Llegó
a la población de Samaná, en la península homónima, desde Las Terrenas. La
población estaba situada en una bahía, en la que se apreciaban varios barcos de
poco calado, más bien botes dedicados al transporte de turistas; pequeños
veleros, y poco más. Desde el recién estrenado malecón, le llamó la atención el
puente peatonal que se veía a lo lejos y que enlazaba con un pequeño islote que
había en la bahía. Lo recorrería uno de los días.
Poco
que ver en esta población, que tomó como base para visitar uno de los días Las
Galeras y, otro, El Valle. Ambas poblaciones y playas
con poco atractivo al margen de las playas en sí.
El
trayecto a Las Galeras, aunque era más largo que el de El Valle, tampoco
le llevó mucho tiempo. El minibús le dejó al borde de la playa, después de
atravesar la población por la vía central que a primera vista catalogó de pequeña
villa turística. Vivía, en apariencia del turismo local y, algo menos,
extranjero. Como la playa no era (ni es) uno de los fuertes del viajero insatisfecho quiso conocer un
poco los alrededores. Un taxi-moto le pareció la mejor opción. Primero le llevó
a una mina de mármol, en apariencia abandonada, pero en la que pudo apreciar la
forma en que extraían, en grandes bloques, el material del interior. Luego, a
través de pequeñas carreteras se acercaron a la playa Rincón, donde desembocaba
un río que, según le dijeron, tenía cierta belleza natural. Y sí, en la misma
playa, desembocaba Caño Frío, un pequeño río de aguas cristalinas que mezcladas
con la vegetación componía imágenes muy naturales, con cierto encanto. Recorrió
sus orillas durante un trayecto, sacó unas fotos y poco más.
Entrada a la mina de mármol
Caño Frío
Un
minibús, a primera hora de la mañana en Samaná, le acercó el día siguiente a El
Valle. Una zona de exuberante vegetación, que mantenía aún el atractivo
rural y de tranquilidad al ser zona de agricultores y hacenderos. El transporte
le dejó en una zona apartada, cerca de la pequeña casa Don Cacao, de Federico.
Este viejo labriego le enseñó el proceso artesanal y rudimentario de
transformación del cacao.
Salto El Castaño, en El Valle
Todo ello también estaba
cerca del salto El castaño, que pretendía visitar. No había visto foto alguna
en internet del salto, que luego le decepcionó. Todas las penalidades sufridas
hasta llegar a él, no cree que merecieran la pena, aunque positivando la
experiencia podría decir que sí. La subida en solitario por el cauce del
pequeño arroyo se hizo un poco penosa y este mochilero no conocía la distancia
que debía recorrer hasta llegar. La soledad del paraje y la sensación de estar
perdido casi le hicieron volver sin alcanzar su objetivo. Menos mal que
encontró a un labriego, montado a caballo que trasportaba plátanos, y le ayudó
a conseguir la meta: el salto. Chapoteando por el arroyo, a la vuelta, regresó
a la población de El Valle. Visitó su playa, y finalizó la tarde y la jornada en
la terraza de un bar, frente a una cerveza Bohemia,
la primera vez que la tomaba. Durante la estancia en el país, se había centrado
en la Presidente, la cerveza más
famosa de la República Dominicana.
Había
oído a amigos y conocidos que uno de los sitios que más les apetecía visitar en
Argentina era San Carlos de Bariloche. Esta pequeña ciudad se lo ha ganado a
pulso —un pulso meritorio, claro— y se ha convertido en uno de las zonas más
visitadas del país. La zona tiene lagos, montañas y clima espectaculares, y se
ha situado como lugar preferente de vacaciones para los argentinos. Y no solamente
argentinos. La ciudad está a orillas del lago
Nahuel Huapi, de distorsionadas formas y con varias islas, lagos aledaños y
bonitos parajes.
Arribó
una grata mañana, por su agradable temperatura. Llegaba
procedente de Mendoza y había pasado toda la noche en el bus. Hacía ya varios
kilómetros (muchos) que había amanecido. Poco a poco se iba dando cuenta de las
características del lugar. De lejos, se veían los picos de los Andes nevados y
el paisaje, kilómetro a kilómetro, se iba haciendo cada vez más verde y
arbolado, y más atrayente por su naturaleza desbordante.
El
hotel Venezia que encontró de
casualidad fue un lujo: limpio, una habitación preciosa, un personal de
recepción encantador y barato, cuando las previsiones eran bastante más
pesimistas, en cuanto al precio, al ser la ciudad un destino turístico.
[El
favorable cambio del dólar blue y euro blue abarataba todo en el país,
yendo con estas divisas, claro. No así para los argentinos que manejaban el
peso argentino].
