30 de agosto de 2021

En busca de "otra" Marlene Dietrich


Durante el periodo de confinamiento en 2020, por la Covid-19, el viajero insatisfecho decidió dedicar su tiempo a recopilar con ilusión, recuerdos, anécdotas y vivencias de viajes pasados. Su punto de partida fue un relato al que tiene mucho cariño, que mereció hace pocos años el premio del I Concurso de Relato Corto Monasterio de Escalada. Con estos textos previos y las ganas de contar historias que le habían ocurrido en los viajes, se lanzó a escribir un libro que tuviera cierta coherencia, autenticidad y, sobre todo, verdad, aun teniendo en cuenta que la trama argumental partiría de hechos novelados. Resumiría así el argumento:
“Bruno, obsesionado con la actriz Marlene Dietrich, a raíz de un encuentro imprevisto en época infantil, se relaciona con un amigo que le hablará de Waldo, casualmente, conocedor en su juventud de la artista alemana. Ambos se movían en los casinos y cabarés de Las Vegas y Broadway. Actualmente, este personaje disfruta de sus últimos años en Madagascar con una amiga francesa, su petite vedette.
Varios capítulos son escritos del propio Waldo, en primera persona, dando a conocer él mismo su trayectoria. Primero con pasajes vividos durante la guerra civil y, luego, sus andanzas y actuaciones como artista, «hombre de trapo», acompañado de su inseparable mujer, Elsa.
Intentando conocer más y más sobre Marlene, Bruno se lanza a la búsqueda de Waldo por Madagascar. Sufre, en carne propia, los difíciles trayectos por la isla, con carreteras abandonadas y en medios de transporte locales, atestados de gente local que viaja con las incomodidades otorgadas por la explotación y la pobreza. Desde Antananarivo sube a Mahajanga y, de ahí, a Antsiranana. Conoce el norte de la isla y la gran bahía que acogió a la idílica república pirata de Libertalia y se aventura por la isla de Nosy Be hasta localizar a Waldo y su petite vedette. Una vez encontrados, liberado Bruno ya de la obsesión por el Ángel Azul -como fue conocida Marlene- gracias a la originalidad y familiaridad del veterano artista, a su naturalidad y su manera de vivir, decide lanzarse a conocer África continental. Atraviesa el canal de Mozambique en barco y llega a Mozambique, sube por Malawi y se adentra en Tanzania (en todos estos recorridos, cuenta anécdotas reales que le sucedieron y recoge historia y vida de los países que visita). Alimenta, así, su pasión por África”.

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28 de julio de 2021

Georgia y Armenia


En Gori, Georgia, nació Stalin, uno de los mayores enemigos de los georgianos, según algunos críticos. En Georgia nació, también, Eduard Shevardnadze, presidente de su país entre 1995 y 2003. Anteriormente, había ejercido las funciones de ministro de Asuntos Exteriores de la Unión Soviética bajo la presidencia de Mijaíl Gorbachov desde 1985 hasta la disolución de dicho país en 1991. Shevardnadze vino a paliar, en parte, los desmanes, abusos y terribles envestidas que los soviéticos, personificados en Stalin, cometieron con los georgianos.

El monte Ararat, en Armenia, es el lugar que, según el Génesis, sirvió de puerto, después de 40 días y 40 noches de lluvia, al arca en el que Noé y su familia se salvaron del castigo divino. En casi todas las fotografías, las nubes rodean esa cumbre; unas nubes que lo convierten en un lugar de apariencia inaccesible.

Estos dos países con tan larga historia y con tanto acervo cultural serán el destino próximo del viajero insatisfecho.

Llegará a Tiflis, capital de Georgia, y regresará desde Ereván, capital de Armenia. En medio prevé largos recorridos en medios de transporte locales, marshrutkas, minibuses o trenes. Ojea y hojea la guía de Lonely Planet y se encuentra con nombres como Stepantsminda, Dedoplis Tskaro, Svaneti, Khevsureti, Kajetia o Tusheti que le suenan ‘a chino’. Y se pregunta por primera vez: “¿dónde me voy a meter?”.

Así escriben los georgianos:






Y así los armenios:






Complicado, ¿verdad?.

