30 de diciembre de 2011

El V(B)iajero Insatisfecho bajo el ‘efecto Scarlett’

Este año, que finaliza, ha sido el año del ‘efecto Scarlett’ [primera fotografía].
- ¿No recordáis?.
- Si. Si, cuando le robaron las fotos íntimas a Scarlett Johannson.
No quiere este viajero insatisfecho dejar que este ‘importante-acontecimiento’ pase sin ser tratado en este blog de viajes con varios ejemplos.
- ¿Qué no tiene nada que ver con los viajes?.
- Si. Es un viaje a la oscuridad mental humana.




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23 de diciembre de 2011

Los viajes no son lo que eran

© Aventuras de Tiburcio y Cogollo, por Trapiello
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Los viajes no son lo que eran”. Esta frase ha pasado muchas veces por la mente del viajero insatisfecho. Aunque pareciera una remembranza tierna y melancólica de un momento que este mochilero no conoció, no hay duda de que, antes, el viajero en general se enfrentaba a civilizaciones, pueblos, regiones o individuos opuestos a su mundo cotidiano que evocaban exotismo por sus extrañas y ajenas cualidades. Piénsese en los primeros exploradores de tierras africanas: abordaban un mundo extraño, hostil, diferente y dañino.
Ahora, la búsqueda de lo exótico o de lo desconocido tiene que ser interior, debe ser razonada en las entrañas, mezclada, eso sí, con los pequeños retazos de cierta antigüedad que vayan apareciendo en el camino.
El fósil aquel, visto; el tatuaje aquel, grabado a fuego en el cuerpo de aquel, en apariencia, aborigen; el movimiento hace mucho observado, o el monolito desconocido son imprescindibles para hacer sentir al viajero, viajero, y constituyen su galería de objetos e imágenes que podrían ser la ‘negra-habitación’ de las vanas aspiraciones por enfrentarse a pueblos antiguos o civilizaciones ancestrales.
El viajero de hoy debe conformarse con pisar terrenos únicamente que él no había pisado, con vivir situaciones imprevistas y congratularse de descubrir y tocar lo que otros ya le han enseñado mediante imágenes (léase, los documentales), palabras o, quizás, cuentos inventados.
No importa.
A este leonés, le gustan las casuchas de chatarra desvencijadas que nadie mira, los tranvías rojos y oxidados, los bares de madera con balaustrada de latón y las calles silenciosas azotadas por un viento sobrecogedor. Y así, no son necesarios ni los brotes de historia, ni las catedrales del siglo XVI, ni las civilizaciones babilónicas, y mucho menos la búsqueda permanente de lo terrenal exótico.


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13 de diciembre de 2011

Cocobolo

¡Vaya paliza!, y qué sudada, por ayudar a cargar troncos de cocobolo en un cuatro por cuatro panameño. Aquellos troncos, serrados para seleccionar el verdadero corazón de la madera, pesaban más que ‘un matrimonio a la fuerza’. Y todo ese sufrimiento del viajero, por encomendarse a un ganadero de Quintín para, así, conseguir transporte desde La Palma a ese lejano poblado. Al ‘joío’ muchacho no se le ocurrió otra cosa que hacer un flete a medio camino, antes de llegar al destino.
Y ahí estaba el viajero insatisfecho dispuesto a ayudar y a cargar si hiciera falta con todo el cocobolo de la zona del Darién.
[En su descargo, habrá que decir que no supo hasta después, qué especiales tocones ayudaba a cargar].
Si bien hay varios tipos de estos árboles, la talla más generalizada es la de uno que puede alcanzar los 20-25 metros de altura. Debido a su gran belleza y alto valor, se ha sobreexplotado y está ahora en peligro de extinción fuera de parques nacionales y reservas. Su textura es muy densa y aceitosa, a la vista y a la sensación. Con esta hermosa y carísima madera (que lo es) se hacen guitarras, oboes, piezas de ajedrez, manillas de cuchillo y artesanía animal, en general.
Probablemente aquello era una pequeña ilegal tala o, quizás, no muy justificada.
Tal vez, no.
No lo supo.
Ante el desconocimiento de la madera que le estaba agotando, este mochilero preguntó al ganadero/conductor por qué era tan valiosa.
- No lo sé. Es muy escasa, de buenísima calidad y la compran los chinos –contestó el joven ganadero.
¡Vaya, otra vez los chinos!.


PD.: En la foto aparece la dueña del cocobolo (al fondo), su hijo y el ganadero/conductor.
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2 de diciembre de 2011

Bangkok también tiene otro-Bangkok

Bangkok (Thailandia) era algo más que el conocido Gran Palacio/Wat Phra Kaeo, que el Museo Nacional, que la gran ciudad del sureste asiático, o el barrio de Chinatown, o sus modernos ‘scalextric’ viarios y aeropuerto.
Era más.
[¡Qué mal lo ha pasado el pueblo 'thai' hace unos días: lluvias torrenciales, inundaciones, penalidades, muertos,…!].
La capital de Thailandia era también una compleja red de canales, khlongs, de imprescindible visita. Muchos de ellos ya cegados o convertidos en calles, la ciudad conservaba los suficientes para ver aquella ‘otra urbe’. A orillas de estos khlongs había cientos o miles de embarcaderos particulares, accesos habituales a viviendas privadas de madera sobre pilotes, a templos más modestos, a pequeñas industrias familiares y tiendas minúsculas.
Allí era donde había otra vida cotidiana, otro Bangkok de olores y sabores, donde a veces la piel se vestía de torbellinos de flores y plantas flotantes y vegetación exuberante. Mientras el pequeño bote tronaba por el estrecho canal central, el que surgía como una rama a la derecha, parecía no tener fin a lo lejos; el que surgía a la izquierda, simulaba estar abandonado aunque, en uno de sus laterales, varios niños saltaban el agua y reían el paso de la ‘longtail boat’.
Aún se resistían algunas mujeres a abandonar su mercadeo flotante en sus pequeñas piraguas, pero se veía falso y turístico al orillarse, con la complicidad del piloto, al taxi-boat en que viajaba el viajero insatisfecho y ofrecer al escaso pasaje (dos personas) un sombrero pai-pai, la cerveza de lata ‘Chang’ (carísima), las especias plastificadas y otra talla de madera más del siempre ‘afeminadoBuda.
Sin embargo, aquella última mañana de la estancia en Bangkok fue un bonito postre de vida tailandesa, flambeado por la antigua y casi extinta llama de una ciudad con diferente buqué oriental.