Cascada los Cántaros
En
la población se ofrecían variadas excursiones en barco por el lago para visitar
diferentes ramales, islas y otros lagos. Unas actividades turísticas para pasar
el día disfrutando de la naturaleza. Eligió Puerto Brest, por las
buenas referencias, y una de las más caras. No se arrepintió, aunque el resto
de los recorridos tenían también una pinta excelente. Hasta llegar el barco a
lo más extremo, hasta Puerto Brest, el trayecto era de particular belleza. Una
vez allí, ascendieron por una senda marcada, con multitud de escalones, para
contemplar la cascada los Cántaros y el pequeño lago que la alimentaba. Un Land Rover, más tarde, les trasladó unos
pocos kilómetros hasta el lago Frías, frontera ya con Chile.
Un lago de aguas cristalinas, pero verdosas, rodeado de picos espectaculares, desde
donde se apreciaba, a lo lejos, el famoso Cerro Tronador, antiguo volcán que hacía
de natural línea divisoria entre Argentina y Chile. En Puerto Frías, una nueva
réplica de La poderosa II, moto del Che Guevara, que había transitado por
aquella zona. O eso decían.
Lago que alimenta a la cascada los Cántaros
Aquella
noche nevó con muchas ganas en San Carlos de Bariloche y cuando amaneció, el
día era frío y ciertamente desagradable. Gran contraste comparado con el día
anterior, incluso, los propios locales se mostraban extrañados por aquella
nieve atemporal. Iniciar otra ruta ese día no parecía la opción más
recomendable. Decidió dejarlo para mejor ocasión.
Difícil
transmitir las sensaciones del mochilero por aquella zona. Se mezclaba la
sensibilidad viajera, con la experiencia personal y con los contrastes
naturales: nieve en lo alto de los picos, rocas que se mezclaban con árboles
verdes que llegaban a gran altura, recovecos naturales y el silencio carente de
eco.
Cuando
la naturaleza se hace protagonista, el viajero
insatisfecho siempre anima en sus escritos a conocerla. Aquí lo hace,
siempre y cuando uno se olvide del turismo que presiona y todo lo rodea.
La
ruta entre Córdoba y Mendoza, que el viajero
insatisfecho hizo en su mayor parte de noche, estaba bordeada por grandes
haciendas —se notaba por las divisorias valladas—, al principio encharcadas por
grandes extensiones de agua, como si fueran marismas interiores, luego praderas
verdes y fértiles, y un paisaje plano. Luego vino la noche que, pasada en un
duermevela, le transportó hasta Mendoza. También en esta ciudad como
en la anterior se tuvo que trabajar el alojamiento que no llevaba previsto.
Después de vueltas y revueltas, a primerísima hora de la mañana —no había ni
gente por las calles— encontró un hotel en la zona centro y relativamente
barato.
Mendoza era una ciudad de mucha herencia
colonial, con grandes avenidas, perfecta y cuadriculada estructura urbanística
de la zona centro y muchos árboles y plazas —buenos pulmones para cualquier
ciudad—, concebida así para refrescar y apaciguar el sol de la región. A la
plaza principal (Plaza de la Independencia) la rodeaban otras cuatro plazas
simétricas (Plaza Italia, Pl. Chile, Pl. San Martín y Pl. España).
Plano del centro de Mendoza
Este
mochilero diría que la ciudad estaba diseñada para grandes paseos, y dio
muchos. En uno de ellos se acercó al Parque General San Martín, que constituía,
desde hace más de un siglo, uno de los espacios verdes urbanos más importantes
del país, o casi. Una pareja de empleados del parque, cuando les preguntó por
el Cerro de la Gloria —identificaron que era español y le dedicaron todo tipo
de elogios—, no tuvieron ningún problema en acercarle en su viejo Land Rover. Allí se alzaba en un
montículo la estatua del Libertador, el General San Martín, muy presente en
esta ciudad. Hasta este cerro le subieron sus “para siempre amigos”.
¡Qué
buena gente encontró en Mendoza!
Organizaban
muchos tours por los alrededores de
esta urbe: a las bodegas y viñedos, a poblaciones con cierto encanto, a los
Andes cercanos,… Se apuntó a una ruta que le llevaría a la frontera con Chile y
a divisar el Aconcagua, el pico más alto de la cordillera andina. Fue todo un
día de recorrido, con multitud de paradas, donde incluso llegó a palpar la
nieve en una primavera austral. Por esta misma ruta andina hacia Chile había
transitado el general San Martín a primeros del siglo XIX, en un trayecto muy
importante y clave para la independencia argentina. El minibús paró en el puente
de Picheuta, declarado Monumento histórico nacional, muy cerca de la
población de Uspallata, por donde las tropas del general cruzaron un gran
arroyo y libraron una importante batalla.
Puente de Picheuta
También,
parada obligada —como se suele decir— en el puente del Inca, un
prodigio de la naturaleza formado por la evaporación de las aguas termales,
ricas en minerales, que arrastraba el río. Era bellísimo, con gran variedad de
colores amarillos y ocres, aunque antiguos proyectos para un balneario, que
pronto una gran riada destruyó, hubieran perjudicado un tanto el lugar. Se observaba, a lo lejos, lo que había quedado en pie: su pequeña iglesia.
