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7 de agosto de 2026

Tren del hierro, Mauritania


El V(B)iajero Insatisfecho, en el tren del hierro

El tren del hierro es, sin duda, una experiencia viajera en sí misma, tanto por el propio tren como por la forma de afrontar el trayecto. Cargado de mineral de hierro, está concebido para el transporte de mercancías, pero tanto lugareños como viajeros lo utilizan para desplazarse gratuitamente o para vivir una aventura singular. Es el segundo tren más largo del mundo: entre dos y tres kilómetros de vagones de carga y, según las referencias, un único vagón de pasajeros con unas condiciones muy básicas.
Antes de decidirse a vivir esta experiencia, el viajero debe tener en cuenta que las autoridades han endurecido las restricciones en los últimos años. Aunque históricamente es posible viajar de manera informal sobre los propios montones de mineral, esta práctica se ha vuelto mucho más difícil y, en algunos casos, está estrictamente regulada o prohibida para los turistas.
Su recorrido es sencillo: parte de las inmediaciones de las minas de Zuérate, atraviesa el desierto mauritano durante unas veinte horas —a veces con una parada intermedia en Choum— y llega a la zona comercial de Nuadibú, a orillas del océano Atlántico. Desde su puerto, el mineral, una vez procesado, emprende viaje hacia destinos repartidos por todo el mundo.

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El grupo de viajeros, en tierra de nadie (entre Zuérate y F’dérik) y a unos metros de los vagones, permanecía atento por si aparecía algún vehículo de seguridad. También especulaba sobre la hora de salida. De pronto, un leve ruido acompañado de un pequeño movimiento en los vagones puso a todos en alerta. Dudaron: aún parecía demasiado temprano. Sin embargo, un segundo tirón, apenas perceptible pero constante, les impulsó a actuar. Subieron precipitadamente mientras el tren, lento pero implacable, comenzaba a ganar velocidad.

Paisaje desde el tren del hierro

Las prisas se acumularon. Mochilas, mantas y bolsas volaban hacia lo alto de los vagones mientras sus dueños trepaban por unas escaleras incómodas y traicioneras. Quien ya estaba arriba ayudaba a los demás a ascender por la estructura metálica; quien permanecía abajo lanzaba el equipaje. Movimientos rápidos, coordinados y urgentes. Finalmente, los cinco viajeros y todos sus bártulos quedaron acomodados sobre el polvo de hierro. El tren había alcanzado una velocidad constante y el grupo celebró con euforia el éxito del embarque.

Llegó entonces un mínimo de organización. Había que distribuir el equipaje y preparar el campamento improvisado. Cada uno llevaba su mochila, un fardo con mantas y otros enseres para combatir el previsible frío nocturno, además de una bolsa con agua y algo de comida.

A partir de ahí, todo fue aventura.

Cada vez que divisaban una persona o un vehículo junto a la vía, se agachaban o se tumbaban sobre la carga para evitar ser vistos. Persistía una cierta inquietud. La tranquilidad absoluta no llegó hasta que el desierto, con sus armas silenciosas —el silencio, la bruma amarillenta y la inmensidad—, terminó por envolverlos.


En una de las paradas, en pleno desierto

Como las vías avanzaban en línea recta, resultaba imposible apreciar dónde comenzaba y dónde terminaba aquel inhóspito convoy. Más tarde, una suave curva reveló su verdadera dimensión. Viajaban a lomos de una gigantesca serpiente de hierro oscuro y fragmentado.

Los kilómetros transcurrían lentamente —el tren nunca alcanzó una gran velocidad—. La arena y el horizonte plano rodeaban el convoy, y el tiempo parecía diluirse. Todo se volvía monótono y relajante, pero también fascinante.

Eran cinco aventureros que, con el paso de las horas, cambiaban constantemente de posición: caminaban, hacían fotografías, inmortalizaban su experiencia —cada uno a su manera— o permanecían inmóviles, absortos ante el paisaje. El italiano, cámara en mano, corría sobre las montañas de mineral y saltaba de un vagón a otro. El polaco se ajustaba una y otra vez su turbante mauritano. Los dos amigos malteses conversaban y reían con sus propias bromas. El viajero insatisfecho, sentado en silencio, observaba el horizonte.

A veces aparecía una pequeña tienda junto a la vía. Otras, un arbusto solitario resistía obstinadamente al desierto. Viejos raíles retorcidos formaban pequeñas dunas metálicas y alguna modesta elevación rompía la uniformidad de aquel océano de arena.

El tren se detenía sin previo aviso en mitad de aquel paisaje silencioso. Permanecía inmóvil unos minutos y reanudaba la marcha. Más tarde se detenía en una zona de doble vía y, tras una breve espera, otro tren vacío pasaba en dirección contraria.

A última hora de la tarde, con muchos kilómetros ya a las espaldas y sin haber parado en Choum, como parecía previsto, apareció en la distancia, envuelto en una bruma ocre, el Ben Amera.

