10 de octubre de 2020

Olite, o la historia de Navarra

Olite, Olite, Olite.... ¿de qué le suena? Pues, sí, es un pueblo con historia, con encanto, con calles antiguas, con una plaza poco convencional, con un Parador famoso y un Palacio Real de renombre.
Palacio de Olite


¿De qué le suena?... No sabe. Los viajeros iban, en su Nissan Almera, por la carretera que les traía de Pamplona y a lo lejos de una prolongada recta se veía la esbelta y estilizada silueta del castillo ¿o era un palacio? ¿o era un Parador?

¿O era todo a la vez?

Sede real durante la Edad Media, los gruesos muros y torres almenadas del palacio alojaron a reyes y princesas. Pero la historia se pierde por cantidad de recovecos que a un inexperto como el viajero insatisfecho le resulta difícil analizar, conocer y, por ende, explicar. El complejo tiene mucha historia, seguro, pero también tiene muchas restauraciones que desfiguran bastante la realidad de lo que aquello fue.

Actualmente está dividido en tres partes: Palacio Viejo (actual Parador), ruinas de la Capilla de San Jorge, y el Palacio Nuevo, que es la parte visitable del monumento. Esta parte airosa y pateada por turistas, ávidos de conocer o pasar la tarde, tiene escaleras, minaretes, torres, miradores, patios, galerías o garitas adaptadas. También almenas, cada uno de los salientes verticales y rectangulares dispuestos a intervalos regulares que coronan los muros perimetrales de este castillo y de la mayoría de ellos.

Llama la atención todo, por su experta restauración, pero a este mochilero, sin mochila esta vez, el patio de la Pajarera le resultó simpático, tapado con una red para que, a modo de jaula, los pájaros que había dentro no pudieran escapar. También apreció el patio de la Morera, fácil de identificar por una vieja morera que no puede ser tan ancestral ‘como la pintan’. No hay nada peor que los engaños y con esa morera a cualquier crédulo le tratarán de engañar.

¿600 años? Imposible. Ningún naturalista y experto le dataría con esa edad ¡Vamos a dejarlo en 80 años!

Desde cualquiera de las torres se podía divisar la viña de los frailes que llamaba la atención por su potencial productivo, pero también por su escaso cuidado. Ya hay pocos frailes en los conventos y trabajar, doblando el lomo, no está bien visto ni para los que hacen votos de piedad, pobreza y castidad.


La huerta del fraile, vista desde una de las torres del Palacio

Es muy recomendable visitar Olite, cuna de navarros con ínsulas de historia. Por otra parte, como para cualquier pueblo que necesite buscar sus orígenes.

¡Y dicen que Olite es la capital del vino!

¡Visitad Olite!

Copyright © By Blas F.Tomé 2020


27 de septiembre de 2020

Bardenas reales


Cabezo de Castildetierra / Bardenas reales

Pasaban al lado ¿qué les costaba visitar el Parque Nacional de Bardenas Reales?

Nada.

Y fue un recorrido suave, pero intenso, a la vez; bello, pero un poco deprimente, e interesante, aunque había que positivar el recorrido.

Este mochilero habla en estos términos porque nada más entrar coció la idea de que allí debía cuajar un clima desértico en cualquier estación del año: veranos calurosos, fríos inviernos y ausencia casi total de lluvias. ¿De qué vivirían los labriegos que allí estuvieron asentados? Al menos sus casas, aparecían sembradas y desperdigadas por aquella extensión de tierra seca, polvorienta y, en algunos puntos, pedregosa y desapacible. Aquellas casas solitarias, sus grandes chimeneas, escasa altura del suelo y su construcción mimetizada, hacían pensar en una dura batalla de supervivencia de sus moradores.

Las Bardenas Reales conocidas hace años -de oídas- por el viajero insatisfecho, han sido siempre nombradas como campo de tiro y lugar de maniobras aéreas y terrestres. Y precisamente aquel día de la visita parte de la zona estaba cerrada porque ‘cazas’ del ejército estaban practicando con sus arsenales, o experimentando sus habilidades.

Según el plano informativo que ofrecían a la entrada del parque, hay tres zonas muy definidas: La Bardena blanca, el Plano y la Negra. El recorrido en coche se centraba únicamente en la Bardena blanca que era la depresión central de suelos a menudo blanquecinos, desnudos y de aspecto desértico. Al rodar por aquel territorio parecía estar uno inmerso en una película del oeste americano sin diligencias, ni vaqueros, ni manadas de terneros atravesando la llanura. Se han filmado películas en sus agrestes paisajes, sesiones de fotos con modelos renombradas y hace poco ante estos ojos han pasado imágenes en un videoclip.


Paisaje de Bardenas reales

La visita era totalmente intuitiva, no necesitaba guía y pocas sugerencias previas. Era dejarse llevar por la ruta, por el camino pedregoso y polvoriento y dejarse sorprender por lo que pudiera aparecer detrás de aquellos montículos planos o al lado de las formaciones rocosas.

Lo más fotografiado era el ‘Cabezo de Castildetierra’, icono del parque. Se trataba de un gran pináculo rocoso, tipo de formación denominada cabezo. Hay más en la zona, pero éste era tan fotogénico como Kate Moss. Un cabezo es el resultado y mejor ejemplo del proceso de erosión -viento, lluvia y frío- que durante millones de años han sufrido estos parajes. Se producen porque en la parte superior de la formación rocosa quedan materiales más resistentes a la erosión, como pueden ser la piedra caliza o la arenisca, y en la inferior hay materiales más blandos, como las arcillas.

Se veían muchos coches haciendo la ruta, pocas motos y, menos aún, bicicletas.

En las paradas, fotos, subidas y bajadas.

Poses fotográficas, para dejar huella del paso por allí.


