23 de octubre de 2013

La plaza Chacha


Plaza Chacha, Ouidah
Ni había oído hablar de la plaza Chacha, de Ouidah (Benín), ni sabía que reunía tanto simbolismo. Le llamó la atención, eso sí, aquel árbol tan africano, tan voluminoso que no cabía en la instantánea que pretendía tomar.
Había tres cosas particularmente emblemáticas en la plaza: un arbol centenario, un monumento-homenaje erigido en 1992 y el monolito que indicaba el nombre del lugar. Este trío de elementos estaban finamente entrelazados.
La plaza era el lugar de la trata de esclavos en época de Francisco de Sousa, uno de los comerciantes negreros, de principios del siglo XIX, más importantes de la costa beninesa.
Su casa estaba cerca de allí, un harén en aquel entonces con cientos de mujeres.
Hoy en día, la explanada y el árbol se adornaban con colores y frescos que denunciaban el imperialismo europeo y estadounidense. La bandera española también se intuía en la parte baja del tronco. Parado, casi plantado a orillas de la plaza, el viajero insatisfecho sufría la inclemencia de un sol plano mientras observaba la normalidad y calma del lugar. No transmitía nada, únicamente los anillos de banderas de colores incitaban a la curiosidad. Después, pasaría varias veces por allí, su maltrecho hotel-guarida estaba por los alrededores.
Conociendo un poco la historia, era fácil recuperar la escena que ocurriría a principios del siglo XIX: bajo el gran árbol, plantado, según cuenta la tradición, por el rey Agadja, los esclavos serían marcados, dependiendo de su comprador, y obligados a dar varias vueltas a su tronco, una forma de hacerles creer que, después de la muerte, sus espíritus regresarían de nuevo a la patria. Una vez cumplidos los trámites, comenzaría el bochornoso camino hacia el cercano océano, donde el barco negrero les esperaría fondeado.
Hoy conocido ese trayecto como Ruta de los esclavos. Una pista de tierra de cuatro o cinco kilómetros, jalonada por estatuas de dioses del vudú. Al finalizar la siniestra ruta, al borde del Atlántico, se alzaba la Puerta de No retorno (fotografía), un arco marrón y blanco que simbolizaba el embarque de esclavos y su despedida de la tierra natal.
Allí, al lugar que ocupa ahora el arco, llegarían en el siglo XIX cientos, miles de esclavos a pie y maniatados, mientras, en la plaza Chacha comenzaría un nuevo turno de subastas.
Puerta de No retorno

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13 de octubre de 2013

La pobreza como arma

Sencilla casa de un 'Ngobe-buglé'

No conviene -cree- mitificar la pobreza, utilizarla reiteradamente como arma descriptiva o abusar de su sinsabor, aunque escritores o periodistas de prestigio hayan sido fieles al asegurar que ella forma parte de sus mejores tareas.
Ryszard Kapuscinski, uno de los grandes maestros del oficio, confesó en una ocasión que en el núcleo de todos sus intereses informativos siempre se encontraban los pobres: “Cuando empecé a escribir sobre estos países, donde la mayoría de la población vive en la pobreza, me di cuenta de que aquel era el tema al que quería dedicarme. Escribía, por otro lado, también por algunas razones éticas: sobre todo porque los pobres suelen ser silenciosos. La pobreza no llora, la pobreza no tiene voz. La pobreza sufre, pero sufre en silencio. La pobreza no se rebela”.
Y aunque sea de manera indirecta también tiene que ver con la pobreza lo siguiente: A este mochilero le sorprende que, en ciertos círculos, en concreto sudamericanos, se ofendan cuando se les pregunta por las etnias de su país, quizás porque identifican ‘etnia’ con ‘pobreza endémica’ o con pobreza que humilla.
No. Etnia es una afinidad racial, y la negación de ello es no querer ver diferencias, por ejemplo, entre un aymara, un kuna, un inca, un taíno o un emberá.
Cree, sí, que lo que desprenden estos ofendidos -miserables ofendidos- es, en cierta manera, una total falta de apego a su pueblo, a sus tradiciones y a su cultura histórica. No siempre mencionar una etnia es una referencia a su pobreza implícita sino más bien a su orgullo como pueblo o a su defensa de las raíces que le son propias.
El viajero insatisfecho rompe una lanza por desmitificar la pobreza y, también, por defender el empoderamiento de los diferentes pueblos o etnias dentro de la estructura social del país en el que surgieron.
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4 de octubre de 2013