La mochila volverá a ser su castillo de pertenencias, su mansión transportable, su compañera de viaje, y su amiga. La tiene abandonada, dormitando o invernando desde enero de 2020, cuando regresó de su viaje a Costa de Marfil. Ganas tendrá ella y ganas tiene él.

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30 de junio de 2021

Pasión por África


África, ese país soleado del que hablan los documentales, esa realidad teñida de pobreza, de acantilados marrones, de animales con rayas y manchas, de matanzas, inmensidad verde de árboles altos y de copa plana, carreteras rojizas y personas de piel negra y brillante. Ese continente lleno de vitalidad, oportunidades e iniciativas. Esa capacidad de sus gentes para luchar contra las adversidades, para asumir decadencias, apuros y desganas. Ese África es el que va llegando al corazón. Aun sin conseguir entrar en la profundidad de su alma (¿Quién puede entrar en la cueva donde la osa cuida de sus oseznos?), dedicarle un tiempo de observación, teñida de cariño, culpa a todos de sus problemas. Siempre presentes.

¿De dónde eres?, le preguntó a aquel muchacho al atravesar la frontera entre Malawi y Tanzania. «Soy africano», contestó con orgullo, como una identidad de familia, identidad de raza y filiación de territorio, de pueblo. No dijo soy de Malawi, o tanzano. El joven africano, el adulto, la mujer o el anciano que mira de frente lucha, es consciente de su dependencia de la tierra y se siente subyugado por la naturaleza y sus tradiciones. Porque depende de sus antepasados, de los dioses de la tierra, de los seres invisibles que no acreditan existencia, y depende, también, de sus semejantes, del jefe de su poblado o del patriarca de su estirpe. Es un eslabón en la cadena que une los mandatos pasados, con el progreso del futuro. Y, si sabe transmitir, logrará penetrar en el misterio de las cosas de la vida. 

El africano tiene la fuerza material, más que eso, espiritual, aprendida de niño. La mamma protege al pequeño, le alienta en su más tierna infancia y le aplaca en su juventud. 

Háblame de los niños africanos, le preguntó un rapaz hace unos días. Le contestó: «Los niños en África no lloran». Le miró perplejo. Su mirada le acusaba.

África es un continente joven. El niño ha oído hablar a sus padres o a sus abuelos de la lucha por la emancipación. ¿Qué mejor enseñanza que esa? No se les ha olvidado que son púberes en libertad, o que la tuvieron y la perdieron. Ahora, hace un instante, la han vuelto a recuperar, pero según transcurre la frase, la vuelven a perder por el expolio, el manejo y la manipulación que viene de fuera, que interfiere en su rumbo. Pero al momento, las luchas aparecen y África vuelve a retomar las cuerdas de su futuro. Un verdadero diente de sierra, de subidas y bajadas, de ascensos al cielo y descensos a los infiernos de la explotación.   

¡Fuerza, África! Para dejarte aupar si fuera preciso, ¡fuerza, África! Para preservar los valores tradicionales: el sentimiento de pertenencia al clan; el valor para provocar el encuentro personal, ya sea en una reunión bajo la sombra de un tendido de pajas o bajo las ramas de un árbol colosal; la caricia a la mano que te da de comer, llamada tierra, o la comunicación personal, en el diario encuentro en las calles, en las plazuelas o en la huerta que labrar. ¡Fuerza, África! Para luchar contra los tópicos, estereotipos y paternalismos, y salir fortalecida de la lucha.

¿Qué es una pasión? Una pasión es comprensión o entendimiento, pero, también, cerrazón. Su pasión por África tiene mucho de comprensión; de sentir la cercanía; de estudiar los aspectos físicos y las manifestaciones de la sociedad (sin ser antropólogo); de abstraerse a su olor, mezcla de hierbas medicinales, agua encharcada y fuerte sudor humano. La pasión del viajero insatisfecho por África es entender, hablar de su fuerza con naturalidad y quitar miedos preconcebidos. 

Satisfecho de haber logrado conocer un poco el continente, en la variedad de países hasta ahora visitados. De haber sufrido, mínimamente, las inconveniencias de la vida diaria. El día a día africano es, a veces, concienzudo, demoledor y desesperante. Pero, con pasión, difuminó lo sufrido.

