10 de junio de 2026

Oasis de Tergit, Mauritania


Camellos en el camino al oasis de Tergit

El encargado del Auberge Triskell, en Nuakchot, fue tajante en su recomendación de la ruta a seguir, como quien comparte un secreto demasiado hermoso para callarlo:

—Antes de llegar a Atar, todo el mundo se detiene en Tergit.

Lo dijo con una convicción serena, definitiva. No hacía falta añadir mucho más. El oasis quedaba apenas a unos cuarenta y cinco kilómetros de Atar, en un pequeño desvío que, según parecía, nadie sensato se perdía.

Así que no hubo discusión posible.

El hombre telefoneó a la compañía de minibuses para reservarle una plaza y, tras obtener la conformidad del viajero insatisfecho —siempre necesitado de un paisaje nuevo, de un horizonte distinto—, dejó todo organizado. A la mañana siguiente, un taxi le conduciría hasta el aparcamiento de los buses, en las afueras de Nuakchot. El vehículo, por supuesto, debía partir a primerísima hora de la mañana. Y, como ocurre tantas veces en África, terminó saliendo dos o tres horas más tarde, cuando el tiempo ya había dejado de tener importancia.

La idea de penetrar en el desierto mauritano le mantenía en una inquietud constante, casi febril. Había atravesado ya extensiones saharianas desde su salida de Dakhla, pero en su imaginación Mauritania representaba otra dimensión del desierto. Algo absoluto.

Ya conocía la inmensidad, pero aquí adquiría una violencia mineral.

Ya había contemplado la monotonía de las dunas, pero en Mauritania aquella monotonía alcanzaba una forma perfecta, casi hipnótica.

La carretera asfaltada, estrecha y rectilínea, abandonaba lentamente la costa atlántica para internarse en el corazón del continente. El paisaje parecía vaciarse a medida que avanzaban. Aun así, de tanto en tanto, surgían pequeños arbustos junto al arcén, tercos supervivientes de arena y viento.

Observaba fascinado los grupos de camellos que pastaban no sabía qué en mitad de una ventisca ocre que envolvía el autobús. Miraba con extrañeza los depósitos de agua junto a algunas barracas, hinchados como enormes colchones tendidos sobre la arena. Se fijaba también en las sombras mínimas que proyectaban los escasos arbustos solitarios, dibujos efímeros que el viento parecía dispuesto a borrar en cualquier momento.

En aquel paisaje no existía el exceso. Todo era esencial.

Recordó entonces un proverbio persa que había leído tiempo atrás:

“La arena del desierto es para el viajero fatigado lo mismo que la conversación incesante para el amante del silencio.” Y comprendió su significado. Durante horas, el desierto parecía hablarle precisamente a través de su silencio.

Finalmente llegaron a Tergit.


El poblado de Tergit

El pueblo aparecía desperdigado entre palmerales y piedra, como si hubiese brotado de manera accidental al borde de un hilo de agua. Las casas, dispersas y desordenadas, se extendían entre dos montañas escarpadas cuyas cimas planas daban la impresión de haber sido cortadas de un tajo gigantesco. Parecía que la tierra se hubiese abierto allí siglos atrás, dejando una herida mineral convertida ahora en refugio.

Había leído —y el encargado del Triskell se lo había confirmado— que el albergue Jemal era el mejor lugar para pasar la noche. Hasta allí se dirigió junto a una pareja de franceses que habían compartido el viaje en minibús. Cargados con las mochilas, ascendieron lentamente por un sendero pedregoso hasta alcanzar una pequeña elevación situada entre el pueblo y la gran falla rocosa.

El alojamiento era sencillo: varias tiendas tuareg instaladas sobre la arena y alfombras extendidas directamente sobre el suelo.

¡Otra vez a dormir sobre la dureza del desierto!

Y, sin embargo, aquello formaba parte de la experiencia. Pasaría allí dos noches.

Durante ese tiempo conocería también a otros mochileros: dos malteses y un polaco con el rostro curtido por el sol y los caminos largos. Como sucede siempre en ciertos viajes, bastaban unas pocas horas compartidas para intercambiar historias que parecían pertenecer a viejos amigos.

El oasis se encontraba a unos centenares de metros del albergue.

En la entrada, junto al único sendero transitable, un mauritano cobraba el acceso con gesto rutinario. A ambos lados del camino, varios puestos de artesanía ofrecían collares, telas, pequeñas figuras y objetos tallados en madera reseca.


Mauritano a la entrada del oasis

Pero nada lograba distraer la atención de lo verdaderamente importante. Porque el oasis aparecía de pronto como una revelación.

La falla montañosa se estrechaba allí formando un barranco escondido, protegido del exterior por paredes de roca rojiza y parda. En su interior crecía un auténtico mar de palmeras que parecía imposible en medio de tanta aridez.

