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30 de agosto de 2021
En busca de "otra" Marlene Dietrich
25 de enero de 2021
La casa de los esclavos, en Ilha Moçambique
Estaba en Ilha Moçambique, una isla, una ciudad. Aquella mañana encontró lo que buscaba, la casa de los esclavos, documento viviente -o mejor moribundo pues estaba abandonada a su suerte, ubicada en la ciudad de piedra- y monumento histórico que sirvió durante varios años en la época de la esclavitud como lugar de almacenamiento de esclavos. Se mantenían allí por un período indeterminado, bajo un régimen de “cuarentena”, con el objetivo de recuperar sus fuerzas y nutrientes antes de ser vendidos a comerciantes. Según fuentes orales, muchos de los esclavos murieron allí mientras esperaban a sus futuros jefes.
Comercio vil y vergonzoso, en aquellos siglos (XVII y XVIII), no
solamente por la intervención de los esclavistas árabes y europeos sino por la
responsabilidad de los propios africanos, sobre todo jefes y reyezuelos que, por
el sentido de posesión y por intereses también económicos, participaban y
facilitaban este mercadeo. Estos jefes africanos consideraban a los súbditos
como objetos de su propiedad y comenzaron a intercambiarlos por abalorios,
collares o armas de fuego. Primero serían los siervos condenados por su propia
ley penal, pero luego se extendería, ante la generosidad de los traficantes, a
todos los miembros de la comunidad o tribu en su condición de vasallos.
Constituía todo un entramado de caza mayor pues el negrero o esclavista pagaba,
como ahora se paga en los safaris de caza, por raptar jovencitas, hombres
musculosos o niños con futuro prometedor. No tenían nada más que penetrar en el
interior del territorio africano, surtirse de un buen grupo y en condiciones
infrahumanas traerlo a la costa donde comenzaba la distribución hacia el
exterior en barcos negreros. Obligados a caminar, como muestran algunos
documentales, atados y maltratados, al llegar a Ilha Moçambique, a aquella casa
de los esclavos que visitó el viajero
insatisfecho o a cualquier otro paraje costero, serían lavados y acicalados
para una minuciosa y detallada inspección de los compradores. ¡Tremendo!
También conoció la residencia del poeta portugués Luís de Camões que
¡pásmense!, poco antes de su ocupación había sido lugar de subasta de esclavos,
donde eran vendidos o comprados.
¡Cuántos recodos tenían aquellas viejas calles!
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27 de octubre de 2020
Mahajanga /Madagascar

Embelesado y sentado en aquella balaustrada, dando la espalda a un inmenso baobab y mirando a lo lejos el inmenso océano, invadido como se veía por unos entrantes de tierra, estaba insanamente feliz. Se había entretenido hacía un rato con un buen plato de mariscos, refritos y especiados en exceso, pero con sabroso paladar, y aquella cerveza fría ¡ay! Ahora estaba dejando al estómago trabajar, segregar jugos para hacer una buena asimilación, y su mente dando vueltas allá por la ionosfera de la razón.
Había llegado hacía dos días a Mahajanga, en un largo camino ya conocido, desde Nosy Be. Un experto y avispado guía le había sugerido este puerto para hacer la travesía entre Madagascar y Mozambique que quería hacer. Dijo, incluso, conocer servicios especiales desde esta ciudad hacia las islas Comores, y más allá. Lo pensó unas horas, desde la tranquilidad.
Tranquilidad
para tratar de descubrir el rumbo personal. Su rumbo.
El
caso es que decidió desandar lo andado y volver a Mahajanga. No tenía prisas, y
sí ganas de hacer algo que llenara su espacio mental.
El
lugar y el baobab tenían encanto. Ya
lo había visitado al subir, y pensó que sería un buen punto de reunión con
personajes de la mar. Resultaría más fácil entrar en contacto con la gente,
pensó. Evitar el calor era también una buena razón para cobijarse bajo el árbol
milenario, especialmente cuando aprieta a estas horas de la siesta. El paseo no
resultó tan agradable como esperaba, hacía un viento racheado que levantaba una
polvareda grisácea en remolinos espaciados a lo largo del camino. Eso sí, aquel
marisco refrito desapareció totalmente de su buche y no dio ninguna amargura
digestiva. No se veía un alma hasta donde alcanzaba la vista, a pesar de que
varias casas aledañas mantenían la posibilidad abierta de que algún espíritu móvil
apareciera, pero sus habitantes -imaginó- sestearían o simplemente se protegían
del calor y polvo.