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18 de mayo de 2021

Palo de rosa


Hacía tiempo que se explotaba y trabajaba el palo de rosa. Cuando el 
viajero insatisfecho pasó por aquel puesto de artesanía, en Ambanja (Madagascar), observó varias pequeñas vasijas y unas columnas en espiral perfectamente pulidas de esta madera preciosa. Muy fácil de identificar pues sus tonalidades iban desde el rosa débil hasta el más fuerte matiz púrpura. Era una madera especial, que por su delicadeza y características le recordó a otra que pudo ver en Panamá: el cocobolo.


Menuda paliza y sudada se pegó por ayudar a cargar troncos de cocobolo en un 4x4. Serrados para seleccionar el verdadero corazón de la madera, pesaban más que un matrimonio a la fuerza. En La Palma, una coqueta población en la zona del Darién donde se encontraba, había hablado con un ganadero de Quintín para que le acercara a su lejano poblado. Aceptó gustoso, pero en el trayecto tenía que hacer un flete en una apartada finca de difícil acceso. Allá se fueron, a cargar unos troncos de cocobolo para transportarlos a Quintín. La dueña era una mujer simpática, madura y rolliza, con una vitalidad de llamativas formas. Dos hijos, una adolescente joven y un niño en edad escolar, la acompañaban en la entrada de la finca. La joven adolescente con su pelo negro recogido en trenzas tenía unos preciosos ojos. Le miraba y sonreía al son de su timidez. Y allí estaba para disfrutar de la compañía y dispuesto a ayudar, a cargar, si hiciera falta, con todo el cocobolo de la zona del Darién.

- ¿Por qué es tan valiosa? –preguntó.

- No lo sé. Es muy escasa, de buenísima calidad y la compran los chinos -contestó el joven ganadero.

Supo más tarde que aquello era una posible tala ilegal de un árbol protegido como el cocobolo. Debido a su gran belleza y alto valor, este árbol se había sobreexplotado, fuera de parques nacionales y reservas. Entonces, ya estaba en peligro de extinción. Su textura era muy densa y aceitosa, a la vista y al tacto. Con aquella hermosa y carísima madera se hacían guitarras, oboes, piezas de ajedrez, manillas de cuchillo y artesanía que representaba el mundo animal.

Cuando alguna persona se plantee tener su guitarra de palo de rosa, debería pensar que ello implicará un nuevo golpe mortal al hábitat de los bosques en Madagascar. El trabajo de extracción era duro. Localizar el árbol suficientemente grande para talar, podía llevar un día. Luego, estaba el corte, traslado y porte. Un destrozado hábitat que afectará también a uno de los animales más amenazados del territorio malgache, los lémures.

- ¿Quién compra esta madera?

- Los chinos –dijo aquel hombre, sentado a la entrada de la tienda artesana.

¡Vaya, otra vez los chinos!

Al lado, un malgache lijaba una de estas maderas, y le daba formas, sobre un tronco utilizado como soporte. Un serrín rosa bordeaba aquel tronco donde el joven pulía su obra. Sin duda un artífice puesto allí para certificar la autenticidad de lo que en el interior se vendía.

En la zona de Cap Est había una gran explotación de palo de rosa.


