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30 de agosto de 2021

En busca de "otra" Marlene Dietrich


Durante el periodo de confinamiento en 2020, por la Covid-19, el viajero insatisfecho decidió dedicar su tiempo a recopilar con ilusión, recuerdos, anécdotas y vivencias de viajes pasados. Su punto de partida fue un relato al que tiene mucho cariño, que mereció hace pocos años el premio del I Concurso de Relato Corto Monasterio de Escalada. Con estos textos previos y las ganas de contar historias que le habían ocurrido en los viajes, se lanzó a escribir un libro que tuviera cierta coherencia, autenticidad y, sobre todo, verdad, aun teniendo en cuenta que la trama argumental partiría de hechos novelados. Resumiría así el argumento:
“Bruno, obsesionado con la actriz Marlene Dietrich, a raíz de un encuentro imprevisto en época infantil, se relaciona con un amigo que le hablará de Waldo, casualmente, conocedor en su juventud de la artista alemana. Ambos se movían en los casinos y cabarés de Las Vegas y Broadway. Actualmente, este personaje disfruta de sus últimos años en Madagascar con una amiga francesa, su petite vedette.
Varios capítulos son escritos del propio Waldo, en primera persona, dando a conocer él mismo su trayectoria. Primero con pasajes vividos durante la guerra civil y, luego, sus andanzas y actuaciones como artista, «hombre de trapo», acompañado de su inseparable mujer, Elsa.
Intentando conocer más y más sobre Marlene, Bruno se lanza a la búsqueda de Waldo por Madagascar. Sufre, en carne propia, los difíciles trayectos por la isla, con carreteras abandonadas y en medios de transporte locales, atestados de gente local que viaja con las incomodidades otorgadas por la explotación y la pobreza. Desde Antananarivo sube a Mahajanga y, de ahí, a Antsiranana. Conoce el norte de la isla y la gran bahía que acogió a la idílica república pirata de Libertalia y se aventura por la isla de Nosy Be hasta localizar a Waldo y su petite vedette. Una vez encontrados, liberado Bruno ya de la obsesión por el Ángel Azul -como fue conocida Marlene- gracias a la originalidad y familiaridad del veterano artista, a su naturalidad y su manera de vivir, decide lanzarse a conocer África continental. Atraviesa el canal de Mozambique en barco y llega a Mozambique, sube por Malawi y se adentra en Tanzania (en todos estos recorridos, cuenta anécdotas reales que le sucedieron y recoge historia y vida de los países que visita). Alimenta, así, su pasión por África”.

Copyright © By Blas F.Tomé 2021

25 de enero de 2021

La casa de los esclavos, en Ilha Moçambique

Una de las calles de Ilha Moçambique

Estaba en Ilha Moçambique, una isla, una ciudad. Aquella mañana encontró lo que buscaba, la casa de los esclavos, documento viviente -o mejor moribundo pues estaba abandonada a su suerte, ubicada en la ciudad de piedra- y monumento histórico que sirvió durante varios años en la época de la esclavitud como lugar de almacenamiento de esclavos. Se mantenían allí por un período indeterminado, bajo un régimen de “cuarentena”, con el objetivo de recuperar sus fuerzas y nutrientes antes de ser vendidos a comerciantes. Según fuentes orales, muchos de los esclavos murieron allí mientras esperaban a sus futuros jefes.

Comercio vil y vergonzoso, en aquellos siglos (XVII y XVIII), no solamente por la intervención de los esclavistas árabes y europeos sino por la responsabilidad de los propios africanos, sobre todo jefes y reyezuelos que, por el sentido de posesión y por intereses también económicos, participaban y facilitaban este mercadeo. Estos jefes africanos consideraban a los súbditos como objetos de su propiedad y comenzaron a intercambiarlos por abalorios, collares o armas de fuego. Primero serían los siervos condenados por su propia ley penal, pero luego se extendería, ante la generosidad de los traficantes, a todos los miembros de la comunidad o tribu en su condición de vasallos. Constituía todo un entramado de caza mayor pues el negrero o esclavista pagaba, como ahora se paga en los safaris de caza, por raptar jovencitas, hombres musculosos o niños con futuro prometedor. No tenían nada más que penetrar en el interior del territorio africano, surtirse de un buen grupo y en condiciones infrahumanas traerlo a la costa donde comenzaba la distribución hacia el exterior en barcos negreros. Obligados a caminar, como muestran algunos documentales, atados y maltratados, al llegar a Ilha Moçambique, a aquella casa de los esclavos que visitó el viajero insatisfecho o a cualquier otro paraje costero, serían lavados y acicalados para una minuciosa y detallada inspección de los compradores. ¡Tremendo!

También conoció la residencia del poeta portugués Luís de Camões que ¡pásmense!, poco antes de su ocupación había sido lugar de subasta de esclavos, donde eran vendidos o comprados.

¡Cuántos recodos tenían aquellas viejas calles!


