23 de diciembre de 2013

El ghanés se siente africano….

África nunca será la misma para quien la abandone y regrese años más tarde. Aunque no es tierra de cambios, y si hubiera alguno, tal vez sería para peor. No es veleidosa (si bien, ¡es dura la violencia africana!, ¡la más dura!.) pero al haber alumbrado no solo hombres, sino razas, y criado no solo ciudadanos, sino civilizaciones -unas mueren y al instante otras resurgen- África puede ser desapasionada, indiferente, cálida o cínica, repleta de una sabiduría excesiva.
Ha atravesado por diferentes etapas: hoy, podría ser la tierra prometida; mañana, podría volverse de nuevo una tierra oscura, retraída, desdeñosa e impaciente, y así hasta el infinito. En la familia de los continentes, África es la hermana callada y meditabunda, cortejada durante siglos por imperios de caballeros errantes, a los que ha rechazado uno tras otro, en virtud de su sabiduría y de cierto hastío por la inoportunidad. Ayer, cortejada por anglosajones, portugueses, alemanes o belgas; hoy, cortejada y explotada por chinos. Y el ciclo de los cambios, sin haberlos, continúa.
Todas las naciones se arrogan su derecho por África, pero ninguna la ha poseído por completo. Con el tiempo, no muy lejano, la tomarán o, quizás, la asfixiarán, que puede convertirse en sinónimo.
¡Cuantas veces ha escuchado el viajero insatisfecho decir a un africano en momentos de contrariedades: “Esto es así, esto es África”!, con ese sentido continental que tienen sus gentes.
El ghanés se siente africano.
El etíope se siente africano.
El tanzano se siente africano.
El beninés se siente africano.


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15 de diciembre de 2013

¿Alpacas o vicuñas?


Era (y sigue siendo) difícil diferenciar a lo lejos en la puna alto-andina a la alpaca, la llama, el guanaco o la vicuña, y esta pregunta era muy recurrente en determinadas excursiones por el altiplano peruano. La puna es un territorio andino hosco, un herbazal de alta montaña y pastizal de áspero alimento para esta fauna local. Suele albergar muchas plantas endémicas y distintivas que han evolucionado en respuesta al clima de montaña, frío y soleado.
Cuando el bus paró en lo alto, la mente del mochilero pensó en un paraje inhóspito, y la 'rasca' que venía de las cercanas montañas heladas quitaban la inspiración. Allí, como en personal parcela, se movían estos cuatro animales andinos.
La llama y el guanaco eran los más grandes y, de la primera, decían que se caracterizaba por ser rústica, versátil, tímida, mansa, dócil y por reconocer fácilmente al dueño.
La alpaca era de tamaño mediano y no se utilizaba como animal de carga. Mientras, la vicuña era el más pequeño de estos camélidos.
Después de explicaciones más o menos concretas, el viajero insatisfecho al divisarlas entonces pastando en la lejanía en el altiplano, y ahora viéndolas en una foto, siempre se pregunta ¿son llamas o alpacas?. Quizás las dos más difíciles de diferenciar. 
¿O serán vicuñas?.
Con la distancia del tiempo transcurrido cree recordar que las vicuñas eran complicadas de encontrar y las alpacas eran las más explotadas por la gente local para enternecer al turista. Tiernas, sencillas, casi de peluche, y admitían caricias y arrumacos.
Las de las fotografías -tomada a una altura aproximada de 4.500 metros, camino del valle del Colca (Perú)- deben ser alpacas.
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7 de diciembre de 2013

Mandela/Madiba

Ha muerto Mandela, o Madiba como algunos le llamaban. El viajero insatisfecho piensa ahora por qué pasó de puntillas sobre la realidad sudafricana de hace 5 o 6 años. Su viaje era a Mozambique y había utilizado Johanesburgo como ciudad de llegada a la zona. Allí conoció un pelín esa realidad. A la vuelta del vecino país, en Nelspruit, ciudad obligada si se quiere conocer el Parque Nacional Kruger, conoció otro poquito. Los pubs y supermercados en los “mall” eran territorio blanco. Las diferencias económicas entre el rico (blanco) y el pobre (negro) seguían siendo evidentes, varios años después del paso de Mandela por la jefatura de Estado. Había progresos en cuanto a igualdad pero aún faltaba mucho.
Entrada a uno de los "mall" de Nelspruit / territorio blanco

Y recuerda momentos.
Se encaminaba a la Park Station de Johanesburgo en un taxi (más bien una ‘van’ que le había recogido en aquel hotel de mochileros, junto a otros colegas de mochila o petate que se dirigían ‘dios sabe dónde’) para tomar un ‘buseto’ a Mozambique. Los alrededores de la Park Station eran a aquella hora temprana pura Sudáfrica-negra. La circulación era entonces lenta y desde la ‘van’ observaba la viva realidad. Negros, quizás de la humillada raza koisan (más conocidos como hotentotes), vivían en sus destrozadas tiendas de campaña en el medio del seto central de enmarañadas carreteras. Habitaban, unos, en los cobertizos instalados en las aceras, en las cabañas de cartón y plástico, casuchas elaboradas con ingenio y madera; algunos dormían arremolinados como lobeznos; otros, solos y apoyados en los postes eléctricos, todos negros; los vagabundos, algunos tullidos otros desesperados, los desconcertados por la vida, los indiferentes a ella, los venidos de fuera en busca de un territorio ilusorio, todos ellos merodeaban por los alrededores de la Park Station. Uno de los lugares -dijeron- más peligroso.
Las diferencias después del gobierno Mandela seguían (y siguen, cree ahora) existiendo. Pero Mandela consiguió revitalizar la ilusión africana, la esperanza de la nación negra.
¡Viva África!.
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1 de diciembre de 2013

