11 de marzo de 2015

Músicos en la colecta / Camboya

Es posible que todos los ‘bloggers’ se acuerden de que Camboya sufrió un conflicto entre Gobierno y los jemeres rojos que duró muchos años. Todo el mundo recuerda que el mandato de los jemeres rojos provocó un genocidio con miles, millones de camboyanos muertos. Pero no sabría decir si todos los lectores de este texto son conscientes del problema de las minas antipersona en el país, miles o millones de ‘municiones durmientes’ que siguen mutilando, especialmente a niños o, si no a estos, a sus padres, arrojando así a aquellos a una triste vida de orfandad. En Camboya, la mitad de las víctimas terrestres son niños. Zonas, como la nororiental, continúan -a pesar de los esfuerzos- infectadas de campos de minas. La zona de Pailin, cerca también de la turística ciudad de Battambang, decían ‘era uno de los lugares más peligrosos del mundo’. También, en Siem Reap, cerca de los templos de Angkor, había multitud de campos de minas. Y dos décadas después de que los jemeres rojos y sus enemigos sembraran los campos de muerte, se seguía trabajando en un intento de que los campos de labor fueran seguros para niños y colonos.
Esto es lo que dicen los estudios, pero que nadie se venga abajo y piense que visitar Camboya es lo más cercano a quedarse lisiado.
No. Para el turista, o el viajero, todo está controlado. O casi todo.
Había muchas muestras que evidenciaban peligrosidad, sobre todo en la visión de gran número personas mutiladas. Personas que, a veces, servían de reclamo para solicitar una donación al visitante. También, músicos que dejaban caer sus notas para contribuir a la colecta.
Un mundo complicado, lleno de situaciones límite -si se quieren apreciar- y de visiones desagradables sin posibilidad de evitar, aunque, también (¡perdón!), era posible mirar a otro lado. No eran insistentes.
Recuerda, en especial, aquel grupo –su primer representante enseñaba con descaro su pierna artificial- que tocaba ‘notas-orientales-de-sitar’ (o que el viajero insatisfecho identifica así) cuando los visitantes caminaban sobre una firme pasarela que cruzaba aquella zona pantanosa [fotografía], camino -una vez más- de otra maravilla del arte jemer.


-Grupo de músicos, en colecta para los mutilados de las minas anti persona-

Copyright © By Blas F.Tomé 2015

1 de marzo de 2015

Kampot, ciudad de la provincia de la pimienta

-Rotonda, con escultura del durián-

Si hubiera que definir Kampot (Camboya), esa pequeña ciudad a orillas del Kampong Bay River y muy cerca del monte Bokor, sería por ‘su ritmo pausado, ambiente afable y tranquila atmósfera’. Su parte antigua, era una agradable zona que aún mantenía ese viejo y transnochado aire colonial francés. Decrépito, sí, pues por sus edificios se apreciaba el largo tiempo transcurrido.

-Edificios coloniales franceses-

Con sólo darse una vuelta por la orilla del río se palpaba esa tranquilidad, resaltada aún más si la hora del paseo era al atardecer, con la preciosa puesta de sol. En toda aquella avenida lateral al río, se concentraban la mayoría de bares y restaurantes, todos ellos llenos, o regentados al menos, por numerosos turistas y expatriados. Se oía mucho hablar francés entre los jóvenes, y no tan jóvenes viajeros.
Le sorprendió, además, el gran número de rotondas que tenía Kampot, con sus respectivas estatuas modernas realistas, que ya había podido observar en otras ciudades. Le llamó especialmente la atención la ‘estatua del durián'*, hiperrealista, aunque también le pareció ver un cierto toque ‘kitsch’. Se decía que todas ellas servían para orientar al pueblo llano que no sabía leer. El viajero insatisfecho tiene dudas de que esta sea una verdadera teoría y no uno más de los tópicos y típicos bulos que se generan con el paso del tiempo.
Desde esta apacible ciudad se podían hacer pequeños recorridos a la playa de Kep (unos 25 kilómetros), a las cercanas salinas o al campo a apreciar de cerca la vida rural, incluso visitar sus famosas plantaciones de pimienta.
La pimienta era tan extraordinaria en esta zona, que según el libro-guía, estaba a punto “de ser el primer producto camboyano que recibe una ‘indicación geográfica’ como los quesos franceses”, o el jamón español, claro. El auge de las ventas de tan apreciado producto beneficiaba a las familias que vivían de ella y, sobre todo, a los jóvenes que ya podían casarse porque sus padres al fin tenían ingresos como para sufragar la dote.
Y al escribir esto, recuerda a aquel conductor de tuc-tuc de la provincia de Ratanakiri (visitada anteriormente) que en un momento de sinceridad le dijo que seguía soltero porque era muy caro pagar la dote de una mujer.
Así estaban las tradiciones camboyanas.
-Barco turístico para el paseo por el río-

