10 de septiembre de 2022

Parque Nacional Mburo / Uganda


Entrada al P.N. Mburo

Parada en la ciudad de Mbarara, Uganda. Hacía dos días que había atravesado la frontera desde Ruanda y le sobraban otros dos para tomar el vuelo de regreso a España. Mbarara era una urbe africana y ruidosa, cruce de carreteras hacia direcciones varias en Uganda. Ruidosa, bulliciosa y loca. No cree que el viajero insatisfecho pudiera estar allí mucho tiempo. Para la estancia nocturna, había elegido un hotel-residencia de estudiantes universitarios, pero con un ala de habitaciones para alquiler de viajeros, o comerciantes, o lo que dios quiera que parara por allí. Rodeado de extensos jardines, con un escaso, pero agradable, ambiente juvenil, y con unos trabajadores que durante el breve espacio de tiempo que estuvo allí desbordaron simpatía, el habitáculo alquilado fue, sin duda, un acierto.

La mejor opción que encontró para que la estancia en aquella plaza no pasara desapercibida en su currículo viajero fue visitar el Parque Nacional Mburo, a unos kilómetros de la ciudad. Las visitas a los parques nacionales siempre son caras y ésta no era distinta. Además, contando con que la excursioncita era en solitario para este mochilero, lo era aún más. Pero merecería la pena. Eran los últimos dineros del viaje a Ruanda y Uganda y no era cuestión de tirarse para atrás. Sabía también que tendría opciones de hacer un recorrido a pie por las praderas del parque lo que le agradaba y animaba.

Le recogieron temprano en el hotel. Aún era de noche. Mejor era llegar pronto para ver, en las primeras horas de la mañana, cómo los animales pastaban en su extenso bosque y grandes praderas. Así fue. La entrada al parque fue al poco de amanecer. En la puerta de acceso, un guía con fusil en mano se incorporó al Land Rover y una joven, que supuso fuera amiga de algún guarda, se unió también gratis al trayecto. No importaba, así iba acompañado por una joven dama.

Entre jirafas


Entre cebras

El paseo, entre jirafas, jabalís verrugosos, cebras, búfalos, impalas y otros animales fue una verdadera delicia. Pasear entre aquellas esbeltas jirafas, decenas, fue una inolvidable experiencia por las sensaciones de libertad que imprimía aquel ambiente salvaje y natural.

El simpático guía que acompañaba a la –ahora- pareja de turistas iba normalmente primero en la fila, observando cualquier incidencia y dirigiendo los pasos. Entre otras cosas, explicaría que en aquel territorio únicamente había animales salvajes herbívoros lo que facilitaba el paseo a pie. Solamente un león habitaba en aquel parque, pero sería muy difícil o imposible de ver. No obstante, era necesario tener las precauciones mínimas para evitar sorpresas.

Después del paseo a pie, sin la presencia de la joven dama que se bajó en la entrada, el conductor guía circuló despacio por los caminos y veredas de aquel extenso territorio y el mochilero pudo observar todo tipo de animales salvajes y libres. El trayecto finalizó a orillas de un gran lago, lleno de hipopótamos que resoplaban cerca de la orilla sin parar.

Relajada y agradable visita.


Manada de búfalos

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30 de agosto de 2022

Un rápido STOP en Muhanga / Ruanda


Glorieta en la ciudad de Muhanga

La parada en la ciudad de Muhanga/Gitarama fue imprevista y únicamente para curiosear lento y visitar la zona, ¿habría algo interesante? Nada especial que hacer y nada especial en sí misma como ciudad céntrica del territorio ruandés, pero no se debía desperdiciar nada en estas visitas mochileras. Por un motivo u otro podían sorprender. ¿Necesario para emprender un recorrido?: Mente abierta y decidida, nada mejor que dejarse fascinar por lo imprevisible.

Desde donde se hospedaba, con una moto-taxi se acercó a conocer la Catedral de Nuestra Señora (Cathedral of Our Lady, decía el libro-guía). Nada singular, pero esta construcción de ladrillo visto se parecía mucho al edificio religioso de Butare, aunque más estilizado y moderno. Al lado tenía uno de los muchos hoteles llevados por comunidades religiosas, pero éste sí fuera de su presupuesto: más caro y moderno que los utilizados en otras ciudades. Entró dentro de la catedral, sacó unas fotos y desde allí, una vez descendido por el cementerio inclinado, ubicado en una ladera, se acercó a los campos de arroz cercanos a admirar el verde intenso que en aquel momento lucían. Habló con una joven local, vestida de un rojo intenso, que circulaba en su misma dirección, receptiva a los comentarios intranscendentes, a las sugerencias picantes y a los amagos de entablar un mayor conocimiento personal. Todo se diluyó con los pasos precipitados de la joven que tenía sus compromisos sociales cerrados, pero la charla motivó risas y entretenimiento a ambos caminantes.


Catedral


Paseos, largos paseos sin rumbo, uno de los grandes placeres. Las cosas importantes, si las hubiera, siempre podían esperar. Y en esta ciudad, nada parecía tener un contenido sensacional. Una sala de artesanía que pretendió visitar luego, estaba cerrada por falta de afluencia, aunque se mostraron dispuestos a abrir más tarde para enseñársela a este mochilero. No fue preciso.