Le
llevó más de una hora alcanzar su objetivo, pero mereció la pena. Allí estaba
el majestuoso árbol, impasible a la ventolera y dignificando todo lo que había
a su alrededor, por muy humilde que fuera. Sus dimensiones eran ostentosas,
solo el tronco ocupaba un círculo de unos 10 metros de diámetro. Enmarcándolo,
a modo de faja, la balaustrada de obra donde estaba sentado, y la parte baja de
su tronco, pintada de blanco, no sabe si con el fin de protegerle de parásitos
u hormigas.
El
lugar que ocupaba no era muy apropiado pues el baobab era el centro de una rotonda que los coches y motos bordeaban,
a veces, con un tino desquiciado de conductores de rallys. Un rickshaw se
paró y le incitó a la vuelta turística de rigor, algo que desestimó con
controlada educación y varios dala-dala
gritaron, cuando estaban frente a él, su destino. Como aquella zona, por la
hora, no era precisamente un jolgorio, extrajo de su pequeña mochila azul la
libreta de notas y se puso a escribir de manera desordenada pequeñas puntillas
y anotaciones breves del día. Ya lo ordenaría más tarde.
Cuando
levantó la cabeza tenía a dos blancos delante. Le miraron e hicieron un gesto
de saludo. Sorprendente esta actuación en África cuando dos blancos se cruzan
en la calle o se encuentran en un local, siempre surge de manera improvisada un
gesto de saludo. ¿Por qué esa distinción? Eran españoles, con marcado acento
vasco. Casual, sorpresivo y raro fue aquel encuentro. Vascos, de Bilbao y
Bermeo, pertenecían a la tripulación del “Rosyth”
que, según Jon, el bermeano, era como un camión de reparto.
-
Traemos y llevamos carga de un lado para otro, desde Ciudad del Cabo hasta
Mombasa. De aquí vamos a Beira, Mozambique, dijo. Si tienes alguna intención de un abordaje,
pídenos permiso primero, añadió según transcurría la conversación, en tono de
broma, después de que les comentara sus intenciones.
-
No. Nosotros no llevamos pasaje, remarcó el otro que llevaba un llamativo Fred
Perry rosa. Pero yo que tú me informaría antes en la oficina del consignatario.
Le
apuntaron datos, direcciones portuarias, e incluso de manera enigmática,
insinuaron ciertas posibilidades. ¡Vaya! No sé por qué me parece que las cosas
se están arreglando, pensó de manera optimista. Hablaron largo rato del
Gobierno, del SIDA, de los atentados de ETA y de fútbol. Y sí, les vió menos
inclinados a prolongadas charlas políticas que partidarios de visitas al campo
del San Mamés.
¡Aupa,
Athletic!
[Continuará].
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8 de junio de 2013
Los yugos en África
23 de marzo de 2013
En Ilha de Moçambique, África se mezclaba
19 de julio de 2011
La publicidad invasiva es ofensiva
En ciertos países africanos la presión de la publicidad es tremendamente invasiva. Y no es que su presencia sea mayor o menor que en otras regiones del planeta pero sí se evidencia en formas y maneras más infantiles, sencillas (con esa sencillez que ofende), descaradas y sensibles, pasadas ya de moda en ciertos países europeos; o al viajero insatisfecho eso le parecía.[Confiesa públicamente su malestar con ese tipo de publicidad que mete sus narices en parcelas humanas demasiado afectivas con el propósito, eso sí como el resto, de captar la atención para luego entregarles algún mensaje].
Esas estatuas coloreadas de Coca-cola, en Vieira (Mozambique), situadas donde en Madrid, por ejemplo, aparecería ‘Felipe IV, a caballo’, catapultaba al producto americano a símbolo de la historia de ese país africano. ¿Qué mensaje estaban entregando?.
¡Demasiado entrometido!.
La publicidad se centraba en variadas plazas o rotondas.
¡Poco tacto!
Para evitarla, el viandante podía modificar el itinerario o mirar a otro lado.
¡Inconveniente añadido!
Casi un parque temático de la publicidad. Si en Disneylandia el puesto donde se vendían ‘perritos calientes’ tenía forma de salchicha, en Mozambique su ‘particular Felipe IV’ tenía forma de botella de Coca-Cola.
Todo un manipuleo continuado y peligroso que, en fin, parece todo un intento de ‘matar moscas a cañonazos’.
