23 de mayo de 2020

Moló-moló y la playa de Monogaga

Playa de Monogaga y la mochila viajera
Se pasó todo el día en la playa de Monogaga. Era la primera vez que pisaba una playa después de casi veinte días en Costa de Marfil. No lo hizo por las ansias de tomar el sol o pisar la arena que, normalmente, odia hacer, sino por conocer aquel destino fuera de toda ruta y alejado relativamente de la civilización.
Pero no era una playa solitaria pues cerca de donde rompían las olas multitud de rudimentarias casas de pescadores encontraban allí su sitio. Constituían una especie de comunidad o pueblo de pescadores acostumbrados, quiso pensar, a las visitas de foráneos pero, en todo caso, a pocas visitas. En su día, según le dijeron, hubo un pequeño hotel turístico (hotelito, diría) entre unas cuantas palmeras, con la playa al frente y selvática vegetación por detrás, pero había cerrado -temporalmente- por falta de concurrencia. Y esa sensación daba cuando pasó delante de él: cerrado de manera transitoria pero ¿cuánto de transitoria?
Muy difícil mantener o fortalecer el turismo en aquella zona pues, en un área de sesenta kilómetros a la redonda, las carreteras eran infernales, llenas de baches que las lluvias habían convertido en profundos obstáculos para la circulación. Además, desde el cruce de la carretera principal hasta la propia playa, había un camino, más bien vereda para motos y algún arriesgado taxi-compartido que se acercaba al lugar.
Uno de aquellos taxis tomó el viajero insatisfecho en la portuaria y ruidosa ciudad de San Pedro, dispuesto a pasar un día de merodeo, curioseo y en plan indagador. Allí le dejó el taxi alrededor de las once de la mañana, después de atravesar otros dos poblados donde fue descargando clientela, paquetes y bultos. Sobre las cinco de la tarde prometió regresar para llevarle de nuevo a San Pedro. Una especie de ruta regular (a la africana, pues podía fallar) que le llevaría de nuevo a ‘la civilización’.
Al descender, su primer curioseo fueron los coloridos botes allí varados, a la espera de salir a la mar. Luego se lanzó a un lento paseo por la orilla. Del océano, en este caso. El final de la playa se veía a lo lejos y, hasta allí, se propuso llegar. Dos o tres casas, de aspecto turístico, una de ellas, el hotel, fue dejando atrás al amparo del ruido de las olas. Un joven dentro del agua -le llegaba a la cintura- lanzaba una red circular, con la esperanza de enmarañar algún pescado descuidado. Un pequeño grupo de aburridos jóvenes estaban tumbados en una de las abandonadas casas playeras. Del interior de la vegetación, lo vio a lo lejos, otro joven salió dispuesto a llevar al mar una pequeña piragua allí varada, una de esas piraguas elaboradas de un solo tronco, toda ella decorada con motivos del Barça, sus colores y escudo. Al final de la playa, donde aquel espigón rocoso se internaba en el mar, un pequeño arroyo o riachuelo lanzaba sus aguas al calmo océano. Se sentó en una barca allí varada a observar el agua, la brisa y a aquella solitaria piragua alejarse en el horizonte.
Momentos de tranquilidad y reposo difíciles de pagar.
Volvió sobre sus pasos hacia las casas de pescadores y se alejó hacia el otro extremo de la playa con evidente holganza y dejadez. El tiempo transcurría lentamente en aquel solitario paraje. Nada que hacer más que pasear y apreciar la singularidad del lugar.
Un joven motorista, aparecido de no sabe dónde, se ofreció para acercarle al cruce de la carretera que distaba al menos 15 kilómetros y hacer este trayecto por una elevada cantidad de dinero. Era hora de regresar. Como la playa de Monogaga ya estaba vista decidió aceptar previo regateo. El muchacho olía en exceso a bebida, pero su simpatía alcoholizada contrarrestaba el mal efecto. Le dijo que accedía, si subía y bajaba aquellas pendientes que había observado al venir, despacio (‘moló-moló’), sin prisas ni acelerones gratuitos.
Moló-moló’ (poco a poco) repetía insistente el muchacho cuando la pendiente era descendente y el mochilero (de paquete) le tiraba hacia atrás para que fuera más despacio. ‘Moló-moló’, ‘moló-moló’, recordará siempre al evocar aquella lejana playa de Costa de Marfil.
Coloridas barca en la playa de Monogaga