Al día siguiente se iría, con la satisfacción de haber conocido otro lugar ruandés. Otro rincón de vida.


Cementerio, con joven local de rojo


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12 de agosto de 2022

Paseos por Kigali / Ruanda


Centro de Kigali

F
inalizaba el periplo ruandés y el destino final era Kigali. De allí un autobús le llevaría a la frontera de Gatuna, por donde el viajero insatisfecho volvía a Uganda.

Kigali entraba en su mente con buenas impresiones y melodías. Una ciudad tan grande y africana parecía ser organizada, limpia, sin dejar de ser bulliciosa ni abandonar el ruido permanente, a veces, molesto. Pero Kigali tenía algo que la hacía atractiva. Se extendía por numerosas colinas y valles, pero la conexión entre unos y otros estaba más o menos organizada, con focos desaliñados, pero los menos. No era Paris o Ámsterdam, llenas de conexiones y nudos de carreteras, pero tampoco era Kampala, un desastre de ciudad. Kigali era una ciudad relativamente pequeña y modesta, pero con un aura de verdadera joya africana. No ha consultado a otros bloggers, pero le da la impresión de que cualquier europeo que conozca África y visite ciudades africanas, encontrará en Kigali algo de reposo y cierto gancho.

Encontró un aposento muy cerca del centro nada despreciable. Lo recomienda. Tuvo que explorar la plataforma Booking para localizarlo, pero mereció la pena. Un chalet tranquilo, nuevo, bien llevado y limpio.


Memorial del Genocidio de Kigali


Memorial del Genocio de Kigali, sitio de los restos

Los moto-taxis, como en el resto de país, eran una manera sencilla, barata y ¿segura?, de visitar los diferentes barrios o lugares de interés. Uno de estos le llevó al Memorial del Genocidio de Kigali, un museo que transportaba al visitante al año 1994 cuando cerca de un millón de tutsis fueron masacrados por sus hermanos hutus. El Memorial era como un testigo silencioso de un pasado que los ruandeses se han juramentado no repetir. Los mensajes que se escuchaban siempre hablaban de un solo pueblo ruandés, sin diferencias de razas o estatus social. Era un lugar solemne, sin duda. La llama eterna allí encendida en lo alto, divisando todo Kigali. El sitio donde se encontraban los restos de los asesinados. Recorrer aquellos jardines llenos de símbolos y leer los nombres de las personas fallecidas en el muro del Memorial sobrecogía y era, a la vez, intimista.

Luego, búsqueda de una librería para satisfacer curiosidades; paseos por el centro moderno y comercial, y recorridos radiales para disfrutar de la vegetación o el jolgorio urbanos. Una ciudad tiene esas actividades tan poco sugerentes, pero necesarias. ¿Algún museo? No. Los museos africanos tienen poco contenido o, al menos, este mochilero, no los encuentra interesantes. Había visitado el de Kampala (Uganda): pobre, desatendido y simplón.

Una vez conocido un poco Kigali, un autobús le transportó a Gatuna Border, rumbo de nuevo a Uganda.


Centro de Kigali, monumento al gorila

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23 de julio de 2022

Huye / 28 aniversario del genocidio ruandés


Centro de Huye / 10, 00 horas, 7 de abril
 
Cuando el viajero insatisfecho llegó a Huye (anteriormente, Butare) hacía un espléndido día de abril. Recomendado por la guía Bradt, Emmaus Hostel parecía una buena opción de descanso. Desde la estación, alquiló un moto-taxi para llegar y tomar una habitación. Sin duda un buen lugar que recomienda a todos los que se acerquen por esta ciudad.

Dejó los bártulos en una sencilla pero bonita habitación (el hotel estaba en una tranquila zona residencial) y se dirigió al centro, situado a varios cientos de metros. Un centro popular, bullicioso y ambientado como lo son en todas las ciudades ruandesas o, mejor aún, todas las ciudades africanas.

Huye tenía fama de ser la ciudad universitaria más importante de Ruanda y -o porque sabía de esta característica o porque era palpable- si observó más ambiente joven que en otros lugares. Se acercó a la catedral, se veía inmensa a lo lejos, y se la encontró cerrada. Era la catedral católica, construida en memoria de la Princesa belga Astrid, en 1930, al parecer, muy querida entonces por los ruandeses. No cree que tanto ahora. En todo caso una gran catedral, con un cartel a la entrada “Diocese catholique de Butare”, muy bien construida, toda ella de ladrillo visto y con una gran extensión de jardines y explanada a la entrada.


Catedral católica de Huye / Butare

Al día siguiente, después de una tranquila noche de descanso, pretendía visitar los alrededores de la ciudad, pero cuando, a primera hora de la mañana, preguntó al recepcionista por esta posibilidad, le dijo que la ciudad estaba paralizada en su actividad. Era 7 de abril, y todas las ciudades de Ruanda se paraban para celebrar el 28 aniversario del genocidio ruandés (“Kwibuka 28. Kwibuka twiyubaika”, decían los carteles en el idioma local, el kinyarwanda).