Esta vieja ruta chilena
fue muy importante en tiempos históricos y ahora muy visitada por el turismo
que se acercaba a la zona.
De
la ciudad argentina de Posadas, a orillas del río Paraná
—sirvió a modo de ciudad de tránsito para la nueva incursión argentina, después
de su paso por Paraguay—, el viajero
insatisfecho se trasladó a Santa Fe de la Vera Cruz, una ciudad
más céntrica en el país, y casi a orillas del mismo río. La distancia era
considerable y pasó toda la noche en un bus. Cuando salía de la céntrica estación
de autobuses, a primera hora de la mañana, comenzaba a llover. Andando y
protegiéndome de la lluvia en algunos soportales llegó al hotel, ubicado a unas
pocas cuadras.
Lloviendo
se acercó al centro, después de haber tomado posesión de la habitación, y
lloviendo se movió todo el día, edificio colonial tras edificio colonial y visita
tras visita a diferentes zonas de la ciudad.
Y
al día siguiente, también.
Museo Histórico provincia de Santa Fe
Tenía
fama el Casino de Santa Cruz y, ante tanta agua como caía, decidió conocerlo,
al menos, allí estaría protegido. Un casino más. Ni jugó (nunca lo ha hecho),
ni le gustó, ni apreció su fama.
En
el camino hacia allí, se encontró —no lo buscó— con el mayor mural argentino
dedicado a Messi (Pasión futbolera argentina).
Mural/grafiti, dedicado a Messi, tras la Copa del mundo
Por
la tarde, en un rato de respiro que concedió la lluvia, se acercó al puente colgante
que cruzaba la laguna de Setubal. Un puente de estructura de hierro muy famoso,
tradicional y símbolo de la ciudad. Uno de los atractivos —además de admirar
desde uno de los lados su majestuosidad— era cruzarlo andando desde la
costanera este a la costanera oeste. Otro, visitarlo de noche para observar sus
efectos visuales, con una iluminación LED cambiante de colores. Esto último,
fue imposible, pues cuando comenzaba a caer el sol y surgía la noche en la
ciudad, comenzó a caer una tromba de agua que le obligó a volver al hotel.
Se fue al día siguiente,
a primera hora, rumbo a Córdoba, huyendo de aquel tiempo tan
incómodo para una reposada visita.
Estaba
en el norte y, antes de lanzarse al centro y sur argentinos, el viajero insatisfecho quería conocer
algo de Paraguay.
(Resumirá la visita en este único ‘post’).
A
ello se dedicó los siguientes días. Un planing
ambicioso desde la ciudad de Salta, donde se encontraba, pues las
distancias en este país eran siderales, sobre todo, empeñado como estaba en
hacerlo por la vía terrestre y evitando el avión como medio para los traslados.
Un autobús nocturno le colocaría —después de horas y horas de trayecto— en la
ciudad de Corrientes, a orillas del río Paraná. Esta ciudad, tenía como
vecina muy cercana, la población de Resistencia, otra gran urbe.
Corrientes tenía la parte central urbana muy del estilo colonial, con
reminiscencias arquitectónicas españolas, con calles angostas y un casco funcional.
Había varios lugares antiguos para visitar. Pero la ciudad había crecido y creado
su personalidad propia. Corrientes, a orillas del río Paraná, tenía un moderno
paseo pegado a la ribera del río, aunque su centro histórico parecía no mirar hacia
él. La creencia popular afirmaba que el suelo de Corrientes tenía "payé": Una magia que atrapaba a
todo aquel que lo pisaba y, por más lejos que se encontrara, siempre sufriría
de añoranzas por estas tierras. Fundada en 1588 por Juan de Vera y Aragón, era
la ciudad más antigua del nordeste argentino.
Después
de recorrer el centro y el parque se acercó hasta la Punta Mitre, una de las
siete puntas de tierra y piedra que sobresalían sobre el Río Paraná y que le
dieron el antiguo nombre a la ciudad: San Juan de Vera de las Siete Corrientes.
Orgullosos como estaban de ello, una señora le insistió que hiciera un
recorrido por todas aquellas puntas. Aunque, no eran nada más que pequeños salientes
que los correntinos cuidaron y empedraron para mantener su forma y fama.
Disfrutó
de la brisa.
De
esta ciudad se dirigió hacia la frontera de Clorinda para entrar en Paraguay.
El autobús le dejó en el centro de Asunción, capital de Paraguay, a orillas
del homónimo río, y en la frontera con Argentina. Una pensión, en una típica
casa colonial en la zona centro, con un patio-jardín interior, le sirvió de
refugio nocturno. Le atendió una bella y simpática mujer paraguaya. Cree
recordar que vio muchas de este estilo, lo que en su mente generó un bello
patrón de mujeres paraguayas. En una habitación grande, con una cama king size, permaneció tres o cuatro
noches.