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5 de mayo de 2020

Los puentes colgantes de Lieupleu y Vatouo

El puente colgante de Lieupleu
Estaba en la ciudad de Man, dentro del área mayoritaria de la etnia de los ‘dan’, vecinos del pueblo ‘senufo’ (de donde venía), y le apetecía huir de aquel bullicio urbano para conocer algo de lo que ya tenía una pequeña referencia: los puentes colgantes.
Permaneció en Man un día más de lo previsto, por una sonora tos y fuerte dolor de garganta que le tenían atado al hotel y a la amoxicilina. No se atrevía a dar muchos pasos del lugar. Espero ese día y, al siguiente, decidió arriesgar para conocer los ‘puentes de los espíritus’ como algunos denominaban aquellos puentes colgantes de lianas. Para ello era necesario madrugar -la visita la quería hacer en una jornada- para alcanzar la población de Danané, hasta donde era fácil conseguir transporte local. Más allá, esperaba poder alquilar un precioso medio de locomoción: una moto-taxi.
Se apeó en la Terminal de aquel transporte (en ‘La gare’, que dicen en francés) solo, intrigado, despistado y con la intención de preguntar por los puentes. Nada difícil. Un blanco solitario en aquel alboroto de gente pasaba rápidamente a convertirse en centro de atenciones. Algunos le miraban como si no hubieran visto un personaje igual en su vida, otros se dirigían a él para interrogarle sobre sus intenciones. Pues, conocer los puentes colgantes. ¿Cómo ir?. Varios taxi-motos le rodearon para ofrecer sus servicios.
¡Qué fácil era moverse en África, si se arreglaba rascándose el bolsillo!
Una carretera asfaltada, pero repleta de baches, llevaba hasta un desvío hacia un camino de tierra. Éste, atravesaba una espesa vegetación silvestre y muchas plantaciones de café y de cacao. Si, sobretodo, de cacao. Unas plantaciones que se mezclaban con la silvestre maleza y con altos árboles selváticos. El cacao era el primer producto de Costa de Marfil y por toda aquella zona, y más al sur, se dejaba ver.
Había dos puentes colgantes famosos, el de Lieupleu y el de Vatouo. No muy lejos uno del otro.

Secaderos artesanos de cacao

Cuando ponían el pie en Lieupleu o, mejor, cuando rodaban por sus calles, se veían ante las cabañas muchos secaderos de cacao lo que denotaba la especial dedicación de las gentes a este producto. Pero la presencia del viajero insatisfecho allí era para comprobar la veracidad de aquellos puentes sagrados. Los puentes existían, sí, pero la leyenda contaba que eran construidos no por la intervención humana sino ‘por los entes sobrenaturales de los bosques’. Estos los confeccionaban para que sirvieran de comunicación para los hombres que vivían en el interior. Cientos de lianas, las tripas de la selva, eran entretejidas en la noche por los espíritus. No existían elementos ajenos a la naturaleza como clavos, cuerdas o tornillos tan solo lianas y troncos perfectamente combinados. Sagrados para los ‘dan’, porque eran construidos a base de estas lianas del bosque y todo lo que salía del bosque era sagrado. Por eso, con el máximo respeto, se descalzaban para cruzarles. Lo mismo que le impusieron a este visitante.
No duraban mucho estos puentes pues al estar construidos con lianas, estas perdían su elasticidad y era necesario destruirlos. El nuevo puente era fabricado en el más absoluto secreto -se decía- por los espíritus del bosque. Durante aquel periodo nadie del poblado podía acercarse por allí, bajo la amenaza de una intervención violenta de ellos. Los sonidos que procederían de aquella parte del río atemorizaban a los habitantes de Lieupleu. Sabían que los entes sobrenaturales del bosque estaban trabajando para ellos.
Se descalzó, siguiendo las instrucciones del jefe, para cruzar el río. Tanto este puente como el de Vatouo estaban levantados para salvar las aguas, en aquel momento limpias y cristalinas, del río Cavalli que surcaba las tierras de por allí para, luego, llegar a la frontera con Liberia y servir de divisoria entre ambos países hasta la desembocadura en el océano Atlántico.
El puente colgante de Vatouo

El trayecto para visitar el puente de Vatouo fue desandar parte del camino y luego desviarse por otra vereda de tierra hasta llegar al poblado. Similar puente, aunque tal vez más espectacular, y similar trenzado de lianas. Semejante también el río, aunque con aparente mayor caudal debido a la tranquilidad del curso de las aguas.


