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23 de agosto de 2025

Samaná / República Dominicana


Bahía de Samaná, vista desde el malecón

Llegó a la población de Samaná, en la península homónima, desde Las Terrenas. La población estaba situada en una bahía, en la que se apreciaban varios barcos de poco calado, más bien botes dedicados al transporte de turistas; pequeños veleros, y poco más. Desde el recién estrenado malecón, le llamó la atención el puente peatonal que se veía a lo lejos y que enlazaba con un pequeño islote que había en la bahía. Lo recorrería uno de los días.

Poco que ver en esta población, que tomó como base para visitar uno de los días Las Galeras y, otro, El Valle. Ambas poblaciones y playas con poco atractivo al margen de las playas en sí.

El trayecto a Las Galeras, aunque era más largo que el de El Valle, tampoco le llevó mucho tiempo. El minibús le dejó al borde de la playa, después de atravesar la población por la vía central que a primera vista catalogó de pequeña villa turística. Vivía, en apariencia del turismo local y, algo menos, extranjero. Como la playa no era (ni es) uno de los fuertes del viajero insatisfecho quiso conocer un poco los alrededores. Un taxi-moto le pareció la mejor opción. Primero le llevó a una mina de mármol, en apariencia abandonada, pero en la que pudo apreciar la forma en que extraían, en grandes bloques, el material del interior. Luego, a través de pequeñas carreteras se acercaron a la playa Rincón, donde desembocaba un río que, según le dijeron, tenía cierta belleza natural. Y sí, en la misma playa, desembocaba Caño Frío, un pequeño río de aguas cristalinas que mezcladas con la vegetación componía imágenes muy naturales, con cierto encanto. Recorrió sus orillas durante un trayecto, sacó unas fotos y poco más.


Entrada a la mina de mármol


Caño Frío

Un minibús, a primera hora de la mañana en Samaná, le acercó el día siguiente a El Valle. Una zona de exuberante vegetación, que mantenía aún el atractivo rural y de tranquilidad al ser zona de agricultores y hacenderos. El transporte le dejó en una zona apartada, cerca de la pequeña casa Don Cacao, de Federico. Este viejo labriego le enseñó el proceso artesanal y rudimentario de transformación del cacao.


Salto El Castaño, en El Valle

Todo ello también estaba cerca del salto El castaño, que pretendía visitar. No había visto foto alguna en internet del salto, que luego le decepcionó. Todas las penalidades sufridas hasta llegar a él, no cree que merecieran la pena, aunque positivando la experiencia podría decir que sí. La subida en solitario por el cauce del pequeño arroyo se hizo un poco penosa y este mochilero no conocía la distancia que debía recorrer hasta llegar. La soledad del paraje y la sensación de estar perdido casi le hicieron volver sin alcanzar su objetivo. Menos mal que encontró a un labriego, montado a caballo que trasportaba plátanos, y le ayudó a conseguir la meta: el salto. Chapoteando por el arroyo, a la vuelta, regresó a la población de El Valle. Visitó su playa, y finalizó la tarde y la jornada en la terraza de un bar, frente a una cerveza Bohemia, la primera vez que la tomaba. Durante la estancia en el país, se había centrado en la Presidente, la cerveza más famosa de la República Dominicana.

Copyright © By Blas F.Tomé 2025

17 de septiembre de 2024

San Carlos de Bariloche / Argentina


Lago Nahuel Huapi

Había oído a amigos y conocidos que uno de los sitios que más les apetecía visitar en Argentina era San Carlos de Bariloche. Esta pequeña ciudad se lo ha ganado a pulso —un pulso meritorio, claro— y se ha convertido en uno de las zonas más visitadas del país. La zona tiene lagos, montañas y clima espectaculares, y se ha situado como lugar preferente de vacaciones para los argentinos. Y no solamente argentinos. La ciudad está a orillas del lago Nahuel Huapi, de distorsionadas formas y con varias islas, lagos aledaños y bonitos parajes.

Arribó una grata mañana, por su agradable temperatura. Llegaba procedente de Mendoza y había pasado toda la noche en el bus. Hacía ya varios kilómetros (muchos) que había amanecido. Poco a poco se iba dando cuenta de las características del lugar. De lejos, se veían los picos de los Andes nevados y el paisaje, kilómetro a kilómetro, se iba haciendo cada vez más verde y arbolado, y más atrayente por su naturaleza desbordante.

El hotel Venezia que encontró de casualidad fue un lujo: limpio, una habitación preciosa, un personal de recepción encantador y barato, cuando las previsiones eran bastante más pesimistas, en cuanto al precio, al ser la ciudad un destino turístico.

[El favorable cambio del dólar blue y euro blue abarataba todo en el país, yendo con estas divisas, claro. No así para los argentinos que manejaban el peso argentino].


