30 de diciembre de 2011

El V(B)iajero Insatisfecho bajo el ‘efecto Scarlett’

Este año, que finaliza, ha sido el año del ‘efecto Scarlett’ [primera fotografía].
- ¿No recordáis?.
- Si. Si, cuando le robaron las fotos íntimas a Scarlett Johannson.
No quiere este viajero insatisfecho dejar que este ‘importante-acontecimiento’ pase sin ser tratado en este blog de viajes con varios ejemplos.
- ¿Qué no tiene nada que ver con los viajes?.
- Si. Es un viaje a la oscuridad mental humana.




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23 de diciembre de 2011

Los viajes no son lo que eran

© Aventuras de Tiburcio y Cogollo, por Trapiello
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Los viajes no son lo que eran”. Esta frase ha pasado muchas veces por la mente del viajero insatisfecho. Aunque pareciera una remembranza tierna y melancólica de un momento que este mochilero no conoció, no hay duda de que, antes, el viajero en general se enfrentaba a civilizaciones, pueblos, regiones o individuos opuestos a su mundo cotidiano que evocaban exotismo por sus extrañas y ajenas cualidades. Piénsese en los primeros exploradores de tierras africanas: abordaban un mundo extraño, hostil, diferente y dañino.
Ahora, la búsqueda de lo exótico o de lo desconocido tiene que ser interior, debe ser razonada en las entrañas, mezclada, eso sí, con los pequeños retazos de cierta antigüedad que vayan apareciendo en el camino.
El fósil aquel, visto; el tatuaje aquel, grabado a fuego en el cuerpo de aquel, en apariencia, aborigen; el movimiento hace mucho observado, o el monolito desconocido son imprescindibles para hacer sentir al viajero, viajero, y constituyen su galería de objetos e imágenes que podrían ser la ‘negra-habitación’ de las vanas aspiraciones por enfrentarse a pueblos antiguos o civilizaciones ancestrales.
El viajero de hoy debe conformarse con pisar terrenos únicamente que él no había pisado, con vivir situaciones imprevistas y congratularse de descubrir y tocar lo que otros ya le han enseñado mediante imágenes (léase, los documentales), palabras o, quizás, cuentos inventados.
No importa.
A este leonés, le gustan las casuchas de chatarra desvencijadas que nadie mira, los tranvías rojos y oxidados, los bares de madera con balaustrada de latón y las calles silenciosas azotadas por un viento sobrecogedor. Y así, no son necesarios ni los brotes de historia, ni las catedrales del siglo XVI, ni las civilizaciones babilónicas, y mucho menos la búsqueda permanente de lo terrenal exótico.


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13 de diciembre de 2011

Cocobolo

¡Vaya paliza!, y qué sudada, por ayudar a cargar troncos de cocobolo en un cuatro por cuatro panameño. Aquellos troncos, serrados para seleccionar el verdadero corazón de la madera, pesaban más que ‘un matrimonio a la fuerza’. Y todo ese sufrimiento del viajero, por encomendarse a un ganadero de Quintín para, así, conseguir transporte desde La Palma a ese lejano poblado. Al ‘joío’ muchacho no se le ocurrió otra cosa que hacer un flete a medio camino, antes de llegar al destino.
Y ahí estaba el viajero insatisfecho dispuesto a ayudar y a cargar si hiciera falta con todo el cocobolo de la zona del Darién.
[En su descargo, habrá que decir que no supo hasta después, qué especiales tocones ayudaba a cargar].
Si bien hay varios tipos de estos árboles, la talla más generalizada es la de uno que puede alcanzar los 20-25 metros de altura. Debido a su gran belleza y alto valor, se ha sobreexplotado y está ahora en peligro de extinción fuera de parques nacionales y reservas. Su textura es muy densa y aceitosa, a la vista y a la sensación. Con esta hermosa y carísima madera (que lo es) se hacen guitarras, oboes, piezas de ajedrez, manillas de cuchillo y artesanía animal, en general.
Probablemente aquello era una pequeña ilegal tala o, quizás, no muy justificada.
Tal vez, no.
No lo supo.
Ante el desconocimiento de la madera que le estaba agotando, este mochilero preguntó al ganadero/conductor por qué era tan valiosa.
- No lo sé. Es muy escasa, de buenísima calidad y la compran los chinos –contestó el joven ganadero.
¡Vaya, otra vez los chinos!.


PD.: En la foto aparece la dueña del cocobolo (al fondo), su hijo y el ganadero/conductor.
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2 de diciembre de 2011

Bangkok también tiene otro-Bangkok

Bangkok (Thailandia) era algo más que el conocido Gran Palacio/Wat Phra Kaeo, que el Museo Nacional, que la gran ciudad del sureste asiático, o el barrio de Chinatown, o sus modernos ‘scalextric’ viarios y aeropuerto.
Era más.
[¡Qué mal lo ha pasado el pueblo 'thai' hace unos días: lluvias torrenciales, inundaciones, penalidades, muertos,…!].
La capital de Thailandia era también una compleja red de canales, khlongs, de imprescindible visita. Muchos de ellos ya cegados o convertidos en calles, la ciudad conservaba los suficientes para ver aquella ‘otra urbe’. A orillas de estos khlongs había cientos o miles de embarcaderos particulares, accesos habituales a viviendas privadas de madera sobre pilotes, a templos más modestos, a pequeñas industrias familiares y tiendas minúsculas.
Allí era donde había otra vida cotidiana, otro Bangkok de olores y sabores, donde a veces la piel se vestía de torbellinos de flores y plantas flotantes y vegetación exuberante. Mientras el pequeño bote tronaba por el estrecho canal central, el que surgía como una rama a la derecha, parecía no tener fin a lo lejos; el que surgía a la izquierda, simulaba estar abandonado aunque, en uno de sus laterales, varios niños saltaban el agua y reían el paso de la ‘longtail boat’.
Aún se resistían algunas mujeres a abandonar su mercadeo flotante en sus pequeñas piraguas, pero se veía falso y turístico al orillarse, con la complicidad del piloto, al taxi-boat en que viajaba el viajero insatisfecho y ofrecer al escaso pasaje (dos personas) un sombrero pai-pai, la cerveza de lata ‘Chang’ (carísima), las especias plastificadas y otra talla de madera más del siempre ‘afeminadoBuda.
Sin embargo, aquella última mañana de la estancia en Bangkok fue un bonito postre de vida tailandesa, flambeado por la antigua y casi extinta llama de una ciudad con diferente buqué oriental.






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