26 de julio de 2020

Sassandra, en la desembocadura del río / Costa de Marfil

Casa del antiguo Gobernador de Bas Sassandra

Largo y bacheado trayecto hasta Sassandra, en la desembocadura del río con el mismo nombre. Venía de la población de San Pedro en un pequeño minibús destartalado que sorteaba, en algunos casos, o se lanzaba con decisión, en otros, a los muchos baches de la carretera. El trayecto lo hizo en el asiento del copiloto con otro pasajero más. Un poco apretados, pero al menos en primera línea de visión de todo lo que acontecía en la carretera. Suele solicitar este asiento cuando las condiciones lo permiten. Mejor que ir apretujado en la parte trasera. El minibús le dejó en la parte alta de la población. Para bajar a orillas del mar, donde tenía previsto alojarse, utilizó un taxi compartido que le ofreció una dama que iba hacia la misma dirección.

Pasó tres noches en un pequeño hotel cercano a la desembocadura del río, compuesto por varias casitas/cabañas, en cada una de ellas dos habitaciones. Limpio, tranquilo y barato. Daba la sensación de estar llevado por mujeres, pues fueron las únicas que vio atendiendo a la clientela. Escasa, por otro lado.

Muy importante era la desembocadura del río para los pescadores, casi todos ellos venidos del país vecino, Ghana. Allí resguardaban sus barcos del oleaje a falta de un puerto pesquero artificial. Descargaban lo pescado a lo largo de la playa, sistema muy utilizado entre los pescadores africanos: la arena de la playa era su puerto de atraque y descarga. Luego, mediante un pequeño giro y trayecto, se internaban en la tranquilidad de la desembocadura del río.

Al día siguiente de la llegada, el viajero insatisfecho contrató una pequeña piragua para hacer un recorrido fluvial por el delta y los paisajes que se veían a lo lejos. Tranquilidad y belleza, podrían ser las palabras claves para definirlo. Tuvo oportunidad de atravesar un canal natural repleto de manglares que fue como una internada directa a la naturaleza salvaje. Con el silencio que da el remo y lo cercano que están los fondos arenosos de la desembocadura observó variedad de pequeños animales, pájaros o caracoles marinos (a millares). El barquero-guía se vanagloriaba de que allí, en aquella zona, nunca pasarían hambre, pues la naturaleza ponía a su disposición multitud de productos.

Poblado ghanés

Un reposado paseo entre manglares, que a este mochilero le encantan; la visita a un pequeño poblado de pescadores al lado contrario de la desembocadura, donde había nacido el joven barquero, y un recorrido por el poblado de pescadores ghaneses, fueron los parajes que pudo disfrutar aquel día. Nada espectaculares, pero con tanto sabor africano, que no los cambiaría por la Vía del Corso, de Roma.

En el poblado ghanés, multitud de hornos artesanos para secar el pescado convertían el lugar en algo especial, en un ajetreado espacio. Un paisaje de plásticos, el aparente abandono, hornos de barro humeando, olor a pescado, el trasiego de jóvenes portando en sus cabezas cubos con peces recién pescados, mujeres atendiendo los hornos, niños jugando entre la suciedad y los pequeños regueros de aguas sucias, daba el aspecto de un asentamiento entre desapacible y peligroso. Territorio de favelas, pero para una visita, un lugar curioso.

Al lado de la playa, un pequeño monolito rendía homenaje a la tripulación de MV Dumana, soldados británicos que murieron después de que este barco fuera alcanzado por torpedos frente a la costa de Sassandra, en la víspera de Navidad en 1943, durante la Segunda Guerra Mundial.


A orillas de la desembocadura del río Sassandra

Canal de manglares

Piragua en el delta del río Sassandra

También merecía la pena la casa del antiguo Gobernador de Bas Sassandra, en lo alto de una pequeña colina que se formaba en la desembocadura del río. Creedle si opina que era un privilegiado asentamiento para la mansión de un gobernador, o un 'jefecillo', o para cualquier persona local. La casa, a punto de derrumbe, estaba desconchada y negra por la humedad y el abandono. Un huerto cercano, cuidado, ordenado y verde de hortaliza, parecía entornar el futuro hacia el lado del optimismo.

En aquel entorno y en aquella posición era un lugar de permanente brisa marina. Muy de agradecer.

Monolito en homenaje a las víctimas del Dumana

VÍDEO
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9 de julio de 2020

Kevin Carter y Alberto Rojas

Kevin Carter

Quien sea seguidor del blog ‘V(B)iajero Insatisfecho’, pero eso sí, quien sea lector a través del ordenador, con el diseño y estructura completos ante sus ojos (dice esto porque en la lectura a través del móvil no aparecen) habrá visto en la columna fija de la derecha una serie de apartados que también son fijos, su contenido no cambia, a excepción de cuando el bloguero lee un interesante libro y quiere dejarlo reflejado, o cuando inserta una nueva foto de un viaje reciente. En esta parte, que sería como el germen y fruto de su personalidad, tiene, entre otras cosas, un mapa de África; una definición de sí mismo; el archivo del blog; una foto que recibió el segundo premio de ‘selfis’ de El Viajero /El País; una foto del monasterio de San Miguel de Escalada, su ‘terruño’, y ‘Una imagen impresionante’: la fotografía de Kevin Carter, ganadora del premio Pulitzer 1994.