20 de enero de 2010
Charla en Beira
Después del primer intercambio de gestos y palabras a modo de presentación, este viajero pronto vislumbró el conocimiento que tenía el muchacho del panorama político español. En tono jocoso -cree- se apuntaba a las tesis del ex presidente Aznar sobre la invasión de Irak y contradecía la conocida p
olítica ejercida por Zapatero sobre ese mismo tema en aquel momento. “Además, Aznar es amigo de Bush”, entendió que decía, para apoyar su particular razonamiento.El personaje no hablaba español pero -entre risas y en tono comprensible- se atrevía a rebatir con descaro cualquiera de los argumentos expuestos, obligando al mochilero a posicionarse, sin ganas, políticamente. Lo que planteaba el amigo, y lanzó a la palestra, eran provocaciones a discusión abierta, civilizada y nada camorrista. De él tendría que aprender mucho la sociología actual y, en especial, los políticos.
El mozalbete en cuestión trabajaba en PescaMar, empresa controlada por la española Pescanova. ¡Cuántas conversaciones y discusiones bromistas habría mantenido el joven con tripulantes de barcos españoles detrás de una cerveza 2-M, tan típica por aquellas latitudes!.
4 de noviembre de 2009
Dos pueblos, dos hechos, dos diferencias
Esperanza.
Esperanza.
En alguna ocasión anterior oyó hablar de ese Centro, y de ese doctor, pero nunca había investigado si ese pueblo mozambiqueño era ‘el manica’ que visitó el mochilero en su ruta por el país, y en el que estuvo dos completos días intentando conocer las cercanas y antiguas pinturas rupestres de Chinamapere.
Nada que ver Manhiça con Manica.
El primero, en los alrededores de Maputo; el otro, mucho más al norte, muy cerca de la frontera con Zimbabwe y, como pueblo fronterizo, de abundante trasiego de materiales y personas, no todas de loable ‘buen vivir’. Usureros, cambistas, prostitutas, ladronzuelos y, seguro, estafadores. Al bajar del autobús, un loco le asedió dando gritos incomprensibles y moviendo los brazos amenazantes, como indignado de su presencia en la población.
No tuvo suerte con las pinturas rupestres, muy cercanas. Por ellas preguntó en el bar-restaurante del hotel donde se hospedaba. Nadie quería saber nada del lugar y cuando insistió le observaron raro. Para visitarlo -decían- había que pedir permiso a una bruja/bruxa que vivía cerca de Chinamapere.
Al final del día, relajado, no muy convencido de la belleza de las pinturas y sin mucha convicción pidió ayuda para alcanzar el sitio. Un lugareño, con el atrevimiento que dan las cervezas ya entrada la noche, se ofreció a ser el conductor-guía por un razonable precio, pero, al día siguiente y a la hora acordada, no se presentó a la cita.
¿Plantón, o miedo y superstición?.
9 de noviembre de 2008
¡Serán mamones!
Su avión les traía de Israel y Jordania; ahora, en Mozambique; pasados un par de meses, el destino les llevaría a Egipto, y más tarde a Austria. Para finalizar su periplo de año y medio, harían una parada en Estambul antes de regresar a tierras neozelandesas.
¡Serán mamones!, pensó este mochilero, al conocer su ruta (dibujada en un mapa) y ver cómo, entre risas picaronas, tomaban cervezas -por no sabe qué miedos de conciencia, ambos las mantenían en el suelo no en la mesa- en una preciosa terraza del más coqueto restaurante isleño.
¡Serán mamones!, grita ahora cuando rememora el hecho.
Mochilero era el viaje. Y de religioso se trata, pues los protagonistas de la historia son dos apasionados y pícaros pastores evangelistas neozelandeses, disfrutando -cree este mequetrefe viajero- ella de una segunda juventud y él de su primera y desaforada gran pasión, medianamente tardía.
17 de septiembre de 2008
Patio dos Quintalinhos
Sibri surijhi irimera alherita, dirimo.
Alahbáaa!!. Alahbáa!!”.
Perdón, por estos casi ridículos sonidos onomatopéyicos, pero así, o similar, sonaba la llamada a la oración desde los altavoces de la “mezquita verde” de Ilha Moçambique, a diez metros de mi lecho, en una habitación con cierto encanto enclavada en el hotel Patio dos Quintalinhos que regentaba un avispado italiano. Eran más o menos las cuatro y media de la mañana -noche cerrada- y aquellos cacharros que expulsaban estruendosas voces metálicas pareciera que sonaran en lo alto de la almohada.