Asunción
tenía unas edificaciones en sus alrededores sin estilo, pero su centro urbano,
estaba relativamente bien cuidado, aun con una Catedral poco altiva, pero,
también, muy apreciada por los locales. Entró en el Panteón Nacional, mausoleo
del país, donde reposaban los restos de diversos personajes de gran importancia
en la historia del Paraguay, siendo, arquitectónicamente hablando, la réplica paraguaya
de Le Panthéon, monumento ubicado en París.
Debe
reconocer que no le dedicó mucho tiempo a la ciudad: se habría merecido más
oportunidades y pausados recorridos. Otra mañana, se acercó a San Bernardino, en
el vecino lago Ypacarai, orillas del lago muy apreciadas por los habitantes de
la gran capital, que las utilizaban como zona de veraneo y fines de semana. Podría
haber desestimado esta visita, de escaso atractivo para este mochilero.
Represa de Itaipú
En
sucesivas jornadas, conoció también Ciudad del Este, una ciudad con inevitable
actividad comercial por ser frontera con Foz de Iguaçú, Brasil. Sobre todo, en
los alrededores fronterizos, esta actividad era hasta excesiva y agobiante.
La
represa
de Itaipú (“piedra que suena”,
en guaraní), que visitó en medio de un aguacero, merecería un capítulo aparte
por su grandiosidad y las impresionantes cifras sobre construcción, y
acumulación y aportes de agua para dos países.Era una hidroeléctrica binacional que estaba situada entre
las ciudades de Hernandarias (Paraguay) y Foz do Iguaçu (Brasil), sobre el río
Paraná, en la frontera entre ambos países. Según Wikipedia, la represa “es el resultado de una maniobra diplomática
para evitar un conflicto bélico entre Paraguay y Brasil por una cuestión
limítrofe”.
(Los lectores, que queráis saber más sobre los voluminosos datos de la represa, visitad "la Wiki").
Cataratas del Monday
Cataratas de Iguaçú / Brasil
Conoció,
además, la cercana población Presidente Franco (nada que ver con
el dictador español), donde estaban las cataratas del Monday, que los
paraguayos promocionaban orgullosos, al estar a unos pocos kilómetros de las
famosas cataratas de Iguaçu, en las que no tienen parte. Atravesando la
frontera con Brasil, se llegó hasta estas cataratas, que ya conocía de su viaje
anterior a Brasil, hace muchos años. La experiencia de la visita, en esta
ocasión, fue horrible: agua y agua cayendo del cielo sin compasión durante todo
el recorrido. Tanto chaparrón que, ese mismo día, cerraron la parte argentina
de las cataratas, por desbordamientos y destrucción de varias pasarelas.
(Luego se enteraría de que la parte argentina
estuvo cerrada varias semanas más).
Playa en el río Paraná, Encarnación (al fondo, la ciudad argentina de Posadas)
Finalizó
su recorrido paraguayo, en Encarnación, esta ciudad a orillas
del río Paraná, con una envidiable playa fluvial, de gran actividad turística.
Visitó la población, su playa y, también, algunas misiones jesuíticas por la
zona, entre ellas, la de la Santísima Trinidad, a más de una hora en un autobús
local. Otro aguacero, éste a media mañana, le impidió pasear con cierto reposo
por todas aquellas ruinas.
Al día siguiente,
atravesaría el puente sobre el río Paraná y daría con su cuerpo en la población
argentina de Posadas.
El siguiente destino argentino, una vez
visitada la zona de Jujuy, fue la ciudad de Salta. Una gran urbe, cuyo nombre
surgió por los indígenas allí afincados, cuando las hordas españolas
conquistaban aquellas tierras, fundaban ciudades y establecían asentamientos
permanentes (Bueno, tal vez, la palabra “horda” no es la más apropiada). La
traza de la ciudad, en su momento, fue una especie de tablero de damas, que se
conservaba aún como zona centro. Lo más significativo de la plaza (“9 de
julio”) era —junto a la Catedral basílica de Salta— el Cabildo, uno de los
mejor conservados en todo Argentina.
Llegó, y paseó. Llegó, y miro por todo el
centro (su hotel, que encontró de casualidad, estaba muy cerca), donde
presenció pequeños mítines de simpatizantes políticos de algunos partidos,
entre ellos, un grupo de jóvenes simpatizantes de Milei.
(Era fin
de semana y, ese domingo, se celebraba la primera vuelta de las elecciones
presidenciales. Precisamente,
allí pasó ese día electoral, donde la ingesta de alcohol estaba prohibida. Ni
una cerveza. En esta jornada, de poca actividad, además, visitó la quebrada de
San Lorenzo (muy cerca de la ciudad), un lugar que encontró más bien adaptado
al turismo local de fin de semana. Le decepcionó. Sin embargo, allí estuvo en
el pequeño castillo de San Lorenzo, conocido porque en él Yul Brynner rodó
escenas de la película de Taras Bulba).
