La carretera finalizaba allí. Más allá: desierto, y ruta de camellos y caravanas.
El todoterreno que los había traído desde Atar se detuvo frente al Auberge
Vasque, chez Zaida, a la entrada de la población. Alguno de los
mochileros —ya no recuerda cuál— había recomendado el alojamiento con la
convicción de quien entrega un secreto valioso a otros viajeros.
Zaida, la propietaria, era una figura inesperada en aquel rincón remoto
de Mauritania. Una mujer de presencia singular, tan poco convencional que
parecía desafiar silenciosamente cuanto el viajero había aprendido a asociar con
las costumbres del país. Fumaba sin reparos, hablaba con soltura, se movía
entre los huéspedes con una mezcla de independencia y hospitalidad franca.
Tenía algo magnético: resolvía problemas con diligencia, organizaba trayectos
imposibles y, de pronto, podía sentarse junto a un grupo de extranjeros para
entregarse a largas conversaciones, intensas y encendidas, como si el tiempo no
tuviera demasiada importancia en mitad del Sáhara.
Sería ella quien conduciría a los cuatro recién llegados —el polaco, la pareja de franceses y el viajero insatisfecho— hacia el célebre “ojo del Sáhara”, a varias decenas de kilómetros de Ouadane. La pareja de galos, especialmente, ansiaban contemplarlo. Habían leído cuanto pudieron antes del viaje y sabían ya una verdad decepcionante: sobre el terreno apenas sería posible comprender aquello que, visto desde el espacio, alcanzaba la categoría de prodigio geológico.
La llamada Structure de Richat, conocida popularmente como el “ojo del Sáhara”, se extendía a lo largo de unos cincuenta kilómetros de diámetro y dibujaba una inmensa figura circular formada por anillos concéntricos. Durante décadas se creyó que podía tratarse de la cicatriz dejada por el impacto de un meteorito, una hipótesis alimentada por la perfección casi imposible de sus formas. Sin embargo, investigaciones posteriores descartaron esa posibilidad. Los estudios geológicos describían un entramado de crestas de cuarcita y rocas sedimentarias que emergían hasta doscientos metros sobre el suelo abrasado del desierto, como si la tierra hubiese decidido plegarse sobre sí misma para dejar expuesta una arquitectura secreta.
El trayecto hacia aquel fenómeno geológico parecía una expedición menor
dentro de otra más vasta. A medida que avanzaban, el paisaje se desnudaba de cualquier
ambigüedad y el desierto se imponía con una autoridad absoluta: dunas inmensas,
ondulaciones interminables, horizontes sin medida. Zaida conducía el
todoterreno con una seguridad casi temeraria, atacando las pendientes de arena
con decisión, abriendo huellas efímeras allí donde no existían caminos. El
vehículo se inclinaba, rugía y descendía entre desniveles invisibles, pero en
ella no había rastro de duda. Parecía leer el relieve con una intuición
adquirida tras años de convivencia con aquel territorio.
Dentro del coche, el grupo experimentaba una sensación extraña y
luminosa: una libertad elemental. No había semáforos, ni señales, ni cruces
peligrosos, ni siquiera carreteras. Solo una dirección aproximada y el vasto
acuerdo entre el cielo y la arena.
Por el camino se cruzaron con una figura que parecía escapada de otro tiempo: un hombre de aspecto beduino guiaba un par de camellos, acompañado por un joven ayudante. La escena tenía algo irreal, casi teatral, en medio de aquella inmensidad mineral. Zaida, conocedora de todos los movimientos de la región, sonrió con familiaridad antes de explicar que no se trataba de un nómada local, sino de un español empeñado en atravesar el desierto como un beduino más, abrazando quizá una forma de aventura demasiado antigua para el mundo contemporáneo.
Ya en la Structure de Richat,
los visitantes caminaron sobre algunas de sus crestas, intentando descifrar
desde dentro aquello que solo desde el cielo parecía revelarse plenamente.
Fotografiaron líneas del horizonte, buscaron ángulos improbables y observaron
elevaciones lejanas intentando reconstruir mentalmente los círculos invisibles.
Era una experiencia paradójica: estar dentro de algo monumental sin lograr
abarcarlo del todo, como si el paisaje les negara deliberadamente una
comprensión completa.
Pero si algo despertaba verdadera admiración en Ouadane era su antigua fortaleza y la ciudad histórica, suspendida entre la ruina y la memoria. Fundada en 1142 por tres ulemas procedentes de Aghmat, en Marruecos, que emigraron tras los enfrentamientos entre almohades y almorávides, Ouadane prosperó durante siglos como enclave de comercio y conocimiento. Las caravanas del desierto encontraban allí un punto de descanso, intercambio y tránsito. A finales del siglo XV llegaron los portugueses y establecieron un núcleo comercial que reforzó temporalmente la importancia del enclave. Sin embargo, el declive comenzó a mediados del XVI, lento e irreversible, hasta convertir la ciudad en una silueta erosionada por el tiempo.
Hoy sobrevivían edificios de piedra parcialmente derruidos, murallas
antiguas y restos arqueológicos entre los que destacaba una mezquita del siglo
XV. Caminar por la vieja Ouadane producía la sensación de
recorrer un lugar abandonado por la historia, pero no por la memoria: el
silencio parecía adherido a las paredes y el viento atravesaba las callejuelas
como un visitante más. No resultaba difícil imaginar las caravanas llegando al
atardecer a una irregular y céntrica plaza; el sonido de los animales; las voces
de comerciantes y viajeros; el rumor de un mundo que un día fue intenso y
próspero.
La antigua ciudad de Ouadane formaba parte, junto con
otros asentamientos históricos mauritanos, del patrimonio protegido por la
UNESCO, una distinción que no evitaba la fragilidad del lugar, pero sí
recordaba la magnitud de lo que allí existió.
En uno de sus recorridos entraron también en la Biblioteca Mohamed Salek Limam Dahi. El espacio era humilde, casi precario: una estancia pequeña, abarrotada de cajas, legajos y manuscritos acumulados en un desorden desconcertante. Sin embargo, bajo aquella apariencia improvisada se escondían documentos de enorme antigüedad, algunos centenarios, quizá únicos.
Un hombre mauritano los mostraba a cambio de unas pocas uguiyas (moneda del país). Abría cajas
con naturalidad, desplegaba manuscritos amarillentos y tocaba las páginas con
una despreocupación que desconcertaba al visitante occidental, habituado a
vitrinas, guantes y protocolos de conservación. Pero había también algo
profundamente humano en aquella forma de exhibir el conocimiento: no era un
custodio distante de reliquias, sino alguien deseoso de compartir, de mostrar
con orgullo unas piezas cuya fragilidad parecía convivir, sin contradicción,
con el polvo y el paso del tiempo.





