El guía turístico que
acompañaba a la pequeña expedición a Chichén Itzá era, según dijo él mismo, 80 por ciento maya. Bajo de estatura, con el pelo ligeramente rizado
(cualidad rara entre los mayas) y con una bonita voz (según ecos cercanos), vestía
un pantalón corto hasta la rodilla y se ocupaba del grupo con exquisita
educación y respeto. Con un cierto tono de broma, a veces, en sus
explicaciones, pretendía -cree que lo logró- hacer ameno el trayecto hasta las
ruinas mayas. De toda la información desplegada, y fue bastante, el viajero insatisfecho se quedó con lo
más anecdótico y curioso.
En la región sureste
de México, es decir, en Yucatán, donde floreció la
civilización maya, había un árbol llamado “chicozapote”, al que los mayas
solían hacer cortes en la corteza, en zigzag,
para que fluyera la savia y permitiera su recolección. Se colocaban unos
recipientes debajo para que ésta cayera dentro de ellos. A la savia de este
árbol se le sometía, a posteriori, a
un proceso de ebullición, filtrado y secado para convertirla, al fin, en goma
de mascar. Los mayas la usaban para limpiarse los dientes, inhibir el hambre o,
simplemente, como entretenimiento. Esta ha sido la manera de fabricar chicles
desde hace muchas décadas, si bien en la actualidad se hace también, de manera general, con una
base de plástico neutro llamado acetato
polivinílico.
Buena noticia para la
salud de estos singulares árboles.
La palabra ‘chicle’
proviene de la lengua maya que significa ‘boca’ (chi) y ‘movimiento’ (cle),
o sea, boca en movimiento.
[Del mismo modo que Chichén Itzá, significa ‘boca
(chi) del pozo (chén) de los
brujos del agua (itzá)’].
El árbol 'chicozapote'
Copyright © By Blas F.Tomé 2013
