14 de octubre de 2012
No fue en un viaje a la India
14 de abril de 2011
La venganza del siervo ambulante
8 de diciembre de 2010
Fuerte Rojo, Yamuna y Taj Mahal

Según fantasea la leyenda, desde todas sus ventanas se podía admirar el Taj Mahal a lo lejos. Y, efectivamente, así era, desde todas las aberturas, almenas, balcones y ventanas que daban al río se contemplaba el famoso mausoleo. Este mochilero, como el Sha Jahan, observó desde allí por primera vez aquel prodigio arquitectónico. Y fue desde allí, desde donde le vio brillar como perla oriental, apareado por los destellos/reflejos del río Yamuna.
En aquella época -el viajero insatisfecho lo guarda en su mente- entre las piedras rojas de aquel mastodóntico fuerte (rojo) brotaba salvaje la verde maleza que los desheredados/parias hindúes trataban de limpiar a golpe de zoleta.El resto no rojo, era también verde.
El verde frondoso de los bajos del ancho foso.
4 de mayo de 2010
El 'kathakali'
Presenciar una danza de ‘kathakali’ fue algo sorprendente, enigmático y todo un espectáculo de silencio y colorido. Difícil combinación, pues el silencio aparece perseverante en la mente como algo ceniciento y plomizo.Esta danza, una de las clásicas en India, suele ser una representación escénica de poemas épicos y leyendas populares. Este viajero insatisfecho presenció una muestra de ella en la ciudad de Ernakulam, cerca de Cochín. Su libro-guía, le aconsejaba que fuera con tiempo suficiente antes del horario y, fiel cumplidor de estas sugerencias librescas, allí se presentó, al menos, una hora antes de la cita. En sus nubes cerebrales, recuerda la espera con un pálpito de admiración.
Los danzantes prepararon su atrezzo con cierta parsimonia, candidez y silencio. Lo más admirable: el meticuloso arte de maquillar sus rostros; más que maquillar, cubrir de arte su cuerpo entero.No perdió detalle este inexperto mochilero, excepto en un momento de parón artístico que aprovechó para complacer su vicio más sonado: un cigarro Habanos, ante la entrada del recinto.
Entre los danzarines, los diálogos se intercambiaban por medio de la mímica y juegos de manos. Toda una delicia visual.
21 de septiembre de 2009
No, no. Con fan
- “He dormido (es un decir) con el ventilador del techo a tope, calculando que ningún mosquito sería capaz de trabajar bajo su corriente, pero preocupado por la posibilidad de que se saliera de su eje y aterrizara dando vueltas sobre mi cuerpo desnudo”, escribía hace unos días Juan José Millás en un artículo-reportaje sobre Cachemira, problemática zona del norte de la India.
Y este viajero insatisfecho se identificó tanto con esa simplona situación que recordó al instante sus experiencias en habitaciones sucias y maltrechas, de luz tenue, insuficiente para leer y ventilador amenazante en el techo, por las que pasó a lo largo de sus viajes por la India o Tailandia, u otros.
¿Quiere la habitación con ‘aire acondicionado’?, preguntaba el muchacho de la recepción. No, no. Con fan (ventilador, en inglés), era la contestación. No sabe, ahora, si era masoquismo, puro misticismo leonés, ganas de imprimir dureza a su experiencia, deseos de enfrentamiento con lo imprevisto o estupidez juvenil (esto último no puede ser, pues continúa haciéndolo y, ahora, ya no podría calificarse de juvenil). El caso es que así se planteaba cada estancia nocturna en aquellos humildes hoteles donde, incluso, podría haber dormido cómodamente. En otros peores, ni siquiera había esa posibilidad. No, no. Con fan. Sus giros rápidos, con sospechosos balanceos y su persistente ruido chirriante y molesto le convertían, aún más, en ventilador asesino. Pero el sueño le sobrevenía al viajero lentamente y se sobreponía a la inevitable y constante preocupación: el último y tal vez letal giro del aquel artilugio colgado del desconchado techo.
