3 de octubre de 2026

Agadir, Marruecos


Tienda en el Zoco, Agadir

Descendió del autobús en una de las calles céntricas de Agadir. Cuando trató de conseguir un taxi compartido para llegar al hotel que había reservado por internet, todos desestimaron su petición. Antes de caer en la desesperación —bueno, quizá sea una expresión algo exagerada— llegó a la conclusión de que tendría que tomar un taxi individual y, por consiguiente, más caro. Simplemente no había rutas de taxis compartidos hacia aquella zona.

El alojamiento estaba relativamente cerca de la playa, aunque el viajero insatisfecho, todavía algo contrariado, desconocía ese detalle. Se encontraba junto al extremo de La Corniche, un paseo marítimo de más de cuatro kilómetros de longitud, moderno, bien cuidado y con unas vistas al Atlántico que parecían prolongarse hasta el infinito. Era un lugar perfecto para disfrutar de largos paseos, rodeado de numerosos resorts con terrazas y piscinas privadas, además de varias zonas donde se concentraban restaurantes, cafeterías y bares.

Pero todo aquello lo descubrió al día siguiente, y no a primera hora, sino después de visitar el zoco: un inmenso y cuidado mercado, con aspiraciones a convertirse en el más grande de todo Marruecos. Tras recorrerlo, el paseo por las calles de la ciudad reveló una urbe de aspecto moderno, levantada después del devastador terremoto de 1960. Entonces, tras varios temblores de gran intensidad, prácticamente todos los edificios se habían derrumbado. La nueva Agadir había sido reconstruida siguiendo criterios urbanísticos mucho más acordes con los tiempos actuales.


La Kasbah de Oufella, Agadir

En la noche, desde el hotel, iluminada en la oscuridad y recortándose sobre la montaña, se divisaba la fortaleza de la ciudad, la Kasbah de Oufella, levantada en el lugar donde se asentaba la antigua Agadir antes del terremoto. Hacia allí se dirigió después de visitar el mercado, mientras seguía impregnándose de los olores y aromas del país, de esas esencias tradicionales que parecían entrelazarse con las amplias avenidas y los modernos edificios de la ciudad. Las mejores vistas de Agadir se disfrutaban desde lo alto, en los alrededores de la fortaleza.

Hasta allí se podía llegar en taxi o en funicular.

Y aún ofrecía más atractivos aquella ciudad, de la que, sin embargo, guarda un recuerdo algo distante, poco acorde con el espíritu de este mochilero. Le pareció demasiado turística, con precios más propios de Europa y un ambiente bullicioso que se alejaba bastante de las motivaciones que lo impulsan a viajar.

Agadir, desde la Kasbah de Oufella


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