios cubatas en el cuerpo, el navarrico le señaló a otros dos tipos españoles (se nota cuando, lejos de la tierra, aparece una fisonomía peninsular), para añadir de inmediato, “ni se te ocurra saludarles, son etarras. Nadie sabe nada de su vida excepto que trabajan en el puerto descargando mercancía o haciendo chapuzas”.
Nunca sabrá este viajero-mochilero si eran realmente etarras o fue la reacción coloquial -después de mucho trasiego de copas- de un navarro cabreado con dos jóvenes paisanos.

30 de octubre de 2007

Parque Nacional Tayrona


Cuando se acercaba al Parque Nacional Tayrona -entre la ciudad de Santa Marta y la Sierra Nevada colombiana- este mochilero iba en fila india (tras el guía local, dos jovencísimas danesas y un amigo) por una vereda complicada, donde a veces -las más- la naturaleza era la que mandaba. Una larga senda de subidas y bajadas donde el sol se imponía con fuerza sobre el hombro y la espalda del caminante, a quien exprimía sus jugos como si fuera limón-cítrico.
Al llegar a la playa de Cañaveral (dentro del parque), entre trinos de pájaros que componían su propia música, los agotados viajeros se alegraron de encontrar una playita, casi piscina natural a la orilla del mar, rodeada de rocas redondas y orondas. Agua limpia, transparente, templada para limpiar los sudores del recién llegado, tranquila con sus pocos moradores y serena de espíritu para todo el que se atreviera a mirarla.
Se recorría este precioso parque nacional siempre por estrechas sendas, a veces tayronas, otras labradas a golpe de pisadas de guías y defensores de sus agrestes tierras, vestidas éstas de colores cada día para recibir al atónito visitante.
Llovía cuando al viajero le apetecía andar seco y rugía el mar cuando la tranquilidad del visitante menos lo necesitaba. Bravo el mar, el océano, bravas sus olas que obligaban a poner el cartel de “Es peligroso bañarse”.
Al final se llegaba al “Área de descanso”, que era de jolgorio nocturno mochilero, fumadero de hierbas que colocaban y de relajo musical, en largas horas de hamacas alquiladas.
En la lejanía, en las montañas de Sierra Nevada, se oían -en sueños- los gritos de indignación de los pueblos kogis y arzarios, descendientes vivos de la civilización tayrona.

25 de octubre de 2007

Vacas de colores


Pensé que estaba soñando cuando circulando a 120 kilómetros por hora aparecieron vacas de colores a un lado de la autovía, como pastando en verdes prados de verdes dehesas.
Pero, no.
Eran animales estáticos, surgidos de la mente de algún artista que no recuerdo, pero que supo exhibirse -eso sí lo recuerdo- por las grandes ciudades de una variedad de países. No sé si eran las mismas, o pertenecían a cualquier otro genio moderno de los muchos que plasman su arte en objetos conocidos. Esas exposiciones, en principio itinerantes, comenzaron -creo recordar- por intereses caritativos. Conseguir dinero para una buena causa.
¿Esas vacas de colores que vimos a lo largo de la autovía pertenecerían a ese mundo altruista o serían producto de la vil mercadotecnia?. O quizás, pastarían con reposo para seducir a portugueses y españoles, habituales transeúntes de esos lugares.
Tienen su encanto.
No molestan a nadie.
Alegraron el viaje cateto del viajero insatisfecho.
Decoran la casi-aburrida ruta de Salamanca a Ciudad Rodrigo y, encima, se dejan fotografiar, ¿qué mejor?.

22 de octubre de 2007

Zanzíbar

Como si persiguiera a su “propio Livingstone”, la puerta de entrada de este viajero a África fue la isla de Zanzíbar y, según decía Henry Stanley en su libro En busca del doctor Livingstone, “ignoraba completamente qué era necesario para emprender una expedición al interior de África, y toda la noche estuve haciéndome preguntas, ¿Cuánto dinero se necesita? ¿Cuántos soldados o askaris?...”.
Zanzíbar -continúa Stanley- es el Bagdad, el Ispahan, el Estambul de África oriental”, aunque, ahora, es conocida más popularmente como la “isla de las especias”.
Y es todo eso.
Pero también es una tierra de gentes multiétnicas de ascendencia oriental, árabe, negra, indo-musulmana, europea,…. Llena de comerciantes, en tiempos del explorador Stanley, y llena de comerciantes, en tiempos actuales.
La ciudad vieja o “Stone Town” (Ciudad de Piedra) es un conglomerado -casi laberinto- de calles estrechas. Pasear por ellas es volver, con mente abierta, a siglos ya pasados, es recrearse con las casas, con sus arcadas árabes, sus puertas talladas, hay centenares (ver fotografía), con sus ventanas de celosías y con las mezclas árabes y swahilis en sus habitáculos. Relaja pasear por el laberinto sintiéndote como antiguo morador y posible explorador de las tierras interiores africanas. Relaja sentarse en la terraza del Africa House Hotel, de impresionantes vistas y sillones ahora cojos y destrozados, aunque lustrosos en tiempo de conquistas y épocas coloniales.
Este viajero insatisfecho no quiso mirar al brujo, encantador de serpientes, que, alertado por la afluencia turística, hacía malabarismos en la esquina de una concurrida calle.

Falso brujo, falsa serpiente, falso trabajo, falso turista, falso reclamo, falso ambiente, destructor de culturas ancestrales.

18 de octubre de 2007

¿Qué nos das, hija-e-puta?.


