19 de noviembre de 2013

¿Qué estoy haciendo aquí?


“¿Qué estoy haciendo aquí?”. Pregunta que cualquier viajero se ha hecho, siguiendo -sin saberlo- la pauta que marcó Arthur Rimbaud, en Harar (Etiopía), que hizo famosa esta sencilla frase entre aventureros. Al menos el viajero insatisfecho se la ha hecho en algunas recaladas en lugares de algún lejano país.
“¿Qué estoy haciendo aquí?” se preguntaba sobre las diez de la noche, sólo, delante de unos espaguettis a la boloñesa, o algo parecido, con una cerveza “La Beninoise” al lado, la ciudad norteña de Natitingou (Benín) al fondo, con escasas luces (fotografía) y en silencio, solo roto por algún que otro bocinazo de los pocos coches que a esa hora circulaban. Era 31 de diciembre (Noche Vieja) y acababa de llegar a la ciudad después de un cansado día de bus y baches.
Las tiendas de antigüedades de Addis Abeba (Etiopía) estaban llenas de mercancías, tanto tesoros empolvados como imitaciones sucias. Cruces de plata de todos los tamaños (la cruz de Lalibela, la cruz de Aksum,…), pinturas de tela robadas de iglesias ortodoxas etíopes, viejas y gruesas biblias amáricas con ilustraciones pintadas a mano, iconos y rosarios; coranes, cuentas de ámbar [Etiopía es mixtura de religiones, se mezclan ortodoxos con musulmanes o animistas], brazaletes y escudos de marfil. Artículos de madera y cuero de todas las tribus del país; taburetes muy elaborados, reposacabezas de madera maciza del valle del Omo, lanzas, escudos, postes funerarios de los konso; platillos para los labios de las mursi o taparrabos. Rodeado y acorralado por todos estos y otros cachivaches el mochilero se preguntaba “¿Qué estoy haciendo aquí?”.
Abandonaba aquella noche, de madrugada, Antananarivo (Madagascar) rumbo a casa cuando se percató que le habían robado en la habitación de aquel nauseabundo hotel los últimos ‘meticales’ (moneda del país) que le quedaban para llegar al aeropuerto. ¡Malditos!, bramaba al vigilante (¿vigilante?) nocturno del hotel. ¿Qué estoy haciendo aquí, durmiendo en este antro inmundo con vigilantes ladrones o de pacotilla?.


Copyright © By Blas F.Tomé 2013

9 de noviembre de 2013

La isla de Malapascua, un pequeño paraíso

Arreglando las redes, Isla de Malapascua

Construyendo una barca, Isla de Malapascua

La isla de Malapascua se encuentra en el archipiélago de las Visayas, muy cerca, y al norte, de la isla Cebú (Islas Filipinas).
Era una pequeña isla de tranquilas aguas y playas que tenía relativa afluencia turística, de lo que vivía un numeroso grupo de habitantes. Al menos, varios hoteles, bungalows y restaurantes ocupaban la playa principal de la isla. Recorriéndola a pie (medía 2 kilómetros y medio de larga por uno de ancho) se podían ver también típicas escenas de pesca artesanal. Además de las instalaciones turísticas, una pequeña y tranquila aldea encontraba allí perfecta ubicación para un grupo de familias de pescadores, distribuidos en comunidades o barangays.
Aldea de pescadores, Isla de Malapascua

El nombre de ‘Malapascua’ viene de la época colonial española, cuando uno de sus barcos encalló allí el día de Navidad de 1520. A causa de ello, los marineros y sus familias llamaron al lugar, a aquella isla olvidada, Mala Pascua.
El viajero insatisfecho llegó a ella en una pequeña embarcación a motor que hacía la ruta Maya (población norteña de la isla Cebú)-Malapascua como si de un bus/barco se tratara. En el trayecto, no más de 30 minutos, tuvo la oportunidad de cruzarse, y empequeñecerse, con un gran barco transoceánico de impactante, soberbia y monumental navegación.
De monumental tranquilidad también fue la estancia. Una mañana en una pequeña barca alquilada para circunnavegar la isla; una tarde de exploración entre la multitud de palmeras y una jornada más de curioseo por la aldea y ‘ganseo’ por la playa fue todo lo que duró la estancia en aquel pequeño paraíso filipino. Y una cosa que nunca olvidará: escuchó hablar chabacano (reducto idiomático de ascendencia española) a una camarera nacida en la isla de Mindanao, donde aún se hablaba.
Las dos amanecidas que pasó en la isla fueron acompañadas por los ‘kikirikís’ matutinos de multitud de gallos que poblaban la pequeña aldea cercana. Aves de bella estampa y porte que los filipinos utilizaban para sus tradicionales peleas.
También en la isla de Malapascua, este mochilero disfrutó, haciendo ‘snorkel’, de uno de los paisajes marinos más impresionantes que ha visto en vivo y en directo. Sentía entonces, y siente ahora, envidia de los muchos buceadores que pudo ver regresando de expediciones acuáticas, con cara animosa y duradera sonrisa.

[Por esta preciosa y tranquila isla habrá pasado ayer, 8 de noviembre, el super-tifón 'Haiyan-Yolanda'. Este viajero les desea lo mejor].

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2 de noviembre de 2013

La mancha mongólica de los mayas

¡Adelante otra curiosidad!.
El guía turístico (80 por ciento maya, ¿recordáis?) que acompañaba en bus a la pequeña expedición a Chichén Itzá (México) aseguró, también, que todos los descendientes mayas o, al menos, la gran mayoría, portaban al nacer la mancha mongólica que, si bien suele desaparecer a los pocos años, en los indios y sus descendientes más cercanos se mantiene durante toda su vida. El ‘guía-80-por-ciento-maya’ con cierto gracejo, sin ningún tipo de rubor y con la sonoridad de su bonita voz (según ecos cercanos), se ofreció a mostrársela al pasaje e, incluso, hizo el amago de bajarse sus cortos pantalones hasta la rodilla.
¡Estaba bromeando el 'mentecato’!.
La mancha mongólica es, como todo el mundo sabe, una lesión de la piel frecuente en los recién nacidos. Tiene un color azulado, verdoso o gris, formas variadas, bordes difusos y se localiza principalmente en la zona baja de la espalda y glúteos. Toma el nombre de mancha mongólica por haberse detectado por primera vez en esa raza, y su nombre no tiene ninguna relación con la enfermedad del síndrome de Down o mongolismo.

La creencia popular en muchas culturas orientales es que el alma no quería reencarnarse en ese bebé, y los espíritus superiores le dan una patada para empujarlo a la Tierra, dejándole el ‘moretón’.
Esta lesión no requiere de tratamiento y se cura sola.
Ningún pasajero pudo ver la mancha en el trasero del guía, pero él aprovechó para dar una disertación conocida (al menos para el viajero insatisfecho) sobre el antiguo paso de los pueblos esteparios de la zona de Mongolia por el estrecho de Bering para ocupar y poblar, así, todo el territorio americano. Un hecho histórico que confirmaría los evidentes parecidos de raza.
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