¡Mentira!
Le llevó a la zona cercana, pero la calle no aparecía. El motero un tanto
despistado, o mucho, no tenía ni idea. Varias vueltas y revueltas por las
callejuelas aledañas. Como al individuo le vio perdido, se apeó de la moto y
preguntó en una especie de restaurante. Conocían el hospedaje: estaba a dos
manzanas de allí.
Al
fin, llegaron al Auberge Triskell. Un
chalet reconvertido en alberge para viajeros, con un jardín y servicio de bar y
restaurante bastante aceptables. El propietario, o el que lo regentaba era un
veterano personaje francés, con muchos años en Mauritania. Conocía todas las
argucias para que cualquier viajero entendiera o saliera sin problemas de la
ciudad. Una tienda de campaña tuareg
en la azotea del edificio le serviría de aposento las tres noches que pasó allí.
La primera tarde, después de acomodarse a lo tuareg, decidió no salir: “Ya tendré tiempo” —pensó—. A la mañana siguiente comenzó la actividad: patear un poco la ciudad, cambiar dinero (aunque era festivo musulmán lo conseguiría) y hacerse con la tarjeta SIM local para su móvil. Nuakchot estaba tranquila: un festivo musulmán envuelve la vida en plena relajación y mesura. Escasa circulación y sólo en el centro parecía haber cierto movimiento, el típico ajetreo del comercio callejero. No había mucho que visitar. La ciudad era bastante anodina, pero pasar esa mañana dando vueltas sin rumbo, le sirvió para pulsar alguno de los botones y escenas del país.
Le apetecía visitar el mercado de pescado —por referencias, muy especial—, lo que haría al día siguiente. Un taxi (eran bastante baratos, y una buena forma de ir de un punto a otro de la ciudad) le acercaría al mercado. Bullicio. Olores. Suciedad. Movimiento. Estaba situado a orillas de la playa, en un dique elevado de hormigón, donde llegaban —supuso que después de una noche aciaga— todos los pequeños pesqueros con sus capturas. Una interminable fila de coloridos botes permanecían varados en la arena, en un descanso que no debía ser eterno; otro montón de estos, fondeados a unos metros de la playa. Mucha gente, esperando a las barcas que abordaban de manera intermitente la orilla. Jóvenes negros y piel brillante transportaban en cajas o capazos el pescado. En el recinto del mercado, limpiaban y cortaban —algunos lo hacían en la arena— los peces capturados. Todo en conjunto, un espectáculo visual y sensorial. Fotos y más fotos. Para los clics con el móvil, dirigidos a las personas, era necesario solicitar permiso. Por sus caras y advertencias gestuales, éstos no eran de su agrado. Y el viajero insatisfecho necesitaba eternizar aquellos momentos.
Pasó la mañana entre pescadores, pescados, despieces, fuertes olores y la curativa brisa marina. Por la tarde, continuaría con sus paseos por la ciudad, hasta que, al finalizar aquella, se sentó en la terraza-bar de otro Auberge para ver en televisión un rato de la final de la Copa de África de fútbol, entre Marruecos y Senegal.
Había, también, un famoso mercado de camellos a las afueras, pero no quiso perder más tiempo en Nuakchot. “Ya tendré oportunidad de ver muchos camellos en el recorrido por el país” —se dijo a sí mismo—.
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