Copyright © By Blas F.Tomé 2009
15 de septiembre de 2009
Las redes chinas en la India
La ascendencia leonesa de este viajero insatisfecho le ha hecho observar atónito y perplejo cosas normales para cualquier -también- normal viajero. Pasar toda una mañana (¡entera!) como mirón de uno de los más ancestrales trabajos en la India, viene originado por su nacimiento en las tierras interiores de la España más profunda.Las célebres redes chinas son una de las imágenes más típicas de Cochin, en el estado de Kerala, y la actividad, que se desarrolla alrededor de ellas, es la que observó este bobalicón y reposado viajero una mañana más, de las muchas que ya había pasado en tierras hindúes. Dice la historia que fueron introducidas por comerciantes de Kublai Khan, soberano del gran imperio mongol. Se trata de grandes redes de pesca fijadas en unas estructuras de madera que se utilizan durante la pleamar. Son sumergidas en las aguas salobres y poco profundas para capturar los pequeños peces que llegan hasta allí.
¡Pero qué laborioso y relajado a la vez es este trabajo!. A criterio de su dueño indio, se suben y bajan las redes de captura. Para elevarlas, utilizan -como contrapesos- piedras atadas a diferentes alturas dependiendo del peso a soportar y ángulo tomado por la red. ¡También, complicado y sencillo a la vez!.
Con esta fotografía -por aquello de que una imagen vale más que mil palabras- la explicación le sobrará al lector empeñado en conocer su funcionamiento.
Muchas otras cosas había que ver en la ciudad, y el mochilero las vio: el antiguo cementerio holandés, la iglesia de San Francisco (primera iglesia cristina de la India), la Sinagoga judía, el ‘viejo Cochin’,….
27 de julio de 2009
Desidia (?)
Llegó a Bombay (ahora, Mumbai) en autobús, una manera como otra cualquiera de llegar. Le dejó en el centro, relativamente cerca de la estación del ferrocarril, a una hora muy temprana. El sol trataba de alzar aún sus rayos en la lejanía y la ciudad aparecía con una clara penumbra matinal.Al atravesar con respeto las calles laterales a la estación Victoria, el espectáculo era impresionante, pero por lo mísero. Allí, en la soledad y el ruido
so silencio del amanecer no había más remedio que pensar que había demasiados indios en la vida india. Aligerando el paso, el viajero insatisfecho contaba y contaba las decenas de indios que, bajo los soportales, en los setos centrales divisorios de carriles y en los escasos metros del ancho de las aceras, dormían sin orden ni concierto, o tumbados unos al lado de otros. Algunos dormitaban sobre cartones o esterillas, pero la mayoría lo hacía sin nada que hiciera las veces de colchón y sólo con algunas prendas de vestir, con los brazos cruzados debajo de la cabeza. Los niños dormían unos sobre el costado, otros, boca arriba. Arrimados a sus padres, algunos; otros, yacían, como criaturas abandonadas, acurrucados en rincones llenos de suciedad y polvo. No se veían indicios de que poseyeran bienes, sólo cuerpos, sin hatos ni carretillas. Llegó a contar, antes de doblar una esquina, que ahora su mente cataloga como divisoria, unos cincuenta y ocho, que podían ser el doble.En aquellos momentos, algunos desentumecían ya sus músculos después de haber descansado en el duro cemento o asfalto. El mochilero caminaba con prisas, como huyendo con su pesada mochila al hombro.
¿Miedo?. No, tal vez desidia. Porque ver niños tirados como desperdicios en la acera da desidia, e impotencia.
Llevaba su cámara en la mano.
Pudo sacar unas fotografías.
Nada más.
31 de mayo de 2009
Paz

¿Por qué nunca ha escrito de su experiencia en el Taj Mahal?.
Ni siquiera -piensa- ha colocado una fotografía de este mítico lugar.
Tiene miedo.
¿Por qué?.
Quizás no sepa describir aquel momento, la visión que tuvo en su interior y que sería necesario plasmar si dibujara aquel instante.
Se levantó no muy temprano.
Después de desayunar, abandonó la humilde guest-house donde había pernoctado aquella noche. Uno de los muchos jóvenes ricksaw que estacionaban delante del hotelucho para viajeros se ofreció a llevarle.
Sus simpáticas maneras le animaron.
Con varios días ya en la India tomando este popular medio de transporte, le comían la curiosidad y las ganas de querer conducirlo. Se lo propuso al enjuto pero fibroso muchacho e intercambiaron los papeles. El mochilero conducía por un largo paseo de la ciudad de Agra, de árboles centenarios, mientras el hindú sonriente se dejaba llevar cómodamente sentado. Fue un rato de intenso esfuerzo pero, guiado por sus indicaciones, consiguieron poco a poco ir acercándose al Taj Mahal. No le vislumbraban aún cuando se rindió ante el agotador pedaleo y las gordas gotas de sudor húmedo que desprendía su frente.
Se sentó en el lugar que entonces le correspondía.