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23 de abril de 2020

Godufu, una aldea con tradiciones

Cabañas circulares de Godufu

Tenía varias referencias de Godufu. La 'guía Bradt' incluía una foto de las danzas locales de este tradicional poblado, y en las páginas que hablaban de la región, un breve texto sobre lo que se movía alrededor de las gentes de esta pequeña población. No le costó mucho hacer una parada, cuando venía hacia Man desde el norte del país, en Touba, ciudad relativamente cercana a Godufu. Era una ciudad que tenía, al menos, un hotel decente para pernoctar una noche, asearse y emprender la aventura de la localización y, sobre todo, del cómo llegar al pequeño asentamiento local.
El poblado era un conjunto de chozas-casa al lado de un camino de tierra, en no muy mal estado. Nada más poner el pie, un joven se acercó para indagar sobre las intenciones. Visitar el pueblo, sin duda. Conocer algo de sus gentes. Nada más.
Aquel joven convocó al jefe, el más anciano del poblado, o mejor dicho le buscó hasta localizarlo, y una vez allí, el visitante expuso como pudo el calado de aquella corta visita. Fue necesario rebuscar en la cartera y hacerle entrega de unos cuantos CFA’s (moneda del país). En principio, no quedó muy satisfecho el anciano, pero, después de argumentarle que venía solo, aceptó el regalo. No habría ni danzas ni representaciones folclóricas. Nada.
Los jefes del poblado, los más ancianos
La soledad del viajero insatisfecho le impide a veces disfrutar, como en este caso, de las danzas locales que se organizaban cuando el dinero se mostraba visible en forma de ‘grupeto’ de turistas.
Así era África, también.
Estas típicas danzas comenzaban al atardecer cuando el laborioso día de trabajo llegaba a su fin. El espectáculo comenzaba con ‘la danza de la felicidad’ involucrándose en ella las mujeres recién casadas vestidas de blanco (pureza) o índigo (auto respeto). Moviéndose al ritmo de unos tambores cantaban sobre las pruebas y tribulaciones de su vida matrimonial, con la esperanza de hacer un buen trabajo para encantar a su esposo (Este párrafo, con información de ambiente para la crónica, esta sacado del libro-guía).
El visitante llegó con la intención de conocer un poco la realidad del poblado, no para ver unas danzas exóticas que serían, en todo caso, un poco ‘turistada’ o si no una representación falseada de los verdaderos bailes. Apreció a primera vista las diferentes coloraciones de las cabañas circulares que tenían mucho que ver con el género o la edad de quién las ocupaba (aquí dormía el marido; ahí dormía la mujer, y allí lo hacían sus hijos) y distinguió de trecho en trecho círculos de grandes asientos de piedras que no eran otra cosa que el lugar de reunión de los concejos familiares o del pueblo. Paseó entre las cabañas, sacó alguna foto, se paró ante un chamizo donde una mujer preparaba un pote de algo que tenía un color apetitoso y se sintió transportado en alma y espíritu a la vida cotidiana de Godufu.
Círculo de reuniones
No muy lejos, estaba ubicado Silakoro, el pueblo de los peces sagrados, en realidad, bagres. Se acercó a la aldea, y a la pequeña y sucia charca donde los bagres desarrollaban su 'místico y sagrado' mundo a base de coletazos y parsimonia en sus movimientos. La poza estaba a la sombra de unos grandes árboles que convertían aquello en un fresco lugar.
Un grupo de mujeres moliendo mijo sirvieron para que el mochilero retuviera en su retina los vivos colores de Silakoro.
También de Godufu.
Preparando su comida


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7 de abril de 2020

Los pueblos de los alrededores de Korhogo

Hombre en su telar

Madrugó aquel día. Su objetivo ambicioso (en África, un objetivo siempre podía ser ambicioso, susceptible de truncarse) residía en visitar cuatro pueblos de los alrededores de Korhogo, norte de Costa de Marfil. Alguno de ellos, a gran distancia; otros, más cercanos, pero todos -los cuatro- por caminos de tierra roja africana. El primero, fue Waraniené, conocida población de tejedores. El libro-guía que llevaba el viajero insatisfecho, catalogaba la visita como imprescindible. Sin dudarlo, se encomendó a aquel joven motorista, al que se le notaba su falta de experiencia en salidas fuera de la ciudad, pero resultó ser eficiente, paciente, muy frio, a veces, pero experto piloto. El camino de tierra que comenzaba nada más abandonar la ciudad de Korhogo, lo tomó con decisión. Sin preguntar. Para este mochilero, los primeros kilómetros fueron de calentamiento, de adaptación a la nueva realidad de encontrarse en manos de aquel desconocido joven motorista por un camino agreste sin mucha gente a la vista. De vez en cuando, algún que otro motero cruzaba, y alguna mujer, con un feje (uff, ¡qué palabra más leonesa!) de palos secos y retorcidos sobre la cabeza, caminaba por la orilla.
Al llegar a Waraniené, la calle principal llevaba a los tejedores. Varios centenares de telares estaban allí, a la sombra de varios cobertizos, grandes y, en apariencia, destartalados, aunque firmes cumplían la misión de guarecer a los tejedores del tórrido sol u otra inclemencia de la naturaleza. La imagen en su conjunto era muy particular y difícil explicar sin conocer la técnica, aunque con estas pocas palabras (y alguna fotografía) el novel lector ha de comprender la escena. Los telares de tejer estaban organizados en los laterales del cobertizo, en ambos lados, y por el centro corrían las filas de hilo de algodón tensadas por un extremo gracias a un pequeño pero pesado canto rodado. El tejedor, en su telar, con el hilo tenso, componía poco a poco, aunque con movimientos rápidos, monótonos y mecánicos, la tela a fabricar. El visitante se quedaba embelesado viendo el ajetreo del tejedor.