El dinero les convierte en terrenales

-Círculo de espectadores-
Al viajero insatisfecho le extrañó un tanto que en aquella populosa celebración del vudú en Ouidah (Benín) no hubiera más público ‘blanco’. Hizo una pasada visual por el multitudinario círculo y no encontró ninguno. Precisamente era 12 de enero, un día después de la festividad del vudú más importante de todo África, más internacionalmente conocida y visitada, pero como segunda jornada festiva también lo era de celebraciones.
Considerado como la cuna del vudú, la ciudad costera de Ouidah atrae a seguidores de todo el país, así como de Togo y Nigeria, que asisten creyentes a las ceremonias religiosas.
El mochilero leonés tuvo ciertos problemas a la hora de hacer fotografías pues se pusiera donde se pusiera, alguien al lado le hablaba de la prohibición. Se cambió de ubicación varias veces y siempre le recordaban lo mismo. Nunca llegó a creer tal cosa, y menos en un lugar público, aunque bailaran allí los espíritus Egungun (?), bailarines enmascarados representando los espíritus ancestrales del clan de los yoruba que regresaban para poseer y ofrecer orientación.
-Espíritus Egungun, bailando-
Para ojos ignorantes y extraños era un baile multicolor. Resultaba difícil entender lo que estaba ocurriendo en el centro del círculo. Bailaban ufanos, aunque de vez en cuando descansaran junto a otros danzantes en su particular palco de honor. Los espíritus, mientras danzaban, eran acompañados en todo momento por un guía que especialmente actuaba cuando se acercaban al público. Con una vara, el terrenal-guía impedía que el espíritu danzante tocara con sus manos o ropas a las personas congregadas en el círculo.
Eso sí, uno de los espíritus Egungun (danzante enmascarado) cuando se percató del ‘blanco’ que le observaba, se acercó raudo, alargando en silencio su mano para solicitar ese oscuro objeto del deseo: el dinero.
Hasta los espíritus del vudú cuando ven al ‘blanco-cajero-automático’ se convierten en terrenales.
-Palco de honor de los danzantes descansando-

-Espíritu Egungun se acerca a pedir dinero al 'blanco'-


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19 de noviembre de 2013

¿Qué estoy haciendo aquí?


“¿Qué estoy haciendo aquí?”. Pregunta que cualquier viajero se ha hecho, siguiendo -sin saberlo- la pauta que marcó Arthur Rimbaud, en Harar (Etiopía), que hizo famosa esta sencilla frase entre aventureros. Al menos el viajero insatisfecho se la ha hecho en algunas recaladas en lugares de algún lejano país.
“¿Qué estoy haciendo aquí?” se preguntaba sobre las diez de la noche, sólo, delante de unos espaguettis a la boloñesa, o algo parecido, con una cerveza “La Beninoise” al lado, la ciudad norteña de Natitingou (Benín) al fondo, con escasas luces (fotografía) y en silencio, solo roto por algún que otro bocinazo de los pocos coches que a esa hora circulaban. Era 31 de diciembre (Noche Vieja) y acababa de llegar a la ciudad después de un cansado día de bus y baches.
Las tiendas de antigüedades de Addis Abeba (Etiopía) estaban llenas de mercancías, tanto tesoros empolvados como imitaciones sucias. Cruces de plata de todos los tamaños (la cruz de Lalibela, la cruz de Aksum,…), pinturas de tela robadas de iglesias ortodoxas etíopes, viejas y gruesas biblias amáricas con ilustraciones pintadas a mano, iconos y rosarios; coranes, cuentas de ámbar [Etiopía es mixtura de religiones, se mezclan ortodoxos con musulmanes o animistas], brazaletes y escudos de marfil. Artículos de madera y cuero de todas las tribus del país; taburetes muy elaborados, reposacabezas de madera maciza del valle del Omo, lanzas, escudos, postes funerarios de los konso; platillos para los labios de las mursi o taparrabos. Rodeado y acorralado por todos estos y otros cachivaches el mochilero se preguntaba “¿Qué estoy haciendo aquí?”.
Abandonaba aquella noche, de madrugada, Antananarivo (Madagascar) rumbo a casa cuando se percató que le habían robado en la habitación de aquel nauseabundo hotel los últimos ‘meticales’ (moneda del país) que le quedaban para llegar al aeropuerto. ¡Malditos!, bramaba al vigilante (¿vigilante?) nocturno del hotel. ¿Qué estoy haciendo aquí, durmiendo en este antro inmundo con vigilantes ladrones o de pacotilla?.