Pantallazo del blog V(B)iajero Insatisfecho

Esta fotografía (un buitre acechando a una niña moribunda) que vio en su momento en los periódicos le impresionó tanto que ha ocupado ese lugar desde la construcción de su blog, hace ya casi quince años.
Inevitablemente ya forma parte de su trayectoria como blogger.
El otro día una amiga (¡Muchas gracias!, Pilar/Pipedi) le regaló el libro de Alberto Rojas ‘África. La vida desnuda’, y la primera de sus historias sobre este continente -el libro relata diferentes momentos de los viajes de Alberto Rojas- es la búsqueda de esa niña (que resultó, luego, ser un niño) en Sudán del Sur, donde fue retratada por Kevin Carter. Alberto Rojas, después de ciertas investigaciones, se lanza en su búsqueda sin tener asegurado el éxito o un final feliz. Hace el trayecto de cinco mil quinientos kilómetros que separan Madrid de Ayod, una pequeña aldea de Sudán del Sur. ‘Los buitres no comen niños’ titula el capítulo de este libro, en alusión a la fotografía premiada que representa precisamente el acecho de un buitre al niño desnutrido y hambriento, que todo el mundo civilizado (?), al ver el realismo de la escena, da por muerto y desmenuzado por tan carroñero animal volador. Armado únicamente de la fotografía se presenta en la población de Ayod, un lugar que considera el más mísero de la Tierra. Para cualquier conocedor de África no es difícil imaginarse la capacidad de sufrimiento de sus gentes.
Y consigue, si, después de muchas pesquisas, identificar al niño (aunque la fotografía fue premiada como si fuera una niña). Cuando el boca a boca hizo su trabajo -dice- Mary (una amiga) nos dio la peor noticia: “Murió hace cuatro años. Consiguió sobrevivir al hambre, pero enfermó. Hoy vendrá su padre a verle. Le han dicho que hay alguien que le busca por una foto de su hijo”.
Y vino. Y le identificó como su hijo.
Kevin Carter, sudafricano, solo sobrevivió 93 días al Premio Pulitzer.
¿Por qué se suicidó Kevin Carter?, se pregunta Alberto Rojas, y añade “la explicación más simple, repetida y que mejor se ajusta a la construcción de una leyenda perfecta es la de la culpa”. La gente, a raíz del premio, le criticó “por canalla y desalmado ¿Por qué no hizo nada? [….]. Carter se arrepiente. Carter se suicida. Fin del cuento”.
Nadie, en la aldea de Ayod, había visto jamás la foto ni conocía su historia.

Gracias, Alberto, éste y tus otros escritos del libro constituyen tu mirada sobre África. Una mirada que respeta la realidad y nos hace a todos participes de esa cruda, crudísima materialidad africana”.

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23 de junio de 2020

Viaje inventado, a raíz de ‘La cuarentena’, de Le Clézio



Descendieron por la escalerilla que acababan de colocar los operarios en la escotilla del avión. El viajero Insatisfecho pisaba tierra de Isla Mauricio. Desde allí hasta la terminal, todos en fila india por el asfalto cruzando rayas blancas y rojas que pedían ya una mano de pintura. Miraba hacia adelante y hacia atrás y se sentía desubicado. Nada que ver con su habitual entorno. La mayoría eran negros y varios de ascendencia hindú, o eso parecía. Algunos blancos, que daba la sensación de venir de vacaciones, hablaban un francés bastante fuerte, y se interrumpían unos a otros. Un tropel.
Estaba muy cerca y hubiera sido injustificable un transporte en bus hasta el edificio central. Aquellos pocos pasos por la pista sirvieron para desentumecer un poco los pies y las piernas después de la prolongada sedestación; sentir la sensación de un nuevo clima para el débil cuerpo, y cerciorarse de que todo iba a cambiar. Con cierta intranquilidad y medianamente vigorizados se internaron en las salas de la terminal.
Jean-Marie Gustave Le Clézio había ‘dado a luz’ su libro ‘La cuarentena’. Este escritor nobel francés quería dejar su impronta en este relato histórico, como había señalado en una de las entrevistas publicadas. Sin duda, una ambigua promoción del libro que escribió como una búsqueda obsesiva de sus orígenes. A qué si no se embarcaba el protagonista, Jacques Archambau, en el Ava, junto a su esposa Suzanne y su hermano Léon, con destino a su tierra natal, Isla Mauricio. Debe recordar que la familia originaria de Le Clézio era mauriciana, y el protagonista era, en realidad, el alter ego del escritor. Cuando llegasen allí, los tres, pero sobre todo Jacques, se imaginaban un futuro próspero, instalados en el clan familiar que, con anterioridad, había expulsado a su padre.
Durante el trayecto, son declarados varios casos de cólera en el Ava, y tanto los pasajeros blancos como los indios que emigraban en él, se vieron obligados a desembarcar en una isla próxima a Mauricio, la isla Plate, donde deberían pasar la cuarentena. Allí, tanto los indios que iban contratados para la recolección de caña de azúcar unos como los otros pasajeros, serían prácticamente abandonados a su suerte, convirtiéndose la isla en una prisión en la que cada uno luchaba por su propia supervivencia, mientras esperaban la llegada del barco que les trasladase definitivamente a isla Mauricio.
A los pocos días, un momento de esperanza cuando apareció el barco de los servicios de sanidad, cercano a la orilla. Pero duró poco.
Siento un estremecimiento por todo el cuerpo, porque también es un canto, una música, un grito de furia y un lamento. El oficial de sanidad que esperaba en cubierta en medio de sus hombres –se le distingue perfectamente por la blancura cegadora de su uniforme- acaba de tomar la decisión de zarpar. Los marineros levan el ancla, que va subiendo por la roda, y el oficial entra en el castillo de popa para dar la orden de zarpar […]. Han comprendido que el guardacostas se volvía por donde había venido, que nos abandonaba a todos a nuestra suerte”.
Entre todo este entramado de situaciones, pasiones y recelos, se entrelaza la historia de amor entre León y Suryavati, una joven india que había llegado a la isla Plate con anterioridad. Allí, reina la paz y tranquilidad universal. La isla, con unas pocas hectáreas de terreno, es la más plana, y al no disponer de altura, se encuentra en peligro de inmersión debido al aumento histórico del nivel del mar. Una erupción volcánica la sacó a flote, la propia naturaleza -posiblemente- la arrastrará hasta la desaparición.
En la actualidad, es una de las mejores estancias, lejos del rutinario mundo mauriciano, íntima y con un aroma absolutamente tropical. Aunque tiene, eso sí, uno de los pocos faros en funcionamiento de Mauricio y un cementerio, testimonio de la utilización de la isla como una estación de cuarentena durante el siglo XIX.
Nada que ver esta narración ‘lecleziana’ con la historia del mochilero leonés. Nada que ver con su llegada a la isla que se desenvolvió con toda la normalidad. En el aeropuerto de Sant Louis, la capital, debe pasar unas horas de espera, pero nada que ver con una cuarentena y, menos, una cuarentena por cólera. Le asusta esta despiadada enfermedad de la que tan poco se sabe, únicamente su capacidad mortífera, aniquiladora y unida a la miseria.
En cambio, Jacques Archambau y su familia sufrieron aquella despiadada reclusión, llena de situaciones límite y no exenta de peligros y tribulaciones.