Al fondo, donde el desfiladero se volvía más angosto, el agua brotaba directamente de las piedras.

El goteo constante había teñido las rocas de verde oscuro. Los líquenes se adherían a la piedra húmeda formando manchas brillantes, mientras el agua, paciente durante siglos, había modelado pequeñas estalactitas, diminutas cuevas y regueros transparentes que desembocaban en piscinas naturales.

El aire era fresco.

Inesperadamente fresco.


El agua brotaba de las rocas

La sombra de las datileras invitaba a permanecer allí inmóvil, abandonado a una especie de contemplación primitiva. Había algo profundamente hipnótico en aquel rincón oculto mauritano.

Una pareja de jóvenes le recibió con un vaso de té caliente. El contraste resultaba casi irreal: el calor dulce del té entre las manos mientras, alrededor, el oasis respiraba lentamente bajo la roca.

Después comenzó a explorar los alrededores. La curiosidad le empujó a remontar el extremo del valle hasta alcanzar las laderas escarpadas donde las montañas parecían unirse. Desde allí arriba, el oasis quedaba reducido a una mancha verde perdida en la inmensidad mineral.

Pequeña piscina natural

Y entonces apareció el verdadero silencio.

No el silencio de la ausencia, sino el silencio pleno del desierto.

Un silencio tan poderoso que terminaba convirtiéndose en el único sonido posible.

Comprendió que un oasis no es únicamente agua y vegetación en medio de la nada.

Es una demostración de resistencia.

Un milagro geológico.

Un lugar donde la vida se obstina en existir.

Para entender de verdad la fuerza de un oasis no basta con observarlo desde lejos ni con admirar unas fotografías. Hay que caminar sobre su tierra húmeda. Hay que sentir el frescor inesperado entre las piedras. Hay que escuchar el agua abriéndose paso en mitad del desierto.

Y eso fue exactamente lo que hizo.

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29 de mayo de 2026

Nuakchot, capital de Mauritania


Fila de botes en la playa de Nuakchot

Llegó a Nuakchot a buena hora, sin tarjeta SIM en el teléfono (en Nuadibú no le dio tiempo a conseguir una) y con la reseña del hotel en un papel. Al primer moto-taxi que le abordó le mostró la dirección de la calle, y sabía —¡por supuesto!— dónde se encontraba.

¡Mentira!

Le llevó a la zona cercana, pero la calle no aparecía. El motero un tanto despistado, o mucho, no tenía ni idea. Varias vueltas y revueltas por las callejuelas aledañas. Como al individuo le vio perdido, se apeó de la moto y preguntó en una especie de restaurante. Conocían el hospedaje: estaba a dos manzanas de allí.

Al fin, llegaron al Auberge Triskell. Un chalet reconvertido en alberge para viajeros, con un jardín y servicio de bar y restaurante bastante aceptables. El propietario, o el que lo regentaba era un veterano personaje francés, con muchos años en Mauritania. Conocía todas las argucias para que cualquier viajero entendiera o saliera sin problemas de la ciudad. Una tienda de campaña tuareg en la azotea del edificio le serviría de aposento las tres noches que pasó allí.

La primera tarde, después de acomodarse a lo tuareg, decidió no salir: “Ya tendré tiempo” —pensó—. A la mañana siguiente comenzó la actividad: patear un poco la ciudad, cambiar dinero (aunque era festivo musulmán lo conseguiría) y hacerse con la tarjeta SIM local para su móvil. Nuakchot estaba tranquila: un festivo musulmán envuelve la vida en plena relajación y mesura. Escasa circulación y sólo en el centro parecía haber cierto movimiento, el típico ajetreo del comercio callejero. No había mucho que visitar. La ciudad era bastante anodina, pero pasar esa mañana dando vueltas sin rumbo, le sirvió para pulsar alguno de los botones y escenas del país.



Esperando a la llegada de los pesqueros

Le apetecía visitar el mercado de pescado —por referencias, muy especial—, lo que haría al día siguiente. Un taxi (eran bastante baratos, y una buena forma de ir de un punto a otro de la ciudad) le acercaría al mercado. Bullicio. Olores. Suciedad. Movimiento. Estaba situado a orillas de la playa, en un dique elevado de hormigón, donde llegaban —supuso que después de una noche aciaga— todos los pequeños pesqueros con sus capturas. Una interminable fila de coloridos botes permanecían varados en la arena, en un descanso que no debía ser eterno; otro montón de estos, fondeados a unos metros de la playa. Mucha gente, esperando a las barcas que abordaban de manera intermitente la orilla. Jóvenes negros y piel brillante transportaban en cajas o capazos el pescado. En el recinto del mercado, limpiaban y cortaban —algunos lo hacían en la arena— los peces capturados. Todo en conjunto, un espectáculo visual y sensorial. Fotos y más fotos. Para los clics con el móvil, dirigidos a las personas, era necesario solicitar permiso. Por sus caras y advertencias gestuales, éstos no eran de su agrado. Y el viajero insatisfecho necesitaba eternizar aquellos momentos.