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9 de noviembre de 2013

La isla de Malapascua, un pequeño paraíso

Arreglando las redes, Isla de Malapascua

Construyendo una barca, Isla de Malapascua

La isla de Malapascua se encuentra en el archipiélago de las Visayas, muy cerca, y al norte, de la isla Cebú (Islas Filipinas).
Era una pequeña isla de tranquilas aguas y playas que tenía relativa afluencia turística, de lo que vivía un numeroso grupo de habitantes. Al menos, varios hoteles, bungalows y restaurantes ocupaban la playa principal de la isla. Recorriéndola a pie (medía 2 kilómetros y medio de larga por uno de ancho) se podían ver también típicas escenas de pesca artesanal. Además de las instalaciones turísticas, una pequeña y tranquila aldea encontraba allí perfecta ubicación para un grupo de familias de pescadores, distribuidos en comunidades o barangays.
Aldea de pescadores, Isla de Malapascua

El nombre de ‘Malapascua’ viene de la época colonial española, cuando uno de sus barcos encalló allí el día de Navidad de 1520. A causa de ello, los marineros y sus familias llamaron al lugar, a aquella isla olvidada, Mala Pascua.
El viajero insatisfecho llegó a ella en una pequeña embarcación a motor que hacía la ruta Maya (población norteña de la isla Cebú)-Malapascua como si de un bus/barco se tratara. En el trayecto, no más de 30 minutos, tuvo la oportunidad de cruzarse, y empequeñecerse, con un gran barco transoceánico de impactante, soberbia y monumental navegación.
De monumental tranquilidad también fue la estancia. Una mañana en una pequeña barca alquilada para circunnavegar la isla; una tarde de exploración entre la multitud de palmeras y una jornada más de curioseo por la aldea y ‘ganseo’ por la playa fue todo lo que duró la estancia en aquel pequeño paraíso filipino. Y una cosa que nunca olvidará: escuchó hablar chabacano (reducto idiomático de ascendencia española) a una camarera nacida en la isla de Mindanao, donde aún se hablaba.
Las dos amanecidas que pasó en la isla fueron acompañadas por los ‘kikirikís’ matutinos de multitud de gallos que poblaban la pequeña aldea cercana. Aves de bella estampa y porte que los filipinos utilizaban para sus tradicionales peleas.
También en la isla de Malapascua, este mochilero disfrutó, haciendo ‘snorkel’, de uno de los paisajes marinos más impresionantes que ha visto en vivo y en directo. Sentía entonces, y siente ahora, envidia de los muchos buceadores que pudo ver regresando de expediciones acuáticas, con cara animosa y duradera sonrisa.

[Por esta preciosa y tranquila isla habrá pasado ayer, 8 de noviembre, el super-tifón 'Haiyan-Yolanda'. Este viajero les desea lo mejor].

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2 de noviembre de 2013

La mancha mongólica de los mayas

¡Adelante otra curiosidad!.
El guía turístico (80 por ciento maya, ¿recordáis?) que acompañaba en bus a la pequeña expedición a Chichén Itzá (México) aseguró, también, que todos los descendientes mayas o, al menos, la gran mayoría, portaban al nacer la mancha mongólica que, si bien suele desaparecer a los pocos años, en los indios y sus descendientes más cercanos se mantiene durante toda su vida. El ‘guía-80-por-ciento-maya’ con cierto gracejo, sin ningún tipo de rubor y con la sonoridad de su bonita voz (según ecos cercanos), se ofreció a mostrársela al pasaje e, incluso, hizo el amago de bajarse sus cortos pantalones hasta la rodilla.
¡Estaba bromeando el 'mentecato’!.
La mancha mongólica es, como todo el mundo sabe, una lesión de la piel frecuente en los recién nacidos. Tiene un color azulado, verdoso o gris, formas variadas, bordes difusos y se localiza principalmente en la zona baja de la espalda y glúteos. Toma el nombre de mancha mongólica por haberse detectado por primera vez en esa raza, y su nombre no tiene ninguna relación con la enfermedad del síndrome de Down o mongolismo.

La creencia popular en muchas culturas orientales es que el alma no quería reencarnarse en ese bebé, y los espíritus superiores le dan una patada para empujarlo a la Tierra, dejándole el ‘moretón’.
Esta lesión no requiere de tratamiento y se cura sola.
Ningún pasajero pudo ver la mancha en el trasero del guía, pero él aprovechó para dar una disertación conocida (al menos para el viajero insatisfecho) sobre el antiguo paso de los pueblos esteparios de la zona de Mongolia por el estrecho de Bering para ocupar y poblar, así, todo el territorio americano. Un hecho histórico que confirmaría los evidentes parecidos de raza.
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23 de octubre de 2013

