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9 de abril de 2021

Atravesando fronteras


Ejemplo de transporte local

Musoma, en Tanzania, a orillas del lago Victoria, no daba para mucho más, aunque esta afirmación esté llena de las ganas que tenía de aterrizar a aquella otra parte de Tanzania donde el recorrido turístico tiene el mayor aliciente, al menos, para mucha gente. En el otro lado, la ciudad de Arusha era centro de expediciones al Serengueti y Ngorongoro. Se levantó sin prisas pues sabía que tomaría un transporte, el dala-dala, pasado el mediodía. Le daba pena abandonar aquel hotel que tenía cierto encanto y alguna que otra comodidad. No muchas. Pero con pena o sin ella, tenía que lanzarse con ánimo y valentía, enfrentarse a la realidad.
Después de comprar el billete en una de las casetas de venta y comprobar que su equipaje quedaba bien situado en el sucio maletero, el viajero insatisfecho se subió al autobús que le llevaría a la frontera y más allá. En el bus ya había un buen número de tanzanos o keniatas ¿quién sabe?, que esperaban su salida. El papeleo en la frontera fue sencillo, aunque le echó un cable el ayudante del conductor, y como su destino era de nuevo Tanzania, en la frontera keniata hicieron el control mínimo imprescindible. En la mayoría de los casos, fueron bastante más estrictos con los propios locales.
Poco después del cruce de fronteras, cayó la noche de un plumazo. Tuvo la suerte de que nadie se sentó a su lado en ese trayecto y pudo viajar relativamente cómodo, piernas estiradas, sin olor humano cerca y posibilidad de ejercitar el cambio de postura sin molestar a nadie. 
Pensó en su mochila grande, la pequeña la llevaba a su lado, que era todo su equipaje. La última vez que la había visto fue antes de cruzar la frontera cuando aquel servicial muchacho (por interés) se la trasladaba, del dala-dala al autobús. En la frontera vio examinando equipajes, sacando unos y metiendo otros en las tripas del bus, pero él -inconsciente- ni se acercó a controlar sus bultos. 
“¡Rezaré porque esté viajando conmigo!”.
En mala hora se acordó de la mochila. Pasados unos minutos, el autobús se detuvo. Desde el asiento que ocupaba, en la mitad del autobús, no llegaba a percibir nada, pero alguien cerca dijo ‘¡Police!’. Se despejó, sin más. Una vez caída la noche, con la tranquilidad reinante en el interior, salvo alguna charla lejana que no molestaba, su cuerpo cómodo se había relajado y estaba a punto de caer dormido. Pasaron unos segundos y el policía debía estar allí, oculto en una casucha situada al lado del control observando al autobús y a su conductor. Miró al que tenía al otro lado del pasillo que parecía decir “no conviene que muestres nerviosismo, debemos comportarnos como si nada, con total normalidad”. Escrutaba también por la ventanilla los alrededores, pero únicamente a la oscuridad negra alcanzaban sus ojos. Algún comentario en el interior se alzaba ante la desconcertante espera, aunque sólo hubieran sido unos segundos, quizás, minutos. Deseaba que apareciera el policía entre la oscuridad para salir de aquella incertidumbre. Como si hubiera leído sus pensamientos, un joven entró en el vehículo por la puerta delantera, algo alejada de donde se encontraba. Portaba un extraño medio fusil, o corto fusil, que parecía llevara incrustado al pecho. Con señas y miradas, quizás alguna palabra que desde donde estaba no oyó, fue ordenando y revisando la documentación del pasaje delantero. Era el único blanco que iba en aquel autobús de negros. Rebuscó en su mochila de mano para dar con el pasaporte, sabiendo que el policía iba a alcanzar su asiento en un corto espacio de tiempo. Con un gesto le solicitó la documentación. Le miró, ojeó el pasaporte y le preguntó por el destino. Le dijo, “Arusha”, en Tanzania. El joven militar siguió revisando al resto de los acompañantes de detrás con su pasaporte en su mano. Al volver hacia adelante, con una seña le indicó que le acompañara. Bajaron del bus. Debía mostrarle -dijo- el contenido de su equipaje, es decir, el revoltijo de calzoncillos y calcetines sucios, sus raídas camisetas malolientes, zapatillas arrugadas y todo el resto de innecesarios cachivaches que portaba al viajar. El ayudante del bus le ayudó a localizar su mochila entre todas las maletas y fardos en los bajos habitáculos. Una vez, localizada y colocada en el suelo, le ordenó sacar despacio su contenido. Otro policía que apareció a su lado, vestido con un sucio anorak deportivo, le pidió el pasaporte. Lo ojeó de nuevo, sin verlo, pues la oscuridad lo impedía y le alargó su mano libre abierta solicitando no supo qué. Puso 20 dólares que tenía en el bolsillo en ella. Como contrapartida le devolvió el pasaporte, le hizo cerrar la mochila, le ordenó subir al autobús y les dejó continuar el viaje en la oscuridad más oscura rumbo a Nairobi. Después, a la frontera tanzana y a Arusha. La ‘mordida’ se había consumado.
Se despertó en Nairobi cuando la tenue luz de aquellos focos le impactó en los ojos.