[*] Para quien no conozca, el durián es una fruta, muy dulce, originaria de sudeste de Asia, muy apreciada y, casi reverenciada en la zona. Exteriormente, es muy espinosa.


Copyright © By Blas F.Tomé 2015

21 de febrero de 2015

El templo de las mujeres

-Niña, a la entrada del Banteay Srei-

Visitar Camboya, transitar por los templos de Angkor y quedarse alucinado, cree este viajero insatisfecho, era todo uno. No va a referirse a cada uno de los templos pues son muchos, no los visitó todos y, encima, el mundo-mundial al completo habla de ellos. Algún día se animará y publicará algunas fotos que, según cree, será la única aportación personal que podrá añadir a un tema tan manido, tan explotado como son los templos. Aunque, sin duda, uno de los motivos por los que quería aterrizar en este país era para dejarse impresionar por ellos.
Y el país no le decepcionó.
Pero se quiere referir en especial a uno de ellos, uno de los más reconocido y alabado por turistas, viajeros y expertos.
Era el templo Banteay Srei, cacareado y propagado a los cuatro vientos por los conductores de ‘tuc-tuc’ y moteros como el ‘templo de las mujeres’. ‘Tienes que ir’, decían, y eso que era uno de los que estaban algo apartados del centro neurálgico que era, y lo será siempre, Angkor Wat. Este mochilero cree que, de esta manera, ellos, hábiles, podían hacer una negociación en el precio del trayecto más ventajosa, o fuera, quizás, porque era el más querido de los camboyanos. El trayecto, hecho sin prisas, servía para conocer un poco la vida rural camboyana, sus paisajes y sus auténticos hogares. En uno de los poblados que se atravesaban, dedicaban sus esfuerzos al azucar de palma que cocinaban y vendían al borde de la carretera. ¡Buenísimos dulces!.
Pero, al margen de todo esto, de ser un templo dedicado a Shiva, de ser construido con una piedra de arenisca rojiza y por mujeres a finales del siglo X, tenía una particularidad turística: en las inmediaciones, se había diseñado un verdadero complejo recreativo con tiendas -por supuesto-, restaurantes, centro de exposiciones y baños públicos de gran calidad.
Considerado Banteay Srei la obra maestra dentro del arte clásico jemer, era uno de los más pequeños pero con gran calidad de relieves narrativos que ilustraban variedad de leyendas sagradas.
Una pequeña muestra fotográfica:
-Vista lateral-

-Entrada principal-

-Detalle-

-Detalle-


Copyright © By Blas F.Tomé 2015

7 de febrero de 2015

El tren bambú, cerca de Battambang

 -Vía del tren bambú-

Cada vez que el viajero insatisfecho recuerda la hazaña, dice: ¡qué cosas hace uno cuando holgazanea en un viaje!. Pues, aún así, aún sorprendiéndose a sí mismo, la experiencia del tren bambú, en Battambang (Camboya), no dejaba de ser interesante.
Era un transporte ilegal o al menos no oficialmente autorizado. Ahora mismo, casi supeditado su éxito al folclore turístico y mochilero.
Pero el tren bambú tiene su historia. Partiendo de una línea ferroviaria que sirvió a los franceses, en su época colonial, para transportar el café, arroz, bananas y el resto de productos básicos desde las zonas rurales a Phnom Penh, ha derivado en lo que ahora existe: un simpático subproducto del tren.
En la época de Pol Pot, toda la infraestructura ferroviaria (máquinas, vagones, e incluso algunas vías) fueron destruidas. Tras la caída de Pol Pot, con las gentes en la más absoluta pobreza y toda aquella zona sembrada de campos de minas, los camboyanos se inventaron este sistema de transporte que sorteaba, de alguna manera, el peligro de las terribles minas. La línea férrea de Battambang-Phnom Penh estaba casi intacta y la capacidad imaginativa del camboyano no había sido destruida. Unidos ambos factores se puso en marcha un sistema casero para transporte de pasajeros y mercancías, utilizando los ejes y ruedas de los vagones destruidos y poniendo sobre ellas unas plataformas de bambú, tal y como existe hoy día. Todo ello, impulsado por un motor reciclado de otro vehículo móvil.