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9 de abril de 2021

Atravesando fronteras


Ejemplo de transporte local

Musoma, en Tanzania, a orillas del lago Victoria, no daba para mucho más, aunque esta afirmación esté llena de las ganas que tenía de aterrizar a aquella otra parte de Tanzania donde el recorrido turístico tiene el mayor aliciente, al menos, para mucha gente. En el otro lado, la ciudad de Arusha era centro de expediciones al Serengueti y Ngorongoro. Se levantó sin prisas pues sabía que tomaría un transporte, el dala-dala, pasado el mediodía. Le daba pena abandonar aquel hotel que tenía cierto encanto y alguna que otra comodidad. No muchas. Pero con pena o sin ella, tenía que lanzarse con ánimo y valentía, enfrentarse a la realidad.
Después de comprar el billete en una de las casetas de venta y comprobar que su equipaje quedaba bien situado en el sucio maletero, el viajero insatisfecho se subió al autobús que le llevaría a la frontera y más allá. En el bus ya había un buen número de tanzanos o keniatas ¿quién sabe?, que esperaban su salida. El papeleo en la frontera fue sencillo, aunque le echó un cable el ayudante del conductor, y como su destino era de nuevo Tanzania, en la frontera keniata hicieron el control mínimo imprescindible. En la mayoría de los casos, fueron bastante más estrictos con los propios locales.
Poco después del cruce de fronteras, cayó la noche de un plumazo. Tuvo la suerte de que nadie se sentó a su lado en ese trayecto y pudo viajar relativamente cómodo, piernas estiradas, sin olor humano cerca y posibilidad de ejercitar el cambio de postura sin molestar a nadie. 
Pensó en su mochila grande, la pequeña la llevaba a su lado, que era todo su equipaje. La última vez que la había visto fue antes de cruzar la frontera cuando aquel servicial muchacho (por interés) se la trasladaba, del dala-dala al autobús. En la frontera vio examinando equipajes, sacando unos y metiendo otros en las tripas del bus, pero él -inconsciente- ni se acercó a controlar sus bultos. 
“¡Rezaré porque esté viajando conmigo!”.
En mala hora se acordó de la mochila. Pasados unos minutos, el autobús se detuvo. Desde el asiento que ocupaba, en la mitad del autobús, no llegaba a percibir nada, pero alguien cerca dijo ‘¡Police!’. Se despejó, sin más. Una vez caída la noche, con la tranquilidad reinante en el interior, salvo alguna charla lejana que no molestaba, su cuerpo cómodo se había relajado y estaba a punto de caer dormido. Pasaron unos segundos y el policía debía estar allí, oculto en una casucha situada al lado del control observando al autobús y a su conductor. Miró al que tenía al otro lado del pasillo que parecía decir “no conviene que muestres nerviosismo, debemos comportarnos como si nada, con total normalidad”. Escrutaba también por la ventanilla los alrededores, pero únicamente a la oscuridad negra alcanzaban sus ojos. Algún comentario en el interior se alzaba ante la desconcertante espera, aunque sólo hubieran sido unos segundos, quizás, minutos. Deseaba que apareciera el policía entre la oscuridad para salir de aquella incertidumbre. Como si hubiera leído sus pensamientos, un joven entró en el vehículo por la puerta delantera, algo alejada de donde se encontraba. Portaba un extraño medio fusil, o corto fusil, que parecía llevara incrustado al pecho. Con señas y miradas, quizás alguna palabra que desde donde estaba no oyó, fue ordenando y revisando la documentación del pasaje delantero. Era el único blanco que iba en aquel autobús de negros. Rebuscó en su mochila de mano para dar con el pasaporte, sabiendo que el policía iba a alcanzar su asiento en un corto espacio de tiempo. Con un gesto le solicitó la documentación. Le miró, ojeó el pasaporte y le preguntó por el destino. Le dijo, “Arusha”, en Tanzania. El joven militar siguió revisando al resto de los acompañantes de detrás con su pasaporte en su mano. Al volver hacia adelante, con una seña le indicó que le acompañara. Bajaron del bus. Debía mostrarle -dijo- el contenido de su equipaje, es decir, el revoltijo de calzoncillos y calcetines sucios, sus raídas camisetas malolientes, zapatillas arrugadas y todo el resto de innecesarios cachivaches que portaba al viajar. El ayudante del bus le ayudó a localizar su mochila entre todas las maletas y fardos en los bajos habitáculos. Una vez, localizada y colocada en el suelo, le ordenó sacar despacio su contenido. Otro policía que apareció a su lado, vestido con un sucio anorak deportivo, le pidió el pasaporte. Lo ojeó de nuevo, sin verlo, pues la oscuridad lo impedía y le alargó su mano libre abierta solicitando no supo qué. Puso 20 dólares que tenía en el bolsillo en ella. Como contrapartida le devolvió el pasaporte, le hizo cerrar la mochila, le ordenó subir al autobús y les dejó continuar el viaje en la oscuridad más oscura rumbo a Nairobi. Después, a la frontera tanzana y a Arusha. La ‘mordida’ se había consumado.
Se despertó en Nairobi cuando la tenue luz de aquellos focos le impactó en los ojos.