El chicle maya

El guía turístico que acompañaba a la pequeña expedición a Chichén Itzá era, según dijo él mismo, 80 por ciento maya. Bajo de estatura, con el pelo ligeramente rizado (cualidad rara entre los mayas) y con una bonita voz (según ecos cercanos), vestía un pantalón corto hasta la rodilla y se ocupaba del grupo con exquisita educación y respeto. Con un cierto tono de broma, a veces, en sus explicaciones, pretendía -cree que lo logró- hacer ameno el trayecto hasta las ruinas mayas. De toda la información desplegada, y fue bastante, el viajero insatisfecho se quedó con lo más anecdótico y curioso.
En la región sureste de México, es decir, en Yucatán, donde floreció la civilización maya, había un árbol llamado “chicozapote”, al que los mayas solían hacer cortes en la corteza, en zigzag, para que fluyera la savia y permitiera su recolección. Se colocaban unos recipientes debajo para que ésta cayera dentro de ellos. A la savia de este árbol se le sometía, a posteriori, a un proceso de ebullición, filtrado y secado para convertirla, al fin, en goma de mascar. Los mayas la usaban para limpiarse los dientes, inhibir el hambre o, simplemente, como entretenimiento. Esta ha sido la manera de fabricar chicles desde hace muchas décadas, si bien en la actualidad se hace también, de manera general, con una base de plástico neutro llamado acetato polivinílico.
Buena noticia para la salud de estos singulares árboles.
La palabra ‘chicle’ proviene de la lengua maya que significa ‘boca’ (chi) y ‘movimiento’ (cle), o sea, boca en movimiento.
[Del mismo modo que Chichén Itzá, significa ‘boca (chi) del pozo (chén) de los brujos del agua (itzá)’].
El árbol 'chicozapote'

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23 de septiembre de 2013

"Las cumbres del Nilo"

Josep A. Pujante relata en ‘Las cumbres del Nilo’ la expedición que compartió con sus amigos Agustí y Marcos a través de las impenetrables y brumosas junglas del corazón del África profunda, entre Congo y Uganda, donde se alza el Ruwenzori, las famosas Montañas de la Luna.
La misión no fue sencilla. Los inconvenientes o contratiempos surgían a cada paso aunque, al final, consiguieron coronar juntos la cima de nieves perpetuas que dan origen al Nilo Blanco.
Cuatro años después de alcanzar esta cumbre, cuando planeaban una expedición al sagrado monte Gishe, cercano al nacimiento del Nilo Azul, en Etiopía, Agustí murió en un trágico accidente de escalada en el Pedraforca. Guiado por la emoción, Josep viajó solo a África cuatro meses más tarde y alcanzó la cima del Gishe, donde debían reposar, al menos en parte, las cenizas de su amigo. Aquí, en la segunda ascensión, peligró hasta su integridad física:
“Si alguno de aquellos cantos nos hubiera impactado en la cara o en cualquier parte de la cabeza, hubiéramos tenido que lamentar un grave accidente de imprevisibles consecuencias, allí en medio, lejos de cualquier hospital […]. Debe ser complicado acertar; sin embargo, aquellos pastores manejaban con destreza y pericia admirable lo que para ellos debía ser un instrumento cotidiano [la honda]”.
El viajero insatisfecho recomienda una (h)ojeada a estas páginas, en la seguridad de que el intento por entrar en ese mundo de cumbres, aventuras y expediciones no será vano. El relato conseguirá captar, seguro, la atención del cualquier entusiasta trotamundos.
El libro araña y hace estremecer a los lectores aventureros, también a los que se conmuevan con antiguas historias de viajeros y exploradores, todo ello sazonado con ingredientes de un sincero sentimiento de amistad, una de las más ardientes virtudes del ser humano. Javier Reverte, autor del prólogo, dice que “el homenaje a la amistad es siempre el mejor espejo donde se mira la nobleza del alma”.
¡Nunca mejor dicho, maestro!.
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13 de septiembre de 2013

Los ‘falsos sacerdotes’ de Kukulcán

El templo de Kukulcán

Esté donde esté un viajero en el Yucatán mexicano nunca olvidará visitar una de las joyas del imperio maya, Chichén Itzá. O tal vez, si, pero luego no podrá decir que es un viajero 'trágalo-todo'.
Es tal la trascendencia que tiene el nombre de estas ruinas que el topónimo de la población aledaña, a unos centenares de metros, podríamos decir que ha sido absorbido. Tanto, que el viajero insatisfecho al escribir estas líneas no recuerda ni cómo se llamaba.
Lo más impresionante del enclave: el templo de Kukulcán, la archiconocida pirámide escalonada.
Escuchaba al guía desde el primer momento con gran atención, pero según iba desglosando la sabiduría maya y el antiguo ceremonial de los sacerdotes del dios que presidía el sitio, Kukulcán -una representación maya del Quetzalcóatl de la cultura tolteca- iba recordando la película Apocalypto, de Mel Gibson. Si bien, en su momento, recibió las críticas por parte de los descendientes mayas hoy vivos, estos mismos (guía oficial incluído) al explicar las ruinas cuentan la idéntica o similar historia que merodeaba en el guión de aquel denostado film.
En el recorrido por Chichén Itzá, el guía recalcaba mucho la sonoridad del lugar, que fue utilizado por aquellos antiguos sacerdotes, elevados a la categoría de dioses, para domeñar al ignorante pueblo maya, repartido por toda la selva colindante; hablaba de los sacrificios humanos como una manera de infundir miedo en sus súbditos o enemigos, y del conocimiento astronómico de los grandes próceres mayas para dominar con sus prediciones (momento ideal para la siembra, o de la cosecha,….) al resto del ‘populacho’.
Y de esto, también hablaba la película de Gibson.
Pero las patrañas que aquellos sacerdotes del dios Kukulcán difundían a su pueblo continúan. Para mantener al turista dentro del círculo de viajes organizados, a precios de hurto, por una determinada agencia, también los guías turísticos mexicanos de hoy en día utilizan la mentira, el engaño y el miedo para captar o dominar al visitante foráneo en los hoteles, sin tener en cuenta el daño que con ello causan a su hermoso país, propagando supuestos peligros en el exterior del hotel, donde el extranjero sólo encontrará un pueblo encantador y simpáticas gentes.
¡Sean malditos!.
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6 de septiembre de 2013

