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10 de abril de 2014

Los monjes coptos etíopes

-Monje etíope, en las calles de Bahar Dar-

Viajar por Etiopía era tener un permanente encuentro con los sacerdotes o monjes coptos que iban unidos a la antiquísima religión del país. Se ofrecían voluntariamente a ser fotografiados con un envidiable talante. Muchas veces extendían la mano, una manera de solicitar el correspondiente donativo; otras, hacían el gesto de la bendición con su cruz ortodoxa, y las más, se despreocupaban con una sonrisa. Y ahí, el enfrentamiento a estos personajes religiosos era muy diferente entre los etíopes y los extranjeros. Los primeros les guardaban un respeto rayano a la devoción, y a los segundos les parecían ideales para hacer una bonita y original, cada vez menos, instantánea.
¡Eran tantos y de tantos tipos!.
-Monje etíope, en Addis Abeba-

La comunidad religiosa entre los ortodoxos etíopes era muy complicada. Constaba de sacerdotes, dabtaras, monjes, monjas y diáconos. Unos se encargaban de la enseñanza religiosa y las funciones administrativas; otros habitaban en los innumerables monasterios. Unos, eran célibes y, otros, se podían casar. Podían ser elegidos obispos, o no.
Algunos, sospecha este mochilero, se vestían como tales y mantenían una espiritualidad muy pero que muy sui generis [primera fotografía].
Una complicación.
Por la calle, y a las puertas -y en el interior- de los monasterios rondaban como las abejas liban. Merodeaban por los templos en Addis Abeba, por los monasterios del Lago Tana, por las iglesias de Lalibela,... Eran simpáticos, poco tímidos y cargados de paciencia con los pesados extranjeros y viajeros.
No eran como los sadhus hindúes pero, a veces, al encontrarles mantenían ese aire de ascetismo que cuando uno se topaba con el siguiente se encargaba de desmoronar.
La mirada del viajero insatisfecho para con ellos siempre estuvo cargada de comprensión.
-Monje etíope, en los monasterios del Lago Tana-

-Monje etíope, en los monasterios del Lago Tana-

-Monje etíope, en las iglesias de Lalibela-


Copyright © By Blas F.Tomé 2014

23 de septiembre de 2013

"Las cumbres del Nilo"

Josep A. Pujante relata en ‘Las cumbres del Nilo’ la expedición que compartió con sus amigos Agustí y Marcos a través de las impenetrables y brumosas junglas del corazón del África profunda, entre Congo y Uganda, donde se alza el Ruwenzori, las famosas Montañas de la Luna.
La misión no fue sencilla. Los inconvenientes o contratiempos surgían a cada paso aunque, al final, consiguieron coronar juntos la cima de nieves perpetuas que dan origen al Nilo Blanco.
Cuatro años después de alcanzar esta cumbre, cuando planeaban una expedición al sagrado monte Gishe, cercano al nacimiento del Nilo Azul, en Etiopía, Agustí murió en un trágico accidente de escalada en el Pedraforca. Guiado por la emoción, Josep viajó solo a África cuatro meses más tarde y alcanzó la cima del Gishe, donde debían reposar, al menos en parte, las cenizas de su amigo. Aquí, en la segunda ascensión, peligró hasta su integridad física:
“Si alguno de aquellos cantos nos hubiera impactado en la cara o en cualquier parte de la cabeza, hubiéramos tenido que lamentar un grave accidente de imprevisibles consecuencias, allí en medio, lejos de cualquier hospital […]. Debe ser complicado acertar; sin embargo, aquellos pastores manejaban con destreza y pericia admirable lo que para ellos debía ser un instrumento cotidiano [la honda]”.
El viajero insatisfecho recomienda una (h)ojeada a estas páginas, en la seguridad de que el intento por entrar en ese mundo de cumbres, aventuras y expediciones no será vano. El relato conseguirá captar, seguro, la atención del cualquier entusiasta trotamundos.
El libro araña y hace estremecer a los lectores aventureros, también a los que se conmuevan con antiguas historias de viajeros y exploradores, todo ello sazonado con ingredientes de un sincero sentimiento de amistad, una de las más ardientes virtudes del ser humano. Javier Reverte, autor del prólogo, dice que “el homenaje a la amistad es siempre el mejor espejo donde se mira la nobleza del alma”.
¡Nunca mejor dicho, maestro!.
Copyright © By Blas F.Tomé 2013

3 de junio de 2012

Los monasterios del lago Tana


Mucha gente en España no conocerá, ni de oídas, los monasterios del lagoTana (Etiopía) y eso que eran/son parte de la historia del cristianismo; ortodoxo, pero cristianismo al fin y al cabo.
Los monasterios, situados a lo largo de toda la geografía del lago, eran realmente peculiares. Se repartían por sus orillas e islas allí enclavadas, a las que hoy día se podía llegar en barco si uno se dejaba engañar por alguno de los muchos taxistas/barqueros de Bahar Dar. Cuando las pequeñas embarcaciones de papiro navegaban como únicas disponibles, en no tan lejanas épocas, aquellas islas eran para muchos remotas e inaccesibles. Se creía -una de las primeras cosas que a este viajero insatisfecho le dijo el barquero- fueron escondite de muchos tesoros, puestos allí a buen recuado durante los difíciles años.
Ya en el recorrido por el lago, se veían varias de estas embarcaciones hechas de papiro, los tankwas (primera fotografía). No debía ser muy aconsejable (quizás, prohibido) alquilarlas pero al divisarlas en medio del lago su endeblez, cutrez y rústica apariencia incitaban a ello.
Impactaban.
Con la visión de los monasterios, en especial de los monjes, sentíase transportado a los tiempos de Pedro Páez, singular monje español de primeros del siglo XVII que apostó por evangelizar en la zona.
Algo vería el ‘joío’.
No piense el lector/blogger que los monasterios constituían un lugar idílico, más bien algo caótico pero de genuíno impacto visual. Hasta ciertas acciones en apariencia rutinarias de los monjes, se le antojaban a este mochilero, sorprendentes, no exentas de un tufillo de falsedad de ‘cara a la (turística) galería’. Sus edificios, casi todos ellos circulares -eso sí, en su interior la mayoría recargados de pinturas y ‘santitos de colorines’- desentonaban con sus remotos orígenes por los tejados cónicos de latón (material ‘cuasi-peste’ en África) que coronaban entonces la mayoría de ellos.
¡Ayyy, si Gebriel o Maryam [o el sursuncorda], levantaran la cabeza!.
Repondrían la tradicional cubierta de paja de ‘teff’.
Copyright © By Blas F.Tomé 2012

