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30 de agosto de 2021

En busca de "otra" Marlene Dietrich


Durante el periodo de confinamiento en 2020, por la Covid-19, el viajero insatisfecho decidió dedicar su tiempo a recopilar con ilusión, recuerdos, anécdotas y vivencias de viajes pasados. Su punto de partida fue un relato al que tiene mucho cariño, que mereció hace pocos años el premio del I Concurso de Relato Corto Monasterio de Escalada. Con estos textos previos y las ganas de contar historias que le habían ocurrido en los viajes, se lanzó a escribir un libro que tuviera cierta coherencia, autenticidad y, sobre todo, verdad, aun teniendo en cuenta que la trama argumental partiría de hechos novelados. Resumiría así el argumento:
“Bruno, obsesionado con la actriz Marlene Dietrich, a raíz de un encuentro imprevisto en época infantil, se relaciona con un amigo que le hablará de Waldo, casualmente, conocedor en su juventud de la artista alemana. Ambos se movían en los casinos y cabarés de Las Vegas y Broadway. Actualmente, este personaje disfruta de sus últimos años en Madagascar con una amiga francesa, su petite vedette.
Varios capítulos son escritos del propio Waldo, en primera persona, dando a conocer él mismo su trayectoria. Primero con pasajes vividos durante la guerra civil y, luego, sus andanzas y actuaciones como artista, «hombre de trapo», acompañado de su inseparable mujer, Elsa.
Intentando conocer más y más sobre Marlene, Bruno se lanza a la búsqueda de Waldo por Madagascar. Sufre, en carne propia, los difíciles trayectos por la isla, con carreteras abandonadas y en medios de transporte locales, atestados de gente local que viaja con las incomodidades otorgadas por la explotación y la pobreza. Desde Antananarivo sube a Mahajanga y, de ahí, a Antsiranana. Conoce el norte de la isla y la gran bahía que acogió a la idílica república pirata de Libertalia y se aventura por la isla de Nosy Be hasta localizar a Waldo y su petite vedette. Una vez encontrados, liberado Bruno ya de la obsesión por el Ángel Azul -como fue conocida Marlene- gracias a la originalidad y familiaridad del veterano artista, a su naturalidad y su manera de vivir, decide lanzarse a conocer África continental. Atraviesa el canal de Mozambique en barco y llega a Mozambique, sube por Malawi y se adentra en Tanzania (en todos estos recorridos, cuenta anécdotas reales que le sucedieron y recoge historia y vida de los países que visita). Alimenta, así, su pasión por África”.

Copyright © By Blas F.Tomé 2021

2 de diciembre de 2012

La casa Mandala


El trayecto de Lilongwe, capital de Malawi, a Blantyre lo hizo en un moderno autobús, quizás el mejor transporte que había cogido en África. Era caro para el nivel en que se movían los transportes en el país, pero compensaba esa mínima comodidad y el breve relajo, después de las múltiples montoneras de gente que antes había sufrido en los trayectos en Tanzania y, también, en Malawi.
Cuando aterrizó en Blantyre, una tarde de finales de septiembre, aburguesado ya por el excelente bus, le desconcertó, al bajar, el abigarrado ambiente, tensado ya africano. Aunque, siendo sinceros, como en cualquier otra ciudad del entorno.
Recuerda la ‘guest-house’ en la que pasó dos noches como un hermético ‘resort’ -antipedigüeños- para mochileros.
Pero de eso iba el viajero insatisfecho, de mochilero.
A la mañana siguiente, como un náufrago en medio de un mar de cemento, puestos de comida, charcos, venta ambulante, ruido y humo decidió visitar la afamada casa Mandala del gobernador, erigida en 1882, que el libro-guía considerada el edificio más antiguo del país.
Puessss….., le pareció muy cotidiano, de la rutinaria época inglesa (fotografía).
Era un edificio colonial de entonces donde el gobernador, o el empresario de turno, dedicaban sus esfuerzos a las manufacturas y mostraban su cara más vil al esclavizar al negro local.
Aquella balsa de historia que era el edificio, le transportaba al siglo XIX cuando unos misioneros escoceses se trasladaron a la zona, lo que atrajo la atención de otros comerciantes europeos por su saludable y estratégica ubicación. Así surgió la ciudad.
La altitud del lugar (1.040 metros) mantenía un poco a raya el temido contagio de malaria.
Copyright © By Blas F.Tomé 2012

12 de junio de 2012

Subida a Nkhata Bay


Cococrilos en el PN de Liwonde, fotografiados dos días antes de tomar el Ilala II

