6 de marzo de 2019

Minas de oro de Kambelé / Camerún

Jóvenes removiendo y cribando tierra

Leía en su libro-guía algo interesante sobre la población de Batouri, a unos 100 kilómetros de Bertoua, ciudad donde se encontraba (y se encontraba a disgusto en ella: no tenía nada, era ruidosa, con hoteles de diversas categorías y restaurantes pero de escaso atractivo para encontrar algo singular). Batouri, en cambio, tenía posibilidades de excursiones selváticas u observación de hipopótamos en los ríos cercanos, alguna catarata, y el poblado cercano de Kambelé, un asentamiento minero, aparecido a raíz de la fiebre del oro.
Bueno, bueno. Esto sí que parecía tener otro color para el viajero insatisfecho. No pensaba más que en recorrer esos 100 kilómetros que le separaban de aquella población. Madrugó ese día, no sólo por la intención de iniciar una nueva aventura sino por irse de aquel cutre hotel-'putiferio' que tenía unas 'cucas' como gorriones de grandes. También, se iba la luz cada media hora, la ducha era de barreño y cazo, y entresacar cierta simpatía a los empleados era una meta inalcanzable. Por todo ello, y mucho más, este mochilero madrugó.
Le sorprendió el frío que hacía a aquellas horas -aún no había amanecido- montado en moto (de paquete) en dirección al parqueadero del matatus/minibus que le llevaría a Batouri. Yendo como iba en manga corta, era un frío que penetraba por los poros como alfileres. Hizo parar al motorista, y se puso una pelliza quita-fríos.
Los 100 kilómetros que separaban ambas poblaciones eran por un camino de tierra y polvo, atestado de camiones cargados de inmensos troncos que producían, además de una espesa polvareda, cierta irritación ante la usurpación de vida que suponía para la selva camerunesa. Pero así estaban las cosas.
Cuando después de 2 horas y media arribó en Batouri pudo comprobar que los hipopótamos estaban muy lejos (a 6 o 7 horas de trayecto), las cataratas no eran tales y las excursiones por la selva no contaban con ningún tipo de organismo, oficial o privado, que las promoviera. Le restaba lo más interesante, sin duda: había alguna probabilidad de visitar el asentamiento minero de Kambelé, pero necesitaba contar con alguien que conociera la zona, los entresijos y los riesgos. No era fácil pues las gentes mineras no eran muy dadas al turismo, a la foto o al encuentro con extraños y, menos, si se trataba un blanco sospechoso 'tocapelotas'. Unos parámetros que era necesario respetar.
Alguno de los jóvenes que le acompañaban en la visita

El Hotel 'Belle Etoile', donde alquiló una habitación, era recomendable si se visitaba la zona: estaba céntrico, medianamente limpio y a un precio razonable (pero...¿qué era razonable en un hotel?: cada uno tenía, y tiene, sus predisposiciones). Allí le presentaron un motorista/guía que le podría llevar a las minas de oro que distaban unos 10 kilómetros; conocía la zona y, también, la corruptela policial que podrían encontrar en el camino y en el mismo poblado minero. Pactó un precio, después de una dura negociación. El hecho de ser 'blanco' convertía el acuerdo en un pulso de intereses que no siempre, casi nunca, sería beneficioso para el visitante. Una realidad con la que era necesario convivir. Eso sí, este leonés debería reconocer que, después del pacto, la seriedad de la palabra era precisamente eso, imperturbable.
Un kilómetro antes de llegar a Kambelé, ya pudo apreciar el ambiente que imperaba en la zona. Grupos de personas que removían tierra en los aledaños de un arroyo, y otros la limpiaban con mangueras de agua a cierta presión. Luego, la cribaban de manera artesana. Los grupos distaban unos de otros.
Al llegar al poblado, más bien un gran asentamiento de casas circunscrito al trabajo que allí se originaba, el motero/guía le llevó ante el gendarme local para que autorizara la visita o, al menos, conociera la existencia de aquel 'blanco' en los alrededores. Con cierta tranquilidad rayana con la cachaza o parsimonia, el policía se sentó, le invitó a sentarse también, y le interrogó sobre los motivos de la visita; qué iba a hacer con lo observado; para qué iba a utilizar las fotos, y otros pormenores y detalles. Lo único que pretendía tamaño interrogatorio -o eso intuía- era llegar a lo que le interesaba a aquella autoridad local: 'la mordida'. Sentados como estaban en el pórtico de una casucha, después de las explicaciones se hizo un gélido silencio. Un grupo numeroso de jóvenes presenciaba también en reposo aquel momento. Cuando le pareció oportuno, el policía le solicitó el dinero, mediante un gesto por todos conocido. Y así lo hizo, introdujo su mano en uno de los bolsillos y le entregó el montante. Estaba preparado, pues ya sospechaba que el encuentro era corruptela recaudatoria. Una vez cumplido el trámite, inició el recorrido por sendas selváticas acompañado de aquel numeroso grupo de jóvenes que presenció 'la mordida'. Estaba claro, querían también sacar tajada del incauto 'blanco' como si éste fuera su cajero automático.
Una profunda mina abandonada, horada por algún minero