Copyright © By Blas F.Tomé 2021


8 de marzo de 2021

Las cataratas Tello / Camerún


Escena en el trayecto a las cataratas Tello

Estaba en la ciudad de Ngaounderé, en la provincia central de Adamawa, fundada en 1835 por un clan peul procedente de la vecina Nigeria. Hasta entonces aquella área era dominada por los mbum. De ellos quedaba el nombre del monte y de la ciudad, Ngaounderé (en mbum, “monte ombligo”).

Pasó unos días por aquella provincia sin saber que cada día iba a tener una ocupación distinta. El día anterior había conocido, a unos 25 kilómetros de la ciudad, las cataratas del río Vina, y alternado con una familia mbum cerca del sitio.

Debía ocupar todos sus días en conocer la zona y la moto era una de las mejores opciones. Desayunó temprano, recuerda que era domingo y tuvo dificultades para encontrar un lugar para ello, y se propuso regatear con alguno de los moteros que había por allí sentados, despreocupados, y de risas y charla entre ellos.


Cataratas Tello

Destino previsto: las cataratas Tello, a unos 50 kilómetros de Ngaounderé. Resultó bastante difícil convencer a uno de aquellos moteros para que le acercara al lugar. Para ellos, taxistas de ciudad, el camino al poblado peul de Tourningal, cercano a las cataratas, era demasiado largo. Pero siempre había alguien dispuesto, por dinero, a hacer cosas difíciles, no habituales y, si se presionaba un poco la cartera, imposibles.

Fue un camino largo, sí, pero entretenido, por aquella carretera de tierra rojiza, polvorienta, pero relativamente bien cuidada. No era época de lluvias y eso facilitaba las buenas condiciones de aquel camino terrero. No necesitaron llegar a Tourningal, aunque irían después, para llegar a ‘las Tello’. Se desviaron por un camino de cabras, estrecho y poco transitado. Las cataratas resultaron ser muy interesantes, pero estaban fuera de cualquier ruta turística extranjera y no debía ser un buen día para el turismo local: estaban solitarias y tranquilas. El agua de varios riachuelos cae desde unos 50 metros de altura formando una piscina natural de color verde esmeralda, utilizada –al menos, entonces, lo fue- por rebaños de vacas que se acercaban allí para calmar su sed.


Cataratas Tello

Debajo de la caída, se podía pasear por una enorme caverna que formaba la roca, detrás de la catarata. Incluso un asiento, allí colocado, lleno de humedad y líquenes, podía servir para disfrutar un rato del ruido permanente del agua cayendo de lo alto. Y el viajero insatisfecho se sentó, dejándose llevar por el sonido acompasado, casi musical, del agua.

Tardaron más de una hora en llegar; otro buen rato, perdieron visitando y descansando a la orilla de aquella belleza natural. Se acercaron a visitar y pisar el pueblo de Tourningal, muy tranquilo, sin nada que ver. Ni siquiera pudieron comprar una botella de agua para atenuar la deshidratación del fuerte calor.

Cuando llegaban de vuelta a Ngaounderé era primera hora de la tarde. Misión cumplida. Pagó al motorista lo convenido, y algo más, y se sentó a tomar unos pellizcos de carne cocinada, en unas brasas negras y grasientas, cargados de guindilla y acompañados con una fría cerveza.


Enjambre/colmena tradicional, camino de las cataratas


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17 de febrero de 2021

Trayectos

Trayecto hacia el norte
El paso de los franceses por territorio malgache no fue un camino de rosas, a pesar de que no había sentimientos mutuos de odio, todo lo contrario. Tenía sus luces y sus sombras, sobre todo luces para los franceses y más sombras para los malgaches. En el período colonial, durante la II Guerra Mundial miles de soldados malgaches combatieron al lado de los franceses, junto a otros miles de argelinos. Aunque la participación no era desinteresada, pues más bien parecía una contraprestación para alcanzar al finalizar una merecida independencia, De Gaulle no lo consideró así, lo que provocó una insurrección que tuvo como chispa las selvas malgaches, donde algunos de los soldados recluidos iniciaron la revuelta.

