7 de noviembre de 2026

Uarzazate, y más. Marruecos


La kasbah de Taourirt, Uarzazate

Los 250 kilómetros que separan Marrakech -donde se encontraba- de Uarzazate se convirtieron en un largo trayecto. Lo más sensacional del viaje fue el cruce de la cordillera del Atlas por una carretera recientemente mejorada. En sus laderas aún permanecían grandes neveros, que teñían el paisaje de un llamativo contraste entre el blanco de la nieve y el oscuro color de la roca. En las paradas que realizó el autobús, numerosos lugareños ofrecían piedras y geodas recogidas, supuestamente, en aquellos montes. El aire fresco de la montaña llegaba mezclado con el olor mineral de la roca y la tierra húmeda que el deshielo dejaba a su paso.

Era muy buena hora cuando llegaron a Uarzazate.

Mediodía.

El alojamiento se encontraba muy cerca de la estación de autobuses, en una calle principal, amplia, con restaurantes y cafés, lo que convertía aquella zona en uno de los rincones animados de la ciudad. El IAZAL Hotel estaba impecablemente limpio; la habitación era espaciosa, las camas resultaban cómodas y, en la planta baja, un acogedor café invitaba a disfrutar del primer desayuno del día entre el aroma del café recién hecho y el pan caliente. Totalmente recomendable.

El viajero insatisfecho disponía de toda la tarde para recorrer la ciudad y visitar sus edificios más clásicos y tradicionales. Uarzazate era conocida como «la puerta del desierto» —por algo sería— y durante siglos había servido de lugar de paso para las caravanas de comerciantes que viajaban hacia el norte. Hoy seguía desempeñando ese papel, aunque fueran turistas y viajeros quienes ocupaban aquellas antiguas rutas. Quizá por conservar todavía un ambiente auténtico y lleno de vida, uno tenía la agradable sensación de viajar con libertad.

Sin embargo, a esa hora las calles aparecían casi desiertas. El sol caía con una intensidad implacable y la gorra viajera se volvía imprescindible. Del interior de algunas cafeterías escapaba el aroma dulzón del té a la menta, mientras el aire cálido arrastraba, de cuando en cuando, el olor a polvo seco y especias.

Recorrió la ciudad a golpe de piernas hasta llegar a la kasbah de Taourirt, un antiguo palacio fortificado que, por entonces, se encontraba en proceso de reconstrucción. Aun así, una parte podía visitarse, y en ella invirtió algo más de una hora. Como tantas otras kasbahs del sur marroquí, estaba formada por un entramado de estancias comunicadas mediante laberínticos pasillos y estrechas escaleras. La mayoría permanecían vacías, salvo una sala que acogía una pequeña exposición de pinturas y objetos tradicionales. Desde una de las torres ya restauradas se contemplaba una hermosa panorámica de la medina cercana, una vista que invitaba a perderse entre sus calles.

Eso hizo.

Exposición de pintura en una sala de la kasbah de Taourirt, Uarzazate

La kasbah de Taourirt, Uarzazate

La medina era un conglomerado de viviendas de adobe y tierra, unas todavía habitadas y otras vencidas por el paso del tiempo. Las terrazas aparecían salpicadas de antenas parabólicas, alfombras tendidas al sol y turbantes extendidos para secarse. Eran rincones llenos de autenticidad donde, de vez en cuando, aparecía algún beduino o un anciano de espesa barba y vestimenta tradicional, cuya sola presencia parecía trasladar al visitante a otra época. El olor a barro calentado por el sol se mezclaba con el de la madera envejecida de algunas puertas y con el perfume de las especias que escapaba de las casas abiertas.

Frente a la kasbah se encontraba el Musée du Cinéma, al que decidió no entrar porque le pareció excesivamente orientado al turismo y, además, el precio de la entrada no era precisamente económico. Quizá, con aquella decisión, se perdió una parte de la esencia de la ciudad, conocida también por su intensa actividad cinematográfica. A las afueras se levantaban los estudios Atlas, que confirmaban esa estrecha relación con el séptimo arte. Aunque llegó hasta su hollywoodiense entrada, tampoco cruzó sus puertas.

A varias decenas de kilómetros de Uarzazate se encontraba el célebre ksar de Ait Ben Haddou, una visita que nadie parecía dispuesto a perderse. Tampoco este mochilero, que lo hizo al día siguiente. Aquella aldea fortificada, aislada en mitad de un paisaje casi desértico, había alcanzado fama internacional gracias a la serie Juego de Tronos, que utilizó sus calles como escenario de algunas escenas. Situada junto al río Ounila, representaba como pocos lugares la arquitectura tradicional del sur de Marruecos y, desde 1987, formaba parte del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.


El ksar de Ait Ben Haddou

Pasear por sus estrechos callejones, ascender por escaleras y pronunciadas cuestas hasta alcanzar la parte más elevada del asentamiento resultó apasionante. No costaba imaginar cómo habría sido aquel lugar siglos atrás, cuando sus habitantes levantaron aquellas construcciones de barro para protegerse de los invasores. Mientras avanzaba, el olor terroso del adobe calentado por el sol envolvía cada rincón y el silencio apenas era roto por el escaso viento que descendía paralelo a la colina.


Interiores del ksar de Ait Ben Haddou


Perdido en el corazón de Ait Ben Haddou, contemplaba la grandeza del conjunto a través de sus distintos tipos de edificaciones, desde modestas viviendas hasta pequeños palacetes. También aparecían espacios comunales como la plaza pública, la mezquita, las torres fortificadas y las amplias azoteas, desde donde se dominaba un paisaje salpicado de palmeras y un río de escasísimo caudal.

