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22 de enero de 2013

Las tata-somba, una tradición mantenida/Benín


Sencilla tata (observad el sombrero de una de las torretas donde se guarda el sorgo y el mijo)

Era el primero de año. Alquiló un zem (taxi-moto beninés) y se dirigió a Koussou desde la ciudad donde se encontraba, Natitingou, al norte del país. Y alquiló este popular vehículo de Benín porque la población distaba 25 kilómetros por una pista de tierra, transitable para motos y, aunque podía ir en taxi-brousse colectivo (más barato), le apetecía celebrar el inicio de año dándose una buena paliza de saltos y botes moteros (a decir verdad, NO más que si lo hubiera hecho en taxi-brousse) para seguir malogrando su -ya jodida- espalda.
Koussou, y algún que otro poblado tribal más, era un verdadero paraíso tradicional, cultural y arquitectónico: constituía el territorio somba, asentado en la sierra de Atacora (pequeñas elevaciones que allí se consideraban sierra pero que no dejaban de ser eso, pequeñas elevaciones). Este pueblo era conocido por su tradicional, original y particular forma de construcción de sus casas, sus tatas. El pueblo somba ha sabido conservar esta tradición a pesar del progreso (¿qué es el progreso?) y las presiones del mundo moderno.
Otra tata, más elaborada, con tres niveles de terraza

En este poblado era posible dormir en una de las varias tatas de particulares que allí existían, como una experiencia viajera digna de ‘niñatos pijos’ y algún que otro ‘veterano snob’ (se permite esta pequeña crítica aunque no pretende 'sentar cátedra'), y a pesar de los constantes comentarios que circulaban entre los viajeros sobre el frío de la noche si el turista en cuestión no iba preparado, al menos, con un saco de dormir de verano. 
En el ‘radio-macuto’ viajero se recomendaba dormir en los habitáculos de la terraza (donde suelen dormir separados el hombre, la mujer y los niños, que acceden por una diminuta entrada) pues en la parte de abajo, a veces, guardaban animales domésticos y además solía estar lleno de humo [Este leonés se sorprendió, y mucho, al ver -eran las 11 de la mañana- a aquel viejo, literalmente, metido en una pequeña hoguera y respirando humo en la planta baja].
Viejo somba, en la hoguera de la tata

Esto lo llamaban turismo sostenible, y de mantenerlo tal se encargaba la organización La Perle que gestionaba y repartía el dinero obtenido de manera equitativa [50% Eco-guías; 20% Comunidad; 20% Propietarios de las tatas, y 10% Funcionamiento de la organización]. 
Esta organización La Perle contaba con un presidente elegido, una serie de eco-guías y una veterana francesa que pasaba largas temporadas en el país ayudando, de manera desinteresada, en la gestión del entramado. Este viajero insatisfecho habló unos minutos con ella, en su elemental francés -no pasa la criba como el inglés de Sergio Ramos-, aunque pudo deducir que era una simpática y bella persona.
Las malas lenguas, o las buenas, hablaban (se enteraría luego) de que el presidente actual, a quien el mochilero saludó durante el recorrido de la visita, se estaba lucrando con el dinero recibido del extranjero, no destinándolo al fin requerido, aunque NO con el que reciben por el alquiler las tatas. La francesa, según parece, estaba al margen y desconocía todo aquel tejemaneje.
Con corruptelas africanas (y de otros mundos, ¿os suena?) o sin ellas fue, sin duda, toda una vivencia comprobar cómo eran las tatas, cómo vivían sus gentes, los sombas, y cómo mantenían su territorio y tradiciones.
Terraza de las 'tata-somba', con sus habitáculos para dormir y guardar el sorgo y el mijo

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