Provoca una sensación rara saber que has visitado un lugar y no tienes especiales recuerdos de su paso. Me sucedió hace unos días al comentar con una querida “bloggera” sobre uno de sus “post” en relación con Kovalam Beach, en el sur de la India. Era tanta su pasión por este paradisíaco y perdido lugar que la “blog” que ha montado se apoda “Kovalam90”, en alusión al año en que descubrió su mítico lugar.“Yo, no”, negaba así cualquier contacto con el lugar, cual “san pedro” ante su maestro, al conocer que estaba cerca de la ciudad de Trivandrum, donde mi avión había aterrizado. Si bien me sonaba lejanamente el nombre playero, no podría decir que había estado por allí. Ante una improbable posibilidad hice una consulta a mis “notas viajeras”, descubriendo con asombro que mi transitar por esa famosa playa, con fotografías incluso, había sido en 1995.
¡Me rindo!.
¿Y entonces? ¿Por qué había olvidado el lugar? La soledad viajera -donde las sensaciones, vivencias y experiencias son diferentes- es el único argumento que puedo tener. Para llegar a Kovalam Beach, hay que recorrer una carretera llena de mujeres y niños picapedreros que no se escapan a la curiosidad del turista. A mí no se me escaparon. En sus aguas se intercalan turistas, en bikini o bañador, con niños correteando y mujeres hindúes bañándose con sus saris de seda u otra vestimenta similar típica-tópica (ver fotografía), que tampoco se le escapa al extrañado viajero occidental. A mí no se me escapó.
Lo que si mi cabeza había olvidado, y que este pequeño impulso de mi querida “bloggera” me ha hecho recordar, es que disfruté de un agradable día de playa, sin tener conciencia entonces de que lo visto y disfrutado se me iba a escapar de la mente, como viajero insatisfecho.
¡Una pena!.