La plaza Chacha


Plaza Chacha, Ouidah
Ni había oído hablar de la plaza Chacha, de Ouidah (Benín), ni sabía que reunía tanto simbolismo. Le llamó la atención, eso sí, aquel árbol tan africano, tan voluminoso que no cabía en la instantánea que pretendía tomar.
Había tres cosas particularmente emblemáticas en la plaza: un arbol centenario, un monumento-homenaje erigido en 1992 y el monolito que indicaba el nombre del lugar. Este trío de elementos estaban finamente entrelazados.
La plaza era el lugar de la trata de esclavos en época de Francisco de Sousa, uno de los comerciantes negreros, de principios del siglo XIX, más importantes de la costa beninesa.
Su casa estaba cerca de allí, un harén en aquel entonces con cientos de mujeres.
Hoy en día, la explanada y el árbol se adornaban con colores y frescos que denunciaban el imperialismo europeo y estadounidense. La bandera española también se intuía en la parte baja del tronco. Parado, casi plantado a orillas de la plaza, el viajero insatisfecho sufría la inclemencia de un sol plano mientras observaba la normalidad y calma del lugar. No transmitía nada, únicamente los anillos de banderas de colores incitaban a la curiosidad. Después, pasaría varias veces por allí, su maltrecho hotel-guarida estaba por los alrededores.
Conociendo un poco la historia, era fácil recuperar la escena que ocurriría a principios del siglo XIX: bajo el gran árbol, plantado, según cuenta la tradición, por el rey Agadja, los esclavos serían marcados, dependiendo de su comprador, y obligados a dar varias vueltas a su tronco, una forma de hacerles creer que, después de la muerte, sus espíritus regresarían de nuevo a la patria. Una vez cumplidos los trámites, comenzaría el bochornoso camino hacia el cercano océano, donde el barco negrero les esperaría fondeado.
Hoy conocido ese trayecto como Ruta de los esclavos. Una pista de tierra de cuatro o cinco kilómetros, jalonada por estatuas de dioses del vudú. Al finalizar la siniestra ruta, al borde del Atlántico, se alzaba la Puerta de No retorno (fotografía), un arco marrón y blanco que simbolizaba el embarque de esclavos y su despedida de la tierra natal.
Allí, al lugar que ocupa ahora el arco, llegarían en el siglo XIX cientos, miles de esclavos a pie y maniatados, mientras, en la plaza Chacha comenzaría un nuevo turno de subastas.
Puerta de No retorno

Copyright © By Blas F.Tomé 2013

13 de octubre de 2013

La pobreza como arma

Sencilla casa de un 'Ngobe-buglé'

No conviene -cree- mitificar la pobreza, utilizarla reiteradamente como arma descriptiva o abusar de su sinsabor, aunque escritores o periodistas de prestigio hayan sido fieles al asegurar que ella forma parte de sus mejores tareas.
Ryszard Kapuscinski, uno de los grandes maestros del oficio, confesó en una ocasión que en el núcleo de todos sus intereses informativos siempre se encontraban los pobres: “Cuando empecé a escribir sobre estos países, donde la mayoría de la población vive en la pobreza, me di cuenta de que aquel era el tema al que quería dedicarme. Escribía, por otro lado, también por algunas razones éticas: sobre todo porque los pobres suelen ser silenciosos. La pobreza no llora, la pobreza no tiene voz. La pobreza sufre, pero sufre en silencio. La pobreza no se rebela”.
Y aunque sea de manera indirecta también tiene que ver con la pobreza lo siguiente: A este mochilero le sorprende que, en ciertos círculos, en concreto sudamericanos, se ofendan cuando se les pregunta por las etnias de su país, quizás porque identifican ‘etnia’ con ‘pobreza endémica’ o con pobreza que humilla.
No. Etnia es una afinidad racial, y la negación de ello es no querer ver diferencias, por ejemplo, entre un aymara, un kuna, un inca, un taíno o un emberá.
Cree, sí, que lo que desprenden estos ofendidos -miserables ofendidos- es, en cierta manera, una total falta de apego a su pueblo, a sus tradiciones y a su cultura histórica. No siempre mencionar una etnia es una referencia a su pobreza implícita sino más bien a su orgullo como pueblo o a su defensa de las raíces que le son propias.
El viajero insatisfecho rompe una lanza por desmitificar la pobreza y, también, por defender el empoderamiento de los diferentes pueblos o etnias dentro de la estructura social del país en el que surgieron.
Copyright © By Blas F.Tomé 2013

4 de octubre de 2013

El chicle maya

El guía turístico que acompañaba a la pequeña expedición a Chichén Itzá era, según dijo él mismo, 80 por ciento maya. Bajo de estatura, con el pelo ligeramente rizado (cualidad rara entre los mayas) y con una bonita voz (según ecos cercanos), vestía un pantalón corto hasta la rodilla y se ocupaba del grupo con exquisita educación y respeto. Con un cierto tono de broma, a veces, en sus explicaciones, pretendía -cree que lo logró- hacer ameno el trayecto hasta las ruinas mayas. De toda la información desplegada, y fue bastante, el viajero insatisfecho se quedó con lo más anecdótico y curioso.
En la región sureste de México, es decir, en Yucatán, donde floreció la civilización maya, había un árbol llamado “chicozapote”, al que los mayas solían hacer cortes en la corteza, en zigzag, para que fluyera la savia y permitiera su recolección. Se colocaban unos recipientes debajo para que ésta cayera dentro de ellos. A la savia de este árbol se le sometía, a posteriori, a un proceso de ebullición, filtrado y secado para convertirla, al fin, en goma de mascar. Los mayas la usaban para limpiarse los dientes, inhibir el hambre o, simplemente, como entretenimiento. Esta ha sido la manera de fabricar chicles desde hace muchas décadas, si bien en la actualidad se hace también, de manera general, con una base de plástico neutro llamado acetato polivinílico.
Buena noticia para la salud de estos singulares árboles.
La palabra ‘chicle’ proviene de la lengua maya que significa ‘boca(chi) y ‘movimiento(cle), o sea, boca en movimiento.
[Del mismo modo que Chichén Itzá, significa ‘boca (chi) del pozo (chén) de los brujos del agua (itzá)’].
El árbol 'chicozapote'

