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11 de febrero de 2009

En Petra, el marco también cuenta


Llegar al vasto valle de Petra tiene un preparativo previo sorprendente: un desfiladero de rocas arcillosas, que simulaban aplastar al caminante, moldeadas por el viento y la arena pues el agua -muy escasa- nunca las pudo tallar, y de curvas suaves que el jinete-viajero no precisó esquivar, se encargaba de ello el propio caballo, ya veterano en miles de turistas.
El viajero insatisfecho se dejó guiar montado en su caballo-turista y acompañado del palafrenero-turista hasta alcanzar a divisar Petra en su totalidad.
Al finalizar el angosto desfiladero, el sol recibía al mochilero a mazazos. El polvo -sin ventisca- provenía del trajín de los “truhanes” negociantes, asentados bajo lonas. De un salto descendió del caballo y con los brazos abiertos vislumbró y admiró a lo lejos el lugar. De frente, la Tesorería (La Khazneh); a izquierda y derecha, multitud de templos, recintos tallados en la roca. Tumbas esculpidas, a derecha e izquierda.
Todo un complejo, reliquia de una civilización que floreció, pasada, caduca e inexistente: la nabatea.

El marco donde se halla, hablaba de esfuerzo y desiertos; de caravanas y puntos en medio de la nada; de comercio; de negocios y tristes batallas; de empresas artesanas boyantes y, luego, nefastas; de sufrimiento,…., y de ladrones, anteriores a los de Ali Babá y su hermano Kassim.


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14 de abril de 2007

Petra, en la mente de Spielberg

Todavía recuerdo cuando ví la película de Steven Spielberg, “Indiana Jones y la última cruzada”, en la que el protagonista y su padre, Henry Jones Senior, papel interpretado por nuestro antiguo Agente 007, envueltos en la aventura de la búsqueda del Santo Grial, penetraron por uno de los emblemáticos edificios, construidos por los nabateos en las rocas de la ciudad de Petra (Jordania). Para mí -espectador y seguidor del genio Spielberg- aquel edificio, aquella fachada era tan excepcional y conocida, que descendí del mundo de la imaginación y los sueños, a los que me transportó la película, y aterricé en la butaca del cine en el mundo real como conocedor del lugar. Ya no me pude creer que Indiana encontrara su Santo Grial en el interior, ni me pude imaginar el túnel que tenía que atravesar hasta llegar al recinto donde se encontraban los diferentes y antiguos cálices sacros, ni siquiera creí en el valor del protagonista al enfrentarse a los múltiples peligros y contratiempos (a eso se arriesgó el famoso director al colocar un plano tan evidente del lugar).
Sólo en mi butaca, recreé el instante en el que después de atravesar a caballo un largo desfiladero (“Siñor, ver allí”, me decía el palafrenero cuando nos acercábamos al final) apareció ante mí la entrada de la Tesorería nabatea, tallada en la roca con una delicadeza que solamente las antiguas civilizaciones dedicaban a sus edificios sagrados o simbólicamente sagrados. Me quedé sobre el caballo, que con su instinto animal se había parado ante el edificio (aunque más bien creo que era su costumbre de “experto guía turístico”) y disfruté del panorama durante unos minutos. Más tarde, ya pie en tierra, entré en su interior como si fuera el propio Indiana Jones.
En mi mente siguen vivas las imágenes de las paredes lisas, heladas, vacías, y los pequeños y cuadrados recintos interiores, que yo me preguntaba en esos momentos para qué servirían a sus antiguos pobladores.
No os dejéis engañar por Spielberg ni por Indiana Jones. Os puedo asegurar que el famoso túnel de aventuras fue producto de la imaginación de un genio, de la manipulación bienintencionada y cinematográfica de su director.
Petra, hermanada desde mayo del 2005 con el Machu Picchu peruano, compite ahora con las famosas ruinas incas por ser elegida entre una de las Siete Maravillas del Mundo. Una y otra lo merecen.