Cascada los Cántaros

En la población se ofrecían variadas excursiones en barco por el lago para visitar diferentes ramales, islas y otros lagos. Unas actividades turísticas para pasar el día disfrutando de la naturaleza. Eligió Puerto Brest, por las buenas referencias, y una de las más caras. No se arrepintió, aunque el resto de los recorridos tenían también una pinta excelente. Hasta llegar el barco a lo más extremo, hasta Puerto Brest, el trayecto era de particular belleza. Una vez allí, ascendieron por una senda marcada, con multitud de escalones, para contemplar la cascada los Cántaros y el pequeño lago que la alimentaba. Un Land Rover, más tarde, les trasladó unos pocos kilómetros hasta el lago Frías, frontera ya con Chile. Un lago de aguas cristalinas, pero verdosas, rodeado de picos espectaculares, desde donde se apreciaba, a lo lejos, el famoso Cerro Tronador, antiguo volcán que hacía de natural línea divisoria entre Argentina y Chile. En Puerto Frías, una nueva réplica de La poderosa II, moto del Che Guevara, que había transitado por aquella zona. O eso decían.


Lago que alimenta a la cascada los Cántaros

Aquella noche nevó con muchas ganas en San Carlos de Bariloche y cuando amaneció, el día era frío y ciertamente desagradable. Gran contraste comparado con el día anterior, incluso, los propios locales se mostraban extrañados por aquella nieve atemporal. Iniciar otra ruta ese día no parecía la opción más recomendable. Decidió dejarlo para mejor ocasión.

Difícil transmitir las sensaciones del mochilero por aquella zona. Se mezclaba la sensibilidad viajera, con la experiencia personal y con los contrastes naturales: nieve en lo alto de los picos, rocas que se mezclaban con árboles verdes que llegaban a gran altura, recovecos naturales y el silencio carente de eco.

Cuando la naturaleza se hace protagonista, el viajero insatisfecho siempre anima en sus escritos a conocerla. Aquí lo hace, siempre y cuando uno se olvide del turismo que presiona y todo lo rodea.

De ello, todos tenemos la culpa.


Puerto Frías



La poderosa II (réplica, en Puerto Frías)

Copyright © By Blas F.Tomé 2024

9 de agosto de 2024

Mendoza / Argentina


Cerro de la Gloria, Mendoza

La ruta entre Córdoba y Mendoza, que el viajero insatisfecho hizo en su mayor parte de noche, estaba bordeada por grandes haciendas —se notaba por las divisorias valladas—, al principio encharcadas por grandes extensiones de agua, como si fueran marismas interiores, luego praderas verdes y fértiles, y un paisaje plano. Luego vino la noche que, pasada en un duermevela, le transportó hasta Mendoza. También en esta ciudad como en la anterior se tuvo que trabajar el alojamiento que no llevaba previsto. Después de vueltas y revueltas, a primerísima hora de la mañana —no había ni gente por las calles— encontró un hotel en la zona centro y relativamente barato.

Mendoza era una ciudad de mucha herencia colonial, con grandes avenidas, perfecta y cuadriculada estructura urbanística de la zona centro y muchos árboles y plazas —buenos pulmones para cualquier ciudad—, concebida así para refrescar y apaciguar el sol de la región. A la plaza principal (Plaza de la Independencia) la rodeaban otras cuatro plazas simétricas (Plaza Italia, Pl. Chile, Pl. San Martín y Pl. España).


Plano del centro de Mendoza

Este mochilero diría que la ciudad estaba diseñada para grandes paseos, y dio muchos. En uno de ellos se acercó al Parque General San Martín, que constituía, desde hace más de un siglo, uno de los espacios verdes urbanos más importantes del país, o casi. Una pareja de empleados del parque, cuando les preguntó por el Cerro de la Gloria —identificaron que era español y le dedicaron todo tipo de elogios—, no tuvieron ningún problema en acercarle en su viejo Land Rover. Allí se alzaba en un montículo la estatua del Libertador, el General San Martín, muy presente en esta ciudad. Hasta este cerro le subieron sus “para siempre amigos”.

¡Qué buena gente encontró en Mendoza!

Organizaban muchos tours por los alrededores de esta urbe: a las bodegas y viñedos, a poblaciones con cierto encanto, a los Andes cercanos,… Se apuntó a una ruta que le llevaría a la frontera con Chile y a divisar el Aconcagua, el pico más alto de la cordillera andina. Fue todo un día de recorrido, con multitud de paradas, donde incluso llegó a palpar la nieve en una primavera austral. Por esta misma ruta andina hacia Chile había transitado el general San Martín a primeros del siglo XIX, en un trayecto muy importante y clave para la independencia argentina. El minibús paró en el puente de Picheuta, declarado Monumento histórico nacional, muy cerca de la población de Uspallata, por donde las tropas del general cruzaron un gran arroyo y libraron una importante batalla.


Puente de Picheuta

También, parada obligada —como se suele decir— en el puente del Inca, un prodigio de la naturaleza formado por la evaporación de las aguas termales, ricas en minerales, que arrastraba el río. Era bellísimo, con gran variedad de colores amarillos y ocres, aunque antiguos proyectos para un balneario, que pronto una gran riada destruyó, hubieran perjudicado un tanto el lugar. Se observaba, a lo lejos, lo que había quedado en pie: su pequeña iglesia.