Uno de los días que pasó rondando por allí,
cree recordar que fueron tres, subió al cerro San Bernardo en el teleférico que
partía de un jardín cercano, en el centro. Desde el cerro, la ciudad se veía en
toda su extensión a sus pies. Un sitio de sorpresivo relax, donde las pocas
personas que andaban por allí parecía guardaban un cierto silencio sepulcral.
Pero como siempre, las expediciones a los
alrededores de las grandes ciudades suelen ser lo más interesante. Para visitar
aquellas zonas aledañas, pero relativamente lejanas, no le aconsejaron utilizar
el transporte local, pues no era viable por ser, además, poco frecuente. Las
agencias organizaban ‘tours’, y uno
de ellos contrató. Un minibús con unas 12 o 15 personas, todas ellas con la
misma intención: conocer Cachi (una pequeña población a los pies del homónimo
pico andino,
y dentro de los valles Calchaquíes). Esta población no era lo más
importante, más bien lo especial estaba en el itinerario.
Cuesta del Obispo
Hasta llegar allí, se ascendía la famosa
cuesta del Obispo (un tramo de esta ruta —y único no asfaltado— que subía la
montaña por un bonito y zigzagueante camino con vistas espectaculares hasta el
punto panorámico de la piedra del Molino); se admiraba el Valle Encantado;
pudieron ver cantidad de guanacos, y se atravesaba el Parque nacional Los
Cardones, de singular belleza por la cantidad de cardones (el cactus argentino)
que poblaban aquella llanura (los cardones estaban, así, protegidos): altos,
fuertes y gruesos como columnas de monasterios o catedrales.
Guanacos
Parque Nacional Los Cardones
En la zona de Salta había muchos otros sitios
posibles, pero el viajero insatisfecho
debía continuar su viaje argentino por otros lares o lugares.
Había visitado el salar de Uyuni y,
según lo decidido (no siempre el viajero
insatisfecho tiene las cosas previstas de antemano), abandonaría Bolivia
para internarse en Argentina. Fue fácil. Un autobús le llevó hasta Villazón, en
el lado boliviano; en el lado argentino se encontraba La Quiaca. Cruzó la
frontera andando. Del lado argentino no le pusieron ningún tipo de sello de
entrada en el pasaporte, se suponía que todo estaba informatizado. Después de
esperar unas horas (no muchas) en la estación de La Quiaca, tomó un autobús
hacia la ciudad argentina de San Salvador de Jujuy, aunque se bajaría en otra
población anterior, pues le pareció el sitio más cercano a ciertos lugares recomendables
y visitables.
Era noche cerrada en Tilcara, y no
solamente eso, llovía a mares cuando descendió del bus, lo que dificultaba los
movimientos para encontrar algún sitio donde pasar la noche. No llevaba nada
previsto, aunque sabía que en los alrededores de la estación había sitios
baratos y cómodos. Pero llovía, y no se podía mover de la estación hasta que al
menos aflojara el chaparrón. Estuvo un buen rato esperando y cuando la lluvia
no fue escandalosa se lanzó a la calle en busca de ese alojamiento. Encontró
uno.
Pucará de Tilcara
Tilcara era una pequeña población en la
provincia de Jujuy, con cierto aire turístico pues por los alrededores las
montañas contenían escondrijos que eran populares, bonitos y con encanto. Además,
en la misma población había un sitio arqueológico famoso, el pucará
de Tilcara. Ubicado en un morro en la confluencia de dos ríos, fue el
lugar ideal que eligieron los antiguos pueblos tilcaras para defenderse de los ataques, ya que dominaba el cruce
de los dos únicos caminos del lugar. En las faldas más accesibles de este morro
construyeron altas murallas. Los pucarás no solo tenían fines defensivos sino
también sociales y religiosos. Desde esa altura podían controlarse los campos
de cultivo circundantes y las viviendas de los campesinos en los terrenos
bajos. Lo inspeccionó el último día, y observó que estaba reconstruido en
exceso.
Cerro de los catorce colores, Serranía de Hornocal
Antes, aparte de admirar los alrededores, fue a visitar en la serranía
de Hornocal, la montaña de los catorce colores, que según se había
documentado, era un lugar de especial belleza. Todas las montañas erosionadas
circundantes tenían esas capas de diferentes colores en los sedimentos, pero el
Hornocal era algo especial por el número de tonalidades. Y así fue. Tomó un
autobús interurbano que le llevó hacía el norte, a Humahuaca, la población más
cercana. Allí todo estaba ya organizado (numerosas ofertas de muchachos para
contratar trayecto) lo que facilitaba el alquiler de un 4x4 compartido para
hacer los últimos kilómetros hasta el mirador. Lo hizo con tres jóvenes
argentinas, simpáticas y muy agradables, amigas entre ellas y, a partir de
entonces, también las consideraría sus amigas. Una bella cordillera esta de Hornocal.
