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21 de mayo de 2013

“Se buscan”


¿Les habrán encontrado ya?.
Hace apenas dos años quienes aparecen en la fotografía estaban perseguidos como verdaderos asesinos, hombres temibles que se movían en el entramado mundo del tráfico de drogas en aquella apartada zona de Panamá. La vecina Colombia y su frontera cuasi imposible, debido a la selva del Darién, generaba este tipo de contrabandos. Este viajero insatisfecho leyó, en algún medio, que desde Colombia se enviaban (y se siguen enviando) los cargamentos de cocaína por mar hasta Panamá. Allí eran almacenados y luego transportados por tierra a Costa Rica, de donde partían hacia México para llegar al mercado norteamericano. Narcotraficantes estos que arriesgaban sus vidas por el paso fronterizo en rápidas lanchas ‘fuera borda’, actividad que mantenía en permanente estado de alerta-vigilancia al ejército y fuerzas panameñas.
No era difícil encontrar carteles de “Se buscan”, con fotografía incluida, en el país. A este mochilero le recordaban las antiguas películas de vaqueros y bandoleros salidas del cinematógrafo de los grandes directores hollywoodienses. Sorprendía la contundencia del “Se buscan” y el despliegue de fuerza militar derivado de la orden. Nunca encontró ‘alias’ peligroso alguno durante su recorrido ni pudo ejercitar el cívico impulso de denunciar aunque sí vió en el cartel una clara advertencia sobre el moderado peligro en aquel determinado paraje local.
Yaviza, última ciudad de Panamá en plena selva del Darién, era una pequeña población fronteriza tomada por las fuerzas de seguridad. Según parece, se esforzaban estas en adquirir equipamiento, en capacitar recursos humanos e invertir en lanchas patrulleras y helicópteros para vigilar de manera eficiente el vasto territorio costero, tanto atlántico como pacífico, muy propicio, por otra parte, para múltiples escondites de droga.
Ante esta situación, el cartel anunciador se convertía en un elemento útil a la vez que disuasorio para esta mafia de difícil control. El de la fotografía se ubicaba en un árbol al lado del puerto fluvial de Yaviza, a la vista del que lo quisiera ver. Y ello era sencillo al apearse de la lancha, orillada en el lecho del río, que traía también a las gentes de los poblados ‘emberá’ de los alrededores. Este mochilero se fijó aún más en aquel árbol porque en su base un colorido y domesticado papagayo (o similar) hacía piruetas con desgana sobre un hierro allí colocado.
“Se buscan”.
Copyright © By Blas F.Tomé 2013

13 de diciembre de 2011

Cocobolo

¡Vaya paliza!, y qué sudada, por ayudar a cargar troncos de cocobolo en un 4x4 panameño. Aquellos troncos, serrados para seleccionar el verdadero corazón de la madera, pesaban más que ‘un matrimonio a la fuerza’. Y todo ese sufrimiento del mochilero fue por encomendarse a un ganadero de Quintín para, así, conseguir transporte desde La Palma a aquel lejano poblado. Al ‘joío’ muchacho no se le ocurrió otra cosa que hacer un flete a medio camino, antes de llegar al destino.
Y ahí estaba el viajero insatisfecho dispuesto a ayudar y a cargar si hiciera falta con todo el cocobolo de la zona del Darién.
[En su descargo, habrá que decir que no supo hasta después, qué especiales tocones ayudaba a cargar].
Si bien hay varios tipos de estos árboles, la talla más generalizada es la de uno que puede alcanzar los 20-25 metros de altura. Debido a su gran belleza y alto valor, se ha sobreexplotado y está ahora en peligro de extinción fuera de parques nacionales y reservas. Su textura es muy densa y aceitosa, a la vista y a la sensación. Con esta hermosa y carísima madera (que lo es) se hacen guitarras, oboes, piezas de ajedrez, manillas de cuchillo y artesanía animal, en general.
Probablemente aquello era una pequeña ilegal tala o, quizás, no muy justificada.
Tal vez, no.
No lo supo.
Ante el desconocimiento de la madera que le estaba agotando, este mochilero preguntó al ganadero/conductor por qué era tan valiosa.
- No lo sé. Es muy escasa, de buenísima calidad y la compran los chinos –contestó el joven ganadero.
¡Vaya, otra vez los chinos!.


