31 de agosto de 2007

Acepto la provocación (II): Orientación en la noche


La oscuridad en la noche era absoluta en el barco, metido de lleno en el curso amazónico y descendiendo el río Amazonas en su ruta de Manaos a Belem. ¿Dónde exactamente se encontraba en estos momentos? Este viajero insatisfecho miraba a babor y a estribor y, desde esa pequeña altura (2º piso) donde solía dormitar, no alcazaba a ver ni el agua, pero el tuc-tuc-tuc del barco se oía a la perfección.
¿Cómo conseguía navegar el barco en aquella negra noche de primeros de septiembre?
Se acercó a la proa del barco para pasar el rato, para ocupar su tiempo y observar. Y observaba la noche en silencio, el espíritu en silencio y el silencio en silencio. Desde donde se encontraba se daba cuenta de esa particular navegación nocturna, tan nueva y extraña para él, inexperto en tantas cosas y más en temas de avance fluvial. Un foco de luz-dirigida en la parte delantera del barco lanzaba fogonazos intermitentes, breves y precisos, para localizar en la oscura noche ora la orilla derecha (a lo lejos), ora la izquierda (más lejos aún). Crean a este patrañero que las distancias eran lejanas, casi imperceptibles, pero para el experto piloto, suficientes. Tuc-tuc-tuc…..tuc-tuc. No salía de su asombro al comenzar a entender esa manera de mantener el preciso rumbo y al concluir que así el capitán o su ayudante, o quien fuera, mantenían la ruta ya conocida.
Salió una y otra noche, se colocaba en el mismo rincón de proa y se pasaba los minutos observando cómo el fogonazo de luz-dirigido daba con una ribera u otra del río más caudaloso del mundo, tuc-tuc-tuc. Y así, como una ley aprehendida de la naturaleza, avanzaban en la noche rumbo al fiero océano.


Copyright © By Blas F.Tomé 2007

28 de agosto de 2007

Hablar e intercambiar en Mwanza (Tanzania)

Mi alojamiento en Mwanza costaba diez dólares diarios y se titulaba sin rubor 'Hotel de Luxe' (….) El caso es que el 'Hotel de Luxe', en el centro de Mwanza, era en parte hotel, en parte prostíbulo y en parte sala de fiestas nocturna. No puede exigirse más por diez dólares al día”. Así describe Javier Reverte, en su libro “Vagabundo en África”, el hotel donde yo me alojé (lo hizo anteriormente él) hace ya varios años.
Y continúa Reverte, “algunas rameras intentaron sentarse con nosotros (un conocido y él), pero declinamos sus ofertas amablemente”. El caso es que yo no decliné el ofrecimiento, aunque tampoco se si era ramera o no. Una preciosa y simpática joven negra, llamada -aún recuerdo- Subira, se sentó conmigo, me sacó de la soledad en que me encontraba y me hizo abandonar el libro que en ese momento mantenía en mis manos. Créanme que estaba leyendo “Vagabundo en África”, de Javier Reverte. Parece un galimatías, pero no, es mi pequeña historia y es la que quiero contar. Y allí, mientras leía en el 'Hotel de Luxe', descubrí que mi “referente periodista aventurero Reverte” se había alojado en el mismo hotel en el que yo me hospedaba. Extraña coincidencia, pero real.
Tan real como que yo me encontraba allí mismo ante la sonrisa de aquella muchacha que, tal vez, él despreció. Sonreía continuamente ante mi inglés rudimentario, que ella contestaba con otro de similar pelaje. Bebimos varias cervezas, hablamos de nuestras vidas, mantuvimos silencios prolongados que en sí mismos eran una animada charla -incluso bailamos- y dejamos que las estrellas aplastaran el encuentro en sus brazos, con el paso de las horas.
Muy avanzada la noche, me acompañó hasta la habitación, en la última planta del hotel, y cuando salí de mi pequeñísimo baño, así me la encontré sobre el camastro de mi alojamiento (fotografía), con esa simpatía, esa sonrisa y esa naturalidad, por las que yo me dejé envolver.