Vosotros, ¿podéis desprenderos de las cosas a las que tenéis mucho cariño?.
Este viajero, no.
No pudo tirar la primera linterna que compró para iluminar el oscuro mundo a recorrer. Todavía funciona. No pudo tirar la primera riñonera que compró en una de sus estancias veraniegas en Palma de Mallorca, antes de su primer viaje de aventuras. No pudo desprenderse de su pequeña mochililla de mano. Ésa donde lleva la cámara, el libro, el diario de viajes, el tabaco, la fruta-por-si-apetece, el chubasquero-por-si-acaso…., cuando la otra -más grande- es abandonada en cualquier hotelucho de descanso.
A ésa, a la pequeña, este viajero insatisfecho la tiene especial cariño. Salió de ruta con él en su primera ronda aventurera por la India y le siguió sus pasos en su último viaje a Perú. No ha descansado en ninguno de los intermedios. La han pintado a mano una mariposa, en Tailandia; ha pasado noches enteras a la intemperie en la selva ecuatoriana, y ha soportado lluvias torrenciales en la selva amazónica.
Siempre protegida.
No por ella (o sí), sino -¡egoísta viajero!- por su contenido y enseres personales.
Se la han pedido como regalo. “No, ni soñarlo, amigo”. Han insinuado que al regreso a España se la enviara a su casa, para ello le han pasado la dirección. “No, no puedo. Es un regalo”. Han intentado comprársela. “No, la tengo mucho cariño”,….
Al escribir estas líneas, este tierno-mochilero se da media vuelta, la ve en lo alto del armario de su desordenado cuarto y se pregunta: ¿Qué nos das, hija-e-puta?.

15 de octubre de 2007

Una obligada y necesaria parada


Mientras más se acercaba el autobús a la frontera, más interesante era la naturaleza, el paisaje, el colorido, los bellos picachos y los grandes precipicios. Más traspasaba la brisa las desvencijadas ventanas y el olor penetrante de la India se iba transformando en fantasmas de altas cumbres. No había aparentes problemas en el exterior, el verdadero problema viajaba en el interior. El conductor.
Había que estar loco, o ser un suicida, o tener el sentido de la responsabilidad por donde transitan los caracoles para hacer un recorrido tan temerario como el que este personaje hacía con un vehículo cargado de humanos. Este viajero insatisfecho se lo tomó, entonces, como una experiencia y no iba preocupado en exceso. Ahora, sí. Desde la lejanía de los recuerdos, le parece que aquello podría haber sido un desastroso día para los 50 seres que allí ocupaban sus asientos, previamente adquiridos y pagados con religiosidad oriental.
Después de sacar con total imprudencia a un camión que circulaba en sentido contrario de la carretera, y al que abandonó a su suerte, atascado y destrozado en un pequeño ribazo que le salvó de ir al precipicio, el conductor-suicida ni se dignó parar para comprobar los efectos de su desalmada fechoría.
Las recíprocas miradas de asombro de los pocos viajeros occidentales, daban la voz de alarma general ante tanta tropelía. Uno, dos, tres percances similares en pocos kilómetros avivaron los murmullos de indignación y en cierto sentido alimentaron la coherencia del conductor.
Casi al mismo tiempo llegó la avería.
Satisfacción entre los mochileros occidentales. También entre los locales.
Relajación.
Una avería que sirvió para pasear largas horas como sonámbulos por las orillas de la peligrosa vereda y observar a las pacientes ovejas y gallinas, hacinadas entre mochilas y fardos, en el techo del destartalado autobús. Faltaban pocos kilómetros para llegar a Sonauli, en la frontera con Nepal. Un agotador trayecto desde Benarés, complicado por la actitud irreflexiva de aquel conductor hindú.

11 de octubre de 2007

¡Ya tengo al español!

Hace unos días este viajero insatisfecho leyó en el periódico que a Calderón, presidente del Real Madrid, le habían detenido unas horas en un aeropuerto como sospechoso de “no sé qué”. Ningún interés tiene en parecerse a semejante personaje, pero esa experiencia le hizo recordar su salida por el aeropuerto de Guayaquil (Ecuador), después de disfrutar de su mochila en un periplo de 25 días por Perú.
Había facturado su raído morral, le habían cacheado como a todos y había pasado el control de pasaportes, cuando un joven, serio y seco policía ecuatoriano -ya en el interior de la sala de embarque- le pidió el pasaporte y le conminó a que le acompañara a un pequeño habitáculo de la sala. Allí le registró su mochileja de mano y, una vez finalizado, le hizo un interrogatorio policial serio, pensado, razonado (de eso se daría cuenta más tarde).
¿Por qué entró por Guayaquil para visitar Perú habiendo en Lima un bello aeropuerto?. “Vine a ver a un amigo”. ¿Vino a ver a un amigo o a una pelá?. “A un amigo”. ¿Por qué vuelve a salir por Guayaquil estando útiles los aeropuertos internacionales de Perú?. “Porque quería conocer Guayaquil”. ¿Para qué vino a Perú?. “Para hacer turismo”,……, y más y más preguntas.
¡Acompáñeme!.
Le llevó por un estrecho pasillo (rampas y escaleras) donde se cruzaron con otro poli ecuatoriano: “¡Ya tengo al español!”, le espetó, casi sin mirarse. “Usted me dijo que esto era un control rutinario y, ahora, a su compañero le dice que ‘ya tengo al español”. Se detuvo: “Usted, hermano, podría transportar droga peruana a España, a través de Guayaquil. Le registraré su equipaje facturado, esté donde esté”.
Ufff. Iba pensativo, temeroso. Con temblores. Conocían todos los pasos, salidas y entradas de Ecuador. Los ordenadores en los puestos fronterizos también cumplen esa misión.
Sacaron la mochila, ya en la panza del avión, después de mucho rebuscar en sus tripas y, allí, en la propia pista de aparcamiento de aeronaves, el policía -sintiéndose Sherlock Holmes- la desvalijó. Estaba desordenada, llena de inmundicia y ropa sucia, pero no dejó un calzoncillo-manchado sin revisar.
¡Visto!.
Ni un ¡perdón!. Ni una simpática sonrisa.
Esperó a que la rehiciera y acompañó a este viajero insatisfecho al terminal, que iba preguntándose: “¿Ya tengo al español? ¿Qué habrá querido decir?”.

