Mostrando entradas con la etiqueta capadocia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta capadocia. Mostrar todas las entradas

15 de julio de 2012

Danza del vientre (sin documento gráfico)


A las once de la noche, el solitario y mal iluminado tugurio de Nevşehir (Capadocia, Turquía) pudo ser el lugar del vivo reverdecer del instinto obsceno, mientras los alrededores de la zona eran, durante el día, dedicación religioso-musulmana y bullicio turístico a causa de las antiguas iglesias terreras en forma de cuevas.
La bailarina del vientre apareció en escena dejando a público -quizás, a camareros- a propios y extraños, boquiabiertos. Su escote, finas gasas de múltiples brillos, enfundada en un biquini adornado de pequeñas lentejuelas de colores, su desparpajo y sus relucientes carnes doradas se mezclaban con los aplausos y tímidas risas de la diversidad étnica asistente: turistas, locales, mangantes o graciosos e irreverentes turcos.
Era la primera vez que el viajero insatisfecho veía espectáculo semejante
Casualidades de la vida, al regresar a España en aquella misma época, todo muy apretujado, una sesión privada de una famosa bailarina del vientre de las noches madrileñas, le dejó constreñido. Semejante voluptuosidad, grandes pechos, contorneo de cintura y un entorno de luces y espejos comprimió por responsabilidad el furor del joven mochilero, ‘latin lover’ de pacotilla. Esas dos sesiones casi seguidas fueron mucho.
Sensualidad barroca y lascivia exótica.
¿Quedará algo de esto, y aquello, en los cabarets nocturnos del nuevo mundo islamista, transnochado e impuesto?.
Copyright © By Blas F.Tomé 2012

1 de diciembre de 2007

Capadocia

En Capadocia, región de Anatolia central (Turquía), a este aprendiz de trotamundos le llamaron la atención tres cosas: la formación geológica única en el mundo, la ubicación de los templos de los antiguos cristianos y la puesta de sol, que puede verse -si la naturaleza quiere- desde uno de los muchos promontorios de la zona. Además, el guía, contratado en este caso para facilitar la excursión, le llevó con puntual rapidez como si una bella atracción turística cerrara sus puertas. Y las cerró, en un momento determinado ante la presencia de cuatro o cinco viajeros que, a esa hora y en ese lugar, encontraron su regocijo muy cerca de la luz y el brillo de los astros.
Del astro rey, en este caso.
A lo lejos se oía música de ritmos orientales, con ecos irregulares, generados por el choque de sonidos con los extraños montículos arenosos y rocosos que completan el paisaje. De algún templo u oratorio musulmán, quizá turcomano, o druso, saldrían esas notas uniformes, celestiales, pero al grupo de viajeros le llegaban con los altibajos y dientes de sierra, similares a cola de dragón.
En los recovecos de estas figuras rocosas dalinianas, la imaginación vislumbra a los cristianos esconderse en agujeros imposibles, en templos decorados con pinturas-murales sobre roca arenisca, y ocultos de miradas de la persecución romana.
De persecución religiosa, sin más.
No se puede mostrar el paisaje, hay que visitarlo.
No se pueden explicar las sensaciones, hay que tenerlas.
No se puede uno esconder entre las rocas, habría que haber vivido en los albores de la civilización cristiana.