Para cerciorarme de ello, salí del hotel y, como la tarde anterior, me dirigí esa mañana al centro: vacío, solitario, cerrado... Las tiendas, el restaurante del Motel du Mont Huye y el restaurante donde había comido el día anterior, cerrados. Nadie en la calle. Se cruzó con dos patrullas policiales y, aunque le miraron, no le impidieron pasear.

Recuerden, viajeros, el 7 de abril en Ruanda todo se paraliza. El presidente Kagame y la sociedad ruandesa celebran su día de recuerdo, su festividad nacional. La primera vez que el mochilero veía una ciudad africana silenciosa y vacía. La primera vez en vivir esa experiencia.

Huye pasará a ser, en el imaginario viajero, la ciudad más tranquila del territorio ruandés.


Cartel que anunciaba el 28 aniversario

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9 de julio de 2022

En la ciudad fronteriza de Rusizi / Ruanda


Frontera con el Congo

Rusizi (anteriormente, Cyangugu) era una pequeña población ruandesa al sur del lago Kivu, frontera con el Congo, y más concretamente, con la ciudad congolesa de Bukabu. Únicamente, una frontera terrestre, un puente y el río Rusizi separaban ambas poblaciones y países. El viajero insatisfecho optó por hospedarse en el Home Saint François, uno de los hoteles mejor acondicionado y barato de todo el recorrido ruandés, ubicado en la misma frontera.

La ciudad de Rusizi (Cyangugu) no era muy espectacular. A solo unos dos kilómetros de Kamembe, era una especie de distrito fronterizo, que tenía un bello y caro hotel (Emeraude Kivu Resort) a orillas del lago Kivu —lo sabe, porque fue hasta allí a buscar buena wifi para conectarse mejor— y poco más. Durante el genocidio fue una de las poblaciones, después de Karongi/Kibuye, más castigadas, donde multitud de tutsis fueron asesinados y exterminados.

En Kamembe había nacido Mutara III, penúltimo rey de Ruanda, de ahí su pretendida fama. Entre las dos ciudades Kamembe-Rusizi era muy fácil moverse con los taxi-motos habituales en todo Ruanda.

Uno de estos servicios los utilizó también para moverse por los alrededores. En concreto, para ir las aguas termales de Bugarama, a unos 60 kilómetros de Rusizi, muy cerca de la frontera con Burundi. Un largo trayecto para ver algo ridículo: un charco abandonado, pero de agua caliente, con cuatro locales allí retozando como “sirenas en champán”. Ningún interés, aunque el paseo en moto fue de lo más relajante y pasado por agua. Ya en Bugarama, comenzó a caer una lluvia espesa africana que calaba la ropa y llegaba fresca a los huesos, pero gratificante a la vez. Cuando más fuerte caía, se refugiaron en unos soportales de una casa a orillas de la carretera. Cuando escampó, de nuevo en marcha.


Aguas termales de Bugarama

Hizo un intento por visitar dos islas del lago Kivu, Gihaya y Nkombo, pero los barcos eran “de línea” y tuvo problemas para alquilarlos en plan solitario. En formato “de línea”, no regresaban en el mismo día a Rusizi.

Fin de la aventura en Rusizi. De allí partiría a la ciudad de Huye (anteriormente, Butare).


Cargando un buque de transporte en el lago Kivu

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27 de junio de 2022

El rey Mutara III y Nyanza


Palacio antiguo, en forma de cabaña, de Mutara III

Mutara III de Ruanda, nacido en Kamembe, cerca de Cyangugu, en 1911, murió en 1959. Fue el penúltimo gobernante del reino de Ruanda. Primer mwami (rey, en kinyarwanda, idioma local del país) convertido a la religión cristiana, su nombre bautizado fue Charles Pierre Léon Rudahigwa. Tuvo su centro de operaciones de reinado en Nyanza, una ciudad y extensa área del actual centro de Ruanda.

En esta ciudad tenía su palacio, actualmente convertido en museo (Rukari King’s Palace Museum). Hasta allí se acercó, con el fin de conocer algo, muy poco, del último estertor de los reyes tradicionales ruandeses. Sin duda, Mutara III, hombre extremadamente alto, según pudo comprobar en alguna de las fotografías que figuraban en el museo, fue uno de los reyes más famosos de Ruanda. Más internacional y, quizás, más querido. A su muerte (1959), su hermano menor fue elegido rey con el nombre de Kigeli V, pero únicamente reinó dos años, hasta que se abolió la monarquía.

Cuando llegó a Nyanza, el viajero insatisfecho se propuso visitar el palacio/museo, en una de las colinas de los alrededores, donde se ubicaba el palacio moderno del rey Mutara III, construido en 1931 y ocupado por el rey hasta su fallecimiento, en 1959. Allí mismo, al constituirse como museo (2008), reprodujeron la tradicional vivienda ruandesa de los reyes (el palacio antiguo) con materiales también tradicionales. Este palacio antiguo contenía la casa/cabaña principal que era sala, comedor y dormitorio, con una cama de proporciones exageradas, y otras dos casas/cabaña, una de ellas despensa para guardar bebidas.

El palacio moderno era un coqueto edificio, de líneas europeas de la época, con varias salas en línea recta: dormitorio, cuarto de baño, despacho, sala de recepción para autoridades locales o sala de recepción para autoridades extranjeras.

