Les esperaba
el recorrido inverso al que este mochilero había realizado dos semanas antes:
salir de Mauritania, atravesar los escasos kilómetros que separan ambas
fronteras y entrar de nuevo en Marruecos, donde los trámites resultaban mucho
más ágiles y organizados. Una vez completadas las gestiones, un autobús de Supratours los condujo hasta la ciudad
de Dakhla,
la antigua Villa Cisneros.
Cuando descendieron
del autobús, la noche llevaba ya varias horas instalada sobre la ciudad. Aunque
el grupo se repartió entre distintos alojamientos —el italiano y el viajero insatisfecho, en uno; los dos
malteses, en otro—, acordaron pasar juntos el día siguiente. Compartir un taxi
hasta la bahía de Dakhla, donde se encontraba la isla del Dragón,
resultaría mucho más económico, ya que el coste se repartiría entre los cuatro.
Este pequeño
islote, situado en el centro de la bahía, recibía su nombre por la silueta que dibujaba
vista desde el aire, semejante a la de un dragón. Rodeado por las aguas del
océano Atlántico, se encontraba a unos tres kilómetros de las playas de Dakhla.
Durante la bajamar, sin embargo, era posible llegar caminando hasta él,
disfrutando de un agradable paseo entre el mar y la arena.
Ese era precisamente el plan del grupo de mochileros.
El acceso a
esta formación rocosa, donde la naturaleza reinaba sin apenas intervención
humana, discurre por un amplio arenal salpicado de conchas y pequeños moluscos
marinos. Una vez en la isla, el instinto explorador invitaba a ascender por sus
escarpadas rocas hasta alcanzar el punto más elevado. Desde allí, la panorámica
de la bahía ofrecía una imagen difícil de olvidar.
En aquella zona también comprobaron por qué Dakhla gozaba de tanta fama entre los aficionados a los deportes acuáticos impulsados por el viento, como el kitesurf y el windsurf. Las condiciones naturales de la bahía también permitían practicar otras actividades, como el kayak, durante prácticamente todo el año.
La excursión
ocupó toda la mañana. La tarde transcurrió con un ritmo mucho más tranquilo: un
paseo por las calles de la ciudad, un almuerzo tardío en un pequeño restaurante
local y, finalmente, una despedida cargada de abrazos. Allí se disolvía aquel
grupo cambiante que había ido formándose y transformándose a lo largo del
viaje, mientras cada uno emprendía un rumbo diferente.