Nota.: Tengo la seguridad de que no le hubiera importado saber que su fotografía formaría parte de la blogosfera.

25 de agosto de 2007

El buitre leonado


No pensaba escribir sobre este viaje “paleto” en medio de unas vacaciones veraniegas, y que me perdonen el calificativo los que lo hagan con ilusión. Para mí, fue una manera de airearme un poco, de cambiar la monotonía, de subirme al tren de los domingueros…. En fin, de lo que hace el resto del mundo.
Pues eso, integrarme en “el resto del mundo”.
Una salida aparentemente anodina pero de la que siempre se puede sacar algo genial. Y yo lo saqué, al circular por la carretera de la serranía de Cuenca que nos llevaba (a una amiga y a mí) a “La Ciudad Encantada”: un buitre leonado en el banzo del camino, de la asfaltada calzada. Descansando, creo yo, vigilando al “resto del mundo”, creo yo, observando el perfil de los pinos desmochados, creo yo.
No pensaba escribir sobre este ¡impresionante! encuentro, pero ver a esta ave carroñera a unos metros del volante cuando circulas por una carretera con la mirada puesta en el horizonte es algo digno de compartir. Aún así, no pensaba escribir sobre este ¡increíble! encuentro, pero la pasada noticia de El País sobre el peligro de estos animales en el aeropuerto de Barajas ha rescatado el hecho del olvido.
La crónica periodística (lo hago para situar al lector) describe al buitre leonado en términos muy sencillos, pero que me sirven para poner calificativos a los que presenciamos (una amiga y yo) en los aledaños de “La Ciudad Encantada: ave carroñera de gran tamaño, anida en roquedos y realiza vuelos de hasta 170 kilómetros en busca de animales muertos, cuello desnudo con plumón, collar de plumas blancas, plumaje marrón claro, garras débiles pues no caza, vuela planeando y su envergadura en vuelo puede alcanzar los 270 centímetros.
La naturaleza aún nos regala esos momentos.

22 de agosto de 2007

Acepto la provocación


Acepto la provocación que me hizo uno de mis lectores-bloggers e intentaré contar cómo se fraguó mi paseo por el río Amazonas, hace ya 11 años. No me gusta reincidir en el tema (lo traté en mi entrada “Medio Marañón, medio Lope de Aguirre”) pues no sé por qué me aburre evocar largas historias. No así, leerlas. Contaré cómo lo inicié, pero no todo el recorrido que, día tras día, se llegó a convertir en pesado y aburrido.
Salvo excepciones, ¡faltaría más!.
Navegar por el centro del río, día y noche, casi sin apreciar sus lejanas orillas tiene pocos momentos de admiración paisajística.
Manaos es la ciudad selvática de Brasil, a la que aconsejaría llegar por río, pues hacerlo en avión, y de noche, no deja de convertirla en una ciudad normal, cuando tiene todos los elementos para ser recordada como algo genuino.
Bueno, el caso es que mi ilusión era abandonarla por barco y hacer una travesía fluvial que me dejara un imborrable recuerdo de la selva brasileña. Conseguí información sobre los “autobuses-de-río”, que sabía existían, y me preparé mentalmente (2 minutos) para iniciar mi particular aventura. Compré la hamaca reglamentaria (me habían dicho que era fundamental para hacer la travesía) en una de las tienduchas cercanas al puerto fluvial; hice lo mismo con mi pasaje para ese día (el barco salía a primera hora de la tarde); me despedí del hotel barato en el que me hospedaba y me dirigí al puerto haciendo un alto en el camino para surtirme de fruta, agua y alguno de los víveres que yo consideraba necesarios. Estaba previsto que fueran cinco días de navegación y una sola parada en la ciudad de Santarem, para recoger nuevo pasaje y continuar viaje hasta nuestro destino final, Belem.
A primera hora de la tarde abordé el barco, conformado por tres pisos (típico de aquellas latitudes), y me entregué a la organización de “mi habitáculo” para pasar cinco noches. No pregunté, simplemente miré al resto de los pasajeros que se me habían adelantado y observé cómo “se lo montaban”. Colgué mi hamaca en un lugar aparentemente solitario y apoyé mi mochila en el poste de madera más cercano. Con el paso de los minutos apenas tendría espacio para subir a mi recién estrenada hamaca, pues la gente, lenta pero implacable, iba tamizando con las suyas los huecos que yo creía libres (ver fotografía).
Salimos de Manaos al atardecer. Lo de “a primera hora de la tarde”, había sido una ilusión. ¡Increíble!. Bellísima puesta de sol, según mantengo en mi recuerdo.
Únicamente, citar la primera noche pasada con el ruido (“tuc-tuc-tuc”) del barco, en su imparable avance por el cauce amazónico, y una ingrata tormenta cayendo sobre la solitaria y oscura amazonía, y sobre nuestro particular bus, claro. Agua, agua y agua. Un momento después de iniciarse el aguacero, del techo comenzaron a caernos gotas para convertirse poco a poco en pequeños chorros de agua, que nos levantaron a todos, cuando el sueño comenzaba a vencer nuestros cansados cuerpos.
Noche en vela.
La mañana siguiente, con largas tumbadas al sol, supliría la falta de reposo nocturno.