Se sentía solo, abandonado a la suerte del grupo de jóvenes, con la única excepción del motorista/guía que le había acompañado desde Batouri. En él ponía las esperanzas para salir indemne de aquel trance.
Una vez traspasado el límite de las chabolas, todo el territorio que iba descubriendo estaba horadado como si fueran toperas gigantes. Aquí, había un pequeño hueco con el equipo de lavado abandonado; más adelante, un agujero de 15 metros de profundidad, con rudimentarias escaleras para bajar al fondo donde el minero encontraría su veta aurífera ya explotada, y allá, un par de jóvenes se empleaban en hacer una nueva topera. Todo el trayecto era guiado por el grupo de jóvenes que le inquietaba. Después de media hora de recorrido, de repente apareció un gran agujero en la selva parecido al interior de un descomunal hormiguero. Lo observaba desde arriba. Mucha gente en su interior. Grupos de obreros -niños, también, mujeres- realizaban su trabajo con aparente tranquilidad. Le sorprendió aquel árbol de gran tamaño caído sobre la excavación que nadie se había molestado en retirar.
Mina de gran tamaño, con árbol tumbado en su interior

Observó de lejos que el 'blanco' les incomodaba. Cuando le vieron sacar fotos gritaban, '¡no filmar!'. Mientras, los jóvenes acompañantes del mochilero le insistían en que no dejara de hacerlo. Éstos trataban -pensaba- de ganarse al final 'su mordida' o propina de rigor. Aquellos gritos de los mineros con la respuesta de los jóvenes-macarrillas derivó en una desasosegada circunstancia de violencia a punto de estallar. Los gritos de los que se encontraban en la mina eran respondidos por otros de los jóvenes que le acompañaban. Abajo, comenzaron a mover las palas y herramientas de manera amenazante. El 'motorista/amigo', en aquel crítico momento, agarró a este visitante, ya un poco 'mosca', y le apartó por una estrecha senda, evitando así que aquello degenerara en una pelea desigual. Poco a poco, según se iban alejando del lugar, los gritos y el tenso ambiente parecieron calmarse.
De aquel gran 'enclave/termitero-humano' tras unos minutos de paseo, charla, senda y vegetación se pasaba a otro similar. Grupos y grupos removían tierra, transportaban en carretillas lo batido que, luego, se encargaban otros de cribar. Lo que al final de todo el proceso quedaba, y así lo pudo comprobar en una pequeña palangana, eran unos granos de tierra bordeados por un pequeño y diminuto polvo aurífero, casi sombra. 
Nada más.
Las imágenes que aquellos duros trabajos dejaban en la retina eran plenos de estética pero también de estupor. Durante al menos 3 horas su interior sintió perplejidad, admiración, impresión y un duro pesar de cierta desolación.
¡Dura vida la de aquel minero, con resultados inciertos!. 
Todo parecía desembocar en mafia y explotación. El ambiente así lo transmitía.
Muchos niños trabajando. Mucho futuro destrozado.
¡Kambelé!, redime tus miserias y deja que la vida no destroce al sufrido minero!


Faenas artesanas de la minería


VÍDEO







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