Copyright © By Blas F.Tomé 2021

27 de octubre de 2020

Mahajanga /Madagascar

Embelesado y sentado en aquella balaustrada, dando la espalda a un inmenso baobab y mirando a lo lejos el inmenso océano, invadido como se veía por unos entrantes de tierra, estaba insanamente feliz. Se había entretenido hacía un rato con un buen plato de mariscos, refritos y especiados en exceso, pero con sabroso paladar, y aquella cerveza fría ¡ay! Ahora estaba dejando al estómago trabajar, segregar jugos para hacer una buena asimilación, y su mente dando vueltas allá por la ionosfera de la razón.

Había llegado hacía dos días a Mahajanga, en un largo camino ya conocido, desde Nosy Be. Un experto y avispado guía le había sugerido este puerto para hacer la travesía entre Madagascar y Mozambique que quería hacer. Dijo, incluso, conocer servicios especiales desde esta ciudad hacia las islas Comores, y más allá. Lo pensó unas horas, desde la tranquilidad.

Tranquilidad para tratar de descubrir el rumbo personal. Su rumbo.

El caso es que decidió desandar lo andado y volver a Mahajanga. No tenía prisas, y sí ganas de hacer algo que llenara su espacio mental.

El lugar y el baobab tenían encanto. Ya lo había visitado al subir, y pensó que sería un buen punto de reunión con personajes de la mar. Resultaría más fácil entrar en contacto con la gente, pensó. Evitar el calor era también una buena razón para cobijarse bajo el árbol milenario, especialmente cuando aprieta a estas horas de la siesta. El paseo no resultó tan agradable como esperaba, hacía un viento racheado que levantaba una polvareda grisácea en remolinos espaciados a lo largo del camino. Eso sí, aquel marisco refrito desapareció totalmente de su buche y no dio ninguna amargura digestiva. No se veía un alma hasta donde alcanzaba la vista, a pesar de que varias casas aledañas mantenían la posibilidad abierta de que algún espíritu móvil apareciera, pero sus habitantes -imaginó- sestearían o simplemente se protegían del calor y polvo.

Le llevó más de una hora alcanzar su objetivo, pero mereció la pena. Allí estaba el majestuoso árbol, impasible a la ventolera y dignificando todo lo que había a su alrededor, por muy humilde que fuera. Sus dimensiones eran ostentosas, solo el tronco ocupaba un círculo de unos 10 metros de diámetro. Enmarcándolo, a modo de faja, la balaustrada de obra donde estaba sentado, y la parte baja de su tronco, pintada de blanco, no sabe si con el fin de protegerle de parásitos u hormigas.

El lugar que ocupaba no era muy apropiado pues el baobab era el centro de una rotonda que los coches y motos bordeaban, a veces, con un tino desquiciado de conductores de rallys. Un rickshaw se paró y le incitó a la vuelta turística de rigor, algo que desestimó con controlada educación y varios dala-dala gritaron, cuando estaban frente a él, su destino. Como aquella zona, por la hora, no era precisamente un jolgorio, extrajo de su pequeña mochila azul la libreta de notas y se puso a escribir de manera desordenada pequeñas puntillas y anotaciones breves del día. Ya lo ordenaría más tarde.

Cuando levantó la cabeza tenía a dos blancos delante. Le miraron e hicieron un gesto de saludo. Sorprendente esta actuación en África cuando dos blancos se cruzan en la calle o se encuentran en un local, siempre surge de manera improvisada un gesto de saludo. ¿Por qué esa distinción? Eran españoles, con marcado acento vasco. Casual, sorpresivo y raro fue aquel encuentro. Vascos, de Bilbao y Bermeo, pertenecían a la tripulación del “Rosyth” que, según Jon, el bermeano, era como un camión de reparto.

- Traemos y llevamos carga de un lado para otro, desde Ciudad del Cabo hasta Mombasa. De aquí vamos a Beira, Mozambique, dijo.  Si tienes alguna intención de un abordaje, pídenos permiso primero, añadió según transcurría la conversación, en tono de broma, después de que les comentara sus intenciones.

- No. Nosotros no llevamos pasaje, remarcó el otro que llevaba un llamativo Fred Perry rosa. Pero yo que tú me informaría antes en la oficina del consignatario.

Le apuntaron datos, direcciones portuarias, e incluso de manera enigmática, insinuaron ciertas posibilidades. ¡Vaya! No sé por qué me parece que las cosas se están arreglando, pensó de manera optimista. Hablaron largo rato del Gobierno, del SIDA, de los atentados de ETA y de fútbol. Y sí, les vió menos inclinados a prolongadas charlas políticas que partidarios de visitas al campo del San Mamés.

¡Aupa, Athletic!

[Continuará].