El Ben Amera es considerado el tercer monolito más grande del mundo, después de Uluru, en Australia, y las Torres del Paine, en Chile. Formado por granito, ofrece más de seiscientos metros de desnivel para la escalada y atrae a numerosos amantes de las emociones fuertes. Muy cerca se encuentra el monolito de Ben Aicha, que también cuenta con diversas vías de ascensión.

El lugar está rodeado de leyendas. Una de ellas cuenta que Ben Amera representa a una mujer, mientras que Ben Aicha simboliza a su esposo. Ambos vivían en armonía hasta que una disputa, cuyo origen nadie recuerda, provocó su separación definitiva. Otra tradición popular atribuye a Ben Amera un simbolismo relacionado con la fertilidad, debido a una hendidura visible en una de sus laderas que recuerda a la anatomía femenina.


El Ben Amera, a lo lejos

La noche llegó lentamente, pero con dureza. El frío, las estrellas y el paso de las horas asumieron el protagonismo. El tiempo parecía estirarse hasta el infinito. Con un gordo chaquetón y dos mantas encima, la noche fue larguísima.

El amanecer trajo consigo la aparición del sol sobre el horizonte y los primeros arrabales de Nuadibú.

Habían sido veintidos horas de trayecto.


Grupo, al amanecer y cerca de Nuadibú

-VÍDEO-


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29 de julio de 2026

Zuérate, Mauritania


Tren del hierro mauritano
(No hay fotos de la espera a su partida, ni de Zuérate)

En la noche, Zuérate daba la impresión de ser una ciudad de tamaño considerable, más grande y populosa de lo que habían imaginado. Sin embargo, nada más descender del autobús, el polaco y este mochilero, todavía algo aturdidos por el viaje, comprobaron que el hotel donde pensaban pasar la noche estaba cerrado a cal y canto. En la oscuridad parecía incluso abandonado desde hacía años.

Siguiendo las indicaciones de un mauritano que se acercó con curiosidad y buena disposición, caminaron hacia otro hotel cercano. La incertidumbre, lejos de disiparse, aumentó cuando descubrieron que estaba completo. Bueno, en realidad quedaba una única habitación: diminuta, con una cama tan estrecha que resultaba imposible para dos personas.

Los demás hoteles de la ciudad escapaban ampliamente del presupuesto que ambos consideraban razonable. Mientras valoraban qué hacer, otro amable vecino les sugirió una alternativa distinta: un edificio donde se alquilaban pequeños apartamentos, más modestos que un hotel, pero mucho más asequibles.

La sorpresa que les aguardaba allí fue mayúscula. Nada más entrar en la planta baja aparecieron los amigos malteses acompañados de otro mochilero. Apenas unas horas antes habían alquilado un apartamento en aquel mismo edificio. Los abrazos, las carcajadas y la incredulidad fueron instantáneos. Una vez más, las casualidades del viaje habían reunido al grupo que se había dispersado días atrás en Atar.

Había además una nueva incorporación: un italiano solitario, tímido y algo excéntrico, a quien los malteses habían conocido en Chingueti. Aquella noche compartirían, todos, el mismo alojamiento. El apartamento constaba de una habitación, una cocina, un baño y un amplio salón dispuesto al más puro estilo mauritano: un largo asiento de obra recorría todas las paredes de la estancia, formando una especie de sofá continuo que serviría de cama improvisada para cuatro de los mochileros. El viajero insatisfecho se apropió de la única cama de la habitación principal. Bueno, le fue cedida por el grupo al ser el más veterano.

Entre anécdotas, risas e historias acumuladas durante los últimos días, las horas transcurrieron sin apenas darse cuenta. Cuando miraron el reloj ya era medianoche. Era momento de descansar.

A la mañana siguiente, aún de madrugada y sin tiempo para visitar la población, tomaron un taxi hacia el verdadero motivo por el que todos se encontraban allí: el legendario tren del hierro mauritano.

Según la información que habían conseguido, el convoy permanecía detenido entre Zuérate y F’dérik, una pequeña población situada varias decenas de kilómetros más al norte. Durante el trayecto lo pudieron divisar a lo lejos: una interminable serpiente de vagones oscuros recortándose sobre el paisaje desértico. El taxi los dejó aproximadamente a la altura de la mitad del tren.

Eran alrededor de las ocho y media de la mañana. Nadie sabía con certeza cuándo partiría, hacía Nuadibú. Con la mezcla habitual de emoción e incertidumbre que acompaña a los viajes por Mauritania, se acercaron a los vagones para descubrir qué les esperaba a continuación.

