26 de junio de 2026

Atar y la salida, Mauritania


El grupo de viajeros abandona Tergit

La troupe formada en el Auberge Jemal —una joven pareja de franceses, un polaco, dos malteses y este viajero insatisfecho— abandonó Tergit (o Terjit) en el mismo transporte con dirección a Atar, donde el grupo acabaría dividiéndose. El trayecto transcurría entre un paisaje cada vez más desértico —aunque sin grandes dunas de arena—, pequeñas estribaciones montañosas y una estrecha carretera que servía de hilo conductor hacia el siguiente destino.

Atar, como ya se ha señalado en posts anteriores, se encontraba a unos 45 kilómetros del oasis. Era una ciudad en medio de la aridez mauritana con cierta actividad, aunque sin nada especialmente reseñable. Una población más. Su principal valor residía en ser un punto de tránsito y comunicaciones para alcanzar enclaves más profundos y, a priori, más interesantes.

Una vez allí, el grupo se separó. Los malteses visitarían primero Chingueti, mientras que el resto se dirigiría directamente a Ouadane, en un recorrido más largo. Aunque la ruta inicial era prácticamente la misma —el camino hacia Chingueti se desviaba a mitad de trayecto—, los vehículos empleados eran distintos: todoterrenos 4x4 que, además de transportar pasajeros, servían también para el acarreo de mercancías.

Todas las informaciones recomendaban visitar primero Ouadane y dejar Chingueti para el regreso, pero cada cual tenía sus propios planes. Los malteses, con menos tiempo disponible, optaron por acercarse únicamente a este último enclave y prescindir de Ouadane, más remoto.

El vehículo que los sacó de Atar iba cargado hasta los topes de fardos, cajas y objetos variopintos. Sin duda, transportaba parte de los enseres destinados a los habitantes de Ouadane. Una vez en marcha, los kilómetros transcurrían lentamente, siempre rodeados de un paisaje austero y desértico. Más adelante, la carretera ascendía por un desfiladero hasta desembocar en una planicie inhóspita y poco fértil: una llanura casi infinita, con un horizonte plano y lineal extendiéndose en los 360 grados de la mirada.


En plena llanura desértica, cerco para orar, con la indicación de la dirección a La Meca


Detrás del todoterreno, el conductor reza (bulto azul)

Hicieron varias paradas. Los pasajeros las aprovechaban para estirar las piernas o atender necesidades básicas; para el conductor, en cambio, era el momento de la oración. Arrodillado en dirección a La Meca, se entregaba a sus rezos y plegarias. Al concluir, con la gravedad de un penitente y ante la imposibilidad de comunicarse verbalmente —no hablaba otro idioma que el suyo—, invitaba con gestos a los viajeros a subir de nuevo al vehículo para reanudar el trayecto.

El sol descendía lentamente hacia el horizonte y la noche terminó por envolverlos cuando aún faltaban muchos kilómetros para llegar al destino.

En plena oscuridad, finalmente, llegaron a Ouadane.


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10 de junio de 2026

Oasis de Tergit, Mauritania


Camellos en el camino al oasis de Tergit

El encargado del Auberge Triskell, en Nuakchot, fue tajante en su recomendación de la ruta a seguir, como quien comparte un secreto demasiado hermoso para callarlo:

—Antes de llegar a Atar, todo el mundo se detiene en Tergit.

Lo dijo con una convicción serena, definitiva. No hacía falta añadir mucho más. El oasis quedaba apenas a unos cuarenta y cinco kilómetros de Atar, en un pequeño desvío que, según parecía, nadie sensato se perdía.

Así que no hubo discusión posible.

El hombre telefoneó a la compañía de minibuses para reservarle una plaza y, tras obtener la conformidad del viajero insatisfecho —siempre necesitado de un paisaje nuevo, de un horizonte distinto—, dejó todo organizado. A la mañana siguiente, un taxi le conduciría hasta el aparcamiento de los buses, en las afueras de Nuakchot. El vehículo, por supuesto, debía partir a primerísima hora de la mañana. Y, como ocurre tantas veces en África, terminó saliendo dos o tres horas más tarde, cuando el tiempo ya había dejado de tener importancia.

La idea de penetrar en el desierto mauritano le mantenía en una inquietud constante, casi febril. Había atravesado ya extensiones saharianas desde su salida de Dakhla, pero en su imaginación Mauritania representaba otra dimensión del desierto. Algo absoluto.

Ya conocía la inmensidad, pero aquí adquiría una violencia mineral.

Ya había contemplado la monotonía de las dunas, pero en Mauritania aquella monotonía alcanzaba una forma perfecta, casi hipnótica.

La carretera asfaltada, estrecha y rectilínea, abandonaba lentamente la costa atlántica para internarse en el corazón del continente. El paisaje parecía vaciarse a medida que avanzaban. Aun así, de tanto en tanto, surgían pequeños arbustos junto al arcén, tercos supervivientes de arena y viento.