Copyright © By Blas F.Tomé 2020

8 de junio de 2013

Los yugos en África


A este viajero insatisfecho le gusta viajar a África sin comodidad alguna, al menos no muchas, y disfrutar sin las ataduras que le incomoden o le dirijan. África de por sí es un terreno indirigible y moviéndose a su compás se hace uno más africano. Con la traba de la compañía, el grupo o el vehículo, quizás, este solitario mochilero sentiría coartada su libertad. La compañía, el grupo o el vehículo propio no son africanos, no van con el espíritu africano.
Y piensa en el viaje a Mozambique, en las reincidentes averías de los transportes públicos y las vivencias dentro de cada uno de los medios elegidos. Sin duda alquilar un vehículo permitiría ahorrar tiempo y visitar más cosas, daría una comodidad durante el trayecto. Generaría el inconveniente de la propia seguridad para salir airoso de complicadas situaciones que devienen de la convivencia real con el personaje local. Viajando en grupo obviaría el trato con personas que identifican al blanco como diferente aún viéndole sufrir como ellos, por ejemplo, en el engorro de una avería en bus.
A mitad del trayecto entre Beira y Quelimane, ciudades de Mozambique, el autobús pinchó. Durante el trasiego inevitable del cambio de ruedas, le dio tiempo a pasear unos cientos de metros por los alrededores. Solitario, mirón, curioso y precavido para no alejarse mucho de la avería. A un lado de la carretera, un niño con un fardo de leña seca en la cabeza le miraba, también precavido para evitar cerca al extraño blanco que le inquietaba. Al avanzar hacia él, cuando creyó que la distancia era corta y poco razonable huyó precipitadamente hacia las chozas cercanas. Lentamente, para no levantar injustificados miedos, le siguió hasta ellas. Allí, la madre alertada le recibió expectante.
- ¿Una foto?, le salió al mochilero en tono suave.
Al iniciar el gesto, otras mujeres sonrientes abandonaron sus chozas para unirse en grupo. Posaron con naturalidad, vieron su imagen en la pantalla de la cámara y despidieron al curioso con sencillez y agradables sonrisas.


Para sentir África, hay que acudir a este vasto territorio con mentalidad de sencillas vivencias, no con perspectivas de provechosa visita cultural. Uno puede llegar a Mozambique a mamar la herencia portuguesa o a Ghana a desentrañar el escarnio de la esclavitud pero lo debe de hacer sin el confort europeo. Con este yugo, el visitante no estará en África, solo paseará por Mozambique o Ghana para tirar fotos, protegido por el parapeto del mundo occidental del que no acaba de desprenderse.
¿Cuándo se quitará el yugo o apartará el parapeto? Cuando sepa sufrir la sufrida vida africana y ver en ella un motivo de movimiento y no de parálisis.


Copyright © By Blas F.Tomé 2013

23 de marzo de 2013

En Ilha de Moçambique, África se mezclaba


Hay muchos lugares en el África-mito que aleccionan. Donde uno siente que está aprendiendo o recibiendo enseñanzas existenciales que nunca, nunca olvidará.
Pasear por Ilha de Moçambique (Mozambique) mezclaba dos placeres: el regocijo viajero y el agrado de la tranquilidad. Desprendía tanto altivez colonial como normalidad en el diario vivir.
O subsistir.
Callejear cuando el sol caía en el horizonte entre aquellas ancestrales casas coloniales -reformadas, unas; pintadas pero abandonadas a su suerte, otras-, caminar entre aquellos árboles centenarios caídos por el entonces reciente huracán del que además se veían otros destrozos y observar a aquellos vecinos sentados ante las puertas abiertas de sus casas en las que se intuía la magia de añejos aristócratas ocupantes, fueron unas de las muchas docencias que le imprimió África. Otra, contemplar el poblado Makuti, en mitad de la isla como un barrio más, hundido en su inquietante foso, abarrotado de pobres pobladores, humildes pescadores, antaño siervos de colonos y semi esclavos de miseria.

-Primer plano del poblado Makuti-

Ilha de Moçambique, isla de antiguos comerciantes, negreros, embajadores del mundo y monjes obesos y mandones. Fue mágica, aunque nunca supo por qué.
El viajero insatisfecho no puede asegurar ahora que contempló el atardecer más inverosímil de su vida pero sí el de mayor quietud. Desde que atravesó, un mediodía de marzo, aquel estrecho y largo puente que unía la isla al continente pensó que era un lugar seductor.
La abandonó cuando todavía el sol no había dado señales de alborear. Atravesó de nuevo, en dirección contraria, el puente que le alejaría de allí, kilómetros y kilómetros.


Copyright © By Blas F.Tomé 2013

19 de julio de 2011

La publicidad invasiva es ofensiva

En ciertos países africanos la presión de la publicidad es tremendamente invasiva. Y no es que su presencia sea mayor o menor que en otras regiones del planeta pero sí se evidencia en formas y maneras más infantiles, sencillas (con esa sencillez que ofende), descaradas y sensibles, pasadas ya de moda en ciertos países europeos; o al viajero insatisfecho eso le parecía.
[Confiesa públicamente su malestar con ese tipo de publicidad que mete sus narices en parcelas humanas demasiado afectivas con el propósito, eso sí como el resto, de captar la atención para luego entregarles algún mensaje].
Esas estatuas coloreadas de Coca-cola, en Vieira (Mozambique), situadas donde en Madrid, por ejemplo, aparecería ‘Felipe IV, a caballo’, catapultaba al producto americano a símbolo de la historia de ese país africano. ¿Qué mensaje estaban entregando?.
¡Demasiado entrometido!.
La publicidad se centraba en variadas plazas o rotondas.
¡Poco tacto!
Para evitarla, el viandante podía modificar el itinerario o mirar a otro lado.
¡Inconveniente añadido!
Casi un parque temático de la publicidad. Si en Disneylandia el puesto donde se vendían ‘perritos calientes’ tenía forma de salchicha, en Mozambique su ‘particular Felipe IV’ tenía forma de botella de Coca-Cola.
Todo un manipuleo continuado y peligroso que, en fin, parece todo un intento de ‘matar moscas a cañonazos’.