El hilo de algodón tensado por los cantos rodados

Un paseo por aquella tradicional fábrica artesana era un verdadero acto de enriquecimiento y pasión. Le mostraron las prendas realizadas, un poco rudas para la moda (collection) y excesos europeos, pero de gran belleza artesanal. Con cierta vergüenza y timidez se despidió de los tejedores. Le habían enseñado su trabajo con simpatía y, tal vez, extrañados por la soledad del mochilero.
Vestidos elaborados y diferentes telas

Era hora de lanzarse a conocer Kapelé, el pueblo de los fabricantes de perlas. Para llegar a él, el taxi-moto tuvo que preguntar, pero todo el mundo por aquella zona conocía Kapelé, un tradicional poblado con multitud de almacenes cilíndricos de mijo y rudimentarias casas de barro y techo de hojalata. Las perlas eran de terracota, bolas como canicas que llevaban un proceso menestral, manual, de elaboración y secado para conformar su dureza. Luego eran pintadas y decoradas con precisión artesana y profesional. La perla agujereada, una por una, era metida en un finísimo palo que el joven artesano hacía girar, a la vez que con la mano libre y un fino pincel decoraba la bola en un plis plas.
Chapeau!! Y se enrolló con la compra de varias piezas.
El tercer y cuarto pueblos del día, Niofoin y Koni. Ambos merecieron un texto y capítulo aparte. Con estos cuatro pueblos, quedaban casi rastreadas las peculiaridades de aquella zona del pueblo ‘senufo’ que como ya ha dicho abarcaba, además, áreas de Mali y Burkina Faso.
Pintando las bolitas de terracota. Luego, insertadas serías collares y pulseras


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25 de marzo de 2020

Koni, el poblado de los artesanos de la forja

El pequeño horno. La alimentación era por arriba

El motorista estaba cansado. Era el último movimiento del día, el último coletazo de aquella jornada de caminos y baches. Se perdió una vez, y paró a aquel hombre en bicicleta ¿Vamos bien para Koni?. Se perdió la segunda, y al despedirse del policía que le pidió el carnet de conducir y los papeles de la moto le preguntó la dirección a tomar para llegar a Koni. Antes de poder recoger la documentación y después de una incomprensible charla, el joven motero se rascó el bolsillo y entregó al policía 500 CFAs. Sobornos, corruptelas, dentelladas de perversión, habituales ‘mordidas’ africanas, podredumbre policial que enferma a cualquier noble sociedad.
El viajero insatisfecho (iba con él 'de paquete') sintió indignación, aunque fueran solo 500 CFAs.
Aquel paisaje de raros árboles y matojos medio secos era algo diferente al recorrido matinal, más atractivo éste y con cierta empatía, aunque igualmente sabana africana. Una sabana, con cierto desdén por poseer una rica tierra, más bien todo lo contrario, árida, mal cultivada, abandonada al sol y moscas. Algún pellizco de su inequívoca riqueza le sacaban los gigantes árboles de mango, las plantaciones de algodón, los recolectores de anacardos o el ralo mijo. El sol había caído ya bastante de su centro neurálgico y era fácil encontrar solitarias gentes por el camino dirigiéndose al hogar. Paró, de nuevo, en un cruce de caminos para orientarse e intentar coger el camino adecuado. Tomó, con acierto, la vereda más pisada y transitada.
Al llegar a Koni, un nuevo control policial se veía a lo lejos en la calle central del pueblo. Con un pequeño rodeo consiguió evitarlo. Un poco más adelante, en una casa cercada con patio se encontraba el artesano del hierro. Un grupo de cinco o seis italianos acababan de llegar. Eran los primeros blancos que vería entonces en el viaje a Costa de Marfil. El mochilero se unió a las explicaciones de aquel simpático lugareño, trabajador del hierro y la forja.
La tierra, con alta concentración de hierro

Un horno, en aquel momento encendido, era el artilugio más importante de su trabajo. En él conseguía compactar el material ferroso que sacaba de un montón de tierra, en apariencia normal, aunque -dijo- con un exceso o aglomeración anormal de este material. Esa tierra, en pequeñas bolas, era introducida por unos orificios en la base del horno a su centro incandescente, alimentado con carbón vegetal por una abertura en la parte superior del montículo. De aquel proceso extraía una masa de hierro compacto que al secarse más parecía una irregular roca coralina.
Ya tenía el hierro en bruto. Darle forma después en otro horno especial era ya una labor artesana de hierro fundido por calor y golpes para esculpir las formas requeridas.
Agujeros en la base para introducir las bolas de tierra

Asistió allí a aquella exhibición de todo el proceso, atento como no a los detalles de su elaboración, incluso subió al horno artesano a comprobar con sus propios ojos el fuego infernal que entonces había en su interior. Una posterior visita a la exposición de objetos trabajados fue el colofón de aquel trayecto a unos cuantos kilómetros de Korhogo. Abundaban los estilos y los tipos de trabajo, aunque se notaba que vivían más de las visitas curiosas que de una venta real: desde la tradicional azada, rejas, rudos candelabros o machetes, toscos sonajeros y algunos artículos de decoración de ridículas formas y, supuso, de mala venta o colocación.
Lo interesante ya estaba revisado: la forja.
Después, la satisfacción de haber visto todo aquel proceso artesanal en un apartado lugar.
Estilizando una herramienta, a base de fuego y golpes

Otra experiencia, totalmente diferente y desconocida para el V(B)iajero Insatisfecho, en Koni [AQUÍ].

