Mostrando entradas con la etiqueta Etiopía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Etiopía. Mostrar todas las entradas

23 de junio de 2015

El eucalipto en Etiopía ¿problema o solución?

Ya hace años, después de la visita a Etiopía, el viajero insatisfecho escribía un ‘post’, en el que rememoraba el primer día en Addis Abeba, donde “un grupo de asnos, cargados con sacos de carbón vegetal, enfilaban la calle entre el ruido de los tubos de escape de los coches. Bajaban de las montañas tapizadas de eucaliptos que rodeaban la ciudad, según pudo saber. Hasta hacía no mucho la madera era el principal combustible de la mayoría de la población. La introducción del eucalipto en Etiopía supuso una catástrofe natural que evitó una catástrofe humana, pues su escasez hubiera sido mortal”.
Y añadía, “este mochilero siempre criticará este árbol, que tanto daño ha hecho al territorio ibérico”.
Hace unos días terminaba de leer el libro ‘Addis Addis’, de Carlos Agulló, hombre experto en la capital etíope, Addis Abeba. Y le llamó la atención, como no, el gran conocimiento que este periodista demuestra sobre esta joven ciudad africana. El libro es una crónica, en trece capítulos, a través de la observación personal y del testimonio de once personajes, alguno de ellos conocido como el atleta Haile Gebreselassie o el pintor Afeweerk Tekle. Por cierto, un interesantísimo libro que sin pensárselo dos veces recomienda a pecho descubierto.

-Andamiaje de madera de eucaliptos en un edificio etíope-

Pero a lo que viene este ‘post’ es al hecho de que Agulló desgrana esa ‘pasión (?)’ de los etíopes por el eucalipto que en su momento a este mochilero ya le llamó la atención. Dice este periodista en el libro que -y cita textualmente- “la correlación entre economía y ecología tiene en lugares como Etiopía una traducción inequívoca: el empobrecimiento de la población es letal para el medio ambiente. Porque la necesidad de supervivencia empuja a la explotación desordenada de los recursos naturales en una sociedad en la que la presión demográfica es cada vez mayor”.
Menelik II, rey etíope, que había creado alrededor de su corte la ciudad de Addis Abeba, casi se ve obligado a abandonarla. Y dice Carlos Agulló sobre este asunto que “la presión sobre la masa forestal fue tan grande en aquellos años fundacionales que muy pronto el rey se vio en la necesidad de proyectar el traslado de la ciudad a una localidad próxima […] Pero el proyecto se paralizó cuando un asesor francés de Menelik, el ingeniero Mondo-Vidaillhet, introdujo las primeras semillas de un árbol hasta entonces desconocido, resistente y de crecimiento rápido: el eucalipto. Una especie que acabó por convertirse en la más abundante del país, salvó de la muerte prematura a Addis Abeba en 1895 […] En Etiopía, el eucalipto proporcionó la madera necesaria para consolidar Addis Abeba como la capital del reino unificado y también tuvo otras aplicaciones beneficiosas. Dicen -señala Agulló- que contribuyó a eliminar la malaria en algunas áreas, pero como en España, la proliferación del eucalipto tiene aquí sus detractores. Argumentan que es una especie que puede acabar con los recursos hídricos subterráneos, que empobrece los suelos y que contribuyó a modificar el paisaje”. Totalmente de acuerdo con estos últimos puntos.


Copyright © By Blas F.Tomé 2015

1 de diciembre de 2014

Emperador etíope

Trono del emperador Haile Selassie, en el Museo Nacional de Ethiopía

En su penúltimo día de estancia en Etiopía, el viajero insatisfecho visitó, en Addis Abeba, el Museo Nacional. Que nadie se imagine un ‘museo del louvre’ o un ‘museo del prado’. No, no, algo muchísimo más humilde y discreto pero para el pueblo etíope muy importante. Allí se guardaba el auténtico trono de Haile Selassie, el Emperador etíope, autoproclamado ‘Rey de reyes’. Cuatro palabras para hablar del Emperador de Etiopía, tomadas prestadas de Kapuscinski, uno de los periodistas-viajeros mito, que conoció al detalle el acto de su coronación:

  • “Etiopía era un país extremadamente pobre, una tierra feudal, atrasadísima. Vivía en un verdadero y profundo medievo. La esclavitud era una realidad todavía muy concreta. Y el Emperador, en algunas cosas un hombre moderno, era de veras una figura surgida directamente de esa Edad Media. Su poder era despótico y absoluto. Sus costumbres, sus vestidos, su protocolo eran propios de una corte medieval. Haile Selassie sabía que no podía desafiar a su aristocracia. Formaba parte de ella, aquellos feudatarios eran el pilar de su poder: el Emperador ni podía ni tenía intención de cambiar las instituciones feudales de Etiopía. Era un hombre despiadado: quien se oponía a él, era condenado. Quien desafiaba al Emperador era asesinado. Tras el intento de golpe de Estado de 1960 (promovido por su Guardia Imperial), su represión no conoció la clemencia: mató a todos los rebeldes, incluidos sus colaboradores más cercanos” (Ryszard Kapuscinski).
Copyright © By Blas F.Tomé 2014