-Parados, esperando a que llegue el otro tren bambú-

Yendo cómodamente sentado en la plataforma y viendo el mecanismo del tren bambú se apreciaba realmente ese alarde imaginativo del camboyano, digno de mencionar. Como sólo existía una vía, cuando se cruzaban dos de estos artefactos primitivos, ambos maquinistas paraban uno frente al otro y, literalmente, desarmaban uno de los convoyes para que el otro pueda pasar. Colaboraban ambos operarios en el desarme y posterior armado del tren. Los turistas, con cara de sorprendidos, no ponían en marcha su brazo colaborador (¡vagos!). Pero así era la relación del viajero con el camboyano.
Así era la vida del camboyano.
Cuando el tren alcanzaba el máximo de velocidad (unos 50 km/h), y traqueteaba sin piedad, daban ganas de gritar: ¡A por los corruptos!.
Ahora, cuando estuvo allí este leonés, a los viajero-turistas les proponían un recorrido de 5 dólares, ida y vuelta a la primera estación, donde aguardaban, como no, los tenderetes de productos locales y bebidas. Tras un breve descanso, se iniciaba el camino de vuelta. Se atravesaban campos de arroz y paisajes hasta cierto punto, agrestes, llenos de vegetación y matojos. Durante el trayecto, si mal no recuerda, tuvieron que descender del artilugio unas 5 veces para dejar paso a los que venían en ruta contraria.
Muy divertido.

-Desmontando el tren bambú (1)-

-Desmontando el tren bambú (2)-

A la ida, iban tres en el convoy (cuatro, con el conductor); a la vuelta, se unió un veterano lugareño que regresaba a su casa después de una más que posible dura jornada.
En tono de broma, a este mochilero le propusieron hacer el recorrido completo a Phnom Penh (unos 350 kilómetos), dos días y dos noches hasta llegar al destino. Durante el trayecto nocturno -dijeron- dormiría cómodamente en la plataforma de bambú.
¡Qué simpáticos!.
¿Turistada?. Sin duda, pero también una manera de colaborar con alguna economía poco boyante en la zona.

-Lugareño camboyano, a la vuelta del recorrido-

Copyright © By Blas F.Tomé 2015

25 de enero de 2015

Un breve acercamiento a Ratanakiri

-Casa 'kreung''. Al fondo, otras que van perdiendo su autenticidad-

La región de Ratanakiri, al noreste de Camboya, era conocida como el ’oriente salvaje’. Nada más lejos de la realidad si nos atenemos a sus gentes: amables, simpáticas y agradecidas con el visitante. En sus paisajes dominaban las montañas boscosas y un relativo terreno abrupto; también, el clima más frío del país, junto con la región de Mondulkiri. Si bien el libro-guía hablaba de difícil acceso, entonces, era un área totalmente accesible, buena carretera y perfecta comunicación, teniendo en cuenta dónde estaba: en Camboya. La localidad de Ban Lung, capital de la provincia, fue la base de operaciones, si esto puede definir esta breve visita.
Sus gentes “vendían” al turismo lo que tenían: pequeñas cascadas, senderismo de varios días de duración por la selva y visitas a las minorías étnicas (pueblos) de los alrededores.
-Lago circular 'Boeng Yeak Lom'-