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12 de marzo de 2020

Niofoin, el poblado de las ‘casas fetiche’


Una de las 'casas fetiche' (del fetiche Diby) de Niofoin

Unas breves líneas sobre el pueblo ‘senufo’, cree el viajero insatisfecho, serán necesarias para visualizar o, al menos, poder entender mínimamente la siguiente visita. Los ‘senufo’ eran un pueblo de cultura y lengua sudanesas que habitaban en Costa de Marfil, Mali y Burkina Faso. En cuanto a la economía, eran agricultores de subsistencia, cultivadores de maíz, mijo, ñame y cacahuete, aunque otros subgrupos eran granjeros o artesanos. El término artesano abarcaba diferentes castas individuales dentro de la sociedad incluyendo herreros, talladores, cortadores de latón, alfareros o trabajadores del cuero. En lo que se refiere a su religión, los ‘senufo’ veneraban a determinados antepasados y a los espíritus de la naturaleza.
Estaba en Korhogo y quería conocer más sobre este pueblo. La localidad que mejor definía la esencia y mejor conservaba las tradiciones de los ‘senufo’ era Niofoin, especialmente las ‘casas de los fetiches’. Con la palabra ‘fetiche’, se referían a objetos que representaban sus divinidades, objetos sagrados, a los cuales atribuían poderes místicos.
Pues allá se lanzó, a tratar de encontrar el pueblo con un joven motorista (taxi-moto) que desconocía su ubicación. Sabía que estaba en la ruta que llevaba a la población de Boundiali pero nada más. Habría que conseguir información durante el camino. A unos 40 kilómetros del punto de partida, el camino hacía Niofoin salía hacia la derecha. Finalizaba el asfalto y comenzaba un camino de tierra.
¡Larga se hizo aquella pista hasta llegar al destino!
Con el trasero machacado por las más de tres horas de trayecto en moto-de-paquete y los saltos, en ocasiones por las condiciones de camino, avistaron el pueblo.
Uno más.
Nada especial a primera vista.
Casa aledaña, en aquellos momentos reformaban su techumbre

Un pueblo con casas diseminadas de todo tipo, de barro y hojalata, construcciones más sólidas y otras de barro con techumbre de paja. Ah, y muchos graneros (de mijo) cilíndricos y alargados con su techo conoidal. Alcanzar la zona buscada, el barrio de las ‘casas fetiche’, supuso dar varias vueltas y paradas del motorista para preguntar. Se convirtió, así, en una especie de guía turístico.
Entre unos graneros cilíndricos esparcidos por uno de los barrios emergían las construcciones buscadas, las ‘casas fetiche’. Se caracterizaban por sus puntiagudos techos y su grosor, su original construcción y sus pinturas en la fachada elaboradas con motivos tradicionales. El tamaño y el grosor del techo tenía una sencilla explicación: al ser una casa sagrada nunca debía quedar al descubierto y la solución sencilla era ir reponiendo su techumbre añadiendo nuevas capas. Un trabajo artesano de gran generosidad y profesionalidad.
Otra de las 'casas fetiche' de Niofoin

La primera de las casas, la más espectacular, era la del fetiche Diby, encargado de proteger a sus habitantes de los enemigos. ¿Cómo? Dejando que una espesa niebla cubriera el pueblo, evitando así el avance del enemigo, según rezaba la creencia. Al divisarla le dio un vuelco emocional el alma. Tenía una peculiar fuerza estética y parecía todo estructurado con respeto, con el sentido de tradición del pueblo ‘senufo’: los cráneos de animales, los dibujos, y los objetos, en general. Intentó entrar en ella, sin consultar, pero aquellos jóvenes de al lado se lanzaron a tropel. Una de las cabañas laterales estaba siendo acondicionada y trabajada por un grupo de jóvenes, aunque más pareciera que estaban pasando el rato, pues miraban pasivos, en actividad nula, y se sentaban sobre aquel techo de paja con la tranquilidad del que no nota el paso del tiempo. Presenció escenas vitales en sus vueltas y revueltas por el entorno. No eran calles lo que formaban las cabañas, más bien entre ellas se tejían redes de sendas o veredas. Una mujer molía mijo con el tradicional mortero y un anciano con mirada perdida no movía, a su paso, ni un pelo. Mientras, el sol -en su momento álgido- dejaba su brillo sobre aquellas casas, aquellas chozas de barro. Era domingo, recuerda, pero para la tradición animista podría ser un día normal. 
Se despidió con la satisfacción de haber conocido algo más de las tradiciones del pueblo ‘senufo’ y con un “ha merecido la pena el largo trayecto hasta aquí”.
Una señora muele mijo a lado de los graneros cilíndricos

VÍDEO

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27 de febrero de 2020

Yamusukro, basílica y cocodrilos / Costa de Marfil

Basílica de Nuestra Señora de la Paz

Yamusukro era poca cosa, una capital atípica de Costa de Marfil y, además, una ciudad polvorienta, de poco sol aunque a ratos podía ser asfixiante. A unas cuatro horas de carretera desde Abiyán, dependiendo del número de paradas que se hicieran en ruta.
Yakro, como la conocen los marfileños, era la capital política de Costa de Marfil y lugar de nacimiento ‘del padre de la independencia del país’, Félix Houphouët-Boigny. Como consecuencia de ello, era en la actualidad hogar mayoritario de los baulé, etnia del ex presidente Boigny.