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6 de junio de 2020

Grand Bassam, la despedida

Una de las casas coloniales de Grand Bassam más fotografíada

¡Qué complicado era llegar a una ciudad de noche en el África profunda! En esta ocasión, llegaba a Abidján, a la terminal de transportes de UTB Gare Adjamé, procedente de la ciudad de Sassandra. Llegaba de noche, cansado, con su deficiente francés y allí sabía que tendría que coger otro medio de transporte para ir a Treichville, donde un minibús le acercaría a Grand Bassam. La noche, el cansancio, la lluvia que descargaba entonces, y el desconocimiento complicaba cualquier movimiento del viajero insatisfecho. Menos mal que la buena gente ayuda, guía o indica. Acompaña, incluso, si fuese preciso.
Y llegó, de noche, a la terminal de transportes de Grand Bassam con la única idea de que alguien le indicara donde se localizaba el hotel que él quería, venía en su guía-Lonely. Pero, añadiendo más incertidumbre al tema, ningún taxista conocía el hotel. En vista de lo cual, sólo sugirió le llevaran a un hotel diferente ‘n’est pas cher’ (barato).
Durmió, nada más.
Se levantó pronto con la intención de localizar, ya de día, otro lugar para las dos noches más que le restaban. Buscó, paseó, inspeccionó otros hoteles baratos y al final cuando estaba a punto de desistir, y visitaba el cementerio de la localidad, frente a éste y al lado de la playa, encontró su lugar ideal. Un hotel para turistas, pequeño, limpio, vacío y con manager con ganas de enganchar cliente para una de sus pocas habitaciones. El individuo le preguntó sobre cuánto estaba dispuesto a pagar, le soltó la cantidad y aceptó.
No se lo podía creer.
Un precioso hotelillo playero, con una pequeña terraza también playera y buenas cervezas frías que le aseguraban un buen final para el viaje a Costa de Marfil.
Casa colonial
Casa de los artistas / Maison des Artistes

Grand Bassam, capital colonial francesa de Costa de Marfil hasta la epidemia de fiebre amarilla de 1896, estaba ubicada en la desembocadura del estuario del río Comoe. Fue un importante centro administrativo y judicial, además de ser puerto comercial, hasta que se construyó el muelle de Abidján, en los inicios del siglo XX. Su actual zona, como Patrimonio de la Humanidad, cubría la parte colonial histórica de la ciudad, ahora pueblo de pescadores típico africano, asentado en una península de arena que separaba una laguna costera del Océano Atlántico. ‘Esto es agua dulce, aquello es agua salada’, afirmaba aquel simpático joven, señalando un punto cercano detrás de uno de los edificios coloniales.
Después de su época dorada, la ciudad se desvaneció y se convirtió en un remanso tranquilo, con sus edificios coloniales olvidados, abandonados a su suerte y a su falta de mantenimiento. Así permanecían cuando este leonés paseó por sus calles llenas de historia y escombros en pie. Sólo un pequeño número había sido restaurado, el resto de los edificios estaban ennegrecidos, incluso en alguno de ellos las plantas crecían a sus anchas y las raíces se agarraban obsesivas a las piedras de construcción a gran altura del suelo. Otros, se encontraban envueltos en una exuberante vegetación. Así abandonados, aún se veían sus pórticos con columnas, amplias terrazas y balcones, con sus ventanas cerradas pudriéndose al sol.
En la actualidad, era la playa de arena, el sol atlántico y la generosa temperatura lo que atraía a los visitantes de la ciudad. No les tentaba la ‘Casa de los Artistas’, semiocupada por algunos creadores, y en este caso, bien ocupada; ni el antiguo Palacio de Justicia, casi derruido, o las aristocráticas casas coloniales francesas, que aún se mantenían con dignidad, aunque con podredumbre, en pie.
Un domingo, los jóvenes locales, de playa; el resto de los días, vacía