15 de mayo de 2014

Un ‘selfie’ viajero

'Selfie'
Esta fotografía ha merecido el segundo premio de selfies, en “El viajero” de El País. Por la originalidad y, sobre todo, por su natural colorido, o eso le dijeron al viajero insatisfecho. En la comunicación telefónica de la modesta recompensa, explicó a la redactora curiosa el lugar donde fue tomada y las sensaciones. Esto fue lo que recogió en el pie de foto y que todo el que quiera puede leer en el anterior enlace:

Un 'selfie' de los otros
En la segunda foto ganadora, el viajero desaparece para mostrar el viaje. El destartalado autobús está en Etiopía. Va de las Cataratas del Nilo Azul al Lago Tana. "Viajar en un autobús así puede ser incómodo, pero es como se conoce de verdad un país", dice el autor, Blas F. Tomé, que se considera "un mochilero de toda la vida" y ha ganado una escapada a La Rioja por esta foto. "Soy un apasionado. Siempre viajo solo, al margen de los circuitos turísticos", dice. De aquel autobús recuerda "el calor, el sudor y el polvo". "El trayecto es por una carretera de tierra y la señora que iba detrás de mí (camisa con rayas, en la foto) me pedía que no me moviera pues iba a aplastar los huevos que llevaba en una cesta al mercado de Bahar Dar".

El mochilero acababa de visitar las cataratas del Nilo Azul: una decepcionante experiencia pues estaban secas, y la sensación de aquel ‘chorrillo’ de agua cayendo unos metros era hasta cierto punto ridículo. Pero…
No se arrepintió, eso sí. Todo lo que sea un diferente recorrido alimentaba el espíritu y la pasión del viaje.
Ya un poco agotado, tomó el camino de vuelta hacia la ciudad de Bahar Dar, a orillas del lago Tana. En ese autobús destartalado tomó el selfie, o lo que sea que hizo.

Copyright © By Blas F.Tomé 2014

10 de abril de 2014

Los monjes coptos etíopes

-Monje etíope, en las calles de Bahar Dar-

Viajar por Etiopía era tener un permanente encuentro con los sacerdotes o monjes coptos que iban unidos a la antiquísima religión del país. Se ofrecían voluntariamente a ser fotografiados con un envidiable talante. Muchas veces extendían la mano, una manera de solicitar el correspondiente donativo; otras, hacían el gesto de la bendición con su cruz ortodoxa, y las más, se despreocupaban con una sonrisa. Y ahí, el enfrentamiento a estos personajes religiosos era muy diferente entre los etíopes y los extranjeros. Los primeros les guardaban un respeto rayano a la devoción, y a los segundos les parecían ideales para hacer una bonita y original, cada vez menos, instantánea.
¡Eran tantos y de tantos tipos!.
-Monje etíope, en Addis Abeba-

La comunidad religiosa entre los ortodoxos etíopes era muy complicada. Constaba de sacerdotes, dabtaras, monjes, monjas y diáconos. Unos se encargaban de la enseñanza religiosa y las funciones administrativas; otros habitaban en los innumerables monasterios. Unos, eran célibes y, otros, se podían casar. Podían ser elegidos obispos, o no.
Algunos, sospecha este mochilero, se vestían como tales y mantenían una espiritualidad muy pero que muy sui generis [primera fotografía].
Una complicación.
Por la calle, y a las puertas -y en el interior- de los monasterios rondaban como las abejas liban. Merodeaban por los templos en Addis Abeba, por los monasterios del Lago Tana, por las iglesias de Lalibela,... Eran simpáticos, poco tímidos y cargados de paciencia con los pesados extranjeros y viajeros.
No eran como los sadhus hindúes pero, a veces, al encontrarles mantenían ese aire de ascetismo que cuando uno se topaba con el siguiente se encargaba de desmoronar.
La mirada del viajero insatisfecho para con ellos siempre estuvo cargada de comprensión.
-Monje etíope, en los monasterios del Lago Tana-

-Monje etíope, en los monasterios del Lago Tana-

-Monje etíope, en las iglesias de Lalibela-


Copyright © By Blas F.Tomé 2014

19 de noviembre de 2013

¿Qué estoy haciendo aquí?