Esta vieja ruta chilena fue muy importante en tiempos históricos y ahora muy visitada por el turismo que se acercaba a la zona.

Puente del Inca

Copyright © By Blas F.Tomé 2024

9 de julio de 2024

Santa Fe de la Vera Cruz / Argentina


El puente colgante de Santa Fe

De la ciudad argentina de Posadas, a orillas del río Paraná —sirvió a modo de ciudad de tránsito para la nueva incursión argentina, después de su paso por Paraguay—, el viajero insatisfecho se trasladó a Santa Fe de la Vera Cruz, una ciudad más céntrica en el país, y casi a orillas del mismo río. La distancia era considerable y pasó toda la noche en un bus. Cuando salía de la céntrica estación de autobuses, a primera hora de la mañana, comenzaba a llover. Andando y protegiéndome de la lluvia en algunos soportales llegó al hotel, ubicado a unas pocas cuadras.

Lloviendo se acercó al centro, después de haber tomado posesión de la habitación, y lloviendo se movió todo el día, edificio colonial tras edificio colonial y visita tras visita a diferentes zonas de la ciudad.

Y al día siguiente, también.


Museo Histórico provincia de Santa Fe

Tenía fama el Casino de Santa Cruz y, ante tanta agua como caía, decidió conocerlo, al menos, allí estaría protegido. Un casino más. Ni jugó (nunca lo ha hecho), ni le gustó, ni apreció su fama.

En el camino hacia allí, se encontró —no lo buscó— con el mayor mural argentino dedicado a Messi (Pasión futbolera argentina).


Mural/grafiti, dedicado a Messi, tras la Copa del mundo

Por la tarde, en un rato de respiro que concedió la lluvia, se acercó al puente colgante que cruzaba la laguna de Setubal. Un puente de estructura de hierro muy famoso, tradicional y símbolo de la ciudad. Uno de los atractivos —además de admirar desde uno de los lados su majestuosidad— era cruzarlo andando desde la costanera este a la costanera oeste. Otro, visitarlo de noche para observar sus efectos visuales, con una iluminación LED cambiante de colores. Esto último, fue imposible, pues cuando comenzaba a caer el sol y surgía la noche en la ciudad, comenzó a caer una tromba de agua que le obligó a volver al hotel.

Se fue al día siguiente, a primera hora, rumbo a Córdoba, huyendo de aquel tiempo tan incómodo para una reposada visita.


Cruzando el puente colgante de Santa Fe

Copyright © By Blas F.Tomé 2024

 

23 de mayo de 2024

Paraguay, guay, guay,....


Catedral-Basílica de Asunción

Estaba en el norte y, antes de lanzarse al centro y sur argentinos, el viajero insatisfecho quería conocer algo de Paraguay.

(Resumirá la visita en este único ‘post’).

A ello se dedicó los siguientes días. Un planing ambicioso desde la ciudad de Salta, donde se encontraba, pues las distancias en este país eran siderales, sobre todo, empeñado como estaba en hacerlo por la vía terrestre y evitando el avión como medio para los traslados. Un autobús nocturno le colocaría —después de horas y horas de trayecto— en la ciudad de Corrientes, a orillas del río Paraná. Esta ciudad, tenía como vecina muy cercana, la población de Resistencia, otra gran urbe. Corrientes tenía la parte central urbana muy del estilo colonial, con reminiscencias arquitectónicas españolas, con calles angostas y un casco funcional. Había varios lugares antiguos para visitar. Pero la ciudad había crecido y creado su personalidad propia. Corrientes, a orillas del río Paraná, tenía un moderno paseo pegado a la ribera del río, aunque su centro histórico parecía no mirar hacia él. La creencia popular afirmaba que el suelo de Corrientes tenía "payé": Una magia que atrapaba a todo aquel que lo pisaba y, por más lejos que se encontrara, siempre sufriría de añoranzas por estas tierras. Fundada en 1588 por Juan de Vera y Aragón, era la ciudad más antigua del nordeste argentino.

Después de recorrer el centro y el parque se acercó hasta la Punta Mitre, una de las siete puntas de tierra y piedra que sobresalían sobre el Río Paraná y que le dieron el antiguo nombre a la ciudad: San Juan de Vera de las Siete Corrientes. Orgullosos como estaban de ello, una señora le insistió que hiciera un recorrido por todas aquellas puntas. Aunque, no eran nada más que pequeños salientes que los correntinos cuidaron y empedraron para mantener su forma y fama.

Disfrutó de la brisa.

De esta ciudad se dirigió hacia la frontera de Clorinda para entrar en Paraguay. El autobús le dejó en el centro de Asunción, capital de Paraguay, a orillas del homónimo río, y en la frontera con Argentina. Una pensión, en una típica casa colonial en la zona centro, con un patio-jardín interior, le sirvió de refugio nocturno. Le atendió una bella y simpática mujer paraguaya. Cree recordar que vio muchas de este estilo, lo que en su mente generó un bello patrón de mujeres paraguayas. En una habitación grande, con una cama king size, permaneció tres o cuatro noches.