Observaba fascinado los grupos de camellos que pastaban no sabía qué en mitad de una ventisca ocre que envolvía el autobús. Miraba con extrañeza los depósitos de agua junto a algunas barracas, hinchados como enormes colchones tendidos sobre la arena. Se fijaba también en las sombras mínimas que proyectaban los escasos arbustos solitarios, dibujos efímeros que el viento parecía dispuesto a borrar en cualquier momento.

En aquel paisaje no existía el exceso. Todo era esencial.

Recordó entonces un proverbio persa que había leído tiempo atrás:

“La arena del desierto es para el viajero fatigado lo mismo que la conversación incesante para el amante del silencio.” Y comprendió su significado. Durante horas, el desierto parecía hablarle precisamente a través de su silencio.

Finalmente llegaron a Tergit.


El poblado de Tergit

El pueblo aparecía desperdigado entre palmerales y piedra, como si hubiese brotado de manera accidental al borde de un hilo de agua. Las casas, dispersas y desordenadas, se extendían entre dos montañas escarpadas cuyas cimas planas daban la impresión de haber sido cortadas de un tajo gigantesco. Parecía que la tierra se hubiese abierto allí siglos atrás, dejando una herida mineral convertida ahora en refugio.

Había leído —y el encargado del Triskell se lo había confirmado— que el albergue Jemal era el mejor lugar para pasar la noche. Hasta allí se dirigió junto a una pareja de franceses que habían compartido el viaje en minibús. Cargados con las mochilas, ascendieron lentamente por un sendero pedregoso hasta alcanzar una pequeña elevación situada entre el pueblo y la gran falla rocosa.

El alojamiento era sencillo: varias tiendas tuareg instaladas sobre la arena y alfombras extendidas directamente sobre el suelo.

¡Otra vez a dormir sobre la dureza del desierto!

Y, sin embargo, aquello formaba parte de la experiencia. Pasaría allí dos noches.

Durante ese tiempo conocería también a otros mochileros: dos malteses y un polaco con el rostro curtido por el sol y los caminos largos. Como sucede siempre en ciertos viajes, bastaban unas pocas horas compartidas para intercambiar historias que parecían pertenecer a viejos amigos.

El oasis se encontraba a unos centenares de metros del albergue.

En la entrada, junto al único sendero transitable, un mauritano cobraba el acceso con gesto rutinario. A ambos lados del camino, varios puestos de artesanía ofrecían collares, telas, pequeñas figuras y objetos tallados en madera reseca.


Mauritano a la entrada del oasis

Pero nada lograba distraer la atención de lo verdaderamente importante. Porque el oasis aparecía de pronto como una revelación.

La falla montañosa se estrechaba allí formando un barranco escondido, protegido del exterior por paredes de roca rojiza y parda. En su interior crecía un auténtico mar de palmeras que parecía imposible en medio de tanta aridez.

Al fondo, donde el desfiladero se volvía más angosto, el agua brotaba directamente de las piedras.

El goteo constante había teñido las rocas de verde oscuro. Los líquenes se adherían a la piedra húmeda formando manchas brillantes, mientras el agua, paciente durante siglos, había modelado pequeñas estalactitas, diminutas cuevas y regueros transparentes que desembocaban en piscinas naturales.

El aire era fresco.

Inesperadamente fresco.


El agua brotaba de las rocas

La sombra de las datileras invitaba a permanecer allí inmóvil, abandonado a una especie de contemplación primitiva. Había algo profundamente hipnótico en aquel rincón oculto mauritano.

Una pareja de jóvenes le recibió con un vaso de té caliente. El contraste resultaba casi irreal: el calor dulce del té entre las manos mientras, alrededor, el oasis respiraba lentamente bajo la roca.

Después comenzó a explorar los alrededores. La curiosidad le empujó a remontar el extremo del valle hasta alcanzar las laderas escarpadas donde las montañas parecían unirse. Desde allí arriba, el oasis quedaba reducido a una mancha verde perdida en la inmensidad mineral.

Pequeña piscina natural

Y entonces apareció el verdadero silencio.

No el silencio de la ausencia, sino el silencio pleno del desierto.

Un silencio tan poderoso que terminaba convirtiéndose en el único sonido posible.

Comprendió que un oasis no es únicamente agua y vegetación en medio de la nada.

Es una demostración de resistencia.

Un milagro geológico.

Un lugar donde la vida se obstina en existir.

Para entender de verdad la fuerza de un oasis no basta con observarlo desde lejos ni con admirar unas fotografías. Hay que caminar sobre su tierra húmeda. Hay que sentir el frescor inesperado entre las piedras. Hay que escuchar el agua abriéndose paso en mitad del desierto.

Y eso fue exactamente lo que hizo.

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