El viajero insatisfecho vió dos ridículas cascadas (ninguna tenía algo especial) y visitó el Boeng Yeak Lom, un precioso lago, circular, quizás volcánico, muy cerca de la localidad y rodeado del verdor de la jungla circundante pero que se circunscribía a unos cientos de metros. Más alejado, se apropiaban del espacio las tierras de labor o los pequeños arbustos.
-Anciana 'kreung', soltera y sin hijos-

-Anciano 'kreung'-

Más le gustaron las minorías étnicas, los ‘kreung’ y los ‘tam puom’. En especial, los primeros que le recibieron con agrado y simpatía. El poblado de los segundos estaba semivacío, sus gentes durante el día solían bajar -y fue testigo de ello- a vender sus productos al mercado de Ban Lung. Para acercarse, alquiló una moto con su correspondiente motero que le sirvió, además, de guía. Con los ‘kreung’, entró en sus casas; fotografió a sus gentes; vió como elaboraban su aguardiente (o algo parecido) de arroz, más bien de cáscara de arroz, y la humildad, rayana a la absoluta pobreza, con que vivía aquella anciana, soltera y sin hijos, con quien intercambió sonrisas. El motero-guía dijo, traduciendo sus palabras, que en su juventud nadie había pagado la dote a su familia por ella. !Pobre!.
-Dos jóvenes 'kreung', elaborando aguardiente de arroz-

En la cultura ‘kreung’, los hijos, al independizarse de sus padres, se construían casitas aledañas e individuales de bambú, diferentes en su altura según el sexo: siempre más alta la del chico que la de la chica. Si bien en los pueblos actuales que visitó no pudo ver un caso real (para comparar), en las cercanías del lago Boeng Yeak Lom había un ejemplo, edificado a tamaño real, de ambas casas, tratando -cree- de mostrar al visitante la particularidad cultural y tradicional de la región.
-Casas 'kreung', alta (chico) y baja (chica)-

Sin duda, una nada despreciable experiencia para aquellos que, sin dejar a un lado ‘las piedras’, les atraiga un poco la parte antropológica en cada uno de los viajes.
Y un breve apunte más, en el recorrido por la zona se podían ver extensas y viejas plantaciones de caucho. También, recién plantadas, por lo que el caucho parece tener futuro. Un claro futuro con el petróleo al alza, pero no sabe si será lo mismo con un petróleo relativamente barato, y bajando.
Copyright © By Blas F.Tomé 2015

18 de enero de 2015

De Siem Reap a Battambang

De Siem Reap a Battambang  (dos ciudades camboyanas) se podía ir en un ordinario bus dando un gran rodeo o pagar un inflado ticket -muy caro comparado con el del bus- para cruzar el Tonlé Sap (el lago orgullo de los camboyanos), en un pequeño barco de recreo o excursión, evitando así el largo trayecto por carretera. 
Hasta los topes iba. 
Repleto de mochileros que querían vivir la experiencia, aunque la gran mayoría no imaginaba, el viajero insatisfecho tampoco, que en vez de ir cómodamente sentados, el completo pasaje iría literalmente apiñado, al bordo de la incomodidad, o sobrepasada ésta.
En la cubierta tumbado, o sentado, o sin saber que postura tomar, el sol calentaba a rabiar y el dañino sudor 'de hamaca de Benidorm' comenzaba a brotar en la piel. En medio del lago, la percepción era de total vulnerabilidad.
Calor y más calor, sudor y más sudor. Con el paso de las horas el hábito a sufrir mermaría las funestas sensaciones y el cabreo inicial. Como contrapunto, a su alrededor pasaban poblados flotantes (varios), pequeños o grandes y no menos extraños; débiles barcos de pescadores artesanos a las orillas; campos de arroz ya recolectados y secos, los más, y otros verdes y atrayentes; campos de maíz recién sembrado, con sus primeros brotes, y muchos, muchos palafitos de lugareños.
Un paisaje fascinante que obligaba olvidar la piña de mochileros que sufría las inclemencias del sol.