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23 de mayo de 2020

Moló-moló y la playa de Monogaga

Playa de Monogaga y la mochila viajera
Se pasó todo el día en la playa de Monogaga. Era la primera vez que pisaba una playa después de casi veinte días en Costa de Marfil. No lo hizo por las ansias de tomar el sol o pisar la arena que, normalmente, odia hacer, sino por conocer aquel destino fuera de toda ruta y alejado relativamente de la civilización.
Pero no era una playa solitaria pues cerca de donde rompían las olas multitud de rudimentarias casas de pescadores encontraban allí su sitio. Constituían una especie de comunidad o pueblo de pescadores acostumbrados, quiso pensar, a las visitas de foráneos pero, en todo caso, a pocas visitas. En su día, según le dijeron, hubo un pequeño hotel turístico (hotelito, diría) entre unas cuantas palmeras, con la playa al frente y selvática vegetación por detrás, pero había cerrado -temporalmente- por falta de concurrencia. Y esa sensación daba cuando pasó delante de él: cerrado de manera transitoria pero ¿cuánto de transitoria?
Muy difícil mantener o fortalecer el turismo en aquella zona pues, en un área de sesenta kilómetros a la redonda, las carreteras eran infernales, llenas de baches que las lluvias habían convertido en profundos obstáculos para la circulación. Además, desde el cruce de la carretera principal hasta la propia playa, había un camino, más bien vereda para motos y algún arriesgado taxi-compartido que se acercaba al lugar.
Uno de aquellos taxis tomó el viajero insatisfecho en la portuaria y ruidosa ciudad de San Pedro, dispuesto a pasar un día de merodeo, curioseo y en plan indagador. Allí le dejó el taxi alrededor de las once de la mañana, después de atravesar otros dos poblados donde fue descargando clientela, paquetes y bultos. Sobre las cinco de la tarde prometió regresar para llevarle de nuevo a San Pedro. Una especie de ruta regular (a la africana, pues podía fallar) que le llevaría de nuevo a ‘la civilización’.
Al descender, su primer curioseo fueron los coloridos botes allí varados, a la espera de salir a la mar. Luego se lanzó a un lento paseo por la orilla. Del océano, en este caso. El final de la playa se veía a lo lejos y, hasta allí, se propuso llegar. Dos o tres casas, de aspecto turístico, una de ellas, el hotel, fue dejando atrás al amparo del ruido de las olas. Un joven dentro del agua -le llegaba a la cintura- lanzaba una red circular, con la esperanza de enmarañar algún pescado descuidado. Un pequeño grupo de aburridos jóvenes estaban tumbados en una de las abandonadas casas playeras. Del interior de la vegetación, lo vio a lo lejos, otro joven salió dispuesto a llevar al mar una pequeña piragua allí varada, una de esas piraguas elaboradas de un solo tronco, toda ella decorada con motivos del Barça, sus colores y escudo. Al final de la playa, donde aquel espigón rocoso se internaba en el mar, un pequeño arroyo o riachuelo lanzaba sus aguas al calmo océano. Se sentó en una barca allí varada a observar el agua, la brisa y a aquella solitaria piragua alejarse en el horizonte.
Momentos de tranquilidad y reposo difíciles de pagar.
Volvió sobre sus pasos hacia las casas de pescadores y se alejó hacia el otro extremo de la playa con evidente holganza y dejadez. El tiempo transcurría lentamente en aquel solitario paraje. Nada que hacer más que pasear y apreciar la singularidad del lugar.
Un joven motorista, aparecido de no sabe dónde, se ofreció para acercarle al cruce de la carretera que distaba al menos 15 kilómetros y hacer este trayecto por una elevada cantidad de dinero. Era hora de regresar. Como la playa de Monogaga ya estaba vista decidió aceptar previo regateo. El muchacho olía en exceso a bebida, pero su simpatía alcoholizada contrarrestaba el mal efecto. Le dijo que accedía, si subía y bajaba aquellas pendientes que había observado al venir, despacio (‘moló-moló’), sin prisas ni acelerones gratuitos.
Moló-moló’ (poco a poco) repetía insistente el muchacho cuando la pendiente era descendente y el mochilero (de paquete) le tiraba hacia atrás para que fuera más despacio. ‘Moló-moló’, ‘moló-moló’, recordará siempre al evocar aquella lejana playa de Costa de Marfil.
Coloridas barca en la playa de Monogaga


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5 de mayo de 2020

Los puentes colgantes de Lieupleu y Vatouo

El puente colgante de Lieupleu
Estaba en la ciudad de Man, dentro del área mayoritaria de la etnia de los ‘dan’, vecinos del pueblo ‘senufo’ (de donde venía), y le apetecía huir de aquel bullicio urbano para conocer algo de lo que ya tenía una pequeña referencia: los puentes colgantes.
Permaneció en Man un día más de lo previsto, por una sonora tos y fuerte dolor de garganta que le tenían atado al hotel y a la amoxicilina. No se atrevía a dar muchos pasos del lugar. Espero ese día y, al siguiente, decidió arriesgar para conocer los ‘puentes de los espíritus’ como algunos denominaban aquellos puentes colgantes de lianas. Para ello era necesario madrugar -la visita la quería hacer en una jornada- para alcanzar la población de Danané, hasta donde era fácil conseguir transporte local. Más allá, esperaba poder alquilar un precioso medio de locomoción: una moto-taxi.
Se apeó en la Terminal de aquel transporte (en ‘La gare’, que dicen en francés) solo, intrigado, despistado y con la intención de preguntar por los puentes. Nada difícil. Un blanco solitario en aquel alboroto de gente pasaba rápidamente a convertirse en centro de atenciones. Algunos le miraban como si no hubieran visto un personaje igual en su vida, otros se dirigían a él para interrogarle sobre sus intenciones. Pues, conocer los puentes colgantes. ¿Cómo ir?. Varios taxi-motos le rodearon para ofrecer sus servicios.
¡Qué fácil era moverse en África, si se arreglaba rascándose el bolsillo!
Una carretera asfaltada, pero repleta de baches, llevaba hasta un desvío hacia un camino de tierra. Éste, atravesaba una espesa vegetación silvestre y muchas plantaciones de café y de cacao. Si, sobretodo, de cacao. Unas plantaciones que se mezclaban con la silvestre maleza y con altos árboles selváticos. El cacao era el primer producto de Costa de Marfil y por toda aquella zona, y más al sur, se dejaba ver.
Había dos puentes colgantes famosos, el de Lieupleu y el de Vatouo. No muy lejos uno del otro.