Copyright © By Blas F.Tomé 2021


17 de junio de 2016

Ciudad de Lamu, ciudad 'swahili'

Calle principal de la ciudad

Antes de pisar sus estrechas calles, el viajero insatisfecho ya había oído hablar de la ciudad de Lamu pero no había generado en su mente un dibujo parecido a la realidad y eso que había paseado por Old Town, en Nueva Delhi, y se imaginaba algo así. Nada que ver. Las calles de Lamu, más bien el laberinto de Lamu, no tiene nada que ver con lo visto en otras ciudades. Sus angostas calles destilaban tranquilidad, tal vez la calle principal podía ser un poco más movida, pero no en exceso. El hecho de que no hubiera vehículos a motor, únicamente pequeños burros de carga, le daban un aire de reposo aunque este fuera un abigarrado reposo. Sin duda alguna, perderse por sus calles era una experiencia singular. Algunos viejos con sus tejidos topis observaban al mochilero, una mujer con su hiyab cubriendo su rosto se cruzaba en silencio, un borrico cargado de sacos de arroz adelantaba al caminante o una joven musulmana le observaba a lo lejos pero al cruzarse con ella apartaba su tímida mirada o, incluso, se introducía en su casa. Y eso que los habitantes de Lamu estaban acostumbrados a las visitas. La isla era atractiva para el turismo europeo, entonces minimizado por los efectos del terrorismo de Al Shabaab. El turismo no suele ser valiente con la violencia. Hasta cierto punto comprensible.

Calle de la ciudad

Y el leonés miraba a lo lejos la estrecha callejuela por la que avanzaba mientras ojeaba los canalillos de aguas que recorren como una auténtica red todo el entramado de calles y callejas. Un leve hedor a desagüe, a veces algo más fuerte, no le impedía admirar todos los recodos, las casas construidas con desechos de coral, las puertas 'swahili' talladas hasta extremos increíbles o los porches pintados de un amarillo mostaza que mantenían al fondo una moderna puerta de entrada a una vivienda local. La tranquilidad era absoluta. Solamente el viajero se despertaba de una especie de ensueño con el trote de algún pollino provocado por algún zagal con prisas o cuando las pisadas de algún viandante se dejaban escuchar con cierto eco. Todo lo demás era armonía, era ensimismamiento, era admiración por lo que se veía y se oía, o más bien, por lo que no se oía. Era, ya lo había dicho, reposo.
Lo más transitado, sin duda, era el paseo marítimo, el paseo que se abría a aquel mar, también tranquilo por el entramado de islas que amortiguaban su fuerza. Y allí, en un lado del paseo, se encontraba el único museo del mundo dedicado a los burros (The monkey sanctuary). Aquellos días, el museo/corralillo albergaba una decena de équidos, pequeños y, en apariencia, pacíficos que comían tranquilamente lo que un joven les había echado en el pesebre. Parecía que hubieran sido domesticados allí por los siglos.
Paseó y paseó al atardecer por sus calles, en un incansable paseo por un mundo ya casi olvidado, a punto de extinguirse.


Museo de los burros

Puerta tradicional 'swahili'

Copyright © By Blas F.Tomé 2016

6 de junio de 2016

Un rato en un poblado masai

El joven masai, ejerciendo de guía

Era una tarde gris, hacía un rato había dejado de llover pero los nubarrones negros africanos que solían presentarse de repente amenazaban con hacer una nueva aparición. El viajero insatisfecho paseaba solitario por los alrededores de su cutre resort de tiendas de campaña, bastante bien disimulado con el sotobosque de la zona, muy cerca de la entrada a la Reserva Nacional Masai Mara, cuando uno de los muchos jóvenes masai que por allí había le invitó a conocer su poblado y su casa, a cambio de una ridícula aportación monetaria. No suele pagar por sacar fotos o hacer labores de ridículo/turista ante las situaciones que se le presentan pero la amabilidad del joven, su simpatía y el aburrido paseo que estaba dando le animó a visitar un auténtico poblado masai, con sus cabañas de barro, sus techumbres casi planas de tierra que se veían como imposibilitadas de parar los frecuentes aguaceros pero por lo que parecía si lo hacían, y sus corrales de ganado, tanto vacuno como ovino.

Cercado para las ovejas

El joven masai ejercía de guía como si de un profesional se tratara: “esto son las viviendas (…), este es el cercado donde guardamos ovejas o cabras (…), este es un sombrero de piel de león que yo mismo he cazado (…), esta es mi casa donde vivo con mi mujer, mi hijo y mi padre viudo (….)”. Y efectivamente, así era, o así apreció este mochilero que era cuando entró en su interior. Un habitáculo oscuro, con una pequeña hoguera en el centro donde en ese momento se cocinaba una especie de potaje de verduras con alguna alubia (no entendió lo que el joven masai le dijo que contenía). La mujer sujetaba en brazos a su pequeño hijo y el padre charlaba en esos momentos, alrededor del fuego, con uno de sus vecinos y amigo. Después del saludo, el muchacho se extendió en explicaciones sobre los destalles que estaba viendo o intuyendo por la oscuridad reinante en el cuchitril. En varias estanterías, negras por el paso del tiempo y la humareda permanente y reinante, había algunos utensilios de cocina de plástico, aluminio o latón. Todo ello en un ambiente oscuro en el único aposento donde se cocinaba, se hablaba, se dormía y, en general, se vivía.