La variedad de sus catorce colores, o quince, o doce, ¡qué más da!, le daba un
aire de montaña de cuento de hadas, por allí habría pasado Alicia (“en el país
de las maravillas”). Capas y capas de diferentes tonos: amarillos, ocres,
rojizos, e incluso, verdosos o azulados. Una delicia visual.
En Tilcara, también, comió la mejor
milanesa de llama, que probaría en todo Argentina.
Uyuni, el salar de Uyuni sería la
última etapa reseñable del viajero insatisfecho
en Bolivia. Después vendría el paso de frontera con Argentina para internarse
en este país, y conocer, a la vez, Paraguay.
Llegó a este municipio boliviano (Uyuni),
procedente de Potosí, en un autobús que había tomado a primerísima hora de la
mañana. Fueron dos o tres horas de viaje (no recuerda) y, una vez abandonado el
bus, se uniría a una expedición de cuatro personas (todas ellas españolas,
aunque no conocidas hasta entonces) para hacer el recorrido en 4x4 por el salar
y, dos días más, para recorrer Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo
Avaroa. Era una buena manera de hacerlo, y poder disfrutar así de los
atractivos de estos lugares únicos.
Con una superficie aproximada de 10.500
kilómetros cuadrados sobre el altiplano, era el desierto salado más grande del
mundo. Una inmensa llanura blanca, y sin duda una inmensa panorámica, de las
que se podían grabar en la retina para siempre. De hecho, se le grabó. El salar
de Uyuni representa un importantísimo motor económico para Bolivia, no
sólo por ser un reclamo turístico que atrae a miles y miles de personas cada
año, sino porque de él se extraen anualmente unas 25.000 toneladas de sal.
Además, se encuentra la mayor reserva de litio del mundo, y ya se sabe lo
importante que se ha vuelto este mineral para unas amigas del género humano:
las baterías.
Cementerio de trenes
La excursión comenzó con la visita al
cementerio de trenes, un lugar extraño con un montón de vagones oxidados que no
se levantaban de allí por su atractivo fotográfico para turistas y viajeros. O
eso creyó. Posteriormente, la incursión en la extensión blanca, casi infinita —
kilómetros y kilómetros— ocuparía todo el día. A una velocidad constante de unos
40 kilómetros por hora, se hicieron paradas en diferentes sitios para admirar
ciertas peculiaridades. La primera parada, después de recorrer varios
kilómetros fue para pisar el salar (caminar sobre él), sentir y palpar su
atractivo, y hacer las siempre imprescindibles fotografías. La segunda, para también
retratar el “monumento Dakar” y zampar el almuerzo correspondiente en un
restaurante-comedor, allí, al lado del monumento. En el resto de la tarde, el
trayecto se extendería hasta la isla Incahuasi, en medio del salar (en quechua significaba «la casa del Inca»),
una isla repleta de cactus gigantes que podían llegar a los diez metros de
altura. Después de varios kilómetros de recorrido una parada para hacer las originales
fotos con peculiares perspectivas, una actividad muy popular (¿y ridícula?), pero
que dejaba imágenes simpáticas. A última hora de la tarde, visita al lugar que
vulgarmente era conocido como ‘de los reflejos’, para hacer más fotos, usando
el efecto de la luz y la suave capa de agua, y conseguir más originales instantáneas.
Cree, no obstante, este mochilero que lo mejor del salar de Uyuni, sería disfrutarlo,
pues contarlo se hace reiterativo y difícil. De todo ello, se grabaron las
imágenes en la mente, mantenidas para siempre como un poso de vivencias.
Juego de perspectiva
Isla Incahuasi
Después de una noche en un humilde hotel
construido a base de bloques de sal, comenzaría el itinerario por la Reserva
Nacional Eduardo Avaroa, durante dos días. Impresionante y muy bella
excursión. Se recorría toda una altiplanicie rodeada de grandes montes andinos,
algunas lagunas y un territorio semidesértico con espectaculares momentos. El
contrato de esta marcha hablaba de los siguientes lugares y zonas a visitar: laguna
Cañapa, laguna Hedionda (fuerte olor a azufre y sedimentos), desierto de Siloli,
árbol de Piedra, laguna Colorada, géiseres, desierto Salvador Dalí,….. Multitud
de sitios, imágenes y sensaciones que se iban guardando en la retina y en el
interior de la psiquis viajera. Las
lagunas de coloridos espectaculares (blancos, con verdes, morados y rojizos),
los flamencos picoteando y alimentándose de sedimentos y algas, que solamente se
encontraban en ellas. Algunos otros pájaros, o llamas y vicuñas, acompañaron en
el recorrido para convertirlo en original, auténtico y distinto. Parajes
que se extendían en el horizonte, donde crecían plantas como la queñua o la
yareta (arbusto nativo del altiplano, de apariencia similar al musgo).
Árbol de piedra, R.N. Eduardo Avaroa
Terminó todo —después de dos días— y, de
nuevo, en la población de Uyuni. Las dos jóvenes vascas y el murciano que le
acompañaban se despidieron hacía otras y diferentes aventuras.
