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5 de noviembre de 2017

Pigmeos batwa, o algo parecido

El grupo de pigmeos en el recibimiento

En plena selva, en lo más espeso y recóndito de la selva ugandesa, existían tribus de pigmeos, lejos de toda civilización y en un excelente entorno verde, dedicados a la caza de monos y reptiles, y a la recolección de miel.
Así debería haber sido la visión del viajero insatisfecho a la tribu de los pigmeos batwa, en las inmediaciones de la ciudad de Kisoro. La realidad fue muy distinta y lo que se encontró nada tenía que ver con la dignidad y costumbres de un pueblo, más bien tuvo que ver con una pobre gente acosada por la suciedad, marginación, minados por el alcohol y desplazados de su selva natural por el bien de no se sabe qué cúmulo de intereses. Desde niños deberían aprender a cazar, buscar alimentos y autoabastecerse del medio natural que les debería rodear. Pero, no. Nada que ver. Su pequeña estatura, sus primitivas costumbres y sus creencias excesivamente supersticiosas los convirtieron en un blanco fácil para las poblaciones vecinas, que los expulsaron de su entorno selvático y atrajeron a sus cercanías para una integración ‘de risa’.
Cuando se acercaban al lugar, a las afueras de Kisoro, el joven guía le comentó que aquellos que se veían en lo alto, al lado de unas casas en apariencia a medio construir, negras, sucias y grasientas, les estaban esperando para darles la bienvenida. Se puso a la defensiva. ¡Estaban advertidos de la visita!. De inmediato, se puso expectante ante una posible y ya recurrente ‘turistada’, como así sería. ¡No aprende!. Cada vez que en un país ha visitado una antigua tribu en peligro de extinción había salido un tanto asqueado. Se temía que esta vez también lo fuera.
Nada más entrar en el recinto, una especie de cuadrilátero cerrado por tres lados con lamentables construcciones, el olor a suciedad vieja ya tiraba para atrás. Al fondo, un grupo de pigmeos, sucios, deshilachados, hombres y mujeres, niños, todos ellos con aquel tufo que desanimaba a cualquier roce o contacto.
Comenzó el momento de la supuesta bienvenida y cada vez le repelía más la situación.
¡No aprenderé!, se decía.
Mientras el guía local se afanaba en explicarle la situación, el momento, en un inglés difícil de entender, él se esforzaba en mantener la calma y una fingida media sonrisa para evitar ser un maleducado. El instante en el que comenzaron los bailes y cánticos, supuestamente pigmeos, fue aún peor. Ver a uno tocando el tambor; al otro, una especie de guitarra española, y uno más soplando por un tubo de bambú (lo más auténtico) era patético y desagradable a la vez.
¡Qué mal se sentía presenciando aquella maldita ceremonia!.
El ambiente desprendía un asqueroso hedor a orín, sudor rancio, putrefacción y grasa añeja, la grasa de la miseria. Se esforzó por no vomitar. Descrito así pareciera desprecio. Pero no, era pena, lástima de aquel grupo pigmeo, despreciado por el resto de la sociedad. Borrachos, andrajosos, drogados y sucios.
¡Lástima de pueblo!.
Uno de los pigmeos, diría uno de los auténticos, pues había de todo tipo de desahuciados, se arrastraba por el suelo como poseído. Sudaba. Sudaba él y sudaba el resto de bailarines.
Le pidió al guía que terminara ya el recibimiento que se alargaba muchos minutos. Pero en ese afán de los pobres pigmeos de ganarse los parabienes del visitante, el ridículo pasó a otro juego: el juego de la caza. Con un pequeño arco que recordaba (y lo era) un arco infantil artesano y endeble, simularon una cacería en la selva (en realidad, en aquel corral de suciedad y mugre) de los animales que supuestamente sus ancestros persiguieron: monos, pequeños roedores, reptiles y alguna que otra ave. Una vez ‘cazado’, en aquella representación ridícula, simularon trocear el animal muerto (en realidad, un ato de cortezas y hojas seco) como lo hubieran hecho sus antecesores en plena selva. Con la mirada le pidió al joven guía que terminaran con aquel esperpento.
Para simular estar interesado en aquella pantomima sacó unas fotos de los chamizos y chozas, y se interesó por las plantas que allí crecían. El joven guía se esforzó en mantener la mentira, su mentira, detallando las plantas con sus consiguientes remedios para enfermedades.
La duración de la visita, que habían previsto para cuatro horas, duró una. Finalizó con un obsequio al pueblo pigmeo, deprimido y despreciado por la sociedad, y con el correspondiente pago al joven que le acompañó.
Una verdadera decepción.