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20 de noviembre de 2011

Una viñeta del humorista preferido

Las insistentes noticias e informaciones sobre la expansión china en el mundo en desarrollo están apoyando antiguas teorías de este mochilero sobre el peligro chino, en especial, el de los ‘timoneles’ chinos, sus aspiraciones dispersionistas, su exportación del esclavismo laboral y sus pretensiones de anegar al mundo.
En charlas de amigos, nadie quiere entender estas teorías, pero al volumen informativo se remite. Al reportaje (doble página) sobre el desembarco de estos asiáticos en África, publicado por ‘El País’ hace ya algunos días, habría que añadir el que sacó recientemente este mismo medio sobre la presencia china en América Latina.
Pekin ha encontrado al otro lado del Pacífico la importante fuente de materias primas que precisa para alimentar la locomotora de su desarrollo y se ha lanzado sin reparos a su conquista. El desembarco chino, sin embargo, comienza a crear resquemor […]’, señala Georgina Higueras en su crónica.
Dícese: A los países en desarrollo les compran/esquilman las materias primas y a Europa le compran la deuda. ¡Cuidadín, cuidadín!.
Y le viene a la cabeza a este viajero insatisfecho el desasosiego y resentimientos de los panameños de Yaviza [población del Darién], visitados el pasado febrero después de unas terribles inundaciones, con los chinos que acaparan desde hace años el negocio de los supermercados en aquel apartado territorio. Estos no compartieron sus pertenencias, salvadas entre todos de las temibles avalanchas de agua, con el resto de los habitantes y vecinos. Los yaviceños pasaron verdaderas penurias y necesidades, sobre todo en el primer momento, hasta que el gobierno y algunas ONG’s pudieron socorrerles y apoyarles.
Los chinos tenían de todo y mi familia, que no pudo salvar nada, pasó más que hambre. No repartieron nada, guardaron todo y, posteriormente, incluso maltrecho, lo vendieron’, le dijeron entonces a este curioso visitante.
Una oscura falta de solidaridad, en vida cotidiana y, más, en situaciones extremas.

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Forges (El País, 14 de noviembre de 2011):
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Forges (El País, 24 de noviembre de 2011):

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11 de noviembre de 2011

Good night, good night

A este blogger le llegan ecos de nuevas votaciones para elegir ahora (después de pasar el tormento de las 7 Maravillas del mundo) las 7 Maravillas de la naturaleza. Entre las 28 finalistas que han pasado la criba de expertos viajeros esta el río subterráneo de Puerto Princesa que en realidad no se encuentra en la ciudad de este mismo nombre, capital de la isla de Palawan (Filipinas), sino alejada a dos horas de jeepney o minibús.
Como no había hablado de él, hoy dará unas pequeñas notas.
Cuando este viajero insatisfecho lo visitó, la carretera estaba medianamente cuidada, con tramos de trayecto de tierra pedregosa aunque gran parte de ella, por culpa del turismo, estaba siendo cementada (esa especial manera que tienen algunos países de construir las carreteras, ayudándose de hormigón en lugar del más popular asfalto).
La experiencia de aquel famoso río subterráneo fue una internada, después de atravesar en apariencia una inmensa y dentada boca rocosa, a una oscura cueva navegable donde las impresionantes paredes de piedra y el río parecían adentrarse como Julio Verne nos relató en Viaje al fondo de la Tierra. La longitud era de aproximadamente 8 kilómetros, aunque lo que se podía visitar era la mitad. A lo largo del recorrido el barquero se encargaba, ayudado por un pésimo foco, de enseñar las ya habituales, aunque siempre diferentes, formas contruidas por la caprichosa naturaleza y de explicar, acompañado del eco y el chapoteo del agua, las historias de su descubrimiento e inicial exploración.
Tales explicaciones eran interrumpidas, de vez en cuando, por los gritos de ‘¡good night, good night!', en la oscuridad reinante, de barqueros y guías, correspondidos estos desde la otra barca que cruzaba, en un ir y venir permanente, con otro similar ‘¡good night!’ mezclado con risas y bromas de sus ocupantes.
¡Qué cretino y estúpido es a veces el turista, turisteando!.




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2 de noviembre de 2011

Un verdadero 'muslin' fumador

Para internarse en la bahía de Phang Nga (Thailandia) la mejor vía era desde la parte continental. En el puerto de Phang Nga, a unos doce kilómetros de la ciudad del mismo nombre, se podía alquilar una ‘longtail boat’ (habituales embarcaciones locales) por una razonable cantidad de bahts.
Se abordaba la bahía entre el ruido ronco del motor de ‘la boat’ y el cercano, siniestro y misterioso territorio manglar, en el pasado -según el libro/guía, no comprobado- infestado de gaviales, los cocodrilos más grandes del mundo. El barquero/piloto, que se adentraba con su pequeño ‘paquete-turístico’ (dos personas) en las tranquilas aguas, era un simpático viejete musulmán, en sus días de Ramadán lo que no le impedía fumar con frecuencia sus cigarros y algún “Ducados” de regalo, cuando no era observado por otro correligionario muslin. Una hipocresía más de las muchas a las que lleva la imposición de un estricto seguimiento religioso, en general, y musulmán, en particular.
A lo lejos, en el horizonte, la inmensidad de la bahía de Phang Nga, con sus islotes/peñascos que le recordaban al viajero insatisfecho la bahía de Halong (Vietnam) o el archipiélago de Bacuit, cercano a la isla de Palawan (Filipinas). Bloques tejidos de roca y verde vegetación que intimidarían y alejarían los sueños de cualquier urbanita que se sintiera tal.
No va a describir este mochilero todo el impresionante panorama. Numerosos pequeños macizos isleños que se vislumbraban a lo lejos borrosos en aguas contaminadas [en este caso, ¡viva la contaminación!] por la suave calima del mar de Andamán. La isla de Kao Tapoo, apodada [también, utilizada como reclamo turístico] ‘James Bond Island’ desde que se filmaron algunos exteriores de El hombre de la pistola de oro con Roger Moore delante de ese alto y esbelto bloque monolítico, era una de las más visitadas.
¡Venga el turismo alimentado por el famoso Agente 007!.


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21 de octubre de 2011

Retazos internos del viajero

Lo que está claro es que EL VIAJE cambia las perspectivas de las gentes de formas muy diversas. El viajero insatisfecho, que se reivindica y se siente orgulloso de su origen rural leonés, rara vez nota alborotada su alma en las grandes ciudades, por ejemplo Panamá, Bogotá, Accra o Sebastopol.
Se interesa más por la tierra de nadie, por lo más lejano o natural, por los lugares que están de camino de las ciudades más que por las ciudades mismas. Tiene la sospecha de que las personas que se deslumbran con Roma, Nueva York, San Francisco o Londres -son algunos ejemplos, claro- y se creen urbanitas y metropolitanos, son en el fondo sabuesos de campo, simples mortales temerosos, provincianos demasiado domesticados y aturdidos por las luces de la ciudad.
[Por supuesto que se puede discordar].
Y se puede llegar a estas y otras firmes conclusiones, por lo general, con cuatro escasos apuntes tomados o vistazos realizados.

