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7 de junio de 2024

Hacia el Sani Pass


Mapa de Lesoto (última parte del recorrido, la ruta en blanco)

Lesoto -antiguo protectorado de Basutolandia- era un país de gran altura y un bonito paisaje montañoso. Excepto algún lugar puntual y concreto, lo mejor estaba en el camino, en la ruta, por eso creyó que circular por las carreteras de un lado a otro era una opción más que interesante para conocer el país. Desde Semonkong, donde se encontraba, hasta Sani Pass para, a través de éste, entrar otra vez a Sudáfrica, era una larga ruta. Pensaba hacerla por etapas utilizando, como siempre el transporte local: el viajero insatisfecho no tenía otra opción viajando como viaja. Haría el siguiente trayecto: Semonkong—Maseru (ya lo conocía)—Butha-Buthe—Mokhotlong—Sani Pass. Todo este recorrido le llevaría tres o cuatro días.

¡Adelante!


Jóvenes pastores


Rebaños de ovejas

La primera etapa, con cambio de minibús en Maseru, salió según lo previsto. Se trataba de alcanzar la población de Butha-Buthe, y dormir allí. Lo logró sin problemas. Atravesó grandes montañas y extensas llanuras también elevadas; pequeños pueblos con algunas de sus casas basuto (paredes circulares de piedra y techo de hierba); campos cultivados y paisajes de laderas con hierba y pasto. No muchos árboles, más bien escasos. En esta parte, estaba haciendo el recorrido menos atractivo del plan previsto.

En Butha-Buthe tardó encontrar una guesthouse que se adaptase a su presupuesto. Todas eran bastante nuevas, con un servicio de B&B (cama y desayuno); ocupadas por ejecutivos y viajeros pudientes, y realmente bien cuidadas. Pero caras. Moroeroe Guesthouse estaba completa: un grupo de estos ejecutivos de la capital habían ocupado la mayoría de las pocas habitaciones. Otra, que estaba relativamente cerca, “se subía a la parra” con el precio. Echó el alto a un taxi-colectivo que pasaba por allí y se acercó a otra más céntrica, pero que estaba en lo alto de una cuesta, con una gran pendiente de subida. Se cansó de buscar, y allí se quedó. La joven recepcionista, además, se portó maravillosamente: le lavó la ropa, le informó sobre los hotelitos en Mokhotlong, próxima meta de etapa, y le regaló unos melocotones (pequeños, pero sabrosos) recogidos por ella (había muchos por los alrededores y, en general, en todo Lesoto). Los pequeños melocotonares y las casas circulares basuto eran un paisaje habitual en los pueblos que cruzaban. Butha-Buthe tenía pocos atractivos, por lo que decidió abandonarla al día siguiente.


Poblado al lado de la mina de diamante

El trayecto a Mokhotlong lo encontró muy interesante. Ocupaba el asiento del copiloto en el minibús y podía disfrutar de todo el paisaje nuevo y revelador. Después de unos kilómetros, encontraron un bello y empinado puerto de montaña, que tardaron más de una hora en ascender: el camión de grandes dimensiones que precedía al minibús —transportaba una gran máquina de derrumbes— se veía obligado a hacer peligrosas maniobras en las curvas en pendiente. Pero era un bello paisaje montañoso lo que pudo disfrutar en las múltiples paradas. Arriba del puerto, más llanuras de hierba y rocas, matojos y, por la altura, diminutos matorrales. En esas extensiones pastaban pequeños rebaños de, también, pequeñas ovejas con cuernos: típicas de aquella región. De trecho en trecho, grupos de jóvenes pastores basuto, enfundados en sus mantas y pasamontañas, vigilaban los rebaños. A un lado dejaron AfriSky, la estación de esquí de Lesoto. El complejo operaba como un pueblo de esquí al estilo europeo y proporcionaba todo lo que lo necesario para unas vacaciones de esquí: el alojamiento, material de esquí, forfaits de nieve, escuela de esquí o comida, aunque en aquel momento estaba desierto. Imprescindible, la nieve, y no era la época. Cruzaron por el lateral de la mina de diamantes Letseng (le hubiera gustado visitarla), con un poblado de humildes casas al otro lado de la carretera, casas de explotados trabajadores —supuso—, y llegaron a Mokhotlong bien avanzada la tarde. En esta población, situada en un amplísimo valle rodeado de montañas, se quejaban también de la falta de lluvias, del cambio climático y de unos alrededores muy secos y, así, poco atractivos.