Un perfil inventado


El otro día leía a Juan José Millás ("Carlos, Carlos, qué hago ahora contigo"), en ‘la última’ de ‘El País’, su particular artículo sobre la creación de un falso perfil en “facebook” que, de una manera un tanto kafkiana como siempre describe este periodista, se imbricó [el falso perfil] de forma obsesiva dentro de él.
Y a este mochilero le vino a la cabeza el ‘viajero insatisfecho’, como figura, también creada por pura arbitrariedad cerebral. Su obsesión mental por este personaje viajero-inventado no llegará nunca a la obsesión de Millás por el suyo. Pura literatura la de este articulista de ‘El País’, sí, pero reflejo de algún yo-distinto que pudiera existir, y que es fácil de que exista.
¿Terminará este leonés escribiendo e-mails al personaje ‘insatisfecho’ como Millás escribía a ‘su Carlos Rispais’-inventado?. No lo cree pues supondría tanto peligro “como hablar solo en voz alta” y una mancha en su curriculum.
Al que escribe estas líneas, no le matarán los remordimientos por no haber escrito al sujeto inventado como le pasaba a Millán; no se preocupará por no saber nada de él pues sabe todos los días algo; no se ofuscará por haberse perdido la infancia del personaje pues con él ha crecido y no ha tenido esa ausencia que justifique tal ofuscamiento; no necesitará hacerle una visita porque vive en su casa, ni le dejará herencia testamentaria ya que sucumbirá a la par.
Es y será, sin duda, un personaje inventado, una imposible celebridad en un mundo donde sobran las celebridades, pero con tremendas similitudes que le impedirán mantenerlo fuera, alejado u olvidado.
Y le dedicará su cariño.
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28 de agosto de 2013

Cenotes en Yucatán

Cenote 'Gran Cenote'
No era nada, nada difícil arribar a un cenote en el Yucatán mexicano, lugar especializado, casi exclusivo, en estas originales formaciones geológicas, producidas por diversos cambios en el ecosistema, entre ellos el derrumbamiento de la cúpula de lo que empieza siendo una cavidad subterránea con río, también subterráneo, incluido.
El cenote ‘Gran Cenote’ se encontraba a las afueras de Tulum. Un taxi cobraba 60 pesos por acercarse al lugar y a la entrada era necesario rascarse los bolsillos y pagar otros 120 pesos/9 euros.
Si bien las imágenes de televisión ya le habían enseñado al viajero insatisfecho estas realidades de cuento -parecen verdaderos agujeros de cuento- le impresionó aquel primer contacto. Desde arriba se apreciaba perfectamente el círculo del derrumbamiento y abajo las cristalinas aguas, en éste a cercana distancia de la superficie. Una vez situado a la altura del agua pudo apreciar las cavidades subterráneas, el agua ofensivamente cristalina, las estalactitas que colgaban del techo de la hendidura y el profundo y oscuro orificio que se alejaba por uno de los lados hacia un mundo desconocido e ¡impresionante!. Un equipo de buceadores estaba en aquellos momentos preparado para explorar lo mil veces ya explorado pero, quizás, para un buzo primerizo constituiría una experiencia inolvidable, igual que el baño que se dio el mochilero leonés, sin otras aspiraciones de ocio. Agua dulce, limpia, cristalina y con una bonita mezcla de tonalidades cromáticas.
La palabra ‘cenote’ se deriva de la palabra maya ‘dzonot’, que significa ‘pozo sagrado’. Descubrir la tranquila belleza de estas ventanas vírgenes al mundo submarino y la inmersión en sus aguas flotando a través de cavernas llenas de estalagmitas y estalactitas resultaba una experiencia más, aunque diferente.
El majestuoso cenote ‘Ik Kil’ fue la segunda posibilidad de vivir estas formaciones geomorfológicas. Muy fácil, también, pues a él se acercaban todas las excursiones a Chichén Itzá, organizadas desde la Rivera Maya, lugar ‘atufado’ de turistas españoles, americanos, italianos o argentinos.
Hasta aquí la bondad en la literatura sobre los cenotes pero, según algunas noticias derivadas de varias investigaciones, un 70 por ciento los cenotes registrados en Yucatán (unos 1.800) están infestados de bacterias provenientes de actividades porcícolas, fosas sépticas y pesticidas por lo que es prioritario su saneamiento y rescate. 
Sin tremendismos. 
Y esa realidad no la ve el turista o viajero que disfruta de sus bondades.

