21 de febrero de 2024

Ciudad Imperial de Potosí / Bolivia



El conductor del autobús lo dejó a las afueras de la ciudad de Potosí. Final de trayecto. Desde varios kilómetros antes ya iba observando la ciudad y el Cerro Rico que presidía la panorámica. Veía así, a lo lejos, lo que venía a buscar. Luego olería la multitud de olores que partían del mercado, al pasar a su lado, y advertiría, aunque de manera no intrusiva, la altura a la que se encontraba, a más de 4000 m.s.n.m.

Una vez en el centro, y ubicado ya en el hotel —una casa con siglos de historia— dedicó la mañana a sus habituales recorridos exploratorios. La herencia colonial era más que evidente, tanto en la plaza principal, con su imprescindible catedral metropolitana, como el resto de las calles aledañas. La historia de Potosí es de sobra conocida, sobre todo el periodo español de explotación de la plata en el famoso Cerro Rico, lo que originó, a posteriori y durante años, un cúmulo de críticas por parte de los locales hacia las autoridades españolas de entonces.



Una visita obligada —y verdadera joya de la ciudad— era la Casa Real de la Moneda (entró al día siguiente), la edificación civil colonial más destacada y protagonista de una intensa historia a lo largo de los siglos. Nació en 1572 para organizar y trabajar la sorprendente producción de plata de Cerro Rico por orden del virrey del Perú, Francisco Álvarez de Toledo. La que se visitaba hoy, era una segunda construcción barroca de 1759, con sus cinco patios.  A la entrada del primero de éstos, una gran máscara presidía el frontal. Su simbología era desconocida, aunque se decía que representaba al dios Baco. El guía, que luego explicaría el recorrido, vería además en el gesto de la máscara —algo mucho más difícil de apreciar— dos partes diferenciadas: un lado, representaba el gesto triste de los locales explotados en las minas, y el otro, el gesto sonriente de los españoles que se llevaban la plata. Otra explicación más era que la máscara ocupaba el espacio del escudo real español, y habría sido colocada para la mofa popular tras la guerra de la Independencia. Dentro, se podían ver muchas de las monedas acuñadas y las máquinas de elaboración de las monedas, en particular, el "Real de a 8". ¡Toda una joya histórica!

Más lugares de visita en la preciosa urbe: la Catedral basílica; la torre de la Compañía (de Jesús); el convento de Santa Teresa, convertido en Museo sacro y de vida de claustro; el pasaje subterráneo “callejón de la pulmonía”, o la calle Guijarro y otras de la zona central con gran cantidad de casas, palacetes coloniales e iglesias.



Restaba otra actividad estrella: No era fácil tomar la decisión de internarse en una de las minas horadadas en las laderas de Cerro Rico, aunque había que hacerlo. Su explotación, desde hacía cinco siglos, estaba causando hundimientos en la cima lo que, a su vez, amenazaba la vida de miles de mineros bolivianos, pero también de los turistas que, como un goteo constante, y diario, visitaban las minas/cooperativas para enterarse de su funcionamiento, gastar adrenalina internándose en ellas, o conocer al ‘Tío’ —una imagen hecha de barro al que los mineros consideraban dueño y señor de las vetas de plata y del subsuelo—. Los obreros, entre el miedo y la resignación, defendían su necesidad de trabajar a sabiendas del peligro. Parece ser que, al año, al menos dos decenas de mineros morían por derrumbes e intoxicaciones, pero eso no desanimaba al resto de los obreros. Allí seguían trabajando (todos los días unos 20.000 mineros, en varios turnos, aunque la cifra fluctuaba dependiendo de épocas) y abriendo galerías que habían convertido el cerro en un peligroso queso gruyère.

Una vez dentro, la actividad era palpable. Las vagonetas entraban (vacías) y salían (cargadas de ese material que era una mezcla de plata, zinc, plomo y estaño) con rápida frecuencia. Los curiosos que asistían expectantes a los trabajos tenían que arrimarse cada poco a los laterales de la galería para dejar pasar estas vagonetas, tanto cargadas como vacías.

Cuando este grupo (5 personas) llegaba a cierta profundidad se produjo el encuentro con el ‘Tío’, en un pequeño túnel lateral que finalizaba con su figura. Llamaba la atención, a primera vista, el colorido del pequeño dios de las profundidades, pero, sobre todo, lo que le envolvía y rodeaba: cigarros apagados, hojas de coca, botellas del alcohol casi puro (ofrendas de los mineros, solicitando su intervención y ayuda), y tiras de serpentina colgadas de los cuernos y de su falo erecto. Porque tenía, sí, un gran falo que exhibía con orgullo a trabajadores y huéspedes. El guía que acompañaba a este grupo de visitantes, hizo su particular ofrenda que era un poco más de lo mismo que allí ya existía, en cuanto a los artículos ofrecidos. Le puso en la boca un grueso cigarro encendido, elaborado de manera rústica (en algunos lugares, llamado mapacho), le ofrendó las hojas de coca, le roció con unas gotas de alcohol puro —luego dejó allí la botellita— y recitó en alto unas frases petitorias, solicitando su ayuda para aquel singular recorrido minero.