Un día más en estos bellos parajes.


Descendiendo por el Sani Pass

Una buena carretera, recientemente asfaltada, rompía la llanura y las laderas, al alejarse de esta pequeña ciudad. Por los alrededores se veían rebaños de ovejas que limaban el verde pasto, a trozos sombreado por las nubes. La ruta llevaba al Sani Pass. Allí, en lo alto, se hacían los trámites de salida del país. La frontera de Sudáfrica se encontraba después de descender el Sani Pass. Todo el zigzagueante y peligroso descenso se hacía por un camino de tierra y pedruscos, apto para 4x4 y muy complicado para el minibús en el que iban. Lentamente, rodando despacio el vehículo iba dejando atrás curvas y curvas, unas de giro a la derecha y otras a la izquierda. Bellas montañas arropaban a los pasajeros a ambos lados del peligroso paso y verdes laderas confluían formando el valle.

Un bonito espectáculo natural.


Sani Pass

Copyright © By Blas F.Tomé 2024

28 de abril de 2024

Las cataratas de Maletsunyane / Lesoto


Locales 'basothos', en sus caballos

Descendió del minibús que le traía de Maseru (capital de Lesoto) en Semonkong, una pequeña población de no más de seis mil habitantes. La brisa fresca se unía al poco calor reinante, generado por un apacible sol en este asentamiento, que estaba a una altura de unos 2.200 m.s.n.m. Eran aproximadamente las 10 de la mañana. Lo primero que hizo fue buscar un lugar dónde dejar la mochila grande y pasar la noche siguiente —traía una dirección, encontrada por internet, Bonnini Homestay—. Y lo encontró, con la ayuda de una amable joven semonkongesa (?). Lo regentaba otra simpática joven de sincera sonrisa y de sugerencias y consejos desinteresados. Le ayudó en la breve estancia y le hizo una exquisita cena, con cordero y verduras. Se movía ella de un lado a otro siempre con su especial mokorotlo sobre la cabeza: un sombrero cónico trenzado con paja o un tipo de hierba local y rematado en la punta con un diseño intrincado. El edificio del homestay había sido construido no hacía muchos años y ofrecía unos servicios mínimos. No tenía ducha ni lavabos (se utilizaba el sistema de “cubo y cazo” para la higiene corporal) y el wáter, bastante alejado, era en modo compost.

Pastor, en su montura

¡No pasaba nada!

Una jornada de turismo sostenible.

La llegada a esta población era con el fin de visitar las cataratas de Maletsunyane, y a ese propósito se encomendó nada más dejar la mochila grande en la habitación. Pero el trayecto al salto de agua era largo. Se atravesaba la población, después se cruzaba un arroyo, en cuya orilla estaba Semonkong Lodge, el más prestigioso alojamiento de la población, y luego se iniciaba, por unas estrechas sendas para caballerías y ganado, la ascensión a las montañas que rodeaban la zona. Por una de estas veredas, de subidas y bajadas, circulaba el viajero insatisfecho en la búsqueda de las cataratas. Respiraba un aire extremadamente puro y lo notaban sus fosas nasales. Desde el primer momento, se daba cuenta de la gran altitud, a la que normalmente no estaba acostumbrado a vivir: hacía algo más de brisa fresca de lo normal y al mirar alrededor veía montañas imponentes, algunas más bajas que el punto de observación. Otras, más altas.


Gran barranco

Desde una de las partes más altas del trayecto, divisaba todas aquellas montañas de suaves picos y verdes laderas y algunos rebaños de ovejas pequeñas en tamaño, que eran la raza de Lesoto. De ellas extraían la lana con la que se hacían las numerosas mantas que los locales llevaban habitualmente por aquellas latitudes. A veces, de coloridos variopintos; otras, no tanto. Se cruzó con cantidad de pastores y labriegos montados todos ellos en sus apuestos caballos y enfundados en las austeras mantas de lana. También, con sus pasamontañas calados.