Copyright © By Blas F.Tomé 2011

20 de enero de 2010

Charla en Beira

En los minutos previos a que la ‘chapa’ [furgoneta que cumple las veces de autobús urbano] iniciara su habitual recorrido por la ciudad de Beira (Mozambique), un joven lugareño, simpático, grácil y sutil en su conversación, se dirigió al viajero insatisfecho, aburrido éste ya de la espera, a pleno sol y a orillas del Índico. Una parada de ‘chapas’ es jolgorio, hormigueo, masa en completo desorden e intimidación; tiene algo a mitad de camino entre mercadeo y casa de subastas.
Después del primer intercambio de gestos y palabras a modo de presentación, este viajero pronto vislumbró el conocimiento que tenía el muchacho del panorama político español. En tono jocoso -cree- se apuntaba a las tesis del ex presidente Aznar sobre la invasión de Irak y contradecía la conocida política ejercida por Zapatero sobre ese mismo tema en aquel momento. “Además, Aznar es amigo de Bush”, entendió que decía, para apoyar su particular razonamiento.
El personaje no hablaba español pero -entre risas y en tono comprensible- se atrevía a rebatir con descaro cualquiera de los argumentos expuestos, obligando al mochilero a posicionarse, sin ganas, políticamente. Lo que planteaba el amigo, y lanzó a la palestra, eran provocaciones a discusión abierta, civilizada y nada camorrista. De él tendría que aprender mucho la sociología actual y, en especial, los políticos.
El mozalbete en cuestión trabajaba en PescaMar, empresa controlada por la española Pescanova. ¡Cuántas conversaciones y discusiones bromistas habría mantenido el joven con tripulantes de barcos españoles detrás de una cerveza 2-M, tan típica por aquellas latitudes!.

El puerto pesquero de Beira, región en la que está ubicada PescaMar, es el más importante de Mozambique, al concentrar el 90 por ciento de las descargas de pescado del país. Estas instalaciones reciben, sobre todo, las capturas de camarón y langostino, efectuadas en su mayoría por buques especializados en estas especies y denominados tangoneros.


Copyright © By Blas F.Tomé 2010

4 de noviembre de 2009

Dos pueblos, dos hechos, dos diferencias



Fotografía tomada a las afueras de Manica.

Hace unos días leía en ‘El País’ la posible comercialización de la vacuna contra la malaria. El anuncio venía del prestigioso médico español, director del Centro de Investigación de Manhiça, en Mozambique. Al viajero insatisfecho le vienen imágenes de situaciones vistas, unas; intuidas, otras, sobre esta terrible pandemia. "Será una vacuna de primera generación. Su eficacia será moderada y no se administrará a todos los grupos de población, habrá que definir bien cuáles", decía el doctor Alonso.
Esperanza.
Esperanza.
En alguna ocasión anterior oyó hablar de ese Centro, y de ese doctor, pero nunca había investigado si ese pueblo mozambiqueño era ‘el manica’ que visitó el mochilero en su ruta por el país, y en el que estuvo dos completos días intentando conocer las cercanas y antiguas pinturas rupestres de Chinamapere.
Nada que ver Manhiça con Manica.
El primero, en los alrededores de Maputo; el otro, mucho más al norte, muy cerca de la frontera con Zimbabwe y, como pueblo fronterizo, de abundante trasiego de materiales y personas, no todas de loable ‘buen vivir’. Usureros, cambistas, prostitutas, ladronzuelos y, seguro, estafadores. Al bajar del autobús, un loco le asedió dando gritos incomprensibles y moviendo los brazos amenazantes, como indignado de su presencia en la población.
No tuvo suerte con las pinturas rupestres, muy cercanas. Por ellas preguntó en el bar-restaurante del hotel donde se hospedaba. Nadie quería saber nada del lugar y cuando insistió le observaron raro. Para visitarlo -decían- había que pedir permiso a una bruja/bruxa que vivía cerca de Chinamapere.
Al final del día, relajado, no muy convencido de la belleza de las pinturas y sin mucha convicción pidió ayuda para alcanzar el sitio. Un lugareño, con el atrevimiento que dan las cervezas ya entrada la noche, se ofreció a ser el conductor-guía por un razonable precio, pero, al día siguiente y a la hora acordada, no se presentó a la cita.
¿Plantón, o miedo y superstición?.


Copyright © By Blas F.Tomé 2009

9 de noviembre de 2008

¡Serán mamones!