Después de haber cruzado el lago Tonlé Sap, en las márgenes del río que ascendía hacia Battambang formando constantes meandros, se visionaba, también, un espectáculo de niños que saludaban y gritaban la novedad; mujeres afanosas en la limpieza de los peces pescados; hombres en las orillas, algunos con el agua al pecho -desnudo-, cambiaban y reponían redes que hacían flotar con botellas de plástico.
Actividad, mucha actividad.
Casas levantadas sobre altos pilotes a la orilla, y plásticos de diferentes tamaños que sobre cuatro palos de bambú conformaban otros humildes hogares de pescadores en los múltiples recodos del rio.
Con el paso de las horas, que fueron muchas, el río era cada vez más estrecho y a la barcaza, repleta de holgazanes mochileros, cada vez le costaba más surcar sus aguas.
Al caer la tarde, cuando el sol perdía intensidad, la sensación de relajo y tranquilidad comenzaba a aflorar. Es más, era primordial para la mente del viajero. 
Cuando la noche ya era cerrada el barco llegaba a Battambang.
Feliz trayecto.



Copyright © By Blas F.Tomé 2015

4 de enero de 2015

Innecesaria, pero tenía que hacer la visita

-Fotografías de prisioneros muertos (alguna)-

La visita a la “prisión de seguridad (S-2)”, una de las muchas instauradas en todo Camboya por el dictador Pol Pot, era inquietante. Las condiciones en las que mantenían a los presos -a sus propios hermanos jemeres- eran lamentables. Pero tanto la visita a esta prisión como la posterior al ‘’campo de exterminio Choeung Ek” (a las afueras de Phnom Penh) fueron una experiencia psicológica, interior y hacia uno mismo (pero -cree- era necesario hacerla). En la prisión S-2 impresionaban la fotografías de los cientos, miles de presos fotografiados para luego ser torturados, o al revés; las fotografías reales de las diferentes posturas del preso ya torturado, quizás muerto, y, sobre todo, el frío y desangelado ambiente del edificio, ahora museo, antes prisión, y previo a Pol Pot, instituto de alumnos. Sólo los rayos de sol que penetraban por la ventanas enrejadas, cuando el viajero insatisfecho visitó el lugar, lograban templar el aterrador escalofrío reinante.
El campo de exterminio Choeung Ek no enseñaba nada más que los cráneos y fémures allí encontrados, guardados en una estupa a la entrada. Pero sin mostrar nada, la visita audio-guiada por un circuito, con 19 paradas, que recorría las diferentes fosas comunes y el lugar que ocuparon, entre otros, los barracones donde se hacinarían los recién llegados (hoy ya no existen), convertía a aquella extensión de terreno en un siniestro lugar.
-Cráneos guardados en la estupa-

Por el audífono (cada uno en su idioma) se contaban anécdotas -varias- de los supervivientes de los jemeres rojos, además de un escalofriante relato del guardia y verdugo Him Huy sobre algunas de las técnicas utilizadas para matar y deshacerse de prisioneros inocentes, mujeres y niños. Entre relato y relato, por el audífono advirtieron en varias ocasiones -para que el visitante tuviera cuidado de no pisar- de los huesos y dientes semienterrados  (vió varios) que aún se mantenían sin recoger a lo largo del recorrido.
Al finalizar, el mensaje invitaba a que esta masacre no se volviera a repetir. Masacres que, según recordaba la voz en off, ocurrieron en el régimen nazi alemán, en la Rusia de Stalin, en el Chile de Pinochet y en la Argentina de Videla. No citaban para nada lo ocurrido en España.
Como rendido homenaje, los camboyanos han ido colocando pulseras de colores en las vallas que protegían las fosas comunes y, en especial, en el árbol donde los niños pequeños fueron aplastados antes de ser arrojados a la fosa.
Sin haber visto nada especial, la visita dejó al mochilero pensativo, con mal sabor de boca.