Limpiando el pescado en la playa

Pasó la mañana entre pescadores, pescados, despieces, fuertes olores y la curativa brisa marina. Por la tarde, continuaría con sus paseos por la ciudad, hasta que, al finalizar aquella, se sentó en la terraza-bar de otro Auberge para ver en televisión un rato de la final de la Copa de África de fútbol, entre Marruecos y Senegal.

Había, también, un famoso mercado de camellos a las afueras, pero no quiso perder más tiempo en Nuakchot. “Ya tendré oportunidad de ver muchos camellos en el recorrido por el país” —se dijo a sí mismo—.



Troceando y limpiando pescado en el mercado de Nuakchot

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15 de mayo de 2026

Entrada en Mauritania


Frontera de Mauritania

Entre Dakha —ahora, ciudad de Marruecos— y la frontera mauritana el paisaje era monótono (para el viajero insatisfecho ciertamente desconocido). El desierto lo rodeaba todo, excepto cuando desde la carretera (su trazado siempre iba más o menos paralelo a la costa) observaba el océano más cercano. La llanura infinita, insistente y plana se perdía en el horizonte, y parecía respirar con dificultad. Ningún vestigio de árboles o arbustos. De verde. El calor y pequeñas olas de polvo arenoso rodeaban, a veces, el paso del vehículo. Tan sólo paró en una pequeña ciudad, cuyo nombre no recuerda. Y por fin, después de varias horas en el bus de Supratours, la frontera marroquí.

Una vez cruzada, sin exceso de papeleo, un minibús esperaba a algunos pasajeros para cruzar ese kilómetro (y poco más) de “tierra de nadie” —entre divisorias— y, según referencias y algún cartel, minada. La mecánica del paso de la frontera mauritana era un perfecto galimatías. Difícil —muy difícil— de cruzar, ante la burocracia implantada por el país, sino hubiera sido por la ayuda del conductor del minibús. Él conocía los pasos; él recogía los pasaportes de cada uno, cuando supuestamente sólo era necesario mostrar el pasaje; él guiaba a los pasajeros de ventanilla en ventanilla (tomar declaración, firmar, sello de entrada). Cree recordar que fueron cuatro, cada una en un edificio diferente: una especie de calvario administrativo que sin el avispado conductor hubiera sido una pesadilla. Colas y esperas. Un martirio de tres horas.

Entre Marruecos y Mauritania, "tierra de nadie"

Una vez finalizado el vía crucis, con el pasaporte y su sello en la mano, organizaron al pasaje entre los dos posibles destinos: Nuadibú o Nuakchot.

La cercanía de Nuadibú, y la hora ya tardía, animaron a este mochilero a dirigirse a esta ciudad (La llegada a Nuakchot, más distante, sería en la noche, hora poco propicia para buscarse la vida, para encontrar un hotel dónde pasar la noche).

Tras ser estafado por el taxista que le trasladó al hotel desde la estación de autobuses —le cobró tres veces más de lo que resultaría ser normal en este país— tomó posesión de la habitación; se duchó (sentía el polvo y arena en el cuerpo, después de todo el día de zarandeo y danza), y salió a un restaurante cercano a tomar el necesario refrigerio, aunque era una hora en la tarde poco propicia para conseguir algo de sustento. Comió lo que había (un pollo, mal cocinado a la brasa, y patatas). El camarero le sorprendió cuando le invitó a la fanta (no tenían cerveza).

Su idea era hacer noche y salir temprano hacía Nuakchot, capital del país.

Así lo hizo.  

Un gran choque fue adentrarte por las calles de Nuadibú, incluso circulando en un vehículo. Un pequeño desastre urbanístico, con algunas calles sin asfaltar, con giros y más giros a izquierda y derecha que parecían encaminar hacia algún insólito (o peligroso) lugar. El “África musulmana” aparecía en todo su esplendor, con mujeres cubriendo su cabello, algunas también la cara; algún vocerío del muecín en la lejanía; unas miradas agudas y, en ciertos lugares, un olor penetrante. Todo ello, referenciaba al oscuro mundo musulmán. O eso parecía. De hecho, estaba ya en la República Islámica de Mauritania.

 

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30 de abril de 2026

Llegada a Dakhla, o Dajla (histórico Villa Cisneros)


Dakhla (Villa Cisneros), desde el avión

Cuando tomó el avión en Madrid con destino Dakhla (antigua Villa Cisneros, durante la época del dominio español en el Sáhara) no tenía previsto estar tanto tiempo fuera de España. Dakhla era el punto de partida para la visita a Mauritania, objetivo inicial del viaje. El vuelo resultaba barato: con unos pocos euros pagaría el billete.

