2 de septiembre de 2026

Dakhla. Regreso a Marruecos


En bajamar, al fondo la isla del Dragón

Aquel día, en Nuadibú, todos se levantaron temprano. Les esperaba de nuevo el cruce de la frontera mauritana, un trámite siempre complicado por el papeleo y la excesiva burocracia. El improvisado grupo de viajeros afrontó la tarea unido, después de haber compartido ya grandes experiencias durante el viaje por territorio mauritano.

Les esperaba el recorrido inverso al que este mochilero había realizado dos semanas antes: salir de Mauritania, atravesar los escasos kilómetros que separan ambas fronteras y entrar de nuevo en Marruecos, donde los trámites resultaban mucho más ágiles y organizados. Una vez completadas las gestiones, un autobús de Supratours los condujo hasta la ciudad de Dakhla, la antigua Villa Cisneros.

Cuando descendieron del autobús, la noche llevaba ya varias horas instalada sobre la ciudad. Aunque el grupo se repartió entre distintos alojamientos —el italiano y el viajero insatisfecho, en uno; los dos malteses, en otro—, acordaron pasar juntos el día siguiente. Compartir un taxi hasta la bahía de Dakhla, donde se encontraba la isla del Dragón, resultaría mucho más económico, ya que el coste se repartiría entre los cuatro.

Este pequeño islote, situado en el centro de la bahía, recibía su nombre por la silueta que dibujaba vista desde el aire, semejante a la de un dragón. Rodeado por las aguas del océano Atlántico, se encontraba a unos tres kilómetros de las playas de Dakhla. Durante la bajamar, sin embargo, era posible llegar caminando hasta él, disfrutando de un agradable paseo entre el mar y la arena.

Ese era precisamente el plan del grupo de mochileros.


Moluscos, camino hacia la isla del Dragón

El acceso a esta formación rocosa, donde la naturaleza reinaba sin apenas intervención humana, discurre por un amplio arenal salpicado de conchas y pequeños moluscos marinos. Una vez en la isla, el instinto explorador invitaba a ascender por sus escarpadas rocas hasta alcanzar el punto más elevado. Desde allí, la panorámica de la bahía ofrecía una imagen difícil de olvidar.

En aquella zona también comprobaron por qué Dakhla gozaba de tanta fama entre los aficionados a los deportes acuáticos impulsados por el viento, como el kitesurf y el windsurf. Las condiciones naturales de la bahía también permitían practicar otras actividades, como el kayak, durante prácticamente todo el año.


En lo alto de la isla del Dragón

La excursión ocupó toda la mañana. La tarde transcurrió con un ritmo mucho más tranquilo: un paseo por las calles de la ciudad, un almuerzo tardío en un pequeño restaurante local y, finalmente, una despedida cargada de abrazos. Allí se disolvía aquel grupo cambiante que había ido formándose y transformándose a lo largo del viaje, mientras cada uno emprendía un rumbo diferente.

Los dos viajeros malteses, en concreto, ponían fin a su aventura africana. Al día siguiente volarían hasta Madrid y, un día más tarde, continuarían su viaje hacia el Aeropuerto Internacional de Malta.

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