7 de septiembre de 2020

Cañón del río Lobos / Soria

En la plaza mayor de Burgo de Osma había un cartel (hashtag) que decía: #SoriaQuiereFuturo. Una reivindicación muy lógica, pues las necesidades actuales son progreso, futuro, bienestar, dinero, empresas o tecnología.

¿Y todo eso le falta a Soria?

Bueno, a Soria, a León, a Teruel, a Ourense o a Lleida. Todas estas provincias quieren futuro.

Conoces Soria y no da sensación de que les falte bienestar, progreso…. Es una provincia provinciana, con las características de los lugareños inmersas en su idiosincrasia social. La provincia de Soria tiene una maravillosa ciudad, con un centro cuidado y bonito; Soria tiene pueblos encantadores e históricos como Calatañazor, y Soria tiene bellos paisajes, de naturaleza desbordante como el Cañón del Río Lobos. Y de todo ello, mucho más.

En el Cañón del Río Lobos pasó una mañana el viajero insatisfecho recorriendo el bello curso del río Lobos, contorneado entre grandes peñascos de roca caliza, donde la naturaleza ha ejercido de reina y señora durante muchos años. Las formaciones rocosas del río Lobos son fruto de la acción erosiva del agua. Por un lado, de desgaste y, por otro, por la disolución de la roca.

Iba acompañado y pudo disfrutar en compañía de las oquedades, salientes, cuevas o canchales que el paso de los siglos había estructurado a su antojo.

Inició un recorrido matinal por Santa María de las Hoyas (Soria) cuyo acceso está situado al lado del puente de los Siete Ojos, un trayecto entre pinos que no acababa de resultar interesante. Muy arriba, donde el cañón aún no se había formado. Andando por el curso de un rio seco se hacían aburridos los pasos. Dieron la vuelta, y con el coche se trasladaron a Ucero (Soria), a la otra entrada, acceso sur del cañón. Desde el inicio, una vez abandonado el coche en el aparcamiento de Valdecea, apareció el cañón más auténtico, más impresionante y más entrañable. El cauce del río Lobo, aunque muy escaso, enseñaba entre juncos y maleza sus aguas. El gran cañón comenzaba a verse con los altos y pronunciados peñascos en las montañas laterales, cercanas en algunos tramos. La vida comenzó a aparecer en el cielo, con los frágiles y lentos aleteos y largos vuelos de los buitres leonados. Se vislumbraba, también, en las oquedades de las rocas con los cantos insistentes de los alevines y polluelos. Pedirían comida o jugarían entre ellos, quien lo sabe. Desde el fondo del cañón se veían ciertos movimientos en los nidos, pero por su enclave, lejanos. Daba igual. La vida natural y salvaje se sentía a cada paso. Un lugar protegido, maravillosamente protegido.



La Ermita de San Bartolomé apareció de pronto en un pequeño promontorio. Era como la insignia religiosa del río Lobos, cercana a la Cueva Grande. En el camino bordeando el río se encontraban chopos (muchos), sauces, avellanos, endrinos o abedules, y en sus aguas nenúfares y eneas. A un lado del cañón unas antiguas colmenas, tradicionales, servían para hacer historia del lugar. Unas colmenas construidas con troncos huecos que fueron implantadas allí por los templarios que habitaron.

No se olvidará de citar al cangrejo ¿era autóctono?, que se cruzó en su camino cuando atravesaba, por unas rocas colocadas exprofeso, el río. Tremenda alegría al descubrir este animal tan cercano en su infancia, en sus recorridos infantiles por ríos, charcas y arroyuelos.

Fue un agradable paseo.

Para finalizar, una parada en el mirador la Galiana, desde donde, a la sombra de unas sabinas, se podía observar el cañón en casi toda su extensión.

Cangrejo, en el cauce del río Lobos

Colmenas, en una de las oquedades del cañón


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