Esta antigua ciudad española, ahora marroquí, se extendía a lo largo de una lengua de tierra de unos 40 km, creando una laguna protegida del océano. Desde el avión, durante la maniobra de aterrizaje, se apreciaba ya perfectamente esta peculiar característica geográfica. El aeropuerto se veía, desde las alturas, muy integrado en la ciudad, relativamente cercano al meollo urbanístico del centro. La moderna ampliación de esta urbe sahariana parecía envolverle.

En una primera mirada, pocos vestigios españoles quedaban: la iglesia o catedral Nuestra Señora del Carmen sería uno de ellos. Para el viajero insatisfecho estos antecedentes le generaban curiosidad, más que el propio interés de su orografía.

Catedral de Nª. Sra. del Carmen

Por ahí había leído también que Dakhla estaba considerado como un paraíso natural para practicar el kitesurf. La verdad -y lo piensa ahora- es que no se percató muy bien de esta actividad. Incluso, decían lenguas expertas, que “hay quien piensa en Hawai, Cabo Verde o la indómita costa peruana para hacer kitesurf, pero lo cierto es que Dakhla no tiene nada que envidiar a estos destinos”.

Salió a tomar el pulso a la ciudad, una vez instalado en la habitación del pequeño hotel elegido. El sabor de sus calles, de sus gentes, del sofocante calor, de sus múltiples cafés (ocupados por hombres, en su mayoría solitarios delante de una taza) era, sin duda, marroquí: quedaba poco, muy poco de la antigua vida e historia españolas. Bueno, tal vez, aquel personaje con el que habló, que se sentía muy español, muy saharaui y muy miedoso de que le oyeran los demás.

Las mezquitas que visitó -al menos, dos-, las calles que recorrió -se perdió por ellas- y las gentes a las que observó le ayudarían a situarse en el lugar y a pensar que el viaje comenzaba en un territorio muy musulmán.

Dormiría dos noches y pronto tomaría un autobús -Supratoursque le llevaría a la frontera mauritana: un largo trayecto donde comprobaría la amplitud del desierto, silencioso y envolvente. Más tarde, finalizada la estancia en Mauritania, regresaría de nuevo, para iniciar en esta ciudad un recorrido hacia el norte: hacia el histórico y antiguo país marroquí.

Calles de Dakhla

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21 de marzo de 2026

Corazón ligero, de Antonio Fornés

Leer guías de viaje es un placer porque transforma la planificación en parte de la aventura, permitiendo soñar y anticipar el destino, descubrir su cultura e historia, y encontrar inspiración, ya sea a través de guías tradicionales, blogs o literatura de viajes, lo que expande el viaje más allá del entorno real y verdadero, y enriquece la experiencia general. 

Hasta aquí, lo bonito.

Para el viajero insatisfecho no es lo importante prevenir aventuras, anticipar experiencias y saborearlas antes de haberlas mordido. Prefiere ir con los ojos vendados, con algún resquicio de claridad. Y recuerda el libro “Corazón ligero”. El escritor y doctor en Filosofía, Antonio Fornés —a quien tuvo el honor de conocer en las reuniones viajeras de Altafulla— propone en este ensayo (podría convertirse en “libro-almohada” de cualquier curioso) una lúcida reflexión sobre el acto de viajar como vía de crecimiento espiritual. El viaje no es algo programado, es algo que te hace crecer cuando lo has experimentado. El autor quiere introducirse en el ambiente expedicionario como “un pardillo”, como viajero nada ortodoxo, pero apunta consideraciones de gran peso: “los verdaderos viajeros parten por partir, con el corazón ligero”, y se pregunta en qué consiste la auténtica aventura.

En su opinión no se trata de realizar andanzas fuera de lo común o vivir mil peripecias complejas, sino de hacer algo más simple y radical: salir a la ruta que tiene el componente real de vida. No pretende simplemente explicar al lector mil y una curiosidades exóticas de los sitios que ha visitado, sino que va mucho más allá: contempla con ojos de filósofo el paisaje físico y humano de cada territorio para abordar cuestiones que trascienden la experiencia viajera. Sus estancias en lugares tan dispares como el Kurdistán, Namibia, Irán, Etiopía, India o Nepal se ven enriquecidas con reflexiones sobre la muerte, la intolerancia, la terrible herencia de la colonización o las influencias culturales. En el fondo, este florecimiento y beneficio es el fin del libro, y su resultado, una sorprendente mezcolanza enriquecedora, llena de energía y muy entretenida.

Los viajes, bien entendidos, son experiencias amplificadoras, ¿de qué?, del camino que cada uno elija en su paso por la vida.