Todo formaba una armoniosa mezcla de edificios cuidadosamente restaurados y construcciones abandonadas a su suerte.

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25 de octubre de 2026

Marrakech, Marruecos


Calle, en Marrakech

Según la página Turismo Marruecos:

«¡Marrakech, la joya de Marruecos! Esta ciudad imperial, al igual que Fez, Rabat y Meknes, tiene una historia rica y fascinante gracias a las sucesivas dinastías que la han gobernado. Su prestigio es tal que incluso ha dado nombre al país. Marrakech es un vibrante centro cultural y una capital turística de renombre, el principal destino de quienes viajan a Marruecos en busca de experiencias inolvidables».

Desembarcó del autobús cerca de una de las puertas de la medina, siempre protegida por sus imponentes murallas. El alojamiento que tenía reservado se encontraba dentro de la ciudad vieja. Era un riad (alojamiento) sencillo, con un agradable patio interior que, sin grandes pretensiones, ofrecía unos servicios más que aceptables.

En los alrededores descubrió el mejor tajín que probó durante todo su recorrido por Marruecos. El tajín —nombre que recibe tanto el tradicional recipiente de barro cocido como el guiso que se cocina en él— se convirtió en su plato favorito. El otro gran protagonista de la gastronomía marroquí fue, cómo no, el cuscús.

Se encontraba en pleno corazón de la medina. La mejor manera de conocerla era caminar sin rumbo fijo, perderse —en el sentido más literal de la palabra— por el laberinto de callejuelas y asomarse a los patios abiertos que iban apareciendo en el recorrido, muchos de ellos transformados en restaurantes o tiendas de artesanía.

Todo era un auténtico batiburrillo de comercios y puestos: especias apiladas en grandes sacos, ropa de todo tipo, mantas, alfombras, dátiles, recuerdos para turistas y un sinfín de objetos expuestos sin ningún orden aparente. La mercancía invadía en muchos puntos el paso, compartido incluso con vehículos de cuatro ruedas, cuyo acceso estaba permitido salvo en las callejuelas más estrechas. Aun así, el aparente caos funcionaba con sorprendente naturalidad y cualquier problema de circulación se resolvía casi de forma espontánea.


Plaza Jamaa el Fna

Disfrutando de aquel ambiente llegó a la plaza Jamaa el Fna, el auténtico corazón de Marrakech. A esa hora de la mañana —y prácticamente a cualquier hora del día— estaba repleta de puestos de zumos recién exprimidos, aceitunas, dátiles y dulces tradicionales. También había encantadores de serpientes —¿qué hacían allí?—, artistas que realizaban tatuajes de henna, limpiabotas y un sinfín de personajes que buscaban ganarse la vida aprovechando el constante flujo de visitantes.

Encantador de serpientes


Mezquita Kutubia

En uno de los lados de la plaza se encontraban las concurridas terrazas del Café Glacier y del Café de France, siempre repletas de turistas. Las contempló desde cerca, aunque este mochilero prefirió seguir su camino sin detenerse a comprobar su merecida fama.

Otro lugar imprescindible era el Palacio El Badi. Hoy apenas quedan ruinas, por lo que hacía falta cierta imaginación para reconstruir mentalmente el esplendor de aquel inmenso palacio, que en su época dorada llegó a contar con centenares de estancias decoradas con materiales de enorme riqueza.

Muy cerca se alzaba la mezquita Kutubia, cuyo elegante minarete de 66 metros dominaba el perfil de la ciudad y podía verse desde numerosos puntos de Marrakech. Como ocurría en la mayoría de las mezquitas marroquíes, el acceso al interior estaba reservado exclusivamente a los fieles musulmanes.


Taller de reparación

Entre edificios históricos, plazas, mezquitas y callejuelas transcurrieron las dos jornadas completas de su estancia en Marrakech.

El tercer día contrató una excursión de ida y vuelta para visitar las cascadas de Ouzoud, la forma más cómoda de llegar hasta ellas. Son las cascadas más altas del norte de África, con una caída de agua de unos 110 metros. Los terrenos arcillosos de la zona favorecían la formación de pequeñas balsas y charcas que realzaban aún más la belleza del paisaje.


Cascadas de Ouzoud

La excursión ocupó toda la jornada e incluía la comida en uno de los restaurantes de la zona. Y, una vez más, el viajero insatisfecho no dudó en pedir un tajín, reafirmando así cuál había sido el gran descubrimiento gastronómico de su viaje por Marruecos.

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15 de octubre de 2026

Esauira, Marruecos


Puerta de entrada a la medina de Esauira

Llegó al Tweets Hotel de Esauira a primera hora de la mañana. Era un alojamiento pequeño, muy cuidado y con un diseño atractivo, de esos que hoy se describen como cute, pero sin renunciar a un precio razonable. Además, gozaba de una ubicación excelente, a escasos minutos de la medina, a la que se accedía, como ocurre en muchas ciudades históricas del norte de África, a través de una de sus antiguas puertas amuralladas.

Nada más cruzar el arco de entrada, el ambiente cambiaba por completo. En el interior de la medina, con sus fachadas encaladas en tonos blancos y azules, se respiraba un intenso aire turístico. La calle principal era un hervidero de actividad: puestos de comida, bebidas, artesanía, especias, helados, recuerdos y pequeñas boutiques especializadas en aceite de argán se sucedían sin apenas dejar espacio entre unos y otros.