Este tema seguía siendo tabú en aquel entonces y eso que habían pasado más de cincuenta años. Es posible que haya cierto oscurantismo por vergüenza de los franceses que dieron una respuesta excesiva y contundente a aquellos humildes soldados que alentados por fuerzas internas reclamaban lo que, en buen juicio, les pertenecía. La memoria popular e histórica ocultaría aquellos hechos a los malgaches venideros. Unos incidentes que se convirtieron en masacre cuando intervino la aviación francesa y se propiciaron fusilamientos en masa. De ello, aún quedaban testigos. Uno de ellos se dirigió al viajero insatisfecho en aquella especie de pic up, en el trayecto de Mahajanga a donde se encontraba.

- ¿Eres francés? –dijo. Le contestó una negativa con la cabeza.

- Soy español.

Luego, relató que los franceses no fueron buenos en su poblado, a muchos kilómetros de donde transitábamos. Los vazaha (blancos) les obligaban a trabajar las plantaciones de café para luego exportar el producto, lo que produjo mucho descontento y, al final, rebelión. Los franceses, según aquel interlocutor, habían enviado soldados senegaleses a combatir a los insurrectos malgaches en aquella área nororiental donde él vivía. Era difícil entrar en un tema que desconocía, pero desde que le había dicho que era español su semblante se transformó en risueño y tranquilo.

Ahora podría ocurrir lo mismo con las hectáreas y hectáreas de plantaciones de vainilla, aunque hoy en día al margen del hecho colonial francés. Según Winston Churchill: "El pueblo que no conozca su historia está condenado a repetirla”.

Copyright © By Blas F.Tomé 2021

25 de enero de 2021

La casa de los esclavos, en Ilha Moçambique

Una de las calles de Ilha Moçambique

Estaba en Ilha Moçambique, una isla, una ciudad. Aquella mañana encontró lo que buscaba, la casa de los esclavos, documento viviente -o mejor moribundo pues estaba abandonada a su suerte, ubicada en la ciudad de piedra- y monumento histórico que sirvió durante varios años en la época de la esclavitud como lugar de almacenamiento de esclavos. Se mantenían allí por un período indeterminado, bajo un régimen de “cuarentena”, con el objetivo de recuperar sus fuerzas y nutrientes antes de ser vendidos a comerciantes. Según fuentes orales, muchos de los esclavos murieron allí mientras esperaban a sus futuros jefes.

Comercio vil y vergonzoso, en aquellos siglos (XVII y XVIII), no solamente por la intervención de los esclavistas árabes y europeos sino por la responsabilidad de los propios africanos, sobre todo jefes y reyezuelos que, por el sentido de posesión y por intereses también económicos, participaban y facilitaban este mercadeo. Estos jefes africanos consideraban a los súbditos como objetos de su propiedad y comenzaron a intercambiarlos por abalorios, collares o armas de fuego. Primero serían los siervos condenados por su propia ley penal, pero luego se extendería, ante la generosidad de los traficantes, a todos los miembros de la comunidad o tribu en su condición de vasallos. Constituía todo un entramado de caza mayor pues el negrero o esclavista pagaba, como ahora se paga en los safaris de caza, por raptar jovencitas, hombres musculosos o niños con futuro prometedor. No tenían nada más que penetrar en el interior del territorio africano, surtirse de un buen grupo y en condiciones infrahumanas traerlo a la costa donde comenzaba la distribución hacia el exterior en barcos negreros. Obligados a caminar, como muestran algunos documentales, atados y maltratados, al llegar a Ilha Moçambique, a aquella casa de los esclavos que visitó el viajero insatisfecho o a cualquier otro paraje costero, serían lavados y acicalados para una minuciosa y detallada inspección de los compradores. ¡Tremendo!

También conoció la residencia del poeta portugués Luís de Camões que ¡pásmense!, poco antes de su ocupación había sido lugar de subasta de esclavos, donde eran vendidos o comprados.

¡Cuántos recodos tenían aquellas viejas calles!