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6 de marzo de 2026

Parque Nacional South Luangwa / Zambia


Puerta de entrada

La ruta al Parque Nacional South Luangwa desde Lusaka la hizo en dos etapas. El primer tramo finalizó en Chipata, una ciudad de camino hacia el norte y fronteriza con Malawi. Allí pasó una única noche, al día siguiente partiría hacia su destino. Desde el hotel, donde había dormido y se encontraba, le llevaron a la parada de coches —apodados “colectivos”— que partían hacía Mfuwe, población aledaña a la entrada del Parque Nacional. Este pueblo, con un fuerte carácter local africano, estaba sembrado de campamentos, lodges y hoteles, perdidos entre la foresta, que eran la base para las visitas expedicionarias al encuentro de animales.

Jirafa

Al descender del colectivo, contrató a un motorista-taxista para que le mostrara alguno de los campamentos ubicados por los alrededores, pasar la noche y poder organizar así, en uno de ellos, la visita. El elegido, y más barato, fue un campamento a orillas del río Luangwa (Croc Valley Camp), desde donde se podía observar a la perfección hipopótamos, cocodrilos o elefantes en el ancho río que, entonces, tenía escaso cauce.

Poca agua, y en las pozas próximas que se formaban en los meandros, gran cantidad de hipopótamos retozaban casi inmóviles, enseñando sus lomos y emitiendo sus característicos berridos.  Sentado en una butaca, en uno de los márgenes del río, les observaba con placidez. Le llamaba la atención sus escasos movimientos durante el día, si exceptuamos alguna breve pelea entre ellos, a la espera de que la oscuridad motivara su instinto y animara a salir de las aguas para conseguir alimento: esa forma de pastar les ocuparía gran parte de la noche.

Era la segunda visita a este Parque Nacional —la primera hacía once años—; un recorrido siempre placentero en un jeep o 4x4 para ver impalas, kudús, hipopótamos, cebras o elefantes. Partió en la expedición al día siguiente dentro de un grupo, formado por clientes del campamento. Había un inglés, varios holandeses y una pareja de alemanes —siempre acompañados por esa fama de puntuales ciudadanos— que llegaron tarde todos a la cita, al punto de encuentro. Este viajero insatisfecho, habitualmente escrupuloso, llegó el primero y tuvo que “comerse el marrón” de soportar la impuntualidad de sus compañeros de aventura que iba conociendo según iban llegando. ¡Malditos!


Elefantes, saliendo del cauce del río Luangwa

Hipopótamos, en el río Luangwa

Era época seca en el recinto y las extensiones de pasto, arbustos y árboles aparecían casi marchitos. Recordaba, de su anterior visita, las extensiones verdes de hierba y la fuerza vital de los arbustos, y le producía cierta tristeza encontrarlo tan seco. Los impalas, kudús o gacelas parecían rallar el suelo sin encontrar vestigio de alimento. Aun así, insistían en su pasteo o ramoneo. Además, vio leones, facoceros o jabalís verrugosos, jirafas y algún leopardo.

Fueron cuatro o cinco horas de game drive, según se dice últimamente. Este mochilero lo llamaría “paseo de avistamiento” de animales del bosque.

El reposo de una pareja de leones


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21 de febrero de 2026

Lusaka / capital de Zambia


Avenida, en Lusaka

Habían transcurrido ya once años desde la primera visita del viajero insatisfecho a Zambia ¿Cómo pasa el tiempo? ¡Once años desde que pisara Lusaka por primera vez! Ahora, no la visitaba por una convulsiva necesidad interior sino por exigencia viajera: el vuelo rumbo a Kigali salía de allí.

Como tenía aún varios días —pensaba pasar más tiempo en Zimbabue, y había previsto una estancia zambiana inferior— dedicó un tiempo a Lusaka que, tal vez, no se merecía, ni tenía previsto. Paseó por sus calles y comprobó, de primera mano, muchos cambios en la modernización de una ciudad; o, quizás, la miró con otros ojos, o se movió por zonas que no había visitado la primera vez. El caso fue que la encontró más tranquila, con algunos edificios más modernos, sin tanto ajetreo africano como recordaba. Todo el “folklore africano”, la gente agolpada y el bullicio parecía estar concentrado en los alrededores de la Terminal de autobuses. Alejándose un buen trecho de allí, la tranquilidad parecía estar alcanzada. No era verdad, pues en otras zonas también se encontraba gran jaleo local. Descrito así, se podría decir que era una ciudad irregular, en la que contrastaba la modernidad con el abigarramiento africano.

Se hospedó en el mismo backpackers en el que lo había hecho hacía años y, ahí sí, vio deterioro. A este hospedaje le había atropellado el tiempo y, hasta cierto punto, el abandono, pero aún así pudo pasar dos días en relativa armonía interior, y personal. Otras dos noches pasaría —en la espera de tomar el vuelo— al regreso de su visita al Parque Nacional South Luangwa, cientos de kilómetros al norte de la capital.

