29 de junio de 2007

Los niños

Tengo una amiga que cada vez que ve la fotografía de este “post”, me dice que le parece una de las más bonitas fotografías que tengo, no por lo bien parecido que me encuentre (eso seguro), sino porque aprecia -creo yo- un momento de cierta ternura, que no me es muy habitual. Suelo ser con los niños que me rodean un poco “cardo”, frío, distante, tal vez intransigente en exceso. Pero en la imagen no muestro esa característica.
A lo largo de mis recorridos por el mundo mundano, si me pongo a pensar con detenimiento, recuerdo muchos instantes con niños, donde mi carácter aparece difuminado por esa infrecuente ternura. Los mantengo en alguna fotografía, pero mi soledad viajera me impide apoderarme de ellos con más frecuencia. Los más, los tengo en mi mente.
Paseaba por una ciudad tanzana que ahora mismo no recuerdo, cuando los niños me seguían por una no muy populosa calle gritando ¡mzungu!, ¡mzungu! (blanco). Yo me volvía, y hacía el gesto de perseguirlos, mientras ellos salían huyendo, para, al instante, volver a incorporarse de nuevo a su juego, ¡mzungu!, ¡mzungu! Mientras, sus madres reían la gracia de los niños y mía. Lo tengo en mi mente como un simpático momento.
Camino de “La ciudad perdida” colombiana -duro trayecto, por cierto- encontré a dos solitarios niños kogis, a quienes atravesé un pequeño río en mis brazos. Bello, pero infrecuente gesto. Una vez cruzado el río me hice una fotografía con ellos.
Algún día la mostraré.
Y más, y más,…… y más momentos.

27 de junio de 2007

Todos somos "WEB'eros"


Viajemos al mundo de la Web 2.0.
¿Todos sabemos lo que es?
Si la respuesta es NO, te estas engañando. La usas desde el momento en que estas leyendo estas líneas. Y no solamente eso sino que participas en su creación y en su propagación. Te has montado, sin ayuda de nadie y por propia voluntad, un viaje creativo de algo que sin ser nuevo, es novedoso (¿contradicción?).
Teniendo en cuenta que no hace mucho tiempo todos los servicios de Internet eran unidireccionales y no existía interacción o participación de los usuarios en este proceso, el salto cualitativo -si piensas en lo que estas leyendo- ha sido espectacular. Ahora, podemos organizarnos poniendo algo de nuestra parte, podemos comentar, votar, subir, bajar, distribuir. Podemos, en resumen, interactuar.
Bonito ¿verdad?, o tal vez puedas pensar: PAMPLINAS, pero…… AQUÍ ESTÁS.
Nos contamos viajes, experiencias, confidencias; hablamos de cosas; escribimos con faltas de ortografía; cometemos errores; olvidamos nuestra entrada diaria a la “blog” de turno y preferida a la vez; comentamos delante de unas cañas el último “post” leído, o escrito, o comentado; sabemos que nuestros amigos están de viaje; conocemos la experiencia pasada de un personaje ajeno a nosotros;….
¿Es más interesante que desgranar el último partido de fútbol, o no?.
En mis antiguos viajes, me vanagloriaba de estar desinformado, de no leer nada y desconectar con mi mundo cotidiano, pero ahora mi mentalidad ha cambiado y no puedo escapar, al llegar a cualquier pueblo o ciudad, de contactar con el punto informativo más cercano.
Es mi contribución -mezcla de pasión y esclavitud- al mundo “WEB’ero”.

25 de junio de 2007

Todos hicimos lo mismo

Primero fui yo, más tarde lo haría Leonardo DiCaprio (los "Bichitos viajeros", por supuesto), y el último “famoso” en llegar sería el tsunami. Todos hicimos lo mismo: llegar, arrasar e irnos por donde vinimos. Con diferencias.
Visité hace muchos, muchísimos años las Phi Phi Island, en las costas tailandesas. Eran unas islas especialmente bellas y, por ello, especialmente visitadas. Yo lo hice sin haber oído grandes cosas sobre sus características, pero me encontré un sitio donde decidí relajarme después del ajetreado viaje mochilero por Tailandia.
Iba para pasar el día pero me quedé tres, aunque no sé si lo hice por la belleza de las islas o por no regresar en el mismo barco con tres jóvenes japonesas, feas y pesadas, que me amargaron un poco la travesía de ida. Por lo que fuere, hice como que perdía el barco de regreso y lo perdí.
Podría decirse que eran demasiados días de estancia para este viajero que pierde poco el tiempo, aunque allí iban adinerados turistas a retozar un mes. Por allí rodó Leonardo DiCaprio la película “La playa”, allá por 1999, y por allí también arrasó el tsunami, en diciembre de 2004.
Recuerdo cómo era su orografía, sus costas y sus playas, y al saber del paso del tsunami pensé inmediatamente en el singular y brutal destrozo que por allí cometería. Tengo entendido que ya están recuperadas de sus efectos.
El turismo tira, deja dinero y agiliza la recuperación de lugares.
Espero que el bungalow (ver fotografía) donde yo pasé dos noches haya sobrevivido.