Después de estar en Casablanca unas horas, el leonés concluía que los camareros son unos ‘subordinaos/mandaos’ del régimen por no dejarle beber cerveza en una terraza. De Londres sacó la percepción en medio fin de semana de que era una ciudad caprichosa y estirada. Los dos días que llovió en París de los tres de estancia, convirtieron a esa ciudad en lluviosa. Los tanzanos eran muy amistosos pues informaban al extranjero. Los taxistas de África, una bendición porque sacaron al viajero de grandes apuros por relativo poco dinero.
Dicho de otro modo, una generalización en base a lo experimentado en una sola tarde, en dos días o en un rato, dependiendo de lo que se trate. Es lo que se suele hacer en un ‘blog’ de viajes la mayoría de las veces: alcanzar conclusiones sobre la base de pruebas muy escasas.
¿Pero es válido?. Lo es. Sin ser método científico, es real o, al menos, así lo cree este mochilero-blogger.
Y como mochilero-auto-reconocido también cree que el lujo estropea, malcría, infantiliza y convierte en botarate al rico o burgués simplón. Al final, por mucho que el 'millonatis' en cuestión mueva su culo por los cuatro puntos cardinales, ese lujo le impedirá conocer el mundo.




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12 de octubre de 2011

Un letrero internacional

El thai era el ‘habla’ de los tailandeses, el idioma de Thailandia, o Tailandia, y la lengua que enseñaban en las escuelas.
Su alfabeto estaba formado por 44 consonantes y 11 vocales, según dice el libro-guía pues a este viajero insatisfecho todos los rasgos le parecían símbolos distintos, como si no tuviera fin. La gramática era rudimentaria y las palabras podían funcionar como nombre, verbo, adjetivo o adverbio. Todo esto se diferenciaba por los tonos. Así pues, una misma palabra podía tener hasta cinco significados distintos dependiendo de la entonación del parlante.
Complicado ¿eh?.
Pero había entre todo este baturrillo, un letrero, insistente y persistente, que no hablaba thailandés. Era internacional, si por internacional el lector entiende que lo capta todo el mundo, independiente del idioma en que estuviera escrito.
Internacional también era el gesto de la caricatura.
¿Que sostenía el personaje en esa mano izquierda -por el otro lado era la derecha- en su apurada carrera?.



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3 de octubre de 2011

Ni pusilánime, ni pacato

El viajero insatisfecho no se considera un pusilánime o pacato, pero lo del ambiente nocturno de sexo, o quizás juegos de sexo, o solo espectáculos de tinte sexual en la playa de Patong, Phuket (Thailandia), era para ‘echarlo de comer aparte’, aunque, claro está, el país había apostado por este sonajero/campana para -en cierto modo- llamar la atención y atraer al turista.
Una nave entera repleta de bares, clubes, casinos de alterne y espectáculos calientes. Otra, al lado, con el mismo ambiente recargado, estridente y barroco. Cientos y cientos de mujeres thailandesas o de países vecinos, también travestis, al reclamo del turista que paseaba solitario, en parejas o en familia.
Sin atisbo de convertirse en una bacanal o aquelarre, más bien al contrario, aquella atmósfera lanzaba a la ciudad/playera, jornada tras jornada, a una larga noche de copas, movidas, miradas, tocamientos, dinero, insinuaciones, borracheras, contactos, música y marcha sin fin. Por excesivo, era una exhibición y una ceremonia con ritual conocido, el más antiguo del hombre. Phuket era un oasis del sexo, o de la compañía, pues -cree este leonés- vendía más compañía que sexo. Y si no ¿por qué a la mañana siguiente señores cincuentones o sesentones paseaban con señoritas thailandesas de veinticinco agarraditos de la mano?.
Con o sin interés por el sexo/compañía, la caminata a altas horas dejaba, al finalizar la noche, una sonrisa/miel en los labios.
Quizás, si este mochilero fuera un pusilánime o pacato hubiera concluido la noche con una total indignación.
Pero no lo era.
No lo es.


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23 de septiembre de 2011

La incertidumbre en el viaje

Las principales preocupaciones de un viajero novato (llámese turista, obrero vacacional, trashumante o mochilero) no son tanto los problemas básicos (por ejemplo, conseguir agua en un país desconocido o buscar la bus-station necesaria) como las zozobras e inconvenientes indeterminados. El viajero novicio se preocupa menos por los peligros visibles (el leopardo lejano que le pueda atacar) que de las amenazas vagas e inconsistentes que puedan surgir en el momento más insospechado y contra las que no está suficientemente protegido.
Y lo dice aquí, en estas líneas, por haberlo sufrido en sus carnes.
Un elemento impredecible puede ser objeto de desánimo para el viajero principiante tanto o más que los supuestos peligros o revueltas ciudadanas violentas conocidas que -supongamos- ocupan las portadas de los diarios en aquel determinado lugar a visitar.
El desconocimiento del idioma, en concreto, añade a ese desánimo un cierto halo de tremendismo y desesperación. No se encuentra seguro si no sabe, o mejor dicho, si no puede explicar su problema o la solución a éste. Por ejemplo, no le preocupa la revuelta violenta en sí misma sino más bien cómo convencer al que pretenda abofetearle con una porra que él no pertenece a esa movilización sino que es un visitante que pasaba por allí. El nerviosismo en los preparativos del viaje tiene, en la mayoría de los casos, su origen en el desconocimiento de la lengua del sitio que se pretende recorrer y al que se pretende enfrentar. En definitiva, la propia incapacidad para protegerse a sí mismo de esa incertidumbre e intranquilidad.
Desasosiego muy cercano en el recuerdo de este viajero insatisfecho.