“¿Qué estoy haciendo aquí?”. Pregunta que cualquier viajero se ha hecho, siguiendo -sin saberlo- la pauta que marcó Arthur Rimbaud, en Harar (Etiopía), que hizo famosa esta sencilla frase entre aventureros. Al menos el viajero insatisfecho se la ha hecho en algunas recaladas en lugares de algún lejano país.
“¿Qué estoy haciendo aquí?” se preguntaba sobre las diez de la noche, sólo, delante de unos espaguettis a la boloñesa, o algo parecido, con una cerveza “La Beninoise” al lado, la ciudad norteña de Natitingou (Benín) al fondo, con escasas luces (fotografía) y en silencio, solo roto por algún que otro bocinazo de los pocos coches que a esa hora circulaban. Era 31 de diciembre (Noche Vieja) y acababa de llegar a la ciudad después de un cansado día de bus y baches.
Las tiendas de antigüedades de Addis Abeba (Etiopía) estaban llenas de mercancías, tanto tesoros empolvados como imitaciones sucias. Cruces de plata de todos los tamaños (la cruz de Lalibela, la cruz de Aksum,…), pinturas de tela robadas de iglesias ortodoxas etíopes, viejas y gruesas biblias amáricas con ilustraciones pintadas a mano, iconos y rosarios; coranes, cuentas de ámbar [Etiopía es mixtura de religiones, se mezclan ortodoxos con musulmanes o animistas], brazaletes y escudos de marfil. Artículos de madera y cuero de todas las tribus del país; taburetes muy elaborados, reposacabezas de madera maciza del valle del Omo, lanzas, escudos, postes funerarios de los konso; platillos para los labios de las mursi o taparrabos. Rodeado y acorralado por todos estos y otros cachivaches el mochilero se preguntaba “¿Qué estoy haciendo aquí?”.
Abandonaba aquella noche, de madrugada, Antananarivo (Madagascar) rumbo a casa cuando se percató que le habían robado en la habitación de aquel nauseabundo hotel los últimos ‘francos-malgaches’ (moneda del país) que le quedaban para llegar al aeropuerto. ¡Malditos!, bramaba al vigilante (¿vigilante?) nocturno del hotel. ¿Qué estoy haciendo aquí, durmiendo en este antro inmundo con vigilantes ladrones o de pacotilla?.


Copyright © By Blas F.Tomé 2013

23 de septiembre de 2013

"Las cumbres del Nilo"

Josep A. Pujante relata en ‘Las cumbres del Nilo’ la expedición que compartió con sus amigos Agustí y Marcos a través de las impenetrables y brumosas junglas del corazón del África profunda, entre Congo y Uganda, donde se alza el Ruwenzori, las famosas Montañas de la Luna.
La misión no fue sencilla. Los inconvenientes o contratiempos surgían a cada paso aunque, al final, consiguieron coronar juntos la cima de nieves perpetuas que dan origen al Nilo Blanco.
Cuatro años después de alcanzar esta cumbre, cuando planeaban una expedición al sagrado monte Gishe, cercano al nacimiento del Nilo Azul, en Etiopía, Agustí murió en un trágico accidente de escalada en el Pedraforca. Guiado por la emoción, Josep viajó solo a África cuatro meses más tarde y alcanzó la cima del Gishe, donde debían reposar, al menos en parte, las cenizas de su amigo. Aquí, en la segunda ascensión, peligró hasta su integridad física:
“Si alguno de aquellos cantos nos hubiera impactado en la cara o en cualquier parte de la cabeza, hubiéramos tenido que lamentar un grave accidente de imprevisibles consecuencias, allí en medio, lejos de cualquier hospital […]. Debe ser complicado acertar; sin embargo, aquellos pastores manejaban con destreza y pericia admirable lo que para ellos debía ser un instrumento cotidiano [la honda]”.
El viajero insatisfecho recomienda una (h)ojeada a estas páginas, en la seguridad de que el intento por entrar en ese mundo de cumbres, aventuras y expediciones no será vano. El relato conseguirá captar, seguro, la atención del cualquier entusiasta trotamundos.
El libro araña y hace estremecer a los lectores aventureros, también a los que se conmuevan con antiguas historias de viajeros y exploradores, todo ello sazonado con ingredientes de un sincero sentimiento de amistad, una de las más ardientes virtudes del ser humano. Javier Reverte, autor del prólogo, dice que “el homenaje a la amistad es siempre el mejor espejo donde se mira la nobleza del alma”.
¡Nunca mejor dicho, maestro!.
Copyright © By Blas F.Tomé 2013