Palacio moderno de Mutara III

En otra de las colinas, aproximadamente a unos dos kilómetros, estaban enterrados tanto el rey Mutara III, su mujer, como el sucesor, el rey Kigeli V. También, visitó el lugar. Un recinto cerrado con esas tres tumbas. Entre ambas colinas, casas de labriegos, campos de cultivo, niños mirones, alegres y pedigüeños, y señoras en sus labores hogareñas.

Fue un día de visitas, paseos, y de escucha de explicaciones sobre ambos palacios del simpático guía que le acompañó en el museo, no en el recinto funerario. Hasta éste último, llegó andando y tuvo que aporrear la verja para que el vago vigilante le permitiera el acceso.

Con las fotos, es posible que el lector pueda comprender mejor el lío de palacios, cabañas, colinas y tradiciones.


Espectacular cama de Mutara III, en el palacio antiguo



Casa/cabaña para guardar bebidas, en el palacio antiguo


Tumba del rey Mutara III

Copyright © By Blas F.Tomé 2022  

8 de junio de 2022

El salto de Ndaba / Ruanda


Picapedreros, en el camino

Estaba en Karongi, a orillas de lago Kivu. Karongi/Kibuye era una pequeña ciudad, no tendría más de 25 mil habitantes, de bella conformación aprovechando los entrantes y salientes del lago. A lo lejos, varios pequeños islotes, algunos habitados, generaban una vista excepcional sobre el lago.

Cerca de aquella ciudad, a unos 40 kilómetros, el salto de agua de Ndaba (Les Chutes de Ndaba) parecía un buen lugar para visitar, utilizando los servicios de los siempre útiles moto-taxis. Desayunó en el Centre d’Accueil Sainte Marie, donde se hospedaba, y salió a la caza de un moto-taxi con el que negociar y poder realizar la visita. Se encontró a Celestin, un joven motorista que con simpatía se ofreció a llevarle. Negoció el precio y partieron, sin más, hacia la aventura. Celestin calculaba aproximadamente unas cuatro horas entre el trayecto de ida, por caminos secundarios y lentos, pero donde podría ver lo más rural de la zona, la visita y la vuelta, por carretera asfaltada y rápida. Luego serían más.

En la ida, le llevó en principio por un camino entre plantaciones de plátanos, pequeñas casas aisladas y cafetales. El productivo campo ruandés se apreciaba en cada kilómetro recorrido. El verde de las pequeñas montañas y valles era un permanente atractivo. Nada más comenzar, un grupo de hombres y mujeres picaban piedras a base de martillazos. Sentados a la orilla del camino, cada picapedrero tenía a su lado dos montones: de un lado las piedras grandes, y del otro, las pequeñas piedras resultantes. Duro trabajo. El viajero tuvo que actuar rápido para sacar una fotografía que ellos negaban con manos, gritos y amenazas. Dura tarea la de sacar fotos a personas anónimas, aun rogando su permiso. Estaban en su derecho.


Plantaciones de té

A la orilla de un pequeño río, extensiones de campos de patatas y por la ribera más empinada plantaciones de té. ¡Qué bonito paisaje uniforme y verde generaban estas plantaciones! Durante varios kilómetros, el té sería protagonista de valles y de suaves lomas cultivadas.

Celestin dejó su moto aparcada al lado de la carretera. Para acceder al salto de agua de Ndaba, era necesario tomar una empinada senda descendente entre eucaliptos hasta llegar a la parte baja. Nada espectacular, pero gratificante estar allí después de lo visitado. En los viajes no siempre lo importante es la meta, sino lo reseñable es el camino. A los pies del salto, una vieja y semidestruida conducción artificial de aguas, acequias de regadío para fincas lejanas. Unas bonitas fotos de recuerdo, con el impresionante sonido del agua que producía el salto, y regreso a Karongi.


Salto de agua de Ndaba

En este trayecto, se paró a fotografiar un sencillo secadero de sorgo y probó su cerveza artesanal, reparó en unos trabajadores de un vivero de plantas, y visitó una factoría artesana de café, donde un numeroso grupo de mujeres trabajaban en la selección del producto durante su secado, eliminando granos defectuosos y removiendo el café para su correcto secado.


Sorgo al sol

El viajero insatisfecho se quedó con ganas de “saborear” una explotación de nueces macadamia que Celestin sugería, pero estaba al otro extremo de Karongi. Hubiera sido necesaria una nueva ruta.

Para quien lo desconozca, la nuez de macadamia es un fruto seco considerado gourmet, por su delicado sabor y suave textura, y por su pequeña producción en comparación con otras especies. El árbol, además, tarda varios años en ser productivo. Estas nueces solo pueden cosecharse un par de veces al año. Su gruesa cáscara, a menudo eliminada antes de su venta, dificulta el distinguir las nueces maduras de las inmaduras, lo que hace que el proceso de recolección sea más artesano y caro. Es una fuente de proteínas, además de un alimento que dotará de una importante cantidad de vitaminas.