Calle principal de la medina de Esuaira

El aceite de argán era, sin duda, uno de los productos estrella de la región. Se utilizaba tanto en cosmética como en la higiene corporal y capilar, además de tener un importante uso culinario. Se obtenía del fruto del argán, un árbol autóctono del suroeste marroquí. Durante el trayecto en autobús hasta Esauira, el paisaje había estado dominado por extensas plantaciones de estos árboles, cuya silueta evocaba inevitablemente a los olivares andaluces.

Esauira fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO gracias a la riqueza de su patrimonio histórico y al excelente estado de conservación de su medina. También era conocida en algunos ámbitos como «la perla del Atlántico», un apelativo quizá algo exagerado, aunque bastaba pasear por sus calles para comprender de dónde nacía esa admiración.

Su historia se remontaba a tiempos de los fenicios, atraídos por el comercio de la púrpura. Sin embargo, la ciudad alcanzó su mayor importancia en el siglo XVI, cuando los portugueses construyeron el puerto comercial, levantaron las murallas y la bautizaron con el nombre de Mogador. Más tarde, el sultán Sidi Mohammed Ben Abdallah impulsaría su desarrollo y le daría el nombre con el que hoy es conocida: Esauira.

Después de varias horas deambulando sin rumbo fijo, observando rincones, plazas y callejuelas, el viajero insatisfecho llegó a la hora de comer. Como nada más entrar en la medina ya le habían ofrecido pescado y marisco fresco, decidió probar aquella experiencia.

El sistema era curioso. En la entrada del mercado se elegía el pescado o el marisco entre decenas de puestos, rodeado de un bullicio constante en el que resultaba difícil distinguir la auténtica oferta del intento de aprovecharse del foráneo. Una vez hecha la elección, un joven se encargaba de transportar la compra hasta uno de los pequeños restaurantes cercanos, donde la cocinaban, supuestamente, «por unos pocos dirhams», tal y como había leído en varias guías de viaje. La realidad fue bastante distinta: la cuenta final resultó considerablemente más elevada de lo esperado. Todo el proceso tenía cierto encanto popular, aunque también una evidente orientación al visitante extranjero. En definitiva, era una experiencia simpática, siempre que uno estuviera dispuesto a aceptar que probablemente acabaría pagando bastante más de lo previsto.

Uno de los lugares imprescindibles de Esauira era el baluarte defensivo y el paseo de las murallas. Frente a ellas se extendía el Atlántico, y resultaba fácil imaginar antiguos navíos piratas aproximándose para intentar asaltar la ciudad. No era extraño que aquel escenario hubiera servido como localización para varias producciones cinematográficas y televisivas, entre ellas algunas escenas de Juego de Tronos.


La muralla y los diecinueve cañones, Esauira

Sobre las murallas se alineaban diecinueve cañones del siglo XVIII, fundidos en Sevilla y Barcelona, que recordaban el pasado defensivo de la ciudad y su importancia estratégica en las rutas comerciales del Atlántico.

Un poco más adelante se encontraba el Skala du Port, quizá uno de los rincones más fotografiados de Esauira. Desde allí se contemplaba el puerto pesquero, repleto de pequeñas embarcaciones pintadas de un intenso color azul que contrastaban con el gris de las fortificaciones y el azul profundo del océano. En los alrededores, numerosos puestos ofrecían pescado recién capturado que asaban en parrillas improvisadas, impregnando el ambiente de un inconfundible aroma a brasas y sal.

Como sucede en tantos destinos que alcanzan gran popularidad, el turismo masivo iba transformando poco a poco la ciudad. Cambiaban las costumbres, los comercios, el ritmo de vida y, en parte, también su esencia. En Esauira esa transformación ya comenzaba a percibirse con claridad y daba la impresión de que el delicado equilibrio entre autenticidad y explotación turística empezaba a resquebrajarse.


Puerto, con sus barcos pintados de azul, Esauira

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3 de octubre de 2026

Agadir, Marruecos


Tienda en el Zoco, Agadir

Descendió del autobús en una de las calles céntricas de Agadir. Cuando trató de conseguir un taxi compartido para llegar al hotel que había reservado por internet, todos desestimaron su petición. Antes de caer en la desesperación —bueno, quizá sea una expresión algo exagerada— llegó a la conclusión de que tendría que tomar un taxi individual y, por consiguiente, más caro. Simplemente no había rutas de taxis compartidos hacia aquella zona.

El alojamiento estaba relativamente cerca de la playa, aunque el viajero insatisfecho, todavía algo contrariado, desconocía ese detalle. Se encontraba junto al extremo de La Corniche, un paseo marítimo de más de cuatro kilómetros de longitud, moderno, bien cuidado y con unas vistas al Atlántico que parecían prolongarse hasta el infinito. Era un lugar perfecto para disfrutar de largos paseos, rodeado de numerosos resorts con terrazas y piscinas privadas, además de varias zonas donde se concentraban restaurantes, cafeterías y bares.

Pero todo aquello lo descubrió al día siguiente, y no a primera hora, sino después de visitar el zoco: un inmenso y cuidado mercado, con aspiraciones a convertirse en el más grande de todo Marruecos. Tras recorrerlo, el paseo por las calles de la ciudad reveló una urbe de aspecto moderno, levantada después del devastador terremoto de 1960. Entonces, tras varios temblores de gran intensidad, prácticamente todos los edificios se habían derrumbado. La nueva Agadir había sido reconstruida siguiendo criterios urbanísticos mucho más acordes con los tiempos actuales.