8 de octubre de 2007

Isla de Goré (Senegal)


¿Quién paseando ahora por los estrechos callejones de la isla de Goré se puede imaginar el horror que allí se vivió?.
Plagada de vestigios coloniales es difícil trasladarse a la época del apogeo de la esclavitud. Nadie parece presagiar -o mejor, recordar- que esas calles estrechas, ahora adornadas de flores ajardinadas, fueron recorridas por centenares de miles de esclavos rumbo a las américas, para enterrar sus vidas en la travesía o, si la suerte y su vigor físico les acompañaban, en el barro de las tierras recién colonizadas por “el blanco”.
Fue en este islote, que podría asemejarse a una Habana diminuta o a un Salvador Bahía minúsculo, donde los cipayos portugueses, ingleses, holandeses y franceses habrían centralizado un más que lucrativo negocio de venta de esclavos.
Ahora, visto desde el paso de los años, este islote respira con el turismo y para el turismo. Y su pulmón-maltrecho es el puerto al que llegan las chalupas desde los cercanos muelles de Dakar. Los negros milanos -como negra es África- planean por su cielo, como reivindicando a los buitres de otras épocas, ya lejanas, ojo avizor con el cadáver negro, muerto y destrozado por la brutalidad de negociantes y negreros.
Este viajero insatisfecho se perdió media jornada por sus calles (ver fotografía), hasta que el cielo se tiñó de un rojo-color-sangre.

5 de octubre de 2007

¿Puede ocurrir?


Este viajero insatisfecho quiere referirse a un tema para mayores. Todos lo somos. Pero también para jóvenes. Todos lo somos. También para niños. Todos lo somos.
Es la experiencia viajera lo que le hace exponer algo, no de un único viaje, sino de la mayoría de las veces que transitó por los países como terco trotamundos. Escuchen lo que el veterano mochilero quiere contarles:

Por aquellos días, la necesidad sexual se convirtió en una de mis preocupaciones y no es que llegara de manera repentina, más bien lentamente, poco a poco. Me levantaba por la mañana y la camarera que me servía el desayuno, en el garito frente al viejo y destartalado hotel de planta baja en el que dormía, me destapaba la primera libido del día; luego lo serían las guapas y jóvenes morenas con las que me cruzaba en los largos paseos matinales. Cuando ya me habían traspasado, no me daba la vuelta para seguir disfrutando por pura discreción. Pasaban a mi lado y me producían escalofríos. ¿Cuánto tiempo llevaba de viaje para colocar esta necesidad en primer término?. Mi cabeza no se centraba y se mezclaban mis necesidades con la vergüenza que la situación me provocaba. El placer individual comenzó a aparecer en esos días".

Gracias por escucharme.

4 de octubre de 2007

¡¡Birmania, LIBRE!!


SINOPSIS y FRAGMENTO del libro “El arpa birmana”, de Michio Takeyama:

En los últimos días de la II Guerra Mundial, el sureste asiático está plagado de tropas japonesas, que exhaustas e incomunicadas, vagan sin rumbo acosadas por las fuerzas aliadas. En Birmania, una compañía singular, mandada por un capitán que en la vida civil ejerce la profesión de músico, es conocida por “la compañía de las canciones”. Los soldados que la integran forman una masa coral que interpreta magistralmente canciones tradicionales. Tras entregarse a las tropas británicas, el cabo Mizushima, virtuoso intérprete del arma birmana, es enviado a una arriesgada misión de paz, tras la cual desaparece sin dejar rastro.
……………

Un muchacho tocada el arpa a la puerta del templo, bajo la estatua de un león que abría sus fauces. La gente al pasar le iba echando monedas.
El arpa que usan los birmanos tiene precisamente la forma de una berenjena; es un estupendo instrumento hecho de madera pulida con incrustaciones y adornos. Hemos oído decir que la música birmana comenzó imitando el ruido de la lluvia. Pero la tradición musical de este país es muy antigua, y su pueblo muy amante de la música; de ahí la gran variedad de sus instrumentos, y el desarrollo de unas melodías tan complicadas y difíciles.Anteriormente, cuando en nuestras entradas y salidas oíamos de pronto música de arpa, solía cogernos por sorpresa, y acto seguido nos acordábamos del compañero muerto. Pero ya por entonces nos habíamos acostumbrado también a eso, y ni nos sorprendía gran cosa, ni nos ponía tristes, ni nada por el estilo
”.
(La fotografía "Arpa birmana", tomada de Google).

1 de octubre de 2007

El gato familiar


Este viajero insatisfecho vive en una ciudad cosmopolita, una ciudad a la que adora, una ciudad que abandona por unos días cuando la presión interna le obliga hacer un viaje a sus orígenes terruñeros.
La visita a la familia forma parte de nuestras comunes obligaciones y quehaceres, que todos realizamos con amor y desinteresadas formas.
Un viaje, al fin y al cabo.
En la casa familiar, el gato -también familiar- ha sido tradición en mis ancestros. Siempre hay un gato, durante muchos años es siempre el mismo gato. Pasan los años y cambia. Le coges cariño, le acaricias cuando llegas, le acompañas en sus juegos (cuando son pequeños), le animas a que siga cazando (a veces ratones despistados) y le echas de tu lado cuando el humor no te acompaña.
Volverá.
Necesita también tu cariño, aunque tenga la mala fama de ser independiente. Huidizo.
Volverá y rozará tus piernas con el rabo, con ese fino pelillo y llamará tu atención.
Eso lo llamo: FIDELIDAD.
¿La tenemos los humanos?
”.


(Es mi humilde aportación al maravilloso mundo de los gatos).

28 de septiembre de 2007

Sangre de drago

Humberto -el guía (durante tres días) en la selva amazónica ecuatoriana- era un experto conocedor de plantas. Se paraba con frecuencia y, con paciencia, explicaba las características y anécdotas entorno a cualquiera de sus múltiples variedades vegetales. Era un placer oírle describir cada una de las plantas que cruzábamos en los paseos matinales por aquellos parajes selváticos. Pero había un árbol que era “su” estrella: el sangre de drago.
Y decía: “Es un excelente cicatrizante y des-inflamante y especial para el tratamiento de las ulceras estomacales, gastroduodenales, también inflamación dérmica y reumatismo, y cura el acné. Eleva las defensas del cuerpo, y se aplica en el tratamiento de gastritis crónicas, cirrosis al hígado, cicatrizante, analgésico en heridas internas,…
Existe gran variedad de estos árboles en varias zonas selváticas de otros continentes (en África), y aunque todos pertenecen a distintas familias botánicas, presentan características comunes. Una de las más importantes, es el color “sangre” de su savia. Humberto hizo un pequeño corte en la corteza del que tenía cerca de su cabaña y lentamente fue brotando una savia roja y sanguinolenta (ver fotografía).
El drago o sangre de drago ha sido también motivo de veneración por parte de las primitivas tribus donde se asentaban, confiriéndole propiedades no solo curativas sino también "mágicas".