20 de agosto de 2007

Protegido contra sismos

PROTEGIDO CONTRA SISMOS”. Con este sencillo cartel, colocado en una pared cualquiera de alguno de los hoteles baratos por los que yo transité el marzo pasado -en mi paso por Pisco o Arequipa (Perú)- se avisaba a los huéspedes extranjeros, también a los locales, y turistas mochileros de que la zona era proclive a sufrir movimientos telúricos. Mientras estas disfrutando del viaje ni te preocupas de dormitar en ese área del hotel (como reservada a los que quieren vivir) y olvidas los sismos para centrarte en “las cosas que interesan (?)”: conocer, conocer y conocer; ver, ver y ver.
Ahora que veo en los periódicos las fotografías de familias enterradas por el adobe de sus casas; muertos llevados en rudimentarias camillas; zonas devastadas por el implacable terremoto; solitarios personajes sentados y pensativos delante de lo que fue su casa, delante de la destrucción más absoluta, pienso en lo que dejé de palpar.
No palpé el sentimiento de las gentes de la zona, por continuar mi loca carrera para conocer cosas; no hablé con ellos, por las lógicas prisas de un viaje que sabes acabará pronto; no palpé el sabor de sus calles, porque lo que quería -como turista- era visitar la belleza animal que se muestra como reclamo; no disfruté del cariño de la gente hacia el viajero español, porque antes lo había captado en otros lugares peruanos. En fin, desprecié cosas de las que ahora me arrepiento: la pura antropología humana y las puras gentes de la zona.

Un saludo cariñoso, muy cariñoso a esas gentes que, ahora, sufren.

18 de agosto de 2007

El viaje es la vida


El viaje es la vida pero en forma comprimida”.
Leí hace unos días esta frase que no sé por qué me gustó. No tengo ni idea dónde la encontré y cómo me llamó la atención. ¿Fue por la noche?, ¿a mediodía?, ¿en la parada de Metro?, ¿en mi casa al acostarme?. No lo sé, pero aquí dejo constancia de mi admiración por la frasecita que en algún sitio pillé como si me dedicara a recoger confites en los bautizos populares. Y fuera….., un confite.
Yo siempre había pensado que el viaje es el camino, pero ahora se me ha convertido, por arte de birlibirloque, en la vida. Pues no está mal. Ya puedo decir a mis amigos que cuando mochileo (el verbo no viene en el Diccionario de la RAE) en mi tiempo libre estoy construyendo mi vida.
Al bajar a la catarata La Fortuna (Costa Rica), al subir al Wayna Picchu (Perú), al embarcarme en un bote destartalado para llegar a la isla Nosy Be (Madagascar), al navegar entre cocodrilos aparentemente dormidos en un pequeño barco (Malawi), al pasear entre shadus y mendigos en Old Delhi (India), al intentar subir el Kilimanjaro, abandoné (Tanzania)…., y más, estoy construyendo “en forma comprimida” mi vida.
Pues…., muy bien.