Secaderos de café

VÍDEO

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24 de mayo de 2022

Campos ruandeses


Caminos ruandeses
Los días pasaban rápido. Había llegado a Rubavu/Gisenyi después de visitar otras zonas de Ruanda. En los alrededores de esta ciudad había alguna cosilla que se podría investigar o curiosear, pero para ello necesitaba contratar al inevitable motorista que le moviera por caminos que intuía serían de tierra, socavones y piedras. Una ruta difícil ¿quién podría encontrar, entre toda aquella maraña de caminos y sendas, algo como una antigua cueva o un orfanato de ayuda a niños necesitados (Imbabazi), perdidos ambos en una extensa zona poco transitada? Poco transitada, pero, como luego comprobaría, repleta de campos de cultivo, en apariencia bien cuidados y productivos.


Campos de patatas

Salió del hotel y se dirigió a la búsqueda de un taxi-moto que pareciera bueno, responsable y, si no conocedor de la zona, al menos, dispuesto a buscar la ruta. Serían más de sesenta kilómetros por complicados caminos. Aproximadamente, cuatro o cinco horas de trayecto, pensó.

Objetivos concretos: Imbabazi, orfanato fundado en 1994 por Rosamond Carr como lugar de acogida para niños huérfanos por el genocidio de ese año. Actualmente, estaba cerrado, pero se podía visitar: una bonita casa, unos jardines cuidados de ambiente tranquilo y la antigua granja. El otro objetivo, unas cuevas construidas en un pequeño poblado, que al final no supo para qué: abandonadas, perdidas en medio de los campos cultivados de patatas y que algunos lugareños no sabían ni ubicar. Tuvo oportunidad de entrar unos metros en una de ellas, rodeado de niños y jóvenes, pero el ambiente de inseguridad era, a todas luces, freno para cualquier expedición de primerizo espeleólogo.


Dentro de las cuevas


Saliendo de las cuevas

Entre baches, acelerones, sobresaltos en la moto y constantes dolores de su delicada espalda, el viajero insatisfecho pudo apreciar las grandes extensiones de fincas cultivadas de patatas, coles, judías, plátanos, cebollas o maíz. Bello paisaje verde, cultivado y productivo. Un terreno de cultivo manual y esfuerzo. Duro trabajo para hombres y mujeres de la zona que sabían sacar a la tierra su alimento. Multitud de asentamientos humanos solitarios, pequeñas poblaciones de agricultores y caminos siempre transitados por humildes labriegos. Una moto que cruzaba, un grupo de mujeres con bártulos en su cabeza y azadas en sus manos y, en los laterales, gente aplicada en la recolecta. El ruido de la moto, el silencio de la naturaleza y los gritos de los niños al paso formaron un sinfín de momentos.

El día casi había concluido. Una lluvia intermitente, pero intensa le acompañó en el regreso. Cuando entró en el hotel, después de siete horas, iba calado y listo para una ducha regeneradora.


Casa de Rosamond Carr, fundadora del orfanato

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6 de mayo de 2022

Rubavu y el lago Kivu / Ruanda


Playa del lago Kivu, en Rubavu

Llegó a Rubavu (Gisenyi) un día cualquiera. A media mañana, y a la estación central de autobuses / Gare park. Venía de la ciudad de Musanze (Ruhengeri). Cogió un taxi-moto y directamente indicó al conductor que le acercara al Centre d’Accueil St. François Xavier. Según la guía, era un lugar barato y de calidad, entre todas las posibles elecciones de hospedaje.

Lo puede certificar.

También, añadiría que en Ruanda los mejores sitios para dormir con cierta calidad y baratos son los gobernados por las iglesias, no siempre la católica.

Dejó la mochila grande en la habitación y sin más preámbulos se dirigió hacia las orillas del lago Kivu. Sabía que estaba cerca, incluso cuando venía en la motocicleta había intuido su proximidad entre las ramas de unos grandes árboles aledaños.

Rubavu era la segunda ciudad ruandesa en extensión, y fronteriza con el Congo. En una de sus calles, de pronto, aparecía el puesto fronterizo y, al otro lado, como continuación, la ciudad congoleña de Goma. De unos 150.000 habitantes, la ciudad no era especialmente bulliciosa, al menos en la zona que bordeaba el lago Kivu.


Lago Kivu, en Rubavu

¡Ganas tenía el viajero insatisfecho de tocar sus aguas!

Junto con el Victoria, el Tanganika y el Malawi era uno de los lagos-estrella del centro de África. Aunque sus aguas eran tristemente célebres por haber sido uno de los lugares donde fueron arrojadas gran cantidad de víctimas del genocidio de Ruanda. Una estrecha playa de arena lo bordeaba en aquella zona aledaña a la ciudad; en otras, serían acantilados. Luego, un jardín, relativamente bien cuidado con más verde que otra cosa, completaba los bordes. Unos altos y gruesos árboles daban sombra a las orillas y en algunos casos sus ramas casi tocaban la superficie del agua. Todo vallado, impedía el paso arbitrario, pues su acceso se realizaba por unas puertas colocadas de trecho en trecho.

Un pequeño dique de cemento se internaba en las aguas, donde varias barcas turísticas estaban atracadas. No tardó mucho un individuo en animarle a tomar una de aquellas barcas para hacer un recorrido por el lago. A la derecha, en un saliente, se veía las edificaciones de la ciudad de Goma. El barquero le incitaba a ver de cerca esta ciudad congoleña desde las aguas.