El joven masai, su padre y el amigo

La mujer y su hijo, dentro de la casa

Fue un rato en un poblado masai, un rato pisando barro, un rato de verdad de la zona, un rato de realidad africana que este viajero no piensa olvidar.

Copyright © By Blas F.Tomé 2016

10 de mayo de 2016

Mombasa

Fort Jesus

Mombasa era la segunda ciudad más grande de Kenia y el principal, y casi único, puerto importante del país. Su centro histórico se levantaba sobre una isla, en el centro de un gran estuario, comunicada con tierra firme por varios puentes y, en el sur, por continuos servicios de ferry. Para darse cuenta de ello era necesario rodearla por completo, cosa que no hizo, o visitar ‘Google Map’. El viajero insatisfecho se dio cuenta de ello, y no tiene reparos en reconocerlo, al navegar por este último en internet. Tenía un casco histórico relativamente cuidado, en especial el Fort Jesus, convertido en museo, que dominaba la bahía. La ‘lonely’ traía un plano del mejor recorrido a pie (City walk) para visitar lo más significativo. En esta ocasión, sin dudarlo, siguió lo que le marcaba. No estuvo nada mal el paseo, aunque ciertos puntos del recorrido la propia guía calificaba de solitarios y por ende peligrosos. Sirva de ejemplo el enclave donde estaba situado el pozo de agua Vasco de Gama. Cuando el mochilero se acercaba a él un grupo de zagales de dudosas pintas le miraron descaradamente y le adelantaron, aunque en ese momento un soldado, salido de no sabe dónde, se ofreció a acompañarle. Bajaron juntos las escaleras que llevaban al lugar y merodearon por allí, observados detenidamente por los ‘zagales de dudosas pintas’. Ya al lado del pozo, situado en un hueco de la muralla, otro joven que hacía la colada le invitaba con insistencia a que tomara fotos. Toda esta visita estuvo envuelta por una atmósfera gris, cargada y sospechosa que gracias al soldado-amigo pudo finalizar sin problemas. 
Fuera de la isla, fuera ya del casco histórico, se encontraban las cercanas y extensas barriadas de chabolas y, más lejos, a varios kilómetros, las playas, famosas para cierto turismo internacional.

Pozo de Vasco de Gama

La mayoría de la población era musulmana y, de nuevo, tuvo ocasión de levantarse o, al menos, despertarse mosqueado con las llamadas del almuecín de la mezquita cercana, casi al lado de la guest-house que le servía de guarida nocturna.
No le disgustó al mochilero Mombasa. Mantenía cierto encanto de ciudad antigua, puerta del Índico, sin perder un obvio sabor colonial que incrementaba, en esta ocasión, el aroma africano del lugar.


Edificio colonial en el caso antiguo

Mapa de Mombasa, y situación


Copyright © By Blas F.Tomé 2016

30 de abril de 2016

La playa de Shela, Lamu

Playa de Shela

El día en Lamu era de lo más relajado y tranquilo. El hecho de que no hubiera carreteras ni vehículos a motor en la isla, sosegaba la mente del viajero insatisfecho, tranquilizaba el espíritu e imponía una rutina sin prisas ni agobios. Estuvo allí dos días, tres noches. Se levantaba con uno de los tostones parlantes que impone el muecín (hombre que desde el alminar de la mezquita convoca en voz alta a los fieles musulmanes para que acudan a la oración). Luego, desayunaba opíparamente en un restaurante cercano, semi-autoservicio y repleto de gente local que se ponía ‘hasta las cejas’ a esas tempranas horas, o no tan tempranas. Por pura inercia, el mochilero hacía lo mismo que ellos. Más tarde, bien alimentado, se acercaba al dique que estaba enfrente y esperaba a que algún caza-turistas le ofreciera una barca para ir donde en ese momento le llevaran. El primer día se fue a la cercana playa de Shela. Ya en ruta, la pequeña embarcación bordeaba la isla muy cercana a la costa donde se veía, a escasos metros, a la gente transitar por un largo paseo, a veces, pequeña senda. Ya en la playa, pudo comprobar el escaso turismo existente. Una inmensa playa de varios kilómetros de extensión lucía totalmente vacía, ni una sola toalla tendida sobre la arena, tan solo en el largo paseo se cruzó con dos turistas, en apariencia jubiladas, que iban detrás de un perro que brincaba sobre la orilla y ladraba de vez en cuando al sol. Dos jóvenes de la isla cargaban de arena las alforjas de unos obedientes y pacientes burros, único medio de transporte y carga de la isla. Les sacó varias fotos aunque ya les había hecho muchas en la ciudad. Bueno, es más, fueron los protagonistas fotográficos durante la estancia en la isla. ¡Ya quisiera Angelina Jolie haber sido tan fotografiada!.