Secaderos artesanos de cacao

Cuando ponían el pie en Lieupleu o, mejor, cuando rodaban por sus calles, se veían ante las cabañas muchos secaderos de cacao lo que denotaba la especial dedicación de las gentes a este producto. Pero la presencia del viajero insatisfecho allí era para comprobar la veracidad de aquellos puentes sagrados. Los puentes existían, sí, pero la leyenda contaba que eran construidos no por la intervención humana sino ‘por los entes sobrenaturales de los bosques’. Estos los confeccionaban para que sirvieran de comunicación para los hombres que vivían en el interior. Cientos de lianas, las tripas de la selva, eran entretejidas en la noche por los espíritus. No existían elementos ajenos a la naturaleza como clavos, cuerdas o tornillos tan solo lianas y troncos perfectamente combinados. Sagrados para los ‘dan’, porque eran construidos a base de estas lianas del bosque y todo lo que salía del bosque era sagrado. Por eso, con el máximo respeto, se descalzaban para cruzarles. Lo mismo que le impusieron a este visitante.
No duraban mucho estos puentes pues al estar construidos con lianas, estas perdían su elasticidad y era necesario destruirlos. El nuevo puente era fabricado en el más absoluto secreto -se decía- por los espíritus del bosque. Durante aquel periodo nadie del poblado podía acercarse por allí, bajo la amenaza de una intervención violenta de ellos. Los sonidos que procederían de aquella parte del río atemorizaban a los habitantes de Lieupleu. Sabían que los entes sobrenaturales del bosque estaban trabajando para ellos.
Se descalzó, siguiendo las instrucciones del jefe, para cruzar el río. Tanto este puente como el de Vatouo estaban levantados para salvar las aguas, en aquel momento limpias y cristalinas, del río Cavalli que surcaba las tierras de por allí para, luego, llegar a la frontera con Liberia y servir de divisoria entre ambos países hasta la desembocadura en el océano Atlántico.
El puente colgante de Vatouo

El trayecto para visitar el puente de Vatouo fue desandar parte del camino y luego desviarse por otra vereda de tierra hasta llegar al poblado. Similar puente, aunque tal vez más espectacular, y similar trenzado de lianas. Semejante también el río, aunque con aparente mayor caudal debido a la tranquilidad del curso de las aguas.


VÍDEO


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23 de abril de 2020

Godufu, una aldea con tradiciones

Cabañas circulares de Godufu

Tenía varias referencias de Godufu. La 'guía Bradt' incluía una foto de las danzas locales de este tradicional poblado, y en las páginas que hablaban de la región, un breve texto sobre lo que se movía alrededor de las gentes de esta pequeña población. No le costó mucho hacer una parada, cuando venía hacia Man desde el norte del país, en Touba, ciudad relativamente cercana a Godufu. Era una ciudad que tenía, al menos, un hotel decente para pernoctar una noche, asearse y emprender la aventura de la localización y, sobre todo, del cómo llegar al pequeño asentamiento local.
El poblado era un conjunto de chozas-casa al lado de un camino de tierra, en no muy mal estado. Nada más poner el pie, un joven se acercó para indagar sobre las intenciones. Visitar el pueblo, sin duda. Conocer algo de sus gentes. Nada más.
Aquel joven convocó al jefe, el más anciano del poblado, o mejor dicho le buscó hasta localizarlo, y una vez allí, el visitante expuso como pudo el calado de aquella corta visita. Fue necesario rebuscar en la cartera y hacerle entrega de unos cuantos CFA’s (moneda del país). En principio, no quedó muy satisfecho el anciano, pero, después de argumentarle que venía solo, aceptó el regalo. No habría ni danzas ni representaciones folclóricas. Nada.
Los jefes del poblado, los más ancianos
La soledad del viajero insatisfecho le impide a veces disfrutar, como en este caso, de las danzas locales que se organizaban cuando el dinero se mostraba visible en forma de ‘grupeto’ de turistas.
Así era África, también.
Estas típicas danzas comenzaban al atardecer cuando el laborioso día de trabajo llegaba a su fin. El espectáculo comenzaba con ‘la danza de la felicidad’ involucrándose en ella las mujeres recién casadas vestidas de blanco (pureza) o índigo (auto respeto). Moviéndose al ritmo de unos tambores cantaban sobre las pruebas y tribulaciones de su vida matrimonial, con la esperanza de hacer un buen trabajo para encantar a su esposo (Este párrafo, con información de ambiente para la crónica, esta sacado del libro-guía).
El visitante llegó con la intención de conocer un poco la realidad del poblado, no para ver unas danzas exóticas que serían, en todo caso, un poco ‘turistada’ o si no una representación falseada de los verdaderos bailes. Apreció a primera vista las diferentes coloraciones de las cabañas circulares que tenían mucho que ver con el género o la edad de quién las ocupaba (aquí dormía el marido; ahí dormía la mujer, y allí lo hacían sus hijos) y distinguió de trecho en trecho círculos de grandes asientos de piedras que no eran otra cosa que el lugar de reunión de los concejos familiares o del pueblo. Paseó entre las cabañas, sacó alguna foto, se paró ante un chamizo donde una mujer preparaba un pote de algo que tenía un color apetitoso y se sintió transportado en alma y espíritu a la vida cotidiana de Godufu.
Círculo de reuniones
No muy lejos, estaba ubicado Silakoro, el pueblo de los peces sagrados, en realidad, bagres. Se acercó a la aldea, y a la pequeña y sucia charca donde los bagres desarrollaban su 'místico y sagrado' mundo a base de coletazos y parsimonia en sus movimientos. La poza estaba a la sombra de unos grandes árboles que convertían aquello en un fresco lugar.
Un grupo de mujeres moliendo mijo sirvieron para que el mochilero retuviera en su retina los vivos colores de Silakoro.
También de Godufu.
Preparando su comida