¡Malditos!, gritaba entonces el viajero insatisfecho.
Luego, cuando el sol se había ya levantado a lo lejos, en el horizonte del reposado océano, se repetía él mismo tratando de convencerse: ¡Qué bello es despertarse en medio de la noche con los chirridos metálicos de una oración que no entiende “ni el tato”!.
¡Malditos!, grita de nuevo el mochilero al escribir estas líneas, mientras en su memoria flotan las estridentes voces enlatadas.
Contradicción, otra vez.
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31 de agosto de 2008
El despertador de su vida
- “A las 4,30 de la mañana. Tendrás que madrugar. En este país, los autobuses para viajes largos salen siempre sobre esta hora”.
El mochilero tendrá que levantarse gran parte de los días a las 3 de la mañana, pero ¿cómo?. Duerme como una roca y los vigilantes nocturnos de los hoteles baratos, por lo general, son la irresponsabilidad absoluta.
La solución del clásico despertador le pareció la más inteligente. Ya tarde, salió a la “busca y captura” del despertador de su vida por las calles de Maputo.
El viajero insatisfecho, a veces, sufre momentos convertido en verdadero espeso-mental, míseros momentos (que se dispone a enseñar), la olla a punto de explotar, vahídos intelectuales, turbaciones varias, estrechez de miras y candidez enfermiza. Y allí, lejos, sufriendo uno de esos estados, o todos a la vez, se compró el “despertador de su vida”. Tan kitch como algunos templos budistas, tan hortera como un cerdo con diente de oro, y hasta silencioso: una contradicción para semejante aparato.
En fin, un desastre.
2 de agosto de 2008
Ahí va
Decía entonces, al tener la oportunidad de observarlo de cerca: “Intentó informarse y preguntó a las mujeres que salieron tímidas al encuentro.
No hablaban portugués. Ni con gestos lograron entenderse”.
Como si fuera un experto periodista, citó la fuente (las mujeres) pero no la mostró.
Ahí va.
27 de junio de 2008
Ese "no se qué árbol"
- Ejercen una fuerza sobre los malos espíritus del poblado, a los que expulsan perseguidos por su olor celestial- imagina podría ser uno de los comentarios supuestos.
Se encontraban casi siempre en el centro del círculo que conformaban las cabañas de tierra y paja, ocupando un lugar de privilegiado en la mayoría de los casos.
Como no llevaba un experto guía, el viajero insatisfecho se preguntaba “¿Qué tipo de planta será esa?”.
Un oportuno pinchazo a unos metros de una de esas pequeñas comunidades, le permitió sacar una fotografía. Mientras pulsaba botón de la cámara, sintió el denso olor a naturaleza, también el fino hedor que desprendían las cercanas cabañas, percibió el fuerte brillo de sus hojas erguidas y chillonas y apreció la variedad de objetos que se encontraban en su base.
Desde luego, lugar de reunión.
Intentó informarse y preguntó a las mujeres que salieron tímidas al encuentro.
No hablaban portugués. Ni con gestos lograron entenderse.
Mala suerte, se dijo.
1 de junio de 2008
Todo un viaje mochilero-religioso
No sabe por qué cuando paseaba por una de las calles de Beira, una bella ciudad de Mozambique, y oyó salir de un edificio religioso -Igreja Universal do Reino de Deus, rezaba a la entrada- fuertes voces metálicas-de-micrófono en apariencia barato, se acordó de esos voceros, nunca vistos en directo pero de los cuales todo mundo tiene referencia.
Al entrar, la sonrisa de una monaguillo (¿se dirá monaguilla?), le animó a pasar con un simpático gesto. Tomó asiento atrás en uno de los largos bancos de la iglesia y se dispuso a presenciar lo que era un novedoso espectáculo.
El oficiante, micrófono en mano, lanzaba exhortos a gritos, entre sonrisas y ojos chillones, que los asistentes (algunos) contestaban con extravagantes gestos de oración, casi de éxtasis. Era tal la fuerza de convicción del personaje que, de manera anárquica, los imbuidos del espíritu del Más-allá lanzaban a su vez todo tipo de gritos y saltos impulsivos. La creencia religiosa repercute fuertemente en la vida de las personas, en sus actitudes, costumbres y normas de conducta.
No siempre de manera positiva.
