15 de octubre de 2026

Esauira, Marruecos


Puerta de entrada a la medina de Esauira

Llegó al Tweets Hotel de Esauira a primera hora de la mañana. Era un alojamiento pequeño, muy cuidado y con un diseño atractivo, de esos que hoy se describen como cute, pero sin renunciar a un precio razonable. Además, gozaba de una ubicación excelente, a escasos minutos de la medina, a la que se accedía, como ocurre en muchas ciudades históricas del norte de África, a través de una de sus antiguas puertas amuralladas.

Nada más cruzar el arco de entrada, el ambiente cambiaba por completo. En el interior de la medina, con sus fachadas encaladas en tonos blancos y azules, se respiraba un intenso aire turístico. La calle principal era un hervidero de actividad: puestos de comida, bebidas, artesanía, especias, helados, recuerdos y pequeñas boutiques especializadas en aceite de argán se sucedían sin apenas dejar espacio entre unos y otros.


Calle principal de la medina de Esuaira

El aceite de argán era, sin duda, uno de los productos estrella de la región. Se utilizaba tanto en cosmética como en la higiene corporal y capilar, además de tener un importante uso culinario. Se obtenía del fruto del argán, un árbol autóctono del suroeste marroquí. Durante el trayecto en autobús hasta Esauira, el paisaje había estado dominado por extensas plantaciones de estos árboles, cuya silueta evocaba inevitablemente a los olivares andaluces.

Esauira fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO gracias a la riqueza de su patrimonio histórico y al excelente estado de conservación de su medina. También era conocida en algunos ámbitos como «la perla del Atlántico», un apelativo quizá algo exagerado, aunque bastaba pasear por sus calles para comprender de dónde nacía esa admiración.

Su historia se remontaba a tiempos de los fenicios, atraídos por el comercio de la púrpura. Sin embargo, la ciudad alcanzó su mayor importancia en el siglo XVI, cuando los portugueses construyeron el puerto comercial, levantaron las murallas y la bautizaron con el nombre de Mogador. Más tarde, el sultán Sidi Mohammed Ben Abdallah impulsaría su desarrollo y le daría el nombre con el que hoy es conocida: Esauira.

Después de varias horas deambulando sin rumbo fijo, observando rincones, plazas y callejuelas, el viajero insatisfecho llegó a la hora de comer. Como nada más entrar en la medina ya le habían ofrecido pescado y marisco fresco, decidió probar aquella experiencia.

El sistema era curioso. En la entrada del mercado se elegía el pescado o el marisco entre decenas de puestos, rodeado de un bullicio constante en el que resultaba difícil distinguir la auténtica oferta del intento de aprovecharse del foráneo. Una vez hecha la elección, un joven se encargaba de transportar la compra hasta uno de los pequeños restaurantes cercanos, donde la cocinaban, supuestamente, «por unos pocos dirhams», tal y como había leído en varias guías de viaje. La realidad fue bastante distinta: la cuenta final resultó considerablemente más elevada de lo esperado. Todo el proceso tenía cierto encanto popular, aunque también una evidente orientación al visitante extranjero. En definitiva, era una experiencia simpática, siempre que uno estuviera dispuesto a aceptar que probablemente acabaría pagando bastante más de lo previsto.

Uno de los lugares imprescindibles de Esauira era el baluarte defensivo y el paseo de las murallas. Frente a ellas se extendía el Atlántico, y resultaba fácil imaginar antiguos navíos piratas aproximándose para intentar asaltar la ciudad. No era extraño que aquel escenario hubiera servido como localización para varias producciones cinematográficas y televisivas, entre ellas algunas escenas de Juego de Tronos.


La muralla y los diecinueve cañones, Esauira

Sobre las murallas se alineaban diecinueve cañones del siglo XVIII, fundidos en Sevilla y Barcelona, que recordaban el pasado defensivo de la ciudad y su importancia estratégica en las rutas comerciales del Atlántico.

Un poco más adelante se encontraba el Skala du Port, quizá uno de los rincones más fotografiados de Esauira. Desde allí se contemplaba el puerto pesquero, repleto de pequeñas embarcaciones pintadas de un intenso color azul que contrastaban con el gris de las fortificaciones y el azul profundo del océano. En los alrededores, numerosos puestos ofrecían pescado recién capturado que asaban en parrillas improvisadas, impregnando el ambiente de un inconfundible aroma a brasas y sal.

Como sucede en tantos destinos que alcanzan gran popularidad, el turismo masivo iba transformando poco a poco la ciudad. Cambiaban las costumbres, los comercios, el ritmo de vida y, en parte, también su esencia. En Esauira esa transformación ya comenzaba a percibirse con claridad y daba la impresión de que el delicado equilibrio entre autenticidad y explotación turística empezaba a resquebrajarse.


Puerto, con sus barcos pintados de azul, Esauira

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3 de octubre de 2026

Agadir, Marruecos


Tienda en el Zoco, Agadir

Descendió del autobús en una de las calles céntricas de Agadir. Cuando trató de conseguir un taxi compartido para llegar al hotel que había reservado por internet, todos desestimaron su petición. Antes de caer en la desesperación —bueno, quizá sea una expresión algo exagerada— llegó a la conclusión de que tendría que tomar un taxi individual y, por consiguiente, más caro. Simplemente no había rutas de taxis compartidos hacia aquella zona.

El alojamiento estaba relativamente cerca de la playa, aunque el viajero insatisfecho, todavía algo contrariado, desconocía ese detalle. Se encontraba junto al extremo de La Corniche, un paseo marítimo de más de cuatro kilómetros de longitud, moderno, bien cuidado y con unas vistas al Atlántico que parecían prolongarse hasta el infinito. Era un lugar perfecto para disfrutar de largos paseos, rodeado de numerosos resorts con terrazas y piscinas privadas, además de varias zonas donde se concentraban restaurantes, cafeterías y bares.

Pero todo aquello lo descubrió al día siguiente, y no a primera hora, sino después de visitar el zoco: un inmenso y cuidado mercado, con aspiraciones a convertirse en el más grande de todo Marruecos. Tras recorrerlo, el paseo por las calles de la ciudad reveló una urbe de aspecto moderno, levantada después del devastador terremoto de 1960. Entonces, tras varios temblores de gran intensidad, prácticamente todos los edificios se habían derrumbado. La nueva Agadir había sido reconstruida siguiendo criterios urbanísticos mucho más acordes con los tiempos actuales.


La Kasbah de Oufella, Agadir

En la noche, desde el hotel, iluminada en la oscuridad y recortándose sobre la montaña, se divisaba la fortaleza de la ciudad, la Kasbah de Oufella, levantada en el lugar donde se asentaba la antigua Agadir antes del terremoto. Hacia allí se dirigió después de visitar el mercado, mientras seguía impregnándose de los olores y aromas del país, de esas esencias tradicionales que parecían entrelazarse con las amplias avenidas y los modernos edificios de la ciudad. Las mejores vistas de Agadir se disfrutaban desde lo alto, en los alrededores de la fortaleza.

Hasta allí se podía llegar en taxi o en funicular.

Y aún ofrecía más atractivos aquella ciudad, de la que, sin embargo, guarda un recuerdo algo distante, poco acorde con el espíritu de este mochilero. Le pareció demasiado turística, con precios más propios de Europa y un ambiente bullicioso que se alejaba bastante de las motivaciones que lo impulsan a viajar.

Agadir, desde la Kasbah de Oufella


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