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7 de abril de 2020

Los pueblos de los alrededores de Korhogo

Hombre en su telar

Madrugó aquel día. Su objetivo ambicioso (en África, un objetivo siempre podía ser ambicioso, susceptible de truncarse) residía en visitar cuatro pueblos de los alrededores de Korhogo, norte de Costa de Marfil. Alguno de ellos, a gran distancia; otros, más cercanos, pero todos -los cuatro- por caminos de tierra roja africana. El primero, fue Waraniené, conocida población de tejedores. El libro-guía que llevaba el viajero insatisfecho, catalogaba la visita como imprescindible. Sin dudarlo, se encomendó a aquel joven motorista, al que se le notaba su falta de experiencia en salidas fuera de la ciudad, pero resultó ser eficiente, paciente, muy frio, a veces, pero experto piloto. El camino de tierra que comenzaba nada más abandonar la ciudad de Korhogo, lo tomó con decisión. Sin preguntar. Para este mochilero, los primeros kilómetros fueron de calentamiento, de adaptación a la nueva realidad de encontrarse en manos de aquel desconocido joven motorista por un camino agreste sin mucha gente a la vista. De vez en cuando, algún que otro motero cruzaba, y alguna mujer, con un feje (uff, ¡qué palabra más leonesa!) de palos secos y retorcidos sobre la cabeza, caminaba por la orilla.
Al llegar a Waraniené, la calle principal llevaba a los tejedores. Varios centenares de telares estaban allí, a la sombra de varios cobertizos, grandes y, en apariencia, destartalados, aunque firmes cumplían la misión de guarecer a los tejedores del tórrido sol u otra inclemencia de la naturaleza. La imagen en su conjunto era muy particular y difícil explicar sin conocer la técnica, aunque con estas pocas palabras (y alguna fotografía) el novel lector ha de comprender la escena. Los telares de tejer estaban organizados en los laterales del cobertizo, en ambos lados, y por el centro corrían las filas de hilo de algodón tensadas por un extremo gracias a un pequeño pero pesado canto rodado. El tejedor, en su telar, con el hilo tenso, componía poco a poco, aunque con movimientos rápidos, monótonos y mecánicos, la tela a fabricar. El visitante se quedaba embelesado viendo el ajetreo del tejedor.

El hilo de algodón tensado por los cantos rodados

Un paseo por aquella tradicional fábrica artesana era un verdadero acto de enriquecimiento y pasión. Le mostraron las prendas realizadas, un poco rudas para la moda (collection) y excesos europeos, pero de gran belleza artesanal. Con cierta vergüenza y timidez se despidió de los tejedores. Le habían enseñado su trabajo con simpatía y, tal vez, extrañados por la soledad del mochilero.
Vestidos elaborados y diferentes telas

Era hora de lanzarse a conocer Kapelé, el pueblo de los fabricantes de perlas. Para llegar a él, el taxi-moto tuvo que preguntar, pero todo el mundo por aquella zona conocía Kapelé, un tradicional poblado con multitud de almacenes cilíndricos de mijo y rudimentarias casas de barro y techo de hojalata. Las perlas eran de terracota, bolas como canicas que llevaban un proceso menestral, manual, de elaboración y secado para conformar su dureza. Luego eran pintadas y decoradas con precisión artesana y profesional. La perla agujereada, una por una, era metida en un finísimo palo que el joven artesano hacía girar, a la vez que con la mano libre y un fino pincel decoraba la bola en un plis plas.
Chapeau!! Y se enrolló con la compra de varias piezas.
El tercer y cuarto pueblos del día, Niofoin y Koni. Ambos merecieron un texto y capítulo aparte. Con estos cuatro pueblos, quedaban casi rastreadas las peculiaridades de aquella zona del pueblo ‘senufo’ que como ya ha dicho abarcaba, además, áreas de Mali y Burkina Faso.
Pintando las bolitas de terracota. Luego, insertadas serías collares y pulseras