Este viajero insatisfecho no pudo menos que salir un poco traicionado por su también convulsiva curiosidad. Luego tendría ocasión de oír otros oficios de similar estilo, e incluso viajar (brazo con brazo, sudor con sudor) con un joven que dijo ser pastor de la iglesia baptista mozambiqueña (mozambicana, como les gusta decir a ellos).
Todo un viaje mochilero-religioso. Y aún hay más.
16 de mayo de 2008
El 100 por 100
No sabe por qué.
El puente que construían allí iba para largo (ver uno de sus pilares en la fotografía). No hacía falta ser ingeniero para deducir tal afirmación.
Era un río impresionante, mucho más si el día era lluvioso, con las nubes cayendo amenazadoras en el horizonte, que imprimían una terrible sensación de humedad. Cuando se llegaba a laorilla, uno se veía desbordado por la cantidad de vehículos que aparecían por sus alrededores. Los camiones se mezclaban con las personas que por allí merodeaban; con los puestos de venta de frutas, de bebidas, de comida aparentemente insana, de venta de todo tipo de artículos, en un raro desorden, que los guardias mozambiqueños conseguían controlar no siempre con adecuados modales.
Los vehículos fueron los primeros que ocuparon un sitio. El resto del pasaje, amontonado, al final. Tres blancos, contados, subieron en ese turno a la barcaza-transbordador. Cuando ya navegaban por el centro del río, el viajero vio detrás, por el rabillo del ojo, a los otros dos. Mientras, les escuchaba hablar en español.
Se giró completo e hizo la siempre impertinente pregunta: ¿Españoles?. Si. ¿Qué hacéis por aquí, de 'turisteo'?. No, somos cooperantes de Cruz Roja. Estamos aquí, al lado, en un pueblo. Por aquí pasaremos un mes….
¡La cosa tiene serendipia!
Tres blancos, los tres españoles.
22 de abril de 2008
Ilha de Moçambique
Tres partes tiene la isla -pequeña y alargada- muy diferenciadas, las tres muy mal cuidadas: la fortaleza, la ciudad de piedra y la ciudad de Makuti.
Le sorprendió la fortaleza (fotografía pequeña), o fuerte de Sao Sebastiao, abandonado.
Le sorprendió la ciudad de piedra, Patrimonio Mundial de la UNESCO, muy tranquila y ligeramente cuidada; aú
Le sorprendió la ciudad de Makuti, ciudad de pescadores -semihundida entre calzadas laterales- en cuyos angostos callejones, de negro y viejo aspecto, resonaban los murmullos de las madres, los gritos de los niños, los ladridos de los perros y las alborotadas gallinas. Mientras, los todavía artesanos pescadores entretejían y reparaban sus redes en la arena.
11 de abril de 2008
¿Mozambicano o cubano?
¿Dónde quedó su espacio vital?.
En ese vehículo mozambicano, sentado en la parte de atrás, el mochilero escuchaba la conversación del joven que estaba a su lado y otro que se acomodaba, en diagonal, en la fila anterior. Unas veces hablaban portugués, lengua oficial en el país, y otras, cubano. Si, cubano, el acento era su seña de identidad.
“¿Qué hace un cubano tan lejos de su tierra?”, preguntó el viajero. “No. Soy mozambicano, pero mi niñez y juventud las pasé en Cuba”, dijo en perfecto español cubanizado. Otra vez que el mochilero no acertó.
Y van,….. veinte mil.
Pocos años después de la independencia, con Samora Machel al frente del FRELIMO y de la República Popular de Mozambique, los intercambios entre Cuba y este país africano fueron frecuentes. Fidel Castro enviaba personal especializado (médicos, profesionales, militares,…) a este país del hemisferio sur, mientras Mozambique desplazaba a la isla caribeña jóvenes a estudiar y formarse como futuros comunistas. Pero apareció el RENAMO a desestabilizar al FRELIMO, a Samora Machel, y paralizar al país entero.
Guerra civil.
En este intercambio Cuba-Mozambique participó el vecino de asiento y compañero de viaje. En la Isla de la Juventud (Cuba) le pilló la guerra civil de su país y se pasó seis años ¡seis! sin noticias de su familia. A su regreso, a principios de los noventa, con 24 años, comprobó que todos estaban desaparecidos.
Solo, sin ser querido alguno, se volvió loco. Vagabundeó cuatro años por el país, durmiendo en la calle, viviendo de limosnas y perdido.
“Ahora ya no. Todo se arregló con el matrimonio, que me salvó. Me casé y tengo dos preciosas hijas”.