“Auténtico viaje mochilero-religioso”, afirmó hace unas entradas este viajero insatisfecho, al referirse a su recorrido por Mozambique. En esos momentos, contaba su acceso y sorpresa en una iglesia mozambiqueña. Se acordaba, además, de la pareja de neozelandeses (ella, unos 65 años; él, unos 30), que encontró en uno de los lugares de obligado refrigerio cervecero en Ilha Mozambique. Su presencia en el país, ellos la justificaron por su vocación y misión de pastores evangelistas.
Su avión les traía de Israel y Jordania; ahora, en Mozambique; pasados un par de meses, el destino les llevaría a Egipto, y más tarde a Austria. Para finalizar su periplo de año y medio, harían una parada en Estambul antes de regresar a tierras neozelandesas.
¡Serán mamones!, pensó este mochilero, al conocer su ruta (dibujada en un mapa) y ver cómo, entre risas picaronas, tomaban cervezas -por no sabe qué miedos de conciencia, ambos las mantenían en el suelo no en la mesa- en una preciosa terraza del más coqueto restaurante isleño.
¡Serán mamones!, grita ahora cuando rememora el hecho.

Mochilero era el viaje. Y de religioso se trata, pues los protagonistas de la historia son dos apasionados y pícaros pastores evangelistas neozelandeses, disfrutando -cree este mequetrefe viajero- ella de una segunda juventud y él de su primera y desaforada gran pasión, medianamente tardía.
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Fotografía.: capilla de Nossa Senhora de Baluarte, en Ilha Moçambique, considerado el edificio europeo más antiguo del hemisferio meridional.


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17 de septiembre de 2008

Patio dos Quintalinhos

“Alahbáaa!!. Alahbáaa!!.
Sibri surijhi irimera alherita, dirimo.
Alahbáaa!!. Alahbáa!!”.
Perdón, por estos casi ridículos sonidos onomatopéyicos, pero así, o similar, sonaba la llamada a la oración desde los altavoces de la “mezquita verde” de Ilha Moçambique, a diez metros de mi lecho, en una habitación con cierto encanto enclavada en el hotel Patio dos Quintalinhos que regentaba un avispado italiano. Eran más o menos las cuatro y media de la mañana -noche cerrada- y aquellos cacharros que expulsaban estruendosas voces metálicas pareciera que sonaran en lo alto de la almohada.
¡Malditos!, gritaba entonces el viajero insatisfecho.
Luego, cuando el sol se había ya levantado a lo lejos, en el horizonte del reposado océano, se repetía él mismo tratando de convencerse: ¡Qué bello es despertarse en medio de la noche con los chirridos metálicos de una oración que no entiende “ni el tato”!.
¡Malditos!, grita de nuevo el mochilero al escribir estas líneas, mientras en su memoria flotan las estridentes voces enlatadas.
Contradicción, otra vez.
Sus ganancias y rentas estaban claras. Se levantaba y paseaba al amanecer por una silenciosa playa donde recibía, sentado y sereno, a los extrañados pescadores de ciudad Makuti que preparaban sus aperos para las tempraneras faenas.
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Copyright © By BlasFT 2008

31 de agosto de 2008

El despertador de su vida

- “¿A qué hora sale el bus?”.
- “A las 4,30 de la mañana. Tendrás que madrugar. En este país, los autobuses para viajes largos salen siempre sobre esta hora”.
El mochilero tendrá que levantarse gran parte de los días a las 3 de la mañana, pero ¿cómo?. Duerme como una roca y los vigilantes nocturnos de los hoteles baratos, por lo general, son la irresponsabilidad absoluta.
La solución del clásico despertador le pareció la más inteligente. Ya tarde, salió a la “busca y captura” del despertador de su vida por las calles de Maputo.
El viajero insatisfecho, a veces, sufre momentos convertido en verdadero espeso-mental, míseros momentos (que se dispone a enseñar), la olla a punto de explotar, vahídos intelectuales, turbaciones varias, estrechez de miras y candidez enfermiza. Y allí, lejos, sufriendo uno de esos estados, o todos a la vez, se compró el “despertador de su vida”. Tan kitch como algunos templos budistas, tan hortera como un cerdo con diente de oro, y hasta silencioso: una contradicción para semejante aparato.
En fin, un desastre.

Un desastre pero que le resolvió un tema tan nimio como importante, como es el de viajar a diversos lugares en autobús.
Copyright © By BlasFT 2008

2 de agosto de 2008

Ahí va

Hace unos días el viajero insatisfecho hizo una entrada sobre un árbol por el que sintió absoluta curiosidad. Un árbol que observaba cuando circulaba por una de las muchas carreteras africanas, en concreto, mozambiqueñas. Aparecía insistentemente en el centro de los poblados que veía rápido al pasar en el bus.
Decía entonces, al tener la oportunidad de observarlo de cerca: “Intentó informarse y preguntó a las mujeres que salieron tímidas al encuentro.
No hablaban portugués. Ni con gestos lograron entenderse
”.
Como si fuera un experto periodista, citó la fuente (las mujeres) pero no la mostró.
Ahí va.
(Ellas posaron con mucha amabilidad para la fotografía. Con la misma, es expuesta).
Copyright © By BlasFT 2008

27 de junio de 2008

Ese "no se qué árbol"