Mientras pensaba, y admiraba el duro trabajo de aquel ricksaw-man, recorrieron la última avenida y llegaron a la entrada del monumento.
2 de febrero de 2009
Ellora
En varios de los templos-cueva sorprendía ver al hindú, doblado el lomo, barriendo con una menuda y artesanal balea. Pulían el suelo con movimientos lentos, trasversales, suaves y minuciosos. Uno, se sentía observado; otro, miraba pedigüeño al extranjero, y otro más, seguía con su trabajosa tarea como si nadie hubiera entrado en su particular coto. Daba sensación de limpio, cuidado, para que el turista -viajero local o extranjero- disfrutara de la frescura que brotaba de la piedra (Excepto en ciertos rincones, donde olía a insistente orín).Eran las cuevas de Ellora (India).
Este viajero insatisfecho ascendió, uno por uno, todos los escalones, entró en todas las cuevas (numeradas), convertidas por antiguos artistas en auténticas obras ingenieras, y recorrió cada una de sus galerías.
Decía el libro-guía: “Las más bellas son la número 10, 12, 16, 21, 29 y 32”.
¡Qué atrevimiento!
Todas conformaban una composición extraordinaria, el viajero las visitaba con la misma ilusión, el hindú las limpiaba con la misma parsimonia y su artesano hacedor las debió pulir con el mismo esmero.
¡Qué trabajoso le resultó a este mochilero llegar hasta ellas desde aquella ciudad que ahora no recuerda!. Aunque la impaciencia y desánimo no rondarían jamás su impenetrable corazón.
Primero, acompañado por un jovenzuelo hindú; luego, un rickshaw; más tarde, un atestado autobús y, para finalizar, una larga caminata, todo ello combinado con el asfixiante olor y calor hindú. Olor con regusto a olla sucia, a restos de curry mal rebañado, a humo de caña mohosa, a escupitajos rojizos de hojas de betel.
4 de octubre de 2008
El sadhu
Con suavidad (Aquello le convirtió en “su sadhu”).
Con la misma suavidad que le vio alejarse tan solo unos metros. Con la misma suavidad que se acercó a pedírsela, con un gesto. Casi quitársela. Con la misma suavidad que miró al viajero blanco y barbudo un instante, justo al tomar la granada.
Una mirada que hizo las veces de agradecimiento.

El mochilero observaba a “su sadhu” sorprendido, aunque no fuera la primera vez que veía a un personaje así. Hay muchos por las calles de la India, muchos escondidos en los lugares más insospechados, observando la religiosidad de la vida con la nitidez de un asceta, con la complejidad de una persona perdida y lejana.
Con suavidad y una lentitud pasmosa fue sacando el contenido de la granada, grano a grano. Un joven hindú pasó a su lado y dejó caer una rupia en su saco semivacío que tenía a los pies. El mochilero miraba, y oía el agua del Ganga (río Ganges) que pasaba al lado de la suavidad del sadhu. Sentado, tranquilo, en silencio, con su pelo moreno atado en moño, los brazos apoyados en las rodillas, su larga barba blanca, casi cenicienta, formando una típica silueta oriental.
[Le sacó una fotografía].
El que nunca haya tenido a unos metros a un sadhu nunca contrastará con lo que es su ajetreada vida propia y personal. Este sadhu de Rishikesh respira su ciudad sagrada. Palpa a la madre Ganga, que se muestra salvaje y ruidosa a su paso capitalino.
23 de noviembre de 2007
Los dabbawallahs
Era la segunda visita del viajero insatisfecho a la India. El recorrido que empezaba en el sur (Trivandrum), finalizaba, tal y como tenía previsto, en Bombay (Mumbai). El vuelo de regreso a España partía de esta urbe.Cuando se llega a una ciudad con la cantidad de habitantes y extensión que tiene Bombay, y teniendo dos escasos días por delante, la mejor idea es relajarse y ver únicamente lo que un cansado cuerpo -del mochileo- le permita merodear. En este caso, los dabbawallahs:
“En la esquina de Queen’s Road, Church Gate Station es, entre semana, uno de los lugares más singulares de Bombay. Hacia las 11,30 horas, llega un tren de cercanías del que se apean unos viajeros poco comunes: miles y miles de fiambreras (dabba) que unos equipos humanos, ‘dabbawallahs’, han recogido en las casas particulares, desde los rincones más lejanos de la periferia. A la llegada del tren especial, que va parando en las estaciones intermedias, otros equipos de ‘dabbawallahs’ se ocupan de las fiambreras y las clasifican, según su número de orden, a lo largo de las aceras hasta que son entregadas a sus destinatarios, pequeños funcionarios y empleados de oficinas. Esta empresa no es sólo una increíble demostración de capacidad organizadora, sino que es también, la expresión de un hecho social importante que se desprende, en la mayoría de los casos, del problema de los tabúes y de la pureza ritual que ha de tener la persona que prepara los alimentos y la manera de prepararlos. En una palabra, para muchos hindúes, sigue estando prohibido aceptar comida preparada por cualquiera y de cualquier manera”.