Cenote 'Ik Kil'

Cenote 'Ik Kil'

Copyright © By Blas F.Tomé 2013

15 de agosto de 2013

Un ‘raposo’ más en San Miguel de Escalada

Cartel indicativo y copia gigante del 'Beato de Escalada'

El mochilero leonés no sabe, a ciencia cierta, por qué a sus paisanos de San Miguel de Escalada (León) les llaman por los alrededores ‘raposos’. Debe de ser una cuestión antigua -de antes de la unión entre San Miguel y las casas de Valdabasta para formar hace muchos años el citado pueblo- aunque si un veterano conocedor de aquellas gentes les observara pensativo podría perfectamente concluir que son un poco astutos, extraños y taimados, igual como se mostrarían los zorros en sus correrías.
Simpático y cariñoso apodo. Cada uno puede tener lo que aparenta.
Así, San Miguel de Escalada es un pueblo (aletargado, ahora) alargado, orientado poco a poco, casa a casa, hacia aquella permanente unión de dos pequeñas poblaciones. El nombre no sería nada de no poseer a un extremo del pueblo, en pequeño y encajonado valle, un monasterio mozárabe del siglo X del que únicamente se conserva la iglesia, cuidada y mimada solo de vez en cuando. Las fotografías así lo constatan.
Años atrás, olvidada.
Y allí se dirige cada año, la gran mayoría de los veranos, el viajero insatisfecho a enrocarse en el buen vivir, las cervezas y las, a veces, estúpidas charlas de reencuentro y anécdotas. De este apartado sitio leonés se destaca el monasterio, del que sus gentes están orgullosos, además y ahora, inmersos en el MC Aniversario de su construcción (año 913).
Las características artísticas y descripción documentada, por ejemplo, en Wikipedia, y en otras muchas informaciones accesibles.
Para qué detallar aquí.


Vista del pórtico, con arcos de herradura mozárabes. La torre, ampliación románica

Ventana de dos arcos de herradura labrados en una sola pieza.

Vista del pórtico, con arcos de herradura.

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2 de agosto de 2013

Railay Beach -¡¡Un poco de playa que es agosto!!-

[Dedicado a "igoa.../maharaní de Pondicherri" que reconocerá el sitio]


Playa de Railay
La playa de Railay/Railay Beach era un apartado rincón de la zona de Krabi, en Thailandia, aunque con algunos alojamientos, caros y baratos, para todos los gustos.
Apartado lugar, tranquilo(?), mochilero y también muy activo por la cantidad de jóvenes que iban a la zona a practicar kayak de mar, buceo, escalada en roca, trekking por la jungla, rafting, y más y más, como si aquellas pandillas no vieran cumplidas sus expectativas con solo una o dos actividades. El viajero insatisfecho adivinaba, sin haberlas presenciado, grandes y desinhibidas fiestas nocturnas, al amparo de las tranquilas y estrelladas noches del mar de Andamán.
Uno podía dar un paseo por la zona baja de la estrecha franja de tierra que contenía varios alojamientos y dos playas opuestas. Al menos una, amplia y con fina arena para retozar horas y horas muertas.
Para llegar allí desde Ao Nang (las playas de Krabi) era necesario alquilar una típica barca, long-tail boat. Sí, de esas que llevan una larga guía que termina en un rotor con aspas para autopropulsarse.
Muy típicas de la zona.
Al visitante, entonces, le recibía una magnífica playa, en forma de media luna, rodeada de aquellos singulares promontorios rocosos llenos de vegetación, cada cual más impresionante y bello.
Era fácil, sin duda, pasar un día en aquel maravilloso entorno de acantilados, alternando largas tumbadas en la arena con cervezas en alguna de las variadas terrazas playeras, o simplemente dando paseos por la arena caliente, caliente,…, muy caliente.
Long-tail boat, barca típica de la zona

