Mendoza era una ciudad de mucha herencia colonial, con grandes avenidas, perfecta y cuadriculada estructura urbanística de la zona centro y muchos árboles y plazas —buenos pulmones para cualquier ciudad—, concebida así para refrescar y apaciguar el sol de la región. A la plaza principal (Plaza de la Independencia) la rodeaban otras cuatro plazas simétricas (Plaza Italia, Pl. Chile, Pl. San Martín y Pl. España).
Este
mochilero diría que la ciudad estaba diseñada para grandes paseos, y dio
muchos. En uno de ellos se acercó al Parque General San Martín, que constituía,
desde hace más de un siglo, uno de los espacios verdes urbanos más importantes
del país, o casi. Una pareja de empleados del parque, cuando les preguntó por
el Cerro de la Gloria —identificaron que era español y le dedicaron todo tipo
de elogios—, no tuvieron ningún problema en acercarle en su viejo Land Rover. Allí se alzaba en un
montículo la estatua del Libertador, el General San Martín, muy presente en
esta ciudad. Hasta este cerro le subieron sus “para siempre amigos”.
¡Qué
buena gente encontró en Mendoza!
Organizaban muchos tours por los alrededores de esta urbe: a las bodegas y viñedos, a poblaciones con cierto encanto, a los Andes cercanos,… Se apuntó a una ruta que le llevaría a la frontera con Chile y a divisar el Aconcagua, el pico más alto de la cordillera andina. Fue todo un día de recorrido, con multitud de paradas, donde incluso llegó a palpar la nieve en una primavera austral. Por esta misma ruta andina hacia Chile había transitado el general San Martín a primeros del siglo XIX, en un trayecto muy importante y clave para la independencia argentina. El minibús paró en el puente de Picheuta, declarado Monumento histórico nacional, muy cerca de la población de Uspallata, por donde las tropas del general cruzaron un gran arroyo y libraron una importante batalla.
También, parada obligada —como se suele decir— en el puente del Inca, un prodigio de la naturaleza formado por la evaporación de las aguas termales, ricas en minerales, que arrastraba el río. Era bellísimo, con gran variedad de colores amarillos y ocres, aunque antiguos proyectos para un balneario, que pronto una gran riada destruyó, hubieran perjudicado un tanto el lugar. Se observaba, a lo lejos, lo que había quedado en pie: su pequeña iglesia.
Esta vieja ruta chilena fue muy importante en tiempos históricos y ahora muy visitada por el turismo que se acercaba a la zona.