Amables, y alguno de ellos sonriente, saludaban al mochilero con simpatía.

Y llegó, después de dos horas de caminata, a las cataratas Maletsunyane. Un gran barranco se divisaba antes de llegar al salto. Éste se formaba al caer el agua de uno de los arroyos al gran despeñadero.

¡Espectacular!


Cataratas de Maletsunyane, Semonkong

Se veía alejado, pero imponía.

Con poca agua, pero aun así de gran belleza.

Se sentó en una de las rocas y dejó pasar los minutos. En silencio. Esperando oír al agua golpear el fondo, pero, no. Era silencio sobre el silencio reinante. Era la paz absoluta, enmarañada entre los picos, valles y laderas.

(Las fotografías completan más la información descrita).

VÍDEO


Copyright © By Blas F.Tomé 2024 

17 de abril de 2024

Lesoto, un nuevo país


Cocodrilo, monumento en el centro de Maseru

Entraba en Lesoto por la frontera de Maseru Bridge, una de las más habituales y concurridas. Venía de Bloemfontein, una insulsa ciudad sudafricana (capital de la provincia del Estado Libre de Orange), donde había llegado el avión de Ciudad del Cabo. Tomó este medio de transporte porque la distancia entre estas dos ciudades, en autobús, le hubiera llevado unas 24 horas. Excesivo tiempo perdido y demasiado cansancio para iniciar este periplo sudafricano. 
No se arrepintió. 
Atravesó el río que separaba ambas fronteras (sudafricana y lesotense) y, sin más, se encontraba a las afueras de Maseru, capital de Lesoto. Encontró un alojamiento, una guesthouse, que consideró cara para un país como éste, pero allí arribó después de visitar varias y todas ellas de presupuesto elevado. Eso sí, estaban super limpias y ofrecían unos servicios muy cualificados (B&B).

Maseru tenía varios mall (comerciales), un aspecto de cierta prosperidad, pocos atractivos turísticos y era una deslavazada ciudad, con subidas y bajadas por los diferentes cerros que la rodeaban. Intentó visitar el Royal Palace, pero eran necesarios una serie de permisos: la burocracia le desanimó. Ante este panorama, se lanzó a conocer Thaba Bosiu, a unos 30 kilómetros de la capital (el libro-guía lo proponía, y un barato taxi, la solución), en el corazón histórico y espiritual del reino Sotho, pero resultó ser algo tan artificial, que más bien hubiera debido visitar por la noche, donde las actuaciones folclóricas (incluso picantes, según alguna información recibida) eran lo más reseñable.


Escenario, en Thaba Bosiu

Al regresar a Maseru, ya de noche, se desorientó y, sin dirección de su hospedaje, se dedicó con el taxista a tratar de localizar la guesthouse, sin conocer siquiera su nombre. Menos mal que, después de multitud de llamadas (tenía el teléfono en el llavero de la habitación), se dignaron en contestar, si no la noche la hubiera sido diferente. Aquí no terminaba esta lamentable aventura: cuando el taxista se fue, se dio cuenta de que había olvidado la cartera en el coche, donde llevaba el pasaporte y un buen monto de dinero.

Debería levantar el vaso y brindar por aquel taxista y su amigo acompañante, que decidieron regresar —animados por la llamada telefónica de la dueña de la pensión— con los objetos perdidos del viajero insatisfecho (pasaporte y dinero). Comprobó que tenía todo en regla, les dio las gracias más efusivas y les gratificó con un buen montón de lotis (moneda lesotense).

¡Que nadie critique a este pueblo de gente buena y honesta!

Durmió, con la mente reprobatoria hacia sí mismo por este tipo de olvidos (el primero en su larga vida viajera), y a la mañana siguiente abandonó la capital en dirección a Semonkong, a unas cuatro horas de trayecto.


Cerveza "Maluti", de Lesoto


Copyright © By Blas F.Tomé 2024