Cargando de arena las alforjas

La playa de Shela estaba bordeada de unas bonitas dunas, protegidas por el Departamento de turismo keniata, aunque entre ellas ya había construido un palacete -de manera ilegal, seguro-  un personaje ‘oversea‘ (de ultramar). Simulaba, un fortín medieval y en aquellos momentos un obrero limpiaba la arena del acceso y acondicionaba las plantas del jardín. Se acercó y le preguntó quién era el propietario. Le dijo que era una persona oversea, alemán para más señas, que venía de vez en cuando.

Construcción en la playa

¡Turismo invasor y destructor de dunas de arena protegidas!.
¡Posiblemente, todo un acto de corrupción que conocemos bien de cerca en este país, muy a la altura de su tradición turística!.
Copyright © By Blas F.Tomé 2016

16 de abril de 2016

Llegada a la isla de Lamu

Muelle de la ciudad de Lamu
El autobús dejó a los pasajeros en Mokowe, en el dique donde partían los botes hacia la isla de Lamu. Serían aproximadamente las cinco de la tarde. El viajero insatisfecho estaba cansado después de once horas de autobús desde Mombasa, gran parte del trayecto por carreteras sin asfaltar o, en ciertos tramos, con una especie de recuerdo de asfalto que generaba profundos baches. Al bajar del autobús comenzó la pelea de jóvenes por captar al cansado mochilero hacia la lancha rápida o hacia el más lento y tradicional bote. Se decidió por este último, no porque fuera más barato sino porque las travesías o viajes siempre decide hacerlos con el pueblo llano, con la gente humilde. ¡Ya tendrá tiempo de gastarse los euros en otro tipo de necesidades básicas!.
La isla de Lamu se veía a unos cientos de metros del dique nada más, pero para llegar a la ciudad y su dique de acceso era necesario bordear sus aguas unos cuantos kilómetros, unos cinco. El bote, atiborrado de pasajeros, semejaba una de las muchas pateras que salen en televisión. En la lenta espera hasta que el bote se hubo llenado, los operarios cargaron todo tipo de bultos y repartieron los siempre necesarios chalecos salvavidas. Este leonés, único blanco entonces, acaparaba las miradas del resto, en especial, de niños, siempre curiosos, y jóvenes. Se entretuvo filmando la estática escena con su minúscula cámara y, posteriormente, ciertas partes del trayecto. Sentía la tranquilidad entre los pasajeros, eso sí, pudo apreciar ciertas miradas que no mostraban mucho aprecio al saberse observados por la cámara que, por cierto, iba disimulada en extremo. Aun así no pasó desapercibida. Pero nadie franqueó más allá de esas miradas o se mostró molesto y contrariado en exceso.
El bote bordeaba lentamente la isla con ese ruido cansino de su pequeño motor. Hasta que apareció la ciudad de Lamu, la costa permanecía solitaria, sin atisbo de vida humana. Fue aproximadamente media hora de trayecto en el que, si bien se sintió examinado, tampoco dejó de hacer lo suyo: observar. La isla de Lamu era de mayoría musulmán, y así se apreciaba en el pasaje que se dirigía a casa, en especial, a las mujeres con sus llamativos trajes y discretos hiyabs/velos, y también, como no, en algunos hombres pertrechados con sus urdidos topis.
Cuando arribaron a puerto, su mente ya iba predispuesta para comenzar la batalla de encontrar una ‘guarida’ donde pasar la noche. Fue muy fácil. La escasez de turistas en la zona había bajado los precios y acuciaba a los propietarios para salir en busca de posibles clientes. Rápidamente encontró uno que le ofreció una ‘guest-house’ apropiada a sus requerimientos y condiciones. Y para allá se fue.
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Trayecto en barco, recorrido por la ciudad y sus angostas callejuelas, y alrededores:



Copyright © By Blas F.Tomé 2016

25 de marzo de 2016

Sabana, vida, sabana

Familia de leones
Avestruz
Lleva varias entradas refiriéndose a las malas carreteras keniatas y, en verdad, no son peores que en otros países africanos, pero el devenir de las reflexiones sobre el viaje, como viajero insatisfecho, le han llevado por esos derroteros. Y no puede olvidar tampoco los últimos kilómetros (80 o 90), de los que no había dicho ni ‘mu’, hasta llegar al Masai Mara, donde se preguntó, incluso, si en época de lluvias aquel trayecto sería viable. Pero allí, sí estaría de acuerdo en no tocar un solo bache para evitar una más que previsible invasión turística. Apoyaría mantener su actual estatus.
La Reserva Nacional del Masai Mara era uno de los lugares que tenía en mente visitar, uno de los pocos parques naturales que su cerebro consideraba imprescindibles. No le decepcionó para nada y tuvo suerte, además, de encontrarse poco turismo o, al menos, relativamente poco. Sin duda si durante el recorrido se dejaba ver a lo lejos una familia de leones, los todoterrenos y furgones, con cuatro o cinco turistas en su interior, aparecían como piojos, pero era algo que entraba ya en sus planes, al menos, como algo previsible. Los conductores-guías se avisaban unos a otros de los principales avistamientos y comenzaba así, de aquella guisa, la carrera, los acelerones y conducción temeraria para poder llegar a tiempo y enseñar a “sus turistas” el botín. Era una guerra de intereses de la que todo el mundo salía aparentemente beneficiado: los visitantes porque cumplían su objetivo de avistar al animal y los conductores porque preveían que así aumentaría la propina al final. Pero la inmensidad de la sabana, paisaje por excelencia del Masai Mara, hacía que este mochilero crítico perdonase todo. Aquella sabana de película, infinita y verde, sostenía una suave brisa que por momentos se convertía en nubarrón para más tarde mudar en aguacero, era un maravilloso y evocador paisaje. Una mirada sin prisas convertía la mente del privilegiado que la disfrutaba en un esclavo de esa belleza natural, salvaje, sin tratar.