Abandonada casa de labriego, ante el Cabezo de Castildetierra

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7 de septiembre de 2020

Cañón del río Lobos / Soria

En la plaza mayor de Burgo de Osma había un cartel (hashtag) que decía: #SoriaQuiereFuturo. Una reivindicación muy lógica, pues las necesidades actuales son progreso, futuro, bienestar, dinero, empresas o tecnología.

¿Y todo eso le falta a Soria?

Bueno, a Soria, a León, a Teruel, a Ourense o a Lleida. Todas estas provincias quieren futuro.

Conoces Soria y no da sensación de que les falte bienestar, progreso…. Es una provincia provinciana, con las características de los lugareños inmersas en su idiosincrasia social. La provincia de Soria tiene una maravillosa ciudad, con un centro cuidado y bonito; Soria tiene pueblos encantadores e históricos como Calatañazor, y Soria tiene bellos paisajes, de naturaleza desbordante como el Cañón del Río Lobos. Y de todo ello, mucho más.

En el Cañón del Río Lobos pasó una mañana el viajero insatisfecho recorriendo el bello curso del río Lobos, contorneado entre grandes peñascos de roca caliza, donde la naturaleza ha ejercido de reina y señora durante muchos años. Las formaciones rocosas del río Lobos son fruto de la acción erosiva del agua. Por un lado, de desgaste y, por otro, por la disolución de la roca.

Iba acompañado y pudo disfrutar en compañía de las oquedades, salientes, cuevas o canchales que el paso de los siglos había estructurado a su antojo.

Inició un recorrido matinal por Santa María de las Hoyas (Soria) cuyo acceso está situado al lado del puente de los Siete Ojos, un trayecto entre pinos que no acababa de resultar interesante. Muy arriba, donde el cañón aún no se había formado. Andando por el curso de un rio seco se hacían aburridos los pasos. Dieron la vuelta, y con el coche se trasladaron a Ucero (Soria), a la otra entrada, acceso sur del cañón. Desde el inicio, una vez abandonado el coche en el aparcamiento de Valdecea, apareció el cañón más auténtico, más impresionante y más entrañable. El cauce del río Lobo, aunque muy escaso, enseñaba entre juncos y maleza sus aguas. El gran cañón comenzaba a verse con los altos y pronunciados peñascos en las montañas laterales, cercanas en algunos tramos. La vida comenzó a aparecer en el cielo, con los frágiles y lentos aleteos y largos vuelos de los buitres leonados. Se vislumbraba, también, en las oquedades de las rocas con los cantos insistentes de los alevines y polluelos. Pedirían comida o jugarían entre ellos, quien lo sabe. Desde el fondo del cañón se veían ciertos movimientos en los nidos, pero por su enclave, lejanos. Daba igual. La vida natural y salvaje se sentía a cada paso. Un lugar protegido, maravillosamente protegido.



La Ermita de San Bartolomé apareció de pronto en un pequeño promontorio. Era como la insignia religiosa del río Lobos, cercana a la Cueva Grande. En el camino bordeando el río se encontraban chopos (muchos), sauces, avellanos, endrinos o abedules, y en sus aguas nenúfares y eneas. A un lado del cañón unas antiguas colmenas, tradicionales, servían para hacer historia del lugar. Unas colmenas construidas con troncos huecos que fueron implantadas allí por los templarios que habitaron.

No se olvidará de citar al cangrejo ¿era autóctono?, que se cruzó en su camino cuando atravesaba, por unas rocas colocadas exprofeso, el río. Tremenda alegría al descubrir este animal tan cercano en su infancia, en sus recorridos infantiles por ríos, charcas y arroyuelos.

Fue un agradable paseo.

Para finalizar, una parada en el mirador la Galiana, desde donde, a la sombra de unas sabinas, se podía observar el cañón en casi toda su extensión.

Cangrejo, en el cauce del río Lobos

Colmenas, en una de las oquedades del cañón


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16 de agosto de 2020

En tierra de exploradores (y en el recuerdo)


Uno de los edificios coloniales de Bagamoyo

Tabora era una ciudad en el centro de Tanzania. Nudo de comunicaciones para el lago Tanganica y para el lago Victoria. Árida, superpoblada y lejos de lo que se ha vendido como sueño africano, la ciudad de Tabora tiene más características de gueto que cualidades y beneficios de paraíso. Un lugar donde se mezcla la tradición centroafricana con las tendencias occidentales inmersas en la sociología como país. Si alzas la vista para ver más allá de las multitudes, las formas de vida precarias y la desigualdad, puedes conseguir observar una belleza natural, una belleza que reside en la mezcla entre naturaleza africana, sociedad plural y un cielo casi interminable. En línea recta, está a medio camino entre Mbeya, de donde venía y por donde había entrado en el país, y Mwanza, donde se dirigía. Pero el trayecto desde Mbeya había sido parecido a una odisea. Se había empeñado en recorrer la distancia entre Tabora y Mwanza, a orillas del lago Victoria, en tren. Llegar al lago en este medio tan tradicional africano y tan vapuleado por el resto de los occidentales que lo consideran mediocre, lento e incómodo, le parecía entrar dentro del espíritu de un explorador. ¡Insensata ilusión! Desde Mbeya se vio obligado a hacer una ruta en zigzag de difícil explicación en cualquier país europeo.

Mbeya-Dar es Salam-Dodoma-Tabora.

En Dar es-Salam había merodeado por la zona portuaria y por donde partían los barcos hacia la isla de Zanzíbar. Visitó Bagamoyo, a unos cuantos kilómetros. A esta pequeña población llegaban a finales del siglo XIX, procedentes de Zanzíbar, todas las caravanas en búsqueda de esclavos, todas las relacionadas con el descubrimiento del nacimiento del río Nilo, o las expediciones de búsqueda de una ruta al Atlántico. De ahí partió Richard Burton y su compañero John Hanning Speke en busca de las fuentes del Nilo, y también, como no, la búsqueda emprendida por Henry Morton Stanley para localizar el paradero de David Livingstone.