23 de junio de 2007

Primer viaje en bicicleta

En este post, la vida y las cosas de la vida están contadas a los demás, muy especialmente con la visión personal del autor, viajero insatisfecho.
¡Creedme! Mis primeros viajes fueron en bicicleta.
Para ello me remonto a mi más tierna adolescencia. Se trataba de pasar la tarde del domingo acompañado de los amigos y ¿qué mejor manera que haciendo un viaje por los alrededores de donde tu madre te trajo al mundo?
Ahora, en la distancia y viendo la fotografía, habría que cambiar la frase y decir ¿qué mejor manera que haciendo un viaje por los alrededores como tu madre te trajo al mundo?
Estos dos momentos (mi recuerdo y la visión de la instantánea) quizás sean uno solo y el camino se convierte, así, en un feliz destino. El camino, la información y la imagen (fotografía) interactúan entre sí, no hay uno sin la otra.
(Ejemplo reciente: la información sobre un Sarkozy supuestamente ebrio tras la reunión con Putin se acompaña de unas imágenes de un Sarkozy locuaz, disperso y aparentemente ebrio: ¿hay interacción?).
Pero volviendo a lo que nos ocupa, la fotografía que apoya este post. El camino es feliz, la información se cuenta desde la alegría (la mía) y la imagen demuestra lo mismo: la ciclista, en su periplo hacia no sé dónde, circula contenta, sonriente, desinhibida ¿qué mejor?
Un bonito círculo del cual no quiero escaparme.

Ni quiero que os escapéis.


21 de junio de 2007

¿En India o en China?


Tiene su aquel. Si uno visita el estado de Kerala, en el suroeste de India, puede organizarse por poco dinero un crucero de nueve horas, con la ventaja de seguir la ruta turística más lógica y coherente. Este viajero insatisfecho (ver fotografía) venía de sur a norte del territorio hindú. Su libro-guía le recomendaba hacer el trayecto Quilon-Alleppey (80 kilómetros) en barco, por unos impresionantes y paradisíacos canales, donde el agua se confunde con el cielo, la tierra con el agua y sus gentes con mandarines sureños. Uno se cruza con barcos, estilo champanes chinos, y sus tripulaciones pertrechadas de sombreros, también chinos. Todo un crisol oriental a tiro del pulsador de la cámara.
Muy obediente con su “maestro viajero” (libro-guía), este mochilero hizo ese trayecto en un soleado día de septiembre. No se arrepentirá nunca de haberlo decidido.
La maraña de lagunas, ríos, calles acuáticas, cruces, canales artificiales conforman un laberinto navegable que no se escapa al control de los hábiles barqueros de la zona. El paseo es zigzagueante de poblado en poblado, con paradas para comer, para dejar pasajeros, subir mercancías o encargos, para sentirte, en fin, como descubridor de un mundo al que no se le ha escapado la belleza primigenia. Toda una experiencia.
Comió la tradicional “arroz con curry”, utilizando su mano derecha y servido en hoja de plátano, un trozo de pescado frito en exceso y los típicos, pero caros, anacardos (una delicia, por cierto).
Entre los pasajeros, aún recuerdo la presencia de una pareja de catalanes con los que charlé mucho rato -entre fotografía y fotografía- después de pasar varios días sin haberme comunicado en el idioma que me vio nacer”.

