15 de mayo de 2026

Entrada en Mauritania


Frontera de Mauritania

Entre Dakha —ahora, ciudad de Marruecos— y la frontera mauritana el paisaje era monótono (para el viajero insatisfecho ciertamente desconocido). El desierto lo rodeaba todo, excepto cuando desde la carretera (su trazado siempre iba más o menos paralelo a la costa) observaba el océano más cercano. La llanura infinita, insistente y plana se perdía en el horizonte, y parecía respirar con dificultad. Ningún vestigio de árboles o arbustos. De verde. El calor y pequeñas olas de polvo arenoso rodeaban, a veces, el paso del vehículo. Tan sólo paró en una pequeña ciudad, cuyo nombre no recuerda. Y por fin, después de varias horas en el bus de Supratours, la frontera marroquí.

Una vez cruzada, sin exceso de papeleo, un minibús esperaba a algunos pasajeros para cruzar ese kilómetro (y pocos más) de “tierra de nadie” —entre divisorias— y, según referencias y algún cartel, minada. La mecánica del paso de la frontera mauritana era un perfecto galimatías. Difícil —muy difícil— de cruzar, ante la burocracia implantada por el país, sino hubiera sido por la ayuda del conductor del minibús. Él conocía los pasos; él recogía los pasaportes de cada uno, cuando supuestamente sólo era necesario mostrar el pasaje; él guiaba a los pasajeros de ventanilla en ventanilla (tomar declaración, firmar, sello de entrada). Cree recordar que fueron cuatro, cada una en un edificio diferente: una especie de calvario administrativo que sin el avispado conductor hubiera sido una pesadilla. Colas y esperas. Un martirio de tres horas.

Entre Marruecos y Mauritania, "tierra de nadie"

Una vez finalizado el vía crucis, con el pasaporte y su sello en la mano, organizaron al pasaje entre los dos posibles destinos: Nuadibú o Nuakchot.

La cercanía de Nuadibú, y la hora ya tardía, animaron a este mochilero a dirigirse a esta ciudad (La llegada a Nuakchot, más distante, sería en la noche, hora poco propicia para buscarse la vida, para encontrar un hotel dónde pasar la noche).

Tras ser estafado por el taxista que le trasladó al hotel desde la estación de autobuses —le cobró tres veces más de lo que resultaría ser normal en este país— tomó posesión de la habitación; se duchó (sentía el polvo y arena en el cuerpo, después de todo el día de zarandeo y danza), y salió a un restaurante cercano a tomar el necesario refrigerio, aunque era una hora en la tarde poco propicia para conseguir algo de sustento. Comió lo que había (un pollo, mal cocinado a la brasa, y patatas). El camarero le sorprendió cuando le invitó a la fanta (no tenían cerveza).

Su idea era hacer noche y salir temprano hacía Nuakchot, capital del país.

Así lo hizo.  

Un gran choque fue adentrarte por las calles de Nuadibú, incluso circulando en un vehículo. Un pequeño desastre urbanístico, con algunas calles sin asfaltar, con giros y más giros a izquierda y derecha que parecían encaminar hacia algún insólito (o peligroso) lugar. El “África musulmana” aparecía en todo su esplendor, con mujeres cubriendo su cabello, algunas también la cara; algún vocerío del muecín en la lejanía; unas miradas agudas y, en ciertos lugares, un olor penetrante. Todo ello, referenciaba al oscuro mundo musulmán. O eso parecía. De hecho, estaba ya en la República Islámica de Mauritania.

 

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