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5 de enero de 2021

Nocheviejas lejos


De manera tradicional, tras las enseñanzas en la infancia, las aventuras de la juventud y el reposo de la madurez es necesario reconocer que las nocheviejas tienen algo especial. Debemos acudir al Imperio Romano para comenzar a tener datos de su relevancia. Los romanos dedicaban el mes de enero al dios Janus, dios que mira al año que termina y al principio del que viene. Se le representaba con dos rostros, uno viejo y con barba, y otro joven, como el nuevo año que comienza. Este pueblo romano comía ese día con sus familiares y amigos, y se intercambiaban higos y dátiles con miel, con la intención de empezar el año de la manera más dulce posible.

O sea, si es especial la nochevieja, tiene su historia, sus anécdotas y sus tradiciones. El viajero insatisfecho ha pasado varias nocheviejas lejos. Deja aquí, después de cumplir este año 2020 con familiares y amigos, algunas breves historias sobre ellas.

2019 (Costa de Marfil)

Quería conocer la mezquita de Kong, una tradicional mezquita de estilo sudanés. Original construcción y belleza de formas. Estos singulares edificios religiosos se caracterizaban por su material de construcción común: ladrillos de barro reforzados por grandes troncos de madera y vigas de soporte que sobresalían de la pared de manera irregular, sin tallar. Estas estacas de madera, llamadas ‘torones’, se utilizaban como andamios de cuando en cuando, según las necesidades de retocado de sus paredes.

Era 31 de diciembre, estaba en Korhogo a una relativa cierta distancia de Kong y se lanzó a la aventura. Apareció allí sobre las cinco de la tarde, tiempo suficiente para visitar las mezquitas, había dos del mismo estilo, aunque una de ellas, la menos famosa, de tamaño menor. Paseó, sacó fotos y cuando la noche empezaba a caer se retiró al único hotel que había en la población. Allí, tenían organizada la despedida del año para varios invitados y a la entrada habían montado una auténtica terraza con mesas, música y follón.

Se fue a dormir.

Letrero en el hotel de Kong
Mezquita de Kong

2012 (Benin)

“¿Qué estoy haciendo aquí?” se preguntaba sobre las diez de la noche, solo, delante de unos espaguetis a la boloñesa, o algo parecido, con una cerveza La Beninoise al lado, la ciudad norteña de Natitingou al fondo, con escasas luces y en silencio, solo roto por algún que otro bocinazo de los pocos coches que a esa hora circulaban. Era 31 de diciembre (Nochevieja) y acababa de llegar a la ciudad después de un cansado día de bus y baches.

En la terraza del hotel, en Natitingou

2016 (Indonesia)

Era 31 de diciembre en Bukit Lawang, isla de Sumatra, y en el resto del mundo. Madrugó como estaba previsto, desayunó como era necesario y esperó como era de suponer. El guía contratado para visitar la selva y orangutanes se presentó, una vez finalizado el café, con ganas de negociar, aunque -diría- más bien con necesidad de imponer: “la nochevieja es una noche de celebración”. Quería pasarla con su familia.  No había más clientela para pasarla en la selva como había contratado y tenía previsto.

Le miró en principio al muchacho con intención de presionar, pero en una ágil batida mental, rápido encontró sensatos sus razonamientos. ¿Qué haría él en la selva durmiendo al más puro estilo de vagabundo sin techo con un guía para él solo y sin posibilidades de socializar con otra gente?  Aburrido ¿no?. Como lo contratado eran dos días, el guía le ofreció como alternativa dos excursiones mañaneras y tardes de relax en el pequeño poblado repleto ya de turistas locales.

Aceptó, sin más exigencias.

Bukit Lawang

2017 (Birmania/Myanmar)

En la ciudad de Khata, al norte del país. Había llegado en tren desde el norte, desde Myitkyina. Se encontró con una ciudad relativamente tranquila, siendo 31 de diciembre. Una ciudad que acogió a George Orwell a primeros del siglo XX. Allí escribió su libro Los dias de Birmania y, gran parte, está basado en su larga estancia de meses. Allí pasó también este mochilero aquella nochevieja.


Secaderos de pescado en Khata


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