19 de junio de 2007

Objetivo: desenmascarar al "conquense"

Este viajero insatisfecho, en esta ocasión, viaja al mundo de las fechorías. No es que pretenda convertirse en un ser deleznable, pero el cuerpo le pide, o mejor dicho, le lleva pidiendo algunos meses, desenmascarar al “conquense”.
¿Y por qué a él?: Por provocador.
El personaje se oculta tras las sombras de un famoso gentilicio (¿quién no conoce Cuenca?), pero que con ayuda de photoshop y escáner ha conseguido tomar cuerpo. Cara, en este caso. Se le cae la máscara, pero sin muchas posibilidades de éxito, pues seguro seguirá firmando con su ya tradicional “alias”.
Pero……. ¡Es otra cosa!.
Con él, este viajero, dejó aparcada su mochila por unos días hace muchos, muchísimos años, y se adentró en territorio leridano (un viaje, sin duda), con fuerza y desenfreno. Allí, él, por un lado -supongo-, y este que escribe sandeces, por otro, triunfaron como viajeros primerizos. Eran otros tiempos, no muy ancestrales pero sí diferentes.
¡Pongámosle cara! ¡Desenmascarémosle!
Aunque por él también han pasado los años. De cara de “pipiolillo” ha pasado a tener cara de ”tractorcillo”. Sigue guapo, bien parecido y como persona ha engrandecido.
¡Una "bestia" humana!

15 de junio de 2007

Los taxistas de África


Los mochileros también tienen sus cosas extrañas. También se meten dentro del caparazón, como aterrados por una supuesta falta de seguridad que creo, en este caso, no existía. Y yo, también me metí dentro del caparazón.
Llevado por la psicosis de miedo, que me insufló en el cuerpo un taxista cualquiera de los muchos que esperan a la llegada del bus en un nuevo destino, acabé en una “guest-house” repleta de viajeros mochileros, ninguno de ellos español.
Era una especie de “resort” de mochileros (“centro turístico” cutre), a las afueras de la ciudad de Blantyre, al sur de Malawi, muy cerca de Mozambique. Habitaciones incómodas, jardín desastroso, hamacas sobre-utilizadas, bar, música constante, restaurante, parrilla, billar,….
Odio los “resort”.
Pero allí aparecí, como un alma en pena, después de pasar horas y horas muertas en un cargado y desvencijado autobús local. La ciudad tranquila no se merecía el apelativo de peligrosa, pero todo un día batallando en un transporte “de mil paradas” implica a veces llegar con las defensas bajas. Y ahí está el hábil taxista que te promete por poco dinero llevarte a un lugar tranquilo donde el descanso será seguro.
Rompo una lanza por ellos. Te ayudan en los peores momentos, no por altruismo, creedme, sino por dinero, pero su peso específico en un viaje alcanza, a veces, cotas impagables. Se alimentan de miedosos y cansados “corderos mochileros”, pero se ganan su pan con dignidad y simpatía. Cobran sus carreras mirándote a la cara, pero cumplen con los ojos cerrados cualquier extraña petición.
No bailan por dinero, pero hacen como si bailaran.
No sonríen al verte, pero sus simpáticos ojos desprenden alegría.
No vuelven a buscarte, pero al salir de tu refugio te los puedes encontrar….
Son los taxistas de África.

13 de junio de 2007

En las soñadas dunas

Estaba en Yemen. No había volado en avión, ni navegado en barco, ni circulado por carretera alguna para llegar allí, pero el hecho era que estaba en ese país ancestral y medio tribal.
Ahora mismo, ante mí, tenía sus páramos desérticos. Circulaba en un
Land Rover conducido por un barbudo yemení que lentamente me hablaba en spanglish, no sin hacer mucho esfuerzo, y acompañándose con miradas preguntonas. Su cara arrugada, su cuerpo delgado y fibroso le daba un aspecto duro y cincelado. Masticaba “gat” como una costumbre, creo que convertida en obsesión. No circulábamos por carretera alguna y, de trecho en trecho, veíamos grupos de obreros colocando unos indicadores fronterizos en medio de la nada. Dunas a la derecha, lomas rocosas y peladas a la izquierda, arena por todos los lados.
Anteriormente -y lo tenía en mi mente- me habían comentado que si sufría un secuestro por una de las muchas tribus que merodeaban por las montañas, fuera sumiso: “no protestes y trata de entablar conversación con ellos”.
A lo lejos, un grupo de diez o doce puntos móviles se hacían cada vez más visibles a gran velocidad. Polvo, mucho polvo a su alrededor y blanquinegros turbantes. Se acercaban a nosotros, y viceversa. Una mirada rápida a mi conductor me decía que aquello podía ser lo temido, “no protestes y trata de entablar conversación con ellos”, pero,…. ¿cómo? Mi conductor yemení, paró nuestro vehículo, nos miraron y rodearon. Entreveía sus ojos y percibía sus raídos faldones y sus “
kalashnikov” apuntando al viento...........
Me desperté confuso. Me quedé un rato en la cama, desconcertado mirando los apilados montones de libros de mi cuarto y sin poder centrarme en el nuevo día. Con ese despertar extraño, me fui a la habitual ducha.
¡Malditos arena y polvo -pensé- y bendita agua tempranera!