10 de mayo de 2013

Gambella

Gambella es un estado, o provincia, de Etiopía/Ethiopía. Una región al oeste del país, casi incrustada en Sudán, que contiene un Parque Nacional con su mismo nombre y gran cantidad de grupos éticos.
Hace pocos meses, una empresa india ha arrendado [robado] los “bosques sagrados” vírgenes de los ‘mezhenger’, uno de los grupos étnicos, a pesar, incluso, de la oposición del presidente del país. Verdanta, así se llama la empresa, proyecta utilizar el área natural para la plantación de té y especias, destinado todo ello a la exportación. Las ganancias en dólares para los afectados [pagan a precio de ganga] no serán proporcionales  a las pérdidas naturales y sociales, pero….
Estas ‘inversiones’ de empresas extranjeras, para llegar a serlo, suprimen la disidencia local y causan el desplazamiento de las personas y grupos/etnias. Un ejemplo de ello, los ‘mezhenger’ que dependen de esos bosques para todo, incluyendo la caza, la recolección y la apicultura, está última tan extendida aunque de manera artesanal por todo el país.
Ya han sido arrendadas [robadas] 5000 hectáreas.
Una vez más -en esta ocasión, no han sido los chinos pero si sus vecinos los indios- preparado está un nuevo expolio de riquezas naturales en África, expolio de un pueblo tan pobre y con tantas necesidades como es el etíope.
Antes de su viaje a Etiopía, el viajero insatisfecho ya conocía (había oído) las peculiaridades de esta apartada región aunque no tuvo oportunidad de visitarla. Ahora, al leer noticias frescas sobre el lugar, se olvida del condicionante que supone contar con pocos días de viaje, y se dice a sí mismo: ‘No tengo perdón’.
Eso sí, durante su viaje, no perdió el tiempo y quiso conocer otros pueblos, como los ‘banna’, también con terribles necesidades y una escasez de las más elementales condiciones de vida. El hogar de la familia 'banna' de esta fotografía estaba en una loma a unos doscientos metros de la carretera. Era una aislada y vieja cabaña de madera, barro, boñigas y hierbajos en medio de un paisaje de arbustos  verdes, casi pardos por el sol. No había agua, ni se veía tinaja alguna. Como camas, un montón de hierbas y añejas hojas. El suelo raído pero mal barrido.
Apariencia de rancio y sucio.


Copyright © By Blas F.Tomé 2013

3 de marzo de 2013

La granja de cocodrilos de Arba Minch


La granja de cocodrilos se encontraba a unos 6 kilómetros de Arba Minch (Etiopía), no lejos del lago Abaya. Para acercarse hasta allí, el viajero insatisfecho alquiló una bici y se dejó acompañar por uno de los muchos jóvenes que se ofrecían para ello con el fin de ganarse un plus a cuenta del faranji [cajero-automático-turista-blanco]. Aquel sillín de la bicicleta, duro como hormigón, le iba dañando sus partes más delicadas de la entrepierna según pasaban los pocos kilómetros. Harto, a la vuelta elegiría otro medio de transporte, ayudado por el menesteroso joven que le acompañó.
En la granja había varios miles de crias de entre uno y seis años. Los cocodrilos se criaban a partir de los huevos que se recogían del lago, donde la abundancia de estos grandes reptiles permitía que Arba Minch fuera conocida como ‘la ciudad de los cocodrilos’. Gran cantidad de ellos eran reintroducidos de nuevo al lago para mantener el equilibrio natural. La estancia mantenía utilizables unos ocho o diez tanques, cada uno de ellos con centenares de ejemplares que vistos desde arriba aparecían aburridos, desganados, siempre de edad similar.
Siendo duros críticos -y cree serlo- la visita no merecía la pena. Nunca podría reemplazar el ver a los cocodrilos en la libertad del lago Chamo o el lago Abaya, cerca de allí. Quizás para los alumnos de un colegio de Aravaca -es un ejemplo- la inspección podría ser instructiva, una toma de contacto con la naturaleza y asombrosa por las características de la especie.
Nada más.
Un grupo de alumnos abandona la granja de cocodrilos

Nunca entenderá él mismo a qué fue allí, teniendo en cuenta su aversión hacia zoos y centros de experimentación animal.


Copyright © By Blas F.Tomé 2013

4 de noviembre de 2012

El khat / Etiopía


-Campo de khat, cerca de las cataratas del Nilo Azul-

El khat es un arbusto (catha edulis), oriundo de Etiopía, o de Yemen, dependiendo de quien escriba la información. El caso es que sus hojas y tallos contienen “el estimulante vegetal más potente del mundo”, según este viajero insatisfecho había leído en sus rutinarias consultas. Por supuesto que esta afirmación le parecía, entonces, y le parece ahora de lo más exagerado.
Es una droga, según algunos textos, con fuertes efectos estimulantes. Se consume legalmente en Yemen, Somalia y Etiopía. Sus hojas se mascan sin dejar pasar más de dos días desde la recolección, de ahí que el reparto se inicie al amanecer y, mediante una aparatosa red de transportes, llegue a lugares muy dispares entre sí.
Este mochilero recoge textualmente una frase que pretende delimitar los efectos de esta droga: “Apenas se inicia la degustación, la intoxicación comienza a hacer efectos: desaparece el hambre y también la fatiga. Se pierde la noción del espacio y del tiempo. En cambio, surge una gran euforia parecida, muy parecida a la que provoca la cocaína eso sí, sin paranoia”.
Se queda estupefacto en su incredulidad.
Paseaba tranquilamente por la orilla del Abay River (más avanzado su curso mutará su nombre por el de Nilo River) cuando un jóven etíope le ofreció aquel manojo de hojas. No se perdió la experiencia. Se sentó en una especie de bar-terraza dentro de la espesura de la ribera y, según informaban todos los manuales expertos, mascó poco a poco las frescas y tiernas hojas que con mucho cuidado le iba preparando aquel joven (segunda fotografía), tragó su jugo mezclado con saliva y retuvo unos minutos, en un lado del carrillo, el bolo formado por las hojas masticadas. Luego, se lo tragó también. Tomó unos pocos frutos secos para matar el sabor a verdín y bebió un trago de té para edulcorar la boca. Repitió este ritual al menos unas veinte veces (tercera fotografía) hasta finalizar aquellos tallos cargados de tiernas hojas de khat. Expectante, esperó sus efectos.
Nada de nada.
¿Qué se comió entonces?.
¿Hojas de ‘cardo borriquero’?
¿Le engañaron como a un principiante?.
Otro elemento/mito viajero más, echado por la borda.
Nota.: El 11 de noviembre de 2012, "El País" publica una amplia crónica sobre el khat o qat, en Yemen.

