Según la página Turismo Marruecos:
«¡Marrakech,
la joya de Marruecos! Esta ciudad imperial, al igual que Fez, Rabat y Meknes,
tiene una historia rica y fascinante gracias a las sucesivas dinastías que la
han gobernado. Su prestigio es tal que incluso ha dado nombre al país.
Marrakech es un vibrante centro cultural y una capital turística de renombre,
el principal destino de quienes viajan a Marruecos en busca de experiencias
inolvidables».
Desembarcó del autobús cerca de una de
las puertas de la medina, siempre protegida por sus imponentes murallas. El
alojamiento que tenía reservado se encontraba dentro de la ciudad vieja. Era un
riad (alojamiento) sencillo, con un
agradable patio interior que, sin grandes pretensiones, ofrecía unos servicios
más que aceptables.
En los alrededores descubrió el mejor tajín que probó durante todo su
recorrido por Marruecos. El tajín
—nombre que recibe tanto el tradicional recipiente de barro cocido como el
guiso que se cocina en él— se convirtió en su plato favorito. El otro gran
protagonista de la gastronomía marroquí fue, cómo no, el cuscús.
Se encontraba en pleno corazón de la
medina. La mejor manera de conocerla era caminar sin rumbo fijo, perderse —en
el sentido más literal de la palabra— por el laberinto de callejuelas y
asomarse a los patios abiertos que iban apareciendo en el recorrido, muchos de
ellos transformados en restaurantes o tiendas de artesanía.
Todo era un auténtico batiburrillo de comercios y puestos: especias apiladas en grandes sacos, ropa de todo tipo, mantas, alfombras, dátiles, recuerdos para turistas y un sinfín de objetos expuestos sin ningún orden aparente. La mercancía invadía en muchos puntos el paso, compartido incluso con vehículos de cuatro ruedas, cuyo acceso estaba permitido salvo en las callejuelas más estrechas. Aun así, el aparente caos funcionaba con sorprendente naturalidad y cualquier problema de circulación se resolvía casi de forma espontánea.
Disfrutando de aquel ambiente llegó a la plaza Jamaa el Fna, el auténtico corazón de Marrakech. A esa hora de la mañana —y prácticamente a cualquier hora del día— estaba repleta de puestos de zumos recién exprimidos, aceitunas, dátiles y dulces tradicionales. También había encantadores de serpientes —¿qué hacían allí?—, artistas que realizaban tatuajes de henna, limpiabotas y un sinfín de personajes que buscaban ganarse la vida aprovechando el constante flujo de visitantes.
En uno de los lados de la plaza se
encontraban las concurridas terrazas del Café Glacier y del Café de France,
siempre repletas de turistas. Las contempló desde cerca, aunque este mochilero
prefirió seguir su camino sin detenerse a comprobar su merecida fama.
Otro lugar imprescindible era el Palacio El Badi. Hoy apenas quedan
ruinas, por lo que hacía falta cierta imaginación para reconstruir mentalmente
el esplendor de aquel inmenso palacio, que en su época dorada llegó a contar
con centenares de estancias decoradas con materiales de enorme riqueza.
Muy cerca se alzaba la mezquita Kutubia, cuyo elegante minarete de 66 metros dominaba el perfil de la ciudad y podía verse desde numerosos puntos de Marrakech. Como ocurría en la mayoría de las mezquitas marroquíes, el acceso al interior estaba reservado exclusivamente a los fieles musulmanes.
Entre edificios históricos, plazas,
mezquitas y callejuelas transcurrieron las dos jornadas completas de su
estancia en Marrakech.
El tercer día contrató una excursión de ida y vuelta para visitar las cascadas de Ouzoud, la forma más cómoda de llegar hasta ellas. Son las cascadas más altas del norte de África, con una caída de agua de unos 110 metros. Los terrenos arcillosos de la zona favorecían la formación de pequeñas balsas y charcas que realzaban aún más la belleza del paisaje.
La excursión ocupó toda la jornada e
incluía la comida en uno de los restaurantes de la zona. Y, una vez más, el viajero insatisfecho no dudó en pedir un tajín,
reafirmando así cuál había sido el gran descubrimiento gastronómico de su viaje
por Marruecos.




