11 de junio de 2007

¡A la mierda!


Los chinos se dejaban odiar y, al menos, conmigo tuvieron suerte. Lo consiguieron. En cada visita, en cada paseo, en cada uno de los viajes de entretenimiento, no sé por qué algo desprendía desconfianza. No había caras amables, permanente intento de engaño y despreocupación hacia los problemas de los demás. Su educación era de libreto o panfleto comunista y la culpa -lo sé- no la tendrían ellos. Corría el año 1993.
Todo se convertía en un problema: Por aquí no se puede pasear. Aquí no se puede hacer fotos. Aquí no se puede subir. Aquí no está permitido…
¡A la mierda!.
Esa fue mi experiencia, aunque alguien me podría rebatir los argumentos.
¿Un momento de recuerdo?: pasear por la Muralla china que, aunque llena de gentío, mantenía una discreta belleza. (¡Que me perdonen los “guerreros de terracota”, en Xian, o la Ciudad Prohibida, de Pekín!).
En su construcción morirían miles y miles de personas (en algún sitio he leído la cifra) y es producto de la estupidez y de la omnipotencia caprichosa de no se qué gobernantes pero, aún así, es brutal e impactante.
Es de tal envergadura que empequeñece cualquier obra de nuestros días; amilana cualquier proyecto moderno de portada de periódicos internacionales. Amedrenta, intimida, sube, desalienta, serpentea, baja, se oculta al atravesar una pequeña loma pero se reivindica de nuevo y vuelve a surgir en el horizonte.
No tuvimos suerte mi compañera -allí la tenía- y yo. La visita estuvo envuelta de un calor bochornoso que terminó en una terrible tormenta. Aún así pude (pudimos) disfrutar, aunque amedrentados, amilanados y con el desaliento, también brutal, en nuestro espíritu asombrado.
¡Que nadie me diga que no estuve en la Muralla china!.

8 de junio de 2007

Los "guiños" del viajero

El viajero insatisfecho cuando sale a transitar por territorios desconocidos, con su mochila a la espalda, su cartera semivacía, su ropa cómoda y su equipaje imprescindible para la estancia prevista, estará continuamente lanzando “guiños” antisistema.
Lo primero que hará al subirse al avión que le transporta a su destino, será recrearse con su primera experiencia: la búsqueda en su libro-guía del barato hotel donde pernoctará su primera noche. Pasará, seguro, de las grandes compañías hoteleras del país y abordará cualquier hotelucho local que le consuma lo menos posible sus existencias monetarias, enviando un “guiño” al empresario hotelero de tarifas descomunales. Sacrificando por ello, quizás, un poco de comodidad pero ganando en satisfacción personal.
Hablará mucho, y muy a menudo, con la gente del lugar y cuando vea al grupo de turistas aborregados (tienen todos mis respetos) evitará el más mínimo contacto, cambiando incluso de acera si pasea medio muerto por cualquier céntrica calle de la ciudad en que se encuentre; y lanzará un “guiño” de insubordinación hacia todas las Travel Agencias que viven de la ansiedad turística de los mejor situados dentro de un mundo globalizado.
Caminará largas horas empapándose de las costumbres que cada pueblo evidencia en la calle, donde realmente se conoce al país, evitando no todas pero sí la mayoría de las “piedras” (ruinas, iglesias, monasterios, catedrales, palacios, murallas, casas coloniales, museos,…) donde el turista aborregado (tiene todos mis respetos) retoza como cerdo en un barrizal. Este “guiño” será a la rebeldía con lo establecido.
Y así, sucesivamente.
Pero al final de su periplo, se preguntará: “¿aguantaré esta situación por mucho tiempo?”.

6 de junio de 2007

Todo está contado


De Cuba, se ha dicho todo. Otros, han dicho todo. Este viajero insatisfecho no se siente con ganas de añadir nada novedoso. Únicamente, que no vio libertad, no sintió libertad y encima sufrió su falta.
Libertad para moverse como un mochilero encantado de serlo (falta de autobuses, el tren era inviable, escaseaba la gasolina, sufrió el periodo especial como la revolución llamaba a la falta de todo lo básico para el cubano,…). Solución: alquilar-comprar un destartalado vehículo, con propietario incluido, para tratar de conocer un poco la isla.
De La Habana a Varadero.
De La Habana a Pinar del Río.
De La Habana a Santiago de Cuba.
Con lo único que quedó encantado (al margen de lo que otros han dicho, que es todo) del letrero ante la Oficina de Intereses Americanos en Cuba (qué nombre más rebuscado para evitar llamarlo, Embajada): “SEÑORES IMPERIALISTAS ¡NO LES TENEMOS ABSOLUTAMENTE NINGÚN MIEDO!”. ¡Ele, ele y ele!.
Una revolución tiene que ser retorcida para llegar a colocar un letrero tan ajustado a sus intereses como éste.
¡Chapeau!.
Del resto de la revolución: falacias fidel-ianas.