PD.: En la foto aparece la dueña del cocobolo (al fondo), su hijo y el ganadero/conductor.
Copyright © By Blas F.Tomé 2011

20 de noviembre de 2011

Una viñeta del humorista preferido

Las insistentes noticias e informaciones sobre la expansión china en el mundo en desarrollo están apoyando antiguas teorías de este mochilero sobre el peligro chino, en especial, el de los ‘timoneles’ chinos, sus aspiraciones dispersionistas, su exportación del esclavismo laboral y sus pretensiones de anegar al mundo.
En charlas de amigos, nadie quiere entender estas teorías, pero al volumen informativo se remite. Al reportaje (doble página) sobre el desembarco de estos asiáticos en África, publicado por ‘El País’ hace ya algunos días, habría que añadir el que sacó recientemente este mismo medio sobre la presencia china en América Latina.
‘Pekin ha encontrado al otro lado del Pacífico la importante fuente de materias primas que precisa para alimentar la locomotora de su desarrollo y se ha lanzado sin reparos a su conquista. El desembarco chino, sin embargo, comienza a crear resquemor […]’, señala Georgina Higueras en su crónica.
Dícese: A los países en desarrollo les compran/esquilman las materias primas y a Europa le compran la deuda. ¡Cuidadín, cuidadín!.
Y le viene a la cabeza a este viajero insatisfecho el desasosiego y resentimientos de los panameños de Yaviza [población del Darién], visitados el pasado febrero después de unas terribles inundaciones, con los chinos que acaparan desde hace años el negocio de los supermercados en aquel apartado territorio. Estos no compartieron sus pertenencias, salvadas entre todos de las temibles avalanchas de agua, con el resto de los habitantes y vecinos. Los yaviceños pasaron verdaderas penurias y necesidades, sobre todo en el primer momento, hasta que el gobierno y algunas ONG’s pudieron socorrerles y apoyarles.
‘Los chinos tenían de todo y mi familia, que no pudo salvar nada, pasó más que hambre. No repartieron nada, guardaron todo y, posteriormente, incluso maltrecho, lo vendieron’, le dijeron entonces a este curioso visitante.
Una oscura falta de solidaridad, en vida cotidiana y, más, en situaciones extremas.

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Forges (El País, 14 de noviembre de 2011):
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Forges (El País, 24 de noviembre de 2011):

Copyright © By Blas F.Tomé 2011

11 de julio de 2011

El simpático descaro adolescente

La ciudad de La Palma, capital del Darién (Panamá), miraba al Pacífico entre viejos palafitos, que eran bares, hoteles (en uno de ellos, pernoctó tres días) casas particulares y tiendas de comestibles o cachivaches. Una mediana población que recogía gran número de colombianos ilegales, a quienes las autoridades panameñas no dejaban avanzar e internarse en el país con sus intermitentes controles en la única carretera que le cruzaba, la ‘Panamericana’.
Siempre fue el permanente callejeo una de las estrategias diseñada por el viajero insatisfecho para conocer aquella y otras muchas ciudades. Paseó por serpenteantes senderos llenos de escaleras con subidas y bajadas que rompían el ritmo y cansaban al caminante. Y así, al final de uno de estas largas caminatas, en los alejados suburbios siempre peligrosos de aquella capital, puerta del selvático territorio del Darién, descubrió, entre un pequeño acantilado, un solitario tenderete con gasolinera para barcas; a unos niños con camisetas de la selección de Portugal, (¿por qué no la española?. Les daba igual) y un poblado de indígenas ‘emberá’, lleno de trabajadores integrados, que se desperezaba del usual calor de la tarde. El paseo del andante mochilero por delante de una de aquellas casas de madera alertó a unas simpáticas jóvenes, cuidadoras de unos pequeños, de que había intruso/extranjero, ideal para risas y chanzas, carantoñas lejanas y sensualidades adolescentes.
Una guapa morena no-emberá era la de mayor descaro. Era como una flor, azahares o jazmines, pintados por Sorolla pero también un cuerpo cincelado para sucumbir a Los burdeles de Páprika de Tinto Brass. Aquel día, sin motivo aparente, se mostraba dando alegres gruñidos, simplemente porque sus hormonas, quizás, le estuvieran jugando una ‘buena pasada’. Después de una descerebrada charla, se despidió del viajero lanzando ‘cientos de besos' al aire, con picardía y esa presunción excesiva sobre su capacidad sexual, no exenta por contra de cierta timidez.
Su condición era poesía pero sus maneras despuntaban una dulzona insinuación.
Una niña, y su inevitable venida a mujer.
¡Rápido!.
¡Rápido!