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14 de septiembre de 2011

Surcando aires en la playa de Patong

Cuando al atardecer, casi crepúsculo, en la playa de Patong, Phuket (Thailandia), uno de los ‘ganchos’ le animó a ascender en lo que llamaban ‘paragliding’/parapente por un módico precio de bahts (moneda local), no lo pensó dos veces. Llevaba más de media hora observando cómo se ejercitaban los más atrevidos, o con más dinero disponible, y sentía cierta sana envidia y ansiedad.
El sistema era sencillo. Pertrechado de un fiable[?] arnés, atado a un particular paracaídas y unido por un cable a un potente bote, el viajero insatisfecho ascendía arrastrado por la fuerza y la velocidad del aparato [pronto dejó de oír el ronquido del motor] llevando ‘por paquete’ a un chaval thailandés que hacía las veces de piloto acrobático, sin arnés ni artilugio que le uniera al parapente. Ya en el aire, unas veces el muchacho entrelazaba sus pies al cuerpo de este leonés, otras se sentaba ligeramente en el cuello, como apoyo, y las más se suspendía de las cuerdas para, con aquellos movimientos y posturas, guiar a su antojo aquel débil aparato volador.
Desde las alturas [unos cinco minutos], apenas le dio tiempo a presenciar una preciosa puesta de sol en el horizonte del mar de Andamán, a ser consciente de la altura a la que volaba, como si se tratara de un buitre leonado (o leonés), y a no percibir descarga de adrenalina alguna ante aquel apacible surcado de aires.
Notar el suave descenso en la playa, posado en la arena con total maestría, fue uno de los momentos del viaje.
Hubo muchos otros.


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4 de septiembre de 2011

Sin el dios Indra

En la instantánea de portada es fácil deducir que el viajero insatisfecho estuviera impresionado al ver semejante monumento. Moderno él -tiene apenas quince años de existencia- estaba ya rodeado y asfixiado por el enfermizo afán thailandés de los ‘scalextric’ en las carreteras de circunvalación, y del centro, de las grandes ciudades (ver fotografía 2).
El gigantesco Erawan Elephant era un elefante de tres cabezas que medía, desde la base hasta la parte más alta, 43 metros, ¡es decir!, lo que un edificio de 14 pisos. Y eso que, el dios Indra, que cabalga normalmente sobre Erawan, no fue agregado al conjunto.
El abdomen albergaba un templo dedicado a Buda donde no podía faltar la figura de un ‘afeminadoBuda (¡perdón, no pretende ofender!), iluminado por una tenue luz como de ‘bombilla de bajo consumo’. Allí estuvo, entre consternado e incrédulo por semejante magnificencia, este mochilero una mañana de agosto, después de sortear cantidad de obstáculos idiomáticos, lingüísticos y de barato transporte.
Enclavado dentro de un cuidado jardín de cuento de hadas thailandés, a las afueras de Bangkok, el monumento del ‘elefante de las tres cabezas’ aparecía tranquilo, recogido y reposado, a pesar del sonoro (allí, entonces, silencioso) gruñir de los vehículos de cuatro (o doce) ruedas, aquella soleada y muy calorosa mañana.
Constituyó un momento de reposo ideal para los cansados cuerpos de aquellos dos turistas/viajeros, en sus horas finales del periplo thailandés.




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28 de agosto de 2011

Koh Panyee, un poblado 'gitano'

El macro-centro turístico de Phuket (Thailandia) ejercía su dañina presión sobre el medioambiente del bello entorno que constituye la bahía de Phang Nga.
Phuket es, por decirlo de alguna manera, ‘la ibiza thailandesa’, y Phang Nga ideal, por la distancia, para la excursión de un día de los inquilinos de Phuket, que llegaban allí en pequeños grupos organizados, ansiosos por pasar una jornada diferente.
[En otro ‘post’ hablará sobre esta preciosa bahía].
Esta inevitable contaminación turística se dejaba notar en el poblado de Koh Panyee, o Gipsy Village / Poblado gitano (dentro de la bahía de Phang Nga), formado por casas de madera sobre pilotes (palafitos) habitados por musulmanes “moken”, en Thailandia llamados “gitanos del mar”, un pueblo que, en otras décadas y asentamientos, vivieron en sus propias embarcaciones.
Koh Panyee está enclavado a la sombra de un gran peñasco/isla lo que le da un aspecto de intermediario humano y viviente entre roca y mar. Acercarse a él navegando en una pequeña ‘longtail boat’ (barcas habituales en la zona) alentaba al viajero insatisfecho. Pasear por sus calles, después de haber evitado el turístico restaurante-vende-todo, daba una genuina y acreditada sensación. Olía a pescado putrefacto, a madera húmeda, a verdura cocinada con raras especias (¡muy fuerte!) internados ya en los palafitos de Koh Panyee. En sus angostas calles, también sobre pilotes, algunos de hormigón, con ambiente abigarrado y con pérdida de cierta autenticidad, se observaba a las mujeres, algunas con su hiyab, vendiendo aparentes alhajas, baratijas y objetos artesanos de todos los estilos mientras miraban con cierto desdén.
Otra vez la contaminación y presión turística que cambia rituales, maneras y costumbres, impedía observar su tradicional y, seguro, fascinante vida real y ancestral.



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17 de agosto de 2011

!Maldito 'tsunami', y maldito Dicaprio!

Ko Phi Phi es el nombre genérico que se da a las islas mundialmente famosas por sus bellísimas playas de arena blanca, sus acantilados sumergidos en el mar, el magnífico azul turquesa de las aguas y bellos fondos marinos.
!!Una paradoja en Thailandia: la protección del medioambiente esta subordinado a los intereses del desarrollo turístico!!.
Si aquel grupo de delfines no hubiera recibido al “speed boat” en el que viajaba, a la entrada de la una de las bahías de las Phi Phi, el viajero insatisfecho recordaría (que lo hará) las islas como unas desgraciadas más de la degeneración medioambiental de un entorno que siempre había sido bello en el “coco” de este cazurro leonés, desde aquel mil novecientos noventa y pocos que las visitara por primera vez.
La lengua de tierra que unía (o separaba) las opuestas bahías de Ton Say y de Loh Dalam, en Phi Phi Dom, entonces, un palmeral salpicado de algún pequeño bungalow, en uno de ellos pernoctó dos noches (ahora, ni rastro de palmeras), se ha convertido en 2011 en todo un pueblo de entrecruzadas calles peatonales, tupidas de tiendas que venden todo tipo de inservibles artículos turísticos. Sus pobladores, o especuladores (lo mismo da), lo llaman ahora, después del desastre, Tsunami Village.
Homenaje?.
Recordatorio?
!!Sinvergüenzas!!
Y sinvergüenza el gobierno “thai” que apostó por el turismo masivo (en España se hizo en los setenta) para destrozar sus parajes naturales más bellos y significativos de la zona del mar de Andamán. Donde este mochilero 
(en mil novecientos noventa y pocos) hiciera rudimentario “snorkeling” y contemplara bellos corales y simpáticos peces “nemo”, ahora (2011) se ha convertido en aparcadero de “longtail boats” y “speed boats”, como llaman a sus manejables antiguas y modernas barcas turísticas. 

