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9 de julio de 2013

Bocas del toro

Al salir del embarcadero de Almirante

Si había un sitio en Panamá que recibía visitantes con asiduidad ese lugar se llamaba
Bocas del toro, archipiélago caribeño con abundante infraestructura turística pero con posibilidades de una relajante y económica visita, asequible a cualquier maltrecho bosillo.
El mochilero leonés no acostumbra a meterse en esos embrollos pero las referencias del lugar eran bastante buenas y decidió acercarse a dar una vuelta. Este conjunto de islas se encuentra muy cerca de Costa Rica por lo que partiendo desde Panamá City era necesario atravesar todo el país. La noche es, a veces, buena compañera de viajes y el viajero insatisfecho decidió tomar un autobús en la capital que le lanzó hacia un nocturno y kilométrico recorrido.
Panamá no es África pero el 'buseto' que le transportaba, siguiendo los parámetros africanos, se averió a medio camino cuando aún no había amanecido. Otro microbús enviado desde la siguiente ciudad en la ruta les sacó de aquel atolladero.
Isla Colón, vista desde el mar

El gran centro de visitantes del archipiélago era la isla Colón, donde se podía llegar en bote desde Almirante, pequeña ciudad costera. Precísamente allí le dejó el autobús con 4 o 5 horas de retraso. Como el libro guía decía que la isla Colón era un buen punto base, donde se concentraba la ‘rumba’ nocturna -otro de los atractivos del lugar- allí se asentó el mochilero leonés. Para tranquilidad y ambiente más auténtico era mejor la isla Bastimentos pero, según pudo comprobar al día siguiente, esta isla era un santuario, demasiado santuario de la placidez. No creyó que hubiera coches, al menos no tuvo noticia de su existencia. Además, sus calles eran estrechas, cementadas eso sí, y con pocas posibilidades para vehículos de cuatro ruedas. Pequeños hotelitos a la orilla del agua y edificaciones con un aire sureño estadounidense que rezumaban reposo y bonanza, completaban un ambiente mortecino y casi aburrido.
La conexión entre islas se hacía en minúsculos taxi-botes que pasaban por los diversos embarcaderos de madera con total falta de horario y escasa puntualidad. Pero las prisas en la isla Bastimentos y en la isla Colón eran nulas. Un buen ron local en el bar aledaño al embarcadero podía ser, y de hecho lo fue en ocasiones, una buena manera de matar la espera.
Isla Bastimentos

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