-Pulseras de colores en el fatídico árbol-


-Pulseras de colores, en la valla que protegía una de las fosas-

                                                           Copyright © By Blas F.Tomé 2015

26 de diciembre de 2014

El infierno, en época reciente

El nuevo viaje es inminente. El otro día estuvo oteando en la librería “De viajes” (han cerrado su preferida: Altäir) y encontró la guía que necesitaba. En la contraportada, se podía leer “bienvenidos a un país con una historia inspiradora y a la vez terrible, y un futuro todavía en construcción. En este país se podrá ascender al reino de los dioses en Angkor Wat, o descender al infierno de los jemeres rojos y a su máquina de matar”.
Todos los lectores conocerán ya el destino del viajero insatisfecho: Camboya.
Es, sin duda, uno de los lugares que ansiaba disfrutar desde hacía mucho, mucho tiempo pero su insistencia en seguir descubriendo y palpando la realidad africana se lo había impedido. Ha llegado el momento de hacerlo pero no sabe a ciencia cierta si es ‘su momento’. Lleva su mochila emocional cargada de sentimientos y no precisamente son los mejores acompañantes de la ruta. En todo caso, lo hará.
Seguro que la gente simpática camboyana de la que todo el mundo tan bien habla, harán de su estancia allí un recuerdo imborrable.
Es uno de los sitios donde va más documentado. Ha tenido tiempo de ojerar varios ‘blogs’ pero aún no sabe si le ha venido bien a sus ilusiones, o todo lo contrario. Sueña con un empalago -aunque no hastío- de los sentidos, con las motocicletas zumbando por las callejuelas de las grandes poblaciones, con los inmensos mercados -o los mercados callejeros- desprendiendo olores penetrantes y, como no, con un cierto aroma de supervivencia o -diría más- de explotación y pobreza.
Volará en fin de año, e iniciará el nuevo en un tierra diferente aunque no hostil.



Copyright © By Blas F.Tomé 2014

1 de diciembre de 2014

Emperador etíope

Trono del emperador Haile Selassie, en el Museo Nacional de Ethiopía

En su penúltimo día de estancia en Etiopía, el viajero insatisfecho visitó, en Addis Abeba, el Museo Nacional. Que nadie se imagine un ‘museo del louvre’ o un ‘museo del prado’. No, no, algo muchísimo más humilde y discreto pero para el pueblo etíope muy importante. Allí se guardaba el auténtico trono de Haile Selassie, el Emperador etíope, autoproclamado ‘Rey de reyes’. Cuatro palabras para hablar del Emperador de Etiopía, tomadas prestadas de Kapuscinski, uno de los periodistas-viajeros mito, que conoció al detalle el acto de su coronación:

  • Etiopía era un país extremadamente pobre, una tierra feudal, atrasadísima. Vivía en un verdadero y profundo medievo. La esclavitud era una realidad todavía muy concreta. Y el Emperador, en algunas cosas un hombre moderno, era de veras una figura surgida directamente de esa Edad Media. Su poder era despótico y absoluto. Sus costumbres, sus vestidos, su protocolo eran propios de una corte medieval. Haile Selassie sabía que no podía desafiar a su aristocracia. Formaba parte de ella, aquellos feudatarios eran el pilar de su poder: el Emperador ni podía ni tenía intención de cambiar las instituciones feudales de Etiopía. Era un hombre despiadado: quien se oponía a él, era condenado. Quien desafiaba al Emperador era asesinado. Tras el intento de golpe de Estado de 1960 (promovido por su Guardia Imperial), su represión no conoció la clemencia: mató a todos los rebeldes, incluidos sus colaboradores más cercanos” (Ryszard Kapuscinski).
Copyright © By Blas F.Tomé 2014