!!Maldito ‘tsunami’ que hizo trístemente célebre a Phi Phi Dom y maldito Leonardo Dicaprio que dió relumbrón a Phi Phi Lee (o Let, o Lay, las guías no se ponen de acuerdo) donde rodó su película “La playa”!!.
!!Benditos delfines que con sus joviales saltos, llenos de naturalidad, dejaron un ligero buen sabor de boca al viajero que por segunda vez volvió al destrozado paraíso natural de las islas Phi Phi!!.


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5 de agosto de 2011

Como si no hubiera ocurrido nunca

Hace unos días leía una frase que le recordó a toda una maravilla de escritor. Una frase que venía muy a cuento con lo que hoy va a tratar de adelantar.
Lo que solo ocurre una vez es como si no hubiera ocurrido nunca”. Y eso piensa al emprender un nuevo viaje, o más bien, una nueva ruta vacacional. En esta ocasión, “si, sin su mochila”. Es la segunda vez que visitará Tailandia, para no tener la sensación de ‘no haber ido nunca’.
No es por eso, pero allá va.
Aquellas gentes, en un recuerdo lejano, le dejaron la sensación de paz permanente, de eterna alegría, de silencio cuasi-religioso y de educación desmedida hacia el visitante.
¿Serán los mismos?.
El viajero insatisfecho, no.
El periodo de gran fastuosidad de los tailandeses fue sin duda el siglo XV y XVI cuando Ayutthaya era una capital de ¡un millón de habitantes!. Muchas capitales europeas actuales no eran más que pueblos en esta época en comparación con el poder y la riqueza de Ayutthaya.
Sirva este pequeño apunte histórico para no desdeñar la tradición de un pueblo que ahora mismo es uno de los centros turísticos mundiales.
¿Y este mochilero qué pinta allí?.


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19 de julio de 2011

La publicidad invasiva es ofensiva

En ciertos países africanos la presión de la publicidad es tremendamente invasiva. Y no es que su presencia sea mayor o menor que en otras regiones del planeta pero sí se evidencia en formas y maneras más infantiles, sencillas (con esa sencillez que ofende), descaradas y sensibles, pasadas ya de moda en ciertos países europeos; o al viajero insatisfecho eso le parecía.
[Confiesa públicamente su malestar con ese tipo de publicidad que mete sus narices en parcelas humanas demasiado afectivas con el propósito, eso sí como el resto, de captar la atención para luego entregarles algún mensaje].
Esas estatuas coloreadas de Coca-cola, en Vieira (Mozambique), situadas donde en Madrid, por ejemplo, aparecería ‘Felipe IV, a caballo’, catapultaba al producto americano a símbolo de la historia de ese país africano. ¿Qué mensaje estaban entregando?.
¡Demasiado entrometido!.
La publicidad se centraba en variadas plazas o rotondas.
¡Poco tacto!
Para evitarla, el viandante podía modificar el itinerario o mirar a otro lado.
¡Inconveniente añadido!
Casi un parque temático de la publicidad. Si en Disneylandia el puesto donde se vendían ‘perritos calientes’ tenía forma de salchicha, en Mozambique su ‘particular Felipe IV’ tenía forma de botella de Coca-Cola.
Todo un manipuleo continuado y peligroso que, en fin, parece todo un intento de ‘matar moscas a cañonazos’.

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11 de julio de 2011

El simpático descaro adolescente

La ciudad de La Palma, capital del Darién (Panamá), miraba al Pacífico entre viejos palafitos, que eran bares, hoteles (en uno de ellos, pernoctó tres días) casas particulares y tiendas de comestibles o cachivaches. Una mediana población que recogía gran número de colombianos ilegales, a quienes las autoridades panameñas no dejaban avanzar e internarse en el país con sus intermitentes controles en la única carretera que le cruzaba, la ‘Panamericana’.
Siempre fue el permanente callejeo una de las estrategias diseñada por el viajero insatisfecho para conocer aquella y otras muchas ciudades. Paseó por serpenteantes senderos llenos de escaleras con subidas y bajadas que rompían el ritmo y cansaban al caminante. Y así, al final de uno de estas largas caminatas, en los alejados suburbios siempre peligrosos de aquella capital, puerta del selvático territorio del Darién, descubrió, entre un pequeño acantilado, un solitario tenderete con gasolinera para barcas; a unos niños con camisetas de la selección de Portugal, (¿por qué no la española?. Les daba igual) y un poblado de indígenas ‘emberá’, lleno de trabajadores integrados, que se desperezaba del usual calor de la tarde. El paseo del andante mochilero por delante de una de aquellas casas de madera alertó a unas simpáticas jóvenes, cuidadoras de unos pequeños, de que había intruso/extranjero, ideal para risas y chanzas, carantoñas lejanas y sensualidades adolescentes.
Una guapa morena no-emberá era la de mayor descaro. Era como una flor, azahares o jazmines, pintados por Sorolla pero también un cuerpo cincelado para sucumbir a Los burdeles de Páprika de Tinto Brass. Aquel día, sin motivo aparente, se mostraba dando alegres gruñidos, simplemente porque sus hormonas, quizás, le estuvieran jugando una ‘buena pasada’. Después de una descerebrada charla, se despidió del viajero lanzando ‘cientos de besos' al aire, con picardía y esa presunción excesiva sobre su capacidad sexual, no exenta por contra de cierta timidez.
Su condición era poesía pero sus maneras despuntaban una dulzona insinuación.
Una niña, y su inevitable venida a mujer.
¡Rápido!.
¡Rápido!

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5 de julio de 2011

La historia se repite: los corzos

Si hace un año un corzo se salvó de morir ahogado en un canal cercano, este año dos pequeños se libraron de una muerte segura entre las cuchillas de una segadora.
La madre huyó de un salto del peligro: la ruidosa segadora; pero a los inocentes pequeños que la acompañaban, su instinto les pedía agacharse y esperar. Ahí dictaron su sentencia de muerte, si ‘Polito’, alertado, no hubiera detenido la máquina.
No hace falta ser naturista, ni naturalista para admirar la belleza de estos ungulados. El corzo es un animal que puede vivir tanto en bosques cerrados, como en amplias praderas. Actualmente en España la distribución del corzo sigue en expansión (¡suerte!). Antes, hace años, en el terruño del viajero insatisfecho ni se les conocía; la zona les era vetada.
Su dieta, basada en el consumo de hojas de arbustos y árboles bajos, así como bayas y brotes tiernos. Sus hábitos son crepusculares, rara vez visibles durante el día, que suelen pasar escondidos entre la espesa vegetación.
Como en la anterior ocasión, los pequeños animales disfrutaron de su libertad después de visitar los espíritus de los monjes que duermen el sueño eterno en los sarcófagos que encierran esos muros milenarios.
De nuevo, ¡Bravo ‘Polito’!.



