24 de septiembre de 2026

Libro, Desde el Lago del cielo


Desde el lago del cielo

Lo que cuenta Vikram Seth, en su libro Desde el lago del cielo, le deja al viajero insatisfecho un tanto asombrado, patidifuso,… Es un libro —acaba de leerlo, y es apasionante— que cuenta el trayecto del autor [en los años 80 del siglo pasado] desde el centro de China hasta el Tíbet y, luego, hasta Nepal. Todo ello en autostop. En las cercanías de Lhasa, se encuentra el monasterio de Sera, que visita.

Este mochilero transcribirá, en estas líneas, fragmentos de lo que este estudiante indio presencia en el monasterio, y relata:

«Veo hogueras encendidas y en el suelo, junto a los camiones, una estructura que parece una tienda bajo la que están acuclilladas algunas personas. He llegado durante una pausa en el trabajo que ya ha empezado. Cuando clarea veo que en una roca yacen unos cadáveres; están desnudos y sujetos por la cabeza, les han cortado o despedazado la parte inferior del cuerpo empezando por las piernas.
»Ocho y diez. Los hombres reanudan su tarea. Trabajan a un ritmo impresionante, cortando, troceando y picando la carne. Un hombre joven, en particular, corta la carne, los músculos y los huesos con notable energía y rapidez. Su habilidad casi permite olvidar qué está cortando. Arriba, contra la línea del cielo, las águilas se han reunido. A veces los familiares y los amigos de los muertos acuden a presenciar los ritos, pero hoy soy el único presente.
»Ocho y veinte. Los hombres la han emprendido con la parte superior del cuerpo y trabajan con empeño […]
»Nueve menos diez. Prosigue el trabajo. El hombre de blanco extiende los brazos en dirección al cielo y lanza un prolongado grito. Las águilas se lanzan en picado desde el risco y dan vueltas en grandes círculos negros cada vez más bajos hasta acabar posándose en una loma cercana a la roca. Los enormes pájaros se posan, disciplinados, en la loma, y el hombre de blanco los alimenta con unos pedazos preliminares de carne.
»Nueve menos cinco. […] La carne se muele y mezcla con cebada antes de darla a las águilas. Hay algunas que parecen ser favoritas.
»Nueve. […] El hombre que está sobre la roca sostiene con las dos manos una piedra sobre su cabeza. La deja caer una y otra vez para machacar los cráneos envueltos en tela. Las águilas observan […] con impaciencia. Una o dos rompen la formación, pero las espantan. Las aves avanzan sus curvos picos. Algunas despliegan las alas, son tan altas como un hombre acuclillado.
»Nueve y veinte […] El hombre del turbante blanco llama a las águilas posadas en la loma para que se acerquen a la roca, cosa que empiezan a hacer. Uno de los hombres también les da de comer de una bolsa que contiene picadillo humano mezclado con sampa. En ese momento la roca está cubierta de voraces pájaros.
[…]
»Los cristianos y los musulmanes entierran a sus muertos; en realidad, los dan de comer a los gusanos. Los parsis dan de comer sus muertos a los buitres en las Torres del Silencio. Aquí, en el Tíbet, donde la madera es escasa y el suelo está duro la mayor parte del año, los cuerpos son troceados, mezclados con comida y dados a las águilas».

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Nota.- Aunque la descripción del proceso puede sonar impactante para otras culturas (como la nuestra), tiene un significado espiritual profundo y razones muy prácticas.

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13 de septiembre de 2026

El Aaiún, Sahara Occidental. Marruecos


Plaza El Mechouar, El Aaiún

El siguiente destino sería El Aaiún. Decía (y dice) Wikipedia que «es la ciudad más grande del territorio no autónomo del Sáhara Occidental. Es la capital de iure de la República Árabe Saharaui Democrática, Estado con reconocimiento limitado, pero se encuentra ocupada por Marruecos, que la considera la capital de la región de El Aaiún-Saguía el-Hamra».

El viajero insatisfecho llegó hasta allí movido por la curiosidad. Desde hacía años aquel nombre evocaba recuerdos de su etapa escolar, cuando El Aaiún aparecía en los mapas como la capital del entonces Sáhara Español, una de las últimas colonias africanas administradas por España. Aquellas lecciones de geografía e historia parecían muy lejanas, pero despertaban ahora el deseo de comprobar qué quedaba de aquel pasado y cómo convivía con la realidad actual.

Comenzó a recorrer la ciudad sin un rumbo fijo, dejándose llevar por sus amplias avenidas y sus calles sorprendentemente ordenadas. La imagen que encontró difería bastante de la que había imaginado para una ciudad levantada en pleno desierto. Modernos edificios administrativos, amplias rotondas, jardines cuidadosamente mantenidos y numerosas palmeras componían un paisaje urbano que transmitía una sensación de prosperidad y de planificación reciente.