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21 de julio de 2013

La desembocadura del río Mono

Pescador de gambas en la desembocadura del río Mono, Benín
A este mochilero leonés le cayó simpático el nombre de aquel lugar, al sur de Benín: desembocadura del río Mono. Además, tenía relación con otro no menos simpático topónimo. El lector, tal vez, no lo aprecie así pero la zona donde se ubicaba se llamaba Gran Popó.
Dos mágicos nombres por el precio de uno.
En cuanto llegó a Gran Popó, se planteó conocer la dichosa desembocadura. No tardaría mucho en ver la oportunidad de conseguir una barca, eso sí, compartida con parejas y otros solitarios mochileros.
¡El conductor o patrón hablaba español!.
Y no solamente eso, ¡le gustaba hablar español!.
El estuario del río era sin duda una preciosa excursión en sencilla piragua a motor (podría haber sido a remo), casi exploratoria de las bocas del Rey (otro topónimo mágico), lugar de gran belleza ecológica y puerta donde el río Mono se peleaba con el océano Atlántico por mezclarse con sus aguas.
Las grandes concentraciones de manglar se veían bellas y frondosas, también misteriosas, como siempre dice el viajero insatisfecho cuando transita por territorio de manglares. Todo ello facilitaba la reproducción de abundantes bancos de peces y crustáceos por lo que era frecuente ver a artesanos pescadores, en sus pequeñas piraguas unitroncales y endebles, inmersos en la pesca de langostinos y gambas, siempre cerca, muy cerca de los verdes y boscosos márgenes. Las grandes extensiones de tranquilas aguas que se formaban alrededor de aquel delta cobijaban muchas aves migratorias y, según dijeron, una gran población de hipopótamos que, dicho sea de paso, no consiguieron avistar.
El recorrido también incluyó la visita a una apartada comunidad local donde la fabricación de sal era la principal ocupación de las mujeres lugareñas. El proceso de elaboración era un original y artesanal sistema de filtración a través de tierra arenosa y posterior proceso de ebullición. En unas particulares ollas de alumnio al fuego se hervía el agua de gran concentración salina que al evaporarse por la fuerte temperatura dejaba una pasta blanca en el fondo del recipiente.
Fabricando sal en la desembocadura del río Mono, Benín
El grupo salió de allí con kilo y medio de sal cada uno, pagada y adquirida. Una manera de ayudar a aquellas afanosas mujeres.
¡Va por ellas!.
La excursión [última en Benín] por aquel territorio cálido, húmedo, rodeado de agua y vegetación terminó, cómo no, con el grupo viajero a la sombra de una soberbia palmera cocotera ‘libando’ el líquido de un coco recién cortado.
Copyright © By Blas F.Tomé 2013

9 de julio de 2013

Bocas del toro

Al salir del embarcadero de Almirante

Si había un sitio en Panamá que recibía visitantes con asiduidad ese lugar se llamaba
Bocas del toro, archipiélago caribeño con abundante infraestructura turística pero con posibilidades de una relajante y económica visita, asequible a cualquier maltrecho bosillo.
El mochilero leonés no acostumbra a meterse en esos embrollos pero las referencias del lugar eran bastante buenas y decidió acercarse a dar una vuelta. Este conjunto de islas se encuentra muy cerca de Costa Rica por lo que partiendo desde Panamá City era necesario atravesar todo el país. La noche es, a veces, buena compañera de viajes y el viajero insatisfecho decidió tomar un autobús en la capital que le lanzó hacia un nocturno y kilométrico recorrido.
Panamá no es África pero el 'buseto' que le transportaba, siguiendo los parámetros africanos, se averió a medio camino cuando aún no había amanecido. Otro microbús enviado desde la siguiente ciudad en la ruta les sacó de aquel atolladero.
Isla Colón, vista desde el mar

El gran centro de visitantes del archipiélago era la isla Colón, donde se podía llegar en bote desde Almirante, pequeña ciudad costera. Precísamente allí le dejó el autobús con 4 o 5 horas de retraso. Como el libro guía decía que la isla Colón era un buen punto base, donde se concentraba la ‘rumba’ nocturna -otro de los atractivos del lugar- allí se asentó el mochilero leonés. Para tranquilidad y ambiente más auténtico era mejor la isla Bastimentos pero, según pudo comprobar al día siguiente, esta isla era un santuario, demasiado santuario de la placidez. No creyó que hubiera coches, al menos no tuvo noticia de su existencia. Además, sus calles eran estrechas, cementadas eso sí, y con pocas posibilidades para vehículos de cuatro ruedas. Pequeños hotelitos a la orilla del agua y edificaciones con un aire sureño estadounidense que rezumaban reposo y bonanza, completaban un ambiente mortecino y casi aburrido.
La conexión entre islas se hacía en minúsculos taxi-botes que pasaban por los diversos embarcaderos de madera con total falta de horario y escasa puntualidad. Pero las prisas en la isla Bastimentos y en la isla Colón eran nulas. Un buen ron local en el bar aledaño al embarcadero podía ser, y de hecho lo fue en ocasiones, una buena manera de matar la espera.
Isla Bastimentos

