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5 de octubre de 2019

Avistando ballenas / Canadá

Ballenas
Ahora que la población mundial, excepto japoneses y alguno más, se ha sensibilizado con el peligro de extinción de las ballenas, el viajero insatisfecho, como fiero luchador de la causa, se lanzó a una excursión expresa para su avistamiento.
¡Y qué fácil resultó!
Hacía poco, en España, había leído en algún periódico que en el golfo de San Lorenzo se habían encontrado varias ballenas muertas de una especie en peligro de extinción, las ballenas francas glaciares. Nadan muy lento y producen mucha grasa, por lo que estos grandes cetáceos fueron una presa fácil para los antiguos balleneros.
Lo recordó estando por la zona de Quebec, y cuando conoció, a través de un folleto, que organizaban viajes en zodiac para su avistamiento, no dudó en unirse a la batalla. Ya en la población de Tadoussac, puerto de partida, pudo comprobar que había toda una infraestructura turística para llevar a los curiosos a la zona clave. Cientos y cientos de personas, miles, lo hacían diariamente, en grandes zodiac o en barcos preparados para tal manifestación turística.
¿No hay alguna actividad viajera en este mundo actual donde se pueda disfrutar en solitario, al margen de todo este meollo turístico? El mochilero leonés sabe que sí y que lo podría realizar sin mayores problemas. Solo necesitaría un vuelo a Abiyan, a Libreville o Kinshasa. A Douala o Lomé. Se acabaría, así, toda esta prole de turistas de 4x4 y furgonetas AC.
Escena de avistamiento

Pertrechados de aquel uniforme naranja anti-chapuzón de agua, se lanzaron a las tranquilas aguas del San Lorenzo. Un hermoso día caía sobre los curiosos de la zodiac, con bellas formaciones de nubes encima y a lo lejos. Ver surgir una ballena enseñando primero su lomo cada vez más inmenso para luego sumergirse de nuevo, con un mínimo salto y exhibiendo su cola semilunar, fue deslumbrante. Muchos ‘¡oh!’, expresiones de admiración. Esta zona del San Lorenzo era uno de los pocos lugares del mundo donde se podía ver tal variedad de cetáceos marinos. Lo que les atraía aquí eran los inmensos bancos de kril, pequeños crustáceos similares a las gambas, pero diminutos. La corriente de agua dulce que surgía de uno de los fiordos laterales, al mezclarse con la salada, reunía y acumulaba una bolsa de nutrientes, fitoplancton, elemento fundamental de la cadena trófica de los ecosistemas oceánicos. La guía canadiense que acompañaba al grupo -hablaba un perfecto español- fue muy precisa a la hora de explicar este fenómeno que era totalmente físico y carecía de otra interpretación. Eso sí, apuntó que, si bien la temporada estaba en su apogeo, circunstancias extrañas podrían abocar a que un determinado día no se pudiera avistar una sola ballena.
La naturaleza salvaje y libre tiene esas cosas inexplicables, aunque lógicas.
Había muchas ballenas aquel día. Salían de vez en cuando a respirar, deleitando a todos los curiosos de las zodiac. No sabe cuántas especies pudo ver: ¿ballenas azules?, ¿ballenas jorobadas?, ¿ballenas comunes?, ¿ballenas minke? Lo desconoce, pero fue ¡un bonito espectáculo! Lo que no vio fueron los lomos blancos de las belugas, en grave peligro de extinción.
Aunque, sí, ¡una bonita exhibición!
De regreso, dos de las zodiac realizaron otra demostración de velocidad, carente de peligro en aquel mar tranquilo, que todo el mundo aplaudió. Incluso las nubes soltaron unas gotas de agua de regocijo y placer, supone. Se acercaron a las grandes paredes del fiordo, moles rocosas salpicadas de verde, y el piloto y la guía despidieron a todo el pasaje en el puerto con simpatía y buen humor.
La ballena y la zodiac
El V(B)iajero Insatisfecho, dirigiéndose a la zona


Copyright © By Blas F.Tomé 2019

12 de noviembre de 2007

Una historia de manglares

Los manglares desempeñan una función clave en la protección de las costas contra la erosión eólica y por oleaje; alojan gran cantidad de organismos acuáticos, anfibios y terrestres, y son hábitat de los estados juveniles de cientos de especies de peces, moluscos y crustáceos.
Y son más cosas. Son una pasión visual para cualquiera que circule o navegue por sus aledaños. Por ese afán de satisfacer las pasiones visuales, este viajero insatisfecho se metió en su pequeña aventura.
Para llegar en autobús desde Esmeraldas a San Lorenzo -ambas ciudades en Ecuador- hay que pasar varios y arbitrarios controles del Ejército, que están en apariencia tratando de controlar la droga colombiana que se filtra a Ecuador. Se podría hablar de la frontera colombiana con San Lorenzo como zona caliente de los cárteles de la droga.
En esos territorios calientes se genera a veces inseguridad, silencios colectivos, miradas conflictivas pero, también, naturalidad con el extranjero que quiere conocer.
El libro-guía decía que allí se podía encontrar un amplio territorio de manglares, de ahí el interés de este mochilero por llegar a esa zona. Una vez allí, era necesario disponer de una barca para callejear por los diferentes regatos del estuario del río, donde se concentraban la mayoría de manglares:
“Después de mucho insistir en el pequeño puerto, conseguí embarcarme con una familia que, en su pequeño bote, iba en la dirección apropiada. No sabía dónde se dirigía pero sabía que regresaría ya entrada la noche.
El mayor problema surgió cuando me enteré de que el poblado al que íbamos pertenecía a Colombia. Iba a entrar ilegalmente en territorio colombiano, en zona caliente de la droga y con una familia que no sabía a que se dedicaba ¿serían traficantes?, me preguntaba, según navegábamos los diferentes callejones acuáticos. Durante el recorrido, y en el pequeño barco, me enteré que eran concheros e iban a un poblado al otro lado de los manglares a comprar conchas, ese molusco parecido al berberecho que se utiliza para los sabrosos ceviches ecuatorianos.
Cierta preocupación, en principio.
Pero gran satisfacción, al final.
Me moví con ellos por el poblado colombiano, donde fui 'el rey de la tarde', la novedad. Asistí al mercadeo de las conchas, me enteré de cómo se cogían, de sus riesgos, de las previsibles picaduras de serpientes y de su escasez o abundancia dependiendo de las lluvias y altura de las aguas.
Toda una experiencia. Regresamos, ya entrada la noche, a San Lorenzo. Nos recibió el fogonazo del vigía que, cumpliendo su misión, identificaba al escaso tráfico fluvial en esa ‘oscura boca de lobo’ a altas horas de la noche
”.