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30 de junio de 2011

Bienvenida sea una democracia imperfecta

El leonés leía hace unos días en El País que Egipto vive en plena efervescencia, con grandes esperanzas de futuro, “pero la revolución iniciada el 25 de enero -decía la crónica- está resultando muy cara”. El crecimiento económico se ha frenado y el turismo ha huido.
Siendo egoísta, ‘¡bendita huída!’, se dice este viajero insatisfecho, en un momento de ataque de agobio y ansiedad. Aquella experiencia de hace sólo dos años le resultó en ese terreno un poco asfixiante, aunque única, bonita y necesaria, donde las aglomeraciones para ver cualquiera de los monumentos hablaban sobre todo español.
En Abu Simbel, a primera hora de la mañana, después de unas horas de autobús desde Asuán, la muchedumbre hablaba español.
En el templo de Luxor, ya de noche, con una espléndida iluminación de sarcófago, las multitudes, casi sombras, hablaban en español.
En el valle de los Reyes, ya en el interior de las bellas tumbas (¡increíbles!) era fácil que mientras bajaba, el que subía fuera español. Como fácil era, en las visitas a cualquiera de los monumentos, soltar un ¡Ohhh! (de admiración), pero sin duda en las subterráneas tumbas de aquel valle era casi inevitable, como inevitable era el hormigueo del público.
Era como aquel juego de la juventud más joven, ¿Dónde esta Wally? [fotografía].
Piensa en aquellas imágenes y, si bien grita de nuevo ‘¡bendita huida!’, desea al pueblo egipcio un feliz tránsito de la dictadura a, si todo sale bien, una democracia imperfecta
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22 de junio de 2011

Secaderos de pescado, pescado seco

¡Cuántas formas y clases de secaderos de pescado existen en el mundo!. Siempre cutres ellos, pero siempre prácticos y útiles. En Gambia, en esas plazas olía a sabroso asado pero también a desperdicios: los esparcidos en sus alrededores.
En Islandia, los secaderos estaban construidos con grandes palos de madera sobre la arena volcánica de los que colgaban los peces. En Nazaré (Portugal) estaban al lado de sus coloridas lanchas.
En Indonesia…..bla, bla, bla, bla. En Galicia……
En territorio africano, los había desperdigados por las orillas, al remanso del gran lago (Malawi), sobre la arena de una playa atlántica (Ghana) o construidos en forma de hornos alimentados por fuego de troncos de madera (Gambia).


Una vez finalizado el proceso, una vez seco, el pescado se comerciaba en los territorios de interior y en los pueblos de otros vecinos países. Sobre sus cabezas, mujeres y niños ofertaban el producto en mercados, paradas de autobuses, caminos, semáforos o en cualquier bache de la vía susceptible de una lenta rodadura de vehículos.
[En África, los baches se van agrandando, podían ser semi-eternos y traían aparejado, incluso, un mercadillo en sus alrededores. Y esto, que pareciera una exageración del viajero insatisfecho, constituía una normalidad en numerosas áreas africanas].
El pescado seco era, y es también, claro está, una variedad en la dieta alimenticia de los pueblos de tierras interiores.



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14 de junio de 2011

La emocionante vida vegetal

Cuando a la naturaleza se la permite hacer, sin molestar, nos deja muestras como las de esta fotografía.
En un pequeñísimo islote del archipiélago de San Blas (Panamá), despoblado de humanos y también animales, únicamente algún ave posábase en sus palmerales, se producía sin engaños el milagro de la vida.
La pequeña palmera crecía en el arenal de aquella isla; se veía su fuerza y no era un huracán; se veía la potencia de sus hojas y se olía la brisa marina que acariciaba a su sombra. Se apreciaba aún el coco enraizado en la arena, el coco germinando ese brote de esperanza. El proceso vital se había iniciado en aquel paraje abandonado. Encontrar este mínimo apunte de vida era fácil, y admirarlo ayudaba a olvidar la ñoña sensación del viajero principiante.
Pero, aún así, emocionaba estar al lado de aquella planta. El viajero insatisfecho ni se atrevió a tocar una sus hojas; se alejó un poco, se agachó y sacó la fotografía. Luego caminó serpenteante un rato, obsesionado por localizar algún otro signo tan palpable, que no pudo encontrar. Allí, en territorio cuasi-virgen, la fuerza natural era mayor y evidenciaba, por contra, mejor que en otro sitio la capacidad dañina del hombre.




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6 de junio de 2011

Los 'merima' y 'betsileo' alegran a sus muertos

Cada cierto tiempo este veterano leonés recuerda su viaje a Madagascar. Fue, y es, un país de leyendas miles; de cuentos de ‘la Disney’; de ritos ancestrales; de manuales de corsarios y de escritores aventureros. Un país donde este viajero insatisfecho, antes de su visita, situaba su ilusorio país de “Libertalia”; después, una tierra imposible para ubicar nada imaginario.
Y si se citan los ritos ancestrales hay uno especial entre los más recónditos pueblos malgaches: los rituales de la muerte, que se dan, especialmente, entre los merina, pueblo de los altiplanos de la isla, aunque también entre los betsileo.
Ambos pueblos saben honrar y alegrar a sus muertos.
Cada cierto tiempo, los miembros de la familia del fallecido acuden a la ceremonia de "meneo de huesos", que enfatiza los vínculos entre la vida y la muerte. Los familiares abren la tumba y sacan a los muertos que transportan al pueblo. Unos días después limpian los restos, los envuelven en nuevas esteras o sudarios y los entierran de nuevo. Los sudarios viejos son entregados a los recién casados y a las parejas sin hijos para que cubran con ellos el lecho matrimonial. Antes de devolverle a su definitiva morada, la costumbre exige que se jaleen y muevan sus huesos en un ambiente de fiesta y regocijo. Mantener felices a los muertos de esta forma garantiza que sus espíritus seguirán próximos para ayudar a la familia.
Este intruso/mochilero se dejó llevar por un destartalado taxista, en consonancia con su coche, que le prometió, o eso entendió, presenciar uno de estos rituales.
El taxi saltaba, a la vez que tronaba, por aquel camino de tierra y polvo, en un larga carrera/taxi ya regateada. Atravesaron uno o dos pequeños poblados de cabañas de hojalata y plásticos, donde varios perros ‘galbaneaban’ sin enterarse siquiera del paso del ruidoso y viejo Peugeot.
Ya en el lugar supuestamente pactado, en vez de rituales para alegrar a los muertos, lo único que encontraron fue una especie de tumba removida al lado de un arbusto lleno de cristales, fetiches y trapos.
Burdo engaño y pequeñas calamidades viajeras, quizás en esta ocasión, por la falta de entendimiento idiomático.