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29 de junio de 2013

El jabalí verrugoso

No había muchos animales ‘avistables’ en el Parque Nacional Mole, a pesar de que era el santuario salvaje más grande del norte de Ghana y, también, el más internacionalmente conocido. Al menos no tuvo suerte, y eso que paseó a pie durante toda una calurosa mañana con un guía -rifle en ristre- y otros curiosos por varias zonas del parque. Eso sí, pudo divisar elefantes, que retozaban tranquilamente en una charca, gacelas y algún que otro jabalí verrugoso.
El viajero insatisfecho conoce animales más hermosos que el jabalí verrugoso africano, pero ninguno tan osado. Su valor es difícil de calibrar. Su color ceniciento le convierte en un descuidado y sucio campesino de las praderas, en un intransigente y ácido labrador de la tierra. Es el defensor, poco agraciado pero muy garboso, de la familia, la casa y el territorio, y luchará contra todo aquel, sin importarle el tamaño, que se atreva a molestar o interferir en su satisfecha y horadadora existencia. Hasta su armamento es de villanos: colmillos curvos, feos pero letales, que emplea de manera tosca tanto para hozar como para la batalla. Su piel es del color del polvo, recia y revestida de ásperas cerdas. Tiene los ojos pequeños, hundidos, legañosos y sin gracia; solo son capaces del recelo y resentimiento.
Desconfiado al límite, sospecha de todo lo que se mueve y si le sorprende, ataca. No duda en su estrategia, si es que la tiene, siendo muy peligroso al emerger de su escondrijo pues utiliza el factor sorpresa.
No le falta astucia. Se mete de culo en su pequeña y acogedora guarida, prestada o requisada la mayoría de las veces, para que no lo pillen nunca por sorpresa. Con su hocico apila tierra en la parte interior del agujero. Esta tierra sirve como pantalla de polvo que se dispersa como un nubarrón envolvente en el momento en que el jabalí se abalanza al ataque.
Esta es la literatura de su fisonomía y estilo de vida, pero observar a aquel paciente jabalí verrugoso en el Parque Nacional Mole no era nada más que motivo de cautelosa alegría. Sin gracia, eso sí.
No piense el lector que era fácil llegar al Parque Nacional. Para un mochilero en África nada es fácil, todo lo contrario, trabajoso y, en ocasiones, temerario. Había que tomar un destartalado autobús en la ciudad de Tamale que no transitaba, sino unos pocos kilómetros, por carretera medianamente asfaltada. El resto era un camino de tierra -algo parecido a la zahorra natural- lleno de promontorios y baches, nada ideal para el mochilero cargado siempre de dolores de columna y espalda. El ‘buseto’, que debía llegar hasta la entrada del parque en la oscura noche, podía perfectamente dejar tirado al curioso, como así ocurrió, en el pueblo de Larabanga, a varios kilómetros del destino y con escasos alojamientos nocturnos.
Al día siguiente, el dinero, la necesidad del ‘business’ de jóvenes locales moteros/buscavidas y el orgullo por conseguir la meta harían el resto para ver cumplido el deseo de visitar el Parque Nacional.

Copyright © By Blas F.Tomé 2013

18 de junio de 2013

El poder del cuenta-historias

Es realmente incómodo, angustioso y, quizás, agobiante para el viajero insatisfecho -y como a él, supone, al resto de los bloggers que cuentan andanzas, recorridos o viajes- ser un selector de historias, contar únicamente las aventuras y detalles que cree convenientes, a través de su subjetivo pensamiento. ¿Por qué selecciona unos detalles y descarta otros?, o ¿por qué a unos les da una apreciación y a otros la contraria?. Y se pregunta, a veces, si es consciente de este hecho o si hace esta selección porque es un atrevido o un insensato.
Hasta este momento, de su viaje por Benín, ha optado por una serie de momentos y estaciones aunque ha prescindido de otros. Desde este mínimo hecho, es constructor y manipulador del conocimiento que se pueda tener de un determinado país, aunque para evitarlo estará la habilidad del lector que mantendrá la posibilidad de leer otras cosas y, en base a ellas, se construirá un criterio personal, más objetivo que el del propio viajero.
Pero también se siente [dentro de su insatisfacción] satisfecho porque ello puede ayudar a que otros conozcan realidades diferentes y les induzca a indagar más sobre una determinada cuestión o pequeño lugar. Los enlaces que suele colocar en sus textos pueden ayudar a ello.
Y porque cree que a veces “las imágenes valen más que mil palabras” [frase sobada y manida], aunque no siempre o casi nunca lo lleve a cabo, va a ilustrar con varias fotografías la realidad del poblado lacustre de Ganvié, en el lago Nokoué, al margen de su peculiaridad histórica. La vida diaria de este bonito poblado, genuíno, trabajador, pobre y, en cierto modo, abandonado.