9 de noviembre de 2014

Mercado de Malanville


El viajero insatisfecho paseó por el mercado de Malanville, última ciudad de Benín, frontera de Niger, antes de atravesar el río del mismo nombre. El mercado era una verdadera confluencia de mercancías venidas de Niger, Nigeria, Burkina Faso y Benin. Un mercado minorista inmenso, a lo africano, tan parecido a otros mercados de la zona aunque a muchos recordará los zocos marroquíes. Callejuelas estrechas, hacinamiento de gente, olores indescriptibles, calor y, sobre todo y lo más sorprendente, un ordenado caos. No dejaba de sorprender, después de conocer varios países de este singular continente, los mercados, los bazares, los escaparates, los tenderetes,.... Todo parecía abarrotado, atestado, apelotonado, abigarrado de objetos, ropa, frutas, verduras, montones de especias, ajos, tubérculos, hojas secas de algún árbol zonal, utensilios, mijo, más ropa, herramientas, recipientes de latón,... y año tras año, pareciera que aquello no paraba de crecer. Había bolsas de todos los colores llenas de productos dispares: una mezcolanza sinfín. Tenderetes destrozados con viejas lonas descosidas o plásticos rotos, y polvo, mucho polvo.
Y calor, mucho calor.
Confluencia también de razas y colores en el mercado de Malanville. La cercana frontera de Niger atraía a los tuareg del desierto, a los songhay nigerinos o a los fulani benineses; prevalecía el color azul-tuareg, el marrón y negro del desierto o los chillones colores africanos. Los jóvenes llevaban camisetas del Barça, David Villa o Messi; las mujeres, con el cabello tapado, enseñaban su cara de tez morena, a veces bella (las más), y de bonitos ojos negros.
Cientos y cientos, miles de productos, sombreros, sacos de mijo -a montones- y baratijas chinas (China ha invadido con sus productos baratos, salidos de la permanente explotación laboral, los mercados de medio mundo; de África en especial). Se exhibían sobre estrados de madera, en el suelo, colgados de alambres que a su vez colgaban de viejas vigas, en repisas, encima de taburetes, sobre la tierra africana. Desértica.
Un ordenado caos.



Copyright © By Blas F.Tomé 2014

12 de octubre de 2014

Cosas que “no sabe hacer” (todavía)

-Estrellas de mar, en el fondo marino del archipiélago de San Blas (Panamá)-


El viajero insatisfecho -animado por una blogger que desprende simpatía, desparpajo, desenvoltura y vitalidad- va a tratar de salir de su encierro interior (emocional) y escribir algo genérico sobre viajes. Propone ‘dianamiaus’, en su blog, cosas 'que no sabe hacer’. Este mochilero leonés tratará de hacer un ‘meme’ y exponer lo mismo.

- No sabe….. Viajar en grupo.
Le exaspera estar condicionado por el puto-horario y, sobre todo, le crispa esperar siempre a la ‘misma pareja de tortolillos o estúpidos’ que llega tarde por sistema cuando el resto del pasaje lleva ya un buen rato esperándoles en el bus, barco, o similar.

- Bucear, y le encantaría hacerlo. Ha visto muchos fondos marinos increíbles haciendo únicamente ‘snorkeling’ (‘palabro’ inglés que procura evitar pero que hoy va a utilizar). ¡Perdón!. Y, a propósito, recuerda el baño superficial con gafas y tubo que hizo en la isla de Malapascua (Islas Filipinas): una maravilla.

- Arriesgar.
Bueno, tendría que precisar y explicarse. Si esta en un país con cierto ambiente nocturno-cutre-peligroso (al mochilero leonés le encanta la noche), prefiere no ser muy avispado y evita ‘lanzarse a la oscuridad-de-la-noche’ de manera inconsciente. En otros lugares lo hace.

- Apreciar el vino (ni lo intenta).
Es una aversión hacia los caldos ganada hace muchos, muchos años por no saber beber el día que finalizó COU, al emborracharse de vino-trallero en el ‘barrio Húmedo’ hasta llegar a la inconsciencia. Al día siguiente se convirtió en aversión. Lo repudia.

-En un descanso en Manica, Mozambique-

- Decir ‘no’ a una cerveza (ahí coincide con ‘dianamiaus’). Decir 'no' sería un problema añadido, y de problemas el mundo está lleno.

- Decir ‘no’ si prevé sexo. Y….

- Mentalizarse que tiene que visitar Roma (la Ciudad eterna) o 'los Santos lugares' lo antes posible.
Es más cree, sinceramente, que no visitará ni ‘la ciudad eterna’ ni ‘los santos lugares’ en su ‘puta-vida’. Odia el turismo masivo y mucho más si va mezclado de un trasfondo de religiosidad come-cocos. Adora África, con sus pros y sus contras.

- Relajarse cuando viaja.
Siempre de un lado para otro. Hoy aquí, mañana, allí. Se levanta dispuesto a andar y se acuesta haciendo planes de movimiento para el día siguiente.

- Hablar inglés.
Se defiende, o se ha defendido siempre, pero le cuesta mucho mantener una larga conversación. Le falta vocabulario y le sobra vergüenza.