15 de agosto de 2007

Alguna de mis vergüenzas

Cada día que pasa, cada entrada que se fragua en esta bitácora me hace pensar que, después de todo, este lugar de reflexiones y soliloquios es un punto de reunión nada despreciable. Más bien todo lo contrario. Admirable.
Cuando presencié por primera vez una pelea de gallos no tenía en mente montar esta “blog”, no conocía nada relacionado con la Web 2.0, ni de la interacción que las páginas podrían otorgarme. Entonces, me indigné en el silencio con lo que vi en aquella ciudad ecuatoriana (Otavalo), y ahora, con la posibilidad que me da esta bitácora, quiero remediar mi muda reacción anterior.
Sabía que no me iba a gustar, pero esa curiosidad de aficionado periodista me llevó a acercarme por el palenque (pequeño estadio construido ad hoc) donde se celebraba el “cruel ritual de maltrato animal”. Puede que se puedan justificar las peleas por tradición popular y ancestral o por esa predisposición al enfrentamiento que tienen estos animales debido a su desarrolladísimo instinto territorial, pero las apuestas, el jolgorio y el lamentable espectáculo que se desarrolla a su alrededor desenmascara cualquier justificación instintiva que se le pueda buscar.
Presencié algo que desde el principio despreciaba, presencié algo sentado en silencio en una de las gradas semivacías del palenque y, cuando al finalizar el primer enfrentamiento el árbitro levanta en sus manos al gallo perdedor, sin decir nada, pero mostrando cómo el cuello, doblado por la inercia de la cabeza-cadáver, caía por uno de sus laterales de la mano, abandoné el local, sin despedirme ni mirar atrás. Avergonzado del ser humano en general, y de mí mismo en particular.
Saqué una única fotografía -de la que me avergüenzo- que estuve a punto de borrar.
Os mostraré mis vergüenzas.

12 de agosto de 2007

Melancólico "viajeroinsatisfecho"

Este viaje es un viaje entrañable hacia tiempos inmemoriales.
Cuando abrí este “blog” quise que en su portada apareciera -como señas de identidad- el mapa de África y la fotografía de una joya mundial que me transporta a la niñez, al pueblo que me vió nacer. Ahora es el momento de dedicarle a la joya mundial cuatro palabras, le dedicaría mil, pero mi convencimiento de que las entradas deben ser breves (para no aburrir al lector) me impide extenderme más.
La iglesia de estilo mozárabe es de planta basilical con tres naves y un crucero. Es interesante su iconostasis, que separa al oficiante de los feligreses limitado por tres arcos de herradura. Su cabecera tiene tres capillas de planta de herradura cubiertas con bóvedas de cuatro paños. Todos los arcos son de herradura y los fustes de mármol.
Si miras al pórtico de esta maravilla leonesa, definida como tal en una encuesta abierta a los lectores de un periódico provincial, ves con el rabillo del ojo izquierdo, unas bajas montañas yermas y secas en esta época del año (agosto), y con el derecho, el verde exultante de la ribera del Esla. Pues no sé si será una maravilla leonesa o no, pero el corazón te pide atravesar esas columnas mozárabes, penetrar en el monasterio y disfrutar de la paz más íntima, donde la austeridad de sus paredes y el frescor del aire que envuelve el oscuro interior te hace permanecer en silencio.