En resumen, una ciudad que, sin abandonar sus raíces, parecía progresar a buen ritmo, o eso apreció este mochilero.


Avenida, en Lusaka

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3 de febrero de 2026

Viaje a la luz del Cham, de Rosa Regás

Libro

Un libro, un relato en primera persona de un “viaje a la luz del Cham”, como se apunta ya en su título. En realidad, una incursión placentera y relajada en Siria.

En este viaje de dos meses, la escritora pone su mirada, su pasión, su inteligencia y su particular manera de observar, en lo esencial del momento vivido. Destaca esa reivindicación de la aventura, necesaria para descubrir, comprender y dar a conocer los lugares, aunque sin extenderse en exotismos culturales.

No solo son trayectos por el país, son momentos estáticos respirados: las calles de Damasco, vividas al momento, o rememoradas como pasado; la existencia de sus gentes; la luminosidad y vastedad histórica del país; los encuentros con las gentes locales y la interacción con ellos; el desierto y sus pobladores. En definitiva, unas vivencias que la autora sabe describir con maestría.

Recorre, además de Damasco, el valle de Orontes, transita por el valle del Éufrates, visita Afamia, Ugarit, Palmira y la famosa Alepo. Llega, incluso, a los altos del Golán, usurpados por los israelíes al país. Interactúa con los drusos, en el sur, y con los beduinos, en el desierto que, si bien, aunque éste le asusta, no se posiciona en su contra.

En el texto se alterna la crónica de esos viajes con la reflexión sobre la situación en que se encuentra el país. Muestra las diversas tendencias de los sirios, y su actitud frente a Occidente y frente al integrismo. Reflexiona sobre el papel que desempeñan los fieles al régimen y sus opositores, la condición de las mujeres y de los niños. Todo ello, salpicado de pequeñas anécdotas de vida.

Un texto en que la autora se suma a la forma de narrar de los autores de libros de viaje que la precedieron. Pone, además, disponible al lector la información para que éste se convierta —si este es su deseo— en viajero que avanza por ese mundo que ella va descubriendo, que le resulta desconocido, pero del que aprende. Incluso, se remonta a hechos del nacimiento de la civilización a la que ella pertenece.


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21 de enero de 2026

Entrada en Zambia


Río Zambeze, desde el puente de hierro

Cruzar la frontera de Zimbabue y entrar en Zambia era un proceso muy sencillo. Sellado de salida en el pasaporte, en la frontera zimbabuense; paseo de unos 800 metros hasta la llegada al puente de hierro —sueño arquitectónico de Cecil J. Rhodes—; cruzarlo, con una inevitable parada para admirar desde lo alto al rio Zambeze, que por un prolongado cañón se alejaba del salto (de las cataratas), y —después— recorrer otros 300 metros hasta la frontera de Zambia. Una simple gestión de comprobación, y sellado de entrada en el pasaporte.
Se encontraba en un nuevo país.

A la entrada al recinto de las cataratas Victoria, por este lado zambiano, consiguió un taxi compartido que le llevaría a Livingstone, la ciudad más grande de los alrededores. Distaba unos 12 kilómetros.

Una población poco interesante en sí misma, aunque muy solicitada para hacer escala cuando se pretende visitar las cataratas por el lado zambiano. El viajero insatisfecho aprovechó la estancia para cambiar dinero, conseguir una tarjeta SIM para su móvil, y poco más.

Pasó una noche en el Victoria Falls Backpackers Zambia —la tarde fue de relax en el amplio patio que ofrecía— y, al día siguiente, emprendería camino hacia la capital del país, Lusaka.

Ya conocía este alojamiento de hacía unos años, cuando había visitado Zambia. Había cambiado ligeramente, con pequeños arreglos en el patio y en los servicios que ofrecía. Aun así, lo mantenía en el recuerdo, y le sirvió para rememorar aquel antiguo viaje. Con una cerveza Mosi al alcance.


"Con una cerveza Mosi al alcance".

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10 de enero de 2026

Cataratas Victoria (Mosi-oa-tunya) / Zimbabue


Cataratas Victoria

Se levantó relativamente temprano en el Shoestrings Backpackers Lodge. Tomó un café con una especie de pastel y se lanzó a la calle en busca de la entrada al Parque Nacional Cataratas Victoria  (Mosi-oa-tunya) que —según le habían dicho— estaba muy cerca del lodge donde había pasado la noche. Aun así, tuvo que preguntar a un comerciante que le observaba, parado a la puerta de su tienda, cuando avanzaba por la calle. Era una mañana espléndida, con el sol ya erguido en el cielo, a medio camino de su plenitud, que —como habitual— sería al mediodía.