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23 de septiembre de 2013

"Las cumbres del Nilo"

Josep A. Pujante relata en ‘Las cumbres del Nilo’ la expedición que compartió con sus amigos Agustí y Marcos a través de las impenetrables y brumosas junglas del corazón del África profunda, entre Congo y Uganda, donde se alza el Ruwenzori, las famosas Montañas de la Luna.
La misión no fue sencilla. Los inconvenientes o contratiempos surgían a cada paso aunque, al final, consiguieron coronar juntos la cima de nieves perpetuas que dan origen al Nilo Blanco.
Cuatro años después de alcanzar esta cumbre, cuando planeaban una expedición al sagrado monte Gishe, cercano al nacimiento del Nilo Azul, en Etiopía, Agustí murió en un trágico accidente de escalada en el Pedraforca. Guiado por la emoción, Josep viajó solo a África cuatro meses más tarde y alcanzó la cima del Gishe, donde debían reposar, al menos en parte, las cenizas de su amigo. Aquí, en la segunda ascensión, peligró hasta su integridad física:
Si alguno de aquellos cantos nos hubiera impactado en la cara o en cualquier parte de la cabeza, hubiéramos tenido que lamentar un grave accidente de imprevisibles consecuencias, allí en medio, lejos de cualquier hospital […]. Debe ser complicado acertar; sin embargo, aquellos pastores manejaban con destreza y pericia admirable lo que para ellos debía ser un instrumento cotidiano [la honda].
El viajero insatisfecho recomienda una (h)ojeada a estas páginas, en la seguridad de que el intento por entrar en ese mundo de cumbres, aventuras y expediciones no será vano. El relato conseguirá captar, seguro, la atención del cualquier entusiasta trotamundos.
El libro araña y hace estremecer a los lectores aventureros, también a los que se conmuevan con antiguas historias de viajeros y exploradores, todo ello sazonado con ingredientes de un sincero sentimiento de amistad, una de las más ardientes virtudes del ser humano. Javier Reverte, autor del prólogo, dice que “el homenaje a la amistad es siempre el mejor espejo donde se mira la nobleza del alma”.
¡Nunca mejor dicho, maestro!.
Copyright © By Blas F.Tomé 2013

13 de septiembre de 2013

Los ‘falsos sacerdotes’ de Kukulcán

El templo de Kukulcán

Esté donde esté un viajero en el Yucatán mexicano nunca olvidará visitar una de las joyas del imperio maya, Chichén Itzá. O tal vez, si, pero luego no podrá decir que es un viajero 'trágalo-todo'.
Es tal la trascendencia que tiene el nombre de estas ruinas que el topónimo de la población aledaña, a unos centenares de metros, podríamos decir que ha sido absorbido. Tanto, que el viajero insatisfecho al escribir estas líneas no recuerda ni cómo se llamaba.
Lo más impresionante del enclave: el templo de Kukulcán, la archiconocida pirámide escalonada.
Escuchaba al guía desde el primer momento con gran atención, pero según iba desglosando la sabiduría maya y el antiguo ceremonial de los sacerdotes del dios que presidía el sitio, Kukulcán -una representación maya del Quetzalcóatl de la cultura tolteca- iba recordando la película Apocalypto, de Mel Gibson. Si bien, en su momento, recibió las críticas por parte de los descendientes mayas hoy vivos, estos mismos (guía oficial incluído) al explicar las ruinas cuentan la idéntica o similar historia que merodeaba en el guión de aquel denostado film.
En el recorrido por Chichén Itzá, el guía recalcaba mucho la sonoridad del lugar, que fue utilizado por aquellos antiguos sacerdotes, elevados a la categoría de dioses, para domeñar al ignorante pueblo maya, repartido por toda la selva colindante; hablaba de los sacrificios humanos como una manera de infundir miedo en sus súbditos o enemigos, y del conocimiento astronómico de los grandes próceres mayas para dominar con sus prediciones (momento ideal para la siembra, o de la cosecha,….) al resto del ‘populacho’.
Y de esto, también hablaba la película de Gibson.
Pero las patrañas que aquellos sacerdotes del dios Kukulcán difundían a su pueblo continúan. Para mantener al turista dentro del círculo de viajes organizados, a precios de hurto, por una determinada agencia, también los guías turísticos mexicanos de hoy en día utilizan la mentira, el engaño y el miedo para captar o dominar al visitante foráneo en los hoteles, sin tener en cuenta el daño que con ello causan a su hermoso país, propagando supuestos peligros en el exterior del hotel, donde el extranjero sólo encontrará un pueblo encantador y simpáticas gentes.
¡Sean malditos!.
Copyright © By Blas F.Tomé 2013