¿El ayahuasca que me dio el chaman a probar llevaría savia de drago?

25 de septiembre de 2007

A mi la gente y la tele-basura.....

“Yo poseo un discurso humanitario pero la gente no me cae nada bien”. Esta frase estaba hace unas semanas en un chiste publicado por El País a la misma altura que otra que decía “yo me la doy de cultísimo y solo veo tele-basura”. Ambas frases, creo yo, tienen ese puntito contradictorio que el género humano posee desde que es género humano. Me apunto a la primera pero desprecio la segunda.
Pero mientras me estoy apuntado a una y despreciando otra, me surge la duda de qué resultaría de esta otra combinación arbitraria: “Yo poseo un discurso humanitario pero sólo veo tele-basura” o “yo me la doy de cultísimo pero la gente no me cae nada bien”. Ahora me apuntaría a la segunda y despreciaría la primera.
Y en este “ahora me apunto”, “ahora desprecio”, que yo hago con tanta ligereza, tiene que ver la tele-basura. No me gusta. Pero mi actitud es tan vehemente que he llegado a pensar que tampoco me gusta la gente que ve tele-basura, y lo podría aún extender más, pues llego a incluir programas que sin tener que ver con ella, cumplen los parámetros de ser populacheros, que no popular, y que los convierten en verdaderos sospechosos, es decir, supuestos programas tele-basura.
Hace unos días Rosa Montero iniciaba una de sus columnas “Ya se sabe que regresar de las vacaciones es siempre cosa dura, pero este año yo he pasado un terror de pánico….”, al comprobar -añado yo- al regreso de Perú, o de cualquier otro viaje, que las televisiones siguen enfrascadas en programas insufribles, vomitivos, populacheros, que atacan la inteligencia humana con una desfachatez-de-libro.
¡Que les den!

21 de septiembre de 2007

Feliz cumpleaños (?)


En la imaginaria ciudad de Qobus había una torre -de barro y arcilla toda ella- tan grande, tan magnífica y tan placentera de mirar que todos los hombres y mujeres de la ciudad decían que por ella no pasaba el tiempo. Habían nacido, mamado y crecido con ella. Con ella dieron sus primeros pasos de niños juguetones, a su lado se dieron tempranos y adolescentes besos, y después -ya crecidos- al despertar del diario sueño, la miraban a lo lejos por la puerta entreabierta de su vivienda.
A las 7 de la mañana daba su sombra a la casa de mi amiga Sarí; a las 10 a Vahid; a las 12, con el sol casi en la vertical, su sombra apenas cubría las espaldas del vagabundo Samarcanda que se apoyaba en ella para recordar sus viajes a lugares míticos y de ensueño; por la tarde, a las 5, rozaba la casa de la familia Beg. A mi casa le tocaba a las 6 -con el sol casi adormilado- pero yo, por la mañana, visitaba a Sarí y Vahid; a mediodía, me acercaba a charlar con el vagabundo que me contaba historias del país de Ulug, y por la tarde (a las 5) visitaba a los Beg.

(Dedicado a quien me lee, sin faltar un solo día).

18 de septiembre de 2007

La religiosidad del Ganges

Cuando este mochilero vio hace unos días esta diapositiva entre sus recuerdos de la India, en su primer viaje allá por 1986 (¡qué viejo es el desgraciao!), se le vino a la cabeza aquel emotivo instante. Entonces, lo encuadró en el visor de su cámara -sin pensar en el balanceo de la piragua en que se encontraba- y apretó el pulsador justo en el momento más religioso, casi de éxtasis, de esta mujer hindú metida hasta la cintura en aguas del río Ganges (ver fotografía). Ella bajaba lentamente, escalón a escalón, y cuando llegó a la orilla no paró ni dudó un instante. Sus pies contactaron con las aguas y siguió avanzando hasta que el sagrado líquido la llegaba a las pantorrillas. Comenzó a batirlo con sus manos, en un intento de limpiar algo que se veía lleno de inmundicias. Su postura orante apareció justo cuando la captó la instantánea.
Quien no haya visto un amanecer en los ghat (escalinatas) del río sagrado, en Benarés (India), difícilmente puede entender el escalofrío, el estremecimiento interior que le produce a este viajero insatisfecho recordar esa forma de despertar al día y elevar el sol en el horizonte, con susurros de religiosidad y silencio, de paz.
Eso era lo que se respiraba: paz.
Pero también se olía y escuchaba la muerte.
No olvide el lector que el deseo más profundo de todo hindú es trasladar, mediante el fuego, su alma al nirvana, y eso lo consigue mediante los rituales de las cremaciones. Allí, a la orilla del río sagrado, presentes cualquier amanecer.
Y al ver la diapositiva, a lo lejos y al trasluz, como todos han visto este ingenio infrautilizado y medianamente caduco, este viajero también se estremeció. Aquel día de septiembre de hace muchos, muchos años se emocionó; ahora, quiere compartir sentimientos, sensaciones y experiencias.

¡Va por vosotros!.

15 de septiembre de 2007

Las respuestas

Soy viajero, pero mi auténtica pasión es tocarle los huevos a los machos de las gacelas Thomson cuando se están apareando con los hembras”. ¿A que todos hemos sentido alguna vez que los habituales preguntones merecen una respuesta de este tipo?.
Este viajero insatisfecho lo ha sentido, pero ¿lo ha hecho?. No. No, pero en cuántas y cuántas ocasiones tuvo oportunidad de hacerlo.
No lo hizo, pero quiere contar en esta bitácora que le hubiera gustado hacerlo.
Sobre todo en Iberoamérica, donde la facilidad del idioma resulta propicio para encomendarse a la mala educación cuando el pesado de turno aborda con preguntas innecesarias, obvias y simplonas. Entiendan los iberoamericanos que no es un ataque personal, un ataque como pueblo (al que estimo de verdad), pues este estúpido artículo que surge de las entrañas no va dirigido a ellos. Va para gente simpática (que quiere saber), para la gente extrañada (que quiere conocer), para la gente curiosa (que quiere curiosear),…., pero que se acerca en el instante más inoportuno -la culpa no la tienen ellos- a preguntar.
Durante un largo viaje, a veces la soledad es necesaria y casi motivo de subsistencia. En ese momento de relajación, aparece el impertinente de turno para sacar del ensimismamiento al mochilero. Ahí. Entonces, surge la respuesta -ésta u otra por el estilo- de la que se ha hablado en esta entrada.