Asunción tenía unas edificaciones en sus alrededores sin estilo, pero su centro urbano, estaba relativamente bien cuidado, aun con una Catedral poco altiva, pero, también, muy apreciada por los locales. Entró en el Panteón Nacional, mausoleo del país, donde reposaban los restos de diversos personajes de gran importancia en la historia del Paraguay, siendo, arquitectónicamente hablando, la réplica paraguaya de Le Panthéon, monumento ubicado en París.

Debe reconocer que no le dedicó mucho tiempo a la ciudad: se habría merecido más oportunidades y pausados recorridos. Otra mañana, se acercó a San Bernardino, en el vecino lago Ypacarai, orillas del lago muy apreciadas por los habitantes de la gran capital, que las utilizaban como zona de veraneo y fines de semana. Podría haber desestimado esta visita, de escaso atractivo para este mochilero.


Represa de Itaipú

En sucesivas jornadas, conoció también Ciudad del Este, una ciudad con inevitable actividad comercial por ser frontera con Foz de Iguaçú, Brasil. Sobre todo, en los alrededores fronterizos, esta actividad era hasta excesiva y agobiante.

La represa de Itaipú (“piedra que suena”, en guaraní), que visitó en medio de un aguacero, merecería un capítulo aparte por su grandiosidad y las impresionantes cifras sobre construcción, y acumulación y aportes de agua para dos países. Era una hidroeléctrica binacional que estaba situada entre las ciudades de Hernandarias (Paraguay) y Foz do Iguaçu (Brasil), sobre el río Paraná, en la frontera entre ambos países. Según Wikipedia, la represa “es el resultado de una maniobra diplomática para evitar un conflicto bélico entre Paraguay y Brasil por una cuestión limítrofe”.

(Los lectores, que queráis saber más sobre los voluminosos datos de la represa, visitad "la Wiki").

Cataratas del Monday
Cataratas de Iguaçú / Brasil

Conoció, además, la cercana población Presidente Franco (nada que ver con el dictador español), donde estaban las cataratas del Monday, que los paraguayos promocionaban orgullosos, al estar a unos pocos kilómetros de las famosas cataratas de Iguaçu, en las que no tienen parte. Atravesando la frontera con Brasil, se llegó hasta estas cataratas, que ya conocía de su viaje anterior a Brasil, hace muchos años. La experiencia de la visita, en esta ocasión, fue horrible: agua y agua cayendo del cielo sin compasión durante todo el recorrido. Tanto chaparrón que, ese mismo día, cerraron la parte argentina de las cataratas, por desbordamientos y destrucción de varias pasarelas.

(Luego se enteraría de que la parte argentina estuvo cerrada varias semanas más).


Playa en el río Paraná, Encarnación (al fondo, la ciudad argentina de Posadas)

Finalizó su recorrido paraguayo, en Encarnación, esta ciudad a orillas del río Paraná, con una envidiable playa fluvial, de gran actividad turística. Visitó la población, su playa y, también, algunas misiones jesuíticas por la zona, entre ellas, la de la Santísima Trinidad, a más de una hora en un autobús local. Otro aguacero, éste a media mañana, le impidió pasear con cierto reposo por todas aquellas ruinas.

Al día siguiente, atravesaría el puente sobre el río Paraná y daría con su cuerpo en la población argentina de Posadas.


Ruinas, Misión jesuítica de la Santísima Trinidad

VÍDEO

Copyright © By Blas F.Tomé 2024

9 de mayo de 2024

Salta, Salta, Salta,....


Salta, desde el cerro San Bernardo

Catedral basílica de Salta

El siguiente destino argentino, una vez visitada la zona de Jujuy, fue la ciudad de Salta. Una gran urbe, cuyo nombre surgió por los indígenas allí afincados, cuando las hordas españolas conquistaban aquellas tierras, fundaban ciudades y establecían asentamientos permanentes (Bueno, tal vez, la palabra “horda” no es la más apropiada). La traza de la ciudad, en su momento, fue una especie de tablero de damas, que se conservaba aún como zona centro. Lo más significativo de la plaza (“9 de julio”) era —junto a la Catedral basílica de Salta— el Cabildo, uno de los mejor conservados en todo Argentina.

Llegó, y paseó. Llegó, y miro por todo el centro (su hotel, que encontró de casualidad, estaba muy cerca), donde presenció pequeños mítines de simpatizantes políticos de algunos partidos, entre ellos, un grupo de jóvenes simpatizantes de Milei.

(Era fin de semana y, ese domingo, se celebraba la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Precisamente, allí pasó ese día electoral, donde la ingesta de alcohol estaba prohibida. Ni una cerveza. En esta jornada, de poca actividad, además, visitó la quebrada de San Lorenzo (muy cerca de la ciudad), un lugar que encontró más bien adaptado al turismo local de fin de semana. Le decepcionó. Sin embargo, allí estuvo en el pequeño castillo de San Lorenzo, conocido porque en él Yul Brynner rodó escenas de la película de Taras Bulba).