Copyright © By Blas F.Tomé 2012

7 de octubre de 2012

El espíritu del Rey de Reyes / Etiopía


-Catedral de St. George / Addis Abeba-

Haile Selassie fue coronado el 2 de noviembre de 1930 en la catedral de St. George, de Addis Abeba. La coronación fue, en todos los sentidos, "el asunto más espléndido" en aquellos años, al que asistieron miembros de la realeza y dignatarios de todo el mundo. Entre ellos, se encontraban el hijo de George V, el príncipe Enrique, y emisarios de Estados Unidos, Egipto, Turquía, Suecia, Bélgica y Japón.
El autor británico Evelyn Waugh también estuvo presente. Si algún lector-blogger quiere conocer su interesante, irónica y brillante crónica sobre aquel evento puede leer “Gente remota”, un imprescindible libro de aquella época, no solo sobre Etiopía sino sobre varios países africanos que recorrió una vez cumplida su misión en Addis Abeba.
El mochilero leonés había leído el libro hace varios años.
Desde la parte sur de una empinada y extensa plaza, en aquel momento en obras, subió bajo un sol abrasador este viajero insatisfecho para visitar tan mítico lugar en el corazón del pueblo etíope. Al llegar a la catedral de St. George, con el cuerpo destrozado por una indisposición pasajera (ocurre a veces en los viajes), sólo pudo, por desgana y abatimiento, sacar una fotografía, beber un trago de agua, sentarse un rato para recuperarse y salir huyendo de allí.
El espíritu de Haile Selassie, Rey de Reyes, se había lanzado sobre este mochilero dañando su cuerpo, quizás con el peso de la historia.



Copyright © By Blas F.Tomé 2012

28 de septiembre de 2012

Dejaba mala conciencia / Etiopía


-Viviendas mursis-

Visitar a los ‘mursis’, en el Parque Nacional Mago (Etiopía), no fue una de sus mejores experiencias viajeras. Se sintió, otra vez -ya le había ocurrido con las ‘mujeres-jirafa’ en Thailandia-, culpable  de una situación denigrante para con un pueblo que no sabía si quería sobrevivir o lo que únicamente quería son los ‘birrs’ (moneda local etíope) que les reportaba ser atracción turística.
Dejaba mala conciencia.
[La presión turística que acucia a las playas españolas convierte a las mismas en un semillero de hormigón y perros falderos; la presión turística -menos, pero avanzando- que soporta esta originaria étnia somete a sus gentes a humillaciones bastardas].
La tribu ‘mursi’, indígenas del sur de Etiopia, vivían principalmente del pastoreo de grandes rebaños de ganado en el valle del Omo, parte del mismo convertido en PN Mago. También se dedicaban a la agricultura de cereales, sorgo y maíz, sobre todo, y eran, junto con otras etnias como los ‘banna’ y los ‘hamer’ ubicados en los alrededores, recolectores de miel.
-Joven mursi-
En una práctica ancestral se adornaban con espectaculares tocados en la cabeza e increibles dibujos y bellos ornamentos en sus cuerpos, decorados con pigmentos naturales extraídos de minerales y vegetales. Más anecdótico era que éstos, además, actuaban como repelente de insectos al haber sido mezclados con ceniza y orina de ganado. Se pintaban el cuerpo incluso varias veces al día, como una forma de seducción, de expresar su estado de ánimo o su orgullo.
Las escarificaciones y mutilaciones que se infligían eran también signos de elegancia, de fortaleza y valor.
Pero el poblado visitado, artificialmente creado en un arbitrario lugar, constituía, según opinión del viajero insatisfecho, una falsa vida.
Pero así estaban las cosas.
-Mujer mursi, con numerosas escarificaciones-
-Niños mursis, jugando a ser guerreros-
Copyright © By Blas F.Tomé 2012