15 de octubre de 2007
Una obligada y necesaria parada

Había que estar loco, o ser un suicida, o tener el sentido de la responsabilidad por donde transitan los caracoles para hacer un recorrido tan temerario como el que este personaje hacía con un vehículo cargado de humanos. Este viajero insatisfecho se lo tomó, entonces, como una experiencia y no iba preocupado en exceso. Ahora, sí. Desde la lejanía de los recuerdos, le parece que aquello podría haber sido un desastroso día para los 50 seres que allí ocupaban sus asientos, previamente adquiridos y pagados con religiosidad oriental.
Después de sacar con total imprudencia a un camión que circulaba en sentido contrario de la carretera, y al que abandonó a su suerte, atascado y destrozado en un pequeño ribazo que le salvó de ir al precipicio, el conductor-suicida ni se dignó parar para comprobar los efectos de su desalmada fechoría.
Las recíprocas miradas de asombro de los pocos viajeros occidentales, daban la voz de alarma general ante tanta tropelía. Uno, dos, tres percances similares en pocos kilómetros avivaron los murmullos de indignación y en cierto sentido alimentaron la coherencia del conductor.
Casi al mismo tiempo llegó la avería.
Satisfacción entre los mochileros occidentales. También entre los locales.
Relajación.
Una avería que sirvió para pasear largas horas como sonámbulos por las orillas de la peligrosa vereda y observar a las pacientes ovejas y gallinas, hacinadas entre mochilas y fardos, en el techo del destartalado autobús. Faltaban pocos kilómetros para llegar a Sonauli, en la frontera con Nepal. Un agotador trayecto desde Benarés, complicado por la actitud irreflexiva de aquel conductor hindú.
18 de septiembre de 2007
La religiosidad del Ganges
Cuando este mochilero vio hace unos días esta diapositiva entre sus recuerdos de la India, en su primer viaje allá por 1986 (¡qué viejo es el desgraciao!), se le vino a la cabeza aquel emotivo instante. Entonces, lo encuadró en el visor de su cámara -sin pensar en el balanceo de la piragua en que se encontraba- y apretó el pulsador justo en el momento más religioso, casi de éxtasis, de esta mujer hindú metida hasta la cintura en aguas del río Ganges (ver fotografía). Ella bajaba lentamente, escalón a escalón, y cuando llegó a la orilla no paró ni dudó un instante. Sus pies contactaron con las aguas y siguió avanzando hasta que el sagrado líquido la llegaba a las pantorrillas. Comenzó a batirlo con sus manos, en un intento de limpiar algo que se veía lleno de inmundicias. Su postura orante apareció justo cuando la captó la instantánea.Quien no haya visto un amanecer en los ghat (escalinatas) del río sagrado, en Benarés (India), difícilmente puede entender el escalofrío, el estremecimiento interior que le produce a este viajero insatisfecho recordar esa forma de despertar al día y elevar el sol en el horizonte, con susurros de religiosidad y silencio, de paz.
Eso era lo que se respiraba: paz.
Pero también se olía y escuchaba la muerte.
No olvide el lector que el deseo más profundo de todo hindú es trasladar, mediante el fuego, su alma al nirvana, y eso lo consigue mediante los rituales de las cremaciones. Allí, a la orilla del río sagrado, presentes cualquier amanecer.
Y al ver la diapositiva, a lo lejos y al trasluz, como todos han visto este ingenio infrautilizado y medianamente caduco, este viajero también se estremeció. Aquel día de septiembre de hace muchos, muchos años se emocionó; ahora, quiere compartir sentimientos, sensaciones y experiencias.