Uno de los pigmeos


Copyright © By Blas F.Tomé 2017

7 de septiembre de 2017

Una pareja de ‘karamojons’ / Uganda

Nada más aterrizar en UGANDA, en el aeropuerto de Entebbe, los personajes que por allí pululaban (empleados, seguratas, taxistas, maleteros, buscavidas,…) hablaban ‘luganda’. Para el viajero insatisfecho una lengua totalmente desconocida.
¿Y, entonces, dónde se entrelazaría y uniría el entendimiento para hacer más fácil la comunicación?: en el inglés, idioma oficial que todos conocían.
Al día siguiente, en sus ansias por iniciar el periplo real por el sur del país, viajó todo el día en un bus y se hospedó en la ciudad de Kabale, donde ya no hablaban el ‘luganda’ sino que se expresaban en ‘rukiinga’. El mochilero llegado a aquellas lejanas tierras comenzaba a pensar en lo difícil que sería una comunicación en aquella zona del país con idiomas tan diferentes. Pero no, todos, o casi, hablaban el ‘rukiinga’ y el inglés. Después de las visitas pertinentes por la zona, se fue ‘con viento fresco’ a la ciudad de Kisoro, unos ochenta kilómetros más al sur, en la frontera con Rwanda, y también del Congo. Al llegar, lo primero fue preguntar en inglés si allí, por casualidad, se expresaban en la lengua de la zona de Kabale, la ciudad anterior, pero el personaje interrogado, un joven vestido como un ranger, le dijo que la lengua local era el ‘rufunbira’. Vaya, pensó este mochilero, cada parada una nueva lengua.
Complicado, ¿verdad?.
En todos estos días, nadie le habló de una identidad nacional por hablar lenguas diferentes, nadie dijo nada de un hecho diferencial que supusiera ‘montar el numerito’ para conseguir especial estatus social y de vida.
[Y de eso ya se había dado cuenta en otros viajes africanos pero lo constata ahora, o ahora lo analiza más, mirando las bondades de fuera y comparando con las falacias de dentro].
Como el norte era uno de sus destinos lejanos, este leonés se dispuso a iniciar la andadura hacia esa parte más alejada. Después de atravesar el Parque Nacional Queen Elisabeth, se encaminó hacia la ciudad de Kasese, de paso hacia el Parque Nacional de las Montañas de la Luna (no se llamaba así pero este parque estaba montado alrededor de estas famosas montañas; y míticas, por cierto). Quiso saber -al escuchar las conversaciones en el tono de voz apreció algo diferente- si en Kasese hablaban ‘rufunbira’. No porque tuviera intención de mejorar su comunicación con ellos y aprender su lengua, sino por ‘puta’ curiosidad. Y no, allí, a unos 220 kilómetros de Kisoro se expresaban en ‘lhukonzo’.
¡Qué contrariedad!.
No obstante, en este caso ya lo había casi adivinado por el sonido bucal que era diferente o, quizás, era que se iba haciendo a la idea de que en cada ciudad que pisara hablarían distinto. Pocos kilómetros más al norte, ya en el distrito de Tooro, muy famoso entre los ugandeses por su antiguo reino y tradiciones, en la ciudad de Fort Portal preguntó al ‘boda boda’ (motorista) que alquiló para hacer un recorrido cercano, tratando de divisar de cerca las Montañas de la Luna, en qué idioma se expresaban en esta antigua y afamada región.
- Aquí hablamos el lutoro.
- Escríbemelo, por favor.
- ‘Lutooro’.
- Ah. Perfecto, muy parecido al nombre de la región.
Luego, las famosas cataratas Murchison le llevaron a este leonés, por su interés en visitarlas, hacia la ciudad de Masindi. En la agencia que le iba a llevar de ruta por el parque nacional de las cataratas, contratada en aquellos momentos, preguntó, ¿y vosotros os entenderéis perfectamente con el resto de los ugandeses al ser este un lugar turístico, no?. Sí, sí. Nos entendemos perfectamente en inglés, aunque aquí todos hablamos, y habitualmente, ‘lunyoro’.
A este mochilero le daban ganar de pasar de preguntar y empezar a convencerse de que en cada zona, en cada distrito, en cada ciudad o región hablarían diferentes lenguas. Como así era.
En la ciudad de Gulu, ‘acholi’, y en la ciudad de Moroto, al norte casi en la frontera con Kenya, territorio del pueblo karamoja, casi toda la población hablaba el ‘karamojon’.
Este territorio tal vez fue uno de los más problemáticos en el pasado por el abandono sufrido por parte del gobierno central, por la permisividad en la posesión de armas y por su carácter violento, pero nunca por sus reivindicaciones del ‘hecho diferencial’ en cuanto a sociedad y lenguaje. 
Al llegar a España, y encontrarse de nuevo con los rifirrafes políticos sobre el tema catalán, se acordó de los ‘karamojons’ y asoció a un dúo de independentistas catalanes con esta pareja de ‘karamojons’ [Foto]. Pura imaginación.


Copyright © By Blas F.Tomé 2017