Si bien para la bajada hacia el sur de Malawi había utilizando los buses locales como medio de transporte, la subida desde Monkey Bay hacia el norte la realizó este mochilero en el Ilala II, un barco que hacía el recorrido una vez por semana en cada dirección, con múltiples paradas en su lento trasiego. Este viajero insatisfecho quería ir hasta Nkhata Bay. ¿Por qué?. Porque el único motivo para utilizar el barco era para vivir la experiencia: quería hacer una navegación más larga que la del año anterior por el lago Victoria.
Entre la variedad de paradas que hacía aquel viejo buque, una era en el apeadero de las islas de Likoma, a orillas de Mozambique pero pertenecientes a Malawi. La noche era oscura y de escasa visibilidad pero el traqueteo y la bocina del barco, que aminoró la marcha aún sin atracar en puerto por carecer de él, alertó a los de la orilla que se lanzaron al encuentro en pequeñas piraguas cargadas hasta los topes. Tan sólo se veía alguna tenue luz, indicadora de que se acercaba un tropel de ‘barquichuelas’ para hacer el intercambio de mercancía y pasajeros. Una vez colocados al costado del Ilala II parado, unos subían y otros lo abandonaban para ocupar el puesto en alguna pequeña barca de aquellos que ya habían ascendido. Todo un trasiego desordenado y peligroso aunque no exento de acertados movimientos.
Así es África. Llena de escenas.
La noche pasada, sin camarote y tumbado bajo las estrellas en la parte alta de la cubierta, se convirtió en una minúscula aventura. Arropado con una liviana manta, robada en el avión de ida de KLM, y orillado al cajón de los salvavidas del barco pasaría la noche en un duerme-vela permanente.
Ese estado intermedio fue interrumpido por una sucia y achispada negra que, a falta de abrigo y para evitar la brisa nocturna, utilizaba con descaro la parte sobrante de la manta robada. Allí se la encontró, al pasar ‘del duerme’ a ‘la vela’, al menos dos veces acurrucada a su lado.
Insensata.
A media mañana, del segundo día, avistaban Nkhata Bay.
Copyright © By Blas F.Tomé 2012

6 de noviembre de 2007

Cocodrilos adormilados

El interés por los viajes antropológicos de este patrañero-viajero siempre ha sido mayor que por las visitas arqueológicas. Ha disfrutado siempre más viendo a un niño jugar en un charco de agua, o a un adulto cultivar su pequeño terruño, que observando la más ingeniosa de las construcciones ancestrales de cualquier civilización ya extinta. ¡Y mira que tienen su interés!.
De manera general, después de andar mucho por un país, observar gente, palpar realidades, el próximo paso a dar suele ser el reencuentro con la naturaleza, lo más salvaje posible. En Malawi, después de pasar quince días de trotamundos por diversas poblaciones y paisajes, la mente del viajero necesitaba un contacto cercano con la naturaleza. Se encuentra en esos momentos en las inmediaciones del Parque Nacional de Liwonde y decide ponerse en manos de un guía (no cree que lo fuera) para poder visitar la naturaleza salvaje. Una mañana completa de recorrido en un viejo y oxidado Land Rover no le permite descubrir gran variedad de animales. Eso tienen los animales que no siempre están cuando el ávido turista necesita retratar sus veloces carreras o las salvajes persecuciones tras una desgraciada presa.
Cerca del lago Malombe, a orillas del río Shire, se encontraba el Mvuu Lodge, uno de esos paradisíacos hoteles de 300 dólares la noche (actividades organizadas incluidas), en el lugar más relajante y emblemático del Parque Nacional, donde los insufribles jubilados ingleses o alemanes o, quizás, norteamericanos, retozan como hipos en un barrizal.
Sus alrededores cuentan con una gran colonia de cocodrilos (adormilados, y bien alimentados) que este viajero insatisfecho -aprovechando la cara infraestructura montada para el caro turista del Mvuu Lodge- visitó impresionado.

Un cocodrilo, adormilado, impresiona. Aún allí, en pleno reposo guerrero, no es difícil imaginarle siguiendo la estela de una asustada cebra en el agua, a punto de dar la mortal dentellada.

10 de julio de 2007

Kaplan: el viajero en sentido anticuado

Al empezar a fraguar esta entrada, el viajero insatisfecho estaba leyendo al periodista judío Kaplan, Robert D. Kaplan, uno de sus inevitables personajes de ronda por el mundo mundial y conocedor de los entresijos de la persona y la naturaleza humanas. Y subscribió, al instante, una de sus afirmaciones que transcribe seguidamente:
“Quería verme como un viajero en el sentido anticuado de la palabra. Un viajero acepta a la gente que le rodea y las cosas que le pasan. Nunca exige ni se queja; se limita a escuchar y observar (…)”.
A este mochilero le viene a la cabeza cuando pretendía conocer un pequeño pueblo a orillas del lago Malawi y las posibilidades de hacerlo eran únicamente esperar a que un desvencijado Land Rover hiciera acopio de pasaje, con lugareños, para comenzar así el trayecto de 30 kilómetros hasta esa villa ribereña.
En África, ese conocido sistema puede llevar a uno a viajar entre sacos apilados y gente más apilada aún, sentada -amontonada- en la caja de uno de esos viejos vehículos todoterreno.
En África, la espera es una filosofía de vida.
Y esperó. Largas horas, y aún así esperó. Ahora ante la frase de Kaplan se limita a sentirse orgulloso pues el viajero, en el sentido anticuado de la palabra, “nunca exige ni se queja”.
En este caso, espera.
Aún así, pagó un desorbitado monto de monedas -mucho más que los lugareños- por transitar por un peligroso camino entre montañas y ver, al girar una curva, el lago a lo lejos. Encontró un pueblo de pescadores, cuatro turistas mochileros emparejados a cuatro turistas mochileras y una playa de arena con secaderos de pescado en ella (ver fotografía).
Además, haciendo caso al autor judío, este solitario casi-trotamundos se limitó “a escuchar y observar”.