28 de marzo de 2008
Cerca de la frontera

DE VEZ EN CUANDO, EL "VIAJERO INSATISFECHO" SEGUIRÁ CONTANDO COSAS DE MOZAMBIQUE.
Cuando estaba leyendo la experiencia sobre lo oído en la frontera, entre Nicaragua y Costa Rica, por los autores, Rosa Regàs y Pedro Molina, del libro Volcanes dormidos, este viajero no pudo menos que recordar los problemas existentes entre Zimbabwe (ahora arruinado -política y económicamente- por Mugabe) y Mozambique. En Manica, una ciudad muy cerca de la frontera con “el territorio Mugabe”, gran cantidad de refugiados anglo-parlantes son criticados por los portugo-parlantes de Mozambique.
“Su dinero no vale nada”, decían -entre orgullosos por el suyo y apenados por sus vecinos- los herederos de los lusitanos. El viajero insatisfecho lo pudo comprobar al comprar un billete de 10.000.000 de dólares de Zimbabwe por 10 meticais, moneda mozambicana (unos 30 céntimos de euro).
(La fotografía que acompaña este “post” es la reproducción exacta del billete de curso legal que este mochilero adquirió como artículo de recuerdo).
“Sus mujeres no quieren trabajar”, decía el mismo conversador, haciendo referencia al grupo de llamativas y flamantes negras, de escotes generosos y modales procaces que merodeaban por la terraza del bar del hotel. El conversador en cambio no dijo -y querría este mochilero dejar constancia de ello- que en otras ocasiones -la mayoría- estas mujeres, u otras parecidas, hacían los trabajos más bajos y menos gratificantes en suelo mozambicano.
24 de marzo de 2008
Los mercados africanos (Mozambique)
Si hay una cosa caótica, al menos en apariencia, son los mercados africanos. Pero no esos mercados con artesanías inservibles para los turistas impulsivos de las compras anodinas, sino los puestos de venta de sus productos básicos, locales y cotidianos.
Puro caos.
Son cosas y más cosas apiladas en inestables tenderetes (estos, si son artesanía), colgadas de los árboles y colocadas en el suelo; encima de otro producto, sobre la destruida acera o sobre un pequeño arbusto cercano (verde, siempre verde). Personas resguardadas del sol bajo sus propios tenderetes, mujeres sentadas en un saco de arroz y detrás de varios cestillos con pequeñas cosas (pocas): tomates, patatas, arroz, pimientos, guindillas, naranjas, verduras raras,….
Y gritos.
Muchos gritos.
Y, otras, silencio.
Una vende arroz, o maíz, y tiene sobre su producto varias latas de diversos tamaños (tal vez, ¿un kilo?, ¿medio kilo?). Latas de hojalata que ahora sirven para medir pero que otrora, hace muchos años, fueron el glorioso envase de buenos productos exportables. Y niños (muchos niños), sentados en las aceras con su palangana de cacahuetes, con su cortada botella de plástico que hace de medida. Los niños, también las mujeres y jóvenes, al pasar el viajero insatisfecho, le miran con extrañeza. Los niños, tal vez, con tristeza, y hacen amago de ofrecerle su venta. Si les mira a los ojos, se amilanan y se olvidan de su ofrecimiento.
20 de marzo de 2008
Gorongosa (Mozambique)
Otra cosa venida-a-menos.
Parece ser que estos últimos años resurge, aunque la población animal no puede compararse con la que tuvo en sus primeros comienzos.
Se pueden ver impalas, antílopes acuáticos, oribis, kudus, jabalíes verrugosos, hipopótamos, elefantes y, con suerte, algun león. La gran cantidad de aves es una maravilla. En el noroeste del Parque se encuentra el monte del mismo nombre, envuelto en leyendas locales, que despiertan la voraz curiosidad del occidental que llega a sus cercanías.
Como persona que escribe esta entrada lo vió, como viajero insatisfecho lo soñó. Gorongosa estaba cerrado al subir al norte del país, por fuertes lluvias e inundaciones (es la época lluviosa). En un fracasado intento pudo imaginar todo eso, y soñar, y arrepentirse de haberlo soñado, e intentarlo de nuevo a la bajada del norte, y volver a fracasar.
Cuando estaba escribiendo este breve texto en su libreta de notas, al lado de una cerveza, alguien le preguntó: “¿periodista?”.
- No, “blogger”.
Miró con "cara-de-haba" y se fue.

