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1 de diciembre de 2013

El dinero les convierte en terrenales

-Círculo de espectadores-
Al viajero insatisfecho le extrañó un tanto que en aquella populosa celebración del vudú en Ouidah (Benín) no hubiera más público ‘blanco’. Hizo una pasada visual por el multitudinario círculo y no encontró ninguno. Precisamente era 12 de enero, un día después de la festividad del vudú más importante de todo África, más internacionalmente conocida y visitada, pero como segunda jornada festiva también lo era de celebraciones.
Considerado como la cuna del vudú, la ciudad costera de Ouidah atrae a seguidores de todo el país, así como de Togo y Nigeria, que asisten creyentes a las ceremonias religiosas.
El mochilero leonés tuvo ciertos problemas a la hora de hacer fotografías pues se pusiera donde se pusiera, alguien al lado le hablaba de la prohibición. Se cambió de ubicación varias veces y siempre le recordaban lo mismo. Nunca llegó a creer tal cosa, y menos en un lugar público, aunque bailaran allí los espíritus Egungun (?), bailarines enmascarados representando los espíritus ancestrales del clan de los yoruba que regresaban para poseer y ofrecer orientación.
-Espíritus Egungun, bailando-
Para ojos ignorantes y extraños era un baile multicolor. Resultaba difícil entender lo que estaba ocurriendo en el centro del círculo. Bailaban ufanos, aunque de vez en cuando descansaran junto a otros danzantes en su particular palco de honor. Los espíritus, mientras danzaban, eran acompañados en todo momento por un guía que especialmente actuaba cuando se acercaban al público. Con una vara, el terrenal-guía impedía que el espíritu danzante tocara con sus manos o ropas a las personas congregadas en el círculo.
Eso sí, uno de los espíritus Egungun (danzante enmascarado) cuando se percató del ‘blanco’ que le observaba, se acercó raudo, alargando en silencio su mano para solicitar ese oscuro objeto del deseo: el dinero.
Hasta los espíritus del vudú cuando ven al ‘blanco-cajero-automático’ se convierten en terrenales.
-Palco de honor de los danzantes descansando-

-Espíritu Egungun se acerca a pedir dinero al 'blanco'-


Copyright © By Blas F.Tomé 2013

23 de octubre de 2013

La plaza Chacha


Plaza Chacha, Ouidah
Ni había oído hablar de la plaza Chacha, de Ouidah (Benín), ni sabía que reunía tanto simbolismo. Le llamó la atención, eso sí, aquel árbol tan africano, tan voluminoso que no cabía en la instantánea que pretendía tomar.
Había tres cosas particularmente emblemáticas en la plaza: un arbol centenario, un monumento-homenaje erigido en 1992 y el monolito que indicaba el nombre del lugar. Este trío de elementos estaban finamente entrelazados.
La plaza era el lugar de la trata de esclavos en época de Francisco de Sousa, uno de los comerciantes negreros, de principios del siglo XIX, más importantes de la costa beninesa.
Su casa estaba cerca de allí, un harén en aquel entonces con cientos de mujeres.
Hoy en día, la explanada y el árbol se adornaban con colores y frescos que denunciaban el imperialismo europeo y estadounidense. La bandera española también se intuía en la parte baja del tronco. Parado, casi plantado a orillas de la plaza, el viajero insatisfecho sufría la inclemencia de un sol plano mientras observaba la normalidad y calma del lugar. No transmitía nada, únicamente los anillos de banderas de colores incitaban a la curiosidad. Después, pasaría varias veces por allí, su maltrecho hotel-guarida estaba por los alrededores.
Conociendo un poco la historia, era fácil recuperar la escena que ocurriría a principios del siglo XIX: bajo el gran árbol, plantado, según cuenta la tradición, por el rey Agadja, los esclavos serían marcados, dependiendo de su comprador, y obligados a dar varias vueltas a su tronco, una forma de hacerles creer que, después de la muerte, sus espíritus regresarían de nuevo a la patria. Una vez cumplidos los trámites, comenzaría el bochornoso camino hacia el cercano océano, donde el barco negrero les esperaría fondeado.
Hoy conocido ese trayecto como Ruta de los esclavos. Una pista de tierra de cuatro o cinco kilómetros, jalonada por estatuas de dioses del vudú. Al finalizar la siniestra ruta, al borde del Atlántico, se alzaba la Puerta de No retorno (fotografía), un arco marrón y blanco que simbolizaba el embarque de esclavos y su despedida de la tierra natal.
Allí, al lugar que ocupa ahora el arco, llegarían en el siglo XIX cientos, miles de esclavos a pie y maniatados, mientras, en la plaza Chacha comenzaría un nuevo turno de subastas.
Puerta de No retorno

Copyright © By Blas F.Tomé 2013

12 de marzo de 2013

El bosque sagrado de Kpassé



Como llegó a Ouidah (Benin) el día siguiente de la señalada festividad del vudú (10 de enero), no había podido disfrutar de la compleja imaginería de esta ‘religión bailada’ como se considera al vudú. Posteriormente, se enteraría de que realmente el 10 de enero no fue un día interesante en la vida de otros mochileros-visitantes pues la cita se redujo a mucho bla, bla, bla de las autoridades, bienvenidas, recuerdos y agradecimientos pero poca actividad fuera de lo común.
Por ello, decidió irse al bosque sagrado de Kpassé, en uno de los barrios de la ciudad, pues el libro-guía ‘lo vendía’ como el mejor lugar para captar un poco la esencia de esta religión tan confusa, con sus estatuas, mitos y leyendas. El nombre del bosque era el mismo que el de un antiguo rey de Savi, localidad cercana, que fundó la ciudad de Ouidah. Fue Kpassé, hijo del primer rey, quien inició los primeros contactos con los navegantes portugueses que empezaban a explorar las costas africanas, allá por el siglo XV.
Era necesario un guía para acceder a tan sugerente lugar pero sus explicaciones resultaban un poco ‘extrañas’ a los oídos profanos, al menos a los oídos del viajero insatisfecho por sus alusiones a poderes mágicos, zonas tabú, incluso, a las facultades esotéricas de los murciélagos allí aposentados. Bueno, nada fuera de lo normal sabiendo como sabía que Kpassé fue primero rey y, a su muerte, permutó y se reencarnó en un iroko, árbol majestuoso y –según pudo comprobar- muy envejecido. La historia no era muy realista, más bien -diría- surrealista.
El sitio llamaba al recogimiento y al silencio si no fuera por los miles de murciélagos colgados de las ramas de otros grandes irokos (no del iroko-dios) que, al verse sorprendidos, comenzaron con sus gruñidos. Nada más entrar, allí estaba la estatua de Legba, otro dios, que lo era de la virilidad y de no sabe cuántas cosas más, representado con grandes cuernos y un sensacional miembro viril, envidia de viajeros.
Era el primer dios allí situado pero uno más de las muchas, enigmáticas y extravagantes estatuas del bosque sagrado de Kpassé.
Copyright © By Blas F.Tomé 2013