Uno de los días que pasó rondando por allí, cree recordar que fueron tres, subió al cerro San Bernardo en el teleférico que partía de un jardín cercano, en el centro. Desde el cerro, la ciudad se veía en toda su extensión a sus pies. Un sitio de sorpresivo relax, donde las pocas personas que andaban por allí parecía guardaban un cierto silencio sepulcral.

Pero como siempre, las expediciones a los alrededores de las grandes ciudades suelen ser lo más interesante. Para visitar aquellas zonas aledañas, pero relativamente lejanas, no le aconsejaron utilizar el transporte local, pues no era viable por ser, además, poco frecuente. Las agencias organizaban ‘tours’, y uno de ellos contrató. Un minibús con unas 12 o 15 personas, todas ellas con la misma intención: conocer Cachi (una pequeña población a los pies del homónimo pico andino, y dentro de los valles Calchaquíes). Esta población no era lo más importante, más bien lo especial estaba en el itinerario.


Cuesta del Obispo

Hasta llegar allí, se ascendía la famosa cuesta del Obispo (un tramo de esta ruta —y único no asfaltado— que subía la montaña por un bonito y zigzagueante camino con vistas espectaculares hasta el punto panorámico de la piedra del Molino); se admiraba el Valle Encantado; pudieron ver cantidad de guanacos, y se atravesaba el Parque nacional Los Cardones, de singular belleza por la cantidad de cardones (el cactus argentino) que poblaban aquella llanura (los cardones estaban, así, protegidos): altos, fuertes y gruesos como columnas de monasterios o catedrales.


Guanacos


Parque Nacional Los Cardones

En la zona de Salta había muchos otros sitios posibles, pero el viajero insatisfecho debía continuar su viaje argentino por otros lares o lugares.

Argentina era y es increíblemente extensa.


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6 de abril de 2024

Jujuy, provincia argentina


En la población de Tilcara

Había visitado el salar de Uyuni y, según lo decidido (no siempre el viajero insatisfecho tiene las cosas previstas de antemano), abandonaría Bolivia para internarse en Argentina. Fue fácil. Un autobús le llevó hasta Villazón, en el lado boliviano; en el lado argentino se encontraba La Quiaca. Cruzó la frontera andando. Del lado argentino no le pusieron ningún tipo de sello de entrada en el pasaporte, se suponía que todo estaba informatizado. Después de esperar unas horas (no muchas) en la estación de La Quiaca, tomó un autobús hacia la ciudad argentina de San Salvador de Jujuy, aunque se bajaría en otra población anterior, pues le pareció el sitio más cercano a ciertos lugares recomendables y visitables.

Era noche cerrada en Tilcara, y no solamente eso, llovía a mares cuando descendió del bus, lo que dificultaba los movimientos para encontrar algún sitio donde pasar la noche. No llevaba nada previsto, aunque sabía que en los alrededores de la estación había sitios baratos y cómodos. Pero llovía, y no se podía mover de la estación hasta que al menos aflojara el chaparrón. Estuvo un buen rato esperando y cuando la lluvia no fue escandalosa se lanzó a la calle en busca de ese alojamiento. Encontró uno.


Pucará de Tilcara

Tilcara era una pequeña población en la provincia de Jujuy, con cierto aire turístico pues por los alrededores las montañas contenían escondrijos que eran populares, bonitos y con encanto. Además, en la misma población había un sitio arqueológico famoso, el pucará de Tilcara. Ubicado en un morro en la confluencia de dos ríos, fue el lugar ideal que eligieron los antiguos pueblos tilcaras para defenderse de los ataques, ya que dominaba el cruce de los dos únicos caminos del lugar. En las faldas más accesibles de este morro construyeron altas murallas. Los pucarás no solo tenían fines defensivos sino también sociales y religiosos. Desde esa altura podían controlarse los campos de cultivo circundantes y las viviendas de los campesinos en los terrenos bajos. Lo inspeccionó el último día, y observó que estaba reconstruido en exceso. 


Cerro de los catorce colores, Serranía de Hornocal

Antes, aparte de admirar los alrededores, fue a visitar en la serranía de Hornocal, la montaña de los catorce colores, que según se había documentado, era un lugar de especial belleza. Todas las montañas erosionadas circundantes tenían esas capas de diferentes colores en los sedimentos, pero el Hornocal era algo especial por el número de tonalidades. Y así fue. Tomó un autobús interurbano que le llevó hacía el norte, a Humahuaca, la población más cercana. Allí todo estaba ya organizado (numerosas ofertas de muchachos para contratar trayecto) lo que facilitaba el alquiler de un 4x4 compartido para hacer los últimos kilómetros hasta el mirador. Lo hizo con tres jóvenes argentinas, simpáticas y muy agradables, amigas entre ellas y, a partir de entonces, también las consideraría sus amigas. Una bella cordillera esta de Hornocal. La variedad de sus catorce colores, o quince, o doce, ¡qué más da!, le daba un aire de montaña de cuento de hadas, por allí habría pasado Alicia (“en el país de las maravillas”). Capas y capas de diferentes tonos: amarillos, ocres, rojizos, e incluso, verdosos o azulados. Una delicia visual.

