Una vez cruzada, sin exceso de papeleo, un minibús esperaba a algunos pasajeros para cruzar ese kilómetro (y pocos más) de “tierra de nadie” —entre divisorias— y, según referencias y algún cartel, minada. La mecánica del paso de la frontera mauritana era un perfecto galimatías. Difícil —muy difícil— de cruzar, ante la burocracia implantada por el país, sino hubiera sido por la ayuda del conductor del minibús. Él conocía los pasos; él recogía los pasaportes de cada uno, cuando supuestamente sólo era necesario mostrar el pasaje; él guiaba a los pasajeros de ventanilla en ventanilla (tomar declaración, firmar, sello de entrada). Cree recordar que fueron cuatro, cada una en un edificio diferente: una especie de calvario administrativo que sin el avispado conductor hubiera sido una pesadilla. Colas y esperas. Un martirio de tres horas.
Una vez finalizado el vía crucis,
con el pasaporte y su sello en la mano, organizaron al pasaje entre los dos posibles
destinos: Nuadibú o Nuakchot.
La cercanía de Nuadibú, y la hora ya tardía, animaron a este mochilero
a dirigirse a esta ciudad (La llegada a Nuakchot, más distante, sería en la
noche, hora poco propicia para buscarse la vida, para encontrar un hotel dónde
pasar la noche).
Tras ser estafado por el taxista que le trasladó al hotel desde la
estación de autobuses —le cobró tres veces más de lo que resultaría ser normal
en este país— tomó posesión de la habitación; se duchó (sentía el polvo y arena
en el cuerpo, después de todo el día de zarandeo y danza), y salió a un
restaurante cercano a tomar el necesario refrigerio, aunque era una hora en la
tarde poco propicia para conseguir algo de sustento. Comió lo que había (un
pollo, mal cocinado a la brasa, y patatas). El camarero le sorprendió cuando le
invitó a la fanta (no tenían
cerveza).
Su idea era hacer noche y salir temprano hacía Nuakchot, capital del
país.
Así lo hizo.
Un gran choque fue adentrarte por las calles de Nuadibú, incluso
circulando en un vehículo. Un pequeño desastre urbanístico, con algunas calles
sin asfaltar, con giros y más giros a izquierda y derecha que parecían
encaminar hacia algún insólito (o peligroso) lugar. El “África musulmana”
aparecía en todo su esplendor, con mujeres cubriendo su cabello, algunas
también la cara; algún vocerío del muecín
en la lejanía; unas miradas agudas y, en ciertos lugares, un olor penetrante.
Todo ello, referenciaba al oscuro mundo musulmán. O eso parecía. De hecho,
estaba ya en la República Islámica de Mauritania.