8 de abril de 2012

Algo muy distinto a las cataratas del Nilo Azul

Paco Nadal le avisaba con su peculiar estilo en uno de sus comentarios: “Si vas a las cataratas del Nilo Azul, pregunta a qué hora sueltan el agua, porque se te cae el alma a los pies cuando las ves secas por culpa de la presa hidroeléctrica”. ¡Gracias, Paco!, pero este mequetrefe había estado allí el día anterior. Tu sabia sugerencia llegaría unas horas tarde. Algo, no obstante, había oído ya el viajero insatisfecho pero las ganas de estar en el sitio habían silenciado aquellos ecos agoreros.
Aquel día, por la mañana temprano, se encaminó a la ‘Bus station’ de Bahar Dar, ciudad a orillas del lago Tana, y esperó con paciencia a que el autobús adquiriera tono africano, es decir, enlatado, atiborrado de gente local. En la paciente espera, un viejo indigente negro y barbudo se paseó de principio a fin por el autobús tosiendo y doblándose como voraz tuberculoso. Creyó lo fuera. Todo el pasaje, entre protestas e improperios, se tapó sus bocas y narices con pañuelos y brazos, mientras este mochilero se cubría con su mascarilla ‘Michael Jackson’.
Despues de más una hora de trayecto, Tis Isat (así se llamaba el poblado cercano a las cataratas) le recibió en medio de un bullicioso mercado. Espectacular gentío que se olvidaba del recién llegado turista/viajero y dedicaba su empeño a menesteres de subsistencia. Más de una hora de caminata le esperaba hasta divisar las cataratas del Nilo Azul en toda su amplitud.
¡Qué chocante veía a aquellas mujeres que se cruzaba con sus vestidos tribales portando enseres hacia el mercado de Tis Isat!.
No veía sufrimiento ni trabajo, veía vida.

Cuando ya en ruta cruzó el puente portugués (primera fotografía), que recordaba de fotografías atestado de agua pero encontró seco, los malos augurios, alertas y premoniciones comenzaron a adquirir visos de realidad. Antes de visualizar tamaña sorpresa, por otra parte esperada, tuvo tiempo de ver un simpático salto de agua (segunda fotografía); cruzar al lado de varias cabañas de labriegos con sus ‘tortas de excrementos vacunos/boñigas’ a la entrada; sufrir el sofocante calor en subidas y bajadas y respirar de vez en cuando pero con pasión el sano aire del lugar.
Luego, la decepción final. Un escasísimo chorro de agua saltaba al vacío formando pequeñas cabriolas de nada en particular.
¡Cómo se pensaba encontrar las cataratas (tercera fotografía) y cómo se las encontró (cuarta fotografía)!.


Su ilusión se hundió.
Su cerebro se vació.


Copyright © By Blas F.Tomé 2012

24 de febrero de 2012

Nacimiento del Nilo Azul / Etiopía


La imagen de aquel lejano hipopótamo recibiéndole al acercarse al nacimiento del Nilo Azul, quedará en la mente del viajero insatisfecho como una postal vivida. Sí, allí mismo, en uno de los rincones del lago Tana (Etiopía) se situaba su nacimiento, harto difícil de demostrar -aunque siempre fué necesario concretar y ubicar- pues cerca desembocaba algún arroyuelo llamado Gishen Abay River que, antes de aparecer por allí, correteó por lejanos valles y apartadas montañas.
¿No será, en sus fuentes, donde arranca el Nilo Azul?.
No importaba, para este mochilero nace/nacía en el misterioso mundo de aquel cabezón de hipopótamo que apareció y se sumergió al instante, aunque le dió tiempo a captarle con su cámara.
Hacía unos días, una amiga 'blogger' le recordaba que para Javier Reverte, periodista/escritor viajero, el lago Tana olía a flores. Y sí, olía a flores. Pero, también, al papiro que crecía en algunas partes de su orilla; olía a bondad de la naturaleza que colocó el lago en aquel lugar tan apartado pero necesario; olía a sus ribereños que se sentaban en masa al atardecer a inspirar la tranquilidad de sus aguas, ellas mismas perfumadas por el suave rocío devuelto por la ya pasada noche; olía a monjes mandones y algunos pasados guerreros; olía al brusco remar de los muchachos en sus pequeñas embarcaciones de papiro y, también, al verdor agradecido de sus orillas.
Se sentó un día al atardecer, imitando a los ribereños, y se entretuvo mirando las minúsculas olas que más tarde reflejarían algunas luces del cielo. Y luchando en esa terrible batalla con sus pensamientos, los fue dejando caer al, en aquellos momentos, pardo lago Tana.

Fotografia.- El papiro crece a las orillas del lago Tana.

Copyright © By Blas F.Tomé 2012