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22 de octubre de 2008

Restaurante Oro

- Mucho turismo aquí ¿dices?. Entra más turismo en Fuengirola en un mes que en toda Costa Rica en un año.
Quien se expresaba así, era un fuengirolés (?) afincado en Puerto Viejo (Costa Rica), con un restaurante de comida española (sin duda alguna, el mejor de aquel pueblo playero, plagado de sitios para comer), amante de su tierra natal y fervoroso defensor de la Seguridad social española que le había -dijo- salvado la vida.
Y gratis, añadió.
Este viajero insatisfecho, hospedado unos días en una de sus habitaciones, habló alguna noche con él mientras cenaba las mejores viandas desde su llegada al país. Divorciado de su mujer española, estaba casado con una muy trabajadora y joven nicaragüense que le cuidaba como si fuera su “particular-Dios”. Vigilaba su dieta, impuesta por la Seguridad social, no le permitía un sólo esfuerzo y controlaba sus cervezas como si en ello le fuera su futuro.
Que le iba.
El personaje era Antonio y llevaba, entonces (2005), con maestría el Restaurante Oro (sólo cenas).
No dejéis de visitarlo.
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Cerca de Puerto Viejo, estaba la reserva indígena de Bribri. Para llegar a sus aledaños había que tomar este simpático y colorido autobús.

Copyright © By BlasFT 2008

14 de julio de 2008

Asalto en Monteverde (Costa Rica)

Este viajero tomó el autobús frente al Banco Nacional de Santa Elena, área de Monteverde en Costa Rica, a las 9 de la mañana, rumbo al volcán Arenal (La Fortuna).
Su nuevo destino.
4 horas después, saltaba la noticia: “El Banco Nacional de Santa Elena, asaltado. En su interior, varias decenas de rehenes”.
Toda la zona turística de Monteverde fue cerrada herméticamente por la policía. Zona, por cierto, que a este mochilero no le gustó, por turistona, y por acoger a los niños-pijos de países de habla inglesa, puede que también hispana.
28 horas más tarde, los titulares de las noticias decían algo así como “los asaltantes lo calcularon mal y todo terminó en un ‘baño de sangre’, que dejó nueve muertos: tres atracadores, cinco civiles y un policía”.
Por la televisión costarricense se siguió todo el asalto-secuestro. La sociedad costarricense estaba consternada. Un pueblo acostumbrado a la ausencia de violencia siguió por televisión asustado las 28 horas de incertidumbre. Se vivió, incluso, un fracasado intento de asalto policial, que añadió cadáveres al triste panorama.
“Seguro que serán nicas [nicaragüenses]. Los ticos [costarricenses] no serían capaces de hacer una cosa así”, oyó decir este viajero insatisfecho a una de las muchas personas expectantes ante el televisor.
Luego se demostraría la verdad de estas palabras.
No hay pateras, pero los ticos sienten ese similar rechazo hacia sus vecinos, según aquellos, acostumbrados éstos a la violencia de revueltas, revoluciones y contras en su país.
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Foto.- Volcán Arenal, visto desde Monteverde.


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27 de enero de 2008

No todos los caminos llevan a Roma

El Parque Nacional Tortuguero, en Costa Rica, fue un delicioso lugar para este viajero insatisfecho.
A veces él mismo se asombra de lo despistado que puede estar en un país, cuando se trata de ir a un lugar previamente decidido. Señala en el mapa, quizás, una ciudad cercana a donde piensa dirigirse. Y allí, sin más, se encamina. Pero, sobre todo, cuando los parajes son complicados “no todos los caminos llevan a Roma”. La proximidad puede no ser el lugar ideal para lanzarse al descubrimiento de un territorio cercano insensible al caminante o viajero. A veces dependerá de las lluvias; a veces, de la época turística; otras, dependerá de la propia naturaleza que cortará el paso. No siempre se llega en el primer intento.
Pero fue divertido, una vez descubierta la ruta, lanzarse con un bote a motor (de caro alquiler -otro paisano local insensible a las miserias de este mochilero-) por la multiplicidad de canales que atraviesan el Parque y que brindan al visitante una oportunidad única de conocer la exuberante flora y fauna de la zona.
Las tortugas que desovan en sus playas no las vió. La época no era propicia. Pero si se relajó en medio de esa inmensidad natural con mezclas de agua salada y agua dulce cristalina, perfectamente diferenciadas; observó incrédulo y silencioso a un colibrí explorando las flores de un pequeño arbusto, y escudriñó entre dos luces varios estrechos canales en una silenciosa piragua. Apreció la diversidad de animales que moran allí.
Preciosos amaneceres.
Amaneceres de monos cariblanca, manatíes, tapires, zopilotes, oropéndolas de Montezuma, gavilanes cangrejeros, jaguares, nutrias, perezosos de tres dedos, murciélagos pescadores, pecaríes, mapaches, y más, y más,………., y más.