Aquí se descargaban esclavos, marfil, sal y cobre antes de ser enviados a la isla de Zanzíbar y a otros lugares. Era el puerto de embarco y desembarco de mercancías con la isla. Fue, en fin, punto de entrada para los misioneros, exploradores y comerciantes árabes y europeos en África oriental y central, y para la infame trata de esclavos.

Pidió al conductor del matatu que le dejara en el centro. Eran unas calles de renombrada fama, algunas sin pavimentar, y otras laterales con un conjunto de casas deshilachadas, entre palmeras y arbustos, al margen de su historia tan relacionada con Royal Geographical Society, institución británica impulsora de aquellos intentos por descifrar, descubrir y dar luz, desde la perspectiva europea, a los recovecos del continente africano.

Bagamoyo es un lugar con una sólida historia, pero tiene ya poco de su gloria pasada. Únicamente unos edificios medio desahuciados por el tiempo, el calor y la humedad. El Viejo Fuerte construido en 1860; la primera Iglesia Católica Romana en África Oriental construida alrededor de 1868 que poco después serviría de tumba temporal para el explorador Livingstone antes de ser trasladado a la ceremonia de entierro en Inglaterra; el antiguo mercado de esclavos, y ese sabor que permanece en el ambiente de gestas, exploraciones y explotaciones.

Aunque depende mucho de su estado, a veces, al viajero insatisfecho le atraen las poblaciones decadentes, esas que, con aire nostálgico, dejan libre a la mente para imaginar cómo surgieron, cómo deslumbraron y de qué colores eran sus casas cuando vivieron su mejor época. Esa inquietud se mezcla y enturbia su mente al recordar el por qué esos edificios están ahí, por qué fueron construidos y para qué fueron utilizados. En el caso de esta pequeña población costera, muchas de estas construcciones desarrollaron un papel nefasto, relacionado con lo más indigno de la esclavitud.

Después de pasar allí unas horas, entre la alegría por pisar esa tierra plagada de efemérides y la tristeza al recapitular quién la había pisado antes, en sus peores momentos de notoriedad, regresó a Dar es-Salam.
[Continuará].


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26 de julio de 2020

Sassandra, en la desembocadura del río / Costa de Marfil

Casa del antiguo Gobernador de Bas Sassandra

Largo y bacheado trayecto hasta Sassandra, en la desembocadura del río con el mismo nombre. Venía de la población de San Pedro en un pequeño minibús destartalado que sorteaba, en algunos casos, o se lanzaba con decisión, en otros, a los muchos baches de la carretera. El trayecto lo hizo en el asiento del copiloto con otro pasajero más. Un poco apretados, pero al menos en primera línea de visión de todo lo que acontecía en la carretera. Suele solicitar este asiento cuando las condiciones lo permiten. Mejor que ir apretujado en la parte trasera. El minibús le dejó en la parte alta de la población. Para bajar a orillas del mar, donde tenía previsto alojarse, utilizó un taxi compartido que le ofreció una dama que iba hacia la misma dirección.

Pasó tres noches en un pequeño hotel cercano a la desembocadura del río, compuesto por varias casitas/cabañas, en cada una de ellas dos habitaciones. Limpio, tranquilo y barato. Daba la sensación de estar llevado por mujeres, pues fueron las únicas que vio atendiendo a la clientela. Escasa, por otro lado.

Muy importante era la desembocadura del río para los pescadores, casi todos ellos venidos del país vecino, Ghana. Allí resguardaban sus barcos del oleaje a falta de un puerto pesquero artificial. Descargaban lo pescado a lo largo de la playa, sistema muy utilizado entre los pescadores africanos: la arena de la playa era su puerto de atraque y descarga. Luego, mediante un pequeño giro y trayecto, se internaban en la tranquilidad de la desembocadura del río.

Al día siguiente de la llegada, el viajero insatisfecho contrató una pequeña piragua para hacer un recorrido fluvial por el delta y los paisajes que se veían a lo lejos. Tranquilidad y belleza, podrían ser las palabras claves para definirlo. Tuvo oportunidad de atravesar un canal natural repleto de manglares que fue como una internada directa a la naturaleza salvaje. Con el silencio que da el remo y lo cercano que están los fondos arenosos de la desembocadura observó variedad de pequeños animales, pájaros o caracoles marinos (a millares). El barquero-guía se vanagloriaba de que allí, en aquella zona, nunca pasarían hambre, pues la naturaleza ponía a su disposición multitud de productos.

Poblado ghanés

Un reposado paseo entre manglares, que a este mochilero le encantan; la visita a un pequeño poblado de pescadores al lado contrario de la desembocadura, donde había nacido el joven barquero, y un recorrido por el poblado de pescadores ghaneses, fueron los parajes que pudo disfrutar aquel día. Nada espectaculares, pero con tanto sabor africano, que no los cambiaría por la Vía del Corso, de Roma.

En el poblado ghanés, multitud de hornos artesanos para secar el pescado convertían el lugar en algo especial, en un ajetreado espacio. Un paisaje de plásticos, el aparente abandono, hornos de barro humeando, olor a pescado, el trasiego de jóvenes portando en sus cabezas cubos con peces recién pescados, mujeres atendiendo los hornos, niños jugando entre la suciedad y los pequeños regueros de aguas sucias, daba el aspecto de un asentamiento entre desapacible y peligroso. Territorio de favelas, pero para una visita, un lugar curioso.

Al lado de la playa, un pequeño monolito rendía homenaje a la tripulación de MV Dumana, soldados británicos que murieron después de que este barco fuera alcanzado por torpedos frente a la costa de Sassandra, en la víspera de Navidad en 1943, durante la Segunda Guerra Mundial.