Basílica de Nuestra Sra. de la Paz, a semejanza de San Pedro de Roma

Era, además, un destacado destino turístico, gracias a la ensoñación (no podría llamarse de otra manera) del presidente que, en un delirio de megalomanía, mandó construir la Basílica de Nuestra Señora de la Paz, a imagen de San Pedro de Roma, aunque más grande. Este impresionante edificio religioso, en medio de la sabana selvática africana, se veía desde muchos puntos con imponente fuerza visual. Tardó cinco años en construirse y fue inaugurada por el papa Juan Pablo II en 1990. Era el lugar santo católico de mayor importancia de África. Cuando la visitó, la parte de la columnata semicircular de la entrada principal estaba vallada, como evitando los peligros por desplome de piedras o estructura. No lo sabe a ciencia cierta, pero parecería algo creíble o asumible ¿Qué país pobre, con débiles estructuras estatales, podría asumir las constantes reparaciones que un edificio así demanda?

Interior de la basílica

Llegó a la ciudad un día cualquiera del mes de diciembre sin avisar, sin tener nada preparado, ni siquiera un hotel dónde pasar una noche. A ello se dedicó nada más apearse. Después de tres ‘hoteluchos’ visitados tropezó con uno nuevo, limpio y relativamente barato. El mejor del viaje. Salió a curiosear y se encontró con una urbe deslavazada, con algunas avenidas anchas sin justificación y, por supuesto, con socavones en su asfalto por doquier.
Esta urbe, en el centro del país marfileño, era conocida, como no, por el ‘lago de los caimanes’, hábitat de cocodrilos traídos allí por la obsesión del presidente por dejarse proteger por los animales más fieros y exagerados de la fauna africana. Quizás fuera un elemento más de su tradición como baulé o pudiera ser la enfermedad de la bufonada del poder. Hace un tiempo se hicieron famosos porque, en línea con su fiereza, se merendaron a uno de sus cuidadores ante los atónitos y aterrados ojos de los turistas. Desde entonces las autoridades prohibían acercarse a sus aguas, aunque aparentemente esta restricción estaba desfasada y fuera de cualquier control. Se veía poca gente paseando cerca de las vallas del lago, aunque el viajero insatisfecho lo hizo sin apreciar excesivo peligro en ello. Uno de los visitantes de entonces consiguió atraer a unos cuántos de estos gigantescos reptiles, con golpeteos insistentes en las vallas de protección.
Muchas fotografías para el recuerdo y ‘Adiós, cocodrilos, adiós’.
En ella, también tenía su sede la Fundación Félix Houphouët-Boigny, un edificio de tintes megalómanos como su impulsor, aunque de líneas rectas y estilizadas. A fin de dejar para la posteridad una imagen de hombre de paz, creó en 1989, unos años antes de su muerte, un premio, patrocinado por la UNESCO, para la búsqueda de la paz, enteramente subvencionado por fondos extrapresupuestarios aportados por la Fundación. Como no permaneció este mochilero mucho tiempo en Yakro, haciendo bueno su habitual ‘culo inquieto’, no visitó esta fundación de tan difícil renombre.
Pero los curiosos del tema tienen detallada información en la red.
Adiós, Yakro, adiós’.

Cocodrilos ante el palacio presidencial



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12 de febrero de 2020

Fakaha, ¿estuvo Picasso allí?