La Kasbah de Oufella, Agadir

En la noche, desde el hotel, iluminada en la oscuridad y recortándose sobre la montaña, se divisaba la fortaleza de la ciudad, la Kasbah de Oufella, levantada en el lugar donde se asentaba la antigua Agadir antes del terremoto. Hacia allí se dirigió después de visitar el mercado, mientras seguía impregnándose de los olores y aromas del país, de esas esencias tradicionales que parecían entrelazarse con las amplias avenidas y los modernos edificios de la ciudad. Las mejores vistas de Agadir se disfrutaban desde lo alto, en los alrededores de la fortaleza.

Hasta allí se podía llegar en taxi o en funicular.

Y aún ofrecía más atractivos aquella ciudad, de la que, sin embargo, guarda un recuerdo algo distante, poco acorde con el espíritu de este mochilero. Le pareció demasiado turística, con precios más propios de Europa y un ambiente bullicioso que se alejaba bastante de las motivaciones que lo impulsan a viajar.

Agadir, desde la Kasbah de Oufella


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24 de septiembre de 2026

Libro, Desde el Lago del cielo


Desde el lago del cielo

Lo que cuenta Vikram Seth, en su libro Desde el lago del cielo, le deja al viajero insatisfecho un tanto asombrado, patidifuso,… Es un libro —acaba de leerlo, y es apasionante— que cuenta el trayecto del autor [en los años 80 del siglo pasado] desde el centro de China hasta el Tíbet y, luego, hasta Nepal. Todo ello en autostop. En las cercanías de Lhasa, se encuentra el monasterio de Sera, que visita.

Este mochilero transcribirá, en estas líneas, fragmentos de lo que este estudiante indio presencia en el monasterio, y relata:

«Veo hogueras encendidas y en el suelo, junto a los camiones, una estructura que parece una tienda bajo la que están acuclilladas algunas personas. He llegado durante una pausa en el trabajo que ya ha empezado. Cuando clarea veo que en una roca yacen unos cadáveres; están desnudos y sujetos por la cabeza, les han cortado o despedazado la parte inferior del cuerpo empezando por las piernas.
»Ocho y diez. Los hombres reanudan su tarea. Trabajan a un ritmo impresionante, cortando, troceando y picando la carne. Un hombre joven, en particular, corta la carne, los músculos y los huesos con notable energía y rapidez. Su habilidad casi permite olvidar qué está cortando. Arriba, contra la línea del cielo, las águilas se han reunido. A veces los familiares y los amigos de los muertos acuden a presenciar los ritos, pero hoy soy el único presente.
»Ocho y veinte. Los hombres la han emprendido con la parte superior del cuerpo y trabajan con empeño […]
»Nueve menos diez. Prosigue el trabajo. El hombre de blanco extiende los brazos en dirección al cielo y lanza un prolongado grito. Las águilas se lanzan en picado desde el risco y dan vueltas en grandes círculos negros cada vez más bajos hasta acabar posándose en una loma cercana a la roca. Los enormes pájaros se posan, disciplinados, en la loma, y el hombre de blanco los alimenta con unos pedazos preliminares de carne.
»Nueve menos cinco. […] La carne se muele y mezcla con cebada antes de darla a las águilas. Hay algunas que parecen ser favoritas.
»Nueve. […] El hombre que está sobre la roca sostiene con las dos manos una piedra sobre su cabeza. La deja caer una y otra vez para machacar los cráneos envueltos en tela. Las águilas observan […] con impaciencia. Una o dos rompen la formación, pero las espantan. Las aves avanzan sus curvos picos. Algunas despliegan las alas, son tan altas como un hombre acuclillado.
»Nueve y veinte […] El hombre del turbante blanco llama a las águilas posadas en la loma para que se acerquen a la roca, cosa que empiezan a hacer. Uno de los hombres también les da de comer de una bolsa que contiene picadillo humano mezclado con sampa. En ese momento la roca está cubierta de voraces pájaros.
[…]
»Los cristianos y los musulmanes entierran a sus muertos; en realidad, los dan de comer a los gusanos. Los parsis dan de comer sus muertos a los buitres en las Torres del Silencio. Aquí, en el Tíbet, donde la madera es escasa y el suelo está duro la mayor parte del año, los cuerpos son troceados, mezclados con comida y dados a las águilas».

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Nota.- Aunque la descripción del proceso puede sonar impactante para otras culturas (como la nuestra), tiene un significado espiritual profundo y razones muy prácticas.

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13 de septiembre de 2026

El Aaiún, Sahara Occidental. Marruecos


Plaza El Mechouar, El Aaiún

El siguiente destino sería El Aaiún. Decía (y dice) Wikipedia que «es la ciudad más grande del territorio no autónomo del Sáhara Occidental. Es la capital de iure de la República Árabe Saharaui Democrática, Estado con reconocimiento limitado, pero se encuentra ocupada por Marruecos, que la considera la capital de la región de El Aaiún-Saguía el-Hamra».

El viajero insatisfecho llegó hasta allí movido por la curiosidad. Desde hacía años aquel nombre evocaba recuerdos de su etapa escolar, cuando El Aaiún aparecía en los mapas como la capital del entonces Sáhara Español, una de las últimas colonias africanas administradas por España. Aquellas lecciones de geografía e historia parecían muy lejanas, pero despertaban ahora el deseo de comprobar qué quedaba de aquel pasado y cómo convivía con la realidad actual.

Comenzó a recorrer la ciudad sin un rumbo fijo, dejándose llevar por sus amplias avenidas y sus calles sorprendentemente ordenadas. La imagen que encontró difería bastante de la que había imaginado para una ciudad levantada en pleno desierto. Modernos edificios administrativos, amplias rotondas, jardines cuidadosamente mantenidos y numerosas palmeras componían un paisaje urbano que transmitía una sensación de prosperidad y de planificación reciente.

