29 de mayo de 2026

Nuakchot, capital de Mauritania


Fila de botes en la playa de Nuakchot

Llegó a Nuakchot a buena hora, sin tarjeta SIM en el teléfono (en Nuadibú no le dio tiempo a conseguir una) y con la reseña del hotel en un papel. Al primer moto-taxi que le abordó le mostró la dirección de la calle, y sabía —¡por supuesto!— dónde se encontraba.

¡Mentira!

Le llevó a la zona cercana, pero la calle no aparecía. El motero un tanto despistado, o mucho, no tenía ni idea. Varias vueltas y revueltas por las callejuelas aledañas. Como al individuo le vio perdido, se apeó de la moto y preguntó en una especie de restaurante. Conocían el hospedaje: estaba a dos manzanas de allí.

Al fin, llegaron al Auberge Triskell. Un chalet reconvertido en alberge para viajeros, con un jardín y servicio de bar y restaurante bastante aceptables. El propietario, o el que lo regentaba era un veterano personaje francés, con muchos años en Mauritania. Conocía todas las argucias para que cualquier viajero entendiera o saliera sin problemas de la ciudad. Una tienda de campaña tuareg en la azotea del edificio le serviría de aposento las tres noches que pasó allí.

La primera tarde, después de acomodarse a lo tuareg, decidió no salir: “Ya tendré tiempo” —pensó—. A la mañana siguiente comenzó la actividad: patear un poco la ciudad, cambiar dinero (aunque era festivo musulmán lo conseguiría) y hacerse con la tarjeta SIM local para su móvil. Nuakchot estaba tranquila: un festivo musulmán envuelve la vida en plena relajación y mesura. Escasa circulación y sólo en el centro parecía haber cierto movimiento, el típico ajetreo del comercio callejero. No había mucho que visitar. La ciudad era bastante anodina, pero pasar esa mañana dando vueltas sin rumbo, le sirvió para pulsar alguno de los botones y escenas del país.



Esperando a la llegada de los pesqueros

Le apetecía visitar el mercado de pescado —por referencias, muy especial—, lo que haría al día siguiente. Un taxi (eran bastante baratos, y una buena forma de ir de un punto a otro de la ciudad) le acercaría al mercado. Bullicio. Olores. Suciedad. Movimiento. Estaba situado a orillas de la playa, en un dique elevado de hormigón, donde llegaban —supuso que después de una noche aciaga— todos los pequeños pesqueros con sus capturas. Una interminable fila de coloridos botes permanecían varados en la arena, en un descanso que no debía ser eterno; otro montón de estos, fondeados a unos metros de la playa. Mucha gente, esperando a las barcas que abordaban de manera intermitente la orilla. Jóvenes negros y piel brillante transportaban en cajas o capazos el pescado. En el recinto del mercado, limpiaban y cortaban —algunos lo hacían en la arena— los peces capturados. Todo en conjunto, un espectáculo visual y sensorial. Fotos y más fotos. Para los clics con el móvil, dirigidos a las personas, era necesario solicitar permiso. Por sus caras y advertencias gestuales, éstos no eran de su agrado. Y el viajero insatisfecho necesitaba eternizar aquellos momentos.



Limpiando el pescado en la playa

Pasó la mañana entre pescadores, pescados, despieces, fuertes olores y la curativa brisa marina. Por la tarde, continuaría con sus paseos por la ciudad, hasta que, al finalizar aquella, se sentó en la terraza-bar de otro Auberge para ver en televisión un rato de la final de la Copa de África de fútbol, entre Marruecos y Senegal.

Había, también, un famoso mercado de camellos a las afueras, pero no quiso perder más tiempo en Nuakchot. “Ya tendré oportunidad de ver muchos camellos en el recorrido por el país” —se dijo a sí mismo—.



Troceando y limpiando pescado en el mercado de Nuakchot

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15 de mayo de 2026

Entrada en Mauritania


Frontera de Mauritania

Entre Dakha —ahora, ciudad de Marruecos— y la frontera mauritana el paisaje era monótono (para el viajero insatisfecho ciertamente desconocido). El desierto lo rodeaba todo, excepto cuando desde la carretera (su trazado siempre iba más o menos paralelo a la costa) observaba el océano más cercano. La llanura infinita, insistente y plana se perdía en el horizonte, y parecía respirar con dificultad. Ningún vestigio de árboles o arbustos. De verde. El calor y pequeñas olas de polvo arenoso rodeaban, a veces, el paso del vehículo. Tan sólo paró en una pequeña ciudad, cuyo nombre no recuerda. Y por fin, después de varias horas en el bus de Supratours, la frontera marroquí.

Una vez cruzada, sin exceso de papeleo, un minibús esperaba a algunos pasajeros para cruzar ese kilómetro (y poco más) de “tierra de nadie” —entre divisorias— y, según referencias y algún cartel, minada. La mecánica del paso de la frontera mauritana era un perfecto galimatías. Difícil —muy difícil— de cruzar, ante la burocracia implantada por el país, sino hubiera sido por la ayuda del conductor del minibús. Él conocía los pasos; él recogía los pasaportes de cada uno, cuando supuestamente sólo era necesario mostrar el pasaje; él guiaba a los pasajeros de ventanilla en ventanilla (tomar declaración, firmar, sello de entrada). Cree recordar que fueron cuatro, cada una en un edificio diferente: una especie de calvario administrativo que sin el avispado conductor hubiera sido una pesadilla. Colas y esperas. Un martirio de tres horas.

Entre Marruecos y Mauritania, "tierra de nadie"

Una vez finalizado el vía crucis, con el pasaporte y su sello en la mano, organizaron al pasaje entre los dos posibles destinos: Nuadibú o Nuakchot.

La cercanía de Nuadibú, y la hora ya tardía, animaron a este mochilero a dirigirse a esta ciudad (La llegada a Nuakchot, más distante, sería en la noche, hora poco propicia para buscarse la vida, para encontrar un hotel dónde pasar la noche).

Tras ser estafado por el taxista que le trasladó al hotel desde la estación de autobuses —le cobró tres veces más de lo que resultaría ser normal en este país— tomó posesión de la habitación; se duchó (sentía el polvo y arena en el cuerpo, después de todo el día de zarandeo y danza), y salió a un restaurante cercano a tomar el necesario refrigerio, aunque era una hora en la tarde poco propicia para conseguir algo de sustento. Comió lo que había (un pollo, mal cocinado a la brasa, y patatas). El camarero le sorprendió cuando le invitó a la fanta (no tenían cerveza).

Su idea era hacer noche y salir temprano hacía Nuakchot, capital del país.

Así lo hizo.  

Un gran choque fue adentrarte por las calles de Nuadibú, incluso circulando en un vehículo. Un pequeño desastre urbanístico, con algunas calles sin asfaltar, con giros y más giros a izquierda y derecha que parecían encaminar hacia algún insólito (o peligroso) lugar. El “África musulmana” aparecía en todo su esplendor, con mujeres cubriendo su cabello, algunas también la cara; algún vocerío del muecín en la lejanía; unas miradas agudas y, en ciertos lugares, un olor penetrante. Todo ello, referenciaba al oscuro mundo musulmán. O eso parecía. De hecho, estaba ya en la República Islámica de Mauritania.

 

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