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25 de marzo de 2020

Koni, el poblado de los artesanos de la forja

El pequeño horno. La alimentación era por arriba

El motorista estaba cansado. Era el último movimiento del día, el último coletazo de aquella jornada de caminos y baches. Se perdió una vez, y paró a aquel hombre en bicicleta ¿Vamos bien para Koni?. Se perdió la segunda, y al despedirse del policía que le pidió el carnet de conducir y los papeles de la moto le preguntó la dirección a tomar para llegar a Koni. Antes de poder recoger la documentación y después de una incomprensible charla, el joven motero se rascó el bolsillo y entregó al policía 500 CFAs. Sobornos, corruptelas, dentelladas de perversión, habituales ‘mordidas’ africanas, podredumbre policial que enferma a cualquier noble sociedad.
El viajero insatisfecho (iba con él 'de paquete') sintió indignación, aunque fueran solo 500 CFAs.
Aquel paisaje de raros árboles y matojos medio secos era algo diferente al recorrido matinal, más atractivo éste y con cierta empatía, aunque igualmente sabana africana. Una sabana, con cierto desdén por poseer una rica tierra, más bien todo lo contrario, árida, mal cultivada, abandonada al sol y moscas. Algún pellizco de su inequívoca riqueza le sacaban los gigantes árboles de mango, las plantaciones de algodón, los recolectores de anacardos o el ralo mijo. El sol había caído ya bastante de su centro neurálgico y era fácil encontrar solitarias gentes por el camino dirigiéndose al hogar. Paró, de nuevo, en un cruce de caminos para orientarse e intentar coger el camino adecuado. Tomó, con acierto, la vereda más pisada y transitada.
Al llegar a Koni, un nuevo control policial se veía a lo lejos en la calle central del pueblo. Con un pequeño rodeo consiguió evitarlo. Un poco más adelante, en una casa cercada con patio se encontraba el artesano del hierro. Un grupo de cinco o seis italianos acababan de llegar. Eran los primeros blancos que vería entonces en el viaje a Costa de Marfil. El mochilero se unió a las explicaciones de aquel simpático lugareño, trabajador del hierro y la forja.
La tierra, con alta concentración de hierro

Un horno, en aquel momento encendido, era el artilugio más importante de su trabajo. En él conseguía compactar el material ferroso que sacaba de un montón de tierra, en apariencia normal, aunque -dijo- con un exceso o aglomeración anormal de este material. Esa tierra, en pequeñas bolas, era introducida por unos orificios en la base del horno a su centro incandescente, alimentado con carbón vegetal por una abertura en la parte superior del montículo. De aquel proceso extraía una masa de hierro compacto que al secarse más parecía una irregular roca coralina.
Ya tenía el hierro en bruto. Darle forma después en otro horno especial era ya una labor artesana de hierro fundido por calor y golpes para esculpir las formas requeridas.
Agujeros en la base para introducir las bolas de tierra

Asistió allí a aquella exhibición de todo el proceso, atento como no a los detalles de su elaboración, incluso subió al horno artesano a comprobar con sus propios ojos el fuego infernal que entonces había en su interior. Una posterior visita a la exposición de objetos trabajados fue el colofón de aquel trayecto a unos cuantos kilómetros de Korhogo. Abundaban los estilos y los tipos de trabajo, aunque se notaba que vivían más de las visitas curiosas que de una venta real: desde la tradicional azada, rejas, rudos candelabros o machetes, toscos sonajeros y algunos artículos de decoración de ridículas formas y, supuso, de mala venta o colocación.
Lo interesante ya estaba revisado: la forja.
Después, la satisfacción de haber visto todo aquel proceso artesanal en un apartado lugar.
Estilizando una herramienta, a base de fuego y golpes

Otra experiencia, totalmente diferente y desconocida para el V(B)iajero Insatisfecho, en Koni [AQUÍ].

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12 de marzo de 2020

Niofoin, el poblado de las ‘casas fetiche’


Una de las 'casas fetiche' (del fetiche Diby) de Niofoin

Unas breves líneas sobre el pueblo ‘senufo’, cree el viajero insatisfecho, serán necesarias para visualizar o, al menos, poder entender mínimamente la siguiente visita. Los ‘senufo’ eran un pueblo de cultura y lengua sudanesas que habitaban en Costa de Marfil, Mali y Burkina Faso. En cuanto a la economía, eran agricultores de subsistencia, cultivadores de maíz, mijo, ñame y cacahuete, aunque otros subgrupos eran granjeros o artesanos. El término artesano abarcaba diferentes castas individuales dentro de la sociedad incluyendo herreros, talladores, cortadores de latón, alfareros o trabajadores del cuero. En lo que se refiere a su religión, los ‘senufo’ veneraban a determinados antepasados y a los espíritus de la naturaleza.
Estaba en Korhogo y quería conocer más sobre este pueblo. La localidad que mejor definía la esencia y mejor conservaba las tradiciones de los ‘senufo’ era Niofoin, especialmente las ‘casas de los fetiches’. Con la palabra ‘fetiche’, se referían a objetos que representaban sus divinidades, objetos sagrados, a los cuales atribuían poderes místicos.
Pues allá se lanzó, a tratar de encontrar el pueblo con un joven motorista (taxi-moto) que desconocía su ubicación. Sabía que estaba en la ruta que llevaba a la población de Boundiali pero nada más. Habría que conseguir información durante el camino. A unos 40 kilómetros del punto de partida, el camino hacía Niofoin salía hacia la derecha. Finalizaba el asfalto y comenzaba un camino de tierra.
¡Larga se hizo aquella pista hasta llegar al destino!
Con el trasero machacado por las más de tres horas de trayecto en moto-de-paquete y los saltos, en ocasiones por las condiciones de camino, avistaron el pueblo.
Uno más.
Nada especial a primera vista.
Casa aledaña, en aquellos momentos reformaban su techumbre

Un pueblo con casas diseminadas de todo tipo, de barro y hojalata, construcciones más sólidas y otras de barro con techumbre de paja. Ah, y muchos graneros (de mijo) cilíndricos y alargados con su techo conoidal. Alcanzar la zona buscada, el barrio de las ‘casas fetiche’, supuso dar varias vueltas y paradas del motorista para preguntar. Se convirtió, así, en una especie de guía turístico.
Entre unos graneros cilíndricos esparcidos por uno de los barrios emergían las construcciones buscadas, las ‘casas fetiche’. Se caracterizaban por sus puntiagudos techos y su grosor, su original construcción y sus pinturas en la fachada elaboradas con motivos tradicionales. El tamaño y el grosor del techo tenía una sencilla explicación: al ser una casa sagrada nunca debía quedar al descubierto y la solución sencilla era ir reponiendo su techumbre añadiendo nuevas capas. Un trabajo artesano de gran generosidad y profesionalidad.
Otra de las 'casas fetiche' de Niofoin