De vez en cuando entro en su interior cuando mis células nerviosas me mandan mensajes de trasnochada melancolía y disfruto, sí, tocando las columnas de mármol traídas por obreros -esclavos, diría yo- de entonces (finales del siglo IX), del sur hispano ya invadido por la horda mora.


Cerca, muy cerca -sólo metros- en una poblada ladera de pinos (importados) y chopos (autóctonos), escondida en un breve precipicio, una terraza de refrigerio (“El chiringuito”) donde se pueden saborear los mejores momentos vividos de la excursión veraniega, acompañado por una fría cerveza, un helado refresco o un oloroso café de aromas nada exóticos sino más bien rudos, como rudas son las gentes de la comarca.





10 de agosto de 2007

¿Nos gustan los libros de viajes?

Se pueden escribir novelas y vivir de la imaginación, se pueden escribir ensayos y vivir de los conocimientos y se puede escribir de viajes y ¿vivir de qué?. Teclear historias de viajes es muy arduo y complicado porque es difícil apasionar al lector.
Creo yo.
A veces, voy a una librería muy cerca de donde vivo, una librería especializada en viajes (Altair). Multitud de guías, planos, callejeros, libros viajeros, libros escritos por viajeros, libros de periodistas que visitan países, que cubren guerras y conflictos, libros de aventuras científicas -como la de Charles Darwin o la de Alexander Von Humboldt-, libros de exploradores..., aparecen repartidos por la también multitud de estanterías, y un solitario personaje se mueve entre ellas. Me monto historias, relajo la imaginación, paseo por el mundo sin salir de esos 200 metros cuadrados y dedico ese precioso tiempo a soñar con viajes imposibles.
Cojo una guía, dejo un libro viajero, ojeo un libro de animales exóticos, abro un plano. En fin, tengo toda la librería para mí. Y pienso ¿por qué tan poca clientela en esta librería especializada?
No escribo novelas, ni ensayos, ni poesía pero soy lector.
Mientras aprendo a escribir, hago lo que puedo.

1 de agosto de 2007

Polémicas banales...., o no

Este viajero insatisfecho siempre recomienda a la gente que viaje. Cree que es una manera de aprender, de perfilar a la persona, de vislumbrar las cosas de otra manera, de arreglar conflictos nacionalistas, de mirar con ojos de apoyo a los emigrantes, de entender la universalidad del mundo, de olvidarse del terruño que nos vio nacer,…
En Madagascar, al conseguir la independencia allá por los sesenta del siglo pasado, se olvidaron de todo lo francés, de todo lo que significaba colonización, y establecieron como idioma oficial el malgache, suprimiendo de las escuelas la lengua del dominador anterior. ¿Pero dónde vamos con el malgache?, se debieron preguntar las siguientes generaciones ¿Haremos comercio con el malgache?, ¿impulsaremos la economía con el malgache?, ¿iremos a foros internacionales con el malgache?. Resultado: una generación que casi exclusivamente habla su ancestral idioma (muy defendible, por supuesto) pero de escaso futuro en un mundo globalizado.
Establecieron de nuevo el francés como lengua co-oficial.
Este es un ejemplo, solamente un ejemplo, pues este viajero no quiere meterse en polémicas banales o…. no tan banales, y mira a los impulsores acérrimos ¿del euskera?, ¿del catalán?, ¿del gallego? Tan acérrimas personas -contadas, pero personas sin duda- que incluso asesinan y matan. (La visión es muy simplista, pero válida para los argumentos). Estas ancestrales lenguas no pueden ni deben perderse, pero creo que viajar y salir de los montes y valles cambiaría muchos las cosas, bloquearía el empecinamiento de muchas cabezas.
Viajar abre mentes y profundiza interiormente en el futuro.
Y hay más, y más,…. y más ejemplos.