Paseó un largo rato por la pequeña playa y observó el escaso ambiente que allí había entonces. Cambiaría al cabo de unos cuantos minutos, cuando un grupo de jóvenes entró en masa al recinto. Era domingo, fiesta, jolgorio, chapuzones y partido de fútbol en un extremo de la estrecha playa. Cerca, un pescador remolcaba y, con una cuerda, tiraba lentamente de una red que había dejado a unos pocos cientos de metros de la orilla. Rezaba, seguro, para que con su esfuerzo pudiera arrastrar algunos peces.

Se había descubierto recientemente que el lago Kivu contenía muchos millones de metros cúbicos de gas metano disuelto a una profundidad de 300 m. El Gobierno de Ruanda había destinado muchos millones de dólares para que un consorcio internacional extrajera el gas. Desde donde se encontraba, una plataforma con una torreta metálica, se veía a lo lejos. Uno de los barqueros también se ofreció a llevarle.

VÍDEO

Copyright © By Blas F.Tomé 2022

23 de abril de 2022

Goris y alrededores / Armenia


Monasterio de Tatev

Cerca de Goris, en el centro/sur de Armenia, había al menos dos sitios que parecían interesantes y que el viajero insatisfecho quería visitar ¿Lo lograría?

Llegó a Goris, muy cerca de la frontera hacia Nagorno Karabaj, una mañana de un día cualquiera. No tenía mucha información sobre ambos enclaves visitables, pero intuía que necesitaría, de nuevo, utilizar un taxi para alcanzar los objetivos (¿Se estaba acostumbrando a los taxis armenios?). O algún autobús de línea.

Buscó el hotel que había visto por internet y que parecía tener cierta calidad, barato y con un patio lleno de frutales. Un lugar cómodo para pasar dos o tres noches y, al menos, tener un lugar donde disfrutar del verde natural de un jardín. Muy buen recibimiento. La dueña charlaba con unas amigas en un simpático y bien construido cobertizo, donde por cierto desayunaría todas las mañanas, y bromearon con él (les dio pie) sobre su desaliñado aspecto.

Tatev era un monasterio muy famoso en Armenia y distaba de Goris unos cuantos kilómetros, pero parte de ellos era interesante hacerlos en el Wings of Tatev, el teleférico reversible sin paradas más largo del mundo. Sabido esto, tendrá que contar dos experiencias: el monasterio y el teleférico. Disfrutó de las dos. Hasta allí, hasta la salida del teleférico, se dirigió en un taxi y, en esta ocasión, debería esperar al menos dos horas para completar la visita.

Está bien la experiencia del teleférico. Largo, muy largo. A mitad de camino, un poste dividía ambos tramos y saliendo del primero, la caída de la caja hacia el segundo tramo era pronunciada e impactante. El monasterio Tatev tenía bellas fotos por su ubicación, más que por lo espectacular de sus edificios. La información previa de que disponía decía que el visitante se fijara en un pilar octogonal coronado por un khachkar que, supuestamente, había predicho las actividades sísmicas de la zona ¿sería verdad? Recorrió todos los edificios y sacó fotos, pero nada especiales para un monasterio. Por cierto, muy bien restaurado y cuidado. Regresó de nuevo donde le esperaba el taxista en el Wings of Tatev.


Vistas desde el Wings of Tatev


Pilar octogonal que predecía (?) seismos

Al día siguiente saldría por la parte contraria de Goris para visitar el poblado Viejo Khndzoresk, excavado en la arenisca volcánica de las laderas de Khor Dzor (Garganta profunda). El Viejo Khndzoresk ya estaba habitado en el siglo XIII. A finales del siglo XIX era el pueblo más grande de aquella zona armenia, pero tras ser devastado por el terremoto de 1931, quedó abandonado. Ahora, más bien parecía un pueblo fantasma. Lo que quedaba eran cuevas en las laderas -agujeros diría- que se usaron como refugio durante la guerra de Nagorno Karabaj, y dos o tres iglesias semiderruidas.

Un puente colgante comunicaba ambas laderas.

Al margen de las visitas, le gustó Goris: una ciudad tranquila, con posibilidades de paseos y un espectacular, ajardinado y tranquilo bar/restaurante desde donde, con una cerveza en la mano, se podían ver las casas-cueva medievales de Goris, otra atracción, a la que no hacía falta acercarse para evaluar su estética. Se apreciaba de lejos.


Viejo Khndzoresk

 Copyright © By Blas F.Tomé 2022

5 de abril de 2022

Bisesero, Sitio memorial del genocidio / Ruanda

Murambi, Kigali, Kibuye, Birogo, Hanika, Ruharambuga, Bushenge, Giheke, Bisesero o Gashonga son algunos nombres de Sitios de memoria del Genocidio, repartidos por todo el territorio ruandés. Éstos y otros muchos, casi cada pueblo tiene uno. Creed al viajero insatisfecho que todos eran justificados, tenían su explicación, motivo y verdad. Visitó varios en sus locos paseos sin rumbo por el país y, si bien, todos diferentes en su arquitectura y diseño, a la vez, todos iguales en su mensaje de unión del pueblo ruandés. De encuentro entre ciudadanos, aunque también de recuerdo, sin olvido, de unos hechos que no deberían volver a ocurrir. Aunque la realidad podía ser distinta y las buenas intenciones de unión de la sociedad ruandesa en general, se podían ver enturbiadas por recelos personales. El motorista que le llevaba durante uno de los recorridos, afirmaba: “Mi padre murió a manos de los hutus. Debo olvidar?. No, no voy a olvidar”.