Insistentemente aparecían en el centro de los pequeños poblados o comunidades que iba dejando atrás, subido en un autobús-intermedio (ni demasiado bueno, ni demasiado cutre). Los veía rápido, de manera fugaz, pero despertaban curiosidad por su color verde brillante, chillón; sus extrañas hojas multiformes, y sus ramas rectas y orgullosas. Si el mochilero fuera dentro de una excursión organizada, seguro que el guía daría sentido religioso a esa planta, a su situación o, tal vez, a su misión protectora del poblado, con informaciones banales y engañabobos.
- Ejercen una fuerza sobre los malos espíritus del poblado, a los que expulsan perseguidos por su olor celestial- imagina podría ser uno de los comentarios supuestos.
Se encontraban casi siempre en el centro del círculo que conformaban las cabañas de tierra y paja, ocupando un lugar de privilegiado en la mayoría de los casos.
Como no llevaba un experto guía, el viajero insatisfecho se preguntaba “¿Qué tipo de planta será esa?”.
Un oportuno pinchazo a unos metros de una de esas pequeñas comunidades, le permitió sacar una fotografía. Mientras pulsaba botón de la cámara, sintió el denso olor a naturaleza, también el fino hedor que desprendían las cercanas cabañas, percibió el fuerte brillo de sus hojas erguidas y chillonas y apreció la variedad de objetos que se encontraban en su base.
Desde luego, lugar de reunión.
Intentó informarse y preguntó a las mujeres que salieron tímidas al encuentro.
No hablaban portugués. Ni con gestos lograron entenderse.
Mala suerte, se dijo.

Ahora, la curiosidad le corroe al ver la fotografía.
Copyright © By BlasFT 2008

1 de junio de 2008

Todo un viaje mochilero-religioso

Siempre pone cara de sorpresa este mochilero ante las ceremonias y oficios de esas religiones de voceros y actores lenguaraces que alimentan el espíritu de las gentes, no siempre las más cultas, a base de gritos y exagerados gestos. Religiones, cree, de mentecatos manipuladores e impulsivos sinvergüenzas.
No sabe por qué cuando paseaba por una de las calles de Beira, una bella ciudad de Mozambique, y oyó salir de un edificio religioso -Igreja Universal do Reino de Deus, rezaba a la entrada- fuertes voces metálicas-de-micrófono en apariencia barato, se acordó de esos voceros, nunca vistos en directo pero de los cuales todo mundo tiene referencia.
Al entrar, la sonrisa de una monaguillo (¿se dirá monaguilla?), le animó a pasar con un simpático gesto. Tomó asiento atrás en uno de los largos bancos de la iglesia y se dispuso a presenciar lo que era un novedoso espectáculo.
El oficiante, micrófono en mano, lanzaba exhortos a gritos, entre sonrisas y ojos chillones, que los asistentes (algunos) contestaban con extravagantes gestos de oración, casi de éxtasis. Era tal la fuerza de convicción del personaje que, de manera anárquica, los imbuidos del espíritu del Más-allá lanzaban a su vez todo tipo de gritos y saltos impulsivos. La creencia religiosa repercute fuertemente en la vida de las personas, en sus actitudes, costumbres y normas de conducta.
No siempre de manera positiva.
Este viajero insatisfecho no pudo menos que salir un poco traicionado por su también convulsiva curiosidad. Luego tendría ocasión de oír otros oficios de similar estilo, e incluso viajar (brazo con brazo, sudor con sudor) con un joven que dijo ser pastor de la iglesia baptista mozambiqueña (mozambicana, como les gusta decir a ellos).
Todo un viaje mochilero-religioso. Y aún hay más.

Para otra ocasión.
Copyright © By BlasFT 2008

16 de mayo de 2008

El 100 por 100

Para cruzar el río Zambeze era necesario hacerlo en una barcaza que transportaba camiones, autobuses, bicicletas y pasajeros. El viajero insatisfecho así lo hizo en su trayecto de sur a norte de Mozambique. Siempre le llamaron la atención estas barcazas: parecen construidas para sufrir un inevitable percance.
No sabe por qué.
El puente que construían allí iba para largo (ver uno de sus pilares en la fotografía). No hacía falta ser ingeniero para deducir tal afirmación.
Era un río impresionante, mucho más si el día era lluvioso, con las nubes cayendo amenazadoras en el horizonte, que imprimían una terrible sensación de humedad. Cuando se llegaba a laorilla, uno se veía desbordado por la cantidad de vehículos que aparecían por sus alrededores. Los camiones se mezclaban con las personas que por allí merodeaban; con los puestos de venta de frutas, de bebidas, de comida aparentemente insana, de venta de todo tipo de artículos, en un raro desorden, que los guardias mozambiqueños conseguían controlar no siempre con adecuados modales.
Los vehículos fueron los primeros que ocuparon un sitio. El resto del pasaje, amontonado, al final. Tres blancos, contados, subieron en ese turno a la barcaza-transbordador. Cuando ya navegaban por el centro del río, el viajero vio detrás, por el rabillo del ojo, a los otros dos. Mientras, les escuchaba hablar en español.
Se giró completo e hizo la siempre impertinente pregunta: ¿Españoles?. Si. ¿Qué hacéis por aquí, de 'turisteo'?. No, somos cooperantes de Cruz Roja. Estamos aquí, al lado, en un pueblo. Por aquí pasaremos un mes….
¡La cosa tiene serendipia!
Tres blancos, los tres españoles.