En Tilcara, también, comió la mejor milanesa de llama, que probaría en todo Argentina.

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9 de marzo de 2024

Salar de Uyuni, última etapa boliviana


Salar de Uyuni, Bolivia


Monumento Dakar

Uyuni, el salar de Uyuni sería la última etapa reseñable del viajero insatisfecho en Bolivia. Después vendría el paso de frontera con Argentina para internarse en este país, y conocer, a la vez, Paraguay.

Llegó a este municipio boliviano (Uyuni), procedente de Potosí, en un autobús que había tomado a primerísima hora de la mañana. Fueron dos o tres horas de viaje (no recuerda) y, una vez abandonado el bus, se uniría a una expedición de cuatro personas (todas ellas españolas, aunque no conocidas hasta entonces) para hacer el recorrido en 4x4 por el salar y, dos días más, para recorrer Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. Era una buena manera de hacerlo, y poder disfrutar así de los atractivos de estos lugares únicos.

Con una superficie aproximada de 10.500 kilómetros cuadrados sobre el altiplano, era el desierto salado más grande del mundo. Una inmensa llanura blanca, y sin duda una inmensa panorámica, de las que se podían grabar en la retina para siempre. De hecho, se le grabó. El salar de Uyuni representa un importantísimo motor económico para Bolivia, no sólo por ser un reclamo turístico que atrae a miles y miles de personas cada año, sino porque de él se extraen anualmente unas 25.000 toneladas de sal. Además, se encuentra la mayor reserva de litio del mundo, y ya se sabe lo importante que se ha vuelto este mineral para unas amigas del género humano: las baterías.


Cementerio de trenes

La excursión comenzó con la visita al cementerio de trenes, un lugar extraño con un montón de vagones oxidados que no se levantaban de allí por su atractivo fotográfico para turistas y viajeros. O eso creyó. Posteriormente, la incursión en la extensión blanca, casi infinita — kilómetros y kilómetros— ocuparía todo el día. A una velocidad constante de unos 40 kilómetros por hora, se hicieron paradas en diferentes sitios para admirar ciertas peculiaridades. La primera parada, después de recorrer varios kilómetros fue para pisar el salar (caminar sobre él), sentir y palpar su atractivo, y hacer las siempre imprescindibles fotografías. La segunda, para también retratar el “monumento Dakar” y zampar el almuerzo correspondiente en un restaurante-comedor, allí, al lado del monumento. En el resto de la tarde, el trayecto se extendería hasta la isla Incahuasi, en medio del salar (en quechua significaba «la casa del Inca»), una isla repleta de cactus gigantes que podían llegar a los diez metros de altura. Después de varios kilómetros de recorrido una parada para hacer las originales fotos con peculiares perspectivas, una actividad muy popular (¿y ridícula?), pero que dejaba imágenes simpáticas. A última hora de la tarde, visita al lugar que vulgarmente era conocido como ‘de los reflejos’, para hacer más fotos, usando el efecto de la luz y la suave capa de agua, y conseguir más originales instantáneas. Cree, no obstante, este mochilero que lo mejor del salar de Uyuni, sería disfrutarlo, pues contarlo se hace reiterativo y difícil. De todo ello, se grabaron las imágenes en la mente, mantenidas para siempre como un poso de vivencias.


Juego de perspectiva


Isla Incahuasi

Después de una noche en un humilde hotel construido a base de bloques de sal, comenzaría el itinerario por la Reserva Nacional Eduardo Avaroa, durante dos días. Impresionante y muy bella excursión. Se recorría toda una altiplanicie rodeada de grandes montes andinos, algunas lagunas y un territorio semidesértico con espectaculares momentos. El contrato de esta marcha hablaba de los siguientes lugares y zonas a visitar: laguna Cañapa, laguna Hedionda (fuerte olor a azufre y sedimentos), desierto de Siloli, árbol de Piedra, laguna Colorada, géiseres, desierto Salvador Dalí,….. Multitud de sitios, imágenes y sensaciones que se iban guardando en la retina y en el interior de la psiquis viajera. Las lagunas de coloridos espectaculares (blancos, con verdes, morados y rojizos), los flamencos picoteando y alimentándose de sedimentos y algas, que solamente se encontraban en ellas. Algunos otros pájaros, o llamas y vicuñas, acompañaron en el recorrido para convertirlo en original, auténtico y distinto. Parajes que se extendían en el horizonte, donde crecían plantas como la queñua o la yareta (arbusto nativo del altiplano, de apariencia similar al musgo).