Llegó hasta la plaza El Mechouar —cree recordar que así se llamaba— donde suponía que latiría la vida cotidiana de la ciudad. Sin embargo, la encontró casi vacía. Reinaba un silencio inesperado, apenas roto por el paso esporádico de algún automóvil o de unos pocos transeúntes que cruzaban la explanada sin detenerse. Rodeada de palmeras y edificios contemporáneos, la plaza ofrecía un espacio agradable para pasear, sentarse en un banco bajo la escasa sombra o simplemente observar el lento transcurrir de la jornada.

Muy cerca se encontraba el llamado barrio español, donde el paso del tiempo parecía haberse ralentizado. Sus viviendas bajas, de tonos ocres y líneas sencillas, conservaban la arquitectura funcional de la época colonial. Caminando por aquellas calles era fácil imaginar cómo habría sido la vida durante las décadas de administración española. La catedral de San Francisco de Asís, discreta pero bien conservada, seguía siendo uno de los testimonios más visibles de aquel periodo. También aparecían aquí y allá antiguos edificios militares, como algún viejo polvorín transformado con el tiempo en almacén o vivienda, vestigios de una presencia que desapareció hace medio siglo pero que había dejado huellas en el paisaje urbano.

Catedral de San Francisco de Asís, barrio español, El Aaiún

Aun así, el mochilero no consiguió establecer una conexión especial con la ciudad. Quizá pesaba demasiado la compleja realidad política que envuelve al territorio; quizá era la falta de animación en sus calles o la sensación de que gran parte de su historia permanecía oculta tras una aparente normalidad. El Aaiún le resultó limpia, amplia y ordenada, pero también impersonal, como si le faltara ese carácter difícil de definir que convierte un lugar en inolvidable.

Al día siguiente emprendió de nuevo el camino. Dejaba atrás la ciudad y las contradicciones del Sáhara Occidental para dirigirse hacia el norte, en busca del océano y de la animada atmósfera de Agadir, siguiente etapa de su recorrido por Marruecos.

Calles y casas ocres, barrio español, El Aaiún

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2 de septiembre de 2026

Dakhla. Regreso a Marruecos


En bajamar, al fondo la isla del Dragón

Aquel día, en Nuadibú, todos se levantaron temprano. Les esperaba de nuevo el cruce de la frontera mauritana, un trámite siempre complicado por el papeleo y la excesiva burocracia. El improvisado grupo de viajeros afrontó la tarea unido, después de haber compartido ya grandes experiencias durante el viaje por territorio mauritano.

Les esperaba el recorrido inverso al que este mochilero había realizado dos semanas antes: salir de Mauritania, atravesar los escasos kilómetros que separan ambas fronteras y entrar de nuevo en Marruecos, donde los trámites resultaban mucho más ágiles y organizados. Una vez completadas las gestiones, un autobús de Supratours los condujo hasta la ciudad de Dakhla, la antigua Villa Cisneros.

Cuando descendieron del autobús, la noche llevaba ya varias horas instalada sobre la ciudad. Aunque el grupo se repartió entre distintos alojamientos —el italiano y el viajero insatisfecho, en uno; los dos malteses, en otro—, acordaron pasar juntos el día siguiente. Compartir un taxi hasta la bahía de Dakhla, donde se encontraba la isla del Dragón, resultaría mucho más económico, ya que el coste se repartiría entre los cuatro.

Este pequeño islote, situado en el centro de la bahía, recibía su nombre por la silueta que dibujaba vista desde el aire, semejante a la de un dragón. Rodeado por las aguas del océano Atlántico, se encontraba a unos tres kilómetros de las playas de Dakhla. Durante la bajamar, sin embargo, era posible llegar caminando hasta él, disfrutando de un agradable paseo entre el mar y la arena.

Ese era precisamente el plan del grupo de mochileros.


Moluscos, camino hacia la isla del Dragón

El acceso a esta formación rocosa, donde la naturaleza reinaba sin apenas intervención humana, discurre por un amplio arenal salpicado de conchas y pequeños moluscos marinos. Una vez en la isla, el instinto explorador invitaba a ascender por sus escarpadas rocas hasta alcanzar el punto más elevado. Desde allí, la panorámica de la bahía ofrecía una imagen difícil de olvidar.

En aquella zona también comprobaron por qué Dakhla gozaba de tanta fama entre los aficionados a los deportes acuáticos impulsados por el viento, como el kitesurf y el windsurf. Las condiciones naturales de la bahía también permitían practicar otras actividades, como el kayak, durante prácticamente todo el año.


En lo alto de la isla del Dragón

La excursión ocupó toda la mañana. La tarde transcurrió con un ritmo mucho más tranquilo: un paseo por las calles de la ciudad, un almuerzo tardío en un pequeño restaurante local y, finalmente, una despedida cargada de abrazos. Allí se disolvía aquel grupo cambiante que había ido formándose y transformándose a lo largo del viaje, mientras cada uno emprendía un rumbo diferente.

Los dos viajeros malteses, en concreto, ponían fin a su aventura africana. Al día siguiente volarían hasta Madrid y, un día más tarde, continuarían su viaje hacia el Aeropuerto Internacional de Malta.

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26 de agosto de 2026

Nuadibú, Mauritania


El grupo de mochileros, en el taxi hacía Nuadibú

Tras veintidos horas de viaje, abandonaron el tren del hierro ya dentro de la factoría. Según les habían contado, el convoy solía detenerse antes de entrar en las instalaciones, momento en el que los viajeros aprovechaban para descender, pero aquella vez no hubo tal parada. La factoría parecía sacada de un escenario de Mad Max: maquinaria oxidada y decrépita, un paisaje desértico y una atmósfera que recordaba al universo imaginado por George Miller.