Gracias ‘dianamiaus’ por darle un pinchazo a un humilde mochilero y hacerle salir de su tristeza, y con ello, animarle a escribir estas líneas. Propone a 'nurianomada' y a 'carloselviajero'.


Copyright © By Blas F.Tomé 2014

6 de septiembre de 2014

Desesperado y triste

Desesperado como nunca, triste, acojonado, impotente ante la vileza del destino, el viajero insatisfecho también se quiere despedir en su ‘blog’ de su amiga del alma, de su chica,…., del amor más largo, pasional y fuerte de su vida.
No es una exposición pública de dolor, es un grito helado de insatisfacción.
Como no tiene ánimo para escribir -sin duda es necesario tenerlo para redactar una línea- va a utilizar unas palabras de despedida, atribuidas a García Márquez (no es seguro)que son -cree- una velada poesía:
"Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo.
Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan.
Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz. Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen. Escucharía cuando los demás hablan, y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate!
Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto, no solamente mi cuerpo sino mi alma.
Dios mío, si yo tuviera un corazón, escribiría mi odio sobre el hielo, y esperaría a que saliera el sol. Pintaría con un sueño de Van Gogh sobre las estrellas un poema de Benedetti, y una canción de Serrat sería la serenata que le ofrecería a la luna. Regaría con mis lágrimas las rosas, para sentir el dolor de sus espinas, y el encarnado beso de sus pétalos...
Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida... No dejaría pasar un solo día sin decirle a la gente que quiero, que la quiero. Convencería a cada mujer u hombre de que son mis favoritos y viviría enamorado del amor.
A los hombres les probaría cuán equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse!. A un niño le daría alas, pero le dejaría que él solo aprendiese a volar. A los viejos les enseñaría que la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido. Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres...
He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada.
He aprendido que un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse. Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero realmente de mucho no habrán de servir, porque cuando me guarden dentro de esa maleta, infelizmente me estaré muriendo."

Copyright © By Blas F.Tomé 2014


9 de agosto de 2014

Setas y hongos zambianos

-Puesto en el arcén, vendía 'hongos de Navidad'-
Sorprendía al visitar los mercados zambianos, al pasar delante de los puestos callejeros en las ciudades o al divisar los tenderetes en los arcenes la gran cantidad de hongos y setas de diversos tamaños y colores que existían. Sin duda, se fijó en ello por esa curiosidad convulsiva del viajero insatisfecho por las cosas insistentes o repetidas que se encuentra en el camino.
Dejándose uno llevar por la velocidad del bus, se divisaba, según amanecía, la sabana-selva como un manto húmedo y brillante verde. Ambiente natural y propicio que, recordando los puestos del mercado de Lusaka, le hacía pensar en las sabrosas setas que crecerían en los montículos termiteros, abandonados hace tiempo.
[Se acercó a aquel solitario termitero. La mañana anterior una lluvia calma pero testaruda había caído sobre el destrozado túmulo, donde crecían ya vigorosos arbustos salvajes y hierbajos. A su orilla, un árbol de varios lustros daba sombra a aquel montón de tierra rojiza. Al apartar las ramas caídas y más rastreras, un grupo de setas blaquecinas mostraron su generosidad natural. Arrancó dos de ellas y las miró].
Un sueño.
La ‘amanita zambiana’ era una de las más frecuentes en los tenderetes de la ruta. Originaria de la región, era la más popular e identificable, también conocida como ‘hongo de Navidad’, muy abundante alrededor de diciembre y principios de enero (época en la que estuvo por allí el mochilero), de ahí su nombre. En ocasiones, este hongo se secaba para su almacenamiento, pero sólo después de haberlo hervido y escurrido el agua.
-Puesto callejero, con setas de varios tipos-

Pero había otras en los puestos callejeros que le llamaban la atención por su colorido casi deslumbrante, amarillo y rojo intensos que atraía la vista. No eran los zambianos muy amables a la hora de dejarse fotografiar aunque consiguió alguna instantánea robada del mercadeo existente.
Supo, luego, que una de las mayores setas del mundo tenía su origen en los bosques zambianos: la vulgarmente conocida como ‘chingulungulu’.
No la vió.
-Puesto callejero en Lusaka-

Copyright © By Blas F.Tomé 2014