13 de septiembre de 2007

Una sugerencia


Ahora, mis ratos muertos, mis ratos libres se los dedico a dos kilos de papel. Si. Sí, eso es lo que pesa aproximadamente el libro “Hacia los confines del mundo”, de Harry Thompson, Son 823 páginas dedicadas a reconstruir el apasionante viaje de Charles Darwin en el Beagle para confirmar sus teorías.
En el suplemento “Babelia” de El País hablan así de él: “Es un fresco impresionante que comprende el tiempo transcurrido entre 1828 y 1865. El libro, como no podría ser de otra manera, es extenso, pero en cada una de sus 823 páginas está la mejor letra para establecer una conexión intensa con el espíritu de una época: esa impronta del hombre blanco colonizador, tirano y paternalista. Pero sobre todo está la gran amistad y la gran confrontación entre dos personalidades distintas y muy inteligentes a los que el viaje transformó (se refiere a Charles Darwin y al capitán Robert FitzRoy). Fue en el Beagle donde Darwin dejó morir su idea de ser clérigo y donde esbozó la teoría moderna de la evolución”.
Alguno de vosotros se imaginará a este viajero delante de su desordenada mesa, llena de papeles y cachivaches, bajo un flexo roto, mesándose su destartalada barba y perilla, leyendo este libraco con cierta ansiedad y stress. Pues es verdad, ya que leerlo acostado en la cama, uno de los lugares favoritos, descentra el interés y, su peso, desvía al lector.
Así termina la crítica literaria en “Babelia”: “Hacia los confines del mundo es un libro memorable que ustedes no pueden perderse”.
Para los que no sean lectores de libros de viaje, creo yo, sería una buena manera de iniciar una afición bonita, ensoñadora, refrescante, relajante y, por qué no decirlo, culta. No es un consejo (nunca los doy), es una sugerencia.

11 de septiembre de 2007

Acepto la provocación (VI, ......... y último)

Y un día, cuando este viajero insatisfecho se incorporó de la hamaca al amanecer, vio un conglomerado de árboles, tupidos, a tiro de piedra del barco que llevaba navegando ya cinco días desde Manaos. Pegó un salto y se agarró a la baranda con medio cuerpo fuera, sorprendido y alucinado de tener la orilla tan cerca. El barco seguía su lento avance. Tuc-tuc-tuc,….. tuc-tuc.
Había comenzado a navegar por uno de los miles de canales en los que se bifurca el grandioso río, en su bestial andadura hacia el océano, con ganas de iniciar esa tremenda lucha de aguas, aún sabiendo de antemano que iba a perder en la batalla.
El terrible océano no perdona.
Desde allí hasta Belem, la selva se intercalaba con pequeñas chozas míseras y solitarias, pequeños poblados tísicos a la orilla, diminutas parcelas trabajadas, y robadas a la selva, y extraños cantos de pajarracos voladores que rompían el monótono sonido -máquina, diría- de aquella reliquia fluvial. Era un verdadero placer circular con la selva a ambos lados, cercana, miserable, silenciosa, mortífera, ruidosa, primitiva, pero bella, al fin y al cabo.
Belem, poco después de su fundación -antaño- se convirtió en centro de exportación de cacao y especias del Amazonas pero, también, de tráfico de esclavos indios. Esta actividad causó verdaderos estragos en la población indígena hasta tal punto que la corona portuguesa tuvo que promulgar un decreto según el cual a cada blanco que se casase con una india le serían entregados “un hacha, un par de tijeras, tela, ropa, dos vacas y dos sacos de semilla”.
Este mochilero, reconvertido por unos días en navegante de agua dulce, se la encontró, varios siglos después, no sabe si de fiestas o de elecciones, o de todo a la vez.
Así es Brasil y, sobre todo, así son sus gentes.
Así es el Amazonas, así son sus miserias y sus grandezas,…… Y así se lo ha contado este viajero insatisfecho.

9 de septiembre de 2007

Acepto la provocación (V): La india tapuiçu

La arribada del barco a ciudad de Santarém fue a una hora ideal. A media mañana. Una mañana que, por cierto, despertó más fría de lo habitual, con una cierta niebla rasante que se metía entre las hamacas tanto ocupadas como vacías. Desde dos horas antes hubo movimientos múltiples en el segundo piso del barco: organización de enseres, descuelgue de hamacas, recolocación del espacio que quedaba libre y charlas apresuradas de conocidos que se quedaban en la ciudad con otros que continuaban hacia Belem.
El libro-guía de bolsillo, entre otras cosas, decía que “aunque es la tercera ciudad más grande del Amazonas y ha obtenido considerables beneficios de la reciente fiebre del oro del interior, Santarém parece un lugar pequeño y adormecido”. Y lo parecía, sobre todo adormecido. Sólo una veintena de personas en el muelle, algunas con ganas de subir.
Este viajero insatisfecho esperaba a que el “autobús fluvial” (iba muy lento como con miedo a embarrancar) dejara el tuc….-tuc….-tuc, y se inmovilizara en el muelle, para darse un paseo por los alrededores y conocer un poco el villorrio amazónico. Pero la parada fue tan breve que sólo le dio tiempo a darse una mini-vuelta y comprar dos chucherías necesarias. Al subir, y ante la puerta de uno de los cuatro camarotes que poseía el barco, vio una linda mujer, o mejor una jovencísima niña, o mejor las dos cosas a la vez, como si fuera una india tapuiçu, o al menos así se imaginaba este viajero a las indias e indios que poblaron esta zona cuando llegaron los jesuitas en el siglo XVII. Ojos oscuros, piel oscura, cabello negro y unos pechos tan bien formados que le quitaban “todo el hierro” a su cuerpo casi infantil. Era, por decir algo breve, un regalo para la vista.

Más tarde, ya anochecido, y el barco en medio de las aguas que regaban el territorio de los antiguos y nuevos pobladores, presenciaría las entradas y salidas de varios hombres en el camarote, y oiría las risas y pequeños grititos (a ratos perdidos entre ecos de la noche, tuc-tuc-tuc…tuc-tuc) en el interior del habitáculo de la imaginaria india tapuiçu.