Mujer en la ruta, camino de Fakaha

En el libro-guía que llevaba no venía nada del pueblo de Fakaha, relativamente cerca de la ciudad de Korhogo, al norte de Costa de Marfil.
Supo de este pueblo cuando estaba allí, ya en la ciudad norteña: una amiga desde España le preguntaba si visitaría Waraniené (población de tejedores), Kapelé (artesanos de la terracota) y Fakaha. Para los dos primeros, y otros dos poblados más, le vendría a buscar un moto-taxi al día siguiente (ya lo tenía contratado), pero de Fakaha no sabía nada. El mensaje enviado, recogido de internet, era una breve frase en inglés que decía: “Fakaha Village: Picasso vino aquí dos veces en los años 60 y usó alguno de los motivos artísticos en sus pinturas. Se puede ver todavía uno de sus trabajos en sus talleres”.
Indudablemente, y a partir de ahí, ese sería también uno de sus próximos destinos. Estaba dispuesto a conocer cualquier pormenor acerca del pueblo ‘senufo’, habitantes de aquella zona, y si ello llevaba aparejado averiguar algo relacionado con Picasso, con mayor motivo.
La suspicacia de que ello fuera o no verdad se labró en su mente, sin ser un experto, desde el primer momento. ¿Picasso, en Costa de Marfil? ¿Picasso, en un perdido poblado en medio de la sabana norteña de los alrededores de Korhogo? ¿En los años 60 del siglo pasado con las dificultades que en aquel entonces tenía la movilidad por África? Ningún experto o historiador de Picasso defendía la autenticidad de tal viaje del artista, aunque si muchos críticos insistían y enfatizaban las similitudes entre las esculturas africanas y las obras del artista español. Era fácil suponer que, de alguna forma, le sirvieron de inspiración.
Con la escasa información y con las dudas que le entraron, se lanzó al día siguiente a tratar de encontrar un ‘Picasso’ en Fakaha. Mejor dicho, a los dos días, pues para la siguiente jornada ya tenía otros planes decididos de inspección.
El motorista no conocía la población. Salieron del hotel de Korhogo muy pronto. Ya de camino, el viajero insatisfecho le mostraba el nombre del pueblo escrito en su libreta de viaje. Paraba de cuando en cuando a preguntar a los viandantes de la orilla por el desconocido destino. Unos pocos kilómetros por una carretera asfaltada y luego un gran trecho, quizás 20 kilómetros, por un camino de tierra que les llevaría a la esperada población. Hasta llegar, sorprendían los termiteros gigantes entre plantaciones de anacardos o tierras sin cultivar, campos y campos de algodón, unos ya cosechados –se veían los montones blancos de trecho en trecho- otros aún en la planta aflorando su albor. Algunos baobabs se encargaban de generar una atmósfera más africana al lugar. Y, como no, polvo, tierra roja africana y polvo generado, menos mal, por los raros vehículos cruzados.
Vivían allí, en Fakaha, unos cuantos habitantes en modestas casas de barro, algunas con techumbre de paja. Y niños, una prole de niños que aparecieron al ruido del motor. Del otro lado del pueblo, en varias construcciones circulares y abiertas, los artistas pintaban sus tradicionales telas. Eso sí, en aquel momento, había un descanso o receso productivo: nadie usaba pinceles o punteros para elaborar una nueva creación. Los talleres no tenían protección alguna. Sus obras colgaban de las paredes o extendidas en el suelo.
El artista local realizando una de sus obras, mostrando su técnica

Y allí, en el suelo, se encontraba con el famoso ‘Picasso’. ¡Un impacto brutal! ¡Un sorprendente hallazgo! ¿Estaría delante de un cuadro africano de Picasso?. ¿Una obra del artista español en medio de la sabana africana? Desde luego, un dibujo humano con rasgos de hombre blanco que se repetía en la obra podría parecer Picasso, su autorretrato. La tela blanca, aunque más oscura, denotaba el paso del tiempo y en uno de los extremos del lienzo, una declaración en francés destinada a certificar que el pintor había pasado por allí:
"El que suscribe, Ashanty Kouadio Souleymane, agente de turismo de la empresa de los Palacios de Cocody (...), comisionado por la agencia Lagoona Tours, reconozco haber reproducido la carta, testimonio del paso de Pablo Picasso. Para una mejor conservación de la nota en los archivos de Fakaha (...) Picasso vino en 1968 a Fakaha, descalzo. Trabajaba sin camisa ni ropa”.
Preguntó a un hombre que le observaba quieto, ya entrado en años, si había conocido a Picasso. Movió su cabeza marcando una negación. No parecía, eso sí, la persona indicada donde indagar. Tal vez, únicamente pasaba por allí.
Un paseo por aquí, paseos por doquier observando la gran cantidad de telas expuestas, seguido de un grupo de niños que no dejaban de mirar. Uno de los artistas que apareció de pronto, le mostró la técnica, su elaboración y le ofreció alguna de sus obras. No suele ser costumbre de este mochilero, pero aceptó. Tras el inevitable regateo/forcejeo se hizo con una tela ¿y si fuera verdad que Picasso estuvo allí?
Termiteros

Una vez en casa, y consultado ‘San-Google’, puede asegurar que, a primeros del pasado año, varios periódicos iberoamericanos recogían la información, pero dejando muchas cuestiones en el aire. Cábalas, muchas conjeturas y demasiadas incógnitas. Si no había rastros de ese viaje -dijo algún defensor- era porque Picasso quiso mantenerlo en secreto para no revelar que se inspiró allí. "¡Estoy seguro! Les digo que vino. ¡Lo vi!" dijo irritado Soro Navaghi, uno de los testimonios que recoge la crónica de AFP.
Según especulaban los periódicos, ‘para llegar hasta el norte de Costa de Marfil, entonces colonia francesa, Picasso tendría que haber navegado hasta Abidján y luego recorrido más de 1.000 km por caminos de tierra. Una odisea de varios meses digna de un explorador’.
Casi a la altura de Mungo Park.
El 'Picasso', en primer plano en el suelo, y el V(B)iajero Insatisfecho
Tela comprada en Fakaha, enmarcada aquí