Llegó hasta la plaza El Mechouar —cree recordar que así se llamaba— donde suponía que latiría la vida cotidiana de la ciudad. Sin embargo, la encontró casi vacía. Reinaba un silencio inesperado, apenas roto por el paso esporádico de algún automóvil o de unos pocos transeúntes que cruzaban la explanada sin detenerse. Rodeada de palmeras y edificios contemporáneos, la plaza ofrecía un espacio agradable para pasear, sentarse en un banco bajo la escasa sombra o simplemente observar el lento transcurrir de la jornada.

Muy cerca se encontraba el llamado barrio español, donde el paso del tiempo parecía haberse ralentizado. Sus viviendas bajas, de tonos ocres y líneas sencillas, conservaban la arquitectura funcional de la época colonial. Caminando por aquellas calles era fácil imaginar cómo habría sido la vida durante las décadas de administración española. La catedral de San Francisco de Asís, discreta pero bien conservada, seguía siendo uno de los testimonios más visibles de aquel periodo. También aparecían aquí y allá antiguos edificios militares, como algún viejo polvorín transformado con el tiempo en almacén o vivienda, vestigios de una presencia que desapareció hace medio siglo pero que había dejado huellas en el paisaje urbano.

Catedral de San Francisco de Asís, barrio español, El Aaiún

Aun así, el mochilero no consiguió establecer una conexión especial con la ciudad. Quizá pesaba demasiado la compleja realidad política que envuelve al territorio; quizá era la falta de animación en sus calles o la sensación de que gran parte de su historia permanecía oculta tras una aparente normalidad. El Aaiún le resultó limpia, amplia y ordenada, pero también impersonal, como si le faltara ese carácter difícil de definir que convierte un lugar en inolvidable.

Al día siguiente emprendió de nuevo el camino. Dejaba atrás la ciudad y las contradicciones del Sáhara Occidental para dirigirse hacia el norte, en busca del océano y de la animada atmósfera de Agadir, siguiente etapa de su recorrido por Marruecos.

Calles y casas ocres, barrio español, El Aaiún

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2 de septiembre de 2026

Dakhla. Regreso a Marruecos


En bajamar, al fondo la isla del Dragón

Aquel día, en Nuadibú, todos se levantaron temprano. Les esperaba de nuevo el cruce de la frontera mauritana, un trámite siempre complicado por el papeleo y la excesiva burocracia. El improvisado grupo de viajeros afrontó la tarea unido, después de haber compartido ya grandes experiencias durante el viaje por territorio mauritano.

Les esperaba el recorrido inverso al que este mochilero había realizado dos semanas antes: salir de Mauritania, atravesar los escasos kilómetros que separan ambas fronteras y entrar de nuevo en Marruecos, donde los trámites resultaban mucho más ágiles y organizados. Una vez completadas las gestiones, un autobús de Supratours los condujo hasta la ciudad de Dakhla, la antigua Villa Cisneros.

Cuando descendieron del autobús, la noche llevaba ya varias horas instalada sobre la ciudad. Aunque el grupo se repartió entre distintos alojamientos —el italiano y el viajero insatisfecho, en uno; los dos malteses, en otro—, acordaron pasar juntos el día siguiente. Compartir un taxi hasta la bahía de Dakhla, donde se encontraba la isla del Dragón, resultaría mucho más económico, ya que el coste se repartiría entre los cuatro.

Este pequeño islote, situado en el centro de la bahía, recibía su nombre por la silueta que dibujaba vista desde el aire, semejante a la de un dragón. Rodeado por las aguas del océano Atlántico, se encontraba a unos tres kilómetros de las playas de Dakhla. Durante la bajamar, sin embargo, era posible llegar caminando hasta él, disfrutando de un agradable paseo entre el mar y la arena.

Ese era precisamente el plan del grupo de mochileros.


Moluscos, camino hacia la isla del Dragón

El acceso a esta formación rocosa, donde la naturaleza reinaba sin apenas intervención humana, discurre por un amplio arenal salpicado de conchas y pequeños moluscos marinos. Una vez en la isla, el instinto explorador invitaba a ascender por sus escarpadas rocas hasta alcanzar el punto más elevado. Desde allí, la panorámica de la bahía ofrecía una imagen difícil de olvidar.

En aquella zona también comprobaron por qué Dakhla gozaba de tanta fama entre los aficionados a los deportes acuáticos impulsados por el viento, como el kitesurf y el windsurf. Las condiciones naturales de la bahía también permitían practicar otras actividades, como el kayak, durante prácticamente todo el año.


En lo alto de la isla del Dragón

La excursión ocupó toda la mañana. La tarde transcurrió con un ritmo mucho más tranquilo: un paseo por las calles de la ciudad, un almuerzo tardío en un pequeño restaurante local y, finalmente, una despedida cargada de abrazos. Allí se disolvía aquel grupo cambiante que había ido formándose y transformándose a lo largo del viaje, mientras cada uno emprendía un rumbo diferente.

Los dos viajeros malteses, en concreto, ponían fin a su aventura africana. Al día siguiente volarían hasta Madrid y, un día más tarde, continuarían su viaje hacia el Aeropuerto Internacional de Malta.

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