Niños pescando en el lago, cerca de Ganvié


Mujer de Ganvié camino del mercado flotante

Recogiendo agua potable, en piraguas cargadas de recipientes

Niños a la puerta de su casa

Bulliciosa celebración de una boda

En los alrededores de Ganvié
La mochila azul, ante la calle principal de Ganvié
Copyright © By Blas F.Tomé 2013

8 de junio de 2013

Los yugos en África


A este viajero insatisfecho le gusta viajar a África sin comodidad alguna, al menos no muchas, y disfrutar sin las ataduras que le incomoden o le dirijan. África de por sí es un terreno indirigible y moviéndose a su compás se hace uno más africano. Con la traba de la compañía, el grupo o el vehículo, quizás, este solitario mochilero sentiría coartada su libertad. La compañía, el grupo o el vehículo propio no son africanos, no van con el espíritu africano.
Y piensa en el viaje a Mozambique, en las reincidentes averías de los transportes públicos y las vivencias dentro de cada uno de los medios elegidos. Sin duda alquilar un vehículo permitiría ahorrar tiempo y visitar más cosas, daría una comodidad durante el trayecto. Generaría el inconveniente de la propia seguridad para salir airoso de complicadas situaciones que devienen de la convivencia real con el personaje local. Viajando en grupo obviaría el trato con personas que identifican al blanco como diferente aún viéndole sufrir como ellos, por ejemplo, en el engorro de una avería en bus.
A mitad del trayecto entre Beira y Quelimane, ciudades de Mozambique, el autobús pinchó. Durante el trasiego inevitable del cambio de ruedas, le dio tiempo a pasear unos cientos de metros por los alrededores. Solitario, mirón, curioso y precavido para no alejarse mucho de la avería. A un lado de la carretera, un niño con un fardo de leña seca en la cabeza le miraba, también precavido para evitar cerca al extraño blanco que le inquietaba. Al avanzar hacia él, cuando creyó que la distancia era corta y poco razonable huyó precipitadamente hacia las chozas cercanas. Lentamente, para no levantar injustificados miedos, le siguió hasta ellas. Allí, la madre alertada le recibió expectante.
- ¿Una foto?, le salió al mochilero en tono suave.
Al iniciar el gesto, otras mujeres sonrientes abandonaron sus chozas para unirse en grupo. Posaron con naturalidad, vieron su imagen en la pantalla de la cámara y despidieron al curioso con sencillez y agradables sonrisas.


Para sentir África, hay que acudir a este vasto territorio con mentalidad de sencillas vivencias, no con perspectivas de provechosa visita cultural. Uno puede llegar a Mozambique a mamar la herencia portuguesa o a Ghana a desentrañar el escarnio de la esclavitud pero lo debe de hacer sin el confort europeo. Con este yugo, el visitante no estará en África, solo paseará por Mozambique o Ghana para tirar fotos, protegido por el parapeto del mundo occidental del que no acaba de desprenderse.
¿Cuándo se quitará el yugo o apartará el parapeto? Cuando sepa sufrir la sufrida vida africana y ver en ella un motivo de movimiento y no de parálisis.


Copyright © By Blas F.Tomé 2013

31 de mayo de 2013

La ‘beurre de karité’



Drupa del árbol de karité

Hasta que no regresó de su viaje por Benín, no pudo entender de manera manifiesta lo que era la ‘beurre de karité’, que había oído y visto pero sin tenerlo nada claro. Ahora lo sabe y puede enseñar incluso algunas fotos del proceso de elaboración.
Excepto la experiencia de conocer en vivo y en directo la fabricación de la ‘mantequilla de karité‘ (así se conoce en castellano), en esta entrada, todo es documentación.
El viajero insatisfecho conoció de primera mano el artesano proceso de obtención de la mantequilla natural de una drupa del árbol de karité; árbol que puede alcanzar la altura de 15 metros, medir un metro de diámetro y vivir hasta tres siglos. Esta grasa vegetal se conseguía tras el triturado y ebullición de esta especie de nueces. Era utilizada como comestible en la tradicional cocina local, y en algunos sitios, para la industria chocolatera y, también, como producto de belleza.
Proceso de elaboración de la mantequilla de karité

La recogida de las nueces y la fabricación de mantequilla de karité era una actividad que daba trabajo a muchas mujeres del África Occidental. Y si habla de mujeres es porque eran siempre ellas las que estaban en todas las partes del proceso, desde la recogida y el lavado hasta la obtención de la pasta y posterior filtrado. También en la venta del producto final. Lo comprobó en el variopinto mercado de Malanville donde eras mujeres, siempre mujeres, las que vendían esta mantequilla como si de una pasta de jabón se tratara.
¡Atentos bloggers!, el  uso continuado de ‘manteca de karité‘ asegura  los efectos preventivos para combatir el envejecimiento de la piel. Actúa recubriéndola con una película invisible que evita la deshidratación y la protege de las agresiones externas, como el sol, el viento o los cambios bruscos de temperatura. Es muy eficiente en la regeneración de la piel, calma las pieles irritadas y es el más efectivo de los anti envejecimiento que existen en la naturaleza.
Copyright © By Blas F.Tomé 2013

21 de mayo de 2013

“Se buscan”


