Hace unos días este viajero insatisfecho leyó en el periódico que a Calderón, presidente del Real Madrid, le habían detenido unas horas en un aeropuerto como sospechoso de “no sé qué”. Ningún interés tiene en parecerse a semejante personaje, pero esa experiencia le hizo recordar su salida por el aeropuerto de Guayaquil (Ecuador), después de disfrutar de su mochila en un periplo de 25 días por Perú.
Había facturado su raído morral, le habían cacheado como a todos y había pasado el control de pasaportes, cuando un joven, serio y seco policía ecuatoriano -ya en el interior de la sala de embarque- le pidió el pasaporte y le conminó a que le acompañara a un pequeño habitáculo de la sala. Allí le registró su mochileja de mano y, una vez finalizado, le hizo un interrogatorio policial serio, pensado, razonado (de eso se daría cuenta más tarde).
¿Por qué entró por Guayaquil para visitar Perú habiendo en Lima un bello aeropuerto?. “Vine a ver a un amigo”. ¿Vino a ver a un amigo o a una pelá?. “A un amigo”. ¿Por qué vuelve a salir por Guayaquil estando útiles los aeropuertos internacionales de Perú?. “Porque quería conocer Guayaquil”. ¿Para qué vino a Perú?. “Para hacer turismo”,……, y más y más preguntas.
¡Acompáñeme!.
Le llevó por un estrecho pasillo (rampas y escaleras) donde se cruzaron con otro poli ecuatoriano: “¡Ya tengo al español!”, le espetó, casi sin mirarse. “Usted me dijo que esto era un control rutinario y, ahora, a su compañero le dice que ‘ya tengo al español”. Se detuvo: “Usted, hermano, podría transportar droga peruana a España, a través de Guayaquil. Le registraré su equipaje facturado, esté donde esté”.
Ufff. Iba pensativo, temeroso. Con temblores. Conocían todos los pasos, salidas y entradas de Ecuador. Los ordenadores en los puestos fronterizos también cumplen esa misión.
Sacaron la mochila, ya en la panza del avión, después de mucho rebuscar en sus tripas y, allí, en la propia pista de aparcamiento de aeronaves, el policía -sintiéndose Sherlock Holmes- la desvalijó. Estaba desordenada, llena de inmundicia y ropa sucia, pero no dejó un calzoncillo-manchado sin revisar.
¡Visto!.
Ni un ¡perdón!. Ni una simpática sonrisa.
Esperó a que la rehiciera y acompañó a este viajero insatisfecho al terminal, que iba preguntándose: “¿Ya tengo al español? ¿Qué habrá querido decir?”.
Había facturado su raído morral, le habían cacheado como a todos y había pasado el control de pasaportes, cuando un joven, serio y seco policía ecuatoriano -ya en el interior de la sala de embarque- le pidió el pasaporte y le conminó a que le acompañara a un pequeño habitáculo de la sala. Allí le registró su mochileja de mano y, una vez finalizado, le hizo un interrogatorio policial serio, pensado, razonado (de eso se daría cuenta más tarde).
¿Por qué entró por Guayaquil para visitar Perú habiendo en Lima un bello aeropuerto?. “Vine a ver a un amigo”. ¿Vino a ver a un amigo o a una pelá?. “A un amigo”. ¿Por qué vuelve a salir por Guayaquil estando útiles los aeropuertos internacionales de Perú?. “Porque quería conocer Guayaquil”. ¿Para qué vino a Perú?. “Para hacer turismo”,……, y más y más preguntas.
¡Acompáñeme!.
Le llevó por un estrecho pasillo (rampas y escaleras) donde se cruzaron con otro poli ecuatoriano: “¡Ya tengo al español!”, le espetó, casi sin mirarse. “Usted me dijo que esto era un control rutinario y, ahora, a su compañero le dice que ‘ya tengo al español”. Se detuvo: “Usted, hermano, podría transportar droga peruana a España, a través de Guayaquil. Le registraré su equipaje facturado, esté donde esté”.
Ufff. Iba pensativo, temeroso. Con temblores. Conocían todos los pasos, salidas y entradas de Ecuador. Los ordenadores en los puestos fronterizos también cumplen esa misión.
Sacaron la mochila, ya en la panza del avión, después de mucho rebuscar en sus tripas y, allí, en la propia pista de aparcamiento de aeronaves, el policía -sintiéndose Sherlock Holmes- la desvalijó. Estaba desordenada, llena de inmundicia y ropa sucia, pero no dejó un calzoncillo-manchado sin revisar.
¡Visto!.
Ni un ¡perdón!. Ni una simpática sonrisa.
Esperó a que la rehiciera y acompañó a este viajero insatisfecho al terminal, que iba preguntándose: “¿Ya tengo al español? ¿Qué habrá querido decir?”.