6 de septiembre de 2007

Acepto la provocación (IV): Las comidas


Para hablar del momento de la comida (desayuno, almuerzo y cena) en aquel barco que descendía el Amazonas (durante 5 días), este viajero insatisfecho ha tenido que lanzar una moneda al aire para decidir en qué tono contarlo. ¿Era un instante chancero? ¿era simpático? ¿o, tal vez, era insufrible y odioso?.
Fue una sorpresa la primera llamada al ágape que se escuchó cuando ya había comenzado la travesía, recién salidos de Manaos. Un silbato en la boca del ayudante de cocina, con la energía de un árbitro cuando pita un penalti, alertó al pasaje de que el momento del condumio había llegado. Fue como molestar a un panal de abejas cuando, atareadas, dedican su preciso tiempo a fabricar miel. Saltos rápidos de las hamacas, pequeñas carrerillas para salir de entre ellas, movimientos ágiles, y caras gráciles y vivarachas.
Este viajero despistado, tuc-tuc, tuc-tuc, pensativo, reflexivo -diría- centrado en ponerse en situación y conocer el terreno que iba a pisar durante los días siguientes, casi pierde la oportunidad de acercarse al plato. Le salvó, no el silbato como ocurre en algunos partidos, sino un segundo turno ya establecido por la gran cantidad de pasaje.
La cocina-cuartelillo se encontraba en algo parecido a lo que llamaría la bodega. Allí, en una mesa maltrecha y casi negra de la humedad tan frecuente en la ribera amazónica, todos encontraban cazo, tenedor y cuchara para hacer acopio del arroz seco con pollo (la mayoría de los días), papas caldosas y pollo (otro día), papas secas y pescado (otro día más), que luego agradecería el buche, si había suerte de llegar los primeros.
Como ritual oriental, o algo seriamente establecido, luego tocaba hacer cola ante los retretes, sin olvidarse del rollo de papel higiénico si las necesidades eran mayores. Un agujero en el suelo de la bodega, en el que había que intentar atinar, era el oficial modo de evacuar lo ingerido con anterioridad.

Una vez completados los pasos, a esperar al siguiente toque de silbato y encomendarse a Dios para que en el próximo turno las cosas vinieran mejor dadas. Lo guarda en su “morral-mental” como algo lleno de incomodidades pero divertido, distinto y con cierto aire exótico-cutre.


Copyright © By Blas F.Tomé 2007

3 de septiembre de 2007

Acepto la provocación (III): El día a día


¿Cómo contarlo para que no parezca todo tan encantador y de ensueño?.
Este viajero insatisfecho lo va a intentar.
No sé cómo el lector se imagina vivir cinco días en un barco (trayecto de Manaos a Belem) que, en realidad, es un “autobús-de-agua”, donde el espacio es realmente mínimo, casi un hueco de compromiso, adquirido éste después de haber abonado al patrón el importe del pasaje.
Este viajero-mequetrefe navegaba él solo como tal, el resto del pasaje era gente local de la zona, que ante la falta de carreteras utiliza este medio como único recurso. El día a día en un barco del Amazonas permite encontrarse con todo tipo de incomodidades, superadas eso sí con una alegría viajera que te desborda desde que amanece hasta que la hamaca recoge el cuerpo destrozado.
Y siendo sincero, este viajero tiene que reconocer que la hamaca, en sí, acoge un cuerpo harto de estar tumbado al sol. Pero aún así el sueño aparece con la tranquilidad del silencio (tuc-tuc-tuc,…tuc-tuc). Eso sí, roto en varias ocasiones por los niños que se despiertan llorando, por los no-tan-niños que, insomnes, juegan sus partidas de cartas que acompañan con el puñetazo en la mesa cuando el acaloramiento del juego así lo precisa, o por los que, al viajar sin hamaca, buscan una libre para utilizarla mientras puedan.
Y si el sueño, en este caso, no acoge al viajero-mochilero en su seno, tiene la oportunidad -sin pedirla- de escuchar las noticias en portugués (idioma que no domina) por la radio del vecino desvelado, sufrir los ronquidos por estribor y las toses a babor. Más que dormir en un barco que surca el Amazonas lo que se hace es permanecer en un duermevela, recibiendo golpes o empujones del que duerme al lado, inevitables al cambiar de postura en la vecina hamaca.
Si cuando el sol despunta en la lejana ribera, que se supone selvática, este viajero no hubiese conseguido pasar del duermevela, sabía que sus tumbadas al sol, a lo largo de todo un día, solucionarían ese mínimo contratiempo.
Y vuelta a empezar.
Copyright © By Blas F.Tomé 2007

31 de agosto de 2007

Acepto la provocación (II): Orientación en la noche


La oscuridad en la noche era absoluta en el barco, metido de lleno en el curso amazónico y descendiendo el río Amazonas en su ruta de Manaos a Belem. ¿Dónde exactamente se encontraba en estos momentos? Este viajero insatisfecho miraba a babor y a estribor y, desde esa pequeña altura (2º piso) donde solía dormitar, no alcazaba a ver ni el agua, pero el tuc-tuc-tuc del barco se oía a la perfección.
¿Cómo conseguía navegar el barco en aquella negra noche de primeros de septiembre?
Se acercó a la proa del barco para pasar el rato, para ocupar su tiempo y observar. Y observaba la noche en silencio, el espíritu en silencio y el silencio en silencio. Desde donde se encontraba se daba cuenta de esa particular navegación nocturna, tan nueva y extraña para él, inexperto en tantas cosas y más en temas de avance fluvial. Un foco de luz-dirigida en la parte delantera del barco lanzaba fogonazos intermitentes, breves y precisos, para localizar en la oscura noche ora la orilla derecha (a lo lejos), ora la izquierda (más lejos aún). Crean a este patrañero que las distancias eran lejanas, casi imperceptibles, pero para el experto piloto, suficientes. Tuc-tuc-tuc…..tuc-tuc. No salía de su asombro al comenzar a entender esa manera de mantener el preciso rumbo y al concluir que así el capitán o su ayudante, o quien fuera, mantenían la ruta ya conocida.
Salió una y otra noche, se colocaba en el mismo rincón de proa y se pasaba los minutos observando cómo el fogonazo de luz-dirigido daba con una ribera u otra del río más caudaloso del mundo, tuc-tuc-tuc. Y así, como una ley aprehendida de la naturaleza, avanzaban en la noche rumbo al fiero océano.