Jirafa
Hiena
Al subir una pequeña loma se veía un grupo de jirafas; al voltear aquel camino, un avestruz levantaba su largo cuello e iniciaba una tímida carrera; al llegar a aquel oculto arroyo, se oían los berridos de varios hipopótamos en plena pelea, y así, así, el tiempo pasaba en la sabana del Masai Mara.
Sabana, vida, sabana.
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Reposado recorrido por el Masai Mara, en vídeo:


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12 de marzo de 2016

Malindi, el pequeño nápoles africano

Dique y mar en Malindi

La visita del viajero insatisfecho a Malindi, en la costa keniata, fue algo casual. No estaba prevista. El viaje de ida de Mombasa al archipiélago de Lamu, mucho más al norte, en bus se le había hecho un poco largo, pesado, y de ahí que a la vuelta, se preguntase, ¿por qué no hacer una escala?. Y así hizo. Se detuvo en Malindi como ya hiciera, hacía más de 500 años por otro motivo, Vasco de Gama en su viaje a la India (1498).
La ciudad o, mejor, el área de Malindi era muy popular entre los italianos, o al menos los buscavidas callejeros para llamar la atención se dirigían en italiano como si pensaran que todo blanco que apareciera fuera de este país. En otros lugares keniatas los chicos locales interrogaban al mochilero en inglés. El bar-restaurante donde desayunó los dos días que estuvo por allí y donde se tomó alguna cerveza era italiano, y casi todos los turistas que se encontró por las calles hablaban italiano. Curioso, y aún no ha encontrado una coherente explicación. Tampoco la ha buscado, por cierto. ¿Será que este pueblo lo considera su pequeño nápoles africano?. El hecho es que fue uno de los lugares donde pudo ver más blancos paseando por las calles aledañas a la playa. Se hospedó en Lutheran Guest House que, como su nombre indica, era un centro religioso luterano, pero de las tres ‘guaridas’ visitadas, en su intento de encontrar algo decente y barato, ésta era la mejor y más limpia, y en zona tranquila. Nada comparable a Dagama’s Inn al que se accedía por un bar atiborrado de cervezas y botellas de alcohol pero también de suciedad. Muy descuidado. Parecía el lugar de reunión de maleantes nocturnos y pescadores aficionados al botellón, o botellín.
No disfrutó mucho de Malindi. Tampoco era su intención sacarle todo el jugo, más bien descansar. Recuerda el agua marrón de su extensa playa, por la desembocadura de uno de los ríos cercanos cargados de barro de la última tormenta en el interior; el largo dique que penetraba desafiante en el Océano Índico, y el poco cuidado pilar que erigió Vasco de Gama como recuerdo de su estancia en la ciudad que, en aquel entonces, no sería tal. 
¿A que van, entonces, los italianos por allí?. Ellos sabrán. Este leonés supone que aquella playa que él encontró marrón por las lluvias será el principal atractivo.

Mercado en Malindi

Copyright © By Blas F.Tomé 2016

1 de marzo de 2016

Kisumu y el lago Victoria

El lago Victoria, desde la terraza de la Sooper Guest House

Procedente de Kitale llegó a Kisumu, más al sur. Quería volver a navegar por el lago Victoria, pues lo recordaba de su anterior viaje a Tanzania (hacía ya varios años), y Kisumu era la ciudad keniata ideal para ello. Le daba miedo que la ciudad le defraudara porque supuestamente era muy bulliciosa, relativamente cerca de la frontera con Uganda. Pese a su tamaño y su ritmo de crecimiento, se le apareció una ciudad con sabor africano, sí, pero nada opresiva o atosigante, abierta a un inmenso lago muy degradado pero, en cierto sentido, sugerente. Ya en esta urbe ribereña, encontró un sitio ideal y barato para dormir -le apetece publicitarlo por si alguien se acerca por allí (Sooper Guest House)- y un rincón muy tranquilo para cenar después de las habituales caminatas por los alrededores, el Green Garden Restaurant, a la vuelta de la esquina de la guesthouse, unos cincuenta metros. Ambas plazas las recomendaba la ‘lonelyplanet’ y el viajero insatisfecho reconoce que en esta ocasión no tuvo queja. Excelente comida y nada cara. Excelente local, tranquilo y de ambiente relajante, con música suave y posibilidades de wifi. Cómodas sillas y paredes decoradas con murales tribales, escenas de animales salvajes. Cuando el largo día de ajetreada vida caía sobre las espaldas del mochilero era muy gratificante encontrar un sitio tranquilo donde la cerveza fría, Tusker, cumplía su verdadera misión rehabilitadora. Encontró el restaurante el primer día, y el segundo, después de navegar por el lago Victoria -lo atravesó en un ferry desde Mbita a Luanda Kotieno (2 horas y media)- volvió a repetir.
El personal que atendía tanto la Sooper Guest House como el Green Garden Restaurant eran amables, simpáticos y predispuestos a ayudar. ¿Qué más se puede pedir?. Ambos estaban ubicados muy cerca del lago, al final de la calle, donde se llegaba después de un corto paseo de bajada. A sus orillas, más de una docena de restaurantes ofrecían tilapia, pescado de referencia en los lagos africanos, a locales y extraños. En aquel momento, el único blanco extraño era el mochilero leonés. Tomó una cerveza y dejó la tilapia, no le seducía entonces, para otro día. Mirando el infinito horizonte de aguas del lago, vio caer el día con cierta parsimonia.
Restaurantes a la orilla del lago Victoria

