Era muy buena hora cuando llegaron a Uarzazate.
Mediodía.
El alojamiento se encontraba muy cerca de la estación de
autobuses, en una calle principal, amplia, con restaurantes y cafés, lo que
convertía aquella zona en uno de los rincones animados de la ciudad. El IAZAL Hotel estaba impecablemente
limpio; la habitación era espaciosa, las camas resultaban cómodas y, en la
planta baja, un acogedor café invitaba a disfrutar del primer desayuno del día
entre el aroma del café recién hecho y el pan caliente. Totalmente recomendable.
El viajero
insatisfecho disponía de toda la tarde para recorrer la ciudad y visitar
sus edificios más clásicos y tradicionales. Uarzazate era conocida como «la
puerta del desierto» —por algo sería— y durante siglos había servido de lugar
de paso para las caravanas de comerciantes que viajaban hacia el norte. Hoy
seguía desempeñando ese papel, aunque fueran turistas y viajeros quienes
ocupaban aquellas antiguas rutas. Quizá por conservar todavía un ambiente
auténtico y lleno de vida, uno tenía la agradable sensación de viajar con
libertad.
Sin embargo, a esa hora las calles aparecían casi desiertas.
El sol caía con una intensidad implacable y la gorra viajera se volvía
imprescindible. Del interior de algunas cafeterías escapaba el aroma dulzón del
té a la menta, mientras el aire cálido arrastraba, de cuando en cuando, el olor
a polvo seco y especias.
Recorrió la ciudad a golpe de piernas hasta llegar a la kasbah de Taourirt, un antiguo palacio fortificado que, por entonces, se encontraba en proceso de reconstrucción. Aun así, una parte podía visitarse, y en ella invirtió algo más de una hora. Como tantas otras kasbahs del sur marroquí, estaba formada por un entramado de estancias comunicadas mediante laberínticos pasillos y estrechas escaleras. La mayoría permanecían vacías, salvo una sala que acogía una pequeña exposición de pinturas y objetos tradicionales. Desde una de las torres ya restauradas se contemplaba una hermosa panorámica de la medina cercana, una vista que invitaba a perderse entre sus calles.
Eso hizo.
La medina era un conglomerado de viviendas de adobe y tierra,
unas todavía habitadas y otras vencidas por el paso del tiempo. Las terrazas
aparecían salpicadas de antenas parabólicas, alfombras tendidas al sol y
turbantes extendidos para secarse. Eran rincones llenos de autenticidad donde,
de vez en cuando, aparecía algún beduino o un anciano de espesa barba y
vestimenta tradicional, cuya sola presencia parecía trasladar al visitante a
otra época. El olor a barro calentado por el sol se mezclaba con el de la
madera envejecida de algunas puertas y con el perfume de las especias que
escapaba de las casas abiertas.
Frente a la kasbah
se encontraba el Musée du Cinéma, al
que decidió no entrar porque le pareció excesivamente orientado al turismo y,
además, el precio de la entrada no era precisamente económico. Quizá, con
aquella decisión, se perdió una parte de la esencia de la ciudad, conocida
también por su intensa actividad cinematográfica. A las afueras se levantaban
los estudios Atlas, que confirmaban esa estrecha relación con el séptimo arte.
Aunque llegó hasta su hollywoodiense
entrada, tampoco cruzó sus puertas.
A varias decenas de kilómetros de Uarzazate se encontraba el célebre ksar de Ait Ben Haddou, una visita que nadie parecía dispuesto a perderse. Tampoco este mochilero, que lo hizo al día siguiente. Aquella aldea fortificada, aislada en mitad de un paisaje casi desértico, había alcanzado fama internacional gracias a la serie Juego de Tronos, que utilizó sus calles como escenario de algunas escenas. Situada junto al río Ounila, representaba como pocos lugares la arquitectura tradicional del sur de Marruecos y, desde 1987, formaba parte del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.
Pasear por sus estrechos callejones, ascender por escaleras y pronunciadas cuestas hasta alcanzar la parte más elevada del asentamiento resultó apasionante. No costaba imaginar cómo habría sido aquel lugar siglos atrás, cuando sus habitantes levantaron aquellas construcciones de barro para protegerse de los invasores. Mientras avanzaba, el olor terroso del adobe calentado por el sol envolvía cada rincón y el silencio apenas era roto por el escaso viento que descendía paralelo a la colina.
Perdido en el corazón de Ait Ben Haddou, contemplaba la
grandeza del conjunto a través de sus distintos tipos de edificaciones, desde
modestas viviendas hasta pequeños palacetes. También aparecían espacios
comunales como la plaza pública, la mezquita, las torres fortificadas y las
amplias azoteas, desde donde se dominaba un paisaje salpicado de palmeras y un
río de escasísimo caudal.



