El precio de la entrada a las Cataratas Victoria variaba según el lado (Zambia o Zimbabue), siendo actualmente 50 USD para adultos en Zimbabue. El viajero insatisfecho ya había tenido la experiencia del lado zambiano; ahora, se precipitaba hacia una nueva experiencia, en el lado zimbabuense.

Desde la entrada hasta la escultura de Livingstone, que se consideraba el inicio del recorrido, habría unos 400 metros, transitados entre un sencillo sotobosque por un paseo asfaltado y en buenas condiciones: ser destino turístico famoso obliga.


Estatua de Livingstone
Salto, al principio del recorrido

Después de dar varias vueltas a la estatua del gran explorador se acercó al primer punto o primer mirador (hay unos 17 miradores en todo el recorrido). Ya desde éste, o desde el segundo —no recuerda—, pudo darse cuenta del bajo nivel del agua en las cataratas: era época seca y el cauce del rio Zambeze disminuía bastante, lo que afectaba —como era natural— al fluido que formaba el salto. Aun así, en algunos miradores, el agua desprendida por la fuerza del salto flotaba y caía sobre las cabezas.

(Su altura era algo más de 100 metros).


Época seca: poco agua en algunas partes de la catarata

Fue un paseo tranquilo, admirando los grandes y más pequeños saltos que formaba la naturaleza, y que mostraba en todo su esplendor. Más que describir, la experiencia in situ era —y es— fundamental: sentir la fuerza del agua; el ruido que surge del barranco pedregoso; el rocío de agua que se eleva como una nube y llega hasta las cabezas de los visitantes, y la sensación de inmensidad. Casi todos los visitantes hacían el recorrido en el mismo sentido y no de manera atropellada, pues la afluencia de turistas en la época era poco elevada. Pidió, en ciertos miradores, a alguno como él que le hiciera fotos para dejar constancia a la posteridad de su paso por allí.

El recorrido terminaba al lado del puente de hierro, que fue el sueño de Cecil J. Rhodes para su ambicioso proyecto de unir por tren El Cairo (Egipto) con Ciudad del Cabo (Sudáfrica). Esta obra arquitectónica, diseñada por H.S. Hobson y construida a primeros del siglo XX, era, además, frontera entre Zambia y Zimbabue.


Puente de hierro, frontera entre Zambia y Zimbabue

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Antiguo 'post' sobre las cataratas Victoria, desde el lado zambiano [AQUÍ].
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27 de diciembre de 2025

Llegada a Victoria Falls / Zimbabue


Jardines del backpackers, en Victoria Falls

Desde Bulawayo, donde se encontraba, se encaminaría hacía Victoria Falls, población formada a rebufo del turismo generado por las cataratas del mismo nombre. Tomó un autobús, a primera hora de la mañana, que le llevaría a la famosa población. La carretera, en este largo tramo, era muy complicada, con cantidad de baches, difíciles de sortear para un vehículo grande como aquel. Incluso, por causa de un gran desvío, tuvo que circular por caminos de tierra y polvo, entre maleza, casas rurales habitadas por labriegos y parajes cultivados, pero también, a veces, inhóspitos. Al abandonar el desvío e incorporarse a la carretera la cosa no mejoró mucho.

Fueron más de 400 kilómetros y en unas relativas malas condiciones.

La llegada a Victoria Falls fue avanzada la tarde. Un taxi, acostumbrado a tratar con turistas —y a estafarlos, diría— le llevaría al alojamiento que había reservado por internet: Shoestrings Backpackers Lodge. Un lugar con cierto encanto para pasar unos días, con un gran jardín, piscina, bar y restaurante. Las tres noches que pasó allí, alojado en una tienda de campaña, acondicionada como una habitación (sin baño), podría decir que fueron agradables. Alojarse en esas tiendas era el precio más barato que se podía conseguir; luego, disponían de habitaciones estándar dobles, pero a un precio bastante superior.


Tienda de campaña (foto desde el interior)


Comida y cerveza, en el backpackers

En ese último tramo de la tarde, dio una vuelta por los alrededores para situarse en esta nueva población, que resultó ser de un tamaño muy manejable. Turística: con comercios, restaurantes y tiendas de ropa, y de otros artículos decorativos. Aquí comenzó a ver grupos de blancos, parejas de blancos y paseantes blancos. No los había visto en el resto del viaje.

Caminó sin mucha preocupación y orientación y, a pesar de ser un villorrio pequeño, casi se pierde. La culpa: esa desgana que se apoderó del viajero insatisfecho cuando, después del cansancio de un viaje en bus dando brincos, se relajó.

Regresó al backpackers en noche cerrada.

Una buena música, una fría cerveza (LITE) y una aceptable cena (Sadza & beef) convirtieron al mochilero en un personaje distinto, más complacido y ufano. Se completaría, más tarde, con una dormida en su pequeña tienda de campaña acondicionada.

A la mañana siguiente visitaría las cataratas Victoria.