15 de septiembre de 2012

Carne cruda / Etiopía


Una de las prácticas, sobre todo en el sur de Etiopía, era abusar de la carne cruda. La primera vez que presenció este viajero insatisfecho la ingesta de este tipo de carne fue en Arba Minch, y su primera impresión fue desagradable, alcanzando casi la repugnancia. Luego se habituó, aunque nunca llegaría a probarla. La semana que estuvo por la zona, observó varios desayunos, de media mañana, de gente local en los que únicamente se tomaba carne cruda de vacuno o cabrío. Reseñaría solo la naturalidad con que aquellos jóvenes etíopes de Jinka, poblado situado al sur, troceaban y masticaban tan ‘suculento magro’ y ‘apetitosa grasaza’.
Este país africano disponía de escasos mataderos en los que el control de la carne fuera eficaz y era preciso desconfiar.
Si probó el kitfo, plato tradicional muy presente en la gastronomía de etíope, consistente en carne de ternera cruda picada, pero calentada (vuelta y vuelta) y marinada con gran variedad de especias.
La base de ambos platos, y de casi todos, era la injera. Especie de pan plano muy fino, parecido a una crêpe, que tenía un sabor agrio, tirando a ácido, muy característico y especial. Se realizaba con la harina de teff, un cereal local muy difícil de encontrar fuera de Etiopía. Sobre esta base se ponían el resto de los alimentos. Pellizcando con la mano izquierda aquella pasta, los trozos se usaban para comer a modo de cuchara.

Copyright © By Blas F.Tomé 2012

23 de junio de 2012

Ceremonia del café


Le sorprendió a este mochilero que el café estuviera tan implantado en Etiopía. Quizás su sana torpeza de conocimientos sobre el país contribuyera a ello, pero alrededor del café había todo un ceremonial y, también, todo un mundo artesanal. Significativo era que la portada del libro-guía que llevaba al viaje era una fotografía de un pote de cerámica dedicado a ese particular ritual, pero ni por ello se percató antes. En varios mercados visitados y en el mercadeo callejero era habitual encontrar el puesto de artesanía del café que se componía, casi exclusivamente, de decenas o centenares de potes utilizados para la ebullición del preciado café.
Era también llamativo ver en ciertos restaurantes y en determinados días finas hierbas verdes extendidas como alfombra por toda la entrada: este detalle anunciaba que allí se oficiaba la ceremonia del café, una tradicional forma de hospitalidad.
A este viajero insatisfecho le dedicaron, en una casa particular, casi dos horas de una bonita tarde etíope a este ritual que observó sin perder detalle, disfrutó y agradeció por lo mucho que suponía para el alma acogedora del pueblo etíope. Miraba absorto la sonrisa amable de la joven encargada de ello, y a su también adolescente hermano, por quien entonces fuí invitado.
¡Gracias, Abraham!.

Abraham y su hermana, durante la ceremonia del café
Los granos de café eran tostados en una sartén sobre un brasero vegetal, mezclándose el aroma con el desprendido por el incienso que acompañaba toda la ceremonia y que el hacedor lanzaba hacía el homenajeado con un suave movimiento de una verde y sencilla rama, a modo de abanico. Después los granos eran machacados en un mortero, y añadidos a una cafetera negra de estrecho caño donde finalmente el agua se llevaba a ebullición.
Se servía en pequeñas tazas sin asa.
Entretanto, la conversación surgía natural por la amabilidad del ambiente concebido.
¡Salud!.


Copyright © By Blas F.Tomé 2012

3 de junio de 2012

Los monasterios del lago Tana


Mucha gente en España no conocerá, ni de oídas, los monasterios del lagoTana (Etiopía) y eso que eran/son parte de la historia del cristianismo; ortodoxo, pero cristianismo al fin y al cabo.
Los monasterios, situados a lo largo de toda la geografía del lago, eran realmente peculiares. Se repartían por sus orillas e islas allí enclavadas, a las que hoy día se podía llegar en barco si uno se dejaba engañar por alguno de los muchos taxistas/barqueros de Bahar Dar. Cuando las pequeñas embarcaciones de papiro navegaban como únicas disponibles, en no tan lejanas épocas, aquellas islas eran para muchos remotas e inaccesibles. Se creía -una de las primeras cosas que a este viajero insatisfecho le dijo el barquero- fueron escondite de muchos tesoros, puestos allí a buen recuado durante los difíciles años.
Ya en el recorrido por el lago, se veían varias de estas embarcaciones hechas de papiro, los tankwas (primera fotografía). No debía ser muy aconsejable (quizás, prohibido) alquilarlas pero al divisarlas en medio del lago su endeblez, cutrez y rústica apariencia incitaban a ello.
Impactaban.
Con la visión de los monasterios, en especial de los monjes, sentíase transportado a los tiempos de Pedro Páez, singular monje español de primeros del siglo XVII que apostó por evangelizar en la zona.
Algo vería el ‘joío’.
No piense el lector/blogger que los monasterios constituían un lugar idílico, más bien algo caótico pero de genuíno impacto visual. Hasta ciertas acciones en apariencia rutinarias de los monjes, se le antojaban a este mochilero, sorprendentes, no exentas de un tufillo de falsedad de ‘cara a la (turística) galería’. Sus edificios, casi todos ellos circulares -eso sí, en su interior la mayoría recargados de pinturas y ‘santitos de colorines’- desentonaban con sus remotos orígenes por los tejados cónicos de latón (material ‘cuasi-peste’ en África) que coronaban entonces la mayoría de ellos.
¡Ayyy, si Gebriel o Maryam [o el sursuncorda], levantaran la cabeza!.
Repondrían la tradicional cubierta de paja de ‘teff’.
Copyright © By Blas F.Tomé 2012

