Trono del emperador Haile Selassie, en el Museo Nacional de Ethiopía
En su penúltimo día
de estancia en Etiopía, el viajero
insatisfecho visitó, en Addis Abeba, el Museo Nacional. Que
nadie se imagine un ‘museo del louvre’
o un ‘museo del prado’. No, no, algo
muchísimo más humilde y discreto pero para el pueblo etíope muy importante.
Allí se guardaba el auténtico trono de Haile Selassie, el Emperador etíope,
autoproclamado ‘Rey de reyes’. Cuatro palabras para hablar del Emperador de
Etiopía, tomadas prestadas de Kapuscinski, uno de los periodistas-viajeros
mito, que conoció al detalle el acto de su coronación:
- “Etiopía era un país extremadamente pobre, una tierra feudal, atrasadísima. Vivía en un verdadero y profundo medievo. La esclavitud era una realidad todavía muy concreta. Y el Emperador, en algunas cosas un hombre moderno, era de veras una figura surgida directamente de esa Edad Media. Su poder era despótico y absoluto. Sus costumbres, sus vestidos, su protocolo eran propios de una corte medieval. Haile Selassie sabía que no podía desafiar a su aristocracia. Formaba parte de ella, aquellos feudatarios eran el pilar de su poder: el Emperador ni podía ni tenía intención de cambiar las instituciones feudales de Etiopía. Era un hombre despiadado: quien se oponía a él, era condenado. Quien desafiaba al Emperador era asesinado. Tras el intento de golpe de Estado de 1960 (promovido por su Guardia Imperial), su represión no conoció la clemencia: mató a todos los rebeldes, incluidos sus colaboradores más cercanos” (Ryszard Kapuscinski).
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