El 100%.
Copyright © By BlasFT 2008

22 de abril de 2008

Ilha de Moçambique

El explorador portugués Vasco da Gama desembarcó en Ilha de Moçambique de camino a hacia la India, en 1498. Eso fue hace más de 500 años. Este viajero insatisfecho llegó a pisar sus huellas, atravesando un estrecho puente de unos tres kilómetros de largo, que es lo que la separan del continente. Apareció por allí cuatro días después de un fuerte ciclón, del que todavía se veían sus efectos. Muchos de los árboles centenarios que tenía la antigua ciudad aparecían arrancados (fotografía grande), todavía en el suelo donde la fuerza de la naturaleza les había dejado.
Tres partes tiene la isla -pequeña y alargada- muy diferenciadas, las tres muy mal cuidadas: la fortaleza, la ciudad de piedra y la ciudad de Makuti.
Le sorprendió la fortaleza (fotografía pequeña), o fuerte de Sao Sebastiao, abandonado.
Le sorprendió la ciudad de piedra, Patrimonio Mundial de la UNESCO, muy tranquila y ligeramente cuidada; aún así, la consideró abandonada. Dos estatuas modernas, en apariencia levantadas en algún acto conmemorativo de pasados centenarios, representando a conquistadores o antiguos exploradores o dueños, no tenían letrero indicativo alguno ¿No habrá algún movimiento anticolonialista, destructor de conmemoraciones ridículas?.
Le sorprendió la ciudad de Makuti, ciudad de pescadores -semihundida entre calzadas laterales- en cuyos angostos callejones, de negro y viejo aspecto, resonaban los murmullos de las madres, los gritos de los niños, los ladridos de los perros y las alborotadas gallinas. Mientras, los todavía artesanos pescadores entretejían y reparaban sus redes en la arena.

Muy cercana.
Copyright © By BlasFT 2008

11 de abril de 2008

¿Mozambicano o cubano?

Siempre defendió, y lo sigue haciendo a pesar de lo agotado que siempre termina, que los viajes en autobuses africanos son como “la madre de todas las batallas”, “la teta donde mama el viajero”, “la vitamina de los amaneceres”,… Y eso que, también, este viajero insatisfecho defiende su espacio vital, que se va ¡al carajo! en el momento en que sube al dichoso 'carro'. Todo es contacto, codazos inoportunos, sudores que se mezclan con la ropa del vecino, roce sistemático de brazos, piernas encogidas,…..
¿Dónde quedó su espacio vital?.
En ese vehículo mozambicano, sentado en la parte de atrás, el mochilero escuchaba la conversación del joven que estaba a su lado y otro que se acomodaba, en diagonal, en la fila anterior. Unas veces hablaban portugués, lengua oficial en el país, y otras, cubano. Si, cubano, el acento era su seña de identidad.
Morenos, casi negros. Jóvenes. Cuando se expresaban en portugués, les veía en Mozambique. Cuando lo hacían en cubano, les imaginaba en La Habana.

Uno de ellos se apeó. El que estaba al lado continuó viaje.
“¿Qué hace un cubano tan lejos de su tierra?”, preguntó el viajero. “No. Soy mozambicano, pero mi niñez y juventud las pasé en Cuba”, dijo en perfecto español cubanizado. Otra vez que el mochilero no acertó.
Y van,….. veinte mil.
Pocos años después de la independencia, con Samora Machel al frente del FRELIMO y de la República Popular de Mozambique, los intercambios entre Cuba y este país africano fueron frecuentes. Fidel Castro enviaba personal especializado (médicos, profesionales, militares,…) a este país del hemisferio sur, mientras Mozambique desplazaba a la isla caribeña jóvenes a estudiar y formarse como futuros comunistas. Pero apareció el RENAMO a desestabilizar al FRELIMO, a Samora Machel, y paralizar al país entero.
Guerra civil.
En este intercambio Cuba-Mozambique participó el vecino de asiento y compañero de viaje. En la Isla de la Juventud (Cuba) le pilló la guerra civil de su país y se pasó seis años ¡seis! sin noticias de su familia. A su regreso, a principios de los noventa, con 24 años, comprobó que todos estaban desaparecidos.
Solo, sin ser querido alguno, se volvió loco. Vagabundeó cuatro años por el país, durmiendo en la calle, viviendo de limosnas y perdido.
“Ahora ya no. Todo se arregló con el matrimonio, que me salvó. Me casé y tengo dos preciosas hijas”.
Este mochilero leonés conoció a una de ellas, cuando vino a recibirle al bus.


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28 de marzo de 2008

Cerca de la frontera


ESCRITO YA EN ESPAÑA.
DE VEZ EN CUANDO, EL
"VIAJERO INSATISFECHO" SEGUIRÁ CONTANDO COSAS DE MOZAMBIQUE.