Todo un espectáculo, hasta cierto punto, incomprensible y grotesco.

Por lo demás, el viajero insatisfecho que iba bien pertrechado de traje y casco con linterna (equipo obligado para su ingreso en la mina), se olvidó de una mascarilla que hubiera sido muy útil para el aire que allí se respiraba: denso y con muchas partículas de polvo, que hacía difícil, en ciertos lugares, respirar. Y olía.




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10 de febrero de 2024

Sucre, capital oficial de Bolivia


Portón del Centro cultural Santa Pacha, con habitaciones

Sucre, la capital oficial del país, era una ciudad con muchas y variadas reminiscencias coloniales. Llegó a ella después de muchos kilómetros en bus; un transporte nocturno que había tomado en La Paz. Por “booking” había contratado un hotel (era un centro cultural, con habitaciones) en el meollo de la urbe y con unas condiciones que consideraba aceptables, pero al llegar -a primeras horas de la mañana- el bonito portón de acceso al recinto estaba clausurado. Cerrado. Llamó al timbre varias veces y golpeó con insistencia el artístico portón, pero nadie daba respuesta a sus desesperadas 'insinuaciones'. Aprovechando la salida de unos clientes —supuso que lo eran— traspasó el portón y se introdujo en el patio del edificio. Caminó por un paseo durante unos cuantos metros, sorteando a un perro que dormitaba en ese mismo camino de acceso, y llegó al edificio principal. Nadie aparecía. Subió unas escaleras, exteriores por la fachada del edificio, que accedían, según indicaba un cartel, al lugar donde desayunarían de los huéspedes. Allí se encontró a una joven que organizaba la estancia, al margen de la puerta de entrada y ajena a cualquier timbre de llamada. Después de mostrarle su indignación, la señora le enseñó varias habitaciones disponibles. Eligió una.

Debió reconocer, al finalizar, que su estancia había sido agradable y tranquila en aquellos aposentos que —ahora— recomendaría sin duda.


Busto de Simón Bolívar, en la Casa de la Libertad

El centro de la ciudad era bastante organizado, y urbanizado en cuadrículas, como tablero de ajedrez. Se respiraba un aire turístico, no exento de aromas antiguos, de recuerdos y contiendas religiosas. En cuanto se abandonaba el centro, el tema se complicaba y la ciudad perdía esa organización. En una de las cuadrículas centrales estaba la Plaza de Armas 25 de mayo y en uno de sus laterales la Catedral basílica Nuestra Señora de Guadalupe. ¡Vamos!, como en todas las ciudades coloniales.

Otro de los laterales estaba ocupado por la Casa de la Libertad, a la que acudió una de las tardes para hacer la habitual visita: un edificio colonial, tanto en el interior como por fuera, con varias salas que, según indicaciones, habían sido testigos de acontecimientos históricos. Entre estos, la firma del Acta de la independencia del Alto Perú, hoy Bolivia. En otra de sus salas, utilizada para reuniones varias, había un gigantesco busto en madera de algarrobo de Simón Bolívar. La joven-guía que explicaba las diferentes dependencias del recinto, se escuchaba a sí misma, dando unas charlas que más parecían lecciones didácticas para los alumnos de su colegio particular. Especiales menciones recibió una héroe de la independencia, Juana Azurduy, nombrada mariscal de ejército. Muy cerca de allí, el nombre de una calle lo recordaba.

Un mediodía, subió al mirador de La Recoleta, donde estaba el homónimo convento-museo, y disfrutó desde allí de unas particulares vistas de la ciudad. En la plaza frontal al convento, muchos jóvenes adolescentes daban pasos en las primerizas artes amatorias y mostraban sus dotes de coqueteo. Pura adolescencia y juventud.


Desde el mirador de La Recoleta

Por lo demás, Sucre tenía un bonito cementerio (suele acudir a estos lugares en las diversas visitas de ciudades), muy organizado, con multitud de árboles centenarios que generaban ambiente y conformaban un agradable paseo, y donde había una zona de nichos y panteones dedicada a “los héroes del Chaco”; el Parque Simón Bolívar, repleto a aquella hora de estudiantes que jugaban en los jardines donde disfrutaban de chuches y helados, y el Palacio de Gobierno, también en la plaza de Armas.


Cementerio

Una mañana, el viajero insatisfecho tomó un autobús y se fue a la población de Yotala, promocionada en los blogs de viajes por internet, pero no le gustó en exceso. Un pueblo con ese aire local y pretendido ambiente turístico de fin de semana. Nada especial.

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