28 de mayo de 2012

Obligado acercamiento a un ex mubarak


Iglesia colgante de Santa María, en el barrio copto de El Cairo
Después del viaje a Etiopía, este viajero insatisfecho se solidariza, sensibiliza o, simplemente, recuerda a los coptos etíopes como un pueblo sencillo, sincero e íntegro. Aquellos coptos/ortodoxos de Lalibela mandaban un mensaje de tranquilidad al mundo desde sus miradas antiguas y trasnochadas.
Y le viene esto a la mente por los avatares que están pasando estos otros coptos, los egípcios, en un momento tan importante para ellos, para su futuro como grupo/pueblo, rodeados como estan del, a veces, populacho islamista. Cuando hace unos años visitó el barrio copto de El Cairo, le resultó un lugar cerrado, cohibido, vulnerable, donde la religión importaba, donde los mensajes eran sinceros aunque en cierta medida engañosos para unos ojos extraños. Un barrio digno, con matices ancestrales, antiguos, perdido en el tiempo y, sin embargo, hasta cierto punto con una gran sinergia con el resto.
Estos días (estamos en mayo del 2012) los coptos se debaten entre un imposible apoyo a un político islamista y el obligado acercamiento a un ex mubarak. Terrible decisión para este grupo religioso que -seguro- verá el futuro lleno de incertidumbre, metido como esta en un Egipto lleno de incógnitas. Ni la religión, a la que siempre se han agarrado, les salvará en estos momentos de un pensamiento meditado de huida.
Este mochilero se internó en su día en aquel barrio copto y, desde la ignorancia e incomprensión de las religiones, vio VERDAD, manipulada verdad en sus humildes y discretos ojos.
Y espera que, después de la tan cacareada ‘primavera árabe/egipcia’, este pueblo sea respetado y su futuro sea lo menos incierto posible.
Este viajero tiene sus dudas.
Copyright © By Blas F.Tomé 2012

8 de abril de 2012

Algo muy distinto a las cataratas del Nilo Azul

Paco Nadal le avisaba con su peculiar estilo en uno de sus comentarios: “Si vas a las cataratas del Nilo Azul, pregunta a qué hora sueltan el agua, porque se te cae el alma a los pies cuando las ves secas por culpa de la presa hidroeléctrica”. ¡Gracias, Paco!, pero este mequetrefe había estado allí el día anterior. Tu sabia sugerencia llegaría unas horas tarde. Algo, no obstante, había oído ya el viajero insatisfecho pero las ganas de estar en el sitio habían silenciado aquellos ecos agoreros.
Aquel día, por la mañana temprano, se encaminó a la ‘Bus station’ de Bahar Dar, ciudad a orillas del lago Tana, y esperó con paciencia a que el autobús adquiriera tono africano, es decir, enlatado, atiborrado de gente local. En la paciente espera, un viejo indigente negro y barbudo se paseó de principio a fin por el autobús tosiendo y doblándose como voraz tuberculoso. Creyó lo fuera. Todo el pasaje, entre protestas e improperios, se tapó sus bocas y narices con pañuelos y brazos, mientras este mochilero se cubría con su mascarilla ‘Michael Jackson’.
Despues de más una hora de trayecto, Tis Isat (así se llamaba el poblado cercano a las cataratas) le recibió en medio de un bullicioso mercado. Espectacular gentío que se olvidaba del recién llegado turista/viajero y dedicaba su empeño a menesteres de subsistencia. Más de una hora de caminata le esperaba hasta divisar las cataratas del Nilo Azul en toda su amplitud.
¡Qué chocante veía a aquellas mujeres que se cruzaba con sus vestidos tribales portando enseres hacia el mercado de Tis Isat!.
No veía sufrimiento ni trabajo, veía vida.

Cuando ya en ruta cruzó el puente portugués (primera fotografía), que recordaba de fotografías atestado de agua pero encontró seco, los malos augurios, alertas y premoniciones comenzaron a adquirir visos de realidad. Antes de visualizar tamaña sorpresa, por otra parte esperada, tuvo tiempo de ver un simpático salto de agua (segunda fotografía); cruzar al lado de varias cabañas de labriegos con sus ‘tortas de excrementos vacunos/boñigas’ a la entrada; sufrir el sofocante calor en subidas y bajadas y respirar de vez en cuando pero con pasión el sano aire del lugar.
Luego, la decepción final. Un escasísimo chorro de agua saltaba al vacío formando pequeñas cabriolas de nada en particular.
¡Cómo se pensaba encontrar las cataratas (tercera fotografía) y cómo se las encontró (cuarta fotografía)!.


Su ilusión se hundió.
Su cerebro se vació.