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29 de mayo de 2011

El motero viajero

Parado allí, muy cerca de la plaza de Callao, a mitad de la Gran Vía (Madrid), parecía uno de esos personajes estrafalarios y variopintos que tanto abundan por el centro de la capital.
Y lo era. O no.
Apoyado en la parte de atrás de una preciosa BMW, hacía mímica y sonreía; atendía a preguntas de la poca gente que le rodeaba con una sonrisa, quizás un poco forzada, pero con alegría comunicativa; en algunos momentos hacía exagerados movimientos, en otros, mostraba una provocativa quietud. Animado por la amabilidad del público que le rodeaba, sacaba a veces de su cazadora militar un cartel en el que pedía un donativo para seguir camino.
Luego, este viajero insatisfecho se fijó en el ‘ruteado’ mapa, convertido en objeto de reclamo, y lo miró con simpatía. 740.000 kilómetros recorridos. 138 países visitados. Diferentes banderas garabateaban simbólicamente su estancia en cualquiera de ellos. Aquel personaje, allí, en reposo aparente, se convertía, a través de esos coloridos distintivos, en viajero pertinaz.
Un cartel en correcto español decía: “Quiero entrar en el libro guinnes de los records por ser el único hombre sordomudo que lleva viajando en moto desde el año 2000 por todos los continentes”.
Ah, bueno. Era sordomudo. Y supuso que bieloruso.
Ahora sí, su mímica y su sonrisa adquirían cierto halo de ternura y comprensión.
Una sonora ausencia en sus recorridos globales: África (excepto un poco de Sudáfrica) ¿Es que no será África un continente apropiado para viajeros sordomudos?.


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22 de mayo de 2011

La cruz de Magallanes

Llegó en barco ya de noche a Cebú City, procedente de Manila (20 horas). Después de un largo descanso se perdió en paseos por las calles cebuanas. La isla de Cebú es una de las grandes islas de Filipinas, situada en el centro de las llamadas Visayas, el principal grupo de islas del archipiélago. Su historia, para los occidentales o europeos, comenzó en marzo de 1521, cuando el marino portugués Fernando de Magallanes, comisionado de la Corona española, desembarcó en la zona con la turbia intención de ‘cristianizar’ a los indígenas, antes de intentar completar la vuelta al mundo.
Y cuentan queeeeee…., Magallanes lo primero que hizo fue plantar la cruz en aquel, entonces, villorrio. Después de casi quinientos años, allí continúa alzada en pleno centro de la ciudad; y si no es la misma, que no lo es, al menos así lo creen los devotos filipinos.
Al cabo de una larga caminata, ya desorientado (suele seguir el consejo de ‘para conocer hay que perderse’), el viajero insatisfecho se sorprendió de aquel recinto, con la cruz en su interior, al observar a varios filipinos arrodillados, rezando con devoción. Muy protegida por una especie de robusto palio o templete, la rodeó y se percató del significado de aquella estilizada madera. Un escueto cartel se encargó de ello.
No conocía la historia.
(Por su altura, le fue difícil retratarla en su integridad).


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16 de mayo de 2011

Encuentro con "Tiburcio y Cogollo"



- "Al comenzar la historia, nuestros héroes, parados forzosos, tomaban el sol junto a las tapias del cementerio.
- Esta vida es una muerte –dijo un día Tiburcio. Hay que irnos por el mundo.
- ¡Andando! – respondió Cogollo.
- Y una mañana primaveral se largaron con un modestísimo bagaje y abundantes ilusiones…".
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Así, viñeta a viñeta, con una sencillez apabullante, con gran imaginación didáctica y espectacular maestría se va construyendo las “Aventuras de Tiburcio y Cogollo”, por Trapiello, su autor
Y aquí comenzó también otra aventura blogger, (¡que maravilla la gente de la blogosfera!). En un reciente ‘post’ dedicado a estos dos protagonistas del cómic antiguo (quizás 'de los sesenta' del siglo pasado), recuperados del recuerdo, en el que pedía pistas sobre esta vieja historieta, otro colega blogger que resultó cercano comentaba: ‘Era don César [Trapiello] un cura ensotanado, como mandaban los cánones, y un poco despistado. Parecía que iba y venía, enfrascado en su mundo. Siempre masticaba las palabras en su boca, mitad socarrón y mitad ensimismado’.
En otra paralela investigación ‘googleiana’ este mochilero leonés aparcó, sin saberlo, en el blog de uno de sus sobrinos: Andrés Martínez Trapiello. Después de varias dudas e intentos, decidió ponerle un comentario. Su rápida respuesta le animó: ‘El tío cura, Cesar Trapiello, la imaginación que dio vida a Tiburcio y Cogollo -decía el sobrino- estaría asombrado de que aún se recuerde aquella aventura de estos dos viajeros […] Conservo aún algún juego (son 5 cuadernillos) y para alguien que es de León, y quiere conservarlo como una joya, tengo uno reservado’.
¡Ya lo tenía!.
No había duda de que lo había conseguido. El resto fue sencillo. Una ‘quedada’ en León, un café y final feliz.
Y el viajero insatisfecho, la mañana antes de la ‘quedada’, ya en su terruño, hablaba nervioso con un amigo de infancia que le dijo ‘¿Vas a quedar con un Trapiello?. ¡Ten cuidado. Están todos locos aunque son buena gente!’. Y el sobrino-blogger del cura Trapiello, cuando se enteró del chascarrillo, se rió y lo hizo suyo.
¡Gracias, Trapiello!. ¡Sois una familia de ‘locos-buena-gente’, a la sombra de aquel ‘cura ensotanado, como mandaban los cánones, y un poco despistado’.
¡Gracias, Andrés!.




