Las prisas se acumularon. Mochilas, mantas y bolsas volaban hacia lo alto de los vagones mientras sus dueños trepaban por unas escaleras incómodas y traicioneras. Quien ya estaba arriba ayudaba a los demás a ascender por la estructura metálica; quien permanecía abajo lanzaba el equipaje. Movimientos rápidos, coordinados y urgentes. Finalmente, los cinco viajeros y todos sus bártulos quedaron acomodados sobre el polvo de hierro. El tren había alcanzado una velocidad constante y el grupo celebró con euforia el éxito del embarque.
Llegó entonces un mínimo de organización. Había que distribuir el equipaje y preparar el campamento improvisado. Cada uno llevaba su mochila, un fardo con mantas y otros enseres para combatir el previsible frío nocturno, además de una bolsa con agua y algo de comida.
A partir de ahí, todo fue aventura.
Cada vez que divisaban una persona o un vehículo junto a la vía, se agachaban o se tumbaban sobre la carga para evitar ser vistos. Persistía una cierta inquietud. La tranquilidad absoluta no llegó hasta que el desierto, con sus armas silenciosas —el silencio, la bruma amarillenta y la inmensidad—, terminó por envolverlos.
Como las vías avanzaban en línea recta, resultaba imposible apreciar dónde comenzaba y dónde terminaba aquel inhóspito convoy. Más tarde, una suave curva reveló su verdadera dimensión. Viajaban a lomos de una gigantesca serpiente de hierro oscuro y fragmentado.
Los kilómetros transcurrían lentamente —el tren nunca alcanzó una gran velocidad—. La arena y el horizonte plano rodeaban el convoy, y el tiempo parecía diluirse. Todo se volvía monótono y relajante, pero también fascinante.
Eran cinco aventureros que, con el paso de las horas, cambiaban constantemente de posición: caminaban, hacían fotografías, inmortalizaban su experiencia —cada uno a su manera— o permanecían inmóviles, absortos ante el paisaje. El italiano, cámara en mano, corría sobre las montañas de mineral y saltaba de un vagón a otro. El polaco se ajustaba una y otra vez su turbante mauritano. Los dos amigos malteses conversaban y reían con sus propias bromas. El viajero insatisfecho, sentado en silencio, observaba el horizonte.
A veces aparecía una pequeña tienda junto a la vía. Otras, un arbusto solitario resistía obstinadamente al desierto. Viejos raíles retorcidos formaban pequeñas dunas metálicas y alguna modesta elevación rompía la uniformidad de aquel océano de arena.
El tren se detenía sin previo aviso en mitad de aquel paisaje silencioso. Permanecía inmóvil unos minutos y reanudaba la marcha. Más tarde se detenía en una zona de doble vía y, tras una breve espera, otro tren vacío pasaba en dirección contraria.
A última hora de la tarde, con muchos kilómetros ya a las espaldas y sin haber parado en Choum, como parecía previsto, apareció en la distancia, envuelto en una bruma ocre, el Ben Amera.
El Ben Amera es considerado el tercer monolito más grande del mundo, después de Uluru, en Australia, y las Torres del Paine, en Chile. Formado por granito, ofrece más de seiscientos metros de desnivel para la escalada y atrae a numerosos amantes de las emociones fuertes. Muy cerca se encuentra el monolito de Ben Aicha, que también cuenta con diversas vías de ascensión.
El lugar está rodeado de leyendas. Una de ellas cuenta que Ben Amera representa a una mujer, mientras que Ben Aicha simboliza a su esposo. Ambos vivían en armonía hasta que una disputa, cuyo origen nadie recuerda, provocó su separación definitiva. Otra tradición popular atribuye a Ben Amera un simbolismo relacionado con la fertilidad, debido a una hendidura visible en una de sus laderas que recuerda a la anatomía femenina.
La noche llegó lentamente, pero con dureza. El frío, las estrellas y el paso de las horas asumieron el protagonismo. El tiempo parecía estirarse hasta el infinito. Con un gordo chaquetón y dos mantas encima, la noche fue larguísima.
El amanecer trajo consigo la aparición del sol sobre el horizonte y los primeros arrabales de Nuadibú.
Habían sido veintitrés horas de trayecto.
