6 de septiembre de 2013

Un perfil inventado


El otro día leía a Juan José Millás ("Carlos, Carlos, qué hago ahora contigo"), en ‘la última’ de ‘El País’, su particular artículo sobre la creación de un falso perfil en “facebook” que, de una manera un tanto kafkiana como siempre describe este periodista, se imbricó [el falso perfil] de forma obsesiva dentro de él.
Y a este mochilero le vino a la cabeza el ‘viajero insatisfecho’, como figura, también creada por pura arbitrariedad cerebral. Su obsesión mental por este personaje viajero-inventado no llegará nunca a la obsesión de Millás por el suyo. Pura literatura la de este articulista de ‘El País’, sí, pero reflejo de algún yo-distinto que pudiera existir, y que es fácil de que exista.
¿Terminará este leonés escribiendo e-mails al personaje ‘insatisfecho’ como Millás escribía a ‘su Carlos Rispais’-inventado?. No lo cree pues supondría tanto peligro “como hablar solo en voz alta” y una mancha en su curriculum.
Al que escribe estas líneas, no le matarán los remordimientos por no haber escrito al sujeto inventado como le pasaba a Millán; no se preocupará por no saber nada de él pues sabe todos los días algo; no se ofuscará por haberse perdido la infancia del personaje pues con él ha crecido y no ha tenido esa ausencia que justifique tal ofuscamiento; no necesitará hacerle una visita porque vive en su casa, ni le dejará herencia testamentaria ya que sucumbirá a la par.
Es y será, sin duda, un personaje inventado, una imposible celebridad en un mundo donde sobran las celebridades, pero con tremendas similitudes que le impedirán mantenerlo fuera, alejado u olvidado.
Y le dedicará su cariño.
Copyright © By Blas F.Tomé 2013

28 de agosto de 2013

Cenotes en Yucatán

Cenote 'Gran Cenote'
No era nada, nada difícil arribar a un cenote en el Yucatán mexicano, lugar especializado, casi exclusivo, en estas originales formaciones geológicas, producidas por diversos cambios en el ecosistema, entre ellos el derrumbamiento de la cúpula de lo que empieza siendo una cavidad subterránea con río, también subterráneo, incluido.
El cenote ‘Gran Cenote’ se encontraba a las afueras de Tulum. Un taxi cobraba 60 pesos por acercarse al lugar y a la entrada era necesario rascarse los bolsillos y pagar otros 120 pesos/9 euros.
Si bien las imágenes de televisión ya le habían enseñado al viajero insatisfecho estas realidades de cuento -parecen verdaderos agujeros de cuento- le impresionó aquel primer contacto. Desde arriba se apreciaba perfectamente el círculo del derrumbamiento y abajo las cristalinas aguas, en éste a cercana distancia de la superficie. Una vez situado a la altura del agua pudo apreciar las cavidades subterráneas, el agua ofensivamente cristalina, las estalactitas que colgaban del techo de la hendidura y el profundo y oscuro orificio que se alejaba por uno de los lados hacia un mundo desconocido e ¡impresionante!. Un equipo de buceadores estaba en aquellos momentos preparado para explorar lo mil veces ya explorado pero, quizás, para un buzo primerizo constituiría una experiencia inolvidable, igual que el baño que se dio el mochilero leonés, sin otras aspiraciones de ocio. Agua dulce, limpia, cristalina y con una bonita mezcla de tonalidades cromáticas.
La palabra ‘cenote’ se deriva de la palabra maya ‘dzonot’, que significa ‘pozo sagrado’. Descubrir la tranquila belleza de estas ventanas vírgenes al mundo submarino y la inmersión en sus aguas flotando a través de cavernas llenas de estalagmitas y estalactitas resultaba una experiencia más, aunque diferente.
El majestuoso cenote ‘Ik Kil’ fue la segunda posibilidad de vivir estas formaciones geomorfológicas. Muy fácil, también, pues a él se acercaban todas las excursiones a Chichén Itzá, organizadas desde la Rivera Maya, lugar ‘atufado’ de turistas españoles, americanos, italianos o argentinos.
Hasta aquí la bondad en la literatura sobre los cenotes pero, según algunas noticias derivadas de varias investigaciones, un 70 por ciento los cenotes registrados en Yucatán (unos 1.800) están infestados de bacterias provenientes de actividades porcícolas, fosas sépticas y pesticidas por lo que es prioritario su saneamiento y rescate. 
Sin tremendismos. 
Y esa realidad no la ve el turista o viajero que disfruta de sus bondades.

Cenote 'Ik Kil'

Cenote 'Ik Kil'

Copyright © By Blas F.Tomé 2013

15 de agosto de 2013

Un ‘raposo’ más en San Miguel de Escalada

Cartel indicativo y copia gigante del 'Beato de Escalada'

El mochilero leonés no sabe, a ciencia cierta, por qué a sus paisanos de San Miguel de Escalada (León) les llaman por los alrededores ‘raposos’. Debe de ser una cuestión antigua -de antes de la unión entre San Miguel y las casas de Valdabasta para formar hace muchos años el citado pueblo- aunque si un veterano conocedor de aquellas gentes les observara pensativo podría perfectamente concluir que son un poco astutos, extraños y taimados, igual como se mostrarían los zorros en sus correrías.
Simpático y cariñoso apodo. Cada uno puede tener lo que aparenta.
Así, San Miguel de Escalada es un pueblo (aletargado, ahora) alargado, orientado poco a poco, casa a casa, hacia aquella permanente unión de dos pequeñas poblaciones. El nombre no sería nada de no poseer a un extremo del pueblo, en pequeño y encajonado valle, un monasterio mozárabe del siglo X del que únicamente se conserva la iglesia, cuidada y mimada solo de vez en cuando. Las fotografías así lo constatan.
Años atrás, olvidada.
Y allí se dirige cada año, la gran mayoría de los veranos, el viajero insatisfecho a enrocarse en el buen vivir, las cervezas y las, a veces, estúpidas charlas de reencuentro y anécdotas. De este apartado sitio leonés se destaca el monasterio, del que sus gentes están orgullosos, además y ahora, inmersos en el MC Aniversario de su construcción (año 913).
Las características artísticas y descripción documentada, por ejemplo, en Wikipedia, y en otras muchas informaciones accesibles.
Para qué detallar aquí.