Árbol de piedra, R.N. Eduardo Avaroa
Terminó todo —después de dos días— y, de nuevo, en la población de Uyuni. Las dos jóvenes vascas y el murciano que le acompañaban se despidieron hacía otras y diferentes aventuras.

Fin.


Laguna Colorada, R.N. Eduardo Avaroa


Copyright © By Blas F.Tomé 2024 

21 de febrero de 2024

Ciudad Imperial de Potosí / Bolivia



El conductor del autobús lo dejó a las afueras de la ciudad de Potosí. Final de trayecto. Desde varios kilómetros antes ya iba observando la ciudad y el Cerro Rico que presidía la panorámica. Veía así, a lo lejos, lo que venía a buscar. Luego olería la multitud de olores que partían del mercado, al pasar a su lado, y advertiría, aunque de manera no intrusiva, la altura a la que se encontraba, a más de 4000 m.s.n.m.

Una vez en el centro, y ubicado ya en el hotel —una casa con siglos de historia— dedicó la mañana a sus habituales recorridos exploratorios. La herencia colonial era más que evidente, tanto en la plaza principal, con su imprescindible catedral metropolitana, como el resto de las calles aledañas. La historia de Potosí es de sobra conocida, sobre todo el periodo español de explotación de la plata en el famoso Cerro Rico, lo que originó, a posteriori y durante años, un cúmulo de críticas por parte de los locales hacia las autoridades españolas de entonces.



Una visita obligada —y verdadera joya de la ciudad— era la Casa Real de la Moneda (entró al día siguiente), la edificación civil colonial más destacada y protagonista de una intensa historia a lo largo de los siglos. Nació en 1572 para organizar y trabajar la sorprendente producción de plata de Cerro Rico por orden del virrey del Perú, Francisco Álvarez de Toledo. La que se visitaba hoy, era una segunda construcción barroca de 1759, con sus cinco patios.  A la entrada del primero de éstos, una gran máscara presidía el frontal. Su simbología era desconocida, aunque se decía que representaba al dios Baco. El guía, que luego explicaría el recorrido, vería además en el gesto de la máscara —algo mucho más difícil de apreciar— dos partes diferenciadas: un lado, representaba el gesto triste de los locales explotados en las minas, y el otro, el gesto sonriente de los españoles que se llevaban la plata. Otra explicación más era que la máscara ocupaba el espacio del escudo real español, y habría sido colocada para la mofa popular tras la guerra de la Independencia. Dentro, se podían ver muchas de las monedas acuñadas y las máquinas de elaboración de las monedas, en particular, el "Real de a 8". ¡Toda una joya histórica!

Más lugares de visita en la preciosa urbe: la Catedral basílica; la torre de la Compañía (de Jesús); el convento de Santa Teresa, convertido en Museo sacro y de vida de claustro; el pasaje subterráneo “callejón de la pulmonía”, o la calle Guijarro y otras de la zona central con gran cantidad de casas, palacetes coloniales e iglesias.



Restaba otra actividad estrella: No era fácil tomar la decisión de internarse en una de las minas horadadas en las laderas de Cerro Rico, aunque había que hacerlo. Su explotación, desde hacía cinco siglos, estaba causando hundimientos en la cima lo que, a su vez, amenazaba la vida de miles de mineros bolivianos, pero también de los turistas que, como un goteo constante, y diario, visitaban las minas/cooperativas para enterarse de su funcionamiento, gastar adrenalina internándose en ellas, o conocer al ‘Tío’ —una imagen hecha de barro al que los mineros consideraban dueño y señor de las vetas de plata y del subsuelo—. Los obreros, entre el miedo y la resignación, defendían su necesidad de trabajar a sabiendas del peligro. Parece ser que, al año, al menos dos decenas de mineros morían por derrumbes e intoxicaciones, pero eso no desanimaba al resto de los obreros. Allí seguían trabajando (todos los días unos 20.000 mineros, en varios turnos, aunque la cifra fluctuaba dependiendo de épocas) y abriendo galerías que habían convertido el cerro en un peligroso queso gruyère.

Una vez dentro, la actividad era palpable. Las vagonetas entraban (vacías) y salían (cargadas de ese material que era una mezcla de plata, zinc, plomo y estaño) con rápida frecuencia. Los curiosos que asistían expectantes a los trabajos tenían que arrimarse cada poco a los laterales de la galería para dejar pasar estas vagonetas, tanto cargadas como vacías.

Cuando este grupo (5 personas) llegaba a cierta profundidad se produjo el encuentro con el ‘Tío’, en un pequeño túnel lateral que finalizaba con su figura. Llamaba la atención, a primera vista, el colorido del pequeño dios de las profundidades, pero, sobre todo, lo que le envolvía y rodeaba: cigarros apagados, hojas de coca, botellas del alcohol casi puro (ofrendas de los mineros, solicitando su intervención y ayuda), y tiras de serpentina colgadas de los cuernos y de su falo erecto. Porque tenía, sí, un gran falo que exhibía con orgullo a trabajadores y huéspedes. El guía que acompañaba a este grupo de visitantes, hizo su particular ofrenda que era un poco más de lo mismo que allí ya existía, en cuanto a los artículos ofrecidos. Le puso en la boca un grueso cigarro encendido, elaborado de manera rústica (en algunos lugares, llamado mapacho), le ofrendó las hojas de coca, le roció con unas gotas de alcohol puro —luego dejó allí la botellita— y recitó en alto unas frases petitorias, solicitando su ayuda para aquel singular recorrido minero.