El conductor del autobús lo dejó a las afueras de la ciudad de Potosí. Final de trayecto. Desde varios
kilómetros antes ya iba observando la ciudad y el Cerro Rico que presidía la
panorámica. Veía así, a lo lejos, lo que venía a buscar. Luego olería la multitud
de olores que partían del mercado, al pasar a su lado, y advertiría, aunque de
manera no intrusiva, la altura a la que se encontraba, a más de 4000 m.s.n.m.
Una vez en el centro, y ubicado
ya en el hotel —una casa con siglos de historia— dedicó la mañana a sus
habituales recorridos exploratorios. La herencia colonial era más que evidente,
tanto en la plaza principal, con su imprescindible catedral metropolitana, como
el resto de las calles aledañas. La historia de Potosí es de sobra conocida, sobre
todo el periodo español de explotación de la plata en el famoso Cerro Rico, lo
que originó, a posteriori ydurante años, un cúmulo de críticas por parte de los locales hacia las
autoridades españolas de entonces.
Una visita obligada —y verdadera
joya de la ciudad— era la Casa Real de la Moneda (entró al día siguiente), la
edificación civil colonial más destacada y protagonista de una intensa historia
a lo largo de los siglos. Nació en 1572 para organizar y trabajar la
sorprendente producción de plata de Cerro Rico por orden del virrey del Perú,
Francisco Álvarez de Toledo. La que se visitaba hoy, era una segunda
construcción barroca de 1759, con sus cinco patios. A la entrada del primero de éstos, una gran
máscara presidía el frontal. Su simbología era desconocida,
aunque se decía que representaba al dios Baco. El guía, que luego explicaría el
recorrido, vería además en el gesto de la máscara —algo mucho más difícil de
apreciar— dos partes diferenciadas: un lado, representaba el gesto triste de
los locales explotados en las minas, y el otro, el gesto sonriente de los
españoles que se llevaban la plata. Otra explicación más era que la máscara
ocupaba el espacio del escudo real español, y habría sido colocada para la mofa
popular tras la guerra de la Independencia. Dentro, se podían ver muchas de las monedas acuñadas y las máquinas de elaboración de las monedas, en particular, el "Real de a 8". ¡Toda una joya histórica!
Más lugares de visita en la
preciosa urbe: la Catedral basílica; la torre de la Compañía (de Jesús); el
convento de Santa Teresa, convertido en Museo sacro y de vida de claustro; el
pasaje subterráneo “callejón de la pulmonía”, o la calle Guijarro y otras de la
zona central con gran cantidad de casas, palacetes coloniales e iglesias.
Restaba otra actividad
estrella: No era fácil tomar la decisión de internarse en una de las minas
horadadas en las laderas de Cerro Rico, aunque había que hacerlo. Su explotación,
desde hacía cinco siglos, estaba causando hundimientos en la cima lo que, a su
vez, amenazaba la vida de miles de mineros bolivianos, pero también de los
turistas que, como un goteo constante, y diario, visitaban las minas/cooperativas
para enterarse de su funcionamiento, gastar adrenalina internándose en ellas, o
conocer al ‘Tío’ —una imagen hecha de barro al que los mineros consideraban
dueño y señor de las vetas de plata y del subsuelo—. Los obreros, entre el
miedo y la resignación, defendían su necesidad de trabajar a sabiendas del
peligro. Parece ser que, al año, al menos dos decenas de mineros morían por
derrumbes e intoxicaciones, pero eso no desanimaba al resto de los obreros.
Allí seguían trabajando (todos los días unos 20.000 mineros, en varios turnos,
aunque la cifra fluctuaba dependiendo de épocas) y abriendo galerías que habían
convertido el cerro en un peligroso queso gruyère.
Una vez dentro, la actividad
era palpable. Las vagonetas entraban (vacías) y salían (cargadas de ese
material que era una mezcla de plata, zinc, plomo y estaño) con rápida frecuencia.
Los curiosos que asistían expectantes a los trabajos tenían que arrimarse cada
poco a los laterales de la galería para dejar pasar estas vagonetas, tanto
cargadas como vacías.
Cuando este grupo (5 personas)
llegaba a cierta profundidad se produjo el encuentro con el ‘Tío’, en un
pequeño túnel lateral que finalizaba con su figura. Llamaba la atención, a
primera vista, el colorido del pequeño dios de las profundidades, pero, sobre
todo, lo que le envolvía y rodeaba: cigarros apagados, hojas de coca, botellas
del alcohol casi puro (ofrendas de los mineros, solicitando su intervención y ayuda),
y tiras de serpentina colgadas de los cuernos y de su falo erecto. Porque
tenía, sí, un gran falo que exhibía con orgullo a trabajadores y huéspedes. El
guía que acompañaba a este grupo de visitantes, hizo su particular ofrenda que
era un poco más de lo mismo que allí ya existía, en cuanto a los artículos ofrecidos.