Vista del pórtico, con arcos de herradura mozárabes. La torre, ampliación románica

Ventana de dos arcos de herradura labrados en una sola pieza.

Vista del pórtico, con arcos de herradura.

Copyright © By Blas F.Tomé 2013

2 de agosto de 2013

Railay Beach -¡¡Un poco de playa que es agosto!!-

[Dedicado a "igoa.../maharaní de Pondicherrique reconocerá el sitio]


Playa de Railay
La playa de Railay/Railay Beach era un apartado rincón de la zona de Krabi, en Thailandia, aunque con algunos alojamientos, caros y baratos, para todos los gustos.
Apartado lugar, tranquilo(?), mochilero y también muy activo por la cantidad de jóvenes que iban a la zona a practicar kayak de mar, buceo, escalada en roca, trekking por la jungla, rafting, y más y más, como si aquellas pandillas no vieran cumplidas sus expectativas con solo una o dos actividades. El viajero insatisfecho adivinaba, sin haberlas presenciado, grandes y desinhibidas fiestas nocturnas, al amparo de las tranquilas y estrelladas noches del mar de Andamán.
Uno podía dar un paseo por la zona baja de la estrecha franja de tierra que contenía varios alojamientos y dos playas opuestas. Al menos una, amplia y con fina arena para retozar horas y horas muertas.
Para llegar allí desde Ao Nang (las playas de Krabi) era necesario alquilar una típica barca, long-tail boat. Sí, de esas que llevan una larga guía que termina en un rotor con aspas para autopropulsarse.
Muy típicas de la zona.
Al visitante, entonces, le recibía una magnífica playa, en forma de media luna, rodeada de aquellos singulares promontorios rocosos llenos de vegetación, cada cual más impresionante y bello.
Era fácil, sin duda, pasar un día en aquel maravilloso entorno de acantilados, alternando largas tumbadas en la arena con cervezas en alguna de las variadas terrazas playeras, o simplemente dando paseos por la arena caliente, caliente,…, muy caliente.
Long-tail boat, barca típica de la zona

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21 de julio de 2013

La desembocadura del río Mono

Pescador de gambas en la desembocadura del río Mono, Benín
A este mochilero leonés le cayó simpático el nombre de aquel lugar, al sur de Benín: desembocadura del río Mono. Además, tenía relación con otro no menos simpático topónimo. El lector, tal vez, no lo aprecie así pero la zona donde se ubicaba se llamaba Gran Popó.
Dos mágicos nombres por el precio de uno.
En cuanto llegó a Gran Popó, se planteó conocer la dichosa desembocadura. No tardaría mucho en ver la oportunidad de conseguir una barca, eso sí, compartida con parejas y otros solitarios mochileros.
¡El conductor o patrón hablaba español!.
Y no solamente eso, ¡le gustaba hablar español!.
El estuario del río era sin duda una preciosa excursión en sencilla piragua a motor (podría haber sido a remo), casi exploratoria de las bocas del Rey (otro topónimo mágico), lugar de gran belleza ecológica y puerta donde el río Mono se peleaba con el océano Atlántico por mezclarse con sus aguas.
Las grandes concentraciones de manglar se veían bellas y frondosas, también misteriosas, como siempre dice el viajero insatisfecho cuando transita por territorio de manglares. Todo ello facilitaba la reproducción de abundantes bancos de peces y crustáceos por lo que era frecuente ver a artesanos pescadores, en sus pequeñas piraguas unitroncales y endebles, inmersos en la pesca de langostinos y gambas, siempre cerca, muy cerca de los verdes y boscosos márgenes. Las grandes extensiones de tranquilas aguas que se formaban alrededor de aquel delta cobijaban muchas aves migratorias y, según dijeron, una gran población de hipopótamos que, dicho sea de paso, no consiguieron avistar.
El recorrido también incluyó la visita a una apartada comunidad local donde la fabricación de sal era la principal ocupación de las mujeres lugareñas. El proceso de elaboración era un original y artesanal sistema de filtración a través de tierra arenosa y posterior proceso de ebullición. En unas particulares ollas de alumnio al fuego se hervía el agua de gran concentración salina que al evaporarse por la fuerte temperatura dejaba una pasta blanca en el fondo del recipiente.
Fabricando sal en la desembocadura del río Mono, Benín
El grupo salió de allí con kilo y medio de sal cada uno, pagada y adquirida. Una manera de ayudar a aquellas afanosas mujeres.
¡Va por ellas!.
La excursión [última en Benín] por aquel territorio cálido, húmedo, rodeado de agua y vegetación terminó, cómo no, con el grupo viajero a la sombra de una soberbia palmera cocotera ‘libando’ el líquido de un coco recién cortado.
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9 de julio de 2013