A orillas de la desembocadura del río Sassandra

Canal de manglares

Piragua en el delta del río Sassandra

También merecía la pena la casa del antiguo Gobernador de Bas Sassandra, en lo alto de una pequeña colina que se formaba en la desembocadura del río. Creedle si opina que era un privilegiado asentamiento para la mansión de un gobernador, o un 'jefecillo', o para cualquier persona local. La casa, a punto de derrumbe, estaba desconchada y negra por la humedad y el abandono. Un huerto cercano, cuidado, ordenado y verde de hortaliza, parecía entornar el futuro hacia el lado del optimismo.

En aquel entorno y en aquella posición era un lugar de permanente brisa marina. Muy de agradecer.

Monolito en homenaje a las víctimas del Dumana

VÍDEO
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9 de julio de 2020

Kevin Carter y Alberto Rojas

Kevin Carter

Quien sea seguidor del blog ‘V(B)iajero Insatisfecho’, pero eso sí, quien sea lector a través del ordenador, con el diseño y estructura completos ante sus ojos (dice esto porque en la lectura a través del móvil no aparecen) habrá visto en la columna fija de la derecha una serie de apartados que también son fijos, su contenido no cambia, a excepción de cuando el bloguero lee un interesante libro y quiere dejarlo reflejado, o cuando inserta una nueva foto de un viaje reciente. En esta parte, que sería como el germen y fruto de su personalidad, tiene, entre otras cosas, un mapa de África; una definición de sí mismo; el archivo del blog; una foto que recibió el segundo premio de ‘selfis’ de El Viajero /El País; una foto del monasterio de San Miguel de Escalada, su ‘terruño’, y ‘Una imagen impresionante’: la fotografía de Kevin Carter, ganadora del premio Pulitzer 1994.

Pantallazo del blog V(B)iajero Insatisfecho

Esta fotografía (un buitre acechando a una niña moribunda) que vio en su momento en los periódicos le impresionó tanto que ha ocupado ese lugar desde la construcción de su blog, hace ya casi quince años.
Inevitablemente ya forma parte de su trayectoria como blogger.
El otro día una amiga (¡Muchas gracias!, Pilar/Pipedi) le regaló el libro de Alberto Rojas ‘África. La vida desnuda’, y la primera de sus historias sobre este continente -el libro relata diferentes momentos de los viajes de Alberto Rojas- es la búsqueda de esa niña (que resultó, luego, ser un niño) en Sudán del Sur, donde fue retratada por Kevin Carter. Alberto Rojas, después de ciertas investigaciones, se lanza en su búsqueda sin tener asegurado el éxito o un final feliz. Hace el trayecto de cinco mil quinientos kilómetros que separan Madrid de Ayod, una pequeña aldea de Sudán del Sur. ‘Los buitres no comen niños’ titula el capítulo de este libro, en alusión a la fotografía premiada que representa precisamente el acecho de un buitre al niño desnutrido y hambriento, que todo el mundo civilizado (?), al ver el realismo de la escena, da por muerto y desmenuzado por tan carroñero animal volador. Armado únicamente de la fotografía se presenta en la población de Ayod, un lugar que considera el más mísero de la Tierra. Para cualquier conocedor de África no es difícil imaginarse la capacidad de sufrimiento de sus gentes.
Y consigue, si, después de muchas pesquisas, identificar al niño (aunque la fotografía fue premiada como si fuera una niña). Cuando el boca a boca hizo su trabajo -dice- Mary (una amiga) nos dio la peor noticia: “Murió hace cuatro años. Consiguió sobrevivir al hambre, pero enfermó. Hoy vendrá su padre a verle. Le han dicho que hay alguien que le busca por una foto de su hijo”.
Y vino. Y le identificó como su hijo.
Kevin Carter, sudafricano, solo sobrevivió 93 días al Premio Pulitzer.
¿Por qué se suicidó Kevin Carter?, se pregunta Alberto Rojas, y añade “la explicación más simple, repetida y que mejor se ajusta a la construcción de una leyenda perfecta es la de la culpa”. La gente, a raíz del premio, le criticó “por canalla y desalmado ¿Por qué no hizo nada? [….]. Carter se arrepiente. Carter se suicida. Fin del cuento”.
Nadie, en la aldea de Ayod, había visto jamás la foto ni conocía su historia.

Gracias, Alberto, éste y tus otros escritos del libro constituyen tu mirada sobre África. Una mirada que respeta la realidad y nos hace a todos participes de esa cruda, crudísima materialidad africana”.

