El alojamiento estaba relativamente
cerca de la playa, aunque el viajero
insatisfecho, todavía algo contrariado, desconocía ese detalle. Se
encontraba junto al extremo de La Corniche, un paseo marítimo de
más de cuatro kilómetros de longitud, moderno, bien cuidado y con unas vistas
al Atlántico que parecían prolongarse hasta el infinito. Era un lugar perfecto
para disfrutar de largos paseos, rodeado de numerosos resorts con terrazas y
piscinas privadas, además de varias zonas donde se concentraban restaurantes,
cafeterías y bares.
Pero todo aquello lo descubrió al día siguiente, y no a primera hora, sino después de visitar el zoco: un inmenso y cuidado mercado, con aspiraciones a convertirse en el más grande de todo Marruecos. Tras recorrerlo, el paseo por las calles de la ciudad reveló una urbe de aspecto moderno, levantada después del devastador terremoto de 1960. Entonces, tras varios temblores de gran intensidad, prácticamente todos los edificios se habían derrumbado. La nueva Agadir había sido reconstruida siguiendo criterios urbanísticos mucho más acordes con los tiempos actuales.
En la noche, desde el hotel, iluminada
en la oscuridad y recortándose sobre la montaña, se divisaba la fortaleza de la
ciudad, la Kasbah de Oufella, levantada en el lugar donde se asentaba la
antigua Agadir antes del terremoto. Hacia allí se dirigió después de
visitar el mercado, mientras seguía impregnándose de los olores y aromas del
país, de esas esencias tradicionales que parecían entrelazarse con las amplias
avenidas y los modernos edificios de la ciudad. Las mejores vistas de Agadir se
disfrutaban desde lo alto, en los alrededores de la fortaleza.
Hasta allí se podía llegar en taxi o en
funicular.