Después de desprenderse de las mantas y de parte de la ropa que habían comprado para el trayecto —y que regalaron a uno de los empleados de la factoría—, negociaron el precio de un taxi que los llevaría a los cinco hasta Nuadibú, situada a pocos kilómetros. Habían reservado por internet un apartamento económico que resultó ser una buena opción.

La mañana transcurrió entre tareas de aseo y limpieza. Una larga y minuciosa ducha fue imprescindible para eliminar el polvo de hierro acumulado por todo el cuerpo, incluso en los rincones más insospechados. También hubo que sacudir la ropa, limpiar a fondo el móvil cubierto de diminutas limaduras y vaciar la mochila azul para librarla de cualquier resto metálico. Entre tanto, unos niños del barrio, intrigados por la presencia de tantos extranjeros, se acercaban para observarlos y gastarles inocentes bromas.

Una vez terminadas aquellas labores, un café parecía la mejor recompensa. Encontrarlo, sin embargo, no fue sencillo en aquella zona de viviendas populares. Finalmente dieron con un pequeño restaurante donde pudieron disfrutar de un desayuno que, por lo avanzado de la hora, se parecía más a un almuerzo.


Alrededores del apartamento en Nuadibú

No llegaron a visitar realmente Nuadibú; se limitaron a pasear por los alrededores. El viajero insatisfecho tampoco lo había hecho la vez anterior, cuando había entrado en el país. Acabaron convenciéndose de que no se trataba de una ciudad especialmente interesante y decidieron partir al día siguiente. El polaco continuaría hacia el sur, rumbo a Senegal, mientras el resto se dirigiría a la frontera con Marruecos, camino del Sáhara.

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7 de agosto de 2026

Tren del hierro, Mauritania


El V(B)iajero Insatisfecho, en el tren del hierro

El tren del hierro es, sin duda, una experiencia viajera en sí misma, tanto por el propio tren como por la forma de afrontar el trayecto. Cargado de mineral de hierro, está concebido para el transporte de mercancías, pero tanto lugareños como viajeros lo utilizan para desplazarse gratuitamente o para vivir una aventura singular. Es el segundo tren más largo del mundo: entre dos y tres kilómetros de vagones de carga y, según las referencias, un único vagón de pasajeros con unas condiciones muy básicas.
Antes de decidirse a vivir esta experiencia, el viajero debe tener en cuenta que las autoridades han endurecido las restricciones en los últimos años. Aunque históricamente es posible viajar de manera informal sobre los propios montones de mineral, esta práctica se ha vuelto mucho más difícil y, en algunos casos, está estrictamente regulada o prohibida para los turistas.
Su recorrido es sencillo: parte de las inmediaciones de las minas de Zuérate, atraviesa el desierto mauritano durante unas veinte horas —a veces con una parada intermedia en Choum— y llega a la zona comercial de Nuadibú, a orillas del océano Atlántico. Desde su puerto, el mineral, una vez procesado, emprende viaje hacia destinos repartidos por todo el mundo.

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El grupo de viajeros, en tierra de nadie (entre Zuérate y F’dérik) y a unos metros de los vagones, permanecía atento por si aparecía algún vehículo de seguridad. También especulaba sobre la hora de salida. De pronto, un leve ruido acompañado de un pequeño movimiento en los vagones puso a todos en alerta. Dudaron: aún parecía demasiado temprano. Sin embargo, un segundo tirón, apenas perceptible pero constante, les impulsó a actuar. Subieron precipitadamente mientras el tren, lento pero implacable, comenzaba a ganar velocidad.

Paisaje desde el tren del hierro

Las prisas se acumularon. Mochilas, mantas y bolsas volaban hacia lo alto de los vagones mientras sus dueños trepaban por unas escaleras incómodas y traicioneras. Quien ya estaba arriba ayudaba a los demás a ascender por la estructura metálica; quien permanecía abajo lanzaba el equipaje. Movimientos rápidos, coordinados y urgentes. Finalmente, los cinco viajeros y todos sus bártulos quedaron acomodados sobre el polvo de hierro. El tren había alcanzado una velocidad constante y el grupo celebró con euforia el éxito del embarque.

Llegó entonces un mínimo de organización. Había que distribuir el equipaje y preparar el campamento improvisado. Cada uno llevaba su mochila, un fardo con mantas y otros enseres para combatir el previsible frío nocturno, además de una bolsa con agua y algo de comida.

A partir de ahí, todo fue aventura.

Cada vez que divisaban una persona o un vehículo junto a la vía, se agachaban o se tumbaban sobre la carga para evitar ser vistos. Persistía una cierta inquietud. La tranquilidad absoluta no llegó hasta que el desierto, con sus armas silenciosas —el silencio, la bruma amarillenta y la inmensidad—, terminó por envolverlos.


En una de las paradas, en pleno desierto

Como las vías avanzaban en línea recta, resultaba imposible apreciar dónde comenzaba y dónde terminaba aquel inhóspito convoy. Más tarde, una suave curva reveló su verdadera dimensión. Viajaban a lomos de una gigantesca serpiente de hierro oscuro y fragmentado.

Los kilómetros transcurrían lentamente —el tren nunca alcanzó una gran velocidad—. La arena y el horizonte plano rodeaban el convoy, y el tiempo parecía diluirse. Todo se volvía monótono y relajante, pero también fascinante.