Copyright © By Blas F.Tomé 2007

28 de agosto de 2007

Hablar e intercambiar en Mwanza (Tanzania)

Mi alojamiento en Mwanza costaba diez dólares diarios y se titulaba sin rubor 'Hotel de Luxe' (….) El caso es que el 'Hotel de Luxe', en el centro de Mwanza, era en parte hotel, en parte prostíbulo y en parte sala de fiestas nocturna. No puede exigirse más por diez dólares al día”. Así describe Javier Reverte, en su libro “Vagabundo en África”, el hotel donde yo me alojé (lo hizo anteriormente él) hace ya varios años.
Y continúa Reverte, “algunas rameras intentaron sentarse con nosotros (un conocido y él), pero declinamos sus ofertas amablemente”. El caso es que yo no decliné el ofrecimiento, aunque tampoco se si era ramera o no. Una preciosa y simpática joven negra, llamada -aún recuerdo- Subira, se sentó conmigo, me sacó de la soledad en que me encontraba y me hizo abandonar el libro que en ese momento mantenía en mis manos. Créanme que estaba leyendo “Vagabundo en África”, de Javier Reverte. Parece un galimatías, pero no, es mi pequeña historia y es la que quiero contar. Y allí, mientras leía en el 'Hotel de Luxe', descubrí que mi “referente periodista aventurero Reverte” se había alojado en el mismo hotel en el que yo me hospedaba. Extraña coincidencia, pero real.
Tan real como que yo me encontraba allí mismo ante la sonrisa de aquella muchacha que, tal vez, él despreció. Sonreía continuamente ante mi inglés rudimentario, que ella contestaba con otro de similar pelaje. Bebimos varias cervezas, hablamos de nuestras vidas, mantuvimos silencios prolongados que en sí mismos eran una animada charla -incluso bailamos- y dejamos que las estrellas aplastaran el encuentro en sus brazos, con el paso de las horas.
Muy avanzada la noche, me acompañó hasta la habitación, en la última planta del hotel, y cuando salí de mi pequeñísimo baño, así me la encontré sobre el camastro de mi alojamiento (fotografía), con esa simpatía, esa sonrisa y esa naturalidad, por las que yo me dejé envolver.

Nota.: Tengo la seguridad de que no le hubiera importado saber que su fotografía formaría parte de la blogosfera.

25 de agosto de 2007

El buitre leonado


No pensaba escribir sobre este viaje “paleto” en medio de unas vacaciones veraniegas, y que me perdonen el calificativo los que lo hagan con ilusión. Para mí, fue una manera de airearme un poco, de cambiar la monotonía, de subirme al tren de los domingueros…. En fin, de lo que hace el resto del mundo.
Pues eso, integrarme en “el resto del mundo”.
Una salida aparentemente anodina pero de la que siempre se puede sacar algo genial. Y yo lo saqué, al circular por la carretera de la serranía de Cuenca que nos llevaba (a una amiga y a mí) a “La Ciudad Encantada”: un buitre leonado en el banzo del camino, de la asfaltada calzada. Descansando, creo yo, vigilando al “resto del mundo”, creo yo, observando el perfil de los pinos desmochados, creo yo.
No pensaba escribir sobre este ¡impresionante! encuentro, pero ver a esta ave carroñera a unos metros del volante cuando circulas por una carretera con la mirada puesta en el horizonte es algo digno de compartir. Aún así, no pensaba escribir sobre este ¡increíble! encuentro, pero la pasada noticia de El País sobre el peligro de estos animales en el aeropuerto de Barajas ha rescatado el hecho del olvido.
La crónica periodística (lo hago para situar al lector) describe al buitre leonado en términos muy sencillos, pero que me sirven para poner calificativos a los que presenciamos (una amiga y yo) en los aledaños de “La Ciudad Encantada: ave carroñera de gran tamaño, anida en roquedos y realiza vuelos de hasta 170 kilómetros en busca de animales muertos, cuello desnudo con plumón, collar de plumas blancas, plumaje marrón claro, garras débiles pues no caza, vuela planeando y su envergadura en vuelo puede alcanzar los 270 centímetros.
La naturaleza aún nos regala esos momentos.

22 de agosto de 2007

Acepto la provocación


Acepto la provocación que me hizo uno de mis lectores-bloggers e intentaré contar cómo se fraguó mi paseo por el río Amazonas, hace ya 11 años. No me gusta reincidir en el tema (lo traté en mi entrada “Medio Marañón, medio Lope de Aguirre”) pues no sé por qué me aburre evocar largas historias. No así, leerlas. Contaré cómo lo inicié, pero no todo el recorrido que, día tras día, se llegó a convertir en pesado y aburrido.
Salvo excepciones, ¡faltaría más!.
Navegar por el centro del río, día y noche, casi sin apreciar sus lejanas orillas tiene pocos momentos de admiración paisajística.
Manaos es la ciudad selvática de Brasil, a la que aconsejaría llegar por río, pues hacerlo en avión, y de noche, no deja de convertirla en una ciudad normal, cuando tiene todos los elementos para ser recordada como algo genuino.
Bueno, el caso es que mi ilusión era abandonarla por barco y hacer una travesía fluvial que me dejara un imborrable recuerdo de la selva brasileña. Conseguí información sobre los “autobuses-de-río”, que sabía existían, y me preparé mentalmente (2 minutos) para iniciar mi particular aventura. Compré la hamaca reglamentaria (me habían dicho que era fundamental para hacer la travesía) en una de las tienduchas cercanas al puerto fluvial; hice lo mismo con mi pasaje para ese día (el barco salía a primera hora de la tarde); me despedí del hotel barato en el que me hospedaba y me dirigí al puerto haciendo un alto en el camino para surtirme de fruta, agua y alguno de los víveres que yo consideraba necesarios. Estaba previsto que fueran cinco días de navegación y una sola parada en la ciudad de Santarem, para recoger nuevo pasaje y continuar viaje hasta nuestro destino final, Belem.
A primera hora de la tarde abordé el barco, conformado por tres pisos (típico de aquellas latitudes), y me entregué a la organización de “mi habitáculo” para pasar cinco noches. No pregunté, simplemente miré al resto de los pasajeros que se me habían adelantado y observé cómo “se lo montaban”. Colgué mi hamaca en un lugar aparentemente solitario y apoyé mi mochila en el poste de madera más cercano. Con el paso de los minutos apenas tendría espacio para subir a mi recién estrenada hamaca, pues la gente, lenta pero implacable, iba tamizando con las suyas los huecos que yo creía libres (ver fotografía).
Salimos de Manaos al atardecer. Lo de “a primera hora de la tarde”, había sido una ilusión. ¡Increíble!. Bellísima puesta de sol, según mantengo en mi recuerdo.
Únicamente, citar la primera noche pasada con el ruido (“tuc-tuc-tuc”) del barco, en su imparable avance por el cauce amazónico, y una ingrata tormenta cayendo sobre la solitaria y oscura amazonía, y sobre nuestro particular bus, claro. Agua, agua y agua. Un momento después de iniciarse el aguacero, del techo comenzaron a caernos gotas para convertirse poco a poco en pequeños chorros de agua, que nos levantaron a todos, cuando el sueño comenzaba a vencer nuestros cansados cuerpos.
Noche en vela.
La mañana siguiente, con largas tumbadas al sol, supliría la falta de reposo nocturno.