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23 de junio de 2020

Viaje inventado, a raíz de ‘La cuarentena’, de Le Clézio



Descendieron por la escalerilla que acababan de colocar los operarios en la escotilla del avión. El viajero Insatisfecho pisaba tierra de Isla Mauricio. Desde allí hasta la terminal, todos en fila india por el asfalto cruzando rayas blancas y rojas que pedían ya una mano de pintura. Miraba hacia adelante y hacia atrás y se sentía desubicado. Nada que ver con su habitual entorno. La mayoría eran negros y varios de ascendencia hindú, o eso parecía. Algunos blancos, que daba la sensación de venir de vacaciones, hablaban un francés bastante fuerte, y se interrumpían unos a otros. Un tropel.
Estaba muy cerca y hubiera sido injustificable un transporte en bus hasta el edificio central. Aquellos pocos pasos por la pista sirvieron para desentumecer un poco los pies y las piernas después de la prolongada sedestación; sentir la sensación de un nuevo clima para el débil cuerpo, y cerciorarse de que todo iba a cambiar. Con cierta intranquilidad y medianamente vigorizados se internaron en las salas de la terminal.
Jean-Marie Gustave Le Clézio había ‘dado a luz’ su libro ‘La cuarentena’. Este escritor nobel francés quería dejar su impronta en este relato histórico, como había señalado en una de las entrevistas publicadas. Sin duda, una ambigua promoción del libro que escribió como una búsqueda obsesiva de sus orígenes. A qué si no se embarcaba el protagonista, Jacques Archambau, en el Ava, junto a su esposa Suzanne y su hermano Léon, con destino a su tierra natal, Isla Mauricio. Debe recordar que la familia originaria de Le Clézio era mauriciana, y el protagonista era, en realidad, el alter ego del escritor. Cuando llegasen allí, los tres, pero sobre todo Jacques, se imaginaban un futuro próspero, instalados en el clan familiar que, con anterioridad, había expulsado a su padre.
Durante el trayecto, son declarados varios casos de cólera en el Ava, y tanto los pasajeros blancos como los indios que emigraban en él, se vieron obligados a desembarcar en una isla próxima a Mauricio, la isla Plate, donde deberían pasar la cuarentena. Allí, tanto los indios que iban contratados para la recolección de caña de azúcar unos como los otros pasajeros, serían prácticamente abandonados a su suerte, convirtiéndose la isla en una prisión en la que cada uno luchaba por su propia supervivencia, mientras esperaban la llegada del barco que les trasladase definitivamente a isla Mauricio.
A los pocos días, un momento de esperanza cuando apareció el barco de los servicios de sanidad, cercano a la orilla. Pero duró poco.
Siento un estremecimiento por todo el cuerpo, porque también es un canto, una música, un grito de furia y un lamento. El oficial de sanidad que esperaba en cubierta en medio de sus hombres –se le distingue perfectamente por la blancura cegadora de su uniforme- acaba de tomar la decisión de zarpar. Los marineros levan el ancla, que va subiendo por la roda, y el oficial entra en el castillo de popa para dar la orden de zarpar […]. Han comprendido que el guardacostas se volvía por donde había venido, que nos abandonaba a todos a nuestra suerte”.
Entre todo este entramado de situaciones, pasiones y recelos, se entrelaza la historia de amor entre León y Suryavati, una joven india que había llegado a la isla Plate con anterioridad. Allí, reina la paz y tranquilidad universal. La isla, con unas pocas hectáreas de terreno, es la más plana, y al no disponer de altura, se encuentra en peligro de inmersión debido al aumento histórico del nivel del mar. Una erupción volcánica la sacó a flote, la propia naturaleza -posiblemente- la arrastrará hasta la desaparición.
En la actualidad, es una de las mejores estancias, lejos del rutinario mundo mauriciano, íntima y con un aroma absolutamente tropical. Aunque tiene, eso sí, uno de los pocos faros en funcionamiento de Mauricio y un cementerio, testimonio de la utilización de la isla como una estación de cuarentena durante el siglo XIX.
Nada que ver esta narración ‘lecleziana’ con la historia del mochilero leonés. Nada que ver con su llegada a la isla que se desenvolvió con toda la normalidad. En el aeropuerto de Sant Louis, la capital, debe pasar unas horas de espera, pero nada que ver con una cuarentena y, menos, una cuarentena por cólera. Le asusta esta despiadada enfermedad de la que tan poco se sabe, únicamente su capacidad mortífera, aniquiladora y unida a la miseria.
En cambio, Jacques Archambau y su familia sufrieron aquella despiadada reclusión, llena de situaciones límite y no exenta de peligros y tribulaciones.



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6 de junio de 2020

Grand Bassam, la despedida

Una de las casas coloniales de Grand Bassam más fotografíada

¡Qué complicado era llegar a una ciudad de noche en el África profunda! En esta ocasión, llegaba a Abidján, a la terminal de transportes de UTB Gare Adjamé, procedente de la ciudad de Sassandra. Llegaba de noche, cansado, con su deficiente francés y allí sabía que tendría que coger otro medio de transporte para ir a Treichville, donde un minibús le acercaría a Grand Bassam. La noche, el cansancio, la lluvia que descargaba entonces, y el desconocimiento complicaba cualquier movimiento del viajero insatisfecho. Menos mal que la buena gente ayuda, guía o indica. Acompaña, incluso, si fuese preciso.
Y llegó, de noche, a la terminal de transportes de Grand Bassam con la única idea de que alguien le indicara donde se localizaba el hotel que él quería, venía en su guía-Lonely. Pero, añadiendo más incertidumbre al tema, ningún taxista conocía el hotel. En vista de lo cual, sólo sugirió le llevaran a un hotel diferente ‘n’est pas cher’ (barato).
Durmió, nada más.
Se levantó pronto con la intención de localizar, ya de día, otro lugar para las dos noches más que le restaban. Buscó, paseó, inspeccionó otros hoteles baratos y al final cuando estaba a punto de desistir, y visitaba el cementerio de la localidad, frente a éste y al lado de la playa, encontró su lugar ideal. Un hotel para turistas, pequeño, limpio, vacío y con manager con ganas de enganchar cliente para una de sus pocas habitaciones. El individuo le preguntó sobre cuánto estaba dispuesto a pagar, le soltó la cantidad y aceptó.
No se lo podía creer.
Un precioso hotelillo playero, con una pequeña terraza también playera y buenas cervezas frías que le aseguraban un buen final para el viaje a Costa de Marfil.
Casa colonial
Casa de los artistas / Maison des Artistes