Eran cinco aventureros que, con el paso de las horas, cambiaban constantemente de posición: caminaban, hacían fotografías, inmortalizaban su experiencia —cada uno a su manera— o permanecían inmóviles, absortos ante el paisaje. El italiano, cámara en mano, corría sobre las montañas de mineral y saltaba de un vagón a otro. El polaco se ajustaba una y otra vez su turbante mauritano. Los dos amigos malteses conversaban y reían con sus propias bromas. El viajero insatisfecho, sentado en silencio, observaba el horizonte.

A veces aparecía una pequeña tienda junto a la vía. Otras, un arbusto solitario resistía obstinadamente al desierto. Viejos raíles retorcidos formaban pequeñas dunas metálicas y alguna modesta elevación rompía la uniformidad de aquel océano de arena.

El tren se detenía sin previo aviso en mitad de aquel paisaje silencioso. Permanecía inmóvil unos minutos y reanudaba la marcha. Más tarde se detenía en una zona de doble vía y, tras una breve espera, otro tren vacío pasaba en dirección contraria.

A última hora de la tarde, con muchos kilómetros ya a las espaldas y sin haber parado en Choum, como parecía previsto, apareció en la distancia, envuelto en una bruma ocre, el Ben Amera.

El Ben Amera es considerado el tercer monolito más grande del mundo, después de Uluru, en Australia, y las Torres del Paine, en Chile. Formado por granito, ofrece más de seiscientos metros de desnivel para la escalada y atrae a numerosos amantes de las emociones fuertes. Muy cerca se encuentra el monolito de Ben Aicha, que también cuenta con diversas vías de ascensión.

El lugar está rodeado de leyendas. Una de ellas cuenta que Ben Amera representa a una mujer, mientras que Ben Aicha simboliza a su esposo. Ambos vivían en armonía hasta que una disputa, cuyo origen nadie recuerda, provocó su separación definitiva. Otra tradición popular atribuye a Ben Amera un simbolismo relacionado con la fertilidad, debido a una hendidura visible en una de sus laderas que recuerda a la anatomía femenina.


El Ben Amera, a lo lejos

La noche llegó lentamente, pero con dureza. El frío, las estrellas y el paso de las horas asumieron el protagonismo. El tiempo parecía estirarse hasta el infinito. Con un gordo chaquetón y dos mantas encima, la noche fue larguísima.

El amanecer trajo consigo la aparición del sol sobre el horizonte y los primeros arrabales de Nuadibú.

Habían sido veintidos horas de trayecto.


Grupo, al amanecer y cerca de Nuadibú

-VÍDEO-


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29 de julio de 2026

Zuérate, Mauritania


Tren del hierro mauritano
(No hay fotos de la espera a su partida, ni de Zuérate)

En la noche, Zuérate daba la impresión de ser una ciudad de tamaño considerable, más grande y populosa de lo que habían imaginado. Sin embargo, nada más descender del autobús, el polaco y este mochilero, todavía algo aturdidos por el viaje, comprobaron que el hotel donde pensaban pasar la noche estaba cerrado a cal y canto. En la oscuridad parecía incluso abandonado desde hacía años.

Siguiendo las indicaciones de un mauritano que se acercó con curiosidad y buena disposición, caminaron hacia otro hotel cercano. La incertidumbre, lejos de disiparse, aumentó cuando descubrieron que estaba completo. Bueno, en realidad quedaba una única habitación: diminuta, con una cama tan estrecha que resultaba imposible para dos personas.

Los demás hoteles de la ciudad escapaban ampliamente del presupuesto que ambos consideraban razonable. Mientras valoraban qué hacer, otro amable vecino les sugirió una alternativa distinta: un edificio donde se alquilaban pequeños apartamentos, más modestos que un hotel, pero mucho más asequibles.

La sorpresa que les aguardaba allí fue mayúscula. Nada más entrar en la planta baja aparecieron los amigos malteses acompañados de otro mochilero. Apenas unas horas antes habían alquilado un apartamento en aquel mismo edificio. Los abrazos, las carcajadas y la incredulidad fueron instantáneos. Una vez más, las casualidades del viaje habían reunido al grupo que se había dispersado días atrás en Atar.

Había además una nueva incorporación: un italiano solitario, tímido y algo excéntrico, a quien los malteses habían conocido en Chingueti. Aquella noche compartirían, todos, el mismo alojamiento. El apartamento constaba de una habitación, una cocina, un baño y un amplio salón dispuesto al más puro estilo mauritano: un largo asiento de obra recorría todas las paredes de la estancia, formando una especie de sofá continuo que serviría de cama improvisada para cuatro de los mochileros. El viajero insatisfecho se apropió de la única cama de la habitación principal. Bueno, le fue cedida por el grupo al ser el más veterano.

Entre anécdotas, risas e historias acumuladas durante los últimos días, las horas transcurrieron sin apenas darse cuenta. Cuando miraron el reloj ya era medianoche. Era momento de descansar.

A la mañana siguiente, aún de madrugada y sin tiempo para visitar la población, tomaron un taxi hacia el verdadero motivo por el que todos se encontraban allí: el legendario tren del hierro mauritano.

Según la información que habían conseguido, el convoy permanecía detenido entre Zuérate y F’dérik, una pequeña población situada varias decenas de kilómetros más al norte. Durante el trayecto lo pudieron divisar a lo lejos: una interminable serpiente de vagones oscuros recortándose sobre el paisaje desértico. El taxi los dejó aproximadamente a la altura de la mitad del tren.