Copyright © By Blas F.Tomé 2026

18 de julio de 2026

Regreso a Atar, y otros preparativos. Mauritania


Mapa de Mauritania, ciudades en el recorrido

Dos personajes del grupeto que se había formado, casi involuntariamente, durante los últimos días compartidos en Mauritania abandonaron Ouadane a la mañana siguiente. El polaco, siempre reservado y metódico, había decidido continuar su ruta sin demora. El otro era el viajero insatisfecho, que consideraba que las emociones vividas en la zona eran ya suficientes. Otros dos integrantes, sin embargo, permanecerían una jornada más en este asentamiento: la pareja de franceses, fascinada por la inmensidad del Sáhara, deseaba pasar una noche completa en el desierto, lejos de cualquier luz artificial, contemplando el cielo estrellado que tantas veces habían imaginado antes de llegar a Mauritania.

Los dos mochileros emprendieron el regreso a Atar a primera hora de la mañana. Cuando abandonaron Ouadane, el sol apenas comenzaba a asomarse por el horizonte, proyectando una luz tenue sobre las arenas y las formaciones rocosas que rodeaban la ciudad. El aire todavía conservaba el frescor de la noche, aunque todos sabían que en pocas horas el calor volvería a imponerse con la autoridad habitual del desierto.

El trayecto fue largo y monótono, idéntico al recorrido de la ida. Kilómetro tras kilómetro, el paisaje parecía repetirse sin fin: extensiones de arena, afloramientos de roca oscura y una sensación constante de inmensidad que empequeñecía a cualquier viajero. De vez en cuando aparecía alguna acacia solitaria o el rastro lejano de un campamento nómada, pequeños recordatorios de que aquella región, pese a su apariencia inhóspita, seguía estando habitada.

La decisión había sido dejar Chingueti para una futura ocasión. La legendaria ciudad, una de las más conocidas del país y considerada durante siglos un importante centro religioso y cultural del mundo islámico, se encontraba a medio camino en un desvío de la ruta principal. Inicialmente había formado parte de sus planes, pero las limitaciones de tiempo les habían obligado a posponer la visita. Ambos coincidían en que merecía ser recorrida con calma y no como una simple parada apresurada entre destinos.

El objetivo inmediato era mucho más práctico: llegar a Atar y enlazar ese mismo día con el transporte que los llevaría hasta Zuérate. Si todo salía según lo previsto, evitarían perder una jornada entera de viaje. La fortuna estuvo de su lado. Tras alcanzar Atar, comprobaron que disponían de unas tres horas antes de la salida del minibús hacia el norte.

Aquellas horas resultaron especialmente útiles. La experiencia les había enseñado que improvisar en el desierto tenía límites, y el siguiente desafío exigía cierta preparación. Desde Zuérate tenían intención de abordar el célebre tren de hierro mauritano rumbo a Nuadibú, una de las experiencias más conocidas —y también más duras— para los viajeros que recorren el país.


Cargando de enseres el mini bus (incluido, una cabra)

Con ese propósito se dirigieron al mercado de Atar. El bullicio contrastaba con la quietud de las regiones desérticas que acababan de atravesar. Entre puestos improvisados y pequeños comercios se mezclaban vendedores, compradores y curiosos. Allí buscaron todo aquello que pudiera hacer más llevadera una noche sobre los vagones del tren. Compraron dos mantas gruesas, un pantalón adicional, un chaquetón y un turbante mauritano para cada uno. Ninguna de aquellas prendas destacaba por su calidad o su aspecto; muchas habían pasado por varias manos antes de llegar a los expositores polvorientos del mercado. Sin embargo, en aquel contexto, la funcionalidad importaba mucho más que la estética.

Los vendedores, acostumbrados a negociar cada transacción, comenzaron pidiendo precios desorbitados. Como era habitual, siguió un largo intercambio de cifras, sonrisas y gestos teatrales. Después de varios regateos lograron reducir considerablemente las cantidades iniciales y se marcharon razonablemente satisfechos con las compras.

Mientras recorrían los puestos, también mantuvieron conversaciones con algunos habitantes de la ciudad. Varios se interesaron por los planes de los extranjeros y sonrieron al escuchar que pretendían viajar sobre el tren minero. Algunos les ofrecieron consejos; otros se limitaron a describir el frío intenso de la noche, el polvo de mineral de hierro que se adhiere a la ropa y la piel, y la interminable duración del trayecto.

Las advertencias no hicieron más que aumentar la expectación. Las noches del desierto, según era de todos conocido, eran frías. Largas. Solitarias y polvorientas. El calor sofocante del día desaparecía con rapidez una vez oculto el sol, dejando paso a temperaturas sorprendentemente bajas. No había más remedio que ir preparados.

Cuando llegó la hora indicada, regresaron a la estación de salida y ocuparon sus asientos en el minibús. Poco después, el vehículo abandonó Atar y tomó la carretera que conducía hacia el norte.

El siguiente destino era Zuérate. Allí les aguardaba una de las etapas más esperadas del viaje, y alguna que otra sorpresa. El trayecto por carretera se prolongó durante horas y la oscuridad terminó envolviendo completamente el entorno. Cuando finalmente llegaron, ya muy entrada la noche, el cansancio acumulado era evidente. Sin embargo, la sensación predominante no era el agotamiento, sino la expectativa. La aventura del tren de hierro estaba a punto de comenzar.

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