20 de diciembre de 2007

El volcán Poás

Al mirar esta instantánea, a este mequetrefe le viene a la cabeza únicamente el olor percibido en el mirador que los costarricenses tienen perfectamente construido en un lateral de este peculiar volcán, el Poás. El mirador, acondicionado con suelo de cemento y apoya-brazos de madera, parece puesto a propósito para que todos los turistas saquen la misma foto.
Ni se asemeja a un volcán; ni tiene el exotismo de un volcán, ni se llega a su cráter por complicadas sendas que trepan por una pendiente ladera. Nada más lejos de una dificultosa ascensión y nada más lejos de una hazaña aventurera y complicada.
Eso sí, al mirar ésta u otras muchas fotografías similares que los visitantes habrán sacado desde este pseudo-púlpito, con la intención de recordar el paseo por uno de los lugares turísticos de Costa Rica, este viajero insatisfecho siente ahora el desagradable olor a azufre, a huevos podridos, desprendido por decenas de fumarolas que surgen en los alrededores cráter, convertido de manera natural en un lago verdoso.
Decía el libro-guía: El Poás es un volcán basáltico, con una altura de 2.708 m de altura y una actividad efusiva lenta, tipo lacustre.

Para cuasi-expertos.

8 de abril de 2007

Todo está claro: el bobo cerebro viajero


Todo está claro. Lo que más emociona al viajero y, diría más, le deja candoroso y medio bobo, son los paisajes que a la gente del lugar le parecen anodinos, aburridos, monótonos y vulgares. Para el viajero, son paradisíacos y reúnen todas las características apropiadas para convertirse en su mente en imágenes exóticas. Pero para los que allí nacieron y crecieron, todas las cosas que les rodean se funden con sus propios recuerdos, que no son precisamente paradisíacos y, mucho menos, exóticos.
“¡Hoy, esta bravo!”, me dijo la niña-mujer que me atendió a primera hora de la mañana nada más levantarme y me vio salir raudo ante el impresionante ruido del volcán Arenal, en el centro de Costa Rica. Pensé, en esos momentos, si para esta tierna mujer, el volcán era paradisíaco y exótico o más bien era una vulgar mezcla de recuerdos tristes y añejos, nacidos en el mismo momento en que ella apareció a la vida. Tal vez su breve comentario no surgió de ella misma por propia iniciativa sino que fue provocado por la expectación que el gringo (no olvidemos que en muchos países iberoamericanos así nos llaman) mostraba. Escuché su penetrante sonido y ví la humareda que soltaba la montaña por su boca. Más tarde desde una bonita terraza del pequeño hotel, observé que esos hechos eran a la inversa: primero, veía el humo y, posteriormente, se escuchaba su ruido. ¡Qué torpe, no haberlo deducido antes!.
¿Y por qué mi interés por ese volcán activo, aunque de baja intensidad?. Pues, todo está claro, no nací en unas laderas de fuego, no sentí su amenaza en ningún momento de mi vida, y menos en mi infancia, y solamente al encontrarme bajo sus efectos me produjo esa bobería de viajero.
Mi admiración como gringo contrastaba con la normalidad con que los habitantes vivían el fenómeno y la naturalidad con que miraban, o mejor, no miraban las laderas del monte atronador y a veces iracundo. Para mí, belleza; para los que allí paseaban diariamente, cierta monotonía. Seres similares vivimos con impresiones diferentes.
Más tarde he podido dormir en brazos de otros volcanes activos, pero siempre recordaré los rugidos matinales que me dejó, en el tálamo de mi bobo cerebro viajero, aquel cono costarricense (ver fotografía).