¿Les habrán encontrado ya?.
Hace apenas dos años quienes aparecen en la fotografía estaban perseguidos como verdaderos asesinos, hombres temibles que se movían en el entramado mundo del tráfico de drogas en aquella apartada zona de Panamá. La vecina Colombia y su frontera cuasi imposible, debido a la selva del Darién, generaba este tipo de contrabandos. Este viajero insatisfecho leyó, en algún medio, que desde Colombia se enviaban (y se siguen enviando) los cargamentos de cocaína por mar hasta Panamá. Allí eran almacenados y luego transportados por tierra a Costa Rica, de donde partían hacia México para llegar al mercado norteamericano. Narcotraficantes estos que arriesgaban sus vidas por el paso fronterizo en rápidas lanchas ‘fuera borda’, actividad que mantenía en permanente estado de alerta-vigilancia al ejército y fuerzas panameñas.
No era difícil encontrar carteles de “Se buscan”, con fotografía incluida, en el país. A este mochilero le recordaban las antiguas películas de vaqueros y bandoleros salidas del cinematógrafo de los grandes directores hollywoodienses. Sorprendía la contundencia del “Se buscan” y el despliegue de fuerza militar derivado de la orden. Nunca encontró ‘alias’ peligroso alguno durante su recorrido ni pudo ejercitar el cívico impulso de denunciar aunque sí vió en el cartel una clara advertencia sobre el moderado peligro en aquel determinado paraje local.
Yaviza, última ciudad de Panamá en plena selva del Darién, era una pequeña población fronteriza tomada por las fuerzas de seguridad. Según parece, se esforzaban estas en adquirir equipamiento, en capacitar recursos humanos e invertir en lanchas patrulleras y helicópteros para vigilar de manera eficiente el vasto territorio costero, tanto atlántico como pacífico, muy propicio, por otra parte, para múltiples escondites de droga.
Ante esta situación, el cartel anunciador se convertía en un elemento útil a la vez que disuasorio para esta mafia de difícil control. El de la fotografía se ubicaba en un árbol al lado del puerto fluvial de Yaviza, a la vista del que lo quisiera ver. Y ello era sencillo al apearse de la lancha, orillada en el lecho del río, que traía también a las gentes de los poblados ‘emberá’ de los alrededores. Este mochilero se fijó aún más en aquel árbol porque en su base un colorido y domesticado papagayo (o similar) hacía piruetas con desgana sobre un hierro allí colocado.
“Se buscan”.
Copyright © By Blas F.Tomé 2013

10 de mayo de 2013

Gambella

Gambella es un estado, o provincia, de Etiopía/Ethiopía. Una región al oeste del país, casi incrustada en Sudán, que contiene un Parque Nacional con su mismo nombre y gran cantidad de grupos éticos.
Hace pocos meses, una empresa india ha arrendado [robado] los “bosques sagrados” vírgenes de los ‘mezhenger’, uno de los grupos étnicos, a pesar, incluso, de la oposición del presidente del país. Verdanta, así se llama la empresa, proyecta utilizar el área natural para la plantación de té y especias, destinado todo ello a la exportación. Las ganancias en dólares para los afectados [pagan a precio de ganga] no serán proporcionales  a las pérdidas naturales y sociales, pero….
Estas ‘inversiones’ de empresas extranjeras, para llegar a serlo, suprimen la disidencia local y causan el desplazamiento de las personas y grupos/etnias. Un ejemplo de ello, los ‘mezhenger’ que dependen de esos bosques para todo, incluyendo la caza, la recolección y la apicultura, está última tan extendida aunque de manera artesanal por todo el país.
Ya han sido arrendadas [robadas] 5000 hectáreas.
Una vez más -en esta ocasión, no han sido los chinos pero si sus vecinos los indios- preparado está un nuevo expolio de riquezas naturales en África, expolio de un pueblo tan pobre y con tantas necesidades como es el etíope.
Antes de su viaje a Etiopía, el viajero insatisfecho ya conocía (había oído) las peculiaridades de esta apartada región aunque no tuvo oportunidad de visitarla. Ahora, al leer noticias frescas sobre el lugar, se olvida del condicionante que supone contar con pocos días de viaje, y se dice a sí mismo: ‘No tengo perdón’.
Eso sí, durante su viaje, no perdió el tiempo y quiso conocer otros pueblos, como los ‘banna’, también con terribles necesidades y una escasez de las más elementales condiciones de vida. El hogar de la familia 'banna' de esta fotografía estaba en una loma a unos doscientos metros de la carretera. Era una aislada y vieja cabaña de madera, barro, boñigas y hierbajos en medio de un paisaje de arbustos  verdes, casi pardos por el sol. No había agua, ni se veía tinaja alguna. Como camas, un montón de hierbas y añejas hojas. El suelo raído pero mal barrido.
Apariencia de rancio y sucio.


Copyright © By Blas F.Tomé 2013