Copyright © By Blas F.Tomé 2012

30 de marzo de 2012

Una fotogénica aparición: un 'banna'

Aquel ‘banna’ (fotografía), con el escaso cargamento de miel recolectado, bajaba solitario por la carretera donde el microbús se había averiado. En las últimas salidas del viajero insatisfecho (¿Coincidencia?. No sabe), los buses, minibuses o taxis compartidos suelen averiarse con cierta insistencia.
- ¿Puedo hacerte una fotografía?.
- Son 3 birr (moneda local).
- OK. ¡Venga!.
[ ¡A tragar! ].
La principal actividad económica de los ‘banna’ (en realidad, un subgrupo de la etnia ‘hamer’) era la ganadería. Se dedicaban especialmente al pastoreo de rebaños de vacas, y en menor medida, ovejas y cabras. La apicultura era otro recurso para su propia alimentación o posterior venta.
Aunque algunos continuaban siendo seminómadas y carecían de viviendas fijas, los ‘banna’ compartían muchas tradiciones y rituales con otros pueblos de la región etíope del río Omo. Cuando un joven quería casarse y había sido aceptado por la joven elegida, debía pasar por la prueba del ‘salto de las vacas’: la familia de la joven seleccionaba un grupo de vacas que, colocadas una junto a otra, el pretendiente debía saltar cuatro veces sobre ellas sin caerse. Si esto ocurría en alguno de los saltos, se consideraba un mal augurio para el futuro de la pareja por lo que el novio sería rechazado por la familia de la novia y tendría que esperar un año más para volver a pasar por la misma prueba.
Los ‘banna’, dicho sea de paso, podían tener hasta cuatro esposas.
Otra curiosa tradición era la dedicación de los hombres al cuidado y embellecimiento de sus peinados. Solían recubrirlos con un trabajado gorro que protegían a su vez durante el sueño. Acostumbraban a dormir con la cabeza recostada sobre un apoya-cabezas de madera.
Artilugio éste ofrecido con insistencia a los turistas/viajeros como artículo de recuerdo.
¡Pena no haber traído uno!.
Foto.: Originales colmenas-tronco de abejas colgadas de los árboles.
Copyright © By Blas F.Tomé 2012

10 de marzo de 2012

Las iglesias de Lalibela y otras divagaciones


Los etíopes vestían mal, para qué ocultarlo, aunque no destacaban del resto de los pueblos africanos que este viajero insatisfecho conocía de antemano. Conjugar los colores no era lo suyo ¿y por qué tendría que serlo?. Los adultos y las mujeres parecían creer que el tartán rojo y un estampado a flores color rosa eran colores complementarios. Las etíopes, algunas, llevaban un pareo hecho de un tela, y otro distinto y enorme de otra tela enrollado encima del primero.
En algunos lejanos poblados, las mujeres podían llevar los pechos al viento, pero las piernas debían quedar totalmente ocultas, alto secreto.
Valiente y muy valorada decisión.


Los hombres, bueno, bueno, eso ya era ¡la hostia!. Se vestían de estilos inimaginables: algunos llevaban largas camisas de un color parduzco; otros, con una ligera manta enrollada a la cabeza, bajo un sol de justicia. O llevaban una tela colgada de uno de los hombros, al estilo ‘Gladiator’. La filosofía -a parte de la indudable necesidad- parecía ser ‘si lo tienes ¿por qué no llevarlo?’. Y así ocurria en todo el país.
En Lalibela (Etiopía) era lo mismo (¿por qué iba a ser diferente?), aunque allí la imagen recurrente, como centro monástico importante, era el orador de blanco, el peregrino de blanco, y aquella multitud lejana, de velo blanco, que ascendía hasta la entrada de la iglesia socavada en piedra. La población de este enclave religioso pertenecía a la iglesia ortodoxa y eso, de lejos, se apreciaba aún siendo poco observador. En las concentraciones masivas que surgían por no sabe qué motivo, aunque prevalecía el blanco, el colorido restante y la estampa eran los mismos del resto de África: vestían mal.
Las iglesias escavadas en la roca, motivo principal de la visita y del comentario [este ‘blogger’ se ha entretenido por las ramas], eran otra historia.
Nada que ver.
Moldeadas únicamente con martillo y cincel, aquellas obras maestras de nombres tan sugerentes como Bet Maryam, Bet Meskel, Bet Giorgis o Bet Amanuel eran admirables y, según la leyenda, por las noches hasta los ángeles trabajaron en ellas. Según la leyenda y según le ‘remachó’ aquel joven local, serio y convencido. La miel de las abejas que por allí rondaban se creía estaba dotada de propiedades curativas especiales y, en concreto, la de Bet Giorgis era especial -se decía- para los desórdenes mentales.
¿Serían psicólogas aquellas abejas?.
Era duro y cansado pisar múltiples escaleras, estrechos pasillos con ascensos y descensos, oscuros túneles a prueba de valientes y subidas por una roca no muy pulida ni cincelada, pero todas aquellas iglesias, una por una, se lo merecían. La más fotografíada y visitada quizás fuera la Bet Giorgis (primera y segunda fotografía) donde el visitante al llegar veía el tejado de cruz tumbado a sus pies.




Copyright © By Blas F.Tomé 2012