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8 de mayo de 2011

Conoció 'casi' al americano

Hace unos días leía a Manu Leguineche (¡qué grande!). Contaba en su libro una de sus anécdotas, recuerdos, durante la guerra de Vietnam.
[Hoy, esto va de recuerdos. Ya verá el lector/a o curioso/a cómo al final comprenderá que esto va de recuerdos].
Este apreciado monstruo-periodista escribía: “En una de las desembocaduras del río Mekong en My Tho, en una de las islas, vivía el monje del cocotero […] Hacía muchos años que el monje se alimentaba sólo de cocos. Su isla era refugio de niños mestizos, hijos de soldados norteamericanos y chicas vietnamitas”.
Su historia -la de Manu- detallaba éste y otros derroteros del monje y los niños mestizos. Al viajero insatisfecho le valió para recordar -también- a aquella veterana mujer vietnamita que le contó en dos o tres charlas en la terraza de un bar, en la ciudad de Nha Trang, que su amor americano se había ido hace años, la había dejado con un pequeño y no había vuelto a saber más. Ese hijo vivía, entonces, en un lejano pueblo de la desembocadura del río Mekong.
Cogió cariño a aquella mujer en las dos o tres noches que platicó su spanglish con ella. De regreso a España (Tay-ban-nha, en vietnamita) mantuvo unos meses vivo el encuentro con un repetido carteo. Ante las inmerecidas e insistentes insinuaciones en las cartas de la ya veterana vietnamita, este mochilero le contestó, en elemental inglés (no pretendía ser borde y agrio), que ‘así como el aceite y el agua no se mezclaban tampoco había lugar a más mixturas’.
No volvió a saber de ella.
¿Iba de recuerdos, o no?.


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P.D.: La fotografía está tomada en la desembocadura del río Mekong.


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2 de mayo de 2011

Vida gambiana

Puaff!, qué pedazo placer era pasear por aquella playa, desbordada de vida africana. Se veía el fragor del movimiento y el reposo sin fin. Todo mezclado como es lo africano. Era calor, sudor y fría violencia. Era pasión, sentadas sin fin y excitación repentina. Allí, con el sol a punto de caer sobre el mar, había movimiento, quietud, mercadeo, trabajo; ilusión por salir adelante, conversación, pasión por sobrevivir y, todo junto, era un grito.
Olía a pescado como huelen los peces al salir del mar pero más a pescado putrefacto y desperdicios consumidos por el sol; a pescado secado a fuego lento en los cercanos secaderos. Olía a todo eso y al África del mar.
Y a cayuco.
Llegaron a media tarde, intrigados por ver arribar a los pesqueros, a la caída del sol, a la playa de Brufut (Gambia). Era una manera de tomarle el pulso al pueblo gambiano, de conocer su estado general. En África, ese pulso se muestra en los mercados, en los puestos callejeros, en las estaciones de autobuses y, como en Brufut (ver fotografía), también en las playas.
La marea, de la que depende el loco ritmo pesquero, era propicia aquel día. Se oía a los buitres negros carroñeros y oscuras gaviotas graznar ante el abundante futuro festín de despojos. Sólo era cuestión de esperar, aunque algún atrevido carroñero ya había tomado sitio y saltaba entre corrillos de mirones, o no tan mirones.
El instante no desilusionó al viajero insatisfecho y aquella arena se convirtió frenética en una auténtica lonja costera.

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24 de abril de 2011

El 'quijote' de Playa el Toro



La playa el Toro, en Pedasí (Panamá), merecía una visita tranquila, reposada, matinal y sin prisas. Tenía unos dos kilómetros de costa con arena amarillo/parda y completamente rodeada por una loma baja, casi sin vegetación.
Llegó hasta ella una mañana de enero, con el sol fuerte pegando en su ya brillante cráneo y escasa cabellera. Allí encontró, después de caminar una larga media hora desde el pueblo, un simpático personaje. Panameño, bohemio asentado, defensor y conocedor del lugar, con movimientos propios de propietario que imprimía a la extensa y solitaria playa un halo de seguridad. Sin palmeras, tenía ésta algunos incipientes árboles panamá que daban ligera sombra. Bajo uno de estos, y algún que otro despistado matorral, tenía su precaria residencia Arturo Cabezas, el ‘quijote’ de Playa el Toro, llena de bártulos, trajes de baño olvidados, flotadores, sacos de dormir colgados, chanclas usadas, cachivaches, trozos de redes de pesca en las ramas, fósiles, ‘achiperres’, neveras de plástico, colchonetas, cuchillos, platos de aluminio, leña a medio quemar, restos de comida reciente, y no tanto,….
Hablar con él era un verdadero gusto, tenía esa sabiduría bohemia, temple de extemporáneo hippie y simpatía de personaje feliz. Ofrecía la morada en la arena como propia (y propia era, hasta que algún complejo turístico, ya en ciernes, le rompa su encanto) y compartía sus enseres con calor y amistad. Pasó este viajero insatisfecho parte de la mañana tirado en su modesta hamaca, escuchando más que hablando de la vida en general. Fue su amigo temporal (junto con dos rapaces que se dedicaban a pescar, y una pareja -habitual, decían-) y disfrutó de su filosofía vital como si fuera un bohemio más.

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14 de abril de 2011

La venganza del siervo ambulante

Chandni Chowk, en Old Delhi

Al viajero insatisfecho le produce cierta alegría que los más pobres entre los pobres se puedan vengar de los más ricos o también modernos, sean ejecutivos (o no), turistas o sabuesos de la Bolsa.
Cuando visitó alguna de esas ciudades/malditas (y hay muchas en el ancho Globo) donde la gente mísera/pobre alcanza cotas extremas, ciertas imágenes tristes le produjeron un hálito de alegría. Siempre tuvo este mochilero la sensación de que esas calles estrechas de Old Delhi (India), donde los perros flacos dormían su siesta permanente, y esas avenidas viejas y atestadas del Chandni Chowk (ver fotografía) estaban ahí para escarnio del alto y rico empresario burgués.
Ahí era donde los pobres no reprimían su venganza.
La sobreabundancia de bicicletas, mototaxis, rickshaws (taxis-bicicleta), carros desvencijados tirados por ‘parias’, vacas sagradas tumbadas en la calzada, peatones cargados de fardos y bultos convertían esa vía bacheada y polvorienta, llena de desperdicios y olores, en un martirio para el que viajaba en limusina y era sometido a ritmo de la ajetreada vida capitalina. El hombre que leía sentado cómodamente el periódico matinal en su parte trasera tenía que esperar inevitablemente, entre otras cosas, a que la vaca sagrada decidiera, después de sonoros pitidos, levantarse y caminar lento para cambiar su lugar de sesteo. Tampoco la camioneta de reparto de ordenadores, símbolos de modernidad, o quién sabe qué otro artículo de última tecnología, iba más deprisa que el hombre que cargaba en su rickshaw siete voluminosos fardos de retales y desperdicios de un taller textil.
El rico y la moderna tecnología caminaban detrás, y a ritmo del siervo ambulante.

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