Otra ciudad ribereña del lago era Mbita, por ella paseó y desde ella partió para navegar unas horas el lago Victoria.
Este vídeo recoge la tranquilidad del paseo:




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19 de febrero de 2016

Unos kilómetros de recorrido hasta avistar el lago Turkana (VÍDEO)

Era la primera vez que grababa un vídeo en uno de sus viajes y tenía puesta mucha ilusión. Por ello, en la primera ocasión que se le presentó, se puso de inmediato. El viaje en moto era ideal para probar esa nueva experiencia. Fijó la cámara al guardabarros delantero o, mejor, se fijó ella misma pues posee un potente imán, la conectó, y el motero, puesto en antecedentes, se lanzó entre baches hacia el lago Turkana.
El viajero insatisfecho advierte que fue un recorrido monótono aunque, acompañado como está por una preciosa música, se convierte en algo relajante y, quizás, de vicio.
Esto fue lo que recogió la 'CUBE', un sencillo aparato:




Copyright © By Blas F.Tomé 2016

9 de febrero de 2016

El lago Turkana no era un lago más

Momento de la llegada al lago Turkana

¿Por qué tenía ganas de visitar el lago Turkana?. Porque es un lago mítico en la secuencia exploratoria africana. Sabía que no tendría ante sus ojos grandes paisajes, todo lo contrario, pero la mente viajera a veces va por veredas que nada tienen que ver con la búsqueda de un sorprendente espectáculo natural. El trayecto desde Nairobi hasta Lodwar, capital de aquella región Turkana, era largo, complicado e, incluso, incómodo. Los kilómetros y kilómetros que era necesario recorrer se convertían, por momentos, en un verdadero suplicio. Las condiciones del asfalto no eran nada buenas y durante muchos kilómetros, donde el abandono estatal era más que evidente, este asfalto había desaparecido. Perfecto, o casi, el primer tramo hasta Kitale, una simpática ciudad tranquila aunque nadie piense que carecía del bullicio africano. Desde allí un autobús se lanzaba hacia Lodwar como si fuera una batidora ambulante. Gran parte de la carretera malísima. El paisaje iba poco a poco pasando a semidesierto, salpicado de aquellos arbustos llenos de espinas como de acacias malcriadas. Llegado un momento, apareció la noche y casi se agradeció. El polvo y la arena se adueñaban del camino, y al llegar a Lodwar a medianoche, el polvo estático en el aire asfixiaba los pulmones.


Mujeres 'turkanas' sentadas a la orilla del camino

Desde esta ciudad hasta el pueblo Kalokol, ribereño del lago, fue necesario que el mochilero alquilara una moto. El servicio regular de ‘matatus’ estaba sujeto a la usual arbitrariedad africana, y no era muy fiable. Eran 60 o 70 kilómetros por una carretera, ya sin asfalto, repleta de baches que el motero trataba de superar con un poco de paciencia y un mucho de pericia. Fueron más de dos horas de trayecto donde se cruzaron con rebaños de camellos, y camellos solitarios, con rebaños de cabras, y cabras esquivas que balaban como desesperadas al paisaje de arena y espinas que todo lo rodeaba. Pero, sobre todo, se cruzaron con varios poblados ‘turkanas’, humildes, rodeados de la nada, sin agua, sin comida, o algo que se pareciera, sin un utensilio en el interior de sus humildes chozas. Cabañas que desprendían pobreza y miseria. Se acercó a una de ellas y vio muy cerca el vacío, la nada y la más absoluta penuria. “Es como quieren vivir”, le dijo el guía-motero. No le creyó.