La primera de las casas, la más espectacular, era la del fetiche Diby, encargado de proteger a sus habitantes de los enemigos. ¿Cómo? Dejando que una espesa niebla cubriera el pueblo, evitando así el avance del enemigo, según rezaba la creencia. Al divisarla le dio un vuelco emocional el alma. Tenía una peculiar fuerza estética y parecía todo estructurado con respeto, con el sentido de tradición del pueblo ‘senufo’: los cráneos de animales, los dibujos, y los objetos, en general. Intentó entrar en ella, sin consultar, pero aquellos jóvenes de al lado se lanzaron a tropel. Una de las cabañas laterales estaba siendo acondicionada y trabajada por un grupo de jóvenes, aunque más pareciera que estaban pasando el rato, pues miraban pasivos, en actividad nula, y se sentaban sobre aquel techo de paja con la tranquilidad del que no nota el paso del tiempo. Presenció escenas vitales en sus vueltas y revueltas por el entorno. No eran calles lo que formaban las cabañas, más bien entre ellas se tejían redes de sendas o veredas. Una mujer molía mijo con el tradicional mortero y un anciano con mirada perdida no movía, a su paso, ni un pelo. Mientras, el sol -en su momento álgido- dejaba su brillo sobre aquellas casas, aquellas chozas de barro. Era domingo, recuerda, pero para la tradición animista podría ser un día normal. 
Se despidió con la satisfacción de haber conocido algo más de las tradiciones del pueblo ‘senufo’ y con un “ha merecido la pena el largo trayecto hasta aquí”.
Una señora muele mijo a lado de los graneros cilíndricos

VÍDEO

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27 de febrero de 2020

Yamusukro, basílica y cocodrilos / Costa de Marfil

Basílica de Nuestra Señora de la Paz

Yamusukro era poca cosa, una capital atípica de Costa de Marfil y, además, una ciudad polvorienta, de poco sol aunque a ratos podía ser asfixiante. A unas cuatro horas de carretera desde Abiyán, dependiendo del número de paradas que se hicieran en ruta.
Yakro, como la conocen los marfileños, era la capital política de Costa de Marfil y lugar de nacimiento ‘del padre de la independencia del país’, Félix Houphouët-Boigny. Como consecuencia de ello, era en la actualidad hogar mayoritario de los baulé, etnia del ex presidente Boigny.

Basílica de Nuestra Sra. de la Paz, a semejanza de San Pedro de Roma

Era, además, un destacado destino turístico, gracias a la ensoñación (no podría llamarse de otra manera) del presidente que, en un delirio de megalomanía, mandó construir la Basílica de Nuestra Señora de la Paz, a imagen de San Pedro de Roma, aunque más grande. Este impresionante edificio religioso, en medio de la sabana selvática africana, se veía desde muchos puntos con imponente fuerza visual. Tardó cinco años en construirse y fue inaugurada por el papa Juan Pablo II en 1990. Era el lugar santo católico de mayor importancia de África. Cuando la visitó, la parte de la columnata semicircular de la entrada principal estaba vallada, como evitando los peligros por desplome de piedras o estructura. No lo sabe a ciencia cierta, pero parecería algo creíble o asumible ¿Qué país pobre, con débiles estructuras estatales, podría asumir las constantes reparaciones que un edificio así demanda?

Interior de la basílica

Llegó a la ciudad un día cualquiera del mes de diciembre sin avisar, sin tener nada preparado, ni siquiera un hotel dónde pasar una noche. A ello se dedicó nada más apearse. Después de tres ‘hoteluchos’ visitados tropezó con uno nuevo, limpio y relativamente barato. El mejor del viaje. Salió a curiosear y se encontró con una urbe deslavazada, con algunas avenidas anchas sin justificación y, por supuesto, con socavones en su asfalto por doquier.
Esta urbe, en el centro del país marfileño, era conocida, como no, por el ‘lago de los caimanes’, hábitat de cocodrilos traídos allí por la obsesión del presidente por dejarse proteger por los animales más fieros y exagerados de la fauna africana. Quizás fuera un elemento más de su tradición como baulé o pudiera ser la enfermedad de la bufonada del poder. Hace un tiempo se hicieron famosos porque, en línea con su fiereza, se merendaron a uno de sus cuidadores ante los atónitos y aterrados ojos de los turistas. Desde entonces las autoridades prohibían acercarse a sus aguas, aunque aparentemente esta restricción estaba desfasada y fuera de cualquier control. Se veía poca gente paseando cerca de las vallas del lago, aunque el viajero insatisfecho lo hizo sin apreciar excesivo peligro en ello. Uno de los visitantes de entonces consiguió atraer a unos cuántos de estos gigantescos reptiles, con golpeteos insistentes en las vallas de protección.
Muchas fotografías para el recuerdo y ‘Adiós, cocodrilos, adiós’.
En ella, también tenía su sede la Fundación Félix Houphouët-Boigny, un edificio de tintes megalómanos como su impulsor, aunque de líneas rectas y estilizadas. A fin de dejar para la posteridad una imagen de hombre de paz, creó en 1989, unos años antes de su muerte, un premio, patrocinado por la UNESCO, para la búsqueda de la paz, enteramente subvencionado por fondos extrapresupuestarios aportados por la Fundación. Como no permaneció este mochilero mucho tiempo en Yakro, haciendo bueno su habitual ‘culo inquieto’, no visitó esta fundación de tan difícil renombre.
Pero los curiosos del tema tienen detallada información en la red.
Adiós, Yakro, adiós’.

Cocodrilos ante el palacio presidencial



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