4 de junio de 2007

N'gorongoro


Este viajero bajó al cráter del N'gorongoro por el camino más auténtico. Puede que hubiera otros aún más agrestes, pero descender al antiguo cráter volcánico por la vereda donde suben y bajan los rebaños del los masais le pareció a este intruso una experiencia para contar en los corrillos catetos de su pueblo natal.
Recrearse en Tanzania, es revivir experiencias de viajeros exploradores inolvidables: Richard Burton, John Speke, David Livingstone, Henry Stanley o, más recientemente, periodistas como Javier Reverte. ¡Cómo entretienen las historias de este último!. Lo contó admirablemente en su libro “El sueño de África”.
Que todos sepan que por allí circuló este loco viajero y que quiere contarlo. Pero -práctico él- se va a dejar ayudar y, en parte, recoger cómo Reverte lo relató. Nada más.

Miré al otro lado, hacia el N'gorongoro, quieto allí desde los lejanos días de la Creación, el único tesoro que nos resta de lo que pudo ser el jardín del Edén”.

El N'gorongoro se formó como hoy lo vemos hace cosa de dos millones de años. Se sitúa a 2.600 metros sobre el nivel del mar en sus bordes, mientras que dentro del cráter la altitud es de 1.800 metros. El interior del caldero es una enorme llanura, en forma casi circular, que alcanza un diámetro de veinte kilómetros. Hay manantiales y arroyos en su suelo, un par de lagunas de aguas dulces y un gran lago de aguas sódicas en el centro. También crece un bosque de acacias amarillas, el Lerai, en el lado norte del cráter”.

En este bosque (Lerai), los pájaros carroñeros, amaestrados por millares de turistas anteriores, me robaron el bocadillo en un pispas. Todavía lo recuerdo con cierto odio, aminorado por el lógico paso del tiempo. Menos mal que en nuestro Land-Rover llevábamos otros de reserva.
Ah!, se me olvidaba, la biodiversidad de animales es impresionante (leones, hipopótamos, hienas, gacelas, flamencos, cebras, rinocerontes, avestruces, ...).
Hace unos trescientos años llegaron aquí los datogas, pueblo nilótico y guerrero, que expulsaron a los habitantes de la región. Ciento cincuenta años después de ellos llegaron los masai”. Gracias, querido amigo Reverte, por ayudarme a contar mi experiencia.
Lo absorbí todo como una esponja, pero no lo sé contar con bellas palabras. El lugar, tiene más poesía que los Campos de Castilla, inmortalizados por Antonio Machado.

1 de junio de 2007

Un anciano viajero sería un SABIO

En general, un anciano viajero -no el que escribe entradas en esta blog como si fuera una imperiosa necesidad (ni es anciano, ni experimentado)- que luciera una barba larga y cana sería un SABIO.
Tendría una cabeza rebosante de sabiduría y unos ojos que habrían leído y descifrado el libro de la vida. Habría visto la absoluta pobreza de los niños intocables de la India y sabría lo que es la desesperanza; habría visto los niños europeos amparados por su impuesta y sencilla riqueza y sabría lo que es la alegría. Sabría que el sol da la vida al europeo que tiene agua en abundancia para saciar la sed, pero también que el sol trae la muerte al etíope que sufre su impacto en el desierto. Conocería la miseria en lugares lejanos y conocería la abundancia cuando aterrizara en su aeropuerto cercano.
Sabría lo que es la sed pero, también, la saciedad. Y sabría distinguir entre el desierto y el oasis.
¿Eso no es sabiduría?.
Para el anciano viajero, pasar a la vida rutinaria y prolongada en el lugar donde nació siempre sería el último recurso, una derrota intelectual y vital, una especie de degradación personal.
Por eso, este otro -el viajero insatisfecho- que relata y escribe de viajes, y que en su imaginación conoce a ese anciano viajero, recomienda viajar, moverse, trajinar el espíritu por otros lugares aunque, en la distancia, la mente añore el lugar donde nació.
Nunca llegará a ser SABIO, tal vez ENGREÍDO.
¿O ya lo es?.