Cabaña 'turkana'

La ruta continuaba monótona, con aquel sol silencioso y dañino para la blanca piel del viajero insatisfecho. Nuevos rebaños de cabras, un joven ‘turkana’ en bicicleta se aproximaba de frente por la carretera llena de socavones y varias mujeres ‘turkanas’ sentadas aparecían a la orilla del camino, bajo un árbol semiseco saturado de espinas.
Atravesaron, sin detenerse, a su ritmo motero el pueblo de Kalokol y continuaron dos o tres kilómetros más hasta la misma orilla del lago. Ningún paisaje especial a la vista, pero un grito atronador de alegría descolocó a aquellas mujeres ‘turkanas’ que, apoyadas en un pequeño bote pesquero, charlaban en la orilla. El sueño de ver el lago Turkana, cumplido. Es el mayor lago permanente, en entorno desértico, del mundo. Según algunas informaciones, en peligro por el control en el suministro de aguas del río Omo que lo alimenta.
Tocó sus aguas, entre restos de pequeños peces muertos, y respiró fuerte su calurosa y reposada brisa. El sol se mostraba, en aquel momento, en todo su esplendor y picaba al mochilero.
Se fueron de vuelta al pueblo de Kalokol a vivir, de nuevo, un poco el bullicio africano.

Paisaje y camellos pastando


Copyright © By Blas F.Tomé 2016

28 de enero de 2016

¿Hasta dónde llegará la humillación?


Los “vende-safaris-y-tours” que abordaban por la calle, en Nairobi (Kenya), ya le desaconsejaban visitar el lago Turkana y viajar por carretera al archipiélago de Lamu, precisamente las cosas que tenía previsto hacer. Pero ellos lo hacían por su interés, mantener a los forasteros en su zona de influencia y negocio: Parques Nacionales. Parte de la carretera de subida al norte, a Lodwar, cerca del lago Turkana, era un camino lleno de baches. Muchos kilómetros de saltos y sentirse como en una batidora. Entonces, no pensaba que el trayecto a Lamu fuera similar. Lamu es una de las zonas más turísticas de Kenia pero, más tarde, se daría cuenta de que el turismo de alta graduación llegaba al archipiélago por avión. Muchos de los kilómetros de carretera eran un suplicio; contaba además con el añadido de los controles militares o policiales rutinarios, o no tanto. Tres controles muy exhaustivos, además de los otros, con registro de equipaje y pasaporte, sufrió durante el trayecto de ida, y otros tantos en el de vuelta.
La zona era caliente sin que este mochilero entendiera el por qué, o sí. Tal vez por la cercanía de Somalia y el peligro del Al Shabaab somalí, grupo extremista vinculado a Al Qaeda.  El más exhaustivo de los controles fue en la localidad de Garsen, precisamente en el cruce de la carretera que lleva a Somalia, y la otra que lleva a Lamu. Allí los autobuses que hacían el mismo trayecto Mombasa/Lamu de las diferentes compañías, llegaban casi agrupados, en caravana, exigencia de los controles militares. De Mombasa llegaron unos 6 o 7 autobuses, y varios matatus. Todos ellos sufrieron el correspondiente control-examen. De todos los congregados allí, el único blanco era el viajero insatisfecho. El cruce estaba lleno de mujeres que vendían frutas, mazorcas de maíz, cocidas o tostadas, leche de cabra en botellas de plástico de agua, recicladas, bolsitas de anacardos y otros productos zonales. Se entretuvo fotografiando durante ese periodo de espera y descanso a mujeres, autobuses y ambiente en general (seis o siete fotos, nada más). Mientras fotografiaba la trasera de un peculiar bus, uno de los que cruzaban por allí le advirtió del peligro de hacerlo porque no estaba permitido por los militares.
No tardaron mucho en presentarse (tras un muy posible chivatazo). Dos de ellos le pidieron se acercase con un ligero movimiento de índice, gesto de por sí ya un poco soberbio. Con actitud chulesca le fueron diciendo que si llevaba cámara y que si había estado haciendo fotos....
- Si, he hecho unas fotos a varias personas y a los autobuses que me parecieron curiosos. Vengo de Nairobi y del lago Turkana y nadie me ha puesto ningún problema.
Según le llevaban ante su superior, los policías le pidieron la cámara que, inmediatamente, entregaron a su jefe. Quería ver las fotos. Como estaba sentado en un tronco, se sentó al lado para mostrarle el funcionamiento de su utilitaria cámara. Unos de los policías (o militares, no sabe) de un empujón le levantó del sitio donde estaba (no debía estar a la altura de su superior, supuso), y el otro le conminó a que se sentara en el suelo. Con una quieta y silenciosa mirada el mochilero le dijo: ¿No te estarás pasando?, pero o no entendió o no quiso entender la mirada, e insistió en que se sentara en el suelo. Se masticaba el poderío del uniforme, la chulería de vestirlo y la soberbia de llevar un fusil apuntando al suelo.
Al final se acuclilló, mientras pensaba “¿hasta dónde llegará la humillación a que me someterán?". En las fotos no aparecía uniforme alguno, nada peligrosas y totalmente inofensivas. Le devolvieron la cámara y el pasaporte, que habían revisado detenidamente y, como despedida, le dijeron si era ‘support’ del Real Madrid o del Barcelona. “Del Real Madrid”, contestó.
- Ah, Ronaldo!, dijo uno de ellos.
Estas fueron algunas de las “peligrosas” fotos que hizo en el lugar:





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17 de enero de 2016

Aquella 'guest house' cercana al lago Turkana

Una calle cualquiera de Lodwar. En primer plano, un hombre turkana

Como previsiblemente llegaría muy entrada la noche a Lodwar (ciudad relativamente cerca del lago Turkana que pensaba visitar), después de traquetear con el autobús la desastrosa carretera, toda ella llena de baches y socavones, había pedido al joven y simpático conserje del hotel Alakara, en Kitale, donde se encontraba, que llamara para reservar una habitación en el Navoitorong Guest House, de Lodwar.  Y sí, el autobús llegó muy cerca de la medianoche a la ciudad de destino, base para tratar de llegar al día siguiente al lago Turkana. A modo de taxi, a esas altas horas, pidió a un motorista que le llevara al hotel previa negociación del precio.
Sin conocer la ciudad y sus 'intríngulis' era difícil no ponerse nervioso ante tantos minutos transcurridos desde la salida de la parada de bus y tantos cambios de sentido del joven (calle a la derecha, ahora calle a la izquierda, media vuelta en la rotonda, y así varios kilómetros). Se paraba y el motero observaba en la oscuridad varias direcciones, volvía a arrancar su moto y se mostraba dubitativo. Otro motero que aparecía de no sabe dónde se paraba en el camino y hablaba con él en su lengua turkana. No encontraba, o no conocía, el Navoitorong Guest House. La ciudad, a esas horas, sin apenas iluminación producía respeto si no miedo al viajero insatisfecho. Se masticaba el polvo que impedía ver con claridad la cerrada noche. A la mañana siguiente entendería el porqué de ese polvo: no llovía en la ciudad desde hacía muchos meses; una ciudad, por otra parte, en medio de un semi-desierto. Un hotel cercano, a unos cuarenta metros de la parada del bus (no hubiera hecho falta alquilar un motorista), le recibió a esas horas con los brazos abiertos. Al día siguiente, durante la visita al lago Turkana, a donde le acercó otro motorista, le contó en tono amigable la historia y le pidió que, al regreso, le acercara para conocer de una vez Navoitorong Guest House donde tenía una habitación reservada la noche anterior. Le aseguró que no estaba en el centro y que tendrían que ir las fueras de la ciudad. Ningún problema. Este leonés se sentía seguro, era de día y además el motorista era casi su amigo. La habitación era carísima (recordaba que cuando había reservado le habían dicho un precio razonable) y el local muy nuevo y con cierto lujo. Se tomaron una cerveza (el motorista fue invitado) y se largaron del hotel. Al salir, en el pequeño cartel de entrada ponía el nombre del hotel, y no era el Navoitorong Guest House. No dijo nada a su motorista y colega de aventuras en el lago Turkana. 
Siempre le quedará la duda: ¿existirá el Navoitorong Guest House o será un sueño de la guía Lonely Planet que lo sugería? . Y si existe, ¿por qué nadie quiso llevarle allí?. El recepcionista del hotel de Kitale habló y reservó  una habitación por una noche a un precio muy razonable ¿tendrá el Navoitorong Guest House algún maleficio?.
¡Cosas de África!

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5 de enero de 2016

Nairobi, destartalada urbe africana

 Monumento a los guerreros caídos en la defensa de los valores africanos, Kenyatta Ave.
Nairobi ¿Qué queréis que el viajero insatisfecho os diga sobre Nairobi?. Es difícil hablar sobre esta ciudad sin haber vivido en ella. Es complicado definirla por su variedad de vida, su destartalada ubicación, aunque tratará de dar una impresión menuda, poco fiable, falta de perspectiva a largo plazo, pero….. 
Nairobi es una mezcla de realidades mezcladas, con una gran amalgama, también, de riquezas culturales, fruto sobre todo de la diversidad étnica de este país. De hecho, además de las grandes comunidades de indios, somalíes o etíopes -y por qué no de congoleños y sudaneses (¡vete tú a saber!)- aquí se aprecia que residen (y eso que este mochilero no ha hecho nada más que raspar la realidad) kenianos originarios de los más de cuarenta grupos étnicos que cohabitan en este país, lo que se traduce en una variedad de manifestaciones culturales. Todo esto, mezclado con los ritmos y el estilo de la vida urbana, hace que Nairobi sea, desde su punto de vista, una verdadera coctelera del África contemporánea, donde lo tradicional se combina con lo moderno, lo occidental con lo africano, el masai se occidentaliza y el samburu se hace más keniano aún, pero así, así avanza hoy África, a su manera, sin perder la esencia, y con energía, tratando de integrarse en un mundo globalizado.
Camellos en el Uhuru Park, Nairobi
Paseó por sus masificadas calles pero se sintió solo, acompañado nada más, de vez en cuando, por los cuatro ‘incordiones’ vendedores de no sabe qué ‘tours’ para visitar parques nacionales, tan lejos de la idea de este leonés a la hora de plantearse este viaje. Sin duda, pateará alguno pero antes tiene que imbricarse en la realidad keniata/africana, sufrir sus inconveniencias, viajar en ‘matatus’ (ya ha empezado), dejarse apretujar en ellos y sufrir sus incomodidades. Nada tiene que ver con un masoquismo viajero, por favor, tiene que ver con la cruda realidad. Para ser el primer día de visita se encontró con el Maasai Market, de lo más 'turistón' de Nairobi.
Luego, en los paseos sin rumbo, poco más. Pocas anécdotas que contar.

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