Cuando estaba leyendo la experiencia sobre lo oído en la frontera, entre Nicaragua y Costa Rica, por los autores, Rosa Regàs y Pedro Molina, del libro Volcanes dormidos, este viajero no pudo menos que recordar los problemas existentes entre Zimbabwe (ahora arruinado -política y económicamente- por Mugabe) y Mozambique. En Manica, una ciudad muy cerca de la frontera con “el territorio Mugabe”, gran cantidad de refugiados anglo-parlantes son criticados por los portugo-parlantes de Mozambique.
“Su dinero no vale nada”, decían -entre orgullosos por el suyo y apenados por sus vecinos- los herederos de los lusitanos. El viajero insatisfecho lo pudo comprobar al comprar un billete de 10.000.000 de dólares de Zimbabwe por 10 meticais, moneda mozambicana (unos 30 céntimos de euro).
(La fotografía que acompaña este “post” es la reproducción exacta del billete de curso legal que este mochilero adquirió como artículo de recuerdo).
“Sus mujeres no quieren trabajar”, decía el mismo conversador, haciendo referencia al grupo de llamativas y flamantes negras, de escotes generosos y modales procaces que merodeaban por la terraza del bar del hotel. El conversador en cambio no dijo -y querría este mochilero dejar constancia de ello- que en otras ocasiones -la mayoría- estas mujeres, u otras parecidas, hacían los trabajos más bajos y menos gratificantes en suelo mozambicano.
Pero no sería justo viajar a Mozambique a reclamar con los menos favorecidos una sensibilidad que los españoles de hoy, en una situación similar (salvando las diferencias y distancias), tampoco parece que estemos muy por encima de los mínimos exigibles.

24 de marzo de 2008

Los mercados africanos (Mozambique)


Ser simple y sencillo es una buena medicina para la comprensión y el entendimiento de ciertos matices, sensaciones o pasiones vividas.
Si hay una cosa caótica, al menos en apariencia, son los mercados africanos. Pero no esos mercados con artesanías inservibles para los turistas impulsivos de las compras anodinas, sino los puestos de venta de sus productos básicos, locales y cotidianos.
Puro caos.
Son cosas y más cosas apiladas en inestables tenderetes (estos, si son artesanía), colgadas de los árboles y colocadas en el suelo; encima de otro producto, sobre la destruida acera o sobre un pequeño arbusto cercano (verde, siempre verde). Personas resguardadas del sol bajo sus propios tenderetes, mujeres sentadas en un saco de arroz y detrás de varios cestillos con pequeñas cosas (pocas): tomates, patatas, arroz, pimientos, guindillas, naranjas, verduras raras,….
Ninguna de estas unidades productivas pasarían los controles de calidad de los países europeos, lo que le hace pensar a este caminante que difícil colocación tendrían en cualquier mercado de la Vieja Europa (hartos estamos de ver tomates todos iguales. ¿Quién compraría un kilo de este popular producto si sus unidades no fueran todas la viva imagen unas de otras?).
Y gritos.
Muchos gritos.
Y, otras, silencio.
Una vende arroz, o maíz, y tiene sobre su producto varias latas de diversos tamaños (tal vez, ¿un kilo?, ¿medio kilo?). Latas de hojalata que ahora sirven para medir pero que otrora, hace muchos años, fueron el glorioso envase de buenos productos exportables. Y niños (muchos niños), sentados en las aceras con su palangana de cacahuetes, con su cortada botella de plástico que hace de medida. Los niños, también las mujeres y jóvenes, al pasar el viajero insatisfecho, le miran con extrañeza. Los niños, tal vez, con tristeza, y hacen amago de ofrecerle su venta. Si les mira a los ojos, se amilanan y se olvidan de su ofrecimiento.
Al viajero le ofertan productos inservibles:
¿Para qué quiere una pequeña caja de herramientas, made in China?.
¿Para qué le sirve un juego de cuchillos?, y
¿para qué un viejo y oxidado pestillo de una puerta?.


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20 de marzo de 2008

Gorongosa (Mozambique)

El Parque Nacional de Gorongosa fue antaño uno de los más importantes de África.
Otra cosa venida-a-menos.
Parece ser que estos últimos años resurge, aunque la población animal no puede compararse con la que tuvo en sus primeros comienzos.
Se pueden ver impalas, antílopes acuáticos, oribis, kudus, jabalíes verrugosos, hipopótamos, elefantes y, con suerte, algun león. La gran cantidad de aves es una maravilla. En el noroeste del Parque se encuentra el monte del mismo nombre, envuelto en leyendas locales, que despiertan la voraz curiosidad del occidental que llega a sus cercanías.
Como persona que escribe esta entrada lo vió, como viajero insatisfecho lo soñó. Gorongosa estaba cerrado al subir al norte del país, por fuertes lluvias e inundaciones (es la época lluviosa). En un fracasado intento pudo imaginar todo eso, y soñar, y arrepentirse de haberlo soñado, e intentarlo de nuevo a la bajada del norte, y volver a fracasar.
Cuando estaba escribiendo este breve texto en su libreta de notas, al lado de una cerveza, alguien le preguntó: “¿periodista?”.
- No, “blogger”.
Miró con "cara-de-haba" y se fue.