La medina era un conglomerado de viviendas de adobe y tierra, unas todavía habitadas y otras vencidas por el paso del tiempo. Las terrazas aparecían salpicadas de antenas parabólicas, alfombras tendidas al sol y turbantes extendidos para secarse. Eran rincones llenos de autenticidad donde, de vez en cuando, aparecía algún beduino o un anciano de espesa barba y vestimenta tradicional, cuya sola presencia parecía trasladar al visitante a otra época. El olor a barro calentado por el sol se mezclaba con el de la madera envejecida de algunas puertas y con el perfume de las especias que escapaba de las casas abiertas.
Frente a la kasbah se encontraba el Musée du Cinéma, al que decidió no entrar porque le pareció excesivamente orientado al turismo y, además, el precio de la entrada no era precisamente económico. Quizá, con aquella decisión, se perdió una parte de la esencia de la ciudad, conocida también por su intensa actividad cinematográfica. A las afueras se levantaban los estudios Atlas, que confirmaban esa estrecha relación con el séptimo arte. Aunque llegó hasta su hollywoodiense entrada, tampoco cruzó sus puertas.
A varias decenas de kilómetros de Uarzazate se encontraba el célebre ksar de Ait Ben Haddou, una visita que nadie parecía dispuesto a perderse. Tampoco este mochilero, que lo hizo al día siguiente. Aquella aldea fortificada, aislada en mitad de un paisaje casi desértico, había alcanzado fama internacional gracias a la serie Juego de Tronos, que utilizó sus calles como escenario de algunas escenas. Situada junto al río Ounila, representaba como pocos lugares la arquitectura tradicional del sur de Marruecos y, desde 1987, formaba parte del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.
Pasear por sus estrechos callejones, ascender por escaleras y pronunciadas cuestas hasta alcanzar la parte más elevada del asentamiento resultó apasionante. No costaba imaginar cómo habría sido aquel lugar siglos atrás, cuando sus habitantes levantaron aquellas construcciones de barro para protegerse de los invasores. Mientras avanzaba, el olor terroso del adobe calentado por el sol envolvía cada rincón y el silencio apenas era roto por el escaso viento que descendía paralelo a la colina.



