Copyright © By Blas F.Tomé 2007

15 de junio de 2007

Los taxistas de África


Los mochileros también tienen sus cosas extrañas. También se meten dentro del caparazón, como aterrados por una supuesta falta de seguridad que creo, en este caso, no existía. Y yo, también me metí dentro del caparazón.
Llevado por la psicosis de miedo, que me insufló en el cuerpo un taxista cualquiera de los muchos que esperan a la llegada del bus en un nuevo destino, acabé en una “guest-house” repleta de viajeros mochileros, ninguno de ellos español.
Era una especie de “resort” de mochileros (“centro turístico” cutre), a las afueras de la ciudad de Blantyre, al sur de Malawi, muy cerca de Mozambique. Habitaciones incómodas, jardín desastroso, hamacas sobre-utilizadas, bar, música constante, restaurante, parrilla, billar,….
Odio los “resort”.
Pero allí aparecí, como un alma en pena, después de pasar horas y horas muertas en un cargado y desvencijado autobús local. La ciudad tranquila no se merecía el apelativo de peligrosa, pero todo un día batallando en un transporte “de mil paradas” implica a veces llegar con las defensas bajas. Y ahí está el hábil taxista que te promete por poco dinero llevarte a un lugar tranquilo donde el descanso será seguro.
Rompo una lanza por ellos. Te ayudan en los peores momentos, no por altruismo, creedme, sino por dinero, pero su peso específico en un viaje alcanza, a veces, cotas impagables. Se alimentan de miedosos y cansados “corderos mochileros”, pero se ganan su pan con dignidad y simpatía. Cobran sus carreras mirándote a la cara, pero cumplen con los ojos cerrados cualquier extraña petición.
No bailan por dinero, pero hacen como si bailaran.
No sonríen al verte, pero sus simpáticos ojos desprenden alegría.
No vuelven a buscarte, pero al salir de tu refugio te los puedes encontrar….
Son los taxistas de África.

15 de febrero de 2007

La violencia es más cruda en África

En la orilla del lago Malawi había un hotelucho, o casa de huéspedes, que regentaba un australiano joven, rubio como la crema, porrero y, a veces, las más, borracho, huido de la justicia australiana o, al menos, así me dijo. Pero eso sí, desde la amplia terraza de su hotelucho, cargada de mesas y hamacas, se veía en todo su esplendor el inmenso lago por el que hacía unas horas yo había navegado. Las noches se convertían en un intercambio cultural e internacional en este refugio de turistas mochileros. Un sudafricano “partía la pana” con una suiza; un finlandés miraba embelesado a una jovencísima ruandesa, negra brillante como…..como todas las negras, y el australiano, esas noches que estuve, se entendía con dos inglesas, ambas gorditas pero con simpáticas caras. Y más relaciones, y más intercambios culturales…
Los agotadores días de “turisteo” y marchas por los alrededores con el sol abrasador, “un sol de justicia” (qué poco me gusta esta expresión), terminaban habitualmente en una terracita en el centro de la pequeña ciudad ribereña del lago, donde la cerveza era el mejor regalo que uno podía obsequiarse. Desde la terraza, mientras apuntaba en mi diario las actividades de la jornada, presencié algo que me impactó. Un musculoso negro se acercaba corriendo por la calle, seguido de otro más raquítico pero que daba unos gritos que no podía entender. De pronto, un ladrillo (de esos artesanales que no tienen ningún orificio, sólidos y pesados) sale de la mano del raquítico con tal fuerza que impacta en el hombro del perseguido cuando éste pasaba a mi lado, lo que le hace tambalearse a punto de caer. Un segundo pedrusco en las piernas le derriba momentáneamente a pocos pasos delante de mí. Luego, sale corriendo. Todo ocurre en un segundo. El perseguidor desiste de su empeño de alcanzarle y nos mira satisfecho de su logro, como si su instinto depredador hubiera sido colmado. ¡Qué crudeza!. No pude reaccionar, pero tampoco lo hicieron sus congéneres que miraban impasibles la escena. Algunos ni eso, seguían con sus inútiles, pero necesarias labores. La cosa no iba con ellos. La violencia y el sufrimiento se convirtieron en rutina hace mucho tiempo en África y su crudeza les deja neutros, impasibles, críticos silenciosos ¿con quien?, ¿con el agresor o con el agredido?. Desconocía los orígenes de la reyerta, pero la imagen sigue en mi mente cada vez que me acuerdo de África. No he vuelto al negro continente, y aunque tengo ansia de pisarlo, me incomoda imaginar lo que me puedo encontrar. Esas escenas diarias, sin aparente valor e inestabilidad nacional, pero que hay que verlas, vivirlas y sentirlas pues no dejan de ser lejanas para la mente de cualquier europeo que ejerza de viajero insatisfecho.