Eran alrededor de las ocho y media de la mañana. Nadie sabía con certeza cuándo partiría, hacía Nuadibú. Con la mezcla habitual de emoción e incertidumbre que acompaña a los viajes por Mauritania, se acercaron a los vagones para descubrir qué les esperaba a continuación.

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18 de julio de 2026

Regreso a Atar, y otros preparativos. Mauritania


Mapa de Mauritania, ciudades en el recorrido

Dos personajes del grupeto que se había formado, casi involuntariamente, durante los últimos días compartidos en Mauritania abandonaron Ouadane a la mañana siguiente. El polaco, siempre reservado y metódico, había decidido continuar su ruta sin demora. El otro era el viajero insatisfecho, que consideraba que las emociones vividas en la zona eran ya suficientes. Otros dos integrantes, sin embargo, permanecerían una jornada más en este asentamiento: la pareja de franceses, fascinada por la inmensidad del Sáhara, deseaba pasar una noche completa en el desierto, lejos de cualquier luz artificial, contemplando el cielo estrellado que tantas veces habían imaginado antes de llegar a Mauritania.

Los dos mochileros emprendieron el regreso a Atar a primera hora de la mañana. Cuando abandonaron Ouadane, el sol apenas comenzaba a asomarse por el horizonte, proyectando una luz tenue sobre las arenas y las formaciones rocosas que rodeaban la ciudad. El aire todavía conservaba el frescor de la noche, aunque todos sabían que en pocas horas el calor volvería a imponerse con la autoridad habitual del desierto.

El trayecto fue largo y monótono, idéntico al recorrido de la ida. Kilómetro tras kilómetro, el paisaje parecía repetirse sin fin: extensiones de arena, afloramientos de roca oscura y una sensación constante de inmensidad que empequeñecía a cualquier viajero. De vez en cuando aparecía alguna acacia solitaria o el rastro lejano de un campamento nómada, pequeños recordatorios de que aquella región, pese a su apariencia inhóspita, seguía estando habitada.

La decisión había sido dejar Chingueti para una futura ocasión. La legendaria ciudad, una de las más conocidas del país y considerada durante siglos un importante centro religioso y cultural del mundo islámico, se encontraba a medio camino en un desvío de la ruta principal. Inicialmente había formado parte de sus planes, pero las limitaciones de tiempo les habían obligado a posponer la visita. Ambos coincidían en que merecía ser recorrida con calma y no como una simple parada apresurada entre destinos.

El objetivo inmediato era mucho más práctico: llegar a Atar y enlazar ese mismo día con el transporte que los llevaría hasta Zuérate. Si todo salía según lo previsto, evitarían perder una jornada entera de viaje. La fortuna estuvo de su lado. Tras alcanzar Atar, comprobaron que disponían de unas tres horas antes de la salida del minibús hacia el norte.

Aquellas horas resultaron especialmente útiles. La experiencia les había enseñado que improvisar en el desierto tenía límites, y el siguiente desafío exigía cierta preparación. Desde Zuérate tenían intención de abordar el célebre tren de hierro mauritano rumbo a Nuadibú, una de las experiencias más conocidas —y también más duras— para los viajeros que recorren el país.


Cargando de enseres el mini bus (incluido, una cabra)

Con ese propósito se dirigieron al mercado de Atar. El bullicio contrastaba con la quietud de las regiones desérticas que acababan de atravesar. Entre puestos improvisados y pequeños comercios se mezclaban vendedores, compradores y curiosos. Allí buscaron todo aquello que pudiera hacer más llevadera una noche sobre los vagones del tren. Compraron dos mantas gruesas, un pantalón adicional, un chaquetón y un turbante mauritano para cada uno. Ninguna de aquellas prendas destacaba por su calidad o su aspecto; muchas habían pasado por varias manos antes de llegar a los expositores polvorientos del mercado. Sin embargo, en aquel contexto, la funcionalidad importaba mucho más que la estética.

Los vendedores, acostumbrados a negociar cada transacción, comenzaron pidiendo precios desorbitados. Como era habitual, siguió un largo intercambio de cifras, sonrisas y gestos teatrales. Después de varios regateos lograron reducir considerablemente las cantidades iniciales y se marcharon razonablemente satisfechos con las compras.

Mientras recorrían los puestos, también mantuvieron conversaciones con algunos habitantes de la ciudad. Varios se interesaron por los planes de los extranjeros y sonrieron al escuchar que pretendían viajar sobre el tren minero. Algunos les ofrecieron consejos; otros se limitaron a describir el frío intenso de la noche, el polvo de mineral de hierro que se adhiere a la ropa y la piel, y la interminable duración del trayecto.

Las advertencias no hicieron más que aumentar la expectación. Las noches del desierto, según era de todos conocido, eran frías. Largas. Solitarias y polvorientas. El calor sofocante del día desaparecía con rapidez una vez oculto el sol, dejando paso a temperaturas sorprendentemente bajas. No había más remedio que ir preparados.

Cuando llegó la hora indicada, regresaron a la estación de salida y ocuparon sus asientos en el minibús. Poco después, el vehículo abandonó Atar y tomó la carretera que conducía hacia el norte.

El siguiente destino era Zuérate. Allí les aguardaba una de las etapas más esperadas del viaje, y alguna que otra sorpresa. El trayecto por carretera se prolongó durante horas y la oscuridad terminó envolviendo completamente el entorno. Cuando finalmente llegaron, ya muy entrada la noche, el cansancio acumulado era evidente. Sin embargo, la sensación predominante no era el agotamiento, sino la expectativa. La aventura del tren de hierro estaba a punto de comenzar.

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