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13 de diciembre de 2025

Parque Nacional Matobo / Zimbabue

A la entrada del Parque Nacional Matobo

Si había un lugar emblemático en Zimbabue, ese podría ser el P.N. Matobo, o Matopos [con permiso de las cataratas Victoria], en cuyo interior, en un espectacular paraje, estaba ubicada la tumba de Cecil J. Rhodes.

(Rhodes entró en el Parlamento del Cabo en 1881, y en 1890 fue designado primer ministro. Durante su etapa como primer ministro, Rhodes utilizó su poder político para expropiar tierras a los africanos, y hacerse con grandes extensiones de territorio. Un personaje imperialista y supremacista).

Cabría destacar que en ese mismo sitio se encontraba enterrado Leander Starr Jameson, controvertido personaje y, según malas lenguas, amigo “muy personal” de Rhodes. La cercanía de sus tumbas era, como mínimo, sospechosa.


Promontorio donde se ubicaba la tumba de Cecil J. Rhodes

Esta visita al P.N. Matobo se engendraría en la ciudad de Bulawayo, de donde distaba unos 35 kilómetros. Al lado del hotel donde estaba hospedado, había un restaurante de comida local. En él conoció a una simpática camarera y, a través de ella, consiguió un Land Rover, que le acercaría al día siguiente al Parque Nacional.

No era espectacular; no era muy extenso; no contenía mayor número de animales que otro parque, pero el paisaje de Matobo era original, con formaciones de rocas graníticas en singulares posiciones, a veces, casi imposibles. Y, además, como queda reseñado al principio, en un promontorio, albergaba la tumba de Cecil J. Rhodes, rodeada de esas rocas graníticas. Un lugar aireado y donde se respiraba una tranquilidad sin límites.


Tumba de Cecil John Rhodes

Por una de sus laderas, se subía al montículo pisando sobre una roca granítica compacta y limpia de tierra y hierba hasta la propia tumba, horadada en la roca, con una lápida donde ponía únicamente el nombre del personaje allí enterrado. Antes de subir había que “pasar por caja”, una multa más, pues ya lo había hecho al entrar en el Parque.

El paisaje avistado desde el promontorio de granito era muy característico y bello.

Dentro del Parque Nacional se podían visitar varias pequeñas cuevas (Pomongwe, Nswatugi, y otras) decoradas con figuras rupestres: cazadores y animales salvajes, como elefantes, kudus o cebras. También, se podían divisar muchos kopjes, así se llaman las formaciones graníticas que durante el recorrido se veían a lo lejos.


Pinturas rupestres

Era posible, además, hacer un largo recorrido para avistar animales, pero el viajero insatisfecho, no lo hizo: la disculpa de que el vehículo no llevaba mucha gasolina fue suficiente para desistir. Los ‘conductores-piratas’ siempre encontraban un motivo para desatender las peticiones del foráneo.

¡Que se pudran!

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3 de diciembre de 2025

Bulawayo / Zimbabue


Estatua de Joshua Nkomo

Jacarandas, en Bulawayo

Bulawayo era la ciudad de las anchas y grandes avenidas, al menos, toda la parte central. También, otra “ciudad de los jacarandas” —había pasado por Mutare y la había definido ya así— pues muchas de sus calles tenían filas de estos árboles. Cuando el viajero insatisfecho la visitó estaban en plena floración, una flor muy vistosa de color violeta.

Procedente de Masvingo, llegó a la ciudad a mediodía. Bulawayo era la segunda población de Zimbabue, tras la capital Harare, con más de un millón de habitantes. El nombre "bulawayo" procede del idioma ndebele que significa “lugar del asesinado”

Su primera ocupación fue buscar un hotel que fuera céntrico y cumpliera con las mínimas condiciones de comodidad y agrado. Lo encontró en una ancha avenida (Joshua Nkomo St.) a unos centenares de metros del centro.

En uno de los cruces de esta avenida con otra, estaba ubicada la estatua de Joshua Nkomo, monumento al que fuera vicepresidente de Zimbabue, y "padre de la Patria". Éste líder y Robert Mugabe firmaron el Acuerdo de Unidad Nacional en 1987, que unificó a los partidos rivales ZANU PF y ZAPU.


Oficina Central de Correos

La ciudad —ahora eminentemente industrial— tenía hermosos edificios de la época victoriana y colonial como Bulawayo City Hall, la Oficina Central de Correos, el edificio del Tribunal Superior, etc. También, el Museo Nacional del Ferrocarril, gran atracción para quienes se interesasen por la historia de Zimbabue. El museo exhibía una vasta colección de locomotoras de vapor, locomotoras diésel y vagones, muchos de los cuales se encontraban en excelente estado.

Perderse por las grandes avenidas del centro, era toda una experiencia viajera, aunque agotadora, sobre todo por las distancias.

Edificio colonial

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