Grand Bassam, capital colonial francesa de Costa de Marfil hasta la epidemia de fiebre amarilla de 1896, estaba ubicada en la desembocadura del estuario del río Comoe. Fue un importante centro administrativo y judicial, además de ser puerto comercial, hasta que se construyó el muelle de Abidján, en los inicios del siglo XX. Su actual zona, como Patrimonio de la Humanidad, cubría la parte colonial histórica de la ciudad, ahora pueblo de pescadores típico africano, asentado en una península de arena que separaba una laguna costera del Océano Atlántico. ‘Esto es agua dulce, aquello es agua salada’, afirmaba aquel simpático joven, señalando un punto cercano detrás de uno de los edificios coloniales.
Después de su época dorada, la ciudad se desvaneció y se convirtió en un remanso tranquilo, con sus edificios coloniales olvidados, abandonados a su suerte y a su falta de mantenimiento. Así permanecían cuando este leonés paseó por sus calles llenas de historia y escombros en pie. Sólo un pequeño número había sido restaurado, el resto de los edificios estaban ennegrecidos, incluso en alguno de ellos las plantas crecían a sus anchas y las raíces se agarraban obsesivas a las piedras de construcción a gran altura del suelo. Otros, se encontraban envueltos en una exuberante vegetación. Así abandonados, aún se veían sus pórticos con columnas, amplias terrazas y balcones, con sus ventanas cerradas pudriéndose al sol.
En la actualidad, era la playa de arena, el sol atlántico y la generosa temperatura lo que atraía a los visitantes de la ciudad. No les tentaba la ‘Casa de los Artistas’, semiocupada por algunos creadores, y en este caso, bien ocupada; ni el antiguo Palacio de Justicia, casi derruido, o las aristocráticas casas coloniales francesas, que aún se mantenían con dignidad, aunque con podredumbre, en pie.
Un domingo, los jóvenes locales, de playa; el resto de los días, vacía


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23 de mayo de 2020

Moló-moló y la playa de Monogaga

Playa de Monogaga y la mochila viajera
Se pasó todo el día en la playa de Monogaga. Era la primera vez que pisaba una playa después de casi veinte días en Costa de Marfil. No lo hizo por las ansias de tomar el sol o pisar la arena que, normalmente, odia hacer, sino por conocer aquel destino fuera de toda ruta y alejado relativamente de la civilización.
Pero no era una playa solitaria pues cerca de donde rompían las olas multitud de rudimentarias casas de pescadores encontraban allí su sitio. Constituían una especie de comunidad o pueblo de pescadores acostumbrados, quiso pensar, a las visitas de foráneos pero, en todo caso, a pocas visitas. En su día, según le dijeron, hubo un pequeño hotel turístico (hotelito, diría) entre unas cuantas palmeras, con la playa al frente y selvática vegetación por detrás, pero había cerrado -temporalmente- por falta de concurrencia. Y esa sensación daba cuando pasó delante de él: cerrado de manera transitoria pero ¿cuánto de transitoria?
Muy difícil mantener o fortalecer el turismo en aquella zona pues, en un área de sesenta kilómetros a la redonda, las carreteras eran infernales, llenas de baches que las lluvias habían convertido en profundos obstáculos para la circulación. Además, desde el cruce de la carretera principal hasta la propia playa, había un camino, más bien vereda para motos y algún arriesgado taxi-compartido que se acercaba al lugar.
Uno de aquellos taxis tomó el viajero insatisfecho en la portuaria y ruidosa ciudad de San Pedro, dispuesto a pasar un día de merodeo, curioseo y en plan indagador. Allí le dejó el taxi alrededor de las once de la mañana, después de atravesar otros dos poblados donde fue descargando clientela, paquetes y bultos. Sobre las cinco de la tarde prometió regresar para llevarle de nuevo a San Pedro. Una especie de ruta regular (a la africana, pues podía fallar) que le llevaría de nuevo a ‘la civilización’.
Al descender, su primer curioseo fueron los coloridos botes allí varados, a la espera de salir a la mar. Luego se lanzó a un lento paseo por la orilla. Del océano, en este caso. El final de la playa se veía a lo lejos y, hasta allí, se propuso llegar. Dos o tres casas, de aspecto turístico, una de ellas, el hotel, fue dejando atrás al amparo del ruido de las olas. Un joven dentro del agua -le llegaba a la cintura- lanzaba una red circular, con la esperanza de enmarañar algún pescado descuidado. Un pequeño grupo de aburridos jóvenes estaban tumbados en una de las abandonadas casas playeras. Del interior de la vegetación, lo vio a lo lejos, otro joven salió dispuesto a llevar al mar una pequeña piragua allí varada, una de esas piraguas elaboradas de un solo tronco, toda ella decorada con motivos del Barça, sus colores y escudo. Al final de la playa, donde aquel espigón rocoso se internaba en el mar, un pequeño arroyo o riachuelo lanzaba sus aguas al calmo océano. Se sentó en una barca allí varada a observar el agua, la brisa y a aquella solitaria piragua alejarse en el horizonte.
Momentos de tranquilidad y reposo difíciles de pagar.
Volvió sobre sus pasos hacia las casas de pescadores y se alejó hacia el otro extremo de la playa con evidente holganza y dejadez. El tiempo transcurría lentamente en aquel solitario paraje. Nada que hacer más que pasear y apreciar la singularidad del lugar.
Un joven motorista, aparecido de no sabe dónde, se ofreció para acercarle al cruce de la carretera que distaba al menos 15 kilómetros y hacer este trayecto por una elevada cantidad de dinero. Era hora de regresar. Como la playa de Monogaga ya estaba vista decidió aceptar previo regateo. El muchacho olía en exceso a bebida, pero su simpatía alcoholizada contrarrestaba el mal efecto. Le dijo que accedía, si subía y bajaba aquellas pendientes que había observado al venir, despacio (‘moló-moló’), sin prisas ni acelerones gratuitos.
Moló-moló’ (poco a poco) repetía insistente el muchacho cuando la pendiente era descendente y el mochilero (de paquete) le tiraba hacia atrás para que fuera más despacio. ‘Moló-moló’, ‘moló-moló’, recordará siempre al evocar aquella lejana playa de Costa de Marfil.
Coloridas barca en la playa de Monogaga


