A las once de la
noche, el solitario y mal iluminado tugurio
de Nevşehir (Capadocia, Turquía) pudo ser el lugar del vivo
reverdecer del instinto obsceno, mientras los alrededores de la zona eran, durante el día, dedicación religioso-musulmana y bullicio turístico a causa de
las antiguas iglesias terreras en forma de cuevas.
La bailarina del
vientre apareció en escena dejando a público -quizás, a camareros- a propios y
extraños, boquiabiertos. Su escote, finas gasas de múltiples brillos, enfundada
en un biquini adornado de pequeñas lentejuelas de colores, su desparpajo y sus
relucientes carnes doradas se mezclaban con los aplausos y tímidas risas de la
diversidad étnica asistente:
turistas, locales, mangantes o graciosos e irreverentes turcos.
Era la primera vez
que el viajero insatisfecho veía
espectáculo semejante
Casualidades de la
vida, al regresar a España en aquella misma época, todo muy apretujado, una
sesión privada de una famosa bailarina del vientre de las noches madrileñas, le
dejó constreñido. Semejante voluptuosidad, grandes pechos, contorneo de cintura
y un entorno de luces y espejos comprimió por responsabilidad el furor del
joven mochilero, ‘latin lover’ de
pacotilla. Esas dos sesiones casi seguidas fueron mucho.
Sensualidad barroca y
lascivia exótica.
¿Quedará algo de
esto, y aquello, en los cabarets
nocturnos del nuevo mundo islamista, transnochado e impuesto?.
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