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16 de febrero de 2025

Llegada a Madagascar: Antananarivo

Calle, frente al hotel, a la llegada

Dos o tres días antes de la salida hacia Madagascar se dio cuenta de que viajaría al país en época de lluvias. Antes, ni se había preocupado del tema.

Llegó a Antananarivo, capital del país, en un taxi procedente del aeropuerto. Cuando se encontraba ya cerca del hotel (Le Relais Normand) comenzaba a llover con fuerza. Saltó del taxi a la acera, una alta acera, y entró en el hotel. “¡Vaya! —pensó— comienzo bien”. Luego, con el paso de los días se daría cuenta de que no era para tanto. A lo largo de los trayectos malgaches llovió —sí, llovió en ocasiones— pero algo normal. Sufrió un tifón (muy cacareado en internet) en una de las ciudades norteñas, pero no fue para tanto. El viaje en este sentido transcurrió con cierta normalidad.

Esa tarde, porque era ya por la tarde cuando pisó Madagascar, no salió del hotel nada más que a dar una pequeña vuelta por los alrededores más cercanos: un breve recorrido de inspección, siempre necesario para ubicarse en el lugar. Al día siguiente, comenzaría oficialmente sus paseos por esta “descerebrada” urbe de más de millón y medio de habitantes. Ubicada, en parte, en laderas de pequeñas montañas y en sus valles correspondientes, tenía unas calles pendientes (sobre todo, la parte vieja), otras llanas, para patear sin descanso durante varios días. No estaría nada más que dos, antes de emprender la ruta por el país, pero volvería a ella en varias ocasiones. Como centro del país que era, de Tana (así llamaban a la capital en el país) partían las carreteras hacía todos los puntos cardinales y era necesario volver a ella: después de viajar por el sur e ir hacia el este, y de regreso del este para ir hacia el norte. Pisó Tana en tres ocasiones.


Antananarivo, desde una de las colinas

El segundo día visitó uno de los sitios ineludibles: el palacio de la Reina, o Rova, en la parte más alta de la ciudad, con unas vistas espectaculares (incluida una panorámica del lago Anosy, lago artificial en forma de corazón, con el monumento central a los caídos en la Primera Guerra Mundial). En su anterior visita al país, este viajero insatisfecho, ya había conocido el Rova, pero entonces, recién incendiado, estaba en malas condiciones, ahora, ya restaurado, ofrecía otro aspecto más bello, o más turístico. Durante la subida, la vida cotidiana de sus gentes se mostraba al visitante: tiendas o tienduchas que vendían de todo; personas en las aceras ofreciendo sus productos; mujeres lavando la ropa; niños corriendo y jugando,… En resumen, vida malgache. Las casas y edificios de las laderas, con sus rojos y oxidados tejados, y su estética, daban información sobre la dominación colonial, sobre la arquitectura francesa heredada después de muchos años de influencia y arraigo.


Palacio de la Reina, o Rova

A la bajada, recorrió el mercado de Zoma (ubicado al final de la Avenida de la Independencia, en el centro), con sus característicos parasoles blancos, donde el bullicio y la aglomeración de gente producía cierto impacto. 

Se encontraba absolutamente de todo, desde ropa a verduras, legumbres, artículos de costura, productos de limpieza, pintura, mercancías de ferretería, y las habituales “baratijas de chinos”. Paseó por la ciudad, donde los cambistas de dinero, los vendedores de artilugios y los mendigos abordaban al mochilero. “No, no y no”, era su recurso ante tanta insistencia.

Escaleras, bajando al mercado Zoma

Por la tarde, con la intención de reservar el billete para la salida de la ciudad (según le dijeron, era necesaria esta reserva), se acercaría a una de las estaciones de minibuses: bulliciosa, con un ambiente africano a raudales).
Al siguiente día, abandonaría la capital, rumbo hacía otras latitudes.

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23 de septiembre de 2013

"Las cumbres del Nilo"

Josep A. Pujante relata en ‘Las cumbres del Nilo’ la expedición que compartió con sus amigos Agustí y Marcos a través de las impenetrables y brumosas junglas del corazón del África profunda, entre Congo y Uganda, donde se alza el Ruwenzori, las famosas Montañas de la Luna.
La misión no fue sencilla. Los inconvenientes o contratiempos surgían a cada paso aunque, al final, consiguieron coronar juntos la cima de nieves perpetuas que dan origen al Nilo Blanco.
Cuatro años después de alcanzar esta cumbre, cuando planeaban una expedición al sagrado monte Gishe, cercano al nacimiento del Nilo Azul, en Etiopía, Agustí murió en un trágico accidente de escalada en el Pedraforca. Guiado por la emoción, Josep viajó solo a África cuatro meses más tarde y alcanzó la cima del Gishe, donde debían reposar, al menos en parte, las cenizas de su amigo. Aquí, en la segunda ascensión, peligró hasta su integridad física:
Si alguno de aquellos cantos nos hubiera impactado en la cara o en cualquier parte de la cabeza, hubiéramos tenido que lamentar un grave accidente de imprevisibles consecuencias, allí en medio, lejos de cualquier hospital […]. Debe ser complicado acertar; sin embargo, aquellos pastores manejaban con destreza y pericia admirable lo que para ellos debía ser un instrumento cotidiano [la honda].
El viajero insatisfecho recomienda una (h)ojeada a estas páginas, en la seguridad de que el intento por entrar en ese mundo de cumbres, aventuras y expediciones no será vano. El relato conseguirá captar, seguro, la atención del cualquier entusiasta trotamundos.
El libro araña y hace estremecer a los lectores aventureros, también a los que se conmuevan con antiguas historias de viajeros y exploradores, todo ello sazonado con ingredientes de un sincero sentimiento de amistad, una de las más ardientes virtudes del ser humano. Javier Reverte, autor del prólogo, dice que “el homenaje a la amistad es siempre el mejor espejo donde se mira la nobleza del alma”.
¡Nunca mejor dicho, maestro!.
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