Todo un espectáculo, hasta cierto punto, incomprensible y grotesco.

Por lo demás, el viajero insatisfecho que iba bien pertrechado de traje y casco con linterna (equipo obligado para su ingreso en la mina), se olvidó de una mascarilla que hubiera sido muy útil para el aire que allí se respiraba: denso y con muchas partículas de polvo, que hacía difícil, en ciertos lugares, respirar. Y olía.




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10 de febrero de 2024

Sucre, capital oficial de Bolivia


Portón del Centro cultural Santa Pacha, con habitaciones

Sucre, la capital oficial del país, era una ciudad con muchas y variadas reminiscencias coloniales. Llegó a ella después de muchos kilómetros en bus; un transporte nocturno que había tomado en La Paz. Por “booking” había contratado un hotel (era un centro cultural, con habitaciones) en el meollo de la urbe y con unas condiciones que consideraba aceptables, pero al llegar -a primeras horas de la mañana- el bonito portón de acceso al recinto estaba clausurado. Cerrado. Llamó al timbre varias veces y golpeó con insistencia el artístico portón, pero nadie daba respuesta a sus desesperadas 'insinuaciones'. Aprovechando la salida de unos clientes —supuso que lo eran— traspasó el portón y se introdujo en el patio del edificio. Caminó por un paseo durante unos cuantos metros, sorteando a un perro que dormitaba en ese mismo camino de acceso, y llegó al edificio principal. Nadie aparecía. Subió unas escaleras, exteriores por la fachada del edificio, que accedían, según indicaba un cartel, al lugar donde desayunarían de los huéspedes. Allí se encontró a una joven que organizaba la estancia, al margen de la puerta de entrada y ajena a cualquier timbre de llamada. Después de mostrarle su indignación, la señora le enseñó varias habitaciones disponibles. Eligió una.

Debió reconocer, al finalizar, que su estancia había sido agradable y tranquila en aquellos aposentos que —ahora— recomendaría sin duda.


Busto de Simón Bolívar, en la Casa de la Libertad

El centro de la ciudad era bastante organizado, y urbanizado en cuadrículas, como tablero de ajedrez. Se respiraba un aire turístico, no exento de aromas antiguos, de recuerdos y contiendas religiosas. En cuanto se abandonaba el centro, el tema se complicaba y la ciudad perdía esa organización. En una de las cuadrículas centrales estaba la Plaza de Armas 25 de mayo y en uno de sus laterales la Catedral basílica Nuestra Señora de Guadalupe. ¡Vamos!, como en todas las ciudades coloniales.

Otro de los laterales estaba ocupado por la Casa de la Libertad, a la que acudió una de las tardes para hacer la habitual visita: un edificio colonial, tanto en el interior como por fuera, con varias salas que, según indicaciones, habían sido testigos de acontecimientos históricos. Entre estos, la firma del Acta de la independencia del Alto Perú, hoy Bolivia. En otra de sus salas, utilizada para reuniones varias, había un gigantesco busto en madera de algarrobo de Simón Bolívar. La joven-guía que explicaba las diferentes dependencias del recinto, se escuchaba a sí misma, dando unas charlas que más parecían lecciones didácticas para los alumnos de su colegio particular. Especiales menciones recibió una héroe de la independencia, Juana Azurduy, nombrada mariscal de ejército. Muy cerca de allí, el nombre de una calle lo recordaba.

Un mediodía, subió al mirador de La Recoleta, donde estaba el homónimo convento-museo, y disfrutó desde allí de unas particulares vistas de la ciudad. En la plaza frontal al convento, muchos jóvenes adolescentes daban pasos en las primerizas artes amatorias y mostraban sus dotes de coqueteo. Pura adolescencia y juventud.


Desde el mirador de La Recoleta

Por lo demás, Sucre tenía un bonito cementerio (suele acudir a estos lugares en las diversas visitas de ciudades), muy organizado, con multitud de árboles centenarios que generaban ambiente y conformaban un agradable paseo, y donde había una zona de nichos y panteones dedicada a “los héroes del Chaco”; el Parque Simón Bolívar, repleto a aquella hora de estudiantes que jugaban en los jardines donde disfrutaban de chuches y helados, y el Palacio de Gobierno, también en la plaza de Armas.


Cementerio

Una mañana, el viajero insatisfecho tomó un autobús y se fue a la población de Yotala, promocionada en los blogs de viajes por internet, pero no le gustó en exceso. Un pueblo con ese aire local y pretendido ambiente turístico de fin de semana. Nada especial.

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