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5 de mayo de 2020

Los puentes colgantes de Lieupleu y Vatouo

El puente colgante de Lieupleu
Estaba en la ciudad de Man, dentro del área mayoritaria de la etnia de los ‘dan’, vecinos del pueblo ‘senufo’ (de donde venía), y le apetecía huir de aquel bullicio urbano para conocer algo de lo que ya tenía una pequeña referencia: los puentes colgantes.
Permaneció en Man un día más de lo previsto, por una sonora tos y fuerte dolor de garganta que le tenían atado al hotel y a la amoxicilina. No se atrevía a dar muchos pasos del lugar. Espero ese día y, al siguiente, decidió arriesgar para conocer los ‘puentes de los espíritus’ como algunos denominaban aquellos puentes colgantes de lianas. Para ello era necesario madrugar -la visita la quería hacer en una jornada- para alcanzar la población de Danané, hasta donde era fácil conseguir transporte local. Más allá, esperaba poder alquilar un precioso medio de locomoción: una moto-taxi.
Se apeó en la Terminal de aquel transporte (en ‘La gare’, que dicen en francés) solo, intrigado, despistado y con la intención de preguntar por los puentes. Nada difícil. Un blanco solitario en aquel alboroto de gente pasaba rápidamente a convertirse en centro de atenciones. Algunos le miraban como si no hubieran visto un personaje igual en su vida, otros se dirigían a él para interrogarle sobre sus intenciones. Pues, conocer los puentes colgantes. ¿Cómo ir?. Varios taxi-motos le rodearon para ofrecer sus servicios.
¡Qué fácil era moverse en África, si se arreglaba rascándose el bolsillo!
Una carretera asfaltada, pero repleta de baches, llevaba hasta un desvío hacia un camino de tierra. Éste, atravesaba una espesa vegetación silvestre y muchas plantaciones de café y de cacao. Si, sobretodo, de cacao. Unas plantaciones que se mezclaban con la silvestre maleza y con altos árboles selváticos. El cacao era el primer producto de Costa de Marfil y por toda aquella zona, y más al sur, se dejaba ver.
Había dos puentes colgantes famosos, el de Lieupleu y el de Vatouo. No muy lejos uno del otro.

Secaderos artesanos de cacao

Cuando ponían el pie en Lieupleu o, mejor, cuando rodaban por sus calles, se veían ante las cabañas muchos secaderos de cacao lo que denotaba la especial dedicación de las gentes a este producto. Pero la presencia del viajero insatisfecho allí era para comprobar la veracidad de aquellos puentes sagrados. Los puentes existían, sí, pero la leyenda contaba que eran construidos no por la intervención humana sino ‘por los entes sobrenaturales de los bosques’. Estos los confeccionaban para que sirvieran de comunicación para los hombres que vivían en el interior. Cientos de lianas, las tripas de la selva, eran entretejidas en la noche por los espíritus. No existían elementos ajenos a la naturaleza como clavos, cuerdas o tornillos tan solo lianas y troncos perfectamente combinados. Sagrados para los ‘dan’, porque eran construidos a base de estas lianas del bosque y todo lo que salía del bosque era sagrado. Por eso, con el máximo respeto, se descalzaban para cruzarles. Lo mismo que le impusieron a este visitante.
No duraban mucho estos puentes pues al estar construidos con lianas, estas perdían su elasticidad y era necesario destruirlos. El nuevo puente era fabricado en el más absoluto secreto -se decía- por los espíritus del bosque. Durante aquel periodo nadie del poblado podía acercarse por allí, bajo la amenaza de una intervención violenta de ellos. Los sonidos que procederían de aquella parte del río atemorizaban a los habitantes de Lieupleu. Sabían que los entes sobrenaturales del bosque estaban trabajando para ellos.
Se descalzó, siguiendo las instrucciones del jefe, para cruzar el río. Tanto este puente como el de Vatouo estaban levantados para salvar las aguas, en aquel momento limpias y cristalinas, del río Cavalli que surcaba las tierras de por allí para, luego, llegar a la frontera con Liberia y servir de divisoria entre ambos países hasta la desembocadura en el océano Atlántico.
El puente colgante de Vatouo

El trayecto para visitar el puente de Vatouo fue desandar parte del camino y luego desviarse por otra vereda de tierra hasta llegar al poblado. Similar puente, aunque tal vez más espectacular, y similar trenzado de lianas. Semejante también el río, aunque con aparente mayor caudal debido a la tranquilidad del curso de las aguas.