Visitó, en especial, Bisesero que fue muy representativo en aquel genocidio atroz. Detallará lo ocurrido en él, como ejemplo, pero cada uno de los memoriales tenía su historia de horror opaco, turbio o violento.


Plano general de Bisesero

Los habitantes de esta región, los “abasesero”, tenían la reputación de ser pastores tutsis, dotados de una fuerte resistencia para defender sus rebaños de los ataques. En los sucesos de 1959, y luego de 1962 (posteriores a la independencia), su capacidad de defensa les habría evitado la violencia sufrida por otros tutsis en Ruanda. La historia de esta región era conocida, pues, por el resto de los habitantes. En 1994, sobre la base de esta reputación, los tutsis de Bisesero se convirtieron en punto de reunión para resistir el genocidio.

De hecho, desde los primeros días después del derribo del avión del presidente -hutu- Juvenal Habyarimana (7 de abril) -según parece, origen de la persecución y genocidio- los tutsis de Bisesero fueron atacados por los milicianos interahamwe (radicales hutus), como en la mayoría de las regiones ruandesas. La resistencia en el lugar se organizó rápido, poco después, desde el 10 de abril de 1994. Ante los desconcertantes episodios de violencia, y la indecisión de algunos, los interahamwe pidieron al resto de hutus que se definieran y tomaran bando si tenían dudas sobre la justa persecución emprendida contra los tutsis. La población se dividió, y los tutsis y hutus moderados se reagruparon en puntos considerados más estratégicos. Cuando en las comunas vecinas comenzaron las masacres, otros tutsis de los alrededores acudieron en masa a Bisesero. Ante tal concentración, las autoridades ruandesas planearon pronto un gran ataque contra los tutsis allí refugiados. Además de los miembros (hutus) de la guardia presidencial y de las Fuerzas Armadas de Ruanda, en esta operación de limpieza participaron milicianos de otras regiones. Iban bien armados, mientras los tutsis de Bisesero contaban para la defensa únicamente con cuchillos, machetes y utensilios de labranza. Según las informaciones que se manejaron, después de insistentes ataques con armas de fuego, de cincuenta mil, los combatientes de la resistencia tutsi en Bisesero se redujeron a dos mil en poco más de un mes, cuando llegaron los soldados franceses de la Operación Turquesa.

El Memorial era sencillo, pero simbólico. Estaba formado por un serpenteante camino de cemento y piedra, todo él cubierto a prueba de chaparrones, empinado hacia la cima del monte donde estaba la tumba conjunta de casi todos los que allí murieron, menos unos cuantos cientos o miles que reposaban en tres edificios construidos, como interrumpiendo el paso en la vereda de subida. Allí, en los tres, se exponían a la vista cráneos y huesos en varias urnas acristaladas.

Durante la ascensión, entre el abre y cierra puertas (por prevención ante los monos) el guía le relató la historia ya referida. Insistió varias veces en el desigual armamento y en el heroísmo de los allí refugiados y perseguidos. 

Una sobrecogedora visita, en un paraje alejado de todo, en plena naturaleza y perdido entre lomas. No había nada más que unas humildes casas a unos cientos de metros de dicho monumento. Lo demás eran montes de eucaliptos, laderas con maleza y otras cultivadas. 

Llegó allí ‘de paquete’ en una moto, después de transitar por caminos pedregosos y riscos, y hacer un recorrido de curioso a varias plantaciones de té.


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26 de marzo de 2022

Monasterio de Noravank / Armenia

Uno de los monasterios más impresionantes por su estilo y arquitectura, su ubicación, su colorido, conectado a los alrededores, y sus vistas generales era Noravank. Para visitarlo, el viajero insatisfecho tomó como base de operaciones un pueblo, casi ciudad, llamado Yeghegnadzor (¡vaya nombre!), aunque hubiera sido más acertado parar en el pueblo de Areni, conocido por su vino y sus bodegas. Las uvas de esta región llevaban cultivándose muchos, muchísimos años como demostraba el descubrimiento, hace años, de la bodega más antigua del mundo (de 6.100 años), en la cueva Areni-1.

Se hospedó en una casa de huéspedes, familiar. En un rato de tarde, paseó por las calles de Yeghegnadzor bajo un fuerte calor que le animaba a ir por las sombras de la gran cantidad de árboles frutales y nogales que se encontraban al borde de las aceras y en los huertos ubicados en los márgenes de las estrechas calles que subían y bajaban por los diferentes montículos de la geografía irregular de poblado. El propio dueño de la casa de huéspedes le acercaría en su coche particular, tomado a modo de taxi, al monasterio de Noravank.

Una carretera que circula por un estrecho valle servía de acceso al monasterio, sin duda uno de los más espectaculares de Armenia. Como el libro-guía sugería visitarlo al atardecer por los tonos cobrizos de los acantilados que rodean al monasterio, eso hizo. Y sí, sin duda, la imagen del lugar y del propio monasterio adquiría más fuerza pues la piedra rojiza y dorada de las iglesias allí edificadas adquiría una maravillosa luminosidad.