2 de julio de 2007
El "viajero insatisfecho" olvida experiencias
Provoca una sensación rara saber que has visitado un lugar y no tienes especiales recuerdos de su paso. Me sucedió hace unos días al comentar con una querida “bloggera” sobre uno de sus “post” en relación con Kovalam Beach, en el sur de la India. Era tanta su pasión por este paradisíaco y perdido lugar que la “blog” que ha montado se apoda “Kovalam90”, en alusión al año en que descubrió su mítico lugar.“Yo, no”, negaba así cualquier contacto con el lugar, cual “san pedro” ante su maestro, al conocer que estaba cerca de la ciudad de Trivandrum, donde mi avión había aterrizado. Si bien me sonaba lejanamente el nombre playero, no podría decir que había estado por allí. Ante una improbable posibilidad hice una consulta a mis “notas viajeras”, descubriendo con asombro que mi transitar por esa famosa playa, con fotografías incluso, había sido en 1995.
¡Me rindo!.
¿Y entonces? ¿Por qué había olvidado el lugar? La soledad viajera -donde las sensaciones, vivencias y experiencias son diferentes- es el único argumento que puedo tener. Para llegar a Kovalam Beach, hay que recorrer una carretera llena de mujeres y niños picapedreros que no se escapan a la curiosidad del turista. A mí no se me escaparon. En sus aguas se intercalan turistas, en bikini o bañador, con niños correteando y mujeres hindúes bañándose con sus saris de seda u otra vestimenta similar típica-tópica (ver fotografía), que tampoco se le escapa al extrañado viajero occidental. A mí no se me escapó.
Lo que si mi cabeza había olvidado, y que este pequeño impulso de mi querida “bloggera” me ha hecho recordar, es que disfruté de un agradable día de playa, sin tener conciencia entonces de que lo visto y disfrutado se me iba a escapar de la mente, como viajero insatisfecho.
21 de junio de 2007
¿En India o en China?

Muy obediente con su “maestro viajero” (libro-guía), este mochilero hizo ese trayecto en un soleado día de septiembre. No se arrepentirá nunca de haberlo decidido.
La maraña de lagunas, ríos, calles acuáticas, cruces, canales artificiales conforman un laberinto navegable que no se escapa al control de los hábiles barqueros de la zona. El paseo es zigzagueante de poblado en poblado, con paradas para comer, para dejar pasajeros, subir mercancías o encargos, para sentirte, en fin, como descubridor de un mundo al que no se le ha escapado la belleza primigenia. Toda una experiencia.
Comió la tradicional “arroz con curry”, utilizando su mano derecha y servido en hoja de plátano, un trozo de pescado frito en exceso y los típicos, pero caros, anacardos (una delicia, por cierto).
“Entre los pasajeros, aún recuerdo la presencia de una pareja de catalanes con los que charlé mucho rato -entre fotografía y fotografía- después de pasar varios días sin haberme comunicado en el idioma que me vio nacer”.
27 de enero de 2007
India y Nepal: Iniciación viajera
Fueron cuarenta y cinco días en los que vi la pura realidad del pueblo hindú en su cruda existencia. Pasé miedo paseando por Chandhi Chowk, de Old Delhi; desconcierto en los viajes del tren; admiración ante el Taj Mahal, en Agra; cierta espiritualidad al presenciar las abluciones en el río Ganges en la ciudad de la muerte, Varanasi o Benarés; mucha ternura al conocer a los shadus (como el de la fotografía) y comprender su abandono de lo material y su dedicación a la oración; confusión al presenciar, a lo lejos, las cremaciones en los ghat del río, y cierto reposo al cruzar la frontera nepalí y recorrer las tranquilas calles del centro de Katmandú. En Pokhara, en las laderas del Annapurna, admiré, al amanecer, lo impresionante que pueden ser las frías, rocosas y blancas cumbres del Himalaya, para eso el jefe del pequeño hotel en que me hospedaba se encargaba de despertarte a las 6 de la mañana, único momento del día en que las nubes dejaban divisar en todo su esplendor la cima.
A la orilla del lago de Pokhara encontré a la primera pareja de españoles, a los que mareé y agobié con mis inmensas ganas de “charleta”, después de aproximadamente un mes sin poder comunicarme en español. Misión cumplida. Mi iniciación viajera había comenzado con éxito. Aires de libertad dentro de mis venas y la mochila, el bien más preciado. Luego vinieron viajes y más viajes de turismo mochilero: Jordania, Turquía, Madagascar, Tailandia, China, Vietnam, Senegal, Tanzania, Malawi, Colombia, Cuba, Trinidad y Tobago, Venezuela, Costa Rica,….. y siempre pensando: misión cumplida, pero siempre......., insatisfecho.