VÍDEO


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23 de abril de 2020

Godufu, una aldea con tradiciones

Cabañas circulares de Godufu

Tenía varias referencias de Godufu. La 'guía Bradt' incluía una foto de las danzas locales de este tradicional poblado, y en las páginas que hablaban de la región, un breve texto sobre lo que se movía alrededor de las gentes de esta pequeña población. No le costó mucho hacer una parada, cuando venía hacia Man desde el norte del país, en Touba, ciudad relativamente cercana a Godufu. Era una ciudad que tenía, al menos, un hotel decente para pernoctar una noche, asearse y emprender la aventura de la localización y, sobre todo, del cómo llegar al pequeño asentamiento local.
El poblado era un conjunto de chozas-casa al lado de un camino de tierra, en no muy mal estado. Nada más poner el pie, un joven se acercó para indagar sobre las intenciones. Visitar el pueblo, sin duda. Conocer algo de sus gentes. Nada más.
Aquel joven convocó al jefe, el más anciano del poblado, o mejor dicho le buscó hasta localizarlo, y una vez allí, el visitante expuso como pudo el calado de aquella corta visita. Fue necesario rebuscar en la cartera y hacerle entrega de unos cuantos CFA’s (moneda del país). En principio, no quedó muy satisfecho el anciano, pero, después de argumentarle que venía solo, aceptó el regalo. No habría ni danzas ni representaciones folclóricas. Nada.
Los jefes del poblado, los más ancianos
La soledad del viajero insatisfecho le impide a veces disfrutar, como en este caso, de las danzas locales que se organizaban cuando el dinero se mostraba visible en forma de ‘grupeto’ de turistas.
Así era África, también.
Estas típicas danzas comenzaban al atardecer cuando el laborioso día de trabajo llegaba a su fin. El espectáculo comenzaba con ‘la danza de la felicidad’ involucrándose en ella las mujeres recién casadas vestidas de blanco (pureza) o índigo (auto respeto). Moviéndose al ritmo de unos tambores cantaban sobre las pruebas y tribulaciones de su vida matrimonial, con la esperanza de hacer un buen trabajo para encantar a su esposo (Este párrafo, con información de ambiente para la crónica, esta sacado del libro-guía).
El visitante llegó con la intención de conocer un poco la realidad del poblado, no para ver unas danzas exóticas que serían, en todo caso, un poco ‘turistada’ o si no una representación falseada de los verdaderos bailes. Apreció a primera vista las diferentes coloraciones de las cabañas circulares que tenían mucho que ver con el género o la edad de quién las ocupaba (aquí dormía el marido; ahí dormía la mujer, y allí lo hacían sus hijos) y distinguió de trecho en trecho círculos de grandes asientos de piedras que no eran otra cosa que el lugar de reunión de los concejos familiares o del pueblo. Paseó entre las cabañas, sacó alguna foto, se paró ante un chamizo donde una mujer preparaba un pote de algo que tenía un color apetitoso y se sintió transportado en alma y espíritu a la vida cotidiana de Godufu.
Círculo de reuniones
No muy lejos, estaba ubicado Silakoro, el pueblo de los peces sagrados, en realidad, bagres. Se acercó a la aldea, y a la pequeña y sucia charca donde los bagres desarrollaban su 'místico y sagrado' mundo a base de coletazos y parsimonia en sus movimientos. La poza estaba a la sombra de unos grandes árboles que convertían aquello en un fresco lugar.
Un grupo de mujeres moliendo mijo sirvieron para que el mochilero retuviera en su retina los vivos colores de Silakoro.
También de Godufu.
Preparando su comida


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7 de abril de 2020

Los pueblos de los alrededores de Korhogo

Hombre en su telar

Madrugó aquel día. Su objetivo ambicioso (en África, un objetivo siempre podía ser ambicioso, susceptible de truncarse) residía en visitar cuatro pueblos de los alrededores de Korhogo, norte de Costa de Marfil. Alguno de ellos, a gran distancia; otros, más cercanos, pero todos -los cuatro- por caminos de tierra roja africana. El primero, fue Waraniené, conocida población de tejedores. El libro-guía que llevaba el viajero insatisfecho, catalogaba la visita como imprescindible. Sin dudarlo, se encomendó a aquel joven motorista, al que se le notaba su falta de experiencia en salidas fuera de la ciudad, pero resultó ser eficiente, paciente, muy frio, a veces, pero experto piloto. El camino de tierra que comenzaba nada más abandonar la ciudad de Korhogo, lo tomó con decisión. Sin preguntar. Para este mochilero, los primeros kilómetros fueron de calentamiento, de adaptación a la nueva realidad de encontrarse en manos de aquel desconocido joven motorista por un camino agreste sin mucha gente a la vista. De vez en cuando, algún que otro motero cruzaba, y alguna mujer, con un feje (uff, ¡qué palabra más leonesa!) de palos secos y retorcidos sobre la cabeza, caminaba por la orilla.
Al llegar a Waraniené, la calle principal llevaba a los tejedores. Varios centenares de telares estaban allí, a la sombra de varios cobertizos, grandes y, en apariencia, destartalados, aunque firmes cumplían la misión de guarecer a los tejedores del tórrido sol u otra inclemencia de la naturaleza. La imagen en su conjunto era muy particular y difícil explicar sin conocer la técnica, aunque con estas pocas palabras (y alguna fotografía) el novel lector ha de comprender la escena. Los telares de tejer estaban organizados en los laterales del cobertizo, en ambos lados, y por el centro corrían las filas de hilo de algodón tensadas por un extremo gracias a un pequeño pero pesado canto rodado. El tejedor, en su telar, con el hilo tenso, componía poco a poco, aunque con movimientos rápidos, monótonos y mecánicos, la tela a fabricar. El visitante se quedaba embelesado viendo el ajetreo del tejedor.

El hilo de algodón tensado por los cantos rodados

Un paseo por aquella tradicional fábrica artesana era un verdadero acto de enriquecimiento y pasión. Le mostraron las prendas realizadas, un poco rudas para la moda (collection) y excesos europeos, pero de gran belleza artesanal. Con cierta vergüenza y timidez se despidió de los tejedores. Le habían enseñado su trabajo con simpatía y, tal vez, extrañados por la soledad del mochilero.
Vestidos elaborados y diferentes telas

Era hora de lanzarse a conocer Kapelé, el pueblo de los fabricantes de perlas. Para llegar a él, el taxi-moto tuvo que preguntar, pero todo el mundo por aquella zona conocía Kapelé, un tradicional poblado con multitud de almacenes cilíndricos de mijo y rudimentarias casas de barro y techo de hojalata. Las perlas eran de terracota, bolas como canicas que llevaban un proceso menestral, manual, de elaboración y secado para conformar su dureza. Luego eran pintadas y decoradas con precisión artesana y profesional. La perla agujereada, una por una, era metida en un finísimo palo que el joven artesano hacía girar, a la vez que con la mano libre y un fino pincel decoraba la bola en un plis plas.
Chapeau!! Y se enrolló con la compra de varias piezas.
El tercer y cuarto pueblos del día, Niofoin y Koni. Ambos merecieron un texto y capítulo aparte. Con estos cuatro pueblos, quedaban casi rastreadas las peculiaridades de aquella zona del pueblo ‘senufo’ que como ya ha dicho abarcaba, además, áreas de Mali y Burkina Faso.
Pintando las bolitas de terracota. Luego, insertadas serías collares y pulseras


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