El edificio principal era la iglesia Surp Astvatsatsin construida, en 1339, sobre el mausoleo de Burtel Orbelian, enterrado aquí con su familia. Los historiadores, según recogía la documentación consultada, decían que la iglesia recordaba a las estructuras funerarias en forma de torre creadas en los primeros años del cristianismo.

Al margen de los temas históricos, el recorrido bajo un fuerte calor que se generaba en todo el valle descubría rincones y momentos mágicos. La reposada observación de los acantilados de los alrededores revelaba formas, sombras y coloridos de gran belleza. No permaneció mucho tiempo en aquel lugar, pero le dio tiempo a subir por una ladera para contemplar en toda su magnitud el complejo monacal y a los visitantes admirando y deteniéndose en cada edificio arquitectónico.

A través de las siguientes fotografías será más fácil apreciar el sitio y su entorno.

Noravank, desde la carretera de acceso


La iglesia principal

Conjunto y alrededores de Noravank

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11 de marzo de 2022

De Iquitos a la Triple frontera: Perú-Colombia-Brasil


Poblado en la ribera del río Amazonas

Abordó el barco sobre las cinco y media de la tarde. Iba pertrechado de todo el equipaje: mochila, mochila azul y hamaca reglamentaria para descansar durante el viaje, dormir y sentir el motor de aquel carguero en la quietud del balanceo. Los peruanos lo apodaban lancha. Se llamaba La gran Loretana, y el nombre iba todo lo grande que cabía bajo la cristalera del habitáculo del piloto.

Gran trabajo y dedicación tenían estos tripulantes conductores [pilotos] durante el trayecto. Observaban el rumbo tanto de día como de noche; hacían las paradas reglamentarias atracando con aquella plataforma en proa sobre los farallones del río; mantenían constante una vigilancia y surcaban por el lado del cauce con más agua, y tomaban decisiones arriesgadas. Sin duda, grandes conocedores del río Amazonas, de sus bancos de arena y de sus canales de conexión.

—Las lanchas para Santa Rosa (último pueblo en la frontera con Colombia y Brasil) salen sobre las siete de la tarde de Puerto Ransa, pero debes estar al menos una hora antes —le dijo un conductor de motocarro en Iquitos que era experto en estas lides. Le hizo caso.

Era ya de noche cuando el carguero zarpaba de Puerto Ransa. El tiempo transcurrido entre el momento de zarpar y el abordaje del viajero insatisfecho lo ocupó en amarrar la hamaca en el techo, donde había varias filas de hierro apropiadas; en colocar al lado de la hamaca la mochila a buen recaudo; en cargar el móvil (no sabe para qué, no hubo cobertura) en un viejo enchufe que pendía del techo; en observar el habitáculo y la gente que lo iba llenando según pasaban los minutos, y en visualizar las labores de carga y embarque.


Bajando pasajeros por la plataforma

Gran cantidad de bultos, fardos y cajas fueron ocupando el primer piso: la bodega, en realidad. Frigoríficos, lavadoras, microondas, un carromato con varios árboles frutales de vivero, dos vacas y un toro, grandes racimos de bananas o plátanos, grandes bloques de hielo, ventiladores de pie, sacos de maíz, fardos de pan, de ropa, de chucherías…. Un trasiego permanente de personas y mercancías. Una vez en el río, vendría la tranquilidad y el tuc-tuc de las máquinas del carguero.

Pronto, apareció el primer rancho, la primera cena: arroz y una pequeña pieza de pollo con salsa. Variarían poco los siguientes: pescado con arroz y harina de yuca; triturado de vísceras y arroz blanco... Diferentes eran los desayunos, leche de avena muy endulzada con un mini-croissant.

Al lado, un joven local llevaba unos grandes altavoces desde los que salía música ambiental. No fue muy pesado ni estridente con la música: cuando el ambiente pareció adormilarse, apagó su aparato.

La noche en el Amazonas era sugerente, motivaba al alma. La oscuridad absoluta se veía interrumpida en ocasiones por algún foco de luz en la orilla o el faro de otro barco que cruzaba. La noche en el Amazonas era intimista. La pequeña brisa acariciaba la hamaca y traspasaba al cuerpo, se hacía necesario una pequeña manta para el paso de las horas. La noche en el Amazonas era descanso, pero también tormenta y aguacero. Fuerte, muy fuerte y fuerte sonaba en la chapa de cubierta. El amanecer era bello, el sol salía sin malicia. Alguna pequeña población se hacía visible y el barco se arrimaba a la orilla. Algún pasajero había finalizado el trayecto. Otros, lo iniciaban.


Un gran barco, otro carguero, que cruza

Poblados y grandes poblados: Santa Rosa de Pichana, Altomonte, Angamos, San José de Cochiquinas, San Pablo de Loreto, San Juan, Chimbote, Caballococha,… Grandes buques cruzaban al paso.

Este era el ritmo constante de un trayecto distinto. Desconocido, pero alimentado por los mitos: “El mito de El dorado”, allí cercano.

VÍDEO



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