VÍDEO
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27 de enero de 2020

La mezquita de Kong, Costa de Marfil

Mezquita de Kong

Una tienda ‘Vente de pondeuse’ que vendía… ¡a saber!. Delante un kiosco (cuatro tablas y una techumbre de hojalata) con camisas colgadas, todas ellas diferentes, con dibujos infantiles. La azul celeste tenía impreso ‘Chaplin’. Una niña jugaba, al lado de su madre que daba el pecho a un tierno bebé, y daba alegres saltos multicolor. Se levantaba la falda y, con inocente ingenuidad, enseñaba su ‘culete’ sin braguitas. Piel fina, negra, brillante que, incluso a lo lejos, desprendía candor. Por la calle caminaba una jovencísima madre con su niño recogido como una bola a la espalda; paso firme y sin mirar, como de oído, cruzaba una calle en diagonal. La hermana de la ‘culete sin braguitas’ un poco mayor, comenzaba a recoger las camisas que colgaban del tenderete. La última, la que estaba rotulada como ‘Chaplin’.
Poco a poco iba desapareciendo el color rutilante de la tarde, y en los ojos molestaba el perenne polvo que brotaba de la cercana tierra roja. Por la calle perpendicular aparecía un hombre vestido de musulmán, chilaba corta de color marrón y, por debajo, unos pantalones más ‘café con leche’. Gran trasiego de motos en ambas direcciones. En pocos minutos, el kiosco, las cuatro tablas quedaban desnudas. La madre dejaba de dar el pecho al niño y desaparecía en el interior de la tienda. Por la calle lateral, un ciclista se perdía a lo lejos.
La vida en Korhogo se transformaba en gris: no estaban las camisas de colores y dibujos infantiles, la niña del ‘culete sin braguitas’ se ocultaba con su mamá. Un poco de vida africana se perdía para siempre. Dos niñas y tres niños pasaban delante del mochilero y le decían ‘au revoir’ ¿sería educación o curiosidad? Y por instantes la vida africana volvía a resurgir.
Ovejas al lado de la mezquita

Hacía unas horas que el viajero insatisfecho había regresado de su visita a la mezquita de Kong. Un largo viaje de ida y vuelta por caminos de tierra roja, reposado calor, sol y constante polvo en el aire provocado por algún vehículo que circulaba anterior. Aquel polvo que el viajero respiraba desdeñando su maligna parte perjudicial. Kong era un sencillo pueblo, quizás feo y sin color. Para llegar allí, después de cuatro horas de saltos y polvareda, había que cruzar varias poblaciones de mísera apariencia. Se traspasaba Fengene, Nafana o Kovadá. Los árboles de las orillas del camino, aunque verdes, agostados y vestidos de polvo marrón. Plantaciones de anacardos, algunos gigantescos mangos y muchos árboles karité, o de mantequilla.
Llegaban a la calle principal de la población cuando faltaba poco más de una hora de sol. Vio la mezquita a lo lejos y, después de organizar con el conductor la vuelta temprano para el día siguiente, dirigió sus pasos hacia aquel edificio particular. Era su único propósito de viaje, visitar la mezquita de Kong. Conocía la mezquita de Larabanga, en Ghana, considerada la más antigua de este tipo de mezquitas, cimentadas todas ellas en el prestigioso estilo sudanés. En una vasta área de todo el continente africano noroccidental, desde Senegal hasta Ghana o Costa de Marfil, estos singulares edificios religiosos se caracterizaban por su material de construcción común: ladrillos de barro reforzados por grandes troncos de madera y vigas de soporte que sobresalían de la pared de manera irregular, sin tallar. Estas estacas de madera, llamadas ‘torones’, se utilizaban como andamios de cuando en cuando, según las necesidades de retocado de sus paredes. De la de Kong, además, le llamó la atención aquellas bolas blancas en sus picos, imitando huevos de avestruz.
Le quedaba aún un rato de sol y sin más preámbulos, después de admirar sus raros contornos, sus torretas y vigas de retorcidos palos sin pulir, de asegurarse unas fotos y disfrutar de aquel momento único, se dirigió al albergue de la población. Quería garantizarse un tranquilo, aunque fuese corto descanso. Tomó una habitación y rápido regresó en taxi-moto al entorno de la mezquita. Rodeó de nuevo sus paredes de barro, su irregular forma tradicional, molestó a unas ovejas que descansaban a la sombra y trató de pasar al interior. Todas sus puertas estaban cerradas y no parecía buena idea molestar al líder religioso.
Paseó por una de sus calles aledañas y, a lo lejos, divisó otra mezquita menor, de similares formas y aparente imitación. Ésta sí tenía la puerta abierta pero uno de los personajes integrantes de la asamblea allí montada le impidió el acceso. 
Se resignó. 
Era 31 de diciembre.
El primero de año regresaría a Korhogo y, en la espera del autobús para el siguiente destino, la niña exhibiría, con inocente candor, su ‘culete’ sin braguitas.
Pequeña mezquita

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