Le puso en la boca un grueso cigarro encendido, elaborado de manera rústica (en
algunos lugares, llamado mapacho), le
ofrendó las hojas de coca, le roció con unas gotas de alcohol puro —luego dejó
allí la botellita— y recitó en alto unas frases petitorias, solicitando su
ayuda para aquel singular recorrido minero.
Todo un espectáculo, hasta
cierto punto, incomprensible y grotesco.
Por lo demás, el viajero insatisfecho que iba bien
pertrechado de traje y casco con linterna (equipo obligado para su ingreso en
la mina), se olvidó de una mascarilla que hubiera sido muy útil para el aire
que allí se respiraba: denso y con muchas partículas de polvo, que hacía
difícil, en ciertos lugares, respirar. Y olía.
Portón del Centro cultural Santa Pacha, con habitaciones
Sucre,
la capital oficial del país, era una ciudad con muchas y variadas reminiscencias
coloniales. Llegó a ella después de muchos kilómetros en bus; un transporte nocturno
que había tomado en La Paz. Por “booking”
había contratado un hotel (era un centro cultural, con habitaciones) en el
meollo de la urbe y con unas condiciones que consideraba aceptables, pero al
llegar -a primeras horas de la mañana- el bonito portón de acceso al recinto estaba
clausurado. Cerrado. Llamó al timbre varias veces y golpeó con insistencia el artístico
portón, pero nadie daba respuesta a sus desesperadas 'insinuaciones'. Aprovechando la salida de unos clientes —supuso que
lo eran— traspasó el portón y se introdujo en el patio del edificio. Caminó por
un paseo durante unos cuantos metros, sorteando a un perro que dormitaba en ese
mismo camino de acceso, y llegó al edificio principal. Nadie aparecía. Subió
unas escaleras, exteriores por la fachada del edificio, que accedían, según
indicaba un cartel, al lugar donde desayunarían de los huéspedes. Allí se
encontró a una joven que organizaba la estancia, al margen de la puerta de
entrada y ajena a cualquier timbre de llamada. Después de mostrarle su
indignación, la señora le enseñó varias habitaciones disponibles. Eligió una.
Debió
reconocer, al finalizar, que su estancia había sido agradable y tranquila en
aquellos aposentos que —ahora— recomendaría sin duda.
Busto de Simón Bolívar, en la Casa de la Libertad
El
centro de la ciudad era bastante organizado, y urbanizado en cuadrículas, como
tablero de ajedrez. Se respiraba un aire turístico, no exento de aromas
antiguos, de recuerdos y contiendas religiosas. En cuanto se abandonaba el
centro, el tema se complicaba y la ciudad perdía esa organización. En una de
las cuadrículas centrales estaba la Plaza de Armas 25 de mayo y en uno de sus
laterales la Catedral basílica Nuestra Señora de Guadalupe. ¡Vamos!, como en
todas las ciudades coloniales.
Otro
de los laterales estaba ocupado por la Casa de la Libertad, a la que acudió una
de las tardes para hacer la habitual visita: un edificio colonial, tanto en el
interior como por fuera, con varias salas que, según indicaciones, habían sido
testigos de acontecimientos históricos. Entre estos, la firma del Acta de la
independencia del Alto Perú, hoy Bolivia. En otra de sus salas, utilizada para
reuniones varias, había un gigantesco busto en madera de algarrobo de Simón Bolívar.
La joven-guía que explicaba las diferentes dependencias del recinto, se
escuchaba a sí misma, dando unas charlas que más parecían lecciones didácticas para
los alumnos de su colegio particular. Especiales menciones recibió una héroe de
la independencia, Juana Azurduy, nombrada mariscal de ejército. Muy cerca de allí,
el nombre de una calle lo recordaba.
Un
mediodía, subió al mirador de La Recoleta, donde estaba el homónimo
convento-museo, y disfrutó desde allí de unas particulares vistas de la ciudad.
En la plaza frontal al convento, muchos jóvenes adolescentes daban pasos en las
primerizas artes amatorias y mostraban sus dotes de coqueteo. Pura adolescencia
y juventud.
Desde el mirador de La Recoleta
Por
lo demás, Sucre tenía un bonito cementerio (suele acudir a estos lugares en las
diversas visitas de ciudades), muy organizado, con multitud de árboles
centenarios que generaban ambiente y conformaban un agradable paseo, y donde
había una zona de nichos y panteones dedicada a “los héroes del Chaco”; el
Parque Simón Bolívar, repleto a aquella hora de estudiantes que jugaban en los
jardines donde disfrutaban de chuches y helados, y el Palacio de Gobierno,
también en la plaza de Armas.
Cementerio
Una mañana, el viajero insatisfecho tomó un autobús y
se fue a la población de Yotala, promocionada en los blogs de viajes por internet, pero no le gustó en exceso. Un pueblo
con ese aire local y pretendido ambiente turístico de fin de semana. Nada
especial.