Bocas del toro

Al salir del embarcadero de Almirante

Si había un sitio en Panamá que recibía visitantes con asiduidad ese lugar se llamaba
Bocas del toro, archipiélago caribeño con abundante infraestructura turística pero con posibilidades de una relajante y económica visita, asequible a cualquier maltrecho bosillo.
El mochilero leonés no acostumbra a meterse en esos embrollos pero las referencias del lugar eran bastante buenas y decidió acercarse a dar una vuelta. Este conjunto de islas se encuentra muy cerca de Costa Rica por lo que partiendo desde Panamá City era necesario atravesar todo el país. La noche es, a veces, buena compañera de viajes y el viajero insatisfecho decidió tomar un autobús en la capital que le lanzó hacia un nocturno y kilométrico recorrido.
Panamá no es África pero el 'buseto' que le transportaba, siguiendo los parámetros africanos, se averió a medio camino cuando aún no había amanecido. Otro microbús enviado desde la siguiente ciudad en la ruta les sacó de aquel atolladero.
Isla Colón, vista desde el mar

El gran centro de visitantes del archipiélago era la isla Colón, donde se podía llegar en bote desde Almirante, pequeña ciudad costera. Precísamente allí le dejó el autobús con 4 o 5 horas de retraso. Como el libro guía decía que la isla Colón era un buen punto base, donde se concentraba la ‘rumba’ nocturna -otro de los atractivos del lugar- allí se asentó el mochilero leonés. Para tranquilidad y ambiente más auténtico era mejor la isla Bastimentos pero, según pudo comprobar al día siguiente, esta isla era un santuario, demasiado santuario de la placidez. No creyó que hubiera coches, al menos no tuvo noticia de su existencia. Además, sus calles eran estrechas, cementadas eso sí, y con pocas posibilidades para vehículos de cuatro ruedas. Pequeños hotelitos a la orilla del agua y edificaciones con un aire sureño estadounidense que rezumaban reposo y bonanza, completaban un ambiente mortecino y casi aburrido.
La conexión entre islas se hacía en minúsculos taxi-botes que pasaban por los diversos embarcaderos de madera con total falta de horario y escasa puntualidad. Pero las prisas en la isla Bastimentos y en la isla Colón eran nulas. Un buen ron local en el bar aledaño al embarcadero podía ser, y de hecho lo fue en ocasiones, una buena manera de matar la espera.
Isla Bastimentos

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29 de junio de 2013

El jabalí verrugoso

No había muchos animales ‘avistables’ en el Parque Nacional Mole, a pesar de que era el santuario salvaje más grande del norte de Ghana y, también, el más internacionalmente conocido. Al menos no tuvo suerte, y eso que paseó a pie durante toda una calurosa mañana con un guía -rifle en ristre- y otros curiosos por varias zonas del parque. Eso sí, pudo divisar elefantes, que retozaban tranquilamente en una charca, gacelas y algún que otro jabalí verrugoso.
El viajero insatisfecho conoce animales más hermosos que el jabalí verrugoso africano, pero ninguno tan osado. Su valor es difícil de calibrar. Su color ceniciento le convierte en un descuidado y sucio campesino de las praderas, en un intransigente y ácido labrador de la tierra. Es el defensor, poco agraciado pero muy garboso, de la familia, la casa y el territorio, y luchará contra todo aquel, sin importarle el tamaño, que se atreva a molestar o interferir en su satisfecha y horadadora existencia. Hasta su armamento es de villanos: colmillos curvos, feos pero letales, que emplea de manera tosca tanto para hozar como para la batalla. Su piel es del color del polvo, recia y revestida de ásperas cerdas. Tiene los ojos pequeños, hundidos, legañosos y sin gracia; solo son capaces del recelo y resentimiento.
Desconfiado al límite, sospecha de todo lo que se mueve y si le sorprende, ataca. No duda en su estrategia, si es que la tiene, siendo muy peligroso al emerger de su escondrijo pues utiliza el factor sorpresa.
No le falta astucia. Se mete de culo en su pequeña y acogedora guarida, prestada o requisada la mayoría de las veces, para que no lo pillen nunca por sorpresa. Con su hocico apila tierra en la parte interior del agujero. Esta tierra sirve como pantalla de polvo que se dispersa como un nubarrón envolvente en el momento en que el jabalí se abalanza al ataque.
Esta es la literatura de su fisonomía y estilo de vida, pero observar a aquel paciente jabalí verrugoso en el Parque Nacional Mole no era nada más que motivo de cautelosa alegría. Sin gracia, eso sí.
No piense el lector que era fácil llegar al Parque Nacional. Para un mochilero en África nada es fácil, todo lo contrario, trabajoso y, en ocasiones, temerario. Había que tomar un destartalado autobús en la ciudad de Tamale que no transitaba, sino unos pocos kilómetros, por carretera medianamente asfaltada. El resto era un camino de tierra -algo parecido a la zahorra natural- lleno de promontorios y baches, nada ideal para el mochilero cargado siempre de dolores de columna y espalda. El ‘buseto’, que debía llegar hasta la entrada del parque en la oscura noche, podía perfectamente dejar tirado al curioso, como así ocurrió, en el pueblo de Larabanga, a varios kilómetros del destino y con escasos alojamientos nocturnos.
Al día siguiente, el dinero, la necesidad del ‘business’ de jóvenes locales moteros/buscavidas y el orgullo por conseguir la meta harían el resto para ver cumplido el deseo de visitar el Parque Nacional.

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