—Antes de llegar a Atar, todo el mundo se detiene en Tergit.
Lo dijo con una convicción serena, definitiva. No hacía falta añadir
mucho más. El oasis quedaba apenas a unos cuarenta y cinco kilómetros de Atar,
en un pequeño desvío que, según parecía, nadie sensato se perdía.
Así que no hubo discusión posible.
El hombre telefoneó a la compañía de minibuses para reservarle una
plaza y, tras obtener la conformidad del viajero
insatisfecho —siempre necesitado de un paisaje nuevo, de un horizonte
distinto—, dejó todo organizado. A la mañana siguiente, un taxi le conduciría
hasta el aparcamiento de los buses, en las afueras de Nuakchot. El vehículo,
por supuesto, debía partir a primerísima hora de la mañana. Y, como ocurre
tantas veces en África, terminó saliendo dos o tres horas más tarde, cuando el
tiempo ya había dejado de tener importancia.
La idea de penetrar en el desierto mauritano le mantenía en una
inquietud constante, casi febril. Había atravesado ya extensiones saharianas
desde su salida de Dakhla, pero en su imaginación Mauritania representaba otra
dimensión del desierto. Algo absoluto.
Ya conocía la inmensidad, pero aquí adquiría una violencia mineral.
Ya había contemplado la monotonía de las dunas, pero en Mauritania
aquella monotonía alcanzaba una forma perfecta, casi hipnótica.
La carretera asfaltada, estrecha y rectilínea, abandonaba lentamente la
costa atlántica para internarse en el corazón del continente. El paisaje
parecía vaciarse a medida que avanzaban. Aun así, de tanto en tanto, surgían
pequeños arbustos junto al arcén, tercos supervivientes de arena y viento.
Observaba fascinado los grupos de camellos que pastaban no sabía qué en
mitad de una ventisca ocre que envolvía el autobús. Miraba con extrañeza los
depósitos de agua junto a algunas barracas, hinchados como enormes colchones
tendidos sobre la arena. Se fijaba también en las sombras mínimas que
proyectaban los escasos arbustos solitarios, dibujos efímeros que el viento
parecía dispuesto a borrar en cualquier momento.
En aquel paisaje no existía el exceso. Todo era esencial.
Recordó entonces un proverbio persa que había leído tiempo atrás:
“La arena del desierto es para el viajero fatigado lo mismo que la
conversación incesante para el amante del silencio.” Y comprendió su
significado. Durante horas, el desierto parecía hablarle precisamente a través
de su silencio.
Finalmente llegaron a Tergit.
El pueblo aparecía desperdigado entre palmerales y piedra, como si
hubiese brotado de manera accidental al borde de un hilo de agua. Las casas,
dispersas y desordenadas, se extendían entre dos montañas escarpadas cuyas
cimas planas daban la impresión de haber sido cortadas de un tajo gigantesco.
Parecía que la tierra se hubiese abierto allí siglos atrás, dejando una herida
mineral convertida ahora en refugio.
Había leído —y el encargado del Triskell
se lo había confirmado— que el albergue Jemal era el mejor lugar
para pasar la noche. Hasta allí se dirigió junto a una pareja de franceses que
habían compartido el viaje en minibús. Cargados con las mochilas, ascendieron
lentamente por un sendero pedregoso hasta alcanzar una pequeña elevación
situada entre el pueblo y la gran falla rocosa.
El alojamiento era sencillo: varias tiendas tuareg instaladas sobre la arena y alfombras extendidas
directamente sobre el suelo.
¡Otra vez a dormir sobre la dureza del desierto!
Y, sin embargo, aquello formaba parte de la experiencia. Pasaría allí
dos noches.
Durante ese tiempo conocería también a otros mochileros: dos malteses y
un polaco con el rostro curtido por el sol y los caminos largos. Como sucede
siempre en ciertos viajes, bastaban unas pocas horas compartidas para
intercambiar historias que parecían pertenecer a viejos amigos.
El oasis se encontraba a unos centenares de metros del albergue.
En la entrada, junto al único sendero transitable, un mauritano cobraba el acceso con gesto rutinario. A ambos lados del camino, varios puestos de artesanía ofrecían collares, telas, pequeñas figuras y objetos tallados en madera reseca.
Pero nada lograba distraer la atención de lo verdaderamente importante.
Porque el oasis aparecía de pronto como una revelación.
La falla montañosa se estrechaba allí formando un barranco escondido,
protegido del exterior por paredes de roca rojiza y parda. En su interior
crecía un auténtico mar de palmeras que parecía imposible en medio de tanta
aridez.
Al fondo, donde el desfiladero se volvía más angosto, el agua brotaba
directamente de las piedras.
El goteo constante había teñido las rocas de verde oscuro. Los líquenes
se adherían a la piedra húmeda formando manchas brillantes, mientras el agua,
paciente durante siglos, había modelado pequeñas estalactitas, diminutas cuevas
y regueros transparentes que desembocaban en piscinas naturales.
El aire era fresco.
Inesperadamente fresco.
La sombra de las datileras invitaba a permanecer allí inmóvil,
abandonado a una especie de contemplación primitiva. Había algo profundamente
hipnótico en aquel rincón oculto mauritano.
Una pareja de jóvenes le recibió con un vaso de té caliente. El
contraste resultaba casi irreal: el calor dulce del té entre las manos
mientras, alrededor, el oasis respiraba lentamente bajo la roca.
Después comenzó a explorar los alrededores. La curiosidad le empujó a remontar el extremo del valle hasta alcanzar las laderas escarpadas donde las montañas parecían unirse. Desde allí arriba, el oasis quedaba reducido a una mancha verde perdida en la inmensidad mineral.
Y entonces apareció el verdadero silencio.
No el silencio de la ausencia, sino el silencio pleno del desierto.
Un silencio tan poderoso que terminaba convirtiéndose en el único
sonido posible.
Comprendió que un oasis no es únicamente agua y vegetación en medio de
la nada.
Es una demostración de resistencia.
Un milagro geológico.
Un lugar donde la vida se obstina en existir.
Para entender de verdad la fuerza de un oasis no basta con observarlo
desde lejos ni con admirar unas fotografías. Hay que caminar sobre su tierra
húmeda. Hay que sentir el frescor inesperado entre las piedras. Hay que
escuchar el agua abriéndose paso en mitad del desierto.
Y eso fue exactamente lo que hizo.
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