20 de agosto de 2007

Protegido contra sismos

PROTEGIDO CONTRA SISMOS”. Con este sencillo cartel, colocado en una pared cualquiera de alguno de los hoteles baratos por los que yo transité el marzo pasado -en mi paso por Pisco o Arequipa (Perú)- se avisaba a los huéspedes extranjeros, también a los locales, y turistas mochileros de que la zona era proclive a sufrir movimientos telúricos. Mientras estas disfrutando del viaje ni te preocupas de dormitar en ese área del hotel (como reservada a los que quieren vivir) y olvidas los sismos para centrarte en “las cosas que interesan (?)”: conocer, conocer y conocer; ver, ver y ver.
Ahora que veo en los periódicos las fotografías de familias enterradas por el adobe de sus casas; muertos llevados en rudimentarias camillas; zonas devastadas por el implacable terremoto; solitarios personajes sentados y pensativos delante de lo que fue su casa, delante de la destrucción más absoluta, pienso en lo que dejé de palpar.
No palpé el sentimiento de las gentes de la zona, por continuar mi loca carrera para conocer cosas; no hablé con ellos, por las lógicas prisas de un viaje que sabes acabará pronto; no palpé el sabor de sus calles, porque lo que quería -como turista- era visitar la belleza animal que se muestra como reclamo; no disfruté del cariño de la gente hacia el viajero español, porque antes lo había captado en otros lugares peruanos. En fin, desprecié cosas de las que ahora me arrepiento: la pura antropología humana y las puras gentes de la zona.

Un saludo cariñoso, muy cariñoso a esas gentes que, ahora, sufren.

18 de agosto de 2007

El viaje es la vida


El viaje es la vida pero en forma comprimida”.
Leí hace unos días esta frase que no sé por qué me gustó. No tengo ni idea dónde la encontré y cómo me llamó la atención. ¿Fue por la noche?, ¿a mediodía?, ¿en la parada de Metro?, ¿en mi casa al acostarme?. No lo sé, pero aquí dejo constancia de mi admiración por la frasecita que en algún sitio pillé como si me dedicara a recoger confites en los bautizos populares. Y fuera….., un confite.
Yo siempre había pensado que el viaje es el camino, pero ahora se me ha convertido, por arte de birlibirloque, en la vida. Pues no está mal. Ya puedo decir a mis amigos que cuando mochileo (el verbo no viene en el Diccionario de la RAE) en mi tiempo libre estoy construyendo mi vida.
Al bajar a la catarata La Fortuna (Costa Rica), al subir al Wayna Picchu (Perú), al embarcarme en un bote destartalado para llegar a la isla Nosy Be (Madagascar), al navegar entre cocodrilos aparentemente dormidos en un pequeño barco (Malawi), al pasear entre shadus y mendigos en Old Delhi (India), al intentar subir el Kilimanjaro, abandoné (Tanzania)…., y más, estoy construyendo “en forma comprimida” mi vida.
Pues…., muy bien.

15 de agosto de 2007

Alguna de mis vergüenzas

Cada día que pasa, cada entrada que se fragua en esta bitácora me hace pensar que, después de todo, este lugar de reflexiones y soliloquios es un punto de reunión nada despreciable. Más bien todo lo contrario. Admirable.
Cuando presencié por primera vez una pelea de gallos no tenía en mente montar esta “blog”, no conocía nada relacionado con la Web 2.0, ni de la interacción que las páginas podrían otorgarme. Entonces, me indigné en el silencio con lo que vi en aquella ciudad ecuatoriana (Otavalo), y ahora, con la posibilidad que me da esta bitácora, quiero remediar mi muda reacción anterior.
Sabía que no me iba a gustar, pero esa curiosidad de aficionado periodista me llevó a acercarme por el palenque (pequeño estadio construido ad hoc) donde se celebraba el “cruel ritual de maltrato animal”. Puede que se puedan justificar las peleas por tradición popular y ancestral o por esa predisposición al enfrentamiento que tienen estos animales debido a su desarrolladísimo instinto territorial, pero las apuestas, el jolgorio y el lamentable espectáculo que se desarrolla a su alrededor desenmascara cualquier justificación instintiva que se le pueda buscar.
Presencié algo que desde el principio despreciaba, presencié algo sentado en silencio en una de las gradas semivacías del palenque y, cuando al finalizar el primer enfrentamiento el árbitro levanta en sus manos al gallo perdedor, sin decir nada, pero mostrando cómo el cuello, doblado por la inercia de la cabeza-cadáver, caía por uno de sus laterales de la mano, abandoné el local, sin despedirme ni mirar atrás. Avergonzado del ser humano en general, y de mí mismo en particular.
Saqué una única fotografía -de la que me avergüenzo- que estuve a punto de borrar.
Os mostraré mis vergüenzas.