Cuando tomó el avión en Madrid con destino Dakhla (antigua Villa Cisneros, durante la época del dominio español en el Sáhara) no tenía previsto estar tanto tiempo fuera de España. Dakhla era el punto de partida para la visita a Mauritania, objetivo inicial del viaje. El vuelo resultaba barato: con unos pocos euros pagaría el billete.
Esta antigua ciudad española, ahora marroquí, se extendía a lo largo de una lengua de tierra de unos 40 km, creando una laguna protegida del océano. Desde el avión, durante la maniobra de aterrizaje, se apreciaba ya perfectamente esta peculiar característica geográfica. El aeropuerto se veía, desde las alturas, muy integrado en la ciudad, relativamente cercano al meollo urbanístico del centro. La moderna ampliación de esta urbe sahariana parecía envolverle.
En una primera mirada, pocos vestigios
españoles quedaban: la iglesia o catedral Nuestra Señora del Carmen sería uno
de ellos. Para el viajero insatisfecho estos antecedentes le generaban
curiosidad, más que el propio interés de su orografía.
Por ahí había leído también que Dakhla
estaba considerado como un paraíso natural para practicar el kitesurf. La
verdad -y lo piensa ahora- es que no se percató muy bien de esta actividad.
Incluso, decían lenguas expertas, que “hay quien piensa en Hawai, Cabo Verde o
la indómita costa peruana para hacer kitesurf, pero lo cierto es que Dakhla no
tiene nada que envidiar a estos destinos”.
Salió a tomar el pulso a la ciudad, una
vez instalado en la habitación del pequeño hotel elegido. El sabor de sus
calles, de sus gentes, del sofocante calor, de sus múltiples cafés (ocupados
por hombres, en su mayoría solitarios delante de una taza) era, sin duda,
marroquí: quedaba poco, muy poco de la antigua vida e historia españolas. Bueno,
tal vez, aquel personaje con el que habló, que se sentía muy español, muy
saharaui y muy miedoso de que le oyeran los demás.
Las mezquitas que visitó -al menos, dos-, las calles que recorrió -se perdió por ellas- y las gentes a las que observó le ayudarían a situarse en el lugar y a pensar que el viaje comenzaba en un territorio muy musulmán.
Dormiría dos noches y pronto tomaría un autobús que le llevaría a la frontera mauritana: un largo trayecto -en Supratours- donde comprobaría la amplitud del desierto, silencioso y envolvente. Más tarde, finalizada la estancia en Mauritania, regresaría de nuevo, para iniciar en esta ciudad un recorrido hacia el norte: hacia el histórico y antiguo país marroquí.
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