Copyright © By Blas F.Tomé 2011

21 de marzo de 2011

Yaviza inundada

-Nueva y futura ubicación del poblado emberá-

Cuando llegó aquel día a Yaviza (Panamá), punto final de la carretera panamericana y comienzo del verdadero Darién, sus gentes acababan de salir de una inundación que les había durado casi un mes.
- 'El 8 de diciembre comenzaron a subir las aguas', dijo la mujer sentada a la entrada de su casa de madera [entonces, era 27 de enero y aún se veían sus efectos].
En aquella población confluían tres o cuatro ríos que padecieron los efectos del cambio climático (¿Qué no?. El tiempo lo dirá) y los yaviceños(?) sufrieron las consecuencias. Toda la ciudad fue evacuada.
Más allá -más hacia la frontera con Colombia- a los poblados existentes, casi todos emberá (etnia predominante en la zona), se accedía en barca/piragua/panga o, a los más cercanos, por angostas trochas llenas de maleza.
Y en una piragua, por el río Chucunaque, se acercó este mochilero a visitar dos poblados emberás que habían sufrido, como no, las bestiales inundaciones. Remontando el río aparecían de manera intermitente pequeños caimanes, tortugas acuáticas, lagartos, perezosos, garcillas y otros animales.
Encontró a aquellas gentes reubicando el poblado y sus pertenencias. El ‘Consejo’ del pueblo de Peña Bijagual había decidido situar sus casas de madera en una pequeña elevación, más alejadas del río. Se afanaban, aquellos días, en el corte de maleza y árboles para convertir aquel asentamiento en digna residencia. Temporalmente, contaban con tiendas de campaña, donadas por los americanos.
- 'Con los ‘gringos’ fuera del país ¿cómo es que siguen enviando ayuda a esos apartados poblados?', preguntó al regreso el mochilero a la dueña del hotel de Yaviza; tímida, siempre con la cabeza gacha, casi a la altura de sus exprimidos pechos.
- 'Pero si están por todos los lados', le contestó la señora sin levantar la mirada.
La frase, tan bien traída, la había oído el viajero insatisfecho en otro contexto.
No sabe dónde.



Copyright © By Blas F.Tomé 2011

3 de febrero de 2011

En ruta al poblado indígena-emberá / Panamá

Hace tres días, el viajero insatisfecho se internó, acompañado de un guía local, en la selva del Darién, que cierra el paso entre Panamá y Colombia, en busca de los indígenas emberá. Habrá cosas que le atraen más que la selva y los manglares, pero éstas, ambas, ‘le ponen’ de verdad.
El comienzo, realmente fácil. Pertrechado de sus botas de goma (alquiladas y usadas, quizás, por miles de ‘mequetrefes’ antes que él) se internaron en el húmedo y cálido ambiente selvático. En principio, una apacible senda -en la que se cruzaban ramas, troncos caídos y maleza- les adentraba suavemente en la espesura, pero al cabo de un buen rato el cansancio, calor y la humedad se convirtieron en agobiantes. Poco a poco el sendero empezó a hacerse más difuso, oculto entre las hojas y ramaje que entorpecían el camino. La huella, antes visible y clara, zigzagueaba perdida y el peso de la mochila (la azul, no, la otra) multiplicaba ‘el precio’ de la caminata y comenzaba a martirizar la columna [Esa débil columna del mochilero, machacada y herida desde hace años por algún que otro inconveniente altruista].
Las pequeñas pisadas del guía-emberá en el barro, entre un largo y ciego paredón de hojas verdes, se escondían a ratos y volvían a aparecer más allá, cuando comenzaba el temor y las daba por perdidas. Un murallón de rocas verdes, casi imperceptibles, les exigía una peregrinación tan lenta como cargada de desánimo.
La selva atrae y fascina pero agota en similares proporciones.
Creedle.


Copyright © By Blas F.Tomé 2011